viernes, 25 de febrero de 2011

Aire de primarias. Por Ignacio Camacho

Con su feminismo icónico y su estilismo de diseño, Chacón encarna la impronta posmoderna del zapaterismo.

AUNQUE la coherencia no haya sido nunca el punto fuerte de José Luis Rodríguez Zapatero —cuyo relativismo pragmático arrancó con la declaración de que las palabras están al servicio de la política para acabar poniendo los principios, los hechos y hasta la propia política al servicio del poder—, la escasa lógica y los pocos rasgos dominantes de su liderazgo permitirían dibujar como retrato robot de su perfil sucesorio ideal el de una mujer. Una mujer zapaterista, claro está, y a ser posible una mujer catalana. Circunstancias todas que concurren en la figura de Carme —pronúnciese Carma— Chacón, epítome del concepto posmoderno que dominó el mandato presidencial hasta la brusca reconversión impuesta por el desplome económico: estilismo de diseño, feminismo icónico, pátina federalista y una inclinación suelta y natural hacia los aspectos escenográficos de la vida pública. No existe en la actual nomenclatura socialista una persona que reúna o clone más trazos característicos de la impronta del zapaterismo, ni tampoco que haya recibido del líder un más cuidadoso blindaje político.

Abierto con toda claridad el debate del relevo, es del todo natural que la ministra de Defensa y su entorno se consideren en condiciones de postular una candidatura que podría aglutinar a la amplia coalición que desconfía de Rubalcaba como eslabón perdido del tardofelipismo. El silencio presidencial empieza a dar pie a movimientos estratégicos de toma de posiciones cuya primera fase es la tímida presentación de credenciales de autoconfianza. Chacón ha dejado entrever por dos veces —la última, esta semana— que está lista para concurrir a unas primarias y que probablemente desee hacerlo; el fondo del mensaje es que nadie debe hacerse a la idea de beneficiarse de un dedazosucesorio. Sus opciones, sin embargo, son inversamente proporcionales a su proximidad a Zapatero; si algo parece claro en caso de confrontación abierta es que, como en el caso de Trinidad Jiménez en Madrid, el legado del presidente no va a constituir un aval para quien pueda encarnarlo.

Chacón y Rubalcaba son a día de hoy los caballos más visibles en la pista del postzapaterismo, pero no los únicos. Blanco permanece en una ambigüedad deliberada; Bono nunca es una opción descartable; Fernández Vara puede crecer en proyección si gana con claridad las elecciones de mayo en Extremadura; Patxi López tiene un interesante aval de seriedad. Y queda margen para alguna emergencia sorpresa tal como fue hace once años la del propio ZP. Por quedar queda incluso la hipótesis —remota, pero viable— de que el interesado se sienta en condiciones de tratar de sucederse a sí mismo. El problema es que su desgaste es tan intenso que quizá no sólo ya no pueda controlar la sustitución, sino que hasta es verosímil que vea cuestionada la posibilidad de no llevarla a cabo.


ABC - Opinión

Carme Chacón. Prepárese España. Por Cristina Losada

Y en lo que toca a Extremadura, si España sobrevivió al pacense Godoy, que abrió las puertas a la invasión napoleónica, está preparada para cualquier cosa.

La guerra fría por la sucesión socialista ha dado un primer despliegue de fuerzas, que es un escaparate de debilidades. Abrió fuego la titular de Defensa con una postulación indirecta fundada en sus cualidades primordiales, a saber, que es mujer y catalana. Al decir de Carme Chacón, España está preparada para que una fémina empuñe el mando y también para que la señora sea catalana, andaluza, extremeña o de cualquier otra comunidad autónoma. Y eso mismo corroboró, aunque en clave masculina, el presidente de Extremadura, Fernández Vara, quien cree que España está preparada para un presidente extremeño. Cuánto tranquiliza la nueva, pues andábamos con dudas, de que España está preparada para que un español o una española presidan el Gobierno de España.

Tan preparada está la nación para esa supuesta excentricidad que un catalán como López Rodó rigió la economía con éxito desde los gabinetes de Franco y otro catalán, Companys, llegó a ser ministro de Marina en la República, por mencionar sólo a dos de los hijos de Cataluña que tuvieron altas responsabilidades. Y en lo que toca a Extremadura, si España sobrevivió al pacense Godoy, que abrió las puertas a la invasión napoleónica, está preparada para cualquier cosa. Está preparada incluso para soportar esa sarta de bobadas sobre su grado de preparación. Sandeces que, sin embargo, adquieren relevancia como síntomas del aldeanismo que se ha enseñoreado de la esfera pública.

El verdadero interrogante, más abierto que nunca tras la experiencia reciente, es si los candidatos están preparados para asumir la presidencia o harán el aprendizaje una vez en La Moncloa, cual Rodríguez Zapatero. Y ello, sin garantía alguna de que puedan completar el curso a tiempo. Algo así, por cierto, debió de ocurrirle a Chacón en la Universidad: que no tuvo tiempo de completar el doctorado. Aunque ese detalle no impidió que, durante varios años, dejara circular que disponía de ese título. En 2004, la revista El Siglo publicaba que había obtenido el doctorado con Matrícula de Honor Cum Laude y todavía en 2008 su página web electoral introdujo el falso dato hasta que un periódico alertó del fraude. En Alemania, donde aún se toman en serio los títulos académicos, se reclama la dimisión del ministro de Defensa tras conocerse que su tesis doctoral abunda en párrafos ajenos que incluía como propios. Aquí, en cambio, estamos preparados para aceptar de los políticos currículos tuneados, estudios inexistentes y falsos títulos. Será que los alemanes se toman en serio a sí mismos. Prepárese España.


Libertad Digital - Opinión

El malestar árabe. Por Florentino Portero

«¿Habrán logrado estas sociedades el grado de madurez suficiente para poder dar sentido a una democracia? No debemos nunca olvidar que la democracia es mucho más que el formalismo de resolver de una manera determinada un proceso de toma de decisión»

MILES de personas se están jugando la vida en las calles de distintos países árabes. En unos casos lo hacen manifestándose a pesar de las amenazas y de la existencia de grupos violentos. En otros, ellos mismos se convierten en milicianos, pertrechándose de las armas que han podido encontrar y enfrentándose a fuerzas profesionales o paramilitares ¿Por qué? ¿Qué les lleva a asumir tamaños riesgos?

La respuesta no es fácil porque los seres humanos somos distintos unos de otros y porque la situación de cada uno de esos países tiene singularidades que impiden fáciles generalizaciones. Aun así, podemos tratar de responder, a sabiendas de que la verdad se esconde tras los matices y que las interpretaciones fáciles y coherentes, tan al gusto de los nuevos pedagogos y de los políticos de toda época, suelen ser más artificiosas que realistas.

Nos encontramos ante una revuelta de carácter socioeconómico. La gente se rebela porque se ha quedado sin futuro. La economía lleva años estancada y la clase dirigente ha perdido la confianza de sus conciudadanos. A través de los medios de comunicación ven cómo en otras partes del mundo la vida sigue adelante con normalidad. Caso distinto es el de su vecino Israel, esa estrecha y pobre franja de terreno entre el Jordán y el mar cuya economía crece espectacularmente mientras sus centros de investigación se han convertido en referentes mundiales. No solo se están enriqueciendo, además lo logran desde industrias de vanguardia. Ante ese espectáculo la pregunta que estos millones de personas se hacen es evidente: ¿por qué nosotros no?, y ante la ausencia de una respuesta convincente se echan desesperados a la calle en busca de un cambio, de una salida del atolladero al que una oligarquía corrupta les ha llevado.


Una revuelta económico-social tiene siempre un contenido político, aunque la ideología no sea el combustible de la explosión. Hemos visto a chicas jóvenes enfundadas en pantalones vaqueros y con la melena al aire pedir democracia. No tengo duda de que sabían de qué hablaban y que sinceramente la demandaban. Pero ¿en qué medida estos jóvenes urbanitas y educados son representativos? ¿Qué capacidad política tienen para dirigir el proceso de transición abierto, o pendiente de abrirse, en estos países? Supongamos, y es mucho suponer, que la tienen; ¿habrán logrado estas sociedades el grado de madurez suficiente para poder dar sentido a una democracia? No debemos nunca olvidar que la democracia es mucho más que el formalismo de resolver de una manera determinada un proceso de toma de decisión. Sobre todo, es una forma de convivir que se sustenta en un conjunto de valores e instituciones cívicas, y eso no se improvisa. La respuesta no puede ser única porque, como señalaba al principio, estamos ante un conjunto de estados muy distintos. Los hay que han dado pasos importantes, como Marruecos, mientras que otros parecen haber retrocedido, como Libia. Unos están más cerca de conseguirlo, sobre todo si sus elites actúan con prudencia y buen sentido, otros ni en el horizonte pueden intuir esa meta.

En cualquier caso, lo que caracteriza a esta revuelta es que la gente demanda una solución a sus problemas económicos. Algunos gritan democracia, libertad, justicia... pero ¿qué quieren decir con esas palabras?, ¿cuál es su significado real? Temo no equivocarme si afirmo que, sobre todo, demandan valores y eficacia. No están pidiendo una reforma constitucional que les equipare con los estándares europeos, sino un gobierno que actúe decentemente y que ponga fin al estancamiento económico. Cuando el Irak de Sadam Husein crecía, la gente no demandaba democracia. Cuando Egipto crecía, parecían satisfechos con sus gobernantes. En términos generales, hay un ansia de decencia y de operatividad, señales de una sociedad que despierta, que exige mayor participación... pero que todavía no siente la necesidad de vivir en democracia.

No me incluyo entre los que piensan que el islam es incompatible con la democracia, y no me engaño sobre las dificultades que el islam, por sus características culturales y religiosas, va a tener que sortear para alcanzarla. Lo tienen difícil, pero pueden conseguirlo. Elliott Abrams, una de las figuras más interesantes de la diplomacia norteamericana, fue el encargado de dar forma a la estrategia hacia el Próximo y Medio Oriente, el mundo árabe y persa, durante la Administración de George W. Bush, y cuando tuvo que darle nombre utilizó el término «transformación». El objetivo último era democratizar la región, pero para lograrlo antes había que transformarla. No se llamaban a engaño sobre las dificultades, por eso planteaban una estrategia a medio y largo plazo.

Si para democratizar antes hay que transformar, ¿qué podemos esperar de las revueltas que se suceden estos días? De nuevo evitemos generalizaciones. Lo más probable es que los efectos sean distintos en unos estados y otros. La gente elige entre lo que se le ofrece. A muchos españoles les gustaría poder elegir a Angela Merkel, pero tienen que optar entre Zapatero o Rajoy. En el mundo árabe nos encontramos con que el islamismo está presente, aunque sus seguidores son minoritarios. La mayoría quiere mirar hacia adelante, en pos de más libertad y progreso. Allí donde haya partidos capaces de capitalizar esos deseos, llegar al gobierno y gestionar eficazmente, estaremos ante importantes avances hacia la democracia. Pero cuando esa circunstancia no se dé, lo que va a ocurrir en varios casos, las opciones se reducirán a dictaduras militares o regímenes islamistas o una combinación de ambos.

La razón por la que académicos, espías, embajadores o periodistas alertan sobre el riesgo de que los islamistas se aprovechen de la situación es porque la combinación de una pobre oposición democrática y una sociedad atrasada facilita el auge de los radicales. En política, saber en qué se cree, qué se quiere y cómo conseguirlo cuenta. Los bolcheviques no eran los más populares, pero supieron hacerse con el poder. Los islamistas parten con algunas ventajas: están organizados, llevan años adoctrinando a la población, no tienen dudas de que van a alcanzar el poder y disponen de un formidable apoyo mediático. Confían en que la oposición les va a facilitar el camino y que, al fin y a la postre, los referentes culturales del Mundo Árabe son islamistas: la umma o comunidad de los creyentes, el califato, la forma natural de gobierno político y religioso, la shariao ley. Uno elige entre lo que tiene delante y, si no hay nada mejor, el islamismo cuenta con la ventaja de estar profundamente enraizado en la conciencia de todo musulmán.

Europeos y norteamericanos podremos ayudar a gobiernos comprometidos con la modernización de esas sociedades, pero nada más. Les corresponde a ellos tomar sus propias decisiones, entre las que se encuentran tanto el desarrollo de estados de derecho como la deriva hacia un estado de guerra civil permanente —la «somalización»—. Lo único seguro es que las próximas décadas van a ser muy difíciles para estos estados.


Florentino Portero es Profesor de Historia de la UNED

ABC - Opinión

Camps, decisión acertada

Como estaba previsto y como el propio Rajoy adelantó hace meses, el Partido Popular hizo pública la candidatura de Francisco Camps en la Comunidad Valenciana, así como las de los demás aspirantes a la reelección, entre ellos Ramón Luis Valcárcel, y la de los cabezas de lista en Cantabria, Aragón y Canarias. Se acabó la falsa incertidumbre que desde distintos círculos se alentó para desestabilizar al principal partido de la oposición. No hubo dudas ni cábalas en torno a la figura del presidente de la Generalitat Valenciana, sino que la dirección popular tomó las decisiones oportunas sin alterar los tiempos políticos. Haber caído en la excepcionalidad con Camps por «Gürtel» habría sido un error. La normalidad ha sido el mejor antídoto contra aquellos que sembraron desconfianza y enredo. La designación de Francisco Camps ha sido una decisión acertada de la dirección nacional del PP. No existían argumentos para retirarle la confianza, sino todo lo contrario. Camps ha sido víctima en los últimos años de una campaña indigna e infame de acoso y derribo orquestada por el Gobierno y el PSOE. El propósito era desalojarle del poder y lograr el cambio político que se les resistía en las urnas. Para ello, sobrepasaron no pocas líneas rojas del juego limpio e incluso del Estado de Derecho, con toda clase de filtraciones interesadas, violación del secreto de los sumarios, maledicencias y mentiras, así como la contribución imprescindible de la Fiscalía, que ha exhibido un extraordinario celo que para sí ya quisiéramos en escándalos como el de los ERE de Andalucía. Un auténtico proceso inquisitorial que ha buscado una condena pública y el descrédito de Camps entre los ciudadanos, lo que obviamente no ha conseguido. Después de una montaña de titulares e intoxicaciones varias, las pruebas han desmontado el proceso hasta tal punto que, si no se tratara de un procedimiento con una intencionalidad política, el Ministerio Público habría retirado con seguridad la acusación. Se han acumulado en estos meses los testimonios que confirman que Camps se pagó sus trajes: el administrador de ocho de las empresas de la trama «Gürtel», Pablo Crespo, se lo aseguró a su abogado en una conversación privada, y Eduardo Hinojosa, dueño de las tiendas Forever Young y Milano, lo declaró en el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad. Hinojosa tiene presentada también una querella contra el sastre José Tomás –cuyo testimonio es la base de la acusación contra el presidente valenciano– por redactar facturas falsas. Pero además un informe de la Agencia Tributaria, a petición del fiscal cursado por el juez, concluyó que no existía constancia de que se le regalaran trajes a Camps. De la fragilidad de las pruebas habla que el fiscal se haya limitado a pedir una multa para Camps. Ni siquiera la inhabilitación. Y que se trata de un juicio político lo demuestra que la acusación particular del PSOE haya solicitado, en cambio, tres años de cárcel. Camps es el mejor candidato posible. Su gestión le avala de forma sobrada. La Comunidad Valenciana es hoy, junto a la de Madrid, una de las más activas de España. Y tiene a su favor el refrendo más relevante, el de los ciudadanos.

La Razón - Editorial

Explicación a medias

Gobierno y oposición frustran un debate político sobre los recortes en el Estado de bienestar

La opinión pública merece un debate parlamentario que esclarezca las razones de las reformas económicas y sociales impulsadas por el Gobierno. La sociedad española ha asistido durante los últimos meses a una congelación de las pensiones (salvo las mínimas), un cambio laboral que ha abaratado el despido, una reforma del sistema de pensiones que ha reducido las prestaciones como mínimo un 12% para cuando entre en vigor la jubilación a los 67 años y el desarrollo de programas contra el desempleo cuyo último ejemplo es el Decreto Ley de medidas urgentes para promover el empleo estable, aprobado ayer mismo en el Congreso. Pero el PSOE y el PP hurtaron otra vez el debate de fondo para entregarse a una riña estadística pueril sobre la cobertura de los parados; y los ciudadanos siguen sin enterarse de las razones de ese brusco e intenso giro social a estribor de un partido socialdemócrata.

Es verdad que Zapatero, peticionario de la comparecencia, hizo algo más que la oposición por exponer una política social coherente. Aunque el único atisbo de explicación se resumió en dos apuntes: "Cuanto mayor sea el vigor y la profundidad de las reformas para mejorar la competitividad mayores serán las posibilidades de consolidar y mejorar el Estado del bienestar", dijo el presidente. Y se felicitó de que el Pacto Social "ha transmitido la confianza sobre la solvencia de las cuentas públicas". Las dos afirmaciones son ciertas, pero la primera requiere razones que el presidente no dio y que el PP se niega a reconocer.


La crisis financiera y la recesión (que Zapatero no provocó, aunque no supo abordar ninguna de las dos a tiempo y con firmeza) han causado una pérdida de riqueza en la sociedad española que se traduce en una merma real de rentas. La situación es más delicada en una economía con una fiscalidad débil y que ha de recurrir a la financiación exterior en proporciones que la hacen vulnerable ante los mercados. Un Gobierno no siempre tiene la política social que quiere, sino la que le permiten sus disponibilidades financieras coyunturales. El presidente podía haber detallado las consecuencias del crash financiero y de la crisis inmobiliaria y explicado a los ciudadanos la magnitud de esa pérdida de rentas. Pero optó por relatar sus avances sociales, cada vez más lejanos, costeados en época de prosperidad, y una agenda futura plena de buenos deseos.

A este rumbo del presidente se sumó ayer, como otras veces, el reglamentario recuento de agravios contra los derechos sociales recitado por el presidente del PP. Rajoy se tocó con el gorro sindical, sin apercibirse de que, si llega a gobernar, también tendrá que aplicar recortes sociales; y que su agenda social se parecerá a la que ayer expuso el Gobierno (políticas activas de empleo, educación y sanidad). No cesa el jefe de la oposición de abrigarse con generalidades. "No existe mejor política social que crear empleo", dijo. Muy de acuerdo. Falta saber como pretende crear puestos de trabajo. Que no sea con otra burbuja inmobiliaria, por favor.


El País - Editorial

El que no debe ser nombrado

El PP ha optado por mantenerle, pero haciendo como si en realidad no quisiera. Como haría quien desea cesar a un barón regional pero no se atreve siquiera a intentarlo por miedo a salir herido en la refriega.

Que nadie hable de él. El innombrable de Camps, ahora oficialmente proclamado candidato del PP a presidir de nuevo la Comunidad Valenciana, ha desaparecido este jueves de los comunicados de los populares. Su confirmación se ha dado a conocer por un mensaje de texto, en el que su candidatura se confundía con las de los demás populares aún no proclamados, y nadie ha querido aparecer ante los micrófonos dando la noticia.

El delito del que se le acusa a Camps es menor, como pequeño es el importe de los famosos trajes hechos a medida que seguramente llevarán al dirigente valenciano al banquillo. El sentido común parece dictar que el presidente de una Comunidad Autónoma no se corrompe por tan poca cosa. Pero la acusación que pende sobre él lleva implícita la consideración de que Camps mintió a la opinión pública cuando aseguró que aquellos trajes los había pagado en metálico y de su bolsillo.

Francisco Camps habría podido cortar de raíz el escándalo desde el principio. Si en lugar de aparecer ante la prensa rodeado de la plana mayor de su partido, hubiese reconocido que había recibido un regalo y pagado su importe; si en lugar de enrocarse, hubiera pedido perdón a la opinión pública, nada habría pasado. Esperanza Aguirre no se ha visto tocada por el caso Gürtel porque decidió cortar cabezas antes incluso de que la mayoría de los electores supieran de qué iba el asunto.


Pero no, decidió negar la mayor y ahora puede verse en el banquillo. Ante eso, un partido coherente tendría ante sí dos opciones. Se puede considerar que la acusación no implica que Camps sea corrupto y, por tanto, ignorarla y tratarlo con todos los honores que merece el presidente y candidato a presidir de nuevo una región tan importante para el PP, más aún cuando es atacado injustamente. Del mismo modo, se puede estimar que la mujer del César no sólo debe ser honesta sino parecerlo, y apartar a Camps de sus cargos en el partido. Pero el PP ha optado por mantenerle, mas haciendo como si en realidad no quisiera. Como haría quien desea cesar a un barón regional pero no se atreve siquiera a intentarlo por miedo a salir herido en la refriega.

Ese miedo quedó escenificado en la reunión en el parador de Alarcón, en Cuencia, a medio camino entre Madrid y Valencia. En lugar de la relación entre jefe y subordinado, como correspondería a sus respectivos cargos, Rajoy dejó entonces traslucir su debilidad acudiendo a una suerte de cumbre entre dos políticos de idéntico nivel, que deben verse las caras en lugar neutral y equidistante. Ahora lo proclama pero sin pisar Valencia. Todo sea para no hacer ver que alguien toma una decisión.


Libertad Digital - Editorial

Tensión creciente en el PSOE

Los socialistas viven la continuidad de Zapatero con ansiedad porque ni resuelve ni deja resolver. Se agota febrero y la recuperación no llega.

EL PSOE se resiente cada día más por culpa de la incertidumbre que ha creado el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sobre su continuidad como candidato socialista en las elecciones generales de 2012. Realmente, lo que vive internamente este partido es una tensión creciente porque aumenta la inseguridad sobre su futuro, descontada incluso la previsible derrota electoral que sufrirá en los comicios autonómicos y locales del próximo mes de mayo. En efecto, lo que los dirigentes socialistas se plantean ya no es tanto perder por lo menos posible frente al Partido Popular, sino evitar que el PSOE entre en una dinámica de partido perdedor, aliénandose con un síndrome de fracaso similar al que se ha hecho endémico entre los socialistas valencianos o madrileños.

Por eso, puede ser suicida para el PSOE la toma de posiciones que se está produciendo entre algunos de sus principales dirigentes, porque anticipa el debate sucesorio sin que el responsable de hacerlo, Rodríguez Zapatero, lo haya inaugurado. El problema es que tampoco ha evitado que en su partido crean que ya ha comenzado, y quienes participan en él empiezan a mostrar las cartas de lo que es, en toda regla, un conflicto de visiones sobre el partido, su organización y su ideología. Lo que está claro es que si Rodríguez Zapatero se va, lo que todavía está por ver, su sucesión no va a consistir en una designación a dedo, menos aún una entronización garantizada para Rubalcaba. Aun poniendo por delante la frase hecha de que el mejor candidato es Zapatero, no han faltado quienes, como Carme Chacón o José Bono, dejan verse como participantes de la carrera sucesoria, lanzando dos avisos: que el poszapaterismo no se va a hacer sin zapateristas y demás familias socialistas y que una vez ido Zapatero —o invitado a irse— nadie tiene asignado el puesto de sucesor. Nadie puede asegurar que la sucesión de Zapatero no sea, también, una revisión ideológica y organizativa de un PSOE agotado por estos años de mandato convulso y conflictivo.

Los socialistas viven la continuidad de Rodríguez Zapatero con ansiedad porque ni resuelve ni deja resolver. Se agota el segundo mes de 2011 y la recuperación no llega, el paro crece, el pesimismo se mantiene y quedan menos de tres meses para unas elecciones autonómicas y locales que pueden dar a los populares los gobiernos más cercanos a la inmensa mayoría de los españoles.


ABC - Editorial

jueves, 24 de febrero de 2011

Contra manifestantes sin armas. Por Darío Valcárcel

Un profesor de Trípoli hablaba con suma cautela: no nos han dejado más salida que la sublevación.

LAS fuerzas de Muamar el Gadafi han dejado centenares de muertos sobre el suelo de Libia. Desde los helicópteros se cazaban manifestantes. También en Bahrein, el ejército ha disparado con fuego real. El viernes, millares de jóvenes enterraban a cuatro de sus compañeros: cuando volvían del cementerio los militares abrieron fuego, tres muertos, decenas de víctimas en estado crítico, 300 heridos de bala. Los hospitales de Manama, desbordados, recibían ofertas de transfusiones. La administración se indignaba. ¡Nada de privilegios!

Bahrein es una de las cinco monarquías del Golfo, al este de Arabia Saudí, enfrentada a Irán. Desde el fin del protectorado británico, 1971, Bahrein es una monarquía. El rey es hombre poco dotado para la información. Un colega suyo, Luis XIV, dijo hace 300 años que en un monarca eran indispensables el sentido común y la buena información. Varios hechos complican la situación en el golfo Pérsico. La V Flota de Estados Unidos, destinada desde hace decenas de años a vigilar la costa iraní, tiene su base en Bahrein. Desde allí dos portaaviones y casi 50 buques recorren el Golfo 365 días al año. Bahrein no es una pieza indispensable, pero la US Navy andará con pies de plomo. También la Casa Blanca. El viernes último, Barack Obama telefoneaba al rey de Bahrein: «La estabilidad va unida al respeto de los derechos universales del pueblo de Bahrein y del proceso de reformas».


Cientos de kilómetros al Oeste, en el África mediterránea, el ejército de Gadafi tiraba contra los manifestantes mientras bandas de sicarios, de paisano, mataban sospechosos. Gadafi parece no entender, o no importarle, la nueva realidad: las escenas en que se mezclan gritos de heridos con ráfagas de ametralladora se distribuyen de inmediato en el planeta. Un profesor de Trípoli, 50 años, hablaba con suma cautela: no hay más salida que la sublevación, años y años de violencia y pobreza extremas no nos dejan otra alternativa.

Las noticias sobre Argelia y Marruecos son especialmente confusas. El paro juvenil argelino, sin subsidio, supera el 50 por ciento. Marruecos tiene una clase media más conectada y más resistente. La monarquía marroquí peligrará, sin embargo, sin reformas inmediatas. Las emprendidas por Hassan II resultan hoy inconexas. El proceso de reforzamiento de las instituciones lleva años atascado. Desde su llegada al trono en 1999, Mohamed VI ha logrado avances en un asunto clave, el estatuto de la mujer. Ha revocado la injusta adjudicación de la herencia paterna —solo la mitad de lo asignado al hijo varón se reconoce a la hija— y ha modificado las condiciones del divorcio. Frente a 32 millones de marroquíes, 35 millones de argelinos. Los bereberes del norte de Marruecos plantean reivindicaciones apremiantes: sociales, políticas, lingüísticas. Marruecos, debe reconocerse, no ha cargado con el durísimo pasado de guerra colonial de su vecina Argelia en los años sesenta; ni con una segunda guerra en 1991, contra el islamismo del FIS. Marruecos ha sido duro, pero no sangriento. La monarquía ha respetado más a sus súbditos de lo que los militares argelinos han respetado a los suyos.


ABC - Opinión

Crisis energética. Un escenario energético dantesco. Por Emilio J. González

No sé si los riesgos potenciales que amenazan a nuestro país en materia de energía llegarán a materializarse o no. Pero basta con que uno de ellos se haga realidad para que a la grave crisis económica que ya padecemos se superponga una segunda.

Decía John Lennon que la vida es lo que te pasa mientras haces planes. Es lo que le está ocurriendo a Zapatero con la economía. El presidente del Gobierno llegó a La Moncloa en 2004 con la cabeza llena de planes de corte ideológico para cambiar España de arriba abajo, entre ellos el de convertirnos en el país ‘verde’ por excelencia, firmando la sentencia de muerte de la energía nuclear y apostando, a cambio, por transformarnos en el paraíso de las energías renovables. De esta forma, se embarcó en una política energética que, lejos de atacar de raíz los problemas en este sentido de nuestra economía, y sin tener en cuenta los principios básicos de toda estrategia energética sensata en el siglo XXI, se dedicó a planificar y ejecutar lo que tenía en mente, sin querer asomarse lo más mínimo a la realidad. Ahora, esa realidad autónoma de la voluntad de ZP ha seguido su curso y puede poner a España en una situación energética y económica más difícil de lo que ya está.

Nuestro país tiene una dependencia del petróleo y del gas muy elevada. El 75% de la energía que consumimos tiene ese origen, pero en España no producimos ni petróleo ni gas, con lo que nuestra dependencia del exterior es, también del 75%, frente al 50% del promedio de la Unión Europea. Esto no es nuevo; siempre ha sido así porque el modelo de desarrollo económico español ha sido intensivo en el consumo de energía, lo mismo que en el resto de Europa. Pero mientras al norte de los Pirineos tuvieron muy claro que había que reducir la dependencia del ‘oro negro’ y apostaron por la energía nuclear, aquí llegaron los socialistas al poder en 1982 y pararon todos los planes. Y mientras en el resto de la UE ya se están construyendo nuevas centrales nucleares, aquí seguimos cerrándolas aunque todavía tengan vida útil, para sustituirlas por los molinos y las placas solares que, ni de lejos, aportan en conjunto tanta energía como las centrales nucleares.


Pues bien, con este panorama, ahora llegan las revueltas políticas que están teniendo lugar en Oriente Medio y el norte de África, donde se encuentran nuestros principales abastecedores de petróleo y gas. Y las incertidumbres en torno al resultado de los acontecimientos que se están desarrollando en esas naciones está disparando el precio del petróleo, sin que nadie tenga nada claro qué va a pasar allí al final. Pero, mientras tanto, las amenazas ya empiezan a cernirse sobre la economía mundial en general y la española en particular. La primera cuestión es si los hechos que están teniendo lugar en Egipto van a implicar un posible cierre del Canal de Suez. Si se materializa esta posibilidad, el coste para la economía española será de medio punto que se restará al crecimiento, a causa de los mayores costes de transporte derivados de que los petroleros tengan que circunvalar todo África para llegar a nuestras costas. Ese coste puede devolvernos a la recesión y acelerar nuevamente la destrucción de empleo. A ello hay que añadir que si el petróleo no ya sigue subiendo sino que tan sólo se mantiene a los precios que ha alcanzado estos días, el impacto inflacionista será inmediato, lo que provocará o nuevas pérdidas de competitividad si los salarios se adaptan a ello, lo cual sería un grave error, o menos poder adquisitivo y menores resultados empresariales y, por tanto, menos consumo, menos inversión, menos empleo, menos crecimiento económico y más paro. Y, además, con la amenaza de que el Banco Central Europeo tenga que subir los tipos de interés para atajar cualquier presión inflacionista, lo que no sólo agravará nuestros problemas de naturaleza macroeconómica, sino que colocará nuevamente a muchas familias endeudadas hasta las cejas con su hipoteca en una situación muy difícil que puede suponer todavía más duros golpes a un sistema financiero español ya de por sí bastante maltrecho. Vamos, que nos metemos de nuevo plenamente en la segunda oleada de recesión y de crisis de las cajas de ahorros cuando todavía no hemos terminado de superar la primera. Y eso por no hablar de cómo vamos a pagar la energía que importamos con los problemas tan serios que tenemos de balanza de pagos.

Si este panorama ya es de por sí bastante deprimente –¿qué no lo es con la economía española en la era ZP?– pensemos ahora en lo que puede ocurrir si, simplemente, alguno de los protagonistas de los conflictos de estas semanas deja de exportar petróleo o gas, o si los problemas se extienden a Argelia, de donde procede alrededor del 50% del gas que consumimos. Este escenario dantesco no sólo implicaría precios astronómicos de los hidrocarburos, con sus terribles consecuencias macroeconómicas; implicaría también incluso un posible desabastecimiento del mercado español hasta que se encontraran proveedores alternativos, lo cual no es tan sencillo ni lleva tiempo. El peor de los escenarios posibles, por tanto, es terrible, infernal. Pero nada de esto tendría por qué suceder si Zapatero hubiera seguido los dictados que marca la política energética internacional del siglo XXI.

Esa política se caracteriza por la combinación de tres principios: la seguridad en el abastecimiento, precios que no estrangulen el crecimiento económico y respeto al medio ambiente. La energía nuclear cumple perfectamente con los tres. Sin embargo, a Zapatero no le ha preocupado nada más que el tercero, y de forma ideológica y sesgada, y en lugar de dedicarse a trabajar por la reducción de nuestra dependencia energética del exterior a través de una apuesta clara por el átomo, como está haciendo el resto de la Unión Europea, se ha dedicado a jugar al ecologismo mal entendido con la promoción de las energías más caras de todas, las renovables, que no constituyen, ni de lejos, alternativa válida alguna a la nuclear.

No sé si los riesgos potenciales que amenazan a nuestro país en materia de energía llegarán a materializarse o no. Pero basta con que uno de ellos se haga realidad para que a la grave crisis económica que ya padecemos se superponga una segunda de igual magnitud. Esperemos que no sea así. Esperemos, también, que ahora que estamos viendo de verdad las orejas al lobo los políticos se dejen de demagogias de una vez por todas y apuesten abiertamente por la energía nuclear, ya que Zapatero se niega a hacerlo.


Libertad Digital - Opinión

El tocino y la velocidad. Por Fernándo Fernández

Noto un tono agrio, la crisis del Magreb se ha llevado por delante el poco apetito por el riesgo que quedaba.

LA apropiación del 23-F que hizo Zapatero para evitar responder a Rajoy es inaceptable. Más aún para un presidente de Gobierno que ha hecho de superar la Transición su seña de identidad. Un pacto impuesto, recordemos sus palabras. Confundir el culo con las témporas es propio de alguien que ha perdido el sentido de la realidad, característico de un responsable político que no entiende nada de lo que está pasando en el mundo. La que iba a ser la legislatura de la conjunción planetaria se ha convertido en un suplicio. Hasta se le rebela Carmen Chacón, con lo que ha hecho nuestro líder por Cataluña y por esa generación de jóvenes insuficientemente preparados que ha aupado hasta las más altas cotas de su incompetencia. Pero no podemos sorprendernos: si algo ha caracterizado este socialismo posmoderno ha sido su insoportable incoherencia y levedad.

Escribo desde muy lejos. Me he pasado el día preguntando por la imagen de España. Ha debido de ser la noticia del Consejo de Competitividad que algunas grandes empresas españolas se han decidido tardíamente a constituir después de ver impávidamente cómo España se convertía en la enferma de Europa ante su silencio brechtiano, pero el ejercicio de masoquismo ha sido revelador. Los pocos que saben de qué les hablo —no nos engañemos, preocupan mucho más los goles de Ronaldo o Messi— no acaban de entender a qué jugamos, cómo hemos podido dilapidar el inmenso caudal de buena voluntad con el que contábamos en todo el mundo emergente. ¿Cómo es posible que lo hayan hecho ustedes tan mal si lo tenían todo a su favor? ¿Cómo han podido ser tan ignorantes de lo que estaba pasando? ¿De verdad se creían ustedes que se podían librar de una crisis bancaria con una burbuja inmobiliaria tan evidente? Intento convencerles que no somos tan ingenuos, que quizás haya sido deliberado, que el PSOE ha reaccionado como hizo el tardofranquismo a la primera crisis del petróleo —no hay espacio político para el ajuste económico, inventémonos una historia que vender—, como están haciendo los líderes árabes ante el despertar de la población civil. Noto entonces que pierdo a mi interlocutor, que se va con su copa a otro lado, a otro país que le atraiga, dejándome con mi copla aprendida en la boca.

Me temo que es lo que le puede pasar a estas empresas si no ajustan su discurso a la percepción de la realidad. Al mundo no le interesan nada nuestras batallas provincianas por salvar la nacionalidad de las Cajas de Ahorros; bastante tiene con entender la que está cayendo también en Corea con esas misma instituciones de crédito. Le aburre sobremanera nuestro provincianismo, no hay colega que no te cuente algún chascarrillo de la última visita de promoción de alguna Comunidad Autónoma. Los más enterados, siempre hay un listillo en todo cóctel, te preguntan directamente cuándo va Zapatero a prohibir a Cataluña que se siga endeudando para que Spanair sustituya a Ryanair en Gerona, cuándo va el Banco de España a tratar a las Cajas catalanas como al resto, las gallegas por ejemplo, incluida la intervención si es necesaria, cuándo vamos a dejar de hacer demagogia con las nucleares. Cuando les pido paciencia y confianza en la conversión de nuestro presidente, los que no se van directamente a por otra copa me sueltan sin tapujos que paciencia la suya, que llevan siete años creyendo que España era otra cosa. Noto un tono crecientemente agrio, la crisis del Magreb se ha llevado por delante el poco apetito por el riesgo que quedaba entre inversores maleados. Leo la prensa española y veo al personal preocupado por Belén Esteban, y al Gobierno, entretenido con la tinta del calamar mientras arde el patio trasero y no tenemos ni para comprar una regadera.


ABC - Opinión

Horas contadas de un beduino con gorra de jefe de estación. Por Antonio Casado

Cuando compraba con caballos la sonrisa cómplice del llamado mundo civilizado, el líder de la Revolución, el padre de los libios, el gran beduino con gorra de jefe de estación, Muamar el Gadafi se paseaba por Europa con su jaima portátil como esas estrellas que exigen hoteles sin ascensor, cortinas amarillas en el cuarto y agua mineral para llenar la bañera.

En esta orilla de las tres colinas, nuestros gobernantes le reían las gracias y hallaban en el exotismo la coartada perfecta para seguir mirando hacia otro lado. Más o menos como sigue ocurriendo ahora con la China de Hu Jintao, cuyo exotismo consiste en pasarse los derechos humanos por el arco del triunfo. Si Libia tiene la llave de las mayores reservas de hidrocarburos de Africa, la China comunista es el poderoso acreedor de los Estados Unidos y, por tanto, tiene la llave de la estabilidad monetaria del bloque occidental. Quieto todo el mundo, que diría nuestro más curioso ejemplar de liberticida ibérico.

«A diferencia de otros dictadores, el exotismo de Gadafi no incluye la tendencia a envolverse en la bandera nacional. Su narcisismo desborda el sentido de pertenencia a un espacio, un país, una patria.»
El inesperado despertar de las masas populares en la parte exótica del mundo globalizado puede alcanzar en cualquier momento a los hijos de Mao, del mismo modo que ha alcanzado a los hijos de Gadafi, totalmente decididos a invertir el escarmiento y terminar de un sopapo a tiempo con la tontería de un padre con rabieta. En China ya hay un doloroso antecedente: Tiananmen. Miles de estudiantes asesinados en la plaza que ya perdió su nombre por los militares del Ejército comunista cuando reclamaban libertad y derechos individuales.

Nada distinto a lo que se ha pedido en la plaza Tahrir en El Cairo, la de la Perla en Manama (Yemen) o en la plaza Primero de Mayo de Argel. Si se repite la historia de la plaza Tiananmen ( 3 de junio de 1989), ¿nos haríamos de nuevas, como con Libia, mientras la evaluación de riesgos se convierte en la excusa para seguir retrasando la adopción de medidas contra el sátrapa? Apuesten a que sí.

Al final, el grito de la libertad es el mismo en cualquier parte del mundo. Y los sátrapas reproducen siempre el mismo patrón de comportamiento: denuncia de una conspiración extranjera (desde la judeomasónica de Franco hasta la imperialista de Gadafi, el muestrario es amplio), ira contra el mensajero (cierre de periódicos, encarcelamiento de disidentes, bloqueo de los accesos a Internet…), solemne disposición a comparecer ante los tribunales de Dios y de la Historia, y una recurrente declaración de amor a la Patria.

A diferencia de otros dictadores, el exotismo de Gadafi no incluye la tendencia a envolverse en la bandera nacional. Su narcisismo desborda el sentido de pertenencia a un espacio, un país, una patria. Al colocar su ego por encima de los símbolos nacionales ha logrado acabar con la maldita tendencia a confundir Libia con Liberia o con Líbano. Ahora es, simplemente, “el país de Gadafi”. Lo explicó él mismo la otra noche en esa inolvidable escena del paraguas ambientada por el que manejaba la regadera fuera del plano.

Sólo a Charlot se le hubiera ocurrido ese mutis final en carrito de golf después de haber escenificado la más mostrenca apelación a la guerra civil en boca de un sátrapa con los días contados.


El Confidencial - Opinión

Revueltas. Gadafi y el masoquismo occidental. Por Cristina Losada

La cuestión, sin embargo, no ha sido ésa. La pasión que late en los airados reproches a las "potencias" es el vicio de culpar a Occidente de los males del mundo, y no digamos del Tercer Mundo.

En los jardines de Occidente se ha levantado un gran clamor contra las matanzas que Gadafi está perpetrando en Libia. Eso está muy bien, pero digo mal, pues la rugiente indignación que han suscitado los crímenes del dictador no se dirige contra él, único responsable, que se sepa, de esos actos abominables. Resulta que no. Que no está tan claro que el régimen libio sea el culpable de las atrocidades. A la vista de los dedos acusadores que señalan a las "grandes potencias" –por lo común, referido a Estados Unidos–, a la Unión Europea o a esa entelequia llamada "comunidad internacional", se diría que son esas vaporosas entidades y los más sólidos estados que las forman, quienes han provocado la barbarie de Gadafi.

No siempre desatan la represión y las masacres tales estallidos de rectitud moral en los países democráticos y, en particular, en el nuestro y, en concreto, en la prensa. Pero ése es el doble rasero de cada día. La peculiaridad de la reacción a los sucesos de Libia es que consiste, ante todo, en durísimas reprimendas a Occidente. Por lo que supuestamente ha hecho: sostener a la dictadura de Gadafi. Y por lo que no ha hecho: condenar con mayor contundencia, sancionar, intervenir, incluso. ¡Intervenir! Gentes que aborrecen la idea de que exista un "gendarme mundial" reclaman una intervención. ¿De qué tipo? ¿Quieren que vaya la Sexta Flota o creen que bastará enviar un comité de persuasión para que Gadafi deje de ametrallar a los libios? Ante un caso así, ¿pueden hacer las democracias mucho más que declarar su condena e imponer sanciones y embargos? ¿O, ahora sí, hay un derecho y hasta un deber de injerencia?

La cuestión, sin embargo, no ha sido ésa. La pasión que late en los airados reproches a las "potencias" es el vicio de culpar a Occidente de los males del mundo, y no digamos del Tercer Mundo. Tanto ha arraigado el sentimiento de culpa por la colonización, que se responsabiliza a los "países ricos" de cuantos desastres provocan los gobernantes de los "países pobres". La paradoja es que esa visión, tan tercermundista ella, se halla impregnada de lógica colonialista: se da por sentado que esos estados y sus dirigentes aún no han llegado a la mayoría de edad. Y, así, se les libera del lastre de la responsabilidad para endosárselo a las democracias. En 1970, escribía Revel que "la civilización democrática es la primera de la historia que se culpa a sí misma cuando otra potencia intenta destruirla". Cabe añadir que también se flagela cuando otros destruyen. Será masoquismo narcisista.


Libertad Digital - Opinión

Sucesores de Zapatero. Por M. Martín Ferrand

Ignoro si en la disputa sucesoria socialista saldrá victorioso Rubalcaba o será Chacón la favorita de las bases.

PARECE que al PSOE, a quienes lo manejan, le han entrado prisas por discernir cuál será su propuesta para jefe de la oposición después de que se celebren las legislativas de 2012. Hace solo unas semanas, antes de que les crecieran los faisanes y se pusieran a incubar sospechas, parecía claro que en el supervicepresidente, Alfredo Pérez Rubalcaba, coincidían la voluntad testamentaria de José Luis Rodríguez Zapatero y los diseños estratégicos del aparato de la calle Ferraz; pero, tempus fugit, todo resulta efímero en la política española, siempre más atenta a sus protagonistas que a los argumentos que les correspondería representar. Rubalcaba, que fue un buen velocista en su juventud, es, en la madurez, un corredor de fondo y sabe que la perseverancia tiende a ser ganadora sobre la genialidad instantánea.

El último grito en la moda sucesoria socialista corresponde a Carme Chacón que cumple cuarenta años el mes que viene y cuenta con un singular apoyo mediático. Fue titular de Vivienda y pasó por el Ministerio sin romperlo ni mancharlo, con el mismo inútil protagonismo que su predecesora, María Antonia Trujillo, y con más brillo que su sucesora, Beatriz Corredor, que tuvo que cerrar el chiringuito para acogerse a la hospitalidad presupuestaria de Fomento. Como ministra de Defensa, su escaparate actual, luce más cuando las tropas le rinden honores que, cuanto mayor es el pacifismo socialmente instalado, más vibraciones general el tararí de un cornetín de órdenes. Chacón está casada con Miguel Barroso, un estilista de la estrategia comunicacional que fortalece la figura de su mujer. Tanto como engrandeció a Zapatero en los inicios del zapaterismo, cuando era secretario de Estado de Comunicación.

Con uno de esos desayunos con los que Madrid nos libera de las pesadísimas cenas de antaño, la espluguense del PSC ha entrado en la mal disimulada competencia en la que el premio previsible es la derrota frente a Mariano Rajoy. Un año es mucho tiempo y más todavía si en él entran unas elecciones locales y regionales como las del próximo mayo. Ignoro si en la disputa sucesoria socialista saldrá victorioso Rubalcaba o será Chacón la favorita de las bases. Él tiene mucha historia, demasiada, y ella no tiene ninguna. Pertenece a la nueva casta de profesionales de la política que saltaron de la Universidad al partido sin mayores experiencias vitales. Lo único que puede favorecerles a cualquiera de los dos es el sentido rajoyano de la astucia, ese ánimo que incita a no hacer nada para que sean los demás quienes se equivocan. Un buen modo de administrar las victorias, no de conseguirlas.


ABC - Opinión

23-F. Chacón y el Ejército de Azaña. Por José García Domínguez

Está por ver que tengamos la milicia ansiada por el más ilustrado de nuestros misántropos. Pero que sufrimos catalanistas idénticos a los que padeció en vida, sobre eso no hay disputa. Por desgracia.

A falta de épica, mercancía más bien escasa durante aquellas horas en que una soldadesca beoda secuestró el Congreso, ha habido que echar mano de la lírica para apuntalar con alguna dignidad la memoria colectiva del 23-F. Así, los españoles, que nunca tuvimos nuestra Plaza de Tahrir, acaso para compensar, hemos dispuesto un sillón en el Consejo de Ministros a nombre de la señora Chacón Piqueras. La misma que tantos y tan comprometedores documentos empaquetara la noche de autos en Espulgues de Llobregat. Al respecto, y armada con la retórica edulcorante que exige la efeméride, la ministra ha dado en proclamar que ahora "disponemos del Ejército que Azaña soñó hace ochenta años".

Yo no sé con qué soñaría o dejaría de soñar don Manuel Azaña, que por lo demás, y como buen demócrata, nunca discriminó a sus coetáneos militares frente a los civiles: los despreció a ambos con idéntica intensidad. No obstante, sí me aventuraría a asegurar que ni en la más negra pesadilla se le apareció una Chacón Piqueras ocupando su despacho en el Ministerio de la Guerra. Y ello, al margen de consideraciones obvias, porque Azaña no estaba preparado, él no, para contemplar a un nanonacionalista catalán en las supremas magistraturas de España. Ni aunque se tratase de uno tan impostado y ful como doña Carme. Alguien que, salta a la vista, jamás ha leído una página del alcalaíno.

¿Le sonará siquiera Garcés, el alter ego del presidente que en La velada en Benicarló clama hastiado: "Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la Gran Cataluña. En el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia (...) deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición". Y luego continúa: "Hablan de la guerra en Iberia. ¿Iberia? ¿Eso qué es? ¿Un antiguo país del Cáucaso? A este paso, si ganamos, el resultado será que el Estado le deba dinero a Cataluña". Apenas semanas antes de redactar el párrafo, Azaña, todavía refugiado en Montserrat, había contemplado con estupor el decreto de la Generalidad por el que se creaba un llamado Ejército Nacional de Cataluña. Está por ver, en fin, que tengamos la milicia ansiada por el más ilustrado de nuestros misántropos. Pero que sufrimos catalanistas idénticos a los que padeció en vida, sobre eso no hay disputa. Por desgracia.


Libertad Digital - Opinión

Solos. Por Ignacio Camacho

Occidente ha de hacer algo más que contemplar la primavera árabe con cara de panoli y brazos cruzados.

ANTE la mecha revolucionaria que corre por el mundo árabe ya no procede preguntarse si la democracia es incompatible con el Islam, como se temía Bernard Lewis, porque lo que está claro es que sí lo resulta con el caos y la violencia. Ningún ser humano civilizado sentirá la menor lástima cuando tiranos como el terrorista Gadafi tengan el final que se merecen, pero el Occidente democrático tiene que hacer algo más que contemplar con cara de panoli y brazos cruzados esta primavera rebelde que puede acabar de mala manera. Y más allá de la retórica, de los hermosos discursos de Obama y del descomprometido y abstracto buen rollito de la Unión Europea, se percibe un clamoroso desconcierto agravado por la patente falta de liderazgo. Lo sepan o no, los tipos que se juegan la vida en las calles de Libia o Bahrein están, como antes los de Egipto o Túnez, más solos que la una ante su incierto futuro.

Esa gente ha saltado frente a los tanques por desesperación, por falta de horizonte, por hambre y por cansancio. No tienen organización, ni método, ni otro plan que sacudirse de encima a sus sátrapas en un arrebato terminal de hartazgo. Y necesitan ayuda. Compromiso. Esperanza. A cuerpo limpio, comunicándose por twitter, por facebook o por radio macuto, tal vez se pueda derribar un régimen pero no se puede construir otro. Y menos un régimen democrático, que es la única posibilidad de que este proceso compulsivo desemboque en un orden razonable. Necesitan que se involucre con ellos el mundo libre que hasta ahora sólo los está mirando. Con mucha simpatía teórica, pero mirando a ver de qué lado cae la moneda.


Involucrarse no es hacer frases de apoyo ni prepararse con reflejo defensivo para una oleada migratoria. Involucrarse es utilizar la diplomacia para enviar mensajes inequívocos y apretar buscando salidas a la crisis. Involucrarse es meter recursos, ayuda y cooperación a medida que vayan cayendo las fichas del dominó de sátrapas. Involucrarse es fortalecer organizaciones civiles y partidos políticos que puedan estabilizar y articular con legitimidad los vacíos de poder. Involucrarse es intentar evitar que los regímenes arrastren en su caída (como ocurrió en Irak) las precarias estructuras de los Estados que dominaban. Involucrarse es dejar de esperar con signos evidentes de no entender nada de lo que está pasando.

Y la alternativa a no involucrarse es permitir que se involucren otros que lo tengan más claro. Los de siempre, los teócratas y fundamentalistas que sí son incompatibles con la democracia. Los que sueñan con sacar ventaja de esta sacudida popular. Los que ni siquiera hablan de libertad porque jamás la han necesitado. Los que sí saben qué hacer cuando el estupor, la tibieza y el egoísmo de las democracias occidentales los deje solos al frente del caos, listos para apoderarse del botín que están acariciando.


ABC - Opinión

Tarde, mejor que nunca

El desenlace de la revuelta en Libia recorre un terreno de incertidumbres. Gadafi parece controlar la capital y un tercio del país, mientras que los rebeldes, al este del país, donde se encuentran los principales yacimientos petrolíferos. El dictador mantiene la represión, aunque también prosiguen los síntomas de una descomposición lenta, pero incesante del régimen, como la huida del país de varios de sus familiares o la decisión de unidades militares de sumarse a la rebelión. El tiempo corre en contra de Gadafi. Su situación internacional es muy complicada y se puede hablar de práctico aislamiento o al menos de condena general a sus métodos. La carnicería desatada contra el pueblo –la Corte Penal Internacional cifró ayer el número de muertos en 10.000–, que ha sido calificada por Naciones Unidas como crimen contra la humanidad, ha despertado incluso la conciencia de una Europa aletargada y pasiva en los primeros días. A esa recobrada sensibilidad de la diplomacia comunitaria contribuyó también el riesgo de un éxodo migratorio y de que el suministro de petróleo desde Libia, fundamental para Europa, y en particular para España, peligrara, además del temor a un tsunami inflacionista provocado por el alza en los precios del petróleo que repercutiría directamente en el recibo de la luz y los transportes. La política exterior de la UE, personalizada en Catherine Ashton, ha desempeñado un mal papel en esta crisis. Ha sido incapaz de adelantarse de reaccionar adecuadamente a los acontecimientos. Demasiados días desaparecidos en un conflicto situado, no se puede olvidar, en el flanco sur del continente y con efectos para la Unión en materias de economía, inmigración y seguridad, por no hablar de los derechos humanos. Bruselas ha reaccionado tarde, pero mejor tarde que nunca. El criterio expuesto por Nicolas Sarkozy de que la UE suspenda sus relaciones económicas con Libia y se aliente entre los socios «la rápida adopción de sanciones concretas para que todos los implicados en la violencia sepan que deberán asumir las consecuencias de sus actos» nos parece el adecuado, y España debe secundarlo. Las sanciones no sólo son necesarias porque envían el mensaje de un compromiso con la libertad y los derechos humanos, sino también porque el cerco a Gadafi puede acelerar su renuncia. Ayer, la UE acordó que los expertos europeos presenten medidas concretas contra Libia. Es un paso, pero esperemos que los responsables comunitarios entiendan que el tiempo corre en contra del pueblo libio y que es preciso agilizar la toma de decisiones. Por otra parte, el servicio exterior de España tampoco ha estado a la altura. Los testimonios de desamparo de los españoles residentes en Libia son tantos y tan precisos que no hay defensa posible. En las horas críticas, la embajada y el Ministerio estuvieron casi desaparecidos y la consigna fue que cada uno se apañara por sus propios medios. La desatención ha sido tan flagrante y grave que es preciso abrir una investigación y depurar responsabilidades. Si Exteriores no puede socorrer a los españoles en apuros, mejor que dimita la ministra y dé paso a alguien más competente.

La Razón - Editorial

La amenaza del petróleo

Europa teme que el encarecimiento del crudo por la crisis norteafricana origine una subida de tipos.

En plena convalecencia de una recesión, Europa se enfrenta al impacto de los vientos de cambio político en el norte de África y en Bahréin. Las Bolsas han sufrido dos días de pérdidas, pero el choque más peligroso procede del petróleo. La matanza perpetrada en Libia por Gadafi y el cierre de al menos una cuarta parte de la producción de crudo del país -situación que puede prolongarse porque las petroleras europeas, como Repsol, han suspendido la producción- han empujado el precio del barril por encima de los 110 dólares. La escalada de precios resiste incluso el bienintencionado mensaje de la OPEP, dispuesta a producir más para compensar el colapso libio. El problema es que los mercados ya descuentan que los efectos de la revuelta no acabarán en Libia, cuya producción, unos 1,6 millones de barriles diarios, puede sustituirse con relativa comodidad; de ahí que muchos países europeos hayan anunciado que no peligra su abastecimiento energético a corto plazo. Lo que inquieta a los inversores es que la rebelión puede extenderse a otras zonas árabes con una producción mayor.

Para las economías europeas la amenaza principal procede del contagio inflacionista que puede provocar la subida del crudo si la situación no se estabiliza en un tiempo razonable (un máximo de dos meses). La presión del petróleo sobre los precios está tasada: por cada 10 dólares de subida del barril la inflación en Europa puede aumentar hasta en dos décimas. Conste que los efectos inflacionistas no proceden solo del crudo. En los últimos meses los precios de los alimentos y de otras materias primas se han disparado. El encarecimiento del trigo fue una de las causas de la rebelión contra Mubarak.


Para combatir la inflación, los bancos centrales apenas tienen otro recurso que subir los tipos de interés. Un encarecimiento del dinero equivaldría a frenar las expectativas de crecimiento y de creación de empleo. En España, un alza de tipos en una fase de crecimiento muy débil (apenas el 0,7% anual en 2011) retrasaría el momento de la creación neta de empleo en seis meses al menos. Las supuestas ventajas de la crisis en el norte de África, como por ejemplo el aumento del turismo, serían irrisorias en comparación con el daño causado por un endurecimiento de las condiciones crediticias.

Los riesgos económicos de la crisis norteafricana son evidentes, pero no están definidos todavía, dependerán del tiempo que duren los enfrentamientos, del estado de los pozos cuando retorne la estabilidad y de las soluciones políticas que se arbitren. Sería deseable que la vuelta a la normalidad implicase la democratización de los países de la zona. En todo caso, la situación exige respuestas europeas y nacionales inmediatas. La prioridad es garantizar el suministro. El Gobierno español ha anunciado un plan de ahorro energético para responder a posibles dificultades de abastecimiento. Esperemos que esta vez el plan sea serio.


El País - Editorial

Los cabos sueltos de la democracia

Queda claro que los hechos más abruptos y dramáticos de nuestra historia democrática están destinados a ser pasto de la intoxicación interesada y munición para la mentira.

La conmemoración del trigésimo aniversario del golpe de estado revela con sucinta plasticidad la propensión de la clase política española, de la oposición y sustancialmente del PSOE, a pasar página y cerrar en falso los asuntos cruciales de la vida nacional. De los abundantes testimonios de estos días cabe colegir que en torno al 23-F se ensayaron los protocolos de manipulación e intoxicación que con dispar eficacia se han aplicado a los GAL, el 11-M y a cuantos expedientes puedan suscitar dudas respecto al papel de políticos, jueces, gobiernos e instituciones. Que Alfonso Guerra declare en la televisión pública que hay cintas con reveladoras conversaciones del 23-F que no se han hecho públicas remite directamente a los procedimientos indagatorios aplicados al mayor atentado de la historia de España o al más reciente "caso Faisán". Tal vez las cintas ocultas a las que alude con notable desenvoltura Guerra incluyen una aclaración respecto al papel de los dirigentes socialistas que se reunieron con Armada días antes del asalto al Congreso, extremo sobre el que ni sus protagonistas a título individual, ni el partido, han dado explicaciones coherentes.

El acceso al poder del PSOE meses después del golpe de Estado no sirvió, contra lo que cabía pensar, para aclarar las tramas golpistas. Pocos años más tarde, poderosos mecanismos del Estado fueron puestos al servicio de una guerra sucia contra el terrorismo que daba cuenta de la irrefrenable tendencia socialista a tomar atajos contra la ley y al margen de cualquier control democrático. Con la mirada en el retrovisor y sobre lo ya prescrito, Felipe González tuvo a bien aclarar a la sociedad española hace pocas semanas que se le ofreció la posibilidad de acabar con la cúpula de ETA mediante un atentado. Es obvio que tal propuesta no procedía de los conductos oficiales, lo que de suyo aporta algo de luz respecto a la famosa X de los GAL.

Si los años ochenta estuvieron marcados por el 23-F y parte de los noventa por los GAL, el atentado del 11-M volvió a poner a la sociedad española a los pies de un acontecimiento de brutales consecuencias. Y como en los ochenta, el abrupto vuelco político subsiguiente se caracterizó, entre otras cosas, por la imposición de una espesa cortina de humo. Es probable, eso sí, que cuando se cumplan treinta años de la masacre algún socialista admita que existieron pruebas que no vieron la luz, que fueron manipuladas, camufladas o directamente eliminadas; que no se llegó a saber, ni de lejos, toda la verdad. Sea como fuere, queda claro que los hechos más abruptos y dramáticos de nuestra historia democrática están destinados a ser pasto de la intoxicación interesada y munición para la mentira. En España, la aspiración ciudadana y democrática de conocer la verdad queda siempre en un segundo plano, por detrás de los intereses políticos, en medio de un relato en el que la realidad es lo de menos y los hechos, un cúmulo de anécdotas o singulares coincidencias que no tienen mayor importancia una vez alcanzado el poder, lo que siempre resulta, como mínimo, muy sospechoso.


Libertad Digital - Editorial

El 23-F de Zapatero

Si quería solemnizar lo que supuso aquel día —el triunfo de la democracia— negarse ayer a responder a Rajoy es un pésimo golpe... de efecto.

EL presidente del Gobierno no tiene derecho a ignorar el control parlamentario de la oposición, porque esta es la actividad nuclear de la democracia parlamentaria. Pero ayer Rodríguez Zapatero se refugió en la efeméride del intento de golpe de Estado de hace treinta años para no contestar la pregunta del líder del PP sobre la crisis económica. Con solemnidad impostada dijo Zapatero que «hoy no es un día en el que quiera discutir con usted». Si el presidente del Gobierno pretendió dejar para la posteridad un gesto de alta política, no solo no lo consiguió, sino que transmitió la imagen de que quería ahorrarse un mal trago a cuenta de una crisis que no acaba y de la que, por ejemplo, el viernes se supo que había provocado una caída del PIB en los cuatro trimestres del año 2010, en contra de lo anunciado por el Ejecutivo.

Refugiarse en el aniversario del 23-F es una manipulación de los sentimientos y de la historia, como si fueran necesarios todavía actos de reconciliación u homenaje a la democracia. Todo lo contrario, la normalidad en el funcionamiento de las instituciones es el homenaje más adecuado a la democracia que se hizo fuerte aquel día. Zapatero ha pretendido presentarse como custodio de la memoria histórica, cuando solo quiso dar un golpe de efecto a costa del control parlamentario. Pues nada habría sido más oportuno para celebrar el fracaso de la embestida golpista que haberse ajustado a la sesión de control como estaba previsto y como se hace cada miércoles de los periodos de sesiones. Puro escapismo manipulador con el que Zapatero pretendía dejar en mal lugar a la oposición por no tener su fina sensibilidad histórica y no renunciar a la confrontación parlamentaria en día tan señalado.

Gracias a que el golpe de Estado fracasó, ayer Mariano Rajoy pudo preguntar al Gobierno; y gracias a ese fracaso golpista Rodríguez Zapatero tenía ayer la obligación de contestar al líder de la oposición. Resulta excesiva esta tendencia del presidente del Gobierno a presentarse como encarnación de las virtudes cívicas y democráticas, como un santón del diálogo y la tolerancia. El 23-F ha tenido suficientes recordatorios, y cada día de vida democrática es una prueba de su fracaso. No hace falta que Zapatero venga a descubrir la democracia. Su responsabilidad es respetarla y contestar a Mariano Rajoy cuando le pregunte.


ABC - Editorial

miércoles, 23 de febrero de 2011

Gadafi, ese amigo... Por Ramón Pérez-Maura

Debería preocuparnos el apoyo que el régimen de Gadafi ha recibido hasta la fecha desde Occidente.

El iluminado disfrazado de conejo que ayer se dirigió a los libios y al mundo entero desde el balcón de la casa bombardeada por Estados Unidos el 15 de abril de 1986 para anunciar a gritos que morirá allí como un mártir ha cosechado muchos enemigos en las últimas horas.

Éste es el que ostentó hasta 2001 el título de comandante en jefe del terrorismo árabe. Las bombas en la discoteca de Berlín o el avión de la Pan-Am sobre Lockerbie deberían bastar para justificar tan poco honorable título. Y este tipo de iluminados son los que, como él ayer, acusan a quienes se les rebelan de ser «drogadictos» y «borrachos». Cree el ladrón que todos son de su condición.

Pero lo que más debería preocuparnos es el apoyo que su régimen ha recibido hasta la fecha desde Occidente. Sin ir más lejos, su hijo Saif al-Islam, el sosias de regente de prostíbulo de carretera que se dirigió al país el domingo por la noche por televisión y que está muy bien conectado en España, estaba hasta el lunes en la lista de «Jóvenes Líderes Globales» del Foro Económico Mundial de Davos. Alguna fascinación debe causar este «joven líder» porque según el WSJE, tras su diatriba tabernaria del domingo, un portavoz del Departamento de Estado anunció que se estaban estudiando sus palabras para ver si en ellas había algún atisbo de reforma. No explicó el portavoz de la Administración Obama si ese análisis se hacía entre una matanza y otra o mientras eran perpetradas.

La gran pregunta es por qué la paciencia que ni se tuvo ni había por qué tenerla con Hosni Mubarak en Egipto se ha tenido hasta ahora con Muamar el-Gadafi. Porque hasta donde yo sé Mubarak no tenía sangre de occidentales en sus manos y Gadafi podría haberse duchado en ella. Y mientras Europa mira hacia otro lado, Gadafi nos advirtió la semana pasada que suspenderá la cooperación contra la inmigración ilegal... Están en camino.


ABC - Opinión

Revueltas. Entre la libertad y la servidumbre voluntaria. Por Agapito Maestre

Las insurrecciones del Próximo Oriente ya han puesto en cuestión el cínico esquema occidental de que, en el mundo árabe, sólo caben dos tipos de modelos políticos: o la dictadura atea o el integrismo islamista.

Tengo un amigo politólogo que disfraza sus opiniones sobre el incierto futuro de los países árabes. Tiene miedo a equivocarse. Nadie parece tener criterios firmes sobre el particular. Es normal. Nunca es fácil ver la novedad que trae una revuelta popular o una movilización ciudadana, especialmente en países dónde pensábamos o intuíamos que sólo existían súbditos. Las movilizaciones buscan, en efecto, conquistar el espacio público-político, pero es menester mantener un rígido escepticismo sobre esa pretensión, porque los países árabes no han tenido tradiciones democráticas. En otras palabras, las movilizaciones tienen como pretexto la búsqueda de libertades democráticas, pero fácilmente pueden ser manipuladas por los integristas islámicos o los dictadores ateos.

Sin embargo, ese escepticismo, por otro lado muy sano tratándose de países con inciertas tradiciones religiosas y políticas, puede bordearse si reconocemos que entre la servidumbre voluntaria, el esclavo, y el hombre plenamente libre, el ciudadano, hay cientos de situaciones intermedias que definen las singularidades y las diferencias de los regímenes políticos árabes con respecto a sistemas democráticos más o menos reconocidos. Precisamente, en esas situaciones de búsqueda de libertad, que a veces limitan con el heroísmo y otras parecen normales, a través de lo público es donde hallamos la novedad. El pueblo árabe, independientemente de la nacionalidad, se siente genuinamente humano en el ámbito público. Es, en efecto, ahí donde unos seres humanos se encuentran con otros donde hallamos las energías que movilizan a los pueblos árabes a rebelarse contra sus gobiernos. Aspiran a ser ciudadanos. Quieren participar en lo que les atañe públicamente.


Claro que no es lo mismo el régimen de Túnez que el de Egipto. También hay grandes diferencias entre el régimen del criminal Gadafi y el de sus vecinos argelinos. Pero, en todos esos países, hay algo en común, a saber, la "idea", quizá creencia, de que un conjunto de ciudadanos unidos sólo por las palabras pueden cambiar, e incluso derrocar, a sus regimenes políticos. Cabe, naturalmente, criticar esta posición con el cinismo europeo postmoderno, a saber, es imposible que el ser humano se movilice por la libertad sino ha sido educado en la libertad. Esta objeción es relevante, pero, sin duda alguna, cínica, muy cínica, porque niega a otros lo que Occidente tiene. ¿Por qué no reconocer que la fuerza política de los árabes contra sus déspotas tiene el mismo origen que la democracia occidental? ¿Por qué negar que el pueblo árabe se moviliza porque la voluntad de ser libre es superior a la tendencia del ser humano al gremialismo y a la aceptación de la imposición de la tribu?

La conquista de libertad es más fácil, y este es el gran valor que debería sacar Europa de estas revueltas populares, si se la supone. Por este camino, la democracia no es sólo conquista de libertades sino, como nos enseñaron los clásicos del liberalismo, supuesto. Las revueltas populares, en efecto, suponen y, a veces, parten de ciertas libertades. ¿O es que acaso desaparecen todas las libertades individuales de las dictaduras? No; a veces, incluso en los regímenes más dictatoriales, conviven perfectamente gentes que tienen libertades privadas, otros dirían individuales, con la mayor represión de las libertades públicas y colectivas. Pues eso, igual que en Occidente la democracia no puede reducirse a conquista de libertades, sino que hay que suponerlas, también en estos países árabes, en unos más y en otros menos, han existido ciertas libertades que, al final, son el núcleo, o la semilla, o el humus sobre el que fructifica la protesta democrática.

En todo caso, parece que las insurrecciones del Próximo Oriente ya han puesto en cuestión el cínico esquema occidental de que, en el mundo árabe, sólo caben dos tipos de modelos políticos: o la dictadura atea o el integrismo islamista. Ese esquema, aunque a muchos les europeos les cueste creerlo, ha saltado hecho añicos, porque la gente protesta, en principio sólo protesta, por conquistar el espacio público-político. La gente no asalta el Palacio de Invierno sólo quiere tomar la plaza pública.


Libertad Digital - Opinión

Treinta años después. Por José María Carrascal

Todos nos equivocamos por algo tan humano como es proyectar el pasado al presente y al futuro.

ALGUNO considerará irreverente, e incluso ofensivo, aplicar al 23-F el aforismo marxista «la historia se repite, primero como tragedia, luego como comedia», sobre todo, teniendo en cuenta el susto que nos llevamos. Pero contemplándolo con la perspectiva de las tres décadas transcurridas, que en nuestro tiempo son casi tres siglos, se da uno cuenta de cuanto hubo en él de ópera bufa, de comedia de enredo, de sarta de equivocaciones, con aquel estrambote de Tejero «Algún día me explicarán qué ha pasado aquí», o algo parecido.

Que hubo varios golpes que se solaparon, anulándose entre sí, es aceptado por la mayoría de los historiadores y buena parte de los testigos. Que fallaron los cálculos de todos los protagonistas, también. Y que la suerte, por una vez, nos sonrió lo demuestra que podamos rememorarlo incluso con cierta dosis de ironía.

Era un golpe del siglo XIX, todo lo más del XX, cuando estábamos de hecho ya en el XXI, es decir anacrónico a más no poder, como Tejero tirando tiros en el Congreso. Pero también se equivocó Guerra al predecir que «la derescha» se montaría en el caballo de Pavía si volviera a aparecer por allí. Lo que hizo la derecha y la izquierda fue meterse bajo los bancos, como se les ordenaba.


Todos se equivocaron, nos equivocamos mejor dicho, por algo tan humano como es proyectar el pasado al presente y al futuro, cuando el pasado no vuelve y el futuro, como decían los griegos, está en el regazo de los dioses. La España de 1981 no era la España de 1820, ni la de 1843, ni la de 1854, ni la de 1866, ni la de 1868, ni la de 1874, ni la de 1923, ni la de 1936. Es decir, la España de Riego, de Espartero, de O'Donnell, de Narváez, de Prim, de Pavía, de Primo de Rivera, de Franco. Era una España con clase media, que no quería aventuras ni salvadores, sino progreso y libertades, por lo que el golpe, o los golpes, fracasaron. Aunque íbamos detrás de los principales países europeos, no íbamos tan detrás.

El golpe, de todas formas, tuvo buenas consecuencias. Por lo pronto, vacunó al ejército español de veleidades golpistas, convirtiéndolo en fiel servidor de la nación y de la autoridad civil. Luego, consolidó la monarquía como terreno donde ejercer los derechos constitucionales y al Rey, como garante de los mismos. Por último, fue una advertencia para todos los españoles, en especial a los que ocupan funciones dirigentes, de que hay cosas con las que no se puede jugar. Sin ir más lejos, coquetear con el terrorismo. O poner los intereses del partido por encima de los de la nación. O dar más importancia al terruño que al Estado. O creer que las libertades democráticas significan que todo está permitido. En otras palabras: fue una cura de humildad.

Aunque a estas alturas, no estoy seguro de que lo recordemos. Es lo malo de que el tiempo vaya tan deprisa.


ABC - Opinión

Mi 23-F. Por Alfonso Ussía

A las cinco de la tarde del 23 de febrero de 1981 me hallaba preparando en el despacho del gran penalista José María Stampa Braun, en la calle de Álvarez de Baena, el juicio que al día siguiente se celebraría conmigo de acusado en la Audiencia Provincial de Madrid. El fiscal del Estado, Juan Manuel Fanjul Sedeño, se querelló de oficio contra mi humilde persona por un doble soneto satírico publicado en el semanario «Sábado Gráfico», dirigido por Eugenio Suárez con Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid, de protagonista. Años después, en la cena de las Bodas de Oro de los Condes de Barcelona, don Enrique me dio a entender que nada tuvo que ver con la querella, y que mis versos «tan bellos en la forma como perversos en el fondo» no le habían molestado en absoluto. «Ya sabe, Ussía, Fanjul siempre ha sido de derechas y quiere ganar puntos».

Cuando Tejero y sus hombres entraron en el Congreso de los Diputados, Stampa me aleccionaba del largo trecho que se establecía entre el «animus jocandi» y el «animus injuriandi». A partir de ese momento la preparación de la vista dejó de tener sentido.


En toda circunstancia trágica o peligrosa, y ésta lo era, siempre suceden cosas impensables. A la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo no había asistido su mujer, Pilar Ibáñez-Martín, pero sí una íntima amiga de ésta, Pilar Fagalde y Luca de Tena, que se encontraba en una tribuna de invitados cuando se oyeron los primeros y escalofriantes disparos en el Hemiciclo. Pilar Fagalde fue de las pocas personas que consiguieron salir del edificio del Congreso por una puerta trasera. En su salida se cruzó con un grupo de guardias civiles armados que no le hicieron ni caso. Y desde la primera cabina telefónica que encontró, llamó a su amiga, la mujer de Calvo-Sotelo. «Pilar, tranquila. Ha habido tiros en el Congreso, pero no te preocupes, porque a los dos minutos ha llegado la Guardia Civil».

A las diez de la noche Stampa me confirmó que el juicio se celebraría. Se me antojó extravagante. El Parlamento secuestrado y la vida seguía con normalidad. La aparición del Rey resultó fundamental para que pudiera dormir algunas horas antes de defenderme en un juicio por unos versos satíricos. A las nueve de la mañana desayunaba con José María Stampa en el Centro Colón, a dos pasos del Palacio de Justicia. En la puerta principal, la de la Plaza de París, dos guardias civiles nos permitieron el paso. Estaban despistados. «¿Saben ustedes como va eso?», nos preguntaron.

Una imagen que siempre guardaré intacta. Los tres magistrados que me juzgaban llevaban pinganillos para oir la radio. Como era lógico, les interesaba mucho más estar al tanto del desarrollo del golpe de Estado que del contenido y sentido de unos versos satíricos completamente irrelevantes en aquellos momentos de tensión. Nos jugábamos todos el futuro de España, la vigencia de la Constitución y las libertades conseguidas, y la Justicia perdía el tiempo juzgando unos versos.

El fiscal los recitó, bastante mal por cierto, y los jueces no le hicieron ni puñetero caso. Sus pensamientos estaban en el Congreso, como los de todos los allí presentes. A los pocos días, supe de mi absolución. En nombre del Rey, del que nos había sacado los tanques de la sopa, me debían absolver y me absolvían. Acudí a las cercanías del Congreso. Se oyeron aplausos. Los diputados estaban en la calle. Sol de invierno y frío seco.

El gran error había sido derrotado.


La Razón - Opinión