domingo, 21 de febrero de 2010

El papel de la política

No basta con fijar prioridades; no habrá salida de la crisis sin sacrificios y reformas dolorosas.

De la ausencia total de pactos hemos pasado a activar toda una batería: el de Toledo, el de la concertación social, el que pueda salir de la ronda del portavoz socialista, la comisión ministerial para explorar un posible pacto global anticrisis. Pero ya se adelanta, partiendo de las posiciones expresadas en el debate del pasado miércoles, que no sería realista esperar de esa comisión un acuerdo que vaya más allá del clásico entre el partido del Gobierno y los nacionalistas de CiU y el PNV.

Es decir, que no estará el PP. Y sin ese partido, hay objetivos esenciales del pacto que quedarán en el aire. En lo general, avalar reformas necesarias pero impopulares; y en lo particular, la necesidad de comprometer en el esfuerzo de reducción del gasto a las autonomías, todas ellas gobernadas ahora, salvo Canarias, por PSOE o PP.

Se da por supuesto que Rajoy no tiene interés en comprometerse en acuerdos que serían contradictorios con su estrategia de dejar que Zapatero vaya cociéndose en la salsa de la crisis y proponer, como único programa, la retirada del actual presidente. Pero, si la situación es tan mala como dice, y con las encuestas electorales a favor, debería ser el más interesado en cooperar para evitar un mayor deterioro, al que tendría que hacer frente cuando llegase a La Moncloa. Y para llegar necesitará aliados, como CiU, que le exigen compromisos anticrisis; aparte de que para ganar necesita asegurarse el apoyo del electorado de centro, el más favorable a una política de concertación.

Pero las vacilaciones de Zapatero facilitan la pasividad de su contrincante. Hasta hace medio año el consenso entre los economistas situaba como prioridad el estímulo económico con fondos públicos, incluso al precio de un aumento del déficit. También se advertía de la necesidad de una estrategia de retirada de esos apoyos antes de que las cuentas públicas se descontrolaran. Los datos conocidos a comienzos de año (un déficit del 11,4% del PIB) más la reacción de los mercados en relación con la deuda forzaron el giro.

Pero hace dos días, en Londres, un Zapatero cada vez más empeñado en acreditar la caricatura simplista que sus enemigos han hecho de él se adapta al público al que se dirige y vuelve al punto de partida afirmando que se preocupará del déficit cuando la recuperación de la economía sea efectiva. Sin embargo, la experiencia reciente ha puesto de manifiesto que la contención del déficit (para evitar la espiral de que su aumento encarezca la deuda, lo que provoca más déficit) es condición para poder abordar las otras medidas.

Por supuesto que los mercados financieros abusan de su posición, pero eso no se resuelve con sermones. Tampoco con jaculatorias como las de Dolores de Cospedal o de Rajoy cuando plantean como solución bajar los impuestos a fin de estimular la iniciativa empresarial, lo cual, fabulan, creará empleo y aumentará los ingresos fiscales. La reducción del déficit depende ahora de la del gasto y no del aleatorio aumento de los ingresos; y dado que una gran parte del mismo está legalmente comprometido, difícilmente podrá ser consistente sin tocar las inversiones y los gastos de personal. Retirar inversiones puede ser contradictorio con el objetivo de cambio del modelo productivo, y congelar los salarios de los funcionarios, a cambio de su seguridad en el empleo, planteará fuertes resistencias sindicales.

Lo único seguro es que la salida requerirá hacer ver a la población la gravedad de la situación. A partir de ahí puede plantearse desde el Gobierno un plan de ajuste acorde con las prioridades del momento; o intentar aprovechar que la mayoría desea ver a Gobierno y oposición unidos contra la crisis para intentar un acuerdo sobre cuáles son esas prioridades como base para un impulso social compartido. Pero en ambos supuestos, la condición será decir a la población que no hay solución sin sacrificios y reformas dolorosas.


El País - Editorial

¿A quién ha salvado Zapatero?

Zapatero no ha salvado nada ni a nadie, salvo a sus amistades políticas por intereses electorales y mediáticos, por lo que carece de la más mínima autoridad moral para abroncar a quienes todavía le prestan dinero para sus caprichos presupuestarios.

En la cadena de despropósitos que lleva protagonizados el Gobierno socialista desde que arreció la crisis, la última aportación del presidente Zapatero ha consistido en reprender a los inversores internacionales por insinuar la necesidad de que lleve a la práctica exactamente lo mismo que anunció la vicepresidenta económica en su última gira europea. Y como el personaje hace gala de una soberbia sin precedentes ni justificación, ha adornado el discurso con una referencia a su papel de salvador de los mercados internacionales que sólo puede provocar hilaridad entre quienes conocen cómo funciona realmente la economía mundial.

José Luis Rodríguez Zapatero no ha contribuido a salvar a ningún mercado internacional, en contra de lo que afirma con su facundia habitual. Lo único que ha salvado Zapatero es la expectativa electoral de su partido en la comunidad de Castilla-La Mancha, financiando el pufo astronómico que la caja de ahorros dirigida por un ex alto cargo del PSOE dejó a los impositores, y el negocio mediático de sus amigos de baloncesto, inyectando dinero público en las cuentas de la caja de ahorros catalana encargada de financiar los procesos de fusión en que están inmersos. Fuera de esas dos acciones puntuales, ajenas a cualquier criterio de ortodoxia económica, la aportación de Zapatero a la lucha contra la crisis económica es inexistente, como lo demuestran las cuentas de su Gobierno que ahora se niega a discutir con quienes, precisamente, necesita que sigan comprando su deuda pública para no acabar como el presidente del Gobierno griego.

Zapatero rechaza que los inversores le exijan un recorte del déficit público como única posibilidad para iniciar la salida de la recesión, pero eso es precisamente lo que Elena Salgado se comprometió a realizar sin demora con el fin de recuperar la escasa confianza que los mercados otorgan a la España de Zapatero, una esperanza que él mismo se ha encargado de arruinar con su afirmación de que la culpa del déficit, como siempre, no es suya si no de la generosidad con que ha actuado para evitar no se sabe qué males mayores. Si había decidido proseguir su alocada huída hacia delante a despecho del ejemplo exitoso de los países de nuestro entorno ¿A qué envió a su responsable económica de gira por Europa? Pues naturalmente a mentir en su nombre, como él mismo se ha encargado de acreditar en su alocución a los participantes en el seminario laborista celebrado en Londres esta semana.

Las instituciones que prestan dinero a España, para que su Gobierno lo siga dilapidando en un sector público monstruoso que nadie parece dispuesto a corregir, tienen todo el derecho a exigir un mínimo aval que les garantice su inversión, aunque a Zapatero, inmune a cualquier crítica, tal actitud le parezca una intromisión intolerable es necesario rechazar.

Si la financiación del déficit público español, cada vez más galopante, depende de la confianza que Zapatero despierte en los mercados internacionales, sus asombrosas declaraciones de esta semana van a tener exactamente el efecto contrario. La consecuencia inevitable es una subida de los intereses que todos los españoles habremos de pagar, para que Zapatero pueda continuar agazapado en La Moncloa a la espera de que la inercia de la economía mundial comience a hacer notar sus efectos en una España devastada.

Zapatero no ha salvado nada ni a nadie, salvo a sus amistades políticas por intereses electorales y mediáticos, por lo que carece de la más mínima autoridad moral para abroncar a quienes todavía le prestan dinero para sus caprichos presupuestarios. Si continúa con esta actitud, y todas las evidencias así lo indican, el ejemplo de Grecia está mucho más cercano a España de lo que hasta ayer suponíamos. Para las próximas elecciones generales todavía faltan dos años pero, teniendo en cuenta la capacidad incendiaria de Zapatero, hasta ese plazo podría ser insuficiente para salvarle de una derrota que, hoy por hoy, merece tanto como España la necesita.


Libertad Digital - Editorial

La brecha y el ninguneo. Por M. Martín Ferrand

ASEGURA el diario que nació siendo independiente de la mañana, y que ya no lo es a ninguna hora del día, que «Rajoy intenta abrir una brecha en el Gobierno ninguneando a De la Vega». Podría ser y, si lo es, ¿el señalamiento cursa con intención de halago o de censura al líder del que era principal y ha devenido en único partido de la oposición? El menosprecio a la vicepresidenta primera, de existir, será cosa de José Luis Rodríguez Zapatero, que no la ha incluido en el trío que debe marear la perdiz y simular grande preocupación ante las distintas formaciones parlamentarias.

Ocurre que Soraya Sáenz de Santamaría, en un pellizco más propio de una colegiala traviesa que de portavoz del PP, nos ha dado a entender que, en las sesiones de control al Gobierno, interpelará a la vicepresidenta segunda en lugar de hacerlo, como hasta ahora, con la primera. Son ganas de descender de categoría, como si el pesado Joe Frazier hubiera renunciado a enfrentarse con George Foreman -que le arrebató el título mundial- para hacerlo con el ligero Pedro Carrasco.

La hipótesis de una brecha en el errático equipo de Zapatero impone la tesis de que, aunque fuera por un instante, ha sido un Gobierno conjuntado, equilibrado antes en sus funciones que en su paridad, sólido y con responsabilidades y competencias ciertas en cada una de sus carteras. Algo que se niega por sí solo a poco que se contemple la deslabonada conducta de los miembros y las miembras encastrados en un torso raquítico sobre el que luce una cabeza diminuta.

En puridad, no tenemos Gobierno, sino un mero resultado electoral, el fruto de una mayoría solitaria, que, atemorizada por el poder sindical, no se atreve a poner en marcha las medidas de austeridad, reducción del gasto, sacrificio colectivo y garantizada impopularidad que podrían reconvertir una crisis que no se supo ver venir y que no se difuminará entre los recuerdos del pasado con la facilidad con que el día sucede a la noche. En los hechos, la comisión que formalmente encabeza Elena Salgado, realmente dirige José Blanco e integra el nunca bien ponderado Miguel Sebastián tiene la función de los payasos que, en el circo, entretienen a los espectadores mientras se instala la jaula de las fieras y el domador, con un batín sobre sus galas profesionales, comprueba la seguridad del montaje. Desde la política establecida no tiene otra posibilidad.


ABC - Opinión

sábado, 20 de febrero de 2010

La inquietante incoherencia del presidente

La incoherencia es el error que más caro se paga en economía. Zapatero ha vuelto a cambiar el discurso y ahora dice que reducirá el déficit cuando llegue "la recuperación".

HAY ALGO que se paga más caro que los errores en el ámbito de la economía: la incoherencia. Y ésta es la palabra que resume la impresión que dio ayer Zapatero en Londres cuando afirmó que el Gobierno reducirá el déficit «cuando la recuperación sea activa».

Este planteamiento supone una grave equivocación porque la reducción del déficit debe abordarse en España como un requisito necesario para que la economía pueda reactivarse. El orden de factores sí altera el producto. La carreta no puede ir por delante de los bueyes. Todos los analistas y expertos coinciden en que la economía española no podrá volver a niveles de crecimiento considerables con un déficit como el del año pasado (11,4% del PIB).


Mantener un elevado déficit supone incrementar el endeudamiento del país a largo plazo y detraer recursos para la inversión productiva. Por eso no tiene sentido que Zapatero ponga ahora condiciones para hacer ese recorte de 50.000 millones de euros en cuatro años que fijaba el programa de estabilidad presentado en Bruselas. Dado que el Banco de España estima que la recuperación se retrasara al 2012, el Gobierno podría no tomarse en serio su compromiso hasta dentro de dos años.

Las palabras del presidente del Gobierno rozan la esquizofrenia porque durante los últimos 12 días la vicepresidenta Elena Salgado y el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, han dedicado su tiempo a efectuar roads shows por Londres, París, Nueva York y otras capitales para convencer a los inversores de que los esfuerzos por reducir el déficit son serios.

En el colmo de los despropósitos, Zapatero volvió ayer a arremeter contra los mercados, subrayando que el Gobierno «no va a caer en la trampa de actuar en función de los intereses a corto plazo de algunos fondos». Aseguró que le parece «una paradoja» que «los mercados a los que los estados acudieron a salvar, haciendo una inversión pública fuerte, sean ahora los que examinan a los gobiernos y les ponen en dificultades».

Zapatero confunde los mercados con el sistema financiero, al que ciertamente ayudó el Ejecutivo en los momentos peores de la crisis con diversas medidas. Pero resulta que el propio presidente se jactó en su comparecencia en el Congreso de que el Tesoro había ganado más de 1.500 millones de euros con los avales y compras de activos a la banca.

Todo indica que Zapatero disfruta arremetiendo con eso que él llama «los mercados». Pero habría que explicarle que los mercados no son cuatro señores con puros y sombreros de copa que se reúnen en una mesa para fastidiar a países como España sino que son la suma de una multiplicidad de decisiones inconexas entre sí.

Lo peor que se desprende de estas declaraciones es que Zapatero sigue sin tomarse en serio sus propios anuncios de política económica, que al parecer considera puramente propagandísticos y destinados a contentar a la opinión pública y a la oposición. Por eso dice una cosa hoy y mañana, la contraria, como se pudo constatar en el asunto del alargamiento del periodo de cómputo de las pensiones.

El Ejecutivo ha convocado el próximo jueves a todos los partidos para comenzar la negociación del pacto que pidió Zapatero en el Congreso. La vicepresidenta Fernández de la Vega solicitó ayer al PP que «eche una mano». Sería deseable que así lo hiciese si el Gobierno tuviera un mínimo de coherencia. Pero no se le puede pedir a Rajoy que negocie si el propio presidente no se toma en serio los compromisos que anuncia a bombo y platillo.

Las declaraciones de ayer ponen de manifiesto que Zapatero no es consciente de la gravedad de la situación ni se cree el negro panorama que prevé el Banco de España, confiando tal vez en que su buena estrella le salvará en el último momento.


El Mundo - Editorial

La casta descastada. Por Federico Jiménez Losantos

COMENTARIOS LIBERALES

ES NATURAL que a punto de prohibir los toros y con la familia en crisis haya dejado de utilizarse el improperio descastado, antes muy usado en la España profunda. Porque no hay otro que mejor le cuadre a la casta política que el de descastada. Para decir que alguien era digno descendiente de una familia, en el grado que fuera, se decía: «De casta le viene al galgo». Pero este miércoles en las Cortes, ni galgos ni podencos. El que se creyera lo anunciado por Rajoy -«habrá un antes y un después de este debate»- echó la tarde a perros. Y si no la perdió del todo es porque se supone que en la vida no se pierde el tiempo destinado a pensar en la muerte. Para el que carezca de ese consuelo metafísico, tarde de perros y cinco horas muertas.

También se dice que un toro es encastado cuando responde al perfil zootécnico de la ganadería y a los rasgos de bravura y fiereza que la hicieron famosa; así, cuando se crece con el castigo, se viene arriba en la lidia y acaba pidiendo la muerte en el platillo de la plaza, si es que el torero es tan encastado como el toro y ha sabido consentirle lo necesario para que la fiera saque lo mejor de sí, o sea, lo más fiero de la fiera, que permita su ADN. Pues bien, esta horrorosa casta política que padecemos ha olvidado de qué ganadería procede, es decir, a qué pueblo se supone que sirve, en qué predios pace y yace, cómo justifica el sueldo y qué discurso usa en el Parlamento, que viene de parlar. Aunque el nivel expresivo de sus señorías es tan mísero que nadie las afrentaría escribiéndoles La culta latiniparla.

Pero lo mísero de la expresión -para que Duran Lleida quede bien tienen que estar todos muy mal- va parejo con lo miserable de la actitud. Zapatero nos ofrece dos años más de fango a ver si él consigue limpiarse. Rajoy quiere que nos enlodemos hasta las cejas para vendernos más escaños quitamanchas. Las ruinas del Muro de Berlín siguen produciendo cascotes liberticidas. Y, en fin, los nacionalistas, tras sacarnos los colores, quieren sacarnos la hijuela. No sólo los hijos, mondos o cornúpetas, han olvidado a sus padres, sino que los padres han olvidado que los hijos son suyos, porque no los reconocen. Este miércoles, una casta política mansa de solemnidad, sin más nación que el partido ni más apellido que sus siglas, acreditó que está para devolverla a los corrales. Y lo peor es que, si salen los bueyes, no los distinguiremos de los toros.


El Mundo - Opinión

Estado y electoralismo. Por David Jiménez Torres

La solución al impasse actual causado por el electoralismo no se encuentra en el lado de los políticos sino en el de los ciudadanos, siempre y cuando éstos sean muy activos y muy exigentes.

Hay un problema con todas estas llamadas a los pactos de Estado, a la razón de Estado, y, sobre todo, a los hombres de Estado. El estadismo ya no existe, ya murió; quizás junto a las ideologías, quizás algo después, probablemente mucho antes. En la política no existe más que electoralismo; ambos términos son ya sinónimos. Ante la campaña publicitaria del PSOE de las últimas elecciones generales, en la que aparecía Zapatero sonriente, sin mirar al objetivo y con multitud de eslóganes más propios de póster motivacional de gimnasio, decían expertos en publicidad que era como si vendiera un estilo de vida, como si fuera un anuncio de Coca-Cola. En eso estamos, y no en las reuniones de medianoche con las mangas de camisa remangadas y el humo de cigarros ahogando la luz de una desnuda bombilla.

Evidencia esta situación el debate suscitado por las declaraciones del Rey de la semana pasada, proseguido este miércoles en las Cortes, y que seguramente vivirá una plácida agonía en la comisión anunciada por Zapatero. Nadie quiere pactar porque teme más por su partido que por España. El primero, el hombre de la Coca-Cola, que en vez de agachar la cabeza y admitir sus fallos y pedir a la oposición a la que tanto ha ninguneado y tratado de marginar que le ayude, ha propuesto una finta de tentativa de posibilidad de pacto en la que deja claro que sólo desea conseguir oxígeno político. Pedazo de plan, debe de pensar Rajoy; aunque no nos sorprende del hombre que antepuso el cálculo electoral a la razón de Estado en el tema del Estatut, en la forma de afrontar la crisis... Difícil reprocharle al líder de la oposición que ante un uso tan descarado de electoralismo, él también se refugie en la razón de Partido.

Estadismo es que el emperador esté desnudo porque le ha regalado su vestimenta al pueblo, para que coja algo de calor. Electoralismo es que emperadores, príncipes, visires y viceayudantes de paje estén todos en cueros y para disimular señalen a la multitud la desnudez del que está al lado. Así Zapatero y Rajoy en el Congreso este miércoles, acusándose mutuamente de no proteger más que los intereses de su partido. Así la imposibilidad de un pacto de Estado para sacar a España de la crisis.

La salida de esto no pasa por desesperarnos ante la irresponsabilidad de nuestra casta gobernante, por ansiar una vuelta a una mitificada Política seria y responsable, sino por aceptar las nuevas reglas políticas y usarlas a favor de los ciudadanos. No en volver a los líderes de antaño sino en moldear a los del futuro. En Estados Unidos el electoralismo impone sus repelentes reglas bastante más que aquí; pesan más los asesores de maquillaje que los de ideas, y se formulan políticas y posturas sobre la base de las necesidades y los intereses de los estados y condados clave para ganar unas elecciones. Pero ahí funciona el otro lado de la ecuación, o sea, los ciudadanos. El electorado es muy exigente y no tiene miedo de pasar factura a sus dirigentes cuando éstos le decepcionan; ahí está el difícil momento político de Obama, a un año escaso de su mesiánica llegada al poder. Así es como se progresa en un sistema político en que impera el huero electoralismo: cuando los votantes reclaman cosas buenas y razonables, y están dispuestos a pasar factura a los políticos si no se las otorgan, éstos corren a ofrecerlas. Eso, o se les castiga pero que muy duramente en las próximas elecciones; para que aprendan.

La solución al impasse actual causado por el electoralismo no se encuentra en el lado de los políticos sino en el de los ciudadanos, siempre y cuando éstos sean muy activos y muy exigentes. La razón de Estado no saldrá de ellos, sino de nosotros. Tendremos buenos señores cuando seamos buenos vasallos.


Libertad Digital - Opinión

Retambufa. Por Ignacio Camacho

MAL, muy mal Aznar. Tenía que haberse hincado de rodillas y haber aceptado con humildad los improperios. Agachar la cabeza, pedir perdón por sus muchos pecados y admitir sus nefastas responsabilidades. Cualquier demócrata sincero, cualquier verdadero liberal con talante de diálogo, se hubiese conmovido en conciencia al oírse llamar «nazi», «terrorista», «cabrón» y «asesino», y allí mismo habría pedido que llamasen al juez Garzón para prestar ante él, postrado de hinojos, declaración de culpa genocida y, de paso, inculparse de los crímenes de la memoria histórica, del asesinato de Lorca y de haber corneado a Manolete. Pero en vez de eso va el tío y se les ríe en la cara a los jóvenes progresistas que con tan gran delicadeza le formulaban reproches políticos, y en el colmo de la descortesía y la zafiedad los manda a tomar por retambufa con el dedo. El muy fascista.

No hay forma de que se corrija este hombre. No tiene respeto por la juventud, como dice la vicepresidenta de la Vega, ni escrúpulo por las formas, que ya apuntaba cuando ponía los pies encima de la mesa de Bush, y va por la vida de resentido arrogante con sus abdominales y su melena, el «pelito semilargo» que dice la señora Valenciano, esa minerva. Quién se habrá creído que es para dejarse el pelo semilargo como si fuese un cantante progre o un finalista del Goya. Siempre fue un tío sieso y mal encarado, pero desde que ya se cree por encima del bien y del mal no hay quien lo aguante, venga a dar doctrina rencorosa por ahí, y encima ganando dinero. Que ya lo ha dicho el senador Barranco, que es vergonzoso que un ex presidente se dedique a ganar dinero de esa manera, dando conferencias en vez de hacer de lobbysta para millonarios mexicanos y mandamases marroquíes como su antecesor. Que no, hombre, que no, que no hay derecho a contestar de esa forma tan grosera a unas criaturitas que sólo habían ido allí con su mejor voluntad a insultarlo pacíficamente y a no dejarle hablar. Que luego decimos que la juventud está descomprometida y no participa en el debate político. Y cuando se decide a debatir, desinhibidamente, con la frescura, la franqueza y el entusiasmo propios de la edad, va un amargado como éste y les hace a los pobres chicos la peineta como si fuese Luis Aragonés.

Después se queja de resultar odioso. Con su bufandita pija y la sonrisilla esa de perdonavidas, autosatisfecho y engreído como si hubiese gobernado bien. Un comportamiento típico de la derecha, tan autoritaria, tan despótica, tan acostumbrada a mandar a tomar por culo al discrepante. Esa derechona cerril, rancia, hosca, estrecha, intolerante, que no admite un abucheo ni entiende la espontaneidad expresiva de los chavales porque está habituada a que no le levanten la voz. Incapaz de un gesto de buen rollo. Definitivamente culpable.


ABC - Opinión

¿Dónde está Pizarro?. Por Maite Nolla

El problema de Pizarro no es que pasados los años se haya demostrado que Solbes mintió como un pirata, sino que en su propio partido no le defendieron en su momento y hasta llegaron a culparle de lo que pasó en aquel debate.

Lo peor del debate del pasado miércoles y de sus comisiones derivadas no es que sean una estafa monumental, sino que demuestran que el Gobierno no tiene ninguna solución real que al menos valga para este ratito, que dice el maestro Quique. Al final, de la comisión que tiene que salvar a España de su propio Gobierno, sólo queda que el futuro de Corbacho está en el aire, como si eso le importara a alguien, y que Miguel Sebastián no sólo se lava las manos con la cuestión de las multas, sino que, como su jefe, lo justifica.

Supongo que el debate del miércoles debió ser algo así como una sesión conjunta de senadores y diputados, hecho que explicaría la presencia de Leire Pajín y de Alicia Sánchez-Camacho entre los bancos del hemiciclo, presencia determinante para solucionar los problemas de España. Muy significativo de lo que es el PSOE y de lo que es el PP, sobre todo si tenemos en cuenta que en plena crisis económica y política falte en las gradas Manuel Pizarro.


Entiendo que es una cuestión de gustos, como en el toreo, la música, el fútbol o los artículos de opinión. A mí que el PP haya dejado ir, provocado la marcha o ninguneado a Manuel Pizarro, no me parece un lujo, como dicen los futboleros, ni una frivolidad; me parece una idiotez de las que sólo se explican en política. Un tipo que para defenderse del atropello económico, jurídico, político e incluso personal que supuso lo de Endesa, blandió la Constitución Española –lo de Endesa es medio Estatut, alguien dixit–, sería hoy, creo yo, bastante más útil al PP que su propio líder.

El problema de Pizarro no es que pasados los años se haya demostrado que Solbes mintió como un pirata, sino que en su propio partido no le defendieron en su momento y hasta llegaron a culparle de lo que pasó en aquel debate. A lo más que se ha llegado estos días es a dedicarle algún artículo de agradecimiento por los servicios prestados y a otra cosa, mariposa, o a alguna reflexión sobre lo ingrata que es la política para los que no son profesionales. Desde luego, lo de Pizarro es un aviso para todos aquellos que estén pensando en dedicarse a la política: quedaros dónde estáis. Yo no tengo nada contra Nacho Uriarte, que seguro que es una persona estupenda, pero, amigos míos, España tiene un grave problema si en la política tiene más futuro el presidente de Nuevas Generaciones que el presidente de Endesa.

Y lo malo no es que Rajoy pase por completo de Pizarro o de otros y otras; al fin y al cabo, él está bien y a gusto con sus jorges y demás. Lo malo es que en el PP no se tiren de los pelos de cómo está su propio partido. Igual lo dicen en pequeños círculos, que es tanto como decir que nadie se atreve a mover un dedo hasta que pase la próxima confección de listas. Volviendo al maestro Quique, no se preocupen, no llegará la sangre al río.


Libertad Digital - Opinión

Redondillas del alcalde. Por Tomás Cuesta


Al dar tierra a don Carnal
los ripios salen de balde,
mas los que zurce el alcalde
habrán costado un ojal.
Tal derroche de agudeza,
tal finura en el dibujo,
tal boato, tal embrujo...,
¡Viva Madrid, viva el lujo!
¡Viva la inopia del blanco!
¡Viva la guasa del negro!
¡Vivan el yerno y el suegro!
¡Viva Prisa, viva Franco!
Y es que el arte del edil
no se paga con dinero.
Otra ronda, camarero,
en honor del zascandil.


Como vate, el tío Alberto
es la caja de Pandora;
tanta malicia atesora
que compone en verso muerto.
Quiere rimar el futuro
con la ruina del presente,
pero no engaña si miente:
se clarea por lo oscuro.
De la vanidad mundana
nada le resulta ajeno,
atorrante cacaseno
gallea de lo que afana.
Pero pica del tasajo
si le atizan en la cresta:
el leguleyo se apresta
a socorrer al marrajo.
A la secta, por lo ameno;
por el tras a los herejes,
en esos tejemanejes
es bonísimo, muy bueeeno.

Aspira, quizás en vano,
en vano, conste, no en vena
a madrugarle la cena
a la doña y a Mariano.
El que espera, desespera
y si se aspira en exceso
el ansia te deja tieso
y te sorbe la sesera.
Locura es que, por ser Ruiz,
pretenda ser arcipreste
(y pandémico y celeste)
el que medra en el desliz.
Gaseoso y ambidiestro,
el liróforo del foro
oscila del caño al coro,
ora fantasma, ora espectro.

Con la música no sacia
el socavón de su ego
y pretende dar el pego
tirando de pluma lacia
Solecismos a raudales,
anacolutos de chiste...
Lo del español ya es triste,
apiádese de sus males
Otrosí: no se rebote
si, fungiendo de poeta,
se lleva una cuchufleta
o le motejan de zote.
Cállese, dijo Quevedo,
el que se ofenda del eco;
no grite quien tenga miedo
a que le afeiten en seco.
Pues si el padre del Buscón
nunca rehuyó los retos
de más prosaicos aprietos
ha escapado Gallardón.

Al cabo, ¿de qué se trata?
De abocetar un romance?
Los romances son un lance
que despacha a cala y cata.
Si fuera un soneto, aún
se tentaría el cerebro;
aparejar un requiebro
lo solventa al buen tuntún.
Es Alberto tan gallardo
tan gallardo y calavera
que siempre que se sincera
es para clavar el dardo.
Y si amaga que recula,
no hace mutis el ladino.
Enfrascado en lo divino
habla por boca de mula.

Porque de barrer la cuadra,
con fervor y con arrobo,
se preocupa Fray Escobo
que, cuando no lame, ladra.
El coplero de coplones
amonesta al as de coplas:
«Cuidado con lo que soplas,
padrino, que te indispones».
«Una coplilla y remato»,
asevera el aludido
sacrificando al olvido
la estática y el recato.
Luego, el numen es tacaño;
las musas harto veletas;
la lírica y las recetas
no trascienden el apaño.

El regidor de la Villa,
empero, supera el corte.
¿Qué importa que pierda el norte?
Todavía, ancha es Castilla.
Y, al sepultar la sardina,
al asco le arrima el ascua
e intenta hacerle la pascua
a su indómita vecina.
Municipales y espesas,
las trovas de Gallardón,
petimetre y boquerón,
quedan en fatuas futesas.
Si se marchase al «Inferno»
en compañía del Dante
daría menos el cante
y aminoraría el muermo.
Abandonad la Esperanza.
Y «la Commedia finita».
No cabe ni pon ni quita.
No hay delito sin venganza.


ABC - Opinión

Una peineta a tiempo es una victoria. Por Pablo Molina

Conviene que de vez en cuando los invitados les muestren a estos revolucionarios de chichinabo el dedo corazón, en representación de todos los que pagamos su forma de vida hasta que, bien entrada la treintena, pasan a un partido político, sindicato u ONG.

El gesto de Aznar a los universitarios (con la inercia iba a menospreciarles llamándoles "estudiantes") que le insultaron a la entrada y la salida de su conferencia en la Universidad de Oviedo ha sido muy oportuno, aunque personalmente prefiero el corte de mangas, más racial, como más español, sobre todo si la acción culmina con la reverberación forzada del antebrazo a causa de la violencia del golpe en la cara anterior de la articulación.

Esa veintena de universitarios de extrema izquierda, valga la redundancia, demuestra que, casi una década después, el odio hacia Aznar inculcado por sus mayores en los partidos políticos y los medios de comunicación ya sólo sirve para organizarle algaradas de lo más deslucido. A pesar de que el grupo PRISA dedicara una página a glosar la hazaña de estos revoltosos, lo cierto es que el resultado ha sido más bien patético, aunque sus profesores, probablemente del área de humanidades, recompensen la actitud de estos jóvenes concienciados por un mundo más justo con un espléndido sobresaliente, en atención a sus méritos en defensa de la libertad y la democracia. El único efecto conocido, además del académico, es que la vicepresidenta del Gobierno, apartada por ZP de la comisión de inútiles contra la crisis, ha encontrado un nuevo motivo para insultar a Aznar exaltando a estos defensores del pluralismo universitario, y con ello justificar el sueldazo que le pagamos todos los españoles.

Se trata de jóvenes sobre los que se cierne un futuro laboral nefasto a causa de la labor destructiva de la izquierda cuando llega al poder en cualquier país civilizado, pero como el universitario medio actual no incluye entre sus planes el trabajar algún día en cualquier labor que lleve aparejado un salario, jamás les veremos protestar contra los que están haciendo que su vida sea un desastre improductivo sin solución. Lo suyo es la rebelión permanente, el eterno radicalismo y la marginalidad constante, de forma que llegarán a los cincuenta haciendo lo mismo que ahora, protestar, convencidos de que la sociedad tiene una deuda con ellos que se niega a satisfacer.

Llaman a Aznar asesino por una guerra en la que no participó ni un solo soldado español, mientras que Zapatero, que acumula varias decenas de bajas de militares en el mismo escenario, sigue siendo considerado como una especie de Kerensky al que conviene cuidar porque es el único marxista capaz de ganar unas elecciones en España. Mas no pondremos en un difícil aprieto a la universidad pública española exigiéndole coherencia. El Alma Mater es un microcosmos alternativo, donde todo radicalismo es bendecido y exaltado por unas estructuras académicas cada vez más alejadas de la realidad.

Por eso es conveniente que de vez en cuando los invitados les muestren a estos revolucionarios de chichinabo el dedo corazón, en representación de todos los que pagamos su forma de vida hasta que, bien entrada la treintena, deciden incorporarse a un partido político, sindicato u ONG. Y si los padres de las criaturas les suprimieran durante dos semanas la asignación económica que utilizan para expandir la conciencia en los aparcamientos de las discotecas del extrarradio mucho mejor.


Libertad Digital - Opinión

Rigor con rigor se paga. Por M. Martín Ferrand

ESO de tensar y lucir el dedo corazón de la mano derecha como señal de desdén a un auditorio hostil es una costumbre, a más de fea, extranjerizante e impropia de quien presume de ser español, incluso de serlo más que los demás. El gesto, al que algunos -impropiamente- denominan como «hacer la peineta», viene de Italia, tal que el corte de manga que obliga a flexionar el codo derecho, y no el izquierdo, según la pureza del estilo napolitano. Lo nuestro, lo que está escrito por los clásicos del Siglo de Oro, es indicar el desprecio a los demás cerrando el puño y mostrando el pulgar asomado entre el índice y el corazón. Hacer o dar la higa. Si en asuntos tan menores como los anecdóticos y gestuales perdemos el oremus, o lo pierden quienes presumen de autoridad y servicio a la Patria, mal asunto. El rigor es indispensable hasta para los suspiros.

En lo que a la ausencia de rigor respecta, el paradigma se llama José Luis Rodríguez Zapatero, el hombre que se empecina en predicar lo que menos desea, un pacto de Estado que aúne las fuerzas presentes en el Parlamento. Si lo quisiera de verdad, y sobre la base de que su partido, junto con el de Mariano Rajoy, representa a más del ochenta por ciento de los españoles, le hubiera propuesto al PP un gobierno de coalición como el que vinculó en Alemania a los dos grandes del centro derecha -CDU/CSU- y al SPD. Todo lo demás es marear la perdiz, confundir al ciudadano y hacer que se hace para no hacer lo que se debe. Algo que arrastraría un alto coste electoral.

Dado que el servicio a la Nación es un concepto que varía según lo que cada cual entienda por Nación, del mismo modo que el PP de Rajoy escapa, como quien huye del diablo, de la idea de un pacto, quienes desde el nacionalismo propugnan varias naciones diferentes se aprestan a sellarlo con Zapatero. Previo pago de su importe, naturalmente. En un Estado que padece la confusión de su propia identidad, en el que las partes cuestionan el todo, es insensato hablar de pactos coyunturales que no tengan una finalidad unívoca y, para ello, no separatista. España, para nuestra desgracia, se ha convertido en una idea de dimensión variable y cambiante según sean los interlocutores o los intereses que se persiguen. Facilitar con apelaciones pactistas una enfermedad tan grave no es riguroso y, en consecuencia, se merece la falta de respeto de una higa. No de una peineta.


ABC - Opinión

De la Vega: todo vale contra Aznar

De la Vega no duda en colocarse del lado del delincuente y frente a la víctima, en este caso Aznar. Muy desafortunada elección que desde luego debería inhabilitarla como segunda autoridad dentro del Gobierno.

Dentro del Título IX del Código Penal, bajo la rúbrica de "delitos contra el honor", se incluye el artículo 205, que recoge el delito de calumnia. Dice nuestro código que calumnia es "la imputación de un delito hecha con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad".

En este sentido, no cabe duda de que los estudiantes de la Universidad de Oviedo que recibieron al ex presidente del Gobierno José María Aznar al grito de "asesino" o "criminal" cometieron un delito de calumnias que sería perseguible si Aznar decidiera querellarse contra ellos.


Sería de esperar, pues, que el Gobierno, el poder del Estado encargado de hacer cumplir nuestras leyes, desaprobara o al menos no se alineara con unos delincuentes, ya que nada hay más esquizofrénico que declararte valedor de la ley y al mismo tiempo ovacionar a quienes la incumplen, de la misma manera que tampoco hay nada más peligroso para la libertad que utilizar selectivamente el monopolio de la compulsión que le corresponde al Ejecutivo.

No es que este Gobierno nos haya dado motivos para pensar que tiene una muy asentada fe en el respeto al Estado de Derecho. Al fin y al cabo, se trata de un Gobierno que ha tratado de socavar el entramado constitucional para mantenerse en el poder y que hace poco conocimos que hizo valer como un mérito propio ante ETA la comisión del delito de colaboración por banda armada.

Pero aún así, no cabe presuponer que la actitud estándar de los miembros del Gabinete será la de posicionarse con el delincuente, por muy afín que éste sea desde un punto de vista político e ideológico. Sin embargo, el PSOE no deja de degenerar y de mostrar, siempre que puede, su nulo respeto a las instituciones y a las libertades de los españoles garantizadas por el sometimiento a la ley de todos los ciudadanos y poderes públicos. Así, la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, optó por defender a los delincuentes que calumniaron a Aznar bajo el pueril y demagogo argumento de que una sociedad pluralista debe basarse en el respeto a las opiniones ajenas y que éstas deben contrastarse desde el diálogo y no desde el insulto, en clara referencia al gesto que dedicó Aznar a la turba universitaria.

Al margen de que De la Vega parece olvidar que quienes primero insultaron y quienes primero deben ser reprendidos son los estudiantes que calumniaron Aznar, y al margen de lo que cada cual opine de un gesto que también han realizado otras personalidades como el propio Rey Juan Carlos (sin que entonces escucháramos críticas del Gobierno), ambos hechos no son equiparables: llamar asesino a Aznar es un delito de calumnias; el gesto de Aznar podrá ser, como mucho, de mal gusto, pero en ningún caso delictivo.

Ante esa disyuntiva, De la Vega no duda en colocarse del lado del delincuente y frente a la víctima, en este caso Aznar. Muy desafortunada elección que desde luego debería inhabilitarla como segunda autoridad dentro de un Gobierno que, a tenor de sus últimas iniciativas, debería sufrir en breve una crisis. Esperemos que si la purga finalmente se produce, sirva para eliminar a una parte de los peores ministros, entre los que, pese a la muy feroz competencia, se encuentra De la Vega. Pero con Zapatero todo es posible, incluso que la premie con más competencias gracias a los buenos servicios prestados a la izquierda extrema y antisistema.


Libertad Digital - Editorial

Aroma de chantaje

EL Tribunal Constitucional ha acordado la suspensión de dos leyes -la gallega de cajas de ahorro y la valenciana, de reforma del barrio de El Cabañal- por presentación de sendos recursos por parte del Gobierno socialista. Ambas leyes habían sido aprobadas después de amplias polémicas políticas y sociales en Galicia y Valencia. El Ejecutivo ha estado presto a ayudar a los socialistas locales con unos recursos a los que la Constitución privilegia con la suspensión automática de las leyes impugnadas. Si existen o no motivos para estos recursos, es algo que resolverá el TC cuando revise la suspensión cautelar dentro de unos meses, pero llama la atención que el Gobierno haya centrado sus baterías en dos comunidades autónomas gobernadas por el PP, donde el PSOE no está especialmente acertado como oposición. Es cierto que el Gobierno también ha anunciado en las últimas semanas un recurso similar contra la ley catalana sobre registros, pero la entidad política de las leyes impugnadas a Galicia y Valencia es muy superior.

Es oportuno recordar que, al poco tiempo de tomar posesión, en mayo de 2004, el Gobierno renunció a numerosos conflictos de competencia contra leyes autonómicas. Casualmente, la mayoría de las comunidades autónomas beneficiadas estaban gobernadas por los socialistas. Entonces, el jefe del Ejecutivo abogaba por la «paz constitucional». Pero sólo con sus socios nacionalistas y compañeros de partido.

Mientras el Gobierno muestra su celo en la defensa de competencias del Estado, el tripartito catalán sigue desarrollando el Estatuto de 2006 con la cooperación del Ejecutivo, sin diagnósticos similares a los aplicados a Galicia y Valencia y sin preocuparse por la imparable desaparición del Estado en Cataluña. Y también, mientras el Gobierno apela al esfuerzo de todos para salir de la crisis, Zapatero no duda en paralizar la ley gallega que propiciaría una fusión como la reclamada insistentemente por el Banco de España. Además, las cajas gallegas, si no se fusionan a corto plazo, corren el riesgo de no llegar a tiempo para solicitar la ayuda del fondo bancario. Este veto privilegiado en manos del Gobierno es una palanca para doblegar a gobiernos autonómicos, urgidos por la necesidad de cambios políticos o económicos, allí donde los socialistas locales no han podido evitar que se aprobaran las leyes impugnadas. Por eso, estos recursos mezclan la legítima defensa de competencias estatales con un cierto aroma de chantaje.


ABC - Editorial

viernes, 19 de febrero de 2010

Debate inane. Editorial del MCRC

Los síntomas de esclerosis ejecutiva que hemos observado este último año han desembocado en el reconocimiento por parte de Zapatero de su propio desgaste: de la pérdida de la causa de gobernar o de la potencia vital para dirigir las aspiraciones de los gobernados. Ahora, ya, ni siquiera vanas palabras de satisfacción de sí mismo tratan de ocultar el estado de impotencia en que se encuentra para resolver la crisis. Así, atendiendo al sentido pactista del Estado de partidos, preconizado y recomendado por el rey para tiempos de turbación.

Zapatero pide y ofrece “consenso” a todos los grupos de la Cámara, con su mejor voluntad. Este bálsamo de Fierabrás del Régimen sería necesario para afrontar el conjunto de las reformas que requiere la crítica situación. Es decir, un Gobierno sin causa ni razón, quiere durar y sostenerse a costa de no gobernar.

La vida política se reduce a operaciones formales del poder, a pura tramitación de expedientes. Cuando Zapatero dice que “vamos a poner toda la carne en el asador”, lejos de tener la intención de realizar alguna acción sustantiva de poder, anuncia la formación de una comisión encabezada por sus lugartenientes: la vicepresidenta segunda, Elena Salgado, y los ministros de Fomento e Industria, señores Blanco y Sebastián, para que “emprendan un diálogo y una negociación con los diversos grupos”, con el fin de arbitrar medidas que despierten la inanimada competitividad de la economía española, fomenten la creación de empleo (aunque bastaría con que se frenase la destrucción), e impulsen ¡nada menos! que la “reactivación” del modelo productivo. Además, ahora que las arcas públicas están vacías, el Gobierno abriga la esperanza de recaudar más dinero luchando contra el fraude fiscal y derribando los tabiques de la economía subterránea, con lo que podría provocar un hundimiento completo.

Mientras, el jefe de la derecha estatal hace oídos sordos a la operación de socorro orquestada en la Zarzuela, y rechaza el pacto para no hacerse “corresponsable” de la irresponsabilidad gubernamental. Rajoy ha recordado las diferencias ideológicas aducidas, no hace mucho, por Zapatero, para no arrimarse al PP, concluyendo que lo que les separa son diferencias al asumir la realidad. Ajeno a ésta parece estar también don Mariano, cuando reclama una rebelión en las filas del PSOE a causa del desvarío de su patrón, como si no estuviera al corriente de la domesticación oligárquica de los grupos parlamentarios.


Movimiento Cívico República Constitucional

La economía irá a peor; que Zapatero llame a Rajoy

Las previsiones del Banco de España para este año son alarmantes y dejan en evidencia las últimas cifras dadas por el Gobierno.

LAS PREVISIONES económicas del Banco de España para este año son alarmantes, además de demoledoras para el Gobierno. De entrada, destrozan el discurso optimista que Zapatero exhibió el miércoles en la tribuna del Congreso. El organismo que dirige Miguel Ángel Fernández Ordóñez estima que España terminará 2010 con una caída del PIB del 0,5% (el Gobierno pronostica un retroceso del 0,3%). Con esos datos es imposible que el empleo, la principal preocupación de los españoles, pueda recuperarse este año. El Banco de España prevé además que la deuda pública seguirá disparándose. Calcula que crecerá 12 puntos respecto de 2009, para situarse en el 67% del PIB, récord histórico. Estos datos, a los que ha accedido EL MUNDO, forman parte del informe de previsiones que elabora la entidad y que presentará en la primera quincena de marzo.

Tales pronósticos chocan con la euforia mostrada por el presidente en el Parlamento, que le llevó a hacer afirmaciones del tipo «lo peor ha pasado ya», «el tren de la recuperación está próximo», «volveremos a crear empleo neto a finales de año» o «la evolución de la crisis no difiere del resto de la zona euro». Los cálculos del Banco de España apuntan justo en sentido contrario, es más, indican un empeoramiento de la situación en el segundo semestre por la desaparición de estímulos fiscales y la subida de impuestos. Dado que el PIB ha moderado su caída (bajó el 0,1% en el cuarto trimestre de 2009) y puesto que se prevé un efecto de anticipación a la subida del IVA en junio que mejorará los datos de crecimiento en el primer semestre, el pronóstico de que al final de año el PIB acabará descendiendo un 0,5 equivale a asumir que el segundo semestre será desastroso.

Es muy probable que Zapatero maneje esos datos y otros similares. Eso explicaría que ofreciera un pacto a la oposición. Si fuera cierto que la economía mejora y que empieza a verse la luz al final del túnel, políticamente no tendría sentido que el Gobierno diera protagonismo a la oposición, pues estaría haciéndole partícipe del éxito. Es precisamente porque las cosas están peor de lo que se dice por lo que Zapatero está obligado a contar con el PP.

Ahora bien, si el presidente quiere que su propuesta tenga credibilidad debería llamar hoy mismo a Rajoy para convocarle a una reunión, tal y como le han aconsejado en su gabinete. En esa entrevista deberían quedar claras dos cosas: que en la comisión para encontrar soluciones a la crisis no hay asuntos intocables (la reforma del mercado laboral, por ejemplo, tiene que estar incluida) y que los acuerdos que se cierren se llevarán al Parlamento, para que sean ratificados por la Cámara.

Si la invitación de Zapatero es sincera, no debería tener inconveniente en citarse con Rajoy; pero hay indicios para pensar que no va en serio. No se entiende que el portavoz del PSOE en el Congreso continuara ayer su ronda de contactos con los portavoces de la Cámara para buscar acuerdos contra la crisis, una iniciativa que se solapa con la comisión anunciada por Zapatero. Tampoco se sostiene que uno de los protagonistas de esa comisión, caso del ministro José Blanco, se despachase ayer con duras críticas a Rajoy, al que criticó por sus ansias de llegar al poder y calificó de «egoísta» y «codicioso». Extraño talante negociador.

Pese a todo, la vicepresidenta Salgado dio a conocer que el próximo jueves habrá una reunión de todos los partidos que marcará el inicio de las sesiones de la comisión negociadora. Sin embargo, esa cita no tiene sentido si antes Zapatero no se ha sentado con Rajoy para exponer con franqueza los datos de la situación de la economía y para fijar los términos de la negociación.


El Mundo - Editorial

Inspectores de Hacienda denuncian el desmedido afán recaudatorio de la AEAT al exigirles mayor presión sobre los contribuyentes

Nota de Prensa de los Inspectores de Hacienda

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Blanco, de «Pepiño» a «Don José». Por Mario S. Guillén & Erika Montañés

Cuando inició su carrera política en su Galicia natal no parecía que el ministro fuera a destacar.

Azote de controladores, buscador de acuerdos y favorito del presidente.

«¿Será usted, Don José Blanco, el próximo vicepresidente primero del Gobierno?». «Especular ahora con estas cosas me parece divertidísimo para los periodistas, pero muy incómodo para los que tenemos una tarea política y que lo único que nos preocupa es responder adecuadamente al trabajo que nos ha encomendado el presidente del Gobierno. Esas cosas no responden al deseo de nadie. Responden únicamente a la decisión de quien tiene que conformar un gobierno. No tengo ninguna aspiración distinta a cumplir con el trabajo que estoy desempeñando. No me planteo ningún reto más que hacer las cosas bien».

Es la última vez que a José Blanco, el vicesecretario general del PSOE, a la sazón «número dos» del partido, ha tenido que contestar a lo que ya va mutando de un mero rumor a una probabilidad más que certera para suceder a Rodríguez Zapatero como candidato a las elecciones de 2012. El primer paso sería medrar a la Vicepresidencia primera, y el siguiente escalón estaría casi servido para un político que comenzó siendo concejal y portavoz del PSOE en la localidad de la que es oriundo, Palas de Rey, en Lugo. Ya van más de dos décadas intentando quitar la alcaldía de Palas de Rey al PP.

El directo interrogante se lo trasladó ayer el periodista Carlos Herrera al ministro de Fomento durante una entrevista matutina en Onda Cero, y el repaso a la trayectoria imparable de este gallego estaba justificada la mañana en la que periódicos como ABC publicaban que hasta el propio ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, había hablado a las claras en los pasillos del Congreso: «El futuro es Pepe Blanco», le dijo Corbacho a Blanco tras conocer que en la nueva comisión negociadora anticrisis del Gobierno, Zapatero había dejado fuera a dos joyas de la corona: su «mano derecha» en el Ejecutivo y portavoz María Teresa Fernández de la Vega y el propio titular de Trabajo.

Segundo interrogante en la misma entrevista: ¿el futuro entonces es José Blanco? «Los mismos que ahora hablan de Pepe Blanco de forma elogiosa, hasta hace poco tiempo hablaban de "Pepiño" de forma despectiva. Ni me he creído lo primero ni me creo lo segundo». Y completó con otra frase gloriosa: «Son las paradojas de la vida política».

Se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer curso y abandonó.

Esas mismas paradojas reconocen su propia carrera política. Este concejal de una diminuta población entre 1991 y 1999, no ha llegado a ser nunca profeta en su tierra. No en vano, lleva más de dos décadas intentando arrebatar un puñado de votos al popular Fernando Pensado, y lo mismo volvió a ocurrir en las últimas elecciones municipales de 2007. «O Bruxo de Palas», como se apodó a «Pepiño» en su pueblo de manera esotérica, falló con su bola de cristal y no acertó en la quiniela de que el PSOE desbancaría al PP del Consistorio. Pero, como inconformista natural que es, disparó hacia otro lado.

Siendo uno de los pocos políticos que hoy por hoy y estando en primera línea de batalla no ha llegado a completar una carrera universitaria -de hecho, se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer año y abandonó-, su compromiso político se mantuvo inquebrantable y pasó de secretario general de las Juventudes Socialistas de Galicia, a presidente del Consejo de la Juventud gallega. Llegó posteriormente a la Ejecutiva del PSdeG-PSOE y consiguió la Secretaría General del partido en Lugo.

En las elecciones generales de 1989 fue elegido senador, posteriormente fue edil, coordinó el aterrizaje de Emilio Pérez Touriño a la Secretaría General del PSOE de Galicia en 1998 y, desde que el otrora alcalde de Vigo, Ventura Pérez Mariño, le puso en contacto con Rodríguez Zapatero, a Pepe Blanco se le iluminó el camino. Su mayor éxito político fue encumbrar al propio Zapatero, como parte del grupo Nueva Vía capitaneado por Jesús Caldera, Trinidad Jiménez o Juan Fernando López Aguilar.

Sus peores momentos: cuando repartía estopa todos los lunes.
El resto de la historia ya nos suena a todos: como hombre de confianza del secretario general, fue nombrado Secretario de Organización de la Ejecutiva federal del partido, puesto que ocupó entre 2000 y 2008. Ejerciendo de portavoz de Ferraz durante este tiempo, se dedicó a salir los lunes, tras la reunión de la Ejecutiva socialista, a repartir estopa contra el PP, a denostar a Aznar, primero y Rajoy, después, y sembró mucha discordia con su tono siempre duro entre los ciudadanos. Su popularidad cayó en picado. Así se demostraba en cada encuesta. Y es a esa época a la que se remite Blanco para hablar de sus peores momentos en política.

«Pepiño» comenzó su operación «lavado de imagen» en 2008, cuando fue nombrado vicesecretario general del PSOE como Alfonso Guerra
Todo cambió en 2008. Ahí comenzó la operación «lavado de imagen» y el ascenso meteórico, que pocos políticos han podido completar como él. En el XXXVII Congreso del PSOE (2008), Blanco fue nombrado vicesecretario general del PSOE, un puesto que sólo había ocupado anteriormente Alfonso Guerra, señal de la verdadera influencia que tiene Blanco en el partido. Fue el hombre elegido, además, para restañar heridas abiertas en el partido en Navarra y en su tierra, Galicia, una determinación que ha llevado a algunos a pensar que su futuro sería sustituir al secretario gallego Manuel Vázquez, que está de paso, para rebatir a Núñez Feijóo la Presidencia de la Xunta en los próximos comicios autonómicos.


Pero la progresión de Blanco está en la capital. Su nombramiento como ministro de Fomento el 7 de abril de 2009, dentro de una profunda remodelación del Gobierno, así lo demuestra. Blanco fue el hombre escogido para el departamento clave, el de la alta velocidad, las infraestructuras y los éxitos de popularidad, eliminando definitivamente a un elemento «discordante», Magdalena Álvarez. Nadie duda de que si la malagueña continuase siendo titular de Fomento, no estaría hoy en la comisión de Zapatero, en el sanedrín y núcleo de pesos pesados del Gobierno que pretende encauzar la salida de la crisis.


Su nombramiento como ministro de Fomento sorprendió a todo el mundo. Era tal el desgaste que había sufrido como secretario de Organización del Partido Socialista que nadie pensaba que José Blanco López fuera a estar a la altura de una cartera tan importante. A diferencia de su antecesora, Magdalena Álvarez, que había estudiado Empresariales, o de otros ministros de Fomento como Álvarez Cascos (ingeniero de Caminos, Canales y Puertos), Blanco no tenía formación universitaria ni fama de ser una persona preparada.

Sin embargo, el político gallego supo aprovechar la oportunidad que Zapatero le brindaba y coger por los cuernos el toro del Ministerio que más invierte, Fomento, un brazo armado del Estado de primer nivel y cuya labor es imprescindible en tiempos de crisis. Desde el primer momento supo ponerse a la clase empresarial a su favor prometiendo ambiciosos planes de inversión en infraestructuras (unos planes que ahora quedan en entredicho) para los cuales propuso un novedoso modelo de financiación público-privada que ya se ha utilizado con éxito en otros países. Pero Blanco sabía que el dinero no caía de los árboles y sus planes encontraron desde el primer momento el total apoyo del sector, ávido de inversiones públicas que le garantizaran flujo de caja.

Su batalla contra los controladores ha sido vista por la mayoría de los ciudadanos como justa.

Blanco demostró desde el primer día que el pragmatismo iba a ser su principal valor como ministro, recordando cosas como la importancia de que todas las administraciones públicas trabajaran juntas a la hora de realizar conexiones de infraestructuras (es decir que las inversiones se hicieran teniendo en cuenta dónde son más necesarias para la conexión del Estado), algo de sentido común pero no excesivamente repetido en los tiempos de bonanza.

Pero el gran respaldo de Blanco ha venido con el tema controladores. Su batalla contra unos profesionales que cobran de media 200.000 euros anuales ha sido vista como justa por la gran mayoría de los ciudadanos, y su «decretazo» a través del cual interviene la actividad de estos profesionales es una muestra de mano dura inédita hasta ahora en el Gobierno. Blanco justifica la intervención a los controladores en que son los menos productivos de Europa y que encarecen, por tanto, la navegación aérea en un país donde el turismo es un motor imprescindible.

Pero además, el ministro se ha destacado por, a pesar de no tener formación específica, ser el portavoz oficioso del Gobierno cuando se trata de medidas económicas. Él anunció que el Gobierno subiría los impuestos y también que se preveía retrasar la edad de jubilación a los 67 años. También fue don José Blanco el que primero mencionó «un ataque contra el euro y maniobras turbias», en una tendencia que desde el extranjero se tildó de «paranoica». De nuevo Blanco en el centro de la estrategia de comunicación económica del Gobierno.

Muchos critican que sea precisamente él quien haga estos anuncios tan importantes, pero hay que pensar que si Zapatero delega en él estas responsabilidades es por algo. «El futuro es Pepe Blanco». Y si se piensa que, por ejemplo, las próximas reuniones de la comisión que buscará llegar a acuerdos económicos se realizarán en Fomento, la casa de Blanco, parece que no vamos desencaminados.


ABC: Blanco, de Pepiño ..... a «Don José»

Resaca del debate. Por José María Carrascal

EL debate sobre la crisis dejó sensaciones agridulces en ambos bandos. Los socialistas salieron satisfechos de que Zapatero lograra sobrevivir a los errores que ha creado, mientras los populares se congratulaban de la rotunda denuncia que Rajoy había hecho de tales errores. El problema para ambos es ¿y ahora, qué? Porque la crisis sigue ahí, amenazadora. De Zapatero ya lo hemos dicho todo. Se ha equivocado de principio a fin de ella, y lo peor es que parece dispuesto a seguir equivocándose. Le pasa lo que al pastor y el lobo, sólo que al revés: ha anunciado tantas veces que la crisis no venía, que cuando anuncia que ha venido, nadie le cree. Y, menos aún, cree en las medidas que toma contra ella. Puede sobrevivir en el Congreso. Puede incluso sobrevivir en España, dadas las peculiaridades de nuestro país. Ya más dudoso es que pueda sobrevivir en las bolsas y mercados internacionales. Y con él, España.

Rajoy es otra cosa. Diría, incluso, la opuesta. No se pierde en argucias ni rodeos. Va derecho al grano. Su argumentación es diáfana; su verbo, contundente. Pero es más un orador parlamentario que de televisión, su punto flaco, pues la televisión es un medio resbaladizo, traidor, como les explicaré el día que la actualidad me deje un hueco. Hoy, me limito a señalar que Rajoy no da tan bien en pantalla como Zapatero y que no aprovecha las posibilidades que ofrece ésta, comenzando por su inmenso radio de acción y su ingrediente de espectáculo. Habla para los suyos, olvida al resto. Para mí, se equivocó al no presentar la moción de censura. ¿Que no contaba con los votos necesarios para ganarla? Ya lo sabíamos. ¿Que iba a perderla? Desde luego. ¿Que no tenía un programa alternativo, como le acusan sus adversarios? ¡Claro que lo tenía! Le hubiese bastado con presentar la lista de medidas enumeradas durante el debate. Y hubiese dado un golpe de efecto impresionante, desconcertando al contrario y demostrando a los españoles que está dispuesto a gobernar. Si espera a tener los votos necesarios o a que los diputados socialistas desbanquen a su jefe, mejor que se busque una silla y se siente. En España, es muy fácil gobernar y muy difícil hacer oposición, contra lo que generalmente se cree. Por eso los gobiernos se eternizan en el poder y si caen, es más por sus errores que por causas foráneas. Los españoles somos gubernamentalistas por naturaleza, no importa quién mande, de ahí que a la oposición le cueste tanto arrancar. Si quiere hacerlo, tiene que actuar con audacia e imaginación, aprovechando el menor error del rival, Zapatero los ha cometido a montones. Pero Rajoy no ha sabido aprovecharlos, creyendo que con denunciarlos, bastaba. Y en esta tierra de garbanzos, con denunciar los errores del gobierno no basta, tal vez porque los españoles, dando por descontado que todos los gobiernos se equivocan, votamos sólo a «los nuestros».

ABC - Opinión

Antipática confusión. Por M. Martín Ferrand

LA política española, en su conjunto y en sus porciones, se ha vuelto tan hostil y desagradable como un aeropuerto. Quizás sea que, al vaciar de contenidos los dieciocho parlamentos que debieran ser el centro de las confrontaciones y las divergencias, el sucedáneo de debate público que ha instalado la partitocracia se desparrama por todas partes y lo mismo llega a un campo de fútbol que a la capillita de una parroquia periférica. Se ha impuesto la confusión, imperan las malas maneras, el desprecio al adversario y al vecino y se impone la ignorancia de los asuntos y problemas que, verdaderamente, interesan a los ciudadanos. Aquí -como en los aeropuertos, ya digo- cualquiera puede explorarte los bajos por si llevas matute escondido, o requisarte la colonia y el desodorante. Le hemos perdido el respeto a la autoridad y la autoridad nos lo ha perdido a nosotros.

Después de dos años de una crisis que es auténticamente dramática en lo social y demoledora en lo económico, tras una solemne sesión del Congreso, el fruto tangible de la ceremonia es la creación de una comisión gubernamental que, junto con la oposición, estudie lo que ya debiera haberse estudiado y proponga los remedios que, desde la exigible responsabilidad del Gobierno, ya tendría que llevar unos cuantos meses de aplicación e, incluso, haber proporcionado algún fruto. El equipo de José Luis Rodríguez Zapatero, agazapado, trata de transferir a la oposición una cuota de su exclusiva responsabilidad y parte de la oposición, como los oportunistas raqueros de CiU, aceptan el reto por si la circunstancia pudiera ser útil a lo que dicen que es el interés de Cataluña.

Antíer, Mariano Rajoy apuntó en la Cámara la responsabilidad que, sobre la de Zapatero, recae sobre todo el Grupo Socialista y, aunque se trata de una incuestionable verdad democrática, el líder del PP ha tenido que soportar por ello el despiadado vapuleo con el que aquí solemos tratar a quienes se supone que nos representan. Si asumimos el parlamentarismo que proclama la Constitución -esa herramienta que unos usan para clavar y otros para aserrar-, lo correcto sería, en aras de la democracia interna en la que se ciscan nuestros partidos, que la primera instancia de censura al fracasado presidente del Gobierno fuera la de quienes le encumbraron; pero eso, tan británico, es poco celtibérico. Aminora el follón y no desparrama la basura.


ABC - Opinión

Aznar, insultante. Por Cristina Losada

Quien piense que fue Aznar el injuriado en esta historia, se equivoca y mucho: él ha sido el injuriador. Así contarán el episodio, qué digo, ya lo están contando, quienes han hecho del odio a Aznar el fundamento de sus actitudes políticas.

Una vez, en un tranvía de Varsovia, el filósofo Leszek Kolakowski escuchó la orden siguiente: "¡Avancen hacia atrás, por favor!". Aparte de los viajeros de aquel vehículo, parece que también oyeron y obedecieron la paradójica instrucción muchos pasajeros de la izquierda española. Sin embargo, ni el antifranquismo retrospectivo ni el republicanismo sobrevenido ni ninguna otra de las marchas hacia atrás que han emprendido nuestros regresistas desatan la furia de pasiones que concita la figura de Aznar. El paso del tiempo sólo las acentúa y así, en la Universidad de Oviedo, el ex presidente hubo de pronunciar una conferencia bajo un torrente de improperios, lo que afianza la sospecha de que la civilización se ha ido retirando de aquellas, otrora nobles, instituciones del saber.

A Aznar le llamaron terrorista y criminal de guerra y asesino, individuos que ingirieron sus primeras litronas con los aditivos intoxicantes que fabricó el PSOE para que las criaturas creyeran que el señor del bigote tiraba bombas para matar a niños en Bagdad y se relamía al hacerlo. Los reventadores del acto fueron, asegura El País, "un grupo de jóvenes", vaya la inocencia juvenil por delante, pero al igual que sus mayores son fieles a la perversa noción de que no hay más terroristas que aquellos que combaten el terrorismo. Si, como Aznar, son víctimas del terrorismo, con más motivo aún. Larga vida ha tenido aquella consigna –¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!– que resume el desorden moral de la izquierda ante el fenómeno del terror y, en particular, ante ETA.

Lejos de inclinar la cabeza y pedir perdón por existir, Aznar saludó a la hostil afición con un gesto que el periódico mentado califica de "insultante". Y es que para insultar, Aznar. Sus columnistas de guardia ya estarán afilando el cuchillo para resaltar cuán grosero fue el ex presidente y qué poco respeto mostró por la libertad de expresión de unos universitarios que ejercitaban su legítimo derecho a la crítica. Pues quien piense que fue Aznar el injuriado en esta historia, se equivoca y mucho: él ha sido el injuriador. Así contarán el episodio, qué digo, ya lo están contando, quienes han hecho del odio a Aznar y, en definitiva, del odio, el fundamento de sus actitudes políticas.


Libertad Digital - Opinión

Blanco y radiante. Por Ignacio Camacho

DE las ruinas del zapaterismo está emergiendo Pepe Blanco, quién lo iba a decir, como valido para escoltar y proteger a un presidente desnortado, superado por los acontecimientos y en sus horas más bajas. En un Gobierno quemado en pleno desbarajuste, presa del síndrome de burnout, el ministro de Fomento ha transformado su perfil de aparatchik partidista para vestirse con el traje de político de Estado; un proceso que retrata a una política y a un Estado en los que puede cobrar valor un dirigente sin formación académica cuyos méritos más estimables son una potente inteligencia emocional, una intuición natural para la propaganda, una notable capacidad de trabajo y un sensato reflejo de sentido común. En el erial achicharrado de una gobernanza sin rumbo, Blanco toma los mandos abandonados de la dirección socialista y le construye a Zapatero un andamiaje de emergencia para sostener lo único que queda de su proyecto: la fachada.

El equipo vicepresidencial es un trío de zombis. De la Vega ha perdido la confianza y vive al borde de un ataque de nervios, Chaves está en el umbral de la jubilación anticipada y a Elena Salgado le falta sintonía con el número uno, que la tiene desconcertada con sus bandazos de acróbata. En esos espacios sin ocupar se empieza a mover Blanco, favorecido por su dinamismo y su experiencia al frente del partido. Desde el Ministerio se está labrando una imagen alternativa a la del furioso azote sectario que los lunes bramaba contra la oposición y la maltraía a base de consignas y frases de laboratorio. El montaraz y belicoso Pepiño se ha transformado en Don José. Cuida a la prensa, traza consensos con los barones autonómicos del PP y adorna su retrato de eficacia con golpes de efecto como el de los controladores aéreos. El presidente confía en él porque forma parte de sus patas negras, domina la gestualidad publicitaria que es marca de la casa y aún conserva el control orgánico de un PSOE diseñado a su medida. Y además porque provoca en la derecha el suficiente rechazo para aglutinar a los suyos como un nuevo Alfonso Guerra.

Al encargarle coordinar su última ocurrencia, esa comisión anticrisis destinada a la muy zapaterista misión de aparentar soluciones, Zapatero le ha entregado una vicepresidencia de facto que permite efectuar proyecciones de futuro hacia la previsible remodelación del Gabinete en verano. Los especuladores de la capital hacen incluso prematuras cábalas sucesorias porque no hay nada que guste más en Madrid que remover intrigas. Lo cierto, lo constatable, es que el protagonismo de Blanco corre al alza y que crece su peso competencial como portavoz y escudero del presidente. Ha desplazado de golpe a De la Vega, Corbacho y hasta a Toño Alonso. Se le ve radiante, crecido en autoconfianza. Es de esa clase de personas que destilan por los poros su vocación de poder. Y detesta que le llamen Pepiño.


ABC - Opinión

La salida del bloqueo está en el calendario . Por Antonio Casado

La resaca del debate del miércoles confirma la situación de bloqueo político escenificada en dicho debate. Una situación no desmentida en absoluto por la puesta en marcha de ese doble emplazamiento oficial al diálogo, donde el anfitrión es el Gobierno, por un lado, y el grupo parlamentario socialista, por otro. Demasiado confuso como para confiar en que de ahí salga algo ni remotamente parecido a un pacto nacional contra la crisis económica. Ni lo sueñen.

Basta con reparar en la banda sonora socialista del día después. El estribillo nos recuerda que el PP sigue sin querer arrimar el hombro. El ministro Blanco, ex Pepiño, criticaba ayer “la codicia y el egoísmo de Rajoy, por no querer anteponer el interés general para salir de la crisis a su interés personal para llegar a la Moncloa”. Asimismo la banda sonora del PP insiste a todas horas en su enmienda a la totalidad de la política del Gobierno. “Después de dos años de Legislatura todo el mundo está de acuerdo en que así no se puede seguir”, decía más o menos a la misma hora Mariano Rajoy, añadiendo que en esas condiciones la única solución es que el Gobierno cambie de presidente o éste anticipe las elecciones generales.


El punto de bloqueo lo encontramos en la réplica del presidente del Gobierno: “Presente usted una moción de censura”. Ahí se cierra la secuencia porque ninguno de los dos quiere utilizar la respectiva herramienta disponible para este tipo de situaciones. A Rodríguez Zapatero le faltarían votos para ganar en las urnas. Y a Rajoy le faltarían escaños para ganar en el Congreso una moción de censura. Ninguno de los dos acepta ni aceptará la amable invitación al suicidio político que el adversario le propone. Es lógico. También es paralizante.

Además de elecciones anticipadas y moción de censura, queda otra posibilidad de desbloqueo. Me refiero al llamado Pacto de Estado, que nunca sería tal sin la firma de los dos grandes partidos. Pero también este camino se nos cierra porque eso no les interesa a ninguno de los dos. Por razones electorales, claro, aunque ambos compitan en la representación de la comedia. Farsantes, los dos. Si el PP firmase un pacto de Estado contra la crisis económica se quedaría sin discurso, que está basado en la confrontación. Y si lo firmase el PSOE se quedaría sin coartada para acusar al PP de no arrimar el hombro.

De modo que la farsa continúa con esa confusa ronda de contactos de los líderes políticos de doble anfitrión. En el caso del Gobierno, recibe la vicepresidenta Salgado, asistida en comisión por los ministros Blanco y Sebastián. En el caso del grupo parlamentario recibe el portavoz, José Antonio Alonso.

Detrás de la farsa, Zapatero y Rajoy no dejan de mirar el calendario. Ahí está realmente la clave de su respectivo futuro político. Ni en las elecciones anticipadas ni en la moción de censura. La clave está en la marcha de la economía durante el tiempo que queda hasta el agotamiento de la Legislatura. Si la recuperación llega antes de marzo de 2012, Zapatero volverá a tener posibilidades de reengancharse. Y si es al revés, será Mariano Rajoy quien gane la Moncloa. Y lo demás es marear la perdiz.


El Confidencial

Gore. Por Alfonso Ussía

No albergo intención alguna de iniciar una polémica con Al Gore. Polemizar con quien desconoce la existencia del contrincante es absurdo. No obstante, y por si las moscas, se lo digo: «Al, eres un caradura». Acaba de publicar un nuevo libro, con título sugerente: «Nuestra elección: Un plan para resolver la crisis climática». Al Gore tiene narices. Ha ganado el Nobel de la Paz, el Príncipe de Asturias y un Oscar. Le funciona el aparato perfectamente. Me refiero, claro está, al aparato propagandístico, que del funcionamiento del otro prefiero seguir en la ignorancia más absoluta. El título del nuevo libro de Al Gore es cómodo para adquirirlo en cualquier librería. –Buenos días–; –buenos días–; –¿Tienen ustedes el libro «Nuestra elección: Un plan para resolver la crisis climática», del profesor Al Gore?–; –lo tenemos. Como usted sabe, los derechos de autor son para las ardillas de Montana, los pingüinos de la Antártida y los buitres leonados de Herzegovina–; –Pues me llevo diez, por solidaridad–.

Al Gore critica a los «lobbies» energéticos, pero no al suyo. Afirma que la petrolera Exxon Mobil «pagaba 10.000 dólares por artículo que cuestionara el cambio climático». He escrito varios artículos cuestionando el cambio climático, y Exxon Mobil no ha tenido el detalle de enviarme ni un centavo. Cuando Gore publicó su primer libro, con título más apacible, «Una verdad incómoda», se supo que en su casa se consumía veinte veces más energía que la media, y que cobraba 200.000 euros por conferencia. Me molesta el último dato. Envidia, cochina envidia española. Mis conferencias salen abrumadoramente más baratas, y séame permitido el desahogo de decir que son mucho más interesantes y divertidas que las de Al Gore. Otra cosa que me preocupa de Al Gore es que cada día que pasa se parece más físicamente a Federico Mayor Zaragoza. En el aspecto, están entre Pili y Mili y los Hermanos Calatrava.

En su libro que no ha escrito, Al Gore arremete contra los que niegan el cambio climático y el calentamiento global. Pocos libros se van a vender –me ciño a España–, en la mayor parte de las provincias españolas, que este invierno han protagonizado un calentamiento global de tres mil pares de «eggs». Pero no se trata de reducir la controversia a las experiencias locales. Sucede que alguno de los gurús de Al Gore ha reconocido que ha falseado datos y publicado trampas perfectamente urdidas. Y que lo que tiene Al Gore no es una pasión por la energía blanca y todas esas vainas, sino un negocio formidable que le va viento en popa a toda vela. Y el que escribe textualmente «la sociedad tendrá que cambiar algo más que las bombillas» consume en su casa veinte veces más que en otra casa cualquiera, lo que da a entender la dimensión vertical y horizontal de la carota de Al Gore.

El libro de Al Gore es una cadena de tópicos y lugares comunes del ecologismo «sandía». El equilibrio se encuentra en el respeto hacia la hermana ardilla, el hermano cachalote y el hermano glaciar Perito Moreno, siempre que se acepte como principio incuestionable el mismo respeto hacia el hermano ser humano. Para Al Gore, que ha sido vicepresidente de los Estados Unidos, es más lamentable el desprendimiento de un bloque de hielo que los muertos por una guerra. Pero vende el tío. Un fenómeno. Corran y adquieran su último libro, si es que tienen cabeza para memorizar su título. Y es igualito a Mayor Zaragoza.


La Razón - Opinión