sábado, 23 de enero de 2010

"Señor ministro Gabilondo me suspenden por utilizar el español en el colegio"

La impaciencia y el éxtasis. Por Ignacio Camacho

EN la sociedad de la impaciencia era previsible que las mesiánicas expectativas despertadas por Obama deflactasen al contacto con la realidad del poder, que tiene una lógica y un tempo diferente al de las volátiles ilusiones de la opinión pública. Para mantenerse a la altura de la esperanza hipertrofiada que agitó en la campaña habría tenido que ser un verdadero demiurgo; ni siquiera JFK logró en el primer año remontar el vuelo de sus balbuceos de principiante. Y eso que Kennedy vivía y gobernaba con el turbo puesto: mandaba invadir Bahía de Cochinos mientras se metía con Marilyn en la bañera de espuma y saltaba de la piel de Angie Dickinson al puente aéreo sobre el muro de Berlín. Ese vértigo de por sí asombroso resultaba tanto más trepidante en cuanto que iba a contramano de un ritmo social mucho más pausado; en cambio, Obama parece marchar a cámara lenta porque actúa bajo las urgencias de un mundo acostumbrado a las respuestas inmediatas como quien aprieta un interruptor.

En este primer cuarto de mandato mucha gente se ha decepcionado al descubrir que el anhelado superhombre carecía de propiedades mágicas, y ese desencanto irracional ha superado a la evidencia de que Obama es simplemente un político bastante mejor que los demás. Tiene un discurso sólido, un carisma magnético y esa clase de liderazgo innato que le hace destacar en cualquier paisaje. Lo que sucede es que después del éxtasis quimérico y milagrero que proyectó su ascenso y envolvió su llegada, los que esperaban que caminase sobre las aguas sienten cierta quisquillosa frustración al verlo enredarse en problemas tan insignificantes como el terrorismo islamista o la mayor recesión en noventa años.

A un personaje así, poliédrico y seductor, todo el mundo lo quiere asimilar a sus propios prejuicios, lo que suele desembocar en un general sentimiento de desengaño. Ésta es la hora en que los conservadores recelan de su abstracción buenista y los progres abominan de su conversión pragmática. El tipo desde luego es un funámbulo de primera, un artista de los juegos malabares capaz de recoger el -inmerecido- Nobel de la Paz con un discurso de justificación de la guerra. Su problema no va a ser conceptual sino práctico: pasado el período de pruebas empieza a necesitar algún éxito claro.

Entrar por primera vez en el Despacho Oval debe de ser como sentarse sin experiencia en la cabina de un Jumbo; si tocas el botón equivocado aquello sube y baja entre el pánico del pasaje. Por ahora Obama no se ha liado con los mandos; sólo tarda en alcanzar la velocidad de crucero. Al menos en eso ya sale beneficiado frente a cualquier comparación contemporánea: no ha jugado al adanismo frívolo como ZP ni se ha emborrachado de gloria como Sarko. Ha preferido pasarse de prudente que de osado. Quienes soñaban un fenómeno planetario van a tener que esperar al cometa Halley.


ABC - Opinión

Obama, contra la Banca

EL comportamiento de muchos bancos norteamericanos, que han seguido remunerando a sus ejecutivos con sumas faraónicas después de haber recibido fondos del Gobierno para evitar su quiebra, resulta sencillamente inmoral. No se puede justificar que aquéllos cuyas temerarias operaciones financieras estuvieron en gran medida en el origen de la crisis puedan hacer eso con las ayudas públicas, como si los millones de personas que han perdido su puesto de trabajo fueran un mero incidente estadístico. La indignación de Barack Obama es comprensible y seguramente la comparte la inmensa mayoría de los ciudadanos, para quienes es muy difícil aceptar que con los impuestos que tendrán que pagar durante muchos años ciertos bancos cuadren sus balances con beneficios estratosféricos y premien a sus gestores.

Lo que no dice Obama -cuya ofensiva fue ayer respaldada desde Europa, aunque con matices- es que esas ayudas no les cayeron del cielo, sino que fue él mismo quien se las concedió sin poner las debidas condiciones, que ahora reclama con tanta contundencia. Cuando llegó a la Casa Blanca, hace ahora un año, escogió la opción de inyectar dinero público para salvar a los bancos, endeudando aún más unas finanzas públicas que ya estaban exhaustas. Lo que está viendo ahora son los efectos de aquella política concreta, de la que es directamente responsable, para lo bueno y para lo malo. El dinero no se lo dieron los ciudadanos a los bancos, como dice, sino que pertenece a los ciudadanos; a los bancos -resulta innegable-se lo dio él. Tal vez ahora que empieza a conocer las hieles del desencanto y navega con las encuestas en contra, Obama pueda estar pensando en un gesto populista para recuperar el electorado que le ha abandonado. Después de la derrota demócrata en Massachusetts, lo único que ha quedado claro es que todos sus planes de reforma pueden saltar por los aires en las elecciones legislativas parciales de este año, y que si antes de noviembre no ha sido capaz de cambiar esta tendencia puede tener que hacer frente a una espinosa segunda parte de su mandato. Sin embargo, el mensaje que le envían los electores no es pedirle que radicalice su agenda de reformas, sino, precisamente, todo lo contrario.

ABC - Editorial

La sociedad mileurista. Por José María Marco

Se forma a los futuros mileuristas, los mismos que, conformándose con relativamente poco, aunque suficiente y bien complementado, seguirán votando a quien garantiza este pasar mediocre y agradable, sin grandes riesgos ni grandes preocupaciones.

Parece que a Obama le empieza a salir mal su proyecto de establecer una hegemonía demócrata para los próximos treinta años. En España, ese mismo proyecto, liderado por Rodríguez Zapatero, tiene bastantes más posibilidades de salir adelante. Continuará así la hegemonía socialista –interrumpida por algún sobresalto– de las últimas tres décadas.


Una de las bazas a favor del proyecto de Rodríguez Zapatero es la continuidad. Los socialistas no interrumpen ni cambian nada: modifican algunas cosas, es verdad, pero sobre todo prolongan y profundizan las fundamentales. Y una de estas, probablemente la más importante, es la creación en España de una amplia capa social, una coalición interclasista, de apoyo a los socialistas. Una parte sustancial de esta coalición la forman los llamados mileuristas, y el proyecto socialista de Rodríguez Zapatero consiste en consolidar y cuidar esa base social que le garantiza su permanencia en el poder en una sociedad nueva, la sociedad mileurista.

Según cifras del mes de agosto, en España 18,3 millones de personas perciben unos ingresos brutos mensuales inferiores a 1.100 euros. De esos 18,3 millones hay que descontar 1,6 millones de profesionales y empresarios, por razones obvias. Quedan 16,7 millones de personas que cobran menos de 13.400 euros al año.

En vista de estas cifras, suele cundir la indignación acerca de la escualidez de los salarios en España y la precariedad de nuestras estructuras económicas. Para devolver a las cosas a la realidad, conviene tener en cuenta que un salario de 1.100 euros al mes no es tan despreciable como muchas veces se oye decir, al contrario. Para pagarlo, el empresario correspondiente hace un esfuerzo suplementario de unos 300 euros.

Hay más. Como todo el resto de los españoles, estos mileuristas tienen acceso prácticamente gratis a un surtido de servicios básicos, entre ellos algunos tan importantes como la sanidad, la educación (desde la guardería a los estudios de postgrado), el transporte (en parte) y el ocio, desde las fiestas patronales a las vacaciones del Inserso, pasando por todas las ofertas culturales de los múltiples gobiernos y administraciones españoles, y eso sin contar la televisión –ahora ya sin anuncios– e internet. También hay vivienda protegida, es decir subvencionada.

Si mil euros son un sueldo escaso, pero respetable, la casi gratuidad de estos servicios lo hace aún más importante. Se cobra relativamente poco, pero se reciben prestaciones importantes. Servicios que son de buena calidad, en general, aunque requieran cierta tolerancia por parte del usuario, en particular en la enseñanza. Habrá buenas instituciones de enseñanza y otras, cada vez más, que se hundan en la mediocridad, pero no se trata de seleccionar o aprovechar la diversidad de aptitudes y vocaciones, sino de igualar. Se forma a los futuros mileuristas, los mismos que, conformándose con relativamente poco, aunque suficiente y bien complementado, seguirán votando a quien garantiza este pasar mediocre y agradable, sin grandes riesgos ni grandes preocupaciones.

Este proyecto político y social tiene costes, en particular entre los jóvenes bien preparados, cada vez más numerosos, que no pueden superar el techo mediocre que se les impone. A cambio, ofrece sus ribetes culturales radicales, como para añadir algo de aventura a una vida limitada. Tiene difícil alternativa, porque requiere romper un círculo vicioso en el que se refuerzan la dependencia, la falta de responsabilidad y un vivir aceptable, todo engalanado con la retórica de los derechos sociales. Es curioso que en general, las comunidades con mayor dependencia (Extremadura, Andalucía, Canarias), son aquellas en las que hay más mileuristas. Madrid, la que menos tiene.


Libertad Digital - Opinión

Un recado de Aznar. Por M. Martín Ferrand

JOSÉ María Aznar ha entrado en una nueva dimensión. Sin cumplir todavía los cincuenta y siete años, tan vigoroso como vigoréxico, prefiere ser un recuerdo que una posibilidad y, en su nueva condición de paseante en Cortes, escribe cartas persas al estilo del barón de Montesquieu y les manda recados tanto a sus amigos como a sus enemigos. Ayer, en TVE, estuvo acertado cuando dijo que la nueva generación de estatutos de autonomía «no ha sido una buena idea» y especialmente cuando, con precisión de entomólogo, atravesó con el alfiler de los diagnósticos la mariposa de la coyuntura: «(En España) hemos dejado de discutir la organización de la pluralidad para discutir lo común». Ahí está el detalle y, con él, el señalamiento de la quiebra democrática que acompaña a la alarmante situación económica que nos aflige como ciudadanos y nos disminuye como Nación al tiempo que el Estado, hueco de competencias, asiste a su propia destrucción.

Dijo Aznar que «el Estado se está deshilachando». La imagen es rotunda si dejamos claro que las hilachas que va perdiendo el paño español no son consecuencia de su mucho uso, sino capricho de sus usuarios periféricos con saña centrífuga. Cuando, como nos pasa, se pretenden simultáneamente una cosa y su contraria surge el despropósito y llega la catástrofe. Piénsese en la ridícula polémica energética que genera la actualidad. Tenemos, en una esquina del ring a José Luis Rodríguez Zapatero, campeón de las energías renovables y costosas, y en la otra a Mariano Rajoy, aspirante al título de la sensatez nuclear. Entre ambos han convertido en ideología lo que es un asunto meramente técnico y económico. A mayor abundamiento, los cuidadores del aspirante consideran un infierno el hecho inevitable y lógico de que si hay energía nuclear tendrá que haber almacenes para sus residuos y se niegan a tenerlos en sus jurisdicciones. No es raro que Aznar no quiera volver a la política activa y combatiente. Cuando la razón brilla por su ausencia y los intereses comunes no le importan ni a sus beneficiarios, cuando todo son apriorismos y militancias ciegas, un líder en edad de merecer debe quedarse en cama. La experiencia, eso que tan poco valoramos, le habrá enseñado que, aquí y ahora, España es una idea demasiado grande para unas mínimas, jibarizadas, cabecitas políticas en las que cabe poco más que el nombre del municipio de su nacimiento.

ABC - Opinión

El Gran Guayardoning. Por Pablo Molina

Los exabruptos a los periodistas críticos es el peaje que Guayardoning paga gustosamente para seguir siendo el tontito útil de la izquierda que le odia, a él y a todos sus votantes.

Si algo ha quedado claro tras el episodio grotesco protagonizado por el alcalde de Madrid contra nuestra compañera Adriana Rey, es que los varios cientos de asesores contratados por Alberto Ruiz Gallardón con el dinero de los madrileños no son suficientes. Alguien debería explicarle al alcalde que cuando se intenta hacer una broma no te puedes reír en primer lugar, porque entonces quedas aproximadamente como la tonta del bote. Si la sonrisa que eres capaz de esbozar es, además, conejil y esquinada, el resultado es aún más lamentable como podemos comprobar en el video que hemos publicado en nuestro periódico.


Su admirado Wyoming debería dedicar un par de tardes a explicarle a su primer fan los rudimentos básicos de la caricatura política, por supuesto con cargo al bolsillo de los madrileños, que la izquierda anticapitalista no gasta bromas con el tema del parné. Mejor aún, lo que debería hacer Guayardoning es contratar a su ídolo como portavoz municipal y dejarle a él el trabajo de insultar a los medios ajenos al cotarro progresista, que es lo que hace en su labor diaria en La Secta, con escaso éxito de audiencia, es cierto, pero al menos con gran aplicación.

Los exabruptos a los periodistas críticos es el peaje que Guayardoning paga gustosamente para seguir siendo el tontito útil de la izquierda que le odia, a él y a todos sus votantes. Su agresividad contra esRadio, ante una pregunta exquisitamente formulada, contrasta con el trato lisonjero que dispensa a los enemigos jurados de los ciudadanos que le mantienen en el cargo con su voto, pero esa es una contradicción que los votantes del PP en Madrid tendrán que resolver algún día.

Jamás un político había protagonizado una escena de bochorno como aquella vez que Guayardoning, anormalmente eufórico y con aparentes problemas psicomotrices, declaró su fascinación por el showman de La Secta que, si por algo se distingue, es por su odio proteico hacia lo que representa la derecha en España. Miento. Hubo otra ocasión, protagonizada también por el alcalde madrileño, que superó en degradación a ese episodio. Fue cuando, en plena guerra de Irak, los comicastros reunidos en el Palacio de Bellas Artes le invitaron a marcharse porque no querían estar junto a un "genocida", y el mismo que muestra contra los periodistas de nuestra casa una agresividad tan desdeñosa se limitó a obedecerles no sin antes ponerse a sus pies, él y las instalaciones municipales que se financian con el dinero de la derecha madrileña, porque, como es sabido, la izquierda altermundista no paga impuestos.

Y para rematar su particular show a cuenta de nuestros periodistas, va el discípulo torpe de Gila y hace una broma sobre submarinos. En su caso no habría podido elegir una metáfora más apropiada.


Libertad Digital - Opinión

Inmigración, debate social

EL Gobierno y el PSOE se están rasgando las vestiduras por las propuestas del Partido Popular sobre inmigración ilegal, pero el detonante de esta polémica, la decisión del Ayuntamiento de Vic no de empadronar a inmigrantes sin papeles, fue apoyada por los concejales socialistas y el resto del arco político catalán. Es evidente que al Gobierno le incomoda el debate sobre inmigración y que pretende eludirlo poniendo otra vez al PP como cortafuego frente a la opinión pública. Dijo ayer la vicepresidenta primera del Gobierno que «el debate es oportunista y malintencionado», demostrando nuevamente que el Ejecutivo es un equipo sin hechuras para afrontar los problemas más importantes de la sociedad española. Ya no basta agitar el fantasma de la derecha xenófoba para que los ciudadanos dejen de ver las cosas como son.

Vic ha sido un acontecimiento ocasional, que ha desvelado las contradicciones del sistema jurídico y de la acción política sobre inmigración. El hecho de que ahora este consistorio haya decidido volver a empadronar a inmigrantes sin papeles no cancela los problemas de fondo. Para empezar, muchos ayuntamientos no tienen medios económicos para prestar las asistencias sociales a las que tanto acude el presidente del Gobierno. Si se quiere integrar, las administraciones municipales necesitan más dinero. Pero, además, la izquierda sigue despreciando el factor sociológico. La generación en pocos años de unas amplias comunidades inmigrantes, ahora azotadas por el paro, provoca problemas totalmente explicables en su integración en pequeños municipios. No es, ciertamente, una situación generalizada, pero sí concentrada allí donde hay tasas altas de población inmigrante.

Por otro lado, la última reforma de la ley de Extranjería no sólo desmonta las críticas del Gobierno hacia el PP -tan necesario es el debate que Bruselas tiene la inmigración ilegal como un asunto prioritario y constante-, sino también demuestra que el modelo inmigratorio ha fracasado. En España no existe una inmigración laboral en sentido estricto. Es una inmigración familiar y social, y esto es muy distinto de dar trabajo a inmigrantes.

Zapatero sí ha distorsionado el debate al vincular derechos sociales y empadronamiento. La respuesta de Rajoy lo ha dejado en evidencia: que se garantice a los inmigrantes la salud y la educación sin necesidad de empadronarse. Por desgracia, el Gobierno tiene miedo al debate social sobre la inmigración y lo rehúye como ese método sectario de utilizar a la derecha para intimidar a los ciudadanos.


ABC - Editorial

Ahora que puede, algunos no quieren que Rajoy gane . Por (Federico Quevedo

Obviamente, porque no tendría sentido que fuera así, no me refiero a los socialistas. No se quién dijo aquello de “líbrame Dios de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo”, creo que la frase se le atribuye a Churchill, aunque también a Pío Cabanillas de quien recuerdo aquella otra de “cuidado, que vienen los nuestros”. Lo cierto es que en la vida diaria de la derecha española ambas frases son aplicables sin muchos condicionantes: el cainismo al que nos tiene acostumbrados la derecha española sigue estando ahí, y aflora como lava hirviendo cuando quien dirige los pasos del hoy principal partido de la oposición tiene más cerca que nunca la posibilidad de ocupar el poder. Son pocos, es cierto, incluso diría que a día de hoy caben en un taxi, pero hacen mucho ruido. Tanto, que logran llamar la atención de los medios -por otro lado muy proclives a ver problemas donde no los hay cuando del PP se trata- y distraerla de los asuntos verdaderamente importantes, principalmente los que ocupan a la errática labor de un Gobierno en cuyo declive ha decidido arrastrarnos a todos.

Hay principalmente tres asuntos que han hecho saltar al sector que agrupa la intolerancia de la derecha activado por el resorte de la intransigencia: el decreto sobre bilingüismo de la Xunta de Galicia, el documento sobre Educación y el debate con Rodríguez en el Parlamento Europeo. Del segundo asunto ya escribí largo y tendido el pasado jueves -ver artículo-, pero la idea inicial me sigue resultando válida para éste, sobre todo teniendo en cuenta que hubo quienes no entendieron o no quisieron entender la ironía del titular. Aquí se pueden hacer dos cosas a la vista del desastre de país que nos está dejando Rodríguez: o actuar al modo del radicalismo -más o menos como nos tienen acostumbrados los intolerantes de la izquierda y el nacionalismo- e incendiar La Moncloa, o introducir algo de sensatez en el debate político. Lo primero tiene como consecuencia que actúa como despertador de los sentimientos más enconados de ambas partes, y ahí suele perder la derecha. Lo segundo activa, sin embargo, la atención de esa mayoría silenciosa que huye de radicalismos, que está harta de Rodríguez y que necesita el asidero de un proyecto político que le aporte tranquilidad y serenidad.

Y en esa segunda derivada el partido de Rajoy parece encontrarse bastante cómodo. ¿Implica eso abandonar o traicionar los principios, como se afirma desde el talibanismo derechil? No, pero sí implica tomar decisiones que a veces pueden resultar no muy fáciles de entender para ciertos sectores duros de mollera, pero que convencen a buena parte de la población de que se encuentran ante un partido con sentido de Estado y en consonancia con la mayoría. El decreto aprobado por el Gobierno de Núñez Feijóo en Galicia es, probablemente, uno de los descubrimientos jurídicos del momento, por la habilidad con la que la Xunta ha conseguido conjugar la convivencia equilibrada de dos lenguas, ambas oficiales según la Constitución, sin que ninguna de ellas se pueda ver o sentir marginada por la otra. La decisión ha molestado sobremanera a un extremo y al otro del nacionalismo, hasta el punto de coincidir ambos en la crítica exacerbada y, en el caso de la izquierda, violenta contra el nuevo Gobierno de la Xunta. Cuando los extremos coinciden, quiere decir que quien ocupa el centro ha acertado en su decisión, sin lugar a dudas.

Ese mismo mensaje de sentido de Estado, equilibrio y moderación es el que ha querido hacer llegar el PP a la mayoría de los ciudadanos rehusando a utilizar de modo partidista el debate de Rodríguez en el Parlamento Europeo. ¿Significa eso que el PP comparte la política de Rodríguez? Cabría alguna duda si en el Parlamento español los ‘populares’ mantuvieran alguna clase de ambigüedad, pero es evidente que no. Las críticas que diputados de otros países hicieron a Rodríguez por su política errónea e incapacidad de liderazgo de la UE para salir de la crisis son suficientemente implacables como para necesitar que también los eurodiputados españoles del PP hurguen en la herida. El ensañamiento suele ser muy mal consejero, y Rodríguez está lo suficientemente ‘tocado’ como para permitir al PP un gesto de entereza que lejos de hacerle perder votos, le hace ganar en responsabilidad y sentido común. Pero nada de todo esto convence a ese sector que Ignacio Villa llamaba el viernes por la mañana desde los micrófonos de la COPE “la derecha de la derecha”, y que por intereses partidarios, o espurios, o simplemente porque en el fondo viven mejor en la oposición a Rodríguez, han vuelto a las andadas contra Mariano Rajoy.


El confidencial - Opinión

Menos demagogia y más coherencia en el debate nuclear

Los partidos políticos deben aparcar la hipocresía y el populismo: dado que utilizamos energía nuclear, hay que hacerse cargo del almacenaje de sus residuos.

LA UBICACIÓN del cementerio nuclear que quiere construir el Ministerio de Industria ha suscitado una polémica en los partidos, donde los intereses locales chocan con la posición fijada por las direcciones nacionales.

El caso más evidente es el PP, dividido tras la decisión del ayuntamiento de Yebra (Guadalajara) de presentar su candidatura para acoger este cementerio donde se enterrarían los residuos nucleares de todas las centrales de España. Anteayer, Dolores de Cospedal -que es tanto la secretaria general del PP como la responsable en Castilla La Mancha- amenazó con expulsar al alcalde y a los concejales que votaron a favor de la instalación. Ayer su teóricamente subordinado Javier Arenas dijo lo contrario: que no serán sancionados. Al mismo tiempo, Mariano Rajoy declaraba que no tiene una opinión formada sobre el asunto.


Las posiciones en el PSOE tampoco son homogéneas porque hay municipios dispuestos a albergar la instalación mientras que sus dirigentes regionales son reacios. El principal opositor al cementerio de Yebra es José María Barreda, que defiende que se instale en otra comunidad.

José Montilla, en cambio, ha adoptado la posición contraria: es favorable a que el proyecto se ubique en Ascó (Tarragona), donde se ha abierto un debate muy similar, que ha dividido también a sus habitantes. Los concejales del PSC son partidarios del almacén de residuos y los de CiU están abiertamente en contra.

No es extraño, sin embargo, que muchos barones socialistas como el citado Barreda se opongan a estos cementerios en su región, teniendo en cuenta la beligerante postura del propio Zapatero en contra de la energía nuclear hasta el punto de haber llegado a desautorizar al propio ministro de Industria, Miguel Sebastián, que sí está a favor de la inversión en nuevas centrales.

La decisión la tiene que tomar el Gobierno, que ha convocado un concurso abierto a todos los ayuntamientos de España, que, además de beneficiarse de la creación de puestos de trabajo y otra serie de ventajas, ingresarán un canon anual por acoger este almacén.

España ya tiene un cementerio nuclear en El Cabril (Córdoba), pero necesita otro para depositar los residuos radioactivos que ahora están enterrados en Francia. Ello cuesta unos 40.000 euros al día, por lo que el Congreso aprobó en 2004 la construcción de ese nuevo almacén nuclear, hasta ahora demorada por falta de acuerdo político.

Según informa hoy nuestro periódico, el coste del almacenamiento pasará a ser de 60.000 euros al día a partir del 21 de diciembre de este año. Ello supondrá pagar al mes la friolera de 1,8 millones de euros (21 millones al año).

La intención del Gobierno es elegir la sede del nuevo cementerio en el próximo mes de abril y comenzar inmediatamente las obras, que en cualquier caso no terminarán antes de finales de 2014. Hay, pues, poderosos motivos económicos para no demorar una decisión que se debería haber adoptado hace cuatro o cinco años. Puesto que en España existen centrales nucleares y se producen residuos, no hay ninguna razón para no acometer la construcción de ese cementerio.

Desde este punto de vista, resultan incoherentes los recelos de muchos dirigentes políticos a esta instalación, que es absolutamente necesaria, máxime si va a seguir existiendo la energía nuclear. Lo único que cabe es que el Gobierno elija la mejor ubicación en base a criterios objetivos, sin que nadie tenga derecho a demonizar a los ayuntamientos que consideran que sus ventajas priman sobre sus hipotéticos inconvenientes.


El Mundo - Opinión

Los principios de Aznar frente a los complejos de Rajoy

Han bastado unos minutos en televisión para que el discurso liberal de Aznar que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un cada vez más taciturno y acomplejado Rajoy.

La situación política, social y económica de España es ciertamente crítica. El consenso constitucional sobre el que se asentó la democracia se ha ido desmembrando de manera progresiva hasta prácticamente desaparecer. Ya sucedió durante los gobiernos de Felipe González cuando trató de recrearse el modelo mexicano del PRI (la dictadura perfecta, en palabras de Vargas Llosa); un proceso que, por fortuna, fue abortado en 1996 por la victoria de José María Aznar y su conato de regeneración institucional y democrática: la Segunda Transición, tal y como la denominó el ex presidente del Gobierno en uno de sus libros.


Zapatero, sin embargo, ha continuado y radicalizado la obra que dejó inacabada González. De hecho, pocos serán quienes no vean que el imperio de la ley se está disolviendo en los enjuagues de una partitocracia cada vez más liberticida. El PSOE tomó el poder en 2004 y lo mantuvo en 2008 mediante el pacto y las cesiones a partidos contrarios a las instituciones constitucionales actuales, como Izquierda Unida o Esquerra Republicana de Cataluña. Todos los límites al poder político, a su poder político, han ido estallando uno a uno en un intento de eliminar todos los contrapesos: la justicia, la educación, los medios de comunicación, internet, las víctimas del terrorismo, la Iglesia o incluso la oposición política.

Esto es, precisamente, lo más grave que ha sucedido en esta segunda legislatura de Zapatero: no que el líder socialista haya proseguido con este proceso de boliviarización de la vida política española, sino que la oposición haya renegado de su papel y se haya sumado entusiasta al proyecto zapateril por pensar que así heredará los escombros del régimen.

A las ya conocidas renuncias a combatir el nacionalismo, a defender la libertad lingüística, a proponer un modelo económico alternativo al socialismo, a fiscalizar la política antiterrorista del Gobierno, a buscar la verdad en el 11-M, a impulsar una justicia independiente del poder político, a purificar su organización de cualquier sospecha de corrupción, a defender del derecho a la vida para todos los seres humanos, incluido el nasciturus, a eliminar el adoctrinamiento educativo o a promover un uso nacional del agua, el PP ha añadido esta semana dos nuevas afrentas contra los valores y principios de sus votantes.

Primero fue el apoyo entusiasta a la Ley Sinde, ese proyecto por el que el PSOE pretende cercenar las libertades de los españoles en internet con la excusa de proteger un "derecho fundamental" inexistente como es el de la propiedad intelectual. Más tarde hemos tenido que contemplar cómo la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, volvía a actuar como candidata del PP a la presidencia de Castilla-La Mancha al tratar de expedientar a los ediles populares de la localidad de Yebra por postular a ese municipio como sede del Almacén Temporal Centralizado. En otras palabras, pese a que el PP supuestamente defiende el uso de la energía nuclear, el nuevo PP está siendo el primero en sumarse a la típica retórica antinuclear de los grupos ecologistas.

Frente a esta confusión del PP de Rajoy contrasta la claridad con la que José María Aznar ha afrontado algunos de los principales temas de actualidad en la entrevista que el realizaron ayer en TVE. En unos pocos minutos, el ex presidente del Gobierno ha dejado meridianamente clara su opinión sobre el obstáculo que suponen las políticas keynesianas de Obama para la recuperación económica, sobre el proceso de desmembración nacional a través de los nuevos estatutos o sobre la política antiterrorista del Gobierno que, más bien, vino caracterizada por el abierto entendimiento.

Han bastado unos instantes para que el discurso liberal que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un taciturno y acomplejado Rajoy. Lo que la nueva dirección popular no termina de entender es que para encauzar el desnortado rumbo que está siguiendo España de la mano de Zapatero no basta con ganar las elecciones a los socialistas, sino que se vuelve imprescindible imprimir unos nuevos principios a nuestra democracia; principios que Rajoy y los suyos están importando del PSOE y que Aznar sabe extraer del ideario liberal sobre el que se fundamentan todas las sociedades libres, avanzadas y prósperas.

Sería deseable que el nuevo PP se fijara más en el antiguo PP, el único que hasta la fecha le ha proporcionado éxitos a su partido y a España. De momento, sin embargo, parece que prefiere emular al PSOE, la única estrategia que ni les ha traído éxitos a ellos ni a España.


Libertad Digital - Editorial

¿Ayuda al desarrollo o a uno mismo?. Por José María Carrascal

El primero que puso en duda la «ayuda al desarrollo» fue Freimut Duve, hace ya cuarenta años, en su libro «Entre el hambre y el miedo». Sebastián Haffner la descuartizó en su ensayo «Escepticismo ante la ayuda a los países en desarrollo», publicado poco después, en la revista «Konkret». Lo que no ha impedido que tal ayuda se haya multiplicado hasta el punto de que, a estas alturas, forma ya parte de la escena mundial, con todo tipo de canales, nacionales e internacionales, gubernamentales y privados, conocidos por el nombre genérico de Organizaciones No Gubernamentales u ONG. Con un resultado tan poco efectivo como el de una gota de agua en una plancha al rojo. La pobreza en el Tercer Mundo ha aumentado de tal manera que ha habido que inventar un Cuarto Mundo, para designar el infierno donde viven aquellos a los que falta no sólo lo más elemental, ropa, agua, comida, medicinas, techo, sino también la seguridad básica que garantiza que, en cualquier momento, no llega un individuo que te asesine, para quitarte las cuatro cosas que tienes o, simplemente, por pertenecer a otra tribu.

Si nos ponemos a evaluar fríamente, la ayuda al desarrollo ha sido el mayor fracaso colectivo de los últimos tiempos, al no haber alcanzado no ya su objetivo final -elevar el nivel de los pueblos a que va destinada-, sino su objetivo mínimo: lograr que sus habitantes se queden en sus países y no inunden los nuestros como una inmensa marea. Hoy, siguen llegando, sin importarles las barreras que se les ponen ni los riesgos que corren en el viaje. Pues siempre será preferible vivir al raso en la Plaza de España de Madrid o bajo un puente del Sena que en Conakry o Accra. Es la mejor prueba del fracaso de la ayuda a los países en desarrollo.

Sin embargo, dicha ayuda continúa. Incluso con más intensidad que nunca, en parte, en un esfuerzo inútil para contener esa avalancha, en parte, en un intento ya más logrado de acallar nuestras conciencias. Y aquí debo aclarar dos cosas importantes. La primera: que hay ONG y ONG. Mientras algunas cumplen una labor admirable -pondría a la cabeza Médicos sin Fronteras, junto a las monjas que de antiguo vienen ayudando a pobres sin discriminación alguna-, hay otras que, más que ayudar a otros, ayudan a sus patronos, y digo esto por conocer a algunos de ellos que han hecho de su ONG un medio de vida muy confortable. En cualquier caso, las ONG no resuelven el problema de la miseria en el mundo, aunque puedan resolver algunos casos particulares. Es incluso posible que sean analgésicos que calman el dolor de esos pueblos, pero no curan su enfermedad, condenándolos para siempre a ella. El segundo punto que deseo aclarar es que la ONU tampoco es una solución para este problema. Ni para ninguno. Veinticuatro años como corresponsal en ella me han enseñado que la ONU sólo sabe enterrar muertos y poner de acuerdo a los que ya lo están. Si una de las partes en conflicto rechaza el compromiso, el conflicto sigue abierto. Tan simple como esto. O sea que creer que la ONU puede acabar con la pobreza es tan iluso como creer que puede traer la paz al Oriente Medio o impedir la nuclearización de Irán. La ONU es nuestra coartada para convencernos de que hacemos algo sin hacerlo, y cuanto más apelemos a ella, más ingenuidad o hipocresía destilaremos. Apelar a la ONU, en fin, es como apelar al Rey en una democracia parlamentaria para que resuelva nuestros problemas. En una democracia parlamentaria, el Rey no tiene poderes ejecutivos. Los tienen los partidos, los tribunales, las Cámaras. Como tampoco los tiene la ONU, donde quienes mandan son los Estados miembros. Y los Estados miembros van cada uno a lo suyo. En resumen, que esperar de la ONU que resuelva la miseria del mundo es aún más ilusorio que esperar que la resuelvan las ONG.

Aclarados estos dos puntos, podemos entrar ya en el meollo de nuestro asunto. ¿Cómo es posible que pese al aumento constante de la ayuda y cooperación internacional, los países ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres? ¿Cómo se explica que el foso entre ellos se haga cada vez mayor? Freimut Duve lo apuntó acertadamente ya hace casi medio siglo en el libro citado: la causa es que, mientras el precio de las materias primas bajan, el precio de las manufacturas se multiplica. Lo que reciben por su café, su cacao, su azúcar, su mineral de hierro, de cobre, etc., etc., los países subdesarrollados no cubre ni de lejos lo que les cuestan los productos que compran en los industrializados. Y la ayuda que reciben de éstos, advierte Duve, no es más que una parte ínfima de esa diferencia abismal entre sus balanzas comerciales, algo así como una propina. Si a ello se añade que muchas materias primas, desde la lana a la madera, han sido sustituidas por productos sintéticos, como la fibra y los plásticos, y que tanto la agricultura como la ganadería han evolucionado de tal forma que el Primer Mundo no necesita importar tales productos del Tercero, tendremos una situación desastrosa para éste, agravándose, además, cada año que pasa. Esto es así por pertenecer a la misma naturaleza de las cosas, incluida la naturaleza humana, y no hay forma de cambiarlo.

La única forma de superarlo no es con «más ayuda para el desarrollo» tal como venimos practicándola, que en el fondo no se diferencia mucho de aquellas benditas organizaciones caritativas de señoras pudientes, que intentaban aliviar la miseria de los pobres de su ciudad con tómbolas benéficas y partidas de canasta, antes de existir una red social por parte del Estado. Aquellas organizaciones caritativas se llaman hoy ONG, sin mucho más éxito en resolver el problema de la pobreza en el mundo.

La única solución es que esos Estados que meramente subsisten, y a veces ni siquiera eso, se industrialicen y puedan competir con los ya industrializados en un plano de mayor igualdad. Pero la industrialización es un proceso largo, lento, complejo, aparte de «cruel, inhumano incluso,» según Haffner, ya que obliga a transformar una sociedad campesina en otra completamente distinta. Centroeuropa lo hizo en el siglo XIX, y las novelas de Dickens y Zola nos dan cuenta de los sufrimientos experimentados por buena parte de la sociedad inglesa y francesa hasta alcanzar ese nivel de desarrollo, montado en el capitalismo más salvaje. Que no se diferenciaba mucho del capitalismo del Estado o comunismo, cuyo proceso de industrialización en la Unión Soviética, China y Cuba tampoco le anduvo a la zaga en cuanto a sufrimiento de la población. Lo que difieren son los resultados. En Rusia, mediocres. En China, mejores. En Cuba, desembocando en un callejón sin salida.

Aunque también nosotros que nos encontramos en ese callejón. La «ayuda al desarrollo», tan como venimos practicándola, es ayuda, pero no desarrollo, y Haití es el mejor ejemplo de ello. Ahora bien, el «capitalismo del Estado» tampoco garantiza el éxito, manteniendo en cambio la miseria. Tal vez una solución sería un «colonialismo a la inversa», esto es, poner a los países subdesarrollados bajo la tutela de sus viejas potencias coloniales, pero no para que éstas se beneficien de sus riquezas, como hicieron, sino al revés, para que se encarguen de su desarrollo, estableciendo allí los sistemas educativo, legal, sanitario, administrativo, industrial, que les permitan empezar a funcionar como Estados hechos y derechos, que hoy no son, ni lo serán nunca de continuar por el camino que van. Se trataría, en fin, de llevar a la práctica el proverbio chino «Si das a un pobre un pez, comerá hoy. Si le das una caña y le enseñas a pescar, comerá toda su vida.»

Pero ¿quién regala una caña y enseña a pescar en los jorobados tiempos que corren?


ABC - Opinión

Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE



Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE

viernes, 22 de enero de 2010

El hundimiento de la percepción económica de España. Por Roberto Centeno

El disparate económico de la semana, ha sido la publicación ayer por el Financial Times, de algo que desde este programa he venido denunciando por activa y por pasiva desde hace más de un año: que LA BANCA, con el apoyo del Banco de España, ESTÁ FALSIFICANDO LA REALIDAD DE SUS BALANCES, en concreto y al contrario que en el resto del mundo, en lugar de valorar sus activos a precio de mercado “mark to market”, los valora al precio de adquisición o casi, cuando el precio de mercado puede ser hasta un 50% inferior en el caso de la vivienda, y hasta un 90% inferior en el caso de los terrenos.

El diario británico no es el primer medio en hacerse eco de esta falsedad, pero si el de mayor repercusión. ¿Y qué nos dice?, pues que la morosidad real de muchos bancos es casi el doble de la oficial, y eso que no tiene en cuenta, ni las refinanciaciones de préstamos que jamás serán devueltos, ni los aplazamientos a empresas quebradas, ni los agujeros de grandes sociedades como Reyal Urbis o Metrovacesa, que tampoco podrán repagar su inmensa deuda, se limitan a calcular el valor de mercado de lo que denominan propiedades inmobiliarias adquiridos, fundamentalmente viviendas – no está claro que incluyan también terrenos y otros activos -, y ver su diferencia con el valor contable.


Pero el diario es muy concreto en sus datos con los bancos cotizados que son los que interesan a sus lectores, así explica, por ejemplo, que la morosidad real del Popular es del 8,43% frente al 5,43% oficial, la del Sabadell del 6,82% frente al 3,87%, la de Banesto del 4,2% frente al 3,02, etc, no es de extrañar por ello, que los especuladores estén apostando por una fuerte caída del valor de los mismos, vendiendo masivamente sus acciones. Solo Santander y BBVA salen mejor librados, porque el engaño no es tan grande, y porque el Santander obtiene los 2/3 de sus beneficios en el exterior y el BBVA los 2/5. Y esto son los bancos, de las cajas ni habla, donde la situación es de quiebra pura y dura en la mayoría, y sin embargo ahí tienen Uds a los presidentes autonómicos, Feijoo por ejemplo, más chulos que un ocho, diciendo que las cajas de la taifa son de la taifa y de nadie más, mientras exigen nuestro dinero y nuestros avales, para salvarse de la ruina.

El Banco de España, en su línea de mendacidad habitual, dice que la morosidad en noviembre ha sido del 5.05%, 92.624 millones de euros, con un par. Cuando la realidad supera los 200.000 millones, una cifra escalofriante, de los cuales unos 120.000 millones corresponde a las cajas de ahorro, no los 48.000 millones que falsamente les atribuye el BdE, y de los cuales a su vez entre un 20 y un 25% serán fallidos (1). Y esto es solo la parte “fácil” del problema, la parte difícil es como devolver los casi 400.000 millones que deben al exterior y que son incapaces de repagar. El año pasado necesitaron casi 60.000 millones de avales del Estado para renovar préstamos, y este año ya ha pedido otros 50.000 millones, porque no son capaces de devolver casi nada. ¡Pero no le da a Ud. vergüenza D. Miguel Ángel!, este es un proceso de locos que nos lleva a la ruina. Tome nota de lo que hizo su predecesor, el injustamente vilipendiado Mariano Rubio, en la crisis de los 80, donde intervino 52 entidades de 100, sin que le temblara el pulso, e intente imitarle. Deje ya de amagar y no dar, deje ya de cubrir con sus mentiras a esta panda de golfos, y sobre todo deje de amenazar con utilizar el “bate de béisbol” como gusta llamar al artículo 7 del Real Decreto del FROB, que le autoriza a intervenir una caja de ahorro insolvente y poner en la calle a sus gestores, y utilícelo y póngalos en la calle ya, antes de que el estropicio se lleve por delante lo que queda de país. El problema es que los barones autonómicos, con el apoyo de Rajoy y Zapatero le toman a Ud. por el pito del sereno, y que ha demostrado no tener lo que hay que tener un regulador para actuar, mientras la situación empeora cada día. Empiece a actuar de una santa vez, ¿se puede saber a que espera?…

Y entre tanto, la situación económica se agrava cada vez más, pero con un diferencia. Los mercados y la prensa internacional son ya conscientes de lo que se avecina, lo que precipitará los acontecimientos. Goldman Sachs, el primer banco de inversión mundial, ha dado un giro de 180º a su percepción sobre España, y recomienda desde ayer vender toda la deuda española, para protegerse ante un posible impago de la misma. Y el Deutsche Bank ha hecho lo mismo, y varios diarios internacionales señalan ya que después de Grecia quebrarán España y Portugal. La dictadura mediático televisiva de Zapatero y sus secuaces, y una oposición mentirosa, corrupta y traidora – han aceptado la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y ¡acaban de apoyar el proyecto Sinde de restricción de las libertades fundamentales, con el cierre de los blog de internet contrarios a los puntos de vista del gobierno! Solo Rosa Díez se ha enfrentado al proyecto y propuesto eliminarlo si UPyD saca los suficientes votos! – que allá donde gobierna, hace todo lo contrario de lo prometió a sus votantes y de lo que predica, ya solo engañan a los españoles, y espero que cada vez a menos. 2010 será una año de continuidad en el hundimiento y al final estaremos ya al borde del desastre.

RESPUESTA A CARLOS Y A MORGLUM SOBRE EL AGUA

Carlos y Morglum, Morglum y Carlos. Me resulta no solo increíble sino particularmente triste lo que comentáis sobre el agua. Y me resulta particularmente triste por ver a dos personas inteligentes y valiosas infectadas del virus de la degradación intelectual y moral de este régimen de miserables. ¿En qué país del mundo civilizado el agua no es un bien común?, ¿en qué país del mundo se blindan los ríos? “Todo el agua se tira al mar” (excepto en Israel donde no se tira ni gota), eso es una memez como decir “la tierra pertenece al viento” o “volverán las oscuras golondrinas”, si un río, el Ebro, ha arrojado en las últimas dos semanas al mar más de tres veces más agua que la necesitaba el Plan Hidrológico, ¿por qué coño no se va poder coger ese agua en la desembocadura y llevarla a donde se necesita? Pues porque Zapatero es un miserable lleno de odio, y como el tema era idea de Aznar, decidió cargárselo para empezar, y para seguir lo utilizó para enfrentar a unos españoles contra otros, algo que forma parte de su siniestro programa, un enfrentamiento en que vosotros habéis picado.

Es decir, un personaje malvado toma una decisión canallesca y siembra la semilla del odio, y la semilla fructifica. Desgraciadamente ha fructificado en muchos, pero sinceramente no pensaba que fructificara en gente como vosotros. Eso es lo grave y lo realmente triste.

Dice Carlos, que los tomates que se riegan con el agua ¿por qué no son suyos? Por Dios Carlos ¿qué rayos tienen que ver unos tomates cultivados con el trabajos de una persona en una tierra de su propiedad, con el agua de un río? Por favor, sé un poco más serio. Llegamos al absurdo de los absurdos.

Y termino Morglum, no tengo ni idea de los estudios de Eraso, pero no nos cuentes una batallita conspiratoria, es imposible que Eraso si es lo que dices que es, y no lo dudo, haya puesto en cuestión un trasvase como el del Ebro, que además y al contrario que el Tajo-Segura, es agua residual cogida de la desembocadura y no en la mitad de su curso. Y si lo ha hecho, que no lo creo, entonces tendría que decirte con toda rotundidad que es un perfecto descerebrado. El agua de un país es de ese país, DE TODO EL PAIS, y no de una región concreta, Y TODAS LA OBRAS HIDRAÚLICAS QUE PUEDAN HACERSE PARA DISTRIBUIRLA DE LA MANERA MAS EFICAZ SON ESENCIALES, sobre todo en un país como España con una distribución hídrica tremendamente descompensada. El trasvase Tajo-Segura lo propuso un Ingeniero de caminos, Lorenzo Pardo, a principios del siglo XX, y luego, como toda las obras hidráulicas de este país lo realizaría Franco, porque estos miserables, tanto los que nos gobiernan como los que supuestamente hacen oposición, viven de la rentas y del expolio, no han hecho nada de nada, excepto llevar a España a la división y a la ruina. Quien defiende que el agua es de cada taifa, aparte de estar para que lo encierren, está defendiendo la destrucción de España y eso no puedo aceptarlo, ni puede aceptarlo una persona racional.

El miserable de Zapatero en un mitin en Valencia poco tiempo después de haber anulado el Plan Hidrológico, que para mas INRI se financiaba con fondos comunitarios, diría “voy a acabar con el problema de la sequía en España, voy a llevar agua a todas partes, si he sido capaz de sacar las tropas españolas de Irak, ¿cómo no voy a ser capaz de traer agua a Valencia?” ¿Y qué ha hecho este mentiroso compulsivo?, nada de nada de nada. Lo que ha hecho es un delito de lesa Patria. Y ahora la Cospedal, traicionando los principios y los valores del PP y todo lo que haya que traicionar con tal de seguir chupando del bote también. Si alguien vuelve a votar a estos gusanos/as merece todo lo que le pase, y le pasará, no lo dudéis.


El blog de Roberto Centeno

Bruselas, ¿tumba de Zapatero?. Por Jos´María Carrascal

«Italia, mi ventura, Flandes, mi sepultura». Así rezaba el lema de los Tercios españoles. Cuatro siglos después, Bruselas puede ser la tumba de Zapatero, a poco que ejecute la política que se había trazado como presidente de la UE. El plan era tan sencillo como ingenioso: Europa empieza a recuperarse, mientras España no lo hace. Él se asigna el mérito de la recuperación europea para calmar el desasosiego español, gana tiempo hasta que sintamos sus efectos y llega a las elecciones de 2012 en condiciones de competir. Por eso empezó la presidencia tan farruco.

Pero como todas las cuentas de Zapatero -la negociación con ETA, los nuevos estatutos-, éstas le están saliendo también como las de la lechera. A los europeos no puede engañarles tan fácilmente como a los españoles y de entrada, le han marcado el terreno con líneas rojas. Esas propuestas suyas, tan sonoras, tan vacías, tan altisonantes, han hecho sonar los timbres de alarma en Bruselas y Estrasburgo, donde conocen a los fantasmones antes incluso de que abran la boca. De ahí que no hayan perdido tiempo en llamarle al orden. El varapalo, recogido y aumentado por los medios de comunicación más prestigiosos, ha sido tan fuerte que lo ha acusado incluso un autista como él a toda sugerencia extraña. Zapatero se presentó el miércoles ante el Parlamento europeo en su versión más humilde, modosa, apocada. Aún así, las advertencias siguieron: ¿cómo quiere arreglar la economía europea si no consigue arreglar la española?, fue el disparo ante la proa. Obligándole a buscar refugió en lo más melifluo de su programa, contra lo que no podía estar nadie: «cooperación», «pacto social», «actitud a la altura de las circunstancias», sin atreverse a hacer propuestas concretas. Alguien ha debido de explicarle que aquel parlamento, incluso medio vacío, no era el español.

Pero Zapatero no sería Zapatero si siguiese en esa línea candorosa. Además de seguir en esa línea, todo su plan se le viene abajo, al no poder adjudicarse la recuperación europea. Así que, tarde o temprano, más lo segundo que lo primero conociéndole, volverá a las andadas, con sus planes de «economía sostenible», «diálogo social» e «interconexiones de mercado», que, al abarcar todo, no abarcan nada y resultando tan peligrosos como una pistola cargada en las manos de un niño.
Europa, en fin, le tiene tomadas las medidas y no va a permitirle que haga en ella las barbaridades que ha hecho en España. Claro que si Europa no se lo permite, ¿cómo va a poder seguir haciendo barbaridades en España? Ese es hoy su dilema, del que sólo podrá sacarle Berlusconi ofreciéndole un buen empleo en su imperio, como a tantos izquierdistas españoles, que hasta hace poco le denigraban o presumían de nuestro sorpasso. Italia nuestra ventura, Flandes nuestra sepultura. En España no ocurre nada nuevo, no ya en décadas, sino en siglos.


ABC - Opinión

La ruptura con la tolerancia. Por Cristina Losada

Son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos.

En una caja olvidada ha aparecido una foto que había dado por perdida. Se la prometí a Somalo y Noya para el libro Por qué dejé de ser de izquierdas, pero no emergió a tiempo de su escondite. Treinta y cuatros años tiene la imagen. Es del 5 de febrero de 1976 y de un concierto de Raimon en Madrid. Aunque no se fue allí a oír música sino a un acto político. Asistieron las figuras más populares de la oposición antifranquista o, para ser precisos, del movimiento contra la dictadura. A esos efectos, Felipe González era un recién llegado. De ahí que su presencia despertara curiosidad entre quienes no siendo líderes de nada, llevaban más tiempo en aquellos trabajos, que no dejaban de ser esforzados y arriesgados. Los únicos socialistas que hasta entonces conocíamos eran los que pastoreaba Tierno Galván.


Las distorsiones de que ha sido objeto esa época, terminal y germinal, son de tal calibre, que un acto como ese concierto-mitin resulta hoy casi ininteligible. Al cabo de un año y medio se celebraron las primeras elecciones. Pienso que ninguno de los que aquella noche gritaron "libertad" sospechaba que cambiarían tantas cosas en tan breve período y, en buena parte, gracias a sus presiones. La "ruptura" que, al principio, reclamaba el grueso de la izquierda no se produjo. Pero ha habido, y es reciente, una ruptura de otra clase. Se ha cortado el cordón umbilical con la generación que alentó la Transición, que deseaba democracia, aunque para una minoría no fuera un fin, sino un medio, y que aprendió a ser tolerante en el proceso.

La política de nuestros días la hacen, en la izquierda, los que estuvieron ausentes de aquellas fatigas. Y no tanto por edad, que había quienes con quince años y aún menos se mojaban, como por indiferencia o, tal vez, miedo. Pero son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos, se remiten a una Historia reducida a panfleto y presumen de representar la continuidad con la izquierda antifranquista. Sin embargo, poco o nada tienen en común con ella. No con aquel PCE de la reconciliación nacional que facilitó que la mutación transcurriera sin traumas. Ni siquiera con aquel González de aire idealista que retrata la foto. De esas cuadras vienen, sí, pero son de otra pasta. El cainismo y el sectarismo que hoy nos asfixian no tienen su origen en aquel tiempo.


Libertad Digital - Opinión

El truco. Por Ignacio Camacho

Siete reformas de la Ley de Extranjería en diez años indican que España no sabe qué hacer con la inmigración. Que falta un criterio coherente sobre el asunto esencial, que es el de cuántos inmigrantes pueden venir y en qué condiciones se pueden quedar. Que la decisión de cerrar o abrir la puerta ha obedecido hasta ahora a impulsos de índole electoralista y no a razones estratégicas de Estado. Y que nuestros grandes partidos son incapaces de acordar un marco estable que sobreviva a su alternancia de poder y a los bandazos políticos de sus propios programas.

Por más que unos y otros se tiren los inmigrantes a la cara, cruzándose acusaciones de buenismo y de xenofobia, la ausencia de claridad alcanza por igual a socialistas y populares, que blanden políticas elásticas improvisadas a tenor de las encuestas de opinión pública. Manuel Pimentel dimitió de ministro cuando Aznar le rectificó sus planes de acogida generosa imponiéndole una legislación restrictiva, y Zapatero se cargó a Jesús Caldera reprochándole una excesiva benevolencia regularizadora... ¡que él mismo le había ordenado! Esa incongruencia legal que ahora admite José Blanco representa también una flagrante incoherencia política en tanto que el Gobierno que reconoce la contradicción no pone voluntad alguna para solucionarla. Simplemente, el poder vive mejor en el limbo de un absurdo porque la ambivalencia jurídica le permite bascular el criterio a medida de la demanda de coyuntura. Hay una ley que sanciona la expulsión de los sin papeles y otra que obliga a empadronarlos; en pura lógica, los empadronados sin permiso de residencia deberían ser de inmediato devueltos a sus países, pero en la práctica prevalece ante semejante desatino la doctrina del arraigo respaldada por la jurisprudencia del Constitucional y del Supremo. Se trata de la consagración de la ambigüedad y de los hechos consumados ante la ausencia de una política razonable.

Zapatero tiene razón cuando denuncia el «truco» subterfugial e indecente de Vic, pero la política gubernamental se basa también en el truco de aplicar a conveniencia un principio y su contrario sin modificar la legalidad que permite el equívoco. El presidente recién llegado mandó regularizar a la brava a setecientos mil irregulares de una tacada: abre la muralla. Cuando los sondeos reflejaron la inquietud popular y el PP le madrugó la iniciativa de canalizarla, liquidó al ministro que cumplió su encargo y quiso poner cara de antipático: cierra la muralla. Pero la realidad es la que es: de un modo u otro casi todo el que llega se acaba quedando. Sin planificación, sin control, sin reglas y sin método. Y en medio del caos legal y administrativo de un país que no sabe decidir cuántos extranjeros necesita y cuántos puede acoger, la única política de flujos migratorios la está haciendo por su cuenta la crisis económica.


ABC - Opinión

O incendiamos La Moncloa, o ponemos un poco de sensatez . Por Federico Quevedo

Ya sé que esto me va a suponer los exabruptos de los intolerantes de siempre de uno y otro lado, pero para qué les voy a engañar, el hecho de acumular odios en los extremos me complace sobremanera porque siempre he creído que en el centro y en la moderación se encuentra la virtud. Viene esto a cuento de la decisión del PP de renunciar en parte a su exigencia de retirada total de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con el fin de facilitar la consecución de un Pacto por la Educación que actualmente negocian el ministro del ramo, Ángel Gabilondo, y la secretaria general de los populares, María Dolores de Cospedal. Es cierto que el PP había incluido en su programa electoral el anuncio de que si ganaba las elecciones retiraría esa asignatura, pero qué quieren que les diga, creo que este gesto por parte del principal partido de la oposición dice mucho de su voluntad por intentar alcanzar un acuerdo que en sí mismo es mucho más urgente e importante que la supervivencia o no de la asignatura de marras.

Además, quienes acusan al PP de renunciar a sus principios y esas cosas, mienten y falsean la realidad, porque en ningún caso el PP ha renunciado al fondo del asunto, es decir, a que Educación para la Ciudadanía deje de ser, de una u otra manera, lo que hoy es: una asignatura de adoctrinamiento en los principios que rigen la política social de Rodríguez Zapatero. Verán, la realidad es bien distinta. Cuando en un principio el ministro Gabilondo propuso al PP un Pacto por la Educación, en Génova 13 se acogió la propuesta con mucha desconfianza. Pero después de varios encuentros entre Gabilondo y Cospedal, las cosas han cambiado y en la sede del PP han percibido por parte del ministro una seria voluntad de intentarlo como sea. Además, lejos de la posición inamovible que hasta ahora venían exhibiendo los ministros de Educación de Rodríguez, Gabilondo se ha mostrado muy perceptivo a las posiciones del PP y, sobre todo, como buen profesional del sector, ha resultado ser muy crítico con el actual sistema en cuanto que no solo no consigue alcanzar los objetivos que se había propuesto sino que ha convertido a los escolares españoles en los peor formados de toda la Unión Europea, o casi.

Una concesión a medias

Y, por si fuera poco, Gabilondo coincide también con el PP en la necesidad de que el sistema educativo se apoye en el mérito y el esfuerzo como ejes del mismo. Todo ello ha llevado al PP a confiar en la voluntad del titular de la cartera en quien, como ha dicho Rajoy, reside mucha más seriedad de la que pudiéramos encontrar en Rodríguez. Ese es, de hecho, el único inconveniente que puede hacer peligrar el pacto. Un pacto que debería haber existido desde hace mucho tiempo entre las dos principales fuerzas políticas. La educación es algo demasiado importante como para que esté sujeta a los cambios electorales, y lo cierto, sin embargo, es que cada gobierno que llega intenta implantar su modelo, con la salvedad de que hasta ahora solo conocemos el socialista, porque ya se encargó Rodríguez de que nunca pudiera ponerse a prueba el modelo del PP. ¿Consecuencia? Una educación pésima fundamentada en el colegueo en lugar de fomentar el esfuerzo personal. Consciente de que la necesidad de ese pacto, el PP ha elaborado un documento muy interesante que deja espacios para el encuentro entre los dos modelos educativos, sin renunciar al esfuerzo y la superación como elemento sustancial de un sistema educativo que debería tener la excelencia como objetivo.

Pero para encontrar puntos de acuerdo, es obligado hacer concesiones, y Educación para la Ciudadanía es una de ellas. Una concesión a medias porque lo que realmente propone el PP es incorporar al nuevo modelo la sentencia del Tribunal Supremo, es decir, que sobreviva la asignatura pero modificando sustancialmente su contenido. De tal modo que del programa de máximos que era la retirada completa de Educación para la Ciudadanía, el PP propone excluirla como tal de la educación primaria y convertirla en una asignatura transversal que ofrezca unos primarios conocimientos sobre la Constitución, y mantenerla en secundaria con ese mismo objetivo, pero más ambicioso, de conocimiento de la Carta Magna e incorporando algo que el Gobierno socialista había marginado de nuestro sistema de enseñanza: la Filosofía, fuente del saber y del conocimiento desde los orígenes de la humanidad. Consciente, sin embargo, Rajoy de que el Pacto no depende solo de la voluntad de Gabilondo, sino de la arbitrariedad de un presidente del Gobierno que siempre se ha caracterizado por su sectarismo, antes de que se acuse al PP de romper nada, ha dado a conocer su propuesta y, sobre todo, sus concesiones a un Pacto mucho más que necesario si en el futuro queremos tener una educación de calidad.


El confidencial

El cóctel. Por Alfonso Ussía

Joaquín Leguina fue un buen presidente socialista de la Comunidad de Madrid. Es un hombre ilustrado, un magnífico escritor, y, por ello, alejado de los dogmas partidistas. Siente tanto respeto por la libertad que el primero en ejercerla y disfrutarla es él. Tiene para mí otra cualidad de gran importancia, pero se me puede acusar de parcialidad. Que es cántabro, montañés. Nació en Villanueva de Villaescusa y creció en Guarnizo, cuna de Francisco Gento, y ese dato no carece de singularidad. Por lo demás, Joaquín Leguina representa lo que tanto se echa de menos en España. El socialismo culto y evolucionado, la cortesía y la reconciliación. Gobernó para todos, y cuando fue derrotado por Alberto Ruiz Gallardón, abandonó con suma elegancia el escenario del protagonismo y fue despedido con cariño y gratitud por la ciudadanía del Foro y aledaños, eso que se ha terminado por llamarse Comunidad de Madrid. Hasta sus patinazos, –todos los gobernantes resbalan–, fueron divertidos y benéficos. Aquel Himno de Madrid que se sacó de la manga, con música del maestro Sorozábal y letra de García Calvo –himno, por otra parte, todavía vigente aunque nadie lo conozca–, superó las cumbres del surrealismo. Si una Comunidad autónoma precisa de un himno, le brindo la idea a Esperanza Aguirre. Aquí tenemos a Bocherini y su Música Nocturna de Madrid, y la adaptación no sería complicada. El himno nacional de Austria es de Mozart, y a mí esa chulería me descompone. Madrid reclama a Bocherini. Y si Madrid no lo reclama, lo hago yo, con muchísimo gusto.

Leguina ha escrito un libro de «Memorias». La literatura memorialista en España no tiene prestigio. Los políticos escriben y cuentan lo que les da la gana. Las estupendas –literariamente– «Memorias» de Azaña son un ejercicio de cinismo prolongado y de medias verdades con un sólo objetivo. Que el autor siempre quede bien. Leguina escribe con mucha más libertad y, de cuando en cuando, arrea sopapos valientes. Intuyo que intelectualmente no aprecia ni a Zapatero, ni al zapaterismo ni al socialismo que hoy impera en España. Cuidado con los montañeses, que guardan en sus rincones un sentido del humor cáustico y borrascoso, muy molesto para quienes lo padecen. Porque en España, el sentido del humor de los demás no se disfruta. Se padece y sufre, y así nos va.

Unas pocas líneas para mostrar el sentido del humor de Joaquín Leguina. El humor, que en otras sociedades vuela muy alto, en España está condenado al silencio por culpa del analfabetismo de la cultureta en el poder. Cultureta de la Izquierda antigua y nada desarrollada, anclada en el dogma del tostón trascendental. Leguina, en la agonía de su último libro, nos regala la fórmula de un nuevo cóctel. Se hace «barman» el de Guarnizo, y como un revivido Pedro Chicote, nos regala el acierto de su hallazgo. El cóctel «Zapatero» o «zapaterista», de cuyos ingredientes nos informa: «Se prepara metiendo en el recipiente un toque progre, cuarto y mitad de feminismo radical y otro tanto de retórica ecologista. Añádanse unas rodajas de buenismo, un vaso de anticlericalismo y unas esencias de memoria histórica para darle el aroma adecuado. Mézclese todo con cuchara larga, pero no debe agitarse, no vaya a ser que explote».

No lo probaré a tu salud, don Joaquín.


La Razón - Opinión

Toca volver a cambiar la Ley de Extranjería

El caso de Vic o una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar.

LA DECISIÓN del Ayuntamiento de Vic de acatar las normas y volver a empadronar a todos los inmigrantes, sin atender a si están legalmente o no en España, resuelve la polémica inmediata planteada por el consistorio barcelonés, pero no acaba con el problema de fondo, que es la vigencia de una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar. Si el miércoles era el número dos del PSOE, José Blanco, quien asumía que existe esa «incongruencia» en la normativa, ayer era el lehendakari y líder de los socialistas vascos Patxi López quien reconocía la «contradicción». El propio ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho, admitía estar abierto a debatir «lo antes posible» sobre la materia. Las manifestaciones de los tres desmienten la versión oficial de su partido de que no existe ninguna incoherencia en la ley, versión miope que sólo responde al interés por intentar que no se abra una controversia en la que el PSOE da por supuesto que quien más tiene que ganar es el PP. Eso explica que Blanco intentara ayer dar marcha atrás en sus declaraciones. Sin embargo, el absurdo en el que incurre la legislación es tan patente que los socialistas se ponen en evidencia cuando pretenden hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino.


En ese sentido, el ministro de Justicia, Caamaño, hace trampa cuando asegura que el informe del abogado del Estado que declara improcedente no empadronar a extranjeros sin visado es la prueba de que no existe «disparidad» en la normativa, cuando lo único que ese informe revela es algo obvio: que la ley que rige para el padrón municipal no es la de Extranjería, sino la de Régimen Local. Por eso hemos mantenido desde el principio que el Ayuntamiento de Vic tenía razón en el fondo, pero no en la forma, ya que no tenía en sus manos resolver la contradicción y estaba obligado a empadronar.

Es comprensible que Zapatero trate de echar tierra sobre este asunto, porque admitir ahora que la Ley de Extranjería hace agua supone, en primer lugar, reconocer la incompetencia del Gobierno y de toda la clase política, que no advirtieron el problema cuando aprobaron -aún no hace ni dos meses- la última reforma de la norma. Pero además, volver sobre la legislación, empujaría de nuevo al PSOE a enfrentarse a sus evidentes contradicciones en esta materia, y es que empezó con la alegría del papeles para todos de Jesús Caldera, siguió con el endurecimiento progresivo de la legislación a raíz de las críticas de la Unión Europea y ha acabado, de momento, con la teoría del empadronamiento universal, que es una forma de regularización encubierta permanente.

Sin embargo, un país serio no puede amparar un sistema que estimula la ilegalidad y permite a las mafias del tráfico de personas seguir prometiendo a sus víctimas que tienen una vía para obtener papeles. Esa situación contribuye a mantener vivo el efecto llamada.

Por todo ello, el Gobierno haría bien en impulsar el debate que Corbacho dice estar dispuesto a abrir y que la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, también reivindicaba ayer. El Ejecutivo debería explicar cómo piensa corregir la actual contradicción normativa y presentar un plan que contemple qué hacer con los inmigrantes no empadronados y qué hacer con los que, estándolo, no han obtenido aún el permiso de residencia porque entraron ilegalmente. Sólo con una ley clara y pactada por los grandes partidos se evitará la inseguridad jurídica que ha llevado a un sindicato policial a reclamar, con toda lógica, que los agentes tengan acceso a los datos de empadronamiento para cumplir así de manera más eficaz con su obligación de perseguir a quien está de forma ilegal en el país.


El Mundo - Editorial

La mentira térmica de Gallardón

El problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.

La reacción de Alberto Ruiz Gallardón ante las preguntas de esRadio y la confesión ante los micrófonos de la Sexta sobre su pasión irrefrenable por el Gran Wyoming da la medida justa del concepto de verdad, y de periodismo, que posee el alcalde de Madrid. Para el fracasado promotor de la capital de España como sede de los Juegos Olímpicos, el humorista de izquierdas es "muy buen periodista" –según confesó a la propia cadena de Roures en un estado francamente mejorable–; sin embargo, los periodistas que le preguntan por un asunto que preocupa a los madrileños no son más que "humoristas".


La gracieta sobre la central nuclear en la Asamblea de Madrid y la base de submarinos en el proyecto de Madrid Río, sin embargo, no han provocado en el auditorio las risas que parecía esperar el alcalde. Quizá sea porque resulta difícil reírse cuando se piensa que cualquiera de esos ridículos proyectos hubiera resultado menos oneroso para los madrileños que los faraónicos gastos en que ha incurrido Gallardón en sus años de alcalde, en los que ha multiplicado la deuda por cinco y ha convertido Madrid en la ciudad que acumula un cuarto de toda la deuda municipal y la mitad de la deuda de todas las capitales de provincia.

El coordinador general de Vivienda del Ayuntamiento de Madrid, Juan José de Gracia, reconocía poco después de esta escena que en Puente de Vallecas se está construyendo una central térmica. Hace bien, pues en el proyecto oficial de la construcción que se está llevando a cabo en ese barrio se menciona la central térmica al menos en 40 ocasiones, y lo de mentir con tanto descaro es más propio de políticos como Zapatero, Rubalcaba o su propio jefe.

Cabe preguntarse qué ha llevado, entonces, a Gallardón a mentir, parece que con el único objeto de burlarse de una periodista de esRadio y LDTV. No se puede dudar de que si hubiera trabajado para el Grupo Prisa, el alcalde se hubiera desvivido por contestar adecuadamente a sus preguntas. Al fin y al cabo, ya ha defendido públicamente la "libertad de expresión" de unos periodistas de la cadena SER condenados por publicar los nombres, apellidos y domicilios privados de una serie de afiliados al partido al que, teóricamente, pertenece Gallardón, mientras que ha demandado a otros periodistas por limitarse a expresar su opinión.

Quizá Gallardón no ha hecho otra cosa que hacerle pagar a una periodista su frustración. Al fin y al cabo, sus miles de asesores, los miles de millones de deuda que dejará como herencia y sus continuos fracasos olímpicos se han llevado por delante, para siempre, su antigua fama de buen gestor, que para muchos era suficiente como para perdonarle su afición por halagar a la izquierda y huir de la derecha que le vota. Además, su continua obsesión por ser califa en lugar del califa ha sido frustrada incluso por un líder tan débil como Mariano Rajoy, y parece ya difícil que pueda optar de nuevo al puesto, especialmente cuando sus únicos padrinos están en la ruina.

Y es que el problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.


Libertad Digital - Editorial

Diagnóstico de la salud presidencial. Por Ramón Pérez-Maura

«Boston Tea Party» es el nombre que recibe la más celebre revuelta popular que hubo en las Trece Colonias antes del estallido de la Guerra de la Independencia contra el gobierno del Rey Jorge III en 1775. Tuvo lugar el 16 de diciembre de 1773. Los colonos arrojaron al mar sacas de té como forma de manifestar su negativa a pagar impuestos a nadie más que a gobernantes elegidos. El pasado martes, en el Estado del que Boston es la capital, se produjo una nueva revuelta que puede haber pillado tan desprevenidas a las autoridades como aquella de hace 237 años, que encontró al primer ministro de Su Majestad, lord North, cazando lagunejas.

Ya hemos visto los primeros y pobres argumentos en defensa del presidente Obama y de su nula responsabilidad en el cataclismo electoral de Massachusetts. «La culpa es sólo de la candidata derrotada, Martha Coakley». La única ventaja de engañarse a uno mismo es que, a corto plazo, suele ser gratis y puede, incluso, consolar mucho. Porque lo que vimos en el primer aniversario de la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca fue una derrota del mensaje, no del mensajero. Obama asumió el poder en loor de multitudes planetarias y abstraído por ellas ha dejado que su proyecto de reforma sanitaria pasara de estar inspirado por el sector del partido afín a él mismo o a Bill Clinton, a quedar bajo la batuta de los herederos más radicales de George McGovern -el hombre al que Richard Nixon humilló en las presidenciales de 1972 derrotándolo por 520 votos electorales contra 17- o de Howard Dean, la izquierda de la izquierda del Partido Demócrata actual.


Que no haya lugar a dudas. La reforma sanitaria de Obama, en su actual redacción, está más muerta que viva. La mayoría vigente hasta el pasado martes era de 60-40 -contando en la mayoría el alma de difunto senador Kennedy. Con los 40 votos que el jefe de la minoría republicana ha logrado mantener compactos como una roca de mármol -algo poco usual- el Partido Republicano no podía bloquear la reforma en el Senado. El problema es que el ganador en Massachusetts el pasado martes, Scott Brown, hizo campaña diciendo que su voto sería el número 41. El que bloqueará la reforma. Y ese lema hizo que los votantes que se declaran independientes en Massachusetts, que son la mayoría, votaran abrumadoramente por Brown. Esos independientes huyen de las políticas radicales de uno u otro partido. Y en el caso que nos ocupa han visto cómo, con tal de sacar adelante la reforma, Obama cedía ante unos sectores de su partido que no estaban dispuestos al compromiso. Unos maximalistas que quieren tener patente de corso ideológica y que prefieren no lograr una reforma antes que lograr una reforma consensuada con la oposición -en la que, obviamente, habría que hacer concesiones. Brown nunca hubiera derrotado a Coakley si la votación del pasado martes no llega a ser sobre cuestiones de ámbito nacional de tanta trascendencia.

Hay políticos que escuchan la voz del pueblo cuando va a las urnas. Hay otros que antes de reflexionar un minuto ya han concluido que el pueblo se ha equivocado. Y hay otro tercer grupo que se anticipa al error que va a cometer el pueblo y estudia cómo ignorar su voz. En ese grupo está el Partido Demócrata del presente. El pasado fin de semana, horas antes de la votación que ha desatado la crisis, los jefes de la mayoría en Capitol Hill estudiaban planes de contingencia para poder ignorar la voz de las urnas de Massachusetts. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ya advirtió que al margen de cualquier voluntad popular, «tendremos reforma sanitaria por una vía o por otra». Como muy bien ha sentenciado editorialmente The Wall Street Journal «Verdaderamente, algunos políticos son tan obtusos como lo parecen».

Pelosi y sus colaboradores tienen tres planes para capear el temporal. Uno es convertir a Scott Brown en Leire Pajín y al Senado de Estados Unidos en las Cortes Valencianas. Y demorar la recepción de sus credenciales hasta que se haya votado la reforma sin que los republicanos tengan 41 senadores. Hasta los más radicales en el partido saben que ese desprecio a la voluntad popular crearía problemas a medio plazo. Obama ya se ha manifestado en contra, pero Harry Reid, jefe de la mayoría demócrata, sigue en ello. Otra alternativa es recurrir al proceso de conciliación de los textos y dar la batalla ahí, pero eso prolongaría esta cuestión durante meses. Y esta alternativa, ética y políticamente impecable, es de alto riesgo para Obama. Hay muchos demócratas que votaron por la reforma sabiendo de su impopularidad. Y ellos son los que en noviembre tienen que ser reelegidos en distritos en los que tienen ventaja marginal. Y esos demócratas sí que prestaran atención al pueblo de Massachusetts por muy lejos que esté de su circunscripción electoral. Hay también una tercera opción, aún más complicada: que la Cámara de Representantes ratifique el texto aprobado por el Senado en Nochebuena sin alterarle una coma. Así, se tragarían todas las enmiendas que ellos negociaron, pero el Senado no podría volver a votarla. Las posibilidades de que eso ocurra parecen escasas.

Massachussetts ha puesto de manifiesto una crisis de gran calado. Las elecciones de mitad de mandato suelen ser el termómetro político que diagnostica la salud del presidente. Pero este año ha habido toma de temperatura diez meses antes de lo habitual y el resultado es que al presidente con la mayor votación de la historia de los Estados Unidos le urge internamiento en la unidad de cuidados intensivos. El sentido común indica que los demócratas debieran reconocer qué mal entendieron la victoria de 2008. El mandato entonces fue el de sacar la economía de la crisis. Y en lugar de eso, lo que estamos viendo es cómo se resucitan las utopías izquierdistas de la década de 1960.

Utopías que son tan caras a la dinastía Kennedy, pertenenciente a la clase más elitista, de la ciudad más cosmopolita, del Estado de factura más europea de toda la Unión. El pasado miércoles el conductor de un importante espacio de la radio pública española afirmaba que Obama había perdido el «escaño del pueblo». Los Kennedy... ¿el pueblo? Después de su batalla contra la reforma sanitaria, la frase de mayor éxito en la campaña de Brown fue la que espetó a Coakley en un debate televisivo. Ante la disputa por el escaño que había sido del clan Kennedy desde que John se lo ganó a Henry Cabot Lodge en 1952 Brown sentenció: «Este escaño no es de los Kennedy. Este escaño pertenece al pueblo de Massachusetts».

Quince años después del «Boston Tea Party», Thomas Jefferson estaba en Europa como enviado del Congreso de los Estados Unidos. El 8 de enero de 1789 escribía a Richard Price, el célebre moralista, economista y pastor calvinista galés. «Para mí es una nueva prueba de consuelo que allí donde el pueblo está bien informado, se le puede confiar su propio gobierno; y que cuando quiera que las cosas se hagan tan mal como para llamar su atención, se puede estar seguro de que [el pueblo] las corregirá». Un mes después, el 4 de febrero, George Washington era elegido el primer presidente de los Estados Unidos. Y en 1800 Jefferson sería el tercer presidente de la gran república norteamericana, que sigue fiel a la visión de aquel redactor de la Declaración de Independencia de 1776.


ABC - Opinión