martes, 22 de marzo de 2011

Depilados. Por Alfonso Ussía

En el dibujo, el Presidente Rodríguez se dirige al Presidente Sarkozy. Y le dice: «Nosotros aportamos cuatro F-18, una fragata, un submarino, un avión cisterna y un regimiento de titiriteros conversos». El dibujo, publicado en La Razón, es de Borja Montoro. Páginas adelante, otro dibujo. Tres aviones aliados sobrevuelan –es un suponer– el desierto de Libia. Uno es francés, el segundo inglés, y el tercero, algo más rezagado, español. El nuestro arrastra una gran pancarta que dice: «No a la Guerra». El dibujo, publicado en La Razón es de Sañudo.

El pasado fin de semana se organizó en Madrid un acto en defensa del juez Garzón. Sólo faltaba el que escribe para que aquello pareciera una reunión de beneficiados del IMSERSO fotografiados poco antes de partir de excursión a las Hoces del Cabriel. A Garzón le apoya un rojerío otoñal con vocación de invierno. Estaban los inevitables Almudena Grandes, Juan Diego, Pilar Bardem y otros del cine, que son muy parecidos porque se visten igual y gastan la misma barba desaliñada. La Ceja en estado puro. Todos se manifestaron a favor de la guerra en Libia.


Se me olvidaban Toxo y Méndez, también presentes. No podía ser de otra manera. Esta guerra les gusta. Parece no importarles la muerte de civiles libios, que no son tan importantes como los civiles iraquiés o los niños serbios, masacrados legalmente. La ONU ha dicho «sí», y los de la Ceja están tranquilos. España no envió tropas a combatir en Irak. Y a Aznar se le cayó el mundo de la subvención encima de la cabeza. Le llamaron «asesino» y todo lo demás. La ONU no había autorizado aquellos ataques. Esta ONU es muy caprichosa. Sadam Husein era igual de criminal que Gadafi, tan dictador como Gadafi y tan sanguinario como Gadafi. Pero contaba con la simpatía de la Ceja. Ahora sí hemos mandado a los soldados españoles a combatir en Libia. Y en Afganistán. Irán donde se les ordene, y siempre cumplirán con su deber heroicamente. Una aportación modesta, encajada en nuestras posibilidades. La Ceja apoya la intervención militar española. Sus miembros son expertos en contacto diario con la ONU. Que va Juan Diego y le dice a Pilar Bardem: «Pilar, que esta guerra es legal porque la ONU la ha autorizado». «Pues que bien, Juan. No sabes el peso que me quitas de encima».

Esta guerra es tan legal o ilegal como la de Irak. Allí fuimos en misión de paz y aquí vamos en misión de guerra. La Ceja ha cambiado mucho en los últimos años. Javier Bardem, que es un gran actor, ha triunfado en los Estados Unidos, la nación imperialista que le ha ofrecido cobijo y amparo para que su hijo nazca americano en el hospital más caro de su sudoeste. No tendría sentido que llamara «asesinos» a los que bombardean Libia, que son sus anfitriones. Y del resto, poco se puede decir. Ellos viven pendientes de las resoluciones de la ONU, su oráculo de Delfos. Cuando Angola se desangró con la eficaz participación de Cuba sin permiso de la ONU no se enteraron. Y aquello duró más de una década, pero es que tampoco hay que exigirles un seguimiento tan puntual.

Aznar tomó una decisión difícil y le llovieron chuzos en punta. Zapatero ha tomado una decisión más difícil todavía –y que cuenta con mi humilde apoyo–, y los golfos de las subvenciones y las propinas se muestran encantados. No a las misiones de paz y sí a los zafarranchos de combate. Esta gente ha cambiado una barbaridad en los últimos años. De aspecto y de conciencia. Cejas depiladas.


La Razón - Opinión

El balance. El objetivo ecolojeta. Por Manuel Llamas

Muchos de los que ven con buenos ojos esta guerra verde ignoran el objetivo último de los ecolojetas, que no es otro que acabar con el capitalismo.

Los ecologistas están de enhorabuena. Los problemas surgidos en la planta nuclear de Fukushima a raíz del histórico terremoto –de grado nueve– y posterior tsunami –con olas de más de 10 metros– sufrido en Japón han logrado desenterrar con éxito, gracias al inestimable apoyo del alarmismo mediático europeo, un debate político que parecía ya clausurado: el uso y desarrollo de la energía nuclear.

La Unión Europea, en especial Alemania, y otras grandes potencias como China han aprovechado de inmediato la oportunidad brindada por Fukushima para poner en tela de juicio no sólo los criterios de seguridad aplicados hasta el momento sino, sobre todo, el mantenimiento de las centrales más antiguas (las anteriores a 1980), el alargamiento de la vida útil de las más modernas e, incluso, la puesta en marcha de las nuevas plantas proyectadas. La reapertura de dicho debate energético no es cuestión baladí, ya que un cambio de rumbo en esta materia afectará de una u otra forma al nivel y calidad de vida de los ciudadanos y al futuro mismo de las economías occidentales.


Así, imagínese por un momento que los gobiernos europeos deciden prescindir de la energía nuclear en un horizonte de 10 ó 15 años. El efecto sería inmediato: los precios del carbón, el petróleo y el gas se dispararían; la factura de la luz se encarecería de forma exponencial; los costes de producción crecerían de igual forma; el precio de los bienes y servicios registraría una subida espectacular... ¿Resultado? Reducción drástica del consumo energético; menor producción y consumo; inflación elevada; estancamiento económico; en resumen, peor y menor calidad de vida.

Y es que, hoy por hoy, no existe una alternativa factible a la energía nuclear. El problema de las recurrentes renovables no es sólo que producen energía a un coste muy superior –con el consiguiente encarecimiento energético– sino que, además, no son una fuente energética estable. La producción de energía solar y eólica sólo son viables en localizaciones muy concretas, y aún así dependen en última instancia de las condiciones meteorológicas. Es decir, son incapaces de cubrir por sí solas los picos de demanda que se registran a diario en el sistema eléctrico. De este modo, los apagones serían la regla, y no la excepción, en un régimen puramente renovable.

Los Gobiernos son perfectamente conscientes de esta situación, de ahí que, probablemente, la reciente moratoria nuclear decretada a nivel mundial se materialice tan sólo en un breve parón a fin de revisar y endurecer los actuales estándares internacionales de seguridad en las plantas presentes y futuras. Aún así, Fukushima servirá de excusa a los ecologistas para emprender una nueva y reforzada lucha contra este tipo de energía. Por desgracia, sus mensajes catastrofistas suelen calar con gran efectividad en la mente colectiva de los individuos, aprovechándose del miedo irracional a las fugas radiactivas. Por lo que este tipo de campañas suelan contar con un amplio apoyo social.

Sin embargo, muchos de los que ven con buenos ojos esta guerra verde ignoran el objetivo último de los ecolojetas, que no es otro que acabar con el capitalismo. Y es que un mundo sin energía barata es un mundo con escaso capital. No obstante, este tipo de movimientos no ocultan que su gran aspiración consiste en que la humanidad regrese a una era preindustrial que, según ellos, estaría en perfecta armonía con la naturaleza. En este sentido, el rechazo a la energía nuclear es tan sólo la punta del iceberg. El modelo energético soñado por los ecolojetas está exento de todo tipo de fuentes fósiles.

Así, según sus propios postulados, el hombre debería prescindir, igualmente, de petróleo, gas y carbón, ya que su explotación provoca externalidades tales como contaminación, guerras, cambio climático o, lo que es aún más importante, el "consumo irresponsable e insostenible" propio de las economías capitalistas. De este modo, lo que realmente pretende el ecologismo es, en última instancia, impedir al ser humano producir la energía que precisa al menor coste posible, con todo lo que ello implica. El fin de la nuclear sería, en ausencia de una nueva revolución energética más eficiente que la actual, el principio del fin del capitalismo.


Libertad Digital - Opinión

La guerra progresista. Por Edurne Uriarte

No se apela esta vez a la seguridad occidental. Pero tampoco hay ahora un 11-S y una Al Qaeda en plena expansión.

LO más hilarante del titular que preside esta columna es que ya ha sido utilizado como tal, pero no en un sentido irónico, sino con la pretensión de significar precisamente eso, que ésta, la de Libia, es una guerra progresista. Y lo ha hecho en Estados Unidos Ross Douthat, ayer, en The New York Times («A Very Liberal Intervention»), con el objeto de defender la guerra de Obama lo mismo que José Blanco aquí, «esto no es Las Azores», para defender la guerra de Zapatero. Y es cierto que en esta foto de las Azores hay, en efecto, más progresistas, dos, Zapatero y Obama, por dos conservadores, Cameron y Sarkozy, y allí había uno, Blair, frente a tres conservadores, Aznar, Bush y Durao.

Pero, más allá de la estética, lo que le ocurre al progresismo americano es que esta guerra cuestiona aquello que Obama dijo en sus mítines preelectorales de que no se podía imponer la democracia a punta de pistola. Y aún contradice más a Zapatero que siempre negó la guerra como medio para solucionar cualquier tipo de conflicto. Y uno y otro han aceptado en la práctica la doctrina neoconservadora de la utilización de la fuerza militar para defender la libertad e impulsar la democracia fuera de las fronteras nacionales. Lo que se esfuerzan en negar con la apelación a la guerra justa de Libia frente a la guerra injusta de Irak.


Pero tanto en aquella como en ésta hay dos pueblos masacrados por los dictadores y una negativa de esos dictadores a aceptar las exigencias de la comunidad internacional. Y una intervención militar que quiere imponer la libertad con bombas. Las esencias de la guerra justa. Con el peligro de matar civiles en el empeño, aún más si la guerra no se gana con rapidez, Gadafi persiste en la represión y la comunidad internacional se ve obligada a reconsiderar el acuerdo de la no intervención terrestre.

Y tanto en aquella como en ésta hay una intervención multilateral, por mucho que persistan algunos en llamar unilateral a una guerra de Irak que contó con el apoyo de más de 20 países. Y hay división europea, ahora con la oposición de Alemania como entonces de Alemania y Francia. Otorgar la clave de la legitimidad de esta guerra a la resolución de un organismo, ONU, en el que deciden las dictaduras es de una ceguera democrática comparable a la del pasado pacifismo de Zapatero.

No se apela esta vez, es cierto, a la seguridad occidental y no existe el error de las armas de destrucción masiva. Pero tampoco hay ahora un 11-S y una Al Qaeda en plena expansión. Quizá, porque ya se hizo aquella guerra. Y en Irak hay una democracia que combate a Al Qaeda y el norte de África pretende seguir por esa senda.


ABC - Opinión

Irak-Libia. La diferencia es el miedo. Por Cristina Losada

Las diferencias aludidas puedan reducirse, en su caso, a dos muy evidentes: Obama no es Bush y Zapatero no es Aznar. De ambas se deduce fácilmente que Libia no es Irak.

Los rescoldos, todavía humeantes, del "no a la guerra" calientan la búsqueda de similitudes y diferencias entre las intervenciones militares en aquel Irak de Sadam y en esta Libia de Gadafi. Las consignas, esas termitas destructoras del pensamiento y del lenguaje, tienen mucho peligro. Atrapados en la suya, los conspicuos anti-belicistas de otrora han de justificar cómo descubren hoy que el uso de la fuerza no siempre es maligno. Puro artificio, desde luego, pues la aversión a la guerra que exhibían hace años, y con tanta suficiencia, era solo instrumental. Otra aversión más intensa impulsaba aquellas pasiones por la paz. De ahí que las diferencias aludidas puedan reducirse, en su caso, a dos muy evidentes: Obama no es Bush y Zapatero no es Aznar. De ambas se deduce fácilmente que Libia no es Irak. Por decirlo en palabras de Orwell, apenas hay acciones que no cambien de color moral cuando quienes las perpetran son los "nuestros".

Pero dejemos ese redil y sus pequeñas, malolientes y cambiantes ortodoxias para atender a aquello que revela esta operación en Libia, por contraste con la de Irak. La misma opinión pública que rechazaba derrocar a un dictador como Sadam acepta que se ataque a un dictador como Gadafi y ese giro se atribuye a la razón humanitaria. El salvoconducto moral de la intervención es la necesidad de proteger a la población civil de los bombardeos y ayudar a los rebeldes libios, armados, pero en inferioridad de condiciones. Qué más queremos para hacer nuestra buena obra que a un tirano sanguinario aplastando cruelmente a su pueblo y a un puñado de valientes luchadores que le hacen frente con escasos medios. Es justo lo desinteresado –en apariencia– de la acción, el factor diferencial con Irak, donde una potencia como EEUU veía una amenaza para su seguridad y la del resto del mundo. No estamos por defendernos a nosotros mismos, pero sí estamos por defender a otros.

Tanto altruismo y tanto quijotismo resultan, me temo, demasiado dulces. Si los derechos humanos de los iraquíes no importaban nada y los de los libios, mucho, es que la razón humanitaria flaquea y se pliega a sentimientos más potentes. Como el miedo. Fue el miedo lo que inclinó a la mayoría de las sociedades occidentales contra la intervención en Irak. Fue el temor a provocar al terrorismo islamista que había destruido poco antes las Torres Gemelas. Y el "no a la guerra" no hizo más que explotar ese pánico. Ha pasado el tiempo, Gadafi no da miedo y nos podemos permitir, por una vez, actuar en consonancia con nuestras buenas intenciones.


Libertad Digital - Opinión

Adiós al rodillo de las ideas. Por Hermann Tertsch

Con Zapatero se hunden la mentirosa supremacía moral de la izquierda y su hegemonía cultural de la izquierda.

Todo indica que en España hemos entrado en un final de ciclo que va más allá de la previsible derrota del presidente Rodríguez Zapatero en las próximas elecciones generales. Las dos legislaturas de «largocaballerismo new age» que ha sido un intento de sustituir a nuestra democracia de la Transición, la Reconciliación Nacional y la Constitución del 78 por un nuevo régimen de «socialismo avanzado» que buscara y lograra en nombre de un nuevo Frente Popular la revancha por la derrota en la Guerra Civil, se agotan sin que los artífices de ese venenoso proyecto hayan logrado sus objetivos. Es una buena noticia. Triste es, sin embargo, la certeza de que su fracaso no se deberá a la capacidad de resistencia de la democracia integradora, ni a la autodefensa de una sociedad abierta con músculo democrático para hacer frente a planes sectarios de experimentación e ingeniería social, ni a la vigencia de valores y principios que movilizar y hacer valer frente al rodillo igualitarista, materialista y estatista. Su fracaso se deberá a la catástrofe económica en la que nos ha sumido la desastrosa gestión que los responsables de ese proyecto han hecho de la muy grave crisis económica. Los españoles van a acabar previsiblemente con el experimento del «zapaterismo» porque le echan —con razón— la culpa de que la crisis en España sea infinitamente más grave que en otros países por culpa de su gestión. No como responsable del intento de fundar un régimen sin alternancia política y un inmutable papel dirigente del Frente Popular.

Que asumiera la II República como única fuente de legitimidad, convirtiendo transición y reconciliación en «errores transitorios» y la Constitución del 78 en papel mojado. Ese proyecto —definido por el espíritu del «Pacto del Tinell»— debía dejar a la derecha definitivamente marginada de la toma de decisiones y convertida en poco más que un partido satélite, desposeída de legitimidad por su estigma de heredera del franquismo. Como a Al Capone, la condena —en las urnas— se producirá por una cuestión de dineros. De haberles tocado el bolsillo y muy gravemente a los españoles. No por los delitos capitales del proyecto de subvertir la democracia y crear un régimen según el imaginario de la izquierda de los años treinta, apenas modernizada por sus aditamentos también totalitarios del lenguaje de corrección política. Es de temer que los artífices de este gran disparate histórico no se sientan desautorizados sino víctimas de una fatalidad histórica. Y dispuestos a nuevo intento. Si prevalecen estos fundamentalistas sectarios y no resurge una corriente socialdemócrata homologable a la europea, sin veleidades utópicas ni pretensiones de experimentación social, España se enfrentará a una permanente agitación social. A la espera de un nuevo gobierno izquierdista que lleve a cabo el proyecto ahora fracasado. La esperanza de que esto no ocurra y España retome un camino de prosperidad y paz social radica en una renovación de la izquierda. Y en una activación de la batalla de las ideas con la pluralidad hasta ahora maniatada por el rodillo de la maquinaria de intoxicación y manipulación mediática y cultural de la izquierda. Paradójicamente esta pluralidad se ha activado bajo el zapaterismo. Como reacción a tanto desmán. Y no en la oposición, sino en la sociedad civil y mediática. La supremacía total de la izquierda en medios y cultura se ha quebrado. Se acabó el rodillo de las ideas. Y el reino de la impostura cultural y democrática izquierdista. De ahí su pánico. Con Zapatero se hunden la mentirosa supremacía moral de la izquierda y su hegemonía cultural de la izquierda. Este naufragio es su mejor legado.

ABC - Opinión

2 de abril. Del harakiri de ZP. Por José García Domínguez

La "filtración" únicamente puede provenir de dos fuentes. O el propio Zapatero ha dado en propalarla, lo que no dejaría de constituir muy gratuita idiotez. O, por el contrario, la especie habría surgido de algún clan refractario a su continuidad.

Es convención manida que niños, orates y borrachos dicen siempre la verdad. Yo añadiría a los cesantes. Como sus pares en activo, el cesante igual ha saboreado la hiel amarga de la adulación al líder y el ditirambo, humillación a la que ningún ego que se precie sobrevive inmune. Y más, cual viene a ser el caso, si concedió rebajarse en vano. Razón última, por cierto, de su definitivo estoicismo. Pues en todo cesante habita un descreído absoluto que ya nada espera. Un escéptico instalado en la aristocrática imperturbabilidad de la ataraxia, he ahí el retrato moral del cesante. Así Jordi Sevilla, imprudente pedagogo al que nunca se le habría de perdonar la temeraria audacia de aquel par de tardes de ciencia abortada en el parvulario de La Moncloa.

Ahora, y con ocasión de esas hablillas –"informaciones" les dicen en los periódicos– a cuenta del seppuku ritual de Zapatero, el que se anunciaría al común el dos de abril, uno tiende a creer al cesante Sevilla que, a su vez, nada cree. Y tiende uno a creerle aunque solo fuese por la inusual consistencia lógica de su personal razonar. Al respecto, ha advertido el hombre que la "filtración" únicamente puede provenir de dos fuentes. O el propio Zapatero ha dado en propalarla, lo que no dejaría de constituir muy gratuita idiotez. O, por el contrario, la especie habría surgido de algún clan refractario a su continuidad, lo que no dejaría de constituir prueba definitiva de que aún no está descartada. Por lo menos, a fecha de hoy.

Dejemos a un lado, en fin, que ZP jamás se presentó a unas primarias para ser designado candidato, sino que ganó la Secretaría General en un Congreso del partido. De paso, arrinconemos en el mismo lado la fantasía de que cabe pastorear la transición en el PSOE a imagen y semejanza de lo acontecido con la grey de Rajoy, falange lanar incapaz de rechistar al mando. Y es que, acaso por evidente, nadie parece verlo pero, tal como clama Sevilla en el desierto, si alguien sabe imposible nombrar a dedo al sucesor, es el propio Zapatero. Que no otro se impuso hace once años frente al designio del aparato (y del sentido común). Ah, las hablillas.


Libertad Digital - Opinión

Presidente interino. Por Ignacio Camacho

En el momento en que Zapatero anuncie su retirada se acaba la legislatura. Cuando dices que te vas ya te has ido.

CUANDO dices que te vas es que te has ido. Si Zapatero decide anunciar su retirada en abril quizás logre aliviar la presión electoral que agobia al PSOE, aunque al precio de liquidar de facto la legislatura. En las condiciones terminales en que se encuentra su liderazgo no le va a ser posible impedir ni controlar la sensación de un vacío de poder, y el horizonte de marzo de 2012 se le hará eterno. Aznar pudo nominar a Rajoy porque nadie dudaba de quién ejercía el mando; de hecho, su referencia era tan patente que el electorado lo acabó castigando a él por persona interpuesta. Pero Zapatero carece ya de capacidad de cohesión y su Gobierno malvive en estado catatónico. Siendo el único referente ha perdido el crédito general y la confianza de los suyos; en el momento en que haya otro candidato al que mirar, al presidente a duras penas le obedecerán los ujieres de Moncloa. En cuanto haga oficial su provisionalidad se convertirá en un interino: un zombi, un fantasma, un holograma político.

Las filtraciones sobre la renuncia indican la existencia de movimientos tectónicos en el PSOE. Los partidarios de Rubalcaba desean un proceso de sucesión rápido, un dedazo fulminante que evite las primarias, ciertamente imposibles de celebrar solapadas en la campaña de las municipales. Su argumento de base consiste en que el copresidente es el único que puede evitar la centrifugación del poder en el interregno. En contra se mueve una coalición crítica dispuesta a respaldar las aspiraciones mostradas por Carmen Chacón: algunos barones autonómicos, el lobby femenino y la joven guardia del zapaterismo. Para impedir la confrontación a campo abierto, a la que se podría sumar algún outsider, sólo cabe un pacto de conveniencia en apoyo de la candidatura rubalcabista con el objetivo de minimizar la previsible derrota electoral y, tras las generales, dar paso a Chacón como lideresa en un congreso extraordinario. La clave de cualquier compromiso se llama Pepe Blanco, el hombre cuyos movimientos hay que seguir como cónsul del presidente en el partido.

El problema es que Zapatero quiere gobernar hasta el último minuto, y la agenda no da respiro. A finales de marzo hay un cónclave europeo sobre la crisis económica, en el que la guerra de Libia se puede cruzar como un camión cisterna derrapado en medio de una autovía. Al aceptar la última y más clamorosa de sus reconversiones personales y políticas para meterse a bombardear a Gadafi, el presidente vincula los tiempos sucesorios a su propia disponibilidad como gobernante. Un atasco en el conflicto libio complicará el calendario partidista; no sería de recibo que el líder de una nación que acaba de mandar tropas al combate anunciase su retirada en plena misión bélica. El país ya se ha acostumbrado al desgobierno, pero al menos los militares en acción se merecen un jefe que no tenga la cabeza en otra parte.


ABC - Opinión

Un apoyo responsable

El Presidente del Gobierno pedirá hoy en un Pleno extraordinario en el Congreso a los grupos parlamentarios la autorización para que nuestras Fuerzas Armadas participen en una intervención militar internacional en Libia. Aunque es muy difícil medir los tiempos en este conflicto, ha trascendido que la intención de Rodríguez Zapatero es pedir una autorización de un mes prorrogable para contribuir a la zona de exclusión aérea y durante tres meses, también prorrogables, a la imposición de un embargo de armas al régimen de Gadafi. En su intervención abundará en el principal argumento que ya expuso el pasado 18 de marzo para avalar esta acción militar: que la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU precisa que su objetivo pasa por conseguir una zona de exclusión aérea y proteger a los civiles de los ataques de Gadafi.

Por fin Rodríguez Zapatero ha dejado atrás discursos demagógicos y marcadamente electoralistas preñados de buenas palabras aplicadas a situaciones sacadas de contexto que abrazó con tanto entusiasmo. Es un acierto este giro y Zapatero está solventando el conflicto con responsabilidad ante España y ante la comunidad internacional. Es ni más ni menos que lo que tiene que hacer un presidente de Gobierno en estos momentos, lo contrario hubiera sido una anomalía que nos hubiera dejado en una delicada posición frente a nuestros aliados, un lujo que este Ejecutivo no se puede permitir. Eso sí, Zapatero tendrá que explicar hoy muy bien a la opinión pública cómo se han desarrollado las primeras jornadas de la ofensiva contra Gadafi –en las que España ha participado activamente sin consecuencias para nuestras Fuerzas Armadas dignas de mención– y la estrategia a seguir en el futuro. Los españoles merecen saber el alcance de esta operación, cuántos efectivos de nuestros Ejércitos participarán en la misión y durante cuanto tiempo.


El Partido Popular ya ha adelantado que apoyará la intervención en Libia, puesto que de lo que se trata es de reestablecer los derechos y las libertades del pueblo libio tanto tiempo secuestrados por Gadafi. En vez de intentar sacar algún rédito electoral o intentar ganarse a la opinión pública con un discurso populista y falsamente «buenista», los populares, responsables y coherentes, no van a dejar solo al Ejecutivo; no lo han hecho nunca, puesto que siempre han apoyado todas las propuestas que ha hecho el PSOE sobre el envío de tropas al extranjero. Pero no será una compañía complaciente y acrítica. Como ya ha adelantado Mariano Rajoy, va a inquirir a Rodríguez Zapatero cuál es el objetivo último de la operación, los plazos y otros aspectos que no son menores en este escenario bélico.

Es de suponer que Zapatero sacará adelante esta autorización con una holgada mayoría, salvo contadas excepciones de partidos de izquierdas con una presencia residual y un discurso trasnochado. Lo que sigue es que el Gobierno sea consecuente con lo que se autorice y no entienda que ha recibido un cheque en blanco si el escenario bélico cambiase drásticamente.


La Razón - Editorial

El problema menor de la sucesión de Zapatero

Los problemas que arrostramos son demasiado graves como para que podamos permitirnos el lujo de perder el tiempo haciendo inútiles cálculos políticos sobre una sucesión que, por el momento, está más lejos que cerca de materializarse.

El panorama que enfrenta España en los próximos meses es desalentador. Por un lado la crisis de Libia, que ha terminado rompiendo en una guerra abierta entre los aliados y Muamar el Gadafi. Por otro, una pésima situación económica, que no hace sino agravarse cada mes que pasa y que, debido a la inestabilidad internacional, empeorará conforme el petróleo y otras materias primas se encarezcan, aplazando sine die la recuperación. Por último, ya en el plano de la política interior, el enésimo desafío proetarra personificado en Sortu, una continuación de Batasuna que, con ese o con otro nombre, aspira a presentarse a las elecciones del 22 de mayo.

Pues bien, en un crítico cruce de caminos como el que nos encontramos la principal preocupación dentro del partido gobernante es si Zapatero despejará su futuro político antes del 2 de abril o después. Es más que obvio que el presidente del Gobierno se encuentra en una fase muy avanzada de agotamiento. Su desastrosa gestión de la crisis económica unida a continuos vaivenes y a decisiones más que discutibles han obrado el milagro de poner a Zapatero frente a la puerta de salida en sólo unos meses.


De manera que si lo que Zapatero quiere es no volver a presentarse que no lo haga, pero que deje de marear la perdiz con la persona y el momento de su sucesión. Y a la inversa, si quiere seguir presentándose como candidato –y de él depende hacerlo– que lo anuncie cuando considere conveniente. Lo lógico y razonable es que hiciese una de las dos cosas lo antes posible para acabar con un debate estéril que, en nuestra situación actual, es, además, totalmente superfluo.

Los problemas que arrostramos son demasiado graves como para que podamos permitirnos el lujo de perder el tiempo haciendo inútiles cálculos políticos sobre una sucesión que, por el momento, está más lejos que cerca de materializarse. A estas alturas poco importa quién o quiénes estén postulándose, más si cabe cuando en el PSOE, como en el PP, la democracia interna es totalmente desconocida. Por de pronto tenemos que conformarnos con toneladas de ruido que enmascara un silencio sepulcral, que se ha impuesto desde Moncloa para mantener la sucesión como un tema de permanente actualidad que actúe de socorrida cortina de humo tras la que ocultar los continuos desaciertos en los que está incurriendo el Gobierno.


Libertad Digital - Editorial

Si renuncia Zapatero, elecciones anticipadas

Si los socialistas no lo quieren de candidato, comprenderán que los españoles tampoco lo quieran de presidente.

EL debate sobre la sucesión de José Luis Rodríguez Zapatero como candidato a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales está abierto en canal en el seno de su partido. Sus principales dirigentes no tienen recato en mostrar la realidad de un partido que sabe que su secretario general los lleva al suicidio electoral; candidato que tampoco tiene los recursos de una autoridad política o histórica que compense el nivel de daños que puede ocasionar al PSOE. Zapatero no es una referencia ideológica del socialismo, ni su paso por el Gobierno ha dejado una impronta de reformas modernizadoras o de transformaciones positivas para el país. Su divisa —y ahora, que está próximo su final político, se aprecia con claridad— ha sido la eliminación política de la derecha, objetivo fracasado, pero a cuyo servicio puso todo el empeño personal y los más altos intereses del Estado, transformados en mercancía de pactos partidistas. El PSOE se prepara para despedir a Zapatero sin echarlo de menos.

Sin embargo, el error del PSOE es creer que Zapatero sólo es su problema. Y no es así. Si los socialistas no lo quieren de candidato, comprenderán que los españoles tampoco lo quieran de presidente, de manera que cualquier fórmula interna que elija el PSOE para aparcar a Zapatero debe conducir inexorablemente a la convocatoria anticipada de elecciones en cuanto lo permitan los plazos legales tras la celebración de los comicios municipales y autonómicos del próximo mes de mayo. Puede que sea este planteamiento el que frene a algunos sectores socialistas a exponer abiertamente la conveniencia de que Zapatero se vaya, pero tal prevención no deja de ser voluntarista en la medida en que las diferencias entre el Partido Popular y el PSOE empiezan a ser inalcanzables cualesquiera que sean el candidato socialista o el manejo de tiempos que hagan los estrategas del partido. En el momento en el que Zapatero comunique —si es que en algún momento lo hace— que no repite como candidato, su deber político y moral es disolver el Parlamento. Lo contrario, es decir, mantenerse en la presidencia del Gobierno mientras su partido elige candidato y se dedica a repudiar la herencia zapaterista —única manera de recortar distancias con el PP—, sería una burla a los españoles y agravaría aún más la crisis de confianza y las consecuencia de la crisis económica.

ABC - Editorial

lunes, 21 de marzo de 2011

Gadafi. Libia y la hipocresía. Por Pedro de Tena

Del no a la guerra al sí al ataque y del muá muá osculatorio en la cara de Muamar, al toma metralla canalla. Qué espectáculo este de la izquierda irredenta y qué número aquel del andalucismo nacionalista.

Por fin gran parte de Occidente, llamémosle así, ataca al dictador y genocida Gadafi. Alemania, condicionada por su proximidad a Rusia, sus negocios de armas con el ejército libio y su abastecimiento de petróleo, entre otras cosas, no está en la guerra, pero bueno, están en la guerra Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia... Incluso España, con su Gobierno del No a la Guerra que parece haberse metamorfoseado desde los capones de Obama a Zapatero. Hay que alegrarse de que en el mundo haya una dictadura menos. Claro que sí. Ahora, y también en el caso de Sadam Husseim, cuando los del "No a la Guerra" (siempre que fuera una guerra de Bush, claro) dejaron por las calles regueros de hipocresía política y moral. Ahora a callar. Es que Gadafi es un dictador. ¿Y qué era Sadam Hussein? ¿Un ángel de la guarda? Lo de Fernandez Toxo, el sindicalista del crucero, es de matrícula: le parece "muy bien" que se entre en Libia porque significa que la comunidad internacional, a través de la resolución de la ONU, va a dar amparo a todo el pueblo libio. Pero, ¿el pueblo iraquí, kurdo o chiita, no era pueblo también?

Que el sanguinario Gadafi es un mal sujeto y su régimen un despotismo estatalista y militar, se sabe desde hace treinta o cuarenta años. Recuérdese que Gadafi está en el poder desde...1969, sólo diez años menos que los Castro. Se ha sabido siempre que además de masacrar a su pueblo, ha participado en atentados terroristas internacionales y que en la década de los 80, Ronald Reagan intentó derrocarlo de varios modos. El más conocido fue el bombardeo norteamericano a Trípoli de 1986. No llegó a matar al "perro loco de Oriente Medio", como lo llamaba, pero sí a su hija Jana. Ha invadido países limítrofes, ha entrenado a terroristas, ha cambiado de bando y traicionado muchas veces... Pero ahí está. En pie. Y por muy escaso margen no ha terminado de asesinar a toda la oposición que iba retrocediendo de manera evidente ante la potencia y la organización de sus mercenarios.

Gadafi es un asesino internacional, un monstruo, como lo era Sadam. Pero, como ha recordado muy oportunamente, porque es la verdad, el periodista andaluz José Aguilar, Gadafi ha sido el financiero en la sombra del movimiento andalucista, al menos del legendario Partido Socialista de Andalucía que llegó a tener cinco diputados en el Congreso. En 1985 se cruzaron en Libia dos expediciones del andalucismo, la organizada por el Sindicato de Obreros del Campo (SOC) de su entonces líder Paco Casero y la de Alejandro Rojas Marcos y Luis Uruñuela, máximos dirigentes del Partido Andalucista. Iban a pedir dinero al entonces considerado líder del socialismo panárabe, vía directa o vía sociedades importación y exportación e inventos similares. La dirección del PA creó una empresa, Exportándalus, para intermediar las exportaciones. El PSOE no. Iba a orientarse hacia Marruecos.

Y ahora, ¿qué? Del no a la guerra al sí al ataque y del muá muá osculatorio en la cara de Muamar, al toma metralla canalla. Qué espectáculo este de la izquierda irredenta y qué número aquel del andalucismo nacionalista.


Libertad Digital - Opinión

¿Quién decide en el mundo árabe?. Por José María Carrascal

Si seguimos actuando como si fueran niños y nosotros adultos, nunca alcanzarán la mayoría de edad.

EL éxito, o fracaso, de la operación multinacional lanzada sobre Libia depende más de la actitud que de las armas. Por las armas, ya está sentenciada. La impresionante fuerza militar desplegada ante aquellas costas ha detenido el avance de las tropas de Gadafi hacia la capital de los rebeldes, Bengasi. La cuestión ahora es si éstos retoman la iniciativa, hacen retroceder a las fuerzas del coronel y obligan a éste a dimitir o huir. Lo que ha hecho es amenazar con armar a un millón de seguidores para «defender el país de la invasión extranjera». Otra de sus bravuconerías, pues no es probable que cuente con tantas armas ni, menos, tantos seguidores. Pero si resiste, si la situación se estanca y Libia cae en la guerra civil, de poco servirán los navíos y aviones de la coalición. Las guerras, sobre todo las civiles, no se ganan desde el aire. Se ganan en tierra. Y una fuerza aeronaval capitaneada por Estados Unidos e integrada por los principales países europeos disparando contra Libia para imponer «su» bando, no es una perspectiva agradable. Podría tomarse, y bastantes lo harían, como una muestra de neocolonialismo, como una prueba más de que occidente decide el destino de los pueblos de África y Asia. No importa que se trate de un dictador tan sanguinario como corrupto. Ambos continentes están llenos de ellos y occidente no hace nada.

En este sentido, la participación de los países árabes en esa fuerza internacional es importantísima. Hasta ahora, se han limitado, y no todos, a prestar su apoyo moral a la operación. Pero no a participar en ella. Tal vez, dirán algunos, porque bastante trabajo tienen con reprimir a sus manifestantes. O con ayudar a reprimirlos en el país vecino, como está haciendo Arabia Saudí en Bahréin, sin que nadie eleve la más mínima protesta.

Lo que nos lleva a la médula del asunto. Los pueblos árabes y musulmanes vienen quejándose —con razón— de ser meros objetos, no sujetos para los occidentales. Ellos aspiran —con más razón todavía— a ser los protagonistas de su propio destino. Deben de ser capaces de ello y los occidentales debemos de animarles a asumir esas responsabilidades. Si seguimos actuando como si fueran niños y nosotros, adultos, nunca alcanzarán la mayoría de edad.

De ahí la oportunidad histórica y los enormes riesgos de la crisis libia. Va a decirnos si el pueblo libio toma en sus manos su propio destino o bien el oeste sigue conduciéndole. Es decir, si tanto dolor, sacrificios, muertes y prestigio han servido para algo o han sido en vano. Una consideración que sirve para todo el mundo árabe-musulmán, hoy en efervescencia.

Me perdonarán si no hago pronósticos, dado lo incierto de la situación. Diría, solamente diría, que las posibilidades están fifty-fifty.


ABC - Opinión

Libia. La guerra de ZP. Por Emilio Campmany

Lo más probable es que estemos haciendo lo correcto, pero convendría haberse asegurado antes de que nuestros F-18 fueran a defender los derechos humanos de los libios y no los intereses de Francia y Reino Unido.

Zapatero ha entrado en trance. Ahora que se ve obligado a tomar decisiones graves a diario, ha empezado a creerse de verdad que es presidente del Gobierno. Y de verse resolviendo con majestuosidad y sentido de Estado sobre asuntos tan serios como los de la energía nuclear y la intervención militar en Libia, le ha dado un vahído y ha sufrido un repente.

Vean si no cómo, ahora que habla en serio, resulta más campanudo y huero que nunca explicando por qué no en Irak y en Libia, sí: "Si no hubiera habido todo lo que sucedió con los acontecimientos de Irak, no estaríamos ante un hecho tan notable como es el que sólo porque ha habido una resolución de Naciones Unidas, del Consejo de Seguridad, conforme a la legalidad internacional, estamos aquí. Como un supuesto de hecho evidente, que no se producía en otras situaciones y quizá por eso no hubo una resolución del Consejo de Seguridad, que es lo que está pasando en Libia, que está a (sic.) los ojos de toda la Comunidad Internacional y de todos los ciudadanos" (la transcripción es mía, pero su fidelidad puede comprobarse aquí). Traduciré este caos: Aquí, con Libia, tenemos una resolución del Consejo de Seguridad. En Irak no la hubo y quizá fuera porque la situación de los ciudadanos iraquíes entonces no era tan mala como la de los libios ahora.


Desde el punto de vista de la ONU, la invasión de 2003 estuvo autorizada por las Resoluciones 1137 y 1441. Ambas (la última de noviembre de 2002) advertían a Saddam Hussein de no entorpecer las inspecciones de sus arsenales porque, de otro modo, tendría que hacer frente a "graves consecuencias", eufemismo que significa, en el lenguaje diplomático de la ONU, acciones militares. Saddam las entorpeció todo lo que pudo para hacer creer a Irán que tenía armas de destrucción masiva. Tanto se esforzó en el engaño que hasta los inspectores de la ONU se convencieron de que las poseía. Tony Blair se obstinó entonces en lograr una tercera resolución más explícita, que Rusia y China sin embargo vetaron. Esto hizo parecer que la invasión, implícitamente autorizada, estaba aparentemente vedada por esa legalidad internacional a la que con tanto engolamiento como ignorancia se refiere Zapatero.

Además, Zapatero habla de nuestra intervención en Libia como si estuviéramos obligados por la ONU. Nada de eso. La resolución autoriza a intervenir, pero no obliga. Si nada se nos ha perdido allí y son los derechos humanos lo que preocupa a ZP, ¿por qué despreció los de los kurdos y chiíes masacrados por Saddam? ¿Por qué no condena la intervención en la antigua Yugoslavia, que se hizo sin autorización del Consejo de Seguridad? ¿Por qué no promueve alguna iniciativa para defender los derechos de los rebeldes bareiníes, masacrados ahora por un ejército, el saudí, que encima es extranjero?

España debe apoyar una intervención en Libia si hay garantías de que está encaminada a facilitar una democratización del país. Ahora, el papel secundario que quieren jugar los Estados Unidos, el aparatoso protagonismo de Francia (tan renuente a intervenir en Irak) y el que la bandera de los rebeldes sea la del régimen que los ingleses impusieron en la vieja colonia italiana hace dudar del altruismo de las motivaciones de los dos viejos imperios coloniales británico y francés. Además, Rusia y China no se han opuesto y Alemania se ha mostrado reacia. Lo más probable es que estemos haciendo lo correcto, pero convendría haberse asegurado antes de que nuestros F-18 fueran a defender los derechos humanos de los libios y no los intereses de Francia y Reino Unido.


Libertad Digital - Opinión

Hipótesis libias. Por Gabriel Albiac

Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.

EL Consejo de Seguridad de la ONU ha declarado la guerra a Libia. Hay pocos precedentes. Ni siquiera contra el agresivo Sadam se logró eso. No queda más remedio que preguntarse cuál es la diferencia específica del caso libio; la que hizo tan urgente que la ONU (la mayor congregación de dictaduras del planeta) decidiera acabar con la dictadura de Gadafi. Escasos como andamos de información precisa, envueltos en el estruendo bélico, habremos de limitarnos a proponer sólo hipótesis. Y a buscar si hay en ellas verosimilitud, o, al menos, coherencia lógica.

Primera hipótesis. La guerra vendría exigida por un objetivo humanitario: desembarazar a la población libia de un dictador siempre en la raya de lo delirante y de su corrupta familia. Todos los datos del enunciado son ciertos. Gadafi es un arquetipo de manual psiquiátrico; cualquiera que haya asistido a los montajes escénicos de sus alocuciones, percibe esto con desasosiego: ese que habla no está bien de la cabeza. Gadafi es también un dictador militar, de tradición más nasseriana que islamista; lo cual explica sus pésimas relaciones con el entorno árabe y su acercamiento a Occidente. Su familia se ha enriquecido a costa del petróleo; también su clan, en un país que es más un rompecabezas de tribus que una nación. El derrocamiento de un tirano así sería, no hay duda, respetable. Como lo sería el de sus equivalentes en la zona: el rey de Marruecos, monarca de derecho divino y genocida en el Sahara; todos y cada uno de los emires del Golfo, tiranos medievales, inconmensurablemente más crueles y voraces que Gadafi; la monarquía saudí, muy probablemente el régimen más corrupto y más antidemocrático del mundo, que acaba de ocupar Bahréin; Irán, a punto de poner en marcha su armamento nuclear en el nombre del Altísimo… ¿Por qué empezar por Gadafi?


Segunda hipótesis. Aquella que los de la zeja esgrimieron como moralmente descalificadora de la guerra de Irak: el control del petróleo. Pero, si nos ponemos de verdad cínicos, el petróleo del cual Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos puedan apropiarse en Libia es cosa de broma, comparado con el que se obtendría ocupando la Península Arábiga. Y puede que Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos (y su pequeño y servicial Zapatero) sean tan malos como nuestros tercermundistas pretenden. Pero dudo de que sean idiotas.

Tercera hipótesis. Que estemos asistiendo a los primeros movimientos de peones sobre el tablero de la gran guerra entre suníes y chiíes cuya sombra parece desplegarse inexorablemente, con Arabia Saudí e Irán como adalides. Y que la previa limpieza de esa «irregularidad» que es la dictadura no islamista de Libia y su posterior despedazamiento en zonas tribales, no deje ya otro horizonte verosímil que el de tal choque. Que, bien los servicios de inteligencia saudíes, bien los iraníes, bien ambos, hayan sido la palanca de las extrañas movilizaciones populistas del Mediterráneo Sur en los últimos meses, es bastante más que probable. Jugar tan fuerte, sin embargo, sobre la militarizada Libia supone aceptar riesgos de envergadura mayor.

Describo sólo. Mentiría si digo que entiendo lo que pasa. Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.


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Zapatero. Sí a la guerra. Por José García Domínguez

Ahí, en el diestro manejo electoral de las miserias más inconfesables del censo, empezaría y acabaría el pacifismo presunto de ZP.

Los doscientos pacifistas contados que hay en España acaban de desfilar en devota procesión por Barcelona tras la manida sábana de rigor. Ésa que, según célebre sentencia de Revel, reza invariable: "No a la enfermedad, no a la medicina". O, lo que para el caso que nos ocupa viene a ser exactamente lo mismo, "No a Gadafi, no a la intervención". Los doscientos, digo. Pues ocurre que ni antes ni ahora ni nunca, ha habido uno más. De ahí lo asombroso de que la derecha, siempre tan cándida la pobre, se llame a algún asombro. Todos esos compungidos aspavientos invocando a los cómicos silentes del "no a la guerra"; los enternecedores reclamos de coherencia adánica al PSOE; la apelación recurrente a la retirada de Irak; diríase que los únicos que se toman en serio la retórica huera del presidente del Gobierno son sus adversarios.

Y es que el Zapatero sentido y sincero pacifista, simplemente, no ha existido jamás. Igual que rojo, rojísimo, presto a implantar no se sabe qué siniestra distopía colectivista. O el astuto Maquiavelo portador de un elaborado proyecto a fin de pervertir el secular orden moral de la tribu. Cuentos de Calleja. Literatura de cordel. Pura fantasía. Nada más lejos, tan prosaica, de la verdad. Al respecto, si Rodríguez fuese el Anticristo que quiso ver en él alguna opinión dada al tremendismo,habría, al menos, una gota de grandeza en el personaje; la suficiente como para simpatizar con su causa. Pero, ¡ay!, Zetapé ni un solo instante ha dejado de ser lo siempre ha sido: un vulgar oportunista.

Un simple estraperlista de emociones lo bastante astuto como para disfrazar de noble afán utópico la vergonzante cobardía, el miedo atroz que atenazó al pueblo soberano en ciertas vísperas de marzo. Ahí, en el diestro manejo electoral de las miserias más inconfesables del censo, empezaría y acabaría el pacifismo presunto de ZP. Por eso, cualquier analogía crítica que pretenda vincular Libia e Irak resulta hoy ociosa. En puridad, sería tanto como conceder que en Zapatero anida alguna convicción profunda de la que fuera susceptible abjurar por mor de fatales imponderables externos. Suponerlo íntimamente atado a un principio, el que sea; elevarlo a traidor, ¿acaso habrá recibido mejor regalo en toda su vida pública?


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El ex pacifista. Por Ignacio Camacho

Peter Pan vestido de comandante en jefe. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto.

TODO presidente tiene su guerra, dicen. Zapatero y Obama ya tienen la suya como la tuvieron Aznar y Bush junior, y antes González y Bush senior; es la cara amarga de la política, la cicuta del poder. Ocurre que en la personalidad y el currículum de Zapatero chirría el avatar bélico porque el presidente hizo de sí mismo el retrato de un pacifista contumaz, de un objetor de conciencia, de un hijo tardío del flower power, de un Gandhi vestido de Armani. Y se lo ha envainado, como se envainó la espada de paladín socialdemócrata y proteccionista, con la misma frialdad pragmática con que liquidó su apuesta feminista del Ministerio de Igualdad. En un mundo perfecto, en el País de Nunca Jamás, bastarían los buenos propósitos y la retórica de las intenciones para que prevaleciese el ansia infinita de pazzzzzzz. En el mundo real, desordenado y áspero, desapacible y hostil, la paz y la justicia —y el petróleo— requieren a veces el respaldo de unos bombarderos y Peter Pan ha de ponerse los pantalones largos del uniforme de comandante en jefe. En el caso de Zapatero su ingreso en la realidad, el final de su adolescencia política, casi se corresponde con su despedida. Un guiño siniestro de la Historia le devuelve en posición inversa al punto de partida, convertido, como el Zapata de Elia Kazan, en la clase de gobernante al que hace siete años hubiese combatido.

Zapatero se va a ir porque no puede continuar transformado en el reverso de sí mismo. No es ahora cuando más se ha equivocado; antes al contrario, su autodemolición se ha producido al comenzar a hacer parte de lo que debía. En la política económica, en la estrategia nuclear, en las alianzas internacionales, se ha conducido en los últimos tiempos bajo un soplo de relativa sensatez. Forzado por los acontecimientos, sí. A contramano de sus proclamas, sí. Guiado sólo por el afán de permanencia en el poder, sí. Ése es el problema; podía haber renunciado a deconstruirse y no lo hizo porque eso suponía abandonar y confesar un fracaso. Ahora se tiene que ir de todos modos; fracasado, sin crédito y rodeado de una contradicción tan patente que ha triturado su imagen pública. Pero el error esencial fue el del principio, el del adanismo, el de la frivolidad, el de la inconsistencia, el del fatuo engreimiento de la nada. Hoy podría pasar, en abstracción del pasado reciente, por un dirigente tan malo como cualquier otro. Proyectado sobre su propio retrato, aparece como un político sin principios capaz de caminar sin remordimientos en sentido contrario al de sus huellas.

Quizá ni él mismo podía esperar que su deconstrucción acabase en el visto bueno a un lanzamiento de misiles. Su nombre vinculado al siniestro argot bélico, a las palabras-fetiche del lenguaje de la guerra: tomahawks, portaviones, bombardeos. En el via crucisdel pragmatismo ha alcanzado la última estación. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto.


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Japón. ¿Son seguras las centrales nucleares?. Por María-Teresa Estevan Bolea

La primera lección que tenemos que aprender es evitar en un futuro la indignidad de algunos políticos y la frivolidad y falta de rigor de gran parte de los medios de comunicación en el tratamiento de esta tristísima situación que vive el pueblo japonés.

Desde el 11 de marzo, los medios de comunicación vienen ocupándose continuamente de la situación de los seis reactores existentes en las centrales nucleares japonesas de Fukushima. Ese día se produjo el terremoto y maremoto que asoló un tercio del territorio japonés y con gran incidencia en la zona costera nororiental de Japón.

En primer lugar, quiero poner de manifiesto mi solidaridad con el admirable pueblo japonés que, con su comportamiento en las circunstancias más adversas que pueda sufrir un ser humano, se han comportado ejemplarmente. ¡Qué alta tienen la inteligencia emocional!

El terremoto tuvo una magnitud 9 en la escala de Richter y el epicentro se situó en el mar, a poca profundidad y cercano a las costas nororientales de Japón. Al terremoto siguió un tsunami todavía más terrorífico, que fue el verdadero causante de los inmensos deterioros sufridos y no solo en las centrales nucleares, sino en un tercio del territorio japonés, arrasando tierras, carreteras, puertos, buques, casas, líneas eléctricas, ferrocarriles, vehículos y también las centrales nucleares de Fukushima Daini y Fukushima Daiichi. Se incendiaron dos refinerías de petróleo y muchos automóviles. Para completar el inmenso destrozo, han sufrido una ola de frío importante.

A pesar del gran terremoto, se mantuvieron en pie muchos edificios, líneas eléctricas, infraestructuras, puertos y desde luego las centrales nucleares. El verdadero problema fue el maremoto, con olas de 10 metros, que arrasaron todo lo que encontraron a su paso. Actualmente hay más de 8.000 muertos y más de 10.000 desaparecidos.


Como es bien conocido en esa zona hay dos centrales nucleares con 6 grupos, cuyos reactores han quedado seriamente dañados, no por el terremoto, pero sí por el tsunami.

¿Cómo funciona una central nuclear? Una central eléctrica es una planta industrial que emplea una fuente de energía primaria –agua, vapor, gas o viento– para hacer girar los álabes de una turbina cuyo eje está conectado con el eje del rotor de un alternador. El giro de la turbina hace girar una gran bobina –el rotor– en el interior de un campo magnético –el estator– situado en el alternador de la planta, generando así electricidad. En las centrales nucleares la energía primaria es el uranio 235, que es un isótopo radiactivo del uranio 238 (el uranio natural). El uranio 235 es el combustible nuclear que se coloca en la vasija del reactor y allí se producen las reacciones de fisión –la rotura o partición– de los átomos de uranio al impactar sobre ellos un neutrón. Ello provoca la liberación de una gran cantidad de energía, la cual vaporiza el fluido –agua– que circula por una serie de tubos o directamente para accionar el grupo turbo-alternador, produciendo electricidad.

Las centrales nucleares necesitan energía eléctrica y agua. El agua opera como refrigerante –extrayendo el calor generado en el núcleo por las reacciones de fisión de los átomos– y moderando –reduciendo– la velocidad de los neutrones para que se mantengan las reacciones de fisión. La energía eléctrica es necesaria porque hay numerosos circuitos y sistemas con bombas, válvulas, cambiadores de calor, instrumentación y otros servicios eléctricos y electrónicos.

El problema de la central de Fukushima se ha debido precisamente a la falta de electricidad por los efectos de tsunami sobre las líneas eléctricas del suministro exterior y por el deterioro del depósito y tuberías que alimentan de gasóleo a los generadores diesel, que constituyen la alimentación eléctrica interior y que también fueron dañados por el agua. Para la seguridad nuclear es esencial mantener en cualquier circunstancia la refrigeración del núcleo para extraer el calor generado por el combustible. En operación normal, el calor del núcleo se extrae mediante el circuito principal. En caso de parada del reactor, se sigue generando calor aunque se haya detenido el proceso de fisión, por el calor residual de los productos de fisión. Este calor se evacua mediante un circuito especial –sistema de refrigeración– que opera con bombas y cambiadores de calor.

A partir de aquí, el proceso sucedido en Fukushima es bien conocido.

Hay que tener en cuenta que la situación sigue evolucionando continuamente, por lo que no se dan datos. Afortunadamente ahora no empeora sino que paulatinamente se van controlando los 6 reactores y sus piscinas de enfriamiento y almacenamiento temporal del combustible usado. Hay que recordar también que en el momento del terremoto había 3 reactores en operación, 2 parados por recarga de combustible y 1 parado. En ese momento automáticamente pararon todas las centrales nucleares en operación.

Al alcanzar el tsunami la zona terrestre se perdió toda la alimentación eléctrica exterior. En ese momento arrancaron los generadores diesel, pero al cabo de una hora estos generadores diesel dejaron de funcionar por falta de gasóleo ya que el tsunami dañó también el depósito de gasóleo y las tuberías que alimentaban a los diesel.

Entre los días 11 y 20 de marzo, de forma ejemplar, los responsables y técnicos de las centrales Fukushima Daiichi y Fukushima Daini trabajaron intensamente, llevando a cabo numerosas actividades –las que estaban a su alcance– para controlar las altas temperaturas de los núcleos y vasijas de los reactores, así como en las piscinas de almacenamiento del combustible usado, que iban perdiendo agua al vaporizarse la existente y no poderse reponer.

Al fallar la alimentación eléctrica y no poderse refrigerar el núcleo y las piscinas, se fueron alcanzando temperaturas muy altas, hasta 1.200º C. A dicha temperatura es fácil la disociación de la molécula de agua, absorbiendo el circonio de las vainas del combustible el oxígeno y quedando libre el hidrógeno. El calor convirtió rápidamente en vapor el agua existente y ello obligó a efectuar algunos venteos para despresurizar la contención primaria y evitar así presiones excesivas, saliendo al exterior radiactividad. La acumulación de hidrógeno provocó varias explosiones que ocasionaron la rotura de partes de los edificios de contención, que también produjeron salidas de radiactividad al exterior.

A lo largo de los días se tomaron medidas para refrigerar con agua borada las unidades y para disponer de electricidad. De este modo se ha ido controlando la situación y los mayores riesgos.

El accidente ha sido gravísimo, con fusión de parte de los núcleos y problemas en las piscinas del combustible usado. De momento se ha calificado el accidente con un 5 de la escala INES, que significa accidente con consecuencias de mayor alcance. Se tomaron medidas preventivas para proteger a la población. Se han evacuado 500.000 persona que habitaban en un radio de 30 km. alrededor de las centrales. La situación radiológica ha ido cambiando continuamente, como es natural. La mayor parte de la radiactividad se ha dispersado en el mar. En las centrales han quedado afectados 45 trabajadores.

Respondiendo al título de estos comentarios, quiero recordar que nada en la vida humana es 100% seguro y que la prueba de que las centrales nucleares son seguras nos la da Japón, con sus centrales de Fukushima y su titánica labor para controlar las potentes fuerzas de la naturaleza.

Como siempre, habrá que esperar a que estos reactores lleguen a parada fría, analizar todo lo sucedido, estudiar las lecciones aprendidas y actuar en consecuencia, pero con prudencia, rigor y racionalidad.

La verdadera dimensión del accidente nos la ha dado el pueblo japonés. El mayor problema no han sido las centrales nucleares sino los 8.000 muertos, los 10.000 desaparecidos, el frío, la falta de electricidad, agua y alimentos, la pérdida de sus casa y de todo lo que tenían cientos de miles de japoneses.

Tengo para mí que la primera lección que tenemos que aprender es evitar en un futuro la indignidad de algunos políticos y la frivolidad y falta de rigor de gran parte de los medios de comunicación en el tratamiento de esta tristísima situación que vive el pueblo japonés y sobre todo, creo que debemos pedir disculpas a los japoneses por todo ello.


María-Teresa Estevan Bolea es ex presidenta del Consejo de Seguridad Nuclear

Libertad Digital - Opinión

La crisis libia. Por Florentino Portero

«Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos»

EL pasado jueves el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1.973 por la que se permite el uso de la fuerza para resolver la crisis libia. Lo que en un principio había sido una iniciativa francesa para establecer una zona de exclusión aérea se convirtió con el paso de las horas en una carta blanca para para acabar con el régimen de Gadafi. El presidente Obama, remiso a intervenir, una vez se convenció de que no tenía más remedio que involucrarse, pidió a su embajadora en Naciones Unidas garantías para hacerlo con las menos trabas y la mayor contundencia posibles. Rusia y China, miembros con derecho de veto, optaron por abstenerse a la vista de la posición de la Liga Árabe, opción a la que se sumaron estados clave como India, Brasil y Alemania.

Cuando escribo estas líneas cazas franceses y británicos están atacando posiciones controladas por fuerzas adictas a Gadafi y más de cien misiles de crucero han sido disparados desde buques británicos y norteamericanos. Unos hechos de esta magnitud invitan a una primera reflexión sobre las consecuencias internacionales de esta crisis. Nos encontramos ante una alianza ad hoc. No es una misión de Naciones Unidas, ni una acción de la Alianza Atlántica ni, mucho menos, de la Unión Europea. No estamos, como se nos repite hasta la saciedad, ante una posición tomada por la «comunidad internacional», sea eso lo que sea. El Consejo de Seguridad es un directorio de grandes potencias, no la expresión de un orden democrático. Una parte de esas potencias se ha lavado las manos y otra ha decidido intervenir por razones distintas, pero las organizaciones internacionales europeas han quedado de nuevo fuera de juego ante la falta de una visión común.


Tanto la Resolución como las potencias que han conformado la alianza fundamentan su posición en dos argumentos: la crisis libia es el resultado del alzamiento del pueblo frente al dictador, y este último está provocando una crisis humana. Desde mi punto de vista, y con la información disponible, no puedo compartir ninguno de estos dos argumentos. Más aún, estoy convencido de que tampoco los comparten quienes hoy están atacando a las fuerzas leales a Gadafi.

Libia es un estado tribal. Gadafi ha perdido el apoyo de una parte considerable de estas tribus y ello ha llevado a un levantamiento. No es casual que haya comenzado en la Cirenaica, como tampoco lo es que sus apoyos se encuentren en Tripolitania. Los líderes de la revuelta son ex ministros, responsables como el propio Gadafi de crímenes de toda condición y merecedores como él de las mayores penas. Sus motivos nada tienen que ver con la democracia, sino con el reparto de poder. No hay ningún pueblo que se levante contra un dictador, sino tribus enfrentadas.

El uso de la fuerza siempre provoca bajas civiles. Cuando los rebeldes avanzaron hacia Trípoli mataron e hirieron a civiles al tiempo que destruían casas. Cuando las fuerzas de Gadafi contraatacaron ocurrió, y continúa ocurriendo, lo mismo. Exactamente lo mismo que cuando las fuerzas aliadas avanzaron hacia Caen tras el desembarco de Normandía, cuando bombardearon Belgrado, cuando trataron de someter las revueltas en Falulla o cuando intentan erradicar las milicias talibanes en Afganistán. Esa es la naturaleza de la guerra, y cualquier comparación resultaría muy incómoda para los aliados.

Muchos se sorprenden de que Francia o España hayan cambiado sus papeles y se sumen a los que hemos defendido siempre la expansión de la democracia. No lo están haciendo. Su comportamiento, de hecho, no de palabra, es perfectamente coherente. En Libia no está en juego el triunfo de la democracia sino un determinado reparto de poder. La Liga Árabe, un cártel de dictaduras temerosas de los efectos de la democracia en sus propios países, ha solicitado su colaboración, y ellos han entrado en el juego. Fieles a su tradición, los dirigentes árabes mantendrán una posición en privado y otra en público, una hoy y otra mañana. Lo lógico habría sido contestar que lo resolvieran ellos, pero cuando se trata de contentar a amigos y satisfacer objetivos empresariales toda generosidad es poca. Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos. Sarkozy aprovecha una oportunidad para levantar cabeza y reivindicar tanto el papel de Francia en la región como su compromiso con la democracia. Zapatero, a la vista del fracaso de su Alianza de las Civilizaciones y de su insignificancia internacional, trata de poner en valor una decisión oportunista, determinada por sus declaraciones contra Gadafi —para satisfacer a una opinión pública que no entendería otra posición— y por la defensa de los intereses de nuestras empresas. En ambos casos están jugando a favor de regímenes dictatoriales, de sus socios comerciales o ideológicos.

Las potencias anglosajonas, en especial Estados Unidos y el Reino Unido, han adoptado una posición más reactiva: consideran que el triunfo de Gadafi resultaría humillante, una nueva merma de su autoridad, un escándalo de serias consecuencias. Tanto el Pentágono como la comunidad de inteligencia desaconsejaron la intervención norteamericana por desconfiar de los líderes rebeldes. Temen, con razón, que la alternativa puede ser aún peor. Finalmente ha sido el aparato diplomático quien ha ganado el pulso, con razones comprensibles. Los tres años de presidencia de Obama han sido los más más incoherentes en materia estratégica desde la II Guerra Mundial, su política hacia el Mundo Árabe ha sido caótica y necesitan con urgencia recuperar la autoridad perdida. Obama no se engaña sobre lo que está ocurriendo en Libia, sencillamente ha llegado a la conclusión de que tiene que evitar una victoria de Gadafi al tiempo que demostrar a la comunidad árabe que Estados Unidos todavía es la potencia de referencia.

Los hechos han dado la razón a Rumsfeld. La OTAN se ha convertido en un organismo diplomático irrelevante en materia de defensa. Cuando se trata de usar la fuerza se recurre a alianzas ad hoc, que se desvanecen tan fácilmente como se forman. Son las naciones, no los organismos internacionales, los que actúan a partir de sus propios intereses. La defensa de la democracia sigue siendo un buen argumento, pero en casos solo es eso. La democracia no está en juego en Libia, pero sí en Irán, por poner un ejemplo donde la causa de la libertad va unida a una clara amenaza a nuestros intereses de seguridad. Hemos decidido involucrarnos en una guerra civil entre libios donde, como la señora Merkel ha señalado, no sabemos qué parte es peor y qué consecuencias puede tener para la estabilidad de la región. Actuamos en política exterior con la misma ligereza con la que venimos administrando nuestra economía. Esperemos que los resultados no sean tan desastrosos.


ABC - Opinión

El deber de la seguridad

Los gobiernos occidentales han calibrado la capacidad de reacción de Muamar Gadafi a los ataques de la coalición multinacional. La conclusión se debate entre lo que sugiere el perfil de un asesino indiscriminado y el análisis de su capacidad para causar daño. El historial de este régimen con más de 40 años en el poder no es el clásico de las autocracias o teocracias de la región. Gadafi ha liderado una estructura con relaciones intensas con el terrorismo internacional y, bajo esa condición, ha estado en el punto de mira de las potencias occidentales. Hablar del dictador libio, motor de grupos criminales subversivos en la órbita de la extinta Unión Soviética, es en buena medida hacerlo de la historia del terrorismo internacional de las últimas décadas del siglo XX. Hoy conocemos que Muamar Gadafi ordenó en persona el atentado de Lockerbie, en el que una bomba a bordo de un avión de la Pan Am colocada por agentes libios causó 270 muertos en 1988, en lo que supone el atentado más grave en Europa hasta la fecha.

Por tanto, cuando el dictador amenazó con atacar objetivos militares y civiles del Mediterráneo tras sufrir los primeros bombardeos, la más elemental prudencia obliga a los países afectados a tomar sus palabras en serio. LA RAZÓN publica hoy que el Gobierno ha considerado innecesario aumentar el nivel de alarma terrorista ante la posibilidad de que agentes libios intenten algún ataque contra nuestros intereses por la participación de un notable contingente español en la operación. Se han evaluado los datos de que disponen los aliados y se ha concluido que Gadafi carece de la capacidad necesaria para perpetrar actos terroristas en suelo europeo.
Lógicamente, debemos confiar en la calidad de esas informaciones, aunque también entendemos que toda prudencia y precaucación es poca cuando el enemigo es un terrorista que ha maquinado acciones contra Occidente los últimos 40 años. No se trata de caer en falsos alarmismos ni de alentar fantasmas innecesarios. Son actitudes contraproducentes que confunden. Sin embargo, el Gobierno está obligado a tener muy presente de dónde venimos y cómo el subconsciente colectivo de este país mantiene vivo el recuerdo de los atentados del 11 de marzo cuando valora escenarios tan complejos para la seguridad. Puede que Gadafi no sea una amenaza para España. Estamos convencidos de que los responsables de Interior así lo piensan, pero cómo no preocuparse ante un terrorista con financiación, logística y contactos. Si no es un peligro real, se le parece demasiado.

A los riesgos sobre la seguridad se suma desde ayer el riesgo político de una fractura en la que se suponía era una sólida coalición. La Liga Árabe se desmarcó de la operación militar, porque «se trata de proteger a los civiles y no de bombardearlos». Este paso atrás es una complicación para una operación que era vendida como ejemplar en España.

El mando militar español informó de que nuestro contingente está ya desplegado y cuenta con autorización para el combate. De su profesionalidad y capacidad no hay duda. Estarán a la altura como siempre.


La Razón - Editorial
Lo sorprendente no es la hipocresía de las dictaduras, sino la incapacidad de las democracias por aprender la lección y mostrar una mayor resolución y convicción a la hora de defender las libertades.

A estas alturas ya debería resultar evidente que los principios del multilateralismo y del pacifismo conducen a una desastrosa política exterior y defensa en Occidente. En el caso de Libia, ya denunciamos que la lentitud a la hora de pararle los pies a Gadafi le había concedido al dictador libio un tiempo precioso para reconquistar el país y acorralar a los rebeldes. Antes de iniciar cualquier ofensiva, EEUU, Francia y Gran Bretaña deseaban contar con el apoyo explícito de la Liga Árabe y, al menos, con la no oposición de Rusia y China dentro del Consejo de Seguridad de la ONU.

En su momento, ya pusimos de manifiesto el absurdo que suponía buscar la aquiescencia de dictaduras y de Estados de Derecho fallidos en la defensa de la democracia y de la libertad. Dado que la izquierda sólo está dispuesta a apoyar una ofensiva militar no en función del resultado que persiga sino de la presencia de acompañantes indeseables, hubo que consentir que Gadafi continuara "persiguiendo como ratas" a sus ciudadanos mientras nuestros diplomáticos se cocinaban el acuerdo.


Finalmente, el acuerdo llegó: la Liga Árabe apoyó la zona de exclusión aérea y Rusia y China se abstuvieron en el seno de la ONU. La izquierda tenía su guerra multilateral y el apoyo a los rebeldes podía, por fin, comenzar. Mas a los pocos días de iniciar la ofensiva, no queda demasiado claro para qué hubo que esperar tanto: la Liga Árabe, Rusia y China ya han pedido el cese inmediato de los ataques. Por si alguien tenía alguna duda, ninguno de estos países tiene sólidos principios –mucho menos sólidos principios democráticos– sino sólo unos intereses que defienden perfectamente gracias a su capacidad para mezclar diplomacia con propaganda.

No es algo que debiera extrañarnos, pues sin ir más lejos la Liga Árabe viene empleando esta maniobra desde hace años. Ya sucedió con la guerra del Líbano de 2006 –cuando la propia Liga le pidió a Israel que le parara los pies a Hizbollah para rasgarse las vestiduras nada más comenzar los ataques– o con la reciente ofensiva israelí contra Gaza. Lo sorprendente no es la hipocresía de las dictaduras, sino la incapacidad de las democracias por aprender la lección y mostrar una mayor resolución y convicción a la hora de defender las libertades. Los libios le habrían agradecido a Occidente una mayor celeridad a la hora de defenderlos del mismo modo en que hoy la inmensa mayoría de iraquíes le agradecen a Bush que no comulgara con las ruedas de molino de un paralizador multilateralismo.


Libertad Digital - Editorial

En busca del efímero apoyo de las dictaduras