martes, 5 de abril de 2011

Quiebra en el PSOE

En el contexto actual de crisis del socialismo andaluz, también se hace indispensable que allí se convoquen elecciones anticipadas.

LA dimisión del consejero de Gobernación y Justicia es fiel reflejo de la crisis imparable del Ejecutivo andaluz. Luis Pizarro, hombre fuerte del PSOE en una comunidad gobernada con mano férrea por los socialistas, deja su cargo como consecuencia del cese del delegado de su Consejería en Cádiz, otra muestra de los conflictos internos de un «régimen» que se resquebraja. Pizarro ha sido nada menos que durante dieciséis años una pieza clave de Chaves en cargos orgánicos de máxima relevancia en el partido. Ahora pintan bastos para el PSOE andaluz y cada uno hace la guerra por su cuenta, mientras las encuestas anuncian resultados positivos para el PP en las próximas elecciones locales y ofrecen amplias expectativas para Javier Arenas en las autonómicas del año que viene. El tropezón del secretario de Estado Gaspar Zarrías en su visita a la provincia de Cádiz no tuvo —por fortuna— ninguna consecuencia para la salud del político andaluz, pero es la expresión simbólica de que la era del socialismo en Andalucía está llegando a su fin.

El escándalo de los ERE fraudulentos conoció ayer un nuevo episodio con la revelación de que la intervención advirtió cuatro veces a la Junta sobre el abuso de los contratos a «dedo» y que el órgano gestor del «fondo de reptiles» de esos ERE no hizo publicidad ni convocó plazas. Todo ello se inscribe en el marco de la lucha interna que enfrenta a Chaves con su sucesor en la presidencia de la Junta, tal vez porque José Antonio Griñán no está dispuesto a asumir determinadas responsabilidades anteriores a su nombramiento. Lo cierto es que el PSOE andaluz hace aguas por todas partes con una fuerte confrontación territorial que ahora afecta a Cádiz, pero que puede estallar en otras provincias. En el contexto actual, la sucesión de Zapatero al frente del partido hace que se abra la caja de los truenos, demostrando el fracaso de una forma de hacer política que debería conducir a la convocatoria de elecciones anticipadas, también en Andalucía. La necesidad de cambio político en la Junta es ya un caso de higiene democrática, porque la permanencia indefinida de las mismas personas favorece prácticas intolerables para el pluralismo imprescindible en una sociedad abierta. La salida traumática de Luis Pizarro demuestra la quiebra de un partido que arrastra consigo a todo el Ejecutivo andaluz.

ABC - Editorial

lunes, 4 de abril de 2011

Zapatero. Lo previsto y lo imprevisto. Por Agapito Maestre

Salga, señor Rajoy, y diga algo que nos invite a quererlo. Imite un poco la actividad que tuvo Zapatero el pasado domingo. No desaprovechó el tiempo.

Zapatero tenía previsto apostar. Y jugó fuerte a la comedia de la inocencia: Zapatero es un perverso, pero el PSOE es la salvación. Rajoy a juzgar por su silencio no tenía otra cosa prevista que disfrutar de un fin de semana. Zapatero se va, pero se lo ha puesto difícil al PP y muy fácil a su partido. Zapatero es el presidente del Gobierno peor valorado de la historia de la democracia, pero eso no debe hacernos olvidar que Rajoy está aún mucho peor valorado que el funesto presidente saliente. Las espadas están en lo alto. Los ganadores y los perdedores aún no están decididos. Por otro lado, resulta inquietante que una decisión tan importante como la anunciada el sábado por Zapatero, nada más y nada menos que su retirada de la competición política, aún no haya sido comentada por el jefe de la Oposición. Raro.

Quizá los socialistas no digan la verdad de lo que están pensando, pero tengo la sensación de que el PSOE salió reforzado, después de ver las imágenes y las opiniones de los que asistieron a la reunión de la Ejecutiva Federal socialista. Contrastaba la opinión unánime de esa gente con el silencio de Rajoy y, sobre todo, con los titubeos de los dirigentes del PP. Porque no deja de ser un titubeo absurdo, casi infantil, enfatizar que Zapatero ha sido expulsado por su propio partido, cuando todos esperábamos que lo echara la Oposición. Zapatero, el hombre-partido por antonomasia de la política del último siglo, puede ser criticado por muchas cosas excepto por ser un hombre ajeno, o peor, enfrentado al Partido. Quien dice eso, en mi opinión, no tiene una sola idea sobre política socialista.


En fin, ahora empieza lo bueno. La política. Política mala y sucia o política para crear bienes en común. Política, en cualquier caso, para acabar definitivamente con España o, por el contrario, relanzar a este país como una nación más del mundo libre. ¿Conseguirá Rajoy ilusionar a los españoles con un proyecto político para sacarnos del atolladero socialista? ¿Conseguirá Rajoy hacer que los españoles se sientan libres dentro de la fatalidad socialista? ¿Conseguirá Rajoy ganar por mayoría absoluta? Está por ver; de momento, da qué pensar el silencio de Rajoy. ¿Acaso el líder del PP no tenía aún formado un juicio de situación sobre la dimisión de Zapatero? Es un horror que este hombre no haya dicho todavía esta boca es mía. La política también es visibilidad, amenidad y hacerse querer, o sea, lo contrario de un Rajoy invisible, anodino y vulgar.

Salga, señor Rajoy, y diga algo que nos invite a quererlo. Imite un poco la actividad que tuvo Zapatero el pasado domingo. No desaprovechó el tiempo. La explicación de su decisión fue atrevida, chulesca e, incluso, soberbia, pero puede que sea decisiva para su partido y para él. Fue pedagógico y dijo: "Rajoy ya no podrá meterse conmigo, porque me he marchado; ahora tiene que presentar su proyecto político". Tiene razón el de León. Los españoles queremos un designio político serio y razonado, un líder capaz de explicarlo y, por supuesto, un partido que lo haga creíble, pero, hasta ahora, no lo vemos por ninguna parte.


Libertad Digital - Opinión

Madrid, cazuela hirviendo. Por Félix Madero

Se va para demostrar que es y era una falacia aquella sandez de que cualquier español puede ser presidente del Gobierno.

QUE Zapatero no se ha ido lo demuestra que no hay columna de opinión que no hable de él. ¿Podremos vivir sin él?, pregunta una afligida amiga de Aguilar de Campoo. Sí, le contesto. Otra cosa son los efectos colaterales del Zapaterismo ultramontano —¡pero es que hay otro!—, que como la radiactividad en el agua y el campo dura años. Quitar esa plasta viscosa que nos ha hecho más escasos llevará tiempo. Pero Zapatero sigue, como decía en la televisión en blanco y negro Joe Rígoli. ¿Se acuerdan? Yo sigo. El actor argentino fue persona de mucho arte, pues sólo con arte se puede uno llamar actor y ganarse la vida con dos palabras. Más o menos lo mismo que Zapatero, que para saltar a la arena política lo hizo, no con dos palabras, pero sí con un acrónimo: Zp. Y poco más.

En este momento, las consideraciones personales no importan. Por eso, a la hora de decir a los suyos que no optará a un tercer mandato mete de matute a su familia. No la nombra, pero se refiere a eso que llaman «el factor Sonsoles». Conste que en lo personal y familiar le deseo a Zapatero lo mismo que deseo para mi y los míos, que no haya dudas. Pero justificar el desastre y la poquedad política apelando a la familia ante un Comité Federal que te está echando es un improperio. Se va porque ha fracasado y se ha equivocado. Porque cuando no se ha equivocado nos ha mentido; porque cuando no ha mentido ha negado; porque cuando ha negado no sabía qué pasaba, y, entonces, afirmaba; porque cuando afirmaba desconocía, y cuando desconocía, desbarraba. Se va para demostrar que es y era una falacia aquella sandez de que cualquier español puede ser presidente del Gobierno. No señor. Igual que no todos los futbolistas pueden ser el 7 del Madrid, la presidencia del Gobierno exige preparación, trabajo, esmero, cualificación, audacia e inteligencia. Y ya puestos, idiomas. Dicen que su mujer se queja de que Madrid es una ciudad en la que no se puede vivir, que es una sartén hirviendo. No es verdad, yo vivo aquí hace muchos años y no la cambio. Hierve en primavera de desencanto, de gente mustia, de parados apostados a la fachada de Caritas, de febriles ciudadanos que no se atreven a pronunciar el nombre del que se va pero se queda: éste hombre, le llaman.

Pero he hablado de efectos colaterales del zapaterismo que nos atrofia y paraliza. ¿Hay algo peor que el escándalo? Sí, la indiferencia ante él. Pedro Solbes, el probo funcionario de lápiz, goma y manguitos, y parte activa como ministro a la hora de que Enel se hiciera con Endesa va a ser fichado y retribuido por los italianos sin que nadie pida explicaciones. Le han puesto una silla en el Consejo de Administración. Como suena, oiga. ¡Eh, en el PP! ¿Hay alguien ahí? Despierten, hombre. Despierten.


ABC - Opinión

El día después. Por José María Carrascal

Puede haber socialistas que quieran borrar la era Zapatero: como si no hubiera existido. Pero existió, ¡vaya si existió!

Fiel a su modo de ser, tras prometernos que «se dejaría la piel contra la crisis», lo primero que ha hecho tras anunciar que no se presentaría a la reelección, fue engolfarse en la campaña electoral, arremetiendo contra el PP. Este es nuestro hombre, capaz de desdecirse sin inmutarse y de hacer lo contrario de lo que acaba de decir. Claro que ya no engaña a nadie, ni siquiera en su partido.

Hablando de su partido, ha sido el PSOE, no el PP, quien le ha obligado a irse. Los llamamientos del PP incluso le animaban a quedarse. Pero los gritos angustiosos socialistas —«¡Nos ahogamos!»—, le han obligado a tirar la toalla. La toalla, pero no los hábitos. El primero, la deslealtad. No ya con España, esa nación «discutida y discutible» que le importa bien poco como demostró al negociar con nacionalistas y terroristas, sino con su propio partido. Bastaba ver las caras atribuladas de su Comité Federal para darse cuenta del miedo que no les cabía en el cuerpo. Incluso los que le habían pedido que se fuera tragaban saliva, sin atreverse a mostrar satisfacción. Y es que el anuncio no podía haber sido hecho en peor momento ni de peor manera. Cuando se inicia una campaña electoral dificilísima y con el añadido del suspense venenoso de unas primarias que auguran, quieran que no, una lucha fratricida. Como si Zapatero haya querido vengarse de los suyos por haberle obligado a irse, poniéndoles en una situación aún más difícil de la que ya se encuentran.


No lo tienen mejor sus potenciales sucesores. Empezando por los que figuran en cabeza. Tanto Rubalcaba como Chacón están contaminados por Zapatero. Han sido sus leales colaboradores y les toca la parte alícuota de responsabilidad en los errores cometidos por el gobierno, que han sido muchos y graves. Algo que no les perdonará un electorado que sufre en sus carnes las consecuencias de esos errores, cuya vigencia se alargará más allá de las elecciones generales, según todos los indicadores. Tanto es así que me atrevo a vaticinar que de aparecer un rostro nuevo, fresco, no infectado por el zapaterismo, se le saludaría con entusiasmo por parte de un partido cuyas esperanzas se cifran hoy alcanzar una «derrota decente» y evitar la catástrofe.

Lo malo es que no sé si habrá un o una valiente que se atreva a lanzarse al ruedo en las circunstancias actuales. Claro que, para estos casos, siempre está Bono, aliño de todas las salsas y zurcidor de todos los rotos. No se sonrían. La ruleta ha empezado a dar vueltas y la bola puede caer en cualquier número. Incluso en el de quien, hace siete años, vio como un chico de León al que nadie conocía, le birlaba la candidatura. Puede haber socialistas que quieran borrar la era Zapatero de esta forma: como si no hubiera existido. Pero existió, ¡vaya si existió! Basta comprobar el lastimoso estado de nuestra nación para comprobarlo.


ABC - Opinión

Zapatero. ¿Rehúso debido?. Por Emilio Campmany

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años?

Son muchos los analistas que nunca creyeron que Zapatero llegaría a hacer lo que ha hecho, rehusar un tercer intento. Había buenas razones para desconfiar. Son muchos los inútiles, que nada serían de no ser por el castellano-leonés, que insistirían en ese tercer intento por ver si podían seguir cuatro años más en el machito. Y por otra parte, a qué podría dedicar Zapatero mejor su tiempo que no fuera a ser presidente de Gobierno. Y, sin embargo, lo hizo. Tiró la toalla. Podía haberlo hecho de muchas maneras. Podía haber dimitido de la presidencia de Gobierno para dejar que otro socialista intentara mejorar su marca, que no le habría costado mucho. Podía haber convocado elecciones generales anticipadas para acabar de una vez con la agonía que está siendo esta legislatura desde al menos el mayo pasado. Pero ha preferido hacer lo mismo que Aznar, aguantar dos legislaturas completas y entregar el poder a quien gane al final de la segunda. ¿Es una mera casualidad?

Los que están en la pomada cuentan que José Bono ya sabía desde finales de 2007 que Zapatero no se presentaría a un tercer mandato. ¿Y cómo podía saberlo, digo yo? O Bono había escuchado lo que no era más que un desahogo durante una pájara del ánimo, sin valor alguno en cuanto éste se hubiera repuesto, o lo que conocía era la existencia de un compromiso, el de no presentarse una tercera vez. Puede que el compromiso fuera con el mismo Bono, a cambio de que no le enredara el partido, que es lo que estuvo haciendo durante toda la primera legislatura hasta que en el verano de 2007 se supo que sería presidente del Congreso si el PSOE ganaba las elecciones siguientes. Puede que Zapatero tomara, para sí y ante la Historia, la decisión de no concurrir a un tercer mandato tras convencerse de que ocho años son suficientes. Pero ni Bono parece tan fuerte como para que su apaciguamiento exija tan alto sacrificio, ni Zapatero alguien tan preocupado por el buen funcionamiento de nuestros usos constitucionales como para renunciar sólo por eso a La Moncloa.

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años? ¿Por qué ahora Zapatero va hacer exactamente lo mismo? ¿Por qué a ninguno de los dos se le ha ocurrido entregar la presidencia al candidato de su partido unos meses antes de las elecciones y mejorar así las probabilidades de éxito? ¿Por qué Rajoy está tan seguro de que en 2012 será presidente? Tanto lo está que, a pesar de la relevancia del anuncio que Zapatero hizo el sábado, esta es la hora en la que escribo que no ha dicho ni mu a la prensa. Aquí hay gato encerrado.


Libertad Digital - Opinión

Iznogoud por triplicado. Por Gabriel Albiac

Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

LOS admiradores de René Goscinny, entre los cuales me encuentro, saben que su obra maestra no es la serie del encantador miniguerrero Astérix. Lo es la que se articula alrededor del Visir, de maldad siempre frustrada, Iznogoud: ese que repite encabritado su empeño por ser «Califa en lugar del Califa». Verlo estrellarse, una vez detrás de otra, pone en el lector la risa avinagrada que trasluce lo demasiado humano.

Chacón es un Zapatero que habla catalán: quienes juzgaban imposible dar con alguien del nivel intelectual y moral del Presidente, no tienen más que dirigir los ojos a ella. Rubalcaba, un viejo zorro herido, con serias oportunidades de que el Faisán lo lleve allá adonde llevara el GAL a su colega Barrionuevo, a poco que los jueces se le pongan bordes. ¿Bono? A juzgar por lo florido de su oratoria, está que pega brincos de contento: mala cosa para un político, poner tan al descubierto sus cartas y tan antes de tiempo. A decir verdad, el espectáculo, entre los aspirantes a ser Zapatero en el lugar de Zapatero, augura tiempos mayormente sombríos para el PSOE. Y para los aspirantes, sobre todo.


Iznogoud Chacón, no lo ocultaré, es de todo el enjambre de Iznogouds que van a merendarse el ya putrefacto cadáver del Califa, quien a mí me genera más ternura. Por la continuidad, sobre todo. Las cosas que le hemos oído decir a Zapatero sólo son comparables a aquellas que salieron de la de quien largó lo de «yo soy la niña de González» (Felipe), o eso otro de que además era no sé quién que acababa de «cagarse en la puta España». La mar de astuto por parte de alguien con pretensiones de presidir a la defecada, por supuesto.

Iznogoud Rubalcaba lo tiene todo en contra. Porque todo parece tenerlo a favor. Lo cual, en política, es el modo más seguro de que te aticen hasta en el carné de identidad. Desde que al Jefe le dio la depre en diciembre, aquí el único que ha gobernado es el señor de la faisanería. Tanto lo ha hecho y tan feliz, que no queda ya un solo poderoso en su partido que no afile navaja para cortarle el pescuezo a la que se descuide. Lévi Strauss narra el hábito de los sabios pobladores de cierta tribu amazónica que, cuando ven nacer al anhelado hijo varón, salen a la plaza pública gritando y sollozando: «¡Ah, Dios mío, pero qué feo que es, pero qué raquítico…! ¡Cómo ha podido caer sobre mí una desdicha tan grande!». Ritualizada manera de eludir la envidia de vecinos y dioses. Y Maquiavelo aconsejó siempre al político hablar poco y actuar deprisa. Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

Y queda, de momento, Iznogoud Bono. Que anda aún más contento de lo ya en él habitual por haberse conocido. Y que puede que tenga razón en lo de verse cada día más irresistible ante el espejo. De no ser por la cosa equina. Y por la cosa inmobiliaria. Y por los mil misterios que en la vida de un hombre rigen el tránsito de escasez a opulencia. Y otra vez Maquiavelo: cuídese el político, sobre todo, en materia de dinero; los hombres olvidan de buen grado el asesinato de su padre, pero lo otro…; lo otro es otra cosa, como su propio nombre indica.

El gafe de Iznogoud se multiplica en un laberinto de espejos. Y la cosa comienza a ponerse divertida.


ABC - Opinión

Zapatero. Tras la espantá. Por José García Domínguez

En la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos.

Tras la espantá del Curro Romero de la socialdemocracia flácida, ese espectro feminista que arrastra su pesar por los pasillos de La Moncloa, está por ver que se haya abierto el proceso sucesorio. El genuino quiero decir, asunto bien distinto del macguffin de circunstancias que, según parece, se aprestan a escenificar la niña de Felipe y el señor de González. Y es que en la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos. Recuerde al respecto la defenestración sumaria de aquel audaz intruso leridano, Josep Borrell, a cargo de la banda de la porra mediática.

Inimaginable en Ferraz la estampa de un ministro del Movimiento, otro Pepe Solís Ruiz impelido a manifestar su más inquebrantable adhesión al caudillo de turno emanado de las primarias. A ese particular respecto, tanto por tradición como por principios, en el Partido Socialista el único llamado a ocupar el sillón del Gran Inquisidor es el secretario general. El único. Él y solo él. Nunca ha ocurrido de otro modo. Y nunca ocurrirá. Así las cosas, la cara que se ofrezca para ser partida en las urnas dentro de un año, sea cual fuere, no tiene por qué coincidir con la del nuevo líder. Ni mucho menos. No sucedió con la de Almunia, que sabiéndose seguro perdedor dio en inmolarse de grado a cambio de una canonjía en Bruselas. Y no hay razón alguna para que ahora haya de acontecer cosa distinta.

He ahí, por cierto, la causa última de que el Adolescente rehúse ceder el control del aparato a una comisión gestora. Adherencias del oficio, también él ansía que todo quede atado y bien atado. Eso sí, en el terreno que sabe suyo, la trastienda siempre opaca de un congreso, lejos del circo periodístico que, inevitable, habrá de rodear la elección del cartel electoral. Lo malo, ¡ay!, es que con los concilios partidarios ocurre lo mismo que con las pistolas: también los carga el diablo. Que se lo pregunten, si no, al propio difunto, aquel ignoto culiparlante de León que cuando entonces se impusiera a José Bono. ¿Y si en medio de tanto ruido asistiéramos a las vísperas de nada?


Libertad Digital - Opinión

Ezquizofrenia. Por Ignacio Camacho

Con la retirada a plazos, el zapaterismo culmina en un proceso disociativo de esquizofrenia política.

EN el inevitable proceso psicológico que va a vivir como presidente interino, esa etapa terminal que los americanos llaman con poca caridad «síndrome del pato cojo», existe una alta probabilidad de que Zapatero acabe hablando de sí mismo como si olvidase que lleva siete años en el poder. Ayer ya exhibió en Murcia el preocupante síntoma del desdoblamiento disociativo, al considerarse en condiciones de exigir cuentas por anticipado a la oposición sin tener que rendirlas de su propio mandato. Da la sensación de considerar que su renuncia a plazos lo exime de someterse al juicio político de una legislatura que además se empeña en prolongar contra todo atisbo de lógica razonable.

Acostumbrado a hacer de los gestos un embeleco político, a gobernar mediante artificios simbólicos, Zapatero pretende esquivar su responsabilidad con un amago de expiación ficticia. Quiere aliviar la presión que ha cargado sobre los suyos mediante una dimisión diferida con la que parece considerarse liberado. Sin embargo, al atornillarse al sillón y negarse a convocar elecciones lo único que va a lograr es la creación de un escenario institucional complejo, inestable y deslavazado, que se enredará aún más con la irrevocable bicefalia que sobrevenga cuando el PSOE elija nuevo candidato, con gran probabilidad procedente del actual Gabinete. Los dos, el saliente y el entrante, el viejo y el nuevo —que puede ser aún más viejo—, tendrán que afrontar la rendición de cuentas de un período de poder errático que ha dejado al país al borde de la quiebra, y que además va a culminar en un embrollo de jerarquías difusas y discursos superpuestos. Y el presidente, que al continuar siéndolo traslada al país el problema que había creado en su partido, no podrá eludir, —como no lo eludió Aznar cuando señaló a Rajoy como fallido heredero—, el veredicto que merezca su mandato.


La pretensión de Zapatero es metafísicamente inviable: irse sin irse. Como en el fandango: «Aunque me voy no me voy, que aunque me voy no me ausento». Quiere estar para tomar decisiones y ausentarse a la hora de responder de ellas. Va a ocurrir justo lo contrario: con su anuncio de-sactiva su autoridad y con su permanencia queda obligado a afrontar las responsabilidades. En medio de una zona de turbulencias ha soltado el cuadro de mandos sin entregar el relevo. Lejos de redimirse está a punto de provocar otro desaguisado.

Ayer, en distintos puntos de España, mientras Zapatero se autodesligaba de su propia condición, los militantes socialistas aclamaron a Rubalcaba y Chacón —por separado— con gritos de «presidente» y «presidenta». Ése es el resultado de la última obra maestra del zapaterismo: una fenomenal confusión de esquizofrenia política. El problema es que España no sólo no tiene ahora mismo tres presidentes, sino que tal vez en realidad no tenga ya ninguno.


ABC - Opinión

Un año en campaña

El día después de que el presidente del Gobierno anunciara que no sería el candidato socialista fue testigo de una auténtica fiebre electoral de los dirigentes del PSOE, que se lanzaron en tromba con múltiples actos de precampaña electoral con el propósito de aprovechar una especie de efecto posZapatero y de trasladar al electorado un mensaje de unidad y compromiso con un proyecto. El discurso de la cohesión y de la ilusión por un nuevo liderazgo que está por definir, de apuesta común por la hoja de ruta diseñada por Zapatero en el Comité Federal tendrá la vigencia que los propios de dirigentes quieran otorgarle. Los estrategas socialistas saben que el electorado castiga con severidad a los partidos que aparecen fracturados, pero también deben ser conscientes de que la imagen de consistencia interna que ofrecieron será difícil de mantener. De hecho, ayer mismo, menos de 24 horas después de que Zapatero se despidiera, los dos favoritos en el debate sucesorio, Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, fueron recibidos en sus respectivos actos políticos al grito de «¡Presidente, presidente!» La escena simboliza lo que se le viene encima a un partido con una historia de luchas internas que no sugiere que el proceso pueda ser incruento. La jornada sirvió también para calibrar a un PSOE sin un liderazgo político definido. La imagen de una tricefalia socialista –Zapatero, Rubalcaba y Chacón– aporta más confusión que decisión, más alboroto que sosiego, cuando se demanda otra cosa.

Los socialistas marchan contrarreloj. El adiós de Zapatero no ha logrado frenar la caída en la intención de voto, que adquiere dimensiones dramáticas. La primera encuesta tras el anuncio del presidente, que hoy publica LA RAZÓN, refleja una pérdida significativa de apoyos para el PSOE respecto al último sondeo de febrero, que ya era crítico. Un retroceso de otro medio millón de votos para dejar a los socialistas en la representación que tenían durante las legislaturas de finales de los años setenta. El partido en el Gobierno obtendría hoy entre 123 y 124 escaños. Su electorado se ha reducido desde 2008 en 3,9 millones de votantes. El panorama es aún más límite si se le compara con los resultados del PP. Según el estudio de NC Report, los populares aventajan al PSOE en 15,24 puntos, con una holgada mayoría absoluta de entre 185 y 187 diputados. La ventaja de hasta 64 parlamentarios es una brecha que recoge el enorme reproche a la gestión del presidente y de sus ministros y la recompensa a una oposición responsable y centrada en los problemas reales del país. La distancia con el PP se ha ampliado en la era posZapatero porque el fracaso socialista ha tenido muchos padres y no sólo uno como quieren vender algunos.

La fiebre socialista dominical fue un avance de lo que le espera al país. Cuando un partido antepone su estrategia al interés general sucede que ya sólo existe la campaña electoral. Un año de mítines y de refriega no es lo que España necesita y era un escenario del que Zapatero nos debería haber librado. Afrontar ajustes, reformas y sacrificios como los que España necesita con el ruido y las estridencias partidistas de por medio creará más dificultades y desconfianza.


La Razón - Editorial

Zapatero y Rajoy, inseparables hasta 2012

El uno no quiere dejar de gobernar todavía y el otro aún no desea hacerlo. Y, mientras todos realizan sus cálculos electorales, el desafío nacionalista, la mascarada etarra o la crisis económica continuarán engordando.

Parece claro que, desde el momento en que Zapatero anunció el pasado sábado que no repetiría como candidato socialista a las generales de 2012, su Gobierno ha entrado en funciones. Que el líder socialista haya firmado su propia acta de defunción es suficiente como para finiquitar una legislatura que ha venido marcada por la improvisación permanente ante las omnipresentes mentiras.

A partir de este domingo, Rubalcaba, Chacón, tal vez Bono y, en definitiva, todos los socialistas deseosos de ocupar la poltrona que ha dejado vacía el todavía presidente del Gobierno, ya han comenzado con su particular campaña electoral. Una que se antoja particularmente larga, teniendo en cuenta que se prolongará como mínimo hasta 2012. Más de un año en el que la acción de Gobierno quedará o bien suspendida o bien supeditada a la propaganda de los distintos aspirantes.


España es de temer que no vaya a soportar tanta provisionalidad. Por si no fuera poco que Zapatero se haya aferrado a un poder para cuyo ejercicio se sabe deslegitimado –que no por otro motivo ha decidido no presentarse a los próximos comicios–, ahora los ministros y el resto de cargos públicos socialistas comenzarán a desatender sus tareas o, peor aún, a colocarlas de manera incluso más descarada que en la actualidad al servicio de sus ambiciones personales. Se acabó, pues, cualquier agenda reformista, en tanto en cuanto lo que haga o deshaga Zapatero a partir de hoy les resultará irrelevante a los mercados y todos sus sucesores se cuidarán mucho de manchar su candidatura con el apoyo a un programa político tan imprescindible como impopular.

Precisamente por lo anterior, resulta del todo incomprensible que, en este contexto de sectaria frivolidad, el PP de Rajoy se niega a presentar una moción de censura contra el Ejecutivo. Al cabo, la misma crítica que puede hacérsele a la decisión de Zapatero de no dimitir puede dirigírsele a la de Rajoy de no forzarlo a dimitir: los cálculos electorales deberían quedar en un segundo o tercer plano, pues de lo que se trata es de prestarle un servicio a España desalojando del poder a uno de los peores Gabinetes de su historia.

Mas ni Zapatero ni Rajoy tienen la más mínima intención de servir a su patria. El primero porque difícilmente puede servir a un concepto discutido y discutible; el segundo porque ha optado por esperar a que la fruta se vaya pudriendo y caiga, aun cuando con su caída arrastre a todos los españoles. Los dos están sedientos de poder hasta el punto de olvidar por completo que la legitimidad de origen de ese poder procede de encontrarse subyugado a los intereses de todos los españoles, no a los suyos particulares.

El uno no quiere dejar de gobernar todavía y el otro aún no desea hacerlo. Y, mientras todos realizan sus cálculos electorales, el desafío nacionalista, la mascarada etarra o la crisis económica continuarán engordando ante un Ejecutivo que se mueve entre la activa complicidad y la pasiva indiferencia.


Libertad Digital - Editorial

El PSOE busca líder

Todos los nombres que se barajan para la sucesión son referencia de los gobiernos de Zapatero y corresponsables de la grave situación de España.

EN menos de un día se ha comprobado que el PSOE está ya en la espiral de elegir candidato para 2012. Si la intención de Rodríguez Zapatero con su anuncio de no repetir candidatura y el deseo de los dirigentes socialistas que se la juegan el 22 de mayo era dejar expedito el camino para la campaña electoral de las municipales y autonómicas, salta a la vista que los acontecimientos van por otro lado. El PSOE ya está en primarias, mientras Zapatero empezaba ayer en Murcia su gira de despedida, recibiendo más apoyos ahora que ha dicho que se va que cuando jugaba con sus silencios. Los socialistas van a tener muy difícil sobreponer su discurso electoral a su crisis interna, y, en todo caso, les será imposible evitar que el foco de la opinión pública y de la oposición no se detenga en dos de los precandidatos conocidos, Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón. Uno y otra están desde el sábado expuestos directamente a la política de desgaste del Partido Popular. Ambos son referencias de los gobiernos de Zapatero, han apoyado todas sus decisiones y tienen responsabilidad colegiada por la gestión de la crisis. Ninguno representa renovación al zapaterismo, sino dos de sus más fracasados proyectos, la alianza con el nacionalismo catalán y la negociación con ETA. Por eso, una vez que el PSOE termine la travesía del desierto a la que lo ha condenado Zapatero, lo mejor que le puede suceder a su candidato es que el presidente del Gobierno convoque elecciones anticipadas. Si no, desde septiembre hasta marzo de 2012, al candidato socialista, si es miembro del Gobierno, le espera pechar, más aún, con la continuidad de la crisis, la herencia de Zapatero y su identificación por los electores como más de lo mismo. La crisis empaña el futuro de cualquier candidato socialista.

La incógnita actual es si los planes de Zapatero son también los del PSOE. Para que lo fueran, Zapatero debería tener autoridad y control sobre el partido, lo que evidentemente no tiene. Por eso es posible, y aun probable, que, tras una derrota severa el 22 de mayo —no tanto por diferencia de votos como por pérdida de poder— lo que pueda empezar con unas primarias acabe con un congreso extraordinario, en el que, además de elegir candidato, se dé al PSOE una nueva estrategia, con un nuevo secretario general.


ABC - Editorial

domingo, 3 de abril de 2011

Todo Madrid lo sabía... Por M. Martín Ferrand

Lo de ayer fue una nueva escenificación del caos socialista en curso, pero la vida sigue, y con ella la crisis.

A José Luis Rodríguez Zapatero, pobrecito, le ocurre lo que a don Luis, el protagonista de Un hombre de mundo, la más notable de las comedias románticas de Ventura de la Vega:

«Todo Madrid lo sabía,
todo Madrid menos él...»

El líder que no se entera se les apareció ayer a los suyos para informarles que no será el candidato del PSOE en las legislativas del año que viene y, ya en su condición de secretario general del partido, les anunció primarias para después de los comicios de mayo. Dado el nivel de cumplimiento que alcanza en el seno de los partidos políticos en presencia, de todos ellos, el mandato constitucional de democracia interna, ya nada nos parece extravagante e indebido; pero, en puridad, no debió ser Zapatero el pregonero de su futura ausencia puesto que no es a él a quien corresponde la decisión de su presencia. Claro que tampoco es cosa de andarse con tiquismiquis en esta democracia prendida con alfileres en que ha decaído, con graves daños colaterales, la esperanzadora Transición.

Encaramado en su optimismo antropológico, la nota que subraya su insensatez, Zapatero anunció también que concluirá la legislatura. Cumple así los deseos de Emilio Botín, uno de «los cuarenta» con que el socialista remeda «los cuarenta de Ayete» de Francisco Franco. ¿Está en condiciones de asegurarlo? La hipótesis, avalada por las encuestas, de una debacle socialista en las municipales y autonómicas de mayo, ¿no sería razón suficiente para forzar una disolución de las Cámaras y anticipar las legislativas?

Esta democracia de la Señorita Pepis, fofa e inconsecuente, con la que parecemos habernos resignado es un continuo juego de despropósitos en el que no se sabe si valorar más el quietismo temerario de la oposición o la hueca intrepidez del Gobierno. ¿Es posible que fuese Zapatero el único socialista notable ignorante de que su nombre no encabezará las listas madrileñas para el Congreso en 2012? ¿Por qué tanto ridículo secreto compartido por el líder con su mujer y un amiguito conmilitón? Lo de ayer fue una nueva escenificación del caos socialista en curso; pero la vida sigue, y con ella la crisis económica engorda, como la deuda pública, se complica el desastre de buena parte del sistema financiero y, sobre todo, el paro crece y se encanalla. Superará a la vuelta del verano el veintiuno por ciento de la población (moderadamente) activa. En el estreno de la comedia de Ventura de la Vega recitó sus versos Julián Romea. En la comedia socialista en curso, en prosa por supuesto, no hay actores de esa talla. Quizás lo sea Alfredo Pérez Rubalcaba, pero no da para galán.


ABC - Opinión

El día en el que Bambi decidió abandonar el bosque. Por Federico Quevedo

Ha dicho José Luis Rodríguez Zapatero que se va, pero que se queda. Puede parecer un contrasentido, pero no deja de ser el resumen patético de ocho años de Gobierno bajo esa misma premisa, es decir, la de decir una cosa y hacer la contraria: donde Rodríguez presumía de pacifista, nos embarcaba en todas las guerras; donde lo hacía de keynesiano, aplicaba políticas liberales; donde abogaba por el socialismo, abrazaba el capitalismo más feroz; donde presumía de gasto social, lo recortaba a destajo; donde lo hacía de rojo y feminista, acumulaba paro y violencia de género… En fin, que podríamos seguir hasta la eternidad. Ayer por la tarde, camino de Sigüenza, María Dolores de Cospedal me dedicó unos minutos para hacer su lectura del asunto: “Ha dicho que se va, ¿no? ¿Cómo que se va? Se queda. La única manera real de irse son elecciones anticipadas. Y eso de que los barones ahora están liberados… ¿Liberados, de que? Los barones son los mayores responsables y cómplices de un presidente al que luego han querido echar, y encima permiten que se mantenga durante un año en el que se van a seguir haciendo corresponsables de todo lo que haga”. Ellos, y quien le suceda, añadiría yo. “Y para colmo, si lo que pretendían era que no se hablara de Zapatero en esta campaña va a resultar que eso es de lo único que se va a hablar, de eso y de quién le va a suceder”.

Estos días vamos a ver, escuchar y leer de todo. Y de las filas de la izquierda saldrán todo tipo de mensajes laudatorios hacia la actitud de Rodríguez Zapatero. Con ello pretenderán hacer creer que esta decisión vuelve a situar al Partido Socialista en condiciones de disputar un partido que las encuestas le daban por perdido… Pero eso no son más que árboles que no dejan ver el bosque, porque el único beneficiario, hoy por hoy, del anuncio de Rodríguez, se llama Mariano Rajoy. El PP no tiene que hacer otra cosa que mantener el discurso que ha venido ofreciendo hasta ahora, centrado en la difícil situación que atraviesan las familias españolas, en el paro y en la crisis, en la denuncia de las mentiras y los engaños del Gobierno, en la crítica a las medidas ineficaces y a la tardanza con la que se adoptan otras que serían más útiles, y en la reclamación de elecciones generales anticipadas para que un nuevo Gobierno dé impulso al país. Esta exigencia, quizá, cobra ahora más fuerza en la medida que el anuncio de Rodríguez imprime a lo que queda de legislatura una sensación de provisionalidad, de interinidad, que no va a pasar desapercibida ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Es verdad que la legislatura se truncó el pasado 12 de mayo de 2010, cuando Rodríguez se vio obligado por las circunstancias a hacerse una enmienda a la totalidad a sí mismo y poner en práctica medidas que hasta ese momento rechazaba de plano “por motivos ideológicos” según sus propias palabras, pero ayer tocó definitivamente a su fin, y si hasta ahora parecía una agonía, en el Comité Federal de ayer el PSOE tocó a funeral.

Insisto en que la propaganda oficial nos va a vender esta burra como un gesto de generosidad, de sacrificio por su país y por su partido… ¡Y una leche! Lo que ha hecho Rodríguez es decir que no se va a presentar, pero no se va y eso sí sería un gesto de generosidad hacia su país. Y ni siquiera lo es hacia su partido. Aznar tuvo la decencia de anunciarlo con tiempo, pero Rodríguez ha estado jugando con todos como si el país y su partido le pertenecieran. Y mientras siga ahí, al frente del Gobierno y del partido –porque no ha dicho que vaya a dejar de ser secretario general-, él, su partido y quienes le rodean seguirán siendo responsables de lo que ocurra en este país hasta que se vayan, y los ciudadanos van a seguir queriendo pasarle factura al PSOE por sus errores y por los errores de su Gobierno. Es decir, como bien apunta Cospedal, eso de que los barones socialistas se liberan no hay por donde cogerlo, porque si algo ha quedado claro después de ayer es que los ciudadanos van a seguirle poniendo una cara a sus desdichas: la de José Luis Rodríguez Zapatero. Y tras la suya, las de todos los que le siguen apoyando.

Una de las exigencias que desde el momento siguiente al anuncio de Rodríguez de que no sería candidato en las generales vienen haciendo los propagandistas de la izquierda, es la del respeto a su decisión y el reconocimiento a su labor… No seré yo quien lo haga. Primero, por lo dicho, es decir, que no se va. Segundo porque ellos no lo hicieron antes con quien sí se fue en un gesto que simbolizaba respeto por el sistema democrático y la alternancia en el poder, incluso dentro del mismo partido. Y, tercero, porque su labor ha sido la más desastrosa que haya acumulado ningún presidente español en toda la democracia, y la herencia que va a dejar a quién le suceda, que no es otro que Mariano Rajoy, no se la desearía yo ni a mi peor enemigo. Si algo creo que hay que hacer en estos próximos meses es ser todavía más críticos y exigentes con un personaje que actúa sólo en beneficio personal, y que ha tomado una decisión que puede tensionar aún más de lo que ya está la vida pública española, al tiempo que nos vuelve a poner en un escaparate del que nos convenía alejarnos. Rodríguez es un narcisista calculador, egoísta y ambicioso que siempre ha antepuesto sus objetivos personales cortoplacistas al interés general e, incluso, al interés partidario, y acaba de conducir al país a una situación de interinidad y provisionalidad nada beneficiosa para superar la situación de crisis en la que nos encontramos y nos encontraremos todavía durante bastante tiempo. Hace unos meses el semanario The Economist decía que el partido que fuera capaz de cambiar de candidato antes del final de la carrera, ganaría… Pues bien, es el momento de demostrarles lo muy equivocados que estaban.


El Confidencial - Opinión

El PSOE que deja Zapatero. Por Eduardo San Martín

Hace tiempo que los posibles candidatos se han lanzado a la palestra, sin pudor.

Las zozobras que agitaban a la cofradía socialista en las jornadas previas a que el líder se hiciera verbo ante el claustro de Ferraz resultaban un tanto desorbitadas para quien intenta descifrar, con alguna distancia, el desarrollo previsible de los próximos procesos electorales. ¿Alguien que no se sienta atribulado por la amenaza de perder el cargo cree de verdad que la probabilidad cierta de que las elecciones de mayo se conviertan en una consulta de alcance nacional iba a depender de lo que Zapatero anunciara ayer a sus desquiciados camaradas? La gravedad de la situación general, y la fatiga del electorado tras treinta años de gobiernos monocolores, han situado a presidentes y alcaldes socialistas al borde del despeñadero; no las vacilaciones del presidente. Y esa situación cambiará poco aunque Zapatero confirmara ayer lo que todos esperábamos.Otras preocupaciones previas a la epifanía sabatina del líder concernían al efecto que podría tener, no ya sobre las próximas elecciones, sino sobre el resto de la legislatura, la apertura de un proceso de sucesión en estos momentos. Ese debate dominaría la escena política desde que se iniciara y ofrecería al PP, junto a una posible derrota electoral rotunda, un flanco abierto para exigir, con munición de más grueso calibre, elecciones anticipadas. Pero la batalla sucesoria ya la abrió el propio Zapatero estas Navidades y sólo se cerrará cuando se proclame un vencedor, cualquier que hubiera sido la actitud que adoptara ayer el presidente. Hace tiempo que los posibles candidatos se han lanzado a la palestra, sin pudor y con escasa discreción, y nada les detendrá en adelante. Los socialistas no deberían preocuparse por incógnitas que el público da por amortizadas, sino por qué tipo de liderazgo y de partido quieren como alternativa al erial que les dejará un líder al que sobrevaloraron de manera imprudente. Y de eso no parecen estar hablando.

ABC - Opinión

Zapatero. Mutis antes del 'meneo'. Por Cristina Losada

Sólo ha sucedido algo muy prosaico y terrenal y a la altura de cualquiera: un actor cobardón hace mutis antes de que le den un 'meneo'.

No habrá épica en su retirada como no la hubo en su llegada. Apartarse del poder evoca cierta nobleza y la retirada del político goza de buena prensa. El poder es innoble, sabemos, pero seduce al que lo posee. Loas, por tanto, al que se desprenda de sus viscosas ligaduras. Sin embargo, en relación con Rodríguez Zapatero hay que hacer, antes del posible e improbable elogio, una parada. Anunciar una retirada del poder cuando el poder, de todas formas, se va a retirar de uno, se asemeja demasiado a una espantada.

Nos enteramos hoy, por él mismo, que siempre pensó en la conveniencia de no prolongar por más de ocho años su estancia en La Moncloa. Bien calladito se lo tenía. Ya era mejor haber guardado ese secreto para siempre. Pero, hasta el final, porfía en el intento de que no parezca lo que es y de que sea lo que no parece. Cuando sólo ha sucedido algo muy prosaico y terrenal y a la altura de cualquiera: un actor cobardón hace mutis antes de que le den un meneo.


La opinión pública, criatura impredecible, estaba devorando con delectación a uno de sus hijos predilectos. El presidente que gozó de popularidad a raudales, el chico de simpáticos hoyuelos que las buenas señoras querían por hijo y por yerno, daba boqueadas en el suelo de los sondeos. Y el talludo adolescente que creía en su baraka -ya hay que creer- la da por perdida y se adelanta al sacrificio. Lo hace él, para que no lo hagan otros, votantes y compañeros de partido, que son, por definición, los peores. Se va antes de que le despedacen los suyos. Aunque, como póstuma demostración de quién manda, les deja dicho todo cuanto deben hacer.

Al producirse en pleno descenso del PSOE a los infiernos, el gesto de Zapatero queda como un reconocimiento anticipado de la derrota. Como si él no quisiera llevarla sobre sus hombros, a pesar de que le culparán de cualquier modo. Lo mejor para su partido hubiera sido que apurara hasta el final el cáliz, se presentara, asumiera su responsabilidad y diera paso, después, a una transición ordenada. Y lo mejor para España habría sido que nunca se hubiera presentado.


Libertad Digital - Opinión

Comienza el poszapaterismo. Por José María Carrascal

Puede que se haya quitado de la primera línea de fuego. Lo que no podrá evitar es que, al hacerlo, inicie una nueva era.

Se va, se va, se va, pero se queda, al menos de momento. O eso se cree él. Fiel a su norma de que más vale una retirada a tiempo que una derrota clamorosa, José Luís Rodríguez Zapatero anunció su retirada ante los suyos en medio de un silencio sepulcral. Lo atribuyó a una vieja idea de de no pasar de dos legislaturas —como si hubiera respetado alguna vez sus viejas ideas— y se excusó diciendo que iba a dedicar todos sus esfuerzos a combatir la crisis, lo que se contradice con su plan de lanzarse a hacer campaña electoral por los suyos. Pero las contradicciones nunca han representado un mayor obstáculo para él.

Puede que se haya quitado de la primera línea de fuego. Lo que no podrá evitar es que, al hacerlo, inicie una nueva era, la del poszapaterismo, en la que ni él, ni el partido ni el país serán los mismos. Es muy posible, dada su tendencia a confundir deseos con realidades, que crea que así tendrá más posibilidades de resolver los duros problemas con que nos enfrentamos, logrando al menos una salida honorable del cargo. Lo más probable es que vuelva a equivocarse. A partir del mismo momento que anunciaba su renuncia a la reelección, su poder empezaba a languidecer, y su influencia, a disminuir, tanto en el partido como en la nación, como en el extranjero. Ya no será quien haga las próximas listas electorales ni quien distribuya cargos ni reparta mercedes. Será otro. U otra. Pero no él.

Con el agravante de que ha abierto el melón sucesorio. Ojos y oídos se orientarán hacia el o la que pueda sustituirle, que será quien otorgue las futuras sinecuras. Lyndon Johnson hizo algo parecido en 1968, cuando renunció a presentarse a la reelección «para concentrarse, dijo, en resolver el problema de Vietnam». Resultado: no solucionó lo de Vietnam y sumergió a su partido en tal debate interno que perdió la Casa Blanca y tardó ocho años en recuperarla. Pues no hay batallas más crueles que las internas.

Este hombre, me refiero a Zapatero, lo ha confundido todo y no ha arreglado nada. El desastre de su gestión se extiende a su partido, donde ha ido quemando sucesivamente a la gente más valiosa que él, que era mucha, y rodeándose de nulidades. Aunque eso no ha sido lo peor. Lo peor es la lastimosa situación económica, social y moral en que deja España. Una situación que ni siquiera ha alcanzado su nivel más bajo, pues nos queda todavía un año más de sus triquiñuelas, malabarismos, desvaríos, sortilegios, falsas predicciones y crueles realidades. Un año de poszapaterismo que puede hacer bueno el zapaterismo, con lo que está dicho todo. ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto? Pues elegirle. Aunque ya verán ustedes como pronto empezaremos a oír: «Yo no le voté». Es lo que ocurre con lo que empieza a ser historia. En este caso, mala, por no decir infame.


ABC - Opinión

Pasmo. Por Alfonso Ussía

Me pinchan y no sangro. Me extraen una muela sin anestesia y no reacciono. Turbación, conmoción, desconcierto ante lo inesperado. También chasco y estupor. Necesitaba salir de Madrid. Pero no quería hacerlo sin asegurarme el sosiego. Hablé con mi confidente de La Moncloa, y me confirmó mis impresiones. Se lo pregunté: ¿Cómo es posible que un político en su más alta cota de prestigio pueda renunciar a presentarse de nuevo? Su respuesta me tranquilizó: «No te preocupes. Todo este lío lo ha montado el Partido Popular. El Presidente optará en las próximas elecciones a la Presidencia del Gobierno. Lo hará por España. Se lo ha pedido la ONU, y ya sabes lo importante que es la ONU». Oídas sus palabras, hice las maletas y fuíme.

Hoy marca el calendario que vivimos el día 2 de abril del año 2011. Inesperadamente, ante el Comité Federal de su partido, que creo entendido que es el PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero ha anunciado formalmente su retirada. Me pinchan y no sangro, insisto. ¿Cómo puede hacernos semejante faena a cuarenta millones de españoles? ¿Qué va a ser de nuestros hijos y de nuestros nietos? En algunas ocasiones he sido algo crítico con su política. Pero de ahí a desear su marcha, media largo trecho. Como Presidente del Gobierno de España, Zapatero ha culminado grandes metas y luminosos objetivos. Por ejemplo, superar a Grecia. En el año 2009, Grecia tenía tres millones de parados. Pues ¡hala! Y que los griegos se fastidien. En 2011, los españoles vamos camino de los cinco millones de parados. Eso no se consigue fácilmente, y más aún, cuando se recibe una nación con una estructura económica pujante y sólida. ¿Será la modestia la causante de su inesperada postura? Los brotes verdes. Donde miro advierto brotes verdes. Claro, que estamos en abril.


Me siento huérfano. De sopetón, huérfano y hundido. No me esperaba este escopetazo anímico. Y claro, tendrá que organizarse un proceso de elecciones primarias en el PSOE, y eso es grave. Porque Zapatero, que ha solucionado todos los problemas que España no tenía, ha sido poco cuidadoso con la armonía entre los suyos. Se llevan bastante mal sus posibles sucesores. Rubalcaba, en mi opinión, no creo que opte a nada con tanto faisán suelto y volandero. Chacón, con un Zapatero buscando la puerta de salida, va a tener que dar la cara por la guerra ésta que nadie sabe cuándo y cómo va a terminar. Si con Gadafi en el poder o con Bin Laden en lugar de Gadafi. Todo muy positivo. La sorpresa podría ser Trinidad Jiménez, pero si hay urnas de por medio, Trinidad no gana ni la presidencia de su comunidad de vecinos. Bono está demasiado visto y excesivamente leído y oído. Ya lo sé. Eguiguren. Chusito Eguiguren, ese enamorado de España. Pero no lo veo en su salsa. El gran problema que tiene el PSOE con un Zapatero renunciado es que resulta harto complicado encontrar un sustituto con su carisma, su preparación, su dominio de la política internacional, su simpatía arrolladora y que le quepa en la cabeza el Estado. Aunque sea el Estado de San Marino, pero el Estado al fin y al cabo. No veo cantera con posibilidades. ¿Por qué se nos va, así de golpe, y nos abandona?

Hay que ser optimistas, aunque sea por obligación. España se despide con infinito dolor del político que ha demostrado su grandeza. La de España, me refiero. Después de su época de gobernante, España zozobra, pero no se ha hundido definitivamente. Y esa resistencia frente al temporal nos la ha hecho ver Zapatero. Ocho años destrozando a España, y España sigue. Gracias por abrirnos los ojos.


La Razón - Opinión

El error de lo innecesario. Por Bieito Rubido

Casi todo lo que el presidente socialista ha puesto en marcha en estos siete años era, es, innecesario. No lo demandaba la sociedad española.

Que nadie se llame a engaño: Zapatero no será candidato, a su pesar. Son los ecos del clamor popular los que le empujan a marcharse, aun cuando durante tiempo él sólo ha querido escuchar el rumor de las encuestas. A nada que vislumbrase la más débil posibilidad de recuperación del favor popular para él o para su partido, trataría de reengancharse. Pero no basta con irse, y tarde. Si de verdad quisiera contribuir al progreso de España y al bienestar de sus conciudadanos, convocaría elecciones ya. Sólo de esta manera colaboraría en sacarnos del atolladero económico y moral en el que nos ahogamos. Carece, sin embargo, del sentido de la Historia. Entre otras razones, porque desconoce la historia de su país y estuvo siempre dispuesto a reescribirla.

Es pronto para saber qué lugar le reservarán los libros a este dirigente socialista. Vaya por delante, que los contemporáneos somos, casi siempre, los peores analistas de nuestro propio tiempo. De todos modos, sí existe cierta unanimidad al señalar la contumacia con la que Zapatero, consciente o inconscientemente, intentó —y en parte logró— reducir a escombros desde dentro el sistema constitucional español. El catálogo de desaciertos empieza por este punto, pero es extenso y exhibe como principal característica lo innecesario. Casi todo lo que el presidente socialista ha puesto en marcha en estos siete años de gestión era, es, innecesario. No lo demandaba la sociedad española. Y ya se sabe que lo innecesario es, por principio, un error.


Habrá que dejar discurrir el tiempo para, tal vez, llegar a encontrar en ese abanico de iniciativas incomprensibles algún acierto o, si acaso, algún anticipo que nuestra mente «cortoplacista» nos esté impidiendo ahora entender. Pero, de momento, el balance no puede resultar más desalentador:

Negó la crisis económica y acusó de antipatriotas a quienes le advertían del maremoto. La gestionó mal y presumió de su aliento sectario ante el Congreso para no afrontar las reformas que, cuando ya era tarde, no le quedó más remedio que admitir. Proyectó en el exterior la peor imagen de España. Desde la muerte de Franco, nadie había puesto tanto empeño en destrozar internacionalmente la marca nacional. Y lo que es peor: enfrentó a los españoles en dos mitades irreconciliables. Su perseverancia en despertar los fantasmas que hicieron maldita la historia de España sólo se explica desde su más absoluta ignorancia de lo que fue este país y de lo que supuso la Transición democrática, un capítulo de nuestro acontecer en el que ganamos todos.

Los españoles, usted y yo, queremos, ansiamos incluso, una sociedad abierta y en progreso moral y económico. El socialismo de Zapatero ha alimentado exactamente lo contrario. Se ha llegado incluso a prostituir el verdadero laicismo que respeta todas las conciencias, protege la libertad de cátedra y culto, pero entiende que se debe separar lo estatal de lo social, lo público de lo privado. Y ese territorio de la intimidad debe ser defendido y alentado, como lo deben ser los movimientos cívicos y de resistencia ciudadana, en especial el de las víctimas del terrorismo.

El tiempo que concluirá en España el día que José Luis Rodríguez Zapatero abandone definitivamente toda responsabilidad de gobierno y dirigencia habrá sido un paréntesis emborronado; un lapso en el que se ahondó en los falsos paradigmas que hacen de la nuestra una de las sociedades más débiles de Occidente. Estaba dispuesto a negociar a cualquier precio, donde fuese y con quien fuese, para apuntarse el tanto de un débil y no definitivo fin del terrorismo de ETA. Esa extraña interpretación de una alianza de civilizaciones entre los españoles de bien, de convicciones demócratas, y la primitiva civilización etarra, todavía asesina, en estado salvaje.

España queda tocada tras este tiempo. Pero tampoco el PSOE saldrá especialmente bien parado. Una fuerza histórica comprometida en su pasado con la democracia, la convivencia y la coexistencia pacífica de los españoles. El secretario general tendrá también en su debe el deambular de su partido en los próximos tiempos. Le quedan once meses en La Moncloa, salvo que acepte el anticipo electoral. Si no lo hace, al menos puede aprovechar su último año de gestión para llevar a cabo las reformas que nuestro país necesita, y ya no sólo en materia económica.


ABC - Opinión

Zapatero se va. La huida. Por José García Domínguez

Pretendimos imposible que fuese a hacer lo que ha hecho. Nuestro impagable error, despreciar los manuales de pediatría como fuente de análisis político. Mea culpa.

Se va como vino: huyendo. De las responsabilidades, el rasgo ontológico de todo adolescente. Igual en Irak que en Ferraz. También al modo de los adolescentes, ha acreditado pericia sobrada en el arte de mentir. Aunque lo peor no habrían de ser las muchas falsedades, sino su suprema verdad, acaso la única. "El poder no me cambiará", advirtió solemne apenas pisar La Moncloa, en velada amenaza a los adultos. ¡Y no lo cambió! De ahí que hoy hayamos errado cuantos solemos frecuentar la prosa de Maquiavelo. Simplemente, pretendimos imposible que fuese a hacer lo que ha hecho. Nuestro impagable error, despreciar los manuales de pediatría como fuente de análisis político. Mea culpa.

Tal que así, acaba de dejar en la estacada al PSOE, asunto que no hubiese acarreado drama mayor, y a la España bajo custodia de los mercados de deuda, otro cantar. Dos por el precio de uno, que diría González. El Adolescente abdica del futuro pero, al tiempo, no se resiste a la tentación de controlarlo. Por algo, la renuncia a la candidatura no se compadece con el consiguiente paso que aconsejaría la lógica, esto es, la dimisión irrevocable en la Secretaría General. Condición necesaria y suficiente, ésa, a fin de que las primarias pudieran desarrollarse con una mínima, elemental profilaxis democrática, ajenas a la sombra siempre omnipresente del aparato. Pero, ¡ah!, hasta ahí podríamos llegar.

Y es que, como el Cid, el guardián entre el centeno de León quiere ganar su última batalla después de muerto. En caciquil consecuencia, la manó llamada a mecer la cuna del partido a lo largo del proceso sucesorio será la de Blanco, con el preceptivo auxilio de Pajín e Iglesias, no la aséptica de una comisión gestora. La condición única de Rubalcaba, a saber, que solo se prestaría a jugar con las cartas marcadas, diríase satisfecha. Ahora, obviada la narcolepsia crónica del lector del Marca, únicamente unas municipales trocadas en demoledor plebiscito nacional, como las de cierto 14 de abril, podrían pararlos. Sea como fuere, la Historia no lo absolverá.


Libertad Digital - Opinión

Epílogo y agonía del Zapaterismo. Por Ignacio Camacho

«La buena noticia es que se va; la mala, que no se va todavía. Con su renuncia aplazada, recibida por los suyos con un desapego glacial, Zapatero abre un vacío de poder y convierte al país entero en rehén de su crisis de autoridad política»

LO más llamativo fue el desapego. La gelidez emocional, el glacial desafecto con que la dirigencia socialista recibió el anuncio que llevaba meses esperando. No hubo un solo ademán de disimulo, ni un gesto de compasión retórica, ni un leve lamento postizo, ni mucho menos una ritual exhortación a la permanencia; sólo un alivio patente, denso, casi corpóreo, como si las palabras del presidente hubiesen desatornillado una válvula por la que se escapase la presión colectiva acumulada en muchas lunas de desasosiego. Nadie expresó un atisbo de pesar ni dio lugar siquiera por cortesía o por delicadeza a una sospecha de aflicción o de desconsuelo; la consigna del «respeto» a la decisión del líder apenas disfrazaba la manifiesta evidencia de una satisfacción mal enmascarada.

Esa indiferencia desabrida, esa cruel, ingrata distancia emotiva de la nomenclatura socialista hacia quien hasta hace bien poco era su líder mesiánico, su gurú mesmérico, convierte desde ayer a José Luis Rodríguez Zapatero en un gobernante fantasmal encerrado en la burbuja de un vacío de poder. Su segundo mandato concluyó de facto a las diez y media de la mañana del sábado, en el momento mismo en que, en medio de un silencio sideral, dio a conocer su voluntad de no repetir candidatura y abrió un proceso de sucesión electiva. A las diez y treinta y un minutos, apenas formulada su renuncia diferida, cumplida la expectativa de revelación en el Sinaí del comité federal, era ya un presidente interino. Lo hubiera sido en cualquier caso a partir del instante en que despejó la incógnita sobre su futuro, pero la ausencia de una mínima empatía sentimental entre los suyos y la sensación explícita de fin de ciclo abocan el resto de la legislatura a un agónico intermezzode liderazgo flotante, bicefalia latente y confrontación intestina. Y su decisión de agotar los plazos de poder transfiere hacia la totalidad de la nación lo que hasta ahora constituía un problema de partido.


Quedan más de 300 días hasta marzo de 2012. Una eternidad en el volátil tempode la política española, condenada desde ayer a una provisionalidad suspensoria. No tanto por la autolimitación efectiva del presidente como por su manifiesta carencia de liderazgo estratégico y su palmaria falta de respaldo interno. Cuando Aznar se puso fecha de caducidad a sí mismo contaba con mayoría absoluta parlamentaria, una adhesión incondicional de la militancia y un control incontestable de los resortes de poder, que mantuvo incluso durante el período de tránsito en funciones. Aun así, recibió críticas fundadas a sus evidentes síntomas de autismo. Zapatero es en cambio un gobernante amortizado por sus propios electores y repudiado por sus cuadros de dirigencia. El más reciente y descomunal de sus errores, la contumaz minusvaloración de la crisis económica que arrasaba el tejido productivo español hasta arrastrarlo a una sima social, ha sometido su figura a un desgaste abrasivo que lo ha convertido en pocos meses —datos del CIS— en el presidente peor valorado de la democracia, con índices de popularidad inferiores a los de Aznar durante la guerra de Irak y a los de González bajo el huracán simultáneo de la corrupción y los crímenes de Estado.

La precipitada reconversión de sus políticas proteccionistas en un ajuste forzado por la amenaza de quiebra ha sembrado la irritación en el cuerpo electoral; no tiene credibilidad entre los ciudadanos y constituye un lastre para su propia causa. Su decisión de hacer pública por anticipado la renuncia a la candidatura obedece al clamor de un partido agobiado por la carga que le supone acudir a las elecciones autonómicas y locales bajo el patronazgo de un líder caído en desgracia. El anuncio de ayer contribuirá sin duda a rebajar ese estado de desesperanza entre los suyos, pero la voluntad de permanecer en su puesto hasta el final y agotar el mandato aferrado a la nada convierte al país entero en rehén de su crisis de autoridad política. Y lejos de suponer un gesto de generosidad personal, establece una prioridad diáfana del patriotismo de partido frente al patriotismo de patria; es decir, de los intereses sectarios frente al sentido de Estado.

Esa ha sido precisamente una característica esencial de todo el ciclo zapaterista. Sus proyectos angulares —la negociación con ETA, la reforma subvertida del modelo territorial, las leyes de ingeniería social y civil y la convocatoria de los demonios familiares de la guerra al amparo de la memoria histórica— obedecen a un mismo impulso de fraccionamiento ideológico que ha despreciado a sectores cruciales de la sociedad española y ha roto la mayoría de los consensos básicos de la Transición que sirvieron para refundar la convivencia democrática. Combinado con el concepto posmoderno de la democracia instantánea, es decir, la política gestual y de inspiración demoscópica y el cortoplacismo táctico, ese designio rupturista ha dominado una acción de gobierno centrada en el propósito de consolidar una hegemonía banderiza en detrimento del interés de Estado. Y su fracaso final, que comenzó a fraguarse poco después del triunfo en las elecciones de 2008, se debe a la falta de competencia, solidez y experiencia para hacer frente a una crisis estructural de gran alcance que superaba el estilo de oportunismo maniobrero para imponer la necesidad de un compromiso nacional con visión panorámica, capacidad de renuncia y liderazgo estratégico.

El frágil espíritu de liviandad política que constituye la esencia del zapaterismo gravita sobre el incierto epílogo abierto ayer con la expectativa sucesoria. El discurso del presidente saliente representó una nueva entrega de su voluntarismo iluminado, de ese infantil optimismo negacionista capaz de dibujar la realidad ilusoria de un país en recuperación pese a las evidencias de estancamiento y al desolador panorama de de-sempleo y zozobra financiera. Agarrado a esa ficción transparente, Zapatero disfraza a conveniencia un horizonte inquietante en el que pretende seguir gobernando España sin potestas ni auctoritas, sin capacidad de convicción moral ni poder efectivo. Por más que constituyan un impecable procedimiento democrático, las primarias socialistas sacudirán la escena pública con todo su ruido de convulsión fratricida en una coyuntura extremadamente ino-portuna, y abocarán después a una inevitable bicefalia en la que el presidente titular perderá toda capacidad de referencia jerárquica y quedará imposibilitado para dirigir el país con un mínimo de peso específico. Sin la razonable disolución anticipada del Parlamento y la consiguiente convocatoria de elecciones, lo que espera es un año terminal de estertores y de política catatónica sometida a una estéril respiración asistida. Para aliviar en parte —sólo en parte— los problemas inmediatos del PSOE, un gobernante expulsado de hecho por sus propios compañeros se dispone a dilatar el desenlace durante once meses de moribundia. Y ni siquiera le ha quedado el consuelo de una magra comprensión o de un piadoso amparo cosmético: como Adolfo Suárez hace treinta años, lo único que escuchó ayer, en su ceremonial de inmolación ante su gente, fue el sordo rumor de un hondo suspiro de alivio.


ABC - Opinión

Elecciones generales

El presidente del Gobierno anunció ayer que no será el candidato en las elecciones de 2012. Respetamos su decisión personal, que, según explicó, partía de la convicción de que dos mandatos es el periodo idóneo para desarrollar un proyecto. Este argumento, sin embargo, no puede esconder la realidad de un dirigente desgastado, sin la confianza de la ciudadanía y sometido a presiones externas e internas. Fue una jornada histórica. Siempre lo es cuando un presidente anuncia su marcha. Zapatero agotará la Legislatura y dejará el poder dentro de un año por la puerta pequeña, discutido y contestado. Las largas sombras de su labor han amortiguado sus exiguas luces. El balance de la gestión no es positivo. Deja una España mucho peor que la que cogió Aznar. El país ha retrocedido en casi todos los campos y aquello que funcionaba, como la política antiterrorista, paga hoy los errores durante la negociación con ETA.

Polémica fue la llegada de Zapatero con la retirada de Irak y polémica es su salida. El presidente explicó que el momento elegido es el más conveniente, porque hay tiempo para forjar un nuevo liderazgo, y porque le permitirá afrontar «un programa de decisiones que no puede esperar y que hay que culminar ya» en pos del crecimiento y del empleo. Su determinación es legítima, pero está en un error. El anuncio no es inocuo y tendrá consecuencias para el PSOE y para un país que necesita estabilidad. Zapatero se ha equivocado en la administración de los tiempos. Ha dilatado el debate sucesorio y ha abocado a los socialistas a un combate interno. Es de ingenuos pensar que el PSOE pasará por las primarias sin heridas en su cohesión. Y no hay nada que un electorado castigue más que un partido dividido. Aunque Zapatero pidió «voluntad integradora» al futuro líder, eso ya no está en su mano desde que comunicó la despedida. No será fácil gestionar este último año, en el que se tienen que emprender grandes reformas, con un PSOE inmerso en el debate sucesorio.

Las apuestas por el liderazgo se centran en Rubalcaba y Chacón. El desenlace final compete a los militantes socialistas y serán ellos quienes deban determinar la persona que encabece el nuevo proyecto. Otra cosa es que los futuros candidatos compatibilicen su aspiración partidista con la labor gubernamental, lo que sería incomprensible. La participación en las primarias exigiría el abandono de cualquier responsabilidad ejecutiva. No se puede ser ministro a tiempo parcial. La decisión de Zapatero es mala, porque da paso a una etapa de provisionalidad cuando se necesita un gabinete fuerte para afrontar tiempos de exigencia, de reformas y de políticas extraordinarias e impopulares. Se da un paso atrás con un Gobierno sin liderazgo en un escenario de interinidad. No hay que olvidar que la responsabilidad de la mala gestión de estos años y de los errores cometidos no es sólo de Zapatero sino también de unos ministros que le han apoyado fervorosamente. La sucesión se puede dirimir entre dos destacados ministros. Hemos defendido desde hace meses que el Gobierno estaba agotado. España necesita elecciones anticipadas y no primarias. Tras el presidente, es el pueblo español el que debe hablar. Es un principio básico de la democracia. No casa con anteponer el interés del partido al bien común.


La Razón - Editorial

Adiós a Zapatero

Un presidente que se va porque sabe que nadie le quiere en el cargo es un presidente que no debería seguir ni un minuto más en el cargo. Sería lo mejor para España. Por eso continuará hasta 2012.

Zapatero ha sido y sigue siendo el peor presidente de la democracia española. De modo que el anuncio de su marcha no puede sino producir alegría, aunque matizada por el convencimiento de que, de no haber tomado él la decisión, la puerta abierta se la habrían señalado igualmente los españoles.

Quiso llevar a España a la rendición ante ETA, ofreciendo a los terroristas triunfos políticos, traicionando el sacrificio de los cientos de españoles a los que la banda asesinó, y denigrando a sus familias y los supervivientes de los atentados. Su apuesta por aliarse con los nacionalismos ha producido el Estatuto catalán, engendro sólo parcialmente anulado por el Tribunal Constitucional y que consagra la desigualdad entre los españoles. Su política internacional nos ha alejado de nuestros aliados para acercarnos a regímenes como Cuba o Venezuela, poco democráticos, incapaces de reconocer los derechos humanos, pero de izquierdas, que es el único salvoconducto que los socialistas han tomado en cuenta. Ha dividido constantemente a los españoles con leyes como la del matrimonio homosexual, la igualdad, la memoria histórica, el tabaco, el aborto, la educación para la ciudadanía, empeñado en que todos vivamos según el manual del progre rancio indica que debemos vivir y morir.


Pero ha sido la economía la que finalmente le ha dado la puntilla. Su ineptitud en la materia, que ni dos ni mil tardes han podido reducir, y ese sectarismo ideológico con el que se enfrenta a todos los asuntos que ha abordado han agravado en España una crisis que sí, es mundial, pero que en nuestro país ha hecho más daño y nos está siendo más difícil salir. Sólo cuando la ruina amenazaba con llevarse por delante el euro, y el "corazón de Europa" nos ha obligado a tomar medidas más racionales, Zapatero ha renunciado en parte a su programa izquierdista y, por lo tanto, ruinoso. Pero ha sido demasiado tarde, y demasiado poco para los cinco millones de parados que su política ha dejado sin empleo.

Con el anuncio de su marcha, Zapatero ha vuelto a demostrar que lo que más le importa no es España sino el PSOE y él mismo. Anunciándolo antes de las municipales y autonómicas su partido espera contener la sangría de votos. Y haciéndolo con casi un año de plazo da tiempo a que la sucesión se produzca y el vencedor se cure de las heridas del proceso. Pero en esta España que se desangra, a Zapatero no le importa abrirle otra brecha: la de su sucesión. Un presidente que se va porque sabe que nadie le quiere en el cargo es un presidente que no debería seguir ni un minuto más en el cargo. Sería lo mejor para España. Por eso continuará hasta 2012.


Libertad Digital - Editorial

Elecciones generales, una exigencia nacional

Zapatero ha tenido en cuenta que es un lastre para su partido, pero no le importa seguir siéndolo para España.

Por eso, es el PSOE el que echa a Zapatero de la candidatura socialista, no solo la crisis. Es el temor de los barones socialistas a empezar la campaña electoral para los comicios del 22 de mayo con la losa de un presidente rechazado por la opinión pública y descalificado por los resultados de su gestión. El último dato de Eurostat cifra en el 20,5 por ciento la tasa de paro en España, la más alta de Europa y más del doble de la media europea.

Pero Zapatero se va a medias, apañando una decisión que solo busca beneficiar electoralmente a su partido. Porque si la evolución de la crisis es buena, según La Moncloa; si el PSOE apoyaba a Zapatero, el secretario general con más poder, a juicio de José Bono; y si había margen para remontar las encuestas, entonces no se entiende por qué el presidente del Gobierno anuncia, con un año de antelación, que no se presenta a las generales de 2012. La razón es que nada de eso es cierto y Zapatero se enfrenta al veredicto inapelable del fracaso de su proyecto político, iniciado en marzo de 2004, tras un atentado terrorista que cambió el designio electoral de los ciudadanos.


Su anuncio responde a una estrategia electoralista, porque no está complementado con el de la disolución del Parlamento en cuanto los plazos legales lo permitieran. Zapatero ha tenido muy en cuenta que es un lastre para el PSOE, pero no le importa seguir siéndolo para España. Por eso es falso que su decisión garantice estabilidad al país. Desde ayer España tiene, de hecho, un presidente en funciones, que como tal va a relacionarse con los líderes europeos, los agentes sociales, la opinión pública y su propio partido. No sirve repetir ahora que ya dijo hace años que con dos mandatos era suficiente para un político. A diferencia de Aznar, quien marcó las reglas de su permanencia en el Gobierno desde el primer día, Zapatero ha jugado a que pasara el tiempo para ver cómo discurrían los acontecimientos, a decir una cosa y su contraria para siempre tener un precedente al que agarrarse. Así es como sumió a su partido en la confusión más absoluta, provocando la aparición anticipada de candidatos y de movimientos internos de opinión, que no han tenido reparo alguno en asumir la necesidad de que Zapatero no repitiera. Tanta sinceridad y falta de pudor ha acabado mostrando a Zapatero el verdadero estado de opinión de su partido.

Pero si el PSOE ha resuelto en parte su problema —solo en parte, porque ahora tiene ante sí un proceso de primarias, o un congreso extraordinario, carente de referencias de autoridad en el legado que deja Zapatero—, agrava el de España. El vecino Portugal, como antes Irlanda, demuestra que unas elecciones anticipadas no perjudican los procesos de reformas contra la crisis. Menos aún si estos no están dando los resultados esperados. El último informe del Banco de España empeora los pronósticos del Gobierno sobre empleo y crecimiento para 2011 y 2012. Es evidente que Zapatero no anuncia la convocatoria de elecciones anticipadas, más allá de los condicionantes legales, porque sabe, y el PSOE también, que sería una debacle para su partido. Nuevamente se demuestra que el único valor político que retiene Zapatero es la potestad para proponer la disolución del Parlamento.

Ayer se acabó el zapaterismo como opción estratégica de la izquierda española. Ahora empezarán en el PSOE los repudios a su secretario general, más o menos velados, más o menos directos. Pero el fracaso reconocido ayer por Zapatero, aunque no lo expresara, es también el fracaso de su partido, que lo siguió dócilmente hasta en las aventuras más lesivas para los intereses nacionales, como la negociación política con ETA o el intento de descoyuntar el modelo autonómico del Estado con el Estatuto catalán. Y no solo esto; han sido siete años de experimentos ideológicos de una izquierda intervencionista, paternalista y crispadora, que ha dejado fracturas evidentes en el sistema judicial, el modelo educativo o la organización territorial. Una izquierda que no tuvo reparo en secundar la deslealtad de Zapatero con los valores de la Transición y los consensos de Estado fraguados en la Constitución de 1978. En efecto, hay un claro fracaso de gestión económica, pero tanto como el fracaso ideológico del PSOE en sus principales proyectos políticos, todos los cuales giraban en torno a la liquidación política de la derecha. Objetivo también fracasado.


ABC - Editorial