sábado, 21 de mayo de 2011

Movimiento 15-M. El deseo y la pataleta. Por David Jiménez Torres

El movimiento puede convertirse en el fermento de ese espíritu cívico y exigente que echamos de menos los europeos cuando observamos países como Estados Unidos.

«A mi juicio, el síntoma más elocuente de la hora actual es la ausencia en toda Europa de una ilusión hacia el mañana. Si las grandes naciones no se restablecen es porque en ninguna de ellas existe el claro deseo de un tipo de vida mejor que sirva de pauta sugestiva a la recomposición (...) Hoy en Europa no se estima el presente: instituciones, ideas, placeres saben a rancio. ¿Qué es lo que, en cambio, se desea? En Europa hoy no se desea. No hay cosecha de apetitos. Falta por completo esa incitadora anticipación de un porvenir deseable, que es un órgano esencial en la biología humana. El deseo, secreción exquisita de todo espíritu sano, es lo primero que se agosta cuando la vida declina..»
Así hablaba Ortega y Gasset en el prólogo a la segunda edición de España invertebrada (1922). Y es por la necesidad de ese Deseo del que hablaba el filósofo, por lo que instintivamente simpatizo con las protestas de Sol y del resto de España.

Dicho esto, viene la habitual legión de reservas, asteriscos, notas al pie. Por ejemplo, es imperdonable que los manifestantes no hayan protestado contra la legalización de Bildu. Y también me parece un grave error que los organizadores se resistan a desconvocar las concentraciones previstas para el sábado. Grave error porque será una infracción de la ley y también porque actuará en detrimento de la efectividad del presunto "movimiento": el mensaje ya está lanzado y la cobertura mediática ha sido máxima. Persistir en la resistencia a la decisión de la Junta Electoral no hará sino incitar una deriva de los acontecimientos que puede empañar todo lo que este movimiento pueda tener de positivo.


Efectivamente, el ideario y las propuestas de los reunidos no son a veces más que la repetición de consignas anticapitalistas y del "pataletismo" de izquierdas más vulgar. Pero me parece un error tomar esas secreciones en forma de manifiestos por caracterizaciones de la totalidad. El movimiento me parece (admito que desde la distancia; no sé más que lo que leo en los periódicos y lo que me escriben algunos amigos que están en Sol) manifiestamente heterogéneo y proteico, y encasillarlo en el "antisistemismo" o en las estrategias de resistencia de una izquierda al borde de una debacle electoral me parece cerrarse a su potencialidad. Al fin y al cabo, me sorprendería que cualquier lector de estas líneas no encuentre ni un solo punto en común con las reivindicaciones de los "indignados". La intolerancia con la corrupción provenga del partido que provenga; la exigencia de una mayor ética en la actuación pública; el exigirles más compromiso y esfuerzo a los políticos; incluso propuestas más específicas como cambiar la ley electoral. Todo esto es muy positivo, y me atrevería a decir que desde esta casa se han defendido siempre ideas muy similares. Y también creo que a estas alturas es lícito sospechar que la llegada de Rajoy, Soraya, Cospedal y cía. al poder no supondrá el remedio automático de estos males.

El 15-M probablemente decidirá en las próximas horas y días su carácter definitivo: va camino del mito, tiene aspiraciones de mito, pero aún está hallando los contenidos que le darán coherencia. Puede desembocar en mera pataleta, pero también puede cristalizarse en un deseo potente como el que Ortega y Gasset consideraba imprescindible para toda regeneración. Es este posible carácter de deseo más allá de la pataleta el que creo que hay que fomentar y defender. Las acampadas pueden convertirse en un mito de los antisistema, en un mito del progresismo, en un mito de la derecha (no es descabellado), o también en un mito de todos los españoles, uno de esos mitos nacionales que tanto nos cuesta hallar. Dicho de otro modo, el movimiento puede convertirse en el fermento de ese espíritu cívico y exigente que echamos de menos los europeos cuando observamos países como Estados Unidos, donde un hombre como Rubalcaba jamás habría podido rehacer su carrera tras el GAL, donde ningún político se habría atrevido a incluir a imputados en sus listas. Infectar a la ciudadanía de este deseo y hacer ver a los partidos que se pueden sacar réditos electorales de hacerle caso y adoptar algunas de sus propuestas (única forma realista de lograr el cambio) no puede sino resultar positivo para todo el país.

Me temo que en el análisis de este movimiento se está reproduciendo un error común al estudio del regeneracionismo que hace un siglo, después del Desastre, imperaba en nuestros círculos intelectuales. Y es que, perdidos en el análisis de la feroz crítica que llevaron a cabo los regeneracionistas, no nos damos cuenta de que su esfuerzo tenía un carácter profundamente patriótico. Desear, exigir que tu país sea algo mejor que lo que es ahora siempre es un acto patriótico, independientemente de que uno lo diga explícitamente o no. Tampoco nos damos cuenta de la enorme posibilidad que escondía ese deseo, de la enorme oportunidad perdida que fue no lograr encauzarlo y legitimarlo dentro del orden político de la Restauración.

Y es este paralelismo histórico el que verdaderamente me preocupa, el que creo que debería preocuparnos a todos. El regeneracionismo no logró encauzarse de manera clara, ni a través de los dos partidos principales de entonces ni a través de las múltiples iniciativas que acometieron sus principales líderes. Las consecuencias fueron nefastas para España y para la libertad. Es esto lo que deberíamos evitar, el que un movimiento que puede llegar a tener auténtica fuerza y un impacto positivo se niegue a encauzarse por un camino claro y legítimo. Aquí es donde deberíamos ser verdaderamente exigentes con los Indignados. Deberían comprender que a menos que decidan encauzar ese deseo que, hasta cierto punto, compartimos tantos españoles, entonces todo, las pancartas y las consignas, la poesía escrita sobre el cartón, se habrá quedado en una mera pataleta.

La oportunidad perdida habría sido, entonces, considerable. En el prólogo a la cuarta edición de España invertebrada, Ortega añadía: "las naciones se forman y viven de tener un programa para el mañana".


Libertad Digital - Opinión

Incógnitas. Por Ignacio Camacho

Han hecho su trabajo y pueden volver a hacerlo, pero ahora toca respetar el derecho a votar sin interferencias.

LA ley es la base del sistema democrático. No hay democracia sin normas como no la hay sin urnas, cuyo funcionamiento regulan precisamente las leyes. Cuando se formula un desafío de desobediencia explícita y se afirma que el régimen asambleario es más democrático que las elecciones, se está adoptando una actitud autoexcluyente del sistema. Es decir, antisistema. Ese concepto del que los componentes del colectivo de «indignados» han tratado de separarse es el que puede acabar determinando su actitud si persisten en boicotear el final de la campaña con un rechazo manifiesto de la legalidad que puede degenerar en algarada antidemocrática. La actitud hasta ahora irreprochable de los concentrados se vuelve una expresión de intolerancia al vulnerar a propósito las reglas y corre el riesgo de perder gran parte de las simpatías que ha despertado su protesta. Han hecho su trabajo y pueden volver a hacerlo pero ahora toca respetar el derecho de los demás ciudadanos a votar libremente, sin interferencias. También de los ciudadanos miembros de partidos políticos que gozan de la misma libertad para pedir y obtener el voto que la que los manifestantes tienen para negárselo.

El reto del movimiento contestatario ha sembrado de incógnitas la jornada del domingo. También la de hoy, en la que el Estado y el Gobierno que lo representa ha sido obligado a elegir entre dos males: permitir un incumplimiento masivo de la ley o forzar una situación indeseable e incontrolable. En ambos casos —peor sin duda la segunda opción— las elecciones tendrán que celebrarse en condiciones de cierta anormalidad, un fenómeno que se está convirtiendo en peligrosa costumbre. Muchos millones de españoles empiezan a sospechar que se limita su libertad de elección democrática, y ese ambiente de recelo enturbia el sistema tanto como los vicios políticos que con razón denuncian los convocantes de la rebelión civil.

La influencia que la oleada de descontento pueda tener en el resultado de la votación está asimismo por determinar. El carácter generalista y apolítico de la movilización contrasta con un programa de peticiones que coincide en gran medida con el de IU, formación que acude a las urnas coaligada de hecho con el PSOE. En todo caso se trata de una opción libre siempre que se encauce de acuerdo a las reglas del juego, pero abre dudas sobre el apartidismo de la queja, y tendría un solo damnificado principal que no es precisamente el que ahora mismo ostenta la responsabilidad de Gobierno. Si por el contrario, el escrutinio electoral no registra sorpresas significativas, los dos grandes partidos cometerían un grave error de no tomar nota de estos acontecimientos. Guste mucho, poco o regular, esta sacudida de frustración, hartazgo y crítica va a determinar parte del futuro político. Y el cartero de sus quejas va a seguir pasando por la puerta de las instituciones.


ABC - Opinión

Movimiento 15-M. Las rastas de Rubalcaba. Por Pablo Molina

Si este sábado ven a un rastafari de barba rala con megáfono pidiendo una oposición que no nos mienta y animando a los congregados a visitar las sedes del PP, no lo duden. Es él disfrazado.

Es indudable que en los primeros momentos del movimiento de manifestantes del pasado 15 de mayo había jóvenes sensatos, muchos apolíticos y algún liberal, que sinceramente protestaban frente a la realidad del ocaso de un régimen con evidentes signos de descomposición. No eran mayoría, claro, pero se les podía detectar fácilmente entre la fronda de rastas y otros atavíos étnicos de los grupos marginales que copan este tipo de protestas callejeras. Ahora han desaparecido todos y con razón.

En la primera fase de las protestas, cuando sólo se había esbozado el diagnóstico de lo que nos ocurre, el acuerdo era prácticamente general. Cualquiera de nosotros hubiera suscrito, en términos generales, los motivos que han llevado a esa parte de la juventud a salir a la calle para afear a la clase política sus desmanes.

Pero eso fue sólo al principio. En cuanto el núcleo duro de la algarada elaboró su catálogo de remedios, aquellos jóvenes sensatos, apolíticos o liberales volvieron a sus estudios y a sus trabajos, actividades que en general la parte más noble de nuestra juventud lleva a cabo de forma simultánea, porque lo último que desea alguien mínimamente formado es servir de cobaya a la izquierda para sus experimentos callejeros.


Para salvar a la sociedad española no se puede proponer como tratamiento una ración doble del veneno que la ha postrado en la UVI democrática, y eso es exactamente lo que pretenden los que todavía se mantienen acampados en la Puerta del Sol y en otras plazas céntricas de las grandes ciudades españolas. El hecho de que su recetario coincida prácticamente en su totalidad con el de las organizaciones políticas de obediencia marxista no es una casualidad.

Por eso Zapatero y su troupe se confiesan encandilados con esta chiquillería que, sin saberlo, les aplaude. Los que todavía se concentran en las calles no quieren que Zapatero rectifique sino que avance mucho más en la línea que ha llevado al país a la actual catástrofe, y eso es algo que la vanidad estratosférica de un personaje tan mediocre como el todavía presidente del Gobierno integra como un halago, por otra parte absolutamente merecido.

Esta movida coge a los Zetapés, las pajines y los tomases con dos o tres sueldos menos y más tiempo libre y los tendríamos en la Puerta del Sol durante al menos una hora diaria, el tiempo justo para recitar a los congregados su habitual compendio de chorradas antes de volver al ático de lujo en su coche oficial.

Son tal para cual, como supo desde el principio el gran Rubalcaba, un político que va siempre varios cuerpos por delante de la manada. Si este sábado ven a un rastafari de barba rala con megáfono pidiendo una oposición que no nos mienta y animando a los congregados a visitar las sedes del PP, no lo duden. Es él disfrazado.


Libertad Digital - Opinión

Otro atípico día de reflexión

La acampada de la Puerta del Sol ha hecho más nítido el caos de la campaña electoral del PSOE y la deriva demagógica de Zapatero.

LA sala Tercera del Tribunal Supremo ha ratificado la decisión de la Junta Electoral Central de declarar ilegales las concentraciones previstas para hoy y mañana por los grupos que integran el movimiento 15-M. Por tanto, la responsabilidad única y directa del mantenimiento de esta situación de ilegalidad corresponde al Ministerio del Interior, cuyo titular solo se apoya en un informe de los Servicios Jurídicos del Estado basándose en la Ley de Seguridad Ciudadana y en la normativa que regula el derecho de reunión. La inacción de Pérez Rubalcaba contra los congregados en la Puerta del Sol está fundada en el argumento de que esas normas no permiten la disolución automática de una concentración aunque no esté autorizada administrativamente, salvo en casos extremos de comisión de delito o de actos violentos. Sin embargo, no deja de ser un ardid jurídico de última hora, utilizado «ad hoc» por el Gobierno para evitar la posible convulsión que un desalojo forzado de Sol generaría con toda probabilidad. Y, desde luego, no deja de ser una forma oportunista de dejar en evidencia a la Junta Electoral Provincial de Madrid, a la Junta Electoral Central y al propio Tribunal Supremo para salir al paso del laberinto en el que los «indignados» de Sol, y de muchos otros lugares de España, han encerrado al Gobierno.

En el plano político, la acampada de la Puerta del Sol ha hecho más nítido el caos de la campaña electoral del PSOE, caracterizada por la dispersión de discursos, la insolidaridad entre líderes nacionales y la deriva demagógica de un Zapatero crispado en su adiós. Por eso el PSOE se ha agarrado al clavo ardiendo de unas concentraciones que claman contra el «sistema» y no contra el Gobierno de los cinco millones de parados y del millón y medio de familias sin un solo empleado. En su desesperación, los candidatos y portavoces socialistas dicen hacer suyas las preocupaciones de los concentrados, obviando que lo que a éstos preocupa, según sus propuestas, es la supresión de la Audiencia Nacional, la derogación de la Ley de Partidos Políticos y la implantación de una política económica solo homologable a la de Corea del Norte. La izquierda, nuevamente, busca exculparse de su gestión y recurre a esconderse tras la derecha y el sistema democrático. La situación del PSOE es inquietante y la del PP, a tenor de los sondeos, esperanzadora. Hoy es día de reflexión. Debería ser también el primer paso de un cambio necesario.

ABC - Editorial

El permanente desprecio a la Ley de Rubalcaba

Por de pronto y mientras no nos demuestren lo contrario, podemos decir que, en la Puerta del Sol, la acampada ilegal sigue existiendo porque el Gobierno, personificado en la figura de su vicepresidente, quiere que así sea.

Todo indica que la jornada de reflexión de estas elecciones autonómicas y municipales vendrá marcada por los manifestantes que permanecen desde el lunes acampados ilegalmente en la Puerta del Sol. Es, cuando menos, chocante que se haya llegado a esta absurda situación. A estas alturas de la semana, el Ministerio del Interior debería haber hecho cumplir la prohibición de concentrarse acordada por la Junta Electoral de Madrid el pasado miércoles, pero ha permanecido inactivo durante dos noches consecutivas.

Alfredo Pérez Rubalcaba, titular de Interior y vicepresidente del Gobierno, dice una cosa pero hace otra. Juega con la prensa asegurando que cumplirá la Ley, pero no aclara si el cumplimiento pasa por desalojar la plaza ocupada de manera ilegal y convertida por los ocupantes en un asentamiento irregular donde se duerme, se cocina y se bebe alcohol hasta altas horas de la madrugada. De hecho, no hubiera hecho siquiera falta que se pronunciase la Junta Electoral al respecto: lo que está sucediendo en la Puerta del Sol es tan ilícito que la Delegación de Gobierno debería haber intervenido de oficio antes de que se llegase al momento actual.


Los últimos días de la campaña electoral han sido, literalmente, dinamitados por un grupo de manifestantes: todo cuanto suceda a partir de ahora será entera responsabilidad de Pérez Rubalcaba. Tiene, por el cargo que ostenta, la obligación de hacer cumplir la Ley y esto consiste en devolver a la normalidad esa plaza y todas las del país que están ocupadas por manifestantes. De lo contrario, por muchos malabarismos que haga durante las ruedas de prensa, habrá quedado en evidencia y tendrá que afrontar las responsabilidades políticas pertinentes.

Si no lo hace y, viendo en retrospectiva lo que ha sucedido durante esta semana, parece que no lo va a hacer, habrá que preguntarse qué interés oculto tiene el vicepresidente del Gobierno en prolongar una lamentable situación que está poniendo en jaque a su propio Ministerio, al Estado de Derecho y hasta al propio orden constitucional. Una pregunta a la que algunos compañeros de su propio partido, como el candidato por la Comunidad de Madrid, Tomás Gómez, o el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dan cumplida respuesta con sus declaraciones a favor de los ocupantes de la Puerta del Sol.

No todo vale para ganar votos en una campaña electoral. La Ley está ahí para que todos la cumplan, especialmente sus garantes. Por de pronto y mientras no nos demuestren lo contrario, podemos decir que, en la Puerta del Sol, la acampada ilegal sigue existiendo porque el Gobierno, personificado en la figura de su vicepresidente, quiere que así sea.


Libertad Digital - Editorial

viernes, 20 de mayo de 2011

¿En Sol?. Por Alfonso Ussía

Los «indignados» han tomado la Puerta del Sol. En un principio, sentí simpatía hacia ese movimiento. La perdí cuando el presumible actor Guillermo Toledo se sumó a los acampados y éstos lo aceptaron como uno más. Lo que parecía una protesta lógica y comprensible –cinco millones de parados y una generación con el futuro negro–, se ha convertido en un juguete de la izquierda radical. Penélope Cruz ha sido buenísima con ellos. «Los tengo en mi corazón», ha dicho. Con todos los acampados en su corazón, ha ingresado en la sala de espera de Primera Clase del aeropuerto de Barajas para volar a Los Ángeles. Excesivo peso en su corazón para vuelo tan largo.

Aun así, y a pesar de la manipulación de la izquierda radical, entiendo la desesperanza de los acampados, y también su indignación. Lo que no comprendo es que hayan elegido la Puerta del Sol para reunirse en la indignación. La economía española ha registrado una subida del 0,3 % en el primer trimestre del año. Una subida retaca. La economía madrileña ha subido en ese mismo período un 0,7% y un 1,8% en el cómputo interanual. Cifra que responde plenamente a la recuperación en la Unión Europea. Pero los indignados han elegido precisamente la Puerta del Sol, donde se ubica la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid para hacer visible su protesta. ¿Por qué en Sol? En el entorno del Palacio de La Moncloa hay más espacio para acampar que en Sol.


El responsable del desastre económico de España, de los cinco millones de parados y del túnel sin salida del porvenir de nuestra juventud, habita y hace que trabaja en el Palacio de la Moncloa. ¿Por qué en Sol y no en La Moncloa? ¿Por qué en Sol y no ante la sede de Economía y Hacienda? ¿Por qué en Sol y no ante el despacho de Rubalcaba, corresponsable del desencanto? ¿Por qué en Sol y no ante las sedes de Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores, los sindicatos de clase mansos y obedientes, que han permitido al Gobierno mucho más que lo permisible con la boca callada a cambio de millonarias dádivas y subvenciones? No pongo en duda la sobrada razón que tienen para protestar los acampados. Pongo en duda la oportunidad en la elección del lugar. ¿Casualidad o manipulación? Me temo que lo segundo. Cuando un movimiento nace de la espontaneidad, no se deja instrumentalizar por los oportunistas de siempre. Mañana estarán ahí todos los de la Ceja. Resulta sorprendente que Zapatero, Blanco, Rubalcaba, Pajín y compañía hayan aprovechado la situación para pedir el voto a las víctimas de su política económica y social. Son maestros en embarullar sus propios barullos.

En ese movimiento juvenil y espontáneo hay inteligencia, preparación y muchos motivos para la protesta. Se ha manifestado apolítico. Sería interesante que sus promotores cortaran el paso a quienes se aprovechan de ellos y convierten en sospechosas sus claridades. La izquierda radical es muy competente cuando se trata de infiltrar a los suyos y cambiar los esquemas, la ética y la estética de un movimiento popular. Una prueba irrefutable. Todos los detenidos por alterar el orden público y aprovechar la confusión para destrozar el mobiliario urbano tienen antecedentes. Expúlsenlos de entre ustedes. No permitan que sus razones y sus reivindicaciones se sometan a los violentos profesionales. Y con todo el respeto que la verdad de los «indignados» me merece, cambien el lugar de sus protestas. El Palacio de La Moncloa está a dos pasos. No es Esperanza Aguirre la culpable de sus desesperanzas. Y mucha suerte.


La Razón - Opinión

Movimiento 15-M. Entierro en la Puerta del Sol. Por Emilio Campmany

En todo esto, sólo hay una cosa segura. El régimen de 1978 está muerto. Sólo falta reconocerlo y decidir si ha fallecido de muerte natural o ha sido asesinado y, en éste último caso, determinar quienes han empuñado el arma.

El movimiento este del 15-M es amorfo y turbio, pero, aunque la izquierda del sistema esté tratando de manipularlo, sí parece espontáneo y exterior a los partidos con representación en las instituciones. Periodísticamente, el fenómeno tiene encandilados a muchos medios, incluido el Washington Post, que habla sin tapujos de la "Spanish revolution". Debe de ser que, como África de alguna manera empieza en los Pirineos, el rotativo encuadra lo de la Puerta del Sol en el marco de la primavera árabe que recorre todo el Magreb. Por mucho que nos duela, que la acampada sea fruto en parte de un contagio no debe descartarse.

El movimiento, a pesar de que el apoyo expreso es poco numeroso, está alcanzando mucha visibilidad. ¿Están bien organizados? El magnífico reportaje gráfico de Fernando Díaz Villanueva muestra unos medios bastante cutres, lo que sugiere espontaneidad. Sin embargo, algunas pancartas gigantescas aparecen en su enormidad perfectamente impresas, lo que a su vez hace pensar que cuentan con posibles. Esto implica disponibilidad de fondos y la posibilidad de que haya alguien aportándolos con el fin de manipular el movimiento en su beneficio. Total, que puede que haya alguien detrás y también puede que no.


El futuro es incierto. Si la Policía los deja, pueden acabar como los de Sintel, permaneciendo meses de acampada. Podrían terminar por convertirse en una atracción turística, una especie de parque de Tahrir donde poder ver (y oler) cómo se protesta para pedir más democracia en el norte de África, pero dentro del orden que implica hallarse en Europa. Aunque también puede que la protesta se vaya extendiendo hasta hacerse incontrolable. Incluso cabe la posibilidad, por hoy remota, de que se haga violenta.

¿Y si la Policía interviene? Rubalcaba tiene la obligación de hacerlo porque la acampada es ilegal sin necesidad de esperar a que lo diga la Junta Electoral Central. Naturalmente, antes de las elecciones, no se arriesgará. Pero, si lo hiciera después, podría despertar a un monstruo dormido. No hay que olvidar que el descontento de los del 15-M es común a muchos españoles, aunque a la mayoría de ellos no les apetezca dormir en la calle, compartir un colchón viejo y beber de una litrona.

En todo esto, sólo hay una cosa segura. El régimen de 1978 está muerto. Sólo falta reconocerlo y decidir si ha fallecido de muerte natural o ha sido asesinado y, en éste último caso, determinar quienes han empuñado el arma. Luego habrá que crear otro nuevo, para lo que tendrán que convocarse elecciones a Cortes constituyentes tras una reforma en profundidad de la Ley Electoral. Qué programa tan bonito para un líder que fuera un estadista. Si alguien sabe de alguno, que lo llame, que urge.


Libertad Digital - Opinión

Movimiento manipulado

Los acampados en la Puerta del Sol han cumplido su quinto día de protestas y anoche, tras conocer la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir las manifestaciones del día de reflexión, no sólo no depusieron su actitud sino que advirtieron que mantendrán las concentraciones en toda España, sin que se tengan noticias de la autoridad gubernativa, que asiste entre complaciente y paternal a la ilegalidad que supone la ocupación del centro neurálgico de la capital de España. El Gobierno ha justificado su pasividad ante la movilización antisistema y de ultraizquierda en un discurso que no encaja en un Estado de Derecho. El vicepresidente primero y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, principal responsable de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, explicó que «la Policía busca resolver los problemas y no crear más». Que los responsables de la seguridad renuncien a preservarla es un hecho grave. Las leyes están para cumplirlas y la Junta Electoral Central dictó en este sentido una resolución y un mandato clarísimos que fueron incumplidos en un acto de desobediencia. Resolver problemas en democracia es acatar y hacer cumplir las resoluciones de los organismos y no cruzarse de brazos mientras la situación se enquista sin un desenlace tranquilizador. Precisamente, el abuso y el atropello comienzan cuando la Ley, las normas que regulan nuestra convivencia, no se respetan o cuando se supedita la libertad de una mayoría a la voluntad de una minoría por unos intereses que, desde luego, no son los generales. El Gobierno ha tenido tiempo y medios para devolver la Puerta del Sol a la ciudad pero ha preferido amparar el desafío. ¿Habría hecho lo mismo si la algarada se hubiera celebrado ante La Moncloa o Ferraz? Con toda seguridad, no. Pero tiene su explicación. Ayer se conocieron las principales propuestas del recetario político, social y económico de los autodenominados «indignados». El discurso que emana de estos grupúsculos es el de la izquierda más trasnochada y rancia, en línea con principios del comunismo extraviado de IU: la subida de impuestos, la «expropiación» de viviendas en supuesto desuso, la ocupación de espacios públicos, el derecho a la tierra y al dinero público, la nacionalización de los bancos, el derecho a una vivienda digna o el alquiler social. También defienden cambios en la ley electoral, someter más leyes a referéndum, reducción de los privilegios, denuncia del Concordato con la Santa Sede o una consulta sobre monarquía o república. Es un sarcasmo que el PSOE, el autor del mayor recorte del Estado del Bienestar, se alinee con quienes piensan así. La izquierda ha edulcorado la realidad de una movilización no espontánea, de carácter involucionista, que persigue perturbar unas elecciones que tienen un pronóstico favorable al PP. En el río revuelto de la frustración y la irritación social provocada por siete años de Gobierno socialista, han echado la caña la izquierda radical y de la pesca hay varios partidos que aspiran a darse un banquete, empezando por el PSOE, el único partido de Europa que en vez de gobernar para sacar a su país de la postración económica sólo se dedica a hacer oposición de la oposición.

La Razón - Editorial

Movimiento 15-M. Consentidos y adulados. Por Cristina Losada

Se ha recordado a los amotinados, en difícil lección de geografía, que esto no es Egipto ni Túnez. Cierto. Pero es un rasgo egipcio, y recurrente, que aquí la igualdad ante la ley se tome por el pito del sereno.

En España, la condición necesaria, aunque no suficiente, para que una acción de protesta despierte las tiernas atenciones del poder es que infrinja la ley. Ese insufrible hábito de democracia acomplejada y de políticos oportunistas se ha impuesto, de nuevo, ante la acampada, happening o macrobotellón, que tiene por epicentro la Puerta del Sol madrileña. La Junta Electoral dispuso que era ilegal, y como si dijera misa. La filosofía del Gobierno y de su ministro del Interior es dejar a los niños en paz. Esto es, dejar que vayan –o vuelvan– a ellos. Y si no los nenes, sus papás, que igual verían con malos ojos que sus retoños fueran desalojados sin miramientos por los paladines del progresismo. Al tiempo, políticos de la izquierda y de otros páramos pugnan por adular a los del campamento, abonando la ya asentada noción de que el respeto a las normas sólo rige para los pringados.

Ah, es que son jóvenes. Y, por lo tanto, exentos de responsabilidad. No propongo, vaya, que enviaran a la caballería. Ante todo, para evitar daños a edificios y comercios, pues, por lo demás, cuando uno participa en un acto ilegal ha de ser mayorcito y estar preparado. Tanta sobreprotección a la juventud, sea interesada o bobalicona, crea las condiciones para que los peques se desorienten cuando caen en la realidad desde el mundo Alicia. Razón de más para impedir que sigan haciendo lo que les da la gana. Nada justifica la consentida violación de las normas. Pero cambiemos el decorado. De estar ocupada la plaza de España en vísperas electorales por gentes contrarias a la presentación de Bildu, tendríamos al Gobierno en pie de guerra y al diario global tocando a rebato contra una conducta golpista instigada por el PP, la Brunete y el Tea Party.

Se ha recordado a los amotinados, en difícil lección de geografía, que esto no es Egipto ni Túnez. Cierto. Pero es un rasgo egipcio, y recurrente, que aquí la igualdad ante la ley se tome por el pito del sereno. Y eso sí que es para indignarse. Oh, pero estos chicos merecen ser escuchados; representan el malestar social ante la crisis. Un momento. Sólo se representan a sí mismos en tanto no concurran a unas elecciones. Y si quieren ser sociedad civil, deben mostrar, primero, que son civilizados. Aquí se empieza por no creer en la sociedad civil y se acaba creyendo que es cualquier cosa.


Libertad Digital - Opinión

Protesta y democracia

La Policía no está para filosofar, sino para hacer cumplir la ley electoral y proteger la jornada de reflexión.

LA opinión pública reconoce que los acampados en la Puerta del Sol tienen motivos para sentirse defraudados, aunque los manifestantes pierdan buena parte de sus razones distribuyendo culpas de manera genérica, pero ideológicamente orientadas contra el sistema democrático liberal. Hay una reacción social de empatía ante una crisis que ha arruinado las expectativas de media juventud española, pero es muy distinta la valoración que merecen las propuestas que ha alumbrado esta asamblea del centro de Madrid, porque si se pusiera en práctica la mayor parte de ellas —de un izquierdismo absolutamente trasnochado— la crisis sería aún peor. Entre las propuestas que ayer recibieron más apoyo en las asambleas realizadas a mano alzada en la plaza estuvieron la supresión de la Audiencia Nacional, el apoyo a la III República y la derogación de la ley de Partidos, que tantos éxitos y provechos ha generado en la lucha antiterrorista. Inquietante.

En cualquier caso, todo ciudadano tiene derecho a expresarse y a decir lo que crea oportuno, siempre que no incite ni justifique la violencia. Ahora bien, actualmente hay un proceso electoral en marcha que finaliza el próximo domingo. No es admisible que las jornadas de reflexión y votación vayan a estar marcadas por estas protestas, que tienen una clara intencionalidad electoral, aunque solo sea la de, supuestamente, disuadir a los ciudadanos de que vayan a votar. Otras interpretaciones más detalladas podrían incluso perfilar tendencias políticas concretas en el planteamiento de este movimiento de indignación. La lista de asociaciones o colectivos que han respaldado públicamente este movimiento o que han invitado a sumarse a él —en su inmensa mayoría procedentes de la izquierda radical y antisistema— y la ubicación del campamento base de esta protesta asamblearia frente a la sede del Gobierno autonómico de Madrid no resultan gratuitas y aportan bastantes pistas.


Y quizá consciente de esa adscripción ideológica, y de que su abstención podría empeorar el mal panorama que ya dibujan las encuestas del 22-M, los dirigentes del PSOE —el primero, su secretario general— se han lanzado a dar la razón a los «indignados», pero sacudiéndose cualquier responsabilidad en la situación de crisis derivada de su mala gestión, pese a llevar casi ocho años gobernando España. No es previsible que ese cinismo, ese echar la culpa al empedrado, sirva para convencer a los acampados y a quienes los secundan de que les den sus votos en las elecciones del domingo para así neutralizar el ascenso del PP.

La resolución de la Junta Electoral Central, adoptada al filo de la medianoche de ayer, de prohibir las concentraciones durante el sábado y el domingo es la tercera declaración de ilegalidad que recae sobre este movimiento asambleario, aunque las anteriores no tuvieran efecto alguno por la pasividad del Ministerio del Interior y de la Delegación del Gobierno. Alfredo Pérez Rubalcaba se ha justificado con el argumento de que un desalojo «no es la filosofía» de la Policía. Independientemente de lo que pueda hacer hoy en cumplimiento de la decisión de la JEC, convendría recordar al titular de Interior que la Policía no está para filosofar, sino para hacer cumplir la ley electoral y —llegado el caso, dados los planes de los antisistema— proteger mañana la jornada de reflexión, llamada así porque en ella no se pueden realizar actividades políticas que influyan en el voto de los ciudadanos. El Estado de Derecho tiene unas reglas cuyo incumplimiento quizá guste a parte de la izquierda, acostumbrada a no respetar las jornadas de reflexión, pero que representa una agresión a la democracia.


ABC - Editorial

Se abre una brecha en el régimen socialista andaluz

UGT y CCOO, esos apéndices políticos disfrazados de sindicatos, han sido las primeras víctimas de este intento del PSOE andaluz de forzar la máquina.

Mientras el foco informativo se mantiene en la Puerta del Sol, en Andalucía ha tenido lugar un suceso importante: UGT y CCOO, sindicatos oficiales del régimen en que vivimos, se han quedado sin representantes en las elecciones de delegados de los funcionarios de la Junta de Andalucía. La región gobernada por el PSOE desde hace treinta años es la culminación del proyecto que tienen los socialistas para España: una sociedad aborregada, empobrecida, caciquil y completamente sometida al sector público. Pero esta derrota muestra una grieta en el control casi perfecto que permitió a Chaves gobernar casi veinte años.

A primera vista, la razón es la ley que permite convertir en funcionarios con todos sus derechos al numerosísimo personal laboral contratado a dedo por la Junta a lo largo de los años. Se consideren o no razonables los privilegios con que cuentan los funcionarios en comparación con el resto de los trabajadores, lo que resulta inadmisible es que se extiendan a quienes no han demostrado más mérito que el de llevar bien agarrado el carnet del PSOE en la boca. Quienes más han protestado contra la medida han sido precisamente los mismos funcionarios, que han demostrado su indignación en las calles y, después, en las elecciones sindicales.


Ante ese asalto al funcionariado andaluz, UGT y CCOO han preferido apoyar a la Junta, como buenos representantes del régimen que han sido siempre. Los resultados de las elecciones sindicales de este jueves los colocan completamente fuera, cuando en España el principal y casi único lugar donde ejercen es precisamente el sector público.

El Gobierno de Griñán ha querido perpetuar el control socialista de la Junta de Andalucía aun en el caso de que pierdan alguna vez las elecciones, asegurándose de tener a los suyos ahí colocados hasta la jubilación. UGT y CCOO, esos apéndices políticos disfrazados de sindicatos, han sido las primeras víctimas de este intento de forzar la máquina. Pero que se haya abierto esta brecha en el sistema implantado por Chaves para garantizar que el PSOE se eternice en el poder no significa que se vaya a romper. Para eso hace falta que pierdan unas elecciones, y el ganador se esfuerce en desmontarlo. Y ambas cosas parecen aún algo lejanas.


MEDIO - Opinión

jueves, 19 de mayo de 2011

Agitación y propaganda

La recta final de la campaña se encuentra bajo los efectos de una inesperada movilización cuyo epicentro está en la Puerta del Sol de Madrid, pero que se repite en las principales capitales de la nación. El denominado Movimiento 15 de Mayo ha recogido, según sus convocantes, el malestar y la angustia de una ciudadanía que no se siente ni representada ni defendida por la clase política. Esas miles de personas reclaman cambios políticos y sociales y, de acuerdo a su discurso, no tienen vinculación ni dependencia políticas. ¿Es creíble esta versión idealista y modélica? Hay indicios y circunstancias que alimentan la desconfianza sobre el origen, el desarrollo y el propósito final de este fenómeno. La reacción de la izquierda, especialmente del PSOE, es una de ellas. La empatía socialista con esos manifestantes tiene bastante de impostura al ser ellos los responsables de que casi la mitad de los jóvenes de este país no tenga trabajo. Desde el PSOE se les ha puesto una alfombra roja, se ha elogiado su lucha y se los ha calificado de «amigos». La instrumentalización ha sido evidente con la complicidad aparente de los acampados.El Gobierno se siente a gusto con un escenario en el que la principal expresión del hartazgo social se produce ante la sede del Ejecutivo de Esperanza Aguirre y no frente a La Moncloa o el Congreso.

Aunque es más que probable que para una parte de los movilizados la desesperación y el deseo del cambio sean razones reales, la protesta apunta directamente a la izquierda, a grupos anarquistas y antisistema. Las agresiones a periodistas y las trabas al derecho a la información que han marcado estas primeras horas son actitudes de esos colectivos totalitarios que no quieren luz y taquígrafos salvo para su propaganda. Quien no tiene nada que esconder no aplica la censura. Pensar que un movimiento de miles de personas con dimensión nacional ha surgido de forma espontánea es pecar de ingenuos o desconocer la realidad. Necesariamente, alguien debe mover los hilos de una algarada que ha saltado sobre la campaña electoral para distorsionar y confundir. La realidad del país es crítica. Pero lo ha sido durante los últimos años y nada se ha sabido del Movimiento 15 de Mayo. No creemos en las casualidades.

La clase política española no es perfecta y no ha estado a la altura, pero la democracia representativa tiene sus reglas y sus tiempos. La alternancia es la solución para sustituir a los gobiernos, y no las «democracias» asamblearias. Votamos para elegir a nuestros representantes y los españoles no han elegido a los acampados en la Puerta del Sol, por lo que no están legitimados para arrogarse el descontento o la indignación de la ciudadanía. La izquierda extrema sabe mucho de agitación y propaganda y de subvertir el orden. En esta ocasión, se ha hecho con la lamentable colaboración de la Delegación del Gobierno de Madrid, que se ha cruzado de brazos mientras el centro de la capital era tomado. Al menos, la decisión de distintas juntas electorales provinciales de prohibir las concentraciones demuestra que algunos no están dispuestos a mirar para otro lado.


La Razón - Editorial

Movimiento 15-M. El Cacao Party. Por Cristina Losada

A los acampados les preocupa, básicamente, ser personas y no mercancías. Hay quien les ha colgado la medalla de "inconformistas". Yo los veo muy conformes con los tópicos de la izquierda común y corriente.

Más intrigante que esa acampada de jóvenes airados es el enorme interés y el especial respeto que ha concitado. Cierto que venía a ser el aspecto yang de estoloarreglamosentretodos. Unos optimistas y otros indignados, los hermanaba la amplia y cálida cobertura ofrecida por TVE, empresa muy selectiva con su tiempo, como se sabe. Pero estaba, por supuesto, el factor twitter, el excitante fetichismo de las redes sociales. Y se sumaba el efecto copycat. Era una combinación irresistible para la prensa, que veía venir algo grande. ¡Una primavera árabe en vísperas electorales y una plaza Tahrir ante la sede del Gobierno regional de Madrid! Para relamerse. Si agreden a periodistas políticamente incorrectos, la perfección se toca con los dedos. Y si se oye la sintonía del bestseller de la temporada, el panfleto fraude del resistente francés, entonces, bingo.

Un posible portavoz de los improbables árabes congregados en la Puerta del Sol declaraba, al parecer, que "los medios no se enteran de nada". Bien. Leído el manifiesto del asunto tengo para mí que sus autores aún se enteran de menos. Vaya empanada. Dos décadas logsianas y una larga tradición de desinterés por la res publica –aunque se vote en masse– han de traer consecuencias. El analfabetismo político es una de ellas. Pero esta empanada desprende un aroma conocido. Es anticapitalista y estatista. Unos ingredientes que gustan tanto a izquierda como a derecha y, en concreto, en los extremos de cada una de ellas. En esas zonas fronterizas siempre se le ponen apellidos a la democracia y fraguan movimientos antisistema, cual fueron el fascismo y el comunismo. Hoy, Sistema es sinónimo de economía de libre mercado. Y antisistema, un modo de externalizar la frustración: la cuenta de las expectativas incumplidas se le carga a la entelequia. Qué bonita irresponsabilidad, sentirse simple engranaje de una maquinaria pérfida.

Estamos ante un ejercicio de "democracia real", por lo que nada se sabe realmente, pero, de acuerdo a la prensa ignorante, a los indignados les molesta el bipartidismo. He ahí otro lugar común de la listas de males que corren por el extrarradio. ¡Otro mito! Tan débil es el bipartidismo en España, por contraste, pongamos, con EEUU, que los Gobiernos han de pactar una y otra vez con pequeños partidos como los nacionalistas. Y ceden de manera injustificable. Pero a los acampados les preocupa, básicamente, ser personas y no mercancías. Hay quien les ha colgado la medalla de "inconformistas". Yo los veo muy conformes con los tópicos de la izquierda común y corriente.


Libertad Digital - Opinión

“¿Es esto otro 11-M contra el PP? ¿Está detrás Rubalcaba?” Por Federico Quevedo

Ayer por la mañana estuve en Sol. Resultaba urgente acudir al lugar que se ha convertido en el epicentro informativo de estos últimos días -con perdón a los lorquinos-, para recabar información y, sobre todo, impresiones. A la hora de escribir estas líneas, en una decisión desde mi punto de vista absolutamente equivocada, la Junta Electoral Central había desautorizado la concentración convocada para las ocho de la tarde de ayer, y escribo por lo tanto sin conocer el resto de los acontecimientos consecuencia de esa prohibición. Lo que sé es que a partir de que se conociera el dictamen de la JEC, en las redes sociales creció la indignación y eso no pronosticaba nada positivo. El caso es que por la mañana en Sol el ambiente era bastante tranquilo después de que la Policía permitiera a los que hemos dado en llamar #indignados acampar a sus anchas. Como llevo mucho tiempo, mucho, exigiendo una reacción social ante lo que me parece que es una crisis de orden político-social-económico sin precedentes, en principio lo que está pasando en Sol y todo lo que se mueve alrededor de este movimiento de protesta y de manifestación del desencanto, me atrae y me convence.

Pero no ocurre lo mismo con todo el mundo. De hecho, ayer en Sol mucha gente se acercó a preguntarme por lo que estaba pasando con una doble cuestión que intranquilizaba a la inmensa mayoría: “¿Es esto otro 11M contra el PP? ¿Está detrás Rubalcaba?”. La sospecha de que el ministro de Interior pudiera estar en la génesis de este movimiento no es baladí, de hecho parece ser que puede haber algún militante socialista conocido detrás de alguna de las plataformas y eso ha llevado a determinada gente a concluir que, en efecto, el PSOE está detrás de esto. Pero después de haber seguido durante muchos tiempo la génesis de este movimiento, de haber compartido análisis y comentarios con algunos de sus organizadores a través de twitter y de comprobar ayer in situ lo que realmente hay detrás de todo esto, me atrevo a segurar que no, que esto no es un nuevo 11M contra el PP ni está detrás Rubalcaba. No, esto es una expresión ciudadana de desencanto, de desesperanza, de malestar, de pérdida de fe en la democracia y en sus instituciones que hoy todavía está en una fase embrionaria, pero que puede acabar afectando al sistema si quienes de verdad tienen en su mano afrontar los cambios no hacen nada por evitarlo.


“Un Gobierno del Partido Popular será la última barrera de defensa del sistema, pero para ello tendrá también que afrontar importantes decisiones de regeneración democrática, y no podrá hacerlo solo sino que tendrá que contar con el apoyo del PSOE y de los nacionalismos”, me decía ayer por la tarde un buen amigo y mejor analista. Lo que se está viviendo en Sol es una expresión social de rechazo, de rechazo global… Su lema, “lo queremos todo, lo queremos ahora”, no deja de ser casi una amenaza. Están hartos, y esa expresión de hartazgo no beneficia a nadie, ni al PP que será quien tenga que gobernar y administrar las consecuencias de lo que estamos viviendo, ni al PSOE porque en el fondo esta imagen del desencanto social le va a pasar todavía más factura de la que ya de por sí le iba a pasar la crisis económica, porque buena parte de la culpa de todo esto la tiene un Gobierno que empezó a gobernar haciendo lo peor que podía hacer: dar al traste con todos los consensos de la Transición y poniendo en cuestión la naturaleza misma del sistema.
«Cuando crece el desencanto son muchos los movimientos radicales de uno u otro signo que intentan capitalizarlo para ir en contra del statu quo, y eso es lo que hay que evitar.»
Pero limitar la culpa al Gobierno sería injusto. Toda la clase política es responsable de haber permitido que un sistema joven sin embargo se anquilosara hasta parecer hoy en día un sistema viejo y caduco cuyos resortes y engranajes chirrían de puro óxido. Lo que nació como una democracia de ciudadanos se convirtió pronto en una democracia de partidos a medio camino de la oligarquía. Y no es eso lo que quieren los ciudadanos, solo que hasta ahora estaban dormidos, resignados y parecía que nunca nadie iba a levantar la mano y recordar que esto no era así cuando nació. Lo cierto es que lo que hemos conocido hasta ahora está condenado a cambiar, pero el cambio ha de producirse desde dentro del sistema, que es lo que traté de explicarles ayer a muchos de los chicos acampados en Sol, porque desde fuera van a conseguir muy poco, por no decir nada. Pero sí que es verdad que la inoperancia política puede hacer que en un momento dado el propio sistema esté en riesgo, porque cuando crece el desencanto son muchos los movimientos radicales de uno u otro signo que intentan capitalizarlo para ir en contra del statu quo, y eso es lo que hay que evitar. Cambios, sí. Todos los posibles. Pero siempre respetando los principios básicos que conforman un sistema democrático, que no son otros que el cumplimiento de la Ley, la defensa de la libertad, la división de poderes y la tolerancia.

Por una democracia real ya: decálogo contra la desesperanza

Sobre esa base, ¿es posible plantear reformas que supongan un proceso de regeneración democrática profundo y aceptable por todas las partes, que dé satisfacción a esa demanda de más y mejor democracia, o de democracia real ya como dice la página web de la plataforma que lidera todo este movimiento tuiteado como #15M? Ellos mismos en su Manifiesto ponen las bases, pero no son capaces de establecer los objetivos:

“-Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas.

-Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz.

-El actual funcionamiento de nuestro sistema económico y gubernamental no atiende a estas prioridades y es un obstáculo para el progreso de la humanidad.

-La democracia parte del pueblo (demos=pueblo; cracia=gobierno) así que el gobierno debe ser del pueblo. Sin embargo, en este país la mayor parte de la clase política ni siquiera nos escucha. Sus funciones deberían ser la de llevar nuestra voz a las instituciones, facilitando la participación política ciudadana mediante cauces directos y procurando el mayor beneficio para el grueso de la sociedad, no la de enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo tan sólo a los dictados de los grandes poderes económicos y aferrándose al poder a través de una dictadura partitocrática encabezada por las inamovibles siglas del PPSOE.

-El ansia y acumulación de poder en unos pocos genera desigualdad, crispación e injusticia, lo cual conduce a la violencia, que rechazamos. El obsoleto y antinatural modelo económico vigente bloquea la maquinaria social en una espiral que se consume a sí misma enriqueciendo a unos pocos y sumiendo en la pobreza y la escasez al resto. Hasta el colapso.

-La voluntad y fin del sistema es la acumulación de dinero, primándola por encima de la eficacia y el bienestar de la sociedad. Despilfarrando recursos, destruyendo el planeta, generando desempleo y consumidores infelices.

-Los ciudadanos formamos parte del engranaje de una máquina destinada a enriquecer a una minoría que no sabe ni de nuestras necesidades. Somos anónimos, pero sin nosotros nada de esto existiría, pues nosotros movemos el mundo.

-Si como sociedad aprendemos a no fiar nuestro futuro a una abstracta rentabilidad económica que nunca redunda en beneficio de la mayoría, podremos eliminar los abusos y carencias que todos sufrimos.

-Es necesaria una Revolución Ética. Hemos puesto el dinero por encima del Ser Humano y tenemos que ponerlo a nuestro servicio. Somos personas, no productos del mercado. No soy sólo lo que compro, por qué lo compro y a quién se lo compro”.

Con algunos matices, esto es suscribible por cualquiera que de verdad se preocupe por la defensa de los derechos fundamentales de las personas y sufra en carne propia o ajena los excesos de una sociedad de consumo. Pero, ¿cómo corregimos los defectos del sistema? Es aquí donde ayer pude percibir una absoluta anarquía en los planteamientos. Los modelos asamblearios se han demostrado ineficaces, y solo desde una dirección política con principios asumibles es posible liderar ese movimiento y llevarlo a buen término. Principios que podrían resumirse en este decálogo que ayer, amablemente, me proponía uno de los manifestantes:

1- Reforma de la ley electoral para evitar el castigo a las formaciones políticas minoritarias en beneficio de las mayoritarias o los nacionalismos periféricos.

2- Imposición por ley de las listas abiertas en la elección de concejales, diputados autonómicos y diputados y senadores nacionales.

3- Elección directa de alcaldes y presidentes de comunidades autónomas.

4- Establecimiento por ley de un sistema de primarias en la selección de candidatos en los partidos, proceso en el que no solo participen los militantes sino también los votantes.

5- Limitación a ocho años en el ejercicio de cualquier cargo publico electo.

6- Reforma de los reglamentos de las Cámaras para consagrar el principio de respeto a las minorías y la pérdida del poder de las mayorías en las Juntas de Portavoces.

7- Aceptación obligada de las iniciativas populares que conlleven un número de firmas suficiente para ser tomadas en cuenta.

8- Desaparición de todo organismo superfluo de la Administración del Estado (diputaciones, cabildos, mancomunidades, etcétera) y reducción del número de ayuntamientos.

9- Modificar el método de elección de los órganos del Poder Judicial para evitar su politización y garantizar la división de poderes.

10- Inhabilitación por ley de todo cargo público imputado en un proceso de corrupción y prohibición por ley del uso partidario de las demandas judiciales.

En mi opinión, francamente, creo que si un partido político fuera capaz de asumir un decálogo de reformas como este, se llevaría, como se dice popularmente, el gato al agua, pero para eso hace falta audacia y, hoy por hoy, de eso nuestra clase política adolece de manera casi sintomática. Pero para salvar el sistema hace falta arriesgar, y siendo conscientes de que los cambios son inevitables, más pronto o más tarde alguien tendrá que asumir estos retos.


El Confidencial - Opinión

Movimiento 15-M. Los indignados. Por José García Domínguez

Qué le vamos a hacer, se nos han amotinado los hijos del zapping, monarcas absolutos del mando a distancia. De ahí esa esquizoide menestra de querencias contradictorias, reflejo de la soberana empanada mental que arrastran sus redactores.

Por no leer, ni siquiera han leído al tal Hessel. Indignaos, apenas treinta tristes folios a doble espacio. Acaso demasiada letra para la generación mejor formada –dicen– de la historia de España. Ni a Hessel, ni a Marx, ni a Bakunin, ni a Trotsky, ni a nadie. Y se nota. Lo peor es que se nota. Tal vez sea eso lo más deprimente. Porque basta echarles una ojeada somera a las que pretenden sus "propuestas" a fin de dar con el genuino autor intelectual: la tele. Ni una sola idea original, por quimérica o descabellada que se antojase. Pero, eso sí, todos los tópicos, lugares comunes y perogrulladas aprendidos en los púlpitos digitales.

Todos, sin excepción. Desde la prohibición de los rescates bancarios permitiendo la quiebra del sistema financiero, fantasía suicida tan cara a los charlistas del género apocalíptico, hasta la manida reducción de los asesores en las administraciones, otro clásico de los arbitristas mediáticos. Amén, naturalmente, del alegre llamamiento a incrementar el gasto "social" y a bajar el sueldo a los políticos, irrenunciables mantras de cualquier demagogo audiovisual que se precie. Una abigarrada sopa de ganso, vaya. Y es que puestos a ocupar la calle, uno esperaría que, al menos, los indignados cargasen con El Manifiesto Comunista en la mochila; subrayado en rojo, a ser posible. Pero resulta que a lo sumo llevan el Teleprograma.

Qué le vamos a hacer, se nos han amotinado los hijos del zapping, monarcas absolutos del mando a distancia. De ahí esa esquizoide menestra de querencias contradictorias, reflejo de la soberana empanada mental que arrastran sus redactores. Por lo demás, igual que ellos se han hecho en la televisión, la televisión los ha hecho a ellos. La televisión, magnificando su ruidosa nada, que no ese juguete, Twitter creo que le llaman. En fin, mayo del sesenta y ocho se acabó justo el día que comenzaban las vacaciones de verano. Al punto, los papás dejaron de remitir el preceptivo talón mensual a París. Así las cosas, a los insobornables revolucionarios de La Sorbona, súbitamente insolventes, no les quedó más remedio que volver a casa. Y algo parecido ocurrirá aquí. Cuando emitan el próximo capítulo de Física o Química, no queda un alma en la Puerta del Sol. Y si no, al tiempo.


Libertad Digital - Opinión

La pequeña cárcel de CiU. Por Alvaro Robles Cartes

<-- Escudo de Pedro IV de Aragón
Con boina o con Blackberry no es fácil ser nacionalista en el siglo XXI. Una cosa es preservar el paisaje propio con la boina calada, renunciar a la Alta Velocidad y conseguir que las centrales nucleares estén en casa del vecino. Añorar el pasado y pretender no necesitar más cosas que las que el lenguaje ancestral era capaz de nombrar: el buen salvaje disfrutando del estado de Bienestar con la frontera electrificada. Un buen sueño.

Otra cosa diferente es el nacionalismo de blackberry, traje oscuro y gafas de pasta, discurso cuajado de anglicismos y estética globalizada que se contradice a cada paso con su razón de ser identitaria. Asumir la globalización y su inherente permeabilidad económica y cultural es aceptar que una creciente parte de la realidad carece de declinación local. Cuando son cada vez más los españoles que respiran aliviados al ver decrecer las competencias estatales a manos de un directorio europeo, los partidos nacionalistas, en bicicleta y dirección contraria, continúan reclamando más competencias. Ignorantes de que han devenido en partidos temáticos, como el de los jubilados o el sexo libre, cada vez tienen ideas propias sobre menos cosas y más discurso prestado sobre el resto. Tal vez por ello, en Quebec están a punto de claudicar, aunque en Cataluña, con boina o blackberry, muchos perseveran todavía en el intento.


El presidente Mas ha presentado sus objetivos para la legislatura: el Pla de Govern 2011-14. Una fulla de ruta razonable, centrada en lo que toca hacer y estructurada en 64 ámbitos de actuación. Sorprende en positivo, para alguien no nacionalista, el escaso peso que un Gobierno soberanista concede al apartado “Nación, lengua y cultura”. Si excluimos de él la empecinada reclamación del Pacto Fiscal, que debería ir en el apartado de economía -si se deseara alcanzarlo y no protestar por su fracaso-, el rubro quedaría limitado a estos cuatro objetivos:

I. Conseguir nuevas cotas de soberanía. Toda una píldora de frescura.

II. Lograr una política lingüística de prestigio. Loable objetivo y contrario, por cierto, a la imposición.

III. Buscar la máxima centralidad de la cultura en la dinámica social. Pretenciosa y sibilina aspiración, pues no se trata de leer masivamente a Kierkegaard ni de enseñar logaritmos a los catalanes, sino de reforzar la frontera con el rotulador cultural.

IV. Situar a Cataluña en el mundo como actor global. Aquí mejoraremos. Aunque el enunciado global, Cataluña y actor nos condujera a Nacho Vidal en cueros (Mataró, 1973), sería imposible rebasar las cotas alcanzadas por el ex embajador Carod Rovira.
«CIU tiene hoy un reto metafísico no pequeño si quiere tomar la iniciativa política. Reservado ad eternum el papel de malos catalanes para los populares, ha de explicar a los ciudadanos de Cataluña desde su posición soberanista que no ha sido Madrid, sino el nacionalismo catalán elevado al cubo del tripartito.»
Ironías al margen, incluso con su potente carga identitaria, se trata de 4 disposiciones de 64. Apenas un 6% del programa. Si en esta legislatura Cataluña dedicara solo una de cada dieciséis horas de trabajo parlamentario a cuestiones identitarias daría tal salto cuántico la productividad de sus diputados que todo sería posible. La recuperación de la economía, la creación de prosperidad y la liberación de la frustración social. TV3 hablaría de cuestiones nacionales solo una hora de cada dieciséis, los diarios dedicarían a los agravios del centralismo solo una página de cada dos cuadernillos y en la calle sólo una sobremesa cada dos semanas largas se dedicaría a discusiones estériles. Un paraíso.

Pero la cabra (acaban de recuperarse en Lleida 40 ejemplares de cabra catalana, que se creía extinguida desde 2005) tira al monte. Ésta en su naturaleza. Ejemplo: el Govern se define como bussines friendly. En los países que usan ese idioma, ello implica no multar a los comerciantes que rotulan sus comercios en lengua oficial, no perjudicar a los empresarios de otra región subvencionando a los locales o no fraccionar el mercado dificultando el acceso a las licitaciones publicas a las empresas no residentes, encareciendo en el camino el coste de los servicios para los catalanes.

Sigamos monte arriba. El Gobierno catalán se ha enfrentado con decisión a un presupuesto descontrolado e insostenible con la sana intención de equilibrar las cuentas. Descartados los recortes en presupuesto militar (fue Samuelson el que sintetizo la elección publica entre el gasto en “cañones o mantequilla”), la propuesta también deja a salvo la manteca identitaria de TV3, corporaciones catalanas de medios, embajadas, selecciones deportivas y política lingüística, para rebañar en las grandes partidas, Sanidad y Educación, provocando un descontento que los verdaderos causantes del desaguisado, los que gobernaron antes, espolean irresponsablemente ante los colectivos indignados. Pero lo hacen, a conciencia y con indecente impunidad, porque el Govern está maniatado, y aún más por la ideología que por la penuria presupuestaria.

Atrapada en la cárcel de su planteamiento nacionalista integral, victimista y reivindicativo, CIU está pagando su renuncia a una dialéctica política occidental: socialdemocracia vs. liberalismo; sustituida hace lustros por un único eje de tensión: centralismo español vs. soberanía, aderezado con efluvios democristianos.

CIU tiene hoy un reto metafísico no pequeño si quiere tomar la iniciativa política. Reservado ad eternum el papel de malos catalanes para los populares, ha de explicar a los ciudadanos de Cataluña desde su posición soberanista que no ha sido Madrid, sino el nacionalismo catalán elevado al cubo del tripartito, el que, democráticamente y con más recursos que nunca, ha quebrado el país. Los culpables son de casa, siguieron el manual del victimista expoliado y quien no llevaba barretina tenía una blackberry. Complicado explicarlo.


El Confidencial - Opinión

La privilegiada "indignación" mediática de la extrema izquierda

Disfrutando de la privilegiada atención que le brinda la clase política y mediática de nuestro país, este movimiento liderado por la ultraizquierda viola impunemente con sus acampadas la legislación municipal y electoral.

Los "indignados" que ilegalmente acampan en la vía pública madrileña y que, según las Juntas Electorales, están violando también la campaña electoral, siguen recibiendo la visita de multimillonarios artistas y la indebida atención de los medios de comunicación.

A este respecto, parece claro que el llamado movimiento del 15-M –un circo destinado a encauzar en favor de la izquierda el justificado malestar social que provoca la lamentable situación política y económica que padecemos– ha logrado eclipsar todas las otras cuestiones que deberían haber centrado la campaña electoral. Así las cosas, los medios de comunicación y la clase política les están otorgando una importancia que, por ejemplo, han denegado sistemáticamente a las manifestaciones de víctimas del terrorismo en su finalmente frustrada pretensión de que los proetarras fueran expulsados de las instituciones democráticas.


Poco importa el extendido y auténtico malestar social que ha provocado la legalización de Bildu, facilitada por la lamentable falta de separación de poderes que impera en nuestro país: si a nuestras élites políticas y mediáticas les importa bien poco esta adulteración de nuestra democracia y de nuestro Estado de Derecho, mucho menos aún le importa a este movimiento, falsamente cívico y transversal, que dice reivindicar una "democracia real".

Ni qué decir tiene que nuestros indignados de extrema izquierda tampoco denuncian, sino que reivindican, la rémora que para el bienestar social y nuestras posibilidades de recuperación constituyen el gasto y el elefantiásico tamaño de nuestras administraciones públicas; ni tampoco protestan contra las redes clientelares tejidas por nuestros políticos que, además de vampirizar a la sociedad civil, adulteran el funcionamiento de nuestra democracia.

Disfrutando de la privilegiada atención que le brinda la clase política y mediática de nuestro país, este movimiento liderado por la ultraizquierda viola impunemente con sus acampadas la legislación municipal y electoral, ante la pasividad de la delegación del Gobierno y del Ayuntamiento de Madrid. Dicen estar dispuestos a violar incluso la jornada de reflexión. No nos extrañaría que también lo hicieran con impunidad. No hay privilegio que no se conceda o abuso que no se permita a un grupo de "indignados"... siempre y cuando, claro está, se identifiquen con la izquierda.


Libertad Digital - Editorial

Materia inflamable. Por Ignacio Camacho

El movimiento de protesta ha eclipsado el protagonismo de los políticos y se ha plantado en el centro de la escena.

LA protesta, heterogénea y confusa, de los «indignados» se ha vuelto combustible y amenaza con desestabilizar el final de la campaña. El movimiento de rebeldía social le ha robado el protagonismo a partidos y candidatos y se ha plantado en el centro de la escena a cuatro días de las elecciones ante el desconcierto general. Su carácter difuso, asambleario, lo convierte en material inflamable al alcance de cualquier maniobra o de cualquier torpeza de las que tanto abundan en nuestro establishmentpolítico, poco preparado para desafíos no convencionales. El delicado equilibrio entre libertad y seguridad plantea un reto que sobrevuela la atmósfera de la jornada electoral.

La tentación de reducir el problema a una cuestión de orden público altera la naturaleza del conflicto, que parte de una crisis de representación, de una esclerosis institucional agravada por el estancamiento económico. En un sistema democrático sano, cuyos mecanismos representativos funcionasen de modo vigoroso, el descontento ante la recesión cristalizaría en una respuesta electoral de alternativa de gobierno. Pero muchos ciudadanos desconfían también de la oposición porque la asimilan con los vicios de una clase dirigente embalsamada que se ha afianzado a sí misma mediante la apropiación de la actividad pública. Las listas cerradas, el control de la justicia, la corrupción o la insensata exhibición de privilegios corporativos han creado una clima de irritación y desapego que se manifiesta desde hace tiempo en los sondeos en forma de descrédito creciente de los agentes políticos.


La irrupción de ese legítimo malestar se ha producido de manera abrupta, improvisada y legalmente dudosa en su ocupación de la calle o en la interferencia de la campaña, pero el fondo irritado de la sacudida sólo necesita un chispazo para prender como hojarasca seca. El ventajista intento de aproximación que están haciendo los socialistas para usufructuar en su beneficio el frente de rechazo da una idea de su cortedad de miras y de su concepto espurio de la confrontación democrática. Es precisamente esa inquina arrojadiza y oportunista de la mayoría de ciertos dirigentes la que motiva a muchos manifestantes en su repudio genérico, que ha empezado por cuestionar la política pero puede terminar impugnando el sistema.

En estas condiciones de extrema sensibilidad la dirigencia pública, por perpleja que esté, debe moverse con máxima cautela. Una escalada de tensión puede poner en peligro la serenidad democrática que necesitan las elecciones. Cortarle cauces a la protesta, siempre que se mantenga pacífica y respete la convivencia, sería del todo contraproducente. El escenario apunta a una jornada de reflexión en vilo, pero lo peor que podría ocurrir es que esta revuelta anticonvencional encontrase las prosaicas respuestas habituales.


ABC - Opinión

miércoles, 18 de mayo de 2011

Tanto Twitter para esto. Por Daniel Rodríguez Herrera

Tanto rollo dospuntocero, tanta cosa de que con internet no hacían falta medios de masas, y al final lo que quieren los revolucionarios de las redes sociales es salir en la tele, que si no parece que nadie les hace caso.

En la concentración de este martes en Sol se gritaba como consigna "Queremos salir en Telemadrid". Tanto rollo dospuntocero, tanta cosa de que con internet no hacían falta medios de masas, y al final lo que quieren los revolucionarios de las redes sociales es salir en la tele, que si no parece que nadie les hace caso.

Discúlpenme que no se me levante el entusiasmo, pero la primera revuelta de Twitter en España se parece mucho a las manifas antifas de toda la vida, sólo que con un montón de despistados que se han unido creyendo que eso es otra cosa, gracias a lo cual hay más de dos gatos. Ha sido lo mismo de siempre, consignas anticapitalistas y piedras contras las lunas. Sólo que con gente de corbata y vaqueros de moda haciendo bulto.


En Twitter se puede poner #15m todas las veces que se quiera, pero cuando llega el día D y la hora H alguien ha tenido que organizar el cotarro, poner las pancartas, preparar las consignas, ejercer de equipo de seguridad y hasta pedir permisos a la delegación del Gobierno. ¿Creen que eso lo han hecho los internautas que empezaron repitiendo el #nolesvotes como unos posesos y ahora están en la puerta del Sol? No, claro. Lo han hecho quienes tienen la experiencia, capacidad e iniciativa de hacerlo y, gracias a ello, se han hecho con el liderazgo del movimiento.

Así, la organización de todo este sarao ha corrido a cargo de la extrema izquierda de siempre, de los okupas de toda la vida. La voz cantante ha corrido a cargo no del "pueblo" en general, sino de unos personajes muy en concreto. Allí se presentó Willy Toledo, uno de los principales apoyos de la tiranía castrista en España, sin que nadie lo echara a gorrazos, pese a que los organizadores se autodenominan "Democracia real ya", que debe ser el nuevo pseudónimo de las democracias populares de antaño. Antes lo hizo Carlos Taibo, uno de los más conocidos soportes dizqueteóricos de los antiglobalización españoles. El manifiesto es un recorrido por los tópicos de la izquierda más rancia, esa que lo pide todo del Estado y se cree que al mismo tiempo puede haber empleo y prosperidad y que los políticos no se conviertan en una casta.

Las manifestaciones contra la guerra de Irak fueron multitudinarias porque acudió gente de todo el espectro político. A una escala infinitamente menor, algo similar está ocurriendo ahora. Sin embargo, entonces mucha gente se fue descolgando según se dio cuenta de que aquella protesta teóricamente apartidista no era más que una pantalla para promocionar a la izquierda. Quizá el punto de inflexión fue aquel vándalo barcelonés que aprovechó el ambiente para asaltar El Corte Inglés y llevarse un jamón.

Cuando los del Twitter se den cuenta de que alguien quiere llevarse el jamón, abandonarán a la extrema izquierda. Y entonces acabará la #spanishrevolution.


Libertad Digital - Opinión

Movimiento 15-M: Títeres de la izquierda

La izquierda es experta en el agitprop y en valerse electoralmente de la crispación, como bien quedó demostrado con los movimientos, también falsamente espontáneos, del "Nunca mais", el "Hay motivo" o el "No a la guerra".

Basta echar un vistazo a las propuestas de Democracia Real YA –la plataforma ciudadana que promovió las manifestaciones del pasado domingo en más de 60 ciudades de España– para darse cuenta de que, lejos de ser un legítimo, espontáneo y transversal movimiento de protesta contra la falta de alternativas y de soluciones que ofrece nuestra clase política, se trata de un movimiento muy bien organizado por parte de la izquierda para apropiarse del justificado malestar social y proponer políticas aún peores que los problema que ya padecemos.

Más que a un mayor grado de democracia, a lo que parecería que aspiran los miembros de Democracia Real YA es a una adulteración de la misma. No en vano, la democracia no entiende de adjetivos, sean éstos real, orgánica o social. Siempre que se quiere matizar su clarísimo significado original asociándolo a diversos calificativos, sólo cabe descubrir un subyacente deseo por socavarla.


No es de extrañar, por tanto, que partidos como IU o el PSOE hayan querido sacar rédito de esta protesta ciudadana –por ejemplo, vinculándose a través de su página web con el manifiesto de la plataforma–, como si estos partidos no formaran parte de esa clase política que es legítimamente percibida por los ciudadanos como el tercer principal problema de nuestro país, o como si esta plataforma ciudadana de izquierdas no promoviera las ideas que en gran parte son responsables de la crisis que padecemos.

La izquierda es experta en el agitprop y en valerse electoralmente de la crispación, como bien quedó demostrado con los movimientos, también falsamente espontáneos, del "Nunca mais", el "Hay motivo" o el "No a la guerra". Ahora, con casi cinco millones de parados, y ante la nula iniciativa del principal partido de la oposición para liderar el malestar ciudadano, es evidente que esa izquierda quiere ocupar semejante vacío, aunque ello suponga convertir una protesta a favor de la democracia en una destinada a pervertir sus bases y a mejorar las perspectivas electorales del PSOE.


Libertad Digital - Editorial

martes, 17 de mayo de 2011

Strauss-Kahn y la doble moral de la izquierda

Un ejemplo palmario de esta escandalosa doble vara de medir es la deslegitimación sistemática del Gobierno de Silvio Berlusconi.

Si algún mensaje ha creído extraer la izquierda de la actual crisis económica, es que resulta necesario incrementar los poderes de los supervisores y de los reguladores nacionales y foráneos. Por eso siempre es sano desconfiar de la acumulación de poder: no sólo porque cuanto más concentrado esté éste, más complicado será tomar decisiones correctas, sino por los riesgos que existen para la libertad derivados de su corrupción y abuso.

La reciente detención de Dominique Strauss-Kahn por intento de violación muestra, de nuevo, los problemas intrínsecos de acopiar demasiado poder en demasiadas pocas manos. Más allá de la opinión que nos merezca el rescate indiscriminado de países potencialmente insolventes como Grecia, Irlanda o Portugal, lo cierto es que no tiene mucho sentido que una operación de tamaña envergadura dependa en gran medida de que el presidente del FMI prosiga en su cargo. Al cabo, desde que el domingo se conoció la noticia hasta que ayer la Unión Europea y el Fondo ratificaron el rescate luso, el temor, compartido por numerosos analistas y medios de comunicación internacionales, era que éste peligrara, al ser Strauss-Kahn uno de sus más firmes defensores.


Por supuesto, la izquierda nunca admitirá la conveniencia no de concentrar el poder, sino de dispersarlo entre numerosos agentes económicos: familias, empresas, administraciones de menor tamaño... Y es que su agenda no tiene demasiado que ver con lograr la estabilización y la prosperidad de nuestras sociedades, sino con expandir el poder del Estado.

Claro que nada de esto debería sorprendernos. Salvando las distancias, se trata de una hipocresía muy parecida a la que esa misma izquierda exhibe en materia de moral. Mientras que al republicano Paul Wolfowitz lo forzó a dimitir de la presidencia del Banco Mundial por contratar a su novia y subirle el sueldo, con Strauss-Kahn rápidamente ha blandido la importancia de la presunción de inocencia para evitar su cese. Parece que el nepotismo es asunto menos grave que una violación o, más bien, parece que a la izquierda debe tolerársele todo aquello que se censura de la derecha.

Un ejemplo palmario de esta escandalosa doble vara de medir es la deslegitimación sistemática del Gobierno de Silvio Berlusconi que, al cabo, ha sido elegido directamente por los ciudadanos italianos y cuyas conductas privadas, nada edificantes desde luego, no alcanzan la gravedad de un delito de intento de violación, como el que se imputa al todavía presidente del FMI.

En cualquier caso, es obvio que Strauss-Kahn debería dimitir lo antes posible para que otra persona con un historial mucho más intachable y con una cabeza mejor amueblada inicie la siempre pendiente reforma del FMI. A la postre, desde la suspensión de Bretton Woods a principios de los 70, esta institución sigue sin haber encontrado su lugar y su cometido en la arquitectura del sistema financiero internacional. Sólo le falta que este tipo de escándalos terminen por mancillar aún más su cuestionado nombre.


Libertad Digital - Editorial