jueves, 14 de octubre de 2010

No es un milagro

El ejemplar trabajo de los chilenos culmina con el rescate de los mineros sepultados en Atacama.

A Chile le ha tocado poner en escena el argumento que muestra que también existe un lado luminoso en la condición humana, y el país latinoamericano ha salido modélicamente airoso. Hace 69 días 33 mineros quedaron atrapados a 600 metros bajo tierra y desde el primer momento se temió lo peor: que la combinación de una naturaleza hostil con unas pésimas condiciones de trabajo terminara con la muerte de todos ellos. Más de dos semanas después llegó el primer signo de esperanza: estaban vivos. A partir de ese momento, todo el país se confabuló contra la desgracia.

Al Gobierno chileno le tocó coordinar el esfuerzo de rescatar a aquellos hombres y sacarlos de las entrañas de la mina San José, que con sus derrumbamientos ya había avisado que no toleraría una intervención violenta, ni improvisada. Era imprescindible obrar con prudencia, pero con rapidez, y combinar la tecnología más sofisticada e innovadora con el recurso a esa sabiduría que puede templar la ansiedad y la angustia de cuantos se ven implicados en una situación desesperada. El presidente Sebastián Piñera se volcó en la tarea de recabar ayuda internacional, y consiguió que los países más avanzados pusieran a su disposición la maquinaria idónea y facilitaran la participación de los mejores especialistas.


El esfuerzo ha sido, en cualquier caso, colectivo y los chilenos han superado con creces el desafío confirmando de nuevo que sus instituciones son sólidas y competentes sus profesionales que, en las múltiples tareas que surgieron día a día, pusieron por delante siempre el objetivo final y nunca sus propios intereses. La solidaridad ha sido el carburante para superar un reto que se les podía haber ido fácilmente de las manos. Chile ha dado ejemplo, no solo a sus vecinos sino al mundo entero: el rescate se produjo antes de lo previsto y se pusieron en marcha hasta tres estrategias para garantizar la vida de los mineros.

El proceso se ha seguido en todas partes a través de la televisión y los nuevos medios de comunicación. Con un argumento que tenía la intensidad de las tragedias griegas o shakespearianas, y en el que fueron perfilándose distintos caracteres, el desierto de Atacama ha sido el espejo donde millones de mujeres y hombres de las condiciones más diversas se han vuelto a asomar a las viejas heridas de la vida y la muerte, la injusticia, la pobreza, el miedo, la angustia. Los abrazos de los supervivientes han permitido, aunque fuera solo por un rato, abrir un hueco a la alegría y a la esperanza en tiempos verdaderamente difíciles. No hay que olvidar que los chilenos se enfrentaron hace unos meses, y también con enorme eficacia, a las consecuencias de un terremoto devastador.

Después del feliz desenlace, vienen los interrogantes. ¿Qué pasará ahora? La vuelta a la monótona normalidad exige redoblar las alertas. Solo con que parte de lo que se ha gastado en rescatar a los mineros se hubiera invertido en garantizar la seguridad en su trabajo, quizá el accidente no se habría producido nunca.


El País - Editorial

Corbacho se va; Zapatero se queda

El problema está en que, aunque Corbacho se vaya, Zapatero se queda. Y eso, aun a riesgo de que para entonces el sucesor de Corbacho tenga todavía menos motivos para mostrarse "satisfecho" que su patético antecesor.

Hace escasos días, y ante los micrófonos de RNE, Celestino Corbacho quiso hacer balance de su gestión al frente del Ministerio de Trabajo con una frase con la que, supuestamente, algunos ciudadanos le consuelan: "Qué mala suerte has tenido y vaya marrón que te ha tocado". Es evidente que Corbacho quería eludir con esta frase su parte de responsabilidad en el hecho de que el paro se haya duplicado desde que se hiciera cargo de la cartera de Trabajo.

Este miércoles, durante la sesión del control al Gobierno en el Congreso, la desfachatez del todavía ministro de Trabajo ha ido, sin embargo, incomparablemente más lejos cuando, al hacer de la necesidad virtud, se ha vanagloriado de que España haya alcanzado durante su mandato el "mayor porcentaje de protección social" y de que "el número de desempleados que han atendido los Servicios Públicos de Empleo se ha doblado hasta los tres millones de parados".


Al margen de que la satisfacción de Corbacho es la característica de quien cree que gobernar mejor es gastar más (algo muy típico de los socialistas), los subsidios por desempleo no son sino derechos que los desempleados adquirieron con sus cotizaciones durante sus años de trabajo. La delirante satisfacción que muestra el ministro de Trabajo sólo puede alcanzarse mediante el incremento del número de parados.

Aunque a la vista de su pésima gestión, coronada con declaraciones tan bochornosas como estas, pudiésemos sentir un gran alivio por la inminente marcha de Corbacho, no nos llamemos a engaño: tan desacertado es negar toda responsabilidad al todavía ministro de Trabajo del récord de paro que hemos sufrido, como hacerlo su único responsable. Y es que el principal responsable político de que España tenga la mayor tasa de desempleo en el área de los países de la OCDE, con un nivel de paro que supera con creces el doble de la media que tienen los países de la Unión Europea, no es otro que José Luis Rodríguez Zapatero.

A este respecto conviene no olvidar que los ceses de los anteriores ministros de Trabajo y Economia, Jesús Caldera y Pedro Solbes, con quienes España ya empezaba a volver a conocer los dramáticos datos de paro que tuvo con los gobiernos de González, no supusieron un cambio que no fuera a peor. Y es que el problema no está tanto en la incompetencia de los ministros, que también, cuanto en la de quien los nombra. El problema está en que, aunque Corbacho se vaya, Zapatero se queda... y parece que está dispuesto a aposentarse hasta el final, hasta agotar la legislatura. Y eso, aun a riesgo de quepara entonces el sucesor de Corbacho tenga todavía menos motivos para mostrarse "satisfecho" que su patético antecesor.


Libertad Digital - Editorial

Milagro en la Atacama

La eficacia de las autoridades, la profesionalidad de los técnicos y el temple de los mineros atrapados se conjugan en un final feliz.

POR desgracia, no es frecuente que las buenas noticias aparezcan en los grandes titulares de los medios informativos. Sin embargo, hoy el mundo entero se congratula por el éxito en el rescate de los mineros chilenos.

El pozo San José, el campamento Esperanza o la cápsula Fénix acaparan portadas y comentarios, mientras Chile ofrece una imagen de unidad y solidaridad ante la tragedia que refuerza la cohesión social y el propio sentimiento patriótico. La eficacia de las autoridades, la profesionalidad de los técnicos y el temple de los mineros atrapados se conjugan en un final feliz para las 33 personas que han sobrevivido a 700 metros de profundidad ante la angustia de familiares y amigos. Al margen de cualquier consideración partidista, es notorio que Sebastián Piñera se apunta un éxito político no sólo por la buena organización de los equipos de rescate, sino también por haber mantenido una actitud prudente al dejar a los expertos la dirección de las operaciones.


El aspecto humano del rescate merece una valoración muy positiva. Cada uno ha colaborado en su tarea al servicio del interés común, sin egoísmos oportunistas y con un elogiable espíritu de solidaridad. De cara al futuro, es imprescindible —en Chile y en otros países— que se refuercen las medidas de seguridad necesarias para evitar que se produzcan este tipo de situaciones dramáticas. En el ámbito internacional, es llamativo cómo ha llegado a calar un profundo sentimiento de apoyo a los mineros y al pueblo chileno, que demuestra la posibilidad de movilizar a la opinión pública al servicio de una buena causa. El papel de los medios de comunicación en la sociedad global merece una reflexión a fondo. En efecto, es preciso encontrar criterios que permitan un equilibrio razonable entre el derecho a informar y el derecho a preservar la intimidad de las personas en circunstancias tan complejas. En todo caso, hoy lo importante es expresar la satisfacción de todos por este auténtico «milagro» de Atacama que hace felices a millones de personas a lo largo y ancho del planeta. También la sociedad española ha seguido al minuto los acontecimiento, ofreciendo una plena colaboración y mostrando la natural cercanía afectiva hacia un país hermano.

ABC - Editorial

miércoles, 13 de octubre de 2010

La cosecha del desprecio. Por Edurne Uriarte

La Fiesta Nacional está cuestionada en nuestro país como no lo está en ninguna democracia.

«Un facherío rencoroso», escribía ayer un periodista de quienes abuchean a Zapatero en el desfile de la Fiesta Nacional. Y, además, «impune», añadía, como si hubiera que procesar a los autores de los abucheos. Y es que no pensaba precisamente el periodista en el debate sobre la oportunidad o no de utilizar la Fiesta Nacional como momento para la crítica al presidente del Gobierno o sobre la libertad de expresión y sus límites. Lo suyo, que es lo de esta izquierda irrecuperable para los símbolos y la adhesión a la nación, es otra cosa. Es el atávico y anquilosado rechazo al nacionalismo español, se le llame patriotismo constitucional o patriotismo a secas. Es la incapacidad para integrarse en la nación española democrática, la incontrolable aversión a su celebración. Y a quienes la celebran. He ahí la actitud que explica los abucheos a Zapatero el día de la Fiesta Nacional. No se trata tanto del rechazo a su gestión de Gobierno. Se trata más bien de su rechazo a la nación. De la figura de un presidente que, en el desfile de la Fiesta Nacional, se sitúa allí donde nunca quiso estar, en el homenaje a la nación española, al Ejército. De un presidente que proclamó desde el inicio de su primer mandato su voluntad de construir otra España, de naciones diversas, alejada del patriotismo de la derecha. El patriotismo que para él representan la Fiesta Nacional y sus símbolos. De la misma forma que lo representan quienes acuden a celebrarla, el «facherío», que diría el periodista. Y que dirían los políticos como Zapatero tan anclados en el franquismo y sus categorías. Casi cuarenta años después del final de la dictadura, la Fiesta Nacional está cuestionada en nuestro país como no lo está en ninguna democracia. Y lo más extraordinario, con nuestro presidente al frente de ese cuestionamiento. Y aún esperan algunos que los ciudadanos se callen.

ABC - Opinión

¡Vaya meneo! Por Alfonso Ussía

Todos esperábamos una pitada a Zapatero. Pero lo del desfile más que una pitada ha sido un broncazo. ¡Vaya meneo! Y lo malo para Zapatero es que no ha hecho más que empezar su merecido calvario ululado. Pocos ministros se han salvado del desafecto popular. Acostumbra a decir Zapatero que los pitos en el desfile de la Fiesta Nacional son un rito, una desagradable costumbre pasajera. No caiga en el error. Lo de ayer superó cualquier expectativa. La gente no lo soporta. El pueblo no lo aguanta. Y no intuyo en el Presidente del Gobierno el cuajo necesario para oír, un día sí y el otro también, la regañina constante de la ciudadanía.

Estaba previsto que desfilaran nueve abanderados hispanoamericanos. Afortunadamente, sólo lo hicieron ocho. Se bajó del carro a última hora la bandera de Venezuela. Todo mi respeto a esa bandera. Pero no al botarate que está llevando a ese gran país al desastre.


Escribí ayer que los militares desfilan al paso de la decencia y del honor. Entre la decencia y el honor no tiene sitio ni lugar el representante militar de un Gobierno que ampara a la ETA y a las FARC. Se dice que el abanderado venezolano se puso malito. Ese, al menos, es el argumento diplomático venezolano. Mejor. La bandera de Venezuela no tiene la culpa de representar un régimen corrupto y tirano que cobija terroristas. Ya desfilará por la Castellana cuando Venezuela y los venezolanos se libren del millonario primate. No millonario de nacimiento o trabajo sino como consecuencia de su sentido de la distribución marxista del dinero del petróleo. Casi todo para mí y un poquito para los que estén de mi lado.

Con independencia de la repentina enfermedad del abanderado venezolano, hay que volver al meneo. Rafael «El Gallo» protagonizó una horrible tarde en la plaza de toros de Madrid. Recién llegado al hotel, un aficionado se interesó por su suerte. «División de opiniones», comentó el genial torero. «Pues he oído que la bronca ha sido de órdago, maestro». Y Rafael aclaró su punto de vista. «Ha sido división de opiniones. Unos se lo han hecho en mi padre y otros en mi madre. ¿Está clarito?». Ninguna culpa tienen los padres del señor Zapatero. Y ayer, el pueblo no se dividió en la opinión. No se acordaron de sus progenitores. Fue una bronca unánime, clamorosa, insistente y creciente dedicada exclusivamente a él. El Gobierno se llevó lo suyo por ser su Gobierno. Se le fue agriando el semblante durante el transcurso del desfile de la crisis, que así lo han llamado. Al principio sonreía. Al final, ni con cosquillas. Las pitadas de años pasados pueden ser consideradas caricias comparadas con el broncazo de ayer.

Algo le afectará, aunque manifieste lo contrario. No se metió en la maleta del coche al terminar el desfile porque no queda airoso ni bonito, pero ganas de hacerlo le sobraron. ¡Qué zipizape, qué marimonera, qué pelotera, qué trapatiesta, qué ridículo! Sus medios afines dirán hoy que el público era de derechas. Era el pueblo, monines. Todo consecuencia de las mentiras, del desgobierno, de la errática y funesta política social y económica. Bronca a la inutilidad, a la incompetencia, a la falsedad y al resentimiento. No se engañen. Las ovaciones a los Reyes demostraron que el pueblo sabe establecer diferencias. ¡Qué meneo!


La Razón - Opinión

Abanderado indispuesto. Por Ramón Péres-Maura

Chávez desaira al Rey de España y a todos los españoles retirando la bandera de Venezuela del desfile.

Existen en el lenguaje diplomático múltiples maneras de manifestar el descontento de un país. Y, lo que es peor, hay muchas más de hacer el ridículo. El caso que nos ocupa es ya de conocimiento general. En el desfile de la Fiesta Nacional de ayer se conmemoraba también la independencia de las naciones que en 1810 quisieron romper con la Corona española y seguir su propio rumbo. Bajo la presidencia del Rey, España entera quería rendir tributo a unas independencias que costaron la vida de muchos españoles que lucharon en América en defensa de nuestros intereses. En el gran desfile nacional, la memoria de quienes dieron su vida por España allende los mares es jaleada ensalzando las independencias frente a las que los nuestros perdieron sus vidas. Es un gesto de reconciliación.

Lo malo viene cuando se tiende la mano de la reconciliación a quien nunca ha dejado de arremeter contra la herencia hispánica que ha configurado su país. Contra quien hasta hoy no pide cuentas a los miembros de su Administración que han acogido y entrenado a terroristas etarras para que puedan volver a España y asesinar a quien les plazca.

Chávez tiene muchos defectos, pero nadie debe dudar de que políticamente es un zorro. Mientras el actual Gobierno español se cubre de indignidad no ayudando a que la Justicia ejerza sus funciones en la persecución de quienes entrenan a asesinos de españoles al otro lado del Atlántico, Chávez desaira al Rey de España y a todos los españoles retirando la bandera de Venezuela del desfile por estar el abanderado indispuesto. Tampoco el embajador de Venezuela acudió, seguro que por estar pendiente de la salud de su abanderado. Y en el salón del Palacio Real en el que se ofreció el cóctel posterior al desfile, tampoco fue visto Moratinos. Estaría interesándose por la salud del abanderado.


ABC - Opinión

Zapatero, abucheado: mal día para deshojar la margarita. Por Antonio Casado

La tarta de la Fiesta Nacional se la estamparon en la cara al presidente del Gobierno. Una vez más Rodríguez Zapatero volvió a robarle protagonismo a la cabra de la Legión. Ya es un clásico. Como los micrófonos chivatos. O como la lectura en los labios para descifrar conversaciones furtivas. En el vídeo de ayer, por cierto, hay perlas capaces de competir con el famoso cruce verbal de Fernández de la Vega y la presidenta del Tribunal Constitucional, Maria Emilia Casas, que ya forma parte de las mejores leyendas urbanas del 12 de octubre.

Los abucheos de la mañana al presidente del Gobierno se quedaron a vivir en los corrillos del Palacio Real y en las redacciones. Veinticuatro horas después dan para una tesis sobre el pueblo soberano y su código de señales acústicas. A modo de conclusión, sólo vale lo que se dice en las urnas pero antes suena en la calle. Por lo general. Y tampoco conviene dejar fuera de la indagación la capacidad del poder para silenciar o potenciar esas señales, según convenga.


Quienes ayer siguieron el desfile en directo por la televisión pública no me dejarán mentir. Parecía una retransmisión del malestar del público, como si alguien estuviera interesado en multiplicar sus efectos. Contra el presidente del Gobierno, por supuesto, pero debidamente subrayada la coincidencia de los abucheos con imágenes de grupo (gobernantes, titulares de las instituciones, clase política en general); con la imagen conjunta de Zapatero y el Rey, don Juan Carlos; con el solemne silencio en memoria de los caídos en actos de servicio, o con los primeros acordes del himno nacional.

«Si Zapatero anunciara ahora su renuncia, su liderazgo sería aún más débil y viviríamos en la provisionalidad política hasta las elecciones.»

Sin embargo, los medios poco sospechosos de afinidad a la causa del zapaterismo sostenían ayer que este año las muestras de desaprobación popular han quedado amortiguadas y Zapatero no las ha recibido tan contundentes, tan sonoras, tan cercanas, como en ediciones anteriores de la Fiesta Nacional.

Por la distancia del público a las tribunas de autoridades de invitados, que este año era mayor, o por la ausencia de pantallas, pueden haberlo percibido así quienes estuvieron físicamente presentes. Pero quienes lo siguieron por televisión recibieron una sobredosis de abucheos con inequívoca dedicatoria: “¡Zapatero, dimisión¡” ,“¡Zapatero, dimisión¡”, y así sucesivamente, con el consiguiente paseo de la cámara por la orografía facial del presidente, al que no le sirvió de nada entrar discretamente por la parte de atrás de la tribuna para evitar el paseillo. Al llegar el Rey, el maestro de ceremonias ante el micrófono dijo con voz alta y clara: “El presidente del Gobierno se dispone a recibir a Su Majestad…”. Y entonces empezó la pitada, que se repetiría en numerosas ocasiones a lo largo de la mañana.

Mal día para deshojar la margarita sobre su candidatura a las próximas elecciones generales. Dice que lo hará cuando toque y que será una decisión muy personal. Si anunciara ahora su renuncia, su figura sería aún más vulnerable, su liderazgo aún más débil y viviríamos en la provisionalidad política hasta las elecciones. Cierto. Pero si la decisión fuese la de repetir debería anunciarlo sin problemas. No sería la primera vez que un presidente ejerce pensando en su reelección. Salvo, insisto, que ya haya tomado la decisión de no presentarse. Sólo en tal caso tiene lógica su silencio.


El Confidencial - Opinión

Hoy, mejor que mañana. Por José María Carrascal

Un amigo me decía: «Estamos ante alguien que, por retener el poder, es capaz de acabar con España».

MIENTRAS escuchábamos los abucheos a Zapatero en el desfile de ayer, un amigo me decía: «No entiendo por qué Rajoy se empeña en que Zapatero convoque elecciones. ¿No se da cuenta de que cuanto más las retrase peor estará? El presidente ha agotado su prestigio y sus fórmulas. La situación no hará más que deteriorarse y al final serán los suyos quienes le echen, para no hundirse con él. ¿No lo ve Rajoy?».

Le escuché con interés y me tomé tiempo para contestar, pues habíamos topado con el principal problema de España hoy.

«No se trata —dije— de unas elecciones ni de quien va a ganarlas, con ser fundamental. Tienes razón al decir que Zapatero está quemado, que su gestión ha sido una cadena de planteamientos equivocados y de falsas decisiones, que han arruinado su prestigio y a España, por lo que las cosas irán de mal en peor. El problema, sin embargo, es precisamente ése: lo que puede empeorar de aquí en adelante, las decisiones que puede tomar en esta última fase de su mandato, los daños que puede aún causar al país en este año y medio que le queda de agonía política. El más inmediato: las concesiones que haga para mantenerse en el poder. Ya has visto los cientos de millones de euros que pagó al PNV por su apoyo en los próximos presupuestos generales del Estado, y está por ver si no puso en peligro la caja única de la Seguridad Social, a más de minar el prestigio de Patxi López y su labor de recuperar trabajosamente la seguridad, normalidad, libertad, decencia y justicia en el País Vasco. En Cataluña, ya oíste lo que dijo en Gavá para congraciarse con los catalanes: que sigue dispuesto a recuperar algunos de los artículos del Estatut, declarados anticonstitucionales por el Tribunal Constitucional. Lo que nos devolvería a la situación anterior, de si es constitucional o no».


Hice aquí una pausa para contemplar a mi interlocutor. Su semblante mostraba preocupación, pero no toda la que deseaba. Así que reanudé la perorata.

«Y no es sólo eso. ¿Qué va a hacer para congraciarse de nuevo con los sindicatos, tras el fracaso de su huelga? ¿Va a aflojar las medidas de ajuste, como le piden? Sabe que Bruselas y los mercados le vigilan, pero a él sólo le interesa el problema que tiene delante, los otros, ya veremos. Puede, por tanto, dar marcha atrás, como llevarse por delante lo que sea, si sigue gobernando. Estamos ante alguien que, por retener el poder, es capaz de acabar con España. Y si esperamos a que su partido le eche, mejor que nos sentemos. ¿Dónde se van a ir todos ellos y ellas? Así que mejor que salga hoy que mañana».

Los gritos de «¡Dimisión!» continuaban. El destinatario, como si no fuesen con él.


ABC - Opinión

Abucheos. Zapatero y España. Por Agapito Maestre

Fuera del Partido Zapatero no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido.

Muchos mantienen que Zapatero odia a España, e incluso hay personas inteligentes que buscan los motivos, otros dirían razones, de este resentimiento hacia la nación española. Sin embargo, yo no creo que Zapatero odie a la nación; pues que eso supondría que alguna vez, poco o mucho, fue amada. Odio y amor, igual que el olvido y la memoria, casi siempre tienen un punto en común. El odio siempre implica algún tipo de amor. Zapatero está más que lejos del odio. Zapatero habita en las antípodas del odio. El presidente del Gobierno de España, simplemente, desconoce por completo cualquier rasgo de esa realidad histórica que llamamos la nación española. Él es, en efecto, un revolucionario. Él es un producto del Partido. Él es un simple y llano ejecutor de los designios del Partido.

Zapatero no es nada sin Partido. Zapatero es un producto sólo y exclusivo del Partido. Zapatero no ha conocido otra realidad que el Partido. Pare este hombre, que desde su más tierna infancia ha militado y desarrollado toda su tarea en el interior del Partido, la vida no existe sin el PSOE. Fuera del Partido no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido. Nunca se ha relacionado con otro tipo de personas que no sea socialista. Nunca ha escuchado a nadie que opine de modo diferente a sus cortos esquemitas; de hecho, y esto es trágico, ni siquiera tiene esquemas fuera del Partido. Nunca ha llevado a cabo ninguna acción política genuina, es decir, nunca ha reconocido que su ideología ha sido refutada cientos y cientos de veces por la historia.


He ahí el secreto de Zapatero en particular, y de la izquierda en general, jamás aceptarán que el socialismo ha sido refutado por lo real. Para esta gente la ideología es todo. Hay que ocultar lo real. Es menester, dice Zapatero, que la realidad histórica, esa que ha demostrado que el socialismo es una gran farsa ideología –una falsa conciencia– para someter a millones de seres humanos, no toque a nuestros seguidores. En nombre del socialismo se han cometidos los mayores horrores de la humanidad, pero el hombre del Partido socialista o comunista jamás lo reconocerá. Así las cosas, ¿entonces cómo quieren que Zapatero escuche el grito del 12 de octubre de 2010? ¿Quién en su sano juicio puede esperar una respuesta sensata, o sea política, al grito de la nación: "Zapatero, dimisión"? Nadie, pues, con criterio democrático puede esperar de un hombre de partido una respuesta política. Nacional.

Zapatero ha sido abucheado, una vez más, durante el acto central de la celebración del día de la Fiesta Nacional. La respuesta de Zapatero no podía ser otra que la ideológica. En efecto, los portavoces del jefe del Gobierno han culpado de la bronca a unos grupos minoritarios de extrema derecha. A nadie que se dedique al análisis político podría extrañarle esa respuesta. Era tan previsible como falsa. Esa reacción constituye la sustancia, el precipitado último, del entramado ideológico socialista elaborado por Zapatero y su equipo. Ese tipo de engaño, en verdad, esa fórmula ideológica ha sido tan interiorizada por la prensa afín al Gobierno que muchos de sus periodistas la repiten como si fuera doctrina propia; así, por ejemplo, ayer, en El País, decía Aguilar: "La Fiesta Nacional irá acompañado de los abucheos de rigor al presidente del Gobierno, orquestados con premeditación y alevosía y ejecutados por una claque reclutada entre el facherío rencoroso, que actúa de forma tan anónima como identificables y tan enfervorizada como impune". Pobre. Ideólogo menor de la más triste ideología del siglo XX.


Libertad Digital - Opinión

Desafecto. Por Ignacio Camacho

Lo que de verdad inquieta a Zapatero no es que le silben en la Castellana sino que lo hagan en Rodiezmo.


DE todos los abucheos que puede recibir Zapatero, el que menos le importa es del desfile del Pilar, tan tradicional que pronto habrá que incluirlo en el programa de actos. Esa bronca molesta al Rey, incomoda al Príncipe y pone en aprietos a las Fuerzas Armadas, testigos forzosos de un maleducado ajuste de cuentas que no va con ellos, pero al presidente lo reafirma en el papel que más le gusta, el de líder progre y pacifista repudiado por la derecha radical; desde su punto de vista es un ingrato gaje de oficio que no le compromete un solo voto y en cambio lo retrata por el perfil amable de víctima de los exaltados. La pitada de cada Doce de Octubre ofrece una imagen ruda de lo español como carácter pendenciero y destemplado, como país civilmente dividido, aficionado a la escandalera y al pateo e incapaz de celebrar su fiesta nacional en una mínima concordia en torno a su ejército y su bandera; un pueblo dispuesto siempre a zarandearse con pasión intransigente, ofuscado en faccionalismos sin tregua. La recurrencia ha convertido a la protesta en un áspero rito más de la efemérides, como el homenaje a los caídos o la presencia del carnero de la Legión; pero no sirve más que para sacar una foto desfavorecida de nosotros mismos porque el destinatario de la pitada la tiene desde hace años descontada de sus preocupaciones.

Lo que de verdad inquieta a Zapatero no es que le silben en la Castellana sino que lo hagan en Rodiezmo, y eso ya le ha empezado a suceder hasta el punto de haber tenido que quitarse de en medio. La impopularidad le ha achicado los espacios a los que puede ir sin recibir un abucheo, confinándolo en Moncloa para no sufrir muestras generalizadas de repudio. Mientras los pitos provenían del público del desfile se sentía incluso confortado como eventual mártir del progreso, pero ahora le abroncan los suyos allá donde se ponga al descubierto. Vaya por donde vaya encuentra desafecto; la izquierda le reprocha abandono y en la derecha no halla una pizca de comprensión porque desde el primer momento la hostigó con políticas de rechazo y aislamiento. Ayer no se privó ni Gallardón de encararse con él en público. No puede ir a la Universidad, ni salir a la calle, ni presidir inauguraciones a campo abierto; sólo se desplaza a mítines de adictos y actos institucionales blindados, procurando que la comitiva aparque lo más cerca posible de la entrada. Y al tradicional aislamiento del poder ha empezado a sumar la soledad del fracaso político. Con tanto como le gusta que le quieran está encerrado en el círculo de tiza de un creciente rechazo.

Los pitos de la parada militar nunca le impidieron ganar elecciones. Su verdadero problema es que ahora no sólo le gritan en cualquier parte, sino que le dobla el brazo cualquiera capaz de decirle que no incluso en voz baja.


ABC - Opinión

Desfile de despropósitos

No caben más errores, despropósitos e inoportunidades en lo que se supone que es el acto central de la Fiesta Nacional. El desfile militar de ayer en el Paseo de la Castellana se convirtió en una pasarela política donde cada cual dio rienda suelta a sus humores. En lugar de prevalecer el espíritu festivo y de celebración en torno a nuestros Ejércitos y a lo que significa España como nación, este 12 de octubre ha sido devorado por la anécdota, la bronca y los desplantes. Deplorable. El primer despropósito ha sido el protocolario y organizativo, que, pretendiendo blindar al presidente del Gobierno de los abucheos, puso tierra de por medio entre el público y la tribuna central. No satisfecho con esto, se intentó ocultar la llegada de Zapatero introduciéndolo por la parte de atrás de las gradas y no anunciándolo por megafonía, como sí se hizo cuando llegó el Rey. Para remate, los mismos responsables de la megafonía trataron de tapar con música a todo volumen los abucheos para que no llegaran a las televisiones. Esfuerzos todos ellos que, además de inútiles, resultaron ridículos, como atribuir a una conjura por internet los gritos de «Zapatero, dimisión». No estamos de acuerdo con que se abuchee al presidente del Gobierno ni a ninguna otra autoridad del Estado en la fecha más señalada de España. Días y oportunidades hay en todo el año para expresar, con todo motivo, el descontento, el rechazo, la irritación o el hartazgo que provoca el Gobierno. No es cuestión de razón, sino de oportunidad, y ayer no era la ocasión oportuna para los pitos y el pataleo, porque con ellos se degrada una celebración que es de todos y que está por encima de las disensiones partidistas o las discrepancias políticas. De la misma forma que en 2003 criticamos duramente a Zapatero por no levantarse al paso de la bandera de EE UU y politizar una celebración de todos los españoles, insistimos ahora en que los actos institucionales, en los que el desfile del 12 de octubre está entre los primeros, son para el homenaje, la honra y la concordia, y han de quedar al margen de consideraciones que instiguen la división. En este punto, los gestores deben dar ejemplo de responsabilidad, empezando por el Ministerio de Defensa, al cual compete organizar la parada militar sin causar tensiones políticas, sin incurrir en mezquindades o buscar subterfugios ridículos. Por otra parte, no era el momento ni el lugar para que los gobernantes diriman en público sus diferencias o debatan cuestiones pendientes. Zapatero y Gallardón se enzarzaron ayer, a la vista de todos, en una discusión calificada de «áspera» por Aguirre, testigo presencial, en la que le pidió que no discrimine a los ayuntamientos y que les dé el mismo trato financiero que reciben las comunidades autónomas y la Administración General del Estado. Al margen del lugar elegido, hay que reconocer que el alcalde tiene razón en las causas de su malestar, ya que no quiere aumentar el endeudamiento sino refinanciarlo. Por lo demás, el desfile tuvo la virtud de congregar a una gran multitud ciudadana que lo siguió entregada y con gran emoción. Las jóvenes repúblicas hispanas que este año celebran el bicentenario honraron la fiesta con su presencia, salvo la Venezuela de Chávez, cuya espantada es indigna del pueblo de ese país.

La Razón - Editorial

La Fiesta de lo discutido y discutible

Lo lamentable es que por culpa de un Gobierno cainita e incompetente, que nos ha conducido a la mayor crisis institucional y económica que haya padecido España en su reciente historia, quede poco que festejar el día de nuestra, todavía, Fiesta Nacional.

Se supone que el Día de la Hispanidad, Día del Pilar, debería de ser una jornada de celebración en la que los españoles festejáramos lo que nos une, también con el resto de los miembros de la comunidad hispana, y en la que el Ejército y nuestra bandera acapararan un lógico y merecido protagonismo. Tristemente, sin embargo, el auténtico protagonista en la celebración de nuestra Fiesta Nacional ha sido el clamoroso abucheo recibido por Zapatero –con seguridad el mayor que el presidente haya sufrido en todos sus años de Gobierno–, seguido de la no menos comentada ausencia del representante venezolano entre los abanderados de los nueve países de Hispanoamérica que cumplen el bicentenario de su independencia entre 2009 y 2011.

Respecto a lo primero, hay que empezar por señalar que lo auténticamente lamentable no son los pitidos y los reiterados gritos de dimisión dirigidos contra Zapatero, sino el desastroso balance de Gobierno que los ha provocado. Y es que por mucho que el Ministerio de Defensa haya atribuido indecentemente el abucheo a grupos organizados desde internet y ligados a la extrema derecha, las protestas de la gente entran lamentablemente en el terreno de lo normal, de lo lógico y de lo espontáneo, a la vista de un Gobierno que considera la nación como un "concepto discutido y discutible", que tiene como socios a quienes califican a la española como "la bandera del enemigo" o que ha impulsado la quiebra de nuestra nación como Estado de Derecho mediante estatutos soberanistas. Eso, por no hablar de una crisis económica a la que el Ejecutivo socialista no sabe hacer frente y que nos ha conducido a los cuatro millones y medio de parados.


A la vista de este panorama, considerar esta reacción de hartazgo y de protesta de la ciudadanía como una especie de conspiración de minorías altamente organizadas es tanto como negarse a ver la realidad. Aquí lo único organizado y premeditado han sido los esfuerzos del Gobierno por mantener a Zapatero lo más lejos posible de los espectadores del desfile, tratando estérilmente de que su presencia pasara desapercibida.

En cuanto a la ausencia del representante venezolano, parece que el embajador de ese país nos toma por tontos al darnos como excusa del plantón a una "indisposición" sobrevenida de su abanderado. Vamos, como si no hubiera en Madrid una sola persona, venezolana o no, que pudiera portar la bandera de ese país durante el desfile.

No vamos a negar que las protestas contra Zapatero se hubieran podido extender al paso de la bandera de un país cuyo gobierno acusa a nuestra policía de torturar a los etarras, que tiene entre sus altos funcionarios a uno de ellos o que ampara en su territorio las prácticas y entrenamientos de ETA y otras organizaciones terroristas como las FARC.

Sin embargo, ya sea una "espantada", ya sea un "plantón" o, más bien, ambas cosas a la vez, la bochornosa actitud del Gobierno venezolano no hace más que recordarnos las lamentables alianzas que, para desprestigio de España, mantiene Zapatero en el ámbito internacional. Al igual que a los socios nacionalistas del PSOE, a Hugo Chávez esto del 12 de Octubre y del Dia de la Hispanidad le suena a "genocidio" y "colonialismo", por lo que, al igual que ocurre con los nacionalistas, no nos tiene que sorprender su ausencia.

Lo que resulta lamentable, en definitiva, es que, por culpa de un Gobierno cainita e incompetente, que nos ha conducido a la mayor crisis económica, nacional e institucional que haya padecido España en nuestra historia democrática, quede poco que celebrar y festejar el día de nuestra, todavía, Fiesta Nacional.


Libertad Digital - Editorial

Otra fiesta del 12-O con bronca

Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario,

INDUDABLEMENTE, la de ayer no es la forma idónea de celebrar la Fiesta Nacional. Las legítimas expresiones de rechazo popular a la gestión del Gobierno nunca deben nublar el respeto que merecen las instituciones, la bandera y el merecido homenaje a quienes dieron su vida por España. Sin embargo, la realidad es incontestable. Una vez más Rodríguez Zapatero recibió una sonora pitada durante el desfile militar celebrado en Madrid con motivo de la Fiesta Nacional. Ni el alejamiento del público respecto de las tribunas principales ni la disminución del número de invitados impidieron ayer que cientos de ciudadanos expresaran de forma ruidosa su discrepancia con el presidente. De hecho, este ha sido el año en que más arrecieron los gritos de «Zapatero, dimisión», incluso en momentos en los que, por un elemental sentido del respeto, procedían más el silencio y el recogimiento de un homenaje a las Fuerzas Armadas que los signos de desaprobación.

Sin embargo, sería absurdo ocultar que la confianza en el líder del PSOE está bajo mínimos y que el propio presidente ofrece la imagen de un político sin rumbo, sostenido a base de maniobras partidistas. El PSOE pretendió eludir la crudeza de los hechos con explicaciones para consumo interno sobre los sonoros abucheos de ayer. «Forman parte del guión», dijo Zapatero resignándose a lo que se ha convertido en una costumbre. Pero el desplome de su partido en las encuestas y la crisis interna no se arreglan culpando de sus males a «extremistas» supuestamente organizados a través de redes sociales. La Fiesta Nacional, presidida por Sus Majestades los Reyes, se celebra al más alto nivel con una parada militar y una recepción en el Palacio Real. La brillantez de estos actos no debe quedar empañada por cuestiones partidistas. Fue el propio Zapatero quien, siendo líder de la oposición, politizó el 12 de octubre y comenzó a buscar protagonismo al no levantarse al paso de la bandera de Estados Unidos, y ayer otra bandera —la venezolana— jugó una mala pasada a un Gobierno incapaz de gestionar con eficacia estas celebraciones. No es justo que, año tras año, la Fiesta Nacional sea noticia por los abucheos a un presidente. Pero tampoco lo es que, año tras año, ese presidente no haga absolutamente nada por evitarlos. Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos para él ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario.

ABC - Editorial

martes, 12 de octubre de 2010

PP. Crisis económica, crisis institucional. Por Guillermo Dupuy

Con este acomplejado giro, Bauzá no hace sino alinearse con esa estrategia de perfil bajo de un Rajoy que aspira a ser el heredero de la catástrofe de Zapatero con la misma pasividad con la que quiso ser en su día heredero de la buena gestión de Aznar.

Mucho prometer que la inmersión lingüística en las Baleares llegaría a su fin el 22 de mayo de 2011 si el Partido Popular lograba la mayoría absoluta; mucho garantizar que "los padres podrán elegir con absoluta libertad la lengua vehicular para la educación de sus hijos", pero han bastado tres días, algunos gritos de los nacionalistas y no sabemos si alguna advertencia de Arriola, para que el presidente del PP balear, José Ramón Bauzá, se haya mostrado como avergonzado del encomiable compromiso que hiciera el viernes en una entrevista en Libertad Digital. Ahora nos sale con que es "poco responsable" continuar abundando en el debate lingüístico en un momento en el que los ciudadanos sólo están "preocupados" por "las cifras del paro que aumentan diariamente".

No es que Bauzá haya entonado un claro "donde dije digo Diego", pero donde habló de "libertad absoluta" de elegir, ahora habla, con mucha menor claridad, de "facilitar" el uso de las lenguas oficiales de las islas "con equilibrio e igualdad de oportunidades". Y lo que trató como algo tan importante como "llevar la normalidad" a la escuela y a la administración, ahora es por él desdeñado como lo que "menos les importa a nuestros vecinos".


A mí lo que me parece muy "poco responsable" es que un dirigente político no considere una cuestión de primera magnitud que un ciudadano en España no pueda escolarizar a sus hijos en español, tal y como sucede en Baleares. Lo que me parece absolutamente irresponsable es que un dirigente político no denuncie esa coactiva inmersión lingüística que, además de empobrecedora, constituye una auténtica violación de elementales derechos civiles. Más aun cuando ese dirigente viene de reivindicar, escasamente hace tres días, la "absoluta libertad" de elección de los padres en este terreno. Lo más grave de todo es que con este acomplejado giro, Bauzá no hace sino alinearse con esa estrategia de perfil bajo de un Rajoy que aspira a ser el heredero de la catástrofe de Zapatero con la misma pasividad con la que quiso ser en su día ser el heredero de la buena gestión del anterior presidente de Gobierno.

Ya puede Aznar advertir que para salir de la crisis económica hay que hacer frente también a la crisis institucional, que Rajoy está empeñado en no hacer oposición más que en el terreno económico. Y eso cuando la hace.

Lo que me parece claro es que dejando que sea la crisis la que devore a Zapatero, el PP podrá avanzar en las encuestas, pero eso no se traducirá ni en una mayor ilusión ni en una mayor esperanza entre sus votantes. De tener una oposición sólida y desacomplejada, no tendríamos que esperar a que Zapatero nos lleve a una ruina absoluta para conseguir un cambio que corre un clarísimo riesgo de convertirse en mera alternancia.

Y es que de una oposición que pone sordina a cuál es su alternativa en el terreno económico, y que cuando apela a la crisis económica lo hace para disimular su nula oposición en otros campos, no cabe esperar un cambio radical como el que requiere una nación que aparece arruinada no sólo económicamente. La crisis que padece España como nación y como Estado de Derecho, tal vez quede en un segundo plano a los ojos de muchos, comparada con la crisis económica que estamos viviendo. Pero, ¿cómo van a visualizarla los ciudadanos, si quien debe denunciarla considera que hacerlo es "poco responsable"?


Libertad Digital - Opinión

Parábola del niño palestino. Por Hermann Tertsch

Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que rezuman mala fe.



YA conocen las imágenes que unas muy oportunas cámaras grabaron para que todo el mundo pudiera confirmar lo que ya sabe. Niños palestinos, acompañados por adultos —los maestros que los inician en sus labores patrióticas—, esperan armados con piedras junto a una calle. Un coche baja hacia la curva a lo largo de un muro de piedra gris rosácea característica de Jerusalén. La cámara enfoca directamente al coche con su objetivo bien determinado. De repente, de los lados y desde detrás de la cámara surgen los niños tirando piedras contra el coche, que frena un poco al principio, sigue después. Los niños corren hacia el coche y tres de ellos se abalanzan literalmente sobre el coche, dos de ellos de frente a la capota. Uno de ellos, lanzado al aire por el impacto inevitable, vuela hacia lo alto y cae cabeza abajo sobre el cristal del vehículo. Éste se aparta a un borde y para unos instantes. Parece que el conductor no sabe qué hacer. Pero de inmediato acelera y se aleja del lugar. Fin de la escena.

Objetivo cumplido. Televisiones de todo el mundo abren horas después sus informativos con estas imágenes. Niño palestino arrollado por un israelí. Un ultraderechista judío atropella a un niño palestino. Fanático judío arrolla a un niño palestino. El mensaje de obligada asimilación es que un furibundo racista, fanático religioso y colono usurpador israelí vio a unos niños palestinos jugando felices e inocentes y, decidido por odio a hacer el mal, se lanzó contra ellos a ver a cuántos mataba. Algún iluso dirá que las cosas no sucedieron así. Que un enjambre de niños estaba apostado para apedrear a los vehículos que pasaban y que muchos de ellos se dirigieron directamente a este coche con ánimo de hacer todo el daño posible al vehículo y a sus ocupantes. Y que algunos, entre ellos el atropellado, se lanzaron por delante hacia el coche para intentar que se parara y sus ocupantes quedaran a merced de los agresores. Nadie sabe lo que habría sucedido de haber sido así. Lo que parece fácilmente imaginable es que ninguno de los cámaras o fotógrafos presentes habría hecho nada por ayudar a los ocupantes del vehículo agredido. Lo cierto es que la colisión fue inevitable. Y que el conductor paró un instante el coche para ver qué les había pasado a los niños. Poniendo en riesgo su integridad física, rodeado de agresores niños y adultos. Cualquier conductor agredido a pedradas por una turba en un suburbio europeo o norteamericano habría acelerado en pánico, se habría llevado por delante a quien fuera, y no habría parado hasta estar muy lejos y sentirse seguro. Fuera judío o árabe, colono o catedrático, fanático o humanista, el conductor se comportó de la mejor manera posible. Es fácilmente deducible de las imágenes. Da igual. El mensaje tenía que ser otro y lo fue. Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que pueden ser muy bien pensantes, pero rezuman mala fe. En esto habrán pensado muchos cuando supieron que el ministro de Exteriores Avigdor Lieberman les había dicho a sus colegas francés y español, Kouchner y Moratinos, que se ocupen de sus asuntos y dejen de aparecer por Israel a dar lecciones. La mayoría de los israelíes no comparten la radicalidad de Lieberman, pero muchos —no sólo israelíes, no sólo judíos— están hartos de que estos dos personajes, tan comprensivos con los enemigos a muerte de Israel, acudan a jalear a los niños y llamen después al linchamiento del conductor.

ABC - Opinión

¡Trece puntos y subiendo! Señales de alarma en la calle Génova. Por Federico Quevedo

“No es bueno, no es bueno” -me decía ayer una destacada dirigente del Partido Popular-, periódicos de distintas procedencias delante de la mesa y sondeos de opinión absolutamente impactantes en las portadas de algunos de ellos. “No es bueno que las encuestas nos den tanta ventaja ahora, porque corremos varios riesgos. El primero, que nos durmamos en los laureles creyendo que está todo hecho. Segundo, que nuestro votante llegue a las elecciones y se abstenga porque piense que la victoria está cantada. Y, tercero, que el votante de izquierdas comprometido pero que pensaba en castigar a Zapatero, no lo haga por temor a una victoria aplastante del PP. Y si se conjugan esos tres riesgos podríamos, incluso, tener un resultado muy lejano a lo que ahora dicen las encuestas, acuérdate de lo que pasó en 1993 y en 1996…”.

Me acuerdo. En 1993, el PP tenía una ligera ventaja en las encuestas y, al final, ganó el PSOE. En 1996, el PP llegaba a las elecciones de marzo con una diferencia de más de diez puntos sobre los socialistas, y al final ganaron por la mínima, con una diferencia de tan solo 300.000 votos que llevaron a Felipe González a pensar, incluso, que podría gobernar de nuevo en minoría. Menos mal que en aquella ocasión los nacionalistas tuvieron un arranque de sentido común y lo impidieron, resultando aquella ser una de las mejores legislaturas de la democracia.


¿Puede volver a pasar lo mismo? Es difícil, por varias razones. La primera, que entonces había una predisposición mucho mayor que la de ahora a que gobernara la derecha, porque la propaganda progresista había conseguido minar en buena manera la imagen de modernidad que Aznar había dado al Partido Popular. Existía, por lo tanto, prevención hacia el PP. Hoy no existe esa prevención. Lo que si hay es animadversión en una parte del electorado, pero con eso ya se cuenta. Lo que no existe es prevención entre el electorado más moderado, entre otras cosas porque la gente ya sabe cómo gobierna el PP, cómo lo hizo a nivel nacional y cómo lo hace a nivel autonómico. Hay que tener en cuenta que en 1996, cuando Aznar gana las elecciones, la experiencia de poder autonómico del PP, más allá de Castilla y León, era muy reciente, pero ahora el PP gobierna en unas cuantas autonomías y su gestión recibe valoraciones muy altas por parte de los ciudadanos.

«Lo que le falta al PP es un auténtico programa de máximos, un programa de profunda regeneración democrática.»

A eso hay que añadir que el ciudadano acude a votar con mucha más información en su haber, gracias a internet y a la diversidad de medios de comunicación, y a un poder adquisitivo que estos años atrás le han permitido acceder a las nuevas tecnologías casi sin límite, a pesar de que ahora la crisis se lo esté poniendo difícil. Y, en tercer lugar, nunca el PSOE había registrado una desafección tan profunda por parte del electorado, ni siquiera en los últimos años de Felipe González. De hecho, una de las características de los sondeos conocidos estos días es que Rodríguez recibe un suspenso generalizado por parte de los ciudadanos, hasta situarse como el político peor valorado de toda la democracia.

Sin embargo, si en algo tenía ayer razón mi interlocutora es en que el PP corre el riesgo de dormirse en los laureles y dejar pasar esta oportunidad de llegar al poder con un respaldo ciudadano como nunca haya tenido un partido en España, o al menos similar al que tuvo el PSOE en el 82, no en número de escaños -eso es muy difícil de repetir-, pero sí en la contundencia del resultado, lo que le daría al PP legitimidad para abordar los profundos cambios que este país necesita para salir de la crisis política, económica, social e institucional a la que nos ha conducido Rodríguez Zapatero. ¿Qué debe hacer el PP, que debería estar haciendo Rajoy?

Pues, más allá de la exigencia de una labor de oposición que el PP ya hace, lo que los ciudadanos necesitan en este momento es sentir que pueden confiar en la alternativa para salir de esa crisis, y debo reconocer que son muchas las personas que se acercan a saludarme y a recabar mi opinión que, sin embargo, aseguran no sentir esa confianza. Probablemente lo que le falta al PP, lo que Rajoy les está hurtando todavía a los ciudadanos, es un auténtico programa de máximos, un programa de profunda regeneración democrática, sin miedo al qué dirán. Estoy convencido de que en el momento en el que el PP alce esa bandera, no solo se consolidará esa diferencia, sino que es más que seguro que se ampliará.


El Confidencial - Opinión

¿Qué fiesta? ¿Qué nación?. Por Tomás Cuesta

Si la nación es un concepto que varía en función de quién juegue y de cómo vengan dadas, la Fiesta Nacional ni es fiesta, ni es nacional.

EN un país lastrado por una cotidianidad abstrusa, fantasmal y volátil; en un país que niega lo que ha sido, cuestiona lo que es y alberga serias dudas sobre lo que será mañana; en un país en el que los acuerdos se construyen a golpe de chantajes y de trágalas; en ese país que, por obstinación o por milagro, alienta todavía bajo el copyrightde España, hoy se celebra una Fiesta Nacional que se parece mucho a un funeral de Estado. El 12 de Octubre se conmemora en Nueva York y se solventa en el Paseo de la Castellana. En la otra ribera, es un canto de vida y esperanza; un himno interpretado a corazón batiente y con clarines entusiastas. En esta, sin embargo, se toca con sordina para que no se encrespe el avispero de las identidades y se procura escaquear el bulto tras las cargas del cargo —¡qué coñazo!— y la solemnidad protocolaria.

No hay experiencia festiva del 12 de Octubre. Y, si al español medio se le pregunta de sopetón cuál es la fecha de la fiesta nacional, lo más probable es que se quede un rato dudando. O que ni le suene. La Francia de cada 14 de julio es una inmensa juerga, cargada, claro está, de tópicos de «bal musette», pero tan identificable como la del propio cumpleaños. Así lo es, en diversa medida conforme a la jovialidad local, en todos los países. Menos en éste. El 12 de Octubre a algunos les suena a rancio: a «Día de la Hispanidad», o, incluso, «vade retro», a «Día de la Raza». A la mayoría, no obstante, ni les suena, y, puesto que la sordera educativa avanza, no hay ningún peligro de que pudieran atar cabos.


La hipérbole escénica, en cualquier caso, es de una nitidez pasmosa, de una eficacia deslumbrante. El hecho de que el desfile de los ejércitos de España lo organice una ministra que descree de la realidad de España —a no ser como potencia sojuzgadora de la pequeña patria catalana—, es el mejor ejemplo de que el teatro del absurdo nunca es más elocuente que cuando se representa a pie de calle. Si la nación es un concepto que varía en función de quién juegue y de cómo vengan dadas, la Fiesta Nacional ni es fiesta, ni es nacional y ni siquiera tiene gracia. Es una pantomima inane, un paripé oficial de perfil bajo. ¿Bajo? Mejor bajísimo. Apenas un susurro. A cencerros tapados y sin ofender a nadie.

Despojada de significación, huérfana del aliento de los ciudadanos, la festividad de hoy tiene un estigma clandestino aunque se intente revestir con jeribeques y camuflar con pompa y circunstancia. La clandestinidad, empero, es la cifra y la clave de una España huidiza, de un pueblo amedrentando. Pregunten por ahí qué sucedió el 12 de Octubre. Contabilicen las respuestas orgullosas, sumen las excusas vergonzantes y se harán una ligera idea del páramo en el que estamos.
Y es que, al fin y al cabo, lo letal es la inopia, la incuria, la ignorancia. Reírse del patriotismo es imposible si el patriotismo es un enigma inescrutable. Brassens, en «La mauvaise reputation», presumía de escandalizar a los burgueses quedándose tumbado a la bartola mientras la «grandeur» marcaba el paso. Aquí y ahora, las tornas han cambiado y el único modo de ser piedra de escándalo es jalear a la Legión y añorar a la cabra.


ABC - Opinión

Crisis PSOE. La tribu contra el hechicero ZP. Por Cristina Losada

El ruido de un motín contra Zapatero no puede hacer olvidar que el presidente no es el único responsable. Tal parece, sin embargo, la pretensión de quienes hoy reniegan de él y ayer le aplaudían y obedecían, ciegos voluntarios a las consecuencias.

Tras el indigno espectáculo del vasallaje, llega el carnaval de los conatos de rebelión. A las disidencias otoñales que surgen en el partido del Gobierno se les puede aplicar una observación del doctor Johnson: "El patriotismo no es forzosamente un atributo de la rebeldía. Un hombre puede odiar a su rey y, sin embargo, no amar a su país". El rey del mambo, indiscutible e indiscutido, era Zapatero. Sus cohortes le sostuvieron hiciera lo que hiciera. Con disciplina partitocrática consintieron sus aventuras más peligrosas. Episodios y procesos de alto coste y mayor riesgo transcurrieron sin suscitar censura. Si se alzó alguna voz contraria fue en los cenáculos, no en la escena pública. El interés general no figuraba entre las preocupaciones de sus apparatchik, diputados y barones. Ahora tampoco.

Es natural, dada la traumática experiencia, que no pocos se alegren de la revuelta contra el rey absoluto que se cuece a fuego lento en el PSOE. Pero, bien mirado, no hay motivos para celebrar que un partido sólo reaccione –y levemente– cuando ve asomar las orejas a la debacle electoral. No seremos ingenuos. Perder el Gobierno es, aquí y en Lima, el gran revulsivo. Cosa distinta es que debamos aceptar que sea el único. Significaría dar por inevitable –y justificada– la ausencia de cualquier motivación que vaya más allá de asegurar la cuota de poder acostumbrada. Supondría, en fin, que de los cuadros de un partido únicamente esperamos el movimiento de las ratas. Abandonan el barco cuando se hunde, aunque hasta ese instante se comportan como sanguijuelas. Será la realidad, pero conviene modificarla.

El ruido de un motín contra Zapatero no puede hacer olvidar que el presidente no es el único responsable. Tal parece, sin embargo, la pretensión de quienes hoy reniegan de él y ayer le aplaudían y obedecían, ciegos voluntarios a las consecuencias. Ninguna personalidad influyente, ningún grupo de notables, quisieron frenarle cuando más necesario era hacerlo. Obraba la magia de ganar elecciones y el partido, como la tribu, adoraba a su hechicero. Desposeído de aquellos poderes, el chamán bien puede acabar en la hoguera. Aunque la partitocracia no sólo vuelve intocables a los que ganan, sino también, y como muestra valga el PP, a los que pierden. Quizá asistamos al entierro político de Zapatero oficiado por sus propios pares, pero cualquiera se fía de ellos.


Libertad Digital - Opinión

Uno baja y el otro no sube. Por M. Martín Ferrand

Quizás ocurra que Zapatero y Rajoy son las dos caras de una misma moneda, una más desgastada que la otra.

DECÍA Napoleón que un general malo es mejor que dos buenos. Sabia conclusión de quien conoció la cadena del mando y sus potenciales divergencias; pero, pensando en José Luis Rodríguez Zapatero, ¿la teoría napoleónica del generalato es transportable a la sargentada que le acompaña e integra el Gobierno de España? El zapaterismo es un curioso fenómeno político y humano que no se ajusta a lo que nos enseña la experiencia de la Historia. Su degradación es constante, pero no arrastra la del PSOE que le llevó al poder y le mantiene en él. La desconfianza que genera el líder, y que ayer evaluaban de parecida manera las encuestas de los dos periódicos —La Razón y Público— que flanquean la normalidad informativa en España, no incrementa la confianza de su principal antagonista y contrafigura, Mariano Rajoy.

Tiene Razón Ignacio Camacho, mi admirado vecino, cuando previene al PP de que un relevo en la candidatura socialista podría perjudicar seriamente la potencialidad presidencial de Rajoy. Es, dicho de otro modo, el gran fracaso del partido de la gaviota. La degradación de Zapatero no arrastra a su partido tanto como la de Rajoy, víctima de cautelas patológicas, impulsa la del suyo. Eso no es normal en un país de clases medias crecientes y en el que, felizmente, el último vestigio «proletario» es el que presentan los parados de larga duración y los inmigrantes de peor fortuna.


Quizás ocurra que Zapatero y Rajoy son las dos caras de una misma moneda. Una más desgastada que la otra, pero ambas empecinadas en sostener lo insostenible y en no abordar las profundas transformaciones, incluso en el orden constitucional, que España necesita para salir del agujero de la crisis y proporcionarnos a los ciudadanos un ímpetu esperanzado que nos permita contemplar el futuro sin pesimismo. Ni Zapatero puede continuar al frente de un Gobierno de sargentos estampillados, no formados en la materia de su responsabilidad ni curtidos en la práctica política, ni Rajoy puede aspirar a la alternancia sin explicitarnos primero cuáles son sus proyectos y el perfil de su equipo venidero. Por eso uno se viene abajo sin precipitar, según marca la ley de la palanca política, el ascenso del otro.

Los escasos periodos de normalidad democrática que hemos vivido en los últimos dos siglos, desde la Constitución de Cádiz a la del 78, se mantuvieron al grito de luz y taquígrafos; pero hoy la corrupción generalizada lo oscurece todo y sobran los taquígrafos porque, hurtado el Parlamento de su natural debate, no hay nada que anotar. Se han instaurado el silencio y, lo que es peor, la desesperanza ciudadana.


ABC - Opinión

Fiesta nacional en una España que no está para fiestas. Por Antonio Casado

Por el desfile militar y la posterior recepción en el Palacio Real sabemos que hoy se celebra la Fiesta Nacional en un país que no está para fiestas, a la vista del estado de ánimo de los españoles recogido en el último barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Mala o muy mala la situación económica, según un 70,3 %. Mala o muy mala la situación política, en un 63,3%.

Como para hacer cola en los aeropuertos. Pero no hay fuga. La evasión es ocasional y televisada. Estamos de “puente”. Y además, los deportistas españoles potencian nuestro sentimiento de pertenencia. Por no decir orgullo. Fue un domingo inolvidable. En los circuitos de MotoGP y Moto 2, donde Jorge Lorenzo y Toni Elias subieron a lo más alto del podium. Como Óscar Freire en la Paris-Tours de ciclismo o Rafa Nadal en el torneo de Tokio de tenis. Todos ellos volvieron a pasear la marca España por el mundo en vísperas de lo que Franco llamó el Día de la Raza cinco minutos después de enterrar o transterrar a sus enemigos.


Pero eso ya es historia. No lo de Lorenzo, Elías, Freire, Nadal o el gol de Iniesta, sino lo de llamar Día de la Raza a lo que se venía llamando Fiesta de la Raza desde que don Antonio Maura, en los albores del siglo XX, quiso perpetuar la gesta del Descubrimiento de América. Maura sólo fue el primero en la serie de gobernantes empeñados en marear la perdiz. Hasta el punto de sugerir al último de ellos, Rodríguez Zapatero, aquel insensato comentario sobre la nación como “concepto discutido y discutible”, que ustedes recordarán con toda seguridad.

«Don Antonio Maura se inventó la Fiesta de la Raza para mejorar la consistencia de nuestras señas de identidad nacional y el orgullo de ser españoles, que estaba en horas bajas después del desastre del 98.»

Estábamos en que don Antonio Maura, aquel Bismarck de cercanías que predicaba la revolución desde arriba, por nuestro bien, claro, se inventó la Fiesta de la Raza para mejorar la consistencia de nuestras señas de identidad nacional y el orgullo de ser españoles, que estaba en horas bajas después del desastre del 98. Pero al general Franco le debió parecer mejor, ya en 1940, ese otro enganche verbal con la memoria histórica: Día de la Raza. No por mucho tiempo. Dieciocho años después lo convirtió en Día de la Hispanidad.

Pero tampoco fue definitivo aquel nuevo volantazo semántico al significado del 12 de octubre. Tuvo que llegar Felipe González en 1987 para dejarlo en Fiesta Nacional, por ley. Y así hasta hoy, convertida ya en un peligroso photocall donde se retratan los líderes nacionales.

Zapatero quiso posar sin levantarse al paso de la bandera americana. Y a Mariano Rajoy un micrófono furtivo le pilló refiriéndose al desfile militar como un verdadero coñazo. Así que la clase política y los representantes institucionales invitados a las tribunas del desfile militar y la recepción en los salones del Palacio de Oriente deben redoblar sus precauciones en este día de corrillos, cámaras inesperadas y micrófonos chivatos.


El Confidencial

Nación. La traición de los clérigos. Por José García Domínguez

Ése, en puridad, es nuestra drama: que la lotería de la Historia nos haya premiado con una intelectualidad que se avergüenza de la nación.

Entre los libros imprescindibles que, por indiferencia o pura desidia, nadie aquí ha sido capaz de escribir está la adaptación doméstica de La trahison des clercs de Julien Benda, ese alegato contra los mandarines de la cultura francesa y su ecuménico afán por prostituirse al servicio de la política y los políticos. Una ciénaga en la que el propio Benda acabaría chapoteando tras devenir él mismo compañero de viaje del Partido Comunista. Todo un clásico, la figura del tonto útil acuñada por los estalinistas, que como tantos ingenios totalitarios acabaría siendo recuperada por sus más aplicados alumnos, los nacionalistas.

Y es que en nuestra particular traición de los clérigos reside el genuino hecho diferencial español, la excéntrica anomalía que aún hoy nos escinde de Europa. Me refiero, el lector ya lo habrá adivinado, al castizo prejuicio contra la nación que sigue rigiendo entre la intelligentcia peninsular. De ahí el insólito pervivir en el tiempo de esa patología tan suya: el empeño por desconstruir la idea misma de España, el triste esfuerzo colegiado con tal de reducir nuestro devenir colectivo al fruto de un mero artificio jurídico asentado poco menos que sobre la nada. ¿Cómo comprender, si no, a la única izquierda occidental que clama horrorizada frente a cualquier exhibición de los símbolos patrios que vaya un milímetro más allá del imperativo protocolario?

He ahí, por cierto, la suprema hazaña pedagógica de quienes estaban llamados a constituir nuestra minoría rectora. Porque, en apariencia vacunada contra la estomagante catequesis de los micronacionalistas, gran parte de la elite académica yace imbuida de idénticos prejuicios cerriles ante España y lo español. Ése, en puridad, es nuestra drama: que la lotería de la Historia nos haya premiado con una intelectualidad que se avergüenza de la nación. Y encima, para acabar de arreglarlo, renunciamos a construir una educación que merezca decirse nacional. Es sabido: si Francia existe es porque a lo largo de un siglo se forjó cada día en la escuela francesa. Aquí, sin embargo, acontece justo lo contrario: cada mañana, tras sonar el timbre que marca el inicio de las clases, sin prisas pero sin pausas, va desvaneciéndose España en las conciencias infantiles merced al concienzudo apostolado de los clérigos. Y así nos va.


Libertad Digital - Opinión

El español como patria. Por Ignacio Camacho

No se trata del idioma de la patria, sino de la patria del idioma; una verdadera nación de naciones.

COMO todas las patrias se quedan siempre un poco estrechas, los seres humanos tendemos a buscar nuestra identidad en orígenes y territorios sentimentales, morales, ideológicos o espirituales de fronteras menos restrictivas y más acogedoras; incluso retrocedemos hasta el umbral de la conciencia para reconocernos únicamente hijos de nuestra propia infancia. Sólo los nacionalistas se complacen en el horizonte cerrado de su delirio excluyente y se pasan la vida levantando barreras arancelarias con las que detener y filtrar el ser ajeno. Quizá por eso Vargas Llosa ha definido el nacionalismo como la peor construcción del hombre: un empeño egoísta e insolidario de limitar la universalidad mediante la enfermiza exaltación de lo autóctono. El flamante Premio Nobel simboliza hoy mejor que nadie la voluntad de encuentro en esa vasta patria común que es el idioma español, la lengua que comparten quinientos millones de personas unidas por la Historia a través de un vínculo intelectual que viene a ser, como escribió Valéry sobre la sintaxis, una cualidad del alma.

En un tiempo en que tantos españoles desean dejar de serlo cegados por la pasión soberanista, Vargas Llosa lo es por propia voluntad, por la convicción de compartir la gran nación sentimental y cultural del castellano. El suyo es un patriotismo generoso, integrador, abierto y universalista, una vocación que reivindica sin agresividad ni arrogancia la grandeza de nuestro mejor y más valioso patrimonio. Un patriotismo sin banderas, sin arengas y sin lindes en el que la lengua no es la herramienta para construir fronteras de particularismo sino para abolirlas a favor de un espíritu de entendimiento y de concordia. No se trata del idioma de la patria sino de la patria del idioma: la auténtica nación de naciones. Al reivindicar su premio en nombre del español, el gran escritor ha subrayado ante el mundo la importancia de ese inmenso capital intangible que algunos de sus propietarios tratan de malversar en un mezquino ejercicio de aldeanismo identitario.

En la España de los últimos años, el absurdo y enfebrecido debate territorial ha provocado como daño colateral el maltrato de nuestra mayor riqueza común, reducida a la condición de víctima de prejuiciosos designios políticos. Quizá haya sido ésa la más lamentable consecuencia de la tensión fragmentaria que agarrota de forma recurrente la atormentada personalidad colectiva española. Utilizando con intencionalidad divisionista sus idiomas vernáculos —error de cicatería intelectual que sustituye una suma por una resta—, los nacionalismos periféricos han tratado de poner diques al gigantesco mar lingüístico que baña a tres continentes en una comunidad de sentimientos y expresiones. Y en ese ensueño de secesionismo arrojadizo arrastran como Sísifo la piedra inútil de un patriotismo empequeñecido creyendo que se separan de una pobre nación cuando sólo se están alejando de una riquísima cultura.


ABC - Opinión

Desfile a paso ligero

Como es muy razonable, la austeridad también alcanza al desfile militar que hoy, con motivo del Día de la Fiesta Nacional, se realizará en el madrileño Paseo de la Castellana. Participarán menos soldados, menos vehículos y menos aeronaves. El Gobierno espera ahorrar así un 20% de gasto, decisión que es acertada. Otra novedad relevante será la presencia en la parada militar de las banderas de nueve países hispanoamericanos que este año celebran el bicentenario de su independencia. Al igual que sucede en Francia y Reino Unido, donde no es excepcional que las tropas de sus antiguas colonias desfilen junto a las de la metrópoli, es un hecho positivo que España acoja en su día grande las enseñas de las repúblicas hermanas que hace dos siglos se desgajaron del tronco común. Aunque haga ya más de veintitrés años que la festividad del 12 de octubre ya no alude a la Hispanidad, lo cierto es que en este día siguen latentes los lazos que unen a la comunidad hispanohablante a ambos lados del Atlático, de ahí que la jornada de hoy posea una carga simbólica nada desdeñable, realzada por el aún fresco Nobel de Literatura a uno de los más grandes orfebres del idioma compartido. Dicho lo cual, parece que con los gobiernos socialistas el desfile de este día está condenado a enredarse en alguna absurda polémica o a malbaratarse en decisiones inexplicadas e inexplicables. La pendencia de este año está relacionada con la arbitraria lista de invitados, de la que se han excluido a todos los diputados y senadores, salvo los elegidos por Madrid y a los integrantes de la Comisión de Defensa. Es de todo punto indefendible la decisión de la ministra Chacón, más ocupada últimamente en ejercer de escudera del secretario general del PSOE y en meterle el dedo en el ojo a Rajoy que en organizar el acto central de la primera fiesta de España. Aunque sólo fuera porque el anfitrión de la parada es el presidente del Gobierno, la ministra debió haber evitado la gresca estéril, pero ha preferido aligerar el paso y echarle la culpa al alcalde de Madrid para justificar su error. Salvo que no se trate de un error y Chacón haya pretendido blindar a Zapatero de los pitos y abucheos del público, que van camino de convertirse en un clásico. No está el horno para bollos y aunque la abnegación de los militares españoles no necesita demostración, el tijeretazo a sus sueldos no es precisamente un relajante emocional. Habría sido preferible que la ministra de Defensa se hubiera centrado en destacar las novedades del enorme esfuerzo, en medios materiales y en sangre derramada, que las Fuerzas Armadas están llevando a cabo en diversas misiones internacionales, especialmente en Afganistán. Los últimos doce meses han registrado cambios sustanciales en el teatro de operaciones donde nuestras tropas se juegan la vida casi a diario, pese a que el Gobierno insiste en ocultar la naturaleza de guerra abierta a la que se enfrentan. Los complejos ideológicos que motivaron la vergonzante salida de Irak siguen todavía atenazando a los gobernantes socialistas, de ahí que sean incapaces de organizar con la unanimidad exigible el día de la Fiesta Nacional en torno a nuestros Ejércitos.

La Razón - Editorial

Rajoy ante el descrédito de la clase política

De aquí en adelante el mejor valor en el que puede invertir Rajoy es en volver a ilusionar a los españoles con un programa sólido de reformas para así recuperar el crédito, ese mismo crédito que los políticos españoles pierden a cada día que pasa.

Con una tasa de paro que supera cómodamente el 20% de la población activa es de toda lógica que la principal preocupación de los españoles, tal y como se extrae del último barómetro del CIS, sea el desempleo. La tragedia del quedarse sin trabajo y encontrarse con crecientes problemas para dar con uno nuevo afecta a buena parte de la sociedad, ya sea directa o indirectamente. Esto, en principio, teniendo en cuenta como están las cosas, no es o no debería ser noticia.

Lo que si debería serlo es el suspenso general que los españoles otorgan a la clase política, que se ha colocado en segundo puesto en lo que a preocupaciones ciudadanas se refiere. Y no es para menos. La casta que gobierna el país en sus diferentes escalafones administrativos –el comunitario, el central, el autonómico, el comarca y el municipal– se ha demostrado completamente incapaz de poner coto a la crisis que está devastando nuestra economía; y no contenta con nadar en el descrédito, nos convence a diario de su inepcia y su más absoluta desconexión con la realidad. Así, por ejemplo, nos encontramos que, ante un panorama económico desolador, los políticos siguen gastando a manos llenas, entregados a un desenfreno irracional que se traduce en multimillonarios planes de estímulo o no menos onerosos rescates a sectores quebrados como el de las cajas o el de la construcción.


Toda esta fiesta "política" se está financiando con los menguantes fondos que se obtienen de los contribuyentes, víctimas últimas de una crisis provocada, en primera instancia, por la ceguera de la banca central y alimentada por el peor y más irresponsable de los desgobiernos. Esta dolencia, común a todos los países de Occidente, reviste características especialmente dolorosas en España, severamente castigada por la recesión, con los sectores productivos en estado de hibernación y el desempleo creciendo vertiginosamente.

Tenemos acaso el Gobierno que de un modo más frívolo encaró la crisis desde sus primeros compases negando su existencia y arremetiendo contra los que avisaban de la que se nos venía encima. Luego, cuando el cuadro se había ensombrecido tanto que negar la evidencia era imposible, articuló la peor política económica posible. Un programa simplón de gasto público a costa de endeudarse indefinidamente en los mercados internacionales y de endurecer más y más la fiscalidad. El resultado lo tenemos a la vista tanto en el plano económico como en el político. En el primero la amenaza de ruina es inminente. En el segundo los 14 puntos de ventaja de el PP saca al PSOE son la muestra más clara de que Zapatero ha perdido la confianza y su electorado está dispuesto a castigarle.

Pero es su electorado, el socialista, el que finalmente entregaría el poder a Rajoy, no los méritos de éste erigiéndose como recambio, aportando ideas y proponiendo una política económica diferente a la que nos ha llevado al agujero. El hecho indiscutible es que el líder del PP no ha conseguido movilizar prácticamente ni un voto más de los que ya obtuvo en 2008 y toda su ventaja se debe más bien al hundimiento del PSOE. Esto debería de ser motivo de preocupación porque, si con la que está cayendo, Rajoy no consigue convencer, difícilmente lo hará cuando empiece a escampar. Queda un año y medio para que arranque la campaña electoral de 2012 y pueden pasar muchas cosas. La situación económica probablemente no mejore en todo este tiempo, las expectativas de voto del PSOE tal vez sí. De aquí en adelante el mejor valor en el que puede invertir Rajoy es en volver a ilusionar a los españoles con un programa sólido de reformas económicas e institucionales para así recuperar la confianza y el crédito, ese mismo crédito que los políticos españoles pierden a cada día que pasa.


Libertad Digital - Editorial