martes, 1 de febrero de 2011

Zapatero no sabe, Rajoy no quiere. Por M. Martín Ferrand

El cuerpo nacional oscila entre el temor a lo que se nos avecina y la desconfianza en quienes habrán de enfrentarse a ello.

ZAPATERO cree en los efectos sin causa, algo propio de los niños con chupete y chocante en un líder político de su relevancia. En diciembre, en La Moncloa, mientras celebraba la Navidad —laica, por supuesto— con un grupo de periodistas próximos, el presidente del Gobierno les anunció que ya tenía decidido su futuro y que solo estaban en el secreto Sonsoles Espinosa, su mujer, y un notable del partido de quien no quiso dar el nombre. Para subrayar tan pasmoso anuncio e ir marcando posiciones, Alfredo Pérez Rubalcaba, el hombre que desconcierta con su mano derecha a su mano izquierda, se apresuró a decirnos que él no era esa innominada persona en el secreto presidencial. Desde entonces se han sucedido los rumores y las interpretaciones sobre el futuro del leonés que, este pasado fin de semana, se les apareció a sus huestes en Zaragoza para protestar de las elucubraciones sucesorias que él mismo había provocado, sin querer o queriendo, para la generalizada confusión y el particularísimo incentivo de quienes se sienten con fuerza de soportar la herencia de siete años de irresponsabilidad, torpeza y malos resultados políticos y económicos.

Al socaire de ese vendaval que nace y concluye en el líder socialista, el del PP no ha desperdiciado la oportunidad y, además de estar «absolutamente convencido» de que en dos años «podemos arreglar la economía», le ha detallado a El Mundo un largo plan de medidas huecas y lugares comunes que, desde derogar la Ley del Aborto a enmendar la de la Memoria Histórica, tiene la sustancia que cabe sospechar en el puchero de una de los 1,3 millones de familias en las que ninguno de sus miembros tiene trabajo. Mariano Rajoy, él sabrá por qué, insiste en el secreto de sus medidas redentoras, si es que las tiene, como si tratara de que Zapatero no pudiera copiárselas en un examen en el que los examinados no se juegan nada porque la apuesta corre por cuenta de los ciudadanos y contribuyentes.

Así estamos, ante un futuro incierto y problemático, con una Constitución que ya no da más de sí y situados entre dos opciones, la que encabeza un jefe de Gobierno que ha sido parte fundamental en la génesis de los problemas políticos vigentes y actor inconsciente en la evocación y crecimiento de los económicos, paro incluido, y la que, como cabeza de la oposición, protagoniza un líder que confunde la astucia con la prudencia y el silencio con la sabiduría. Entre uno que no sabe y otro que no quiere yergue todo un cuerpo nacional que, mitad por mitad, oscila entre el temor a lo que se nos avecina y la desconfianza en quienes habrán de enfrentarse a ello. Triste panorama.


ABC - Opinión

Galicia. Un insensato compadreo del PP. Por Cristina Losada

La falta de principios y de inteligencia política conduce a compadreos insensatos. Aunque ya puede coquetear el PP cuanto quiera con los sindicatos radicales, que no se ahorrará ni un conflicto. Le harán todas las huelgas generales y una más, de rebote.

Con la doctrina que prescribe asociarse "al enemigo de mi enemigo" se puede llegar muy lejos en política. Muy lejos, esto es, en el disparate y el desatino. Así le ha ocurrido al Partido Popular gallego a cuenta de una huelga general convocada por el sindicato nacionalista CIG. La jornada, que se bosquejó también en otras regiones, no pasará a los anales por su seguimiento, pero sí por el insospechado respaldo que le brindó el partido del gobierno. Para ser precisos: mostró su acuerdo con los propósitos y puso alguna objeción a la oportunidad. En palabras del portavoz Antonio Rodríguez Miranda, el PP "comparte con la CIG su rechazo a las políticas del Gobierno del Estado", tales como "la congelación de las pensiones, la subida del IVA o la bajada de los salarios de los funcionarios", pero "no puede apoyar esta huelga" por los efectos negativos que tendría sobre la economía. ¿Y si no los tuviera?

Qué pregunta. Si el bolsillo de los gallegos no se resintiera de un cierre total de industrias y comercios en protesta por los recortes del "Gobierno del Estado", los populares, con el presidente Feijóo a la cabeza, se sumarían a la huelga y compartirían las manifas con las huestes de la CIG, el Bloque, la CNT y otros conocidos defensores de la ley y la propiedad privada. Capítulo distinto es cómo los recibirían esas gentes, que tienen al PP por fascista y lacayo del capital. Pero esa escena de alegre promiscuidad entre un partido de derechas y un sindicato nacionalista y piquetero, es la que ha dibujado como posible el solícito portavoz. Total, el único impedimento a esa insólita unidad de acción es de orden táctico: hoy no conviene. Y el corolario lógico es que, mañana, de darse las condiciones objetivas, el PP gallego aplaudiría encantado un paro general y hasta pondría algo de su parte. El fin –contra Zapatero– justifica los medios. Cosas veredes.

La noción misma de que un partido conservador pueda compartir algún designio con organizaciones situadas en sus antípodas ideológicas y propensas a la coacción violenta resulta incongruente. Como es descabellado que un partido de orden muestre complicidad con una acción de raigambre revolucionaria. Pero la falta de principios y de inteligencia política conduce a compadreos insensatos. Aunque ya puede coquetear el PP cuanto quiera con los sindicatos radicales, que no se ahorrará ni un conflicto. Le harán todas las huelgas generales y una más, de rebote.


Libertad Digital - Opinión

El programa. Por Ignacio Camacho

El debate sucesorio devora el discurso socialista, cuyo único programa real es la sustitución del presidente.

EN esta España del fulanismo unamuniano nada interesa más que una pasión nominalista. Por eso era indefectible que el debate sobre la sucesión acabase devorando al PSOE, atrapándolo en un bucle de ansiedad especulativa que contribuyó a crear el propio presidente con su jugueteo navideño. Ahora el asunto se ha apoderado de todo el discurso socialista, envuelto en una nube de conspiraciones y cotilleos que el líder alimenta en su empeño por mantener el tempo de las decisiones. La expectativa podría tener efectos de ventaja al opacar las impopulares reformas del Gobierno, pero también solapa cualquier intento del partido por hacerse oír en vísperas electorales a través de propuestas programáticas. Su único programa visible es la sustitución del presidente.

El último fin de semana, Zapatero tuvo el privilegio de asistir a su propia necrológica política. Los elogios de los dirigentes en la Convención autonómica respiraban el aire póstumo de las oraciones fúnebres. Lo cubrieron de alabanzas como si lo estuviesen embalsamando, pero salvo Marcelino Iglesias nadie le pidió que se quedara. Tanto panegírico sonaba a página pasada; si el interesado hubiese proclamado allí mismo su intención de continuar se habría desvanecido la atmósfera apologética. Su esfuerzo por abstraerse de personalismos se perdió como una gota de lluvia en medio del mar de rumores. Ya no puede sujetar el debate, ni controlar el baile de aspirantes, ni suprimir las especulaciones indiciarias; todo el PSOE y su entorno está consumido por la impaciencia.

Objetivamente el presidente está asistido de la razón: si se autodescarta pronto desestabilizará el partido y se liquidará a sí mismo como referente; su acción de gobierno se volvería irrelevante y anularía el factor sorpresa con el que pretende atacar al PP. Sin embargo, los candidatos autonómicos y municipales quieren que anuncie la retirada para aliviar la presión electoral a corto plazo y evitar un descalabro que apuntille la ventaja de la oposición. El núcleo de poder interno —Blanco y Rubalcaba— aguantará hasta que el jefe decida, pero el lobby tardofelipista intenta acelerar la agenda para amarrar el proceso sucesorio en favor del copresidente y descartar un posible tapado. O tapada.

En ese sinvivir, las conjeturas e incertidumbres sobre el relevo introducen tanta desestabilización como la propia certeza. El presidente no puede comparecer en ningún sitio sin recibir la pregunta que no quiere contestar; toda su acción de gobierno está pasando al segundo plano, engullida por la cuestión sucesoria. En realidad, lo que aprieta no es tanto la incógnita como el sesgo de las encuestas y la deriva desoladora de la crisis. A favor de corriente no tendría problemas para manejar los tiempos, pero ahora mismo ya no tiene otra cosa que ofrecer que su cabeza.


ABC - Opinión

PP. La cebolla de Rajoy. Por José García Domínguez

Lástima que no nos enfrentemos a un proceso de selección del encargado ideal de una gestoría, sino al colapso inminente del Estado. Una circunstancia que exige más que nunca mancharse las manos con esa sustancia viscosa, la política.

De muy antiguo es sabido que el arte de gobernar reclama dos cualidades en extremo infrecuentes: habilidad política y mentalidad administrativa. Consiste la primera en la capacidad para discernir qué puede hacerse y en qué momento, amén de la gracia precisa con tal de convencer a los demás para que se presten a la labor. Y tan rara resulta que Bernard Shaw, tras desgañitarse en un comité municipal de su barrio, aventuró que quizá no pase del cinco por ciento el porcentaje de los mortales dotados de semejante atributo. Un pronóstico acaso excesivo por optimista. A su vez, administrar significa mantener el orden en una situación que, por su propia naturaleza, tiende permanentemente al caos y la entropía. Asunto nada baladí sin el que las ideas viables nunca llegarían a ponerse en marcha.

Así las cosas, la derecha, que por lo general carece del más elemental sentido político, en cambio, suele poseer el don de la administración. Justo al contrario, por cierto, de lo que viene aconteciendo con la izquierda desde Robespierre, Saint Just y Pedro Castro a esta parte. Establecidos, pues, los antecedentes, tampoco en eso el señor de Pontevedra se sale un milímetro de lo corriente. No es de extrañar entonces que haya comparecido con una cebolla, ésa que lleva dos días pelando con parsimonia ante los lectores de El Mundo, por todo programa de gobierno. Al respecto, y tras embaularse la entrevista de arriba abajo, uno adquiere la absoluta certeza moral de que, con Rajoy en La Moncloa, los legajos de los expedientes en curso morarán en la vitrina designada al efecto según lo establecido en el reglamento interno visado por el subsecretario correspondiente.

Lástima que no nos enfrentemos a un proceso de selección de personal a fin de dar con el encargado ideal de una gestoría, sino al colapso inminente del Estado. Una circunstancia que exige más que nunca mancharse las manos con esa sustancia viscosa, tan ingrata siempre, la política. La antítesis misma del catálogo del quietismo que viene glosando con aséptica rutina funcionarial el aspirante. Por algo, tan revelador, el pleonasmo que corona la pieza: "Cuestionar el diseño actual del Estado de las Autonomías sería hoy un disparate". He ahí, desnudo, el corazón de la cebolla.


Libertad Digital - Opinión

Alemania y el euro. Por José María Carrascal

«¿Se salvará Europa, se salvará el euro? La mayoría de los europeos están convencidos de ello. Pero fuera no todos lo creen y hay quien opina que haber unido Europa y creado una moneda común sin haber armonizado las políticas económicas y fiscales de sus miembros es inviable».

LOS he uncido porque el euro viene a ser la materialización de un sueño alemán: el sueño de la Europa unida. No haber pertenecido al Imperio Romano es la más antigua de las frustraciones alemanas, y ya que la historia no puede deshacerse, se han pasado la suya tratando de reconstruirlo, primero, con el Sacro Imperio Romano Germánico, luego con los más diversos intentos, como el de nuestro Carlos I, V de ellos, y el último, el más fallido de todos, el de Hitler. Lo curioso es que la ocasión les llegó tras ese fracaso, con toda Europa en ruinas. Aunque desde las ruinas se levanta mejor la casa común. Alemania ha sido el motor y tesorero de la Europa Unida, ese club de lujo que atrae gentes de todo el planeta por su arte, libertades, servicios sociales y nivel de vida. No ha conseguido todavía convertirse en unos Estados Unidos de Europa, pero ha logrado una moneda común más fuerte que el dólar, el euro, que ha venido a simbolizar la realización de ese sueño.

Y miren ustedes por donde, cuando creíamos haberlo alcanzado, se nos dice que corre peligro, no sólo el euro, sino la casa común. Porque «si el euro fracasa, fracasa Europa» ha dicho nada menos que Angela Merkel en Davos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede fracasar el experimento más exitoso de la historia? Pues porque también se puede uno morir de éxito, y no hay duda de que el éxito de la Comunidad Europea se le ha atragantado. Por lo pronto, ha querido ir demasiado rápida. Mientras era un club de seis naciones de parecidas características y similares economías, su funcionamiento no ofrecía mayores dificultades. Pero cuando se amplió a doce, a quince y, luego, a veintisiete miembros, con enormes discrepancias entre ellos, la cosa comenzó a complicarse. Quiso subsanarse con una moneda común a modo de argamasa, y puede que haya sido la grieta. Adoptar una moneda común sin haber adoptado antes una política económica común es muy arriesgado, pues se corre el riego de que algunos socios gasten más de lo debido, al disponer de una moneda más fuerte que sus posibilidades. Que es lo que ha ocurrido. Con dracmas, escudos y pesetas, los griegos, portugueses y españoles no podían ir a Nueva York a hacer compras. Con euros, sí. Lo malo es que sus economías nacionales no respondían a la deuda que iban generando tanto fuera como dentro de su país. Faltaba sólo la gran crisis que ha sacudido la escena internacional como un terremoto, para que quedase al descubierto ese defecto de fábrica tanto del euro como de la Comunidad Europea. Se había empezado a construir la casa común por el tejado.


Hoy es tarde para corregirlo y lo que intenta hacerse es apuntalarla. ¿Cómo? Pues inyectando dinero a los que amenazan quiebra y obligándoles a ajustarse a sus verdaderas posibilidades. Algo que sólo puede conseguirse con recortes drásticos en sus prestaciones sociales y en su nivel de vida. No puede continuar que los alemanes se jubilen a los 67 años, y los griegos, a los 62. O que ellos tengan un copago en sus servicios médicos, y los españoles, no. Que Alemania viese deteriorarse sus autopistas, al tiempo que financiaba nuestras autovías. O que los impuestos irlandeses a los beneficios de las inversiones extrajeras fueran sólo un tercio de los que los que las hacen pagar en otros miembros de la unión. Había que armonizar la política económica y los impuestos de todos ellos si quería mantenerse que estábamos ante una auténtica comunidad. Los severos planes de reajuste impuestos a los que han vivido por encima de sus posibilidades es la primera consecuencia de ello.

¿Se salvará Europa o, lo que es lo mismo, se salvará el euro? La inmensa mayoría de los europeos lo aseguran. «El coste de romper el euro sería tan grande que nunca ocurrirá», dicen. Pero fuera no todos opinan lo mismo y en el Reino Unido, se considera posible. No sólo por haber antecedentes históricos —ya hubo, en 1865, un intento de implantar una moneda única en Francia, Bélgica, Italia y Suiza, como en 1875, otro entre Suecia, Noruega y Dinamarca— que fracasaron, sino también por razones técnicas, expuestas por Ed Balls, un editorialista del «Financial Times» que convenció a sus gobiernos conservadores y laboristas de que no adoptasen el euro porque «Europa carece de un sistema de impuestos federales que igualan las divergencias de las divergentes economías de sus estados, como ocurre en Estados Unidos». Tesis adoptada por Norman Lamont, Chancellor of the Exchequerbajo Mrs. Thatcher, que decía: «Siempre he dicho que el euro se romperá. No tras la primera crisis, sino tras la siguiente. Este no es, al fin y al cabo, un proyecto común, sino un proyecto político».

Hay que descontar de tales pronósticos ingleses su reticencia instintiva a ver unirse Europa, the Continentcomo ellos la llaman, para poder imponerse sobre ella, que hoy no tienen sentido. Pero que existe ese peligro lo demuestra la intranquilidad reinante en la última cumbre de Davos y las medidas que se están tomando para rescatar a los miembros más vulnerables de la Comunidad. Se hizo con Grecia, se hizo con Irlanda y ha intentado hacerse con Portugal, pero los portugueses, no sabemos si por orgullo o por estar más seguros de sí mismos que los demás, han rechazado la oferta. La incógnita es España. Su economía es mucho mayor que la de Grecia, Irlanda o Portugal, por lo que rescatarla requeriría mucho más dinero. Los cálculos que se barajan van de 350.000 millones de euros a 700.000 millones. Y aunque la Comunidad Europea ha decidido ampliar el fondo de rescate, tal palo iba a dejar sus arcas vacías o semivacías, perspectiva muy poco agradable.

Aparte de que muchos alemanes empiezan a estar hartos de rescatar a sus socios manirrotos y aunque la unidad europea sigue siendo uno de sus sueños, hay sueños demasiado caros y las encuestas arrojan que alrededor de la mitad sienten nostalgia por el marco. Aunque también hay que advertir que una declaración de quiebra española afectaría a Alemania no sólo en sus sueños, sino también en sus realidades: sus bancos y su industria tienen cuantiosas inversiones en nuestro país, que naturalmente acusarían el golpe.

De ahí también la visita que se anuncia de la cancillera a nuestro país, acompañada de su equipo económico. Viene a ver si estamos haciendo los deberes, cumpliendo lo prometido por nuestro presidente, a animarle y animarnos a cumplirlo.

Personalmente, puedo añadir lo siguiente: visito Alemania por razones familiares todos los años, y ya hace tres aprecié que se ajustaban a la crisis. «Este verano no hay vacaciones fuera. Hemos decidido ir al Mar del Norte». «Quince días, en lugar de un mes». «Las comidas en el restaurante los domingos, ahora, en casa». «Continuamos con el viejo coche» y cosas por el estilo.

Hoy, están saliendo de la crisis. Pero se ven arrastrados hacia el foso en que han caído otros por improvisación, frivolidad o, simplemente, ignorancia. E incluso, acusados de insolidarios y culpables de que la crisis se prolongue, ellos, que han contribuido más que nadie a una Europa unida y han hecho lo que tenía que hacerse para afrontar la crisis. Pero estas son cosas de la vida. Lo importante es lo que ha dicho su cancillera, que si fracasa el euro, fracasa Europa. Alemania ha hecho y está haciendo lo posible para que no fracase. Pero Alemania sola no puede salvarlo.


ABC - Opinión

Previsibilidad en la banca

Los mercados internacionales no digieren bien los movimientos espasmódicos a golpe de decreto ni la improvisación legislativa, y el camino que está adoptando el Gobierno español respecto al sistema financiero, como ha hecho en otros ámbitos clave de la economía, no está siendo el adecuado. Las agencias de calificación global han puesto ya el dedo en la llaga al subrayar la falta de claridad de la última reforma anunciada por Elena Salgado, y los inversores aún navegan entre los rumores y la indecisión. El problema radica en que una reforma publicada el pasado 13 de julio en el BOE, que estaba destinada a clarificar el panorama de las cajas de ahorros para que éstas pudieran obtener financiación en los mercados de capitales, ha perdido su validez tan sólo seis meses después. Y sin preaviso. Ni para el Banco de España, ni para las entidades crediticias, ni para el primer partido de la oposición. De hecho, tal y como reflejan las actas de la última comparecencia del presidente del FROB en el Congreso –que ayer publicó este periódico– el organismo supervisor había defendido hasta el último momento la solvencia de las fusiones, que afectan a 40 de las 45 entidades españolas. Eso no quiere decir que Miguel Ángel Fernández Ordóñez estuviese satisfecho con el resultado de la reestructuración, pues la resistencia de algunas comunidades autónomas a aprobar fusiones de cajas de distintas regiones dibujó un mapa que, en esencia, mantenía las estructuras de poder preestablecidas. Al margen de las disputas entre Salgado, la Oficina Económica de La Moncloa y el Banco de España sobre cómo afrontar la reforma de la reforma, lo cierto es que el Gobierno se ha guardado un as en la manga mientras plantea como tablero de juego unos criterios contables objetivos que supuestamente huyen de los agravios y las comparaciones. Y es que Salgado conoce a la perfección cómo está cada una de las entidades, y, ante la inmediatez de las próximas elecciones locales y autonómicas, sería peligroso caer en la tentación de ajustar los plazos según convenga a los intereses de partido. Sobre todo teniendo en cuenta que el nivel de solvencia que exige el Gobierno para nuestras entidades es el mayor del mundo, muy por encima de lo que establece Basilea III como obligatorio para 2013. Mientras el decreto toma forma, el sector privado, como siempre, toma la delantera. Primero fue La Caixa, con su conversión en Caixa Bank, y ahora Caja Madrid y Bancaja, con su anunciada salida a Bolsa para captar capital, entre otras entidades. Iniciativas claras para el mercado que señalan el camino a seguir a los demás, pero que, por contradicción, muestran la falta de claridad que reina en la parte gubernamental. Ahora, el temor de los analistas es que, contando con un sistema financiero de solvencia contrastada, tal y como demostraron los test de estrés, el Ejecutivo pierda una oportunidad de oro para sentar unas bases sólidas que garanticen la estabilidad del sistema, sin atajos ni pasos en falso, con transparencia y con el consenso de los principales actores políticos y económicos. Los mercados aguardan expectantes, pero ya está demostrado que tienen poca paciencia.

La Razón - Editorial

Latigazo inflacionista

El IPC hubiera subido menos con una vigilancia atenta a los mercados energético y alimentario.

Por si fueran livianos los daños producidos por el lentísimo crecimiento económico o la incesante caída de la ocupación, los precios irrumpen en los primeros meses de 2011 como una amenaza más para la débil situación de la economía, erosionando la capacidad adquisitiva de los ciudadanos que todavía mantienen su empleo. Según el nuevo indicador adelantado del INE, la inflación habría aumentado (se confirmará a mediados de febrero) tres décimas en enero, hasta situarse en tasa anual en el 3,3%. Las causas de esta subida brusca y súbita de los precios son el encarecimiento de la energía (la luz y los carburantes) y de los alimentos.

El miedo a la presión inflacionista se explica por la presión de los precios de las materias primas (metales, alimentos sin elaborar) y del petróleo, que ayer tocó los 100 dólares por barril de brent. La crisis de Egipto y de otros países del norte de África provoca un desasosiego en los mercados que no cesará hasta que la situación política se estabilice.


Pero el factor fundamental para entender la subida de las materias primas (incluido el petróleo) es que China está haciendo acopio masivo de metales, grano y otros productos del mercado para mantener su voraz tasa de crecimiento. Ahora bien, hasta China tiene sus límites; crecer a un ritmo del 10% anual implica tasas de inflación muy elevadas que, probablemente, obligarán al Gobierno chino a enfriar el crecimiento. En cuyo caso, la presión sobre los precios de las materias primas tendería a disminuir. Existe, no obstante, un cierto riesgo de que en Europa coincidan tasas de crecimiento más moderadas que en Estados Unidos con una tasa de inflación próxima al 2%. Este riesgo, muy alejado de la amenaza de una estanflación, no es razón suficiente para justificar una subida de tipos de interés. Las predicciones de inflación para la eurozona son del 1,7% este año y del 1,8% en 2012.

En el caso de España, los pronósticos trazan una tasa máxima de inflación en febrero y posteriormente un descenso paulatino de la presión de los precios a partir de marzo. Las razones son principalmente estadísticas; la subida del IPC en enero refleja una comparación con inflación baja en los primeros meses de 2009. Además, los precios descenderán este año el escalón causado por la subida del IVA el año pasado.

Ahora bien, aunque se admita que el rebrote inflacionista será breve, el Gobierno nada puede hacer sobre la especulación financiera o la crisis en el norte de África ni tiene capacidad para limitar la demanda de materias primas de Pekín, pero sí puede controlar los mercados interiores. Puede y debe modificar el procedimiento de cálculo de las tarifas eléctricas (con más de seis años de retraso); puede y debe vigilar que las distribuidoras de carburantes, que suben los precios siguiendo la cotización internacional de las gasolinas, los bajen cuando se abarate el petróleo; y puede y debe actuar contra los monopolios de distribución en los mercados de los alimentos.


El País - Editorial

De la insignificancia en Egipto a la rendición en Marruecos

Los elogios de la ministra hacia Marruecos, que no por repetitivos son menos irritantes, nos colocan, de nuevo, en el lado de la insignificancia internacional, aunque en este caso de la insignificancia rastrera.

El papel que el Gobierno español está desempeñando en los sucesos del norte de África ha pasado de la insignificancia al ridículo. Al principio, cuando estalló la revuelta en Túnez, ni Zapatero ni la ministra de Exteriores se pronunciaron al respecto por no se sabe bien qué cortesía diplomática que ninguno de nuestros aliados europeos observaron. Túnez, un país cercano a España y al que estamos unidos por grandes vínculos comerciales, desapareció de la agenda ministerial. Ni una palabra de censura al depuesto de Ben Alí, ni un simple comentario sobre la situación creada tras la insurrección popular, ni, por descontado, un solo minuto para preocuparse por las inversiones millonarias que empresas españolas del sector turístico han efectuado en Túnez a lo largo de la última década.

Algo similar ha ocurrido con Egipto durante la semana de furia que vive el país del Nilo. El Gobierno no ha barajado siquiera la posibilidad de repatriar la colonia española como sí están haciendo sus homólogos occidentales. Respecto a la más que probable caída de Mubarak y el inquietante panorama que se abriría después, la ministra de Exteriores no ha dicho nada, posiblemente por temor a no predisponerse contra nadie en un escenario geopolítico que le es tan desconocido como la cara oculta de la Luna. La ministra arguye en su defensa que no quiere "interferir" en procesos internos de terceros países. Una excusa sin fundamento; visto el cariz que han tomado esos mismos procesos, la situación va a terminar afectando a España por su cercanía geográfica y por los lazos que mantiene con la región desde hace décadas.


Todo parece indicar, sin embargo, que los motines en Túnez y Egipto no son más que la antesala de lo que ha de venir. El mundo árabe se encuentra ante una crisis de la que podría salir peor de lo que está. Nuestro Gobierno, cuya única política exterior en siete años se ha limitado a amistar con dictaduras bananeras bajo el paraguas de la ya olvidada "alianza de civilizaciones", oscila entre la indiferencia por lo que pasa en el llamado "Gran Oriente Medio" y la preocupación extrema por blindar al régimen marroquí de cualquier crítica.

El hecho es que Marruecos –como Argelia, Jordania o Siria– se encuentra en primera línea de desestabilización. Cumple, uno por uno, con todos los requisitos para ser pasto de un levantamiento popular como el que ha incendiado las calles de Túnez y El Cairo. Padece un régimen político dictatorial tan malo o peor que los de Mubarak y Ben Alí. Los marroquíes malviven con una de las rentas por habitante más bajas del Magreb, lo que les obliga a emigrar en busca de oportunidades a los países de la Unión Europea, entre ellos y preferentemente el nuestro. Gran parte de su economía –poco productiva y muy regulada– permanece en manos de la familia real y de su camarilla de adictos. La corrupción, por último, es omnipresente, empapa todos los ámbitos de la vida política y sus protagonistas suelen pertenecer a la casta privilegiada por la monarquía semiabsoluta que gobierna el país.

Pero Trinidad Jiménez no quiere ver nada de eso e insiste en una "apertura" democrática que está muy lejos de verificarse. Los elogios de la ministra hacia Marruecos, que no por repetitivos son menos irritantes, nos colocan, de nuevo, en el lado de la insignificancia internacional, aunque en este caso de la insignificancia rastrera. Por enésima ocasión, Zapatero, fiel al espíritu de su partido y a su propia agenda exterior, confirma la entrega sin condiciones a la dictadura marroquí, un lamentable régimen al que no tenemos nada que agradecerle y sí, en cambio, demasiadas cosas que demandarle.


Libertad Digital - Editorial

Más golpes a la economía familiar

La agravación de la inflación y el incremento del euribor son golpes directos a las economías familiares, con repercusiones en cadena.

LOS últimos datos conocidos sobre la evolución de la situación económica muestran un escenario en el que no se ve el punto de inflexión definitivo de la crisis, ni la aparición de síntomas de recuperación. No obstante, es evidente que el ciclo cambiará y que las medidas económicas y laborales tomadas hasta el momento, más que las que tendrá que adoptar el gobierno que salga elegido en 2012, tendrán que producir efectos, de mayor o menor intensidad. Lo que sucede es que la recuperación de la crisis no equivaldrá a una reposición de la economía a su nivel de 2007 y de años precedentes. Y a esto apunta la persistencia de una tasa de paro extraordinariamente alta para una economía desarrollada, que supera el 20 por ciento, sin expectativas de que haya creación neta de empleo hasta 2012. La economía decreció en 2010 el 0,2 por ciento, según la primera estimación, y aunque es un porcentaje mejor en una décima al previsto por el Gobierno, no sirve de consuelo saber que el crecimiento habría sido positivo en 1,6 por ciento sin la crisis inmobiliaria, según el secretario de Estado de Economía. Sin crisis inmobiliaria, nada habría sido igual, pero sin mercado inmobiliario Zapatero nunca habría podido exhibir orgullosamente el 8 por ciento de paro en 2007 y un crecimiento superior al 3 por ciento.

La agravación de la inflación, que ya está en el 3,3 por ciento, y el incremento del euribor, con un encarecimiento de las hipotecas de alrededor de veinte euros mensuales, son golpes directos a las economías familiares, con repercusiones a largo plazo y en cadena sobre múltiples servicios y bienes de consumo. Mientras tanto, la oferta alemana de empleo a jóvenes españoles desnuda crudamente la ausencia de alternativas basadas en la cualificación y la productividad. Cuando acabe la crisis tendrá que empezar una etapa de saneamiento general de unas estructuras sociales e institucionales que se han desvelado como fracasadas. No es sólo un problema financiero o inmobiliario. Será ineludible revisar la respuesta de la Justicia a la crisis, vistos los miles de millones de euros empantanados en concursos de acreedores y reclamaciones de deudas. Habrá que volver a la inmigración, que sigue necesitando una regulación estricta, aunque ahora el problema tenga sordina. Y será preciso actuar sobre el modelo educativo, una vez que hemos comprobado que la falta de excelencia es letal para nuestros jóvenes.

ABC - Editorial

lunes, 31 de enero de 2011

Cascos. Fulanismo. Por Emilio Campmany

La mayor responsabilidad debe atribuirse a Mariano Rajoy y a los líderes del partido en Asturias. Éstos prefieren seguir mandando en el partido, aunque ello exija perder, que tener que dejar de hacerlo para que su partido gane.

De Franco se contaba que una vez le aconsejó a Sabino Alonso Fueyo: "Haga usted como yo, no se meta en políticas". No lo dijo en broma. Con la palabra "políticas", así en plural, el dictador quiso menospreciar el politiquerío de la Restauración a la Guerra Civil. No meterse en políticas no significaba no hacer política, sino abominar de los partidos, de la lucha por hacerse con los cargos, de la demagogia, del populismo, de la irresponsable apelación a los más bajos instintos del pueblo. En definitiva, el consejo encerraba una crítica a la democracia y una denuncia de los males que supuestamente ésta trajo a España y a la vez era un modo de justificar la dictadura del militar.

Uno de los males de "las políticas" fue el Fulanismo. En España, en muchas ocasiones, hemos preferido que nos dieran a elegir entre fulanos antes que entre idearios políticos. Por eso, cuando el sistema lo ha permitido, han surgido fulanismos como setas, supuestas corrientes que, al margen de toda idea política, se caracterizaban exclusivamente por estar dirigidas por tal o cual Fulano. La Constitución de 1978 trató de erradicar semejante tendencia otorgando a los partidos políticos un poder omnímodo. Por eso, a los que dicen que "fuera del partido, no hay vida" no les falta razón. En nuestro sistema, el que da el cargo es el partido o, mejor dicho, quien dirige el partido. En consecuencia, las carreras políticas se desarrollan más arrancando apoyos en las sentinas de los partidos que despertando simpatías entre los electores. Tal sistema tiene muchos defectos y, desde luego, no es el más democrático, pero al menos tiene la ventaja de evitar el fulanismo, patología crónica de nuestra democracia en otros tiempos. Es cierto que este mismo sistema permitió el nacimiento del GIL, el partido de don Jesús, pero tal experimento nunca salió de la extravagante Costa del Sol y, cuando intentó cruzar el estrecho hacia Ceuta, el sistema lo engulló.


Pero ahora viene Cascos y funda su partido fulanista. Los que voten a Foro Asturias en las próximas elecciones autonómicas y municipales tomarán en consideración casi exclusivamente que están votando a Francisco Álvarez Cascos. Las encuestas confirman que serán muchos los sufragios que reciba, pero será el respaldo personal lo que los justifique más que la comunión con sus ideas políticas. No es probable que lo haga, pero si la tendencia, a pesar de los muchos obstáculos que el sistema impone, se consolida en otros lugares, nuestra democracia se degradará algo más de lo mucho que ya lo está.

En todo caso, de este brote de fulanismo no es responsable Cascos. La mayor responsabilidad debe atribuirse a Mariano Rajoy y a los líderes del partido en Asturias. Éstos prefieren seguir mandando en el partido, aunque ello exija perder, que tener que dejar de hacerlo para que su partido gane. Es una actitud suicida desde el punto de vista colectivo, pero comprensible desde su punto de vista personal. Lo que no es comprensible es que en Génova prefieran que el partido lo dirijan en Asturias los perdedores en vez de los ganadores. ¿Por qué? Seguramente temen que un Álvarez Cascos presidente de Asturias será una voz muy crítica, y muy audible, cuando Rajoy, siguiendo los consejos de Arriola, se permita apartarse del ideario de los electores del PP. Por librarse de Cascos, están dispuestos a perder Asturias y al final, perderán Asturias y tendrán Cascos para rato. Unos linces.


Libertad Digital - Opinión

¿Saludo o despedida?. Por José María Carrascal

La gran pregunta, ¿se presenta, no se presenta?, no tiene ya importancia. Si no se presenta, malo; si se presenta, peor.

SUELE decirse que para que la alaben a uno en España, antes tiene que morirse. A juzgar por los elogios, loas, ditirambos y panegíricos dedicados a Zapatero en el congreso de su partido en Zaragoza, tendría que estar muerto y bien muerto. Pero que no lo está lo demostró apareciendo ante sus compañeros para confortarles con sus vaguedades y chistecitos de taco de calendario sobre el PP.

Políticamente, sin embargo, tiene más pinta de cadáver que de otra cosa. Un gobernante con más de un 20 por ciento de parados, con un millón de familias sin otro ingreso que el de la caridad y vigilado de cerca por las instancias internacionales, no es un gobernante, es un rehén de los acontecimientos. De ahí que el piropo de Blanco, «no conozco a un socialista mejor», sonara a responso, y el de Marcelino Iglesias, «tienes nuestro apoyo para las elecciones de 2012», a cachondeo.


La gran pregunta hasta hace poco, ¿se presenta, no se presenta?, no tiene ya importancia. Si no se presenta, malo; si se presenta, peor. Algo parecido ocurre con su posible sucesor, ¿Rubalcaba, Blanco, Chacón? ¿Qué más da, si todos ellos han participado en la política más disparatada, más frívola, más alicorta, más antisocial de nuestra democracia? Todos han sido cómplices de ella, y si antes sólo acertaban cuando se equivocaban, ahora se equivocan incluso cuando quieren hacer las cosas bien, quiero decir, cuando siguen les instrucciones que les llegan de fuera. Tomen el ejemplo de las pensiones: con toda la necesidad de su reforma, empezará en 2013 y terminará en 2027, que sabe Dios cómo estaremos. Lo mismo ocurre con la reforma del mercado laboral. ¿De qué ha servido? Para crear empleo, desde luego, no, pues hay más parados que nunca, y nos dicen que para que su número empiece a decrecer se necesitará que nuestra economía crezca un 2,5 por ciento, algo que ni los más optimistas vaticinan. ¿Va a pasar lo mismo con la reforma financiera? Pues, sinceramente, no lo sé, como no lo sabe nadie, ya que en el universo de Zapatero, todo es fluido, nada acaba de cristalizar, y si el diseño es tierno como los dibujos de los niños, cuando se plasman en realidades se convierten en pinturas negras. Ahí tienen su alianza de civilizaciones, con más conflictos que nunca, o su cruzada contra la violencia machistas, con el aumento de mujeres asesinadas por sus parejas.

Y, encima, dándoselas de patriota. El que decía que la nación era un concepto discutido y discutible, llamaba a Otegui «un hombre de paz» y buscaba alianzas con los que no se sienten españoles. Bueno, también llamó a Ángela Merkel «una fracasada», y se dispone a servirla de alfombra para que acepte a jóvenes españoles en paro. Aunque ni Alemania podría emplearlos a todos.


ABC - Opinión

La sucesión de Zapatero se come la convención del PSOE. Por Antonio Casado

La cuestión de la candidatura socialista a las próximas elecciones generales es la asignatura pendiente que, como los estudiantes que necesitan mejorar, Rodríguez Zapatero ha dejado para más adelante, convencido de que anunciar ahora su intención de no repetir sería un elemento de desestabilización interna en el PSOE. Tanto en relación a las elecciones territoriales del 22 de mayo como a los procesos de reformas de la economía nacional abiertos desde Moncloa.

Sin embargo, se está viendo que el mantener la duda puede ser incluso más desestabilizador, como acaba de demostrarse con ocasión de la Convención Autonómica o cumbre de barones del PSOE, celebrada este fin de semana en Zaragoza, a imagen y semejanza de la celebrada por el PP ocho días antes en Sevilla. Se trataba de fijar las líneas maestras del programa común del PSOE en las elecciones de mayo, pero la sucesión de Zapatero se comió la tarea. El sábado en los pasillos se discutía más por la ausencia de Rubalcaba (únicamente asistió al discurso de Zapatero de ayer) que por el futuro de las autonomías.


No se habló de otra cosa. El manifiesto de la Convención, en defensa del federalismo y la bilateralidad, se perdió en las referencias informativas a los discursos del número dos del PSOE, José Blanco, el sábado, y del número tres, Marcelino Iglesias, el domingo. Más explícito éste que aquel, porque aquél tiene claves que desconoce éste, ambos clavetearon la misma idea: Zapatero es el mejor candidato del PSOE para ganar las elecciones generales de 2012.
«Con tanto entusiasmo se empleó Zapatero a reiterar que en estos momentos lo importante es España y no el PSOE, que uno volvió a ver claro que cuando un gobernante se envuelve en la bandera nacional para capear el temporal y deja de mirar las encuestas es que está preparando la evasión.»
Con matices. Blanco dijo: “No conozco a un socialista mejor”, en un contexto ceñido a la apología del personaje, tan entusiasta que muchos de los asistentes lo interpretaron como un homenaje a quien lo dio todo por el partido pero ya ha decidido apearse. En cambio Iglesias, ayer, ante el visible rictus de contrariedad en el gesto de Rodríguez Zapatero, le sostuvo la mirada para decirle: “Tienes todo el apoyo del PSOE para ser el candidato a las elecciones de 2012”. Hasta cinco veces repitió el año en cuestión, por si había dudas.

Sin embargo, en vísperas de la Convención el presidente del Gobierno y líder del PSOE se había hartado de pedirle a su gente que sacaran el asunto de la sucesión de una agenda política que debe estar marcada por las reformas de la economía nacional impulsadas por el Gobierno. De hecho, en su discurso de clausura, una vez oídos los teloneros, insistió en que lo que importa es “el futuro de España y no el futuro del PSOE”. Y también en esta ocasión se volvió a aplicar el cuento en una enésima glosa de los tres grandes ejes de su política para el año que acaba de comenzar: austeridad (consolidación fiscal), reformas y cohesión social.

Con tanto entusiasmo se empleó Zapatero a reiterar que en estos momentos lo importante es España y no el PSOE, las reformas y no los votos (“cueste lo que me cueste”, ¿recuerdan?), las convicciones y no las circunstancias, que uno volvió a ver claro que cuando un gobernante se envuelve en la bandera nacional para capear el temporal y deja de mirar las encuestas es que está preparando la evasión, como tantas veces he escrito.


El Confidencial - Opinión

Parte de guerra. Por Gabriel Albiac

En Egipto se afrontanlos únicos poderes realesen el mundo árabe: corrupción o terror.

LA pureza es, en política, asesina. Como tal, la constituyó la edad moderna. Robespierre enunció su axioma: un Estado puede sólo asentarse sobre dos fundamentos: la corrupción o el terror, que es el nombre político de la virtud. Entre 1789 y 1794, terrorista y virtuoso fueron lo mismo; lo mismo virtuoso e «incorruptible». No han cambiado las cosas. Las palabras, sí.

Basta ponerse ante un mapa de la costa sur mediterránea para entender el actual envite. Para entender también su origen. De los Balcanes al Caspio, de Argel hasta la Meca, el Imperio Otomano desplegó su máquina de despotismo teocrático, ajena a fronteras nacionales. La nación y el Estado son conceptos cristianos que el Islam rechaza como aberraciones contra la umma, comunidad de los creyentes, a la cual da soporte el Califato. Al desmoronamiento del Imperio, siguió la imposición colonial, desplegada sobre las arbitrarias líneas de la administración otomana. Tras la segunda guerra mundial, la descolonización se ajustó a su plantilla. Y ninguno de los países que salió de ella era un país. Como mucho, una provincia al frente de la cual se buscó entonces poner a uniformados títeres a sueldo de las metrópolis. Una sola excepción iba a complicar las cosas: Israel, en la medida misma en que Israel era un Estado democrático europeo asentado sobre la costa sur del Mediterráneo. Como tal, ningún problema tuvo para construir su modernidad al modo de los regímenes parlamentarios de un occidente al cual, más allá de geografías, pertenecía de pleno derecho. Como tal, fue odiado por sus vecinos.


El ascenso del islamismo está ligado a ese desajuste. ¿Cómo una sociedad elegida por Alá y que se rige por su libro, puede haber fracasado frente a la patulea de los kafires, cafres incrédulos que nadan en humillante riqueza? Los egipcios de la Hermandad Musulmana fueron los primeros (desde 1928) en dar respuesta a la paradoja: una diabólica conspiración de judíos y cristianos se afanaba en torcer el designio divino. El proyecto hitleriano de borrar a los judíos fue así saludado como designio de Alá. La derrota nazi y la consolidación de Israel tras la guerra del 48 fueron golpes terribles en el inconsciente musulmán. Las sucesivas derrotas militares y la progresión vertiginosa en la ruina certificaron la hondura de las raíces satánicas del mundo moderno. Un doble error de los contendientes en los años finales de la guerra fría abrió la grieta que es hoy abismo: Irán y Afganistán. En el primero, la estupidez de Jimmy Carter, asentó una hasta entonces inimaginable república sacerdotal. Afganistán anudó la doble necedad de los rusos metiéndose en un avispero y de los americanos amartillando una máquina militar incontrolable: la de Bin Laden. La fascinación yihadista se abrió camino en todo el mundo musulmán.

Asistimos en estos meses al derrumbe de los últimos títeres postcoloniales. Es dulce hacerse, desde la ciega Europa, idílicas imágenes de democracia que viene. Es mentira. En Egipto, como en Argelia o Túnez, se afrontan los únicos poderes reales en el mundo árabe: corruptos militares y virtuosos clérigos; ladrones consumados y asesinos en ciernes; corrupción o terror. ¿Europa? En la inopia. Y tan contenta.


ABC - Opinión

Crisis. La incógnita Rajoy. Por Juan Ramón Rallo

Rajoy pretende "arreglar" en dos años una economía que ya lleva cuatro años moribunda mediante unos parches que, con algo de presión teutona, el propio Zapatero podría llegar a suscribir.

En la cosmovisión dirigista, son los políticos quienes tienen que "arreglar" la economía; el mercado es caótico y sólo los omniscientes gobernantes son capaces de ponerlo en orden. Así, diríase que Zapatero sólo es responsable de la brutal crisis que padecemos por sus escasas dotes como capitán de navío; él, pobrecito, se ha encontrado con un marrón fruto de la desregulación y de la especulación financiera que, por su falta de pericia, ha sido incapaz de combatir.

Nadie ose, por tanto, señalar los dos problemas básicos de nuestra economía –su enorme endeudamiento y su estructura productiva abigarrada– y relacionarlos acto seguido con concretas actuaciones de nuestros políticos –el despilfarro de todas las administraciones, la ocupación de las cajas de ahorros, un mercado laboral encorsetado por los privilegios sindicales, unas pensiones públicas de reparto insostenibles, una política energética dedicada a contentar al ecologismo y a remunerar los servicios prestados por ciertos grupos empresariales, o un auxilio continuado a cajas y promotores para que no liquiden si millonario stock de inmuebles–, pues en tal caso habría que concluir que lo caótico no es el mercado libre, sino el mercado intervenido, y que la solución no pasa por "arreglar" la economía, sino por dejar de fustigarla.


No sé qué opinará Rajoy al respecto, más que nada porque su campaña electoral en materia económica pasa por que la ciudadanía ignore sus propuestas... si es que las tiene. De momento, se dedica a lanzar mensajes placebo con los que tratar de insuflar un irracional optimismo a los españoles. Al cabo, eso de que en dos años él será capaz de "arreglar" una economía emponzoñada por una década de intervencionismo fiscal y monetario no deja de ser una bravuconada que esperemos no se haya creído. Máxime cuando la fórmula mágica que aporta el líder popular apenas se aleja una micra del zapaterismo pauperizador.

Fíjense si no en los 10 puntos del programa de máximos del PP. En materia fiscal, bajar el IVA del sector turístico al 4%, reducir las cotizaciones sociales para los jóvenes, recuperar la desgravación para la compra de vivienda y disminuir cinco puntos el impuesto de sociedades para las pymes. Tanta confianza debe de tener Rajoy en el sector privado que todas sus propuestas tributarias pasan, no por aliviar la insufrible carga fiscal de los españoles, sino por utilizar los impuestos para dirigir al mercado hacia un punto determinada. En lugar de permitir que cada cual localice las mejores oportunidades de negocio –aprobando reducciones generales y enérgicas de impuestos–, Rajoy prefiere señalizarles dónde invertir: turismo, contratos juveniles, vivienda y pymes.

No se trata, desde luego, de una rebaja fiscal que quepa calificar de ambiciosa. Tal vez sea porque la combinación de un déficit público de 100.000 millones de euros y de la casi nula voluntad del PP para reducir el gasto, no les deja mucho margen. Rajoy sigue necesitando de nuestro dinero porque apenas se propone cerrar 4.000 entes públicos, privatizar las televisiones autonómicas y recomendar a las comunidades autónomas que clausuren sus embajadas en el extranjero. Y digo apenas porque nadie espere que estas positivas pero muy insuficientes medidas sirvan para eliminar nuestro gigantesco déficit público; en especial si, a la muy zapateriana manera, Rajoy pretende adoptar todas estas medidas mediante el consenso con los capitostes autonómicos. ¿Alguien se cree que los caciques socialistas, nacionalistas y populares renunciarán de buena manera a sus redes clientelares y altavoces propagandísticos?

Tampoco servirá de mucho, por cierto, que Rajoy propugne una ley de déficit cero: por conveniente que sea en otro contexto, en el actual el déficit público no desaparecerá por desear que desaparezca. Lo que es menester averiguar es dónde meterá de verdad Rajoy la tijera, si es que pretende hacerlo. ¿O es que acaso, al tiempo que rebajará algunos impuestos, tiene pensado exprimirnos subiendo todos los restantes?

Por último, en el capítulo de reformas estructurales el PP nos propone, atención, retrasar el cierre de Garoña, promover la unidad de mercado –signifique esto lo que signifique– e implantar un contrato de integración para inmigrantes. Al margen de que más que retrasar el cierre debiera permitir la apertura de nuevas centrales nucleares y poner fin al chiringuito de las renovables, o de que ahora mismo el problema de los españoles no sea tanto la inmigración como la emigración, ¿le han oído mencionar algo sobre la imprescindible reforma laboral? Debe de ser que Rajoy piensa o que el paro no constituye un problema para España o, peor, que el desempleo no guarda relación con la rigidez del mercado de trabajo.

En resumen: el líder popular pretende "arreglar" en dos años una economía que ya lleva cuatro años moribunda mediante unos parches que, con algo de presión teutona, el propio Zapatero podría llegar a suscribir. Puede que su no-programa económico sea la excrecencia táctica del no-discurso ideológico de Arriola, pero también puede ser que, en efecto, Rajoy sea un Zapatero-bis. Para un político que ha convertido la "recuperación de la confianza" en su único reclamo electoral no parece lo más inteligente. Entre otras cosas porque, qué quieren que les diga, nada puede generarme más desconfianza que darle carta blanca a un impredecible político con toques mesiánicos.


Libertad Digital - Opinión

La pelota egipcia. Por Ignacio Camacho

Sólo los islamistas poseen en el Egipto actual una organización cohesionada capaz de constituirse en alternativa.

QUIZÁ esos jóvenes airados y valerosos que desafían a los tanques en El Cairo acaben viendo el amanecer de libertad que no pudieron ver sus colegas de Teherán en 2009 o de Pekín veinte años atrás. O tal vez ese horizonte sea tan efímero como el que, también en Teherán, en el 69, sustituyó la tiranía del Sha por la de los barbudos ayatolláhs fanáticos del integrismo y la teocracia. Nadie lo sabe en estas horas inciertas en que Egipto, el corazón intelectual y demográfico del mundo árabe, se mueve entre las convulsiones alternativas de la revolución y del golpe de Estado. Sí sabemos que ya no hay vuelta atrás, y que o cae el régimen autoritario de Mubarak o permanece en medio de un baño de represión y de sangre. Y que la crisis política que ha estallado en el Mediterráneo sur es el punto de no retorno de un proceso crucial en el equilibrio del mundo que conocemos; un punto a partir del cual la comunidad árabe puede abrirse en cadena a esa democracia que siempre se ha mostrado conflictiva en el universo musulmán… o acelerar su tránsito hacia una islamización capaz de desestabilizar el orden internacional hasta una tensión límite.

A favor de la hipótesis pesimista se inclina el hecho objetivo de que sólo los islamistas poseen en el Egipto actual una organización cohesionada capaz de constituirse en alternativa de poder. Tienen un potente foco intelectual universitario, una tradición consolidada, un arraigo social y una fuerza política —los Hermanos Musulmanes— en condiciones inmediatas de articularse como polo de referencia. Junto a ellos, los jóvenes de la revuelta configuran un movimiento disperso y heterogéneo, canalizado por internet y las redes sociales y aglutinado sólo por el descontento y el anhelo de libertad. Su sueño es hermoso pero desarticulado: una revolución democrática inédita porque en el mundo árabe contemporáneo, como señalaba ayer el maestro Carrascal, la única revolución históricamente contrastada ha sido la revolución islámica. La que secuestra la libertad bajo el velo del fundamentalismo y la barbarie.

Con Israel a la expectativa, alarmado ante la posible caída de lo que considera su último muro de relativa contención estratégica, Occidente mira a Egipto desde la medrosa confusión de una disyuntiva moral. A un lado, la simpatía inevitable por la sacudida de una espontánea oleada democrática; al otro, la tentación utilitaria que aconsejaría respaldar el statu quocomo teoría del mal menor. En sus modalidades extremas, buenismo esperanzado contra pragmatismo escéptico. Y en medio, la nadería insustancial, el criterio paralítico de una Unión Europea incapaz de plantearse siquiera de qué lado le gustaría que cayese la pelota que está botando en los tejados cairotas.

Caiga para donde caiga, una cosa es segura: Mubarak, ese autócrata incompetente, rancio y ensimismado, no merece ser aliado de nadie.


ABC - Opinión

Rajoy. En dos años, todo "arreglado". Por José García Domínguez

Quizá engallado por los flashes, Rajoy, que es hombre del viejo paradigma, o sea varón aún ajeno a la sádica memoria de Google, ha "arreglado" la economía en dos años. Una tontería impropia.

Pierre Poujade, el Lenin de los tenderos en la Francia del existencialismo, cimentó su gloria efímera con un número que luego habrían de imitar todos los populistas que en el mundo han sido. Y es que para aquel mesías de las clases medias con tresillo de skay, la política económica resultaba un quehacer prosaico por pueril. Al punto de que el asunto se resumía en agarrar una lechuga y explicar al respetable público que, si le votaban, la noble hortaliza iba a bajar de precio en el acto; al tiempo, los salarios subirían y los impuestos serían derogados de facto; mientras tanto, los servicios estatales procederían a multiplicarse a imagen y semejanza de lo acontecido en su día con el célebre milagro de los panes y los peces.

Y ello merced a las virtudes telúricas de un único catalizador mágico: la universal confianza generada por su propia persona. Ni Marx, ni Keynes, ni Friedman, ni Stiglitz, pues. Con la varita del mago Houdini había más que de sobras con tal de poner orden en el cuadro macroeconómico de la República. Por cierto, es el poujadismo droga dura en la que siempre termina por caer una derecha tan pobre en defensas intelectuales como la que gastamos a este lado de los Pirineos. Don Mariano, sin ir más lejos, desoyendo la sabia máxima de que en boca cerrada no entran moscas, viene de cometer unas declaraciones en El Mundo que desprenden su inconfundible aroma.

Quizá engallado por los flashes, Rajoy, que es hombre del viejo paradigma, o sea varón aún ajeno a la sádica memoria de Google, ha "arreglado" la economía en dos años. Una tontería impropia. Y más si se repara en la indigencia argumental sobre la que trata de apuntalar semejante temeridad. Como muestra, un botón. Siempre fiel al Evangelio de Mateo –"que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda"–, pretende el de Pontevedra que, entre otras extravagancias, sobran los diecisiete defensores de la pedanía ahora asentados en sus respectivas ínsulas baratarias. Lástima que haya sido él mismo quien acaba de ratificar su muy perentoria necesidad en las sucesivas reformas estatutarias que han ido pasando por el Congreso. En fin, lo dicho, Poujade en estado puro.


Libertad Digital - Opinión

Una invitación al diálogo. Por Gabriel Elorriaga Pisarik

«Tomemos como referencia la evolución del federalismo alemán, por ejemplo. Es preciso un debate orientado a la búsqueda del mejor modelo para la gran mayoría».

HACE poco más de un año, Mariano Rajoy encomendó a FAES, la Fundación que preside José María Aznar, la realización de un conjunto de seminarios orientados a evaluar el funcionamiento de nuestro Estado autonómico. Es evidente que la singularidad constitucional y la litigiosidad de nuestro modelo de descentralización política causa alguna perplejidad a los observadores extranjeros, como también lo es que la opinión pública española alberga reservas crecientes sobre su eficacia. Aunque solo fuera por ambas cosas, la reflexión resultaba urgente y absolutamente imprescindible. Si algo llama poderosamente la atención en el debate territorial es el enorme esfuerzo que algunos ponen en discrepar con estruendo incluso de aquello con lo que están básicamente de acuerdo. A nadie se le oculta que la exacerbación de los sentimientos, la simplificación extrema de los argumentos y la descalificación del adversario son moneda común en nuestro debate político. Y la única forma de combatir esta penosa realidad es hablar con la mayor claridad a la hora de identificar con precisión los problemas, apuntar las soluciones, acotar las discrepancias y buscar sinceramente los acuerdos.

El Partido Popular ha sido y se considera artífice principal del Estado de las Autonomías. Es, en consecuencia, su más genuino defensor en el panorama político actual. Aznar ha sido el único presidente del Gobierno previamente curtido en su paso por una Comunidad. Poco después de llegar a la dirección del partido, su primer gran éxito político fue la firma con el gobierno socialista de los Pactos Autonómicos. Con ellos se puso fin a la desigualdad inicial del modelo mediante la ampliación de las competencias de las Comunidades llamadas «de vía lenta», haciendo así posible «un funcionamiento racionalizado y homogéneo del conjunto» e impulsando «un horizonte definitivo». El grueso de los acuerdos de 1992 fue llevado a la práctica bajo los gobiernos populares. Más del 70% de los recursos totales transferidos a las Comunidades Autónomas desde 1978 lo han sido entre 1996 y 2004.


El debate abierto en las últimas semanas es útil y necesario. Es el momento de reconocer las dificultades y de ofrecer alternativas. ¿Recentralizar? No es esa la cuestión. El esquema fundamental del Estado autonómico está ya configurado, y es plenamente válido. El Partido Popular siempre ha perseguido conciliar con eficacia la descentralización política con la unidad nacional; abrir espacio a las aspiraciones de singularidad sin merma de la solidaridad; articular las diferencias al tiempo que se proscriben los privilegios. Por eso, tras promover numerosas reformas estatutarias y llevar a cabo las mayores transferencias, impulsamos la aprobación de un modelo de financiación que garantizaba recursos suficientes y estables a las Comunidades; y también por esas mismas razones propusimos fortalecer los principios de cooperación y lealtad como pilares de un funcionamiento más armónico de todas las Administraciones. Todo este recorrido, sin duda complejo pero perfectamente posible, quedó en gran medida frustrado tras la llegada al gobierno del partido socialista en 2004.

Ahora, el «despertar reformista» de Zapatero le lleva a hablar en medios de comunicación extranjeros de la necesidad «de acabar con la burocracia causada por la descentralización», y no le falta razón. Y su vicepresidente responsable de la política territorial encarga informes para eliminar las duplicidades existentes, ahorrar gastos innecesarios, suprimir trámites redundantes y aumentar la coordinación entre las Administraciones. Y tampoco le falta razón, aunque dada su experiencia política posiblemente sea el menos indicado para decirlo y hacerlo. El Estado debe tener la responsabilidad exclusiva en las funciones públicas clásicas: política exterior, seguridad, defensa, justicia y política económica; y debe ser el garante de la igualdad jurídica y la solidaridad entre todos los españoles. Las CCAA son, básicamente, las administradoras del Estado del Bienestar, al tiempo que defensoras de sus propias singularidades. Cada cual debe ejercer plenamente sus funciones sin duplicidades ni interferencias innecesarias. La crisis económica nos ha hecho ver que el modelo español es necesariamente caro, pero justo es reconocer que ha resultado útil para articular una nación plural. Sólo nos lo podremos permitir si ponemos nuestro mejor esfuerzo en hacerlo funcionar con eficacia y austeridad máximas.

Alguno de los problemas más visibles puede ser abordado con rapidez mediante los acuerdos políticos y las reformas legislativas adecuadas. Garantizar la estabilidad presupuestaria de todas las Administraciones y la unidad de mercado son retos urgentes que admiten ese tipo de soluciones. Pero resulta inevitable reconocer que existen problemas de más calado. Ningún país con niveles de descentralización próximos al nuestro cuenta con un marco constitucional tan laxo e impreciso. En la actualidad parece mucho más sencillo, claro y seguro llevar a la Constitución el sistema de delimitación de responsabilidades, evitando así las duplicidades y reduciendo los conflictos. El procedimiento de atribución directa y explícita de competencias es el habitual en el Derecho comparado, no implica la necesidad de homogeneidad sino que exige el debate en común de las diferencias admisibles, y no cierra el paso a futuras reformas constitucionales que todos tienen la facultad de proponer.

La otra gran laguna en la actual regulación constitucional se sitúa en el plano de la financiación. Reforzar la estabilidad de las normas básicas de reparto de ingresos, mediante su constitucionalización, sería un claro avance. Es necesario trasladar a todas las administraciones la certeza de que los gastos generados por su acción de gobierno deberán ser atendidos con sus propios recursos. Mientras la cuantía de la financiación dependa de mayorías parlamentarias coyunturales, el incentivo para ejercer la mayor presión sobre el gobierno central será poderoso y los comportamientos financieramente irresponsables se repetirán una y otra vez. Y es preciso establecer mecanismos explícitos y transparentes de equidad. El debate sobre los límites a la solidaridad entre regiones es perfectamente legítimo, además de habitual en sistemas como el nuestro (lo estamos viendo en Alemania en estos días), pero exige la mayor claridad por parte de todos.

El progreso de las sociedades requiere la seguridad y la confianza que solo los países institucionalmente estables son capaces de proyectar. Sin embargo, no cabe pretender que un texto constitucional sea definitivo o intangible. La adaptabilidad de las constituciones, lejos de constituir un problema, es un valor esencial para garantizar su permanencia. Las más duraderas, las que internacionalmente obtienen un mayor respaldo ciudadano, son las que han sido capaces de ir introduciendo reformas parciales. La reforma, en definitiva, no es más que la prueba evidente de la capacidad de una sociedad viva para renovar sus pactos constituyentes, adaptándolos a las circunstancias cambiantes que el transcurso de la historia inevitablemente lleva aparejado. Por eso, cuando se habla de reforma constitucional —dadas las amplísimas mayorías que exige— se debe entender bien lo que se está sugiriendo. La propuesta de reforma es una oferta de diálogo, es una invitación al consenso.

No defiende hoy el Estado de las Autonomías quien lo lleva al borde del abismo financiero, ni tampoco los que pretenden refugiarse en el inmovilismo. En la España del siglo XXI sobran las descalificaciones apresuradas. Algunos, desde posiciones nacionalistas, se lanzan a embarrar el terreno de juego apenas perciben los primeros movimientos de sus adversarios; no es de recibo. Todo se puede hablar y hay que hablarlo; tomemos como referencia la evolución del federalismo alemán, por ejemplo. Es preciso un debate sereno, ordenado, inteligente, orientado a la búsqueda del mejor modelo para la gran mayoría. A ese digno propósito ha pretendido contribuir nuestro trabajo reciente en FAES.


ABC - Opinión

Masaje al líder

De la convención autonómica que el PSOE ha celebrado este fin de semana en Zaragoza se esperaba mucho más que las cuatro generalidades insustanciales con que ha sido despachada. Convocada para analizar y debatir los reajustes que necesita el Estado de las autonomías para hacer frente con mayor eficacia a la crisis, ahorrar en gasto público y favorecer la recuperación, la cita se quedó en otro mitin más de polideportivo, adobada para la ocasión con la sobreactuación de los barones socialistas en defensa del devaluado liderazgo de Zapatero. Una lástima porque se ha hurtado a los ciudadanos un debate necesario y oportuno como es el de las correcciones que requiere la organización autonómica del Estado para que sea más eficiente, elimine duplicidades y racionalice el gasto. Los dirigentes socialistas tenían, además, la obligación moral y la responsabilidad política de hacer autocrítica por el Estatuto de autonomía de Cataluña, que impulsaron con irresponsabilidad manifiesta más allá de los límites constitucionales. Cuando un partido político comete un error de tanto alcance y de tan hondo calado como éste, lo menos que le debe a la ciudadanía es un análisis honesto y una rectificación congruente. El congreso de Zaragoza habría sido una excelente ocasión para ello, y para concretar nítidamente las propuestas autonómicas del partido que aún gobierna España. Pero toda la pólvora se quemó en salvas en honor al líder. Lo demás ha sido una declaración con cuatro lugares comunes sobre coordinación autonómica que produce sonrojo por su elementalidad: calendario de vacunas, licencias de caza y pesca, crear centros universitarios conjuntos o conectar los servicios de información y gestión de datos de la Administración de Justicia. No se ha dicho nada del desbroce urgente de leyes, normas y decretos autonómicos que entorpecen el mercado único; y tampoco se ha reconocido que fue un error la supresión del techo de gasto de las comunidades. Por otra parte, los barones del PSOE que más se significan por su defensa de las competencias del Estado han defraudado las expectativas por no haber forzado un debate interno de mayor enjundia. Es verdad que la lamentable perspectiva electoral del partido no facilita precisamente la tarea de mojarse ante el electorado en un asunto tan espinoso. Pero la razón última es que el federalismo implacable de los socialistas catalanes sigue hipotecando el debate autonómico de todo el PSOE. No es casual que entre las recomendaciones aprobadas este fin de semana para incorporar al programa electoral figuren dos exigencias tajantes del PSC: la defensa del modelo federal y la bilateralidad de las comunidades con el Estado, figura retórica cuyo único propósito es elevar el rango de las relaciones de la Generalidad catalana con el Gobierno central. En este laberinto es en el que sigue el partido del Gobierno tras la desastrosa experiencia del Estatuto catalán, cuyas conclusiones aún no se ha atrevido a extraer. De lo que se deduce que el PSOE acudirá a las elecciones autonómicas como siempre: inmerso en esa espesa ambigüedad sobre el modelo de Estado que lo mismo le sirve para pactar con los independentistas catalanes que para llenarse la boca con la palabra España.

La Razón – Editorial

Cajas a ritmo de vértigo

Inyectar dinero público desde marzo es la única forma de aumentar la confianza en su solvencia.

La reforma de las cajas de ahorros se ha demorado durante más de dos años, a pesar de que muchas voces reclamaban un cambio urgente, conscientes de que la debilidad de las cajas iba a pesar gravemente sobre la solvencia del sistema bancario y, al fin y a la postre, sobre la fiabilidad de la deuda española. En los últimos dos años se ha cerrado un proceso de fusiones formales, que ha reducido el número de cajas de 40 a 17. Pero quedaba pendiente la operación principal: recapitalizar las entidades, lastradas por activos inmobiliarios muy dañados. El Gobierno, molesto por tanta pereza, ha establecido unas condiciones muy duras de recapitalización con el fin de despejar todas las dudas sobre la solidez bancaria española. Bancos y cajas tendrán que contar con un 8% de capital básico; las entidades que no coticen en Bolsa (cajas) deberán subir el porcentaje hasta un nivel de entre el 9% y el 10%, y las que no puedan cumplir el requisito de solvencia recibirán capital público en forma de acciones, para lo cual tendrán que convertirse en bancos. Es lo que se ha definido como "nacionalización", aunque conviene precisar que tiene una caducidad de cinco años.

Este plan de rescate merecía aplausos, por la decisión de acabar de una vez por todas con una historia interminable, y algunos reproches de mayor cuantía. El primero y más de fondo es que el deterioro de los balances de las cajas no se produjo de la noche a la mañana; fue avanzando bajo la mirada de las autoridades bancarias, que poco o nada hicieron para evitarlo, salvo las advertencias retóricas de rigor. Muy pocas cumplen hoy con los requisitos de capital básico del 8%. El Gobierno y el Banco de España merecen una segunda reconvención, que es la de no tener en cuenta que el mercado financiero no está en situación de facilitar capital fresco, y más para entidades comprometidas con prestamos dudosos (o mal precisados) en la burbuja inmobiliaria. Las condiciones oficialmente establecidas equivalían a una inyección obligada de capital público en casi todas las fusiones virtuales. Es un contrasentido suponer que los mercados, cuyas dificultades han contribuido a causar la crisis financiera, fueran a responder con capital para restaurar las condiciones de solvencia de las cajas.

Incluso cabía un tercer reproche, ahora innecesario, puesto que el Gobierno había aplazado hasta septiembre la aplicación de los procesos de recapitalización. Pero no tenía sentido que, conociendo la imposibilidad real de obtener recursos en el mercado, se sometiese a las cajas a ocho meses de búsqueda torturante de agua en un desierto. Parece que el Gobierno ha rectificado e iniciará la recapitalización con dinero público a partir de marzo. Es una buena decisión; la inyección de capital aumentará la credibilidad de las cajas en los mercados y atraerá capitales. La Caixa y Catalunya Caixa ya han anunciado su decisión de convertirse en bancos, prueba de que las cajas empiezan a entender la importancia del tiempo. El Gobierno y el Banco no tienen margen ya para más errores.


ABC – Editorial

Egipto: entre la autocracia corrupta y el islamismo

Egipto se debate entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico.

Las manifestaciones que derribaron a la dictadura tunecina de Ben Alí se están extendiendo, con dispar éxito, por gran parte del mundo musulmán. En Jordania, Libia o Argelia han comenzado a aparecer ciertos brotes de revueltas que, de momento, sólo han conseguido arraigar con fuerza en Egipto.

Después de tres décadas, el régimen, gobernado con puño de hierro por el general Hosni Mubarak desde que en 1981 la facción más integrista del ejército asesinara a Anwar el-Sadat por reconocer la existencia de Israel y acercarse a Estados Unidos en detrimento de la URSS, comienza a resquebrajarse. Muy a su pesar, hasta el momento sólo ha logrado mantener el orden recurriendo a regañadientes a los militares. Y es que, si bien es cierto que los altos mandos de los militares, con el jefe de los servicios secretos y nuevo vicepresidente del país, Omar Suleilam, a la cabeza, son totalmente leales a la administración corrupta de Mubarak, los mandos intermedios se encuentran mucho más cercanos a las inquietudes de la ciudadanía y bien podrían aprovechar la ocasión para dar un golpe militar interno que acabara con Mubarak. No olvidemos que el nefasto Gamal Abdel Nasser era un simple coronel cuando derrocó a la monarquía egipcia en 1952.


Un golpe de los mandos intermedios probablemente conduciría a la convocatoria de elecciones democráticas en un clima de inestabilidad que, a diferencia de Túnez donde el integrismo tiene un peso mucho más reducido, conduciría a una victoria de los Hermanos Musulmanes, quienes vienen aguardando una oportunidad como ésta desde hace al menos dos décadas y están mucho mejor organizados que cualquier otro grupo de la oposición democrática. Los precedentes –en distintos grados: Irán, Argelia o incluso Gaza– no son desde luego alentadores en este sentido.

La caída de Egipto en manos de los islamistas sería una auténtica tragedia para Occidente, tanto desde un punto de vista económico –Egipto controla el canal de Suez– como político –el país tiene una enorme frontera con Israel, y Egipto es el responsable hasta ahora de controlar el rearme de Hamás, quienes en definitiva no son más que una facción de los Hermanos Musulmanes–. De hecho, las consecuencias de las meras revueltas sobre la seguridad de Israel ya están resultando bastante inquietantes: la policía egipcia ha tenido que retirarse de la frontera con Israel y al parecer Hamás y los Hermanos Musulmanes han comenzado a colaborar para capitalizar el liderazgo de la oposición al régimen.

El otro posible escenario a corto plazo es que la jugada de Mubarak tenga éxito: que el liderazgo de Suleilam –el general más prestigioso de Egipto con conexiones y buenas relaciones con todos los servicios secretos de Occidente– se consolide y logre contener tanto las legítimas aspiraciones de la oposición democrática como los intentos de los islamistas por controlar el país.

Egipto se debate, pues, entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico. A medio plazo no parece muy viable que la oposición realmente democrática consiga conservar el poder frente al natural auge que experimentará el islamismo, aunque es evidente que esa sería la única solución deseable.

En cualquier caso, tengamos presente que el riesgo de contagio en toda la zona es muy grande y todo apunta a que a partir de este mes de enero nada será igual en el Magreb y en el conjunto del mundo musulmán. Esperemos que, al menos, la insostenible situación actual no degenere con virulencia.


Libertad Digital - Editorial

Comparación demagógica

Un nuevo pacto de La Moncloa habría exigido una predisposición a la generosidad y a la sinceridad que Zapatero no ha mostrado.

LA convención autonómica socialista llegó ayer a su punto crítico cuando Rodríguez Zapatero decidió arrogarse un papel crucial en la historia de España al anunciar que el acuerdo sobre las pensiones es el más importante desde los Pactos de La Moncloa de 1977. Es comprensible que en un acto de partido cuyo objetivo era cerrar filas y elevar la autoestima de un PSOE en horas bajas se lancen discursos demagógicos y poco realistas, pero de quien ostenta la presidencia del Gobierno se debería esperar más prevención hacia la sobreactuación. El acuerdo sobre las pensiones y la jubilación es relevante por sus consecuencias sobre la economía real de millones de trabajadores a medio y largo plazo. Es evidente que la estructura actual del sistema de pensiones tenía que ser reformada y que había que someter a revisión todos sus parámetros. Aunque la letra pequeña aún no se ha cerrado y será sometida a debate en el Congreso, nadie duda de que había que tomar medidas. Lo paradójico es el nuevo ejercicio de cinismo realizado ayer por el PSOE para justificar la necesidad del «gran pacto social» al invitar al Partido Popular a rubricarlo sin siquiera haber citado a Mariano Rajoy en la Moncloa para discutirlo.

En cualquier caso, el acuerdo no admite comparación con los Pactos de La Moncloa. Zapatero quiere legar al PSOE un discurso épico y patriótico a cuenta de la reforma laboral y las pensiones con el que recuperar imagen ante los electores. Pero un pacto de La Moncloa habría exigido una predisposición a la generosidad y a la sinceridad que Zapatero no ha mostrado hasta que la agonía política y la presión internacional lo han forzado. Durante estas dos legislaturas, la directriz de los pactos ha sido siempre la exclusión del PP y su sustitución por partidos nacionalistas y extremistas en los aspectos fundamentales de la política nacional: desde el terrorismo a las reformas estatutarias, pasando por la economía o la educación. Nunca Zapatero censuró lo que se dio en llamar «cordón sanitario» contra el PP. Y nunca se habría gestado un Pacto de La Moncloa con esta aversión constante de Zapatero a pactar lealmente con el principal partido de la oposición, el único que, junto con el PSOE, está en condiciones de gobernar España y de aplicar lo convenido con los sindicatos y empresarios. La Transición, los Pactos de La Moncloa y el consenso constituyente de 1978 se hicieron con mucha más grandeza política.

ABC - Editorial