En total, la Generalidad gastó 25 millones de euros de dinero público en un programa informático para gestionar el impuesto de Sucesiones, a través de la Agencia Tributaria de Cataluña, que finalmente no funcionó y fue retirado.
Según un informe del sindicato de funcionarios CATAC, estos fondos se destinaron al proyecto informático GAUDÍ, que en principioiba a servir para mejorar la gestión del Impuesto de Sucesiones, pero en este tributo "el 20% de los expedientes estaban prescritos en el momento en que fueron presentados", según consta en un reciente informe de la Sindicatura de Cuentas que ha provocado el nuevo informe de CATAC. Según el sindicato, la Generalidad dedicó 15,8 millones a diseñar e instalar el nuevo programa GAUDÍ, que se encargó a la empresa Indra, 6,9 millones a seguir la evolución del programa y otros 2,3 millones al mantenimiento del programa, que en conjunto suman 25 millones.
Por su parte, el propio informe de la Sindicatura señalaba que tres años después del inicio del proyecto en 2004, "GAUDÍ no funciona en su totalidad; se ha rescindido el contrato y se ha decidido llevar a cabo un nuevo concurso para contratar a una nueva empresa que desarrolle la totalidad del proyecto".
En su informe interno, CATAC denuncia además que "la grabación y digitalización de las autoliquidaciones en concepto del Impuesto de Sucesiones y Donaciones a partir de abril de 2004 por el sistema GAUDÍ, no se ha podido hacer hasta el ejercicio 2007".
También se pone de manifiesto que, pese a que el sistema GAUDÍ no era operativo, "no se continuaron grabando los documentos con el anterior sistema informático".
Según el estudio de este sindicato, las deficiencias en la gestión informática del impuesto continúan y así "el último cruce de datos realizado por la Inspección de Tributos con la información procedente de los registros civiles y juzgados de paz fue el correspondiente a defunciones del ejercicio 2003".
"No se ha hecho ningún cruce posterior por problemas con el sistema informático GAUDÍ. Durante el ejercicio 2007 se han llevado a cabo cruces con la información facilitada por los notarios correspondiente al ejercicio 2003", denuncia este sindicato.
Los derechos liquidados en el ejercicio 2007 en concepto del impuesto de sucesiones y donaciones sumaron 844 millones de euros, de los que se cobraron 741 millones y quedaron pendientes otros 102 millones.
El total liquidado por impuestos directos representa el 39% del total de los ingresos tributarios de la Generalidad y en 2007 el impuesto de sucesiones y donaciones supuso el 5,1% del total de ingresos tributarios y el 13% del total de ingresos por impuestos directos.
Los cargos policiales daban por hecho que el PSOE 'iba a destituirlos'
Había que hacer que la gestión policial de los socialistas fuese cuestionable
Juan Carlos Varela, nuevo director de la Ertzaintza, deberá rediseñarla
Al menos tres altos cargos policiales de la Ertzaintza mantuvieron reuniones tras loscomicios autonómicoscon una treintena de subordinados, un complot con el objetivo de garantizar que la información sensible recogida por la Policía Autónoma llegase a los dirigentes del PNV y con la pretensión de dificultar, en determinados aspectos, la acción del nuevo Gobierno socialista. Los encuentros -al menos tres de los que se tiene noticia, según fuentes socialistas consultadas por este periódico- tuvieron lugar hace aproximadamente un mes, y fueron organizados por responsables policiales designados a dedo por el anterior Ejecutivo y, por tanto, de su absoluta confianza. Respecto a los convocados, sumaban unos 10 cargos intermedios en cada ocasión hasta llegar a la treintena en total y, al menos públicamente, en ese momento no rechazaron el planteamiento realizado por sus superiores.
Según las fuentes consultadas, del contenido de las reuniones se desprendía que los citados cargos policiales daban por hecho que la nueva Administración socialista iba a destituirlos de los puestos que ocupaban y reemplazarlos por otros funcionarios de su entera confianza.
De modo que diseñaron una estrategia para, por una parte, estar permanentemente informados de lo que ocurriera en el interior de la Policía Autónoma y, por otra parte -y mucho más importante-, obtener datos para su uso, a través de una especie de red de topos dispuesta a favorecer al PNV.
Otra de las funciones que pretendían asignar a este grupo de ertzainas era la de dificultar en determinados aspectos la labor del Gobierno de Patxi López. Según el razonamiento aplicado, durante años el Ejecutivo de Ibarretxe había tenido que soportar los reproches de los miembros de la oposición en la Cámara vasca, que consideraban que la Ertzaintza adolecía de un funcionamiento deficiente en múltiples asuntos, incluidos el de la seguridad y el de la lucha contra ETA; a partir de ahora, habría que procurar actuar para que la gestión policial de los socialistas quedase reiteradamente cuestionada y pudiese ser motivo de debate y argumento para la oposición en el Parlamento vasco.
La actitud de estos altos mandos probablemente constituya uno de los ejemplos más evidentes de la resistencia mostrada por una parte de la Administración nacionalista al cambio provocado por las últimas elecciones después de 30 años de práctica hegemonía. Y, en cualquier caso, confirma que el puesto asumido por Rodolfo Ares al frente de la Consejería de Interior está trufado de dificultades añadidas a las del mero ejercicio del cargo, que siempre han sido tenidas en cuenta por los socialistas.
Informes para facilitar el relevo del poder
Poco después de que los resultados electorales constataran que el PSE, junto con los votos del PP, podía investir a Patxi López como lehendakari sin la participación del PNV ni de cualquier otro grupo minoritario, la Delegación del Gobierno en el País Vasco, al frente de la cual está Mikel Cabieces, solicitó al Cuerpo Nacional de Policía y a la Guardia Civil sendos informes sobre cuál era su relación con la Ertzaintza con el fin de limar asperezas y garantizar una mayor coordinación. Con el mismo objetivo, también fueron consultados los responsables del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) en la comunidad autónoma.
Los resultados técnicos en aquel momento fueron poco estimulantes. Se denunciaba una falta de colaboración mutua, un incumplimiento frecuente de los protocolos, un solapamiento de operaciones y una ocultación de datos en asuntos extremadamente sensibles como la lucha contra ETA.
En la Ertzaintza se detectaron también carencias internas en la transmisión de la información que podían ser indiciarias de cierta rivalidad implícita entre unidades distintas.
En este caso, se trataría de otro tipo de dificultad de la que los socialistas son igualmente conscientes. Ambas aconsejarían una profunda reestructuración interna de la Ertzaintza, que ya se ha iniciado, así como de las relaciones entre los cuerpos policiales que el recién nombrado consejero -y, antes, los miembros del PSE en general- asegura afrontar con aplomo y con expectativas serenas.
El pasado miércoles, el Consejo de Gobierno del País Vasco nombró al comisario Juan Carlos Varela como director de la Ertzaintza y lo convirtió, de este modo, en una de las piezas fundamentales del rediseño de la Policía Autónoma que puede estar en la mente de los dirigentes socialistas. Varela conoce esta institución policial como pocos, dado que formó parte de su primera promoción, y su designación fue muy bien acogida por los sindicatos. Tras su nombramiento, el consejero Ares manifestó, efectivamente, su pretensión de realizar una apuesta por la "profesionalización y la promoción" dentro de la Policía Autónoma.
Los socialistas están convencidos, y así lo han declarado reiteradamente, de que en todos los ámbitos de la Administración vasca, superados los cargos meramente políticos vinculados al nacionalismo, hay un fuerte cuerpo funcionarial cuya única intención es la de trabajar en beneficio del País Vasco.
TODA la contradicción victimista del nacionalismo, todo su primario y egoísta doble rasero, toda su falta de respeto a la nación española y todo el cínico embudo de conveniencia con que filtra sus relaciones con el Estado quedó de manifiesto esta semana en el abucheo de Mestalla, síntoma no sólo de una inquietante degradación democrática sino del deterioro de la convivencia que se está produciendo bajo el régimen zapaterista, cuya confusa indeterminación ha provocado un creciente desafecto territorial hacia el concepto constitucional de España. Y todo ello rematado por la mala conciencia de un Gobierno al que inevitablemente salpica el tic franquista de la censura televisiva de los pitos al Rey y al himno, reflejo de un poder incómodo ante el evidente exceso que propicia su propia complacencia con la crecida del soberanismo. Nada ejemplifica mejor la ambivalente moral nacionalista que este desvergonzado doble juego de participar en una competición y denigrar al mismo tiempo a quien la encarna y le da nombre, de luchar por el título de campeón de una nación cuya estructura y existencia se impugnan a través del repudio de sus símbolos. Eso es lo que el nacionalismo periférico viene haciendo con intensa deslealtad bajo la benevolente anuencia de un Gobierno despreocupadamente irresponsable: cuestionar su pertenencia a España mientras demanda inversiones, reclama derechos e impone exigencias. La ignominiosa pitada de la final de Copa no fue sino la metáfora de un descarnado chantaje asumido con entera naturalidad por sus autores, capaces de cuestionar sin rubor el concepto mismo del que se aprovechan.
España no se ha roto bajo la deriva soberanista propiciada por el zapaterismo, pero cada vez son más evidentes las grietas que ese modelo desencajado ha abierto en la cohesión de su estructura. El abucheo del estadio valenciano no fue la expresión marginal de unas minorías radicales como las que quemaron fotos de los Reyes en Cataluña; participaron en la pitada, con notable complacencia, amplios sectores de aficionados catalanes y vascos a los que resulta imposible identificar en conjunto como habituales alborotadores de algarada. Aquello fue una repulsa en toda regla de la representación constitucional de España, y debería motivar una reflexión sobre la frívola inconsciencia de los dirigentes que han propiciado este desgarro hasta el inquietante extremo de avergonzarse de él tapándolo con la vergonzosa censura de sus imágenes.
En vez de manipular con tosco descaro la difusión de este desafuero, los gobernantes de la nación y de sus autonomías tendrían que preguntarse qué han hecho para darle lugar. Y la respuesta la tienen en cinco años de ambigüedad, deslealtad, sectarismo y ausencia de proyecto común. Cinco años sin excusa que han deshilvanado España hasta tal punto que ya ni el fútbol es capaz de coserla con sus hilos invisibles.
«Para evitar el alcoholismo entre los adolescentes se restringe sin cesar su acceso a las bebidas alcohólicas, en cambio, para evitar abortos, lo que hace el Gobierno es ampliar las posibilidades de que se practique, incluso sin permiso paterno.»
La cadena gubernamental, cuyo último jalón en su larga y brillante trayectoria en defensa de la libertad de información de los española ha sido censurar la imagen de la España plural de ZP en la copa del Rey, ha organizado en la mañana de este viernes una entrevista versallesca a una de las principales potencias intelectuales del Gobierno de Zapatero. Me refiero naturalmente a Bibiana Aído, entre cuyos méritos para desempeñar cualquier cartera ministerial destaca por su importancia el hecho de ser ahijada de Manuel Chaves. Dice la prohombra que cualquier niña de 16 años debe tener derecho a interrumpir voluntariamente su embarazo sin autorización paterna, como ya lo tiene para someterse a cualquier intervención quirúrgica, sea del tipo que sea. El comparar una operación de apendicitis con un aborto se antoja algo excesivo, aunque sólo sea porque las causas que llevan a una y otra situación y las consecuencias posteriores son completamente distintas. No obstante, el razonamiento de la miembra tiene una falla fundamental en la que no suele repararse, y es el concepto de responsabilidad. Toda decisión implica, en primer lugar una elección sobre varias opciones, y en segundo la obligación de asumir las consecuencias que de la misma se derivan. Pero en los mensajes que el Gobierno transmite con su legislación y los medios de comunicación de masas extienden de forma masiva, brilla por su ausencia la necesidad de que todos debemos ser responsables de nuestros actos, incluso aunque estos produzcan situaciones no deseadas.
El mantener relaciones sexuales sin tener una pareja estable conlleva el riesgo de que se produzca un embarazo no deseado, igual que conducir sin carné y drogado hasta las trancas puede desembocar en que el protagonista provoque un accidente. Es evidente que el “cani” que estrella el seat tuneado contra una parada de autobús llevándose a unos cuantos peatones por delante no deseaba ese final, pero eso no impide que sea responsable de todo lo ocurrido. Por eso sorprende que en el caso de las niñas preñadas, el Gobierno, con el aplauso de todos los progresistas, se haga cargo de las consecuencias con cargo a todos los contribuyentes.
En efecto, el nuevo proyecto de ley del aborto viene a decir que el Ejecutivo asume los “daños colaterales” de la decisión personal de una niña menor de edad, porque además el aborto se realizará con fondos públicos, y como la gente no es tonta y los adolescentes menos aún, el resultado será un incremento exponencial en la cifra de abortos entre las menores de edad, que es precisamente, pásmense, lo que Zapatero y su muchachada dicen querer evitar con esta modificación legal. Reparen un momento en la incoherencia zapateril: para evitar el alcoholismo entre los adolescentes se restringe sin cesar su acceso a las bebidas alcohólicas, en cambio, para evitar abortos, lo que hace el Gobierno es ampliar las posibilidades de que se practique, incluso sin permiso paterno. Hasta un lector del periódico de Roures sería capaz, a poco que se esforzara, de captar la contradicción.
La responsabilidad sobre las decisiones libremente adoptadas es el reflejo especular de la libertad individual. Eliminar la primera parte de la ecuación no va a hacer a los jóvenes más libres. Al contrario, los convertirá en individuos cada vez más irresponsables y dependientes del Estado y sus políticos, que es precisamente el objetivo primordial del socialismo desde que se inventó. Y como los socialistas no van a explicar esa verdad voluntariamente, es bueno que el partido de la oposición lo haga. No lo tenían previsto, ocupados como están en decidir si condenan al Papa por decir que la fidelidad conyugal es una buena herramienta en la lucha contra el SIDA. En mi opinión, ha sido la reacción espléndida de Rosa 9’5 y la proximidad de las elecciones europeas lo que les ha llevado a tomar una decisión clara al respecto, con recurso ante el Tribunal Constitucional incluido. No, si al final va a resultar que sí sirven de algo esas elecciones…
ASÍ era el estilo de iniciación sexual de los tiempos aquellos de mis mocedades: silencio absoluto sobre el asunto en casa y en las aulas, y especulaciones variopintas en el seno de la horda viril, rigurosamente escindida de las chicas en la escuela, en la iglesia y hasta en la calle, pero en posesión de emocionantes secretos transmitidos por tradición oral desde las cohortes más añosas, que los iban revelando en dosis homeopáticas a lo largo de un impaciente rito de paso. Tales revelaciones tenían sus aspectos sórdidos, quién lo duda, pero, en lo fundamental, preservaban algo tremendamente necesario: la noción de peligro asociada a toda diferencia irreducible, y eso nos volvía prudentes, si bien no templados, pero, al menos, la prudencia es una virtud. Es decir, se trataba de una iniciación educativa, porque la educación consiste en un descubrimiento gradual de los límites, para el que no hay mejores mentores que tus iguales, siempre que éstos no hayan sido previamente corrompidos por una modalidad cualquiera de sexología racionalista. En esta materia, nunca me he fiado de las tres supuestas fuentes de información autorizada: padres, maestros y curas. En cambio, Manolito, el repartidor de la tienda de ultramarinos, jamás me defraudó. Vaya por delante que hablo de un pretérito pluscuamperfecto. Ya no existen Manolitos. La ESO se los cargó, y equipos de ecuatorianos adultos reparten hoy, mediante flotillas de furgonetas, los pedidos del híper. Ignorante de la primordial función pedagógica que cumplió antaño, Manolo, tras su denodada lucha por el sustento, se dispone a traspasar el camión y la administración del bar de Aluche al fracaso escolar de su camada, el único que no consiguió licenciarse en Informática. O está a punto de que le casquen una jubilación forzosa en el banco. Seguro que la suya ha sido una vida de estrechez económica, pero relativamente plácida en lo afectivo, bastante más que la mía, supongo, porque era buen currela y mejor persona. No sé que le veían las gentes de orden para que les inspirase aquel pavor (para qué vamos a engañarnos: sí lo sé, pero no merece la pena mencionarlo).
En resumen, confié siempre más en la intuición y el sentido común de los Manolitos que en la disciplina institucionalizada, y no me ha ido tan mal. Admito que, a las generaciones anteriores, lo de la nuestra puede parecerles, con razón, un desmadre. Vale. Lo fue, en parte, y en parte, no. Mantuvimos la conciencia de la unidad de Eros y Tánatos, o sea, del vínculo fatal del deseo con la muerte, y de la dificultad de la relación entre los sexos, que no es una relación entre iguales. El poder se limitaba a ponértelo más difícil todavía, y no, como ahora, a intentar solucionar un problema que no tiene solución. La moral retrógrada de aquella época multiplicaba los obstáculos, pero, una vez los vencías, te dabas cuenta de que la meta deseada era un obstáculo en sí misma, y verdaderamente insuperable. Ahora bien, la represión oficial, por una parte, y el saber silvestre y clandestino de Manolito, por otra, te habían entrenado para afrontar la decepción. Lo malo es cuando desde el propio poder te aseguran que todo es cuestión de técnica y farmacopea. Mienten, pero comprendo que, a los dieciséis años y sin un Manolito al lado, resulta imposible pillarles el truco a estos señores y señoras tan simpáticos y permisivos, que vienen a venderte la utopía en forma de profilácticos y píldoras del día siguiente a precio de botellón. Irresistible encanto, el de la pedagogía como forma ministerial de pederastia.
DEL mismo modo que solemos escandalizarnos ante la noticia de una estafa de naturaleza económica, cosa frecuente, el conocimiento de un fraude en el orden político, algo más frecuente todavía, suele dejarnos fríos, impasibles. Ignoro si será consecuencia de varios siglos de costumbre o de una laxa y colectiva conciencia democrática. Lo cierto es que nuestra convivencia, prendida con alfileres constitucionales, no se afianza con el perfeccionamiento de los modos representativos y que, cuando se convocan unos comicios, el escepticismo encuentra nuevos y más sólidos fundamentos. España es, por doloroso que sea reconocerlo, una democracia imperfecta que, lejos de depurarse, abunda en los errores y fracasos que venimos arrastrando durante los últimos treinta años. Cristina de la Hoz denunciaba ayer en estas páginas algo que puede soliviantar a la más encallecida sensibilidad democrática y que está más cerca de argumentos como los que Miguel Martín concibió para Los tramposos, una película que ahora cumple medio siglo, que de la ciencia y el rigor políticos. En las elecciones para el Parlamento Europeo, las únicas que aquí cursan con circunscripción nacional, el PSOE presentará en Cataluña una papeleta encabezada -¡no faltaba más!- por Juan Fernando López Aguilar; pero, para no herir susceptibilidades, ocultará en ella a Ramón Jáuregui, Magdalena Álvarez, Carmen Romero y otros candidatos demasiado carpetovetónicos. En esa versión catalana, la lista del PSC(PSOE) destacará en un falso número dos a María Badía, cuarto nombre en la lista no falsificada, a Raimon Obiols, número trece para el resto de España, y a otros cuantos nombres de identidad regional.
Es una mixtificación al amparo de la Ley Orgánica de Régimen Local; pero, ¿es éticamente admisible someter a los electores una lista en la que figuran personas a las que nunca votarían y aparezcan otras sin la más mínima posibilidad de resultar elegidas? Quienes perpetran estos timos, no muy diferentes al tocomocho, pasan por astutos; pero debieran ser expulsados del seno de un partido que quiere parecer decente. Merecen también la reprobación de la ciudadanía. Es la expresión de una mala praxis política en las filas de José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Por qué se incluye en una lista cerrada un nombre -Magdalena Álvarez, por ejemplo- cuya presencia en Cataluña avergüenza a sus mentores?
Para el vicepresidente creo que tercero del Gobierno -uno se pierde ya en tanta nomenclatura- lo que quedó claro tras el Debate sobre el Estado de la Nación es la soledad de todos los partidos frente al potente discurso del presidente. Como lo leen. Si Chaves llega a esta conclusión, resulta mucho más fácil entender las claves de lo que esta pasando en el PSOE y en España. Se puede ser poco objetivo, incluso nada objetivo; se puede pontificar más que el Papa y llevar la militancia y la fe hasta extremos insospechados; incluso es posible hacer un análisis histérico de la realidad y confundir de buena fe los deseos con los hechos. El peligro es que todo eso le pase a alguien que debe tomar unas decisiones que a todos nos afectan. Que semejante afirmación lo haga un invitado en "La Noria", pues podría resultar incluso aparente, pero en boca -y en pensamiento, imagino- de un vicepresidente del Gobierno, la cosa resulta más preocupante. No soy nada partidario de esas encuestas que dan ganador del debate a uno o a otro porque -como se ha visto- cada medio arrima el ascua a su orador y los resultados no sólo son contradictorios sino absolutamente inútiles. Pero más allá de de esas percepciones personales, están los hechos y los hechos no son opinables sino contables. Y lo único evidente tras el debate es que al Gobierno no le amparaba nadie, que estaba solo frente a todo el arco parlamentario, frente a la derecha, la izquierda, los nacionalismos y el grupo mixto.
Ningún representante, salvo el del PSOE como es lógico, no ya es que apoyara las tesis del Gobierno, es que todos iban subiendo y las bofetadas dialécticas llegaban al rostro del Ejecutivo como los puñetazos a un púgil noqueado: desde todos los sitios. Que el Gobierno está dramáticamente solo hoy por hoy en el Congreso, es un hecho que únicamente Chaves es capaz invertir y esa inversión/perversión de la realidad se explica desde la prepotencia o desde la ceguera.
Naturalmente que estas soledades, la de ahora del PSOE como la anterior de PP, son relativas cuando hay detrás once o diez millones de votos. En eso, de acuerdo. Y aun es más relativo cuando el "solitario" en lugar de estar en la oposición ostenta el poder, lo cual le convierte en el administrador -que no dueño- de los recursos, lo cual le vuelve a convertir en el oscuro objeto del deseo de todas las minorías con las que pactar un apoyo a cambio de un puñado de transferencias que no dejan de ser un puñado de euros. La semana que viene veremos qué pasa cuando para aprobar esas cosas tan pintorescas y ya nacidas más o menos caducas, necesite el Gobierno el apoyo de unos o de otros.
Así es la democracia y hay que aceptar las reglas aunque no resulten demasiado elegantes. Pero una cosa es negociar y llegar a acuerdos y otra bien distinta pensar como el del chiste aquel que iba en dirección contraria en la autopista y estaba convencido de que era el resto de los automovilistas los que se habían equivocado.
LOS datos son concluyentes: la opinión pública considera que Rodríguez Zapatero está desbordado por la crisis económica y rechaza claramente las medidas que ofrece el Ejecutivo, en particular las anunciadas durante el reciente debate sobre el estado de la Nación. La encuesta sobre actualidad política a propósito de este debate -que hoy publica ABC- demuestra que la credibilidad del presidente se sitúa bajo mínimos. Más del 80 por ciento de los encuestados no confía en las medidas propuestas esta semana en el Congreso. Más del 74 por ciento estima que hay recortes en los gastos sociales, desmintiendo así la propaganda oficial en sentido contrario. En fin, más del 70 por ciento rechaza el mensaje de Rodríguez Zapatero cuando afirma que España está mejor preparada que otros países para afrontar la crisis. Tampoco gustan las recetas socialistas e intervencionistas que el PSOE plantea en el marco de un debate ideológico. Muy al contrario, las medidas de corte liberal resultan más convincentes: casi el 68 por ciento opina que el incremento del gasto público retrasará la salida de la crisis, al tiempo que acepta la rebaja del impuesto de sociedades y -con matices- las ayudas a la compra de vehículos. Por supuesto, una abrumadora mayoría del 88 por ciento exige la reducción de cargos públicos, una medida puesta en práctica por varios ejecutivos autonómicos del PP y a la que se resisten en cambio los socialistas. Los ciudadanos son conscientes de que estamos en una crisis de dimensión universal y no piden milagros a los gobernantes, pero exigen con razón un mínimo de coherencia, eficacia y sentido común. El Gobierno tiene el deber de transmitir confianza a la economía española en estos tiempos de turbulencia, pero la realidad demuestra que sucede todo lo contrario. Mucha gente admite con sensatez que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, como reconoce un 75 por ciento de los encuestados. Sin embargo, es muy llamativa la percepción generalizada -más del 80 por ciento- de que las propuestas formuladas en el debate no son suficientes. En particular, los ciudadanos se muestran extremadamente críticos hacia la política de vivienda planteada por el presidente y acertadamente calificada por Mariano Rajoy como un ataque contra las clases medias. Casi el 82 por ciento, incluida una mayoría de votantes del PSOE, critica la eliminación de ayudas para la compra de viviendas a partir de 24.000 euros anuales de ingresos, aunque ahora el grupo socialista da marcha atrás de forma acelerada. Por el contrario, el sondeo refleja que cada vez es más difícil acceder a una vivienda en propiedad y que la solución pasa por aumentar las ayudas (55 por ciento) o al menos mantenerlas (39 por ciento). El enfoque restrictivo de Rodríguez Zapatero solo resulta aceptable para un porcentaje minúsculo de ciudadanos. El 2 por ciento que admite la eliminación de dichas ayudas y el 1 por ciento que acepta su disminución.
Frente a una situación dramática con más de cuatro millones de parados, no sirven las ocurrencias ni las promesas infundadas para salir del paso. Los resultados de esta encuesta demuestran que el Gobierno no convence ni siquiera a los afines y que debe rectificar con urgencia.
Una encuesta para EL MUNDO con motivo del quinto aniversario de la boda de los Príncipes confirma la aceptación mayoritaria de la Monarquía en España.
LA ESTABILIDAD de la Monarquía española parece garantizada. Para la mayoría de los ciudadanos (57,4%) Don Juan Carlos debe morir con las botas puestas y reinar hasta el final. Además, el 81% opina que el Príncipe Felipe está preparado para sustituirle. Estos son algunos de los datos de la encuesta que con motivo del quinto aniversario de la boda del Heredero -que se cumple el próximo viernes- publicamos hoy en las páginas de La Otra Crónica. Las respuestas de los españoles suponen, en el fondo, una reafirmación monárquica. Casi el 83% declara tener una buena imagen del Príncipe y otro 76% le da una nota alta a la Princesa Letizia. Esta aprobación general confirma que tanto la institución como la propia Familia Real siguen contando con gran aceptación en la calle. Un lustro después, ha quedado absolutamente disipada cualquier duda sobre la decisión del Príncipe de elegir como esposa a una persona divorciada que no pertenecía a la realeza. Si antes de la boda un 66% de los consultados confiaba en la valía como princesa de la entonces periodista, el 81,7% considera hoy que Doña Letizia ha estado a la altura de las responsabilidades que asumió.
Esta aceptación mayoritaria de la Monarquía y de sus representantes -encarnación, en definitiva, de la unidad del Estado- contrasta con los ataques que los símbolos nacionales vienen sufriendo ante la pasividad del Gobierno, y que esta semana tuvieron su corolario en la pitada multitudinaria a los Reyes y al Himno en la final de Copa celebrada el miércoles en Mestalla. Aunque tanto desde el Gobierno como desde el PP se ha tratado de quitar hierro al comportamiento protagonizado por miles de aficionados del Athletic y del Barça calificándolo de «hecho aislado», el grupo municipal popular en el Ayuntamiento de Barcelona anunció ayer que presentará una iniciativa para que el consistorio exprese oficialmente su respeto por el Himno de España. La propuesta también instará a las administraciones catalanas a no otorgar subvenciones a aquellos grupos que promueven «el rechazo a los símbolos oficiales e instituciones de Cataluña y España en los acontecimientos deportivos y en cualquier actividad ciudadana». Se trata de una petición oportuna y coherente que difícilmente prosperará, dada la posición que han venido manteniendo en estos temas los socialistas catalanes, que tienen a ERC como socio de gobierno en la Generalitat.
A las habituales campañas independentistas de partidos radicales se ha sumado ahora una de CiU. Aprovechando la proximidad de las elecciones europeas, esta formación alienta al electorado a participar en los comicios con un juego en el que presenta a Cataluña, País Vasco y Galicia como países «independientes». Con el nombre de El juego de la UE y con un mapa en el que desaparecen de España estas tres comunidades, el partido nacionalista propone una serie de preguntas cuyas respuestas chocan con lo que establece la Constitución. Así, se afirma por ejemplo que las únicas lenguas oficiales de Cataluña son el catalán y el aranés.
En el Debate sobre el estado de la Nación celebrado esta semana, el presidente Zapatero hizo trampa al ensalzar el Estado de las autonomías y contraponerlo al «centralismo» de otras épocas, utilizando esa comparación como coartada para no afrontar el problema de la deriva soberanista que viven algunas comunidades. El debate hoy en España no es entre Estado centralista o autonómico, sino si en algunos territorios se emplea el legítimo autogobierno de forma desleal y en contra de la Constitución. Mientras el Gobierno no abra los ojos a la realidad estaremos lejos de solucionar una situación impensable en cualquier país democrático del mundo.
ENTRE el candidato resplandeciente y la responsabilidad del Comandante en Jefe hay una diferencia colosal, como Barack Obama está constatando día tras día. Su decisión de mantener los tribunales militares extraordinarios de Guantánamo ha sido la más simbólica de las contradicciones que se han visto hasta ahora entre lo que los votantes y admiradores del presidente norteamericano quisieron ver y lo que en realidad éste puede cumplir. Obama tiene en sus manos más capacidad de maniobra que sus predecesores, los demócratas controlan las cámaras y su popularidad sigue en niveles extraordinarios. Si ha dado este paso tan atrevido siendo consciente del perjuicio que acarreará para su imagen, debemos creer que se debe al hecho de que los intereses que asegura defender -la seguridad del país- son aún más importantes. Se supone que cuando un dirigente político toma una decisión tan impopular a sabiendas es porque está muy seguro de que es lo correcto. Y lo que ha descubierto Obama es probablemente que el enjambre jurídico militar del presidio situado en la isla de Cuba es mucho más complejo de lo que sugiere un simple lema electoral, que junto a personas cuya presencia allí no se puede justificar hay otros cuya peligrosidad está fuera de toda duda y que en este caso no sirve el dicho de que un clavo saca a otro clavo. Incluso cuando la Administración norteamericana ha intentado obtener ayuda por parte de los aliados europeos se ha dado cuenta de que la maraña jurídica que aparece ha vuelto a muchos países reticentes, porque nadie quiere vincularse con responsabilidades potencialmente insondables.
El combate de las naciones libres contra enemigos que desconocen deliberadamente las leyes propias y ajenas está sembrado de enormes dificultades, como se ha visto recientemente con el rocambolesco episodio de los piratas que se capturan en las costas de Somalia, pero no por ello debemos olvidar cuáles son los principios que defendemos en esta confrontación. La decisión de aumentar las garantías de los detenidos en Guantánamo parece una opción razonable, teniendo en cuenta que va a ser muy difícil que algo que fue creado para eludir los procedimientos penales ordinarios se pueda convertir en un oasis de legalidad de la noche a la mañana. Pero en todo caso, por un camino o por otro, Obama debe mantener el objetivo de cerrar cuanto antes aquel ignominioso penal.
«La ley del aborto de Zapatero pretende convertir lo excepcional en norma y crear un "derecho a abortar" que sólo significa que el ser humano estará completamente desprotegido durante sus primeras 14 semanas de su vida.»
Los políticos tienen una extraña fijación en lograr la unidad y en evitar en cualquier caso las divisiones. Aparentemente, cuando una propuesta es apoyada por una cierta mayoría de personas, deja de ser necesario analizar su contenido. Unidad se convierte automáticamente en "bueno" y división en "malo". La crisis económica ofrece un ejemplo paradigmático: Zapatero le pide a Rajoy que arrime el hombro y apoye sus planes de gasto público para así lograr la "unidad" frente a la crisis. Poco importa si las propuestas tienen sentido o son un completo disparate, lo esencial es que sean fruto del consenso. Lo mismo parece estar sucediendo con la nueva ley del aborto. El PP acusó inicialmente al Gobierno de abrir debates inútiles que causaban división sólo para encubrir el fiasco de su política económica; ahora Zapatero culpa al PP de promover la división por haber recurrido su proyecto normativo ante el Tribunal Constitucional. La principal crítica que se dirigen ambas formaciones es simplemente que remueven las tranquilas aguas de la sociedad, pero poco o nada entran a reflexionar sobre si la ley es un acierto que protege los derechos de los individuos o, por el contrario, es un fiasco que atenta contra los mismos.
Probablemente el PP se niegue a entrar en ese debate para no parecer que se distancia de ese centro político que espera que le lleve a La Moncloa (es decir, para no "dividir" a sus votantes), mientras que el PSOE rehúye analizar sus huecos planteamientos (como que abortar es lo mismo que someterse a una operación de cirugía estética) precisamente para evitar descubrir cuan vacíos están.
Y sin embargo el debate sobre el contenido de la ley (y no sobre su mayor o menor aceptación social) debería ser el único relevante o, al menos, el más relevante: lo malo no se convierte en bueno por el hecho de que mucha gente así lo quiera.
El problema de la ley del aborto, al margen del discutible encaje que tenga dentro de nuestro ordenamiento jurídico, va más allá del consenso normativo que se haya impuesto en un determinado momento. Su error es anterior y procede del posible conflicto de derechos entre los padres y el nasciturus que la nueva ley tan mal resuelve.
Sentado que el embrión es un ser humano y que, al igual que otros seres humanos tiene un conjunto de derechos entre lo que sobresale el derecho a la vida, la cuestión es hasta qué punto ese derecho a la vida prima sobre otros derechos concurrentes de los padres. La conocida sentencia del Tribunal Constitucional 53/85 trataba de manera bastante acertada este asunto ya que partía de la protección jurídica de la que era merecedor el nasciturus para exceptuarla en una serie de supuestos donde entrara en grave e irresoluble conflicto con otros derechos fundamentales de los progenitores (por ejemplo, el derecho a la vida de la madre). El aborto no se instituía como un derecho, sino como salida excepcional para una serie cerrada de casos.
La ley del aborto de Zapatero pretende convertir lo excepcional en norma y crear un "derecho a abortar" que sólo significa que el ser humano estará completamente desprotegido durante sus primeras 14 semanas de su vida. Los padres quedan absolutamente eximidos por privilegio legal de su responsabilidad sobre el embrión que se derivada precisamente de haberlo concebido. No es libertad lo que grita Zapatero, sino libertinaje: la licencia estatal para violar los derechos ajenos.
Y tal extremo será siempre criticable por mucha división que supuestamente excite. Aunque, a decir verdad, la única división que debería originar es la división entre los defensores de los derechos humanos y los partidarios de su progresiva abolición; una frontera que obviamente querríamos que se extinguiera pero no a costa de que todos se pasen al lado equivocado.
OCURRIÓ hace seis meses, y fuera de Alemania, apenas mereció la atención de unos pocos. A mí, sin embargo, la noticia del cierre definitivo del aeropuerto berlinés de Tempelhof me trajo un ovillo de imágenes descoloridas. Imágenes de otro tiempo, de otro mundo más lejano de lo que miden las cifras de los años. Imágenes de un mundo que ya sólo sobrevive, como algunas civilizaciones extinguidas, en unas pocas fechas, en algunos nombres, en selectivas conmemoraciones oficiales, más propensas al triunfalismo que a la comprensión.
Hoy monumento protegido, Tempelhof, inaugurado en 1923, ampliado en 1934 bajo el desfile de las cruces gamadas, no sólo es el mayor testimonio de la primera arquitectura del régimen nazi. También es un lugar que nos sorprende con el recuerdo de la Guerra Fría y de la incorporación de Alemania al bloque de las democracias occidentales. La hora gloriosa del aeropuerto de Tempelhof llegó cuando Europa entera estaba en ruinas, y Alemania, carcomida de estigmas que no podían ocultarse, era un jirón repartido entre muchos. Fue durante los años que estremecían al escritor Albert Camus porque ya no parecía posible la persuasión, porque el hombre había quedado por entero a merced de la historia y no podía volverse hacia esa parte de sí mismo, tan auténtica como la parte histórica, que recupera la belleza del mundo y de los rostros.
Toda la discordia de los vencedores se concentraba entonces en un Berlín lleno de banderas extranjeras, anclado en medio del ejército rojo. En 1948, la democracia cristiana de Adenauer ganó las elecciones municipales en el Oeste. La respuesta inmediata del zar socialista fue el bloqueo de Berlín: la autopista que salvaba la distancia de la capital al Oeste quedó cerrada y Estados Unidos inició en Tempelhof el primer puente aéreo de la historia, que abasteció a los berlineses durante un año. Fue, sin duda, el momento de mayor tirantez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el aire parecía que estuviera en suspenso. También fue el precedente de la ruptura que dio origen, en 1961, al muro de Berlín: una barrera mortal, abierta en las carnes continentales, un parapeto físico e ideológico que durante largos años representó el esplendor del pánico nuclear, la histeria contra la disidencia y su consecuente acorralamiento, la claudicación moral de muchos y la apoteosis de la sospecha, el posibilismo de los idealistas y la astucia impasible de los espías.
Hay acontecimientos, secundarios en apariencia, que nos hacen recordar que el mundo en el que vivimos no es el mismo que aquel en el que crecimos. El cierre del aeropuerto de Tempelhof y los recientes preparativos alemanes para conmemorar el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín pertenecen a ese tipo de acontecimientos. Ambos son reflejos de pasiones y dogmas, ideales y temores destruidos por el corrosivo ácido del tiempo. Ambos evocan un mundo que nació en 1945, entre los escombros de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y desapareció en 1989, justo después de que soldados incrédulos contemplaran, sin disparar, cómo los más audaces de sus compatriotas se subían al muro prohibido de Berlín.
La Guerra Fría terminó ese jubiloso día de champagne y lágrimas. Hace ya dos décadas. Curiosamente, el futuro más anacrónico, más soñado y más sombríamente fracasado del siglo XX comenzó a hundirse tan sólo un año después de que muriera en Moscú el agente doble más famoso de la centuria: el británico Kim Philby, que combinó el placer de vivir en el mundo libre con la oscura satisfacción de trabajar en secreto para destruirlo. Hoy, los Philby o los personajes de las novelas de Le Carré, nos parecen dinosaurios de un pasado que se ha vuelto mucho más remoto que cualquiera de los futuros de la vieja ciencia ficción. Además, ahora podemos saber que, en realidad, no hubo ningún peligro de guerra mundial. Nada parecido a la delirante agresividad del Tercer Reich o a las exigencias expansionistas del Japón militarizado de los años treinta.
Al final, no hubo apocalipsis. El mundo en peligro, pero estable, de la Guerra Fría, dio paso a un nuevo orden mundial con el solitario Estados Unidos al frente del planeta, un planeta más difícil de entender y controlar.
Hoy ya no hay nada parecido a la amenaza mutua indefinida. Las promesas de apoyo a la democracia tampoco están limitadas por el riesgo de una guerra nuclear o incluso por una confrontación de grandes potencias. Pero el impulso de desarme que marcó los últimos años de la Guerra Fría ha perdido toda su fuerza. Francia, Gran Bretaña, China, India o Pakistán ya demostraron en su día que los secretos nucleares son los peores guardados. Hoy, el alivio con que asistíamos a las cumbres donde las dos grandes superpotencias negociaban un tímido desarme, se ha convertido en un suspiro de preocupación ante la continuidad de la carrera nuclear en otras manos y en otras decisiones. La apuesta desafiante de Irán y Corea del Norte o el destino de las bombas paquistaníes en un eventual desmoronamiento del Estado produce escalofríos en Washington y en cualquier gobierno responsable de Europa.
Los problemas actuales son inquietantes. Y aún más inquietante me parece el convencimiento de que el pasado no tiene nada de interés que enseñarnos; la inclinación a negar cualquier lección de la historia reciente y proclamar que todo lo que tenemos que aprender del pasado consiste en no repetirlo.
La Guerra Fría se libró en muchos frentes, no todos geográficos, y uno de ellos, probablemente el menos cinematográfico, el menos novelístico, fue el de las palabras. A este respecto, puede enseñarnos algo sobre las imposturas ideológicas, pues la batalla dialéctica entre el Este totalitario y el Oeste democrático privó a muchos de libertad de juicio, incluso les impidió ver y hablar con claridad. Si la izquierda americana, en palabras de Orson Wells, traicionó sus ideales para salvar sus piscinas, parte de la europea hizo algo aún peor: renunciar a la verdad, afirmar que la verdad sólo debe decirse en ciertos momentos, y a ciertas personas, y a causa de ciertos motivos.
¿Acaso no vemos hoy parecidos ejercicios de impostura, de cinismo? ¿Acaso los liberales estadounidenses no cubrieron con una hoja de parra ética las brutales políticas de Bush? ¿Acaso parte de la inteligencia europea, tan sensible ante Guantánamo o a las opiniones del Papa, no cierra los ojos, por ejemplo, ante la aterradora tiranía del régimen iraní, una jaula fanatizada por el integrismo religioso?
Tempelhof es un resto arqueológico de la Guerra Fría, un mundo ajeno al nuestro, condenado a las conmemoraciones y las efemérides, un mundo, hoy por hoy, desaparecido. De ese mundo, sin embargo, nos quedan algunas lecciones valiosas, poco regocijantes, lecciones que hemos olvidado o aún no hemos sido capaces de aprender: a saber, que lo más alarmante no son los discursos solemnes de los fanáticos ni el temible poder de los tenaces inquisidores, sino la doble moral de quienes deben constituir el más firme apoyo de la libertad, el desprecio de la inteligencia, la falta de interés por contar la verdad, la renuncia a ver lo que sí se ve.
Examen de castellano: “La conselleria d`Educació ha evaluado esta semana a 60.000 alumnos. Me ha sorprendido el nivel tan bajo de exigencia de la prueba de castellano. Mientras en la prueba de catalán el texto principal era un escrito de 230 palabras dotado de cierta complejidad, el de castellano era de apenas 100 palabras, una simple carátula de una película de Harry Potter, mucho más sencillo y las preguntas tan obvias que rozaban el ridículo. Tanto en selectividad como en evaluación de competencias, siempre la Generalitat suele poner pruebas de castellano extremadamente fáciles. Supongo que para que las notas salgan altas y poder tapar deficiencias en la enseñanza de castellano en las escuelas”
(Carta escrita por un lector J.A. en el diario La Vanguardia con fecha 11-5-09) Últimamente no resulta extraño encontrar comentarios escritos y hablados en los diferentes medios sobre el bajo nivel de la enseñanza del castellano en Cataluña, además del reducido número de horas dedicado a la lengua española. La gente parece que está perdiendo el miedo a lo que hace muy poco tiempo era un tema tabú lleno de suspicacias y temores a señalarse y quedar marcado como disidente en esta sociedad de la hipocresía el disimulo y las buenas maneras. Hay quien dice que el nivel de castellano en muchas aulas catalanas no es tal nivel, directamente no existe, que los exámenes de castellano se falsean para poder dar legalmente unas notas altas y de esa manera poder afirmar, por boca de los políticos nacionalistas, que no existe ningún problema con el castellano en Cataluña. Que el nivel, las notas, es equiparable al resto de España.
Parece ser que la idea que tienen los dirigentes cuatribarrados sobre el asunto lingüístico es bien simple. Se estudiaran dos lenguas extranjeras, inglés y castellano, y la nostra llengua nacional, madre de todas las lenguas que existen y existirán, como lengua vehicular cuya sagrada misión es la de guiar al tierno infante, e infanta, por la senda de la identificación de Catalunya como madre y Señora de nuestro glorioso destino universal. El inglés como lengua del conocimiento científico, y demás saberes propios de estos tiempos (de momento hasta que la nostra llengua de el salto internacional que por meritos propios se merece,) será la segunda lengua de la nación. El castellano tiene como fin último su desaparición. Mientras llega ese venturoso día la misión de todo buen dirigente cuatribarrado, que se precie, es profundizar los surcos iniciados por El Gran Honorable , como aperador y manigero de gañanes, jornaleros y veladores de mulos, todos ellos políticos nacionalistas activos y en la reserva, en la sublime tarea de roturar el campo de la disidencia política nacionalista frente al enemigo secular.
Para hacer desaparecer el castellano de nuestro amado país, un primer paso es minimizar los contenidos, hasta hacer que el idioma sea inviable por poco operativo, limitar el vocabulario en castellano de los escolares hasta mínimos residuales, expulsar el idioma de Cervantes del ámbito académico y que el castellano sólo puedan aprenderlo los chicos en la calle y en la televisión. Aquí también hay que promulgar una nueva ley para que la televisión del Estado no pueda colonizarnos. Hay que promocionar como profesores de castellano a los maestros menos brillantes y menos trabajadores haciéndoles creer que las notas son conceptos absolutos de validez universal y el relativismo de las mismas es una teoría asociada a la velocidad de la luz. Así, por ejemplo, un sobresaliente en castellano, otorgado, ganado por un alumno de Santa Coloma, en un colegio donde solamente se estudia una hora mensual dicho idioma, tiene el mismo valor que el equivalente en un colegio de Salamanca donde gran parte de la enseñanza tiene su asiento en castellano. En cualquier examen, exceptuando el de conciencia, consideración atenta de la propia conducta con arreglo al código moral, el éxito en las respuestas a nuestras preguntas es claro indicio de nuestros aciertos docente y examinador. Debe ser el lema del otorgador de notas del régimen cuatribarrado.
Hacer invisible cualquier idioma, el castellano en nuestro caso, resulta tarea fácil en estos tiempos de control de la información y de falta de transparencia, sin necesidad de recurrir a la teoría de la invisibilidad desarrollada en su día por John Pendry, profesor de Física del estado sólido en Oxford, ni a la famosa novela de H.G.Wells “El hombre invisible”. Utilizando un metamaterial que cubra el objeto como un manto, aislándolo por completo de la corriente de la luz, según Pendry, el objeto se vuelve invisible. De esa manera, el observador no vería el objeto aunque el objeto siguiera allí. Esta teoría compleja, cuando se formuló había desafiado las convenciones sobre el tema admitidas hasta el momento. El punto clave del asunto está en la creación del metamaterial. En el caso del radar, por ejemplo, es de aplicación conocida el metamaterial adecuado capaz de hacer invisibles al ojo tridimensional del radar determinados aviones de combate. Pues bien, nosotros los patriotas cuatribarrados hemos desarrollado un metamaterial psicológico a base de patriotismo, fanatismo y aromas de Montserrat sazonado, este coctel, con unas gotas de Jansenismo. Lo que da lugar a un movimiento teológico-político heterodoxo que exagerando las doctrinas de San Agustín sobre el pecado original, la Libertad y la Gracia, permite, de rebote, hacer invisible para el ojo miope catalanista un idioma universal como es el español.
El conseller d`Educació, Ernest Maragall, hace muy pocos días, en una de sus rutinarias visitas a un centro de enseñanza media de Cornellà, antiguo lugar de trabajo del diputado Tardà, se mostró entusiasmado leyendo algunos exámenes de castellano de nuestros alumnos mejor valorados, matriculas y sobresalientes, del grupo nocturno. Le llamó particularmente la atención un trabajo firmado con el seudónimo Charlie Gordon (personaje de la novela de Daniel Keyes “Flores para Algernon”) que reproducimos a continuación, para que el lector atento pueda hacerse una idea, aunque sea somera, del altísimo grado de dominio del castellano mostrado por Charlie.
“El dotor Estraus dise que debo escrebir lo que yo pienso y todas las cosas que a mi me pasan desde aora . No se porque pero el dise que es mui inportante para que ellos puedan ber si ellos pueden usarme a mi. Espero que ellos puedan usarme a mi pues la sellonra Kinnian dise que ellos quisa pueden aserme listo.Yo quiero ser listo. Me yamo Charlie Gordon y tabajo en la panaderia Donner. El señor Donner me da 11 dolares por semana y pan y pasteliyos si quiero. Tengo 32 años y mi cumpleaños es el mes prosimo . Le he dicho al dotor Estraus y al profesor Nemur que no se bien escrebi pero dise que no inporta que debo escrebir igual que ablo y como escrebo las conposisiones en la clase de la seyora Kinnian en la clase de adultos adelantados del colegio Bikman donde boi tre bezes por semana en mis oras libres. El dotor Estraus dice que escreba mucho todo lo que yo pienso y todo lo que me pasa pero yo no puedo pensar mas porque no tengo nada mas para escrebir y asi termino por oi ….su afetisimo Charlie Gordon.”
El máximo responsable de Deportes del Gobierno, es decir, Zapatero, no ha dicho una palabra aún del escándalo de Mestalla. A pesar de la gravedad de lo sucedido. Ni una condena ni una propuesta de sanciones para evitar futuros incidentes. Seguramente, porque también el himno nacional y la Monarquía le parecen conceptos discutidos y discutibles y, por lo tanto, sujetos a la libertad de expresión. Que es lo que han dicho la mayor parte de los nacionalistas y una buena parte de la izquierda, que se trata de la libertad de expresión.
Precisamente porque todos estos sectores, con el presidente del Gobierno a la cabeza, piensan que las pitadas al Rey y a los símbolos nacionales son libertad de expresión, ha ocurrido lo que ha ocurrido. Nada se hizo jamás para atajar esos comportamientos. De la misma forma que sí se ha hecho para cortar de raíz cualquier tipo de expresión racista o para impedir el uso de simbología nazi. Y a ver quién se atreve. No recuerdo a ningún respetable demócrata español defendiendo la idea de que los insultos o las pitadas a los jugadores negros entran dentro de la libertad de expresión. Tampoco me viene a la memoria ningún representante del progresismo sugiriendo la importancia de entender las causas de los insultos racistas.
Lo que sí recuerdo es a una representante del PC francés pidiendo que se entendieran las razones de la pitada a La Marsellesa en el Francia-Túnez de hace unos meses. Y a algunos socialistas que criticaban la propuesta de Sarkozy de suspender los partidos si las pitadas se repetían. Tampoco en Francia han encontrado una buena solución al problema. Pero sí lo han catalogado como problema. Comparable para muchos, empezando por el propio presidente, con cualquier otro acto de intolerancia. Aquí ni siquiera existe el problema. No para el ministro de Deportes, al menos.
«Es un error pensar que la economía acabará con Zapatero. El PP puede convertirse en un partido que se pase la legislatura esperando nada.»
Gran polémica nacional-deportiva. Dice la vicepresidenta Fernández que no hay que mezclar política y deporte. Sucede que el partido de dos de sus ministros, de la vicepresidenta del Congreso, la entrañable y prescindible Tere Cunillera, y de porrones y porrones de secretarios de estado y directores generales, empezando por la maravillosa Maravillas Rojo, subvenciona una idea independentista que todos los partidos nacionalistas han aceptado y que es la de las selecciones deportivas propias distintas de las españolas. Y como no hay que mezclar deporte y política, el socialismo abona a los promotores de tal idea un arrendamiento millonario en el paseo de Gracia. Pero de esto ni habla el líder del PP, ni la presidenta del partido en Cataluña le insta, le exige o le emplaza a que lo haga, en su tono habitual, tan vehemente; y no digo yo que no obtuvieran rédito de una puyita bien puesta, aunque sólo fuera porque Zapatero se ha nombrado ministro de Deportes. A ver, Maite, no se nos ande por las ramas, ¿o ya no dice nada usted del PP de Cataluña después de la campaña contra la Ley de Educación? Pues sí, y me parece muy bien; un poco pasada de rosca, en mi opinión, pero no está mal. Lo único, que no me lo creo. De hecho, su presidenta sigue ofreciendo un pacto a los convergentes a cambio de nada, es decir, quiere rendirse a uno de los principales autores de la ley. Con lo que, llegado el momento, si la presidenta y Mariano tienen que decidir entre pactar con CiU o seguir por la buena senda, elegirán pactar con CiU, porque una cosa y otra son incompatibles. Además, la señora presidenta en lugar de afear la conducta a su presidente y líder máximo por no decir nada de la ley de educación en el Debate sobre el estado de la Nación –cuando es una cuestión clave del estado de la nación–, vuelve a la simpleza propia de los nacionalistas de reprochar a los veinticinco diputados del PSC que no exijan a Zapatero que cumpla con Cataluña; traducido, significa que el PP de Cataluña tiene en materia de financiación el mismo discurso que el resto de los partidos nacionalistas. Pura comedia.
Definitivamente, esta semana Rajoy se ha caído con todo el equipo (expresión que ahora está muy de moda). Ni siquiera en materia económica, que es donde el PP se ha centrado obviando otras cuestiones espinosas, fue capaz Rajoy de ganarle la partida a Zapatero. Excepto el propio interesado, los asesores del interesado y la prensa afín al interesado, el que menos considera que Rajoy perdió una oportunidad. Yo creo que el motivo principal de la tibieza del discurso del líder de la oposición hay que buscarlo en el miedo pavoroso que tiene a las posibles respuestas del presidente. Para cualquier cuestión que tenga que ver con el nacionalismo catalán, Zapatero acusará al PP de anticatalán y de utilizar a Cataluña para ganar votos en el resto de España. Y Rajoy, en lugar de preparar una respuesta que en el Congreso sólo se atreve a dar Rosa Díez, decide que su camino no pasa por ahí. Y si le dice algo de los derechos sociales y del despido libre, se le cuelga el sistema.
Es un error fiarlo todo a una victoria en las europeas, aunque sea mínima, porque no va a provocar que se convoquen elecciones anticipadas. Igualmente, es un error pensar que la economía acabará con Zapatero. El PP puede convertirse en un partido que se pase la legislatura esperando nada.
EN su magnífica biografía de Belmonte -felizmente reeditada- Manuel Chaves Nogales cuenta como, cuando el torero regresó a Sevilla tras dejar boquiabiertos a los mejicanos, un inmenso gentío se arracimaba a pie de tren para acompañarle hasta su casa. Al llegar a la iglesia de Santa Ana, la multitud intentó requisar las andas de la Virgen y llevar en procesión al trianero por las calles del barrio. El sacristán, impotente, llamó en su auxilio al cura párroco que, inflamado de ira -de santa ira, claro-, consiguió repeler al hato de exaltados amenazándoles con las penas del Infierno y con la Guardia Civil, un Purgatorio laico. Ya fuese por temor a la justicia secular o al ajuste de cuentas milenario, la tormenta escampó y el templo quedó en calma. El sufrido sacerdote, sin embargo, no lograba dar crédito a la monumental barrabasada: «¡Idólatras! ¡Sacrílegos! ¡Belmonte sacado en andas! ¡Qué bárbaros, Señor, qué bárbaros!». Pero, luego, echó la pata alante y abrió el compás del alma: «¡Si hubiera sido Joselito, aún tendría un pase...!». Hilvanar a Rajoy -el Gallego Pasmado- con el maestro Juan Belmonte -el Pasmo de Triana- solo es posible en mayo y en Madrid, donde el que no consigue tocar pelo abandona la plaza hecho un pelanas. El caso es que la afición, el pasado martes, se hallaba tan propensa al entusiasmo que habría ido a Jesús (al de Medinaceli, que está a un paso) a buscar, si no unas andas, unas modestas angarillas, un escabel, una peana, en la que pasear al líder del PP Recoletos arriba, entre vivas y bravos. Don Mariano, conforme a lo previsto, tenía que dar el do de pecho y salir a hombros en lugar de a gatas. Porque llegó al Congreso llevando en la fiambrera dos orejas y un rabo y se marchó menos airoso que fiambre. Si bien es cierto que no hay nada más duro que lidiar con alimañas, también es indudable que jamás de los jamases estuvo tan barato abrir la puerta grande.
Parar, mandar y templar. Ése, según las voces ancestrales, es el misterio trinitario de la tauromaquia. ¿Paró Rajoy? Tanto, que estuvo extático. ¿Mandó? Periodistas a la calle. ¿Templó? No ha nacido aquel que mejor temple gaitas. En cuanto a la faena en sí, el diestro pecó de torpe y timorato. Por no citar de frente metió pico a destajo y es que, a decir verdad, con el pico no es manco. Escurrió el bulto, también, en los lances morales -los más expuestos siempre y los más apretados- y no midió al morlaco por el pitón lingüístico, ante la compresible decepción del respetable. Todo se quedó, pues, en tenues derechazos, aspavientos de alivio y ayudados por alto. Nunca logró humillar a su enemigo, llevarle a su terreno y medir las distancias. Éste, por contra, a punto estuvo de engancharle en un par de derrotes venenosos y agrios. Total, que sonaron tres avisos, el marrajo, avisado, fue devuelto a corrales sin catar la espada y los pañuelos, en vez de vibrar de júbilo, enjugaron las lágrimas.
Ahora habrá que esperar a los comicios europeos a fin de que Mariano se gane el privilegio de ser llevado en andas. ¿En andas? En silla gestatoria es lo apropiado. Y ya se encargará Jorge Fernández-Díaz de que se la presten en el Vaticano. No fuera a ser que un párroco en puntas objetase lo mismo que el de Santa Ana. «¡Heresiarcas! ¡Ateos! ¡Rajoy sacado en andas! ¡Qué barbarie, Dios mío, qué barbarie! Todavía si se tratase de Esperanza...».
Se opinaba en Londres que Sir Reginald Harrod-Leroy –sobrino nieto del fundador de los célebres almacenes– era el individuo más pelmazo del Imperio británico. Su club, el «Brooks & Woodles», se vaciaba de socios aterrorizados cuando Sir Reginald alcanzaba los dominios del bar. Una tarde, en la que engañó a un grupo de socios jóvenes y poco informados y pudo contarles una serie de chistes, el más débil de ellos, John Fitzgerald, hubo de ser hospitalizado. Sir Winston Churchill se preparaba para afrontar unas elecciones y recibió una carta de Sir Reginald. «Me pongo a su entera disposición y puede contar con mi desinteresado apoyo». Churchill permaneció en cama durante dos días y le envió la respuesta. «Le ruego apoye a mi adversario, que lo necesita más». Sucede con los apoyos. Uno se presenta a cualquier tipo de elecciones, y proliferan los apoyos inesperados. Zapatero no es gafe para sí mismo, pero sí para quienes apoya. Schröeder ha desaparecido del mapa y Ségolène Royal aún se pregunta por las causas de su descalabro electoral. En España, con las elecciones europeas a la vuelta de la esquina, los apoyos han salido de sus guaridas y pululan por todas partes causando hondos quebrantos. Rosa Díez es víctima de uno de ellos. Con toda seguridad, del más peligroso, equiparable a Sir Reginald, si bien Rosa Díez no tiene ni el diez por ciento del cerebro de Churchill, y puede terminar devorada por su apoyo.
Ya he escrito lo que para mí significa Rosa Díez. Una mujer valiente y admirable en un tramo de su vida, y escasamente ejemplar en otro, aquel en el que gozó del poder político como Consejera del Gobierno vasco. Lo repito. Se empecinó en meter en la cárcel a uno de los españoles más admirados y queridos de los siglos XX y XXI. Antonio Mingote. Y repito, pues lo escribí pocas semanas atrás, que Rosa Díez es algo porque cuenta con el apoyo de un gran grupo de comunicación y ha encandilado a los salones más esnobs de ese Madrid rico y desnortado que tan magistralmente retrató Francisco Umbral. Su orden de no votar a Arantza Quiroga para la presidencia del Parlamento vasco demuestra su excesiva frivolidad, cuando no otras cosas.
Pero no merece este palo. Rosa Díez no es lo que muchos creen, ni tan coherente como algunos estiman y airean ni tan transparente como los esnobs millonarios de los altos salones progres presumen. Es una buena persona, y ahí nada que oponer. Y una buena persona no merece el advenimiento atroz de una pesadilla en forma de apoyo. En el semanario «Tiempo», que ha rescatado de la agonía Jesús Rivasés, he leído la espeluznante tragedia que se ha producido en las afanosas filas de Rosa Díez. A la comida-coloquio que ofreció Rosa Díez a sus simpatizantes acudió Ramón Calderón. Pero no es ésta la tragedia. Lo malo es que estuvo también Massiel. Massiel apoya a Rosa Díez, y esa situación no puede ser analizada desde la serenidad. La cantante que ganó «Eurovisión» porque Franco y Rosón estuvieron detrás del «Coro La, la, la» se quedó hasta el final de la cena y aplaudió con frenesí las palabras de Rosa. Massiel ha ofrecido a Rosa Díez su apoyo. En Europa aún no se sabe, pero el estupor está asegurado.
EL adelgazamiento ideológico de los partidos políticos, algunos al borde de la anorexia, les ha complicado la vida a sus militantes. Especialmente a quienes no se afiliaron para medrar, sino para mejor ejercer su condición ciudadana. El relativismo y la componenda, dos de las grandes enfermedades éticas contemporáneas, invitan a los partidos a someterlo todo, hasta sus fundamentos básicos, a la potencialidad electoral y, de ese modo, van perdiendo fuerza y, sobre todo, respeto. Si a ello se le añade un sistema electoral con listas cerradas y bloqueadas, en las que el capricho de las cúpulas es más determinante que el mérito de las personas, se habrá cerrado un círculo perverso que, de manera ascendente, atenta contra el individuo, contra el propio partido, contra la sociedad toda y termina por corromper y dañar la salud ética de la Nación y la fuerza del Estado. Tenemos a la vista un proyecto de Ley, de apariencia oportunista, promovido por el Gobierno para el halago de una minoría y la distracción de la mayoría de los problemas fundamentales que nos afligen, la nueva Ley del Aborto. Sin entrar en el fondo de la cuestión, la valoración del proyecto obedece más a los principios morales de cada cual que a sus intenciones de voto o militancia partidistas. A pesar de ello, el portavoz del PSOE en el Congreso, José Antonio Alonso, ha anunciado que, para la que Ley salga adelante, el PSOE «va a mantener la disciplina de voto».
Aunque, como decía Jacinto Benavente, lo malo de la conciencia es que suele estar cortada a la medida, lo que plantea el PSOE desborda los supuestos de la disciplina en un partido político para, al más viejo modo totalitario -¿no habíamos quedado en que «socialismo es libertad»?-, anula al individuo y le somete al interés del jefe de grupo. Así se traspasa la distancia que va de un partido a un rebaño. Algo que, además de ser anticonstitucional, resulta indigno de quienes suelen usar, para el prestigio propio y la descalificación ajena, la palabra libertad. Se supone que el PSOE alberga en sus muy pobladas filas a gentes de la más diversa procedencia cultural y moral. Habrá entre ellos creyentes e incrédulos y muchos entenderán la nueva Ley del Aborto como contraria al Derecho Natural y al buen sentido. Aún así deben votar con el Gobierno. Zapatero, más que un líder, es un pastor. ¿Quién será su perro preferido?
La nueva ley busca la máxima informacióny asesoramiento para la decisión de la mujer
Les ha faltado tiempo a quienes se oponen a la despenalización del aborto por motivos ideológicos o religiosos, así como al PP, que ha anunciado un recurso de inconstitucionalidad, para lanzar sus dardos contra el proyecto de reforma de la ley que lo regula aprobado el jueves por el Gobierno. Y, sin embargo, todo su articulado tiende a crear las condiciones legales y sanitarias para que la siempre traumática decisión de abortar se haga con la máxima responsabilidad, disponiendo la mujer de información y asesoramiento suficientes para seguir adelante o para reconsiderar su decisión y volverse atrás. Es difícil reconocer al Estado legitimidad para resolver el problema desde la legalidad si el aborto se contempla sólo como una cuestión de ideología o creencia, y no como un problema de libertad personal, que incide en la salud de la mujer y tiene una honda repercusión social. Es la posición de la Iglesia y de los llamados grupos provida. Su actitud es admisible como pauta de conducta propia, pero rechazable si pretende imponerse al resto de la sociedad e incluso al propio Estado.
El PP insiste en que no hay demanda social para una ley como la aprobada ayer. Pero es el mismo partido que, a raíz del escándalo de las clínicas del doctor Morín, en Barcelona, y del acoso judicial por parte de grupos provida a algunas clínicas que realizan abortos en Madrid, mantuvo la tesis de que la actual ley, vigente desde el año 1985, es un coladero. Si lo es, será porque es demasiado estrecha para recoger la realidad social; luego era necesaria una nueva regulación que diera salida a la demanda social del modo jurídicamente más seguro para la mujer y los médicos.
Más fundada es la crítica del PP al insuficiente consenso. Pero es una singularidad de la España democrática que las leyes modernizadoras en materia de moral y costumbres sean iniciativa de la izquierda y que la derecha política se oponga por principio, aunque luego termine por aceptarlas. El proyecto está en línea con las leyes vigentes en 20 países de la UE con Gobiernos de diverso signo.
Combina la nueva propuesta el aborto libre hasta las primeras 14 semanas de embarazo con el sistema de indicaciones por riesgo para la vida de la madre y por anomalías fetales hasta la semana 22ª, e incluso después en determinados supuestos, con la aprobación de un comité médico. Hay aspectos que deberán precisarse más. Que las menores de 16 y 17 años decidan (tengan la última palabra) sobre su embarazo no es incompatible con que se propicie la colaboración de los padres y el apoyo familiar.
A diferencia de la ley vigente, despenalizadora, la nueva aborda el problema del aborto en su integridad: no tanto en el marco del Código Penal como en el preventivo de una Ley de Salud Sexual y Reproductiva. Y reconoce por fin que es la mujer, y nadie más, quien debe decidir sobre algo tan íntimo como su embarazo. Sin tutelaje de terceros, pero con toda la ayuda y asistencia necesarias.
FUE una provocación españolista. La culpa del bochorno de Mestalla la tiene en primera instancia la Federación Española por su anacrónico empeño de hacer sonar el himno nacional en lugar y momento tan impropios, y en segundo lugar el Rey Juan Carlos por no abdicar, ya que no del trono, al menos de su insostenible privilegio de presidir la final de la Copa que inexplicablemente lleva aún su nombre. Ante tan retadora arrogancia del nacionalismo español, las criaturitas allí llegadas desde el País Vasco y Cataluña no tuvieron más remedio que expresar su pacífica protesta en forma de abucheo, el modo más civilizado de hacerse oír que tenían a mano. Podían haber destrozado el estadio, lanzado objetos o quemado bengalas al uso tribal de cualquier afición futbolera, pero se limitaron a manifestar su ruidoso descontento ante la desconsiderada agresión a sus sentimientos identitarios. Fue una protesta sensata e irreprochable que muestra la diferencia de talante entre los ciudadanos de las nacionalidades oprimidas y la prepotencia hegemónica de las instituciones del Estado. Si al lector le ha parecido este párrafo una ironía -que lo es- sepa que constituye el núcleo argumental exculpatorio de buena parte de la opinión nacionalista, incluso de cierto sector de medios que ha calificado de «ejemplar» el comportamiento del público de la final por el simple hecho de que, hermanado en el repudio de los símbolos españoles, no mostró la tradicional animadversión banderiza entre las hinchadas contendientes. Antes al contrario, simpatizaron la una con la otra en la solidaridad victimista ante el común opresor que organizaba el partido, dedicándose entre sí efusivas muestras de un amistoso respeto que excluía al mayoritario resto de conciudadanos que se sienten representados por su monarca y su himno, y que no encontraron un ápice de amparo, ni previo ni ulterior, de los directivos de los clubes finalistas ni de los dirigentes políticos de sus respectivas comunidades.
Más bien al contrario. Tanto los presidentes del Athlétic y del Barça como los de los gobiernos catalán y vasco -el molt honorable Montilla y el lendakari López, ambos de miembros un sedicente partido nacional español-, así como los responsables de las diversas formaciones nacionalistas, tenían pleno conocimiento de la minuciosa preparación de la algarada y del reparto masivo de silbatos que no eran para reprobar al árbitro. De sus bocas no salió en las vísperas del encuentro una palabra de temple, ni una petición de respeto, ni una declaración integradora. Y con posterioridad a los hechos, se desmarcaron más o menos vergonzantemente de condenarlos y los minimizaron cuando no se sumaron al elogio de la supuesta ejemplaridad de las aficiones. El cliente siempre tiene razón. Y esos chicos tan majos y ejemplares no se merecían una provocación de ese jaez en fecha tan señalada.