jueves, 6 de enero de 2011

Punset y lo paranormal. Por M. Martín Ferrand

La declaración de Punset parece, más que un enunciado científico, un retrato instantáneo de Zapatero.

EDUARDO Punset es un ampurdanés de origen que, como todos los de aquella hermosísima comarca catalana, resulta sensible a la tramontana y, tal que Josep Pla, parecer lo que no es y viceversa, pero siempre con talento. Quizás por ello ha conseguido el milagro de sentar cátedra como divulgador científico en la televisión, algo que no ocurría desde que, en los años sesenta, Luis Miravitlles, explicara los aminoácidos y otras cosas parecidas desde la TVE de Miramar. Los catalanes siempre han tenido madera divulgadora porque su vocación ahorradora les lleva a economizar palabras y conceptos y tienen la capacidad de convertir en lineal y sencilla la explicación más compleja. Algo con lo que un andaluz haría un jardín y un castellano una fachada plateresca.

Punset, un equilibrado cruce entre filósofo presocrático y vendedor a domicilio, domina el arte de la comunicación. Ahora dice, y lo anuncian los periódicos, que «la función del cerebro no es buscar la verdad, sino sobrevivir». El asunto no le es extraño porque el catalán, desde sus días de militancia en el PCE, con un brillantísimo currículum como economista, ha sobrevivido a todas las circunstancias habidas en España. Fue ministro con Adolfo Suárez y con Leopoldo Calvo-Sotelo y siempre ha sabido, como los mejores, serrar con una lima y limar con una sierra.

La declaración de Punset parece, más que un enunciado científico —que lo será— un retrato instantáneo de José Luis Rodríguez Zapatero. Es más, esa frase, pronunciada por otro personaje de menos acreditada serenidad, establecido más allá de la pelea política, podría ser una bomba con temporizador que lo mismo podría explosionar en manos del líder socialista que del popular. Ambos se han instalado en el primum vivere y no parecen dispuestos al filosofare en que se suscitan las ideas y soluciones que el país reclama.

Traigo a cuento la figura de Punset, siempre digna de atención, porque su transformación política pasó por la UCD y, después, por el CDS. No recuerdo ahora ningún otro militante notable de tan lánguido partido, aunque repican los mentideros la hipótesis de Mario Conde, lindo tipo de varón, como aspirante a la presidencia del Gobierno con esa formación como base. Dada la mala memoria establecida entre nosotros, conviene recordar que Conde, en el 2.000, ya le disputó a José Luis Rodríguez Zapatero y a José María Aznar tan alto cargo y la ciudadanía, que sabe distinguir entre un gato pardo y otro de porcelana, le recompensó con poco más de veinte mil votos. Algo menos que nada dada la notoriedad poliédrica del inquietante personaje. Aviso a los navegantes.


ABC - Opinión

Izquierda. La igualdad. Por Bernd Dietz

Para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que habría que erradicar.

Hubo un tiempo en el que la igualdad apareció ligada a la libertad y la fraternidad. Era natural, pese a que cada una de estas tres demandas o ideales perteneciera a un orden diferente. Al fin y al cabo se trataba de derribar los privilegios injustos y por tanto las distorsiones con origen en la herencia, la tiranía, la conquista violenta o el irrefutable derecho divino de los que se declaraban por éste agraciados, para reemplazarlos por el objetivo emancipador de defender un mismo punto de partida para todos. De facilitar unas condiciones para la honesta y esforzada proyección personal, cuyos frutos fuesen después apreciados mediante una valoración ecuánime y competente. Los mismos factores, en fin, que rigen y estimulan las buenas prácticas en la rivalidad deportiva o con respecto a la ambición creativa y la vocación de talento en cualquier ámbito noble. Porque la meritocracia se entendía como un mecanismo de liberación, apto para contrarrestar los abusos de poder sustituyéndolos por una escala de valores objetiva, socialmente aleccionadora y moralmente intachable.

El objetivo de la lucha política y de los reformas legales no era otro que el de permitir que pudiesen participar en una competición abierta por la autorrealización espontánea todos los ciudadanos, no sólo los que portasen apellidos, vitolas o nombramientos arbitrariamente predeterminados. Que tuvieran la oportunidad de demostrar su valía y su genuina utilidad para el progreso de la humanidad sin discriminaciones religiosas, raciales, ideológicas o de género. Y sin otras cortapisas sacadas de la manga al objeto de excluir con artería a quienes pudiesen superar en buena lid a los que partían con ventaja, pertrechados de recomendaciones, prepotencia e impostura. Porque en ese cambio revolucionario habría de consistir lo de aunar libertad, igualdad y fraternidad. En garantizar el derecho a que triunfasen, por méritos propios e inherentes a la persona y sus logros probados, los que acreditasen más razones positivas para conseguirlo, sin trampa ni cartón.


Ello no obstante, para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que, más pronto que tarde, habría que erradicar. Lo expresa así Alain Caillé: "Ser de izquierda, actuar o pensar en la izquierda, es actuar o pensar desde el punto de vista de los perdedores [...], afirmando la dominación jerárquica de los valores de igualdad sobre los otros valores finales de la acción colectiva (por ejemplo, la libertad, la fraternidad, la realización)". Y lo refrendan de continuo quienes argumentan que, puesto que siguen subsistiendo desiguales y por tanto perdedores en los lances de la existencia, está más que justificado coartar la libertad de quienes consiguen proezas y escatimarles la fraternidad (cuando no convertirlos en chivos expiatorios). "¡Cómo va uno a mostrar simpatía por los vencedores individualistas, que logren sus metas con limpia habilidad", profieren con indignación amenazante, "mientras sigan existiendo perdedores!" "¿Acaso no contamos con el arma de la discriminación positiva?", anuncian, como quien se plantea poner bombas.

Y es así. No se paran en barras, estos sectarios. A un izquierdista le importan una higa los derechos humanos, si de la aplicación de los mismos acaban derivándose una prelación o una jerarquía que le repatean. La elocuente experiencia del socialismo real nos señala en qué reside el sistema. Y nos enseña quiénes son los únicos que, establecida por las bravas la igualación por debajo, tienen derecho a seguir siendo desiguales. Obviamente serán los capitostes encargados de imponer y conservar mediante la coacción estatal ese estado de igualdad (para lo que previsoramente empuñan el garrote), así como sus floridos voceros (los intelectuales orgánicos y los artistas oficiales encargados del aparato de la propaganda). Con el elegante concurso, naturalmente, de todos aquellos magnates y relamidos burgueses que hayan comprado protección a cambio de renegar nominalmente de la libertad y demuestren una complicidad efectiva, aunque sobre todo retórica, de cursilería incendiaria, con los verdugos de la meritocracia. Ejemplos de este derecho a la desigualdad, por tener la sartén por el mango o servir a quienes la mantienen ávidamente asida engalanan, por ejemplo, a nuestros políticos; a los artistas de la ceja; a aquellos jueces y fiscales, ya sean archipielágicos o peninsulares, que incurren en esas mismas conductas que persiguen en otros; o a la retahíla de santurrones acomodaticios que cultiva la ley del embudo. Porque España, según ellos, ha abrazado su concepto de la igualdad como antaño lo hiciera con el dogma de la Inmaculada Concepción.

A los crédulos que, entre nosotros, suscriben el dogma de la igualdad bendecida por la izquierda no cabe atribuirles estas palabras de Albert Einstein, cuyo paradigma es incompatible con el carpetovetónico: "La mayoría que componen los estúpidos es invencible y está garantizada hasta el fin de los tiempos. Aunque el terror de la tiranía que ejercen se vea algo paliado por su inconsistencia". Pues se les podrá achacar cualquier cosa menos incoherencia. Bien al contrario, aflora toda una antropología cultural en nuestra predilección por el resentimiento, la envidia, la picaresca, la zafiedad y el odio a la excelencia. Una alta escuela del trile y la traición. Cuidadili. No hay ingenuidad en esta tierra. El presidente Zapatero, la ministra Pajín o la diputada López i Chamosa, entre tantos esperpentos chillones, suponen encarnaciones diáfanas de cuál es la igualdad que se pretende. Cuál el perfil de quienes se han repantigado, con insolvencia flagrante, en los palacios del poder. Su mentalidad abusiva. Su maquinal, voraz guillotina.


Libertad Digital - Opinión

Cascos, sin salida. Por Edurne Uriarte

Cascos no tiene una salida digna de sus ambiciones y de su poderoso pasado.

Cascos no tiene salida. O, al menos, no tiene una salida digna de sus ambiciones y de su poderoso pasado. Fuera de las siglas del PP, tiene dos problemas que le abocan inevitablemente a su fin político. Se presente o no se presente a las Autonómicas, sea inmediato ese fin o se prolongue en una marginal y minoritaria agonía en el Parlamento asturiano.

El primer problema, el programa. El segundo, el momento elegido para abandonar el PP. Cascos carece de programa y de posibilidades reales de elaborarlo. De ahí el tremendo papelón de apuntarse al regionalismo con eso de que «cualquier posibilidad puede ser interesante para defender el orgullo de ser asturiano», tras toda una vida defendiendo la cohesión nacional de España. Lo malo es que el regionalismo sería la única posibilidad alternativa de Cascos en una comunidad con un partido de derecha más que consolidado. Teóricamente, claro está, dada la trayectoria electoral del regionalismo en Asturias, que es como para desalentar al más animado a liderarlo de nuevo. Quien llegó más lejos, el Partiu Asturianista, no pasó de un diputado en 1991 y en 1995. Y si colocamos en el regionalismo a la Unión Renovadora Asturiana de Marqués, logró su máximo histórico en 1999, con un 9% del voto y 3 diputados, para quedarse sin representación en 2003 y en 2007.

Todo lo anterior explica las vaguedades de Cascos ante su cuestión central en estos momentos, la de si se presenta o no se presenta, con qué siglas y con qué programa. Y por eso pretende que el proceso se desarrolle en el sentido opuesto. Quiere conseguir las adhesiones antes de presentar las ideas y elaborar el programa.

Y he ahí su segundo problema. El del momento elegido para pedir una deserción de los militantes del PP. Justamente cuando las encuestas anuncian una holgada victoria a este partido. Renunciar al poder y, lo que es peor, para hacerse regionalista.


ABC - Opinión

La hora de los zorroclocos. Por Serafín Fanjul

La opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden.

Dice en 1800 Nicolás de Azara: "Lloro únicamente los males de mi Patria, la que teniendo tanta proporción para ser feliz está reducida al estado más miserable y a representar el último papel en la Europa, y a ser quasi ignominia el nombre español. Todo por ignorancia, avaricia, intriga, libertinaje de los que están a la cabeza del Gobierno, que sacrificarían diez Españas al menor interés personal. Ni creo que pueda suceder diferentemente porque los buenos huyen los empleos, o los apartan de ellos no simpatizando con las máximas corrientes; y los que se buscan para ocuparlos son homogéneos a ellos, o se hacen presto a sus mañas...". Recordamos que Azara (Memorias) escribía como diplomático del ya renqueante Imperio mangoneado por Godoy y su concubina, Mª Luisa de Parma que, además, casualmente era la reina de las todavía Españas.

No es momento para el cotejo histórico y político general entre aquel tiempo y éste, pero no me negarán ustedes que esas líneas cobran una actualidad inquietante, tanto por el panorama de conjunto de nuestro país, como por algún lance concreto de este Patio de Monipodio en que se desenvuelve la actividad política. Y pongamos que hablo de Álvarez-Cascos, de cuya peripecia sólo sabemos las explicaciones que él mismo ha ofrecido y las nulas que han dado en la Calle Génova, amén de alguna declaración de prepotencia de la guachafita propuesta, despistada pero amparada y designada por los gloriosos dedos del Sr. Gabino, el Sr. Ovidio y el Sr. Mariano: un mundo digital, vaya. Aunque tampoco hayan faltado pases de facturas al cobro de antiguos damnificados –dicen– por el mismo Álvarez-Cascos. Son entresijos partidarios cuya veracidad –o no– interesan muy poco a los ciudadanos, y a éste que firma, nada en absoluto.


Pero para un observador sin más interés que el general de nuestro país, por encima de los de esta o aquella región, se extraen varias conclusiones, a cual más lamentable: la transposición de la división autonómica a las estructuras de los partidos principales (PSOE, PP, IU), que debieran ser "nacionales", ha cristalizado y se ha consolidado a expensas de la unidad y hasta de la lógica , con la inestimable ayuda de los caciques locales, que disputan el poder a "Madrid", y no sólo en Cataluña o Vascongadas, toda España está gangrenada por el espíritu autonómico; ante la posibilidad de perder coimas y mamandurrias de años, no vacilan en sacrificar los objetivos generales, arriesgándose y arriesgándonos a que en Asturias se renueve el triunfo socialista; Mariano Rajoy abusa del sentido de la responsabilidad de sus votantes, chantajeándoles con la perduración del PSOE (¿se han preguntado alguna vez cuánta gente se quedó en casa en 2008 porque no les convencía el candidato del PP con tanta tibieza? He ahí una materia de reflexión para las encuestas de Arriola).

Y hay más: la opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden; por enésima vez se proclama a voces la idea –al anunciar Cascos que puede presentar otra candidatura– de que los votos son propiedad del partido beneficiado con ellos y, por tanto, la deslealtad del disidente gruñón "quitaría" sufragios al PP, como si fueran suyos; de la deslealtad de los dirigentes cercanos o lejanos hacia sus bases no se dice una palabra, ni en los medios de comunicación afines (por ejemplo, la edificante imagen del PP de Gijón apoyando la beatificación localista y cateta de Santiago Carrillo: ¿era el cromo que cambiaban para nombrar a Rodrigo Rato no sé qué bobada de oropeles, o lo hacían gratis, para ser "simpáticos", "el partido pa’ ayudar"?).

Nadie en su sano juicio duda que hay políticos serios, honrados y trabajadores –compartamos o no todas sus opiniones y actos– en la diestra (conozco a unos cuantos, a quienes no mencionaré nominalmente para no ser tachado de caer en lisonjas) y hasta en la siniestra, aunque poquitos y bien arrinconados, pero ésa no es la cuestión. El problema es que el triunfalismo de creerse las encuestas –y por tanto despreciar apoyos que no sean perrunos– puede jugar una malísima pasada a Mariano Rajoy y, por ende, a todos nosotros. En 2008, en esta misma página digital pedíamos el voto para el PP, pese a las insuficiencias –a nuestro juicio– de su líder actual, porque la lealtad hacia nosotros mismos así lo exigía, pero Dios nos libre de repetir tan microscópico y poco importante regalo. Y votemos lo que votemos. Queremos salir del túnel de una vez, no seguir lamentándonos con el mal menor.

Nota bene: Sugiero al amable lector que busque en DRAE la definición de zorrocloco.


Libertad Digital - Opinión

Un presidente incomprendido. Por Fernando Fernández

Presentarse como una víctima de las circunstancias internacionales es un desprecio a la verdad.

EL año empieza con un presidente de gobierno que se presenta dolido ante la incomprensión de los españoles y que promete un gran esfuerzo de convicción. Palabras vacías que no pueden borrar la sensación de fracaso que le acompañará hasta el final de la legislatura. Tuvo el presidente dos momentos económicos para demostrar su altura de hombre de Estado, por no mencionar los muchos que desperdició por preferir el sectarismo en temas como terrorismo, educación u organización territorial: las elecciones de 2008 y la crisis griega y en ambos confundió el mensaje, erró el diagnóstico y prefirió hacer populismo.

En 2008, la economía española iniciaba una senda clara de estancamiento; el ciclo inmobiliario había llegado a su fin y era la hora del ajuste en el nivel de gasto. Pero el presidente prefirió ridiculizar a los populares por intentar evitar lo que precisamente ahora se quiere hacer perdonar: un ajuste fiscal y social salvaje. Pero pudo haberlo hecho otra vez cuando estalló la crisis griega. Escribí entonces un artículo titulado «Zapatero II el reformista», animado por la confianza que aún me quedaba en el seny económico de los socialistas, que no de su presidente. Y me equivoqué porque Zapatero volvió a elegir la confrontación partidista y la ignorancia de la realidad hasta que los hechos forzaron la intervención de la economía española. Intentar ahora presentarse ante los ciudadanos como una víctima de la circunstancias internacionales es más que una carta a los Reyes Magos, es un desprecio a la verdad y a la inteligencia de los electores.


Las vacaciones me han permitido leer las memorias de Tony Blair, una defensa inteligente y bien construida del Nuevo Laborismo, la renovación de la izquierda socialista que en España ha frustrado el presidente Zapatero al secuestrar el debate y empujar el partido hacia el nacionalismo periférico. El líder británico lo tenía claro; el laborismo no puede ser el partido de los pobres subsidiados por el Estado sino de los que quieren dejar de serlo, con su esfuerzo, su trabajo y su ambición; el partido de la igualdad de oportunidades y de la responsabilidad en el uso de los recursos públicos; el de la eficiencia en la provisión de los servicios públicos. Qué contraste con los titulares Zapatero: gratis total, derechos y alegría para todos y defensa de lo público a costa de la calidad y de la libertad.

Esta ideologización trasnochada de la gestión política y económica es lo que la sociedad española no le perdona ni le puede perdonar al presidente Zapatero. Porque le ha hecho retroceder varias décadas en prosperidad y bienestar, porque le ha alejado del nuevo mundo globalizado y competitivo. Bien es cierto que se dejó cautivar por ella mientras la bolsa estaba llena, pero precisamente por eso ahora se revuelve con la agresividad de quien se siente estafado. Sus electores son como los inversores de Fórum Filatélico, como los clientes de Madoff. Habían confiado en el gran timonel y les ha engañado. Eso es lo que no puede entender el presidente, anclado en un marxismo elemental de asamblea universitaria. No puede entender el desprecio profundo e irreversible de los electores, que encuentran al partido socialista instalado en un mundo desfasado y a su presidente perdido en el espacio sideral de sus manías y obsesiones particulares. Un desprecio que no se puede contestar sin unas nuevas elecciones que permitan al Partido Socialista modernizar su discurso y buscar un líder creíble que lo pueda encarnar. Todo lo demás es hacernos perder el tiempo, la paciencia y la cartera a los españoles.


ABC - Opinión

Chávez por decreto, otra vez

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país.

Tal y como temíamos desde esta misma tribuna hace poco más de tres meses, Venezuela va a seguir siendo incondicionalmente chavista aún con los apoyos en la Asamblea Nacional visiblemente mermados. Las elecciones del pasado mes de septiembre, en las que la opositora Mesa para la Unidad consiguió arrebatar 65 escaños al Partido Socialista de Venezuela, órgano político que sirve de correa de transmisión en la cámara para los desmanes antidemocráticos de Hugo Chávez, no han servido al final para nada.

Han bastado solo tres meses de maniobras arteras y democráticamente inadmisibles por parte de la asamblea saliente para que el poder legislativo reconquistado por la Venezuela, que se resiste a caer presa del socialismo a la cubana que Chávez trata de meter con calzador, se haya quedado en agua de borrajas. Un ramillete de leyes, aprobadas con prisa durante el último trimestre, han dejado la Asamblea Nacional convertida en un florero inservible que en poco o nada incomodarán al autócrata durante, como mínimo, el próximo año y medio.


Así, la llamada "Ley Habilitante" otorga al presidente poderes cuasi absolutos para legislar de espaldas a la cámara. Permite, por ejemplo, que Chávez haga y deshaga a placer en temas vitales como ordenación territorial, uso de la tierra, sistema socioeconómico o los capítulos relativos a las finanzas públicas y el fisco. Esta ley le da más poder del que ha tenido nunca y convierte a Venezuela en una dictadura de facto. Para evitar las críticas por parte de los medios de comunicación independientes que aún subsisten, los diputados salientes –todos adictos al Palacio de Miraflores– han creado sendas leyes-mordaza que regulan el uso de internet y ponen a cadenas disidentes como Globovisión contra las cuerdas.

Chávez podrá, por lo tanto, gobernar tranquilo hasta el verano de 2012. Tiempo suficiente para profundizar en su programa de cubanización y preparar la campaña electoral de las presidenciales, que tendrán lugar en noviembre de ese año. Todo perfectamente calculado para que el chavismo perdure y lo haga, además, con una pátina de democracia que al coronel le gusta exhibir en el extranjero como vitola de legitimidad de su régimen.

Y es aquí donde está la clave de la cuestión venezolana. La democracia no consiste en ir a votar cada cuatro años y otorgar con el voto un poder sin cortapisas al vencedor. Nada de eso. La base de la democracia no son las elecciones, sino las instituciones, el imperio de la Ley y el respeto a la minoría disidente. La Venezuela bolivariana aprueba en lo primero. En el país se celebran elecciones regularmente aun desde que el ex golpista llegó al poder, y hasta se convocó un referéndum revocatorio hace siete años del que Chávez salió bien librado. Suspende, sin embargo, en todo lo demás. En Venezuela las instituciones son juguetes al capricho del poder, no impera más ley que las delirantes e incendiarias soflamas del presidente y al que disiente se le persigue con saña.

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país. El panorama es cuando menos desesperanzador. La oposición se encuentra maniatada dentro de la caja de cristal sellada al vacío en la que el chavismo la ha convertido, y el poder del presidente es mayor que nunca. A los venezolanos recuperar la libertad perdida les va a costar algo más que sangre, sudor y lágrimas, pero no deben cejar en el intento ni darse por vencidos. Se juegan su país, que no es poco.


Libertad Digital - Editorial

Entre el veto y el decreto

El Gobierno ha pasado de la coartada del diálogo social a la imposición de prerrogativas que no le están reconocidas para utilizar abusivamente.

El Gobierno ya ha dado indicios de por dónde va a construir el andamiaje político de este último año de legislatura efectiva, en el que se va a ver obligado a un difícil equilibrio entre las urgencias electorales de su partido y las imposiciones de las grandes economías europeas y de los mercados financieros. Se mantendrá la proscripción de cualquier posible acuerdo con el Partido Popular porque ahora más que nunca el PSOE tiene que evitar todo gesto que implique a la oposición en una dinámica de pactos de Estado. El mensaje oficial de los socialistas sobre el PP seguirá siendo que a Rajoy le gusta la crisis, aunque esta propaganda ya resulte poco o nada eficaz ante una opinión pública muy asentada en la necesidad de cambio político.

Pese a todo, 2011 será un año en el que el Gobierno tendrá que adoptar medidas y aprobar leyes. Para asegurarse su tramitación, evitando en la medida de lo posible la confrontación parlamentaria, el Ejecutivo hará uso de sus pactos con PNV y Coalición Canaria, a los que puede unirse Convergencia i Unió si Artur Mas cree que hay una mínima posibilidad de participar en la subasta organizada por Zapatero para sumar los votos que necesita hasta el final de legislatura. Sin embargo, los nacionalistas pueden variar su actitud si comprueban, a medida que se acerquen las elecciones de mayo, que el presidente del Gobierno es un incómodo compañero de viaje —algunos barones socialistas ya lo saben— y que el apoyo que le prestan puede empezar a no ser neutral ante sus propios electores.

Y, como ya sucediera en 2010, el Gobierno no dudará en acudir al veto parlamentario y a la legislación por decreto para hurtar a la crisis los debates políticos que tanto necesita. Este Gobierno ha pasado de la coartada del diálogo social para justificar su inoperancia a la imposición reglamentista de unas prerrogativas que no le están reconocidas para utilizar abusivamente. Es obvio que el Gobierno tiene que corresponder a su responsabilidad directiva de la política nacional con los procedimientos que le concede la Constitución, pero a quien tanto tardó, como Zapatero, en reconocer la crisis, y tanto como él denigró la imposición de reformas sin acuerdo, le es exigible que emplee algo de tiempo en propiciar acuerdos estables con el principal partido de la oposición, y que lo haga en el Parlamento. Algo que, a estas alturas, entra en el terreno de la ciencia ficción.


ABC - Editorial

miércoles, 5 de enero de 2011

El mal de Cascos. Por Edurne Uriarte

A Cascos no se le pasó por la cabeza dar una sola rueda de prensa para explicar su candidatura, sus ideas y sus objetivos en los largos meses que duró ese debate. De ahí que el asunto fuera un incomprensible embrollo para los ciudadanos, incluidos los más informados. Se le ocurrió este domingo, al final del proceso. Tal elemental problema de desconexión con los ciudadanos y con la realidad resume el mal de Cascos que no es otro que el mal del poder. Con la peculiaridad de que lo sigue padeciendo años después de haber perdido tal poder, lo que hace aún más absurdas sus consecuencias.

Se creyó imprescindible, todopoderoso, por encima de las circunstancias. Y actuó como tal, a la espera del acatamiento o del agradecimiento por su oferta de candidatura. Algo que en política se consigue con el masivo apoyo ciudadano, sobre todo en forma de votos, o con el apoyo de la organización partidaria.

En cuanto a los votos, al PP asturiano le ha ido igual con Cascos que sin Cascos. En las cuatro últimas elecciones al Congreso, con Cascos de cabeza de lista en 1996 y 2000, Alicia Castro en 2004 y Gabino de Lorenzo en 2008, el PP asturiano ha tenido siempre un porcentaje algo mayor que el PP nacional. Y la máxima diferencia la obtuvo Castro y no Cascos. Y en cuanto a la encuesta que probaría las supuestas mayores posibilidades electorales de Cascos en las Autonómicas, resulta que dicha encuesta se hizo con la única hipótesis de su candidatura, cuando no se preveía otra.

Con el frente electoral así de modesto, a Cascos le quedaba la organización partidaria. Tenía su apoyo en el bolsillo y él mismo se encargó de destruirlo. Nuevamente, por el mal del poder. Creerse por encima de la organización, cuando era él el que dependía de dicha organización. El error de un torpe, o de un ingenuo, o, en el caso de Cascos, de un hombre desconectado de la realidad.


ABC - Opinión

Rodríguez Zapatero podría estar preparando la evasión. Por Antonio Casado

Al terminar la entrevista de Carlos Herrera con el presidente del Gobierno, ayer en Onda Cero, mis colegas de tertulia (Iñaki Ezkerra, Arcadi Espada y Miguel Ángel Rodríguez), dicen haber detectado en el buen tono vital de Zapatero la prueba de que ya tiene decidido repetir como candidato a la Moncloa en las próximas elecciones generales. Sobre la misma constatación de que, efectivamente, despliega un discurso más firme sobre las reformas estructurales de la economía española (insiste en que la operación durará no menos de cinco años), me quedo solo defendiendo lo contrario.

Primero, porque sigue rehuyendo la respuesta cuando le preguntan. Si fuera que sí, no debería tener inconveniente en decirlo. Solo el “no” explica el silencio. Y, por otro lado, es justamente esa sensación de no verle ya a la defensiva la que pone en la pista de que Zapatero no tiene intención de encabezar por tercera vez su candidatura a la Presidencia.

Solo así tendría sentido su insistencia en pregonar ese necesario pero doloroso reformismo (“cueste lo que cueste”, suele decir él), que supone ganar la confianza de los mercados y perder la de los electores. La ecuación se viene verificando en las encuestas desde el famoso “tijeretazo” de mayo. Con vuelta de tuerca en una segunda entrega (plan anticrisis bis de noviembre), que ha llevado al PSOE al borde de la bancarrota electoral.
«Cada vez que Zapatero da un nuevo paso en su política de ajustes, dictada por los mercados y no por sus electores, aumenta la fuga de votos: la mayoría a la abstención, muchos a Izquierda Unida y poquísimos al PP.»
La ventaja del PP en las urnas -virtual por ahora- es tan amplia que hasta Artur Mas, el flamante presidente de la Generalitat, teme que se le haya ido la mano con Zapatero y ahora trabaja para evitar una mayoría absoluta de Rajoy en las generales de la primavera de 2012 (“No lo quiera Dios”, decía hace unos días), como ya hemos empezado a ver con el ninguneo de Alicia Sánchez Camacho (PP Cataluña) en la reciente sesión de investidura.

Cada vez que Zapatero da un nuevo paso en su política de ajustes, dictada por los mercados y no por sus electores, se abre un poco más la compuerta y aumenta la fuga de votos. La mayoría a la abstención, muchos a Izquierda Unida y poquísimos al PP. Él lo sabe y lo interioriza dispuesto a sacrificarse por el bien de España. Por tanto, lo de menos son los votos. Eso dice, aunque con otras palabras. Cuando un político actúa sin importarle la pérdida de votos es que está preparando la evasión. Y es el caso que Zapatero no renuncia a la política que deja perplejo al militante y ahuyenta al votante. Todo lo contrario. Ayer se ratificó con el fervor del converso en la cruzada contra el déficit público y la política de reformas, cuyos resultados empezaremos a ver en el segundo semestre de 2012, con un -crecimiento superior a la media europea ya en 2013, según le dijo a Carlos Herrera.

Ojo a las fechas. Es la primera vez que admite con tanta claridad que la política que lleva al PSOE a la bancarrota electoral estará viva cuando se convoquen las próximas elecciones generales. Véase cómo el irrecuperable voluntarismo de Zapatero ya no mira a marzo de 2012 como el momento en el que los españoles tengan ocasión de agradecerle en las urnas los sacrificios de ahora. Simplemente porque entonces su partido estará desahuciado y la cosa ya no irá con él. El haberlo decidido le permite “hacer lo que tengo que hacer”, como suele decir él, sin mirar a las urnas. Porque si las mirase no lo haría. O lo haría de otro modo.


El Confidencial - Opinión

Mundo maravilloso. Por Gabriel Albiac

España se abre al 2011 en el mayor desarraigo de su historia reciente. Nadie confía aquí en nada.

EL cielo gris de todos los eneros pone en el alma la añoranza helada de los años perdidos. Nada nuevo: en esa melancolía sosegada se teje la paciencia de ir tirando, por más que uno sepa lo para casi nada que sirve cuanto hacemos. Pero está bien que cada inicio de enero sepamos engañarnos, repetirnos que todo puede ser distinto, que tal vez lo imprevisible aún nos aguarde a la vuelta de una milagrosa esquina. Y cada año inventamos la vida aventurera que no tuvimos nunca. Y en el rincón secreto que nadie revela a nadie, odiamos cuanto somos y seguimos sonriendo. ¿Qué otra cosa podría consolarnos que no fuera esta sonrisa, la distancia que pone entre cada uno y la jodida realidad que acabará tragándonos?

Vivimos al borde del precipicio. Al borde del precipicio, hemos bailado la loca danza de las postrimerías, durante una Nochevieja que tuvo algo de noche del fin del mundo. Que nuestro mundo acaba, todos como mínimo lo sospechamos. Acabó quizás ya. Como un mazazo, entre Año Nuevo y Reyes, la glacial estadística del paro cierra la fiesta. Cuatro millones de ciudadanos —sin maquillar, algo más de cuatro y medio— están literalmente en la calle. Vaya usted a hablarles a ellos de esperanza. Vaya usted a contarles historietas de futuros luminosos que habrían de traerles líderes políticos para los cuales jamás existe el tiempo de las vacas flacas.


Quien retorna de madrugada a casa, atravesando el centro de Madrid, debe cerrar los ojos para soportarlo: gentes harapientas que se incrustan en el hueco de los escaparates, encerradas en cajas de cartón para engañar al frío. Es lo bueno que tiene moverse sólo en la confortable tibieza del coche oficial y de los tres escoltas: que ningún muerto de hambre va amargarte la digestión tras la cena en salón privado de muchísimas estrellas, a lo largo de cuya sobremesa has estado arreglando el país en compañía de tus ilustres cofrades de gobierno, parlamento o lo que sea con suntuoso sueldo a costa de los simples mortales.

No es verdad que sea universal esta ruina. Lo es la crisis. Pero crisis no implica cataclismo. No necesariamente. La crisis es el síntoma de que hay que recomponer el entramado productivo: enterrar lo muerto. Y que eso es doloroso. Y que no hacerlo es mortal, sencillamente. Al cabo de dos años de iniciada la recesión, Alemania registra cifras de recuperación importantes: ha hecho un trabajo de ajuste duro, y hoy se plantea si no será mejor salirse de esta broma siniestra que fue el euro. Al cabo de dos años de negar la recesión, España se abre al 2011 en el mayor desarraigo de su historia reciente. Nadie confía aquí en nada. Menos que nada en la existencia de su puesto de trabajo dentro de unos pocos meses. Sólo algo aquí es seguro: no serán los políticos los que duerman en la calle.

Y el paseante que retorna a casa con el alma de cristal gris de todos los eneros, blindado en la dureza de los supervivientes, trata en vano de mirar hacia otro sitio, no ver a toda esa pobre gente condenada a dormir en su caja de cartón al abrigo de los escaparate. Un coche con escolta surca, vertiginoso, la Gran Vía hacia la nada. El paseante aprieta el paso y contiene el vómito. Es un mundo de verdad maravilloso.


ABC - Opinión

Real Sociedad. La alineación de ETA. Por José García Domínguez

La única duda razonable que plantea el caso es discernir si nos hallamos ante siete cobardes o ante siete miserables. Sin que proceda descartar la hipótesis más verosímil, esto es, que concurran las dos circunstancias a un tiempo.

Igual que los esforzados enanitos de Blancanieves, también ETA dispone de siete devotos admiradores prestos a librarla de todo mal, aunque no moran en un claro del bosque sino en el muy turbio banquillo de la Real Sociedad de San Sebastián. Trátase de siete pequeños colaboracionistas con su régimen de terror que responden por Imanol Agirretxe, Jon Ansotegi, Mikel González, Mikel Labaka, Eñaut Zubikarai, Markel Bergara y Mikel Aranburu. Según parece, esos siete zagales vinieron al mundo a dar patadas, ora a un balón de fútbol, ora a la memoria de los cerca de mil asesinados que el objeto de sus desvelos ha dejado tendidos en las cunetas de la memoria.

Tal que así, los siete magníficos de Anoeta han dado en hacernos sabedores de cómo sus atormentadas almas sufren por los presos. Siempre, huelga decir, que los internos comulguen con el hacha y la serpiente. Y es que la suerte del resto de los criminales resulta por entero ajena a tantas congojas y pesares. Pues solo quien haya matado a un semejante en nombre de Euskal Herría dispone de un rinconcito en sus afligidos corazones. Unos corazones que se encogen frente a un régimen penitenciario "que tiene la crueldad como base", según predica el escrito que acaban de rubricar al alimón. Perversidad cuyo fin sería "destruirlos [a los etarras] para golpear así de lleno a la sociedad vasca", como igual refieren ahí los émulos de Mudito, Gruñón, Estornudo, Tímido, Sabio, Feliz y Dormilón.

Por lo demás, la única duda razonable que plantea el caso es discernir si nos hallamos ante siete cobardes o ante siete miserables. Sin que proceda descartar la hipótesis más verosímil, esto es, que concurran las dos circunstancias a un tiempo. Lo explicó mejor que nadie Sebastian Haffner en Memorias de un alemán. Al principio, la población se prestaba a colaborar por simple miedo. Aplaudían, coreaban las consignas y denunciaban a sus vecinos solo con tal de ponerse ellos a salvo. Al principio, era así. Pero, con el tiempo, ninguno soportaba la vergüenza al contemplarse la cara en el espejo cada mañana. Por eso, todos acababan sucumbiendo a la doctrina del partido. Para poder absolverse a sí mismos. ¿Cuándo, por cierto, las Memorias de un vasco?

Nota bene:

No hay quinto malo, pero sí octavo ruin. De ahí que, en el instante de editar esta columna, irrumpiese en la lista un David Zurutuza que no merece sea alterada ni una coma de lo dicho


Libertad Digital - Opinión

Salutación al pesimista. Por Ignacio Camacho

En las actuales circunstancias el optimismo consiste en resignarse a que 2011 sea un año de tristezas llevaderas.

EL cuarto año de la crisis, que empezó dieciocho meses antes de que el presidente del Gobierno reconociera su existencia, ha arrancado en medio de un fuerte pesimismo colectivo, una atmósfera generalizada de desaliento psicológico que puede agravar el panorama y desarmar todavía más la débil estructura de resistencia social. La mitad de los españoles creen que el paro va a empeorar, y aún son en conjunto más optimistas que, por ejemplo, los andaluces, entre los que tres de cada cuatro temen quedarse sin empleo antes del verano. La mayoría de los parados carece de esperanza en la posibilidad de encontrar trabajo, pero si la tuviese daría igual, porque tampoco iba a encontrarlo. Las perspectivas más razonables apuntan a que el desempleo no aumentará, o al menos no volverá al vértigo de la caída del 2009, sin que ello implique mejoras significativas; la mejor previsión de crecimiento en este ejercicio se atoja insuficiente para crear tasas netas de ocupación. En las actuales circunstancias, el optimismo consiste en aspirar a quedarse como estamos, en conformarse con no descender más peldaños de la escala de bienestar que hemos bajado de golpe y a costalazos, y en aceptar con cierta resignación que 2011 sea un año de tristezas llevaderas en el que las penurias mohínas de los últimos tiempos discurran al menos sin nuevos sobresaltos.

En este clima de desmoralización resalta la confiada ofuscación de Rodríguez Zapatero, cuya inmersión forzosa en un cierto realismo político no alcanza para que deje de cometer el error que más le ha hundido ante la opinión pública: la persistencia en pronosticar mejoras que no sólo no se producen, sino que se alejan en un horizonte de descalabro socioeconómico. Ayer, ante Carlos Herrera, anduvo espeso y defensivo, centrado en la prioridad de no parecer irresponsable, pero continuó destilando ese aire de autocomplacencia esperanzada que para muchos ciudadanos se ha convertido ya en una irritante cantinela muy parecida al engaño. Su empeño voluntarista en atisbar señales de recuperación resulta ya un discurso cansino en el que la gente ha dejado de creer. Los más benévolos opinan que se ha equivocado demasiadas veces; el resto simplemente considera que ha mentido. Alguna vez acabará acertando, o ni siquiera eso porque la crisis no ha tocado fondo y los indicios de mejoría no empezarán a notarse, en el mejor de los supuestos, hasta el final de su mandato, pero en todo caso ya no está en condiciones de rescatar su devalada capacidad de análisis. Y aunque ha rebajado el provocativo optimismo que antes le arrastraba a escandalosos vaticinios fallidos y ha moderado la arrogancia con que se jactaba de controlar una situación que a todas luces había sobrepasado sus facultades, carece de crédito para enviar mensajes de confianza. Un país con aspiraciones no se puede conformar con que su líder deje de decir tonterías.

ABC - Opinión

Un paro insostenible

El año ha empezado con un goteo de malas noticias económicas, entre las cuales la del paro tal vez sea la más desalentadora, pues ha alcanzado su nivel anual más alto en toda la serie histórica desde1996. En concreto, 2010 terminó con 4.100.073 desempleados, 176.470 más que el año anterior. Es verdad que ha sido el ejercicio con menor incremento y que diciembre ha sido el mejor mes, pero es un triste consuelo aferrarse a este tipo de interpretaciones. La realidad objetiva es que España es el segundo país con más paro de Europa y que su economía está fuertemente lastrada por este motivo. No es casual que la principal preocupación de los españoles es, según el estudio del CIS publicado ayer, la ocupación laboral. De nada sirve que el Gobierno trate de disimular la crudeza de los datos con paños calientes, tales como que la tasa de protección social es muy alta o que la cobertura a los parados es suficiente. Son las tópicas excusas de mal gestor, que en vez de poner los medios para que no se produzca la hemorragia presume de dispensar buenos vendajes. Es verdad que la creación de empleo no depende, ni mucho menos, del Gobierno, salvo el empleo público, del que por cierto se ha abusado en los últimos años. La creación de puestos de trabajo es el fruto de un tejido empresarial que en dura competencia es capaz de producir más y a menor coste, arriesgando esfuerzos y capital. No hay otra forma rentable y viable de reducir la pavorosa bolsa española de desempleo. Pero para alcanzar ese objetivo, los poderes públicos deben asumir su responsabilidad y facilitar las condiciones legales y normativas que convienen a la reactivación empresarial. Lo que se espera de un Gobierno sensato no es que ponga tiritas a la hemorragia, sino que ayude a los expertos a evitar las heridas. Dicho de otro modo, lo que espera el ciudadano de los gobernantes es que reformen la legislación laboral para que los empresarios puedan contratar nuevos empleos sin el temor de contraer una rémora improductiva. El equipo de Zapatero ha realizado ya algún esfuerzo en este sentido, y es justo reconocerlo, pero no es suficiente, como ya hemos señalado en otras ocasiones. La reforma laboral tímidamente avanzada camina en la buena dirección, pero aún quedan zonas oscuras que superar para que los actores económicos arriesguen aún más en la reactivación. Asuntos como la negociación colectiva, la ultraactividad de los convenios o la burocracia sindical que lastra la actividad empresarial no son menores y están pendientes de reformar más allá de la ruinosa demagogia sindical. Debería iluminar a nuestros administradores el ejemplo de Alemania, un país con sólo el 6,8% de paro, que ha remontado antes que nadie la crisis gracias a la sensatez de sus líderes sindicales, a la moderación salarial y a la contención de los costes de producción. Entre España y Alemania no hay sólo una enorme distancia estadística, sino de responsabilidad política y sindical. Mientras en nuestro país un sindicalismo obsoleto alimentado con subvenciones por un Gobierno afín se ha limitado a defender los derechos adquiridos de los trabajadores acomodados, en Alemania se ha procurado que haya más empleo para más trabajadores. ¿No es ése acaso el camino que desean los españoles?

La Razón - Editorial

Mezcla empobrecedora

El alto nivel de paro y la inflación se combinan para complicar más la grave situación económica.

Hace décadas que en Estados Unidos se bautizó como "índice de miseria" la suma de la tasa de paro y la de inflación. Este índice con el que la economía española concluye el año es el mayor desde el inicio de la crisis, hace más de tres años, y expresa el fracaso de las políticas económicas. A la ausencia de crecimiento se suma el contingente más elevado de españoles registrados como desempleados desde que existen datos estadísticos, y una tasa de inflación inquietante que nada tiene que ver con la anémica demanda interna. Los operadores en los mercados de deuda pública, por su parte, siguen manteniendo a los bonos españoles con una prima de riesgo elevada, alejada de la normalidad.

La transición desde tasas muy moderadas de variación de los precios, incluso de contracciones en el IPC, a tasas interanuales cercanas al 3%, como la aportada en diciembre, es una señal adversa. A los temores deflacionistas suceden los derivados de la coexistencia entre estancamiento e inflación, la temida estanflación.


Como era previsible, la elevación de los impuestos indirectos (IVA, tabacos, etcétera), el encarecimiento de los carburantes y de las tarifas de algunos servicios públicos han sido los principales responsables de ese 2,9% en que ha quedado la inflación general. La principal consecuencia de ese repunte en los precios es la erosión adicional de poder adquisitivo de las personas con las rentas más bajas. El encarecimiento de la cesta de la compra coexiste con la congelación de la revisión salarial en un buen número de trabajadores con convenio, la eliminación de los 426 euros de subsidio a los parados de larga duración o la continua caída en el valor de la vivienda, la principal manifestación del patrimonio de mucho españoles.

Al indicador de inflación ha acompañado el del paro registrado en diciembre. A pesar de la caída en 10.221 personas (la primera reducción en un diciembre desde que se inició la crisis), la cifra total es la mayor desde que se empezó a elaborar la serie. La afiliación a la Seguridad Social no deja margen a la interpretación favorable: los 27.728 cotizantes menos de diciembre son un eslabón más en la cadena de cinco meses consecutivos de caída.

Pocos paliativos pueden compensar el más grave desequilibrio que exhibe la economía española. Es probable que los próximos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), los del cuarto trimestre, ilustren el deterioro adicional en el mercado de trabajo al final de 2010. Es también probable que en los próximos meses continúe la destrucción de empleo, la pérdida de renta de los españoles con menor capacidad defensiva y, por tanto, la renta por habitante. La mezcla empobrecedora de altas tasas de paro e inflación creciente tampoco favorece la restauración de la solvencia de empresas y familias, los titulares del mayor volumen de deuda y los que determinan la salud del sistema bancario español. La única vía para superar esta situación es el crecimiento, un reto que las políticas económicas no han logrado generar en España.


El País - Editorial

Paralizados ante el aumento del paro

Un paro del 20% no es una fatalidad, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia a crear riqueza y empleo.

El Gobierno de Zapatero podrá aferrarse inútilmente al hecho de que el número de parados descendió en diciembre en 10.221 personas o al de que el incremento del desempleo en 2010 ha sido menor que el que sufrimos en los dos años anteriores. Sin embargo, eso no son más que estériles intentos de maquillar un dato mucho más decisivo y realista a la hora de hacer un diagnostico de situación, como es el de que el paro, con un incremento anual en 176.470 personas, ha vuelto ha alcanzar un récord histórico, que sitúa el número total de desempleados en España en 4.548.415.

Y es que a medida que el porcentaje de parados aumenta, mayor es el grado de deterioro de la economía necesario para que el desempleo siga creciendo. Ante la purga a la que nos abocaba la burbuja crediticia alumbrada por los bajos centrales, lo grave no es tanto la rápida destrucción de empleo a la que estábamos condenados, sino que ésta no haya sido relevada por un reajuste productivo que, a su vez, permitiese una intensa y rápida creación de empleo. Lo preocupante en el caso de España es que, lejos de sufrir una crisis en forma de V, la estamos padeciendo en forma de L.


Sin embargo, un porcentaje de paro del 20% no es una fatalidad que un país tenga que conllevar, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia natural a crear riqueza y empleo. Sin embargo, al Gobierno parecería que lo único que le importa es ir tirando, aferrado –eso sí– a la poltrona, sin más interés que engañar de manera puntual y pasajera a los inversores y a los socios comunitarios para evitar la suspensión de pagos o la expulsión del euro. El Ejecutivo confunde el amargor de la medicina con el sufrimiento que causa la falta de cura. Y es por ello por lo que, lejos de llevar a cabo profundas y diversas reformas estructurales, empezando por la del mercado laboral, se limita a pasar factura, ya sea en forma de impuestos, de recibo de luz, o de desempleo.

Aun con menos responsabilidad que la que lógicamente tiene el Gobierno, otro tanto se podría decir del principal partido de la oposición. Es lamentable que el PP no haya liderado ninguna movilización social para exigir en la calle ese adelanto electoral que dice reclamar. El mal ejemplo que la mayoría de los ayuntamientos y comunidades autónomas del PP están dando a la hora de reducir drásticamente sus gastos supone, desde luego, una mala tarjeta de visita, por mucho que el desplome del PSOE en las encuestas parezca indicar lo contrario.

A la vista de este estancamiento, no es de extrañar que una inmensa mayoría de ciudadanos crea que, tras el paro y las dificultades económicas en general, el principal problema de nuestro país sea su clase política. Si no faltan hechos objetivos para dar la razón a ese 76,4% de ciudadanos que cree que la economía va mal o muy mal, ¿a que reformas o cambio de timón podríamos apelar para calificar de pesimistas a ese 75,8% que piensa que la situación continuará igual o peor dentro de un año?

Mientras que otros países como Alemania ya ofrecen datos claros y firmes de recuperación, aquí seguimos en la crónica de una agonía.


Libertad Digital - Editorial

Triunfalismo ofensivo

El Gobierno de Rodríguez Zapatero se apunta a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro histórico.

EL Gobierno recibió ayer con alborozo forzado el dato de que el paro había bajado en diciembre en 10.000 personas. En cascada, tanto el presidente del Gobierno como el Ministerio de Trabajo anunciaron el fin de la crisis del mercado laboral, demostrando que cuando Rodríguez Zapatero despidió 2010 proclamando el tránsito desde la recesión a la recuperación no hacía otra cosa que poner en marcha la maquinaria de propaganda que va a bombardear a los ciudadanos hasta las elecciones de mayo. El informe del INEM ofrece, sin duda, un dato menos negativo que los de meses anteriores. Es más, se trata de un dato hasta cierto punto sorprendente porque se produce con un crecimiento prácticamente nulo de la economía, cuando en años anteriores a la crisis, creciendo con tasas positivas , los meses de diciembre generaban paro. Es probable que el Gobierno tenga la explicación a esta curiosa variable estadística. Y hasta aquí las buenas noticias que puede dar Rodríguez Zapatero, porque 2010 es el año que termina con mayor número de desempleados registrados a 31 de diciembre en el INEM, que son más de cuatro millones y medio si se suman todos los grupos de demandantes de empleo no ocupados. Utilizando los criterios del Gobierno, el paro se ha incrementado en 2010 en 176.470 personas. El desempleo crece a menor ritmo que en 2009 y 2008, pero porque cada año hay menos trabajadores que puedan perder su empleo. Además, la Seguridad Social perdió en diciembre más de 27.000 afiliados y más de 200.000 en todo 2010. Nuevamente se consuela el Gobierno con el pobre argumento de que más se perdió en 2009 y 2008. También es cierto, pero a estas alturas esta actitud demuestra la resignación, la impotencia y la incapacidad del Gobierno para generar una inflexión definitiva en la evolución del paro y de la pérdida de afiliados a la Seguridad Social.

Que Zapatero afirme que ahora hay más personas trabajando que en 2004 es una falta de respeto a la opinión pública, porque oculta que esa cifra va muy por detrás de los incrementos de población, en general, y de población activa, en particular; y que marzo de 2004 terminó con 1.743.706 parados, frente a los más de cuatro millones que se apuntan en su balance a día de hoy. El Gobierno se apunta de nuevo a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro registrado histórico y de una constante caída en la afiliación a la Seguridad Social.


ABC - Editorial

martes, 4 de enero de 2011

El día en que el General Secretario se hizo el ‘harakiri’. Por Federico Quevedo

Hubo un tiempo en el que Francisco Álvarez Cascos causaba temor allá por donde iba. Lo único que faltaba en la sede madrileña de Génova 13 cuando el entonces Secretario General cruzaba la puerta era que el personal del edificio se cuadrara en posición militar a su paso… De hecho, no se le llamaba el Secretario General, sino el General Secretario, tal era el respeto-miedo que despertaba en la gente. El General Secretario se caracterizaba entonces por tres facetas: su autoritarismo, su vanidad y su machismo y ligereza de cascos, valga la redundancia. No había un culo femenino que escapara a su mirada y, si se terciaba, a una palmadita de esas que humillan a una mujer sobre todo cuando por razón de sus necesidades laborales no se atrevía a denunciarlo porque lo contrario implicaba acabar de patitas en la calle. Y es que el General Secretario era, entre otras muchas cosas, el jefe de personal de la empresa. Eso significaba que todos los nombramientos pasaban por el tamiz de su firma, fueran estos laborales o políticos, y nadie alcanzaba la gloria de una candidatura si no era previamente seleccionado y bendecido por el General Secretario.

A eso lo debe de llamar ahora el diario El Mundo “democracia interna”, pero deja bastante que desear como tal. La democracia interna no existe en ninguno de nuestros partidos, absolutamente controlados por sus respectivos aparatos, y el ejemplo de las ‘primarias socialistas’ en Madrid no deja de ser una broma de mal gusto, teniendo en cuenta que se convocaron para que Rodríguez pudiera imponer a su candidata vulnerando así la decisión que previamente había adoptado el partido en Madrid en su Congreso. Reducir, por tanto, el ‘asunto Cascos’ a una cuestión de falta de democracia es, cuando menos, irrisorio porque si es cierto que existe el problema, no lo es menos que existe desde mucho antes de que el PP tomara la decisión que ha tomado respecto a Asturias, y que ésta responde a otros motivos que poco o nada tienen que ver con el proceso de selección. Entre otras cosas porque, si nos ponemos en ese plan, lo primero que habría que haber hecho era exigirle a Pacocascos que se hubiera presentado al Congreso Regional del PP de Asturias que se celebró en noviembre de 2008, y en el que el ex diputado del PP Juan Morales intentó arrebatar el poder a Ovidio Sánchez sin conseguirlo, subido a lomos de un discurso renovador que, como todo en esta vida, acaba convirtiéndose -paradojas del destino- en todo lo contrario: Morales ofrecía ayer a Cascos incorporarse a su proyecto político bajo el nombre de IDEAS, y desde luego pretender que Cascos sea la renovación tiene bastante guasa, mientras que es el actual aparato del PP asturiano el que, sin embargo, hace una apuesta clara por esa renovación en la persona de Isabel Pérez-Espinosa.

Pecado de vanidad

¿Qué es lo que ha pasado aquí? Pues es bien sencillo: el General Secretario, acostumbrado a que todo el mundo obedeciera sus órdenes, y absolutamente convencido de que sin él el PP no tendría nada que hacer en Asturias, decidió en su día iniciar una batalla interna para que el partido le eligiese como candidato, en lugar de recorrer el camino que separaba su casa de Chamberí de la sede de Génova 13 y subir al despacho de Mariano Rajoy a pedírselo personalmente y sin otras consideraciones. ¡Ah! Pero Cascos es mucho Cascos, y cómo iba él a humillarse hasta el punto de tener que pedirle a Rajoy -ese Rajoy del que ha despotricado hasta la saciedad- que le eligiera como candidato. De eso nada, tenía que ser Rajoy quien se lo pidiera a él, y es ahí donde el General Secretario cometió el mayor error de su corta carrera política como candidato del PP en Asturias: Rajoy no podía, ni debía, ofrecer tal muestra de debilidad. En vista de que Génova no se dirigía a él para reclamarle con todos los honores, al final Pacocascos no tuvo más remedio que hacer de tripas corazón y después de haber organizado la de San Quintín en el PP asturiano y dividirlo como no se recordaba desde los tiempos de Sergio Marqués -a quien entonces el General Secretario consiguió expulsar del partido haciendo que el PP perdiera la mayoría absoluta y el poder en Asturias-, se acercó hasta la séptima planta de Génova 13 para presentar sus avales, que no para pedir la candidatura. Lo que se le dijo entonces fue que pactara con la actual Dirección del PP asturiano, y lo que contestó el General Secretario fue que más que pactar, lo que iba a hacer era echarlos a todos. Y con esos mimbres todavía hay quien le reprocha a Rajoy que no lo haya elegido… ¡Joder, que tropa!
«Reducir el ‘asunto Cascos’ a una cuestión de falta de democracia es, cuando menos, irrisorio porque si es cierto que existe el problema, no lo es menos que existe desde mucho antes de que el PP tomara la decisión.»
¿Y qué hace el General Secretario? Pues agarrarse un berrinche de los que hacen época, darse de baja como militante del PP, y anunciar que va a luchar por la presidencia del Principado bajo otras siglas, que ya veremos cuales son. Es decir, actuar como actúa un niño o un idiota, porque no hay más razón para esta reacción que el mero descontento con la decisión de Génova 13. Si hubiera motivaciones ideológicas o de fondo que le separaran de la actual Dirección de su partido, éstas ya tendrían que haber pesado antes y, por lo tanto, la baja debería de haberse producido con anterioridad en lugar de pretender liderar la candidatura. Luego si no hay razón de discrepancia ideológica, y el único motivo son las cuestiones personales, lo que está demostrando el General Secretario es que la decisión de Génova 13 no solo es acertada, sino que seguramente era la única posible porque dejar el partido en manos de alguien como Cascos implicaba unos riesgos excesivos teniendo en cuenta la reciente historia del partido en aquella Comunidad.

Malos antecedentes

Y es que los antecedentes no son, precisamente, un aval para el ex General Secretario, que siempre ha mantenido un dura lucha con la Dirección regional del Partido Popular porque, en el fondo, lo que a él le gustaba era mandar allí pero sin tener que pasar por un Congreso y ocuparse del día a día de la formación. Dicho de otro modo, mando en plaza pero de vacaciones permanentes. Tales fueron sus enfrentamientos con el partido en Asturias que ya otra vez se dio de baja como militante allí para darse de alta en Madrid, distrito de Chamberí, donde ayer el imbécil de su presidente -y perdonen la expresión pero es que he buscado en el diccionario y las que he encontrado para calificarle se pasaban de la raya-, anunció un homenaje público al hombre que ha provocado la mayor crisis del PP asturiano desde hace mucho tiempo y que ha llevado al PP nacional a tener que desplegar sus artes en este asunto cuando lo que debería estar haciendo es atizarle a Rodríguez hasta en el carné de identidad por ineficiente, incapaz y dañino para los intereses de España. Cascos es una rémora, un problema para el PP, un reducto de un pasado que tuvo su enorme importancia en la política nacional y al que los españoles le deben mucho -entre otras cosas el haber alcanzado niveles de vida inimaginables unos años antes de que el PP llegara al poder-, pero que no deja de ser pasado.

Y lo que no vale es decir adiós cuando las cosas van mal y ni siquiera comunicarle a tu partido que te retiras cuando te necesitan como candidato obligándoles a improvisar una lista en dos meses -eso fue lo que hizo el General Secretario en 2004-, pretender seguir controlando el partido en Asturias desde la distancia, dedicarse a los negocios propios y los escarceos sexuales en el atardecer de la virilidad, y ahora volver en loor de multitudes cuando los vientos han cambiado y el PP se encamina de nuevo al poder en todas partes, para ver si así puede seguir obteniendo toda clase de réditos, incluidos los que a él más le gustan, de una más que segura victoria por goleada sobre el Partido Socialista. Y es que, seamos claros y sinceros: si no hay razones ideológicas que le distancien de la actual Dirección, y todo responde a una cuestión personal, solo cabe pensar que su apetencia de la candidatura responde a algún tipo de interés más o menos espurio, y que el no haberlo conseguido es lo que desata en él la ira. Pero lo que ha hecho Cascos, la decisión que ha tomado el General Secretario, va a ser sin duda la última de su dilatada carrera como político y como Don Juan, porque lejos de conseguir que Asturias le respalde, lo que está logrando es que todo el país, salvo unos pocos miles de descerebrados, le desprecie por desleal y por caradura.

Y así, ni se gana, ni se liga.


El Confidencial - Opinión

Budapest nos ataca a todos los europeos. Por Hermann Tertsch

¿Con que argumentos defendemos la libertad de prensa en Cuba o China cuando permitimos a un miembro esa ley aberrante?

ES cierto que la ley de prensa que acaba de entrar en vigor en Hungría es la que quiere todo nacionalista que se precie. Parece inspirado en buscar una práctica de homogeneización sumisa y obsequiosa. Como la de la prensa catalana, pero bajo amenazas mas contundentes. El gobierno derechista de Viktor Orban acaba de imponer en Hungría una ley para tener una prensa tan amable con el poder como aquella. Con la diferencia de que, como sospecha que en Hungría aún son muchos los periodistas y los medios que luchan por su independencia y no se someten voluntariamente al régimen, ha elaborado una ley que le da los instrumentos para convencer a los medios de que se comporten como se espera de ellos. Es decir, que publiquen, cuando el Gobierno desee, editoriales comunes; que sepan bien que su futuro empresarial depende de sus buenas relaciones con el poder; que acepte que el criterio final sobre el bien común lo tiene el gobierno y que la libertad de expresión se supedita a este bien supremo. Con consejo regulador y todo, para que no diga la Generalitat que no ha hecho escuela. La ley entra en vigor coincidiendo con la llegada de Hungría a la presidencia de la UE. Europa debe entenderla como una provocación y un desafío al espíritu y la letra de la Unión. La ley es sencillamente intolerable en un miembro de la UE. Es de esperar que, cuanto antes, se deje claro a Orban que o anula esta ley o se enfrenta a sanciones. ¿Con qué argumentos defendemos la libertad de prensa en Cuba, China o Bielorrusia cuando permitimos a un miembro esa ley aberrante? Que el presidente de la UE, Herman Van Rumpuy, aplaudiera a Orban hace unos días en Budapest sin mencionar siquiera la ley mordaza revela la inanidad del personaje. Días antes glorificaba en Madrid la gestión económica de Zapatero. Dos insultos a la inteligencia.

La ley da mano libre al control y la intervención administrativa de los medios por el Gobierno, hace posible la censura y la imposición de multas que supondrían el cierre de los medios afectados. Contundente todo. Orban puede. En 2010 arrasó en las urnas. Con casi el 53 por ciento de los votos, tiene mayoría de dos tercios en el Parlamento. La deriva nacionalista de Orban ha sido espectacular. Pero no engaña a quienes seguimos sus avatares como joven líder de Fidesz, unas juventudes liberales en la oposición al comunismo. Orban es demasiado sofisticado y culto como para creer en las virtudes de la nación monolítica o desconocer los peligros que encierra su deriva. Siempre la justifica con sus esfuerzos para cerrar el paso a la ultraderecha. Tiene poco sentido cerrar el paso a un mal, asumiendo el mal como objetivo. Estudiar derecho en el movimiento antitotalitario bajo el comunismo, y el liberalismo inglés en Oxford, no vacunó a Orban contra la peste del caudillismo. Hungría fue adalid de la lucha por la libertad en momentos clave del siglo XX. Cuando se rebeló contra la URSS en 1956, sin esperanza. Y cuando llenó de esperanza Europa, al romper el telón de acero. Pero también ha alcanzado cimas de barbarie, como la orgía genocida de los Flechas Cruzadas nazis, en los que se inspira el partido Jobbik, que cuenta con un 17 por ciento de los votos. La ley de prensa húngara es inaceptable. Pero sólo un síntoma. El populismo de Orban aspira a perpetuarse —como el frentepopulismo zapaterista pretendía en España—. Ha acabado con la alternancia democrática en el futuro previsible. Hay que impedir que la involución se consolide. Y que prolifere. Con esta ley Budapest nos ataca a todos.

ABC - Opinión

Cascos y cascotes. Por Alfonso Ussía

Cascos tenía razón, y está a un paso de perderla. No lo ha hecho todavía porque aún no ha creado el grupo político de la escisión de la derecha asturiana. Pero a Francisco Álvarez Cascos no se le ha tratado con justicia en el Partido Popular, y menos aún, en los medios de comunicación colindantes con su proyecto. En mi opinión, este periódico se ha comportado con Álvarez Cascos con reincidente dureza.

No se puede hablar de democracia cuando siete mil de los nueve mil militantes del PP en Asturias han sido despreciados. Gabino de Lorenzo, brillante alcalde de Oviedo ya amortizado, se ha impuesto con el nombramiento de su concejala Isabel Pérez-Espinosa. Todos los partidos políticos tienen el derecho y el deber de evolucionar, pero el PP oficial de Asturias, el mismo que aplaude los homenajes a un genocida y desatiende la petición del ochenta por ciento de su militancia, ha evolucionado hacia lo irreconocible.

Álvarez Cascos ha sido el gran secretario general o general secretario del PP, como Alfonso Guerra del PSOE. Referirse a él como un sargento chusquero es una incorrección. Y fue un gran vicepresidente y ministro de Fomento con José María Aznar, que a su vez, puso en orden la economía y la decencia pública en España. Álvarez Cascos tiene un carácter fuerte, unos prontos coléricos, y arranques irascibles. Este nuevo PP recela de quien sabía lo que pasaba en su partido en todas las localidades de España. A Cascos se le temía y respetaba, y a Guerra se le temía y respetaba.


Pero uno y otro contribuyeron como protagonistas en la construcción de sus partidos políticos, que con anterioridad, eran jaulas de gallinas cacareantes. Lo siento, y mucho, por Isabel Pérez-Espinosa, a la que han colocado los digitales –es decir, los usuarios del dedo–, en una complicada posición. La derecha en Asturias es hoy un lío fragmentado. Y algo tendrá que recapacitar Mariano Rajoy y su entorno más próximo, cuando añada a la baja en la militancia de Cascos, las de María San Gil, Manuel Pizarro o José Antonio Ortega Lara, que no eran militantes del montón, sino cumbreros y ejemplares para la mayoría de la sociedad española.

Cascos podía ganar para el PP las elecciones en el Principado. Tenía a su favor a una abrumadora mayoría de los militantes. Pero este partido, al que tantos millones de españoles vamos a votar para escapar del desastre socialista de los últimos años, ha perdido el norte, y nunca mejor escrito. Asturias seguirá en su depresión socialista porque así lo han decidido entre cinco personas. Democracia interna.

Pero cometida la fechoría, Álvarez Cascos no puede entorpecer las pocas posibilidades que aún quedan, y su deber no es otro que animar a sus partidarios a colaborar con la injusticia y sacar adelante al Partido Popular asturiano. Sus adversarios están deseando que pierda la razón, y puede hacerlo de persistir en su empecinamiento.

Acuda a la elegancia y el señorío para contrarrestar la inelegancia y la injusticia. Asturias es mucho más importante que Gabino, Isabel Pérez-Espinosa, Mariano Rajoy, Dolores Cospedal y demás autores de la chuminada. Y un Álvarez Cascos enfrentado es un Álvarez Cascos surtidor de votos al PSOE. Ante el despropósito, grandeza. Por esta vez, y reconociéndole toda la justificación a su monumental cabreo, haría bien en sosegarse y contemplar los aconteceres venideros desde la grada. Nos estamos jugando, entre otras cosas, una maravilla heredada que se llama España, y Cascos siempre ha sido un gran español.

Lamento lo que le han hecho y la inesperada animosidad contra su persona de quienes tenían que ser neutrales. Su valor y su valía le han dado la razón. Que no la pierda.


La Razón - Opinión

PP y PSOE. El gran pacto de Estado. Por José García Domínguez

Por lo demás, es como si la dirección del PP se hubiera creído su propia propaganda a fuerza de escuchar a González Pons recitando capsulitas de agitprop casero.

Ortega, que tantas tonterías sobre España supo alojar en las mejores cabezas españolas, no andaba tan lejos de la verdad, sin embargo, con aquella idea suya, la del atávico sesgo particularista que marca nuestro devenir histórico. De ahí, entre otras contrariedades, que jamás falte aquí algún gallo de corral presto a montar el Cisma de Occidente si no le dejan mandar en el campanario de su aldea. Castizo gusto por el vuelo gallináceo que también retrata a los llamados a pilotar el destino de la nación. Y es que no cabe otra explicación a esa bovina renuencia a los acuerdos de Estado que hoy manifiestan los grandes partidos. Un empecinamiento tan recíproco como estúpido. Pues ambos, PP y PSOE, salen perdiendo en el empeño.

Diríase al respecto que nadie acierta a comprender que es la soberanía nacional lo que ahora mismo anda en juego. Así, consecuentes, los hooligans de las dos ganaderías continúan con lo suyo de siempre, berreando improperios igual que si nada ocurriese. En patético corolario, a cinco minutos de que un poder extranjero tome el control del país por primera vez desde la invasión napoleónica, el gran debate entre la crema de la intelectualidad gira en torno a si hemos de llamar "Pepiño" al titular de Fomento. Max Estrella y don Latino de Hispalis deben estar retorciéndose en sus tumbas. Por lo demás, es como si la dirección del PP se hubiera creído su propia propaganda a fuerza de escuchar a González Pons recitando capsulitas de agitprop casero.

Como si pensasen en serio que va a escampar en el PIB por el efecto milagroso de su cara bonita luciendo radiante en la sala de reuniones del Consejo de Ministros. Ya saben, la "generación de confianza" y demás quincalla retórica para exclusivo consumo de las audiencias televisivas. Nadie descarte, en fin, que hayan enloquecido hasta semejante extremo. Pero si restara un gramo de cordura en Génova, debieran invertirlo en aliviar la agonía final de Zapatero. Con unas municipales en el horizonte que se auguran fiel remedo del 14 de Abril, aunque solo fuera por patriotismo, esa desgastada palabra, la transición encubierta de poderes, vía consensos institucionales, tendría que iniciarse cuanto antes. Aunque solo fuera por el interés de España, esa desgastada nación.


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