martes, 29 de marzo de 2011

El sucesor. Por M. Martín Ferrand

Entender a Rubalcaba como hombre de Estado mejor que como muñidor de partido significa una cierta miopía.

HUBO un tiempo, cuando los trenes no tenían tanta prisa como tienen hoy, en que el ferrocarril asociaba sus encantos a los sabores típicos de cada una de sus estaciones. Entre París y Estambul, a finales del XIX, Wagon-Lits agasajaba a los viajeros del Oriente Express en el restaurante más lujoso del momento, que se lo pregunten a Hércules Poirot. Más modestamente, las estaciones españolas, las paradas de cualquier convoy —ascendente o descendente, según el lenguaje ferroviario— eran coreadas por vendedores que, según los casos, ofrecían «leche de las Navas del Marqués», «mantecados de Astorga» o «pantortillas de Reinosa». En Alcázar de San Juan lo suyo eran las «tortas» que, curiosamente, volvieron a ser notables, lejos de la estación y de su acepción nutricia, este pasado domingo, a mayor gloria aparente de José María Barreda y en propuesta de una opción sucesoria socialista.

Lo que estaba previsto como acto electoral a favor del citado Barreda se convirtió en exaltación de Alfredo Pérez Rubalcaba como sucesor de José Luis Rodríguez Zapatero. Una auténtica torta —de Alcázar, pero sin huevos, harina ni azúcar— en la mejilla del todavía presidente del Gobierno. José Bono, más entusiasta que nadie, como corresponden a su desmesura, ofrecía al vicepresidente efectivo, cetrero con faisán en vez de halcón, «todo» su apoyo ya que es «un hombre de Estado» con gran «experiencia». Entender a Rubalcaba como hombre de Estado mejor que como muñidor de partido y aparato significa una cierta miopía política; pero, aún así, cabe la proclama como respuesta a Emilio Botín y sus tres acompañantes en el deseo de la perpetuidad de Zapatero.

Zapatero se ha sublimado. Ha pasado del estado sólido al gaseoso y, digan lo que digan sus beneficiados, el PSOE, que es una empresa además de un partido, tiene que cuidar la continuidad en el empleo de quienes han hecho profesión de su militancia. El debate sobre su sucesión, y la sucesión misma, es algo inevitable. Vista la diferencia de talla y peso entre las dos opciones cantadas, Rubalcaba y Carme Chacón, y la entrega alcazareña de Bono, un hipotético tercero en discordia, el también ministro de Interior debiera ofrecerle un homenaje al hombre que, con su vaciedad y contumacia parlamentarias, más ha contribuido a subirle al pedestal de su actual grandeza: Ignacio Gil Lázaro. En política, al margen de los méritos propios, que no suelen ser determinantes, la gloria de un personaje se labra con las torpezas del adversario mejor que con los aciertos de los afines. Sin los miércoles de Gil Lázaro, tonante y hueco, Rubalcaba sería un poquito menos grande.


ABC - Opinión

1 comentarios:

KIKELIN dijo...

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