jueves, 18 de febrero de 2010

La nostalgia franquista de Zapatero. Por José García Domínguez

"De lo que no se puede hablar, más vale no decir nada". Suprema razón de que aprovechara su minuto de gloria en todos los telediarios para denunciar no sé qué del devengo de impuestos y tasas en las facturas de comercios al por menor y ultramarinos.

En alguna parte le he leído a Indro Montanelli que el Caudillo guardaba dos montones de carpetas sobre la mesa de su despacho en El Pardo. Según su acreditado testimonio, una de aquellas montañas de papel la integraban los asuntos que el tiempo se encargaría de resolver por sí solo. A su vez, la otra agrupaba los expedientes que, laborioso, el mismo tiempo había resuelto ya. Por lo visto, el Generalísimo se limitaba a mover las carpetas de un montón a su gemelo a medida que iban pasando los años y era informado por sus propios de la feliz solución de todos aquellos tediosos incordios patrios. E se non è vero, e ben trovato, que diría el otro.

Un sucedido, ése, llamado a corroborar que Franco, siendo muy franquista, era todavía mucho más español, sin embargo. Pues encierra la respuesta a esa incógnita nada baladí que acaba de plantear Zapatero desde la tribuna del Congreso. A saber, si la estructura y rigidez de nuestro mercado de trabajo resultan ser tan disfuncionales y hasta aberrantes ¿cómo es posible que ningún Gobierno lo haya alterado en nada sustancial a lo largo del último cuarto de siglo? Venga, átenme esa mosca por el rabo. En fin, aventajado discípulo de Napoleón, que siempre aconsejaba crear un comité si se pretendía que cualquier problema no se resolviera jamás, el presidente acaba de anunciar la preceptiva comisión que habrá de tratar, entre otros, de ese asunto.


Por su parte, Rajoy, además del Marca parece que ahora también lee a Wittgenstein. Como que se ha tomado a pecho la más célebre máxima del Tractatus: "De lo que no se puede hablar, más vale no decir nada". Suprema razón de que aprovechara su minuto de gloria en todos los telediarios para denunciar no sé qué del devengo de impuestos y tasas en las facturas de comercios al por menor y ultramarinos. Que de lo otro, tiempo habrá de hablar. He ahí, pues, la gran enmienda a la totalidad económica, ideológica, política y cultural que representa don Mariano al tedioso, rutinario y cansino ir tirando de Zapatero. Por cierto, las decenas, cientos de carpetas que debe guardar amontonadas ahora mismo en su despacho de La Moncloa. Y aún se creerá antifranquista, el pobre.

Libertad Digital - Opinión

Debate con papeles cambiados

COMO es notorio, la crisis económica no se soluciona con un debate en el Congreso de los Diputados.Sin embargo, la opinión pública ha percibido con claridad que la respuesta de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy ante el gran desafío que afecta directamente al futuro de los españoles se plantea en términos muy diferentes. El presidente del Gobierno sigue empeñado en esperar que los problemas se arreglen por sí mismos y carece de un programa coherente para afrontar una crisis que hace saltar todas las alarmas. La propuesta de crear una gran comisión negociadora es sencillamente absurda, porque todo el mundo sabe que es una forma de huir hacia delante y que sólo sirve para eludir la responsabilidad de un Ejecutivo dispuesto a ejercer como «oposición» al PP con fines puramente electoralistas. En cambio, Rajoy ofreció ayer la mejor versión de un líder dispuesto a afrontar en serio los problemas que preocupan a los ciudadanos y dejó muy claro que sólo los sectarios incorregibles pueden reprocharle la falta de propuestas concretas para suplir la incapacidad de un Gobierno superado por las circunstancias.

Rodríguez Zapatero intenta marear la perdiz cuando reprocha al PP que no se atreva a presentar una moción de censura, porque él mismo no está dispuesto a plantear a la Cámara una cuestión de confianza. El único objetivo es ganar tiempo a ver qué pasa, como si la crisis se fuera a arreglar por sí sola. Es evidente que el PSOE plantea una maniobra partidista con la propuesta de cuatro pactos formulada en términos que inducen a pensar que se trata de ganar apoyos para la Ley de Economía Sostenible, un conjunto de ocurrencias incongruentes que demuestran la falta de un plan efectivo. La contundencia de Rajoy puso de relieve la pasividad del Gobierno, que también fue objeto de críticas muy fundadas por parte de los demás grupos, incluidos sus socios para la aprobación de los presupuestos o para salir del paso en algunas escaramuzas parlamentarias. Rodríguez Zapatero debe gobernar y no buscar ventajas en una crítica permanente hacia la oposición, mediante la falacia de transferir al PP las responsabilidades que incumben en exclusiva al Gobierno. El debate de ayer puso de relieve que el proyecto político del PSOE está agotado antes de llegar a la mitad de la legislatura y, en estas condiciones, hay motivos muy serios para temer que la crisis se instale de forma permanente en la economía española.

ABC - Editorial

El calvario de Zapatero se alivió en el debate de ayer. Por Antonio Casado

Enésimo debate sobre la crisis económica. Vamos por la docena, si no me fallan las cuentas. Éste colgaba de una percha: los llamamientos al Pacto de Estado exigido por una situación de emergencia nacional. Por ahí pasaron todas las intervenciones de ayer. Sin resultados concretos, más allá de la comisión delegada de Zapatero, pero sin Zapatero, para intentar acuerdos de actuación conjunta en los dos próximos meses. O sea, que volvimos a ver al Zapatero voluntarista que parece una fábrica de anuncios.

En cuanto a Rajoy, también más de lo mismo. Agorero, pesimista y siempre negativo, nunca positivo, aunque en su primera intervención estuvo políticamente muy eficaz. Más que en la segunda. Era su gran ocasión después de haberse escenificado algo parecido al hundimiento del Gobierno por bancarrota de la economía nacional. Zapatero estaba en las últimas y todo el mundo miraba hacia el presidente del PP para saber cómo iba a reaccionar el aspirante, el líder de la oposición, el gobernante alternativo ¿Y qué propuso Rajoy? Que el Gobierno haga la política económica al dictado del PP. Y si no, que los socialistas echen a Zapatero. Insólito ¿A qué genio extraviado se le habrá ocurrido semejante chiste? Con ese tipo de propuestas, lo único que consigue Rajoy es darle oxígeno a Zapatero que, a su vez, se ha envuelto en la bandera del pacto para dejar solo a Rajoy, O al menos, para que lo parezca. Ayer vimos a un Zapatero aparentemente menos acorralado y menos a la defensiva que en los anteriores debates sobre la crisis.


¿Qué ha cambiado? Mejores datos sobre la situación económica (menos malos, por ser precisos) y la predisposición de terceros a echar una mano. Zapatero sigue estando solo frente al PP pero ya no lo está tanto ante el resto de los grupos políticos, que ayer le compraron su oferta de pacto. La puesta en circulación de iniciativas favorables a un pacto de Estado, formuladas primero por CiU y después por el mismísimo Rey de España, han aliviado el calvario de Zapatero. En cambio la posición de Rajoy se ha hecho más incómoda, a mi juicio.



El tiempo juega en contra de Rajoy



Aunque fuese con la boca pequeña, Rajoy no tuvo más remedio que manifestar su disposición a participar en la ronda de contactos convocada por los socialistas. Sin embargo, la idea del Pacto de Estado como resorte político para sacar al país del agujero ni siquiera figura entre las tres soluciones propuestas por el líder del PP. A saber: que el Gobierno rectifique su política económica, que Zapatero convoque elecciones anticipadas o que los socialistas ajusticien políticamente a Zapatero y lo sustituyan por otro, o por otra, aún sin terminar la Legislatura.



El debate de ayer fue el de mayor carga política de los celebrados hasta ahora para tratar de la crisis económica. Basta contar el número de alusiones a la moción de censura y a la convocatoria anticipada de elecciones, como herramientas constitucionales para revisar el mandato de las urnas antes de agotarse la Legislatura. La primera, a disposición de Rajoy y la segunda a disposición de Zapatero. Pero ninguno quiere utilizar su respectiva baza para desbloquear la situación. A Rajoy le faltan diputados y a Zapatero le faltan votantes.



Y ahí estamos. El tiempo empieza a jugar en contra de Rajoy y a favor de Zapatero, si tenemos en cuenta que ambos están haciendo política mirando al calendario. Éste apuesta por una recuperación de la economía previa al agotamiento de la Legislatura. Y Rajoy confía en que la fecha de las elecciones se nos eche encima antes de salir del agujero. Y es el caso que el éxito obtenido en la última emisión de deuda del Estado (15.000 millones de euros a 15 años), así como las menos malas noticias recientes en crecimiento, inversión, consumo, exportaciones, confianza empresarial y algún otro, fueron bien manejadas ayer por Zapatero para llevar el agua a su molino. Lo cual supone persuadirnos de que la recuperación está a la vuelta de la esquina, aunque admitió el pavoroso agujero negro en las cuentas públicas y, al menos por una vez, puso negro sobre blanco el reconocimiento de que el paro seguirá aumentando en los próximos meses. Esta vez no hubo camuflaje semántico para afirmar que no podrá darse por cerrada la crisis hasta que no se vuelva a crear empleo neto.


Periodista Digital - Opinión

El pacto imposible

La voluntad del Gobierno de consensuar el ajuste económico tropieza con el tremendismo del PP.

El debate de ayer en el Congreso sobre la situación de la economía confirmó, por si alguna duda había, que no hay posibilidad de un pacto político anticrisis entre el Gobierno y el Partido Popular (PP). El presidente del Gobierno anunció la creación de una comisión, encabezada por la vicepresidenta Elena Salgado, y formada por los ministros de Fomento e Industria, José Blanco y Miguel Sebastián, encargada de sondear un amplio consenso político sobre cuatro iniciativas económicas: fomentar la creación de empleo, reducción del gasto público, políticas para cambiar el patrón de crecimiento y reforma financiera. La respuesta de Mariano Rajoy no sólo fue intempestiva, puesto que condicionó cualquier pacto a que el Gobierno aplique la política económica del PP, sino que convirtió un debate económico en una llamada a sustituir al presidente.

Y fue inoportuna porque, en plena vorágine recesiva, no es juicioso proponer un cambio en la dirección económica; y lo es todavía menos sugerir que sean los propios diputados del PSOE los que descabalguen a Zapatero de la presidencia del Gobierno. Si Rajoy cree que debe gobernar, como repite con insistencia, el camino mejor es que presente una moción de censura. Su réplica ("si tuviera los votos, lo haría") es una perogrullada; desde la oposición, los votos se tienen cuando se ganan convenciendo al resto de los partidos de las virtudes del programa propio.

Mal que bien, Zapatero describió ayer lo que puede ser una política económica aceptable. Los estímulos públicos a la actividad económica se mantendrán y no se recortarán las ayudas sociales. Lo que importa es que definió correctamente las tareas prioritarias para recuperar la solvencia de las finanzas públicas: plan de austeridad, reforma financiera, reforma del mercado de trabajo y apelación a la Comisión del Pacto de Toledo para que se pronuncie sobre la reforma de las pensiones. Pero estos propósitos no están por encima de toda sospecha. Resulta poco creíble un recorte del gasto de 50.000 millones en cuatro años sin el apoyo activo de las autonomías; y la reforma financiera, largamente prometida, está congelada. También es cierto que un pacto con el PP aumentaría las probabilidades de éxito del recorte del gasto y de la reforma de las cajas. Pronto se comprobará si está dispuesto a poner "toda la carne en el asador", porque se dio plazos para cumplir con los deberes: dos meses para cerrar un pacto anticrisis y finales de junio para articular las grandes reformas. Pero si Zapatero insiste en fiarlo todo a un consenso y sigue enredándose en cuestiones de procedimiento, los mercados interpretarán que sus planes, aceptados por los inversores, son de nuevo un juego de manos sin salida.

La respuesta de Rajoy careció de tacto político y abundó en el tremendismo retórico que encandila en la bancada popular. Cuando lo que está en cuestión es la imagen de solvencia de la economía española, es un contrasentido exigir "que se deje sin efecto la subida de impuestos"; ningún Gobierno se ataría a ese compromiso, porque el esfuerzo de consolidación quizá exija nuevas subidas fiscales. El atronador discurso de Rajoy, sostenido en estribillos de poco calado ("España es un país serio, su presidente no lo es"), parece haber entendido mal la naturaleza de un pacto político contra la crisis. No se trata de que la oposición gobierne, sino de que apoye las decisiones del Gobierno (que es el que dirige la política económica) en aquellas materias que afectan a la imagen de España ante los inversores internacionales.

El debate de ayer dio una imagen confusa de la política económica que no ayuda a recuperar la confianza exterior: un Gobierno poco firme que busca apoyos políticos para la tarea del ajuste fiscal y financiero y un PP destemplado que se descalificó un poco más como opción de gobierno.


El País - Editorial

El camino del pacto es hoy el único realista

La economía española exige reformas que el Gobierno no puede abordar sin respaldo de otros partidos políticos.

POR ENÉSIMA vez, Zapatero volvió ayer a confundir sus deseos con la realidad al predecir una pronta recuperación de la economía y la creación de empleo neto antes de acabar el año. Su intervención en el Congreso fue un ejercicio de panglosianismo, apelando a algunas de las recetas que ha convertido en dogmas, como que el gasto social es intocable. No fue capaz de plantear medidas nuevas ni de demostrar que tiene un remedio eficaz contra la crisis. Por el contrario, dio la impresión de que es un conductor empeñado en llevar el vehículo en la dirección equivocada sin atender a las señales de peligro.

Rajoy estuvo certero en el diagnóstico y exigió a Zapatero que rectifique mediante seis iniciativas concretas, subrayando que si se hiciera «corresponsable» de su política, «ello sería una irresponsabilidad». El líder del PP criticó al presidente por la sucesión de planes y anuncios que ha realizado desde que comenzó la crisis, resaltando que todos ellos han fracasado estrepitosamente.


Rajoy concluyó su discurso planteando la disyuntiva de la disolución de las Cámaras para celebrar unas elecciones anticipadas o la destitución de Zapatero por su propio grupo parlamentario. Ninguna de las dos opciones es realista porque ni el presidente tiene interés alguno en ese adelanto ni los diputados socialistas van a hacer el trabajo al PP.

Descartadas esas dos hipótesis y teniendo en cuenta que Zapatero difícilmente va a rectificar si no hay una motivación externa que le obligue a variar el rumbo, sólo resta la alternativa del pacto que el presidente ofreció al líder de la oposición y al resto de las fuerzas políticas.

Rajoy tiene fundados motivos para mantener una actitud escéptica sobre la viabilidad de ese acuerdo, pero creemos que tiene la obligación de intentarlo, aunque sólo sea para evitar que el país se siga deslizando en una continua pendiente hacia abajo.

Es cierto que el líder socialista ya había ofrecido en otras seis ocasiones anteriores diálogo a la oposición, pero ayer fue mucho más concreto en su planteamiento: designó tres interlocutores del Gobierno, un plazo de dos meses para negociar y cuatro áreas de posible acuerdo, «abiertas» a las propuestas que el PP quiera plantear. La cuestión clave es hasta dónde está dispuesto a llegar el presidente, si piensa en simples retoques de su política o aceptaría cambios en profundidad.

La propia designación de los representantes del Ejecutivo revela que Zapatero esta vez podría querer en serio un pacto: Miguel Sebastián siempre ha sido partidario del acuerdo, es más liberal que socialdemócrata y está cerca del PP en cuestiones como la energía nuclear, mientras que José Blanco, que sigue controlando el partido, también ha demostrado como ministro que sabe pactar con la oposición.

Sería una ingenuidad echar las campanas al vuelo, pero no se puede ignorar que, por primera vez, Zapatero es favorable a una negociación sin condiciones previas, que cuenta ahora con el apoyo del Rey y el impulso de CiU, que siempre ha estado en esa línea.

No hay que descartar que el presidente del Gobierno se haya dado cuenta, aunque no lo dijera ayer, que la economía española requiere reformas que él no puede abordar sin el respaldo de otros partidos políticos. Ya rectificó en la política antiterrorista y podría hacerlo ahora en materia económica. El PP no debería desdeñar esta última y tardía oportunidad de alcanzar un pacto, entre otras razones porque Rajoy no tiene posibilidad de plasmar por sí mismo las iniciativas que propuso ayer.

Es muy significativo que el líder del PP aparezca por vez primera como ganador de un mano a mano con Zapatero en una encuesta como las que siempre realiza Sigma 2 para EL MUNDO. Pero también lo es que casi un 80% se declare a favor del pacto. Sería muy útil que ambos dirigentes se reunieran cuanto antes para clarificar cuáles son los temas negociables y hasta dónde están dispuestos a llegar en este pacto.


El Mundo - Editorial

Sin rectificación, sin acuerdos, sin alternativas

Parece que a Rajoy le basta con una crítica de la situación que, por correcta que sea, no deja de ser insuficiente y redundante para el creciente número de ciudadanos que la padecen. Mientras el Titanic se hunde, el PP sigue tocando el violín.

El debate dedicado exclusivamente a la crisis económica, a pesar de la enorme expectación que había generado, ha concluido sin que se vislumbre la menor posibilidad de cambio por parte de Zapatero, sin la consiguiente posibilidad de pacto con el principal partido de la oposición y sin que el PP haya planteado una alternativa clara de gobierno.

Tal y como era de prever, Zapatero ha vuelto a insistir en sus engaños para hacernos creer falsedades tan evidentes como que una economía que ha registrado en 2009 un crecimiento negativo del 3,4% es una "economía que ha evolucionado a mejor durante 2009", o que "la crisis en España no difiere mucho de la del conjunto de la zona euro", o que es posible hablar de "mejoría" con medio millón de parados más respecto a los que había hace seis meses.

No menos fantásticas han sido sus previsiones de futuro tales como las que contemplan la creación de empleo neto para finales de este mismo año o su plan de reducir al 3% por ciento el déficit público que ahora alcanza el 11,4%, previsiones que parecen no tener más apoyo que el mero paso del tiempo.


Aunque la intervención de Rajoy, también como era de prever, haya servido para desmentir amplia y contundentemente el falso diagnóstico de situación que hace Zapatero, así como sus vacuas medidas para mejorarla, no dejamos de echar en falta en el líder del principal partido de la oposición el desarrollo de cuál es su alternativa de Gobierno y de cómo piensa llevarla a cabo antes de que el país termine de hundirse; esto es, se echa en falta precisamente que el principal partido de la oposición haya hecho de oposición.

Si bien acierta al rechazar un pacto con quien no tiene el menor propósito de enmienda, y que le haría corresponsable del deterioro al que estamos abocados, Rajoy está obligado no sólo a dejar clara su alternativa y las diferencias que lo separan y que justifican su oposición a lo que, más que un acuerdo, sería una irresponsable adhesión al desgobierno de Zapatero. También debe ilusionar al electorado español con la idea de que está preparado y tiene a mano gobernar desde ya.

Por eso resulta absurda la propuesta de Rajoy de que sean los propios representantes socialistas los que desbanquen al presidente del Gobierno, peregrina ocurrencia que ha servido a Zapatero para recuperarse en el turno de réplica y dejar al líder de la oposición descolocado.

Si Rajoy considera acertadamente irresponsable un pacto con el Gobierno sin una previa rectificación de éste, pero al mismo tiempo cree que no tiene nada que ganar políticamente con una moción de censura por el hecho de tenerla aritméticamente perdida, entonces a lo que se tenía que haber limitado el líder de la oposición es a reclamar elecciones anticipadas, tal y como ha hecho, de forma mucho más clara y concreta, la líder de UPyD Rosa Díez. Eso, o replantearse su negativa a una moción de censura que, aunque falta de apoyos, le permitiría exhibir una alternativa que, no por asumir la necesidad de llevar cabo ciertos sacrificios, dejara de ser estimulante frente a este incorregible y nefasto Gobierno.

Por mucho que la imagen del Ejecutivo se esté deteriorando justificadamente a causa de la crisis, el drama es que ello no se traduce en una mayor esperanza hacia el Partido Popular. A Rajoy parece no importarle el hecho de que, a pesar de la que está cayendo, su partido siga perdiendo votantes, y que si está ligeramente por delante en las encuestas, se deba exclusivamente a que el PSOE los está perdiendo en mayor medida. Desde luego, debates como éste, en el que el propio Rajoy había generado unas expectativas ridículamente elevadas ("marcará un antes y un después") y en el que no ha sabido estar a la altura de las mismas, no contribuyen a que cambie el panorama. Zapatero ha salido vivo de un debate sobre economía, mientras el país se hunde en la miseria y la sociedad clama por un cambio de Gobierno.

Parece que a Rajoy le basta con una crítica de la situación que, por correcta que sea, no deja de ser insuficiente y redundante para el creciente número de ciudadanos que la padecen. Mientras el Titanic se hunde, el PP sigue tocando el violín.


Libertad Digital - Editorial

El padre de todos los problemas. Por José María Carrascal

España es un país serio, fiable. Lo ha sido en los últimos siglos, con regímenes y gobernantes muy diversos. Incluso en sus peores momentos, que fueron bastantes, pagó sus deudas. Es un crédito del que nos estamos beneficiando hoy, cuando volvemos a estar en una situación de emergencia, tras haber creído que las habíamos dejado atrás para siempre.

Quien no es creíble es el hombre que nos ha llevado a ella. José Luis Rodríguez Zapatero comenzó negando la crisis; dijo luego que no nos afectaba; cuando no tuvo más remedio que reconocerla, tomó medidas pintorescas; las amplió con otras que lo único que han hecho ha sido llevarnos al furgón de cola de los países desarrollados, lo que no ha impedido que anunciase repetidas veces que la recuperación estaba en puertas, mientras seguía poniéndole parches de forma cada vez más caótica e improvisada, sin hacer caso de las advertencias y consejos que le llegaban tanto del interior como del exterior.


¿Qué ha hecho el presidente cuando las llamas llegan ya al cuarto de estar? Pues lo de siempre, negar la mayor: vamos bien, continuemos por el mismo camino, más planes, proyectos, leyes disposiciones, tan profusas como imprecisas, a tomar en las próximas semanas y meses. Incluso va a crearse una especie de supercomisión, integrada por la vicepresidenta económica y los ministros de Fomento e Industria, encargada de tramitar con todas las fuerzas políticas esas medidas. En Estados Unidos suele decirse con sorna que cuando no se sabe resolver un problema, se nombra una comisión que lo estudie. En España, podríamos decir que nuestro presidente cambia cada poco su política económica para poder continuar haciendo la misma. Pues si nos fijamos bien, ¿qué es lo que ha venido a proponer en su exposición de ayer? ¿Cómo intenta abordar los grandes problemas con que se enfrenta el país? Pues no nos ha dicho nada. La reforma laboral, algo en lo que todos los expertos coinciden en que sin ella no será posible avanzar, la deja a los sindicatos y a la patronal. La reforma de las pensiones, otra asignatura pendiente, pero cada vez con peor cara, se la deja al Pacto de Toledo. La reforma educativa, sin la que no podremos nunca alcanzar el nivel de país realmente desarrollado, se la deja al ministro del ramo con los portavoces de los distintos partidos. De las reformas fiscal y financiera, necesarias para el saneamiento de nuestra hacienda, ni siquiera habló. En una palabra: que se quitó de en medio. Y así no se supera esta crisis. Esta crisis sólo se supera con liderato firme, cogiéndola por los cuernos, eso sí, con riesgo de que se le claven a uno en la carne. Pero ese es riesgo de todo gobernante y lo que exige la hora presente. Y es justo lo que no ha hecho Zapatero, asumir responsabilidades.

Ha hablado, en cambio, mucho de diálogo. El mismo presidente que intentaba establecer en torno al principal partido de la oposición un cordón sanitario y que hace sólo un mes decía que no podía alcanzar acuerdos con él por razones ideológicas, muestra hoy interés en el entendimiento. Pero para entenderse con alguien, hay que confiar en él, algo que falta en este caso. Y no estamos hablando de confianza personal, mucha o poca, que el señor Rodríguez Zapatero pueda inspirar. Se trata de si puede tenerse confianza en su política, en sus medidas. Y nadie confía en las medidas que ha tomado, a tenor de lo que han dicho, uno tras otro, los portavoces parlamentarios de todos los grupos. Unas medidas no sólo fracasadas, sino tan poco serias como los últimos presupuestos, que se han mostrado inviables al mes de aprobarse, a un elevado precio, para obtener los votos que faltaban. Unas medidas que se han tomado siempre con la vista puesta en las próximas elecciones o según la coyuntura de cada momento, sin penetrar nunca en el fondo de la crisis ni contemplar el horizonte más amplio de la economía nacional presente y futura. Medidas coyunturales, más políticas que económicas, que a la larga producen más mal que bien y se descalifican a sí mismas, como ya las han descalificado los mercados, a no ser que uno viva en ese universo virtual en que se ha instalado nuestro presidente, personaje muy especial, mitad gaseoso, mitad granítico. Tiene, por una parte, la cualidad del ectoplasma, que se adapta a todas las circunstancias, pero, por el otro, mantiene su esencia sin cambiar jamás. Incluso con palabras distintas, dice siempre lo mismo, como lo dijo en el debate de ayer, en el que no rectificó lo más mínimo una política económica, pese al evidente fracaso de la misma. La única conclusión es que con este hombre no hay nada que hacer ni se puede ir a ningún sitio.

El principal, y prácticamente único, argumento a su favor es que sus críticos sólo hacen eso, criticar, sin ofrecer ninguna propuesta. ¿Pero no es bastante propuesta denunciar una política económica de principio a fin, anunciar que se va a hacer justo lo contrario de lo que se hace en ella? A saber: no ir poniendo parches aquí y allá, para ganar tiempo en espera de que la galerna pase, los demás países se recuperen y tiren de nosotros. Pues a eso se reduce todo el plan de salvación de Zapatero, el de antes y el de ahora. Pero nadie va a salvarnos si seguimos por el camino que vamos, de cerrar los ojos a la realidad e ir posponiendo la severas medidas que ésta exige. No se sostiene anunciar un severo reajuste manteniendo intocable el gasto social. No se puede llamar «economía sostenible» a una economía de déficit galopante. No se puede alardear de «energías renovables» cuando no se tiene asegurado el suministro de energías tradicionales. No se puede, en fin, decir que este año empezará la recuperación, cuando todos los analistas de prestigio advierten que 2010 será un año malo para todos. Y si es malo para todos, pueden imaginarse como será para los que están peor.

Estamos en la «segunda ola» de la crisis. La primera pudimos capearla gracias a las reservas de los Estados, que invirtieron enormes cantidades de dinero para evitar el colapso financiero. Pero esas reservas se han agotado y ahora hay que poner de nuevo en marcha las economías, algo que sólo podrán hacer aquellos países que han hecho sus deberes. España no los ha hecho, al no liderarlos quien hubiera debido hacerlo, el gobierno, que incluso llegó a calificar de catastrofistas a quienes anunciaban lo que se nos venía encima. Recuerden el debate Solbes-Pizarro, que perdió el segundo. Mejor dicho, perdimos todos. Pero a quienes no han hecho sus deberes, se los va a obligar a hacer la realidad. O Bruselas, como a Grecia. Hay que hacer reajustes duros, que alcanzan a todos los sectores de la sociedad. El primero de ellos, restablecer el equilibro presupuestario, algo que sólo puede hacerse aumentando los impuestos o recortando los gastos. Aumentar los impuestos significa lastrar unas empresas ya sobrecargadas, muchas de las cuales no lo podrán soportar. O sea, más paro. Recortar gastos ofrece más posibilidades, dada la inflación en cargos, coches, fiestas, viajes, subvenciones, publicaciones, informes y otras mil cosas innecesarias, empezando por unos cuantos ministerios. El problema es si hay voluntad de hacerlo. Por lo que oímos ayer, no.

El debate, con todas sus deficiencias, tuvo un aspecto positivo: todos los portavoces coincidieron en que la situación es muy grave y en que la política del gobierno para afrontarla no es la correcta. Por primera vez, el aislado era Zapatero no Rajoy. Si la oferta de diálogo del presidente fuese sincera, debería de tener en cuenta esta unanimidad. Que no lo haga, que siga pensando que todos los demás se equivocan y sólo él tiene razón, nos advierte de que está entrando en ese terreno nebuloso que alcanzan algunos políticos cuando se acercan al desastre. El próximo paso será decir que hay una conspiración contra él dentro del país. Fuera, ya la ha visto.

Para resumir: el problema de España se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Hace un siglo, al hablar de ese problema, Ortega dijo que Europa era la solución. Hoy, ni eso, porque ya estamos Europa. Tendremos que arreglarnos por nuestra cuenta. Si somos capaces. Pero al menos hemos localizado el gran obstáculo.


ABC - Opinión

Los talibán, sin líder pero igual de resistentes

La captura del mulá Baradar, éxito parcial de una operación más compleja de lo previsto en Afganistán.

LOS COMBATES entre insurgentes y las tropas aliadas se recrudecieron ayer en Marjah (sur de Afganistán), durante la cuarta jornada de la Operación Moshtarak. Ésta es una de las ofensivas más importante desde 2001 emprendida por EEUU y sus aliados de la OTAN, y persigue acabar con uno de los principales feudos talibán. Pero es también la primera acción de la nueva estrategia de la Casa Blanca para pacificar el país. Obama empieza a jugarse aquí su futuro político, consciente de que no se le perdonaría una derrota en el avispero afgano.

En paralelo, Washington se ha apuntado un buen tanto al hacerse pública ayer la captura del mulá Abdul Ghani Baradar, número dos y líder militar de los talibán, y mano derecha de uno de los individuos más buscados del planeta: el mulá Omar. La detención de Baradar -desmentida por sus correligionarios- se habría producido hace días en Karachi, en una operación conjunta de los servicios de inteligencia estadounidenses y paquistaníes. Su captura tiene especial importancia. Primero, porque se trata del cerebro de toda la estrategia ofensiva que ha llevado a los talibán a lograr infiltrarse en casi el 80% del territorio afgano y a controlar importantes regiones del país. Pero también porque supone un gran avance en la imprescindible cooperación antiterrorista de Pakistán, que se ha acabado plegando a la exigencia internacional de que combata con todos sus medios a la insurgencia talibán. De hecho, hay pocas dudas de que Islamabad ha jugado con los tiempos a su antojo hasta que, finalmente, ha entregado la cabeza de Baradar a la Casa Blanca como gesto de buena voluntad.


En la Operación Moshtarak participan cerca de 15.000 soldados aliados: más de 5.000 marines estadounidenses, 4.000 británicos y otros tantos efectivos de distintos países de la OTAN, además de un importante contingente del Ejército afgano. Pero lo que se vendía como una ofensiva corta para expulsar de la región de Marjah a los 2.000 insurgentes que la dominaban y apuntalar, en su lugar, una base de operaciones del Gobierno de Karzai, no ha tardado en transformarse en una operación mucho más dura y compleja de lo previsto. Así, las tropas aliadas a duras penas pueden avanzar sobre el terreno, porque los talibán, antes de darse a la fuga en su mayoría, lo han sembrado de minas -se calcula que hay más de 70.000 enterradas-. Y ello ha obligado a incrementar los ataques aéreos, que ya han causado más de 20 bajas civiles -ocho de una misma familia-. Estas muertes, sumadas a la falta de suministros y a la intensificación de los disparos entre soldados y francotiradores, está provocando el éxodo de buena parte de la población y la creciente indignación de los ciudadanos, que arrecian en sus críticas a EEUU por no haber cumplido la promesa de no causar daños entre civiles.

Los acontecimientos preocupan mucho en la Casa Blanca. Porque el éxito o el fracaso de la Operación Moshtarak -y de otras similares previstas en otros puntos de Afganistán- no depende sólo de acabar con la resistencia talibán. La piedra angular -y ahí radica la nueva estrategia anunciada por Obama en diciembre- está en ganarse la confianza de la población local y negociar con sus dirigentes -incluidos talibán moderados- para que colaboren con el Gobierno de Karzai. Sólo así será posible que el Ejército afgano asuma paulatinamente la defensa, en sustitución de los soldados de la OTAN. Y no se puede olvidar que Obama ha prometido la retirada de sus soldados en la segunda mitad de 2011. Un órdago ambicioso que exige que las tropas occidentales garanticen de verdad la seguridad y dejen de provocar esos daños colaterales que tantas veces han llevado a los afganos a echarse en brazos de los talibán.


El Mundo - Editorial

miércoles, 17 de febrero de 2010

Nos creíamos ricos, sin serlo. Por José María Carrascal

LA noticia europea más importante no viene de Bruselas. Viene de Alemania. Bruselas se ha limitado a confirmarla, imponiendo a Grecia un durísimo plan de austeridad. Los alemanes se han cansado de pagar las deudas ajenas y han dicho a los europeos que gastan más de lo que tienen, que no se lo carguen en su cuenta, que lo paguen ellos. Y si no pueden pagarlo, que se aprieten el cinturón. Voy a explicárselo con un ejemplo, que es como mejor se entienden las cosas: los alemanes rechazan que, después de haber subido su edad de jubilación a los 67 años para cuadrar sus cuentas, los griegos puedan seguir jubilándose con 63. Si pensamos que Alemania ha venido siendo la «pagana» de la Comunidad Europea, comprenderán que estamos ante un vuelco copernicano. En adelante, cada palo aguantará su vela. Es lo que han dicho los ministros de economía a Grecia: si quieres que te ayudemos, empieza por ayudarte a ti misma. Y lo que sirve para Grecia sirve para todos los que vienen gastando más de lo que tienen, España entre ellos.

Las culpas, como apunta Paul Krugman en su último artículo, la tiene el euro. Sí, ese euro que saludamos con alborozo y ha caído sobre nosotros como un mazo. Ya que tenía el respaldo de monedas fuertes, el marco alemán en especial, fue desde el principio una moneda «dura», que competía incluso con el dólar. Lo malo fue que los países con monedas débiles, los mediterráneos principalmente, al verse con una moneda fuerte, empezaron a gastar como si sus economías lo fueran. Nos creíamos ricos, y no lo éramos. Empezamos a viajar por el mundo, a comprarnos un segundo apartamento, a cambiar de coche cada pocos años, a vivir, en fin, como los alemanes, sin que nuestra economía, industria, productividad fuesen la alemana, lo que nos ha endeudado hasta las cejas. En los tiempos de las monedas nacionales, eso se arreglaba con una devaluación, que ponía a cada país en su sitio, advirtiendo a sus ciudadanos que no podían ir a Nueva York y encontrarlo todo, gracias al euro, más barato que en casa, como ha venido ocurriendo los últimos años.

Pero los alemanes, principales valedores del euro, han dicho que eso se acabó, que ellos no pagan más facturas ajenas y que, en adelante, cada cual tendrá que pagar las suyas. Grecia ha sido la primera que sufre el varapalo, por ser la que más había pecado, llegando a falsificar sus cuentas. A España, si no quiere que le pase lo mismo, «le espera un lento y doloroso proceso de deflación», según Krugman, el hasta ahora economista favorito de Zapatero. ¿Le citará en el debate de hoy? Pues ya saben que «cuando las barbas de tu vecinos veas pelar...» Aunque igual nos sale con que Krugman se refería a las barbas de Rajoy, mientras se palpa las mejillas para demostrar que él sólo lleva cara.


ABC - Opinión

El "eurocaos" y las elecciones anticipadas. Por Agapito Maestre

Las pocas posibilidades que tiene el Gobierno español para mejorar la crisis llevarán a Zapatero a abandonar el populismo que hasta ahora ha practicado y, por ende, convocara elecciones generales anticipadas.

Daré un argumento más, otro, a favor de un posible adelanto electoral. Pero, antes de nada, advierto a mis detractores, a quienes no están de acuerdo conmigo, que ellos no argumentan, sino sólo dicen que los socialistas prefieren antes mantenerse en el poder que arriesgarlo, pero eso no es un argumento. No, no, eso no tiene nada que ver con ningún tipo de razonamiento. Eso es, simplemente, una obviedad. Nada. De lo que se trata es de dar razones que pudieran llevar a Zapatero a convocar elecciones anticipadas, porque no quiere o no puede soportar solo el peso de una crisis económica terrorífica.


Eso se llama pensar la política. O sea, tratar de fundar "racionalmente" una opinión política sin confundir mis deseos con la realidad. En pocas palabras, construyo "escenarios de futuro" con ánimo de no dejarle todo el espacio político a los partidos políticos, o sea, quiero que entre en la agenda de los políticos profesionales un "posible adelanto de elecciones". Acompañado de ese ánimo polémico, sacó a relucir otro argumento a favor de una convocatoria de elecciones generales para otoño. Está basado en las consecuencias que pueden extraerse de una afirmación del premio Nobel de Economía, Paul Krugman, que a su vez repite una antigua y certera tesis de Alberto Recarte, a saber, Europa no estaba preparada para la moneda única.

En efecto, se hizo caso omiso de estas advertencias, concluye Krugman, y frente a la crisis actual que hubiera sido fácil solucionar para países europeos del Sur, como España, con su moneda nacional, hoy es prácticamente imposible hacer nada. Las consecuencias de la moneda única, o mejor, la mala entrada de España en el euro y la terrible crisis, diría Zapatero, venida del capitalismo "especulativo" mundial, son funestas para España. Todos los especialistas concluyen que España con una situación de moneda nacional hubiera salido fácilmente de la crisis; hubiera bastado con devaluar la peseta, según Krugman, un 20%, para que España hubiera empezado a superar la crisis. Por desgracia, hoy, volver a la moneda nacional es impensable, entre otros motivos, según el norteamericano, porque desencadenaría "la madre de todas las crisis financieras."

En fin, si no puede darse marcha atrás, es decir, si no podemos abandonar el euro y reintroducir la moneda nacional, entonces, y esto es lo más trágico del análisis de Krugman, "no hay mucho que el Gobierno español pueda hacer para mejorar las cosas". No hay salida. Los países del Sur se hunden y Europa apenas puede hacer nada por ellos. Se diría que Europa, otra vez, vuelve a quedarse reducida a dos: Francia y Alemania. En los próximos años, concluye Krugman, asistiremos a un doloroso proceso de remiendos: rescates acompañados de exigencias de austeridad despiadada, y todo con un trasfondo de desempleo muy elevado, perpetuado por una dolorosa deflación.

¿Está preparado Zapatero para aguantar solo esa situación horrorosa? No. ¿Tiene algo más que populismo barato el PSOE para soportar una crisis que lo desangra electoralmente? No. El pacto con la patronal y los sindicatos es comida para hoy y hambre para mañana. Necesita un pacto con el PP, pero éste jamás cederá. En fin, las pocas posibilidades que tiene el Gobierno español para mejorar la crisis, la imposible satisfacción del deseo borbónico-socialista de un pacto de Estado de todos los partidos, la constante recensión de España, el crecimiento del déficit público y el paro, el tancredismo del PP y, finalmente, el estancamiento de la economía europea, especialmente de la alemana, llevarán a Zapatero a abandonar el populismo que hasta ahora ha practicado y, por ende, convocara elecciones generales anticipadas.

Prepárese, señor Rajoy. Hoy, seguramente, Zapatero guardará silencio sobre este asunto en el Congreso. Ahora toca marear el Pacto de Estado. Más tarde, utilizará otras medidas populistas. Etcétera. Son todas maniobras dilatorias para agotar sus tiempos de presidente de la UE. Al final, si es coherente consigo mismo, y mantiene su astucia depredadora, convocará elecciones anticipada


Libertad Digital

Partes de guerra. Por Gabriel Albiac

LA guerra sigue. Y nosotros en ella. Basta ponerse delante de un mapa para constatar la coherencia de su envite: un frente militar continuo, que se extiende desde Irak en el Oeste hasta Afganistán y Pakistán en el Este. En medio, Irán, el verdadero corazón de ese conflicto, que es el de más alto riesgo desde la segunda guerra mundial, porque pone en juego dos factores de cuya combinación no existe precedente: guerra de religión y armas de exterminio masivo, yihad y bomba atómica.

No ha hecho más que empezar esa guerra, cuya declaración fue el ataque islamista contra Manhattan hace casi nueve años, y de cuya indistinción entre objetivos militares y civiles Bali, Madrid y Londres hubieron de alzar dolorosa constancia. De no ser rápida y limpiamente derrotada, la guerra santa de los mullahs supondrá la mayor regresión histórica que la humanidad haya conocido en el último milenio: el retorno a lo más oscuro de una teocracia que se ejerce en el nombre del incuestionable libro dictado por el Misericordioso a su Profeta. Entre otras cosas, está en juego la pérdida de la plena condición humana para la mitad de la especie, el retorno de la mujer a su madriguera de animal doméstico. En esa guerra estamos también nosotros. Malamente, porque al gobierno español le avergüenza reconocer que aún tiene ejército, y prefiere disfrazar a sus soldados de enfermeras, y a la muerte en combate prefiere hacerla pasar por accidente. Malamente, porque la ficción de que estar en el frente oriental (Afganistán) es distinto a combatir en el frente occidental (Irak) de la misma guerra, no es simplemente una idiotez geográfica; es un suicidio. La guerra está en Irán. Lo demás son posiciones tácticas.

Dos movimientos sobre el tablero revelan hasta qué punto el envite es alto en esta que se anuncia larga batalla. En Afganistán, Barak Obama parece haber entendido que es preciso jugar deprisa y fuerte; con el simultáneo despliegue masivo de tropas y servicios de inteligencia sobre el terreno. La ofensiva armada en el sudoeste afgano y la simultánea captura en Pakistán del jefe militar de los talibanes, Abdul Ghani Baradar, son síntomas de una apuesta enérgica. Inseparables del dato principal, el que pasa a cambiar todas las estrategias: Irán ha conseguido ya enriquecer uranio al 20 por ciento, la línea sin retorno ha sido cruzada. Es la temida consecuencia de una pasividad internacional difícil de entender frente al nunca ocultado proyecto militar de los Guardianes de la Revolución iraníes: hacer del arma nuclear el instrumento definitivo de Alá en su final venganza contra los infieles. Si alguien pensaba que las sanciones económicas amedrentarían a los guerreros del Misericordioso, es que realmente no tenía ni idea de lo que estaba en juego en las poco equívocas amenazas de Ahmadineyad y en los aún menos equívocos mandatos coránicos.

Irán es frontera occidental de Pakistán, potencia nuclear que linda al sur y al este con la potencia nuclear india. La raya entre Pakistán y la India es hoy la falla más frágil del planeta. A ambos lados de esa raya, dos frutos malheridos de la descolonización acechan el momento de golpearse. A ambos lados, misiles nucleares apuntan al odiado vecino. Irán sabe muy bien que basta encender la mecha. Y aguardar la definitiva catástrofe. Si tal cosa sucede, nadie en el mundo quedará a salvo de las consecuencias. Los alucinados ayatollahs de Alí Jamenei en Qom apuestan sobre la incapacidad occidental para tomar a tiempo medidas que resultan muy antipáticas a sus tan delicadas opiniones públicas. Dejan que el tiempo pase. Saben que el tiempo juega a favor suyo.


ABC - Opinión

Lo que necesitamos es una Thatcher. Por Manuel Llamas

Resulta absurdo que Zapatero se esfuerce en buscar su particular "Reagan interior" ya que, de encontrarlo, le faltaría tiempo para ahogarlo en las profundidades de sus entrañas estatistas.

Se equivoca de plano The Wall Street Journal instando a nuestro ilustre presidente a buscar su "Reagan interior" por la simple razón de que carece del suficiente conocimiento y amplitud de miras como para entender mínimamente el funcionamiento real de la economía. Zapatero, al contrario que el ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan o la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, es un keynesiano convencido y practicante. Profesa una arraigada ideología socialista, cuyo rezo consiste en ensalzar la figura estatal por encima de las libertades individuales.


Resulta, pues, absurdo que Zapatero se esfuerce en buscar su particular "Reagan interior" ya que, de encontrarlo, le faltaría tiempo para ahogarlo en las profundidades de sus entrañas estatistas. La reducción salarial a los controladores aéreos, al igual que la reforma de las pensiones, el recorte del gasto público o la reciente propuesta de reforma laboral no son, en ningún caso, iniciativas libremente adoptadas por el presidente, sino imposiciones de Bruselas ante la crisis de deuda pública que afecta al seno de la Unión.

De hecho, hasta tal punto llega su convencimiento socialista que, ante la mínima reacción sindical, Zapatero pliega velas de inmediato en un torpe intento por ocultar que a España no le queda más remedio que emprender profundas reformas estructurales para salir del atolladero, consistentes en recortar de forma drástica el gasto público y el mal llamado Estado de Bienestar. Aún hoy, pese a la experiencia de Grecia, el jefe del Ejecutivo se resiste con todas sus fuerzas a aplicar el tijeretazo que precisa el sector público. Tan sólo Bruselas y el castigo del mercado han hecho reaccionar tímidamente al Gobierno español. De ahí, precisamente, que dude de su capacidad para dirigir el Titanic en esta compleja travesía. Le falta convicción, comprensión, arrojo y sobre todo, valentía para reconducir la situación.

El "Reagan interior" de Zapatero nunca saldrá a la luz porque nunca ha habitado su seno. En todo caso, como mucho se esconde un pequeño Obama. Lo que precisa España es una Margaret Thatcher. Una nueva figura política capaz de liderar un ambicioso proceso de reformas contra viento y marea.

Thatcher llegó al poder en Gran Bretaña a finales de los años 70, después de que el Gobierno laborista llevara al país a la quiebra técnica en 1976 (Reino Unido tuvo que negociar un préstamo con el FMI). Las reformas emprendidas desde 1979 enfrentó a Thatcher con los entonces poderosos sindicatos británicos y el extenso sector público. Pero ni las protestas ni las huelgas lograron hacer vacilar un ápice las profundas convicciones liberales de la Dama de Hierro.

El sindicato minero protagonizó una de las huelgas más violentas y largas de la historia británica durante 1984-85, pero fue derrotado. La economía resurgió a través de una profunda política de liberalización y privatización económica. Thatcher fomentó entre los británicos una cultura orientada al ahorro e incentivó la contratación de pensiones privadas. En su tercer mandato reformó la sanidad, la educación y el sistema fiscal, entre otras medidas. Tras el abandono de su partido, Thatcher dimitió como primera ministra el 28 de noviembre de 1990, sucediéndola John Major.

En un discurso pronunciado en 1996 en memoria de Keith Joseph, Thatcher desgranó algunas perlas de su pensamiento político:

Nosotros depositábamos mucha más confianza en los individuos, familias, negocios y vecindarios que en el Estado [...] La creatividad es necesariamente una cualidad que pertenece a los individuos. En realidad, quizá la ley inmutable de la antropología sea que todos somos diferentes [...] Lo que caracteriza nuestra visión conservadora es la convicción de que el Estado, el gobierno, sólo apuntala las condiciones para una vida de prosperidad y realización. No las genera. Es más, la misma existencia del Estado, con su enorme capacidad para el mal, es un peligro potencial para todos los beneficios morales, culturales, sociales y económicos de la libertad.

Los Estados, las sociedades y las economías, que permiten que los talentos únicos de los individuos florezcan, florecen también. Aquellos que los empequeñecen, aplastan, distorsionan, manipulan o ignoran no pueden progresar. Aquellas épocas en las que se ponía un gran valor en el individuo son las que han conocido los mayores adelantos.

[...]

Es sólo la civilización occidental la que ha descubierto el secreto del progreso continuo. Esto se debe a que sólo la civilización occidental ha desarrollado una cultura en la que los individuos importan, una sociedad en la que la propiedad privada está a salvo, y un sistema político en que se acomoda una variedad de puntos de vista e intereses.

La causa del gobierno limitado -en la que el Estado es sirviente, no amo; guardián, no colaborador; árbitro, no jugador- es aquélla bajo cuyo estandarte Keith Joseph y yo nos reunimos todos esos años atrás. Es hora que quitarle la naftalina, cepillarle la telaraña colectivista que se ha colgado en ella, y salir al encuentro del enemigo.


Libertad Digital - Opinión

Perder el tiempo. Por M. Martín Ferrand

LA edad y la experiencia, que no son una misma cosa, unidas a la deformación profesional, me autorizan a recelar de cuanto han dicho, digan o puedan llegar a decir los líderes de las formaciones políticas, grandes o pequeñas, que nos tienen secuestrada la democracia en aras de una partitocracia oligárquica, escasamente representativa y poco parlamentaria. Seguimos instalados en el caciquismo que fundamentó nuestra decadencia en el XIX, impulsó a los privilegiados del XX y que, ya en el XXI, ha cambiado los modos, no la sustancia, cursa con cargo al Presupuesto y se sustenta con legiones de funcionarios -nacionales, autonómicos, provinciales y locales- que, en connivencia con los poderes turnantes, han reemplazado la cesantía clásica por la obediencia ciega al triunfador en los últimos comicios del territorio que les afecta.

Desde tan justificada desconfianza, me atrevo a pronosticar que la confrontación parlamentaria anunciada para hoy no tendrá más valor que el litúrgico, algo insuficiente si se piensa en lo que le conviene al Estado y reclama la Nación; pero bastante para colmar los intereses, chiquititos y meramente electoreros, de los grandes protagonistas implicados. Dejando a un lado a las minorías periféricas, pescadoras de aguas revueltas, lo que más parece interesarles a José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy es perder el tiempo. Algo que vienen haciendo con gran maestría y escaso disimulo durante los últimos seis años, desde que el primero sobrevino como presidente de Gobierno y el segundo se agazapó, con afán de permanencia, en el nicho del líder de la oposición.

Si fuera conveniente un pacto entre los dos grandes partidos nacionales para abordar conjuntamente la crisis, la situación perjudicaría las perspectivas electorales de las dos grandes siglas y, sobre todo, de sus líderes y sus estados mayores. Si Zapatero quisiera enfrentarse al problema ya lo hubiera hecho cuando se lo reclamaban las circunstancias. Ha optado por dejar pasar el tiempo en la confianza de que, en lo que le queda de legislatura, cambiaran los vientos y mejorara la situación. Rajoy, por su parte, es el gran maestro de los aplazamientos, ese es su estilo y, a mayor abundamiento, no quiere perder una sola pluma en las peleas del corral pactista. España es una gran catástrofe social y económica; pero no importa, los partidos y sus líderes guardan la ropa para no mojarse.


ABC - Opinión

¿Sabremos por fin qué opina Rajoy?. Por Pablo Molina

El debate de este miércoles es más una prueba para Rajoy que para Zapatero, personaje éste amortizado para la política española ya desde sus propias filas si descontamos a las bibianas y las leyres.

El debate monográfico sobre la situación de la economía española va a ser una buena oportunidad para que los votantes del PP conozcan, por fin, la opinión de Rajoy sobre los temas más candentes de la actualidad. En estos dos últimos años hemos conocido los puntos de vista de todos y cada uno de los altos cargos del Partido Popular, pero seguimos sin saber qué piensa Rajoy sobre los asuntos más importantes de la política española.

Zapatero, de cuya insolvencia como gestor no existe la menor duda de uno a otro confín del planeta, tiene que poner a Rajoy frente a las contradicciones de su partido como único recurso para salir vivo del debate. Ese es el mensaje que sus seiscientos y pico asesores habrán tratado de introducir en la cabecita presidencial, si no por lealtad al presidente sí al menos para seguir manteniendo el puesto de trabajo, pues en la situación en que ha dejado España su jefe no va a resultar nada fácil encontrar un empleo tan escaso de obligaciones como profuso en emolumentos.


Por todo ello, el debate de este miércoles es más una prueba para Rajoy que para Zapatero, personaje éste amortizado para la política española ya desde sus propias filas si descontamos a las bibianas y las leyres, incondicionales del personaje porque de sobra conocen cuál será su destino si el leonés finalmente deja el Gobierno.

Así pues, Rajoy va a verse obligado por las circunstancias a explicar a los ciudadanos cuál es su visión de España y qué decisiones adoptaría si estuviera en el lugar de Zapatero. Por ejemplo, deberá aclarar si opina lo que su secretaria general en materia de trasvases hacia las zonas áridas de la península, o por el contrario su idea es coincidente con los presidentes populares de Murcia y Valencia. Lo mismo respecto a la energía nuclear, la reforma del mercado laboral, el derecho de los españoles a estudiar en su lengua materna o los efectos del nuevo estatuto de Cataluña sobre el andamiaje constitucional del Estado.

Sobre su apoyo al cine español no hace falta que se extienda. Después de ver este domingo a los sonrientes González Pons y Feijóo en compañía de los que están deseando volver a apedrear las sedes de su partido, ya nos vamos haciendo una idea aproximada.


Libertad Digital - Opinión

Ceniza. Por Ignacio Camacho

HOY es miércoles de ceniza y en el Congreso la oposición quiere que Zapatero haga penitencia de sus pecados de pereza, frivolidad y soberbia. Le van a llenar la frente de cruces dialécticas pero es poco probable que el presidente vaya con propósito de enmienda; le gustan estos desafíos, es buen encajador y además se pasa por el forro los reproches porque sabe que siempre encuentra alguien dispuesto a hacerle de cirineo a cambio de algún pellizco del presupuesto. En una sociedad política rigurosa saldría de la sesión para el arrastre, embocado a las elecciones anticipadas o a la moción de confianza, pero la nuestra es un mercado especulativo en el que las minorías se ponen «a corto» para trincar beneficios como los hedge funds de la Bolsa. El verdadero peligro del debate lo va a sufrir Rajoy, obligado a ejercer al mismo tiempo de oposición y de alternativa, y por tanto a decepcionar a quienes sólo esperan de él una faceta u otra. ZP lo tiene más claro: entra con tan poco crédito que en el más pesimista de los supuestos no podrá empeorarlo. Le impondrán la ceniza, pero no los santos óleos.

De un debate parlamentario no sale una solución a la crisis; todo lo más se puede obtener un clima, una actitud para afrontarla, aunque casi siempre queda todo en parloteo y composición escenográfica. Pero los líderes no van a buscar salidas para el país, sino para sí mismos: lo que les interesa es retratarse ante la calle con el perfil bueno. La gente está tan agobiada con la recesión y tan cabreada con los políticos que dará por ganador al que dé más y mejores muestras de buscar el acuerdo. En eso también lleva ventaja el presidente, no sólo porque dispone del primer turno y puede marcar los tiempos y los temas, sino porque es un experto en el embeleco y en la cháchara. Lleva prometidos tantos falsos consensos y se ha llamado tantas veces a andana que ya nadie debería engañarse con un truco tan trillado, pero para ganar tiempo todavía le puede dar de sí, sobre todo si consigue que Rajoy parezca un ogro crispado y colérico. En artes de propaganda y persuasión este tipo no tiene rival por su formidable desparpajo: se ha cruzado de brazos ante un paro galopante y ha endeudado a la nación hasta las trancas para no perder votos, pero aún tiene arrestos para acusar al adversario de desear el poder a costa de la quiebra nacional. Si Mariano pica y hace un discurso para hooligans le habrá regalado la victoria.

En realidad, es el jefe de la oposición el que se la juega. Muchos exaltados le piden sangre y exterminio, una acometida sin compasión, una arenga de Agincourt, un asalto fiero con la cara pintada; pero quizá la mayoría esté esperando de él una demostración serena de liderazgo y confianza. Un Gobierno, y menos uno tan relativista y maleable, no cae por un debate pero una alternativa sí se puede desmoronar en una mañana mal aparejada.


ABC - Opinión

El Debate del Estado de la Oposición. Por José García Domínguez

Si el miércoles subiera un estadista a la tribuna del Congreso sólo ofrecería sangre, sudor y lágrimas. Pero ni Zapatero posee la categoría política para hacer tal cosa, ni Rajoy dispone del valor necesario a fin de refrendarla.

Lleva enclaustrado Rajoy una semana, incubando ese inopinado Debate sobre el Estado de la Oposición que él mismo ha dado en patentar. Otro muy previsible parto de los montes, el enésimo, donde, a falta de pan programático, buenas serán las tortas retóricas para alimento espiritual de los hooligans de las dos aficiones; el manido sucedáneo circense de rigor ante el imposible enfrentamiento ideológico entre esas dos gotas de agua autistas que se invocan en medio de la tormenta.


Dispongámonos, entonces, a asistir de nuevo a la preceptiva retahíla de impostadas naderías que la ocasión exige. Desde el usted no genera confianza en los mercados; pasando por las consabidas lágrimas de cocodrilo a cuenta de la incontinente prodigalidad presupuestaria del prójimo; hasta el rutinario clímax final con alguna estentórea variante del "Márchese, señor González". Tan castizo, gallardo, altanero e inane todo como en el verso célebre del gran manco: "caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuese y no hubo nada". Igual que nada habrá, por cierto, de pactos, ententes, armisticios, ni regios chalaneos. Aquí, los hijos Caín, fieles albaceas de la más ancestral tradición de la tribu, andan siempre prestos a perder un ojo cuando se les garantiza que su adversario quedará ciego. Por algo, de los visigodos a esta parte, nadie hace prisioneros: se dispara a matar con furia, y jamás cabe concebir otra política que no sea la de tierra quemada.

Consecuentes, pues, con la barbarie celtíbera, el Solemne y el Perenne, Hernández y Fernández, Bouvard y Pécuchet, Rinconete y Cortadillo, accederían de grado a que el país terminase en la UVI del Fondo Monetario Internacional antes de renunciar a un milímetro de sanchopancismo táctico o una mísera migaja de demagogia garbancera. Qué le vamos a hacer, los españoles somos así. Nadie lo ignora: si el miércoles subiera un estadista a la tribuna del Congreso sólo ofrecería sangre, sudor y lágrimas a una nación al borde del abismo como ésta. Tampoco lo desconoce nadie: ni Zapatero posee la categoría política para hacer tal cosa, ni Rajoy dispone del valor necesario a fin de refrendarla. Ante tal panorama, presos todos de un par de indolentes máscaras de Don Tancredo, disolver las Cortes cuanto antes, ahora mismo, ya, es la única esperanza.


Libertad Digital - Opinión

La detención de Baradar

EN plena ofensiva militar en las regiones del sur de Afganistán, la detención del mulá Abdul Ghani Baradar, el principal comandante operativo de los talibanes, representa una excelente noticia que, de confirmarse, podría marcar un punto de inflexión en la guerra. La captura de Baradar es el golpe más importante que han recibido los talibanes desde el comienzo del conflicto, hace casi nueve años, un episodio que resulta, además, muy revelador de la actitud de Pakistán en esta crisis. Primero, porque la detención de Baradar ha tenido lugar en el interior de su territorio y con su activa colaboración; y segundo, porque la operación podría vincularse con las aspiraciones expresadas recientemente por el Gobierno de Islamabad de participar activamente en las negociaciones con los talibanes que han aceptado abandonar la lucha, tal y como ha propuesto el presidente afgano Hamid Karzai. Si otras facciones talibanes más proclives a la negociación que el todavía fugitivo mulá Omar aumentan ahora su influencia, tanto mejor para los planes de Occidente.


No obstante, hay que reconocer que la ofensiva de la OTAN en la provincia de Helmand no ha producido todavía un cambio esencial sobre el terreno: los talibanes retroceden sin presentar batalla y conducen a las tropas afganas y norteamericanas hacia terrenos minados, lo que hace su avance muy lento. Por otro lado, los errores que han causado víctimas civiles merman poco a poco el apoyo de la población, que es el objetivo fundamental de la estrategia del general Stanley McChrystal. Sólo la combinación de la presión en dos frentes -la OTAN y el Ejército afgano en el interior, y Pakistán en la frontera- puede forzar a los talibanes a aceptar la propuesta de Karzai, en lugar de seguir apostando por el agotamiento de la paciencia de las sociedades occidentales, que ven cada vez con más indiferencia el destino de aquella remota guerra. Desde el primer momento, la administración Obama ha mostrado su voluntad de cambiar el estado de las cosas y alentar una situación que permita a los afganos ocuparse de su propia seguridad. La neutralización de un personaje como Baradar podría ser una pieza clave en este proceso.


ABC - Editorial

El principio. Por Alfonso Ussía

Creo que ayer se produjo el principio. El principio del fin. La orden a Garzón de la Audiencia Nacional de proseguir «hasta el agotamiento» las diligencias en el llamado «Caso Faisán», ese posible GAL invertido, puede terminar con el Gobierno de Zapatero. «Gravedad sin precedentes», intuye el auto de la Audiencia. Garzón –le vienen las tortas a pares–, obligado a tomar declaración a testigos policiales y a pedir a Francia toda la documentación de las llamadas de los terroristas etarras. Garzón no podrá archivar el caso, como era su deseo, para salvar de la ignominia a sus amigos políticos. Ayer, cuando Zapatero recibió en La Moncloa a la gente del cine, no estaba tan dicharachero como de costumbre. Se le puede caer encima un meteorito de indecencia. Ayer, el Fiscal Conde Pumpido, no presentaba la habitual lozanía en su rostro ni en su gesto. Ayer, el juez Baltasar Garzón, que anda por ahí mendigando apoyos rarísimos, sufrió un nuevo varapalo. Ayer, en Senegal, el ministro Rubalcaba no tenía ganas de hablar salvo con el desierto. «Amigas dunas, gráciles gacelas, hienas carroñeras, palmeras de los oasis, ¿cómo va a terminar todo esto?». Y el desierto, siempre duro y sincero, que le respondió: «Si funciona el Estado de Derecho, mal, Alfredo, muy mal».

Ayer, en algunos altos mandos policiales se presentó de improviso, la colerilla. No se trata la colerilla de un ataque de cólera dominado por la prudencia, sino de una colitis, una correntía intestinal de muy complicada curación. Si vergonzosa fue la abierta negociación de un Gobierno democrático con los terroristas de la ETA –«Otegui es un hombre de paz» ¿recuerda, señor Zapatero?–, insostenible sería que por no dificultar la repugnante concordia, algún mando policial recibiera del Gobierno la orden de informar a los terroristas de los movimientos policiales. Insostenible sería la postura del juez Garzón, tan diligente en otras causas. Insostenible la dejación de la Fiscalía. Insostenible la permanencia de un Gobierno capaz de llevar a cabo semejante fechoría.

Ayer se agrietaron gestos y rostros, y se oscurecieron futuros y sueños de poder. Ahora acusarán también a los miembros de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional de franquistas. El único argumento. «Quien no esté con nosotros, es un franquista, un facha, un cavernícola». La dignidad de un Gobierno puede saltar hecha añicos si el Poder Judicial mantiene su independencia. Eso, el Estado de Derecho. Ayer no se produjo un traspiés. Ayer se inició el camino hacia el final, el término de la pesadilla, la meta de la gamberrada.

No fue el de ayer un día de sonrisas en la sede del PSOE. Si lo que se intuye se demuestra, si lo que se sospecha se abre a la luz, la ciudadanía asistirá asombrada a una quiebra inconcebible de la normalidad gubernativa. El GAL vuelto del revés. Las balas ilegales convertidas en flores entregadas. Todo encaja. Mientras volaba libremente «El Faisán», las mujeres del Cine oficial, le entregaban a la abogada de la ETA Jone Goricelaya rosas blancas. Otegui el hombre de paz, los faisanes avisados, la letrada de la ETA abrazada por Pilar Bardem. Coincidencias del sistema y de la fuerza del poder.

Pero no. Si el Estado de Derecho funciona, como ha dicho el desierto, esto va a terminar mal, muy mal. Y lo siento por ti, Alfredo.


La Razón - Opinión

Caamaño, contra la cadena perpetua y la seguridad de los españoles

Como bien le dijo el padre de la asesinada Marta del Castillo a Zapatero, "los españoles dormimos igual si hay un rey o una reina, pero no si nos falta un hijo".

Tras la reforma del Código Penal de 2003, que elevó de 30 a 40 años de cárcel la pena máxima que deben cumplir los terroristas y los autores de delitos especialmente graves, y que restringió severamente la concesión de beneficios penitenciarios, cabe cuestionarse si todavía resulta necesario el establecimiento en España de la cadena perpetua, tal y como reclaman asociaciones de victimas y cada vez más amplios sectores mediáticos, políticos y judiciales.


Lo que ha hecho, sin embargo, este miércoles el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, durante una conferencia pronunciada en Almería, ha sido denigrar a quienes legítimamente proponemos su implantación como si de un atentado a la democracia se tratara.

Ciertamente, afirmar, tal y como ha hecho Caamaño, que reivindicar la cadena perpetua es "ir contra la Constitución" y "olvidar lo mucho que tuvimos que sufrir para disfrutar un régimen de libertades", es una equivocada y pretenciosa lección de democracia que, en realidad, lo que revela es la asombrosa ignorancia que padece nuestro ministro de Justicia en Ciencia Política y Derecho Penal y Constitucional.

Si hay una herramienta en manos del Estado para preservar nuestras vidas y nuestras libertades es precisamente la ley y las penas que ella contempla para castigar a quienes las vulneren. ¿Desde cuándo la implantación de la cadena perpetua, que contemple los llamados juicios de revisión a partir de un plazo predeterminado de tiempo de cumplimiento de la pena, vulnera las libertades de los ciudadanos, exceptuando –claro está– las de los asesinos? ¿Acaso no está implantado este régimen de cadena perpetua en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Austria, Bélgica, Finlandia, Suiza y otros países europeos, por no hablar de Estados Unidos? ¿Les va a dar también Caamaño a estos países lecciones de lo que es un régimen de libertades?

En cuanto a la Constitución, esta lo único que dice es que "las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción y no podrán consistir en trabajos forzados". ¿Por qué ha de ser esto necesariamente incompatible con un régimen de cadena perpetua que contemple esos juicios de revisión?

Por otra parte, y aun concediendo que fuese necesaria una reforma constitucional, ¿es que reivindicar una modificación de nuestra Carta Magna supone atentar contra ella? ¿Acaso, y por poner un ejemplo, es "ir contra la Constitución" reclamar la modificación del articulo que preserva el orden tradicional de sucesión a la corona de España, tal y como han reclamado todos los partidos políticos? Pues como bien le dijo a Zapatero el padre de la asesinada Marta del Castillo, "los españoles dormimos igual si hay un rey o una reina, pero no si nos falta un hijo".

Y es que además de su cuestionable función "reeducadora", no hay que olvidar que la pena –que no por nada se llama así– tiene que cumplir una función punitiva y disuasoria.

Reconocemos, no obstante, que la elevación de las penas máximas de los treinta a los cuarenta años, siempre y cuando su cumplimiento sea efectivo, nos sitúa ante lo que podríamos llamar una "cadena perpetua de hecho". Sin embargo, creemos que podríamos, ciertamente, dormir más tranquilos y tener más preservadas nuestras libertades si supiéramos que jamás saldrá de la cárcel quien pueda seguir siendo una amenaza para nosotros o quien no se ha arrepentido del perpetuo daño causado.


Libertad Digital - Editorial

Garzón se enfrenta a sus excesos

FRENTE a los procesos penales en los que está inmerso, Baltasar Garzón va a necesitar argumentos de más peso que un editorial de «Los Angeles Times» o la desaforada campaña que han desatado sus ardientes seguidores contra jueces del Tribunal Supremo y vocales del Consejo General del Poder Judicial, acusados -especialmente los que podrían encuadrarse en la izquierda judicial- de urdir una conspiración contra el afamado juez de la Audiencia Nacional. A nadie debería extrañar que Garzón esté recogiendo los frutos envenenados de una carrera profesional caracterizada por excesos y extravagancias, echada a perder por su egolatría incontrolable. Son incuestionables sus aportaciones a la lucha contra el terrorismo o al impulso de la justicia universal contra los crímenes de genocidio.

Pero estos méritos no justifican los desafueros que ha perpetrado en la instrucción de numerosas causas, algunas de ellas desembocadas en nulidades por graves defectos de forma, y otras recluidas en dilaciones inexplicables. La defensa de Garzón no descansa en haber perseguido a Pinochet o haber incoado un sumario jurídicamente inefable por las desapariciones en la Guerra Civil y el franquismo. El fin tampoco justifica los medios, y esto deberían saberlo los defensores progresistas de Garzón, tan escrupulosos por regla general contra los abusos del poder y la vulneración de los derechos fundamentales. A Garzón no se le investiga en el Supremo por haber perseguido los crímenes franquistas, sino por haber cometido un presunto delito de prevaricación, escudado en una obscena manipulación de la tragedia histórica que fue la Guerra Civil. Tampoco hay revanchismo en la admisión de una querella que relata algo tan poco edificante como la solicitud de fondos a una entidad bancaria para sufragar los gastos de unos cursos por los que Garzón recibió una generosa gratificación, seguido todo ello del archivo de una querella contra esa misma entidad bancaria. A cualquier otro juez no se le habría consentido una mínima parte de todas las liberalidades que se ha permitido Garzón.

Las querellas admitidas contra él han sido previamente evaluadas por los magistrados de la Sala Segunda del TS con criterios técnico-jurídicos. De una de ellas se ha derivado un extenso y contundente auto de imputación. Motivos suficientes para suspender cautelarmente a Garzón, quien va a poder alegar ante el CGPJ antes de que éste resuelva sobre la suspensión. No es un trámite preceptivo, pero está bien que Garzón sea oído. En todo caso, todo apunta a que ya ha empezado a escribir su epílogo como juez.


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