martes, 3 de agosto de 2010

Cataluña. La coartada de CDC. Por Clemente Polo

La presencia de miles de zelotes nacionalistas, disciplinados y dispuestos a subordinar cualquier consideración intelectual o moral a la consecución de la independencia, resulta fundamental para explicar la paradójica situación política de Cataluña.

Cuando una investigación judicial desvela que Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), el partido cuyos líderes presidieron el gobierno de la Generalitat y gobernaron multitud de ayuntamientos en Cataluña desde 1980 hasta 2003, resolvió concursos de obras públicas a favor de empresas que le devolvieron los favores pagando comisiones del 4% a intermediarios que destinaban la mayor parte del dinero obtenido a financiar la fundación pagar las facturas electorales de CDC, cabría esperar que, además de una rápida y contundente investigación judicial que aclarase las responsabilidades penales, los líderes de opinión y los medios de comunicación pusieran sus plumas y voces al servicio del interés general y exigieran responsabilidades políticas a los presuntos delincuentes.

Nada más lejos de la realidad: ni ha ocurrido ni parece previsible que suceda en el futuro. Más bien al contrario, lo único que les preocupa a estos consumados maestros de la autocensura es granjearse los favores de la banda de comisionistas que, según pronostican las encuestas, van a ganar (¡si la Virgen de Montserrat no lo remedia!) las elecciones catalanas el próximo otoño. Hace unos meses (26 de noviembre 2009) ya dieron una prueba de su servilismo al publicar al en las portadas de los diarios y leer en las emisoras de radio y televisión un editorial titulado La dignidad de Cataluña, triste remedo en pleno siglo XXI de la unidad patriótica del Movimiento durante la dictadura franquista.


En lugar de defender la independencia del Tribunal Constitucional como tercer poder del Estado y presentar con objetividad las cuestiones que habían suscitado los recursos presentados contra el Estatut de Cataluña, esta banda de bien "pagaos" se ha aplicado a cuestionar durante los últimos meses la independencia del Tribunal e incluso poner en duda su competencia para juzgar una ley orgánica. Lo más grave de todo: pretendían confundir a los catalanes acusando al Tribunal de ser el brazo ejecutor del españolismo más recalcitrante y nostálgico, ése que no alcanza a comprender la "complejidad" de la sociedad española. España es y ha sido una sociedad plural en la que se hablan varias lenguas, qué duda cabe... exactamente igual que Cataluña. Y si todo respeto y apoyo merecen quienes piensan y se expresan en catalán, exactamente el mismo, ni más ni menos, merecen quienes piensan y se expresan en castellano en Cataluña. ¿Para cuándo Sres. Voceros de La Vanguardia, El Periódico, etc., un editorial sobre La dignidad de España?

Resulta muy revelador de la actitud del medio millón de catalanes que hasta ahora han mostrado su apoyo expreso a la independencia en las consultas realizadas en Cataluña, el mensaje que dejó un tal "Robert", independentista confeso, a "Lluís" otro lector, que en un intercambio en la página digital de El Periódico se atrevió a pedir justicia en el caso Palau: "Mira Lluís, primero quiero la independencia de Cataluña. Después, ya hablaremos. Tiene que haber prioridades. Y por ahora la prioridad absoluta para cada vez más catalanes es la independencia. Y en una Cataluña independiente el político que robe yo ya firmaría que lo condenasen a cadena perpetua. Cosa que en la corrupta España no será nunca posible".

El comentario resulta muy revelador: las campañas de adoctrinamiento e intoxicación patrocinadas por el Gobierno catalán controlado por partidos nacionalistas desde 1980 –con la inestimable colaboración de los medios de comunicación catalanes convertidos en hojas parroquiales al servicio de una "Cataluña, grande y libre"– han logrado que "Robert", arquetipo de independentista, no sólo no vea ya la realidad tal cual es, sino que subordine cualquier análisis moral o jurídico a la consecución de la independencia, acercando peligrosamente el nacionalismo catalán a los movimientos totalitarios que anteponen la conquista del poder para imponer sus concepciones (nacional, racial, sociedad sin clases, etc.) a cualquier otra consideración moral, política o jurídica.

Esta subordinación explica, en este caso, que para "Robert" la única consideración relevante sea que "cada vez más catalanes" apoyan la independencia, no que la inmensa mayoría de los catalanes no están interesados en las aventuras soberanistas e independentistas, como prueba que casi el 80% de los catalanes mayores de 16 años se haya negado a participar en las consultas independentistas organizadas por CDC (Alfóns López i Tena) y ERC (Uriel Beltrán) en centenares de poblaciones de Cataluña durante los últimos meses. Tampoco tiene ningún valor para "Lluis" que la investigación judicial en curso sobre el saqueo del Palau y sus ramificaciones haya puesto de manifiesto que los líderes de CDC –¡No España!– lleven al menos una década (1999-2009) apropiándose del dinero de los contribuyentes para financiar sus campañas electorales.

Hasta qué punto "Robert" ve el mundo al revés queda patente cuando afirma que para condenar a cadena perpetua al "político que robe" en Cataluña hace falta conseguir primero la independencia porque "en la corrupta España [eso] no será nunca posible". "Amigo" Robert, si algo ha dejado claro el caso Palau es que en una Cataluña independiente, que contara con una Agencia Tributaria catalana, una fiscalía dependiente del Gobierno catalán y un sistema judicial cuya máxima instancia fuera el Tribunal Superior de Cataluña, el caso Palau no habría visto nunca la luz ni los ciudadanos catalanes habrían llegado a conocer que sus adalides de la independencia, CDC, han estado financiando su partido con dinero hurtado a los contribuyentes.

La presencia de varios cientos de miles de zelotes nacionalistas ("Roberts"), organizados, disciplinados y dispuestos a subordinar cualquier consideración intelectual o moral a la consecución de la independencia, resulta fundamental para explicar la paradójica situación política en que se encuentra sumida la sociedad catalana, dispuesta a exculpar a la banda de comisionistas que lucha contra "la corrupta España" y hasta a devolverla a la Masía Gran con mayoría absoluta para que sigan haciendo de las suyas. Quizás seamos bastantes más quienes querríamos ver a sus responsables en Can Brians pero, como se ha visto con la prohibición de los toros en Cataluña, ni estamos bien organizados ni suficientemente activos para lograr nuestros objetivos. ¿Aprenderemos la lección esta vez?

Clemente Polo es catedrático de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Autónoma de Barcelona. Escribe regularmente en su blog.


Libertad Digital - Opinión

Máquinas de obedecer. Por Ignacio Camacho

Sin primarias, el sistema sufre una limitación esencial de madurez en sus mecanismos representativos.

UNO de los males endémicos de la democracia española es que el funcionamiento de los partidos que la administran es ajeno a las reglas que rigen para el sistema. Son máquinas de obedecer dirigidas por dispositivos jerárquicos y verticales que se perpetúan mediante un ejercicio estrictamente autoritario; sólo en caso de graves crisis internas se producen episodios de catarsis por lo general tan excepcionales como efímeros. El único avance real que se ha producido en los últimos quince años contra esa esclerosis, que fueron las primarias del PSOE, ha pasado a mejor vida entre estertores de arrepentimiento. Y lo peor es que son los ciudadanos quienes priman este mecanismo de obediencia, interpretando como signos de fraccionamiento y debilidad orgánica cualquier atisbo de autonomía funcional o de contraste de proyectos.

Ni siquiera Zapatero, que alcanzó la dirección socialista en un congreso abierto, se ha mostrado permeable a la continuidad de ese saludable impulso regenerativo. La democracia deliberativa es un mantra teórico que adorna sus discursos y desaparece de su praxis política. Las primarias para elegir candidatos han sido barridas por el tradicional dedazode la cúpula ejecutiva. A la estela del líder máximo, el andaluz Griñán —designado él mismo por pura cooptación— también las ha suprimido en Andalucía, en cuyas capitales el PSOE tiene escasas o nulas posibilidades de triunfo; prefiere perdedores sumisos antes que alternativas fuera de control. Y en Madrid, el gran agujero negro de la socialdemocracia, el presidente sólo desembarca cada cuatro años para elegir con mucha solemnidad uno o dos aspirantes a la derrota, a los que luego hace ministros para compensar su buena disposición. Esta vez se ha topado con un insumiso, Tomás Gómez, decidido a perder por sus propios méritos, y todo indica que lo va a laminar con un desembarco de paracaidismo. Si va Trinidad Jiménez a la Comunidad o Jaime Lissavetsky al Ayuntamiento, la Administración prescindirá de dos buenos gestores que no le sobran y Madrid ganará una diputada o un concejal de oposición perfectamente excusables. Pero se trata de mantener el principio de autoridad incluso a la hora de equivocarse.

Las cosas no son mejores en el PP, cuyo último congreso aprobó una suerte de primarias que la dirección no piensa ejecutar de ningún modo. No es difícil sospechar que en una elección abierta de los militantes Rajoy pudiera exponerse a una sorpresa. Como le sopla el viento de cara tendrá pocas dificultades para solventar el trámite por aclamación evitando cualquier eventual desgaste interno. Pero el problema no es de los partidos sino del sistema, que sufre una limitación esencial de madurez en sus mecanismos representativos. Y de los ciudadanos, que nos conformamos con elegir entre un menú cocinado por aparatos de poder cerrados alrededor de sindicatos de intereses.


ABC - Opinión

Cuba, más de lo mismo

La sorpresa es que no hubo ninguna sorpresa. Sólo se puede calificar así el discurso de Raúl Castro en la clausura del Pleno de la Asamblea Nacional de Cuba, en el que no lanzó ningún mensaje que invite a pensar que se está poniendo en marcha cualquier tipo de reforma por tímida que ésta sea. Más bien sucedió todo lo contrario: la dictadura, fiel a su naturaleza, sigue instalada en el inmovilismo con un discurso añejo y desgraciadamente demasiado conocido, por cuanto le sirve de coartada para cercenar las libertades de los cubanos. «No habrá impunidad para los enemigos de la Patria», afirmó Castro como consigna que, lejos de ser del pasado, se proyecta peligrosamente al futuro. Pero hubo más mensajes para el desánimo. El dictador se refirió a los presos políticos excarcelados como «reclusos contrarrevolucionarios» y subrayó, en un alarde de hipocresía, que ninguno de ellos fue condenado por sus ideas, culpando de esa afirmación a los que emprenden «brutales campañas de descrédito contra Cuba». No contento con eso, para demostrar una posición de fuerza que no es tal, en ningún momento mencionó a la Iglesia católica ni a España como mediadores en estas excarcelaciones, ya que las atribuyó a una «decisión soberana» de acuerdo con las leyes cubanas.

Éste es el contexto político en el que se encuentra el régimen cubano: el mismo que hace diez o veinte años. Basta con subrayar que persiste en utilizar el lenguaje propagandístico propio de las dictaduras de izquierdas. Por si no fuesen pocos estos argumentos, uno de los más contundentes lo expresó el domingo el ministro de Economía y Planificación, Marino Murillo, cuando afirmó que Cuba se propone actualizar el modelo socialista, pero en ningún caso reformarlo.

Ante este panorama desalentador, sólo cabe decir que el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, pecó de ingenuo, o quizá fue demasiado conciliador, cuando, tras la excarcelación de los presos, pronosticó que era un gesto en la buena dirección –que no es otra que el respeto de los derechos humanos en la isla– y que, por lo tanto, era el momento de que la UE abandonase la «Posición Común» con respecto a Cuba. Moratinos confundió los deseos con la realidad, porque una vez más la dictadura castrista ha dinamitado cualquier posibilidad de normalizar sus relaciones con el bloque europeo.

Según pudo saber ayer LA RAZÓN, aunque la Unión Europea observa con lupa la evolución de los acontecimientos en la isla, no quiere pronunciarse por el momento sobre el discurso de Castro, ya que prefiere esperar hasta septiembre para tomar una decisión sobre la isla consensuada entre los 27. El diálogo con Cuba que con tanto afán defiende Moratinos se revela como un monólogo de la dictadura, que se mantiene inamovible en sus posiciones. La UE cometería un grave error si abandonase la «Posición Común» porque lo cierto es que la dictadura cubana ha utilizado la excarcelación de los presos políticos para maquillar una realidad que sigue marcada por la represión a los disidentes y que, desde luego, no contempla una transición democrática, como sería deseable.


La Razón - Editorial

Zapatero toma partido en la batalla del PSOE madrileño.

Sería difícil precisar cuál de los candidatos que pugnan por la candidatura a la Comunidad de Madrid es peor. Zapatero parece tenerlo claro, el PSM también. Qué gane el menos malo, si es que lo hay.

El cercano escenario electoral en la Comunidad de Madrid y el más que probable batacazo del PSOE-PSM en las urnas ha hecho que se enciendan todas las alarmas en Ferraz. Mientras los socialistas madrileños de la línea oficialista se decantan por Tomás Gómez, ex alcalde de Parla y secretario general del PSM, el aparato de la sede nacional, sabedor de que con Gómez van directos a la quinta derrota consecutiva, ha postulado a dos candidatos de la casa: Trinidad Jiménez, actual titular de Sanidad y Jaime Lissavetzky, un veterano apparatchik que viene de tiempos de Joaquín Leguina.

Tal es, en líneas generales, la batalla que en estos momentos se libra dentro de la federación socialista madrileña, que es, amén de una de las más importantes de España, la que más disgustos ha ocasionado al inquilino de la Moncloa desde que se elevó a los altares del partido hace ya diez años. El PSOE no consigue arrebatar ni la capital ni la Comunidad al PP a pesar de que ha puesto todo su empeño en ello en las dos últimas citas electorales. Simancas fue de fracaso en fracaso en la Comunidad y, en el ayuntamiento, primero Álvarez del Manzano y luego Gallardón han ido pulverizando a los candidatos socialistas, algunos puestos a dedo desde la presidencia del Gobierno como Miguel Sebastián, que se llevó un considerable varapalo en las municipales de 2007.


Pero Madrid es de vital importancia para Zapatero. La de Madrid es la autonomía más rica de España y la tercera más poblada. Tiene, además, una fuerte carga simbólica que transporta a los socialistas a los dorados aunque ya lejanos tiempos de Tierno Galván, cuando el PSOE dominaba con autoridad el panorama electoral capitalino. En Madrid se encuentra, asimismo, Esperanza Aguirre que por principios y determinación política es probablemente la horma del zapato del presidente del Gobierno. Por estas y otras muchas razones, entre las que se encuentran los monstruosos presupuestos públicos que manejan ambas administraciones, Zapatero necesita hacerse con Madrid si quiere seguir gobernando en el resto de España.

El problema del PSOE madrileño es doble. Por un lado la buena gestión del PP en la Comunidad, que pone muy cuesta arriba a los candidatos socialistas erigirse en alternativa de un modelo que los madrileños refrendan gustosos cada cuatro años desde 1995. Por otro, los equipos que históricamente han liderado la eterna alternativa del PSM han brillado por su mediocridad, su falta de ideas o, directamente, su inoperancia absoluta en la oposición.

En los que actualmente se disputan la candidatura del año próximo nada ha cambiado. Tomás Gómez es un demagogo en estado puro cuyo programa máximo es un antiaguirrismo primario inspirado en el discurso obrerista que se estilaba en el "cinturón rojo" de la capital allá por los años setenta. Ese tipo de mensaje, utilizado hasta la saciedad por su predecesor Simancas, cuenta ya con pocas adhesiones y provoca gran rechazo entre las clases medias madrileñas.

En el otro lado, Trinidad Jiménez ya fracasó estrepitosamente como candidata a la alcaldía en 2003. El Partido Popular le sacó 15 puntos de diferencia y, tan pronto como pudo, la voluntariosa candidata de la chupa de cuero buscó refugio en la política nacional al abrigo del primer Gobierno de Zapatero, que la nombró secretaria de Estado para Iberoamérica. En cuanto a Jaime Lissavetzky, fue consejero hace ya veinte años de los Gobiernos regionales de Leguina. Luego supo reorientar su carrera hacia el zapaterismo naciente como secretario de Estado para el Deporte, donde ha desempeñado un papel bastante lamentable, pues, éxitos deportivos que no le son directamente imputables al margen, su gestión política en asuntos como las selecciones autonómicas de fútbol ha brillado por su ausencia.

Sería difícil precisar cuál de los candidatos que pugnan por la candidatura del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid es peor. Zapatero parece tenerlo claro, el PSM también. Que gane el menos malo, si es que lo hay.


Libertad Digital - Editorial

Diferentes, pero iguales ante la ley. Por José María Carrascal

«El pluralismo permitido por el Estado a las Autonomías, se niega dentro de las Autonomías con aspiraciones de nación y Estado. Estamos en las antípodas no ya de la Constitución española, sino del concepto de nación propugnado por la Revolución Francesa».

La principal objeción a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán es que no reconoce la «singularidad» de Cataluña en el Estado español. Gran ofensa, que permite decir a sus críticos que la sentencia niega el carácter plural de dicho Estado. O sea, que, aparte de injuriosa, es anticonstitucional. Lo que nos faltaba.

Curiosa palabra ésa de «singular». Por singular se entiende algo «único», distinto a los demás, e implícitamente, superior. Estamos ante otra variante del viejo «hecho diferencial» invocado por todos los nacionalismos internos españoles. Donde empieza la falacia. Todos los individuos somos diferentes. Incluso los hermanos gemelos lo son, al ser la «singularidad» uno de los rasgos más característicos del género humano. No somos hormigas, ni abejas, ni ovejas. Somos seres con rasgos particulares, empezando por las huellas y terminando por el carácter. Otro tanto ocurre con nuestras sociedades. Que España está formada por comunidades distintas no lo niega nadie y lo acreditan los chistes regionales. Pero eso ocurre en cualquier país. Un prusiano es muy distinto a un bávaro, lo que no impide a ambos considerarse alemanes. Incluso se dan casos de cruce de personalidades. «Hay españoles-prusianos, como hay alemanes-latinos», declaraba hace poco en España el que fuera durante muchos años presidente de las Cámaras alemanas, Peter Moser. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos y andaluces muy sosos, ahí tienen a Montilla. Quiero decir que la singularidad es un concepto lingüísticamente gaseoso y políticamente torticero. Si todos somos diferentes, nadie en realidad lo es. Y si me invocan la lengua como elemento diferencial de una nación, ¿qué hacemos con la India donde se hablan 300, le negamos el estatuto de nación? ¿Y con Suiza, donde hay tres lenguas oficiales, pero ningún idioma suizo? Con la lengua está ocurriendo la misma maniobra de distracción y embeleco que con el resto de la estrategia nacionalista: que siendo un instrumento de aproximación y entendimiento entre los humanos, la han convertido en elemento diferenciador y arrojadizo.


Pero lo que quita toda validez a las quejas nacionalistas es que esa singularidad que reclaman se la niegan a los demás. Como los demás se resisten a ser menos, se entabla una carrera parecida la de los galgos y la liebre mecánica en los velódromos: todos los españoles quieren ser y tener tanto como los catalanes, pero los catalanes rechazan que el resto tenga y sea como ellos. El resultado de esta carrera de «diferencias» es fácil de prever: la licuación del Estado, después de haber gasificado la Nación común. La cosa va incluso más lejos y esos nacionalistas que acusan el Tribunal Constitucional de negar la pluralidad de España, niegan la pluralidad en su territorio. No voy a referirme a las diferencias entre Gerona y Tarragona o entre Lérida y Barcelona, que hay más de las que se cree, sino al hecho de que ese nuevo y kilométrico Estatuto es un auténtico enrejado por el que se regula toda la vida catalana, desde la energía a la publicidad, pasando por los servicios, las comunicaciones, el cine, los alimentos, los servicios, el nombre de los establecimientos y los anuncios de sus escaparates. Sólo le falta disponer un nuevo sistema de pesas y medidas. Es como Cataluña, hasta hace poco una de las comunidades españolas más abiertas, va convirtiéndose en un reducto regido por lo que sus nacionalistas autoricen. El pluralismo que el Estado permite a las Autonomías, se niega dentro de las Autonomías con aspiraciones de nación y Estado. Lo que tampoco debe extrañar ya que, a estas alturas, el nacionalismo es una fuerza cerrada, retrógrada, incluso opresiva si se le permite. Es decir que estamos en las antípodas no ya de la Constitución española del 78, sino del concepto de nación propugnado por la Revolución Francesa, que según acaba de recordar el profesor Ovejero Lucas, de la Universidad de Barcelona, figura en la tumba de Marat. «Unidad, Indivisibilidad de la República, Libertad, Igualdad, Fraternidad». Lemas que los nacionalistas actuales no respetan ni uno.

De ahí que la diatriba de Durán Lleida, «la sentencia (del TC) ha sido el acto más separador de los últimos 35 años», sea tan demagoga como falsa. ¿Quiénes son los separadores, señor Durán, los que quieren títulos y atribuciones distintos a los de los demás o los que, concediendo a Cataluña una de las mayores autonomías que se gozan hoy en Europa, se limitan a señalar los límites que la Constitución marca a cualquier autonomía? Eso que usted, y otros como usted, propugnan no es nacionalismo constitucional, sino divisionismo diferenciador, como advirtió Ortega durante el debate sobre el Estatuto catalán en las Cortes de la República. Diferenciador y anti igualitario, me atrevo a añadir por mi parte.

Aunque tampoco hay que echar toda la culpa a los nacionalistas. La actitud del PSOE en el contencioso ha sido, en el mejor de los casos, equívoca, en el peor, suicida. En vez de admitir que el problema surgió de la promesa de conceder lo que no estaba en sus atribuciones (El «Os daré lo que me pidáis» de ZP), cuando la bomba les estalló en sus manos, lo único que han hecho es echar la culpa al PP. Ya sabemos que el ataque es la mejor defensa, pero cuando están en juego los fundamentos del Estado, no valen subterfugios, pues podemos volarlo. Echar la culpa al PP de la revuelta catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional por haber elevado recurso contra el Estatutindica una cortedad de miras y unos recursos arteros que asustan. Pues da a entender que preferirían tener un Estatuto catalán anticonstitucional aceptable a aquellos nacionalistas a otro constitucional que les moleste. Las promesas de Zapatero de intentar soslayar esa inconstitucionalidad por decreto no hacen más que confirmar esa felonía. A no ser que se trate de otra de sus promesas, es decir, que no piense cumplirla.

No está, sin embargo, solo. Felipe González y Carme Chacón acaban de publicar un largo artículo en el que aseguran que «el problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España». No es que el PP sea totalmente inocente en el asunto, y que procure no volar puentes con los nacionalistas demuestra que se plantea un día no lejano gobernar con ellos. Cuando hoy sabemos de sobra que los nacionalistas se niegan a reconocer la pluralidad tanto del resto de España como en su territorio, es decir, son los principales anticonstitucionalistas, contra lo que dicen González y Chacón.

Lo que significa que el verdadero problema puede ser un PSOE que si en los años 30 del pasado siglo no fue capaz de decidirse entre revolución o democracia, hoy no se decide entre España como Nación, como Nación de naciones, como Estado federal, como Estado confederal o como todo ello junto. Y si nuestro partido más antiguo, que además nos gobierna, no es capaz de decidirse sobre asunto tan importante, tenemos un gran problema. No voy a decir tan grande como el de los años 30 del pasado siglo, pero casi.

Volviendo a lo que les decía al principio, no se puede invocar la singularidad negándosela a los demás, como hacen los nacionalistas, ni se puede jugar con la esencia del Estado, como hace el PSOE. Nada de extraño que los españoles huyan, no importa adónde, para olvidar lo que dejan detrás. Lo malo es que se lo encontrarán a la vuelta.


ABC - Opinión

lunes, 2 de agosto de 2010

Traición a los muertos. Por César Alonso de los Ríos

No es difícil imaginar el desplome interior de los etarras en las largas noches de la cárceles.

No es difícil imaginar el desplome interior de los etarras en las largas noches de la cárceles. De los que cometieron asesinatos y de los que ayudaron a cometerlos. Porque para todo preso el Estado —aun el gobernado por el PSOE y sus fiscales— es un terrible Leviatán. Así que para sustentar a sus presos ETA se ve obligada a emplearse muy a fondo imponiendo su disciplina y, de esta manera, el etarra encarcelado es doblemente preso: por el Estado y por ETA. Uno le niega la libertad y el otro la conciencia. Una situación en la que el Estado tiene todas las de ganar a no ser que renuncie a su poder, esto es, a la aplicación de las condenas que en su día impusieron los jueces. Y esto es lo que, desgraciadamente, está sucediendo en estos momentos. Las cartas de arrepentimiento que están firmando decenas de etarras están llevando al Gobierno a unas concesiones no sólo vergonzosas sino ilegales. Con la disculpa de dividir a los presos de ETA, Prisiones está concediendo a los arrepentidos el traslado a Nanclares de Oca (Alava), la aproximación a los familiares, la cohabitación con la compañera, la salida semanal y ¿por qué no? la concesión del tercer grado y de la libertad provisional. Porque ya se han dado casos de excarcelación.

El acercamiento de etarras al País Vasco es la repetición de la jugada que intentó Jaime Mayor si bien nunca se llegó a hablar de posibles excarcelaciones. No como un modo de debilitar a ETA como dice Zapatero sino como un argumento de distensión. Al emprender esta política el Gobierno lleva a cabo una política no sólo lesiva para las víctimas sino para la propia sociedad; al perpetrar esta agresión contra la voluntad de los Jueces conculca el Estado de Derecho y viene a dar la razón a ETA, es decir, a la organización que mata para destruir el Estado y sustituirlo por el suyo. El relativismo llevado hasta estos extremos por el Gobierno es atentado contra la Nación y traición a los muertos.

ABC - Opinión

ETA. Terrorismo y prohibición. Por Agapito Maestre

Zapatero ha roto con el principio de equidad de toda la población reclusa española como si no pasara nada. Y así es, no pasa nada; él se queda tan pancho y feliz, porque conoce bien al gentío que le vota.

Sobre el fondo del griterío de la canalla, de la turba empeñada en votar a los izquierdistas y populares, el espectáculo de los traidores empieza a ponerse interesante. Las declaraciones de los gallos del corral nacional son simpáticas. Graciosas. Es la envoltura para que no veamos las miserias de sus respectivas traiciones. Los gallos coinciden en lo fundamental sobre esa envoltura: la prohibición de los toros en Cataluña y las caricias penitencias a los criminales de ETA no tienen apenas importancia. Traidores.

De Cataluña sale un hedor a mierda y muerte. Mientras el gallo de La Moncloa no opina sobre la prohibición de los toros en Cataluña, el gallito de Génova planteará una bobada en el Parlamento para declarar la cosa de "interés cultural y artístico". No se engañen con la movida de los toros en Cataluña. Todo está perdido. Allí no hay sociedad civil; en realidad, nunca la hubo. Fue otro de los inventos nefastos de la izquierda de las décadas de los sesenta y setenta, algunos incluso insisten todavía en esta patraña, para no reconocer que las tradiciones catalanas, o mejor, el catalanismo, como una visión particularista de amor a la tierra y a las costumbres, no tenían viabilidad institucional y política sin España. Jamás tuvo Cataluña tradiciones civiles decentes al margen de España para construir una sociedad abierta y democrática. Libre.


Por eso, una vez que se ha matado España, la libertad, el espacio público político es ocupado por la chusma y el nacionalismo. Cataluña está ya fuera de la civilización nacional. La aldea catalana está abocada a la miseria, el abismo y la nada. El resto es un griterío de lamentos sensibleros sobre la desaparición de España. Estas pobres gentes, imbéciles políticos y culturales, empiezan ahora a enterarse de las consecuencias del proceso de destrucción más importante que se ha llevado a cabo, en las últimas décadas, de una nación en la Europa contemporánea. Pobres. Ya es tarde. Su fuerza no pasará de gemidos populacheros.

También de El País Vasco sale un hedor a muerte y mierda. Una vez que los socialistas y los nacionalistas, y en los últimos tiempos con la aquiescencia de Basagoiti, lograron expulsar de estas provincias todo lo español expulsable, el proceso de paz, es decir, el parte de guerra periódico sigue adelante. El último lo ha redactado Pérez Rubalcaba, pero surge de la negociación entre Zapatero y los criminales de ETA. Zapatero cumple el pacto con los terroristas y manda a los asesinos más crueles de la banda a las cárceles más cercanas a sus lugares de nacimientos. Y, encima el truchimán de La Moncloa, justifica su decisión en nombre de una noción moral: el arrepentimiento. Imagino que las cárceles están llenas de asesinos que también les pesa en su conciencia, que no otra cosa significa arrepentimiento, haber cometido tan graves delitos; pero, por fortuna, eso no es razón suficiente para concederles beneficios penitenciarios.

Zapatero ha roto con el principio de equidad de toda la población reclusa española como si no pasara nada. Y así es, no pasa nada; él se queda tan pancho y feliz, porque conoce bien al gentío que le vota. Él se sabe fuerte, o sea, justo; Zapatero es un político que sólo cree en un tipo de justicia: la que impone el fuerte al débil. Sí, queridos lectores, Zapatero en este caso no es el fuerte sino el débil. La dulcificación de las penas a los criminales no es una creación del Ejecutivo sino una imposición de la banda criminal ETA a Zapatero. No hay nadie en España, y seguramente en el mundo occidental, capaz de defender con tanta pasión como Zapatero la concepción de la justicia sintetizada por Tucídides con estas palabras: "El examen de lo que es justo sólo se realiza cuando hay la misma necesidad por las dos partes. Donde hay uno que es fuerte y otro que es débil, lo posible es ejecutado por el primero y aceptado por el segundo".

¡El terrorismo ejecuta y Zapatero acepta! Fue así, después del 11-M; y sospecho que el fenómeno se repite, después de la larga negociación entre ETA y el Gobierno de Zapatero.


Libertad Digital - Opinión

Juegos sagrados. Por Gabriel Albiac

Jugamos. Todos. Sin más objeto que el de ser entretenidos. Para ello trenzamos reglas estrictas.

Jugamos. Todos. Sin más objeto que el de ser entretenidos. Para ello trenzamos reglas estrictas. Sembramos de riesgos la partida, de estrategias que, en medidas diversas, remiten siempre al horizonte exorcizado de la muerte. Tasamos ganancia y coste para aquel que vence o pierde. El juego es ficción escénica de la vida. Da igual que el escenario sea el del tablero sobre el cual dos desarrollan las largas estrategias militares del ajedrez o el go. Da igual que el juego se despliegue en soledad ante la montaña o bien en el estruendo del estadio. Da igual que en él se crucen incruentos floretes o el grave guante de los boxeadores. Sin el juego, lo humano es sólo angustia: todo juego es sagrado. La tauromaquia es eso: un juego. Y, como todo juego, tiene reglas. Que yo ignoro, como otros ignorarán las de escritura o cine, sin los cuales no concibo yo la vida. Y, como todo juego, pone en el proscenio un riesgo. Neutralizado sólo hasta cierto punto, porque la ausencia de riesgo trueca el juego en ridículo. Juegan a él sólo aquellos que saben. Y son espectadores aquellos que se envuelven en las reglas de su rito. Nada, en esa operación metafísica que es el refugio en el cual juega un hombre, pinta el Estado. Ni para alentar ni para prohibir. El juego es un paréntesis de eternidad fingida. Y el jugador está solo.

ABC - Opinión

Democracia a la catalana. Por José Carlos Rodríguez

Esa es la identidad de Cataluña; la prohibición. Nos lo ha dicho The Economist, pero los nacionalistas nos lo llevan diciendo décadas, con su política.

Lo ha dicho Joan Puigcercós, amigos. "Una sociedad democrática avanza cuando prohíbe". Extraordinario. Seis palabras le han bastado para definir en una frase, sujeto verbo y predicado, ¡Tantas cosas! Pues, yendo por lo más filosófico, como le gusta a Puigcercós, estamos, así es, en la plena sustitución del ideal liberal, que es la preeminencia de leyes que favorezcan una igual libertad para todos, frente al democrático, que es la tiranía de la mayoría. Ese ideal, el democrático, avanza a medida que va prohibiendo e imponiendo lo que quiere la mayoría. Si la mitad larga lo puede todo, no hay ley, vieja o nueva, justa o injusta, ni hay derecho legítimo que se le ponga por delante. Este hombre es un Kelsen; justo lo que necesita el nacionalismo catalán.

Claro, que un poco más cerca de la tierra, de la tierra catalana, esa frase es testimonio fiel no sólo de la conclusión última del principio democrático sino más bien de una forma particular de entender la democracia. Para los nacionalistas, como para la izquierda, sólo un sector de la población tiene derecho a ejercer el poder, y una vez instalado en él, puede hacer lo que quiera. Y el programa nacionalista pasa por prohibir a mansalva, prohibir a diestro y siniestro, desde la cuna hasta la tumba y desde el trabajo hasta la alcoba. Ciento y poco años de nacionalismo a base de definir el auténtico ser de Cataluña, y resulta que lo que le caracteriza es la prohibición. Es un nacionalismo en parte contradictorio, pues en lugar de abrazar con generosa dilección a toda la sociedad catalana, desprecia a una parte de ella, que considera enferma y prescindible, y le metería el bisturí hasta el fondo. Esa es la identidad de Cataluña; la prohibición. Nos lo ha dicho The Economist, pero los nacionalistas nos lo llevan diciendo décadas, con su política.

Se ha prohibido el toreo en Cataluña. Vanas son las llamadas a la tradición de la lidia en esta región, porque los nacionalistas no la desconocen; sólo la desprecian, por española. Y ante eso no hay razón que valga. Todo el mundo identifica, a veces hasta extremos estereotipados y ridículos, a los toros con España. Ahora también al fútbol, pero eso no lo van a prohibir. Esta estocada en las libertades de los catalanes da la medida exacta de lo que es el Estatuto de Cataluña; una constitución a lo Kelsen, del todo vale desde el poder, mientras venga referido a una norma suprema. Es la manifestación folclórica, vistosa y polémica de mil imposiciones que ampararán las leyes en Cataluña, y marca el futuro de aquella región española. Una degradación consentida, sí, democráticamente. Pero degradación al fin.


Libertad Digital - Opinión

ETA: Plan de jubilaciones. Por José María Carrascal

Todos esos traslados de etarras a cárceles en el País Vasco forman parte de la nueva estrategia gubernamental para acabar con la banda terrorista «por las buenas».

EL último engaño de Zapatero es también uno de sus primeros: el «proceso de paz». ¿Recuerdan cómo en 2006 nos decía que la negociación con ETA traería la paz a Euskadi? ¿Y cómo acabó, con dos muertos en Barajas? Bueno, pues ahora tiene la cara de decirnos que «aquello fue un instrumento para acelerar las condiciones para ganar esa batalla y ver el final de la violencia». Cuando lo ocurrido fue justo lo contrario: que aquello trajo el final de las negociaciones y el comienzo de un acoso a ETA con todas las armas policiales y judiciales, como todos los expertos aconsejaban. Pero ese cambio no fue producto del «plan de paz» de Zapatero. Fue producto de las ansias asesinas de ETA, que, como el escorpión, mata incluso cuando no conviene a sus intereses. Si fuese por Zapatero, estarían todavía negociando y ETA disponiéndose a participar en las próximas elecciones. No olvidemos que ZP llegó a calificar el crimen de Barajas de «accidente», y sólo el revuelo armado le obligo a rectificar.

Que Zapatero mienta, tergiverse, distorsione, no debe extrañar. Lo extraño sería que dijese la verdad. Pero las circunstancias en que viene envuelto este segundo engaño lo agravan: si antes quiso negociar con ETA ofreciéndola beneficios políticos, ahora intenta acabar con ella ofreciendo a sus presos beneficios penitenciarios. Todos esos traslados de etarras condenados por decenas de asesinatos a cárceles en el País Vasco, con permisos diarios de salida para realizar cursos de formación profesional y otros privilegios, forman parte de la nueva estrategia gubernamental para acabar con la banda terrorista «por las buenas». Rubalcaba, que es a Fouche lo que Zapatero es a Maquiavelo en versión del PSOE actual, cree que esa es la forma de lograr la desintegración interna de la banda. Claro que antes creían que la fórmula era llevar a De Juana a San Sebastíán en helicóptero, para que pudiera ducharse tranquilamente con su novia, con la que se le ha perdido el rastro, incluso para asesinar.

Porque todos esos asesinos históricos estaban ya amortizados para la banda, aparte de hallarse a buen recaudo por más años de los que vivan. Pero si los jóvenes abertzales les ven llegar un día a sus herriko tabernas, con las medallas de sus asesinatos en el pecho, tras el simple trámite de firmar una carta circular en la que se arrepienten de sus crímenes, aseguran haber abandonado la banda y prometen pagar una indemnización a sus víctimas, sin que éstas hayan visto ni oído nada de ello, esos jóvenes abertzalespueden verse animados a ingresar en ETA, hasta que les toque licenciarse en tan favorables condiciones.

En realidad, el «plan de paz» de Zapatero es un plan de jubilación para los etarras.


ABC - Opinión

ETA. Negociar la reelección. Por Emilio Campmany

Están negociando, están cediendo y esperan "acabar con la banda" a base de darles parte de lo que piden. ¿Y cuánto cederán? Me temo que mucho, pues la debilidad de Zapatero es cada vez mayor.

José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho que el acercamiento de presos etarras al País Vasco también tiene el objetivo de acabar con la banda terrorista. La afirmación parece una memez. Sin embargo, en este caso, no lo es tanto. En cambio, el editorial de El Mundo que acompañaba este domingo la noticia de que 19 etarras han sido trasladados a la prisión de Nanclares de Oca, al mostrarse partidario de los acercamientos y crítico con las excarcelaciones, sí es un poco memo.

Uno de los recursos de los que dispone el Estado para debilitar a una organización terrorista que lo asedie es la política penitenciaria. Por eso, nuestras leyes dejan amplio margen al Ejecutivo en este asunto, que debería estar en manos del Poder Judicial. Sin embargo, la razón de ser de esta confianza que se deposita en el Gobierno presupone que éste la empleará para combatir a la banda. El alejamiento y la dispersión de los presos no es un castigo extra por ser terroristas los condenados. Su finalidad es minar su capacidad de resistencia propiciando su disposición a "arrepentirse", que no ha de implicar propiamente un acto de contrición, sino ofrecerse a colaborar con las fuerzas del orden en perseguir a sus antiguos compañeros. Si el condenado careciera ya de información útil, servirá al menos para sustraerle de la disciplina de la banda. Por último, la petición de perdón, el arrepentimiento público, reales o fingidos, constituirán un golpe para la base de simpatizantes de que disponga la organización terrorista.


Si los acercamientos y las excarcelaciones se llevan a cabo con esta óptica, la táctica puede ser útil y arrojar algunos resultados positivos. Pero esto no es lo que está haciendo el Gobierno. Sobre estos acercamientos pesa la casi certidumbre de que se trata de concesiones que el Gobierno está haciendo como gestos de buena voluntad para hacer que la negociación avance o para ablandar la intransigencia de algunos dirigentes de la banda o ambas cosas a la vez.

Por eso, cuando Zapatero dice que los acercamientos tienen como objetivo acabar con la ETA, no está pensando en debilitarla o destruirla o aniquilarla, sino que sabe que son flecos de una negociación con la que espera conseguir que la ETA voluntariamente se disuelva. Esto no es precisamente lo mismo que "acabar" con ella.

Y es una lástima que El Mundo, que es quien da la noticia, no se fije en esta cuestión y atienda sólo a los principios para decir la memez de acercamientos, sí, excarcelaciones, no. Porque, como se ha visto, las excarcelaciones pueden ser un recurso táctico útil en la lucha antiterrorista, y los acercamientos pueden, como es el caso, ser estúpida moneda de cambio en una insensata negociación con ETA.

En conclusión: están negociando, están cediendo y esperan "acabar con la banda" a base de darles parte de lo que piden. ¿Y cuánto cederán? Me temo que mucho, pues la debilidad de Zapatero es cada vez mayor y en la firma de esa paz con ETA descansa su última esperanza de reelección. La cuestión no es acercamientos, sí, excarcelaciones, no. La cuestión es por qué se acerca y por qué se excarcela. Y se está haciendo por lo que no debe hacerse, porque se está negociando. Esta es la cuestión.


Libertad Digital - Opinión

Y después de llorar, ¿qué?. Por Félix Madero

Señor Montilla, eso mismo que siente usted en su butaca viendo Rigoletto sentía yo viendo a Julio Robles en Las Ventas.

BIEN, vale, de acuerdo. Sabemos lo que a Zapatero le gustan los toros. Lo sabemos: si el PSC hubiera querido, los toros se salvan en Cataluña. Que sí, que Montilla cree en la libertad: quien quiera que vaya y quien no pues no, oiga. El president no gusta de fútbol, ni de toros. Un día me dijo que lo suyo es la ópera. No creo que el político más triste de la historia de España albergue la más pequeña esperanza de volver a gobernar. Las encuestas anuncian una tormenta con piedra que destrozará la cosecha socialista. Que pierdan la mitad de los votos es, como ahora se dice, para hacérselo mirar. No lo harán.

Desde que Zapatero manda todo se fía para el final. En el último minuto terminarán con ETA; en el último remontarán la economía, la desconfianza y el paro. En el último se irá Zapatero. En el último agónico y definitivo minuto todos a hacer puñetas. Y, ojo Rajoy, que todos tenemos un minuto postrero. Y tu reloj es de arena.


Pero ya digo: hemos llorado. ¿Y? Sabemos quiénes son, qué pretenden. Sabemos que el debate tiene que ver sólo con la libertad, un terreno viscoso y resbaladizo. El PP, por ejemplo, si llega, va a declarar la lidia bien protegido en el Congreso. No sean ventajistas, no metan el pico de la muleta por un puñado de votos. No den munición al que asiste a este debate desde la distancia, que no desde la intolerancia. A los toros les sobran política y también algunos defensores. Aficionados hay pocos; aficionado no puede ser cualquiera. A los toros les sobran ganaderos criadores de animales con horchata en las venas. Les faltan empresarios que sepan que esto no puede ser gestionado como una tómbola. Y les faltan toreros.
Los toros agonizaban cuando llegó José Tomás y los sacó de la UVI. Ahora resulta que en el escalafón lo más parecido al torero de Galapagar es Curro Romero en la portada de ayer de ABC. Y tras un burladero.

Se mueren los toros porque fabrican —sí, vale el verbo— animales bobalicones; porque los toreros, de luces pero sin luces, son maestros de la posturita y la mirada al tendido mientras el público les grita: torero, torero; maestro, maestro. Más dura que la puya independentista es la incuria del sector. Puede que el enterrador sea quien te despacha la entrada o te brinda un toro. Puede que seas tú y no lo sepas.

Manuel Alcántara, joven y aficionado periodista de más de 80 años, cree que pierden el tiempo quienes legislan en contra porque los toros no son una fiesta, son un rito, una ceremonia. O sea, que se trata de sentimientos. O se tienen o no. Señor Montilla, eso mismo que siente usted en su butaca viendo Rigoletto sentía yo viendo a Julio Robles en Las Ventas. ¿Cuesta tanto entenderlo? Haga un esfuerzo, por favor. Vaya usted a la ópera. Y déjeme ir a los toros. O a las dos cosas.


ABC - Opinión

Tontería económica. Masoquismo fiscal. Por Carlos Rodríguez Braun

El señor Peña finalmente alarma, porque es claro que cuando pide "más Europa" no está pidiendo más libertad y menos impuestos, y su última frase revela totalitarismo: habla efectivamente del Gobierno como si fuera la sociedad misma.

El presidente del Consejo Económico y Social, Marcos Peña, declaró a Expansión: "Todos los países se han visto abocados a compaginar sus políticas de austeridad con los estímulos económicos, y en este caso, España ha optado por el masoquismo fiscal... hace falta más Europa para salir de la crisis... España tiene que saber de qué quiere vivir en el futuro, para pensar de dónde sacar los ingresos capaces de resolver el problema del déficit público".

Si cuando el señor Peña dice España se refiere a los españoles, entonces es patente que se equivoca, puesto que todo indica que los españoles no experimentan ningún gozo al ser maltratados o humillados.


La propensión colectivista, habitual en los socialistas de todos los partidos, podría haber llevado a don Marcos a hablar de España cuando en realidad quiere decir su Gobierno. En este caso hay que decir que también se equivoca aludiendo al masoquismo de Zapatero y sus secuaces, que están muy lejos de disfrutar sufriendo, y cuyas medidas no se derivan de ningún masoquismo sino de su propia falta de escrúpulos y de responsabilidad al haber emprendido con anterioridad políticas expansivas insostenibles.

El señor Peña finalmente alarma, porque es claro que cuando pide "más Europa" no está pidiendo más libertad y menos impuestos, y su última frase revela totalitarismo: habla efectivamente del Gobierno como si fuera la sociedad misma, y en ningún caso, aquí tampoco, aludió a la posibilidad de que la coacción fiscal pueda disminuir.

Ilustró bien sus ideas en El Mundo: "La huelga no es el único derecho que tienen los españoles, y todos deben conciliarse". Es verdad: todos los derechos deben conciliarse, pero la única forma de lograrlo en una sociedad abierta es recurrir al principio liberal básico que don Marcos rechaza de plano: dejar a todos en paz.


Libertad Digital - Opinión

Reformismo de chapuza. Por Ignacio Camacho

El Gobierno socialista, el paladín de la socialdemocracia, carece de un modelo riguroso de relaciones laborales.

LO van empeorando poco a poco, como en la más siniestra de las leyes de Murphy. El decreto para fomentar el empleo se ha convertido en una ley para facilitar el despido, y en cada paso que da el Gobierno avanza un poco más en la desprotección de los trabajadores. Como las causas de rescisión procedente habían quedado un poco ambiguas con aquello de los «resultados negativos» de las empresas, lo han precisado para mal: ahora bastará, si nadie lo remedia, con la simple previsión de pérdidas, que hoy en día afecta a casi todo el tejido industrial. En este marco es posible que alguna vez la reforma laboral sirva para crear puestos de trabajo, pero a corto plazo lo seguro es que va contribuir a destruirlos.

Da la impresión de que el Gobierno no cree en lo que está haciendo. Que en el fondo confía en que los jueces dejen en papel mojado un marco legal redactado por imposición del Directorio europeo, y que lo único que le importa de esta ley es el enunciado mismo. La carcasa, como siempre: el envoltorio. Se trata de decir que se ha hecho una reforma laboral, «como sea», con o sin apoyos políticos, y entre hacerla bien y hacerla mal han optado por hacerla de cualquier modo. Primero supeditándola al acuerdo entre empresarios y sindicatos, obviando a los partidos como si estuviésemos en una democracia orgánica, y luego pasándose por el forro la posibilidad de acuerdos parlamentarios. Nadie quiere suscribir ese bodrio, claro, ni siquiera una patronal que sale visiblemente beneficiada pero teme levantar la liebre con su aplauso.


La nueva ley no resuelve ninguno de los problemas serios del mercado laboral, y lo único que viene a hacer es ablandar —y de qué modo—el despido objetivo. Las condiciones para la contratación ya existían y la estabilidad en el empleo necesita otras soluciones que las de la mera imposición. El contrato de trabajo va a seguir siendo un enredo, una maraña casuística, un lío de modalidades, y encima los vigentes quedan sometidos al albur de las previsiones negativas de las empresas, lo que en las presentes circunstancias de zozobra puede dar lugar a una verdadera escabechina de desahucios, a una cadena de «eres» desregulados que acabarán colapsando los juzgados sociales. Lo más paradójico y triste de este asunto tan serio es que el Gobierno socialista, el paladín de la socialdemocracia, carece de un modelo riguroso de relaciones laborales y lo sustituye por una serie de chapuzas improvisadas. Fracasado el pacto de hierro con los sindicatos no sabe por dónde caminar y ha optado por seguir adelante sin rumbo claro. Sólo le interesa el marco teórico, la categoría nominal, poder decir ante el tribunal de examen europeo que España ya tiene una reforma del empleo para seguir colocando deuda. Y a tirar para adelante de cualquier manera. Con cuatro millones y medio de parados… y los que vengan.

ABC - Opinión

En defensa de la Fiesta

Si algo ha caracterizado al mundo del toro es que, tradicionalmente, ha sido un colectivo muy poco corporativo. Por su propia idiosincrasia, las figuras del toreo se han distinguido por su individualismo y pocas veces han dado una respuesta conjunta a cualquier contingente que pudiera sufrir la Fiesta... Hasta ahora. A raíz de la decisión del Parlamento de Cataluña de prohibir las corridas de toros en esa comunidad autónoma, ayer se leyó en todos los cosos taurinos donde se celebraban festejos un comunicado conjunto. En él, los profesionales de la tauromaquia rechazan la decisión del Parlamento catalán al tiempo que expresaban su solidaridad con los aficionados catalanes. En este comunicado, impulsado por la Mesa del Toro, se pide que se respete uno de los derechos fundamentales de los ciudadanos: el de la libertad de asistir o no a un espectáculo si así lo desean, que además es una expresión de nuestra cultura y de nuestras tradiciones. También denuncian lo evidente por mucho que la clase política catalana favorable a esta prohibición lo niegue: la manipulación política de la Fiesta Nacional. Este manifiesto tuvo su anticipo la semana pasada cuando algunas figuras del toreo como «El Juli», José Mari Manzanares, Curro Vázquez –representante de Cayetano Rivera y Morante de la Puebla– y Miguel Ángel Perera se reunieron, con el apoyo de otros diestros que estaban toreando en esos momentos, para acordar una estrategia común en defensa de la Fiesta Nacional que pasa por solicitar una entrevista, prevista para septiembre, con la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y con los partidos políticos.

Es comprensible la inquietud e indignación que ha provocado la prohibición de las corridas de toros en Cataluña entre los profesionales de la tauromaquia y los aficionados. Hasta la fecha pocos colectivos profesionales han vivido una situación parecida como la que están experimentando los taurinos, que ven cómo están siendo instrumentalizados y utilizados por intereses que pasan más por el oportunismo político que por inquietudes que tengan que ver con la defensa de los animales.

En este punto cabe pedir tanto a la administración central como a las comunidades autónomas y a los partidos políticos que escuchen a los profesionales de la tauromaquia desde la sensibilidad y sin sectarismos ideológicos. Incluido, el Gobierno, a pesar de las recientes declaraciones del presidente del Ejecutivo, Rodríguez Zapatero, de que respetaba la decisión del Parlamento catalán al tiempo que pidió no politizar la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. El mensaje llegó tarde, porque es justo lo que sucedió en la Cámara autonómica. De más está decir que lo que ha sucedido en Cataluña ni es el reflejo del sentir mayoritario de todos los catalanes, ni respondía a una demanda perentoria de su sociedad.

Sea como fuere, se ha entrado en una deriva peligrosa, por cuanto algunos políticos parecen empeñados en crear polémicas artificiales que distraigan a los ciudadanos de las cuestiones importantes, una estrategia equivocada y que, como se está viendo, crea problemas donde antes no los había.


La Razón - Editorial

Baile de candidatos

Los socialistas deben cambiar su estrategia en Madrid, se presente o no Gómez a las elecciones.

Tomás Gómez, secretario general de los socialistas madrileños, cerró el curso político con un órdago suicida a la dirección federal, que Rodríguez Zapatero parece dispuesto a jugar, dadas las malas perspectivas del candidato para arrebatar en las urnas la mayoría absoluta de la que dispone Esperanza Aguirre al frente del Gobierno regional. Madrid, antiguo granero de votos socialistas, se ha convertido en un problema para el PSOE que su líder tiene la tentación de resolver mediante un procedimiento que, además de no garantizar el éxito de la apuesta, lesiona gravemente los principios democráticos sobre los que se asienta su partido.

El presidente del Gobierno ya acometió una jugada similar cuando, a la búsqueda desesperada de un candidato capaz de hacer frente en el Ayuntamiento a Ruiz-Gallardón, promovió la candidatura del entonces jefe de la Oficina Económica de La Moncloa Miguel Sebastián. El resultado fue una nueva derrota electoral y el inmediato abandono de Sebastián, que, lejos de cumplir con sus votantes y trabajar desde la oposición, fue rescatado por Zapatero para el Ministerio de Industria.

La historia y, por tanto, el error, podría repetirse si Rodríguez Zapatero cae en la tentación de apartar al que él mismo propuso con los mismos métodos que auparon a Tomás Gómez y que ahora pueden acabar con él. Forzar un congreso extraordinario, imponer un candidato desde La Moncloa y favorecer un baile de políticos que parecen dispuestos a perseverar en su trabajo solo desde el poder es un juego estéril, como bien se ha demostrado, que devalúa el ejercicio de la política y defrauda a los ciudadanos que se movilizaron en busca de un cambio en sus instituciones más cercanas.

Es probable que Gómez, que aún no ha podido batirse en las urnas contra Aguirre, no sea el mejor para disputarle la victoria y es muy posible que otros mejor situados, como la ministra de Sanidad Trinidad Jiménez (derrotada como candidata a la alcaldía de Madrid en 2003 y rescatada también para el Gobierno), tengan más opciones. Razones de cálculo electoral aconsejarían un recambio capaz de acortar distancias con el PP.

Tal como están las cosas, el PSOE debería medir cuidadosamente el procedimiento seguido para abordar ese cambio. Lo que cabe exigirle al partido es que, sean quienes sean finalmente sus candidatos, esta vez se queden, ganen o pierdan.


El País - Editorial

Símbolos contra el nacionalismo

Cada vez se va evidenciando de una manera más descarada que el nacionalismo va de la mano del prohibicionismo y del intervencionismo, lo que equivale a decir que la nación de la que ansían desgajarse, España, va identificándose más con la libertad.

El nacionalismo sobrevive gracias a los mitos y a los símbolos. Ambos instrumentos le sirven para engordar cualquier mínima diferencia hasta convertirlo en un "hecho diferencial" entre dos "comunidades nacionales". Si los mitos se demuestran falsos y la fuerza de los símbolos se diluye, los nacionalistas aparecen como lo que son: una escuadra de supersticiosos que utilizan el supuesto amor hacia sí mismos para camuflar el intenso e irracional odio hacia los demás.

Por eso el nacionalismo se encarga de retorcer la historia hasta volverla irreconocible y otorga tanta importancia a elementos como la bandera, el himno, la lengua e incluso en algunos casos la raza. Necesita que la identidad de cada individuo quede definida en función de su adscripción al rebaño nacionalista para, de ese modo, poderlo pastorear con mayor facilidad. Así, cualquier símbolo o rasgo de social que no encaje en su artificial concepto de identidad colectiva es visto como una amenaza, como un ataque a las esencias de la nación, y debe ser eliminado en legítima defensa.


El caso de la victoria de la selección española de fútbol en Sudáfrica fue paradigmático. Miles de aficionados catalanes y vascos salieron a la calle para celebrar el éxito deportivo del equipo de "otra nación", lo cual socavaba la legitimidad misma del nacionalismo catalán y vasco. Por eso, durante los días de las celebraciones no fueron excepcionales las agresiones a quienes manifestaban un "exceso de españolidad" y a las pocas semanas incluso se ha intentado iniciar una persecución institucional contra parte de la ciudadanía –en concreto, contra los taxistas barceloneses que osaron exhibir la bandera española.

Lo mismo cabe decir de la prohibición de los toros en Cataluña impulsada por los diputados nacionalistas. Empleando como excusa motivos animalistas –ideología que por otros motivos también supone una grave amenaza contra las libertades individuales–, se ha logrado acabar con las corridas de toros en toda la región catalana a partir de 2012. Dado que los ingenieros nacionalistas construyen su identidad catalana enfrentada a cualquier rasgo que suene remotamente español, las corridas de toros –que no cualesquiera otras formas de "maltrato" animal– debían desaparecer de su "nación".

Sin embargo, el ansia totalizadora del nacionalismo es tal que puede que terminen perdiendo la apuesta. Cada vez se va evidenciando de una manera más descarada que el nacionalismo va de la mano del prohibicionismo y del intervencionismo, lo que equivale a decir que la nación de la que ansían desgajarse, España, va identificándose más con el liberalismo y la libertad.

La extrema dependencia que tiene el nacionalismo de los símbolos podría terminar pasándoles factura si adquieren una bien merecida imagen de censores y represores. Los gritos de 'libertad' en la Monumental son gritos contra el nacionalismo; no porque los aficionados estén inmersos en una campaña ideológica o política, sino porque la bota que les aplasta y contra la que se rebelan es a todas luces la del nacionalismo.

Sólo cabe esperar que este movimiento de destape del colectivismo nacionalista prosiga y se amplíe a todos los ámbitos de la sociedad donde su nefasta intervención ha dejado impronta. Necesitamos más símbolos de resistencia y de lucha contra la verdadare cara del nacionalismo: la opresión.


Libertad Digital - Opinión

Mal pronóstico para Montilla

Si Andalucía consuma el vuelco que prevén las encuestas y Cataluña deja de ser su agujero negro electoral, las posibilidades de Rajoy de ganar por amplia mayoría serán sólidas.

LA última encuesta del Centro de Estudios de Opinión, organismo dependiente de la Generalidad de Cataluña, presenta un cuadro electoral para los próximos comicios autonómicos que pone al tripartito social-nacionalista presidido por José Montilla prácticamente en la calle. Apenas quedan tres meses para que se celebren las elecciones catalanas, por lo que el resultado de esta encuesta tiene carácter preelectoral que da más sinceridad a las respuestas de los ciudadanos. Bien es cierto que el estudio se realizó en los días en los que se conoció y polemizó la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, pero lejos de ser un factor distorsión en las respuestas de los encuestados, será claramente un factor de formación del voto de los catalanes. El resultado de la encuesta —que refleja intenciones directas de voto, no estimaciones— anticipa un cambio en el Gobierno catalán, basado en una clara recuperación de Convergencia i Unió (25,3 por ciento) y en el desplome de los socialistas (14,2) y de sus socios, Esquerra Republicana (6,0) e Iniciativa por Cataluña (5,6). El Partido Popular recibe un corto 3,8 por ciento, que siempre aumenta cuando las encuestas calculan el voto estimado y más aún cuando se recuentan los votos introducidos en las urnas. En todo caso, el escenario probable de la próximas elecciones catalanas incluye a un PP determinante para el cambio del tripartito por un gobierno monocolor de CiU. Montilla y el PSC pueden pagar sus malas opciones políticas en esta legislatura. Siendo un partido de izquierda y no nacionalista ha acabado desfigurado como una formación de soberanistas conversos, engañados por Zapatero en la aventura del Estatuto, que renunciaron al cambio político para ser más soberanistas que nadie y que compiten con los auténticos nacionalistas —y ahí siempre pierden los socialistas— en postulados que tienen muy poco de izquierda, y sí mucho de localismo retrógrado. Todo esto, sumado a una mala gestión cotidiana, se traduce en un incremento de CiU, el partido-régimen que está sabiendo aprovechar las oportunidades que le brindan los errores del PSC. Un aviso para el lendakari López.

La encuesta tiene una segunda lectura sobre elecciones generales, porque muestra el aumento sustancial del voto directo que recibe el PP, duplicándose hasta el 7,8 por ciento, con aumento del voto socialista y descenso del convergente. Esta discriminación del voto según sea autonómico o general permite a los populares encarar con optimismo los comicios de 2012, porque si Andalucía consuma el vuelco que prevén las encuestas y Cataluña deja de ser su agujero negro electoral, las posibilidades de Rajoy de ganar por amplia mayoría serán sólidas.

ABC - Editorial

domingo, 1 de agosto de 2010

La corrupción y la derecha. Por Germán Yanke

El socialismo catalán ha tenido desde antaño dos corrientes: una más catalanista y otra que no necesitaba adornos para ser socialista.

El socialismo catalán ha tenido desde antaño dos corrientes: una más catalanista —a veces mucho— y otra que no necesitaba adornos para ser socialista ni tenía mucha preocupación, la verdad, para buscarse una identidad en las cenas de la alta burguesía. El problema de José Montilla no es, sin embargo, haber optado por una de esas corrientes ni incluso haber elegido la ambigüedad para bandearse entre ellas. Es, más bien, la confusión, que parece ahora la nueva y mayoritaria corriente, camino de perder antiguos apoyos y, a la postre, el poder. Da la impresión de seguir jugando un partido ya finalizado o de no dejar de desfilar, muy marcial y aguerrido, en una procesión que ha terminado.

En esa deriva ha aterrizado en el tópico de asegurar que la derecha soporta mejor que la izquierda la corrupción, que es una tontería tan ilustrada como las que tratan de empujar a los adversarios en vez de debatir seriamente con ellos. Tampoco se puede esperar demasiado cuando, después de haber tenido que escaparse de una manifestación convocada por él mismo contra el Tribunal Constitucional, espera ahora su sentencia tras haber recurrido —recurrido al Constitucional, qué espanto— el plan gubernamental de ayuda a los municipios.

El dirigente de un partido que, en el final de la década de los ochenta y hasta el 96, resistió votado numantinamente por los suyos en un escenario de corrupción generalizada no parece el más indicado para achacar a la derecha una condescendencia para la que no hay explicación ideológica. La corrupción no tiene el efecto electoral que cabría esperar, es cierto, pero eso ocurre a izquierda y derecha, es decir, en ambos territorios los ciudadanos se alejan de la política, que es un efecto más sociológico porque se va imponiendo la idea —injusta pero machacona— de que es la política la que es, per se, corrupta. Y que lo es, además, inevitablemente. Lo que resulta pasmoso es que los políticos, en vez de reflexionar sobre ello y rectificar sus modos, elijan mostrarse intolerantes solo con la corrupción de sus adversarios. El tiovivo sigue girando.

Tampoco es que Montilla piense que va a perder las elecciones porque la derecha es malvada y tolerante con las vergüenzas. Una cosa es estar confuso y otra estar en la inopia. La paradoja es que no va a ser castigado electoralmente por las irregularidades de los suyos, que las hay, sino por la sensación de que su política es inútil.


ABC - Opinión

Paradoja de una España que sangra por sus cuatro costados. Por Federico Quevedo

‘Cerrado por vacaciones’. El cartel se ha colgado ya en la práctica totalidad del país. Nos vamos, señoras y señores, a disfrutar de unos días de asueto porque, para qué nos vamos a engañar, nos lo hemos merecido después de un año de sustos y disgustos. Bueno, permítanme un paréntesis para decirles que este que suscribe seguirá encontrándose todas las semanas con ustedes, aunque sea desde las costas de Pontevedra, allá donde se pone el sol y se hace poesía el ocaso. Nos vamos, digo, porque tanta aflicción tiene que tener la recompensa de un descanso, pero lo hacemos con la incertidumbre de la vuelta y la certeza de que, lejos de percibir una mejora, lo que se anuncia son las siete plagas de Egipto en forma de un auténtico vendaval de temores que asolan este país. Un país que se desangra por sus cuatro costados, por el costado económico, por el costado político, por el costado social y por el costado institucional.

“Ya está el catastrofista anunciando todos los males”, pensarán algunos de ustedes. Pero no, de verdad, qué más quisiera yo que equivocarme, pero todavía recuerdo en los primeros compases de la crisis, incluso mucho antes, cuando algunos alertábamos de los nubarrones que se veían en el horizonte mientras el país se entregaba al regocijo de un crecimiento entorno al 4% y una orgía de gasto y crédito sin límites, recuerdo a aquellos que nos llamaban de todo, antipatriotas incluido, y ponían en solfa nuestras predicciones que no eran más que las predicciones que tímidamente empezaban a hacer ya los organismos internacionales.


Eran los mismos que se reían cuando denunciábamos que la espiral de tensión nacionalista que había puesto en marcha Rodríguez amenazaba con engullir el espíritu de la Transición y acabar con el modelo de Estado. “España no se rompe”, decían. Pues vaya si se rompe. Eran los mismos que primero querían convencernos de que con ETA se podía negociar a cambio de nada y, después, de que nunca más habría otra negociación… y en ambos casos nos mintieron. Eran los mismos que se reían de nuestras advertencias sobre la grave crisis social y que ahora esconden la cabeza cuando asoma la cifra de los cuatro millones seiscientos y pico mil parados. Eran los mismos que se rasgaban las vestiduras ante las denuncias de dirigismo en las instituciones y ahora se convierten en repentinos intérpretes de las sentencias de los Tribunales, incluido el Constitucional…

Congoja por el futuro

Este país, España, está viviendo su crisis más grave desde la Transición, y lo es porque se ha puesto en entredicho precisamente eso, la Transición y el modelo de país que surgió de la misma, hasta el punto de que difícilmente hoy podemos reconocernos en aquel espíritu de concordia y consenso con que se alumbró este periodo democrático. No es solo la crisis económica, lo he dicho otras veces, pero quizás ahora lo estamos viviendo con una intensidad mayor: es todo el edificio constitucional el que se está descomponiendo a marchas forzadas. España se va de vacaciones, ponemos el cartel de cerrado en nuestras tiendas, empresas, comercios, bares y domicilios particulares, sin la seguridad de que cuando volvamos podamos volver a abrir las puertas de nuevo. Nos vamos, es cierto, pero reconozcámoslo, lo hacemos con una congoja por el futuro como nunca antes habíamos sentido.

Y no es para menos. Encerrados en la burbuja deportivo-vacacional hemos podido perder un poco la perspectiva de las cosas, pero lejos de esa alumbrada recuperación que pronostica incansable el presidente, la realidad es que a la vuelta de verano nos enfrentamos a una nueva recesión y mayor aumento de paro, y a una nueva crisis de deuda motivada por la cada vez mayor dependencia financiera de los bancos españoles del crédito externo mientras el grifo al consumo interno se cierra más y más. La caída en las ventas de coches es solo un anticipo de lo que está por venir, y el aumento del paro en el segundo trimestre la constatación de que, lejos de los brotes verdes, lo que hay es un erial de desempleo en el que lo más grave es ese 40% de paro juvenil y esos 1.300.000 hogares con todos sus miembros sin trabajo.

Esa es la realidad de España, le guste o no a este Gobierno incapaz de lograr un mínimo de seguridad y de confianza en la población, y que cada vez se encuentra mas solo y a la deriva. A la sangría económica se une la sangría política. La ciudadanía ha perdido por completo la fe en sus dirigentes y lejos de ver en ellos la solución, solo ve problemas por su incapacidad para solucionarnos los nuestros y por su habilidad para crearnos otros nuevos. Eso es lo que ha venido haciendo Rodríguez estos seis años y medio, y ahora se manifiesta en toda su crudeza su política de ruptura y confrontación provocando la mayor crisis política que haya vivido este país, y miren ustedes que hemos vividos unas cuantas.

Replanteamiento del modelo territorial

Por si no fuera suficiente, y cuando parecía que el conflicto territorial reculaba gracias a los vuelcos electorales de País Vasco y Galicia, de nuevo nos hemos visto sometidos a la tensión provocada por la sentencia del Constitucional sobre el estatuto catalán y el desacato a la misma promovido por la Generalitat y el Gobierno español. Y es un asunto grave, más allá de la provocación taurina, porque ha puesto en evidencia la debilidad del propio Estado en la medida que su fortaleza se basaba en el acuerdo de los dos partidos mayoritarios. Una vez roto ese acuerdo, para prácticamente todo, el desafío al Estado se produce desde todos los ámbitos y solo recuperando el consenso de la Transición se podría volver a recomponer parte de lo demolido por Rodríguez, pero a día de hoy lo veo bastante improbable, y eso nos conduce inevitablemente a un replanteamiento del modelo territorial.

¿Porqué? Pues básicamente porque en estos años el nacionalismo ha ganado en poder e influencia hasta un punto en el que va a ser muy difícil volver a dar marcha atrás para cualquiera de los dos partidos llamados a gobernar España. Y la certeza de esa inevitabilidad produce también un profundo descorazonamiento. Las instituciones están en entredicho, y ni siquiera la Corona parece tener la suficiente fuerza de voluntad para imponer su criterio, probablemente porque Ella misma se ha dejado engañar y llevar a una situación de extrema debilidad agravada por la edad del Rey y la dificultad para que la ciudadanía acepte a su hijo del mismo modo que lo aceptó a él. Aun así, incluso los que no somos monárquicos pero creemos en la España Constitucional, nos vemos obligados a recurrir a la institución como una de las últimas salvaguardas del modelo democrático que nos dimos en el 78.

Pero incluso eso viene cuestionado por una profunda crisis social. La nuestra es una sociedad adormecida, que ha visto cómo se la maneja, se la exprime, se la dirige, se le imponen las cosas y se le recortan libertades sin haber movido ni un músculo en la defensa de sus derechos fundamentales. Se ha violado el derecho a la vida, y nada. Se han cuestionado elementos esenciales que constituyen el núcleo de nuestra sociedad, como la familia, y nada. Se han antepuesto los derechos de un toro a los derechos de un niño, y nada. Se ha destruido la cultura de esfuerzo y mérito y favorecido la del subsidio y la subvención, y nada. Aquí seguimos, casi cinco millones de parados, y nada. No pasa nada, salvo la esperanza de que en las próximas elecciones al menos se le dé un pasaporte al frío témpano de la oposición a quien ha provocado todo esto, pero incluso después seguirá sin pasar nada porque este país ha perdido sus referentes y se ha olvidado de sus principios y de sus valores.

Pero sí, nos vamos de vacaciones, y eso al menos debería servirnos para aprovechar la circunstancia y reflexionar. Yo les prometo no ser tan puñetero en próximas entregas, y alegrarles un poco más la vida antes de la huelga general de otoño, pero mientras tanto les recomiendo que no pierdan la perspectiva de las cosas y no se dejen llevar por los cantos de sirena de un Gobierno que naufraga irremediablemente y amenaza con arrastrarnos por el torbellino de su incompetencia, su ineficacia y su relativismo.


El Confidencial - Opinión

Ventanas. De la prisión al arma de liberación masiva. Por Antonio José Chinchetru

Han descubierto un arma de liberación masiva cuya magnitud no podían llegar a imaginar. Ahora tienen acceso a fuentes de información de todo tipo y vías de comunicación que antes tenían prohibidas.

Han pasado siete largos años de su vida en prisión por ejercer un derecho que debería estar garantizado a cualquier persona con independencia del lugar donde viva: disentir con el Gobierno. Hablamos de los presos políticos cubanos desterrados a España en un intento de lavado de cara por parte del régimen castrista. Ahora, al fin fuera de prisión, deben adaptarse no sólo a un nuevo país. También a un mundo radicalmente distinto al que ellos conocían.

Son muchos los cambios a los que tendrán que hacer frente ellos y su familia. Cada día que pasan en España supone un aprendizaje y el descubrimiento de cosas de las que habían oído hablar pero les estaban vetadas. Para ellos resulta fascinante ver cómo los partidos de la oposición pueden criticar al Gobierno o cómo el jefe del Ejecutivo tiene que rendir cuentas (que lo haga mejor o peor es otra historia) ante el Parlamento. Pero es en el terreno de las tecnologías de la comunicación donde se enfrentan a dispositivos y realidades que para ellos resultan poco menos que de ciencia ficción.


Tras días en España siguen sin poder manejar del todo bien unos teléfonos móviles que les fueron regalados por generosos particulares y activistas de derechos humanos. Aunque hace siete años esos aparatos ya formaban parte de la vida cotidiana de millones de seres humanos en todo el mundo, en Cuba era algo reservado para los altos cargos del régimen. Al resto de personas les estaba prohibida su posesión. Así, estos héroes de la libertad todavía llegan a preguntar a quien esté a su lado cómo contestar a una llamada o qué tecla tienen que pulsar para colgar.

Sin embargo, cuando muestran un mayor asombro y satisfacción en materia de tecnología es al descubrir internet. Habían oído hablar de la red, pero no llegaban a imaginar su significado real y las posibilidades que ofrecen. Hemos podido ver a un hombre, curtido por años de periodismo independiente en Cuba y por una larga e injusta condena política, fascinarse al descubrir que puede ver en el monitor de un ordenador el horario de unos autobuses. Y le hemos visto, a él mismo, sorprenderse cuando le mostramos lo que otras personas escribieron sobre él en diversas web para exigir su libertad.

Menos de un minuto después de separarse de la pantalla, estaba preguntando cómo hacer un blog para contarle al mundo lo que vivió y lo que ocurre en su país. Y, como él, varios de sus compañeros ansían aprender a utilizar la red para seguir luchando desde España por la libertad de Cuba. Casi todos ellos, además, desean tener lo antes posible una cuenta de correo electrónico para comunicarse con personas de todo el mundo.

Han descubierto un arma de liberación masiva cuya magnitud no podían llegar a imaginar. Ahora tienen acceso a fuentes de información de todo tipo y vías de comunicación que antes tenían prohibidas. Y han visto que pueden participar en un debate global en el que contar con libertad la triste realidad de su país y, si lo desean, la trágica experiencia que han vivido. Algo que, como otras tantas cosas, sigue vetado a sus compatriotas por el tiránico capricho de los hermanos Castro.


Libertad Digital - Opinión

Reformas a rastras. Por José María Carrascal

Pedir claridad y rigor a Zapatero es como pedir a un graffitero que deje de manchar paredes.

ESPAÑA no necesita una reforma del mercado laboral. Necesita otro mercado laboral. Incluso sin la presente crisis. Es la única forma de que puede mantenerse entre las naciones avanzadas. El mercado laboral español fue diseñado por un régimen nacional-sindicalista, que nada tiene que ver con el mundo de nuestros días. Por lo pronto, incorporaba los sindicatos al aparato del Estado, convirtiendo a sus dirigentes en altos funcionarios del mismo y dando a los trabajadores una serie de privilegios —entre ellos, mantener el puesto de trabajo por vida—, a cambio de privarles de las libertades democráticas. Algo que no se sostiene en una democracia ni en un mercado global. Se le han puesto parches, pero el esquema sigue. Resultado: la división de los trabajadores entre fijos y temporales, con todos los privilegios para los fijos, que disminuyen, y ninguno para los temporales, que crecen hasta el punto de que en el último trimestre, el 92 por ciento de los empleos creados fueron de temporales. Por este camino, pronto llegaremos al 100. Pero han tenido que ser las presiones del exterior las que obligaron al gobierno a reformar ese mercado, ya que de por sí, nunca lo hubiera hecho. Y los sindicatos, menos. Mantenidos por el erario público, dirigidos por una elite funcionarial, que incluye unos «liberados del tajo» cuyo único quehacer es preparar pancartas y organizar manifestaciones, son los más interesados en mantener el statu-quo.

¿Va la reforma en curso a cambiar la situación? No, porque deja la vieja estructura. Es verdad que rebaja la indemnización por despido «procedente» de 45 a 20 días. Pero la empresa tendrá que «acreditar los resultados alegados y justificar que de los mismos se deduce la razonabilidad de la relación extintiva para preservar o favorecer su posición competitiva en el mercado». Con tal tortuosas exigencias, ya me dirán qué empresario aumenta su plantilla. Más, dejándose a los tribunales laborales —otra reliquia del pasado que tiende a dar la razón al trabajador— decidir si se cumplen o no tales requisitos.

Como suele ocurrir cuando se actúa a rastras y sin convicción, el gobierno ha hecho una reforma más cosmética que real. Nada de extraño que no satisfaga a nadie y poco ajustada a la realidad. Lo demuestra que deja a empresas y plantillas negociar los recortes de salarios, horarios, despidos y otras condiciones laborales, cuando se ha visto la incapacidad de patronal y sindicatos de llegar a este tipo de acuerdos en el marco anterior. Se necesita otro nuevo, claro, estricto. Pero pedir claridad y rigor a Zapatero es como pedir a un graffitero que deje de manchar paredes.


ABC - Opinión