lunes, 15 de febrero de 2010

Elecciones en otoño. Por Agapito Maestre

Los socialistas prefieren, sí, perder el poder de modo coyuntural, pero seguir siendo los dueños de la finca y de su propio destino, o sea, seguir ejerciendo una potentísima oposición desde la que controlar al PP y, por supuesto, decidir su vuelta.

El fracaso de la iniciativa conjunta del Borbón y los socialistas para que se firme un pacto de Estado augura elecciones para otoño. La crisis económica y política es de tal envergadura que Zapatero no tendrá más remedio que adelantar las elecciones generales. Preferirá perder por la mínima antes que arriesgarse a ser el protagonista de una caída espectacular del PSOE. Prepárese, pues, el PP para tal acontecimiento. Todavía le queda al partido de Rajoy unos meses para diseñar una estrategia política, o articular un sencillo discurso, que al menos simule que ha hecho algo más digno, durante estos años, que esperar el derrumbe de los socialistas. El cuento de la lluvia fina ya no vale.


Es menester que Rajoy nos diga cómo sacará a este país de la bancarrota o, por el contrario, tendremos que pensar que a este partido le "va la marcha" del masoquismo. El próximo miércoles veremos si la intervención de Rajoy en el Congreso es de mero trámite o, por el contrario, dice algo más importante que la simple contabilidad de los millones de parados. En efecto, si el PP sigue guardando silencio sobre sus alternativas, tengo que pensar que un posible adelanto de las elecciones le haría temblar las piernas a su máximo dirigente.

Rajoy, sí, es muy escéptico sobre la valentía de Zapatero para anticipar las elecciones, pero quizá sea esta acción la última iniciativa que le quede a Zapatero para demostrar que no sólo ha ido por delante de Rajoy, sino que, además, le ha arrebatado su espacio político. Zapatero manda no sólo sobre el PSOE sino sobre el destino del PP. Prefiere cederle a Rajoy el poder y, por lo tanto, la crisis antes que hundirse para las próximas décadas.

Sí, sí, Zapatero ya tendría decidido, según algunos analistas, su retirada a la oposición y, naturalmente, le dejaría las manos libres a Rajoy para que le solucionase el "problemita", o sea, el desastre económico. Argumentos le sobran a Zapatero para convocar esas elecciones, pero todos convergerán en que Rajoy no ha querido jamás colaborar con el Gobierno para salir de la recesión. Por lo tanto, ante la ruina económica y la extorsión del PP para resolverla, dirá Zapatero: ¡Qué hablen las urnas! El escenario es plausible. Y viable. Las urnas hablarán, incluso es posible que Zapatero ya haya hecho el cálculo de los pocos escaños que perderá: los suficientes para que gane, naturalmente, Rajoy, pero los necesarios para que el PSOE siga siendo el amo de España, el gran señor, que le pide al capataz que le resuelva el embolado de la crisis.

Quizá haya otras formas de explicar ese futuro escenario; por ejemplo, el odio entre estos dos líderes es de tal envergadura que es imposible pacto alguno entre ellos. Pero, por desgracia, lo importante no es ahora los desprecios recíprocos entre la gente de Zapatero y Rajoy, sino que la iniciativa del proceso político sigue estando en manos socialistas. Prefieren, sí, perder el poder de modo coyuntural, pero seguir siendo los dueños de la finca y de su propio destino, o sea, seguir ejerciendo una potentísima oposición desde la que controlar al PP y, por supuesto, decidir su vuelta.

Hay, además, dos informaciones recientes que me ratifican en este escenario. Una es falsa y la otra verdadera. La falsa ha sido emitida por Zapatero: la economía española va mejor que hace tres meses. La verdadera procede de los datos últimos de Bruselas sobre la situación de estancamiento económico de la zona euro en general, y de Alemania en particular. El comentario de esos datos desborda esta columna, pero estoy convencido de que el pinchazo de la economía alemana, por razones que otro día desarrollaré, es determinante para la política española.


Libertad Digital - Opinión

Cuando reina el odio. Por César Alonso de los Ríos

No están en Keynes y en Hayek las razones para el rechazo de un «pacto» entre el PSOE y el PP. Es verdad que los dos justifican su negativa con argumentos económicos e ideológicos pero la causa real es el odio. Comparto estas tesis con Amando de Miguel. La animosidad visceral que anida en las dos grandes clientelas pone de actualidad la división de las dos Españas de las que habló, antes que nadie, Fidelino de Figueiredo.

Ahora bien, si es obligado reconocer que las propuestas de reconciliación vinieron de la izquierda, también hay que achacarle a esta la responsabilidad de la marcha atrás en estos últimos años. Fue Zapatero quien levantó la calle contra la derecha «asesina» y ha sido él quien mandó abrir las fosas de la guerra civil no para hacer el obligado homenaje póstumo a los enterrados con ultraje sino para actualizar los odios que alimentaron la Guerra Civil. Con la reivindicación de la «memoria histórica» se ha querido trasladar el debate desde la investigación a la sociedad, y se ha permitido que Garzón haya querido traducir las represiones franquistas en «crímenes contra la Humanidad» sin tener en cuenta la amnistía. De forma prevaricadora.

La generación de Zapatero ha querido interpretar la hegemonía de la izquierda, desde González a hoy, como el desquite de los derrotados en 1939. Todavía hace unos días Pagazaurtundúa cometía la torpeza de utilizar a Unamuno para decirles a los etarras «ni venceréis ni convenceréis». ¿Acaso habría «convencido» el Frente Popular si hubiera sido el ganador de la Guerra Civil?
Por todo esto quizá las bases del PP no están dispuestas a aceptar un discurso para todos, por encima de los odios. Rajoy no se ha atrevido a dar la mano a Zapatero en esta ocasión de emergencia nacional por temor a su propio electorado, al que la izquierda califica como la derechona. Por todo ello nuestra gran problema no es la economía «sostenible» sino la sostenibilidad de la convivencia.


ABC - Opinión

Adiós al consenso calentólogo. Por Gabriel Calzada

El "consenso" ha servido a las organizaciones del ecologismo radical para negarse una y otra vez a discutir cuestiones tan básicas como puedan ser los puntos más oscuros de la teoría catastrofista, o las propias mediciones de temperatura.El supuesto consenso científico sobre un cambio climático catastrófico provocado por la actividad humana ha sido la matraquilla con la que el ecologismo radical y todo el movimiento calentólogo ha defendido desde hace años el intervencionismo energético y el racionamiento de CO2, entre otras medidas que nos alejan del libre mercado y la prosperidad. El "consenso" también ha servido a las organizaciones del ecologismo radical para negarse una y otra vez a discutir cuestiones tan básicas como puedan ser los puntos más oscuros de la teoría catastrofista, o las propias mediciones de temperatura. Desde el director de Greenpeace hasta el último becario de WWF, la posición típica en los últimos años ha sido negarse a debatir sobre las causas y el alcance del cambio climático porque, según ellos, el consenso ya había dictado sentencia sobre estos asuntos. Catastrofistas como López Uralde no paraban de repetir que lo único que se podía discutir era cuánto teníamos que racionar las emisiones de CO2 para detener la catástrofe planetaria.

Pues ahora resulta que el principal científico involucrado en el Climategate y uno de los gurús del "consenso" calentólogo, Phil Jones, reconoce que no existe tal consenso, que la inmensa mayoría de los científicos no consideran que el debate haya concluido y que, desde luego, esa no es su visión. Según el científico británico apartado temporalmente de sus funciones como director de la conocida Unidad de Investigación sobre el Clima (CRU), aún existen muchas incertidumbres, no sólo en lo que respecta al futuro, sino también en lo que se refiere a las mediciones de las temperaturas y especialmente el de las temperaturas pasadas.

Con estas declaraciones a la BBC que recoge Libertad Digital, el ecologismo radical se ha quedado con el culo al aire. La idea del consenso ha sido el corazón de la estrategia calentóloga y le estaba sirviendo para todo al movimiento ecologista. En la web de Greenpeace podemos encontrar frases afirmaciones del tipo: "Existe un amplísimo consenso científico internacional acerca de que el cambio climático avanza a una velocidad mucho mayor de lo que se esperaba hace pocos años". Sin embargo, el propio Jones reconoce en la entrevista que entre 1995 y 2009 hay una tendencia negativa de -0,12 grados centígrados por década (si bien matiza que no es estadísticamente significativa).

Los catastrofistas parecen estar perdiendo apoyos a marchas forzadas. Otra de sus cantinelas se refería al hecho de que jamás habíamos vivido un calentamiento similar. Pues bien, una vez más su hasta ahora adorado Jones desmiente este mito y reconoce que ha habido al menos tres periodos anteriores, uno de ellos en el siglo XIX, en los que el calentamiento ha sido similar al de las últimas décadas. Es más, incluso admite lo abierto que está el debate científico en torno al famoso Palo de Hockey, popularizado por Al Gore en su conveniente y oscarizada secuencia de mentiras y exageraciones. El climatólogo llega a reconocer que el periodo cálido medieval podría haber sido más caluroso que el periodo actual.

El Climategate parece haber traído algo de sensatez al debate en torno al cambio climático. Esto no es sólo importante de cara a la búsqueda de la verdad científica en este terreno, sino que también lo es, y mucho, para que la adopción de estrategias públicas y privadas se realice con un mínimo de cordura, respetando las libertades individuales y pensando en los distintos costes y beneficios que pueda haber en juego.


Libertad Digital - Opinión

Los crímenes terroristas no deben prescribir

El Código Penal debe reformarse cuanto antes. No puede consentirse que queden impunes crímenes terroristas por que hayan prescrito a los 20 años.

CUANTO ANTES se acometa la reforma del Código Penal que se discute desde hace tres meses en el Congreso de los Diputados menos veces tendremos que asistir a escenas tan dolorosas como la que se produjo el jueves pasado en la Audiencia Nacional: la de unas víctimas protestando porque el terrorista que comparece ante el tribunal va a ser juzgado por varias causas, pero no por el asesinato de su familiar, puesto que, incomprensiblemente, ese delito ha prescrito.

Puesto que una de las funciones fundamentales para restañar el daño moral que sufren las víctimas es precisamente la sentencia que confirma que se ha hecho justicia, resulta frustrante que ese derecho se les haya privado en alguna ocasión por la redacción del Código Penal vigente.


Pero no es ésta la única barrera con la que han chocado las víctimas en su reclamación de reparación y justicia. La Ley de Amnistía contra la que estos días arremeten los corifeos de Baltasar Garzón para justificar su causa general contra el franquismo es la misma que permitió que hayan quedado impunes los asesinatos de servidores de aquel régimen -como Carrero Blanco-, y también el de simples servidores públicos -como el del chófer y el escolta del entonces presidente del Gobierno- y el de civiles inocentes -como la decena de ciudadanos asesinados en la cafetería Rolando de Madrid con una atentado con bomba-. Esa realidad que obvian quienes tienen una visión sesgada de la memoria histórica, encierra además una asimetría evidente: mientras los crímenes del franquismo acabaron con la muerte del dictador, se amnistió a miembros de una banda que sigue matando 35 años después.

Aquella experiencia debería servir de enseñanza para todos los políticos de cara al futuro, porque algunos de los criminales a los que se les concedió el perdón y otros a los que se benefició bloqueando directamente la investigación de sus atentados con la idea de favorecer la disolución de los grupos terroristas en los que militaban -caso de ETA pm y de los Comandos Autónomos Anticapitalistas- acabaron a la postre en las filas de ETA.

Aunque tanto el PSOE como el PP están de acuerdo en que el nuevo Código Penal incluya la imprescriptibilidad de los delitos terroristas con resultado de muerte, los desencuentros en otros puntos de la reforma hacen complicado que la reforma de la ley pueda ser una realidad a corto plazo. Esa disputa pone en riesgo que puedan llegar a juicio algunos crímenes cometidos a principios de los 90, en una etapa particularmente sangrienta de ETA. El propio atentado que en 1991 marcó para siempre la vida de la entonces niña Irene Villa sigue sin estar resuelto y muy cercano a la prescripción. Y en esa misma situación están también otros cuya autoría no corresponde a ETA, como el primer atentado islamista cometido en España, que dejó 18 muertos y más de 80 heridos en el ataque al restaurante madrileño El Descanso.

A ese respecto hay que recordar que, como denuncia la Fundación de Víctimas del Terrorismo, quedan todavía sin resolver medio centenar de asesinatos terroristas cometidos hace más de dos décadas. Dado que a algunos de ellos les amenaza la sombra de la prescripción, convendría que los grupos parlamentarios acelerasen en la medida de lo posible los trámites para aprobar lo más pronto posible el nuevo Código Penal.


El Mundo - Editorial


Los crímenes terroristas no deben prescribir

La segunda ola. Por José María Carrascal

EL brusco frenazo de la economía alemana ha venido a confirmar los peores pronósticos: esta crisis no es como las demás, tiene un calado más profundo y un recorrido más largo, por lo que la recuperación será más lenta, con retrocesos incluso. Y si eso ocurre a los que han hecho sus deberes, puede imaginarse lo que ocurrirá a quienes no los han hecho.

Lo que nos lleva a la pregunta del millón (o millardo): ¿ha hecho España sus deberes? No. Todas las medidas tomadas por el Gobierno no han surtido efecto y las que anuncia carecen de credibilidad. Un par de cifras lo demuestra: este año, el Estado español tiene que devolver 120.000 millones de euros como pago de su deuda. ¿Cómo va a pagarlos? Con la emisión de más deuda y con los recortes que anuncia. Pero hasta ahora, lo único que ha hecho es aumentar gastos, como prolongar la cobertura de los parados, mientras el reajuste presupuestario es sólo sobre el papel, con la espada de Damocles de los sindicatos encima. A ello hay que añadir el endeudamiento de bancos y cajas de ahorro, un pozo del que ni siquiera conocemos el fondo, pues sus cuentas se apoyan en carteras inmobiliarias cuyo valor hoy es mucho menor que el contable. Un analista, Luis de Grandes, cifra en 600.000 millones de euros las necesidades financieras de España en los próximos años. ¿De dónde los vamos a sacar?


Los polvos que trajeron estos lodos vienen de aquella actitud tan errónea como simplista del Gobierno ante una crisis, que empezó negando y se ha limitado luego a tratar con parches, en espera de que la recuperación de los demás tire de nosotros. Pero no basta aguantar hasta que las aguas vuelvan a sus cauces, porque las aguas pueden no volver, y los demás pueden no estar dispuestos a tirar de los rezagados, como le está ocurriendo a Grecia. Esta crisis necesita medidas distintas, cortes profundos, reorientación de enteros sectores económicos, productivos, laborales, empresariales, incluso sociales y educativos. Díganme ustedes qué reorientación ha hecho un gobierno con alguien al frente que se ha limitado a declarar enfáticamente que «el gasto social no se recortará», y a acusar al PP de «no tirar del carro».

Cuando el que no está tirando es él, con su política de tapar agujeros y ocultar a los españoles la verdadera situación en que se encuentra el país. Es como, tras haber podido aguantar la primera ola de la crisis gracias a las reservas acumuladas por gobiernos anteriores, la segunda le coge completamente desguarnecido. Nos coge, mejor dicho, pues los pecados de los gobernantes los pagan los gobernados. Pero nuestros gobernantes insisten en fórmulas que se han demostrado totalmente ineficaces y tienen encima la desvergüenza de acusar a quienes se lo recuerdan de antipatriotas. Cuando el mayor antipatriotismo es mentir a la ciudadanía, ignorar la realidad y jugar con las cosas de comer por razones ideológicas.


ABC - Opinión

El CNI contra el doctor No. Por Emilio Campmany

La dialéctica no es que nos hundimos porque los inversores huyen, sino que los inversores huyen porque nos hundimos, que es muy distinto.

Vengo sosteniendo que en España es imposible triunfar con una revista de humor. Hoy los creadores de La Codorniz estarían abocados al fracaso. Ocurre sencillamente que no hay humorista que mejore las noticias que producen nuestros políticos. Díganme si no cómo se puede idear algo más gracioso que el que se legalice copiar en la Universidad de Sevilla, que se pueda aprender en dos tardes Economía o que en España se multe por rotular en español.


La sátira tiene por objeto ridiculizar a alguien o a algo, pero para que sea eficaz es necesario que lo ridiculizado tenga una mínima pátina de seriedad. No se puede hacer sátira de un payaso porque su aspecto y su discurso es voluntariamente ridículo. Pues bien, nuestro Gobierno está alcanzando ese límite. Las cosas que hacen y que dicen ya no pueden ser objeto de sátira porque son suficientemente ridículas por sí mismas. Reproduzco un titular de El País de este domingo: El CNI investiga las presiones especulativas sobre España. ¿Cómo puede ridiculizarse esta noticia? Podría intentarse algo así como decir que nuestros cero cero sietes buscan al doctor No en los mercados. O que el CNI trata de desenmascarar a la agencia KAOS en la Bolsa de Madrid. O mejor, que Goldfinger ataca nuevamente al euro o al bono español o a los dos a la vez. Pero todos estos esfuerzos de sacarle punta a la noticia son inútiles porque ya es suficientemente risible por sí misma.

El mismo periódico pone en evidencia la estulticia del Gobierno al titular, en noticia relacionada, Al olor de la debilidad, donde se explica el mecanismo que utilizan los inversores para aprovecharse de la debilidad de la economía española, que consiste, en dos palabras, en jugar a que en los meses próximos empeorará. En eso, no puede decirse que sean unos linces pues a ver quién, en las condiciones en las que estamos, se jugaría un euro a que mejorará.

Es cierto que el que los mercados jueguen a que la economía de un país empeorará ayuda en algo a que empeore aún más. Pero, si ese fuera el problema, el Gobierno lo tendría muy fácil para decepcionar a la agencia KAOS, al doctor No, a Goldfinger y a cualquier otro villano que quiera aprovecharse de nuestra flojedad. Le bastaría con hacer lo que todos los expertos nos están recomendando hacer para que la economía remonte: reducir el déficit, recortar el gasto, flexibilizar el mercado de trabajo y reformar el sistema fiscal. Ya verían entonces cómo se acababan las malignas presiones a la baja y empezaban las benévolas compras al alza. Pero Zapatero no quiere, ea. Él es más rojo que las amapolas y a él los mercados le importan una higa. Le importan una higa, pero luego se queja de que le saquen los colores.

Los inversores quieren ganar dinero, cuanto más mejor, y juegan a que la economía española se irá a pique en el futuro porque se han convencido, y mucho han tardado en hacerlo, de que Zapatero nos lleva a la ruina. Así que la dialéctica no es que nos hundimos porque los inversores huyen, sino que los inversores huyen porque nos hundimos, que es muy distinto. Y como es el presidente quien nos arrastra, bastaría que dimitiera para que el rating de Españamejorara notablemente en veinticuatro horas. Pero a ver quién es el guapo que, director del CNI o no, le dice eso a Zapatero.


Libertad Digital - Opinión

Roldán, que fue como un hijo. Por Gabriel Albiac

¿FUE Roldán, que saldrá ahora de la cárcel, el peor de la banda? No. Digámoslo enseguida. Fue el pardillo. Siempre hay uno -uno, al menos- en toda red bien organizada para la delincuencia. No es azar o torpeza; es regla de seguridad. A él tocará cargar con el marrón, si las cosas se tuercen. Si no se alcanza ese punto crítico, el pardillo se embolsa, como todos, su parte del botín. Si el peligro llega, se entrega su cabeza, dejándole, eso sí, al menos la esperanza de embolsarse una pasta equitativamente generosa cuando salga de presidio. Es la básica ley del hampa. O de la selva. O de la política, cuando, en ausencia de un poder judicial al cual los partidos teman, todo está permitido; enriquecerse, sobre todo: enriquecerse es la finalidad específica de lo político en las sociedades modernas; lo demás, sólo apéndice.

Cuando Vera y González entregaron la cabeza de Roldán como un verosímil precio para salvar la suya -aunque, al final, el sibilino Vera calculó mal el envite y sólo González se salvó de lo más duro-, me vino a mí, de inmediato, un pasaje leído en Dashiell Hammett que forma parte de las mitologías de todo yonki de la gran novela negra. El halcón maltés no es sólo una obra maestra del género, es, a secas, una de las más grandes novelas del siglo veinte. La poética del fracaso que recorre sus líneas tiene el desgarro feroz que sólo logra dar la escritura mediante un estilo cortante, frío, glacial en los pasajes más desoladoramente líricos. Hammett y Chandler han sido los más grandes en eso: saber que lo más hondo debe siempre ser dicho sin usar un adjetivo. Ya sea una historia de amor que acaba en crimen. Ya sea la traicionada fraternidad entre delincuentes.


El pasaje es éste. Gutman, patrón mafioso sin escrúpulos a la caza de una joya mítica: el halcón de los Caballeros de Malta. Frente a él, Sam Spade, investigador privado sin demasiados prejuicios morales, hombre vencido por la vida y al cual el lector adivina roto más allá de lo que las páginas de la novela se atreverían a contarle. Entre ellos, Wilmer, guardaespaldas -«un hijo casi»- del mafioso. Spade juega sus cartas. Tiene el halcón; está dispuesto a entregarlo. Quiere una garantía, es lógico: que alguien cargue con los cadáveres que han ido acumulándose en las páginas precedentes. Spade señala a Wilmer: ése. «Gutman» -escribe Hammett- «le sonrió con benignidad y dijo: Créeme, Wilmer, que siento perderte, y quiero que sepas que no te tendría más cariño si fueras hijo mío. Pero, compréndelo, si se pierde un hijo, siempre es posible tener otro; halcón maltés, sólo hay uno». La partida está jugada. Conforme a lo que mandan las leyes. De la calle. De la jungla.

Yo no dudo de que González profesara a gente como Roldán y Vera entrañable amor paterno: fueron años de intimidad en los secretos más horribles. Amor a ellos y a otros que tuvieron mejor fortuna. Pero Poder, Poder con mayúscula, hay sólo uno. Los hijos pueden contarse, si es preciso, por docenas. Y, por docenas, ser entrañablemente acompañados hasta la puerta misma de la cárcel. Ni un milímetro más allá. Ni por Roldán, ni por Vera, ni por nadie. Algún día saldrán... Vera lo hizo en muy pocos meses, porque supo ser discreto. Roldán, que jugó a ser bocazas, recibió su didáctico castigo y aprendió pronto que es siempre más rentable respetar la disciplina primera entre los del oficio: la ley del silencio. Aprendió que su día acabaría por llegar. Y que, ese día, el padrino y sus sucesores se habrían ya cuidado de que sus cuentas corrientes permanecieran invisibles y repletas. Es la ley. Del asfalto. Ya está fuera. Como un hijo.


ABC - Opinión

Sospechosos habituales. Por Carlos Rodríguez Braun

Dejados a su libre albedrío los ciudadanos hacen las cosas mal. Conclusión: no cabe dejarlos a su libre albedrío. La pregunta es de carácter geográfico: ¿en qué planeta viven Almunia y Naïr?

Los ciudadanos libres son siempre sospechosos para el pensamiento único. Leo esta declaración de Joaquín Almunia: "la crisis se originó en los excesos de Wall Street, en una excesiva toma de riesgos, en una actuaciones de algunas entidades totalmente ajenas a los intereses de los ciudadanos". Sami Naïr habló en El País de "la crisis provocada por la especulación financiera privada".


Aquí parece de verdad como si las autoridades no existiesen, como si no hubiera intervención ni regulación. Dejados a su libre albedrío los ciudadanos hacen las cosas mal. Conclusión: no cabe dejarlos a su libre albedrío. La pregunta es de carácter geográfico: ¿en qué planeta viven Almunia y Naïr? Porque si aceptamos la razonable hipótesis de que viven aquí con nosotros, entonces no hay manera de entender cómo es posible que no subrayen el hecho evidente de que el dinero no es privado, sino público y para más señas monopólico. Porque no parece que cuando Almunia alude a excesos y entidades contrarias a los intereses de los ciudadanos se refiera a los bancos centrales.

Dirá usted: no se puede desbarrar más. Pues sí se puede. El líder de Izquierda Unida, Cayo Lara, aseguró que la corrupción es propiciada por "la privatización de servicios públicos", como si no hubiera suficiente experiencia de corrupción en ausencia de privatización, y denunció que Esperanza Aguirre quiere "privatizar hasta las pestañas de los madrileños", como si fuera simplemente verdad.


Libertad Digital - Opinión

Responda en 5 segundos. Por Félix Madero

CUANDO se nos pregunta por la Justicia fruncimos el ceño y miramos para otra parte. Lo peor no es la lentitud con que se desenvuelve, lo que no tiene nombre es cómo se administra un bien que debería ser repartido con exquisitez y prodigalidad. La peor imagen que puede dar es la de parecerse a un equipo de fútbol: este juez es de Jueces para la Democracia, este otro de la Francisco de Vitoria, y el de más allá de la APM. Entre estas asociaciones, cuya existencia por muy legal que sea llena de inquietud al menos avisado, hay unos cuantos, más o menos la mitad, que no están asociados y que pillan -sí, digo bien: pillan-, menos que los asociados.

Dos sucesos recientes agotan hasta la extenuación la paciencia del lector de periódicos. El primero, saber que anda por ahí la señora Robles, doña Margarita, una de las viceministras de Belloch, ufanándose como si fuera una hooligan porque ha colocado a 18 de los suyos en diferentes cargos de la administración de Justicia. Por El País me entero de la carta que remite a sus compañeros en la que no menciona la idoneidad los elegidos, sólo habla del total de los colocados, del monto, del mogollón de cargos.


El segundo suceso pone en jaque toda la maquinaria de Estado con la Justicia por delante. Sonroja saber que en unos días quedará en libertad el ex director de la Guardia Civil Luis Roldán. Ha cumplido 15 de los 31 años de la condena; sigue teniendo una casa en París, propiedades en las Antillas francesas y 10 millones en algún paraíso fiscal. Asegura vivir de vender seguros, lo que no deja de ser una vil manera de mofarse de la Justicia, de los españoles y de los presos que están en el trullo por razones menos graves que las suyas. Que los ladrones consigan la libertad sin devolver lo robado se puede explicar, pero es imposible de justificar. Porque esta es la verdad: quince años después del saqueo, el vendedor de pólizas sale millonario de la trena. Nos dirán que las cosas son así, y como son así, habrá que aceptarlas. La capacidad de aguante de los españoles es infinita, y los que nos gobiernan lo saben.

Ahora nos tiene entretenidos con el pacto. Antes de que reparemos en el desastre de país que tenemos, un pacto por aquí, una de pensiones por allá, que no hay mejor cosa que estar entretenidos. No caigan en la trampa. Han de gobernar los que mandan y han sido elegidos. A mitad del partido no se puede cambiar el reglamento. Cuesta escribirlo tanto como creerlo, y se lo preguntaré, lector, de esta forma: A ver, en cinco segundos dígame tres cosas que funcionen bien en España. Uno, dos, tres, cuatro y... cinco. Para echarse a llorar.


ABC - Opinión

Cumbres borrascosas. Por José García Domínguez

Juntos y revueltos, los partícipes de esa sociedad de gananciales lucen desnuda su obscena, clamorosa mediocridad; separados, en cambio, aún pueden pescar en casi todos los caladeros del imaginario catalanista.

Con ánimo de descubrir a qué altura vuelan las águilas de la intelligentzia en mi veguería, ojeo la gaceta más principal de la comarca del Barcelonès y tropiezo, incrédulo, con el siguiente sintagma: "La repercusión que han tenido aquellas palabras ["Cataluña no apoyará más artefactos inestables"] me aconseja un ejercicio de explicación [que no una vulgar explicación], para tratar de ampliar, mejorando la precisión y claridad, el zoom excesivo con que han sido leídas". Cráneo previlegiado que diría el clásico. En fin, si Ernest Maragall, para más inri el consejero de Educación, arrostra dislexia semejante a la hora de redactar una simple cuartilla, imagine el lector cuán vertiginoso ha de ser el techo que alcanzan las otras cumbres borrascosas de la Cataluña contemporánea.


Por lo demás, ese "zoom" que pugna por ampliar el miembro más juicioso del clan Maragall desde la guerra de Cuba no es otro que el de la ritual quema en efigie del Tripartito. Teatral simulacro escénico que ha dado pábulo a la peregrina especie de que el sector más catalanista –léase catalán – del PSC, exclusivo sanedrín de las familias bien de toda la vida, estaría por plantar cara a don José y sus toscos arribistas del extrarradio. Nada más lejos de la prosaica verdad, sin embargo. Así, el otro Maragall, un apparatchik para quien no existe vida fuera de la política, se ha limitado a obedecer las órdenes de su Señor. Como antes. Como siempre. Como todos.

A fin de cuentas, el ofuscado Ernest no ha hecho más que repetir a La Vanguardia la misma doctrina que anda predicando en la retaguardia José Zaragoza, el patibulario valido de Montilla. Un guión, por cierto, que recuerda demasiado al de aquella comedia bufa que ya representara el PSC durante los estertores del primer Tripartito, cuando expulsó del Templo a la Esquerra para readmitirla entre hosannas y aleluyas al día siguiente de las elecciones. No, no lo ignoran: juntos y revueltos, los partícipes de esa sociedad de gananciales lucen desnuda su obscena, clamorosa mediocridad; separados, en cambio, aún pueden pescar en casi todos los caladeros del imaginario catalanista. Apenas falta medio año, pues, para que don José recite, somnoliento, la manida liturgia de siempre: "¡El Tripartito ha muerto! ¡Viva el Tripartito!".


Libertad Digital - Opinión

Espejismos de la crisis. Por Ignacio Camacho

COMO la noche del sábado, carnaval y San Valentín, no había manera de encontrar mesa para cenar en Madrid, he llamado a un amigo economista, que además es socio de un restaurante, para que me explique si alguien nos está engañando con la crisis.

-No creas en los espejismos. La hostelería llena en fechas concretas, y es cierto que no ha perdido mucho público, pero los que van consumen y gastan menos. ¿Media? Entre el 10 y el 20 por 100. La gente aprieta mucho en los vinos, que es donde el hostelero tiene más margen de beneficio. Sí es verdad que a ciertos niveles se nota poco la recesión. Es antipático decirlo, pero el que tiene empleo estable vive mejor gracias a la inflación baja. El ahorro está creciendo, por fortuna. Y te recuerdo que en España hay tres millones de funcionarios.


-Y cuatro millones largos de parados.

-Ya, pero el drama no es igual de intenso para todos. Los hay menos desesperados.

-¿Te refieres a la economía sumergida?

-No sólo a eso. Admito que suena mal, a fraude consentido, pero te pondré dos ejemplos. Uno, los que prefieren aguantar con un subsidio ligeramente inferior a lo que cobrarían aceptando un empleo de baja remuneración, que es lo único a lo que ahora pueden aspirar. Y dos: un parado con 600 euros no puede vivir, pero una familia de tres parados puede ingresar 1.800 euros, y con eso más las chapuzas sumergidas ya hay un consumo razonable. Mira en tu tierra, en Andalucía.

-Pero el subsidio se acaba.

-Sí, ése es el verdadero problema, y para que no explote Zapatero alarga y alarga las prestaciones básicas. Mientras las haya, los receptores pueden confiar en que la economía empiece a tirar antes de que les alcance el drama.

-¿Ocurrirá?

-No. La creación de empleo va a tardar bastante, y habrá que seguir estirando las percepciones mínimas, incrementando el déficit. La situación es gravísima porque aunque acaso un millón de los parados oficiales no viva en angustia máxima o tenga un acomodo invisible, los otros tres millones son o van a ser una emergencia social. Éstos son los que explican el desgaste del Gobierno en las encuestas. Jóvenes sin perspectivas laborales remotas, parados maduros que saben que pueden no volver a trabajar... y trabajadores de empresas en dificultades, acojonados por la posibilidad del despido. No volverán a votar a un Gobierno que no cree empleo. Gran parte de los despedidos en estos años tal vez no encuentre ya nunca otra ocupación de garantías, y no se les puede conformar con subsidios.

-Ya. Y ésos son los que no salen a cenar en San Valentín...

-Ésos y otros muchos. Tienen poco que celebrar. Ven una noche entre semana a mi negocio y verás si hay o no hay mesa...


ABC - Opinión

La farsa del consenso ecologista

Toda la acción política conducente a restringir nuestras libertades y bienestar en la última década se asentaba sobre los pies de barro de un falso consenso científico construido mediante la difamación de quienes no suscribían el nuevo dogma estatal.

Desde los círculos ecologistas más apocalípticos, aquellos que siempre acusan al ser humano de ser una plaga para la Gaia originaria, siempre se ha pretendido cerrar cualquier opción de debate científico en torno a la posibilidad de que el planeta Tierra se esté calentando como consecuencia de la acción del hombre. Todos aquellos que dudaran sobre alguna de las conclusiones o predicciones más absurdas de los calentólogos eran inmediatamente tildados de "negacionistas" o enemigos de la ciencia y acusados de tener motivaciones espurias, generalmente asociadas a importantes compensaciones económicas por parte de alguna gran petrolera.


Pese a que estos ecologistas radicales construían un ficticio consenso precisamente para poner fin a cualquier debate que hiciera avanzar el estado de la ciencia, eran ellos quienes empleaban en vano el nombre de la misma para rendirle tributo a la política. "Es hora de dejar de discutir y de pasar a la acción", se nos repetía continuamente. Al parecer, cualquier retraso en la imposición de un plan global encaminado a reducir como fuere las emisiones de CO2 nos abocaba a un desastre de proporciones desconocidas en el que se derretirían los glaciares del Himalaya, desaparecería el 40% del Amazonas, la producción agraria se desplomaría a la mitad y los costes de los desastres naturales se dispararían. Era inaplazable combatir el CO2 pese al disenso que existía sobre puntos tan básicos como si el planeta se había calentado anormalmente en los últimos 40 años, si este supuesto calentamiento procedía del incremento del CO2, si los efectos negativos que podía acarrear superaban a los positivos y si las medidas que se pretendían implantar para evitarlo no iban a resultar más costosas que los medios para lograrlo.

Después del escándalo de los correos de la CRU, del Climategate, donde los científicos calentólogos admitían haber manipulado los datos y haber marginado a aquellos otros científicos que diferían de sus conclusiones, y después de haber descubierto la chapucera metodología que utilizaba el IPCC para realizar sus pronósticos más sensacionalistas, a algunos no les ha quedado más remedio que reconocer el fraude en el que han vivido instalados durante años.

De este modo, Phil Jones, director de la CRU temporalmente apartado de sus funciones a raíz del Climategate, ha salido a la palestra para conceder que no existe un consenso científico en torno al denominado calentamiento global. Así, ha reconocido a la BBC que es posible que las temperaturas actuales no sean anormalmente altas en términos históricos –pues, de hecho, ha habido al menos otros tres períodos en los que ya se habían registrado– y que ni siquiera está claro que en los últimos 15 años haya habido un calentamiento y no un enfriamiento global, en contra de los previsto por los modelos empleados por los calentólogos.

En otras palabras, toda la acción política conducente a restringir nuestras libertades y nuestro bienestar en la última década se asentaba sobre los pies de barro de un falso consenso científico construido mediante la difamación y persecución de quienes no suscribían el nuevo dogma estatal.

Queda por resolver si fue la ideología, la búsqueda de mayor poder e influencia, las suculentas subvenciones estatales o una mezcla de todas ellas lo que motivó a una parte de la comunidad científica a sumarse o guardar silencio ante la demagogia de los planificadores sociales. De lo que ya no debería dudarse, sin embargo, es de que la agenda ecologista debe suspenderse por completo hasta que el debate avance lo suficiente como para que emerja un auténtico consenso, fruto, esta vez sí, del contraste de todos los puntos de vista. En caso contrario, la mentira triunfará de nuevo como el arma más efectiva para reprimir las libertades individuales.


Libertad Digital - Editorial

A qué espera el TC

CADA vez resulta más evidente que las causas del inaceptable retraso del Tribunal Constitucional en dictar la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña no son las dudas jurídicas sobre sus disposiciones, sino los equilibrios que está pretendiendo realizar su presidenta, María Emilia Casas, para lograr una mayoría amplia a favor de una sentencia que, ante todo, disimule en lo posible las inconstitucionalidades notorias del texto. Nuevamente, como hoy informa ABC, el TC está bloqueado por una partición -cinco frente a cinco- que se mantiene inalterada ante la ponencia de la magistrada Elisa Pérez Vera. Son ya cuatro los borradores de sentencia que han sido descartados por los magistrados, número suficiente para que la presidenta Casas se hubiera planteado la conveniencia de sustituir a Pérez Vera por otro ponente que pueda mejorar las expectativas de acuerdo. Este es el planteamiento que ha ido cuajando en los magistrados más críticos con el texto estatutario, quienes, con razón, entienden que es hora de desbloquear la situación con un cambio de ponente. Si los criterios que rigen los debates son estrictamente jurídicos, la presidenta Casas debería considerar esta posibilidad. No es aceptable que persevere en unos borradores de sentencia que no cuentan con el aval de la mayoría. Por tanto, o cambia de ponente o somete a votación, de una vez por todas, la sentencia que presente la magistrada Pérez Vera, aunque esto suponga para Casas tener que utilizar ese voto de calidad que rehúye. Este tipo de prevenciones personales debe quedar a un lado cuando está en juego la estabilidad del sistema constitucional, que es lo que TC está descuidando flagrantemente. Los compromisos incómodos, incluso las encrucijadas históricas, son inherentes a un cargo como el de presidente del TC. Lo importante de la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña no es que quede redactada de manera que alivie el peso de la responsabilidad a sus firmantes -como lo sería una sentencia interpretativa, la más peligrosa de las fórmulas por las que puede optar el TC-, sino que aclare definitivamente si se mantiene el Estado constitucional de 1978, unitario y autonómico, o se da paso a un Estado confederal, creado por el atajo de una reforma estatutaria, no de la Constitución. Si hay una mayoría, a favor o en contra del Estatuto catalán, debe dar la cara en una sentencia que es urgente e inaplazable.

ABC - Editorial

domingo, 14 de febrero de 2010

Esas vidas desnudas. Por Arturo Pérez Reverte

Acaba de recordármelo una fotografía tomada tras el hundimiento de un edificio en Madrid: la huella de sus habitaciones y de las vidas que las poblaron, impresa en las paredes del edificio contiguo como en el corte vertical de una tarta de varios pisos, o esas antiguas casitas de muñecas que podían abrirse para ver el interior con muebles diminutos. Huellas de peldaños que ya no llevan a ninguna parte, fotografías enmarcadas, un sillón en precario equilibrio sobre una cornisa de suelo roto, un dibujo sujeto con chinchetas junto a una cama infantil, la pared del cuarto de un joven con diana de dardos en la pared, estante con libros y póster de grupo roquero... Restos de existencias arrancadas de allí por el azar, la desgracia, la mano oculta de un jugador desprovisto de sentimientos que mueve piezas en un tablero frío como el universo. Que mata, hiere, rompe, mutila, porque el bien y el mal se funden en su implacable simetría. En su terrible naturaleza. La imagen, que coincide con otras que llegaron hace poco de Haití, me transporta a tiempos y lugares donde esa clase de imágenes, por repetidas hasta la monotonía, ni siquiera eran noticia; sólo paisaje habitual a uno y otro lado de las calles por las que caminaba pisando cristales rotos, espantado no por el horror inmediato –a todo se hace uno con el hábito y la lucidez forzosa–, sino por la mano despiadada que había tajado sin que le temblara el pulso, con su cuchillo de carnicero cósmico, aquellos edificios y las vidas que contenían. La regla helada, impasible, que se advertía detrás de aquella desolación y aquel silencio.

También está la melancolía. Otro recuerdo de los suscitados por esa fotografía tiene que ver con un antiguo edificio que durante muchos años fue escenario de mi infancia familiar, y que más tarde, derribado casi por completo, mantuvo demasiado tiempo alguno de sus muros desnudos impúdicamente expuesto a la mirada pública, con mi memoria impresa en él, visible cada vez que me detenía allí: huellas de muebles, apliques de lámparas y cuadros en las paredes, empapelado, azulejos de la cocina, restos de baldosas y escaleras. Rastros de un paisaje entrañable, de juegos infantiles, de calor y de cobijo. Del paraíso perdido del que tarde o temprano te expulsa el tiempo. Ante aquel triste aspecto de un lugar para mí tan amado y conocido, cuyo plano y detalles podía –todavía puedo– reconstruir minuciosamente en la memoria, llegué a experimentar, a veces, intensos sentimientos de nostalgia. De pérdida irreparable. Y si en mi caso el despojo se debía exclusivamente a la convicción del paso de los años y la ausencia paulatina e inevitable de seres queridos –nada especialmente dramático cuando se considera con arreglo al orden natural de las cosas–, imagino el desconsuelo de quienes contemplan las huellas de sus propias vidas en las paredes de antiguos hogares después de sucesos trágicos, pérdidas graves, golpes brutales de los que aniquilan cuanto el ser humano posee, o cree poseer.

Ésa es la razón de que las imágenes de esas existencias desnudas, los cortes verticales de edificios descubiertos de un día para otro por catástrofes naturales, guerras o siniestros azares del destino, me conmuevan especialmente. Me pongan –disimulen la mariconada– algo blandito por dentro. Más, incluso, que los cuerpos sepultados bajo los escombros. Hay en esas paredes algo que revela la parte indefensa, y tal vez la mejor, del ser humano. De cualquiera. De todos. A ver qué miserable o canalla entre los millones que adornan el paisaje, por mucho que lo sea, no tiene un rincón noble en alguna parte. Una retaguardia íntima, privada, hecha, incluso para los peores entre nosotros, de afectos, lecturas, músicas, sueños, amores, ternuras. La habitación de un hijo, el dormitorio de una madre con su crucifijo en la pared, el póster del Ché, la foto de boda de los padres o los abuelos, el retrato de un niño que fue feliz o no lo fue, la cama donde se ama, se sueña o se tienen pesadillas, la estantería con libros que ayudan a vivir otras vidas, a planear futuros o a consolar pasados. Asomarme involuntariamente a esa parte al descubierto de cada uno de nosotros me conmueve e incomoda, pues hace vacilar la confortable certeza, tan útil en tiempos de crisis –y todos los tiempos lo son– de que el ser humano tiene siempre lo que se merece. Esa exhibición desconsiderada, impúdica, de tantas vidas desnudas, dispara también curiosos mecanismos de solidaridad frente al verdugo cósmico que juega con nosotros al ajedrez. Con fotografías como la que comento, con paisajes parecidos, o peores, que a mi pesar conservo en la memoria, me gustaría tener delante a ese jugador improbable y decirle: oye, desvergonzado hijo de la grandísima puta. A un ser humano se le mata, si tales son las reglas. De acuerdo. Pero no se le humilla. No se le desnuda así, en público, en lo que es y lo que fue.


XL Semanal

Ni pacto ni Estado. Por José María Carrascal

IGNACIO Camacho ha vuelto a dar en la diana al decir que para lograr un pacto de Estado se necesita tener algo que los españoles no tenemos: una idea común de Estado. Y una idea común de pacto, añadiría si me lo permite. Porque aquí todos hablan de pacto, pero nadie está dispuesto a admitir que los demás pueden tener una solución tan buena o mejor que la suya. Empezando por el Gobierno, que por boca de su presidente ha llegado a descalificar la fórmula del PP, no por razones económicas, sino ideológicas. La ideología anda en España hasta entre los pucheros. Así están ellos.

Pacto significa ceder algo para alcanzar algo, pero los españoles equiparamos cesión a derrota, hoy más que nunca, cuando intenta deshacerse incluso lo ya pactado. La Transición fue un pacto entre vencedores y vencidos de la guerra civil para desmontar el Estado salido de ella y establecer otro de nueva planta, en el que todos los españoles tuviéramos los mismos derechos y deberes, absolviéndonos mutuamente de los daños infligidos unos a otros.


Pero Zapatero llegó al poder con el propósito de liquidar la Transición para ajustar viejas cuentas, bajo el nombre genérico de Memoria Histórica. Rompiendo con ello el consenso alcanzado y haciendo imposible el compromiso en todos los aspectos de la política y de la vida. Cuando la vida se funda precisamente en el compromiso, que hemos de practicar a diario, no sólo con los demás, sino también con nosotros mismos.

Le ha servido en la política, metiendo al principal partido de la oposición, y con él a media España, en un lazareto, con la ayuda de los que no se sienten españoles. Pero cuando se ha dado de bruces con la economía, la cosa ha cambiado radicalmente. La economía no entiende de ideologías. No hay panes de izquierdas y panes de derechas, el pan es siempre el mismo. Lo que ocurre es que las derechas lo producen más barato. Y Zapatero se encuentra con que le faltan panes y le sobran parados, no quedándole otro remedio que pedir ayuda a los que metió en el lazareto para salir del pozo en que se ha y nos ha metido.

Entiendo perfectamente la renuencia del PP ante ese pacto, primero, porque mientras Zapatero no renuncie a su fórmula, que consiste en más subsidios y más parados hasta que los demás tiren de nosotros, no habrá recuperación. ¿Un ejemplo? Ahí lo tienen: ¿convenía apoyar sus últimos presupuestos, como reclamaba, inservibles a los dos meses? Sería como dar aguardiente a un alcohólico. Aparte de que se adjudicaría cualquier éxito que se alcanzase, negándoselo a los demás. Pactar, decía al principio, es ceder. Y Zapatero no ha dado la menor muestra de ceder en cinco años. Lo único que ha hecho es dividir y mentir. No sólo a Rajoy, a todos. Con alguien así, no se va a ninguna parte. Un pacto de Estado no es una emboscada.


ABC -Opinión

Golpe sindical. Por M. Martín Ferrand

HUBO un tiempo en que los trabajadores sintieron la necesidad de agruparse, de sindicarse, para hablar con una voz común, mejorar sus condiciones laborales y elevar el nivel de sus salarios. La fórmula fue mágica y buena parte del progreso social que disfrutamos viene de ahí. El Estado de bienestar, ese lujo colectivo de tan difícil mantenimiento, es fruto de aquella remota semilla sindical. En nuestros días, y en nuestro privilegiado mundo occidental, se han invertido las tornas y los trabajadores ya no pretenden un sindicato que les redima. Son los sindicalistas, lógicamente empeñados en mantener su poder, su privilegio y su empleo, quienes buscan trabajadores que les respalden y que, en gran falsificación representativa, mantengan viva como continuidad del pasado la ficción del presente.

Ese sindicalismo de cargo y pandereta, de subvención y bicoca, de liberados ociosos, necesita periódicamente, en especial si vienen mal dadas, exhibir su presencia con alguna ruidosa concentración que subraye la apariencia de su fuerza para poder mantener su acuñado y falsario estatus de «agente social». Cualquiera que no haya perdido el oremus democrático, y aun considerando la escasez representativa de nuestros muchos Parlamentos, puede sentirse más próximo a un diputado, nacional o autonómico, sea cual fuere su color, que a esos líderes de diseño y tosquedad impostora que, cuando ya no tenemos prole, mantienen un modelo sindicalista caducado para la defensa del proletariado. Para mayor desfachatez, tienden a ignorar a los parados y los inmigrantes, a quienes más necesidades acumulan y de quienes, con propiedad, puede hablarse de injusticia social. ¿Por qué les gustarán tanto a los sindicatos los funcionarios con un puesto de trabajo inexpropiable y los empleados de las difícilmente concursales empresas públicas?

En concordancia con lo dicho más arriba, los sindicatos quieren, para mantener sus costumbres, poner el grito en el cielo y ya anuncian manifestaciones multitudinarias -para mayor inri, el 23-F- en protesta contra un plan de reforma de las pensiones y retraso en la edad de jubilación que todavía no ha sido aprobado y que, dada la endeblez del Gobierno Zapatero, no es fácil que llegue a cuajar, como sería necesario, en una ley de drásticas rebajas en los derechos y de mayor exigencia en las obligaciones. Como si fuéramos europeos.


ABC - Opinión

El consenso inviable. Por Ignacio Camacho

EL triunfo más incontestable de Zapatero consiste en la liquidación del espíritu de la Transición como mecanismo fundacional de la democracia española. Para la nueva generación socialista que representa el presidente, el pacto constitucional no fue más que una claudicación más o menos forzosa de la izquierda, que por miedo o prudencia renunció a la ruptura para conformarse con una libertad imperfecta; por ello a lo largo del último sexenio el zapaterismo se ha aplicado a desmantelar de la vida pública cualquier vestigio de consenso que pudiese proporcionar cohesión institucional y política, y apoyándose en minorías radicales ha sustituido los acuerdos básicos entre mayorías para aplicar al Estado del 78 una agenda de deconstrucción rupturista.

Ésa es la razón cardinal que ahora vuelve inviable un acuerdo anticrisis bajo la dirección política del hombre que ha dinamitado todas las alianzas vigentes, tácitas o explícitas, para enrocarse en un acentuado divisionismo ideológico. La confianza mutua de los dos grandes partidos se ha quebrado al eliminarse el modelo común que sustentaba sus visiones de España. El espíritu de la ruptura ha devuelto a la vida pública española el trincherismo banderizo que la Transición supo evitar, y que consiste en la identificación del adversario como problema primordial; al pairo de ese hálito cainita, millones de españoles anteponen su deseo de derrota del rival -socialista o popular- al de la recuperación económica, o simplemente asimilan un objetivo con el otro. Un diabólico marco de encono civil que vuelve una quimera la colaboración en una tarea de reconstrucción nacional.

El bloqueo ha alcanzado ya incluso a la figura del Rey, cuyo margen de actuación se ve peligrosamente estrechado por las suspicacias sectarias. Ha bastado que el Monarca, alarmado por la severidad de una crisis que amenaza con un grave retroceso social y económico, se limite a cumplir con su función constitucional de arbitraje para que se desaten a derecha e izquierda violentos celos políticos que cuestionan la neutralidad de la Corona. La oposición entiende que las gestiones de Don Juan Carlos suponen un aval al Gobierno, y éste se siente madrugado en su capacidad de iniciativa pese a que no la ejerce. Ni por asomo contemplan unos ni otros la hipótesis de que esta iniciativa mediadora represente la única decisión de verdadera responsabilidad que alguien ha tomado aquí en los últimos tiempos.

Un pacto de Estado sería, sin duda, la solución más razonable a mayor o menor plazo para una crisis que ya no es sólo económica, sino política e institucional. El problema es que ese acuerdo resulta imposible con Zapatero de por medio, porque él es el alfa y la omega del conflicto, el principal factor de discordia. Y ésa es, exacta y desgraciadamente, la única vertiente del asunto que el Rey está obligado a no tener en cuenta.


ABC - Opinión

Ataque crucial en Afganistán

POR primera vez en los más de ocho años de guerra, la OTAN ha tomado la iniciativa junto al Ejército afgano y se dispone a intentar expulsar de zonas vitales de la provincia de Helmand a los talibanes que se han atrincherado cómodamente en sus posiciones. Por primera vez, las tropas occidentales, las norteamericanas más exactamente, han roto esta especie de tradición que suponía que en invierno se detenía la guerra porque los talibanes no podían moverse debido al mal tiempo y las fuerzas de la OTAN preferían no molestarles. En vez de esperar la tradicional ofensiva de primavera, por fin han sido las fuerzas occidentales las que determinan cuál es la dirección de la guerra. La decisión del general Stanley McChrystal es el paso más relevante que se ha dado en Afganistán desde el derrocamiento de los talibanes.

Después de que la comunidad internacional hubiera asumido en la Conferencia de Londres los planes del presidente afgano, Hamid Karzai, para negociar con los insurgentes que acepten dejar las armas e integrarse pacíficamente en la vida política del país, era necesario enviar a los talibanes un mensaje claro y contundente como éste para que la oferta no se pudiera interpretar como un síntoma de debilidad. Que los soldados afganos participen en primera fila en esta ofensiva constituye también un examen de su capacidad para llegar a hacerse cargo de la seguridad de su propio país. El presidente norteamericano, Barack Obama, ha aprobado una estrategia que tiene como objetivo permitir a las tropas occidentales contemplar una salida a medio plazo. Pero para ello es necesario que antes quede claro que la OTAN no está dispuesta a salir de allí sin haber cumplido su misión.

El ataque lanzando ayer no está exento de riesgos, pero desde el puno de vista militar era lo que había que hacer. Es muy probable que a los talibanes no les haya cogido por sorpresa y que tengan preparada su respuesta, sobre el terreno o en forma de atentado terrorista, en esta u otra zona, incluyendo las áreas donde se encuentran las tropas españolas. Sin embargo, para Estados Unidos y la OTAN el éxito en esta ofensiva es vital y de ello dependerá el destino de la guerra.


ABC - Editorial

Por qué la reforma laboral está condenada al fracaso . Por Carlos Sánchez

La histéresis es una propiedad de los metales bien conocida por los físicos. Se suele definir como la tendencia de un material a conservar una de sus propiedades en ausencia del estímulo que la ha provocado. El ejemplo más conocido tiene que ver con el hierro, capaz de mantener su magnetismo una vez que el campo magnético que ha suscitado esa propiedad ha sido retirado, por ejemplo, un imán.

No sólo los físicos utilizan este vocablo. Los expertos laborales vienen hablando desde hace muchos años de la histéresis en el mercado de trabajo, que se produce cuando una economía es incapaz de crear empleo aunque cambien las circunstancias económicas que explicaron la destrucción de puestos de trabajo. Eso es, precisamente, lo que ocurrió en España durante los primeros años 90, cuando el mercado de trabajo era insensible al nuevo contexto macroeconómico y seguía comportándose como si la economía continuara en recesión.


Por aquel tiempo, España sólo volvió a crear puestos de trabajo en el segundo trimestre de 1994, cuando el PIB aumentaba ya a un ritmo elevado: nada menos que el 2,6% en términos anuales, una quimera en las circunstancias actuales. En ese trimestre se crearon 98.000 empleos, pero después de haber perdido casi un millón de ocupados, lo que dice muy poco en favor de la economía para salir de la inercia de la recesión. Con razón, muchos expertos decían en aquella época que el mercado de trabajo español estaba ‘enfermo’.

«Las expectativas son fundamentales y una reforma laboral diferida en el tiempo conducirá a muchos empresarios a retrasar la posibilidad de nuevas contrataciones»

La enfermedad se curó con reformas laborales y económicas, pero sobre todo con la entrada en euro, que obligó a España a hacer políticas económicas sensatas ajenas al tipo de cambio para ganar competitividad, las célebres devaluaciones. Algo inusual en un país que ha despreciado sistemáticamente el rigor presupuestario, al menos desde que hace un siglo Fernández Villaverde ocupara la cartera de Hacienda.

Pero hete aquí que el Gobierno acaba de presentar una reforma laboral sorprendente. Sorprendente no por su contenido -que también- sino por el hecho de que al no aplicarse de forma inmediata va tener efectos perversos sobre el empleo. Todo el mundo sabe (y la vicepresidenta económica también) que los agentes económicos se mueven por expectativas, presumiblemente racionales. Y por eso cabe pensar que una reforma laboral diferida en el tiempo conducirá a muchos empresarios a retrasar la posibilidad de nuevas contrataciones. Precisamente porque de esta manera podrán aprovecharse de la nueva legislación, que se supone será más beneficiosa para sus intereses.

Se trata de una distorsión innecesaria que habría podido evitarse si el Gobierno hubiera publicado ya en el Boletín Oficial del Estado -y a modo de terapia de choque- algunos de los temas menos polémicos de la reforma, como es la extensión del contrato de fomento indefinido a toda la población laboral. Las reformas laborales son como las devaluaciones, no se anuncian, y hay que publicarlas cuanto antes en el BOE precisamente para evitar distorsiones. Como por cierto ha hecho Fomento en su pelea con los controladores.

¿Quiere decir esto que hay que gobernar a golpe de decreto? Desde luego que no. La historia ha demostrado que las reformas avaladas por sindicatos y empresarios son más eficaces que las que nacen sin apoyo social. Pero eso no es incompatible con la acción gubernamental.

Una reforma continuista

La falta de premura del Gobierno es todavía más preocupante si se tiene en cuenta que estamos ante una reforma laboral continuista que no va a resolver el problema de fondo del mercado laboral: la famosa dualidad entre contratos indefinidos y eventuales. El profesor Samuel Bentolila, uno de los mayores expertos laborales de este país, ha hecho una lúcida disección en Nada es Gratis y no estaría de más que alguien se la hiciera llegar al presidente del Gobierno.

¿Y por qué se mantendrá la dualidad en el mercado de trabajo? Básicamente porque la reforma no actúa sobre la jungla de contratos que existe actualmente; lo cual, dicho sea de paso, sólo favorece a quienes pululan en torno al mercado de trabajo y que sólo encarecen el factor trabajo. La actual legislación da carta de naturaleza a nada menos que una veintena de modalidades de contratación que en su inmensa mayoría deberían ser eliminadas, y cuya aplicación inunda los juzgados de lo social por la alta litigiosidad. Provocando, además, unos fraudes de ley que ningún Gobierno está en condiciones de abordar, salvo que corra el riesgo de colapsar los tribunales, y claro está, después de contratar a miles de inspectores de trabajo para acabar con los abusos en el encadenamiento de contratos. Habría que caminar, por lo tanto, hacia un modelo más simple en el que convivan tres únicas modalidades de contratación.

La primera debería englobar a todo tipo de circunstancias laborales incorporando una indemnización creciente en función de los años trabajados. Se trataría de un contrato sin causalidad en su ejecución pero en todo caso garantizando el control judicial cuando la extinción del contrato afecte a derechos fundamentales. La segunda modalidad iría destinada a mantener los actuales derechos adquiridos de los trabajadores con contrato indefinido ordinario, los célebres 45 días. Y la tercera tendría que ver con una regulación específica dirigida a encauzar el empleo de jóvenes con menos de 30 años vinculada a programas de formación y ligado a actividades empresariales. Con el objetivo de que estos colectivos no se conviertan en mano de obra barata simplemente por razones de edad.

El ejemplo holandés

El pensar que el contrato a tiempo parcial es la solución es puro voluntarismo. Este tipo de contratos sólo triunfan en países con un mercado laboral sano -caso de Holanda- en el que hay flexibilidad entre oferta y demanda de empleo, lo que permite que un trabajador permanezca poco tiempo en situación de paro. Y por eso Holanda es el país que mejor ha campeado el temporal del empleo. No es el caso español, donde la inmensa mayoría de los contratos a tiempo parcial se hacen para ahorrar costes, y no porque los trabajadores quieran estar ocupados menos tiempo que la jornada laboral ordinaria. O dicho en otros términos, la mayoría de los empleados quisiera trabajar más horas pero no pueden hacerlo.

Para lograr esa flexibilidad no hay más remedio que legalizar de una vez por todas las agencias privadas de colocación, lo cual permitía reforzar el papel de los servicios públicos de empleo, reorientando sus funciones hasta convertirlos en grandes centros de formación de los trabajadores.

Se echa en falta, igualmente, una actitud más decidida en favor de eliminar el farragoso sistema de bonificaciones que sólo ha servido para rebajar las cuotas sociales por la puerta de atrás, y que no han servido para crear empleo. Desde luego que hubiera sido más eficaz destinar los 10.000 millones de euros largos que se ha gastado este país en los últimos tres años en todo tipo de bonificaciones a rebajar las cuotas de la Seguridad Social, pero de forma general y no de manera arbitraria.

Lo peor que puede hacer este país es una vez más poner paños calientes a la reforma laboral y confiar en que el incremento de la actividad derivado de la normalización económica en Europa -que se producirá- resuelva los problemas. Si se opta por ese camino, el batacazo en la próxima recesión está asegurado.


El Confidencial - Opinión

La OTAN, al ataque

Invertir la relación de fuerzas en Afganistán es la condición para cualquier salida política.

La OTAN ha lanzado en la localidad afgana de Marjah la ofensiva más importante desde el inicio de la guerra en 2001. Según la previsión de los mandos militares, el desenlace podría demorarse varios días o incluso semanas, pero las fuerzas internacionales, apoyadas por un contingente afgano de 1.500 efectivos, prevén proseguir las operaciones hasta hacerse con el control de este enclave estratégico para los talibanes. Además de su importancia en el comercio del opio, una de sus principales fuentes de financiación, la región de Marjah ha ido consolidándose desde el inicio de la guerra como arsenal y base logística en la que los talibanes han adiestrado a buen número de sus combatientes. Hasta este ataque, se trataba de un territorio en el que las fuerzas internacionales no se aventuraban.


Las operaciones en curso obedecen a dos lógicas distintas aunque inseparables. El presidente Obama necesitaba dejar patente a efectos internos su condición de comandante en jefe, desmintiendo las acusaciones de que su apuesta por la vía diplomática en contenciosos como el de Irán, o por la de la negociación con algunos grupos talibanes, según se acordó en la reciente conferencia de Londres, era consecuencia del temor o la debilidad. Desde la estricta lógica militar en la conducción del conflicto afgano, Obama necesitaba, además, pasar a la ofensiva contra los talibanes para deshacer cualquier equívoco que pudiese llevar a interpretar la retirada prevista en 2011 como una derrota y también para que el relevo en las tareas de seguridad se produzca en las mejores condiciones para las tropas dependientes de Kabul.

Sobre el terreno, el ataque supone un intento de romper la asimetría con que venía desarrollándose la guerra y que favorecía sobre todo a los talibanes, militar y políticamente. Hasta ahora, las fuerzas internacionales parecían condenadas a mantenerse en posiciones defensivas y resistir el acoso de los talibanes; ahora son los talibanes quienes están obligados a adoptarlas para no perder un territorio que les resulta imprescindible a la hora de sostener su estrategia de desgaste, ensayada durante los años de invasión soviética. Si logran rechazar la ofensiva, la OTAN tendrá serias dificultades para imponerse antes de la retirada en 2011.

Pero si los talibanes pierden Marjah, las fuerzas internacionales habrán logrado algo que ha faltado dramáticamente en esta guerra: la obtención de una victoria precisa porque precisos eran, a su vez, los objetivos perseguidos. Se trata, pues, de una ofensiva que puede resultar trascendental para el desenlace de la guerra. También para el futuro de la región: Obama necesita recomponer cuanto antes la capacidad de disuasión convencional del Ejército más poderoso del mundo. La estrategia de "la guerra contra el terror" no calculó las consecuencias de permitir que quedase atrapado en escenarios como el iraquí o el afgano, dando ocasión a que proliferasen otras amenazas.


El País - Editorial

UE: una moneda única requiere un gobierno económico único

El derrumbe de la economía griega evidencia la incapacidad de Bruselas para imponer medidas correctoras a sus socios.

EL DERRUMBE de la economía griega, más allá de corroborar que los sucesivos gobiernos helenos han hecho pésimas políticas durante años, pone de manifiesto uno de los fracasos de la Unión Europea, incapaz de imponer medidas correctoras a sus socios que permitan mantener la estabilidad y armonía económica del conjunto.

Era sabido que Grecia caminaba directamente hacia el precipicio: hace un lustro que su deuda pública se mueve por encima del 100% del PIB. Sin embargo, a esa gestión suicida las autoridades europeas sólo han respondido con amonestaciones retóricas, aunque es cierto que los Estados miembros de la UE son naciones soberanas e independientes y por tanto la capacidad de presión sobre ellos es limitada.


La perversidad de la actual situación es que los países que cumplen con los planes de estabilidad y mantienen una política económica rigurosa se ven obligados a salir al rescate de aquellos otros que por la mala gestión de sus gobiernos crean zozobra en el sistema. Se trata de una realidad manifiestamente injusta, que fomenta además que haya gobiernos manirrotos, dado que pueden confiar en que siempre habrá quien llegue en su auxilio.

No es de extrañar, por ello, que líderes como Sarkozy vengan reivindicando la necesidad de crear un gobierno económico de la UE. Zapatero dio un paso inspirado en esa filosofía cuando, coincidiendo con la inauguración oficial del semestre de la Presidencia española, reclamó que pudieran concretarse unos objetivos económicos obligatorios para todos los países de la UE, cuyo cumplimiento fuera exigible bajo la amenaza de sanciones.

La propuesta de Zapatero fue recibida con críticas de algunos Gobiernos europeos, como el alemán, pero seguramente más por una cuestión de forma y de matices que de fondo: la medida no se había pactado previamente, olvida que la UE es incapaz de imponer ahora ese tipo de decisiones y obvia la poca legitimidad de España para levantar la mano y pedir multas, dado que, llegado el caso, seríamos de los primeros en tener que rascarnos el bolsillo.

Aunque las críticas recibidas llevaron entonces a miembros del Gobierno español a asegurar que Zapatero nunca habló de sanciones, la verdad es que, cada día más, se abre paso la idea de que hay que cambiar la situación actual. En la opinión pública alemana o francesa, por ejemplo, empieza a cundir el hartazgo por el agravio que supone que, mientras unos gobiernos europeos se aprietan el cinturón, otros insisten en políticas insostenibles de gasto público, incapaces de asumir la impopularidad de las necesarias medidas de ajuste.

La ayuda que la UE va a prestar a Grecia puede marcar un punto de inflexión en la manera en la que ha venido dirigiéndose la política económica en el continente. Por primera vez, los técnicos de la Comisión europea van a ejercer un control detallado sobre las cuentas de un país miembro. Las cosas han ido demasiado lejos y, a cambio del salvamento financiero, se va a exigir austeridad y seriedad en la gestión.

Y es que, puesto que Europa ha dado el paso de tener una moneda única, lo razonable sería que hubiera un único gobierno económico para toda la eurozona. De esa forma se acabaría con la asimetría actual que generan las distintas políticas financieras y laborales, y también con el libertinaje que en esta materia exhiben algunos Ejecutivos, especialmente sangrante en épocas de vacas flacas.

No es de recibo, por ejemplo, que el plan de austeridad del presidente Zapatero se haya quedado este año en el 8,5% de lo prometido a Bruselas, cuando España tiene un déficit público del 11,4% del PIB. Por eso, sólo imaginar a una Merkel o a un Sarkozy liderando la política económica de Europa sería un alivio y un acicate para muchos países y para millones de ciudadanos.


El Mundo - Editorial

Zapatero nos avergüenza ante las víctimas

Las víctimas del terrorismo han pedido a los políticos que “no caigan en la confusión entre víctimas y verdugos”, algo por desgracia muy usual cuando los objetivos políticos de un partido sin escrúpulos se imponen a cualquier imperativo moral.

A José Luis Rodríguez Zapatero siempre le han molestado profundamente las víctimas del terrorismo. Incapaz de mostrar la mínima empatía con los que más han sufrido por atentados terroristas, su tarea desde que llegó al poder ha sido siempre hacerlas desaparecer del escenario público. Probablemente porque ellas son, con su ejemplo, la prueba sufriente de que no se puede pactar bajo ninguna circunstancia con asesinos.



Zapatero ha conseguido desactivar a la asociación que aglutinaba a la mayor parte de nuestras víctimas del terrorismo, y protagonizó la más vergonzosa rendición del Estado de Derecho ante un la ETA en el llamado “proceso de paz”, sin que hasta el momento haya mostrado el menor arrepentimiento, ni por lo uno ni por lo otro. Pero no era suficiente. Hacía falta demostrar una vez más su profundo desprecio hacia la parte más noble y sufrida de la sociedad española, negándose no ya a acudir al VI Congreso Internacional celebrado esta semana en Salamanca, sino tan sólo a acusar recibo de las invitaciones que la organización le ha hecho llegar de forma reiterada.

Sólo el anuncio de la presencia de los Príncipes de Asturias le disuadió de llevar a cabo su plan inicial de enviar a un cargo político de tercera fila. En el último momento, y forzado por las circunstancias, envió al ministro de Justicia, precisamente el hombre más cuestionado por las víctimas tras el episodio del chivatazo del Bar Faisán, un nuevo desdén que han debido sufrir por parte del Gobierno socialista, cuya propensión al desprecio hacia los familiares de nuestros asesinados parece inagotable.

Pero la sociedad española no olvida fácilmente a las víctimas del terrorismo, como lo demuestra el éxito de participación en el congreso y el emotivo acto celebrado en la Plaza Mayor de Salamanca, con la asistencia de miles de ciudadanos anónimos que quisieron de esta forma manifestar su apoyo y respeto hacia los que han sufrido en sus carnes y sus familias el azote terrorista.

Víctimas del terrorismo de todo el mundo presentes en el congreso han pedido a los políticos que “no caigan en la confusión entre víctimas y verdugos”, algo por desgracia muy usual cuando los objetivos políticos de un partido sin escrúpulos se imponen a cualquier imperativo moral. El caso de los familiares de los asesinados por el terrorismo montonero de Argentina es, en esta tesitura, tal vez el ejemplo más flagrante de las simas de abyección a las que puede descender un Gobierno que premia a los asesinos con cargos políticos y los ensalza por sus acciones, mientras niega a los asesinados y sus descendientes el derecho a existir en la esfera pública.

Ningún gesto de apoyo, respeto y cariño hacia las víctimas será nunca suficiente, y quien quiera hacer una distinción entre ellas por motivos ideológicos o de cualquier otro tipo estará haciéndoles un favor a los asesinos. Por otra parte, la voz de los que han sido mutilados o han perdido un familiar por acciones terroristas ha de ser escuchada siempre en primer lugar , pues una paz que la condene al olvido sólo será una rendición. Por nuestra parte, y con toda modestia, seguiremos defendiendo su memoria y su dignidad. Las mismas que Zapatero les viene negando desde hace ya seis años.


Libertad Digital - Editorial

El suelo se mueve en el socialismo

LO que menos podía esperar la dirección socialista nacional es que el más pesimista de los diagnósticos acerca del gobierno tripartito catalán pudiera venir de dos pesos pesados del socialismos catalán: Ernest Maragall y Antoni Castells, consejeros de Educación y Economía, respectivamente. Ambos defendían el agotamiento de la coalición del PSC con Esquerra Republicana e Iniciativa por Cataluña. Incluso Maragall se refirió a la «fatiga» ciudadana por el tripartito que dirige Montilla. Esta doble confesión no sólo demuestra la debilidad que atraviesa el Ejecutivo autonómico, cada vez más rezagado de CiU en las encuestas, sino también la caducidad de la obra cumbre de Rodríguez Zapatero, el «pacto del Tinell», aquella alianza del socialismo con el nacionalismo extremista para perpetuarse en el poder. Por eso, las críticas de Maragall y Castells afectan al proyecto ideológico que ha vertebrado la política de coaliciones de Rodríguez Zapatero, que ya empezó a quebrarse en el País Vasco, con el apoyo del PP a Patxi López.

El episodio va más allá de una crítica coyuntural. El PSOE sigue sin orden ni concierto en las comunidades de Madrid y Valencia. Su gobierno en Baleares pende de un hilo. En Andalucía se ha dividido entre seguidores de Chaves y Griñán. Un histórico del socialismo vasco, Jesús Eguiguren, alecciona en público a Zapatero. Los socialistas canarios buscan sustituto a la fracasada apuesta de López Aguilar. Y el presidente manchego, José María Barreda, sigue reclamando un cambio de gobierno. No hacen falta muchas más pruebas para constatar la inestabilidad del PSOE, que en poco menos de año y medio tendrá que enfrentarse a los comicios catalanes y a las elecciones autonómicas y locales de 2011.

Este escenario de nerviosismo e inseguridad es lo que ha intentado neutralizar la dirección socialista con los llamamientos a la unidad interna en las sucesivas reuniones del Comité Federal y de los grupos parlamentarios; y, sobre todo, con la renovada estrategia de señalar al PP como culpable de que no haya un gran acuerdo contra la crisis. Sin embargo, estos síntomas de agotamiento interno ya no tienen tanto que ver con la necesidad de un chivo expiatorio externo, sino con la incipiente desconfianza en los mandos socialistas sobre las posibilidades electorales de Rodríguez Zapatero para 2012. Que algunos líderes del PSC se hayan sumado públicamente a esta exhibición de dudas -aunque sea con una lectura sólo catalana-, supone para el PSOE una pésima noticia en su mejor granero de votos.


ABC - Editorial