miércoles, 2 de marzo de 2011

Gasógeno. Por Ignacio Camacho

El Gobierno de la posmodernidad retrocede al pasado de autarquía: cualquier día reinventa el gasógeno.

«Cuántas luces dejaste encendidas,
yo no sé cómo voy a apagarlas»


José Alfredo Jiménez

PELIGRO: el Gobierno ha entrado en estado de ocurrencia y puede suceder cualquier cosa, desde que apague por decreto la luz hasta que racione la gasolina o establezca turnos para circular en coche. Los campeones del despilfarro, los dadivosos repartidores de regalías y cheques proteccionistas, han descubierto de pronto que no les queda un céntimo en caja y se han entregado a técnicas de microahorro doméstico propias de la escasez de posguerra. De momento, con la limitación de velocidad han retrocedido cuarenta años, a tiempos de Arias Navarro, y en esa pendiente de retorno al pasado pueden acabar resucitando la autarquía. Menos mal que era gente posmoderna, porque a este ritmo existe serio riesgo de que reinventen el gasógeno.

Cuesta creer que estos paladines de la estrechez que cada tarde revisan el termostato de la calefacción pertenezcan al mismo Gobierno que pasó dos años negando la crisis o vaticinándole un curso corto y leve. Si no se hubiesen pulido el superávit en salvas no tendrían que andar ahora rebuscando calderilla por los entresijos de los sofás y escatimando iluminación en las carreteras. Una vez que han aceptado a la fuerza la evidencia de la recesión no pasa día en que no encuentren un horizonte más espeso de penuria. Se han acostumbrado a la impopularidad y han asumido el papel de padres en aprietos que miran de reojo la hucha de los niños. Eso sí, en su fragorosa tormenta de ideas pedestres ni por asomo se les alcanza al caletre la posibilidad de dar ejemplo aparcando la flota oficial de audis de alta cilindrada o renunciando a los falcons y los mystèrespara acudir a mítines de fin de semana. Eso es el chocolate del loro, pero el loro del poder va siempre motorizado y la austeridad es cosa de la parte contratante de la segunda parte. O sea, de los otros.

Cualquiera de los recortes administrativos a que se viene negando el Gobierno ahorraría más que los apagones improvisados, los bolígrafos desparramados o esos diez kilómetros por hora de menos que van a convertir las autovías en un concurso de orugas. El problema no es que las sedes institucionales se queden encendidas hasta las nueve —otro descubrimiento de última hora para el que bastaba observar los ventanales— sino que se necesitan muchos edificios para albergar a todos los funcionarios y altos cargos que han hipertrofiado las administraciones. El crecimiento injustificado del sector público es insostenible en doble sentido: no se puede pagar y además provoca un consumo energético extra que debería sonrojar a los ecocombatientes del cambio climático. Como por ahí no quieren meter la tijera cada mañana se sacan del magín una nueva medida presuntamente luminosa; pero mientras más ocurrencias alumbran más a oscuras nos quedamos.


ABC - Opinión

Carreteras más inseguras

Acentuar y multiplicar las medidas para consumir menos combustibles y lograr una mayor eficiencia energética es no sólo encomiable, sino muy necesario. Pero no se pueden improvisar ni anunciar con cuentagotas, sin coordinación y al buen tuntún, que es lo que está haciendo el Gobierno desde que el pasado viernes avanzó una rebaja de la velocidad en autovías y autopistas. Por si el incendio causado por esta iniciativa no fuera suficiente, el ministro de Fomento, José Blanco, ha echado más gasolina al fuego al declarar que planea reducir la iluminación en las carreteras del Estado para ahorrar la mitad de la factura eléctrica. ¿Son medidas adecuadas o se trata de señuelos para no afrontar la cuestión de raíz? De entrada, no parece que la reducción de la velocidad en 10 km/h suponga un ahorro apreciable, como han certificado los expertos. El hecho de que varios ministros hayan discrepado en público sobre su eficacia demuestra que se trata de una medida alocada, inconsistente y baladí. Además, resulta revelador que un país como Holanda, donde los combustibles son más caros que en España y cuya dependencia energética del exterior es tan elevada como la nuestra, haya tomado una decisión en la dirección opuesta: subir el límite de velocidad a 130 km/h. Al parecer, Gran Bretaña también estudia secundarla «para ahorrar combustible». Conscientes, tal vez, de que el argumento del ahorro se desvanece, desde el Gobierno se ha ensayado en las últimas horas otro discurso: el de la seguridad. Tanto el presidente como Rubalcaba han subrayado que reduciendo la velocidad se producirán menos accidentes y menos muertes. Es muy discutible que los efectos sean mínimamente relevantes, pues hay que recordar que la gran mayoría de los siniestros mortales se producen en las carreteras secundarias y de doble dirección, no en las autovías y autopistas, que es donde se ha rebajado la velocidad. Pero es que además este discurso de la seguridad choca frontalmente contra la medida anunciada por Blanco de reducir a la mitad la iluminación en las carreteras del Estado. No se necesita echar mano de sesudos estudios sobre la relación entre seguridad e iluminación, que los hay y son muy concluyentes, para adelantar que si se lleva a cabo la drástica decisión de Fomento se incrementará de modo sensible el número de accidentes. La iluminación de carreteras y autovías en aquellos trazados más conflictivos, peligrosos y de proximidad a núcleos urbanos es una necesidad vital para evitar accidentes, como así se demuestra estadísticamente. Por tanto, resulta inviable la pretensión de Fomento, por más que la trata de disfrazar con otras excusas, como la de sustituir por «leds» las actuales bombillas. Cualquier técnico del Ministerio de Industria sabe que no se puede cambiar de tecnología sin renovar la infraestructura básica que la soporta, y modificar el alumbrado supondría un coste que, en esta coyuntura, es inasumible para Fomento. Es difícil saber qué pretende conseguir el Gobierno con éstas y otras ocurrencias, pero una cosa es segura: no logrará ningún ahorro significativo y aumentará el riesgo en las carreteras.

La Razón - Editorial

Asfixiar a Gadafi

La tardía presión internacional debe servir para que los propios libios ajusten cuentas al tirano.

La ONU, EE UU y Europa han salido finalmente de su sopor castigando a Gadafi con tardías medidas de presión. La resolución unánime del Consejo de Seguridad, que convierte al dictador libio en un apestado internacional e incluye la petición a La Haya para que le juzgue por crímenes de guerra, constituye por su relativa firmeza, pese a lo interminable de su gestación, un hito en los adormecidos mecanismos de la ONU. Las represalias contribuyen a estrechar el cerco al sanguinario déspota, pero tardarán en materializarse; y algunas tienen solo un valor simbólico en una fase de la confrontación en la que Gadafi parece más decidido a resistir y morir matando que a buscar seguridad fuera del país sublevado al que ha aterrorizado y esquilmado durante más de 40 años.

De esta presión exterior creciente forma parte por vez primera la amenaza militar. Washington está acercando a Libia parte de su flota mediterránea y Barack Obama y sus aliados europeos han comenzado a hablar abiertamente de preparativos bélicos, como la imposición de una zona de exclusión aérea sobre el país norteafricano como primera opción. Pero esos movimientos son harina de otro costal y los tiempos en Libia y fuera de ella son diferentes. El despliegue naval en marcha tiene como propósito fundamental la intimidación y el eventual rescate masivo de civiles en una zona donde se está gestando una crisis de refugiados de enormes proporciones. Y el deseable cierre del espacio aéreo, para evitar que Gadafi utilice la aviación como arma de exterminio -derribando sus cazas en última instancia-, es una operación lenta y compleja, que exige como preámbulo la aniquilación de sus defensas antiaéreas. La acción directa en favor de los sublevados no tendría sentido mientras los libios que luchan contra el tirano no integren un frente único, y lo suficientemente homogéneo política y territorialmente, que lo permita. Parece que una intervención terrestre abierta, que únicamente podría abanderar la Casa Blanca, está descartada en Libia por el momento. Y no solo porque requeriría la improbable unanimidad del Consejo de Seguridad, sino porque tanto Europa como EE UU arrastran invencibles fantasmas después de Irak y Somalia.

Gadafi es un cadáver político, y es más probable y mucho más deseable que sean los propios libios, cada vez con mayor control de la situación, los que tengan la oportunidad de ajustar las cuentas al coronel de atrezo. El cerco internacional debe estrecharse hasta privar de cualquier oxígeno militar, político o económico a uno de los déspotas más contumaces del planeta. Pero el maremoto de libertad que sacude el vasto mundo árabe ha obtenido su legitimidad de lo inmaculado de su génesis popular, al margen de instrumentalizaciones espurias interiores o exteriores. Si son sus compatriotas los que ponen fin al experimento de terror ejecutado por Gadafi, será mucho mejor para la nueva Libia.


El País - Editorial

Racionamiento privado y despilfarro público

Salvo que queramos avanzar a pasos agigantados por el camino de la servidumbre, a quien le corresponde decidir qué debe hacer el ciudadano con su renta disponible, en qué gastarla y cuánto ahorrar es al propio ciudadano.

No contento con su liberticida ocurrencia de limitar la velocidad máxima en carretera a 110 Km/h como medida de ahorro forzoso en gasolina, el Gobierno baraja, junto a la Federación Española de Municipios y Provincias, otra colectivista medida de ahorro energético como sería la de poner una tasa por acceder en coche al centro de las ciudades. De esta forma, y según ha explicado el presidente de la FEMP, el socialista Pedro Castro, sólo los vehículos con matrículas pares podrían circular por los centros urbanos los días pares, mientras que los de matricula impar lo harían el resto de días. Por si esto fuera poco, el PSOE también ha analizado la posibilidad de limitar todavía más la velocidad en los cascos urbanos, pasando del máximo actual de 50 a 30 Km/h.

Parece evidente que, con estas disparatadas medidas, las autoridades públicas no buscan sino nuevos medios para satisfacer su voracidad fiscal mediante nuevas tasas y multas. Con todo, y aun concediendo que fuese una inédita preocupación gubernamental por el ahorro lo que las motiva (algo que, por cierto, no parece compartir el keynesiano secretario de Estado de Economía) habría que señalar que, con ellas, el Ejecutivo invade esferas que no le competen. Y es que, salvo que queramos avanzar a pasos agigantados por el camino de la servidumbre, a quien le corresponde decidir qué debe hacer el ciudadano con su renta disponible, en qué gastarla y cuánto ahorrar es al propio ciudadano. Ese es un derecho de toda persona tanto como es un deber de las administraciones públicas hacer un uso austero y eficiente de los recursos que extraen del contribuyente.


Si tanto le preocupa al Gobierno el ahorro en energía, en lugar de disparatadas y liberticidas medidas de racionamiento, que empiece por liberalizar el modelo energético; pues ahora impone barreras a ciertas formas de producción de energía, como la nuclear, y fija los precios, distorsionando su irremplazable función de informarnos de su demanda y escasez relativa.

Esta nueva cantinela del ahorro es, por otra parte, tanto más insultante para el ciudadano cuando las administraciones públicas siguen gastando mucho más de lo que ingresan, como deja en evidencia sus casi cien mil millones de déficit. Aunque esta cifra, que supone un 9,2% del PIB, cumpla con la promesa que el Gobierno le hizo a Bruselas, no por ello deja de situar a España en el vagón de cola de la UE. Eso, por no hablar de que esta reducción en conjunto del déficit público se debe exclusivamente al Estado central, pues los ayuntamientos y, sobre todo y a gran distancia, las comunidades autónomas siguen incumpliendo de manera creciente sus compromisos en este terreno.

Bien está que las diversas administraciones hagan esfuerzos por un consumo más eficiente de la energía que ellas consumen, siempre y cuando no pongan en peligro al ciudadano (por ejemplo, con una reducción de la iluminación en carreteras). Pero incluso el más plausible y legítimo ahorro estatal en energía será el chocolote del loro comparado con otro tipo de despilfarro público contra el que no se quiere meter tijera.


Libertad Digital - Editorial

La pasión árabe de Zapatero

El «plan Marshall» es otra ocurrencia de Zapatero sobre el mundo musulmán tan poco elaboraday solvente como su Alianza de Civilizaciones.

LA gira árabe del presidente del Gobierno está poniendo de manifiesto algunas de las reiteradas contradicciones y debilidades de su discurso sobre aspectos fundamentales de su mandato: la crisis económica o la política exterior. No cabe dudar de la conveniencia de que el jefe del Ejecutivo realice viajes al exterior para promocionar la economía española y procurar las máximas inversiones posibles, más ahora, cuando España necesita recuperar urgentemente la confianza de los mercados internacionales. Cuestión distinta son el contexto y el mensaje de estas giras, porque entonces entran en juego matices muy importantes. Por lo pronto, habrá que esperar a que se materialicen los compromisos de inversiones anunciados por el Gobierno tras los encuentros con las autoridades de Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, porque no sería la primera vez que se vende humo a la opinión pública. Por otro lado, las inversiones que estos Estados árabes han anunciado en las cajas españolas —450 millones de euros en total— muestran un panorama nada optimista, cuando el capital que el Gobierno y el Banco de España han calculado para la viabilidad de las cajas está entre 25.000 y 50.000 millones de euros. Menos es nada, podrá decirse, pero no hay que olvidar que se trata de dos economías bien atesoradas. Las respuestas de otros Estados menos solventes no podrán ser mejores. Por otro lado, mal síntoma es que el presidente del Gobierno tenga que andar captando fondos para las cajas en sus viajes al extranjero, porque el mensaje que da a entender es que estas no serán capaces de captarlos por sí mismas, y que el mercado español o europeo no estará en condiciones de aportarlos.

Al mismo tiempo, la gira árabe de Zapatero hace inevitable su asociación a la cadena de revoluciones en el norte de África, para el que el presidente del Gobierno pidió, antes de iniciar su viaje, un «plan Marshall» como el que permitió la recuperación europea tras la II Guerra Mundial. Es otra ocurrencia de Zapatero sobre el mundo árabe y musulmán, tan poco elaborada y solvente como la de su Alianza de Civilizaciones, que si alguna ocasión tenía de demostrar su utilidad es, precisamente, este movimiento de liberación. No es extraño que de la tal Alianza nada se sepa porque nunca se planteó la democracia y la libertad de los pueblos árabes y musulmanes como sus objetivos, sino el diálogo inane con los mismos dictadores y teócratas que ahora están cayendo.


ABC - Editorial

martes, 1 de marzo de 2011

Hacia el estado de excepción. Por Hermann Tertsch

Tienen quince meses de manos libres, pánico y obsesión por impedir que se les hunda el proyecto.

WILLY Münzenberg fue un brillante agitador comunista alemán que elevó la manipulación y la intoxicación política a la categoría de arte. Fue el inventor y promotor de toda la red de organizaciones «independientes» que trabajaron para Stalin en las sociedades democráticas occidentales. Dirigidas por agentes propios pero nutridas por idealistas, necios y biempensantes —los célebres tontos útiles— lograron contrarrestar con eficacia durante décadas los esfuerzos de demócratas y anticomunistas por revelar al mundo las atrocidades del régimen soviético. Murió en 1940 en Francia en su huida hacia España, aunque nunca se supo si asesinado por nazis o comunistas. Pero su legado pervivió en la cultura de la izquierda hasta nuestros días. Aquel genio organizador era un intelectual y habría sentido cierto rubor ante los pedestres argumentos de los actuales agentes intoxicadores y tontos útiles en defensa de los continuos recortes de libertades del Gobierno socialista español. Las razones y las cortinas de humo de sus agentes para justificar u ocultar los crímenes de Stalin eran torticeros hasta la obscenidad. Pero tenían un músculo intelectual del que carecen las sinsorgadas que ahora oímos a favor de la reducción de la velocidad en carreteras, la represión de nuestra lengua o la persecución del fumador y de la propiedad privada de los establecimientos. Pronto oiremos otras para justificar leyes como la de «Igualdad de trato», atentado capital contra el Estado de Derecho que prepara el Gobierno para dotarse de manos libres en implacable injerencia de las conductas ciudadanas, vidas privadas y relaciones personales. Todo lo que hemos visto en intervención coercitiva en nuestras vidas empalidece ante los planes del Ejecutivo para desactivar toda autodefensa del ciudadano ante la voluntad impositiva del poder.

Consciente de la pedantería que supone citarse uno mismo, insisto —ahora que tantas encuestas hacen creer que basta con aguantar unos meses para olvidar esta pesadilla— en la tesis central de mi «Libelo contra la secta». El Gran Timonel y su tropa no han dejado nunca lugar a dudas sobre su voluntad de permanencia: «El cambio que invocamos va mucho más allá de una mera alternancia en el Gobierno». Zapatero llegó con la intención de quedarse y de abolir, si no «de iure», sí «de facto», la alternancia política en España. Por medio de alianzas frentepopulistas y la destrucción de la oposición. Y una labor legislativa con este fin. Que la crisis económica y su propia ineptitud hayan hecho casi inalcanzable este objetivo no significa que renuncien al mismo. Por eso no debe sorprender lo sucedido desde que asumieron que no habría una recuperación económica a tiempo para forzar el olvido de sus mentiras y del fracaso de su gestión. Las medidas adoptadas y las ya anunciadas tienen por objeto imponer en el país un virtual estado de excepción. El Gobierno, erigido en único intérprete de los intereses colectivos, adopta medidas extraordinarias, provisionales o no. Todas tienden a cercenar las libertades individuales, sirven para combatir a la oposición con las armas del Estado y otorgan discrecionalidad a la acción de gobernar. Ajenos a todo escrúpulo, tienen quince meses de manos libres, pánico y obsesión por impedir que se les hundan el proyecto y el acomodo. Lo harán «como sea» o «cueste lo que cueste», por utilizar dos de las expresiones favoritas y más reveladoras del caudillo de esta siniestra aventura.

ABC - Opinión

110 Km/h. ¿Quién es Rubalcaba para ahorrar por mí?. Por Guillermo Dupuy

¿Quién es el Gobierno para obligar al ciudadano a ahorrar en una gasolina que éste se paga íntegramente de su bolsillo? ¿A qué viene ahora la preocupación por el ahorro de un Ejecutivo que tanto despilfarro forzoso ha impuesto a través del gasto público?

Es sabido que la falta de liberalización en la producción suele traer aparejadas, tarde o temprano, algunas medidas, no menos coactivas, de racionamiento en el consumo. No por sabido deja, sin embargo, de resultar hiriente que el mismo Gobierno que nos impone un indirecto pero monumental despilfarro forzoso con su reaccionaria negativa a liberalizar el mercado energético, en general, nos salga ahora con la necesidad de ahorrar en gasolina como justificación de su más reciente ocurrencia liberticida, como es la de reducir el límite de velocidad a 110 Km/h.

Si el Gobierno quisiera de verdad reducir nuestra dependencia del petróleo, en general, debería empezar por dar libertad a la producción de energías alternativas, como la energía nuclear, y dejar que el mercado hiciera los procesos de sustitución allí donde resultasen más eficientes.

Con todo, no nos deberíamos tomar demasiado en serio la excusa del "ahorro" con el que el Ejecutivo ha vuelto dar una nueva vuelta de tuerca contra nuestras libertades: al margen de que los expertos cuestionan el ahorro en gasolina que va a suponer dicha reducción en el límite de velocidad, ¿quién es el Gobierno para obligar al ciudadano a ahorrar en una gasolina que este se paga íntegramente de su bolsillo? ¿A qué santo viene ahora la preocupación por el ahorro de este Ejecutivo que tanto despilfarro forzoso ha impuesto y sigue imponiendo al ciudadano a través del descontrolado gasto público?

La cuestión está que el Gobierno socialista disimula con el ahorro energético lo que no es sino una de sus muchas pulsiones liberticidas, como es el afán recaudatorio. Y es que, en realidad, lo que se pretende con esta medida no es que los ciudadanos ahorren en gasolina sino que se dejen más dinero en multas por exceso de velocidad. Hace ya mucho tiempo que el Gobierno de Zapatero ha descubierto en la seguridad vial y en la supuesta protección del medio ambiente un nutritivo medio de política fiscal. Lo que pasa es que los socialistas disimulan su saqueo y su coacción apelando a la necesidad de proteger nuestra seguridad, nuestra salud, ahora incluso nuestro bolsillo. Vamos que, encima, pretenden que les demos las gracias.


Libertad Digital - Opinión

El profesor Bacterio. Por Tomás Cuesta

Rubalcaba es en sí un yacimiento de fósforo en las debilitadas y confusas filas del PSOE.

ES de sobras conocida la competencia para la Química (e, incluso, para la Alquimia) del titular de Interior y vicepresidente. Pero, por si alguien ignoraba aún que Rubalcaba es uno de los contados ministros que allega título universitario al expediente, ya se ha encargado él de hacerse lenguas de ese fulgor científico que alumbra en su mollera y de poner de manifiesto las supuestas virtudes de sus marchitos laureles académicos.

Se reivindicó, primero, sutil como las ondas y, como los fotones, ahíto de potencia. Dio en aplicar a sus innumerables adversarios (dentro y fuera del Partido) la retahíla que aprendió de carrerilla en la carrera. De ahí que González-Pons, en lugar de ser un reaccionario al uso, resulte algo peor, o más inquietante al menos: un producto reactivo, un absoluto incordio, una auténtica peste. Otros habrá que sean alcalinos, iónicos, clorhídricos, básicos o inertes. El chiste, en todo caso, no reside en la jerga del personaje para poner en solfa al oponente, sino en la caricatura que traza de sí mismo, por descuido quizá, tal vez por desvergüenza. Rubalcaba hace mutis por el foro y el tenebroso Freddy el Químico se enseñorea de la escena. La realidad es un proceso que se desarrolla «in vitro», una mentira alambicada, un redomado entuerto. La política, el fruto de una destilación impura en la que se confunden esencias y apariencias. Piedra filosofal que, al tornar plomo en oro, rescata al memo Midas y hace que Pepe Bono viva «tan ricamente». Todo es química. Desde la configuración electromagnética del chivatazo del Faisán a la combinación de elementos, del estroncio al selenio, en la sucesión socialista. Por no hablar de los desencadenantes de la combustión, en los cuales profundiza hasta determinar la ecuación óptima entre velocidad y consumo de carburante.


La tentación obvia es compararlo con el doctor Jekyll de Stevenson, creador de la pócima (más química) que transmuta al sereno científico en energúmeno Hyde, para al cual descuartizar a una damisela es tan trivial como ceder la acera a una viejecita. Sin embargo, la variedad de habilidades de nuestro prohombre, su inquietante propensión a las metamorfosis y su vis tragicómica encajan mejor en la personalidad multidisciplinar de Mortadelo, pareja de hecho de Filemón. Pasar de ministro de Industria a guardia de tráfico sin perder la compostura, al tiempo que se erige en recaudador del Reino, es un «gag» que no por repetido deja de tener su mérito.

Sustancia y disfraz, síntesis y papel, genio y figura, Rubalcaba es también el ácido —que no cal viva— en el que se disipan las dudas de los barones socialistas, a los cuales visita en fines de semana y agrestes veladas de neón electoral y plutonio en el verbo. No hay más que ver las propias reacciones de Rubalcaba, un catalizador cuando se trata de provocar fusiones, fisiones, colisiones y montoneras. Puro polonio en bruto, Rubalcaba es en sí un yacimiento de fósforo en las debilitadas y confusas filas del PSOE, el único capaz de frenar España y a Rajoy, un estereotipo de conductor al ralentí, de esos que aprovechan las bajadas para embragar el punto muerto. El martillo del PP afina la mezcla en su atanor. Quedan días para entregar el testigo. Entre tinieblas.


ABC - Opinión

Zapatero vende España a los únicos que nos fían: dictadores y tiranos. Por Federico Quevedo

España necesita dinero, decíamos ayer en El Confidencial. Mucho dinero. El hecho en sí ya es una consecuencia dramática de la penosa gestión de la cosa pública llevada a cabo por este Gobierno de ineptos que durante todo este tiempo atrás se ha dedicado a cualquier cosa menos a preocuparse de lo que debía, es decir, de anticiparse a una situación como esta en lugar de ir por el mundo presumiendo de lo cojonudos que somos y del magnífico sistema financiero que tenemos, ese mismo al que ahora hay que salvar con nada menos que 50.000 millones de euros, según Moody’s.

Ahora toca recoger velas y asumir los costes de una política basada en el despilfarro y la centrifugación del gasto público que nos ha llevado a niveles desorbitados de endeudamiento, con el coste añadido que supone la desconfianza de los mercados en la deuda de los países periféricos que nos ha llevado a colocar nuestra deuda, sí, pero a un coste que nos va a exigir tener que refinanciarnos para poderlo afrontar, lo que nos sitúa en el epicentro de un endemoniado círculo vicioso. Lo peor es que antes, al menos, nuestra deuda la compraban nuestros propios bancos acudiendo al grifo del BCE y otras entidades europeas, pero desde hace unos meses eso se ha acabado y nos obliga a buscar terceros países no comunitarios que estén dispuestos a poner su pasta sobre la mesa para comprar nuestro endeudamiento, eso sí, con elevados tipos de interés.


Y en esas está el Gobierno, en concreto Rodríguez Zapatero, pero en lugar de hacer un road show por países mínimamente fiables, nuestro Gobierno se ha dirigido a países ricos, es verdad, pero desde el punto de vista político auténticas tiranías que someten a sus pueblos y cuyo sistema jurídico deja mucho que desear. Ayer, en Qatar, Rodríguez arrancó un compromiso de inversión de 3.000 millones de euros, 2.700 millones en empresas de telecomunicaciones y 300 en las cajas españolas y hombre, yo qué quieren que les diga, ya sé que no es una gran cantidad teniendo en cuenta que la inversión que requieren puede llegar a esos 50.000 millones, pero me produce sonrojo que tengamos que recurrir al dinero sucio de una dictadura del petróleo para sacar adelante la conversión de las cajas en bancos.
«No digo que no haya que tener una buenas relaciones con ellos, sobre todo si tenemos tanta dependencia de sus fuentes de energía, que esa es precisamente una de nuestras cruces que este Gobierno en lugar de corregir se ha dedicado a incrementar, pero de ahí a invitarles a participar con tanto protagonismo del banquete financiero que nos estamos dando….»
¿Tengo que recordarles a ustedes que ya tuvimos una experiencia poco ejemplarizante de la presencia de algunos de aquellos países en nuestra economía? Y no contento con sacarle 3.000 millones a los de Qatar, hoy Rodríguez se ha desplazado a los Emiratos Árabes, que como ustedes saben también se caracterizan por la profundidad de su sistema democrático, para obtener nuevas ayudas. Aquí, además, cuenta con el aval de la Casa Real que ya ha ido abriendo camino. La tercera pata de la mesa se llama China, otra gran democracia de oriente de la que España espera grandes inversiones y, sobre todo, compra masiva de deuda. ¡Vaya hombre! Antaño eran los americanos, alemanes, franceses y otros países de mayor ejemplaridad democrática los que buscaban nuestra geografía para invertir, pero ahora tenemos que pedir a gritos que lo hagan estas viles tiranías.

¡Ay, Rodríguez! Quién le ha visto y quién le ve. El hombre que predicaba el talante, la lucha contra la exclusión, el apoyo y la defensa de los más pobres y los marginados, dándose la mano con dictadores y tiranos para venderles un cachito de nuestra piel de toro. Dice Rodríguez que Qatar confía en la economía española… Pues deben ser los únicos, y vaya usted a saber a cambio de qué confían tanto, porque aquí nadie regala confianza gratis, sobre todo si se trata de regímenes poco aconsejables por mucho gas y mucho petróleo que tengan en su subsuelo.

Cuidado, yo no digo que no haya que tener una buenas relaciones con ellos, sobre todo si tenemos tanta dependencia de sus fuentes de energía, que esa es precisamente una de nuestras cruces que este Gobierno en lugar de corregir se ha dedicado a incrementar, pero de ahí a invitarles a participar con tanto protagonismo del banquete financiero que nos estamos dando… ¡Hombre! Habría que pensárselo dos veces, entre otras cosas porque, ¿quién nos dice a nosotros que mañana no va a pasar en Qatar lo que ya ha pasado en Libia y en Egipto, y entonces de lo firmado solo queda papel mojado? Es el problema de tratar con países de tercer nivel por muy ricos que sean, que las garantías jurídicas que ofrecen y nada viene a ser lo mismo, pero a lo mejor el problema es que Rodríguez ya no puede ofrecernos nada mejor y, si es así, lo suyo sería que se fuera.


El Confidencial - Opinión

Primarias. Democracia a la visigoda. Por Cristina Losada

¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia interna? Hablamos, en realidad, de elegir al déspota: al líder y a la camarilla que regirán el partido y controlarán el aparato con el firme propósito de evitar el surgimiento de desafíos y disidencias.

Con razón se muestra alarmado el presidente autonómico andaluz por el debate sucesorio en su partido. Griñán sucedió a Chaves sin debate de ninguna clase y ahí está, entre los EREs y el no serás, que es el destino que le escriben los sondeos. No quiere decirse que de haber resultado elegido mediante alguno de los procedimientos al uso, fuera a tener mejor pronóstico. Véase el caso de Gómez en Madrid. El feliz ganador de unas primarias no levanta cabeza en las encuestas. La relación entre democracia interna y preferencias del electorado es vidriosa, máxime cuando las primarias se circunscriben a la feligresía con carné. Ahí, la elección dirime disputas entre facciones y familias. Lo propio de un partido, vaya.

En un partido se piensa únicamente en la sucesión desde el instante en que se olfatea un recambio en las alturas. Si, además, huele a derrota, ese pensamiento deviene obsesivo. Puestos a hacer de la necesidad virtud, los socialistas han dado en presumir de democracia interna. Se jactan de tener "cultura de primarias", aunque a algunos les bastaría con disponer de cultura. Comparado con el PP, el historial del PSOE es, en ese aspecto, menos deficiente, pero en absoluto modélico. Una vez, una, eligieron a su secretario general mediante primarias y fue, ay, una estrella fugaz. El elegido por las bases no era el elegido de los dioses y, en consecuencia, se eliminó a Borrell. Y, contra lo que dice la leyenda, Zapatero no salió triunfante de unas bonitas primarias, sino de un pacto, en un congreso, entre el PSC y los de Balbás.

¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia interna? Hablamos, en realidad, de elegir al déspota: al líder y a la camarilla que regirán el partido y controlarán el aparato con el firme propósito de evitar el surgimiento de desafíos y disidencias. Viene a ser como la monarquía electiva de los visigodos. Seguían la costumbre germánica de elegir a los reyes, aunque luego se entregaban al hábito de destronarlos y, así, la mitad de aquellos monarcas murieron asesinados. Algún progreso hemos hecho y, hoy, los partidos no emplean métodos tan cruentos. Ni tan eficaces. Todo está en manos del déspota, incluida la opción de continuar o marcharse. Sin embargo, puesto que democracia interna y partido son elementos incompatibles, el único antídoto es la democracia externa: un sistema político que frene el poder partidario. Lo que falta, más que congresos y primarias, son contrapesos a su voracidad.


Libertad Digital - Opinión

La oposición de la oposición. Por M. Martín Ferrand

Esa demasía peyorativa con la que el PSOE quiere presentarse como oposición de la oposición es nociva para la democracia.

PODRÍA ser que, contra lo que muchos venimos pensando, José Luis Rodríguez Zapatero no fuera el más inútil entre los de su grupo. Ahora, cuando las encuestas pintan bastos y los más pícaros tratan de salvarse con el pretexto de servir para otras batallas que están por venir, son muchos los socialistas notables que nos enseñan sus vergüenzas. Quieren taparse la cara con el sayo —algunos con el mandil— para no salir en la foto del gran fracaso final del zapaterismo y nos enseñan las posaderas. José Blanco, que podría ilustrar con su fotografía el término friki, o friqui, en un diccionario enciclopédico les ha llamado frikis a los líderes del PP por no prestarle su apoyo a la chorrada gubernamental de reducir la velocidad máxima en las autovías para ahorrar combustible.

Aunque el nombre es nuevo, en España tenemos larga tradición de frikis notorios y de campanillas. Entre los que he tenido la oportunidad y el gozo de tratar subrayaría el talento errático de Chicho Sánchez Ferlosio, que hizo un buen trabajo en Antena 3 de Radio. En sus Coplas retrógradas, que algunos sabios de la Historia entendieron como canciones olvidadas de la Guerra Civil, nos cantaba: «Dicen que son mis coplas/ del dieciocho/ porque yo a lo podrido/ lo llamo pocho./ Ay, Pero Grullo/ si tuvieran las Cortes/ consejo tuyo». ¿En quien pensaría Blanco para hablar de frikis —¡y de «anarcoides»!— en el PP?

La descalificación del contrario es legítima en la confrontación política siempre que no conlleve desprecio a la inteligencia de los ciudadanos. Esa demasía peyorativa con la que el PSOE, incapaz de gobernar, quiere presentarse como oposición de la oposición es nociva para la democracia y destructora para el propio socialismo. Las imágenes de un Mariano Rajoy anarquista y de una friki María Dolores de Cospedal resultan tan chuscas como la de un sesudo Zapatero empeñado en el bien de una Nación que él mismo entiende como «discutida y discutible». Lo más tremendo de todo ello es que el vuelco electoral que producen las encuestas que ayer aparecieron en tropel obedece más al fracaso socialista que al mérito del primer partido de la oposición que, por elemental sentido de la responsabilidad, debiera ya ajustar programas y depurar planteamientos. El zapaterismo y sus frikis que llaman friki a quienes no saben lo que eso significa es una etapa estéril y dañina de nuestra historia reciente. Por ello resulta imprescindible el valor regenerador del relevo. En 1996 estábamos como ahora estamos y la hipótesis regeneradora que nos anunciaba José María Aznar se desinfló, como un suflé, en los salones del Majestic.


ABC - Opinión

Y ahora todos, a 110 km por hora. Por Andrés Aberasturi

Tendremos que creernos lo que nos digan, claro, pero todos no hacemos la misma pregunta: ¿de verdad reducir a 110 km por hora la velocidad máxima en autopistas va ahorrar tanta energía? Uno pone un gesto de duda pero sobre todo de escepticismo porque, para empezar, habrá que acostumbrar con urgencia a los conductores para que cumplan y, naturalmente, eso sólo se suele hacer -y conseguir a medias- mediante multas y más multas, lo cual tiene un doble efecto: el presunto ahorro de combustible y el más que probable aumento de la recaudación gracias a las sanciones.

Para seguir, habrá que recordar que no pocos, cuando las cosas iban bien y cuando empezaron a torcerse, pedimos un debate serio y no ideológico-populista sobre la energía nuclear que el Gobierno negó una y otra vez apostando por algo muy sostenible como las energías renovables, fuertemente subvencionadas y que a día de hoy y tal y como van las cosas, ha dejado ya, según los expertos a 35 mil personas en el paro. Y es que las cosas que suenan bien en los mítines y en la tribuna del Congreso, luego tienen que hacerse realidad y es ahí donde empiezan los conflictos; no basta con el "buenismo progre" de un mundo ideal, ojalá. Y es que frente al sueño aparece un barril de petróleo que se dispara y hay que cortar por lo sano las ayudas y todos los que vieron su oportunidad en tan alegres subvenciones, ven ahora como se desploma el castillo de arena.

Y volvemos al principio ¿de verdad el Gobierno quiere solucionar el asunto bajando 10 kilómetros por hora la velocidad máxima de los coches en las autovías? No doy crédito. No sé si a esto le llaman "medida de choque" -imagino que no- porque si la cosa está realmente mal, habrá que tomarse mucho más en serio el problema y, por lo tanto, legislar aunque sea de forma provisional cosas incómodas que ya están probadas en otros países como prohibir la circulación en determinadas zonas de las ciudades o permitir la circulación según las matrículas sean pares o impares.


MEDIO - Opinión

Qatar. De la CECA a La Meca. Por José García Domínguez

La mitad del sistema crediticio puesto en almoneda, a precios de saldo, para exclusivo goce de los compañeros de viaje del poder político. Y en el horizonte inmediato, de nuevo los grandes latifundios erigidos a la sombra del favor estatal.

No sé yo qué pensaría el padre Francisco Piquer, santo varón que en su día fundó el Sacro y Real Monte de Piedad de las Ánimas del Purgatorio, germen primero de las cajas de ahorros, contemplando a la parentela de Mahoma, con el sultán de Qatar a la cabeza, tomar posesión de su obra a cambio de cuatro chavos. Por ventura la Providencia, siempre indulgente, lo libró de asistir en vida al espectáculo crepuscular. Inquietante, por lo demás, la vaga sensación de déjà vu que comienza a impregnar ese proceso apenas germinal, el de la segunda gran desamortización de la Historia de España tras la célebre del XIX.

Ante un Estado en quiebra, los intereses clientelares de sus albaceas de entonces, simplemente, castraron el devenir económico de la nación durante un siglo. Acaso como ahora. A fin de cuentas, la crónica de nuestro subdesarrollo anunciado estaba escrita en las leyes de desamortización decimonónicas, igual en las eclesiásticas que en las civiles. Inquietante, decía, el paralelismo. En tiempos de Isabel II, una elite política también mediocre, también proclive al vuelo gallináceo y también sabedora de su propia provisionalidad, logró lo en apariencia imposible: consumar una revolución burguesa contra la burguesía. Que de ahí las taras congénitas del capitalismo patrio, ya en adelante anémico y canijo sin remedio.

Gran hazaña la de aquellos progresistas de salón: justo después de expropiar a las manos muertas del Antiguo Régimen, iba a haber más rentistas indolentes en España que nunca antes a lo largo de los siglos. "En realidad, la desamortización eclesiástica", concluye al respecto el profesor Jordi Nadal, "se llevó a cabo con el doble fin de sanear la Hacienda Pública y asegurar en el poder a los liberales". Inquietantes, insisto, las similitudes. La mitad del sistema crediticio puesto en almoneda, a precios de saldo, para exclusivo goce de los compañeros de viaje del poder político. Y en el horizonte inmediato, de nuevo los grandes latifundios erigidos a la sombra del favor estatal. Ayer, agrícolas. Hoy, financieros. Siempre, parasitarios. El dulce oligopolio a resguardo de los fríos vientos de la competencia, eterno retorno a la siesta española, he ahí el porvenir cierto de la banca doméstica de consumarse el presagio. Y los de la CECA, mirando a La Meca.


Libertad Digital - Opinión

¿Quo Vadis, Izquierda?. Por José María Carrascal

«¿Cómo es posible que la izquierda no aproveche los enormes errores que ha cometido últimamente la derecha? La respuesta es fácil: porque la izquierda lleva mucho tiempo perdiendo no sólo terreno, sino también identidad, al haber perdido la batalla de las ideas, que precede siempre a la del poder»

NADA ilustra mejor el fracaso de la izquierda como la crisis que padecemos. Siendo, desde su origen hasta sus últimas consecuencias, producto del capitalismo más feroz y desvergonzado, quien está sufriendo sus mayores consecuencias es el socialismo, hasta el punto de haber desaparecido de los gobiernos europeos, con residuos marginales, como el griego o el español, con el agua al cuello ambos. ¿Cómo es posible que la izquierda no saque provecho de los tremendos errores de la derecha? Es lo primero que se le ocurre a uno. La respuesta es bien fácil: porque la izquierda lleva mucho tiempo perdiendo no sólo terreno, sino también identidad, al haber perdido la batalla de las ideas, que precede siempre a la del poder.

Los pilares de la izquierda son el grito de la Revolución Francesa «¡Igualdad, libertad y fraternidad!», la proclama de la Internacional socialista «¡Proletarios de todo el mundo, uníos!» y el mandato del Manifiesto comunista de Marx y Engels «la nacionalización de los medios de producción», llevado a la práctica en la Unión Soviética, faro y patria de la izquierda universal durante el siglo XX.


De esos tres pilares no queda hoy ni rastro. La izquierda ha ido vendiendo su alma al diablo, traicionándose a sí misma y empeñando las joyas de su corona. Comencemos por la igualdad. Según demostró Djilas en su famoso libro «La nueva clase», el partido se convirtió en la nueva aristocracia, con privilegios tanto o mayores que los de la antigua. De la libertad, mejor no hablar. «Libertad, ¿para qué?», preguntó y respondió Lenin a Fernando de los Ríos. En efecto, ¿para que se quiere la libertad en el paraíso? Y lo grande es que la entera izquierda se lo creyó, con visitas reverentes al mismo, incluida la de Felipe González y Alfonso Guerra a poco de ser legalizado el PSOE, firmando acuerdos de intereses comunes con sus líderes, aunque luego prefirieran a los norteamericanos. En cuanto a la fraternidad, es verdad que a diferencia del capitalismo, fundado en el principio hobbesiano de «el hombre es un lobo para el hombre», el socialismo buscó la hermandad de todos los hombres, el internacionalismo, opuesto a todo tipo de nacionalismo, en el que veía una de las principales causas de las guerras y desgracias de este mundo. Con buena parte de razón. Pero la emergencia de la Unión Soviética, con su «socialismo en cada país» junto a la internacionalización creciente del capitalismo y su mercado global, ha hecho ir replegándose a la izquierda hacia posiciones nacionalistas, hasta convertirse en sierva del nacionalismo. El mejor ejemplo lo tenemos en España con la llamada izquierda abertzale, que sólo tiene de izquierda el nombre, por ser toda ella ultranacionalista. Ese es un caso extremo, pero ni mucho menos único. Tanto a nivel de Estado como en el de sus diversas comunidades, el socialismo español, con la honrosa excepción del PSV, prefiere pactar con los partidos «nacionalistas» (aunque yo preferiría llamarles «localistas»), que con el otro gran partido de ámbito nacional, creando alianzas contra-natura al menos desde su propia ortodoxia.

Esta renuncia a sus posiciones básicas ha obligado a la izquierda a buscar nuevos campos en que desarrollarse y distanciarse de la derecha: el ecologismo, el feminismo, la homosexualidad, el aborto, la eutanasia, con revoluciones que sustituyan a la de toda su vida: la lucha de clases y el proletariado contra sus explotadores. Y así la vemos envuelta en revoluciones como la «verde», la feminista, la sexual, la de las drogas, tan de moda en los últimos tiempos. Pero si el ecologismo no es más que una consecuencia del excesivo desarrollo industrial —y por eso sólo apto para países industrializados—, el resto de las citadas revoluciones no son otra cosa que subproductos de la revolución burguesa, teniendo muy poco que ver con la preconizada por la izquierda como liberadora de las masas trabajadoras. La mejor prueba de ello la tenemos en que todas esas revoluciones de nuevo corte buscan el provecho del individuo aislado, no de la clase obrera, y menos, la de la sociedad en su conjunto. Tratan de satisfacer los deseos más personales de cada individuo, incluso cuando no son compartidos por la mayoría de la población. Es como hemos llegado a la paradoja de que en los pocos países comunistas que aún quedan —como Cuba—, la homosexualidad esté mal vista, por no decir perseguida, y las mujeres sigan haciendo de comparsas o concubinas de los grandes líderes, mientras la izquierda occidental ha convertido el feminismo y la homosexualidad en dos de sus banderas. Pero eso, repito, es más un coletazo de la revolución burguesa que elementos de la proletaria.

Aunque donde más se nota la renuncia de la izquierda a su pasado y a sus fines es en el terreno económico. ¿Qué gobierno socialista o socialdemócrata incluye hoy en sus planes la «nacionalización de los medios de producción», que era una de los elementos básicos de una política de izquierdas? El único que hizo algo parecido fue el primero de Felipe González, con la nacionalización de Rumasa, pero para privatizarla inmediatamente, con grandes ganancias de sus amigos. El resto fue privatizar y privatizar. Por no hablar ya de lo que ha hecho Zapatero últimamente, bajo orden de la más altas instancias económicas conservadoras y desdiciéndose de su política social en toda la línea.

Con tales premisas, ya no extraña tanto que la izquierda vaya retrocediendo en los países desarrollados y sólo gobierne en los subdesarrollados donde el control de las masas y el resentimiento de éstas contra el anterior colonialismo prevalece. Pero incluso en ellos empieza a imponerse entre la población la idea de que sólo han cambiado unos amos por otros, sin que haya cambiado su suerte. Fíjense lo que está ocurriendo en el mundo musulmán.

Dicho esto, que debe de sonar como un réquiem a la izquierda, no tengo más remedio que añadir algo que puede extrañar a más de uno: la izquierda sigue siendo necesaria para el buen funcionamiento de un país. Hoy, más que nunca, dado el avance arrollador de la derecha. Fue la consigna ultraconservadora de «¡Fuera Estado! ¡Ningún control!» lo que nos llevó a la crisis actual, que aún no hemos superado. Es necesario el Estado, como son necesarios los controles, pues en otro caso, volveremos a la ley de la selva. La política tiene que ser realista, es decir conservadora, para ser efectiva. Pero tiene que contener también un porcentaje de idealismo, es decir, de izquierdas, para que satisfaga las ansias de mejora de la mayoría. Convertir los ideales en dogmas lleva a la tiranía, religiosa o política. Pero un régimen sin ideales es antihumano, ya que los humanos no nos contentamos con permanecer tal como hemos venido a este mundo, sino deseamos avanzar. En ese avance, la izquierda tiene el importante papel de corregir a la derecha para que no se extralimite y reparta justa y equitativamente tanto cargas como beneficios. Lo malo es cuando la izquierda se pone al volante y emprende una marcha alocada hacia su utopía, llevándonos al infierno, que ella llama paraíso.

Aunque lo peor de todo es cuando la izquierda pierde todo tipo de referencias, y tanto le da hacer política de izquierdas diciendo que es de derechas, o de derechas diciendo que es de izquierdas, confundiéndolo todo y no aclarando nada. En España hemos tenido últimamente abundantes muestra de ello, por lo que no debe de extrañar la situación en que nos encontramos, en la que nadie sabe dónde está ni hacia dónde vamos. Lo extraño es que quede todavía gente de izquierdas. Aunque se me dirá que de izquierdas, lo que se dice de izquierdas, ya no queda nadie.


ABC - Opinión

¿A dónde irán los petrodólares qataríes?

Valiéndose de su condición de primer ministro del Gobierno de España está ejerciendo de algo parecido a un representante de comercio de sus empresas afines. El clásico capitalismo de amigotes al que el "rojo" Zapatero y los suyos son tan aficionados.

La gira de Zapatero por Oriente Medio ya tiene su titular para que los terminales mediáticos del Gobierno puedan saciar su hambre de buenas noticias. El emirato de Qatar, a través de sus fondos soberanos, invertirá 3.000 millones de euros en España. Una buena parte de esa cantidad, en torno al 10% de la misma, irá dirigida a la recapitalización de las cajas de ahorros, paso imprescindible para que éstas se conviertan en bancos tal y como ha ordenado el Gobierno antes de 2012.

El resto del capital se inyectará en otros sectores a cambio, naturalmente, de participaciones en las empresas que el emir Ben Jalifa Al Thani señale como objetivo preferente. No se conoce aún quiénes serán los afortunados que podrán contar con capital qatarí aunque el presidente del Gobierno ha adelantado que los petrodólares irán destinados a empresas "poderosas" de las telecomunicaciones y la energía.


De lo segundo cabía esperar algo. No es la primera vez que el Gobierno se involucra personalmente para cabildear a favor de la industria renovable española. Ya lo hizo Sebastián hace dos años en Estados Unidos, donde trató de colocar el insostenible modelo renovable español, basado en primas abusivas y apoyo político declarado, algo con lo que no cuentan otros métodos de generación eléctrica. No hay que olvidar que ciertos empresarios del ramo son muy cercanos a Zapatero, tanto que de ellos se ha dicho que son "brujos visitadores de la Moncloa".

Antes de partir hacia los Emiratos Árabes Unidos, la agenda de Zapatero ya tiene incluido el compromiso renovable. No deja de resultar chocante que, en una región del globo que vive de exportar petróleo, la industria española que el Gobierno postula como captadora de inversiones –apaño político mediante– sea, precisamente, la que presume de ser una alternativa a los combustibles fósiles. Un sinsentido más que hay sumar a nuestro antieconómico e hipersubvencionado complejo climático-industrial.

Las inversiones hacia el sector de las telecomunicaciones hacen pensar en lo peor. La única empresa española de este ámbito afincada en el golfo Pérsico es Mediapro, que mantiene una numerosa plantilla en Qatar, desde donde realiza eventos deportivos como el pasado Mundial Sudáfrica 2010. Las dificultades que atraviesa el imperio mediático de Jaume Roures, otro impenitente visitador de la Moncloa, son de sobra conocidas. Podría ser que, al final, la gira emiratí de Zapatero haya que entenderla más en clave privada que pública. Valiéndose de su condición de primer ministro del Gobierno de España está ejerciendo de algo parecido a un representante de comercio de sus empresas afines. El clásico capitalismo de amigotes al que el "rojo" Zapatero y los suyos son tan aficionados.


Libertad Digital - Editorial

Occidente y la revuelta árabe

España es la gran promotora de la Alianza de Civilizaciones, que buscaba el entendimiento con las satrapías ahora desmanteladas.

Entramos en el tercer mes de una revuelta política que abarca a los árabes que van desde el estrecho de Ormuz hasta el Mediterráneo Occidental. No es una revuelta unitaria. Las características políticas de cada país van de despotismos muy diferenciados entre sí, desde el ilustrado de Omán al ignaro de Libia, pasando por satrapías como las de Yemen o Egipto a conflictos con marcado carácter étnico, como es el caso de Bahrein, o revueltas contra la democracia más desarrollada de todos los Estados árabes, la iraquí, que ya en sus balbuceos ha acogido ímprobas muestras de corrupción. Y que en un estado débil han favorecido expedita contestación popular, jaleada por un entorno político regional en el que todos parecen haber perdido el miedo.

Occidente muestra su dificultad para articular una reacción adecuada a unas revueltas que dicen reivindicar los valores sobre los que se asienta nuestro sistema político. Estados Unidos ha tardado casi dos semanas en manifestar sin tapujos su apoyo a la revuelta libia. Y ello, a pesar de que Muamar el Gadafi es el dirigente político internacional con más sangre norteamericana en sus manos. Francia se alineó desde la primera hora con el régimen de Ben Alí, como se ha sentenciado el domingo con la caída de la ministra de Exteriores, Michèle Alliot-Marie, y España, gran promotora de la causa de la Alianza de Civilizaciones, que buscaba el buen entendimiento con las satrapías que hogaño son desmanteladas, busca un lugar bajo el sol, como lo demuestra el empeño del presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, por pasar mañana por Túnez antes de que el nuevo primer ministro, Beyi Said Essebsi, haya cumplido 100 horas en el cargo. Alguna primacía debía tener España.

Pero por más diferencias que singularicen cada revuelta nacional, lo cierto es que se prolonga en el tiempo un extendido desorden político que no contribuye a dar seguridad a los mercados, que son los únicos generadores de la riqueza que varios de esos pueblos necesitan desesperadamente. Y Occidente —tanto Europa como América— deben tomar nota de la lección que esos pueblos han dado con su levantamiento. La sociedad globalizada no guarda lugar para ciudadanos de segunda con menos libertades que otros.


ABC - Editorial

lunes, 28 de febrero de 2011

¿Revolución o revuelta?. Por José maría Carrascal

Occidente va a pagar muy cara tal negligencia. Ya la está pagando con la subida del petróleo. ¡Y es sólo el empezar!

GADAFI puede matar todavía muchos libios, pero terminará cayendo, esperemos que antes que tarde. Un dirigente que tiene que defenderse a tiros de su pueblo está condenado en un mundo testigo de sus atrocidades, en el que occidente ya no puede ocultar su hipocresía y los libios han descubierto su poder.

Resulta innegable que en el mundo árabe está en marcha una «revolución», que pongo entre comillas porque aún no sabemos si es una revolución auténtica —quiero decir, un cambio de la entera estructura de un país— o una revuelta contra la actual clase dirigente, para ser sustituida por otra de parecidas características. Pues aunque los acontecimientos que sacuden el norte de África y el Oriente Próximo fueron desencadenados por mensajes en Internet e imágenes televisivas, denunciando la corrupción y ensañamiento de sus líderes, un nuevo estado no se monta virtualmente. Se necesita organización, planes, objetivos. Y en esos países sólo hay dos fuerzas que los poseen: el ejército y la religión. El ejército, con sus cuadros de mando, su disciplina y sus armas. La religión, con sus imanes, sus mezquitas y sus redes sociales. En medio, sólo hay una clase media finísima y una intelectualidad muy occidentalizada, y por tanto lejos de una masa ocupada en sobrevivir.


El problema de esos ejércitos es que sus altos mandos se han dejado corromper por la clique gobernante. El de la religión, que se ha dejado arrastrar por el islamismo radical. Ni unos ni otros sienten simpatías por la democracia, pese a sus manifestaciones de «escuchar a sus pueblos». Lo que han hecho, sin embargo, es enviarle a casa por las buenas o las malas.

Cómo va a acabar esto, nadie lo sabe. Por lo que estamos viendo, allí donde el ejército es fuerte, Túnez, Egipto, se ha convertido en garante de la «revolución». Mientras en Libia, donde Gadafi había destruido todos los resortes del estado para asumirlos, lo que se impone son los «consejos populares», de carácter comunal o tribal y fuerte arraigo religioso. Lo que puede conducir a la desintegración del estado o a una república islámica.

Oigo y leo por doquier que occidente debe de fomentar por todos los medios a su alcance una democracia en esos países. Está muy bien, pero llega un poco tarde. Una democracia no se improvisa, como se ha visto en Afganistán e Irak, ni puede imponerse desde fuera por la fuerza. Eso tendría que haberse hecho antes, presionando para la reforma de aquellas sociedades, en vez de hacer grandes negocios con sus líderes y pasando allí nuestras vacaciones invernales. Occidente va a pagar muy cara tal negligencia. Ya la está pagando con la subida del petróleo, que se lleva todos los recortes en el gasto social. ¡Y es sólo el empezar!


ABC - Opinión

Concierto. Soy anticatalán. Por José García Domínguez

Una extravagancia feudalizante, la del concierto, gracias a la que la Comunidad Autónoma Vasca sigue hurtando en torno a dos mil millones de euros anuales al erario por el muy quinqui recurso de falsificar a conciencia las cifras del llamado cupo.

Acaso por si alguien aún lo dudara, al joven Oriol Pujol le ha faltado tiempo para demostrar que es hijo de su padre. Tal que así, a la primera de cambio, se ha lanzado a expedir carnés de buen y mal catalán, empleo vocacional en cuyo desempeño entusiasta ha ocupado la mayor parte de su existencia quien lo trajo al mundo. Es sabido, a unos les da por el fútbol, a otros por la Playstation, a los de más allá por el humo de zanahorias, y a éstos por marcar con orín retórico las sagradas lindes de la identidad pedánea. En fin, ya lo advirtió el Guerra cuando fue puesto en antecedentes de que Ortega era filósofo: "Tiene que haber gente pa to".

Consecuente, pues, con su código genético el patriota Oriol acaba de sentenciar que "quien se quede al margen de la defensa de un nuevo pacto fiscal, se quedará al margen de la defensa de Cataluña". Sepan, por cierto, los no avisados que eso del nuevo pacto fiscal es aséptico eufemismo que sirve para designar el concierto económico, la última cantinela vindicativa del catalanismo político tras el sonado fiasco del Estatut. Al respecto, el artículo 339 de la Constitución de Cádiz, aquélla que solo parecen recordar en el departamento de marketing de El Corte Inglés, prescribía lacónico: "Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles en proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno".

Aunque algo ha llovido desde entonces, pero no lo suficiente, según parece. De ahí que los constituyentes, con la Alianza Popular de Fraga a la cabeza, se apresurasen a reimplantar ese derecho de pernada tributario que ahora reclaman para sí los nanonacionalistas de CiU. Una extravagancia feudalizante, la del concierto, gracias a la que la Comunidad Autónoma Vasca sigue hurtando en torno a dos mil millones de euros anuales al erario por el muy quinqui recurso de falsificar a conciencia las cifras del llamado cupo. No como acostumbra a proceder su igual, el Gobierno navarro, que, más condescendiente con el resto de los españoles, se contenta con sisar apenas algo más seiscientos sesenta millones cada doce meses. Huelga decir que por parejo modus operandi, como en su día bien demostró el catedrático Mikel Buesa. Ese otro anticatalán de libro.


Libertad Digital - Opinión

Anatomía de un fracaso. Por Ignacio Camacho

A su diferencial negativo de desempleo y renta, Andalucía ha añadido la corrupción, el clientelismo y la dependencia.

DE aquella esperanza a este desencanto han pasado 31 años de incuria. Aquel 28 de febrero de 1980, cuando una sacudida de rabia y de agravio quebró en Andalucía el modelo de una España de dos velocidades, la autonomía era un sueño de igualdad solidaria en el que los andaluces veían una salida al subdesarrollo. Rara vez este pueblo se ha comportado con tanta fe en sí mismo, con tanto optimismo histórico; aquel ramalazo de determinación rebelde cambió el proyecto de convertir la nación en un Estado confederal disimulado. Tres décadas después, aunque la inversión de decenas de miles de millones de pesetas y euros —procedentes de fondos comunitarios y transferencias de renta interna— ha corregido parcialmente los desequilibrios de partida, Andalucía sigue muy por debajo de la media de crecimiento española y europea. El fracaso del régimen autonómico es patente en su falta de influencia en el concierto nacional y en las preocupantes tasas de desigualdad que continúan dominando su horizonte social y económico; y a su diferencial negativo de desempleo, riqueza, educación y productividad ha añadido inquietantes señas de identidad que amenazan con convertirse en un nuevo estereotipo: la corrupción, el clientelismo y la dependencia.

El escándalo clientelar de los EREs ensombrece la autocomplaciente fiesta oficial que conmemora aquel referéndum decisivo. La autonomía apenas es hoy para los andaluces una inmensa máquina de poder al servicio de la hegemonía de un monocultivo político. El recién descubierto método de fraude masivo en los fondos de desempleo retrata el sistema de trustsocial con que la Junta y el PSOE han establecido su longeva supremacía: un procedimiento de compra de voluntades mediante el manejo opaco de fondos públicos distribuidos a discreción con criterios de estricta complicidad y sumisión al padrinazgo partidista. Sindicatos, asociaciones, patronales, y hasta cofradías; el mundo universitario y cultural, la vida laboral y cualquier forma de sociedad civil han sido anestesiados a través de un complejo tejido de subvenciones y ayudas que ha diluido toda energía de regeneración, emancipación o independencia.

La dureza de la recesión ha provocado, empero, un sentimiento generalizado de frustración que el régimen ya no puede paliar por falta de recursos con que sostener su derrama. Al pairo de esa amarga decepción se incuba un visible cansancio que ha cuarteado la estructura institucional y proyecta en los sondeos de opinión pública un creciente deseo de cambio. Anclada en un marasmo sesteante que presagia el severo retroceso de los precarios standardsde bienestar relativo logrados por la ahora rota cohesión autonómica, Andalucía se enfrenta a un período crucial en el que la voluntad de ganar el futuro colisiona con la inercia de un monopolio de poder en estado terminal que se resiste al desmoronamiento con estertores de paquidermo herido.


ABC - Opinión

La singular batalla del PSOE contra los sondeos. Por Antonio Casado

“Un mapa demasiado azul será insoportable para el electorado socialista”. Se lo oigo decir a un ministro del estado mayor de Rodríguez Zapatero, en referencia al paisaje político del día después de las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo ¿Supone que Moncloa deposita en la ley del péndulo la última esperanza de recuperación electoral?

Algo así. Tiene sentido si, como sabemos, el hundimiento de los socialistas en las encuestas se debe básicamente al desistimiento de sus propios votantes y no al irresistible ascenso del PP, cuya enorme ventaja sobre el PSOE se basa en el alto índice de fidelidad del votante propio unido al desapego del votante socialista.

En esas condiciones, la previsible barrida del PP en las elecciones de mayo, junto a la anunciada autoexclusión de Zapatero del cartel electoral para las generales de 2012 (en ese trance postelectoral ya no tendrá dudas de que su figura resta y no suma a la causa electoral de su partido), deberían despertar a un electorado socialista al borde del desfallecimiento. Sin perjuicio de que Zapatero continúe de presidente del Gobierno hasta el final de la Legislatura (cuando toca, en marzo de 2012) y de secretario general del PSOE hasta la celebración del próximo congreso federal (probablemente este mismo verano).

«Todo eso está ocurriendo en medio de una previsión de bancarrota electoral socialista congruente con lo que dicen los sondeos pero no con el resto de los indicadores habitualmente utilizados para medir la salud política de un gobierno: cohesión interna, mayoría parlamentaria y paz social.»
Esa dinámica se desencadenará cuando hayan ocurrido dos cosas. Una, confirmación de que el azul persil del PP domina en el mapa del poder territorial diseñado por las urnas de mayo. Y otra, el anuncio de Zapatero ante el comité federal del PSOE de que no repetirá candidatura a la Moncloa, junto a la convocatoria del XXXVIII congreso federal, el ordinario, el que toca (el anterior fue en julio de 2008), del que saldría un nuevo secretario general y candidato a las elecciones generales de 2012.

Más allá de la marea especulativa, este es el único relato que se ajusta a la normalidad estatutaria. Eso sí, igual de perturbador que los alternativos que circulan por los corrillos políticos y mediáticos, propios y ajenos, si tenemos en cuenta que nos distrae a todos de la ambiciosa operación reformadora del gobierno en los mercados del capital y del trabajo, básicamente.

Todo eso está ocurriendo en medio de una previsión de bancarrota electoral socialista congruente con lo que dicen los sondeos pero no con el resto de los indicadores habitualmente utilizados para medir la salud política de un líder, un partido o un Gobierno. A saber: cohesión interna, mayoría parlamentaria y paz social. En el PSOE, por dentro, hay desencanto pero no dispersión, y el Gobierno, que acaba de concertar la paz social con empresarios y sindicatos, cuenta con suficientes apoyos en el Congreso para culminar una ambiciosa operación reformista que goza del reconocimiento internacional.

Enfrente del PSOE, un adversario obligado a ganar por mayoría absoluta por sus dificultades para entenderse con el nacionalismo, que es lo que siempre falta para el duro de la estabilidad parlamentaria. Y un líder peor valorado que Zapatero en el ranking de valoración ciudadana.

Con todas esas coordenadas, cuando aún falta un año para las elecciones, el PP debería tentarse la ropa antes de vender la piel del oso.


El Confidencial - Opinión

Hipotecas y demagogia

El repunte del euribor en este mes de febrero, que supondrá un incremento medio de las hipotecas superior a los 350 euros anuales, es una mala noticia para multitud de personas que a duras penas pueden hacer frente a sus obligaciones con el banco. Todo apunta, además, a un encadenamiento de subidas en los próximos meses debido a la crisis energética, que tendrá efectos directos en la inflación y, por consiguiente, en los tipos de interés. De ahí que, lejos de descender, el volumen de embargos pueda dispararse hasta límites preocupantes. Como es natural, este problema ha saltado del terreno estrictamente económico al debate político y judicial, sobre todo a raíz de que la Audiencia de Navarra sentenciara hace varias semanas que basta con entregar las llaves al banco en caso de impago para saldar la hipoteca. La libérrima interpretación que ha hecho este tribunal de la Ley Hipotecaria ha suscitado un amplio movimiento de apoyo entre la izquierda, desde IU hasta asociaciones de jueces y fiscales progresistas, pero también de organismos controlados por los socialistas, como la FEMP que preside el polémico Pedro Castro y portavoces de CiU. Y aunque es cierto que tanto el PP como el PSOE han votado en contra en el Congreso, varios dirigentes de estos partidos se han manifestado, a título personal, proclives a una reforma legal en virtud de la cual se contemple la llamada dación en pago, de modo que se exima a los deudores de responder con todo su patrimonio. Así, aunque el valor del piso caiga por debajo de la deuda contraída, el deudor quedaría exonerado de cualquier responsabilidad sólo con entregar las llaves. No cabe duda de que a simple vista parece una propuesta atractiva y razonable, pero sólo aparentemente. Sus defensores arguyen que así se hace en algunos países, como en determinados estados de EE UU, pero no cuentan la letra pequeña, a saber, que ese tipo de hipotecas son muchos más caras y más draconianas que el resto. Convendría en este delicado asunto no dejarse llevar por impulsos populistas ni aprovechar la proximidad de los comicios municipales y autonómicos para meter la cuchara electoral, que es lo que ha hecho el presidente de la FEMP. La legislación española en materia hipotecaria regula satisfactoriamente el mercado y, aunque sea perfectible, como todas, sería una frivolidad ponerla patas arriba para combatir supuestas prácticas abusivas de las entidades financieras. Lo cierto es que el complejo mecanismo legal ofrece las garantías jurídicas necesarias para que el ciudadano pueda comprar una vivienda en condiciones crediticias asequibles. Ahora bien, si los bancos, como insisten en reclamar ciertos demagogos políticos, han de asumir más riesgos y exponerse más a los vaivenes del mercado, la consecuencia lógica será que los créditos resultarán mucho más caros, más escasos y a más corto plazo. En suma, quien saldrá gravemente perjudicado será el propio comprador, en particular, y el mercado inmobiliario en general. Además, una reforma de este calado provocaría un fuerte deterioro de la seguridad jurídica. Y no parece que estén los tiempos para tales aventuras.

La Razón - Editorial

Más allá de los coches oficiales

Si el PP quiere ser una decente alternativa de gobierno en las generales de 2012 y si tiene la intención de evitar que el país se dirija hacia el abismo, deberá comenzar por meterle un serio tijeretazo al Estado autonómico.

Hace bien el PP en tratar de regenerar su imagen de partido austero y responsable de cara a las elecciones autónomas y municipales. No en vano, el ayuntamiento y la comunidad autónoma con más deuda por habitante de toda España llevan más de quince años bajo la administración de los populares. Es cierto que frente a esta turbia imagen el PP puede acreditar ante sus votantes indiscutibles éxitos de gestión como el de la Comunidad de Madrid –la región con menor déficit público y que con mucha diferencia menos ha aumentado su deuda durante esta crisis–, pero, por desgracia, la extraordinaria gestión de Aguirre puede no consolar demasiado a los potenciales votantes de otros políticos más dispendiosos como Gallardón o Camps.

También acierta el PP al recortar el gasto de la casta política –consejerías, altos cargos, coches oficiales…–, la única que hasta el momento no se ha apretado en absoluto el cinturón durante esta crisis, sino que ha continuado dilapidando el cada vez más escaso dinero de los ciudadanos en conservar sus privilegios y sus redes clientelares.


Se equivoca el PP, sin embargo, en limitar sus promesas de austeridad a la parte más visual y por ello escandalosa del Estado autonómico. Las medidas cosméticas son ciertamente imprescindibles por cuanto el ciudadano no puede estar sufriendo en sus carnes las inclemencias de la crisis mientras ve que las prebendas de los políticos no dejan de aumentar. Pero las medidas cosméticas no bastan para resolver los problemas de fondo: la hipertrofia de las autonomías, con sus carísimas duplicidades, con sus miles de funcionarios redundantes, con sus inflados gastos presupuestarios destinados a construir pequeños Estados al margen o en contra de España, con sus caciques regionales obsesionados en pasar a la historia merced a gastos faraónicos y con sus fundaciones y empresas públicas convertidas en pantallas para canalizar masivos e inconfesables despilfarros.

El Estado central ha ajustado tímidamente sus gastos y deberá hacerlo mucho más si espera volver a generar algún superávit que nos permita amortizar toda nuestra deuda pública. Pero las autonomías ni siquiera han comenzado a reducir sus derroches, pese a que ya manejan un volumen de recursos superior al de la Administración central. Si el PP quiere ser una decente alternativa de gobierno en las generales de 2012 y si tiene la intención de evitar que el país se dirija hacia el abismo, deberá comenzar por meterle un serio tijeretazo al Estado autonómico. De momento, se ha hecho más hincapié en la fotografía y en el slogan que en los planes concienzudos para reconducir los déficits autonómicos. Esperemos que los recortes vayan más allá de lo anunciado este domingo; aunque con Rajoy al frente, probablemente no despejaremos la incógnita antes de los comicios de mayo y, después de ellos, sólo descubriremos que los populares manirrotos seguirán siéndolo y que las populares austeras continuarán dando ejemplo de qué principios deberían inspirar a todo el Partido Popular.


Libertad Digital - Editorial

El PSOE pierde Andalucía

Durante 30 años, el PSOE ha tejido en Andalucía una tupida red de intereses creados, clientelismo corrupto y amiguismo. Llega la factura de las urnas

EL «Estudio de la situación en Andalucía 2011», realizado para ABC por el Instituto de Investigación, Marketing y Comunicación, consolida las opciones de gobernar el PP en Andalucía, que hoy superaría al PSOE en 7,1 puntos si se celebraran elecciones autonómicas. Según este sondeo, el PP obtendría 57 escaños en el Parlamento andaluz, dos por encima de la mayoría absoluta, de modo que por primera vez en democracia los socialistas pasarían a la oposición e, incluso, sus votos no alcanzarían siquiera el 40 por ciento, algo inédito en una comunidad erigida en tradicional feudo del voto cautivo socialista. No en vano, durante sus casi 30 años de gobierno, el PSOE ha tejido una tupida red de intereses creados y clientelismo corrupto, un régimen de amiguismo subvencionado, contratación pública abusiva y lealtades compradas, que hasta ahora convertían en impensable un vuelco electoral tan profundo como el que pronostica el sondeo de ABC.

Tres factores son determinantes: primero, el agotamiento de una sociedad hastiada de tres decenas de años de Gobierno monocolor e incapaz de ilusionarse con un PSOE carente de liderazgo firme, pues José Antonio Griñán genera serias dudas incluso dentro de su propio partido; segundo, la pésima imagen de José Luis Rodríguez Zapatero, de la dirección federal del partido y de un Manuel Chaves con nula presencia pública y asumiendo en la práctica un papel de mera comparsa en el Ejecutivo; y tercero, la gestión de la crisis económica por parte de Moncloa. Si está resultando nociva para toda España, en Andalucía las consecuencias de la recesión son particularmente demoledoras e insostenibles. De hecho, esta comunidad reúne el triste demérito de tener a uno de cada cuatro parados en España, lo que convierte al PSOE en un proyecto carente de mensajes creíbles y en un lastre para la recuperación. Frente a estos factores, se impone el liderazgo que pacientemente ha fabricado Javier Arenas en el PP andaluz, en una difícil labor que durante años ha sabido transmitir por todos los pueblos y capitales. La única puerta abierta a la duda que favorecería al PSOE en las urnas es el alto índice de indecisos —uno de cada cuatro consultados—, pero los socialistas incurrirían en un ingenuo optimismo si se apuntasen como seguros los votos de ese porcentaje de dubitativos. Sin duda, el PSOE tendrá sus opciones; pero hoy su progresivo deterioro apunta a un claro fin de ciclo.

ABC - Editorial