lunes, 8 de febrero de 2010

Los jóvenes huyen de Zapatero

ABC publica hoy una encuesta cuyo protagonista es el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Sin intención de voto, ni juicios comparativos con otros líderes ni valoraciones de gestión: Zapatero frente a los encuestados. Y el resultado no necesita interpretaciones ni «lecturas». Una clara mayoría de los encuestados -el 55,4 por ciento, frente al 29,4 por ciento- son partidarios de que Rodríguez Zapatero no se presente por tercera vez a las elecciones generales. Esta respuesta negativa gana en todos las categorías de los encuestados: por edad, por situación social, por medio urbano (grande o pequeño) y por zona geográfica. La opinión dominante es que Zapatero no debe repetir como candidato a La Moncloa.
La encuesta se realizó entre el 20 de enero y el 1 de febrero, por lo que las respuestas incluyen en parte el deterioro acelerado del Gobierno tras los espectáculos lamentables de descoordinación sobre las pensiones y la edad de jubilación y la constatación del fracaso de España en los foros internacionales y organismos económicos. Ahora bien, de todas las opciones que ofrece la encuesta al PSOE para medir su estado actual de declive, la más grave es el rechazo abrumador que expresa la juventud hacia Rodríguez Zapatero, que se sitúa en el 61 por ciento de los jóvenes entre 16 y 25 años (los primeros votarían en 2012) y en el 62 por ciento entre 26 y 35 años. Este es el problema más letal que se le puede plantear a un partido de esa izquierda que aún se cree la dueña de los valores y las ilusiones de los jóvenes. Por ahora, el PSOE es dueño del 40 por ciento de paro que está abrumando a los jóvenes.


Es razonable que la juventud española se pregunte qué ha hecho el PSOE por su futuro, cuando cuatro de cada diez jóvenes están en el paro y, en su mayoría, temen que la prolongación de la jubilación taponará aún más su complicada incorporación al mercado de trabajo. Se les ha ofrecido adulación con la cultura de la mediocridad y del subdisio, aprobar sin esfuerzo, liberarse de sus responsabilidades personales con píldoras y abortos indiscriminados, enfrentarse a sus padres en aras de su «autonomía». Ahora es la familia la que los está sosteniendo en medio de la crisis, mientras sufren el desengaño ante un Gobierno que les prometió todo y ahora les ha quitado buena parte de sus ilusiones.

ABC - Editorial

domingo, 7 de febrero de 2010

Remedio ZP para la crisis: negarla. Por José María Carrascal

¿Es posible la cuadratura del círculo, convertir la noche en día o que dos y dos sean cinco? Pues sí, para Zapatero es posible, según nos muestra su último plan contra la crisis, presentado con toda fanfarria a los agentes sociales, que lo han acogido con complacencia. Un plan, coinciden todos, generalista, inconcreto, ambiguo, equívoco incluso. Los detalles se los deja a sindicatos y empresarios. Ese es, precisamente, su punto flaco. Porque el demonio se esconde en los detalles y los equívocos llevan derecho a las equivocaciones. Sindicalistas y empresarios han leído en las propuestas del presidente sólo lo que les conviene. Unos leen que no habrá rebaja en las indemnizaciones por despido; otros, que podrá haberlas. Unos deducen que se aumentará la contratación indefinida; otros, que habrá más flexibilidad en la contratación.

Unos, que los trabajadores no perderán ningún derecho adquirido; otros, que se recortarán. Estos, que el gobierno no tomará medidas drásticas; aquellos, que las tomará. Todo ello incluye el vagaroso, amorfo, suculento informe presentado por el presidente, pródigo en párrafos que empiezan «Debería ser posible examinar si...» o «No debiéramos desechar el debate sobre...», un amagar y no dar que se pierde en el alambicado mundo de la especulación y la fantasía, en el que todos ganan y nadie pierde, tan grato a Zapatero. Cuando la única forma de gobernar es que todos pierdan algo para que todos puedan ganar algo. Pero ese no es el mundo de Zapatero, nunca lo ha sido. Estamos ante una de esas afortunadas criaturas que nada de cuanto ha conseguido le ha costado el menor esfuerzo, incluida la presidencia del gobierno. Le ha caído del cielo regalada, y piensa que todo tiene que funcionar así, sea acabar con ETA, vertebrar España, aliar civilizaciones y, ahora, salir de la crisis. No es un optimista antropológico, como viene diciéndose. Es un producto de su privilegiada experiencia vital, que le ha conformado, como a cada cual la suya. Para él, es posible, como apunta en su documento, extender la contratación a tiempo parcial y, al mismo tiempo, penalizar la temporalidad, reducir la jornada laboral y fomentar la contratación de jóvenes, mantener los derechos adquiridos y crear otros nuevos, contentar a los críticos de fuera y satisfacer a los de dentro. Por creer, incluso cree que es posible importar modelos laborales de Alemania, como si los españoles fuéramos alemanes y nuestros sindicatos y empresarios fueran empresarios y sindicatos alemanes.

La realidad que le espera fuera de la sala donde se reunió con los agentes sociales va a decirle que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible, como decía el torero. Claro que él es antitaurino. Y anticrisis. Es su forma de vencerla: negándola. «Estamos en el umbral de la recuperación», dijo al salir de la reunión. ¿No les suena?


ABC - Opinión

El hundimiento. Por Jesús Cacho

Lo cuenta la impresionante película Hirschbiegel, y lo han contado infinidad de autores que han rastreado los últimos días del gran dictador en su búnker berlinés: Iracundo y tembloroso, el dictador aun esperaba, apenas 24 horas de pegarse un tiro en la sien, la llegada milagrosa de inexistentes ejércitos dispuestos a salvarle del asedio de los soldados soviéticos que, al mando del mariscal Zhukov, ya se encontraban en los arrabales de Berlín. “Pero, ¿dónde está Steiner? ¿Por qué no ataca? ¿Y qué pasa con el 9º Ejército de Wenck…?” Rodríguez Zapatero también reclama ahora la presencia de tropas celestiales dispuestas a hacer realidad el milagro de sacarle de esta pesadilla. Nuestro insensato general creyó primero que la burbuja española era eterna; luego negó a pies juntillas que hubiera crisis; más tarde acusó de la misma a los norteamericanos; después imaginó haber hallado el bálsamo de Fierabrás inyectando dinero público a mansalva (“¡no me digas, Pedro, que no hay dinero para hacer política…!”), y finalmente, con la soga al cuello, pensó que del lío nos iban a sacar alemanes y franceses creciendo a ritmo bastante para tirar de nuestras exportaciones.

Como al monstruo austriaco, también a ZP se le han ido derrumbando sus ejércitos de arena. Escena contemplada el jueves en Washington tras el Desayuno Nacional de Oración, ese templo del cristianismo USA más conservador en el que el ateo Zapatero trató de poner el huevo de su relativismo moral como Erasmo puso el de la Reforma. Ante un grupo de empresarios hispanos que obedientemente le ha acompañado al acto (“es que no hemos podido decir que no; Bernardino León ha llamado personalmente uno por uno”), ZP muestra su extrañeza por lo que, según le cuentan, está ocurriendo en la Bolsa de Madrid.

- Pero no entiendo por qué le están dando al Santander de esta forma, si ha presentado unos resultados cojonudos…

- Presidente, el problema no es el Santander, sino el riesgo España.

- ¿Ah, sí…?

Y con gesto perplejo y sin mediar explicación se da la vuelta para preguntar no sé qué cuestión a sus aides de chambre, dejando a los empresarios con la palabra en la boca. A pesar de la tormenta que se estaba gestando sobre las cuentas públicas españolas, todo iba casi bien para ZP hasta que, a cuenta de esa presidencia de la UE de la que pensaba sacar pecho y provecho, fue necesario exponerse al general escrutinio de la opinión pública europea, mercados financieros incluidos. Han sobrado unas semanas, desde Copenhague a esta parte, para que Europa se diera cuenta del paño que guardaba el arca presidencial española. El ridículo alcanzó su máxima cota en Davos, donde el muy osado no tuvo ocurrencia mejor que aparecer en un panel al lado del griego Papandreou y del letón Zatlers, dos campeones de la ortodoxia fiscal. En el escenario alpino donde a primeros del XX iban a curar la tuberculosis los ricos del viejo continente, Zapatero terminó por meter a España en el club de los tísicos de Europa, poniéndole en la lupa de mercados financieros y analistas como firme candidato a entrar en una situación de insostenibilidad de sus finanzas públicas.

Tan asustado volvió el genio de Davos que por sorpresa anunció un recorte de 50.000 millones de gasto público, alrededor del 5% del PIB, reconociendo así el fracaso de su política (?) fiscal y presupuestaria para salir de la crisis. Y es que si Grecia, al borde de la suspensión de pagos, va a la quiebra, el riesgo de contagio será muy alto para las economías con escenarios macroeconómicos similares, léase Portugal, Italia e Irlanda. Con la diferencia de que los irlandeses se han embarcado en un drástico proceso de austeridad y los italianos tienen una tasa de ahorro doméstica descomunal. España, por contra, encabeza hoy el Indice de Miseria de Moody´s, esto es, la combinación de déficit y paro más alta de toda la OCDE.

-“Es que fíjate”, decía una asustada Trini Jiménez al abandonar el Consejo de Ministros del viernes 29, “lo que hemos tenido que hacer para ganar credibilidad en los mercados…” De eso va el plan de consolidación presupuestaria anunciado por Zapatero. De movimiento desesperado dirigido a calmar la
ansiedad de mercados y gobiernos europeos ante el agudo y creciente deterioro del binomio déficit/deuda español. Como con la famosa Ley de Economía Sostenible, el Ejecutivo ha fabricado un titular sin nada detrás, porque nadie sabe qué partidas presupuestarias se recortarán ni cómo ni cuándo; nadie sabe que contribución, si alguna, harán CC.AA. y corporaciones locales –responsables de 2/3 del gasto público total- a ese esfuerzo de contención, y nadie se cree, por irreal, el cuadro macroeconómico en que se sustenta ese pretendido recorte del déficit, con proyecciones de crecimiento del PIB en 2012 y 2013 francamente increíbles.

Sacrificios radicales

Con un déficit del sector público situado a finales del 2009 en el 11,4% del PIB (que al final resultará del 12%, como poco), el plan contempla un recorte del mismo, tras descontar los efectos cíclicos, del 5,7%, con el objetivo final puesto en un déficit del 3%, lo cual significa que el déficit estructural es del 8,7% del PIB, guarismo que viene a poner de manifiesto una estructura presupuestaria tan gigantesca como insostenible, desde luego incompatible con la estabilidad de las finanzas públicas. En otras palabras: España SA tiene unos costes fijos que no puede permitirse, lo que hace inevitable acometer reformas de calado en las grandes partidas del gasto, tal que los programas del Estado del Bienestar, número y remuneración de los funcionarios, etc.. No vale un mero maquillaje contable para salir del aprieto. Hacen falta sacrificios radicales en un país que ha vivido por encima de sus posibilidades. ¿Puede un Gobierno sin crédito acometer estas reformas? La respuesta es no.

La última prueba la tuvimos el viernes. Camino de los cinco millones de parados y con el empleo cayendo más que la propia actividad económica, el Ejecutivo fue incapaz de adoptar una sola medida concreta de reforma laboral, a pesar de haberlo anunciado. No se atrevió. No se atreve con los sindicatos (la “ideología”, como él mismo reconoció), de forma que no habrá reforma laboral, al menos inmediata. El Gobierno, en efecto, se limitó a entregar a sindicatos y empresarios un documento que no es más que una exposición de motivos sobre la necesidad de la reforma: “Líneas de actuación en el mercado de trabajo para su discusión con los interlocutores sociales en el marco del diálogo social”. ¡Tócate las narices, Ruperta! ¿Puede un país con el agua al cuello, necesitado de medidas de choque radicales e inmediatas, perder otro año en discusiones bizantinas sobre si el despido de los trabajadores fijos, los que quedan, debe costar 20, 33 o 45 días por año? No es eso, señores, no es eso. Se trata de empezar a crear empleo cuanto antes, algo que nunca van a hacer Toxo y Méndez, el llamado “cuarto vicepresidente” del Gobierno Zapatero.

No hay más salida que la política

Esto tiene muy mala pinta. España necesita el dinero exterior para seguir funcionando (emisiones brutas en 2010 por importe de 211.500 millones de euros), apelando a unos mercados que cada día recelan más de la solvencia de un cuadro macroeconómico que muchos juzgan insostenible, con la consecuencia inmediata del encarecimiento de esa financiación. Se trata de un problema de credibilidad y confianza en España, cualidades que Zapatero ha contribuido a arruinar en el exterior con su sola presencia. El riesgo país no es un resfriado: es un cáncer, una enfermedad para la que ya no hay más salida que la política, es decir, la convocatoria urgente de elecciones generales, a menos que Emilio Botín (“La crisis española es como la fiebre de un niño; pasará pronto”, junio de 2008) mande otra cosa, claro está.

Poco o nada que esperar del PSOE. Aunque el desconcierto es total en sus filas (“Es raro el día que no recibo de anteriores colaboradores míos o bien el currículum o bien el lamento de no haberse ido cuando yo me fui”), quienes se quejan y protestan, generalmente en privado, ya no tienen mando en plaza. Los que, por contra, mantienen poltrona, siguen firmes alrededor del jefe y con él caminarán por el viacrucis por el que transita España hasta ese Gólgota donde, todo perdido, serán ellos mismos quienes le apliquen, tu quoque, Brute?, mortal puñalada. En el PSOE sucede con ZP algo parecido a lo ocurrido en el pasado con algunos apóstoles del progresismo, caso de Rousseau: cuanto más resentimiento generan, más sumisión reciben.

Y dos notas de esperanza en plena tormenta de pesimismo. Por un lado, el valor personal y político que ha demostrado Don José Blanco, ministro de Fomento, al poner a los controladores aéreos en su sitio vía Decreto Ley. Pepiño For President. Por otro, el mismo valor cívico demostrado por el magistrado Luciano Varela, del Tribunal Supremo, poniendo a Baltasar Garzón, arquetipo de casi todos los males que aquejan a la Justicia española, con pie y medio en el banquillo de los acusados, para desespero de Cebrianes y Rubalcabas. Hay vida más allá de Zapatero.


El confidencial - Opinión

El indeciso patológico. Por M. Martín Ferrand

José Luis Rodríguez Zapatero se ha instalado en la indecisión. La duda es una semilla desde la que pueden germinar los aciertos más rotundos o los fracasos más dañinos; pero, llegado el caso, quien no es capaz de tomar ninguno de los caminos que se le ofrecen está renunciando al éxito posible para enfrentarse a la frustración segura. Un error puede enmendarse con otra decisión más oportuna y cabal; pero el irresoluto se instala en la perplejidad y difícilmente podrá escapar de ella. José Blanco acaba de darnos un ejemplo de eficacia resolutiva: ha zanjado con un decreto ley los excesos y la provocación de los controladores aéreos. Asume el riesgo de que el Congreso no le respalde, como permite el procedimiento elegido, e, incluso, que los controladores se encastillen en la defensa de su abusiva posición; pero, de momento, los 2.300 controladores de AENA ya saben que ha cambiado la dirección del viento y, en el peor de los casos, le habrán visto las orejas al lobo y actuarán con mayor prudencia y menor altanería.

Zapatero no ha sido capaz de decidir. Los «agentes sociales» le tienen comida la moral y quieren fundamentar la esperanza del futuro en la perpetuación de los malos hábitos del pasado, todo un imposible. Caben tres hipótesis para tratar de entender los paños calientes con los que el presidente trata de enfrentarse a la gravísima situación social y económica -la política va por otros derroteros- que padecemos: a) Está tan poseído por su anacrónica fe socialdemócrata que, inmerso en el fanatismo, se niega al raciocinio y a los modos que se llevan en la eurozona; b) Es un insensato convencido de que el tiempo lo arregla todo y prefiere ser querido por su debilidad que admirado por sus aciertos; y c) Los sindicatos, convertidos en el cuarto poder del Estado, le tienen esclavizado con sus amenazas movilizadoras. Cualquiera de esos supuestos resulta demoledor y, más todavía, si los consideramos en su conjunto o en sus posibles combinaciones de dos en dos. Así no nos redimiremos del paro que asfixia nuestra realidad, ni el Estado aliviará su déficit demoledor, ni se incrementará la competitividad en los mercados internacionales, ni -mucho menos- aumentará la productividad nacional; pero, quizá, Zapatero pueda seguir instalado en el machito. Así debe tenerlo calculado porque ese es el método y el consuelo de los irresolutos patológicos.

ABC - Opinión

Cuestión de liderazgo

El fin de la presidencia europea puede ser la última ocasión de Zapatero para variar el rumbo.

El liderazgo del presidente del Gobierno se encuentra en su punto más bajo desde que llegó al poder hace seis años. La crisis económica que Zapatero se negó a reconocer durante meses, y que ahora trata de gestionar con anuncios que se atropellan unos a otros, amenaza con convertir lo que resta de legislatura en un calvario para el Partido Socialista, que parece estar interiorizando un resignado horizonte de derrota. Entretanto, el Partido Popular duda entre mantenerse a la espera o forzar los acontecimientos reclamando un adelanto electoral. Lo que ha descartado es hacer aquello que lo convertiría en una alternativa de Gobierno y no en un apático recambio por incomparecencia del adversario: definir el proyecto político que representa, más allá del oportunismo de agitar espantajos demagógicos y populistas cada vez que Zapatero y sus ministros se libran a una nueva comedia de enredo con motivo de los subsidios, los impuestos o las pensiones.


Los desalentadores datos sobre la situación política que arrojan las encuestas, incluida la que publica hoy este diario, no son argumento suficiente para reclamar el fin anticipado de la legislatura. No son los estados de opinión, sino el juego de las mayorías parlamentarias, lo que debe tomar en consideración el jefe del Ejecutivo para adoptar una decisión que le corresponde en exclusiva. Pero, además, jalear la idea del adelanto electoral en este caso sólo significa reclamar a cara descubierta el poder por el poder, puesto que los ciudadanos muestran hacia la oposición superior desconfianza que hacia el Gobierno. No es una desconfianza sin motivo: éste es el momento en que el país supera los cuatro millones de parados, y en que sus cuentas públicas comienzan a bordear todas las zonas de alarma, sin que el PP haya avanzado una sola propuesta, dando a entender que sólo cifra su éxito electoral en la calamidad colectiva.

La esperanza que representó para el Gobierno socialista la presidencia de turno de la Unión Europea se ha convertido en una rémora para intentar cualquier salida política, que deberá esperar, cuando menos, a que termine el semestre. Esta inoportuna e inevitable parálisis es el resultado de haber superpuesto una política económica errática a una sostenida política exterior hacia ninguna parte, que ha dilapidado los meses previos soñando con obtener de la presidencia europea lo que ésta nunca podría dar; en particular, después de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Zapatero cometió el error de imaginar que un semestre de protagonismo infundiría fuerza a su Gobierno, en vez de componer un Ejecutivo fuerte con el que hacer frente al más importante desafío diplomático de esta legislatura; que, por la situación de crisis internacional, era además un desafío económico. Los resultados de esta estrategia para los intereses generales del país saltan a la vista.

Puede que el final de la presidencia europea sea una de las últimas oportunidades de las que dispondrá Zapatero para corregir el rumbo político. A partir de ese momento no bastará con azuzar al peor PP con una mano mientras que, con la otra, se convoca a los ciudadanos al voto del miedo. Ése es el camino seguido por el jefe del Gobierno cuando el viento soplaba a favor y podía sacar a escena asuntos legítimos y hasta necesarios, pero utilizados de manera que pusieran en evidencia las reminiscencias ultramontanas del Partido Popular. Pues bien, hoy ese PP es el que adelanta a los socialistas en las encuestas, sin haber hecho otra cosa que dejar que el Gobierno aparezca bajo los focos realizando contorsiones. Sin restablecer la credibilidad del liderazgo político, las dificultades para que España salga de la crisis serán aún mayores. El de Zapatero se deshilacha, pero el de Rajoy, según la misma encuesta, es inexistente.


El País - Opinión

Veloz desgaste del Gobierno y petición de elecciones generales

Si hoy se celebrarán elecciones generales, el PP ganaría con 5,8 puntos más que el PSOE.

HAY POCAS DUDAS de que Zapatero atraviesa por su peor momento político desde que llegó a La Moncloa, a pesar de que la legislatura que comenzó el 9-M de 2008 aún no ha llegado a su ecuador. Así lo certifica la encuesta que publicamos de Sigma Dos-EL MUNDO. Si hoy se celebraran elecciones generales, el PP ganaría al PSOE con una ventaja de 5,8 puntos en intención de voto. El sondeo ofrece muchas vertientes para el análisis. Es verdad que tras unas semanas en las que el Gobierno no ha dado ni una, cabría suponer que la intención de voto de los socialistas descendiera en más de siete décimas en relación con nuestra anterior encuesta. Y también cabría deducir que el avance del PP tendría que situarse por encima de esas tres décimas que sube, puesto que es la única alternativa de gobierno.


Sin embargo, lo más significativo -a la vez que lo más preocupante para el Gobierno- no son los aspectos cuantitativos de la encuesta, sino los cualitativos. El espectáculo de errores, contradicciones, improvisaciones y falta de coraje por miedo a los sindicatos que ha protagonizado el Ejecutivo sólo en la última semana empieza a pasarle factura. No son los mercados internacionales los únicos que no creen en la solvencia del Gobierno español. El sondeo refleja un desgaste galopante del Gobierno -el 52% cree que su gestión es mala o muy mala-, un deterioro de la imagen de Zapatero sin precedentes -por primera vez Mariano Rajoy le saca ventaja, aunque sea poca- y una sensación creciente de que el Gobierno carece de credibilidad y de capacidad para encarar una crisis económica tan profunda como la que atravesamos. Hasta el punto de que el 65,8% de los ciudadanos reclama una remodelación -opinión compartida por el 46,9% de los votantes socialistas- a pesar de que no hace ni un año que Zapatero cambió a sus ministros.

Como consecuencia del hartazgo ante la falta de solvencia del Gobierno, muchos españoles empiezan a pensar que la única solución a la doble crisis, económica y política, es la convocatoria de elecciones generales. El 51,1% así lo considera y aunque esta opinión es abrumadora entre los votantes del PP -un 92,3%-, también es significativo que el 19,3% de los electores de Zapatero quiera poner ya punto y final a la legislatura.

A pesar de que es difícil que se puedan encender más luces de alarma -incluso dentro de sus propias filas reina el más absoluto desconcierto-, Zapatero parece empeñado en restar importancia al descrédito de nuestro país en los mercados o atribuirlo a una conspiración, y no al resultado de sus políticas, más erráticas cada día que pasa. La mejor prueba de que este Gobierno da muestras de haber entrado en barrena son las declaraciones que hace hoy a este periódico el secretario de Estado de la Seguridad Social. Octavio Granado confía en que el Gobierno -o sea, él- cambie «el planteamiento de partida» de la propuesta de alargar la edad de jubilación hasta los 67 años. Puesto que la medida fue aprobada por el Consejo de Ministros, cabe preguntarse si el Gobierno ha resignado el poder ejecutivo que le atribuye la Constitución para convertirse en una instancia que elabora documentos -pensiones, reforma del mercado laboral- con el fin de negociarlos con los sindicatos, que son quienes tienen la última decisión.


El Mundo - Editorial

La semana negra. Por Ignacio Camacho

Esta semana convulsa, trastornada, peligrosa, tremenda, ha recordado a los peores momentos del peor Suárez. Aquellos días de hace treinta años en el que país sin timón parecía irse por el sumidero de la zozobra. Con clamor de elecciones anticipadas, voces de gobierno de concentración y rumor de mociones de censura. Con una prensa unánime en el vapuleo de un Gobierno desaparecido, titubeante, colapsado. Con el pánico desatado a un crack económico , con el paro rampante, la deuda en el aire y los especuladores jugando al pim-pam-pum con la Bolsa. Y con un presidente atónito, bloqueado, ausente, enrocado sobre sí mismo y dando palos de ciego. Una sensación general de deriva, de caos inminente, de rumbo perdido. Esa clase de atmósferas espasmódicas que agitan Madrid -«el pequeño Madrid del poder»-, que dice Javier Cercas- hasta ponerlo en estado de shock.

Comparado algunas veces con Suárez por su audaz desparpajo, nunca Zapatero se le había parecido tanto. No al Adolfo intrépido que salía indemne de los escollos más arriscados de la política, sino al que acabó hundido en el descrédito y la desconfianza. Al que provocaba la conspiración de los suyos y generaba un clima de errático desasosiego. Sí, hay tres diferencias esenciales con aquellos días trémulos: ni ETA, ni los militares ni la inflación constituyen una amenaza desestabilizadora. Pero lo que aproxima estos días críticos a aquel enero del 80 es la figura de un presidente aislado, desorientado, aturdido, falto de pulso y de criterio, incapaz de hacerse con el timón del Estado. Un dirigente cuestionado por propios y extraños en su capacidad fundamental de ejercer el liderazgo.

No por casualidad han sido los guerristas quienes, apegados aún al mecanismo mental de la Transición, han desempolvado la idea de un Gobierno transversal para estabilizar un país desnortado. Aunque el zapaterismo ha tratado siempre de impugnar la Transición como marco de referencia democrática, también en eso ha fracasado: los esquemas de aquella época continúan funcionando de manera eficaz en el subconsciente colectivo de los españoles. Y la idea de unos pactos de Estado al estilo de los de la Moncloa flota en la melancolía del imaginario nacional como idealizada solución para una emergencia.

No habrá tal. Es demasiado tarde. Se han roto en estos años demasiados consensos para reconstruir puentes. Zapatero está solo, sostenido apenas por la cada vez más dubitativa guardia pretoriana de los sindicatos, a expensas de su propia inconsistencia sin recursos. Esta semana atroz lo ha retratado: enfrascado en la frivolidad de una falsa plegaria ante los cristianos de Washington mientras el país se despeñaba por un barranco de quiebra. Y aún preguntaba perplejo -a González, el del BBVA- cómo es posible. Es posible porque cuando no se sabe gobernar hasta las soluciones se convierten en problemas.


ABC - Opinión

El doble plantón de Obama

El doble plantón de Obama no es una anécdota puntual, sino el fiel reflejo de la opinión que Zapatero despierta en los países que aún sienten cierto respeto por la libertad.

La decisión del presidente norteamericano de no acudir a la cumbre de la Unión Europea y los Estados Unidos es la respuesta lógica a la irrelevancia internacional del Gobierno anfitrión, en este caso el de España, presidido por un Zapatero que preside la Unión durante su turno de seis meses. Hasta para el socialista más partidario de Zapatero debe ser evidente que la decisión de Obama hubiera sido distinta si la cumbre tuviera lugar en Alemania, Francia o Gran Bretaña, tanto por el peso específico de sus economías, como por el nivel de influencia de sus gobiernos actuales en la escena internacional.


Sin embargo, Zapatero apostó desde el principio por convertirse en adulador de personajes totalitarios, sometió nuestra política internacional al dictado de su sectarismo ideológico y, como colofón, alumbró como propuesta estrella en materia exterior una absurda alianza de civilizaciones que, nadie salvo él, toma en serio. No cabe extrañarse, por tanto, que la diplomacia española, con Zapatero a la cabeza, reciba una afrenta tras otra cada vez que intenta situarse en un papel al que él mismo ha renunciado con su alocada política desde que llegó al poder.

Pero no es sólo que el presidente norteamericano haya prescindido de visitar España dada la escasa significación de su actual Gobierno, sino que, para que quede clara la importancia que Obama concede a un voluntarioso Zapatero empeñado en sacarse fotos a su lado, ni siquiera acudió a tiempo a los prolegómenos del Desayuno Nacional de Oración para charlar unos minutos con su invitado. “Bye”, es prácticamente la única palabra que Obama dedicó a Zapatero en su estancia en Washington, un bochorno institucional sin paliativos por más que las terminales socialistas y algunos medios de comunicación coincidan, con entusiasmo digno de mejor causa, en el éxito de la visita de Zapatero al Distrito de Columbia.

El papelón desempeñado por la mayoría de periodistas y medios que acudieron invitados (por Zapatero) al acto religioso presidido por Obama, es también digno de análisis por la sumisión mostrada al personaje tras su vuelta a España. Dejando aparte lo inoportuno de la cita bíblica seleccionada por los asesores de Zapatero –en una congregación de evangelistas lo correcto hubiera sido citar el Nuevo Testamento, en lugar del libro más reaccionario del Antiguo-, cabe destacar la extraordinaria hipocresía mostrada por el presidente español en su discurso, aspecto que ha pasado desapercibido en la mayoría de medios nacionales, groseramente obsequiosos a despecho de la realidad.

Su apelación encomiástica a la libertad y a los Estados Unidos como nación garante de su disfrute por todos los ciudadanos hubiera sido admisible si en España pudiera ejercerse esa misma libertad, aunque fuera en menor medida. Sin embargo, la política de José Luis Rodríguez Zapatero ha tenido como objetivo desde el principio socavar los reductos de libertad individual que aún quedaban en nuestro país tras medio siglo de franquismo y socialdemocracia rampante.

En la España gobernada por Zapatero hay regiones en que los padres no pueden educar a sus hijos en la lengua materna y en las que el uso de la lengua común de todos los españoles está proscrito. Hay niños que le escriben suplicándole que sus colegios les permitan examinarse en la lengua oficial sin castigarles con un suspenso inmerecido y ciudadanos que se ven obligados a requerir el amparo de los tribunales para rotular los negocios en la lengua propia, por cierto, la misma que utilizó Cervantes en el fragmento que nuestro desnortado presidente incluyó en su discurso. En la España de Zapatero, en fin, se niega el derecho a la vida de los más desamparados, con una legislación que permite acabar con seres humanos sin la menor traba jurídica dejando la decisión a criterio de menores de edad.

José Luis Rodríguez Zapatero ha hecho del sectarismo ideológico el eje fundamental de su política, tanto de puertas para adentro como en materia exterior. Eligió libremente dar rienda suelta a su radicalismo, propio de adolescentes atolondrados, y ahora le toca recoger los frutos de su labor, tan metódica como destructiva. Si en España hay todavía quién le aplaude por su osadía, fuera de nuestras fronteras ha quedado caracterizado como un político extremista del que no conviene fiarse ni frecuentar demasiado. El doble plantón de Obama no es por tanto una anécdota puntual, sino el fiel reflejo de la opinión que Zapatero despierta en los países que aún sienten cierto respeto por la libertad.


Libertad Digital - Editorial

España necesita un Gobierno

La imagen del Gobierno español esta última semana ha sido nefasta; sus decisiones, lamentables. No ha entendido nada. El problema se llama «riesgo España», pero matar a los mensajeros resulta inútil. En el exterior circula la sensación de que el nuestro es un país insolvente, y el Ejecutivo tiene buena culpa de ello. La imagen de desconcierto, improvisación, incapacidad política, cesiones sindicales —electoralismo, en resumen— es justo lo que los mercados necesitan para seguir desconfiando de España.

Los inversores internacionales han volcado su atención en los inmensos niveles de deuda pública acumulados como consecuencia de la estrategia fiscal de «barra libre» con que se respondió a la crisis financiera, y han concluido que algunos países, y singularmente España, tendrán serias dificultades para hacer frente a sus obligaciones si no cambian radicalmente sus políticas. La presión no va a ceder. Los mercados financieros actúan como una jauría de lobos y, a la más mínima señal de debilidad, se abalanzan sobre su presa. El Gobierno ha dado repetidas muestras de incapacidad: sabe lo que tiene que hacer e incluso lo pone por escrito, pero su presidente es un rehén ideológico y ha decidido inmolarse, y con él a todos los españoles, en el altar de los sindicatos. Por evitar una posible huelga general que sólo entenderían sus convocantes nos arriesga a todos a una crisis de la deuda, a la quiebra fiscal del Estado y a una larga recesión.

Tres son las líneas de acción urgentes que habría que acometer: resolver el problema financiero, hacer sostenibles las cuentas públicas y modificar el funcionamiento del mercado de trabajo. En las tres, el Ejecutivo ha presentado propuestas tan insuficientes que ha sido peor el remedio que la enfermedad, ya que ha evidenciado internacionalmente sus limitaciones. Por eso España sigue siendo comparada con Grecia. Recuperar el funcionamiento normal del sistema bancario español exige acabar con los problemas que afectan a su balance y reducir el exceso de capacidad instalada en la industria.

El Gobierno ha optado por una estrategia gradualista y políticamente correcta que mantiene la presencia dominante del sector público autonómico en las entidades financieras. Lo menos que se puede decir del FROB es que no ha funcionado, que no ha servido para provocar la reestructuración ordenada de las Cajas de Ahorros. Se ha acabado el tiempo del voluntarismo. El Banco de España ha de actuar con energía y sin dilación, utilizando los mecanismos disponibles de regulación, supervisión e intervención. Supondrá un coste fiscal, bien lo saben nuestros acreedores, y por eso nos exigen un recorte de gasto adicional.

El problema del déficit público es estructural. Surge de considerar ingresos ordinarios lo que no eran sino fruto extraordinario de la burbuja inmobiliaria, y de embarcarse en una política de más gasto público, como si la restricción presupuestaria no existiese para un Gobierno con voluntad social. Hoy tenemos un déficit público que se estabilizará en el entorno del 10 por ciento del PIB y una dinámica explosiva de la deuda, más aún si incluimos los gastos derivados del saneamiento financiero y del envejecimiento de la población. No es posible rebajarlo sin reducir el tamaño de las Administraciones públicas, sin abandonar la filosofía de derechos ilimitados y gratuitos. Sin reflexionar seriamente sobre mecanismos de copago en sanidad, educación y servicios sociales, y sin repensar la estructura de competencias y de toma de decisiones de gasto en el Estado de las Autonomías.

Nuestros acreedores saben que con cuatro millones y medio de parados el país no es viable a medio plazo. Por eso nos exigen una reforma del mercado de trabajo, ya que nuestro Gobierno parece complacido en limitarse a subsidiar parados indefinidamente. Lo aprobado el pasado viernes estaría bien hace seis años; hoy urge legislar para acabar con la dualidad del mercado de trabajo mediante un contrato único, reformar la negociación colectiva para incentivar los convenios de empresa y modificar el sistema de prestaciones por desempleo para que sirva de estímulo a la búsqueda de trabajo y desincentive el paro de largo plazo. Ello supone reconocer que el Estatuto del Trabajador de 1980 está obsoleto y hay que cambiarlo.

En definitiva, recuperar la confianza internacional va a requerir bastante más que una campaña de imagen. El Gobierno está perdiendo el partido fuera: basta ver los diferenciales de deuda y, en casa, la encuesta del CIS. Ha generado una emergencia económica y parece creer que puede responder con vagas declaraciones de intenciones y vacuas apelaciones al diálogo social. Es demasiado tarde. Hacen falta decisiones valientes, aunque puedan resultar impopulares. Es a este Ejecutivo a quien compete liderar el país, señalar la dirección adecuada y comprometer su menguado capital político. Si no se considera dispuesto, que asuma su incapacidad y actúe responsablemente, adelantando elecciones. España es una gran nación con un futuro esperanzador, pero si no se adoptan medidas urgentes, lo peor puede estar por venir.


ABC - Editorial

sábado, 6 de febrero de 2010

Rezar lo que sabe y donde no debe. Por Tomás Cuesta

Que Zapatero haya querido interpretar la Biblia como si fuera un manual de relaciones laborales es una grosería tragicómica y un ejercicio de ligereza irresponsable. Que haya tomado en vano el nombre de Cervantes para reivindicar el español allende el charco mientras fomenta la tiranía deslenguada en un lugar de Europa de cuyo nombre no quiere acordarse supone rizar el rizo del descaro. Que haya quien considere que se ha ganado a pulso figurar en el Éxodo como undécima plaga es una triste gracia y un chiste barato, pero tampoco merece más el personaje. A fin de cuentas, el desayuno de oración ha sido un tentempié irrisorio que ni nos sacará de pobres ni nos redimirá de la insignificancia. Lo que no tiene perdón de Dios -ni de los hombres, a nada que se sigan respetando- es que alguien se haga pasar por piadoso después de cometer un sacrilegio infame. O por civilizado, tras incurrir en la barbarie.

No parece probable que al señor presidente -pese a los arrebatos quijotescos que sufre de cuando en cuando- le ocurra igual que al desventurado hidalgo «que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y el mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio». De lo cual se deduce que, aunque no sea muy leído, Rodríguez Zapatero, «ora et labora», tampoco es un orate: no hay mal que por bien no venga. Queda, pues, excusado de zambullirse en L_vy-Strauss, o en cualquier antropólogo que le quede cerca, a fin de averiguar por qué al irse a Washington y desertar de las exequias del último caído en la no-guerra ha puesto a la virtud a barato y la moral en almoneda. Una comunidad que deshonra a los muertos está herida de muerte, se agosta en la tisis ética. ¿Acaso la soldada ensucia y el jornal ennoblece? ¿Acaso le amedrenta el pacifismo que reina en los cementerios?

Metidos a alternar la sopa boba con la sopa de letras, la receta de Homero es inefable, es olímpica, es... ¡Homérica, en efecto! «¡Congratulations, Chapatero!» La cosa va de que Odiseo y sus compinches consiguen escapar de las garras de Circe (una bruja perversa que seducía a los incautos y luego los transformaba en cerdos. Tal cual Fidel Castro, que diría Cabrera) abandonando los despojos del desdichado Elpénor que tornará, en espíritu, a reclamar lo que le adeudan: «Sé que, partiendo de acá, la morada de Hades, fondearás tu nave en la isla de Eea. Yo te ruego, ¡oh rey!, que al llegar me recuerdes. No partas sin llorar mi cadáver, no ofendas a los dioses con la impiedad de los que no recuerdan. Quema mi cuerpo junto a las armas que me pertenecieron y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar de modo que la memoria de este hombre se perpetúe en los venideros. Hazlo así y clava en el túmulo aquel remo que pulieron los años y el esfuerzo».

Zapatero, por contra, ni siente, ni padece. Encarna el arquetipo cínico que Oscar Wilde acuñó en una paradoja espléndida: «Conocer el precio de todo y el valor de nada», ésa es la ecuación de la miseria. Rezar lo que no se sabe allí dónde no se debe, formulado en cristiano adusto y evangélico.


ABC - Opinión

El Gobierno vuelve a eludir sus responsabilidades

La reunión entre Zapatero y los agentes sociales no sirvió para discutir ningún plan de reforma concreto, como se esperaba.

EL GOBIERNO había creado la expectativa a lo largo de las últimas semanas de que ayer iba a presentar una serie de medidas concretas para reformar el mercado laboral. Al término del Consejo de Ministros, la propia vicepresidenta De la Vega afirmó que el Ejecutivo «tiene un plan» y que el presidente explicaría por la tarde su contenido tras informar a la patronal y a los sindicatos.

Pero la montaña parió un ratón. No hubo tales medidas, ni siquiera propuestas dignas de tal nombre, porque el Gobierno se limitó a presentar a los agentes sociales un documento genérico e inconcreto, cuyo título ya lo dice todo: «Líneas de actuación en el mercado de trabajo para su discusión con los interlocutores sociales en el marco del diálogo social».


En realidad, lo que el Gobierno hizo ayer es plantear una especie de guión para la discusión entre la patronal y los sindicatos, que coincidieron en valorarlo como una buena base de partida para negociar.

En el documento, lo más concreto que propone el Gobierno es «examinar la posibilidad de ampliar la utilización del contrato de fomento de la contratación indefinida», algo abierto al debate como el propio Zapatero reconoció expresamente. O sea que ni siquiera está claro que se vaya a ampliar a los jóvenes algo tan tímido como el contrato con 33 días de despido por año.

Esta ambigüedad del texto es lo que permitió a los líderes de UGT y CCOO subrayar que en el citado documento «no hay referencia a nuevas modalidades de contratación ni abaratamiento del coste del despido», mientras que el presidente de CEOE afirmaba que «va en la buena dirección». Sorprende la complacencia de Gerardo Díaz Ferrán ante un simple borrador que no contempla ninguna de las medidas que ha venido proponiendo la patronal si bien tampoco las descarta. ¿Habría reaccionado de la misma forma si sus circunstancias personales fueran distintas?

El hecho es que el Gobierno no sólo no se ha atrevido a tomar medidas concretas, como era su obligación, sino que vuelve a situarse como una especie de intermediario entre los agentes sociales, a los que ayer el presidente pidió un rápido acuerdo. Una cosa es que se intente gobernar con consenso y otra que se supedite al consenso el ejercicio de la responsabilidad.

Dadas las profundas diferencias de partida, mucho nos tememos que no va a haber ningún pacto, como ya sucedió este verano. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Lo único distinto es que la situación se ha deteriorado mucho más y que el número de parados supera ya los cuatro millones. Pero ni la CEOE ni los sindicatos han flexibilizado sus posiciones.

A Zapatero se le escapó ayer algo muy significativo: que no gobierna «para los mercados», como si éstos fueran un poder fáctico que intenta doblegar al Ejecutivo. No, los mercados no son un monstruo malvado sino que reaccionan en función de los datos objetivos que reciben. Y esos datos de la economía española son desastrosos. Según el Banco de España, nuestra economía cerró el año pasado con un crecimiento negativo del 3,6%. Son ya siete trimestres consecutivos de descensos de la riqueza nacional. Ningún país de la zona euro tiene un récord tan dañino.

Sigue dando la impresión de que Zapatero no es consciente de la magnitud de la crisis. Los ciudadanos esperaban de él ayer una serie de decisiones concretas y efectivas para flexibilizar el mercado de trabajo y lo que hizo fue arrojar la pelota al tejado del diálogo social.

No son los sindicatos ni la CEOE quienes tienen que sacar a España de esta crisis. Quien tiene que tomar medidas y asumir responsabilidades es el Gobierno, cuyo comportamiento sigue siendo muy decepcionante en una situación que requiere una determinación que no se vislumbra.


El Mundo - Editorial

Sinceridad rural. Por Maite Nolla

El presidente de la diputación de Lérida, de ERC, han descubierto que las provincias son un elemento español, pero que el sueldo de presidente no está nada mal. Y, claro, de suprimir la diputación, nada de nada.

No es cierto que las veguerías sean un capricho. Las veguerías son un símbolo nacionalista que pretende hacer desaparecer a las provincias porque son un elemento extraño a Cataluña. Así se decía, más o menos, en una ley que aprobó Pujol en los años ochenta. Y tampoco tengo muy claro que sean una forma de resucitar a la conurbación de Barcelona. En realidad, creo que más bien lo que pretenden es castigar el voto urbano. Las veguerías, entre otras cosas, se crean con una finalidad electoral que es servir de circunscripción. En la medida en que la ley obliga a asignar un mínimo a cada circunscripción, un diputado por la veguería del Alto Pirineo será mucho más barato que un diputado por Barcelona. Y eso favorece a CiU y a ERC y perjudica a los demás.


Les pido disculpas por la pesadez, pero que se haya presentado un proyecto de ley relativo a las veguerías es culpa del Tribunal Constitucional que lleva casi cuatro años tocando el violón. Efectivamente, el Estatuto de Cataluña regula las veguerías y prevé que éstas sustituyan a las provincias y, por ende, a las diputaciones, cosa que hoy en día sólo se puede hacer por ley del Congreso. Además, sabemos que el Ministerio de Justicia ha elaborado un informe que dice que las veguerías son poco menos que inconstitucionales y, como mínimo, inviables. Mientras el Estado utilice la provincia como referente para organizar juzgados, audiencias, la Agencia Tributaria o la Seguridad Social, las dichosas veguerías no tienen más sentido que el que les anunciaba unas letras más arriba. Sí, sí, yo también me pregunto por qué si el Gobierno tiene este informe el estatuto se aprobó con las veguerías en su seno.

El caso es que el proyecto de las veguerías ha desatado las disidencias como en La Vida de Brian o en Asterix y los Godos. En el PSC, algunos alcaldes, como el de Lérida, consideran esto una inutilidad si no va acompañada de la supresión de otros entes y la disminución de funcionarios y de cargos. Lo cual está muy bien y es muy sensato, si no fuera porque estaban más que avisados de su inviabilidad y porque, como parte de la comedia del editorial conjunto, firmaron un manifiesto de alcaldes a favor del estatuto en fechas recientes.

Otros, como el presidente de la diputación de Lérida, de ERC, han descubierto que las provincias son un elemento español, pero que el sueldo de presidente no está nada mal, sobre todo si tenemos en cuenta que gobierna porque los socialistas, que son mayoría, le han entregado el poder. Y, claro, de suprimir la diputación, nada de nada.

Otros han abierto interesantes debates de alto nivel político: ¿la veguería de Tarragona debe llamarse "Tarragona" o "Camp de Tarragona"? O, ¿dónde está la veguería del Penedés?
Pero a mí el que más ternura me despierta es el alcalde del bonito pueblo de Sort, famoso por la lotería y porque mi marido es natural de allí, por más que diga que es de Valladolid. Pese a ser nacionalista, el alcalde se ha caído del caballo y ha dicho que lo que necesita el Pirineo no es una veguería sino una carretera. Sinceridad rural.


Libertad Digital - Opinión

Heroísmo político. Por M. Martín Ferrand

Sospecho que, llegado el momento de las grandes decisiones, una gran duda debe asaltar la conciencia de un líder político solvente y responsable: actuar según los intereses prioritarios de la Nación, obrar conforme a los supuestos del partido a que pertenece, considerar sus propios intereses personales y de perpetuación en el cargo o, como nos demuestra la experiencia del aquí y el ahora, pastelear entre las diversas opciones para, independientemente de los objetivos que se pretenden, disgustar al menor número posible de personas y tratar de contentarnos a todos. José Luis Rodríguez Zapatero es un maestro del género. Se resiste a ser antipático y ello le descalifica como líder para un momento de gran tribulación. Sabe Zapatero, y no lo ignoran ni sus ministros -incluido el de Trabajo-, que el momento exige una drástica reforma laboral que corte privilegios absurdos e, incluso, que atente contra legítimos derechos adquiridos; pero eso cuesta votos e irrita a los «agentes sociales» con poderes desproporcionados a su realidad representativa.

Cabe entender también que la tribulación decisoria alcanza a los líderes de la oposición. ¿Qué hacer desde la responsabilidad sin agrandar el tamaño y gravedad de los problemas que nos afligen? En lo que afecta a Mariano Rajoy, si no incurrimos en el pecado de la política utilitaria y carente de intención moral y didáctica, entiendo que cabría exigirle la presentación de una moción de censura que traslade al Parlamento, tan vacío de presencias como de funciones, el debate descarnado que exigen las circunstancias. Del mismo modo que Zapatero no acometerá los recortes presupuestarios y las reformas laborales que España precisa, pero que podrían costarle la reelección, Rajoy no presentará -salvo que fuese con la difícil garantía de su prosperidad- una moción de censura. Ninguno de los dos está por el heroísmo, una virtud que alumbra la grandeza de los líderes capaces de trascender la anécdota de su momento, y que no necesita espada ni pistola. El heroísmo político consiste en hacer lo que se debe, lo que conviene a la Nación y pueda fortalecer al Estado, al margen de banderías partidistas e intereses personales y electoreras. El sacrificio que requiere la ya desesperada situación presente, y nos afecta a todos, ha de comenzar por quienes resumen en sus nombres -¡todavía!- más del ochenta por ciento de los votos ciudadanos.

ABC - Opinión

La Nueva Era Progresista. Por José María Marco

Hace dos años reventó una burbuja especulativa instigada por el laxo comportamiento de los gobiernos. Ahora está quebrando el neokeynesianismo salvaje de los aprendices de brujo progresistas.

Al final, el encuentro planetario de los dos liderazgos progresistas trasatlánticos ha acabado en un acto –repugnante– de oficiosidades y adulaciones de Rodríguez Zapatero a Obama, con el Antiguo Testamento y una secta evangélica de por medio. Aun así, la vileza de la estampa permite comprobar en qué ha parado las relaciones políticas entre Estados Unidos y España y tomarle la temperatura a la nueva era progresista que adelantaron los socialistas en España y culminaría Obama en Norteamérica.


Ninguna de las dos cosas sale, por ahora, bien parada. La Nueva Era Progresista anda quebrada en España y camino de estarlo en Estados Unidos. Los socialistas de Rodríguez Zapatero habían puesto grandes ilusiones en el nuevo presidente norteamericano. Obama, en buena parte, no les ha defraudado: el aumento del gasto y del intervencionismo son en Estados Unidos tan espectaculares como aquí, ha cambiado la estrategia en la lucha contra el terrorismo y Obama, con todo su angelismo, sigue practicando el zarandeo anti Bush como aquí los socialistas siguen haciendo oposición al PP y a Aznar. El repunte conservador y la estampida de los electores independientes en las últimas elecciones parciales confieren a Obama un especial significado, como si de pronto fuera más frágil de lo que parecía. Razón de más para que los socialistas españoles le demuestren su afecto y su comprensión...

Y sin embargo, el plan no está saliendo como estaba previsto. Ni en Estados Unidos ni en España se está solucionando la crisis con el gasto del Gobierno. En su momento hubo dinero para contener la ruina del sistema financiero. No lo hay para instaurar un nuevo sistema económico, ni, en realidad, hay ningún nuevo sistema económico que valga. Hace dos años reventó una burbuja especulativa instigada por el laxo comportamiento de los gobiernos. Ahora está quebrando el neokeynesianismo salvaje de los aprendices de brujo progresistas.

No lo reconocerán... hasta que no tengan más remedio que hacerlo. Por fortuna, ya no estamos en los años treinta del siglo pasado, cuando se podían tomar medidas proteccionistas y la economía mundial estaba prácticamente reducida a unos cuantos países occidentales. De hecho, una de las enseñanzas más importantes de la crisis es la capacidad de recuperación de las economías emergentes frente a la de los países desarrollados, con economías insostenibles por exceso de gasto, de deuda, de parasitismo. (Y queda por ver hasta qué punto los despilfarradores sistemas democráticos al uso –la Unión Europea tiene ahora mismo ¡tres presidentes!– no van a quedar inutilizados y desprestigiados por la crisis).

De Davos ha salido una foto interesante: los representantes de los países ricos hablaron de rectificación y doma del capitalismo, mientras que los países emergentes mostraban su voluntad, e incluso su impaciencia, por seguir practicando el capitalismo liberal, con unas mínimas concesiones retóricas. En resumen: la Nueva Era Progresista, iniciada en España hace Seis Años, se ha abierto en Estados Unidos con la llegada al primer plano político y económico de países y nuevas potencias que no están dispuestos a seguir los modelos occidentales, ni a acatar su liderazgo: ni siquiera el de Obama, y mucho menos, claro está, el de Rodríguez Zapatero.
Se entiende que Obama no haya querido venir a Europa, que en vista de la situación ha dejado de interesar a Estados Unidos, y que llegara tarde a saludar a Rodríguez Zapatero y a su séquito. Eso sí, aceptó los halagos con complacencia.


Libertad Digital - Opinión

Crisis de coherencia. Por Ignacio Camacho

Que nadie se extrañe si acabamos viendo a Zapatero defender el despido libre y a Rajoy protestando por ello detrás de una pancarta. La política española se ha desquiciado y anda dando tumbos por un despeñadero de incoherencias. La economía, que tiene fama de imprevisible y siempre deja en mal lugar a los profetas aunque se disfracen de expertos, se está comportando de una manera mucho más lógica: el empleo se derrumba por falta de productividad y el déficit se dispara por exceso de cobertura social. La Bolsa cae víctima de la desconfianza general y el dinero huye del sistema porque sus dueños no encuentran garantías de conservarlo. Nadie puede decir que el estemos ante un rumbo económico sorpresivo, aunque sí dramático, pero el derrotero político se ha vuelto definitivamente majareta. Después de ver a Zapatero rezar una plegaria laica con los integristas yanquis, aquí puede pasar ya cualquier cosa.

Si quedase un ápice de coherencia, los dos grandes partidos afrontarían la crisis nacional con un pacto de Estado obedeciendo el clamor que brotaría de la opinión pública. Pero es que falla incluso la segunda premisa: el electorado ni siquiera reclama un acuerdo de mayorías porque está profundamente dividido en dos bloques de un sectarismo inamovible, a los que hay que añadir la impermeable cerrazón nacionalista. Lo único que se mueve en las encuestas en el desencanto de un millón largo de votantes socialistas que han perdido el empleo o temen por él y se entregan a un pesimismo abandonista y melancólico. El resto lo que quiere es que se hunda el adversario y pasarle por encima aunque sea sobre los escombros de un país en quiebra. Nos podemos quejar de la mediocridad de los políticos, de su falta de empuje y de su incompetencia para salir del atolladero; sin embargo esta dirigencia sin generosidad ni coraje no es más que el reflejo de una sociedad sin pulso ni ambiciones. Los sondeos retratan a un pueblo que descree de sus líderes y los juzga con un despectivo suspenso, pero se muestra dispuesto a votarlos por un enconado ardor faccioso.

El Gobierno está catatónico y la oposición pretende rematarlo con la puntilla de su propia inepcia. La única lógica que articula la política es la batalla por el poder, y en el fragor de ese combate descarnado podemos asistir a contradicciones extravagantes que ojalá no se tornen dramáticas. Consumado el fracaso del populismo subsidial de Zapatero, la izquierda afronta un ajuste forzoso en el que va a tener que enfrentarse a sus peores demonios, mientras la derecha se perfila como displicente espectadora de un naufragio. Lo triste es que en esta dialéctica de contrarios nadie se ha preocupado de hacer pedagogía y los ciudadanos aún no entienden hasta qué punto son necesarios los sacrificios. Acostumbrados a políticas indoloras se van a rebrincar cuando vean venir a los cirujanos.


ABC - Opinión

Zapatero pone a la Biblia por testigo de sus ideas. Por Antonio Casado

Figura en la declaración de principios de los organizadores. Todas las formas de creer en Dios quedan igualmente arropadas por los mantenedores de la cumbre creacionista de ayer en Washington. Los anfitriones habrán detectado en el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, una de esas modalidades de fe. Sobre todo después de verle poner a la Biblia por testigo de sus convicciones. Declamó por enésima vez aquello de la explotación del hombre por el hombre. Pero sin remitirnos al Manifiesto Comunista, hasta ahí podíamos llegar, sino al Deuteronomio. Tal cual: No explotarás al jornalero pobre y necesitado. Amén.

Tampoco le importaría a Dios, ni a quienes creen en El de muchos modos diferentes, decir amén a esa concepción de los hombres como “seres vulnerables y fraternos” expuesta ayer por Rodríguez Zapatero en el Desayuno de la Oración. Vulnerables y fraternos como los inmigrantes, los homosexuales, los parados, los que tienden a quedarse en la cuneta. Ama al prójimo como a ti mismo. Se lo enseñaron en la escuela y luego aprendió a decirlo de otro modo. Y aún formulado de modo diferente también reclama el amén de la parroquia civil y religiosa.

El amén y los aplausos se oyeron entre los asistentes al acto presidido por Obama, que siguieron con atención y respeto la cuidada intervención de Rodríguez Zapatero. Nadie apeló a la necesaria profesión de un credo religioso para ser estrella invitada sin desentonar. No son tan aldeanos. Además, no es garantía de nada ser creyente. En nombre de Dios también se cometen muchas barbaridades. Osaba Bin Laden es un creyente que reventó las Torres Gemelas en nombre de Dios ¿Le concede eso más títulos de acceso al Desayuno de la Oración que un agnóstico peleado con los obispos españoles?

Aún así, tengo entendido que los del Fellowship Foundation han declarado en diversas ocasiones que les gustaría invitar a Ben Laden si se pudiera. Quiero pensar que con la benemérita esperanza de reencontrarse en el Dios único, el de los judeo-cristianos o el del Islam. El mismo al fin y al cabo. Sin embargo, apuesto a que las 3000 personas que ayer rezaron junto a Zapatero –por la solidaridad, la fraternidad, la tolerancia, la libertad y el diálogo entre civilizaciones-, no se hubieran sentido tan cómodas con un siervo de Dios que hace cosas del demonio, como se sintieron con un agnóstico amante de la paz.

Lo cual viene a cuento de las inequívocas alusiones de Zapatero al fundamentalismo religioso, en las muy distintas formas de practicarlo. Tantas como las muy distintas formas de creer en Dios que en el mundo son y han sido. Por suerte, Zapatero no entró en detalles. Mejor para todos. Se limitó a condenar “la utilización espúrea de la fe religiosa para justificar la violencia” que, sin ir más lejos, asestó en el corazón del pueblo americano la dolorosa puñalada del 11 de septiembre de 2001. Ningún lugar tan apropiado para denunciar el fanatismo religioso como un club de hombres influyentes y adeptos de la voluntad divina. También en eso estuvo acertado ayer el presidente del Gobierno.


El confidencial - Opinión

El problema es Zapatero. Por Cayetano González

No estoy muy seguro que nuestro presidente del Gobierno, entre oración y oración junto a Obama, haya tenido un minuto para reflexionar sobre el ciclón que se ha desatado en España en torno a lo que tiene que hacer para salir de la grave crisis política y económica en la que estamos. Los hechos son los siguientes: algún barón socialista, como el presidente de Castilla-La Mancha, ha pedido públicamente a Zapatero que proceda cuanto antes a un cambio profundo de su Gobierno. Esperanza Aguirre solicita elecciones anticipadas; los "guerristas" -que nadie sabe muy bien ni quiénes ni cuántos son- creen que ha llegado el momento de hacer un Gobierno de concentración nacional con el PP. Y los populares no descartan una moción de censura, que necesitaría el apoyo de los nacionalistas vascos y catalanes para salir adelante. El panorama para el presidente es, pues, como para que tome la decisión de quedarse en Washington unos días y seguir rezando para que escampe pronto.

¿Realmente un cambio de gobierno arreglaría algo las cosas? Sinceramente creo que no, porque el problema no es la incapacidad manifiesta de algunos ministros/as, sino la del capitán de la nave. En cuanto al gobierno de concentración nacional propuesto por los "guerristas", en teoría no es una mala idea, pero no sé porque me da que no veo a Zapatero aceptando la idea de que tiene que pedirle ayuda a Mariano Rajoy. La moción de censura del PP es algo que está previsto en la Constitución y que tiene una doble virtualidad: en caso de salir adelante, el presidente no tendría otro remedio que dimitir y convocar elecciones, y en el supuesto contrario, al menos serviría para que los populares y mas específicamente Rajoy pudieran presentar en sociedad su alternativa de gobierno, que en algunos extremos todavía permanece difusa.

Por lo tanto, parece evidente que la solución mas aconsejable desde el punto de vista democrático sería la de las elecciones anticipadas. Es decir, ante la situación de grave deterioro económico e institucional que sufre España, dar la palabra a los ciudadanos para que estos pudieran decidir si quieren que la nave del Gobierno la siga pilotando el actual presidente o, si por el contrario, consideran que ha llegado el momento del cambio. Esta solución sólo tiene un problema y es que la potestad de adelantar o no unas elecciones corresponde, según la Constitución, al propio presidente y no parece que Zapatero esté por la labor.

Ningún presidente del Gobierno suele suicidarse, políticamente hablando. Zapatero sabe de sobra, y así lo corroboran todas las encuestas, que si ahora convocara elecciones el PP las ganaría por un margen de entre tres y seis puntos. El presidente querrá fiar su suerte a que en estos dos años que quedan hasta las elecciones generales del 2012 la recuperación económica sea una realidad o a que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña no le deje con las "vergüenzas" al aire, o vaya usted a saber en qué confía el presidente. Pero lo que está ya meridianamente claro es que Zapatero ya no forma parte de la solución del problema. El es, en carne mortal, el auténtico problema.


Periodista Digital - Opinión

No puedo, Ramón. Por Alfonso Ussía

A Zapatero le sucede con Obama lo que a mí con un viejo amor imposible de mi juventud donostiarra. Que Obama no le hace caso. Lo despachó del Desayuno de Oración sin entrevista particular. Le dijo que llegaría a las siete para hablar con él y lo hizo a las ocho, ya con el acto comenzado. Terminado el acontecimiento orante, Obama abandonó junto a Michelle el lugar a toda pastilla. Y mientras Zapatero hablaba, Obama meditaba. Ojos cerrados, más proclives al sueño que a la concentración devota.

Aquella mujer me hizo mucho daño. Los lectores que me han seguido durante los últimos lustros saben de mi traje de baño color mandarina. Una obra de arte. Se ajustaba perfectamente a mi cuerpo y me regalaba un paquete de gran envergadura. Modelo «Bermudas». La palanca, el trampolín fijo de la piscina del Real Club de Tenis de San Sebastián, sito en la falda del Monte Igueldo, era una palanca casi olímpica. Quince metros de altura, por lo menos. Ella se encontraba tomando el sol en las cercanías de la palanca, y yo hice por llamar su atención. Mi traje de baño no admitía la indiferencia por su vivo color. En lo alto del artilugio, procedí a ejecutar una breve tabla gimnástica. Creo que ella me observó un poco. Finalmente, para ablandar su corazón pétreo, salté con impulso muelle, dibujé haciendo el ángel una bella parábola en pos del agua, y entré en el líquido elemento como un clavo. Bajo el agua, elegí para emerger la zona donde ella se hallaba, y cual no sería mi sorpresa, cuando al hacerlo, ella había abandonado su sitio y se encontraba con un maromo en el bar tomando una cerveza y un pincho de tortilla. Alma quebrada, futuro negro, lágrimas a punto de cauce. Lo mismo que Zapatero con Obama. Pero algo hay que nos reúne anímicamente a Zapatero y a mí. La empecinada insistencia. Haciendo de tripas corazón, me presenté en el bar.


Igual que Zapatero en Washington. Escaso rendimiento para tan alto esfuerzo. Ella, como Obama a Zapatero, me dedicó una sonrisa. Pero no tenía nada que ver la sonrisa que me dedicó comparada con las que acompañaban a sus miradas al maromo. –¿Vienes por fin a España a la cumbre europea?–, le preguntó Zapatero a Obama aprovechando que entreabría los ojos. –No puedo, José María–, le respondió Obama confundiendo su nombre. Cuando se confunde un nombre hay que hacerlo con mejor intención. Si Obama le llama a Zapatero Pedro Ernesto, se trata de una equivocación, y basta. Pero decirle «José María» es propio de mala persona. Así que ella tomaba su pincho de tortilla con el maromo, y yo, que me había lanzado a los aires con vocación de inmersión limpia con un traje de baño color mandarina, decidí no darme por vencido. Tampoco Helena de Troya se convenció en un momento, y después la que armó. Me pudo el empecinamiento. –¿Quieres cenar conmigo esta noche?–. La pregunta no admitía dudas. La respuesta, por desgracia, tampoco. –No puedo Ramón. Otro día–.

Comprendo a Zapatero completamente. Y sufro con su padecimiento. El tiempo cura las heridas, José Luis.


La Razón - Opinión

No más retrasos

La reforma laboral debe negociarse y aplicarse con rapidez para crecer de nuevo con empleo.

La reforma del mercado de trabajo es la condición necesaria y urgente para frenar la destrucción de empleo y el crecimiento del paro. Por una razón muy sencilla: la crisis del mercado laboral eleva el coste de la protección a los desempleados hasta niveles insostenibles para las finanzas públicas a medio plazo; a la vez, reduce los ingresos por cotizaciones sociales y genera dificultades financieras en el sistema de pensiones. Así pues, el Gobierno obra cuerdamente al proponer un esbozo de reforma laboral, cuyos criterios genéricos son poco discutibles. En ese marco abierto de debate que ayer anunció el presidente del Gobierno -en el que falta sin duda concreción-, valen todas las propuestas en esta línea, desde combatir la temporalidad o cambiar el contrato a tiempo parcial para explotar la veta de empleo en ese mercado hasta crear un programa específico que favorezca el empleo juvenil o debatir el modelo alemán de reducción de jornada.


La urgencia de la reforma proviene no sólo de la necesidad perentoria de generar empleo, sino también de la no menos acuciante de transmitir a la sociedad (y a los mercados tras el castigo sufrido el jueves en la Bolsa) la idea de que la recuperación será más consistente y creará más puestos de trabajo gracias a una flexibilización bien meditada de las normas laborales. La misma argumentación cabe aplicar a la reforma de las pensiones, rechazada con virulencia por los sindicatos. En contra de lo que piensan UGT y CC OO, un debate sobre la edad de jubilación o el periodo de cómputo de cada pensión en nada deteriora la solvencia financiera del sistema; al contrario, es obligado para garantizarla; y es justo ahora cuando hay que suscitarlo.

Por todo ello, no es sensato seguir retrasando la aplicación de cambios legales en el mercado de trabajo. Sindicatos y empresarios son conscientes de que deben trabajar con rapidez. El marco está fijado y no ha lugar a más excusas: la negociación sectorial de convenios tiene que dejar paso a la negociación en las empresas y las prioridades deben centrarse en aumentar la contratación fija y a los más jóvenes. Ayer, los sindicatos avanzaron un acuerdo rápido sobre la negociación colectiva; sería deseable que esas expectativas se cumplieran.

No es un secreto que el mayor esfuerzo para comprender el cambio han de hacerlo los sindicatos. Tienen que decidir entre mantener la defensa a ultranza de sus afiliados con contratos fijos y resistirse a cualquier cambio en el modelo de negociación o bien aceptar y facilitar unas relaciones laborales más flexibles. Para el Gobierno, es la hora política crucial. Si de verdad "tiene el timón" político controlado, como dijo ayer la vicepresidenta De la Vega, hará valer sus condiciones de reforma laboral, urgirá el prometido acuerdo rápido entre los agentes sociales y mantendrá la exigencia de debatir la reforma de las pensiones. Deberá procurar, sobre todo, que sus propuestas se concreten en medidas eficaces y evaluables. Incluso a riesgo de perder el apoyo de UGT y la complacencia de Comisiones. No hay que olvidar que el descrédito del Gobierno y la debilidad que transmiten los activos de la marca España proceden de la frecuencia con que los hechos frustran los tibios mensajes de optimismo del Gobierno y ridiculizan la resistencia oficial a racionalizar las finanzas públicas.

El tiempo apremia y no hay excusa para más dilaciones. La economía española sigue en recesión (0,1% de contracción del PIB en el último trimestre de 2009), lo estará técnicamente al menos hasta el tercer trimestre de 2010 y, en la consideración de los inversores, está cayendo en la imagen de economía más deteriorada de Europa después de Grecia. El paro registrado afecta a 4.048.000 personas y seguirá aumentando durante los próximos meses. Está justificada la reflexión, pero no caben ya más demoras, errores ni ambigüedades.


El País - Editorial

Zapatero miente incluso cuando acierta.

Todavía está por ver si el ambiguo párrafo se traduce es preceptos legales que favorezcan la recuperación económica y del empleo, pero desde luego no cabe ninguna duda de que no contemplaremos a Zapatero diciendo la verdad sobre los mismos.

Durante la última semana la economía española ha estado sometida a todo tipo de críticas por parte de los más variados economistas nacionales e internacionales. España se está convirtiendo en una rémora para la estabilidad y la recuperación de la zona del euro, para muchos potencialmente más seria que la que supone Grecia.


El estancamiento y la falta de ajustes de nuestra estructura productiva tras el estallido de la burbuja inmobiliaria se debe esencialmente al brutal incremento del gasto público que ha implementado el Gobierno de Zapatero y a la excesiva rigidez de nuestros mercados de factores productivos, incluyendo el laboral. Además, sobre nuestra economía ha pesado históricamente la carga de una demografía cada vez más envejecida que amenazaba con acabar con el sistema de pensiones públicas.

Zapatero, escudado tras la típica retórica populista que rehuye la realidad, se había negado durante años a acometer cualquiera de estas tres imprescindibles reformas para nuestra economía. Pero al parecer, la presión de los mercados financieros y probablemente de las autoridades monetarias le hicieron rectificar durante los últimos días en algunos de estos puntos. Así, el viernes pasado se anunció tras el Consejo de Ministros una reducción del gasto público cifrada en 50.000 millones y una reforma del sistema de pensiones conducente a rebajar el gasto futuro.

Quedaba por ver si la reforma laboral que el Ejecutivo prometió presentar ayer iba a quedarse en un simple apaño cosmético o si, por el contrario, atacaría alguno de los puntos básicos de nuestra rígida regulación laboral. En apariencia, al finalizar la reunión con los sindicatos y la patronal, todo apuntaba a que nos encontrábamos ante el enésimo apaño entre Gobierno y agentes sociales para evitar cualquier reforma y que todo siguieran tan mal como estaba. En las respectivas ruedas de prensa, todos aparentaron que no se había adoptado ningún acuerdo en firme y que cualquier cosa podía ser acordada a lo largo de los próximos días dentro de las muy vagas directrices generales aprobadas por el Ejecutivo.

Sin embargo, leyendo la letra pequeña de la propuesta del Gobierno, puede encontrarse un párrafo bastante confuso en el que se sugiere incrementar el número tasado de causas por las que puede despedirse de manera procedente a un trabajador e incluir algunas de razón económica. En la actualidad, el despido procedente por causas económicas sólo puede tener un carácter colectivo –esto es, un ERE– o, si es individual, ir ligado a la amortización del puesto de trabajo (esto es, a la suspensión del puesto que ocupaba el trabajador despedido). En otro caso –despidos individuales sin amortización del puesto de trabajo– el despido será considerado improcedente y llevará aparejada una indemnización de 45 días de salario por año trabajado.

Zapatero, por tanto, podría haber encontrado una fórmula para abaratar en la práctica el despido, no reduciendo la indemnización del improcedente, sino incrementando el número de causas que lo hacen procedente. Tal treta avalaría la hipótesis de que las presiones de Bruselas tienen mucho que ver con un cada vez más evidente cambio de actitud del Ejecutivo que, no obstante, él se niega a reconocer. Así por ejemplo, Zapatero ha declarado rotundamente durante la rueda de prensa que no piensa rebajar el coste del despido ni recortar los derechos de los trabajadores. Pero obviamente, si extiende las causas de despido procedente estará logrando efectos muy parecidos.

La medida en sí misma no es criticable y de hecho podría proporcionar parte de la flexibilidad que precisa nuestra maltrecha economía. Es necesario reajustar empleos y salarios y cualquier válvula de escape que no nos encorsete en la catástrofe debe ser bien recibida. Cuestión distinta es la presentación (o mejor dicho, la no presentación) de tal medida, con la clara voluntad de ocultar a la ciudadanía lo que realmente se está tramando por las altas instancias.

Si Zapatero cree que la medida es beneficiosa para los trabajadores, por mucho que desmienta toda su retórica anterior, debería ser capaz de defenderla con valentía sin demasiadas dificultades, pues existe un consenso general en que ésta es la dirección que debe emprender nuestra economía. Pero si, en cambio, Zapatero sólo está aprobando esta reforma porque le ha venido impuesta desde Bruselas y cree que va a empeorar el futuro de los españoles, tendría que negarse a aplicarla o dimitir de manera inmediata. Lo que no es de recibo es que engañe masivamente a los españoles prometiendo una cosa y haciendo la contraria o que imponga regulaciones que considera nocivas.

Es más, la recuperación de la confianza de los mercados financieros no nacerá de comportamientos tan demagogos como éste cómo, pues la impresión que se ofrece es que ni el Gobierno, ni los sindicatos ni la sociedad van a ser capaces de digerir una reforma laboral tan ocultada como necesaria y que, por tanto, su viabilidad pende de un hilo. No sólo es imprescindible adoptar las medidas correctas, sino hacerlo con convicción; algo de lo que Zapatero, enquistado en su dogma socialista, carece. Todavía está por ver si el ambiguo párrafo se traduce es preceptos legales que favorezcan la recuperación económica y del empleo, pero desde luego no cabe ninguna duda de que no contemplaremos a Zapatero diciendo la verdad sobre los mismos.


Libertad Digital - Editorial

El parto de los montes

DE nuevo el Gobierno ha jugado con las apariencias e ignorado la gravedad de la situación al dejar pasar una oportunidad para tomar una de las iniciativas, la reforma del mercado de trabajo, que se le vienen reclamando insistentemente por organismos internacionales y organizaciones empresariales. Ayer, el Consejo de Ministros no aprobó reforma laboral alguna, sino una serie de líneas generales -mejor cabría decir «genéricas»- que fueron la excusa para que Rodríguez Zapatero organizara un acto de presentación con empresarios y sindicatos. Mucha propuesta, pero pocas medidas concretas, quizá porque la necesidad apremiante de dar confianza a los mercados cedió el paso a la necesidad apremiante de combatir las encuestas con apariencia de movimiento sin compromiso. Habría bastado para cambiar la percepción de confusión que ahora transmite que el Gobierno hubiera aplicado a la reforma laboral el mismo empeño y diligencia que demostró ayer con los controladores aéreos, zanjando sus protestas por Real Decreto-Ley, que es un mecanismo de legislación excepcional y urgente. Parece, sin embargo, que el problema que plantean unas docenas de controladores -siendo grave y costoso como es- resulta de mayor entidad que el que tienen millones de trabajadores y parados. El rescate bancario y el plan de obras locales también merecieron un Real Decreto-Ley.

Más de cuatro millones de parados y una tasa de desempleo de 18,8 por ciento son razones suficientes para no esperar más a que sindicatos y empresarios se pongan de acuerdo. Si con dos años de recesión -ayer se confirmó que el PIB del último trimestre de 2009 también fue negativo- el diálogo social no ha dado frutos, la responsabilidad de no introducir reformas en el sistema laboral es del Gobierno. Con el gesto de ayer -sólo eso, un gesto- el Ejecutivo quiere traspasar la carga de la reforma del mercado de trabajo a los agentes sociales, que no responden democráticamente ante los ciudadanos, ni se someten a la publicidad del Parlamento. Ganar tiempo parece la consigna de un Gobierno decidido a no tomar decisiones ingratas. El Ejecutivo no ha aprendido de sus propios errores y ya no sirve refugiarse en el argumento de que sus repuestas se producen al ritmo de los acontecimientos, porque la reforma laboral es una iniciativa que se le ha venido reclamando desde antes de que comenzara la crisis. Y hoy el paro es un problema mucho más grave por la insoportable pasividad de un Gobierno perdido.

ABC - Editorial