viernes, 1 de octubre de 2010

Huelga general. La administración del fracaso. Por Agapito Maestre

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".

El fracaso de la huelga del 29 de septiembre tiene cientos de interpretaciones. Una es obvia. Elemental es que el trabajo, cualquiera que sea la noción de trabajo que tenga un individuo políticamente desarrollado, o sea un ciudadano libre en una sociedad plural, es demasiado importante y compleja para dejarla a merced de los dictados de CCOO y UGT. La corporativización fascista de la sociedad, máxima aspiración de los sindicatos que han convocado el paro, tiene en la idea de trabajo de los españoles demócratas un serio límite. Pocos españoles, en efecto, se dejaron embaucar el día 29 por el cuento de que CCOO y UGT son una parte, una corporación, decisiva de la sociedad española. Falso.

Estos sindicatos no representan ni poco ni mucho al mundo del trabajo. No representan nada en absoluto la idea del trabajo que pueda tener un trabajador por cuenta ajena o por cuenta propia en el actual capitalismo. Jamás comprenderán qué es un trabajador autónomo o un desempleado y menos todavía que en el nuevo capitalismo, con todos sus defectos y virtudes, la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. La rutina la predicción de una carrera, la adhesión inquebrantable a una empresa y el trabajo estable hace tiempo que desaparecieron en un mundo de empresas estructuralmente dinámicas y de imprevisibles reajustes de plantillas.


El contraste entre el mundo del trabajo antiguo, casi en vías de desaparición, de organizaciones jerárquicas rígida por un lado, y el nuevo mundo de empresas en cambio y crecimiento permanentes por otro, es algo que no sólo han entendido estos sindicatos, sino que se oponen a él como el avestruz. Estos sindicatos, en el mejor de los casos, sólo representan a sus mandos, jefes y vicarios del poder socialista. CCOO y UGT no agotan, y es la primera consecuencia del fracaso de estos sindicatos, ni de lejos el mundo del trabajo por cuenta ajena.

No entiendo, por lo tanto, por qué la patronal CEOE, después del 29-S, ha hecho un llamamiento a esos sindicatos para seguir negociando. Falso. En mi opinión, ni esos sindicatos representan a los trabajadores españoles ni la "patronal" CEOE representa a los trabajadores por cuenta propia. El fracaso de esta huelga ha vuelto demostrar que las sociedades democráticas no pueden ser reducidas a corporaciones fijas y estancas. No hay una sociedad dividida en cuerpos de trabajadores por un lado, y empresarios por otros, sino individuos que se agrupan para defender intereses. Los ciudadanos españoles no están dispuestos a ser clasificados ni como animales de cargas ni en corporaciones fascistas.

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".


Libertad Digital - Opinión

Tras la huelga que no fue. Por José María Carrascal

El concubinato que el Gobierno y los sindicatos han mantenido se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S.
ESTAMOS como antes de la huelga, sólo que peor. Tres mil millones de euros más pobres, una calificación más baja de nuestra deuda, los sindicatos asegurando que fue un éxito y el Gobierno hablando de «luz al fondo del túnel». O sea, lo que hemos venido viviendo durante los dos últimos años, mientras la economía se desplomaba, el paro crecía y la confianza se evaporaba.

Hace falta tener mucha cara o muy poco seso para considerar esta huelga un éxito cuando ha sido el más rotundo de los fracasos. Los españoles hicieron huelga a la huelga, y los que no la hicieron fue por impedírselo los piquetes o por decisión de las empresas sobradas de stocks, como la automovilística, que saludaron el paro de sus cadenas de montaje como una bendición. El resto pasó de ella.

De lo que no se puede pasar es de la realidad. Una realidad más dura que nunca, como unas perspectivas cada vez más negras. El paro va a seguir subiendo —lo que advierte que la reforma del mercado laboral no funciona—, la calificación de nuestra deuda, bajando —señal de que la desconfianza internacional hacia España continúa— y el Gobierno seguirá adelante con su plan de ajuste, prueba de que el objetivo de la huelga —detener ese plan— no se ha conseguido.


El próximo campo de batalla será la reforma de las pensiones, centrada en el retraso de la edad de jubilación. Los sindicatos ya han dicho que están en contra. Zapatero les dice que le gustaría complacerles, pero que no puede. Se lo impiden Bruselas y los mercados. ¿Qué van a hacer? ¿Declararle otra huelga general? Pues, por ese camino, lo que van a conseguir de victoria en victoria es su derrota total. Y la de Zapatero con ellos, así que mejor que se lo piensen dos veces. Lo más que pueden conseguir de él en estas circunstancias es que prolongue el subsidio de paro a los que ya se les ha acabado. Es decir, prolongar su agonía y la nuestra, pues estamos todos en el mismo bote.

Ese matrimonio de conveniencia, ese maridaje de intereses, ese concubinato que Gobierno y sindicatos han venido manteniendo durante los últimos seis años se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S. Los intereses de Zapatero —mantenerse en el poder a toda costa— y los de Méndez y Toxo —mantenerse al frente de los trabajadores con empleo fijo, mientras los eventuales y los parados se multiplicaban— marchan ahora en rumbo de colisión. La huelga ha dejado al descubierto la desnudez de los tres, su incapacidad, su desorientación, sus vergüenzas. Mejor dicho, no ha sido la huelga, han sido los españoles que decidieron el miércoles ir a trabajar, que es lo que el país necesita y no encuentra.


ABC - Opinión

Punto final. Por Alfonso Ussía

Punto final al tostón de la presumible y ficticia huelga general. Un fracaso absoluto. «Democrática y constitucional» según Méndez y Toxo. Si esta cosa con pretensión de huelga ha triunfado en algún sector, ha sido gracias a los piquetes violentos, a los matones, a los contratados para impedir el derecho al trabajo. Y eso no es democrático y menos aún, constitucional. Analfabetismo puro o cinismo polisémico. En donde no han llegado los piquetes, total normalidad. Por todo ello, un chasco de fiesta. ¿Quién ha pagado los gastos? ¿De qué caja han salido los millones que han cobrado los piqueteros? ¿Y los carteles, los altavoces, el montaje final y demás vainas? Los que no hemos hecho huelga. Es decir, el ochenta por ciento de los contribuyentes.

He paseado con parsimonia por mi barrio. Ningún comercio cerrado. A un grupillo de piqueteros la gente los ha insultado. No con crudeza ni grosería. Simplemente han sido señalados como vagos, gandules, carotas y otras pequeñas lindezas. La propietaria de un comercio ha firmado una inteligente síntesis: «Estos vagos sólo trabajan un día cada tres o cuatro años para impedir que trabajen los demás».


Para mí que Méndez y Toxo, por mucho que celebren la gamberrada, se sienten hundidos. No se puede convocar una huelga general contra los suministradores del dinero. Y lo lamento profundamente por Rubalcaba. De haber puesto algo más de interés, los piquetes madrugadores no hubieran conseguido sus nada democráticos ni constitucionales objetivos. Sucede que el Gobierno y los sindicatos son familiares, y contra la familia no se actúa. Ha dicho el Presidente del Gobierno que deseaba respetar el derecho a la huelga y el derecho al trabajo. El segundo derecho no se ha respetado ni en la industria, ni en el transporte urbano colectivo.

Y al final, a la Puerta del Sol, qué casualidad. Allí se ubica la presidencia de la Comunidad de Madrid, qué casualidad. Y la presidenta de la Comunidad de Madrid, democrática y constitucionalmente elegida, ahora sí, por los madrileños, se llama Esperanza Aguirre, qué casualidad. Todo muy casual, muy coincidente, muy sospechoso. Pero los manifestantes estaban cansados. Eran los mismos, reunidos, que formaron los piquetes. Muchos de ellos, cansados y con un sobre agradecido en el bolsillo. El cansancio se nota, como la desilusión. Méndez y Toxo, los grandes responsables del fracaso, los cómplices callados –¡Tres años sin decir ni mú!–, de la desastrosa política social y económica del Gobierno, se sabían vencidos mientras soltaban las bobadas de siempre. Se han gastado por nada y para nada. En UGT y en Comisiones Obreras ya han principiado las conspiraciones. Sus puestos son muy apetecidos y apetecibles. Y cuando pase la falsa euforia, llegarán las críticas sinceras y las amarguras propias del chasco. Punto final a la huelga general. ¡Qué rollo!


La Razón - Opinión

Huelga. Zapatero busca un bálsamo. Por Cristina Losada

La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha.

Al contrario que Felipe González, su sucesor ha usado guante de seda con la huelga general. El primero no ocultó su enfado ante las cuatro que le cayeron, sobre todo, en la del 88, que a un paso estuvo de provocar un cisma familiar. En aquella etapa de ostentoso poderío, las protestas sindicales se despacharon oficialmente como fracasos. El contraste con la reacción gubernamental al 29-S es, pues, total. Ni asomo de acritud, ni un mísero reproche. El Gobierno se ha mostrado comprensivo, efusivo y amistoso. No ha querido dar cifras de seguimiento que pudieran molestar y el día después, De la Vega se retrataba junto a Méndez provista de una sonrisa profidén. Hízose la huelga, es decir, la gran putada, y aquí paz y después gloria. Tan amigos.

La actitud conciliadora del Gobierno resulta indicativa del frágil equilibrio de fuerzas del que depende Zapatero cuando ya ha tomado cuerpo la perspectiva de una cuantiosa pérdida de poder. Quedar a la intemperie es el destino que más teme un partido y no digamos sus dirigentes, que ven llegar, inexorable, el tiempo de la matanza pendiente. De ahí que el camino de la salvación posible transcurra por el intento de rehacer las relaciones con los grupos que pastorean a un rebaño en trance de dispersión. Todo un peligro ése, dado que Zapatero logró sus triunfos electorales al aglutinar en torno suyo a cuantos se identifican con la izquierda, incluido ese segmento volátil, minoritario, pero decisivo.

Curioso, irónico, que sea la economía la que haya abierto una brecha entre los que fueron activos y fieles sustentadores del zapaterismo. Y es que no encumbraron a Zapatero por su alternativa económica, prácticamente inexistente. Lo idolatraron por una retórica que revalorizaba la marca "izquierda" y una política de confrontación con la derecha, de hermanamiento con el nacionalismo y de beligerancia con los valores tradicionales. La economía les traía al fresco, como al propio presidente hasta hace poco. Y sospecho que nada ha cambiado en ese punto. No les incomodan la incompetencia y los engaños, ni el paro, la recesión, el déficit y todo ese galimatías. La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha. Veremos qué bálsamo, si alguno, dispensa para tal herida.


Libertad Digital - Opinión

Paleosindicalismo. Por Ignacio Camacho

Ese sindicalismo piquetero, apegado a un viejo cliché industrialista, es casi un anacronismo social.

LO que importa no es tanto el fracaso de la huelga como el fracaso del modelo. Ese paleosindicalismo piquetero, vociferante, apegado a un viejo cliché industrialista, es un anacronismo en la moderna sociedad laboral. Tiene un problema importante de afiliación —15% en el sector privado— y de representatividad, y funciona apegado al imaginario obrerista del siglo XX. No ha conseguido integrar a los autónomos ni se preocupa por los desempleados, vive de fondos públicos, abusa de sus prerrogativas y mantiene una rancia identidad ideológica cercana al viejo concepto de las correas de transmisión de los partidos de la izquierda. La propia idea de la huelga general constituye un recurso en declive que los sindicatos no han sabido ver. El jueves lograron parar, aunque a base de piquetes, la industria y la construcción pero se les fue vivo el sector terciario: los servicios, el comercio, la hostelería, que son la clave del PIB nacional. A la Administración y el funcionariado, donde las centrales tienen su mayor porcentaje afiliativo, los habían quemado con la huelga fallida de junio. Y en su burbuja ensimismada no sólo se olvidaron del teletrabajo sino de que internet y las redes sociales pueden retratar en directo el paisaje social de una jornada como ésa: las imágenes de la coacción violenta han destruido la mitología del paro con el demoledor testimonio en tiempo real de una barbarie inaceptable en plena democracia.

Lejos de hacer autocrítica de ese bucle obsoleto en que andan encerrados, los dirigentes de UGT y Comisiones cerraron la huelga con un lamento victimista sobre su maltrecha imagen pública, y tuvieron la osadía de deslegitimar al Parlamento como fuente de representatividad… ¡en el cuarto país con más baja afiliación sindical de Europa! La gente les ha dado la espalda ignorando su órdago más potente y ellos persisten en una rancia retórica pancartera. Están defendiendo su statu quoen vez de aplicarse a la puesta al día de un modelo que exige una refundación urgente. Se enrocan ante las críticas como vestales de un derecho que nadie ha cuestionado; no es el fuero sindical ni su papel constitucional lo que está bajo sospecha, sino la forma en que ellos lo han convertido en un modo de vida ajeno a la necesaria función de interlocutores sociales. Zapatero, que se ha permitido el lujo de concederles un empate político donde ellos sólo han cosechado una derrota, que los trata con condescendencia por proximidad ideológica y por mala conciencia respecto a sí mismo, ha sido sin embargo el encargado de poner de manifiesto su irrelevancia. Ha pasado del proteccionismo al ajuste duro sin encontrar más respuesta que un paro malogrado que desacredita a sus convocantes. Y está mucho más preocupado por la oposición parlamentaria que por la sindical. Él sí sabe que los Gobiernos no caen por huelgas generales, sino por elecciones generales.

ABC - Opinión

Presupuestos bajo mínimos

Presentar en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado al día siguiente de una huelga general ya ofrece una idea de por dónde van las cuentas públicas del año próximo. Pero hacerlo, además, el mismo día en que el Banco de España diagnostica un debilitamiento de la actividad económica y la agencia de calificación Moody’s rebaja la calidad de la deuda española disipa las pocas dudas que hubiera sobre la naturaleza restrictiva, de mera supervivencia, de los PGE. Si en el avance proporcionado el pasado viernes por el Consejo de Ministros ya se percibían fuertes recortes en casi todas las partidas, con los datos concretos en la mano aquella primera impresión se ha quedado corta y en exceso generosa. Las cuentas entregadas ayer por la vicepresidenta Salgado son fuertemente regresivas y recortan sin paliativos el gasto social, la inversión productiva y las cantidades destinadas a I+D+i. Es evidente que la columna vertebral de estos Presupuestos es reducir como sea el déficit del Estado, de acuerdo a los compromisos con la UE, y que para ello hay que hacer recortes drásticos, pues el ser humano todavía no ha logrado la cuadratura del círculo. Sin embargo, el empeño del Gobierno por cuadrar sus cuentas se lleva por delante los estímulos a la actividad económica y deja bajo mínimos las inversiones públicas que podrían generar empleo y aportar oxígeno a sectores estratégicos como el de la construcción. Desde luego, es positivo que los gastos de los ministerios se reduzcan en un 15,6%, pero no se puede decir lo mismo de las inversiones reales, que se contraen un 38,3%, investigación civil (-7%) y militar (-17,5%), infaestructuras (-40,7%) e industria y energías (-13,5%). En suma, resulta muy negativo que las actuaciones del Estado en los sectores productivos de la economía caigan nada menos que un 18,9%, porque significa que en vez de reavivar las ascuas de la reactivación se arroja sobre ellas un jarro de agua fría. Y sin crecimiento no hay empleo ni recaudación fiscal, y sin éstos crecen exponencialmente las prestaciones a los parados, la deuda pública, los gastos financieros y, en definitiva, el déficit que se pretende combatir. Éste es el círculo infernal en el que se mueven los Presupuestos del año próximo, por eso da la sensación de que el Gobierno ha arrojado la toalla y ya sólo aspira a sobrevivir un ejercicio más a la espera de que se produzcan varios milagros, entre ellos una fuerte recuperación de la zona euro que tire de España como el socorrista del náufrago y llegar así a las elecciones generales de 2012 con mejores perspectivas que ahora. Las cuentas públicas tienen el sello inconfundible de unos gobernantes que hacen las cosas a medias, como encogidos y a regañadientes. Así han hecho la reforma laboral y así pretenden sobrevivir, ir tirando a trompicones, en vez de afrontar con coraje las grandes reformas estructurales que necesita la economía española para dar el salto: reducción drástica de las Administraciones, de los organismos públicos y de las subvenciones clientelares, reforma educativa, judicial y pensiones, etc. Cuatro años lleva el Gobierno con políticas y presupuestos de cataplasmas: ahí están los resultados.

La Razón - Editorial

Cuentas de emergencia

El Presupuesto busca la estabilidad financiera; es dudoso que sirva al crecimiento y al empleo.

Un primer análisis de los Presupuestos del Estado para el año próximo indica que la reducción del déficit público hasta el 6% del PIB pretende conseguirse, además de con la congelación de las pensiones (salvo las mínimas, que subirán el 1%) y la reducción salarial de los funcionarios, con un recorte radical de la inversión en infraestructuras, nada menos que del 30% en comparación con las inversiones presupuestadas para 2010. Las técnicas de recorte presupuestario indican que ha de actuarse sobre los grupos fundamentales de gasto, en este caso los gastos sociales, los costes de la Administración pública y la inversión pública; son las vías más rápidas para bajar el déficit por la vía del gasto. Y así se ha hecho en los Presupuestos de 2011, en busca de recuperar la estabilidad presupuestaria por etapas, hasta situar el déficit público en el 3% del PIB en 2013.

Ahora bien, la estabilidad presupuestaria tiene contraindicaciones que no está de más recordar. La inversión en infraestructuras actúa como factor de crecimiento económico en periodos recesivos. Con un descenso del 30% difícilmente puede argumentarse que las cuentas públicas de 2011 contribuirán a impulsar un crecimiento del PIB del 1,3% el año próximo. Es más, también es dudoso que el crecimiento supere claramente el 0,5% en 2011. Por tanto, lo que los Presupuestos confirman es que no hay estímulos públicos para incentivar la actividad económica. La agencia de calificación Moody's ha justificado precisamente la rebaja de calidad de la deuda española desde triple A a AA1 en las débiles perspectivas de crecimiento de la economía española. Y el Banco de España acaba de informar de que la recuperación económica, incipiente en el segundo trimestre, se ha debilitado en julio y agosto.


A lo que más se parecen las cuentas de 2011 es a un presupuesto de emergencia. Bajo la consigna general de que el déficit debe reducirse imperativamente, todos los ministerios sufren recortes de importancia. El sueño de fundamentar el crecimiento en actividades más competitivas y de superior valor añadido queda pospuesto para mejor ocasión (la dotación para I+D+i cae el 7%) y las políticas de reforma educativa, lo mismo (8,1% menos de presupuesto, cuando la educación es el factor fundamental para aumentar la productividad y los salarios reales), mientras que se dispara la partida para financiar la deuda pública (sube el 18%).

Un debate parlamentario riguroso sobre el Presupuesto debería plantear al menos la duda sobre si las prioridades en los recortes del gasto son las adecuadas o si es posible reducir el déficit con otras políticas que salvaguarden la inversión en educación e infraestructuras a cambio de suprimir unidades administrativas, imponer un recorte drástico del gasto de las autonomías, reducir casi a cero los gastos fiscales y limitar el fraude fiscal. Pero estas políticas requieren un esfuerzo de negociación y capacidad persuasiva que el Gobierno no está en disposición de hacer y la oposición ni sabe ni quiere intentar.


El País - Editorial

La deuda de ZP nos devora

Puede que, como pronostican los más optimistas del lugar, ZP se vaya en 2012 y el PSOE no vuelva a gobernar en 30 años. Pero desde luego su ruinosa herencia perdurará durante muchas décadas. De aquí a las generales todavía pueden empeorar mucho las cosas.

Sindicatos y Gobierno son expertos en falsificar la realidad. Los primeros no se avergonzaron de repetir ayer que su fracasada huelga había sido todo un éxito; se siguen proclamando represantes indiscutibles de la "clase trabajadora" y, por tanto, piensan continuar sometiendo a nuestro mercado laboral a unas rigideces tales que en apenas tres años nos han llevado a alcanzar la delirante cifra de casi cinco millones de parados. El segundo ha estado toda una legislatura mitiendo abiertamente sobre los presupuestos, inflando la cifra de ingresos e infravalorando la de gastos, lo que nos ha conducido a acumular año tras año uno de los mayores déficits públicos del mundo.

Tal ha sido el desastre del Ejecutivo de Zapatero que si en 2007 podíamos vanagloriarnos de gozar de una solvencia mayor incluso que la de Alemania, hoy padecemos una humillación tras otra por parte de las agencias de calificación. Si Standard & Poor’s y Fitch ya nos habían rebajado hace meses nuestro rating crediticio, ayer fue Moody’s, la agencia que más se resistía hasta la fecha a reducirlo, quien ya no tuvo más remedio que admitir lo que para todos los operadores de mercado era un clamor: que nuestro país se acerca peligrosamente a un muy delicado escenario en el que le será crecientemente complicado hacer frente a sus obligaciones.


Es cierto que la rebaja por parte de Moody’s no ha sido sustancial y que, para sus estándares, el Reino de España todavía sigue siendo muy solvente. Pero no olvidemos que las agencias de calificación son un oligopolio privado –no están abiertas a la competencia– que fracasó estrepitosamente a la hora de anticipar el riesgo real de impago de la deuda privada en 2007 y 2008. La situación no tiene por qué ser distinta para el caso de la pública.

De hecho, más importante que la degradación de Moody’s es que nuestro diferencial con el bono alemán ya vuelva a situarse a los peligrosos niveles de mayo pasado, cuando fuimos intervenidos de facto por Bruselas, y, sobre todo, que exhibamos un cada vez más estrecho margen para repagar el explosivo endeudamiento público.

Al fin y al cabo, los intereses y los vencimientos de deuda de 2011 coparán un quinto de todo el gasto presupuestario, sin que nuestro endeudamiento se reduzca (pues lo que gasta el Gobierno sigue siendo muy superior a lo que ingresa). Cuando en el futuro debamos reducir el gasto –y tendremos que hacerlo habida cuenta de nuestro enorme déficit– dispondremos de menores partidas que recortar. Ese 20% de gasto financiero es ya una partida intocable, una merma permanente en nuestra riqueza hasta que no volvamos a generar superávits. En otras palabras, la deuda y sus intereses –esto es, los despilfarros pasados de Zapatero– van devorando nuestros presupuestos y pueden terminar por engullírselos por completo.

Con su suicida política manirrota, la izquierda gobernante, tan social y socialista ella, nos está abocando a una situación en la que sólo tendremos dos opciones reales: o suspendemos pagos como país o reducimos drásticamente el resto de gasto no financiero (a saber, educación, sanidad, pensiones, subsidios de desempleo, salarios de los funcionarios...). Incrementar los impuestos no es una opción factible para generar un superávit que nos permita amortizar deuda, por el simple motivo de que nuestro déficit sigue siendo equivalente a toda la recaudación anual de IRPF e IVA juntos.

Cada día que pasa nuestra situación se vuelve más delicada. Los planes E y el resto de absurdos gastos de Zapatero se están convirtiendo en una losa tercermundista para nuestra economía y para nuestro futuro. Puede que, como pronostican los más optimistas del lugar, ZP se vaya en 2012 y el PSOE no vuelva a gobernar en 30 años. Pero desde luego su ruinosa herencia perdurará durante muchas décadas. De aquí a las generales todavía pueden empeorar mucho las cosas; es más, pueden empeorar hasta un punto de no retorno.


Libertad Digital - Editorial

La realidad del día después

Entramos ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía.

TRAS la rebaja de la calificación de España por la agencia Moody´s y el pesimismo del informe publicado por el Banco de España sobre la evolución económica del tercer trimestre, ni hay margen para que el Gobierno «rectifique» en el sentido que le piden los sindicatos ni estos van a recibir del Gobierno posibilidades reales de «diálogo» sobre pensiones y reforma laboral. La agencia Moody´s ha rebajado la calificación de la deuda española por la debilidad de la recuperación económica, lanzando un jarro de agua fría sobre el discurso oficial del Gobierno, que defiende que la recuperación se está consolidando. El de Moody's no es un juicio de valor infundado, porque coincide con los datos que ha recabado el Banco de España para anunciar que la levísima mejoría de los indicadores económicos del segundo trimestre se ha frenado en el tercero. Las causas eran previsibles, porque se encuentran en el aumento del IVA, la supresión de las ayudas a las compras de vehículos y el recorte a la inversión pública. Mientras los planes de estímulo estuvieron vigentes, la economía española vivió con respiración asistida. En cuanto el Gobierno se ha visto obligado a retirarlos, la situación económica empieza a dar su verdadero rostro. Este es el día después de la huelga del 29-S, un cuadro de crisis que entra ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía. La huelga ha sido inútil en todos sus propósitos, incluso el de despacharla como un trámite indoloro para el Gobierno, porque la opinión pública ha diagnosticado que detrás de la convocatoria había «tongo» entre el Ejecutivo y las organizaciones sindicales. El amistoso encuentro de De la Vega y Méndez, en una emisora de radio a menos de doce horas de que acabara la jornada de paro, es la fotografía de esta mascarada perpetrada por el Gobierno y los sindicatos el 29-S.

De esta huelga, de estos sindicatos y de este Gobierno no se vislumbra una aportación para dar empleo a los millones que lo buscan, ni para mejorar la confianza de los ciudadanos y de los empresarios ni para sentar las bases de una política económica fiable a medio plazo. Desde luego, no servirán a este fin unos presupuestos generales para 2011, entregados ayer por la ministra de Economía al presidente del Congreso, construidos sobre unas previsiones económicas otra vez contaminadas de optimismo. Unas cuentas para entrar con pocas esperanzas en el cuarto año de la crisis.


ABC - Editorial

jueves, 30 de septiembre de 2010

La equis sindical. Por Ignacio Ruiz Quintano

Se impone en la declaración de la renta, a fin de que estas organizaciones obreras sin obreros, tan simpáticas, vivan de sus simpatizantes, no de todos los pagafantas.

De madrugada, en la barra del «after hours», los Pochetes del nuevo liberalismo, que es el liberalismo a sueldo, me decían que Rubalcaba, ese holograma del felipismo gálico, era el jefe de la huelga, pero, una vez de día, la vulgaridad del espectáculo superaba incluso al mito de Rubalcaba: en las calles había más mugre que otros días y más tontos rodados (motoristas y ciclistas de acera) que otros días, pero es que Madrid es una ciudad de mucha mugre y mucho tonto rodado. Se ve que mugre y tontos rodados son inherentes a todo movimiento de progreso, y España es desde hace algunas décadas el parque temático del progreso. Ayer era día de huelga general y en las calles elegantes de la capital había basura, aunque más o menos la misma que había en las mismas calles el día que España ganó el Mundial de fútbol. Entonces, al cabo de la jornada, Casillas habló al pueblo, y esta vez la encargada de hablar al pueblo fue la dirigencia (esa palabra huele a Evita) de un sindicalismo vertical que en Madrid, ayer, sólo consiguió cerrar Telemadrid, circunstancia que podría aprovechar el sentido común para no volver a abrirla. Visto lo visto, se impone la equis sindical en la declaración de la renta, a fin de que estas organizaciones obreras sin obreros, tan simpáticas, vivan de sus simpatizantes, no de todos los pagafantas. ¿Qué juego tonto es ése de los liberados manchando (los escaparates de todas las tiendas de la calle de Serrano amanecieron pringados de pegatinas y pintadas), y detrás, los trabajadores limpiando? O limpia Zapatero, que es el objeto de la huelga, o estamos ante otra gamberrada, como la de esos bomberos que, en su protesta sindical, pintarrajean como zulúes los vehículos, tal que si fueran, no de los contribuyentes, sino suyos o del alcalde. Pero es que a Comisiones y a Ugeté les pasa con Zetapé lo que al «As» y al «Marca» con Mourinho.

ABC - Opinión

Los piquetes y los «fascistas». Por Edurne Uriarte

Resulta que para el Gobierno, lo grave, lo «fascista», es la denuncia de la coacción, el rechazo de la violencia y la exigencia de un comportamiento pacífico de los sindicatos.

Una periodista simpatizante de las ideas socialistas, María Antonia Iglesias, afirmó ayer que ha habido «una campaña fascista contra los sindicatos». La vicepresidenta De la Vega acusó por su parte al PP de «perseguir a los sindicatos». Y Corbacho se felicitó por lo bien que se desarrollaba la jornada de huelga y proclamó la «normalidad». Más o menos a la misma hora, todos los medios de comunicación, de izquierdas y de derechas, ofrecían las mismas imágenes de la huelga y parecidos titulares. Referidos a la violencia de los piquetes. Y a las numerosas acciones de coacción protagonizadas por los sindicatos. Con un balance de la huelga secreto por parte del Gobierno, solo quiso ofrecer las cifras de la huelga en la Administración del Estado, pero evidente para los ciudadanos que la siguieron a través de los medios y de su propia experiencia. El limitado éxito de la huelga se produjo en buena medida bajo coacción. Y resulta que para el Gobierno y bastantes de los analistas que lo apoyan, lo que importa, lo grave, lo «fascista», incluso, es la denuncia de esa coacción, el rechazo de la violencia y la exigencia de un comportamiento pacífico de los sindicatos. Lo que demuestra lo lejos que nos hallamos aún de la normalización democrática de los sindicatos y de la propia izquierda que admite y legitima los métodos violentos. Y lo que refleja también la dispar evolución de los extremismos en Europa. Mientras el extremismo de derechas, el fascismo, ha sido deslegitimado por la sociedad y por la propia derecha, el extremismo de izquierdas, el comunismo y los métodos obreristas violentos, son admitidos por la izquierda. Actos de violencia como los de ayer que hubieran recibido una condena unánime si llegan a proceder de la extrema derecha, fueron, sin embargo, ignorados, excusados o apoyados por la izquierda y el Gobierno. Por ser extremismo del «bueno».

ABC - Opinión

Huelga general. La fe de los sindicatetos. Por Francisco Capella

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.

Creen que la huelga no es un envite de los sindicatos contra el Gobierno, sino un envite democrático en el que nos la jugamos todos y todas. Y es que para ellos esto es un juego, seguramente de azar porque la habilidad y la inteligencia no son sus puntos fuertes, y ellos hablan en nombre de todos y todas. Se creen profesores porque el Gobierno y los empresarios van a recibir una lección de democracia.

Creen que el derecho a no hacer huelga no existe y que el interés de la mayoría de los trabajadores siempre está por encima de la voluntad de los grandes y pequeños empresarios. Creen que la mayoría de personas que acuden a trabajar el día de la huelga lo hacen presionadas, amenazadas y coaccionadas por sus jefes con bajadas de sueldo y despidos. Se creen víctimas, pero no creen necesario mostrar más evidencias que sus propias declaraciones, porque ellos nunca mienten ni engañan.

Creen que la lucha de la masa obrera ha servido a lo largo de la historia para mejorar los derechos de los trabajadores. Y van a seguir "mejorándolos", quieran o no: van a luchar, guerrear, batallar, pelear, golpear, gritar y hacer lo que haga falta hasta vencer la resistencia de aquellos a costa de quienes se obtienen esos derechos, que son todos los demás.


Creen en el trabajo de los piquetes disuasivos, porque de verdad disuaden. Creen que los piquetes son la expresión más genuina de la defensa de los derechos democráticos, que se articulan gritando mucho y con lenguaje gestual de amenazas y desaprobación. Creen que todos sus golpes son en legítima defensa, y los de los demás son viles agresiones injustificables.

Creen que las calles y las carreteras son de ellos y por eso pueden cortarlas para impedir el paso a los demás. Creen tener derecho a redecorar la propiedad ajena según su discutible criterio estético y llenarla de pintadas o pegatinas. Creen que si un negocio ha cerrado es porque está de huelga y apoya su causa. Creen que si no haces huelga es porque no sabes lo que haces; o tal vez sí y "tú sabrás lo que haces". Algunos creen que la huelga se hace mejor cubierto, son tímidos y no quieren ser identificados.

Creen que los estridentes pitidos de sus silbatos son música celestial que todos deben apreciar. Creen que todos deben prestar atención a su discurso informativo, y que con más volumen se tiene más razón. Creen que sus consignas de pocas palabras no muy complicadas contienen enormes cantidades de información acerca de la política económica y la filosofía del derecho.

Creen en el rebaño, en la manada, en la masa: siendo muchos siempre se tiene más fuerza y se puede hacer más daño. Al compañero le creen todo, al traidor esquirol nada. Creen que los que se niegan a hacer huelga son indeseables insolidarios a quienes conviene insultar y corregir su conducta con algún destrozo para que aprendan. Se creen éticamente responsables pero no admiten la responsabilidad por los daños que causan: es que les han provocado.

Creen que las pérdidas que causan por sus coacciones a todos aquellos a quienes no permiten trabajar son un coste asumible en la lucha sindical: al fin y al cabo, no son ellos quienes tienen que asumirlas. Creen que los servicios mínimos equivalen a servicios máximos: no tiene usted derecho a trabajar si otros ya han cumplido con el mínimo.

Se creen clase trabajadora, pero no hay mucha evidencia de que produzcan algo de valor a precios que interesen a otros: salvo que sean del gremio de matones, demoliciones, asaltos o destrucciones varias. Tal vez piensan que les está prohibido convertirse en empresarios abandonando a los que ahora presuntamente los explotan; o quizás son incapaces de organizar proyectos productivos exitosos, lo saben y por eso ni lo intentan.

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.


Libertad Digital - Opinión

La mafia en la retina. Por Hermann Tertsch

La sociedad despreció su convocatoria y los ignoró. Solo hubo huelga ayer allí donde la amenaza logró imponerse.

TENÍAN razón ayer la jefatura suprema de los comandos, los miembros liberados de la organización, compañeros Cándido Méndez y Juan Ignacio Fernández Toxo, cuando aparecieron ante la prensa a declarar muy ufanos que habrá que recordar este 29 de septiembre. ¡No saben ellos aun hasta que punto es eso cierto! Es probablemente lo único cierto que dijeron en una comparecencia trufada de ficción política de tercera categoría y morralla ideológica de taberna antisistema. Ambos tenían ya el rostro de combatientes abatidos en la jungla, con caras de «Mono Jojoy». O de tahúres que lo han perdido todo a los naipes y con angustia infantil intentan animar a una nueva partida. Cuando saben que no tienen más opciones que una retirada ignominiosa o una soga en la buhardilla. Vamos a recordar esta fecha pero por motivos muy diferentes. Ayer España dio un paso definitivo de cara a liquidar un sistema sindical que ha degenerado en un aparato de corte mafioso, sostenido por la coacción y la violencia y por su mecanismo parasitario de financiación. La sociedad despreció su convocatoria y los ignoró siempre que pudo. Solo hubo huelga ayer allí donde la amenaza logró imponerse. Donde las bandas de matones no tenían superioridad abrumadora, la población en general se enfrentó a ellas. Los corrió literalmente a gorrazos e, imponiendo su soberana voluntad, se puso a trabajar. Se acabó el chollo. Ellos que han colaborado tan eficazmente en el cierre de miles de empresas, están a punto de echar el cierre a su lucrativa agencia de coacción que millones de españoles ya sólo identifican con la extorsión, la amenaza y la violencia. Anclados en sus privilegios, en su primitivismo y en su zafia retórica decimonónica no han visto la gravedad del insulto que suponía para toda la sociedad que pretendieran representar a los trabajadores españoles del siglo XXI. Mientras los obligaban a golpes y amenazas a plegarse a su voluntad. Se acabó. Todos sabemos como son. Los hemos visto. Decenas de miles de cámaras de teléfonos móviles han dado testimonio de las amenazas, de las agresiones y la brutalidad ejercida contra la ciudadanía que quería trabajar. Las escenas permanecen y son demoledoras. Así, toda la sociedad española tiene hoy a la mafia en la retina. La mayoría de los españoles está en contra de las medidas tomadas por el Gobierno. Por muy diversos motivos. Unos las consideran excesivas e injustas, otros creen que son insuficientes e inútiles. Muchos creen que llegan tarde o mal. Pero la repulsión ante la acción sindical ha despojado de sus últimos restos de respetabilidad a estos sindicatos. Han sido el somatén del zapaterismo y ahora, de acuerdo con éste, querían hacerse un lavado de cara a costa de los trabajadores españoles. No se les ha dejado. Habrá un nuevo sindicalismo, pero el rufianismo de estos parásitos antisistema, toca a su fin. Si hicieran otra huelga general, motivos habrá, serían sus piquetes los que tendrían que ser protegidos por la policía.

ABC - Opinión

Huelga general. Sindicatos con respiración asistida. Por Emilio J. González

Estos sindicatos ya no representan a nadie porque no se han adaptado a los tiempos que corren, ni a la crisis, ni a los profundos cambios sociológicos que se han producido en España.

El balance del 29-S deja atrás no sólo el sonado fracaso de la huelga general convocada por UGT y CCOO, sino también, y sobre todo, el divorcio entre los sindicatos oficialistas y una sociedad más que harta de unas centrales sindicales que ni se han enterado ni se quieren enterar de qué va la España del siglo XXI.

Cuando los españoles quieren hacer huelga, la hacen de verdad, como se puso de manifiesto en el famoso 14 de diciembre de 1988, pero cuando no quieren, no les gusta que nadie les obligue a actuar en contra de su voluntad. El ambiente no estaba en estos momentos, ni mucho menos, para secundar una convocatoria que partía de dos errores fundamentales de base: el momento y el motivo.

El momento, porque los sindicatos se han pasado dos años con la boca bien callada mientras el paro se disparaba a cifras de verdadero escándalo y ellos sin decir nada porque ya se encargaba el Gobierno de untarlos bien untados con la ‘grasa’ del presupuesto. Y después de darle la espalda a la gente, sobre todo a los casi cinco millones de parados, a los empresarios que han tenido que cerrar su negocio y a los autónomos que se han visto obligados a cesar en su actividad, a todos ellos y a sus familias, ahora UGT y CCOO querían salir a la calle para protestar porque hay que tomar medidas dolorosas para enderezar una situación de cuyo empeoramiento han sido cómplices por acción y por omisión.


El motivo, porque la huelga tendría que haber sido contra quien nos ha conducido a este desastre socioeconómico, esto es, el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, no los empresarios que están sufriendo la crisis ni mucho menos la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuyas políticas están permitiendo amortiguar en la región los durísimos golpes de las circunstancias que nos están tocando vivir. Así es que la equivocación de partida ha sido una convocatoria contraria a los deseos y al sentir de la gente en todos sus aspectos.

El distanciamiento con la sociedad se ha agravado a raíz de la actuación de los piquetes, impidiendo la salida a primera hora de los autobuses de la EMT y tratando de paralizar el metro para que las personas no pudieran acudir a su centro de trabajo, y después tratando de bloquear el tráfico, además de amedrentar, como poco, a todo aquel que osaba desafiar la llamada al paro. La reacción contra los sindicatos que han tenido, por ejemplo, los vecinos de la Gran Vía de Madrid, por tanto, es lógica y sirve como botón de muestra de una sociedad que no está por la labor de que nadie les venga a imponer nada en contra de sus deseos, y menos aún cuando, en el caso de Madrid, la convocatoria de UGT y CCOO tenía todos los tintes de una huelga política contra una presidenta, Esperanza Aguirre, elegida democráticamente y que, después del fracaso sindical de hoy, probablemente va a renovar su mandato el año próximo con mayoría absoluta.

Los sindicatos han hecho un ejercicio de total falta de sensibilidad hacia la sociedad. Ellos iban a lo suyo, con sus planteamientos ideológicos decimonónicos, sin importarles ni los parados, ni el sufrimiento de las personas para quienes perder un día de sueldo en estos momentos supone un verdadero problema, mientras Toxo y Méndez disfrutan de super áticos de lujo y restaurantes de primera; ni el deseo de los millones de españoles de querer ejercer su derecho a trabajar con libertad y, de esta forma, pueden haber consumado definitivamente un divorcio con una sociedad a la que le han dado la espalda en los momentos más difíciles y que desde hace tiempo no quiere saber nada de ellos, como demuestran las bajas y decrecientes cifras de afiliación.

Estos sindicatos, por tanto, hoy por hoy ya no representan a nadie porque no se han adaptado a los tiempos que corren, ni a la crisis, ni a los profundos cambios sociológicos que se han producido en España. Si hoy tienen un papel en nuestra vida pública es porque entre las concesiones que se hizo a la izquierda en la Constitución de 1978 estuvo la de darles una importancia y una representatividad como interlocutores sociales de la que carecerían si la sociedad pudiera opinar al respecto. Si sobreviven es porque disfrutan de la respiración asistida que les proporciona el Gobierno a base de subvenciones multimillonarias de las que luego no dan cuenta a nadie pese a tratarse de dineros públicos, como tampoco dan cuenta de cuántos liberados sindicales –señores que cobran pero no trabajan ni, en muchos casos, los conocen sus propios compañeros en la empresa o en la Administración– hay en nuestro país, qué hacen realmente y cuánto nos cuestan, cosa que también indigna a la gente.

Así es que tenemos a unos agentes sociales que no representan a nadie y a quienes no traga un número importante y creciente de sus supuestos representados, que, por no haberse sabido adaptar a los tiempos, resultan tan anacrónicos como un dinosaurio en la Puerta del Sol. Nuestras centrales sindicales, en consecuencia, son una especie en peligro de extinción y sólo sobrevivirán en el futuro si aprenden la lección y se modernizan de verdad para atender a las verdaderas necesidades y demandas de los españoles del siglo XXI, que ya no se identifican con ellos ni con sus postulados. Lo malo es que ese proceso de modernización no se podrá llevar a cabo mientras Méndez y Toxo sigan donde están y menos aún si el Gobierno de Zapatero se dedica ahora a reírles las gracias y a tenderles la mano, cuando UGT y CCOO se han convertido en uno de los principales obstáculos para la salida de la crisis y para el progreso económico y social de nuestro país.


Libertad Digital - Opinión

Adrenalina de la incivilidad. Por Valentí Puig

Este sindicalismo no solo es un fósil de formulación inapropiada, sino un auténtico riesgo.

NO hacían falta ni la insensata huelga general ni la incivilidad de los piquetes de ayer para llegar a la consecuencia de que el proceso de institucionalización de los sindicatos ya reclama un efecto de reversibilidad. Su irrepresentatividad y la acumulación opaca de recursos y disponibilidades ha llegado a tal extremo que va a ser la sociedad la que comience a exigir del sindicalismo más transparencia, menos agitación, más racionalidad y un espíritu de consenso que no sea un estricto simulacro de la presión y jornadas coercitivas como la de ayer.

En lugar de la capacidad de conciliación a la escandinava o del modelo de concertación alemana, en España hemos ido a parar a un sistema de cesiones y no de transacciones, en el que un sindicalismo conducido por líderes caducos mantenía una parcela de privilegios cada vez menos presentables en sociedad. Eso le ha estallado en las manos a Rodríguez Zapatero, no siendo paradójico en él que haya querido presentarse siempre como precinto iconográfico de la paz social.


Desde ayer, quien creyera en un rol estabilizador o eficazmente reivindicativo de los sindicatos, como también a quien sencillamente le fuese indiferente, no le van a faltar motivos para pensar que una huelga general era lo menos apropiado en un momento de incierta probabilidad de salida de una recesión que nos ha empobrecido, ha destruido cientos de miles de puestos de trabajo y ha afectado a toda la maquinaria de nuestro crecimiento económico. Esa reflexión es algo tardía, ciertamente, entre otras cosas porque Zapatero optó por negar la crisis y le cedió al sindicalismo gran parte de lo que es su responsabilidad como gobernante. Hoy estaremos barriendo las huellas de la incivilidad directa de los piquetes, para redescubrir algunos pasos más allá las huellas de la irresponsabilidad zapaterista.

No es España el único país miembro de la Unión Europea en el que ha habido una respuesta sindical a las medidas anti-recesión. Pero eso no le sirve de consuelo real a nadie. En realidad representa lo menos capaz de una sociedad deseosa de producir y de competir, de acuerdo con los mejores parámetros, en las antípodas del acto bronco y de esas hazañas testiculares que la huelga de ayer escenificó con inquietante abundancia de adrenalina.

Para la sociedad que a trancas y barrancas pugna por salir de la crisis, para miles y miles de familias que se están dejando la piel, para otras tantas empresas que no acceden al crédito, este sindicalismo no solo es un fósil de formulación inapropiada, sino un auténtico riesgo para cualquier horizonte de futuro. Seguramente no sea otro el significado de ayer: el canto del cisne —un cisne hosco y agresivo— de aquel sindicalismo al que la transición democrática institucionalizó como uno de los principales agentes de la vida social. Proclamaron entonces que querían recibir el patrimonio del sindicalismo vertical franquista con «los ascensores en funcionamiento». Heredaron mucho y mal. Hoy lastran el gran ascensor social que España necesita más que nunca.


ABC - Opinión

Mañana de piquetes, tarde de marchas y baile de cifras. Por Antonio Casado

La foto de la mañana quedó movida por los incidentes con piquetes, policías antidisturbios, trabajadores y unos ciudadanos que pasaban por allí. Los medios de comunicación trasladaron la impresión de estar viviendo una jornada de guerrillas urbanas y no de huelga general. Eso refleja uno de los aspectos capitales del llamamiento de los sindicatos a una movilización general contra la “política antisocial del Gobierno”.

Me refiero al divorcio entre convocantes y convocados. O, por decirlo de otro modo, la colisión entre una minoría sindical muy activa y una inmensa mayoría de ciudadanos poco inclinada a secundar el llamamiento. Colisión ilustrada con una avalancha de testimonios cargados de violencia, coacción y, esto es lo nuevo, actos de resistencia de los ciudadanos frente a los excesos de los llamados piquetes informativos. En otros tiempos, el ciudadano o el trabajador que no secundaba la huelga daba un paso atrás para evitar males mayores. Ahora también, pero con más gente dispuesta a plantarle cara a los piquetes coactivos. El número de sindicalistas que han resultado lesionados en el desempeño de esa tarea ha sido inusualmente elevado.


Baile de cifras

Si la foto de la mañana quedó movida por los choques verbales y físicos, en la foto de la tarde quedaron las manifestaciones en las grandes ciudades y ese clásico que es la guerra de cifras. Con una novedad. En esta ocasión el Gobierno no entra en la disputa. Las únicas cifras de seguimiento facilitadas anoche por el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, sólo se refieren a los trabajadores de la Función Pública. Con bajísimos porcentajes de absentismo. Y un poco más altos en las empresas públicas del área de Fomento: 35 % en el turno de mañana y 6% en el de tarde.

Así que en las cifras generales tenemos que atenernos a ese poco creíble 70 % de seguimiento contabilizado por las organizaciones sindicales. O a los sondeos de los medios de comunicación sobre la impresión de los ciudadanos, que reflejan un rotundo fracaso de la huelga general. Hasta el 95 % en el caso de los lectores de El Confidencial que así lo creen. El Gobierno no se moja. “Desigual” fue la palabra elegida por el ministro Corbacho cuando ayer le pidieron su valoración.

Estaba cantado que los sindicatos amontonarían en la misma cifra de huelguistas a los que no quisieron trabajar y a los que no pudieron. Descontado ese efecto, es evidente que las cifras de seguimiento no le dan a los sindicatos para tirar cohetes, si se excluye el sector industrial y unos transportes obligados a funcionar bajo mínimos impuestos o pactados.

En cualquier caso, es el Gobierno el que tiene la clave para elevar a definitiva una conclusión sobre el éxito o el fracaso de la huelga general de ayer. Depende de si, como esperan los sindicatos, rectifica en las políticas inspiradas decididas bajo la presión de sus acreedores internacionales. O, por el contrario, se ratifica en la reforma laboral y los ajustes decretados, pasándose por el arco del triunfo la presión de los Sindicatos. Hagan apuestas.


El Confidencial - Opinión

29-S. Burla general. Por Juan Ramón Rallo

Si los sindicatos sobran, con más motivo sobra su Gobierno cómplice. Así no. Rectificación ya. Conocemos de sobra cuáles son los réditos de la política económica izquierdista: recesión y paro. Levantemos sus privilegios y dejemos que la economía se ajuste.

Constatado el fracaso de la huelga por boca de un lacrimógeno Corbacho, quien parecía más un frustrado pirómano que un airoso superviviente de la quema, queda, como reclaman nuestras centrales sindicales, que la convocatoria traiga sus consecuencias. Al cabo, si ni siquiera el corte de las comunicaciones y la decidida actuación de los piquetes antiobreros ha conseguido que más de un 5% de los ultrajados trabajadores patrios secundara la huelga de nuestros sindicatos "mayoritarios" (sic), entonces el restante 95% tendremos que exigir responsabilidades.

Porque ese 5% apenas alcanza para cubrir los afiliados sindicales que no sean liberados más algún que otro empleado de alguna industria –como la del automóvil– con una estructural sobreproducción y a la que no le venía mal parar las máquinas por un día para ahorrarse unos eurillos. Así, tras este espectáculo revolucionario-circense, habrá que pasarles cuentas.


Primero, a los sindicatos. Dado que exigen una rectificación inmediata de la política gubernamental, deberán tenerla: basta ya de privilegios y de subvenciones millonarias. Los sindicatos son un claro ejemplo de grupo de presión autoalimentado: su función social es nula o contraproducente –de ahí que vivan del presupuesto– pero han conseguido crear el mito de que son imprescindibles para el buen funcionamiento del país. Gracias a semejante narrativa ucrónica, han logrado generar una burocracia dependiente de los fondos que coactivamente les transfieren los empresarios y el conjunto de los españoles a través del erario público. Sólo los propios sindicalistas secundan sus huelgas, sólo los propios sindicalistas acuden a sus manifestaciones, sólo los propios sindicalistas reclaman una mayor presencia suya en las instituciones. Es lógico, pues su privilegiado y lujoso modo de vida depende de ello, pero no permisible: la rigidez del mercado laboral español requiere de cambios urgentes y uno de ellos pasa por acabar con el sindicato vertical de la Comisión General de los Trabajadores o de las Uniones Obreras; esto es, pasa por implementar a un modelo de negociación contractual entre las partes y por que los sindicatos se financien sólo con las cuotas de sus afiliados (si es disponen de alguno).

Pero el fracaso de la huelga no sólo debería arrollar a los sindicatos, sino también el Gobierno. Durante tres años de durísima crisis económica, el Ejecutivo socialista abdicó de sus responsabilidades económicas para que los "agentes sociales" negociaran una reforma laboral que sirviera para capear la depresión. Se nos dijo que el Gobierno no podía ignorar a los sindicatos debido a su enorme representatividad social y la bromita nos ha costado casi tres millones de puestos de trabajo. No fue hasta que Merkel estuvo pisándole los talones a Zapatero cuando éste aceptó hacer como que ignoraba a los sindicatos y sacó adelante su propia reforma laboral; un simulacro que, no obstante, ha concluido como sólo podía concluir: en un nuevo pasteleo entre el Gobierno y los sindicatos para no tocar los elementos esenciales de nuestro franquista mercado laboral cuyo acto central ha sido esta burla general.

Si los sindicatos y sus liberados sobran, con más motivo sobra su Gobierno cómplice. Así no. Rectificación ya. Conocemos de sobra cuáles son los réditos de la política económica izquierdista: recesión y paro. Levantemos sus privilegios y dejemos que la economía se ajuste. Del río revuelto de esta crisis sólo están acaparando pescados los grupos de presión que viven del presupuesto público, entre ellos los sindicatos. Despidámonos de ellos y del desvergonzado Gobierno que en época de carestía está dispuesto a seguir comprando su apoyo con nuestros cada vez menores ahorros. A buen seguro, los millones de personas a las que sus ruinosas políticas han condenado al desempleo lo agradecerán. Que la huelga no haya sido en vano.


Libertad Digital - Opinión

¿Quién paga la factura?. Por M. Martín Ferrand

El Gobierno promete lo que no puede y los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten.

DICEN los sindicatos que la huelga general de ayer fue un éxito y el Gobierno lo desmiente con sus datos; pero, ¿quién paga la factura? España, poco a poco, va desvaneciendo la idea esencial de un Estado de Derecho para implantar una Nación de Impunidades y, por un procedimiento tan portentoso como irresponsable, nunca le pasa nada a quien debiera pasarle algo. Entre nosotros, las causas políticas solo generan efectos ciudadanos, pero sin coste para sus promotores. Si el 29-S se hubiera llevado por delante al Gobierno de Zapatero o a los líderes de los sindicatos organizados en duopolio de falsa representación laboral, la deuda de la perturbación estaría saldada y sus teóricos sucesores tratarían de hacerlo mejor o, cuando menos, de un modo diferente. Los suicidas tienden a llamarle éxito a la consecución de su propio certificado de defunción, pero eso no suele aliviar los problemas o los desencantos que les llevaron a tirarse por un puente.

La insólita convocatoria de ayer, en la que unos sindicatos de dudosa representatividad clamaban por la anulación de una ley aprobada por una mayoría en el Congreso, es todo un síntoma de la profunda enfermedad que —literalmente— nos paraliza y empobrece. No hay conciencia de que el cuerpo nacional necesita cirugía en lo público y tratamiento de choque en lo privado y, alegremente, el Gobierno promete lo que no puede cumplir, los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten, la patronal brilla por su ausencia y la oposición se limita al pataleo.

El espectáculo de un Gobierno y unos sindicatos tratando de no hacerse mucho daño los unos a los otros es la única superchería que le faltaba a José Luis Rodríguez Zapatero para completar su colección de esperpentos. De ahí que no sea suficiente que Mariano Rajoy se limite a lamentarse de que a esta legislatura le sobra un año. Le sobra, qué duda cabe, pero le falta un líder en la oposición que cumpla con su función. Aunque tenga garantizado su fracaso, al PP, para dejar las cosas claras y perfilar la capacidad y la intención de la alternativa, se le puede exigir una moción de censura que centre en el Parlamento, mejor que en la calle y en sus mentideros, el debate político y obligue a las fuerzas en presencia a obrar en consecuencia. Démosle al 29-S, al menos, la función de una provechosa catarsis que le ponga fin a las penosas inercias a las que nos hemos acostumbrado. La pasividad del PSOE que respalda a Zapatero y la fáctica complacencia del PP pueden volverse contra los dos únicos partidos grandes, nacionales y representativos en los que se sustenta nuestra débil democracia española.


ABC - Opinión

Zapatero y Méndez empatan sin goles. Por Jesús Cacho

Curiosa huelga esta que el amigo Cándido le ha montado a su amigo José Luis. Huelga apodada “general”, además, para que a nadie quepa duda de la seriedad del contratiempo que ahora enfrenta a dos hombres amigos de francachelas, de cenas en familia los sábados noche, de apacibles paseos entre los pinos de Moncloa. No fue la derecha la que dijo que el líder de la UGT se desempeñaba de facto en el Gobierno Zapatero como un cuarto vicepresidente, sino la propia gente socialista enterada de lo que ocurría y un pelín ruborizada de que esa anomalía fuera posible en un país occidental desarrollado y en pleno siglo XXI. Méndez, en efecto, ha sido el ángel de la guarda que ha guiado los pasos de Zapatero por ese universo de “lo social” que tanto gusta al de León, el que le prometía pasar a la historia del progresismo y figurar en el panteón de los más ilustres prohombres del socialismo utópico si se mantenía fiel al juramento de ser el “presidente de los trabajadores”, lo que en Méndez equivale ser proclive a las políticas de gasto social, a las ayudas, subvenciones y prebendas de todo tipo.

Entre paseo y paseo, ninguno de ellos vio llegar la nube negra que se cernía sobre una economía más que recalentada como la española, que se había acostumbrado a vivir de la especulación inmobiliaria y del dinero abundante y barato. El de León, mucho más grave lo suyo, se empeñó en negar la evidencia y menospreciar a quienes advertían de la llegada de la crisis, mientras el de UGT le animaba a seguir por la senda de gasto, porque en las arcas públicas había dinero para dar y tomar y está escrito en los genes de un Gobierno progresista el gastar a manos llenas, incluso cuando las fuentes de ingresos del Tesoro han comenzado a secarse. Ante las narices de ambos empezó a desfilar la cola interminable de parados que iban a inscribir sus nombres a las oficinas del INEM o sencillamente se largaban a casa. Méndez es el representante de un sindicato decimonónico que vive instalado en la doctrina del “reparto”, no de la “creación”. Reparto de la riqueza existente, no creación de la misma vía nuevas empresas y puestos de trabajo.


Del sueño de una cena de verano, del idilio por ambos compartido desde abril de 2004 vino a sacarlos los grandes patronos de la Unión Europea, fundamentalmente Alemania y Francia, que con el FMI de guardia de la porra impusieron al dúo un duro plan de ajuste bajo supervisión internacional, después de que un fin de semana de mayo España estuviera a punto de caramelo de la suspensión de pagos. Y Zapatero, asustadico que dirían en Zaragoza, dio la espalda a su amigo y se entregó en brazos de quienes le imponían sacrificios tan poco “socialistas”. Y de pronto, Cándido Méndez se encontró colgado de la brocha, abandonado por un Zapatero cuya auténtica especialidad como político –no sé si también como persona- consiste en abjurar de sus promesas y dejar colgados a quienes en algún momento confiaron en él, sea gente de la oposición –caso de Artur Mas y muchos más- o viejos amigos y camaradas del PSOE. Está en sus genes. Él es así: un tipo versátil, capaz de defender una cosa y su contraria con la misma gallardía y convencimiento y casi sin solución de continuidad, es decir, de un día para otro.

A Méndez pareció embargarle un sentimiento de vergüenza insuperable. Tras estar encamado durante años con un Gobierno cuyas políticas han vuelto a llevar la tasa de paro a cifras superiores al 20% de la población activa sin haber alzado una voz de protesta o convocado una huelga, porque esos 5 millones de parados sí que hubieran merecido una huelga general- de pronto se veía arrojado del tálamo conyugal, lanzado extramuros de ese poder donde tan a gustito se cena los sábados noche, convertido y de nuevo convencido en el recordatorio de lo que en realidad es: una antigualla empeñada en la defensa de los derechos de los trabajadores acomodados de un sector público –administración incluida- cada vez más menguante. Es en este contexto de ruptura emocional entre ambos personajes en el que cabe inscribir la “no huelga” de hoy, o la “huelguita” si quieren, o el “amago de huelga” si así les parece, al que hoy hemos asistido. Una huelga para que las cúpulas sindicales pudieran pasar de trance de ese cambio brusco de política económica y salvar la cara.

Poca gente ha caído en la trampa de la huelga

Curiosa huelga ésta, por eso, y “general”, además, que un amigo le hace a otro sin verdadera intención de hacerle daño, de causarle pupa, porque a la vuelta de la esquina esperan elecciones y, como en el socorrido chiste del dentista y su cliente, “no vamos a hacernos daño, ¿verdad doctor?”, que siempre nos irá mejor con el PSOE que con el PP. De modo que, para Zapatero, la huelga tenía que fracasar un poco, pero no mucho (tampoco le viene mal que los líderes europeos piquen el anzuelo y crean que está haciendo una machada de ajuste), mientras que para su amigo Méndez, tenía que ser un éxito pero no demasiado. Un empate sin goles. “La huelga del sin querer”, que el otro día decía Miguel Ángel Aguilar en El País. Huelga mediática, gloriosa pantomima, o engañabobos de doble sentido en el que, sin embargo, poca gente ha picado.

Con el PP de perfil, que al fin y al cabo este es un conflicto entre dos amigos de la misma ideología, casi una “huelga privada”, ha resultado interesante asistir al espectáculo protagonizado por los huelguistas en Madrid, balcón de todas las Españas. Mientras la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, se las tenía tiesas con los sindicatos y sus famosos liberados, el alcalde de la ciudad, Alberto Ruiz-Gallardón, lanzaba guiños de complicidad a Méndez y Toxo. El resultado es que el metro de Madrid, dependiente de la Comunidad, ha funcionado casi al 100%, mientras que los autobuses urbanos, a cargo de don Albertito, han dejado a los madrileños a pie de acera y con no sé cuantas lunas rotas. Es lo que tiene no saber para quién se vendimia. Cuenta Trapiello en su magnífico Las armas y las letras cómo José Antonio Primo de Rivera y su amigo Rafael Sánchez Mazas discutían en el piso que el primero tenía en el Paseo de Rosales sobre si Falange Española debía presentarse en listas conjuntas con la izquierda o con la derecha de cara a las elecciones de 1933. Al final “pudo el señorito que llevaban dentro y apoyaron a las derechas”. Muchos años después, Ruiz-Gallardón, falangista también, parece atascado en idéntica tesitura.


El Confidencial - Opinión

29-S. Huelga ma non troppo. Por Cristina Losada

Las centrales mayoritarias, que gozan de sobrepeso institucional y sufren raquitismo de base, perdieron legitimidad al respaldar la política de cheques sin fondos del presidente, mientras millones de personas se quedaban sin trabajo.

Lo malo de un éxito es que define los fracasos. Aunque ha llovido desde entonces, la referencia de cualquier huelga general en España es todavía el 14 de diciembre de 1988. Y aquella jornada, que se inauguró con la impactante pantalla en negro de los televisores, se ha demostrado irrepetible. Decía Churchill que el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo, pero hasta ese ímpetu faltaba a Méndez y a Toxo cuando anunciaron su gran triunfo. El dato objetivo disponible indica que su protesta tuvo un seguimiento aún menor que la anterior, convocada en teoría contra una mini-reforma laboral y, en realidad, contra el Gobierno Aznar. Pero la medición es casi irrelevante. El efecto persuasor que ejercen los piquetes por anticipado asegura siempre un cierre preventivo de establecimientos poco inclinados a recibir la visita informativa de unos matasietes con pegatinas.

Gracias al incívico estilo que gastan y a sus largos años como escoltas del Gobierno, los dos sindicatos no han conseguido capitalizar el descontento social y han atraído la indignación hacia ellos. La indignación ciudadana es un elemento muy inestable, pero no está exenta de racionalidad. Las centrales mayoritarias, que gozan de sobrepeso institucional y sufren raquitismo de base, perdieron legitimidad al respaldar la política de cheques sin fondos del presidente, mientras millones de personas se quedaban sin trabajo. Acompañaron y aplaudieron una huida de la realidad que beneficiaba al partido en el Gobierno, pero perjudicaba a España, abocándola a un ajuste más duro. Hoy claman sólo por la vuelta atrás, a los buenos tiempos de la campa de Rodiezmo y la retórica sosiá engrasada con dinero público.

Como estaba escrito, el Gobierno ha elogiado la conducta de los convocantes y ha colgado el cartel de "la normalidad", mientras en la calle hervían los incidentes. A fin de cuentas, se trata de los suyos. Pero la separación, que no el divorcio –ni tampoco el adulterio–, es un hecho. Nicolás Redondo lo resumía así: Zapatero ya no representa a la izquierda. Toxo insiste en la tesis del suicidio. Un punto que llama a la nostalgia. ¡Se vivía mejor contra el PP! En la huelga del 2002, el dirigente socialista acudía a la manifestación sindical, que abrió el pasacalle en dirección a Moncloa. Ahora, el presidente está a ambos lados de las barricadas.


Libertad Digital - Opinión