domingo, 9 de mayo de 2010

¡Salvad el euro!. Por José María Carrascal

YA no se trata de salvar a Grecia. Se trata de salvar el euro.

O lo que es lo mismo, esa maravilla moderna que es la Comunidad Europea, «el mayor éxito del último siglo», hacia la que se dirigen gentes de África, Asia, América, en busca de futuro. Pero puede ser pasado. La rica, social, democrática Europa teme el efecto dominó: que la caída de Grecia traiga la de Portugal; que la de Portugal, la de España, y que la de España, la de todos. Pues si hay dudas de que los 140.000 millones de dólares que van a prestarse a Grecia bastarán para salvarla, los 600.000 millones que se necesitarían para salvar a España, según Mark S. Kirk, miembro del Comité Financiero del Congreso norteamericano, no los tienen ni el FMI ni la CE. Con lo que todos, al hoyo. Nada de extraño que las Bolsas estén de los nervios y que en Bruselas haya reuniones de urgencia para establecer mecanismos de defensa de la moneda única, que miraba al dólar por encima del hombro, para perder valor diariamente respecto a él.

Hoy comprobamos que los agoreros que advertían contra el establecimiento de una moneda común para estados de muy diferentes niveles económicos, sensibilidades políticas y hábitos sociales, podían tener razón. Más, sin tener la misma fiscalidad ni la misma política económica, es decir, el mismo gobierno. Por muchas disposiciones que se dictaran desde Bruselas, los países habituados a gastar más de lo que ingresaban, seguirían gastándolo. Mientras tenían su propia moneda, el remedio cuando el déficit se hacía insoportable era devaluarla. Una especie de purga tras una indigestión, que abarataba los productos propios y encarecía los ajenos, con el consiguiente adelgazamiento general. Pero con una moneda única europea, la devaluación se hacía imposible, y lo que han hecho esos gobiernos es transferir sus déficit al euro. Algo así como cargar los gastos personales a la tarjeta de crédito común. Y que los demás pagasen.

Es lo que venían haciendo los griegos, hasta que la crisis financiera mundial ha descubierto todas las granujadas en curso. Un poco tarde, pues el daño estaba hecho y salvar a Grecia va a costar un ojo de la cara al resto de los europeos. Pero el problema, como les decía, ya no es Grecia. Son los que puedan venir tras ella, nosotros entre ellos, con una economía cinco veces mayor que la griega, es decir cinco veces más difícil de sanear.

Por lo pronto, nos han hecho pagar el 3,58 por ciento de interés por los 4.500 millones de euros que acabamos de pedir prestados, mientras por los 2.300 millones que pedimos en marzo pagamos el 2,8. No se alarmen. Estamos todavía lejos del 9 por ciento que le hacen pagar a Grecia. Pero todo se andará si cuanto hace Moncloa ante la crisis es decirnos que estamos saliendo de ella.

Lo que no nos dice es que hemos entrado en otra mayor, con nosotros en el epicentro.


ABC - Opinión

Reducción drástica, no. Por José T. Raga

Señor presidente, cada día que pasa sin tomar una medida para contrarrestar la crisis es un día perdido, un día que nunca más volverá, y un día en el que su falta de aprovechamiento provocará una pérdida en las condiciones de vida de los españoles

¡Qué desgracia! Parece ser que para lo único que el señor presidente del Gobierno no ha sido radical desde que comenzó su infortunada andadura al frente de la nación española, es para lo único que el mundo entero y los españoles con sentido de futuro hubieran apostado por la radicalidad: estoy hablando naturalmente de la reducción del déficit público. Ya sé, porque nos lo ha dicho, que su ideología no le permite ni le permitirá nunca –esto no sé si lo he añadido yo o me parece habérselo oído a él– tomar algunas medidas por aconsejables o incluso necesarias que sean para el bien de la nación y del pueblo español.

Casi todos los días, organismos internacionales –Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea, Banco Central Europeo, etc.– así como destacadas aunque silenciadas voces nacionales de institutos de investigación y de expertos en el mundo económico, mandan mensajes al presidente del Gobierno, el inefable señor Rodríguez Zapatero, para que se ponga manos a la obra y reduzca a la máxima velocidad el déficit que está lastrando la economía española.


La irresponsabilidad –es difícil llamarla de otra forma– de quien ostenta la función de gobernar España, le lleva a tomar la cosa a broma, como si de algo pasajero se tratara. Es verdad que, de puertas adentro maquillamos las cifras para que parezca que la situación no es como para la máxima preocupación, pero eso mismo es difícil que sea efectivo en el exterior. Es más, si picamos el anzuelo de la falsedad, como hicieron los griegos, nos puede pasar también lo que les ha pasado a ellos: un plan de ayuda a la economía griega de dureza inimaginable si las decisiones correctas se hubieran tomado a su debido tiempo.

Nosotros, de la mano de nuestro presidente, tenemos también la opción de seguir mirando para otra parte. Es más, podemos contemplar cómo se reúnen el jefe del Gobierno y el jefe de la Oposición para hablar de temas tan sustantivos como el rescate de la economía griega, o la necesidad de reformar la normativa sobre las Cajas de Ahorros. Porque, en España, no pasa nada. Sólo hay cinco millones de parados, pero, por lo visto, eso no tiene importancia. Ni para el Gobierno, ni mucho menos para quienes dicen defender los derechos de los trabajadores, los sindicatos, parece que el volumen de desempleo es algo accidental que no merece mayor consideración.

No se nos olvide que los sindicatos, ante la ausencia de problemas laborales en España, dedicaron la jornada, tradicionalmente reivindicativa, del primero de mayo último, a solidarizarse con el juez Garzón, porque no había otro tema de mayor urgencia ni más acorde con la función teórica que están llamados a desempeñar. Seguramente, pensarán como el presidente que las cosas hay que acometerlas, pero sin soluciones drásticas.

Es el problema de la izquierda; nada hay que anteponer a una ideología con capacidad de alienación. Así es que los sindicatos no quieren tratar el problema del paro de forma drástica, como el presidente del Gobierno tampoco quiere soluciones drásticas para reducir el déficit. Reducirlo sí –el menos de boquilla–, pero sin prisa; hay que dar tiempo al tiempo. Las cosas pueden esperar y el presidente, además de que su ideología le impide tomar ciertas decisiones, tiene un segundo problema y es que se cansa mucho, por lo que mejor dejarlo para mañana, que será otro día.

Pues bien, señor presidente, cada día que pasa sin tomar una medida para contrarrestar la crisis es un día perdido, un día que nunca más volverá, y un día en el que su falta de aprovechamiento provocará una pérdida adicional en las condiciones de vida de los españoles y, fundamentalmente, de la de los españoles que menos tienen. ¿A qué espera señor presidente? Temo que usted haya interpretado erróneamente una afirmación de las autoridades monetarias supranacionales. Repite una y otra vez un estribillo que ha aprendido de ellas, cacareándolo de forma desmedida –diría yo "drástica"–, aprovechando la mínima oportunidad.

Es cierto, así lo han dicho ellos, que España no es un caso como el de Grecia, lo que no explican son las diferencias. Es un caso que, de llegar a la situación griega, y ojalá no ocurra pero estamos en el camino, es bastante peor que la situación griega de hoy. En peso económico y por tanto en necesidades, venimos a ser aproximadamente unas cinco veces los importes comprometidos en Grecia. Ahí está la preocupación de la Unión Europea. Francamente, al euro le preocupa más España que Grecia. El golpe que ha recibido en el tipo de cambio como consecuencia del problema griego sería, quizá insoportable, en el caso de España.

De momento, el jueves ya no consiguió el Estado español colocar en el mercado la deuda pública que pretendía –tres mil millones de euros– conformándose en encontrar tomadores para 2.345 millones, y ello a un tipo de interés medio del 3,53 %, lo que supone 1,6 puntos porcentuales por encima del interés que paga Alemania. Compruebe, señor presidente, cómo se nos está deteriorando la situación económica y de credibilidad financiera, que en la anterior subasta de bonos a cinco años el mercado le aceptó cuatro mil quinientos millones de euros y a un interés más bajo.

¡Venga hombre, tómeselo en serio! Póngase manos a la obra, que la vida de muchos está en juego dependiendo de lo que usted haga. No tiene que renunciar a la ideología, pero sí dejarla aparcada un tiempo, hasta que esto se recupere y vuelva la confianza y la serenidad de futuro. No se atrinchere y no engañe; las revueltas griegas y las muertes producidas, son el resultado de una sociedad que se ha visto sorprendida por una realidad que le ha despertado del engaño en que le tenía sus gobernantes.


Libertad Digital - Opinión

El síndrome del capitán Achab. Por Ignacio Camacho

HACE algo más de un par de años se extendió por la opinión pública capitalina la idea de que Zapatero se parecía a Adolfo Suárez.

La comparación beneficiaba al actual presidente, menos eficaz que el líder de la Transición y menos dotado para la cirugía política, pero tenía un fondo de semejanza objetiva: se trata de dos dirigentes intuitivos, maniobreros, pragmáticos, improvisadores, escurridizos, de escasa formación intelectual y potente olfato aventurero. La diferencia esencial es que Suárez resolvió muchos más problemas de los que contribuyó a crear, a pesar de lo cual acabó su etapa en la Moncloa desbordado por una crecida de desconfianza general y señalado como un obstáculo para la normalización de un país a la deriva. Una sensación de alarma, cercana al pánico, que aproxima de nuevo su perfil al de este Zapatero nervioso y contrariado, con claros síntomas de bloqueo político, aislado y autista, incapaz de hacer frente a la crisis y falto de determinación y soluciones para afrontar la responsabilidad del liderazgo.

Como aquel Suárez de los primeros 80, Zapatero aparece ya como el principal impedimento para la recuperación económica y la estabilidad nacional. No sólo carece de crédito para tomar imprescindibles medidas de ajuste, sino que se ha manifestado tajante y reiteradamente contrario a ellas. Ha destruido con su levedad los mecanismos de cohesión del Estado. Provoca zozobra y desconfianza en los mercados de deuda, único sostén posible del desquiciado gasto público, y contribuye a aumentar el riesgo-país con una contumaz negativa a interpretar los síntomas de peligro de insolvencia. Atrincherado en un círculo pretoriano desoye advertencias razonables de personalidades socialdemócratas, y se muestra iluminado en su designio como el capitán Achab de «Moby Dick», atado al palo mayor de su propio inmovilismo. Parchea como puede -que puede mal- las situaciones críticas y empieza a contemplar graves disidencias y enfrentamientos en su mismo partido. Ya no encuentra siquiera eco para sus demasiado repetidos trucos de ilusionista, que se disipan ante la gravedad de unas circunstancias dramáticas. El clamor de unas elecciones anticipadas o de un gobierno de concentración empieza a abrirse paso en una sociedad política dominada por la inquietud. Y entre los suyos cunde la preocupación por un verosímil descalabro que deje al socialismo español herido para una larga etapa.

Nada indica, sin embargo, que vaya a parecerse también a Suárez en la forma en que éste accedió a resolver su colapso terminal, apartándose para evitar males mayores al darse cuenta de que se había convertido en un tapón que obstruía todas las salidas posibles. Más bien existe la sensación de que en su visionario mesianismo considera que todo el mundo está equivocado y que sólo él posee la clave de la deriva correcta. Y aunque ya no le queda nadie por engañar todavía permanece dispuesto a engañarse a sí mismo.


ABC - Opinión

De un viejo país ineficiente. Por Jesús Cacho

El sábado 1 de mayo, uno de los Espírito Santo, dueños del banco de mismo nombre con presencia en España, dio una fiesta en la vieja finca familiar sita en el estuario del Sado, bahía de Setúbal, sur de Lisboa, muy cerca de Alcácer do Sal, a la que asistió la elite empresarial portuguesa. Ningún miembro del Gobierno de José Sócrates, y un solo representante de la clase política local: el nuevo presidente del Partido Social Demócrata (PSD), principal fuerza opositora, Pedro Passos Coelho. Un motivo de conversación: la crisis financiera que, en la estela griega, ha colocado a Portugal contra las cuerdas tras la rebaja del rating de la deuda lusa efectuada por Standard & Poor’s (S&P). Y un solo español entre 120 invitados de postín, que a punto estuvo de abandonar precipitadamente el festejo, incapaz de soportar la presión generalizada de los asistentes: “¿Pero cuándo vais a echar a ese tío…?” El tío al que hacía referencia la clase dirigente portuguesa no es otro que José Luis Rodríguez Zapatero. Según Passos Poelho, “para un país pequeño como Portugal, pegado a la espalda de un vecino tan importante como España, lo que está ocurriendo con Zapatero es una tragedia, porque nosotros pagamos los platos rotos del descontrol español antes de que la cuenta llegue a Madrid. Este hombre se tiene que ir cuanto antes…”.

Afirmar hoy que la combinación de dos crisis, la política y la económica –más grave la primera, por muy aparatosa que se presente la segunda- ha colocado a nuestro país en uno de los momentos más críticos desde la Guerra Civil no es decir demasiado, a la vista de lo ocurrido en las últimas semanas. Muchas veces hemos dicho en este Con Lupa que el horizonte español de salida de la recesión era un buen puñado de años de estancamiento a la portuguesa o a la japonesa, que tanto monta, con crecimientos mínimos del PIB, altas tasas de paro y su correlato de empobrecimiento colectivo. Ya no es eso. Ahora mismo no se trata de eso, sino de algo más grave y urgente: la posibilidad de que una explosiva combinación de crisis de deuda y hundimiento de una parte sustancial del sistema financiero, fundamentalmente de las Cajas de Ahorro, se traduzca en un default, vulgar suspensión de pagos, del Reino de España. Un escenario agudizado por la situación de Grecia, obligada de facto a renegociar su deuda, que extiende su contagio a países con problemas de endeudamiento y de pérdida de competitividad como es España. Tras lo ocurrido esta semana, todo indica que estamos en un camino muy corto –probablemente antes del verano- y sin retorno, al final del cual se yergue la sombra de un crash de impredecibles consecuencias.

nútil resulta a estas alturas aludir a la sucesión de errores, centrados muy grosso modo en la pérdida de un tiempo precioso para haber adoptado las medidas de ajuste pertinentes, que han conducido a esta situación. Toda la política del Gobierno socialista consistió en negar la crisis, y una vez que su reconocimiento se hizo inevitable, intentar combatirla con una expansión del gasto público, filosofía resumida en el famoso “no me fastidies, Pedro, no me digas que no hay dinero para hacer política”. De modo que el enfermo español, cuya gravedad presentaba ya en el estallido de la crisis, finales de 2007, los síntomas clásicos de toda debacle económico-financiera que en el mundo ha sido, es decir, inflación de activos, altos niveles de deuda privada, pérdida de competitividad, un voluminoso déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente y una recesión, ha entrado en la UCI por culpa de la generación de un déficit público descomunal (11,4%), que sigue engordando.

Semejante cuadro, cocinado al baño maría de la crisis griega, ha convertido a España en un firme candidato a sufrir en sus carnes la situación de insolvencia que todo padre de familia acostumbrado a gastar más de lo que ingresa se ve obligado a afrontar en algún momento de su vida. Los españoles sabemos ya que Rodríguez Zapatero no acometerá las reformas que la situación demanda a gritos, y lo peor es que lo saben también los inversores extranjeros. También sabemos que si desde dentro no acometemos el ajuste de grado, desde fuera nos lo impondrán por fuerza. Nuestro funambulista, como esta semana lo calificaba el Herald Tribune, vive más que nunca recluido en su torre de marfil de Moncloa, rodeado por esos visitadores nocturnos, que decía Juan Luis Cebrián, que le recitan al oído el discurso que él quiere oír, no te preocupes, Presidente, no te amilanes ante los catastrofistas, esto no está tan mal, hemos salido de la recesión y en algún momento a lo largo de 2011 empezaremos a crear empleo, de modo que puedes volver a ganar las elecciones de 2012, porque lo que hay enfrente tampoco enamora. Y a eso juega con obstinación suicida. Una de las más recientes incorporaciones al “club de los visitadores” es la de Miguel Boyer (tres veces ha sido recibido en los últimos tiempos: “las dos primeras me preguntaba cómo veía la situación, yo le contaba mi punto de vista y él me despedía casi sin abrir la boca”), un hombre que parece empeñado en arruinar su antaño notable prestigio, que el pasado martes, en El País (“Ganar dinero apostando al desastre”) venía a confortar a ZP afirmando que “la demanda global” nos sacará del atolladero, de lo que se deduce que el genio de León no necesita mancharse las manos con las reformas, nada de esfuerzo, que sudar es de obreros.

Ya hemos encontrado un culpable: los especuladores

Don Miguel, que en su artículo se queja de “este clima lleno de exageraciones negativas y de especuladores”, le ha dolido en especial que “una agencia de rating de la importancia de Standard&Poor’s, haya contribuido a las ideas pesimistas -aunque sea levemente- pasando su rating para la deuda española de AA+, a sólo AA”. Lo que seguramente no sabe, o tal vez sí, es que el secretario de Estado de Economía tuvo que emplearse a fondo con S&P para convencerle de que no incluyera a España en el paquete de los leprosos, Grecia y Portugal, que recibieron su castigo el 27 de abril. El favor consistió en rebajarle el rating a España en solitario y 24 horas más tarde, el 28 de abril. José Manuel Campa parece haberse ganado también el sueldo con Moody’s, a la que ha persuadido, de momento, para que mantenga la calificación AAA para la deuda soberana española, aunque “todos en el Ministerio estamos convencidos de que nos la rebajará más pronto que tarde”. Zapatero, desagradecido, ha pagado esos favores pidiendo una agencia de calificación de riesgos europea que rompa el oligopolio de las anglosajonas (S&P, Moody's y Fitch) y ello con el mismo desparpajo con que el 9 de enero, hace apenas 4 meses, pedía sanciones para aquellos países de la Unión que no cumplieran el objetivo de equilibrio presupuestario…!

A Boyer no le han salido gratis los consejos que ha prodigado en Moncloa los últimos meses. El pasado 15 de abril, el ex ministro fue nombrado “consejero independiente” de la pública Red Eléctrica de España (REE). Ya podemos seguir aconsejando a ZP de que no es bueno hacer reformas en tiempo de crisis. Lo ha contado Mariano Rajoy a sus íntimos tras el encuentro en la tercera fase celebrado esta semana en Moncloa: “le decía que así no podemos seguir más tiempo, que hay que hacer reformas ya, y me contestaba que la situación no es tan grave, que a mí me están intoxicando y que las cosas no están tan mal”. El único problema son los “especuladores”, el nuevo mantra que el agit prop gubernamental expande estos días por tierra, mar y aire. Los malditos especuladores, muy honorables gentes antaño, cuando llegaban a España dispuestas a invertir su dinero a largo plazo, de repente convertidas en la “conspiración judeomasónica” del zapaterismo, y ello porque algunos han decidido llevarse su dinero a lugar más seguro, lejos de un radical de izquierdas incapaz de cumplir con las obligaciones del cargo, un tipo que ya no inspira la menor confianza dentro o fuera.

Alarmante resulta constatar que, con los ingresos fiscales cuesta abajo, el servicio de la deuda cuesta arriba (el diferencial entre la rentabilidad del bono español a 10 años y el alemán se ha disparado a 164 puntos básicos, con aumento del 67% desde el lunes) y la ausencia de planes serios de recorte del gasto, los desequilibrios básicos no hacen sino aumentar y a gran velocidad, retroalimentando la desconfianza radical de los mercados financieros tanto en la sostenibilidad de las cuentas públicas como en la existencia de un horizonte de salida de la crisis. Un escenario agravado por el deterioro de las cuentas de resultados de bancos y Cajas (una mayoría ya en pérdidas) como consecuencia del estancamiento de la actividad, de los números rojos inmobiliarios que habrán de contabilizar en los próximos meses y de la incapacidad de refinanciar a buena parte de sus grandes deudores, incapaces ellas mismas de refinanciar su propia deuda en el BCE y en los mercados financieros (muchos ya cerrados a cal y canto, excepto para los muy grandes). El corolario es la salida de capitales ya en curso, un proceso que solo puede acelerarse como consecuencia de la creciente sensación de que España se enfrenta a una situación de final incierto.

No hay más salida que la política

El descrédito del Ejecutivo es tan grande, que muy probablemente a estas alturas cualquier acción gubernamental destinada a evitar el crash está condenada al fracaso. No sólo el Gobierno ha rehuido presentar un plan de austeridad fiscal, de saneamiento del sistema financiero y de reformas estructurales capaces de convencer a los mercados de que era posible salir de la crisis y poner las finanzas públicas en orden, sino que ha incumplido las magras promesas que a primeros de febrero la ministra Elena Salgado y el secretario de Estado Campa vendieron durante su road show por Londres y París. Precioso tiempo perdido. El resultado es que a medida que pasan los días, las exigencias de los mercados son mayores. Si hace un año, incluso unos meses, hubiera bastado un programa moderado de reformas presupuestarias y estructurales, ahora la exigencia de disciplina y de reformas es mucho más enérgica para ser creíble. La consecuencia de todo ello es que va a resultar muy complicado evitar un desplome económico-financiero del país.

Como se ha insistido en otras ocasiones, la solución ya solo puede ser política, y camina por la vía de lo que cada día parece más necesario: un adelanto de las elecciones generales. A Rodríguez Zapatero le quedan prácticamente dos años de Gobierno, poco tiempo quizá para sus ansias de poder, pero demasiado para España. La sensación general que estos días se oye en labios normalmente ponderados es que “esto no aguanta y se va a freír puñetas antes de verano”. La incertidumbre subió ayer un grado con la noticia de la intervención de S.M el Rey, aquejado de un tumor pulmonar, lo que abre un paréntesis de imprevisibles consecuencias. De ahí que la responsabilidad del PP y Rajoy no se agote con la denuncia de la situación, y tal vez requiera ya de un paso al frente capaz de formular una moción de censura que, al menos, alerte a todos de la gravedad del momento y obligue a los nacionalistas de derechas a definirse ante Zapatero.

Esa responsabilidad no es solo de la derecha política. Es también, y muy fundamental, de unos empresarios –grandes banqueros incluidos- que siguen sosteniendo al frente de CEOE a un Díaz Ferrán en suspensión de pagos, y que callan como vulgares furcias ante la situación. Esa responsabilidad compete igualmente a las elites del Partido Socialista, que no pueden asistir impávidas al ejercicio de irresponsabilidad de un Presidente desbordado de la situación, que se limita a lanzar tontos mensajes de tranquilidad mientras bracea cual náufrago tratando de ganar tiempo. Verle ayer explicarse en televisión tras la cumbre extraordinaria de los jefes de Estado y de Gobierno de la eurozona que dio vía libre a la ayuda a Grecia, resultó un ejercicio penoso: estamos ante un hombre superado por la marea, que no sabe muy bien lo que dice, y que parece encontrarse al límite de su resistencia emocional. Triste fin de semana para un país triste. Tal vez sea llegado el momento de refugiarse en la poesía y seguir los consejos de Gil de Biedma en su “De Vita Beata”:
“En un viejo país ineficiente
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia”.

El Confidencial - Opinión

Lo que de verdad dicen los mercados de ZP. Por Emilio J. González

Los inversores saben que España está al límite, que camina al borde del precipicio y no quieren verse arrastrados a lo más negro y profundo del abismo por nuestros gobernantes.

El presidente del Gobierno, en su permanente huida hacia adelante, en su empecinamiento en negar una y otra vez una realidad que se le está cayendo encima a plomo, va a comparecer el próximo miércoles en el Congreso de los Diputados para recrearnos con un nuevo capítulo de la teoría de la conspiración. No va a hablar para nada de medidas para generar confianza, ni nada por el estilo. No, por el contrario, va a volver a escudarse en maquinaciones ficticias de los inversores cuando lo que de verdad está ocurriendo con España es que todo el mundo está perdiendo la confianza a pasos agigantados en la capacidad del Gobierno para hacer lo que hay que hacer con la economía y, por tanto, en la solvencia de nuestro país a la hora de atender los pagos de una deuda pública que sube como un cohete. Eso es lo que ocurre de verdad y la mejor prueba de ello es la observación y el análisis preciso de lo que está ocurriendo con el diferencial de tipos entre España y Alemania, que mide el riesgo creciente de invertir en nuestro país.

Hace apenas dos meses, ese diferencial entre el bono alemán y el español se situaba en medio punto, aproximadamente. Esta semana ha cerrado en 1,6 puntos. Si hubiera, como sostiene el Gobierno, una conspiración de los mercados contra España, el aumento de esa prima de riesgo hubiera sido fruto exclusivo del incremento de los tipos de interés de la deuda española o, dicho de otro modo, de la caída de su precio. Esto significaría que habría en el mercado quien estaría vendiendo masivamente deuda española y largándose con su dinero fuera de la Unión Europea o, al menos, de la zona euro. Sin embargo, lo que de verdad está ocurriendo es que la ampliación de las distancias con Alemania se debe a que se están vendiendo bonos españoles, provocando la subida de su rentabilidad, para adquirir títulos alemanes, lo que da lugar a la reducción de su interés. Es decir, se trata de movimientos intraeuropeos en los cuales los inversores están deshaciéndose poco a poco de activos que consideran más arriesgados o de menor calidad, como los nuestros, y adquiriendo aquellos otros que consideran más seguros y fiables, como los germanos. Esto no es conspiración, esto es simple y pura lógica financiera por la cual la desconfianza permanente que suscita el Gobierno en relación con la economía y el descrédito en el que han caído Zapatero y los suyos después de tanta política de brazos cruzados, de tanto prometer y tan poco cumplir, de tanto tratar de engañar a unos y otros, lleva a considerar que es cada vez más peligroso detentar activos financieros españoles y, por tanto, a deshacerse de ellos.

¿Quién está vendiendo deuda española? Pues ni más ni menos que aquellos inversores institucionales a los que su vocación inversora les obliga a actuar con prudencia. Me refiero, por ejemplo, a los fondos y planes de pensiones, que tienen que pagar prestaciones por jubilación con el dinero que gestionan y no se pueden permitir el perderlo así como así. O a los fondos de inversión de estrategia conservadora, a los que les ocurre tres cuartos de lo mismo. Nuevamente se ve claramente que no se trata de conspiración alguna de los mercados contra quien quiere reformarlos, como dijo Zapatero, en un nuevo alarde de su infantilismo megalómano, el pasado febrero cuando los inversores empezaron a ponerle en su sitio y como seguramente repetirá el próximo miércoles, sino de pura y simple prudencia en la gestión de los ahorros de la gente.

El problema es que Zapatero sigue sin querer afrontar que mientras no aborde un verdadero programa de saneamiento de las cuentas públicas que permita reducir drásticamente el déficit y una reforma laboral que permita generar empleo y, con él, impulsar el crecimiento económico y reducir el riesgo de insolvencia de las familias y, por tanto, de las entidades crediticias, nadie va a volver a confiar en la economía española. Los mercados están ya muy escamados con los problemas de Grecia y cuando miran hacia España ven que su sistema financiero se puede contagiar de la intoxicación helena, que sus cuentas públicas son insostenibles y, por tanto, que la capacidad del sector público para devolver lo que debe es muy limitada, que el Ejecutivo sigue apostando por más y más gasto y más y más deuda, que la subida del IVA va a provocar una nueva recesión, lo mismo que la retirada de los estímulos de gasto público al crecimiento, y que los sectores inmobiliario y financiero, tan estrechamente unidos entre sí, pueden colapsar en cualquier momento. Por eso no sólo no compran nuestra deuda pública, sino que están desprendiéndose de ella, poco a poco, como hacen siempre para no provocar un cataclismo en el mercado que les genere pérdidas innecesarias. Saben que España está al límite, que camina al borde del precipicio y no quieren verse arrastrados a lo más negro y profundo del abismo por nuestros gobernantes. E insisto una vez más, eso no es conspiración, es prudencia, lógica, sentido común o como quieran llamarlo.

¿Qué va a pasar a partir de ahora? Pues simplemente que la salida de esos inversores, que son estables, de largo plazo, expone cada vez más a nuestro país a una crisis de deuda porque esos inversores son los que estabilizan y sostienen el mercado. Zapatero trata de compensarlo pidiendo ayuda a la banca y a las grandes empresas españolas para que compren deuda. Sin embargo, la capacidad de una y otras para adquirir esos títulos es limitada, en parte porque sus recursos también lo son, en parte porque tienen que dar cuentas a sus accionistas de lo que hagan con el dinero. Por tanto, esa ayuda es limitada tanto en términos temporales como de cantidades y no ataca el mal de raíz, que es como se tienen que hacer las cosas en estos momentos, lo cual nos deja en una situación de debilidad más que propicia para lleguen los especuladores y hagan de las suyas a costa nuestra.

La teoría de la conspiración, por tanto, y como siempre, no sirve para explicar la realidad, sino para tratar de enmascararla porque, digámoslo alto y claro, esto no sucedería si el Gobierno hiciese sus deberes. Pero como ZP sigue queriendo pasar de puntillas sobre la crisis, sin mojarse lo más mínimo, pues en esas estamos, a la espera de que un día, que vendrá a no tardar mucho si seguimos con esta dinámica, se produzca la debacle de la deuda española, los tipos de interés se disparen y Zapatero tenga que solicitar un rescate que muy probablemente no se producirá por la simple y sencilla razón del tamaño de la economía española. Eso no es conspiración, eso es la consecuencia del Gobierno que tenemos y de que actúa como actúa.


Libertad Digital - Opinión

Los últimos, a la izquierda. Por M. Martín Ferrand

DANDO por supuesto que David Cameron consiga instalarse en el 10 de Downing Street, y olvidándonos de alguna de las repúblicas del Báltico que siempre confundo, no puede tratarse de mera casualidad que los tres países con gobierno socialista que quedan en Europa sean, precisamente, Grecia, Portugal y España.

Cabe sospechar que el maleficio, más que en el Sur, resida en la socialdemocracia. No es que la derecha europea, por centrada que se presente, sea para dar brincos de alegría; pero, fervores partidistas al margen, la homogeneidad socialista que coincide en el pelotón de los torpes europeos es un pista para el análisis. Del mismo modo que es imposible construir y mantener un régimen democrático sin demócratas, tiende a serlo el sostén de una economía de mercado, por muy social que quiera ser, por quienes creen en el Estado antes que en la Sociedad y aceptan las leyes de la oferta y la demanda, mejor que como incentivo para la competencia y el progreso económico, como una enfermedad que debe curarse con grandes dosis de intervencionismo.

José Luis Rodríguez Zapatero es el más radical de los tres líderes socialistas que manejan el freno en los vagones de cola de la Unión. Es tal su anacrónica obsesión socialista, evidenciada en su sectaria visión de la Historia, que sigue sin atreverse a reducir el gasto público -no necesariamente en sus capítulos de contenido social- como método para la reducción del déficit y la Deuda. Espera el milagro, algo inquietante en un agnóstico porque, en lo que se nos alcanza, la Virgen siempre se les aparece a los pastorcitos piadosos. Cuando Pedro Solbes estaba a su vera, y actuaba como un Pepito Grillo atento a la moderación del gasto, le faltaron iniciativas y redaños para enfrentarse a la crisis que no quiso ver y ahora, con Elena Salgado, que a juzgar por sus ausencias parece haberse dado a la fuga, todavía es mayor su desconcierto.

Hasta Silvio Berlusconi -¡el Señor nos libre de un esperpento semejante!- tiene más sentido del Estado y mayor inteligencia de la Sociedad que Zapatero. No digamos Angela Merkel, Nicolás Sarkozy y -ahora- Cameron que, con los citados, integran el quinteto de la decadente grandeza europea. Mientras, los últimos de la izquierda están haciendo el ridículo con su empecinamiento de efectos nocivos para los menos favorecidos de la población. Empezando por los parados.


ABC - Opinión

sábado, 8 de mayo de 2010

Conspiración contra España. Por Edurne Uriarte

Nuestro fiscal general, Cándido Conde-Pumpido, no tiene intención alguna de investigar el fantástico enriquecimiento de José Bono, seguramente porque un progresista como él cree firmemente que cuando es un socialista el que se hace millonario, lo hace honradamente. A cambio, nuestro fiscal ha puesto en su punto de mira a los especuladores criminales que atacan España, la «criminalidad económica» que dice él, tras su segunda incursión política esta semana, primero para respaldar a Bono y después para apoyar judicialmente al Gobierno en la identificación de los culpables de la debacle económica nacional.

Lo que convierte en objetivos de este fiel escudero del Gobierno a todos los millones de españoles que tienen sus ahorros en bolsa, no sólo a los facinerosos inversores extranjeros. Por especular con su dinero, hay que ser criminal, e intentar protegerlo haciendo caso omiso de los mensajes de Zapatero sobre la estupenda situación económica de nuestro país.


El fiscal general contra el mercado y contra el capitalismo es la última variante de la disparatada estrategia gubernamental de inculpar a una conspiración capitalista de nuestros problemas económicos. Especuladores criminales que complementan a los antipatriotas de antaño. Y a los que se unen los del orgasmo. Y es que un columnista amigo de Zapatero ha hecho gran fortuna entre los suyos con lo del orgasmo, el orgasmo de Montoro cuando comenta las cifras de paro, ha escrito el excitado columnista. Los antipatriotas del orgasmo, explican desde el Gobierno, se alían ahora con los criminales de la bolsa. Y van de éxtasis en éxtasis erótico contradiciendo las valoraciones económicas del Gobierno.

«España está en situación de emergencia y Zapatero debe decirlo», acaba de afirmar Felipe González. Cabe temer que lo investigue Conde Pumpido e incluso que lo acusen de indecencia sexual.


ABC - Opinión

Que le den la aljaba. Por Maite Nolla

Que paseen a Rajoy por Cataluña no tiene ninguna consecuencia al margen del autobombo de los palmeros habituales, ya que no va acompañada de ninguna idea o estrategia. Vamos que el partido sigue en manos de los de siempre, para hacer lo de siempre.

Algo funciona mal en España cuando se valora como un elemento político de relevancia que Rajoy haya visitado más de quince veces Cataluña en dos años. De hecho, el fin de semana pasado un periódico de tirada nacional premiaba a la presidenta del PP de Cataluña por ese motivo con una flechita hacia arriba; pero porque no tienen algo más gordo, como una lanza o un cohete espacial. Los periodistas de derechas se alinean con los suyos, hagan lo que hagan, y se reservan las críticas para los socialistas. Y la falta de crítica de los propios, provoca que los políticos pierdan el norte y hagan el ridículo como la señora Camacho, que utiliza su propia imagen como si fuera Obama y, no contenta con eso, presenta libros sobre Cameron, simplemente por el gesto, aunque todo ello no signifique nada.

La cuestión es que a falta de algo de contenido hacemos de las visitas de Rajoy algo a valorar. Y para rellenarlo, se vincula a un intangible y difícilmente evaluable aumento de la presencia del PP de Cataluña en la vida política de por aquí, mientras que no se dice nada del estancamiento en las encuestas ni de la muy palpable pérdida de votos que se produjo en las Europeas. Que paseen a Rajoy por Cataluña no tiene ninguna consecuencia al margen del autobombo de los palmeros habituales, ya que no va acompañada de ninguna idea ni de ninguna estrategia. Vamos que el partido sigue en manos de los de siempre, para hacer lo de siempre.

Y así se entiende la reunión de Rajoy con Montilla. Incluso podemos dar por buena la justificación que da el PP, relativa a que hay que superar el pacto del Tinell; un pacto que fue uno de los episodios de mayor vergüenza política de los últimos años, precursor de lo que vino después con el estatuto. Así, podemos aceptar la reunión como un síntoma de normalidad, que parece que es a lo que aspira el segundo partido nacional en la segunda ciudad más importante de España.

Lo que sucede es que, aceptando todo eso, lo que no se puede tolerar es que Rajoy no defienda a sus militantes y votantes, teniendo oportunidad para ello. Desde el último intento frustrado de votación estatutaria el presidente de todos los catalanes se ha dedicado a decir, haciendo un resumen, que el PP fomenta la catalanofobia. No sé, don Mariano, diga usted algo, que es su partido. Y claro, si Rajoy no defiende siquiera a sus votantes, ni a sus militantes, ni a su propia organización política, tampoco podemos esperar que defienda a las instituciones del Estado. Porque no las ha defendido, aunque mañana le pongan todas las flechas que caben en la aljaba de Robin Hood. Vale que ha dicho que no va a retirar el recurso, pero ni una palabra de las decenas de leyes que el Tripartit ha aprobado en desarrollo del estatuto. Ni una palabra diciendo que si el PP gobierna y la sentencia le da la razón, lo primero que hará es revisar el contenido de todas y cada una de esas leyes. Ni una advertencia sobre que si llega la sentencia tendrá que cumplirse. Ni una palabra de reproche a la auténtica insumisión que el señor Montilla ha encabezado contra el Constitucional y contra el Estado de Derecho; nada. Una cosa, el pacto del Tinell no se supera aceptándolo.


Libertad Digital - Opinión

Luces y sombras. Por M. Martín Ferrand

ESTÁ claro que Mariano Rajoy nunca dice lo que piensa y de ahí la fama de su astucia; pero, ¿piensa lo que dice?

Según Baura, quienes han hecho virtud de la discreción y la reserva y encuentran confort en los silencios cautos y en las opiniones polisémicas, terminan por retratarse, incluso desnuditos, en cuanto bajan la guardia.

Como decía Madame de Pompadour, el gozo que produce quitarse el corsé tiende a compensarse con el dolor que conlleva embutirse en él. Rajoy -sospecho- bajó la guardia y se quitó el corsé ante los encantos entrevistadores de su paisana Julia Otero y, contra todo pronóstico y en contradicción flagrante con otras declaraciones suyas sobre el mismo caso dijo: «Voy a apoyar a Camps y Camps va a ser el candidato del PP en las próximas elecciones en Valencia». Ante el pasmo que cabe suponer en su entrevistadora añadió el líder de la gaviota: «Porque usted comprenderá que eso de los trajes yo no me lo creo».


Lo de Francisco Camps no es cuestión de fe. Es, antes y al margen de la Justicia, un asunto estético. Lo que verdaderamente descalifica al presidente de la Comunidad Valenciana es tener amistad y confianza con personajes como Álvaro Pérez, más conocido como «el Bigotes», y aparecer en las grabaciones, por espurias que resulten, en las que se le declara como «amiguito del alma». Los trajes son un síntoma que, gratis o de pago -ya nos lo dirá el juez-, evidencia un tipo humano contrario al paradigma que representa y propone el gran partido del centro derecha español. Rajoy tiene poder, porque los suyos se lo permiten, para convertir a Camps en candidato «diga la Justicia lo que quiera»; pero haría muy mal en usarlo salvo que el partido haga, como en su día hizo el PSOE con el marxismo, una renuncia plena y categórica a los supuestos de forma y fondo que alientan a las clases medias españolas, su base electoral.

Sorprendente Rajoy. El mismo personaje capaz de desbarrar en un asunto facilón como es -todavía- el de Camps, evidencia altura y sutileza, capacidad de líder y sentido del Estado, cuando acude a visitar a José Montilla. En tan comprometida entrevista el gallego le dijo al andaluz reconvertido en nacionalista catalán lo que debía. Defendió la Constitución, reafirmó el recurso del PP ante el TC y se opuso a la pretendida insensatez de renovar un tribunal ante la hipótesis de una sentencia que no le complazca a una de las partes.


ABC - Opinión

Rajoy sin coartada. Por Pablo Molina

Si el PIB no cae, Rajoy tendría un grave problema de cara a las elecciones generales, porque todas sus posibilidades de llegar a la Moncloa las ha centrado en el rédito electoral que le proporcionaría el desastre económico provocado por ZP.

Los datos de la actividad económica en este primer trimestre, que anuncian un primer esbozo de recuperación económica, es posible que estén maquillados. Quiero decir, es seguro que lo están. En todo caso, aunque las cifras fueran ciertas, eso no significaría el fin de los problemas económicos que padecemos, pues, como es sabido, tan sólo con crecimientos superiores al dos por ciento podríamos esperar que España comenzara a rebajar las cifras del paro.

No obstante, convirtámonos por un momento en un lector medio de Público y pensemos que los éxitos de Zapatero al frente de la economía están al caer. En esas circunstancias Rajoy tendría un grave problema de cara a las elecciones generales, las terceras consecutivas a las que va a concurrir, porque todas sus posibilidades de llegar a la Moncloa las ha centrado en el rédito electoral que le proporcionaría el desastre económico provocado por ZP.


Los sabios de Génova argumentarían que, a pesar de que la economía presente una mejora incipiente, el problema del paro seguiría en la misma situación y eso es algo que tiene que pasar factura al Gobierno. Bien, estamos ya técnicamente en cinco millones de desempleados, el veinte por ciento de la población activa, y no parece que a los votantes de Zapatero les preocupe la circunstancia más allá de alguna leve disminución en la intención de voto.

Pero es que las elecciones generales están previstas para dentro de dos años, tiempo más que suficiente para que la propia inercia de la recuperación exterior comience a notarse en nuestras finanzas, con lo que entra dentro de lo posible que, a pesar de la incompetencia proteica de Zapatero, los indicadores económicos presenten síntomas de una recuperación efectiva para esa fecha.

De llegar a esa situación, elecciones generales con claros indicios de que lo peor de la crisis ya ha pasado, será digno de ver cómo consigue Rajoy que le vote el electorado "centrista", Santo Grial de los genoveses, y que los habituales votantes del PP no dejen de hacerlo a pesar de sus traiciones programáticas. Porque, aparte de ligeras diferencias sobre cómo gestionar la economía, lo cierto es que el PP de Rajoy no se distingue demasiado del PSOE de Zapatero, algo que no había ocurrido desde que los siete magníficos fundaron la extinta AP. En educación para la ciudadanía, el aborto, el uso de la lengua común, la disgregación territorial de España a través de reformas estatutarias, la cultura subvencionada, el sindicalismo paniaguado y la subnormalidad del cambio climático, el PP no ha establecido hasta ahora una frontera clara entre su proyecto y el de los socialistas. Si esperan a ponerse a defender los valores, principios e ideas que comparte la derecha cuando ya no tengan más remedio puede ocurrir que sea demasiado tarde. Y eso en caso de que en Génova sepan cuáles son.


Libertad Digital - Opinión

Instinto de conservación. Por Ignacio Camacho

LAS democracias maduras tienen dos estabilizadores: el instinto de los votantes y el sistema electoral.

Ambos han funcionado en Gran Bretaña en perjuicio del liberal Nick Clegg, cuya prometedora irrupción en la campaña había sembrado el pánico en los dos grandes partidos tradicionales hasta crear una burbuja de tercerismo. Al final, los electores han descartado la tentación aventurerista en un momento de grave incertidumbre económica y social, y han optado por las fórmulas convencionales con una conducta claramente conservadora. En doble sentido: por la ventaja de los tories y por el reflejo de conservación que implica la confianza mayoritaria en la vieja aunque imperfecta alternativa bipartidista. El mecanismo de distrito uninominal ha hecho el resto y la prevista eclosión de los liberales ha quedado diluida en un gaseoso taponazo.

Situado como bisagra de una mayoría insuficiente, Clegg plantea la reforma electoral como condición preferente de cualquier alianza a la que su balance le da derecho. Le apoya un dato objetivo: ha crecido significativamente en votos y ha retrocedido en escaños. Pero sus expectativas no han naufragado sólo por culpa de un sistema que también es injusto con los grandes -con porcentaje similar al de Cameron, repartido de otra manera en las circunscripciones, Blair obtuvo en 2005 mayoría absoluta-, sino porque el cuerpo de votantes no desea experimentos en circunstancias delicadas. Hay una lección que aprender, también en España, de ese comportamiento colectivo de los ciudadanos, que aunque en las encuestas se muestran muy decepcionados con la política clásica y valoran negativamente a sus líderes, en el momento de la verdad acaban volviéndose a echar en sus brazos con más resignación que confianza. No vamos a tardar demasiado en ver entre nosotros la impugnación de las reglas del juego; bastará que PSOE o PP cedan escaños -aunque sean autonómicos- a la aparición emergente del pequeño partido de Rosa Díez para que nos hallemos de bruces ante ese debate endiablado. Y habrá que andarse con prudencia, porque los sistemas mayoritarios no son un vicio caprichoso de una oligarquía de poder, sino un instrumento de estabilidad democrática que evita o modera las consecuencias de ocasionales sacudidas de descontento.

El resultado británico revela al tiempo la escasa pegada de Cameron y la impopularidad grisácea de Brown, pero incluso ante esos liderazgos mortecinos ha prevalecido la solidez bipartidista. El desgaste de la política tradicional no basta para dar paso a alternativas sin contraste, que necesitan algo más que brillantez dialéctica y oportunismo táctico. El obamismo, la propuesta de nuevas vías, es una seductora tentación que sólo se puede respaldar con un Obama: un líder con carisma, determinación y claridad de ideas. El mero aprovechamiento de la desilusión no suele pasar de una digna minoría privilegiada.


ABC - Opinión

Campanas sin vuelo

El atisbo de recuperación en el primer trimestre no basta para certificar el fin de la recesión

La estimación del Banco de España sobre el crecimiento del PIB en el primer trimestre de este año aporta una décima de variación positiva sobre el trimestre anterior. Es una buena noticia, después de seis trimestres consecutivos de contracción de nuestra economía. La magnitud de la variación y la base sobre la que se expresa no permite, sin embargo, echar las campanas al vuelo. Sólo puede afirmarse que hemos tocado fondo y, si no hay malos registros en próximos trimestres, la economía reiniciará una muy moderada senda de crecimiento. Tan moderada que, aceptando las previsiones de la mayoría de las agencias multilaterales y de los analistas españoles, el crecimiento del conjunto del año se cerrará con otra tasa de crecimiento negativa, en el entorno del medio punto porcentual. El Ibex volvió a hundirse ayer (-3,28%), una declaración explícita de que las cuentas del PIB en el primer trimestre todavía no despejan la incertidumbre española.

Sería un error, por tanto, conceder a esta estimación provisional el poder de prescripción sobre la evolución del conjunto de la economía española, como si ya se hubiese salido irrevocablemente de la recesión y olvidar las amenazas que siguen pesando sobre el bienestar de los españoles. El paro, el desequilibrio más grave, no va a disminuir de forma rápida. Es muy probable que se mantengan tasas de desocupación en torno al 19% en los próximos cuatro trimestres. Las perturbaciones que sufren los mercados financieros no favorecen la corrección de ese otro desequilibrio crucial, el de las finanzas públicas. Sin crecimiento ni aumento de la demanda, la reducción del déficit es muy complicada.

El otro gran desequilibrio a corregir es el de la confianza de los agentes económicos en las instituciones. Casi todas, desde el sistema bancario a las organizaciones empresariales, los partidos políticos y el propio Gobierno, están perdiendo a chorros la confianza de la opinión pública en que puedan resolver la crisis financiera y la recesión. No es problema sólo de España. Europa también tiene problemas de iniciativa y claridad de ideas. El Eurogrupo tiene que demostrar que está a la altura de las circunstancias alumbrando un acuerdo que apacigüe el ataque financiero al euro.

Flaco favor harían el Gobierno y la oposición a la urgente restauración de la confianza si se enzarzaran ahora en una discusión sobre lo que significan las décimas del PIB, en lugar de acometer en serio la solución de dos de los problemas que enunciaron Rajoy y Zapatero en su pasado encuentro. Si el Banco de España tiene razón y empieza a normalizarse el flujo del crédito, Gobierno y PP tienen que ayudar a que se consolide esa tendencia. Está pendiente la concreción del plan de ajuste del gasto público, como bien recuerdan los mercados casi todos los días. Estas son las tareas urgentes y las que merecen un acuerdo serio. Las demás, sin ser tan perentorias, son tareas importantes y podrían beneficiarse de las habilidades de las instituciones si estas dispusieran de una altura de miras distinta de la exhibida hasta ahora.


El País - Editorial

Socialismo o muerte. Por José María Marco

Volvemos a comprobar que los gobiernos no se lo pueden permitir todo, ni son capaces de rescatarnos de todas las situaciones, y que la política no sirve a la hora de generar prosperidad, que hay que respetar las reglas y las leyes.

Al principio no había crisis. La economía española estaba saneada, las cuentas del Estado libres de polvo y paja, y el sistema financiero boyante y estabilizado. Luego llegó el aciago verano de 2008, y entonces sí que hubo crisis, aunque entonces eran responsables los bancos norteamericanos y los especuladores que se habían enriquecido con unas hipotecas exóticas. No se sabe bien por qué, aquella crisis contagió a la economía española. Pero no hay mal que por bien no venga y la crisis, al fin reconocida, vino a demostrar la maldad intrínseca del capitalismo. Así que nuestros socialistas aprovecharon la ocasión para celebrar el fin del liberalismo económico.

Durante un tiempo, Rodríguez Zapatero no debió de dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Había planteado una revolución ideológica y de costumbres, exclusivamente postmoderna. Ahora se le presentaba la oportunidad de demostrar que el socialismo seguía vigente, que estaba ahí, al alcance de la mano. Incluso lo llamaban, en tono implorante, los agentes del capitalismo en trance de perecer, arrastrados por la desvergüenza y la codicia de que habían hecho gala en los últimos veinte años... El Estado triunfaba, podía hacer lo que quería, se mostraba capaz de arreglarlo todo.

Tal vez aquellos momentos de embriaguez, que de ser cierta esta hipótesis debieron de ser memorables, expliquen lo que ha sucedido después. Como era previsible, toda aquella ilusión se ha desvanecido al cabo de no mucho tiempo. Estamos justamente en la resaca de la borrachera provocada por la inyección de ideología dura que Rodríguez Zapatero, epítome moderno de los socialistas de todos los partidos, clases y nacionalidades, se permitió con la crisis financiera. Volvemos a comprobar que los gobiernos no se lo pueden permitir todo, ni son capaces de rescatarnos de todas las situaciones, y que la política no sirve a la hora de generar prosperidad, que hay que respetar las reglas y las leyes, que no se puede saquear sistemáticamente a los contribuyentes, e incluso (esto es lo peor) que es necesario trabajar, aunque sea de vez en cuando.

Los socialistas ya han elaborado una nueva explicación, la de los especuladores contra España, contra el euro, contra Europa. Habrá quien se la crea, claro está: es sencilla, fácil de entender y permite albergar la esperanza de que se va a seguir viviendo del cuento, quiero decir del socialismo. Aun así, las cuentas ya no salen.

Rodríguez Zapatero, por su parte, no aceptará la realidad porque no se puede asumir el final de un ideal tan bello como el que creyó protagonizar hace menos dos años. Y acabaremos abrasados en la pira funeraria de quien optó, heroicamente, por inmolarse en el altar de los sueños rotos. Socialismo o muerte, compañeros liberados.


Libertad Digital - Opinión

Imposible pacto educativo

AUNQUE algunos se empeñen en disfrazar la realidad, existen no pocas razones para que el Partido Popular haya rechazado el Pacto por la Educación impulsado por el Ejecutivo.

Nadie discute las buenas intenciones y el esfuerzo desplegado por el ministro Ángel Gabilondo. Sin embargo, el objetivo político de Rodríguez Zapatero era consolidar con algún maquillaje formal un sistema fracasado y evitar cuidadosamente cualquier asunto que pudiera molestar a los nacionalistas. En definitiva, era más una quimera que un auténtico pacto con la intención de dar cobertura a un modelo que ha causado graves daños a la formación de los jóvenes españoles. El PSOE no ha querido escuchar la opinión generalizada de la comunidad escolar en relación con la libre elección de centro, la garantía del castellano como lengua vehicular en toda España y un programa mínimo de enseñanzas comunes. Dadas las circunstancias, la propia dinámica del Estado democrático exige que el PP ofrezca una opción alternativa que aborde los problemas reales en lugar de asumir un acuerdo de perfil bajo y escasa utilidad.

En efecto, no tiene ningún sentido suscribir un pacto que no implica un cambio de modelo. Hay, sin duda, algunas medidas bien orientadas y la responsabilidad del Ejecutivo es ponerlas en práctica buscando los apoyos necesarios. Pero el verdadero consenso supone una voluntad firme y efectiva de mejorar la realidad actual y no de buscar una foto para «vender» un conjunto de medidas inconexas y de dudosa eficacia. Estamos ante otro fracaso de una iniciativa gubernamental, a pesar de que desde el Ejecutivo se intenta hacer responsable de la ruptura a un supuesto interés electoralista de la oposición. ABC ha defendido siempre la urgente necesidad de un pacto social y político para la mejora del sistema educativo. Sin embargo, es muy lógico que el PP, aún reconociendo el espíritu de consenso del ministro de Educación, no haya querido dar su apoyo a un texto con escasa sustancia política y algunas decisiones muy discutibles en el terreno estrictamente pedagógico. Queda abierta la puerta para el futuro si existe verdadera voluntad política y genuino sentido de Estado.

ABC - Editorial

La hora de Cameron

Los resultados electorales británicos dan sentido a un pacto entre conservadores y liberales

Las disputadas elecciones británicas del jueves han liquidado la era de la hegemonía laborista y defraudado las expectativas suscitadas por el tercer partido, el liberal-demócrata. Y a la vez que han hecho buenos los pronósticos de un Parlamento sin mayoría absoluta, por primera vez desde 1974, han puesto de manifiesto, en su desarrollo, la improcedencia de lidiar con medios electorales del siglo XIX realidades del siglo XXI. La falta de un rotundo ganador se ha visto inmediatamente reflejada en la caída de la libra.

El sistema otorga en estas circunstancias al primer ministro la capacidad de intentar formar Gobierno. Gordon Brown lo anunció así en un postrer intento de aferrarse al cargo. Pero eso fue antes de que el victorioso líder de la oposición, David Cameron, lanzara en un terso mensaje a los liberales su propuesta de hacer un Ejecutivo estable y fuerte con la holgada mayoría en los Comunes que permite la suma de sus escaños.


Un elemental sentido común aconseja, como solicita Nick Clegg, que sean los conservadores los que lo intenten. Cameron se dice dispuesto a dar cabida en el acuerdo a la reforma del injusto sistema electoral, la mayor aspiración liberal, que a cambio de Gobiernos estables maltrata a fuerzas sin amplia base nacional. En este terreno, los resultados de ayer colocan a Clegg como árbitro, pero en peor posición que la esperada.

Londres, donde ha funcionado durante un siglo un duopolio entre laboristas y conservadores, no tiene tradición de coaliciones, pero parece llegado el momento. Aunque posible, sería poco práctico para los tories buscar un Gobierno minoritario, con apoyos puntuales de otros partidos, para sacar adelante leyes concretas. La delicada situación de Reino Unido no está para parches que aboquen en meses a nuevas elecciones, como sucediera en 1974. Es improbable que esos apoyos, aun si funcionaran en lo pequeño, sirvieran para aprobar en Westminster la reducción drástica del gasto público o la inevitable subida de impuestos.

En los días venideros habrá grandes maniobras para formar Gobierno. Lo deseable, especialmente en estas circunstancias de incontrolable volatilidad económica, es saber cuanto antes quién manda en Reino Unido. Que los partidos lleguen a pactos creíbles a tiempo para que el 25 de mayo la reina pueda anunciar en su tradicional discurso las prioridades legislativas del nuevo Gabinete.


El País - Editorial

Cameron: principios indefinidos, victoria moderada

Es cierto que Brown ha salido muy desgastado de los comicios, o que Clegg y toda la intelectualidad de izquierdas británica han fracasado por completo, pero Cameron tampoco ha logrado un triunfo que pocas veces resultaba tan asequible.

Por primera vez en 36 años y por segunda vez en casi un siglo, las elecciones en el Reino Unido no han arrojado un Parlamento con mayoría absoluta que permita conocer con seguridad quién será el próximo primer ministro y, sobre todo, qué programa de gobierno se implementará. Los conservadores han logrado alzarse con la victoria de 306 de los 650 escaños en un clima electoral donde la mayoría de la población sólo deseaba una cosa: que Gordon Brown no repitiera en el poder.

Ya sea votando a los conservadores, a los liberal-demócratas o a alguno de los parlamentarios laboristas que amenazaban con rebelarse contra el ex ministro de Economía de Blair, la mayoría de los ciudadanos ha rechazado una administración nefasta durante la cual ha quebrado todo el sistema bancario inglés, se ha disparado el déficit público por encima del 10% y la economía se ha estancado. Nada que no haya pasado en otras partes del mundo, pero no convendría olvidar que el Reino Unido se negó a entrar en el euro, manteniendo su soberanía monetaria, para que desastres como éstos no sucedieran.

El problema del resultado electoral es que, sin un claro vencedor, las imprescindibles recetas que requiere el país –como puede ser a corto plazo la reducción del déficit público sin incrementar la presión fiscal más aún de lo que lo hizo Brown– pueden quedar aplazadas u obstaculizadas o por un Gobierno de izquierdas o por un Gobierno dirigido por Cameron con el respaldo de Clegg.

Pues, no lo olvidemos, los liberal-demócratas, aun cuando se llaman a sí mismos liberales, no son más que un partido de nueva izquierda de corte obamita obsesionada por incrementar los impuestos a "los ricos" y por seguir expandiendo el Estado del Bienestar. Así, a pesar de la loable disposición inicial de Clegg de apostar por el recambio de Brown apoyando a Cameron, habrá que ver si ese apoyo no atará las manos al torie para implementar algunas de las reformas que muy tímidamente ha defendido a lo largo de la campaña electoral, como por ejemplo la reducción del gasto público para lograr equilibrar las cuentas.

Y es que, pese a tenerlo todo a su favor, pese a enfrentarse a uno de los políticos más impopulares de la historia de Reino Unido, al que incluso se le grabó insultando a una viuda, y pese a liderar un partido que lleva 13 años fuera del poder, Cameron ha sido incapaz de alcanzar una mayoría absoluta en un sistema electoral como el inglés diseñado precisamente para lograr mayorías absolutas.

Es cierto que Brown ha salido muy desgastado de los comicios, o que Clegg y toda la intelectualidad de izquierdas británica que quería crear un nuevo Mesías a imagen y semejanza de Obama han fracasado por completo tras todo el espectáculo mediático que se generó, pero Cameron tampoco ha logrado un triunfo que pocas veces resultaba tan asequible.

Una lección de la que tendría que aprender Rajoy: el perfil bajo, la imagen de centro y la tibieza en las propuestas no garantiza ni mucho menos el éxito electoral. Una oposición debe dejar claro desde el primer momento por qué es necesario un cambio de Gobierno, no hacerlo sólo sirve para regalar oxígeno al rival. Brown, por propios deméritos, llevaba enterrado políticamente desde hacía meses, pero poco antes de iniciar una campaña que se terminó volviendo desastrosa logró renacer de sus cenizas hasta el punto de competir de tú a tú con Cameron. Zapatero nunca ha estado tan degastado como Brown y probablemente tenga más arte en diseñar unas campañas basadas en la propaganda. Si Rajoy no quiere terminar hipotecado por los nacionalistas, si quiere aplicar reformas de calado como las que necesidad España, debería empezar a hacer oposición ya. Otra cosa es que sólo aspire a residir en La Moncloa al coste que sea. Entonces Cameron sí puede constituir un modelo.


Libertad Digital - Editorial

Victoria complicada para Cameron

EL veredicto de las urnas en Gran Bretaña ha sido indiscutible: los electores han dicho que no están dispuestos a seguir gobernados por los laboristas y han señalado mayoritariamente al candidato conservador, David Cameron, como el preferido para ocuparse del país.

Según el reparto de escaños, sin embargo, se ha producido el temido parlamento «colgado» o, más bien, «suspendido», que es una opción que tradicionalmente no ha encajado en la mentalidad de los británicos. En anteriores ocasiones se convirtieron en una situación transitoria hacia unas nuevas elecciones anticipadas que jugaron el papel de una especie de segunda vuelta para confirmar la tendencia señalada en la primera. Por ello, no vale la pena que el primer ministro saliente, Gordon Brown, se aferre a sus prerrogativas alegando que los conservadores no han logrado la mayoría absoluta, porque es evidente que los electores le han dado la espalda a él. La tarea que tiene ante si David Cameron es, pese a todo, muy complicada. Las encuestas que hace un año predecían que ganaría con mucha diferencia pueden haber sido la causa de que descuidase la intensidad de la campaña en los últimos meses, lo que ha permitido al primer ministro laborista mitigar su derrota.
Sin embargo, la verdadera derrota es la que ha cosechado el partido liberal-demócrata de Nick Clegg, sobre todo si se tienen en cuenta sus expectativas iniciales, y, paradójicamente, aparece como el factor más ineludible de cualquier combinación para una coalición mayoritaria. En esta situación, Cameron ha ganado pero no se atreve a cantar victoria, Brown ha perdido, aunque todavía sueña con salvar la situación, y el único que tiene claro que ha sido derrotado resulta ser la pieza clave de todas las combinaciones. Probablemente, el elemento central de las negociaciones de los liberal-demócratas en una eventual coalición de gobierno será un cambio de la ley electoral, cuando el resultado de estas elecciones es la prueba indiscutible de que la reforma que pretenden los liberales y que los laboristas están dispuestos a escuchar serviría para garantizar que situaciones como ésta, es decir, los parlamentos «colgados», fueran la norma y no la excepción como hasta ahora. Por contra, una coalición entre conservadores y liberales basada en fórmulas razonables para resolver los principales problemas del país parece de lejos la opción más conveniente para el Reino Unido y para Europa.

ABC - Editorial

viernes, 7 de mayo de 2010

Naderías. Por José María Carrascal

Y ahora, ¿qué? Pues ahora, nada, pues nada se ha resuelto, todo sigue igual. ¿De qué sirve arreglar la deuda griega si no se arregla la española? ¿De qué sirve sanear las cajas de ahorro si no se sanea el sistema productivo español?

El encuentro Zapatero-Rajoy no nos he hecho avanzar un milímetro hacia la solución, lo que el New York Times llama «problemas cruciales españoles», por la sencilla razón de que no los abordaron. Y no los abordaron porque el anfitrión sabía que, de abordarlos, las diferencias con su invitado invalidarían cualquier tipo de acuerdo. Y lo que a él le interesaba era escenificar un acuerdo aunque fuera, no ya de mínimos, sino ficticio. Pues vamos a ver, ¿es que España puede oponerse a la ayuda europea a Grecia, sabiendo que en el futuro puede necesitar esa ayuda? ¿Es que PSOE y PP pueden oponerse a la reforma de las cajas de ahorro, cuando buena parte de ellas están en bancarrota? Además, tampoco es una reforma a fondo, es un cambio de dueño. Las cajas de ahorro españolas ya están intervenidas. Por los gobiernos autonómicos, que son quienes las han llevado a la ruina. Ahora, van a ser intervenidas por el Gobierno central. Esperemos que lo haga mejor, aunque andando por medio los políticos, todo escepticismo es lícito.

Es por lo que creo que este tipo de encuentros hacen más mal que bien, al crear falsas expectativas y dar la impresión de que se ha hecho algo, cuando no se ha hecho nada. Tal vez sirva a los intereses de unos líderes políticos que sólo piensan en salir del paso. Pero no sirve a los intereses de una nación, sobre todo en momentos críticos, como los que atraviesa España. «Cuando algo no tiene arreglo, lo mejor es que se estropee del todo», dicen los ingleses, que precisamente intentan solucionar en las urnas una situación que parecía no tener arreglo. En este sur de Europa que ellos tanto aman y, para su fortuna, tan poco imitan, lo que priva es la máxima lampedusiana de «cambiarlo todo para no cambiar nada».

Seguimos los españoles, como los griegos, sin querer enterarnos de que tenemos una democracia, no una dictadura. Seguimos pensando que el gobierno, del brazo de la oposición, nos resuelva los problemas, pero sin dolor. Seguimos considerando el trabajo un castigo divino y el ocio, el último resto del paraíso. Seguimos considerando la política un medio legítimo de obtener ventajas para uno, su familia y sus compañeros de partido. Seguimos rehusando la responsabilidad y echando la culpa de todos los males a los demás. Y seguimos creyendo que la realidad puede engañarse como nos engañamos entre nosotros.

Hasta que la realidad nos suelta un bofetón que nos tira por los suelos, como les ha ocurrido a los griegos y nos ocurrirá a nosotros si seguimos organizando escenitas como la del miércoles en La Moncloa.


ABC - Opinión

Mal + Mal = Peor. Por M. Martín Ferrand

EUROPA está cansada hasta de sí misma, sin memoria de sus viejos resplandores imperiales y absorta en una crisis que se alimenta por sí sola.

Como ayer recordaba Guy Sorman en La Tercera de ABC, «el euro que debe Grecia se lo debe en realidad a un banco alemán o francés». ¿Tratamos ahora de ayudar a los griegos en sus dificultades o corremos en socorro de un sistema financiero continental instalado en el confort que le produce la protección continua y, por si fuera poco, también la de sus Estados vecinos asociados? Cuando cada palo no aguanta su vela, la embarcación se escora y tiende a naufragar. Como también decía Sorman en tan lúcido artículo, todos los Estados europeos han sido gestionados «a lo socialista», en contra de la esencia liberal que germinó la Unión, y de ahí buena parte de los males.

El mercado -tan perverso como quiera verlo la izquierda pero tan inevitable como acredita el fracaso de todas las ideologías que nacieron para negarle- conlleva el premio de un beneficio que se legitima y compensa con la posibilidad de un fracaso total. Si, en un sospechoso paternalismo público, el riesgo desaparece incluso como hipótesis, estaremos hablando de otra cosa. Algunos nos sentiríamos más tranquilos con supuestos diferentes: los de la responsabilidad, incluso penal, de los gestores de las grandes instituciones financieras -normales como los bancos o atípicas como las cajas, que de momento no tienen dueño- y en la asunción de que el fracaso es siempre efecto de una causa penosa.

La actual situación de nuestras Cajas, tan grave que un encuentro entre Zapatero y Rajoy puede consagrarse a las fórmulas de su salvación con prioridad al paro y otras facetas económicas y políticas de las crisis en presencia, se aliviaría mucho si llegáramos a ver, camino de los penales correspondientes, una cuerda de presos formada por quienes, por acción o por omisión, al servicio de la política regional o de sus propios intereses, las destrozaron y desvirtuaron. La fórmula consensuada para su salvación, fundamentada en la concentración de los monstruos no llevará a ninguna parte. Dos Cajas calamitosas -o tres, o cuatro- reunidas en una de mayor dimensión darán paso a una gran Caja inmensamente calamitosa. No hay antecedentes de que la suma de males genere un bien. Por socialdemócrata que sea carece de sentido el afán perpetuador de fórmulas de probada ineficacia.


ABC - Opinión

Rubalcaba da lecciones. Por Cristina Losada

La izquierda se desarmó ideológicamente frente a ETA y las secuelas de ese desarme permanecen. Ni siquiera ha aprendido que la supremacía moral de la democracia se manifiesta en la negativa a dar carta de naturaleza política a los que matan.

El ministro Rubalcaba es partidario de actuar dentro de la ley en la lucha contra el terrorismo. "Se puede ser más eficaz cuando se respetan las normas porque nos dan la supremacía moral", sentenció en una conferencia, a la vera de Peces-Barba. Una entiende que esas normas deben de respetarse siempre, incluso si no prometen eficacia. No obstante, bienvenido al club. Por un minuto. El minuto que se tarda en recordar que quien imparte lecciones fue miembro de un Gobierno que recurrió a la "guerra sucia". Y que lo hace junto al hombre designado para quebrar la espina dorsal de las víctimas, a fin de allanar el camino a una negociación política con ETA. La ley y la moral nunca han iluminado al PSOE en ese periplo.

Para ilustrar su tesis, Rubalcaba trazó una comparación entre la dictadura franquista y la democracia. Las leyes represivas de la primera, dijo, no consiguieron acabar con ETA; en cambio, la democracia, con su supremacía moral, va a lograrlo. Ojalá fuera tan fácil. En realidad, las dictaduras suelen terminar sin contemplaciones con los grupos terroristas y, en nuestra época, la gran mayoría de esas bandas se han desarrollado en el seno de democracias. ETA fue mucho menos activa bajo el franquismo que después de él. La frecuencia y la intensidad de sus atentados se multiplicaron durante la Transición, para llegar a su máximo entre 1978 y 1980, año en el que causó un centenar de víctimas. ETA perpetró el 29 por ciento de todos los asesinatos de su historia en ese período. Los "años de plomo" fueron en democracia.

El mito, sin embargo, quiere lo contrario. Pues en el mito de la izquierda, ETA pertenece a la familia antifranquista, aunque entonces le surja un interrogante: ¿por qué sigue? Pregunta que no contesta reconociendo que uno de los factores por los que ETA ha perdurado es la legitimidad que le concedió la izquierda, su larga y todavía latente complicidad moral con ella. La que expresa aquel grito: "vosotros, fascistas, sóis los terroristas", que aún corearon los partidarios del "proceso". La izquierda se desarmó ideológicamente frente a ETA y las secuelas de ese desarme permanecen. Ni siquiera ha aprendido que la supremacía moral de la democracia se manifiesta en la negativa a dar carta de naturaleza política a los que matan.


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