sábado, 23 de enero de 2010

Los principios de Aznar frente a los complejos de Rajoy

Han bastado unos minutos en televisión para que el discurso liberal de Aznar que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un cada vez más taciturno y acomplejado Rajoy.

La situación política, social y económica de España es ciertamente crítica. El consenso constitucional sobre el que se asentó la democracia se ha ido desmembrando de manera progresiva hasta prácticamente desaparecer. Ya sucedió durante los gobiernos de Felipe González cuando trató de recrearse el modelo mexicano del PRI (la dictadura perfecta, en palabras de Vargas Llosa); un proceso que, por fortuna, fue abortado en 1996 por la victoria de José María Aznar y su conato de regeneración institucional y democrática: la Segunda Transición, tal y como la denominó el ex presidente del Gobierno en uno de sus libros.


Zapatero, sin embargo, ha continuado y radicalizado la obra que dejó inacabada González. De hecho, pocos serán quienes no vean que el imperio de la ley se está disolviendo en los enjuagues de una partitocracia cada vez más liberticida. El PSOE tomó el poder en 2004 y lo mantuvo en 2008 mediante el pacto y las cesiones a partidos contrarios a las instituciones constitucionales actuales, como Izquierda Unida o Esquerra Republicana de Cataluña. Todos los límites al poder político, a su poder político, han ido estallando uno a uno en un intento de eliminar todos los contrapesos: la justicia, la educación, los medios de comunicación, internet, las víctimas del terrorismo, la Iglesia o incluso la oposición política.

Esto es, precisamente, lo más grave que ha sucedido en esta segunda legislatura de Zapatero: no que el líder socialista haya proseguido con este proceso de boliviarización de la vida política española, sino que la oposición haya renegado de su papel y se haya sumado entusiasta al proyecto zapateril por pensar que así heredará los escombros del régimen.

A las ya conocidas renuncias a combatir el nacionalismo, a defender la libertad lingüística, a proponer un modelo económico alternativo al socialismo, a fiscalizar la política antiterrorista del Gobierno, a buscar la verdad en el 11-M, a impulsar una justicia independiente del poder político, a purificar su organización de cualquier sospecha de corrupción, a defender del derecho a la vida para todos los seres humanos, incluido el nasciturus, a eliminar el adoctrinamiento educativo o a promover un uso nacional del agua, el PP ha añadido esta semana dos nuevas afrentas contra los valores y principios de sus votantes.

Primero fue el apoyo entusiasta a la Ley Sinde, ese proyecto por el que el PSOE pretende cercenar las libertades de los españoles en internet con la excusa de proteger un "derecho fundamental" inexistente como es el de la propiedad intelectual. Más tarde hemos tenido que contemplar cómo la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, volvía a actuar como candidata del PP a la presidencia de Castilla-La Mancha al tratar de expedientar a los ediles populares de la localidad de Yebra por postular a ese municipio como sede del Almacén Temporal Centralizado. En otras palabras, pese a que el PP supuestamente defiende el uso de la energía nuclear, el nuevo PP está siendo el primero en sumarse a la típica retórica antinuclear de los grupos ecologistas.

Frente a esta confusión del PP de Rajoy contrasta la claridad con la que José María Aznar ha afrontado algunos de los principales temas de actualidad en la entrevista que el realizaron ayer en TVE. En unos pocos minutos, el ex presidente del Gobierno ha dejado meridianamente clara su opinión sobre el obstáculo que suponen las políticas keynesianas de Obama para la recuperación económica, sobre el proceso de desmembración nacional a través de los nuevos estatutos o sobre la política antiterrorista del Gobierno que, más bien, vino caracterizada por el abierto entendimiento.

Han bastado unos instantes para que el discurso liberal que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un taciturno y acomplejado Rajoy. Lo que la nueva dirección popular no termina de entender es que para encauzar el desnortado rumbo que está siguiendo España de la mano de Zapatero no basta con ganar las elecciones a los socialistas, sino que se vuelve imprescindible imprimir unos nuevos principios a nuestra democracia; principios que Rajoy y los suyos están importando del PSOE y que Aznar sabe extraer del ideario liberal sobre el que se fundamentan todas las sociedades libres, avanzadas y prósperas.

Sería deseable que el nuevo PP se fijara más en el antiguo PP, el único que hasta la fecha le ha proporcionado éxitos a su partido y a España. De momento, sin embargo, parece que prefiere emular al PSOE, la única estrategia que ni les ha traído éxitos a ellos ni a España.


Libertad Digital - Editorial

¿Ayuda al desarrollo o a uno mismo?. Por José María Carrascal

El primero que puso en duda la «ayuda al desarrollo» fue Freimut Duve, hace ya cuarenta años, en su libro «Entre el hambre y el miedo». Sebastián Haffner la descuartizó en su ensayo «Escepticismo ante la ayuda a los países en desarrollo», publicado poco después, en la revista «Konkret». Lo que no ha impedido que tal ayuda se haya multiplicado hasta el punto de que, a estas alturas, forma ya parte de la escena mundial, con todo tipo de canales, nacionales e internacionales, gubernamentales y privados, conocidos por el nombre genérico de Organizaciones No Gubernamentales u ONG. Con un resultado tan poco efectivo como el de una gota de agua en una plancha al rojo. La pobreza en el Tercer Mundo ha aumentado de tal manera que ha habido que inventar un Cuarto Mundo, para designar el infierno donde viven aquellos a los que falta no sólo lo más elemental, ropa, agua, comida, medicinas, techo, sino también la seguridad básica que garantiza que, en cualquier momento, no llega un individuo que te asesine, para quitarte las cuatro cosas que tienes o, simplemente, por pertenecer a otra tribu.

Si nos ponemos a evaluar fríamente, la ayuda al desarrollo ha sido el mayor fracaso colectivo de los últimos tiempos, al no haber alcanzado no ya su objetivo final -elevar el nivel de los pueblos a que va destinada-, sino su objetivo mínimo: lograr que sus habitantes se queden en sus países y no inunden los nuestros como una inmensa marea. Hoy, siguen llegando, sin importarles las barreras que se les ponen ni los riesgos que corren en el viaje. Pues siempre será preferible vivir al raso en la Plaza de España de Madrid o bajo un puente del Sena que en Conakry o Accra. Es la mejor prueba del fracaso de la ayuda a los países en desarrollo.

Sin embargo, dicha ayuda continúa. Incluso con más intensidad que nunca, en parte, en un esfuerzo inútil para contener esa avalancha, en parte, en un intento ya más logrado de acallar nuestras conciencias. Y aquí debo aclarar dos cosas importantes. La primera: que hay ONG y ONG. Mientras algunas cumplen una labor admirable -pondría a la cabeza Médicos sin Fronteras, junto a las monjas que de antiguo vienen ayudando a pobres sin discriminación alguna-, hay otras que, más que ayudar a otros, ayudan a sus patronos, y digo esto por conocer a algunos de ellos que han hecho de su ONG un medio de vida muy confortable. En cualquier caso, las ONG no resuelven el problema de la miseria en el mundo, aunque puedan resolver algunos casos particulares. Es incluso posible que sean analgésicos que calman el dolor de esos pueblos, pero no curan su enfermedad, condenándolos para siempre a ella. El segundo punto que deseo aclarar es que la ONU tampoco es una solución para este problema. Ni para ninguno. Veinticuatro años como corresponsal en ella me han enseñado que la ONU sólo sabe enterrar muertos y poner de acuerdo a los que ya lo están. Si una de las partes en conflicto rechaza el compromiso, el conflicto sigue abierto. Tan simple como esto. O sea que creer que la ONU puede acabar con la pobreza es tan iluso como creer que puede traer la paz al Oriente Medio o impedir la nuclearización de Irán. La ONU es nuestra coartada para convencernos de que hacemos algo sin hacerlo, y cuanto más apelemos a ella, más ingenuidad o hipocresía destilaremos. Apelar a la ONU, en fin, es como apelar al Rey en una democracia parlamentaria para que resuelva nuestros problemas. En una democracia parlamentaria, el Rey no tiene poderes ejecutivos. Los tienen los partidos, los tribunales, las Cámaras. Como tampoco los tiene la ONU, donde quienes mandan son los Estados miembros. Y los Estados miembros van cada uno a lo suyo. En resumen, que esperar de la ONU que resuelva la miseria del mundo es aún más ilusorio que esperar que la resuelvan las ONG.

Aclarados estos dos puntos, podemos entrar ya en el meollo de nuestro asunto. ¿Cómo es posible que pese al aumento constante de la ayuda y cooperación internacional, los países ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres? ¿Cómo se explica que el foso entre ellos se haga cada vez mayor? Freimut Duve lo apuntó acertadamente ya hace casi medio siglo en el libro citado: la causa es que, mientras el precio de las materias primas bajan, el precio de las manufacturas se multiplica. Lo que reciben por su café, su cacao, su azúcar, su mineral de hierro, de cobre, etc., etc., los países subdesarrollados no cubre ni de lejos lo que les cuestan los productos que compran en los industrializados. Y la ayuda que reciben de éstos, advierte Duve, no es más que una parte ínfima de esa diferencia abismal entre sus balanzas comerciales, algo así como una propina. Si a ello se añade que muchas materias primas, desde la lana a la madera, han sido sustituidas por productos sintéticos, como la fibra y los plásticos, y que tanto la agricultura como la ganadería han evolucionado de tal forma que el Primer Mundo no necesita importar tales productos del Tercero, tendremos una situación desastrosa para éste, agravándose, además, cada año que pasa. Esto es así por pertenecer a la misma naturaleza de las cosas, incluida la naturaleza humana, y no hay forma de cambiarlo.

La única forma de superarlo no es con «más ayuda para el desarrollo» tal como venimos practicándola, que en el fondo no se diferencia mucho de aquellas benditas organizaciones caritativas de señoras pudientes, que intentaban aliviar la miseria de los pobres de su ciudad con tómbolas benéficas y partidas de canasta, antes de existir una red social por parte del Estado. Aquellas organizaciones caritativas se llaman hoy ONG, sin mucho más éxito en resolver el problema de la pobreza en el mundo.

La única solución es que esos Estados que meramente subsisten, y a veces ni siquiera eso, se industrialicen y puedan competir con los ya industrializados en un plano de mayor igualdad. Pero la industrialización es un proceso largo, lento, complejo, aparte de «cruel, inhumano incluso,» según Haffner, ya que obliga a transformar una sociedad campesina en otra completamente distinta. Centroeuropa lo hizo en el siglo XIX, y las novelas de Dickens y Zola nos dan cuenta de los sufrimientos experimentados por buena parte de la sociedad inglesa y francesa hasta alcanzar ese nivel de desarrollo, montado en el capitalismo más salvaje. Que no se diferenciaba mucho del capitalismo del Estado o comunismo, cuyo proceso de industrialización en la Unión Soviética, China y Cuba tampoco le anduvo a la zaga en cuanto a sufrimiento de la población. Lo que difieren son los resultados. En Rusia, mediocres. En China, mejores. En Cuba, desembocando en un callejón sin salida.

Aunque también nosotros que nos encontramos en ese callejón. La «ayuda al desarrollo», tan como venimos practicándola, es ayuda, pero no desarrollo, y Haití es el mejor ejemplo de ello. Ahora bien, el «capitalismo del Estado» tampoco garantiza el éxito, manteniendo en cambio la miseria. Tal vez una solución sería un «colonialismo a la inversa», esto es, poner a los países subdesarrollados bajo la tutela de sus viejas potencias coloniales, pero no para que éstas se beneficien de sus riquezas, como hicieron, sino al revés, para que se encarguen de su desarrollo, estableciendo allí los sistemas educativo, legal, sanitario, administrativo, industrial, que les permitan empezar a funcionar como Estados hechos y derechos, que hoy no son, ni lo serán nunca de continuar por el camino que van. Se trataría, en fin, de llevar a la práctica el proverbio chino «Si das a un pobre un pez, comerá hoy. Si le das una caña y le enseñas a pescar, comerá toda su vida.»

Pero ¿quién regala una caña y enseña a pescar en los jorobados tiempos que corren?


ABC - Opinión

Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE



Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE

viernes, 22 de enero de 2010

El hundimiento de la percepción económica de España. Por Roberto Centeno

El disparate económico de la semana, ha sido la publicación ayer por el Financial Times, de algo que desde este programa he venido denunciando por activa y por pasiva desde hace más de un año: que LA BANCA, con el apoyo del Banco de España, ESTÁ FALSIFICANDO LA REALIDAD DE SUS BALANCES, en concreto y al contrario que en el resto del mundo, en lugar de valorar sus activos a precio de mercado “mark to market”, los valora al precio de adquisición o casi, cuando el precio de mercado puede ser hasta un 50% inferior en el caso de la vivienda, y hasta un 90% inferior en el caso de los terrenos.

El diario británico no es el primer medio en hacerse eco de esta falsedad, pero si el de mayor repercusión. ¿Y qué nos dice?, pues que la morosidad real de muchos bancos es casi el doble de la oficial, y eso que no tiene en cuenta, ni las refinanciaciones de préstamos que jamás serán devueltos, ni los aplazamientos a empresas quebradas, ni los agujeros de grandes sociedades como Reyal Urbis o Metrovacesa, que tampoco podrán repagar su inmensa deuda, se limitan a calcular el valor de mercado de lo que denominan propiedades inmobiliarias adquiridos, fundamentalmente viviendas – no está claro que incluyan también terrenos y otros activos -, y ver su diferencia con el valor contable.


Pero el diario es muy concreto en sus datos con los bancos cotizados que son los que interesan a sus lectores, así explica, por ejemplo, que la morosidad real del Popular es del 8,43% frente al 5,43% oficial, la del Sabadell del 6,82% frente al 3,87%, la de Banesto del 4,2% frente al 3,02, etc, no es de extrañar por ello, que los especuladores estén apostando por una fuerte caída del valor de los mismos, vendiendo masivamente sus acciones. Solo Santander y BBVA salen mejor librados, porque el engaño no es tan grande, y porque el Santander obtiene los 2/3 de sus beneficios en el exterior y el BBVA los 2/5. Y esto son los bancos, de las cajas ni habla, donde la situación es de quiebra pura y dura en la mayoría, y sin embargo ahí tienen Uds a los presidentes autonómicos, Feijoo por ejemplo, más chulos que un ocho, diciendo que las cajas de la taifa son de la taifa y de nadie más, mientras exigen nuestro dinero y nuestros avales, para salvarse de la ruina.

El Banco de España, en su línea de mendacidad habitual, dice que la morosidad en noviembre ha sido del 5.05%, 92.624 millones de euros, con un par. Cuando la realidad supera los 200.000 millones, una cifra escalofriante, de los cuales unos 120.000 millones corresponde a las cajas de ahorro, no los 48.000 millones que falsamente les atribuye el BdE, y de los cuales a su vez entre un 20 y un 25% serán fallidos (1). Y esto es solo la parte “fácil” del problema, la parte difícil es como devolver los casi 400.000 millones que deben al exterior y que son incapaces de repagar. El año pasado necesitaron casi 60.000 millones de avales del Estado para renovar préstamos, y este año ya ha pedido otros 50.000 millones, porque no son capaces de devolver casi nada. ¡Pero no le da a Ud. vergüenza D. Miguel Ángel!, este es un proceso de locos que nos lleva a la ruina. Tome nota de lo que hizo su predecesor, el injustamente vilipendiado Mariano Rubio, en la crisis de los 80, donde intervino 52 entidades de 100, sin que le temblara el pulso, e intente imitarle. Deje ya de amagar y no dar, deje ya de cubrir con sus mentiras a esta panda de golfos, y sobre todo deje de amenazar con utilizar el “bate de béisbol” como gusta llamar al artículo 7 del Real Decreto del FROB, que le autoriza a intervenir una caja de ahorro insolvente y poner en la calle a sus gestores, y utilícelo y póngalos en la calle ya, antes de que el estropicio se lleve por delante lo que queda de país. El problema es que los barones autonómicos, con el apoyo de Rajoy y Zapatero le toman a Ud. por el pito del sereno, y que ha demostrado no tener lo que hay que tener un regulador para actuar, mientras la situación empeora cada día. Empiece a actuar de una santa vez, ¿se puede saber a que espera?…

Y entre tanto, la situación económica se agrava cada vez más, pero con un diferencia. Los mercados y la prensa internacional son ya conscientes de lo que se avecina, lo que precipitará los acontecimientos. Goldman Sachs, el primer banco de inversión mundial, ha dado un giro de 180º a su percepción sobre España, y recomienda desde ayer vender toda la deuda española, para protegerse ante un posible impago de la misma. Y el Deutsche Bank ha hecho lo mismo, y varios diarios internacionales señalan ya que después de Grecia quebrarán España y Portugal. La dictadura mediático televisiva de Zapatero y sus secuaces, y una oposición mentirosa, corrupta y traidora – han aceptado la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y ¡acaban de apoyar el proyecto Sinde de restricción de las libertades fundamentales, con el cierre de los blog de internet contrarios a los puntos de vista del gobierno! Solo Rosa Díez se ha enfrentado al proyecto y propuesto eliminarlo si UPyD saca los suficientes votos! – que allá donde gobierna, hace todo lo contrario de lo prometió a sus votantes y de lo que predica, ya solo engañan a los españoles, y espero que cada vez a menos. 2010 será una año de continuidad en el hundimiento y al final estaremos ya al borde del desastre.

RESPUESTA A CARLOS Y A MORGLUM SOBRE EL AGUA

Carlos y Morglum, Morglum y Carlos. Me resulta no solo increíble sino particularmente triste lo que comentáis sobre el agua. Y me resulta particularmente triste por ver a dos personas inteligentes y valiosas infectadas del virus de la degradación intelectual y moral de este régimen de miserables. ¿En qué país del mundo civilizado el agua no es un bien común?, ¿en qué país del mundo se blindan los ríos? “Todo el agua se tira al mar” (excepto en Israel donde no se tira ni gota), eso es una memez como decir “la tierra pertenece al viento” o “volverán las oscuras golondrinas”, si un río, el Ebro, ha arrojado en las últimas dos semanas al mar más de tres veces más agua que la necesitaba el Plan Hidrológico, ¿por qué coño no se va poder coger ese agua en la desembocadura y llevarla a donde se necesita? Pues porque Zapatero es un miserable lleno de odio, y como el tema era idea de Aznar, decidió cargárselo para empezar, y para seguir lo utilizó para enfrentar a unos españoles contra otros, algo que forma parte de su siniestro programa, un enfrentamiento en que vosotros habéis picado.

Es decir, un personaje malvado toma una decisión canallesca y siembra la semilla del odio, y la semilla fructifica. Desgraciadamente ha fructificado en muchos, pero sinceramente no pensaba que fructificara en gente como vosotros. Eso es lo grave y lo realmente triste.

Dice Carlos, que los tomates que se riegan con el agua ¿por qué no son suyos? Por Dios Carlos ¿qué rayos tienen que ver unos tomates cultivados con el trabajos de una persona en una tierra de su propiedad, con el agua de un río? Por favor, sé un poco más serio. Llegamos al absurdo de los absurdos.

Y termino Morglum, no tengo ni idea de los estudios de Eraso, pero no nos cuentes una batallita conspiratoria, es imposible que Eraso si es lo que dices que es, y no lo dudo, haya puesto en cuestión un trasvase como el del Ebro, que además y al contrario que el Tajo-Segura, es agua residual cogida de la desembocadura y no en la mitad de su curso. Y si lo ha hecho, que no lo creo, entonces tendría que decirte con toda rotundidad que es un perfecto descerebrado. El agua de un país es de ese país, DE TODO EL PAIS, y no de una región concreta, Y TODAS LA OBRAS HIDRAÚLICAS QUE PUEDAN HACERSE PARA DISTRIBUIRLA DE LA MANERA MAS EFICAZ SON ESENCIALES, sobre todo en un país como España con una distribución hídrica tremendamente descompensada. El trasvase Tajo-Segura lo propuso un Ingeniero de caminos, Lorenzo Pardo, a principios del siglo XX, y luego, como toda las obras hidráulicas de este país lo realizaría Franco, porque estos miserables, tanto los que nos gobiernan como los que supuestamente hacen oposición, viven de la rentas y del expolio, no han hecho nada de nada, excepto llevar a España a la división y a la ruina. Quien defiende que el agua es de cada taifa, aparte de estar para que lo encierren, está defendiendo la destrucción de España y eso no puedo aceptarlo, ni puede aceptarlo una persona racional.

El miserable de Zapatero en un mitin en Valencia poco tiempo después de haber anulado el Plan Hidrológico, que para mas INRI se financiaba con fondos comunitarios, diría “voy a acabar con el problema de la sequía en España, voy a llevar agua a todas partes, si he sido capaz de sacar las tropas españolas de Irak, ¿cómo no voy a ser capaz de traer agua a Valencia?” ¿Y qué ha hecho este mentiroso compulsivo?, nada de nada de nada. Lo que ha hecho es un delito de lesa Patria. Y ahora la Cospedal, traicionando los principios y los valores del PP y todo lo que haya que traicionar con tal de seguir chupando del bote también. Si alguien vuelve a votar a estos gusanos/as merece todo lo que le pase, y le pasará, no lo dudéis.


El blog de Roberto Centeno

Bruselas, ¿tumba de Zapatero?. Por Jos´María Carrascal

«Italia, mi ventura, Flandes, mi sepultura». Así rezaba el lema de los Tercios españoles. Cuatro siglos después, Bruselas puede ser la tumba de Zapatero, a poco que ejecute la política que se había trazado como presidente de la UE. El plan era tan sencillo como ingenioso: Europa empieza a recuperarse, mientras España no lo hace. Él se asigna el mérito de la recuperación europea para calmar el desasosiego español, gana tiempo hasta que sintamos sus efectos y llega a las elecciones de 2012 en condiciones de competir. Por eso empezó la presidencia tan farruco.

Pero como todas las cuentas de Zapatero -la negociación con ETA, los nuevos estatutos-, éstas le están saliendo también como las de la lechera. A los europeos no puede engañarles tan fácilmente como a los españoles y de entrada, le han marcado el terreno con líneas rojas. Esas propuestas suyas, tan sonoras, tan vacías, tan altisonantes, han hecho sonar los timbres de alarma en Bruselas y Estrasburgo, donde conocen a los fantasmones antes incluso de que abran la boca. De ahí que no hayan perdido tiempo en llamarle al orden. El varapalo, recogido y aumentado por los medios de comunicación más prestigiosos, ha sido tan fuerte que lo ha acusado incluso un autista como él a toda sugerencia extraña. Zapatero se presentó el miércoles ante el Parlamento europeo en su versión más humilde, modosa, apocada. Aún así, las advertencias siguieron: ¿cómo quiere arreglar la economía europea si no consigue arreglar la española?, fue el disparo ante la proa. Obligándole a buscar refugió en lo más melifluo de su programa, contra lo que no podía estar nadie: «cooperación», «pacto social», «actitud a la altura de las circunstancias», sin atreverse a hacer propuestas concretas. Alguien ha debido de explicarle que aquel parlamento, incluso medio vacío, no era el español.

Pero Zapatero no sería Zapatero si siguiese en esa línea candorosa. Además de seguir en esa línea, todo su plan se le viene abajo, al no poder adjudicarse la recuperación europea. Así que, tarde o temprano, más lo segundo que lo primero conociéndole, volverá a las andadas, con sus planes de «economía sostenible», «diálogo social» e «interconexiones de mercado», que, al abarcar todo, no abarcan nada y resultando tan peligrosos como una pistola cargada en las manos de un niño.
Europa, en fin, le tiene tomadas las medidas y no va a permitirle que haga en ella las barbaridades que ha hecho en España. Claro que si Europa no se lo permite, ¿cómo va a poder seguir haciendo barbaridades en España? Ese es hoy su dilema, del que sólo podrá sacarle Berlusconi ofreciéndole un buen empleo en su imperio, como a tantos izquierdistas españoles, que hasta hace poco le denigraban o presumían de nuestro sorpasso. Italia nuestra ventura, Flandes nuestra sepultura. En España no ocurre nada nuevo, no ya en décadas, sino en siglos.


ABC - Opinión

La ruptura con la tolerancia. Por Cristina Losada

Son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos.

En una caja olvidada ha aparecido una foto que había dado por perdida. Se la prometí a Somalo y Noya para el libro Por qué dejé de ser de izquierdas, pero no emergió a tiempo de su escondite. Treinta y cuatros años tiene la imagen. Es del 5 de febrero de 1976 y de un concierto de Raimon en Madrid. Aunque no se fue allí a oír música sino a un acto político. Asistieron las figuras más populares de la oposición antifranquista o, para ser precisos, del movimiento contra la dictadura. A esos efectos, Felipe González era un recién llegado. De ahí que su presencia despertara curiosidad entre quienes no siendo líderes de nada, llevaban más tiempo en aquellos trabajos, que no dejaban de ser esforzados y arriesgados. Los únicos socialistas que hasta entonces conocíamos eran los que pastoreaba Tierno Galván.


Las distorsiones de que ha sido objeto esa época, terminal y germinal, son de tal calibre, que un acto como ese concierto-mitin resulta hoy casi ininteligible. Al cabo de un año y medio se celebraron las primeras elecciones. Pienso que ninguno de los que aquella noche gritaron "libertad" sospechaba que cambiarían tantas cosas en tan breve período y, en buena parte, gracias a sus presiones. La "ruptura" que, al principio, reclamaba el grueso de la izquierda no se produjo. Pero ha habido, y es reciente, una ruptura de otra clase. Se ha cortado el cordón umbilical con la generación que alentó la Transición, que deseaba democracia, aunque para una minoría no fuera un fin, sino un medio, y que aprendió a ser tolerante en el proceso.

La política de nuestros días la hacen, en la izquierda, los que estuvieron ausentes de aquellas fatigas. Y no tanto por edad, que había quienes con quince años y aún menos se mojaban, como por indiferencia o, tal vez, miedo. Pero son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos, se remiten a una Historia reducida a panfleto y presumen de representar la continuidad con la izquierda antifranquista. Sin embargo, poco o nada tienen en común con ella. No con aquel PCE de la reconciliación nacional que facilitó que la mutación transcurriera sin traumas. Ni siquiera con aquel González de aire idealista que retrata la foto. De esas cuadras vienen, sí, pero son de otra pasta. El cainismo y el sectarismo que hoy nos asfixian no tienen su origen en aquel tiempo.


Libertad Digital - Opinión

El truco. Por Ignacio Camacho

Siete reformas de la Ley de Extranjería en diez años indican que España no sabe qué hacer con la inmigración. Que falta un criterio coherente sobre el asunto esencial, que es el de cuántos inmigrantes pueden venir y en qué condiciones se pueden quedar. Que la decisión de cerrar o abrir la puerta ha obedecido hasta ahora a impulsos de índole electoralista y no a razones estratégicas de Estado. Y que nuestros grandes partidos son incapaces de acordar un marco estable que sobreviva a su alternancia de poder y a los bandazos políticos de sus propios programas.

Por más que unos y otros se tiren los inmigrantes a la cara, cruzándose acusaciones de buenismo y de xenofobia, la ausencia de claridad alcanza por igual a socialistas y populares, que blanden políticas elásticas improvisadas a tenor de las encuestas de opinión pública. Manuel Pimentel dimitió de ministro cuando Aznar le rectificó sus planes de acogida generosa imponiéndole una legislación restrictiva, y Zapatero se cargó a Jesús Caldera reprochándole una excesiva benevolencia regularizadora... ¡que él mismo le había ordenado! Esa incongruencia legal que ahora admite José Blanco representa también una flagrante incoherencia política en tanto que el Gobierno que reconoce la contradicción no pone voluntad alguna para solucionarla. Simplemente, el poder vive mejor en el limbo de un absurdo porque la ambivalencia jurídica le permite bascular el criterio a medida de la demanda de coyuntura. Hay una ley que sanciona la expulsión de los sin papeles y otra que obliga a empadronarlos; en pura lógica, los empadronados sin permiso de residencia deberían ser de inmediato devueltos a sus países, pero en la práctica prevalece ante semejante desatino la doctrina del arraigo respaldada por la jurisprudencia del Constitucional y del Supremo. Se trata de la consagración de la ambigüedad y de los hechos consumados ante la ausencia de una política razonable.

Zapatero tiene razón cuando denuncia el «truco» subterfugial e indecente de Vic, pero la política gubernamental se basa también en el truco de aplicar a conveniencia un principio y su contrario sin modificar la legalidad que permite el equívoco. El presidente recién llegado mandó regularizar a la brava a setecientos mil irregulares de una tacada: abre la muralla. Cuando los sondeos reflejaron la inquietud popular y el PP le madrugó la iniciativa de canalizarla, liquidó al ministro que cumplió su encargo y quiso poner cara de antipático: cierra la muralla. Pero la realidad es la que es: de un modo u otro casi todo el que llega se acaba quedando. Sin planificación, sin control, sin reglas y sin método. Y en medio del caos legal y administrativo de un país que no sabe decidir cuántos extranjeros necesita y cuántos puede acoger, la única política de flujos migratorios la está haciendo por su cuenta la crisis económica.


ABC - Opinión

O incendiamos La Moncloa, o ponemos un poco de sensatez . Por Federico Quevedo

Ya sé que esto me va a suponer los exabruptos de los intolerantes de siempre de uno y otro lado, pero para qué les voy a engañar, el hecho de acumular odios en los extremos me complace sobremanera porque siempre he creído que en el centro y en la moderación se encuentra la virtud. Viene esto a cuento de la decisión del PP de renunciar en parte a su exigencia de retirada total de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con el fin de facilitar la consecución de un Pacto por la Educación que actualmente negocian el ministro del ramo, Ángel Gabilondo, y la secretaria general de los populares, María Dolores de Cospedal. Es cierto que el PP había incluido en su programa electoral el anuncio de que si ganaba las elecciones retiraría esa asignatura, pero qué quieren que les diga, creo que este gesto por parte del principal partido de la oposición dice mucho de su voluntad por intentar alcanzar un acuerdo que en sí mismo es mucho más urgente e importante que la supervivencia o no de la asignatura de marras.

Además, quienes acusan al PP de renunciar a sus principios y esas cosas, mienten y falsean la realidad, porque en ningún caso el PP ha renunciado al fondo del asunto, es decir, a que Educación para la Ciudadanía deje de ser, de una u otra manera, lo que hoy es: una asignatura de adoctrinamiento en los principios que rigen la política social de Rodríguez Zapatero. Verán, la realidad es bien distinta. Cuando en un principio el ministro Gabilondo propuso al PP un Pacto por la Educación, en Génova 13 se acogió la propuesta con mucha desconfianza. Pero después de varios encuentros entre Gabilondo y Cospedal, las cosas han cambiado y en la sede del PP han percibido por parte del ministro una seria voluntad de intentarlo como sea. Además, lejos de la posición inamovible que hasta ahora venían exhibiendo los ministros de Educación de Rodríguez, Gabilondo se ha mostrado muy perceptivo a las posiciones del PP y, sobre todo, como buen profesional del sector, ha resultado ser muy crítico con el actual sistema en cuanto que no solo no consigue alcanzar los objetivos que se había propuesto sino que ha convertido a los escolares españoles en los peor formados de toda la Unión Europea, o casi.

Una concesión a medias

Y, por si fuera poco, Gabilondo coincide también con el PP en la necesidad de que el sistema educativo se apoye en el mérito y el esfuerzo como ejes del mismo. Todo ello ha llevado al PP a confiar en la voluntad del titular de la cartera en quien, como ha dicho Rajoy, reside mucha más seriedad de la que pudiéramos encontrar en Rodríguez. Ese es, de hecho, el único inconveniente que puede hacer peligrar el pacto. Un pacto que debería haber existido desde hace mucho tiempo entre las dos principales fuerzas políticas. La educación es algo demasiado importante como para que esté sujeta a los cambios electorales, y lo cierto, sin embargo, es que cada gobierno que llega intenta implantar su modelo, con la salvedad de que hasta ahora solo conocemos el socialista, porque ya se encargó Rodríguez de que nunca pudiera ponerse a prueba el modelo del PP. ¿Consecuencia? Una educación pésima fundamentada en el colegueo en lugar de fomentar el esfuerzo personal. Consciente de que la necesidad de ese pacto, el PP ha elaborado un documento muy interesante que deja espacios para el encuentro entre los dos modelos educativos, sin renunciar al esfuerzo y la superación como elemento sustancial de un sistema educativo que debería tener la excelencia como objetivo.

Pero para encontrar puntos de acuerdo, es obligado hacer concesiones, y Educación para la Ciudadanía es una de ellas. Una concesión a medias porque lo que realmente propone el PP es incorporar al nuevo modelo la sentencia del Tribunal Supremo, es decir, que sobreviva la asignatura pero modificando sustancialmente su contenido. De tal modo que del programa de máximos que era la retirada completa de Educación para la Ciudadanía, el PP propone excluirla como tal de la educación primaria y convertirla en una asignatura transversal que ofrezca unos primarios conocimientos sobre la Constitución, y mantenerla en secundaria con ese mismo objetivo, pero más ambicioso, de conocimiento de la Carta Magna e incorporando algo que el Gobierno socialista había marginado de nuestro sistema de enseñanza: la Filosofía, fuente del saber y del conocimiento desde los orígenes de la humanidad. Consciente, sin embargo, Rajoy de que el Pacto no depende solo de la voluntad de Gabilondo, sino de la arbitrariedad de un presidente del Gobierno que siempre se ha caracterizado por su sectarismo, antes de que se acuse al PP de romper nada, ha dado a conocer su propuesta y, sobre todo, sus concesiones a un Pacto mucho más que necesario si en el futuro queremos tener una educación de calidad.


El confidencial

El cóctel. Por Alfonso Ussía

Joaquín Leguina fue un buen presidente socialista de la Comunidad de Madrid. Es un hombre ilustrado, un magnífico escritor, y, por ello, alejado de los dogmas partidistas. Siente tanto respeto por la libertad que el primero en ejercerla y disfrutarla es él. Tiene para mí otra cualidad de gran importancia, pero se me puede acusar de parcialidad. Que es cántabro, montañés. Nació en Villanueva de Villaescusa y creció en Guarnizo, cuna de Francisco Gento, y ese dato no carece de singularidad. Por lo demás, Joaquín Leguina representa lo que tanto se echa de menos en España. El socialismo culto y evolucionado, la cortesía y la reconciliación. Gobernó para todos, y cuando fue derrotado por Alberto Ruiz Gallardón, abandonó con suma elegancia el escenario del protagonismo y fue despedido con cariño y gratitud por la ciudadanía del Foro y aledaños, eso que se ha terminado por llamarse Comunidad de Madrid. Hasta sus patinazos, –todos los gobernantes resbalan–, fueron divertidos y benéficos. Aquel Himno de Madrid que se sacó de la manga, con música del maestro Sorozábal y letra de García Calvo –himno, por otra parte, todavía vigente aunque nadie lo conozca–, superó las cumbres del surrealismo. Si una Comunidad autónoma precisa de un himno, le brindo la idea a Esperanza Aguirre. Aquí tenemos a Bocherini y su Música Nocturna de Madrid, y la adaptación no sería complicada. El himno nacional de Austria es de Mozart, y a mí esa chulería me descompone. Madrid reclama a Bocherini. Y si Madrid no lo reclama, lo hago yo, con muchísimo gusto.

Leguina ha escrito un libro de «Memorias». La literatura memorialista en España no tiene prestigio. Los políticos escriben y cuentan lo que les da la gana. Las estupendas –literariamente– «Memorias» de Azaña son un ejercicio de cinismo prolongado y de medias verdades con un sólo objetivo. Que el autor siempre quede bien. Leguina escribe con mucha más libertad y, de cuando en cuando, arrea sopapos valientes. Intuyo que intelectualmente no aprecia ni a Zapatero, ni al zapaterismo ni al socialismo que hoy impera en España. Cuidado con los montañeses, que guardan en sus rincones un sentido del humor cáustico y borrascoso, muy molesto para quienes lo padecen. Porque en España, el sentido del humor de los demás no se disfruta. Se padece y sufre, y así nos va.

Unas pocas líneas para mostrar el sentido del humor de Joaquín Leguina. El humor, que en otras sociedades vuela muy alto, en España está condenado al silencio por culpa del analfabetismo de la cultureta en el poder. Cultureta de la Izquierda antigua y nada desarrollada, anclada en el dogma del tostón trascendental. Leguina, en la agonía de su último libro, nos regala la fórmula de un nuevo cóctel. Se hace «barman» el de Guarnizo, y como un revivido Pedro Chicote, nos regala el acierto de su hallazgo. El cóctel «Zapatero» o «zapaterista», de cuyos ingredientes nos informa: «Se prepara metiendo en el recipiente un toque progre, cuarto y mitad de feminismo radical y otro tanto de retórica ecologista. Añádanse unas rodajas de buenismo, un vaso de anticlericalismo y unas esencias de memoria histórica para darle el aroma adecuado. Mézclese todo con cuchara larga, pero no debe agitarse, no vaya a ser que explote».

No lo probaré a tu salud, don Joaquín.


La Razón - Opinión

Toca volver a cambiar la Ley de Extranjería

El caso de Vic o una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar.

LA DECISIÓN del Ayuntamiento de Vic de acatar las normas y volver a empadronar a todos los inmigrantes, sin atender a si están legalmente o no en España, resuelve la polémica inmediata planteada por el consistorio barcelonés, pero no acaba con el problema de fondo, que es la vigencia de una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar. Si el miércoles era el número dos del PSOE, José Blanco, quien asumía que existe esa «incongruencia» en la normativa, ayer era el lehendakari y líder de los socialistas vascos Patxi López quien reconocía la «contradicción». El propio ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho, admitía estar abierto a debatir «lo antes posible» sobre la materia. Las manifestaciones de los tres desmienten la versión oficial de su partido de que no existe ninguna incoherencia en la ley, versión miope que sólo responde al interés por intentar que no se abra una controversia en la que el PSOE da por supuesto que quien más tiene que ganar es el PP. Eso explica que Blanco intentara ayer dar marcha atrás en sus declaraciones. Sin embargo, el absurdo en el que incurre la legislación es tan patente que los socialistas se ponen en evidencia cuando pretenden hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino.


En ese sentido, el ministro de Justicia, Caamaño, hace trampa cuando asegura que el informe del abogado del Estado que declara improcedente no empadronar a extranjeros sin visado es la prueba de que no existe «disparidad» en la normativa, cuando lo único que ese informe revela es algo obvio: que la ley que rige para el padrón municipal no es la de Extranjería, sino la de Régimen Local. Por eso hemos mantenido desde el principio que el Ayuntamiento de Vic tenía razón en el fondo, pero no en la forma, ya que no tenía en sus manos resolver la contradicción y estaba obligado a empadronar.

Es comprensible que Zapatero trate de echar tierra sobre este asunto, porque admitir ahora que la Ley de Extranjería hace agua supone, en primer lugar, reconocer la incompetencia del Gobierno y de toda la clase política, que no advirtieron el problema cuando aprobaron -aún no hace ni dos meses- la última reforma de la norma. Pero además, volver sobre la legislación, empujaría de nuevo al PSOE a enfrentarse a sus evidentes contradicciones en esta materia, y es que empezó con la alegría del papeles para todos de Jesús Caldera, siguió con el endurecimiento progresivo de la legislación a raíz de las críticas de la Unión Europea y ha acabado, de momento, con la teoría del empadronamiento universal, que es una forma de regularización encubierta permanente.

Sin embargo, un país serio no puede amparar un sistema que estimula la ilegalidad y permite a las mafias del tráfico de personas seguir prometiendo a sus víctimas que tienen una vía para obtener papeles. Esa situación contribuye a mantener vivo el efecto llamada.

Por todo ello, el Gobierno haría bien en impulsar el debate que Corbacho dice estar dispuesto a abrir y que la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, también reivindicaba ayer. El Ejecutivo debería explicar cómo piensa corregir la actual contradicción normativa y presentar un plan que contemple qué hacer con los inmigrantes no empadronados y qué hacer con los que, estándolo, no han obtenido aún el permiso de residencia porque entraron ilegalmente. Sólo con una ley clara y pactada por los grandes partidos se evitará la inseguridad jurídica que ha llevado a un sindicato policial a reclamar, con toda lógica, que los agentes tengan acceso a los datos de empadronamiento para cumplir así de manera más eficaz con su obligación de perseguir a quien está de forma ilegal en el país.


El Mundo - Editorial

La mentira térmica de Gallardón

El problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.

La reacción de Alberto Ruiz Gallardón ante las preguntas de esRadio y la confesión ante los micrófonos de la Sexta sobre su pasión irrefrenable por el Gran Wyoming da la medida justa del concepto de verdad, y de periodismo, que posee el alcalde de Madrid. Para el fracasado promotor de la capital de España como sede de los Juegos Olímpicos, el humorista de izquierdas es "muy buen periodista" –según confesó a la propia cadena de Roures en un estado francamente mejorable–; sin embargo, los periodistas que le preguntan por un asunto que preocupa a los madrileños no son más que "humoristas".


La gracieta sobre la central nuclear en la Asamblea de Madrid y la base de submarinos en el proyecto de Madrid Río, sin embargo, no han provocado en el auditorio las risas que parecía esperar el alcalde. Quizá sea porque resulta difícil reírse cuando se piensa que cualquiera de esos ridículos proyectos hubiera resultado menos oneroso para los madrileños que los faraónicos gastos en que ha incurrido Gallardón en sus años de alcalde, en los que ha multiplicado la deuda por cinco y ha convertido Madrid en la ciudad que acumula un cuarto de toda la deuda municipal y la mitad de la deuda de todas las capitales de provincia.

El coordinador general de Vivienda del Ayuntamiento de Madrid, Juan José de Gracia, reconocía poco después de esta escena que en Puente de Vallecas se está construyendo una central térmica. Hace bien, pues en el proyecto oficial de la construcción que se está llevando a cabo en ese barrio se menciona la central térmica al menos en 40 ocasiones, y lo de mentir con tanto descaro es más propio de políticos como Zapatero, Rubalcaba o su propio jefe.

Cabe preguntarse qué ha llevado, entonces, a Gallardón a mentir, parece que con el único objeto de burlarse de una periodista de esRadio y LDTV. No se puede dudar de que si hubiera trabajado para el Grupo Prisa, el alcalde se hubiera desvivido por contestar adecuadamente a sus preguntas. Al fin y al cabo, ya ha defendido públicamente la "libertad de expresión" de unos periodistas de la cadena SER condenados por publicar los nombres, apellidos y domicilios privados de una serie de afiliados al partido al que, teóricamente, pertenece Gallardón, mientras que ha demandado a otros periodistas por limitarse a expresar su opinión.

Quizá Gallardón no ha hecho otra cosa que hacerle pagar a una periodista su frustración. Al fin y al cabo, sus miles de asesores, los miles de millones de deuda que dejará como herencia y sus continuos fracasos olímpicos se han llevado por delante, para siempre, su antigua fama de buen gestor, que para muchos era suficiente como para perdonarle su afición por halagar a la izquierda y huir de la derecha que le vota. Además, su continua obsesión por ser califa en lugar del califa ha sido frustrada incluso por un líder tan débil como Mariano Rajoy, y parece ya difícil que pueda optar de nuevo al puesto, especialmente cuando sus únicos padrinos están en la ruina.

Y es que el problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.


Libertad Digital - Editorial

Diagnóstico de la salud presidencial. Por Ramón Pérez-Maura

«Boston Tea Party» es el nombre que recibe la más celebre revuelta popular que hubo en las Trece Colonias antes del estallido de la Guerra de la Independencia contra el gobierno del Rey Jorge III en 1775. Tuvo lugar el 16 de diciembre de 1773. Los colonos arrojaron al mar sacas de té como forma de manifestar su negativa a pagar impuestos a nadie más que a gobernantes elegidos. El pasado martes, en el Estado del que Boston es la capital, se produjo una nueva revuelta que puede haber pillado tan desprevenidas a las autoridades como aquella de hace 237 años, que encontró al primer ministro de Su Majestad, lord North, cazando lagunejas.

Ya hemos visto los primeros y pobres argumentos en defensa del presidente Obama y de su nula responsabilidad en el cataclismo electoral de Massachusetts. «La culpa es sólo de la candidata derrotada, Martha Coakley». La única ventaja de engañarse a uno mismo es que, a corto plazo, suele ser gratis y puede, incluso, consolar mucho. Porque lo que vimos en el primer aniversario de la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca fue una derrota del mensaje, no del mensajero. Obama asumió el poder en loor de multitudes planetarias y abstraído por ellas ha dejado que su proyecto de reforma sanitaria pasara de estar inspirado por el sector del partido afín a él mismo o a Bill Clinton, a quedar bajo la batuta de los herederos más radicales de George McGovern -el hombre al que Richard Nixon humilló en las presidenciales de 1972 derrotándolo por 520 votos electorales contra 17- o de Howard Dean, la izquierda de la izquierda del Partido Demócrata actual.


Que no haya lugar a dudas. La reforma sanitaria de Obama, en su actual redacción, está más muerta que viva. La mayoría vigente hasta el pasado martes era de 60-40 -contando en la mayoría el alma de difunto senador Kennedy. Con los 40 votos que el jefe de la minoría republicana ha logrado mantener compactos como una roca de mármol -algo poco usual- el Partido Republicano no podía bloquear la reforma en el Senado. El problema es que el ganador en Massachusetts el pasado martes, Scott Brown, hizo campaña diciendo que su voto sería el número 41. El que bloqueará la reforma. Y ese lema hizo que los votantes que se declaran independientes en Massachusetts, que son la mayoría, votaran abrumadoramente por Brown. Esos independientes huyen de las políticas radicales de uno u otro partido. Y en el caso que nos ocupa han visto cómo, con tal de sacar adelante la reforma, Obama cedía ante unos sectores de su partido que no estaban dispuestos al compromiso. Unos maximalistas que quieren tener patente de corso ideológica y que prefieren no lograr una reforma antes que lograr una reforma consensuada con la oposición -en la que, obviamente, habría que hacer concesiones. Brown nunca hubiera derrotado a Coakley si la votación del pasado martes no llega a ser sobre cuestiones de ámbito nacional de tanta trascendencia.

Hay políticos que escuchan la voz del pueblo cuando va a las urnas. Hay otros que antes de reflexionar un minuto ya han concluido que el pueblo se ha equivocado. Y hay otro tercer grupo que se anticipa al error que va a cometer el pueblo y estudia cómo ignorar su voz. En ese grupo está el Partido Demócrata del presente. El pasado fin de semana, horas antes de la votación que ha desatado la crisis, los jefes de la mayoría en Capitol Hill estudiaban planes de contingencia para poder ignorar la voz de las urnas de Massachusetts. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ya advirtió que al margen de cualquier voluntad popular, «tendremos reforma sanitaria por una vía o por otra». Como muy bien ha sentenciado editorialmente The Wall Street Journal «Verdaderamente, algunos políticos son tan obtusos como lo parecen».

Pelosi y sus colaboradores tienen tres planes para capear el temporal. Uno es convertir a Scott Brown en Leire Pajín y al Senado de Estados Unidos en las Cortes Valencianas. Y demorar la recepción de sus credenciales hasta que se haya votado la reforma sin que los republicanos tengan 41 senadores. Hasta los más radicales en el partido saben que ese desprecio a la voluntad popular crearía problemas a medio plazo. Obama ya se ha manifestado en contra, pero Harry Reid, jefe de la mayoría demócrata, sigue en ello. Otra alternativa es recurrir al proceso de conciliación de los textos y dar la batalla ahí, pero eso prolongaría esta cuestión durante meses. Y esta alternativa, ética y políticamente impecable, es de alto riesgo para Obama. Hay muchos demócratas que votaron por la reforma sabiendo de su impopularidad. Y ellos son los que en noviembre tienen que ser reelegidos en distritos en los que tienen ventaja marginal. Y esos demócratas sí que prestaran atención al pueblo de Massachusetts por muy lejos que esté de su circunscripción electoral. Hay también una tercera opción, aún más complicada: que la Cámara de Representantes ratifique el texto aprobado por el Senado en Nochebuena sin alterarle una coma. Así, se tragarían todas las enmiendas que ellos negociaron, pero el Senado no podría volver a votarla. Las posibilidades de que eso ocurra parecen escasas.

Massachussetts ha puesto de manifiesto una crisis de gran calado. Las elecciones de mitad de mandato suelen ser el termómetro político que diagnostica la salud del presidente. Pero este año ha habido toma de temperatura diez meses antes de lo habitual y el resultado es que al presidente con la mayor votación de la historia de los Estados Unidos le urge internamiento en la unidad de cuidados intensivos. El sentido común indica que los demócratas debieran reconocer qué mal entendieron la victoria de 2008. El mandato entonces fue el de sacar la economía de la crisis. Y en lugar de eso, lo que estamos viendo es cómo se resucitan las utopías izquierdistas de la década de 1960.

Utopías que son tan caras a la dinastía Kennedy, pertenenciente a la clase más elitista, de la ciudad más cosmopolita, del Estado de factura más europea de toda la Unión. El pasado miércoles el conductor de un importante espacio de la radio pública española afirmaba que Obama había perdido el «escaño del pueblo». Los Kennedy... ¿el pueblo? Después de su batalla contra la reforma sanitaria, la frase de mayor éxito en la campaña de Brown fue la que espetó a Coakley en un debate televisivo. Ante la disputa por el escaño que había sido del clan Kennedy desde que John se lo ganó a Henry Cabot Lodge en 1952 Brown sentenció: «Este escaño no es de los Kennedy. Este escaño pertenece al pueblo de Massachusetts».

Quince años después del «Boston Tea Party», Thomas Jefferson estaba en Europa como enviado del Congreso de los Estados Unidos. El 8 de enero de 1789 escribía a Richard Price, el célebre moralista, economista y pastor calvinista galés. «Para mí es una nueva prueba de consuelo que allí donde el pueblo está bien informado, se le puede confiar su propio gobierno; y que cuando quiera que las cosas se hagan tan mal como para llamar su atención, se puede estar seguro de que [el pueblo] las corregirá». Un mes después, el 4 de febrero, George Washington era elegido el primer presidente de los Estados Unidos. Y en 1800 Jefferson sería el tercer presidente de la gran república norteamericana, que sigue fiel a la visión de aquel redactor de la Declaración de Independencia de 1776.


ABC - Opinión

jueves, 21 de enero de 2010

Inanidad o Veuve Cliquot. Por Hermann Tertsch

ENTRE las muchas tristezas y humillaciones, privaciones y depravaciones que los seis años triunfales de nuestro Gran Timonel nos han granjeado está el hacer el auténtico payaso en el Parlamento Europeo. No podía ser de otra forma. Existen hoy en día pocas personas medianamente educadas y estructuradas política y culturalmente que puedan soportar un discurso de nuestro chico yeyé de León/Valladolid diciendo las sinsorgadas con las que nos suele torturar en el Congreso de los Diputados o en la Moncloa. Quien no sabe decir nada no puede esperar que nadie le escuche. Lo peor, lo más humillante eran los aplausos aburridos de su secretario de Estado para Europa, al que le costaba ayer realmente hacer unas palmas. Como si estuviera en una plaza de toros de tercera viendo al peor de los más torpes matarifes. Y eso que nuestro Zapatero estaba en un auditorio medianamente agradecido que está repleto de personajes que tienen poco más o menos su mismo perfil, es decir, ninguno. No es ninguna novedad el hecho de que el presidente español, presidente colateral de la Unión Europea durante sus seis meses de felicidad, no dijera absolutamente nada. Nada tiene que decir.

Y a nadie le importa si quiere decir algo en alguna ocasión. A nadie le importaba la retahíla del palabrerío inane de un dirigente español que no significa nada. Y la inmensa mayoría del Parlamento se nos fue al bar o en las tabernas circundantes. Gracias a Dios, en los últimos veinte años hemos visto como el mundo en torno a las instituciones europeas han generado toda una cultura de gastronomía y bebida. Yo estaba como un idiota viendo a nuestro presidente hablar de solidaridad, generosidad, entusiasmo y quién sabe si también de longevidad, mientras suponía a los representantes europeos tomándose un Chardonay o un Veuve Cliquot, bien fríos y rodeados de gente divertida. Está claro que aquí sólo hacemos el idiota los que cada vez viajamos menos. Aunque tengamos asegurada la ventaja de que nuestro presidente, que intenta quitarse el pelo de la dehesa a base de palabras conmovedoras en sede europea -solidaridazzzz, pazzzzz, unidazzzz y muchas mazzzz-, por lo menos viaja un poquito y, aunque no se entere de nada de lo que sucede en su entorno, por lo menos ve un poco de mundo. Y además está un poquito lejos. Lo que siempre aumenta nuestra seguridad y salubridad.

Les ha dicho nuestro Gran Timonel a los pocos europarlamentarios que han tenido la santa paciencia de aguantar todo su discurso sobre la nada que, visto todo con buena voluntad, vamos como Dios. Y nos va a ir de miedo si le hacemos caso en no sabemos nadie qué. Obviamente, los parlamentarios más inteligentes estaban de degustación vinícola. Las tabernas circundantes bullían. Los tristes que se quedaron aplaudían como se hacía en su día a Rafael de Paula cuando, ante un morlaco serio y con buen talante de torero gitano, se había decidido a dejar que el toro muriera de hastío. A pocos días de irse a rezar con el Cardenal Segura redivivo en ese país avieso que son los Estados Unidos -hay que ver la coña que tiene la obsesión por una foto con Obama que Sonsoles quizá no permita difundir- nuestro presidente ha sido tan bueno, tan bueno, en su discurso que al final nadie ha sabido si decía algo. Por eso le ha aplaudido Diego López Garrido, nuestro especialista en la Unión Europea. Aunque también él tan aburrido como todos los demás. Como el Gran Timonel vea las imágenes televisivas de los aplausos tibios de su secretario de Estado nos manda a López Garrido de vuelta a Izquierda Unida para disputarse el peluquín del FBI con Llamazares, que ya es casi un hombre al verse perseguido por las fuerzas del mal. En fin, señores, me da un poco de vergüenza haberles escrito una columna sobre algo que carece de la menor importancia. Pero siempre debe haber días para frivolidades.


ABC - Opinión

Llorar en Haití. Por Ignacio Camacho

CUANDO te asalten las dudas y te preguntes si vale la pena ayudar a Haití; cuando te cabrees porque los bancos aplican comisiones a tus donativos y temas que tu contribución se pierda entre el pillaje y el marasmo del desastre; cuando te desaliente ver a los políticos disputando el protagonismo o la hegemonía de la reconstrucción; cuando te golpee en el alma el silencio de Dios ante el dolor y la tragedia, escucha a los voluntarios que vuelven y atiende su relato de humanidad de inconformismo y de esperanza. Escúchalos y piensa un momento qué ocurrirá cuando decaiga el interés de las audiencias, cuando las televisiones y periódicos den a sus enviados especiales la orden de recoger los bártulos y regresar del horror.

Escucha a los médicos del Samur que rescataron a los seis días a una niña viva bajo los escombros; al misionero redentorista que acababa de inaugurar una escuela cuyo flamante techo se derrumbó sobre trescientos alumnos; a la cooperante que se quedó sin agua que repartir frente a una cola infinita de familias sedientas; al enfermero sin consuelo para el desamparo de un joven de piernas recién amputadas. Y si conoces a alguno pregúntale por lo que no te cuentan los telediarios: por el sonido de los gritos que brotaban de los cascotes, por el olor a muerte que impregnaba las calles, por la resignación hundida de unos seres acostumbrados a conformarse con la miseria.

Te darás cuenta de que todos quieren irse otra vez. A levantar otra escuela, a consolar a otro herido, a repartir más botellas, a curar a otro enfermo. Incluso a seguir, como el padre Ángel, buscando entre la escombrera a ese Dios que a veces no contesta cuando el hombre necesita una respuesta. Ellos saben que no sólo hacen falta soldados en Haití. Los militares son imprescindibles porque saben poner orden, organizar campamentos, levantar infraestructuras de urgencia, pero detrás de ellos tendrán que ir sanitarios, maestros, ingenieros que los Gobiernos no van a enviar o lo harán tarde, despacio y mal. Y tendrán que ir con tu aliento, con tu impulso, con tu dinero...y con su esperanza.

Mira, te contaré una cosa. El padre Ángel, el de los Mensajeros de la Paz, traía la tirilla aún desabrochada del viaje. Ha estado en Irak, en las hambrunas africanas, en los ciclones del Caribe, y cuenta que este siglo no ha visto nada igual que Haití. Se le han muerto niños entre los brazos y se ha quedado sin víveres que repartir entre multitudes ansiosas. Hasta allá lejos, en la ciudad devastada, le llegó algo que había dicho un obispo sobre los males espirituales del mundo y se acordó de Teresa de Calcuta: «Yo voy a darles de comer y beber, y ustedes que son tan listos les enseñarán a pensar». Él también volverá, entiéndelo. Porque no renuncia a dejar de llorar ni de sufrir mientras haya alguien que sufra o llore a su lado.


ABC - Opinión

Serio aviso para Obama

LOS caprichos del calendario han hecho coincidir el primer aniversario del mandato presidencial de Barack Obama con una derrota tan significativa como la sufrida por los demócratas en el Estado de Massachusetts, una circunscripción que dominaban desde hace medio siglo. La pérdida del escaño que dejó vacante el fallecido Ted Kennedy deja además a Obama sin la mayoría cualificada en el Senado. Sin duda, una pésima señal para las elecciones legislativas del próximo noviembre, a las que el presidente demócrata llega muy debilitado.

No es posible explicar cómo ha sido posible esta vertiginosa pérdida de simpatías por parte de Obama sin mencionar los grandes estandartes de su política: su opción por un mensaje apaciguador en política exterior y su empeño en llevar a cabo la reforma sanitaria. Muchos de los votantes independientes que le dieron su apoyo en noviembre de 2008 han empezado a abandonarle, asustados por un programa que para los estándares norteamericanos roza el radicalismo de izquierda. Ni la mano tendida a aquéllos que la tienen manchada de sangre ha servido para eliminar la amenaza que afrontan las sociedades libres, ni el proyecto de una Seguridad Social al estilo europeo es tan popular en Estados Unidos como imaginamos desde este lado del Atlántico. Muchos dirigentes como Obama -y Zapatero lo ha comprobado muchas veces- creen que sus buenas intenciones bastan para cambiar la realidad, cuando lo que sucede casi siempre es lo contrario.

Aunque haya perdido un escaño, Barack Obama mantiene la mayoría en el Senado, pero deberá pactar con los republicanos los cambios previstos en su programa. El sistema norteamericano está lleno de resortes para impedir que nadie monopolice el poder, aunque tenga mayorías claras en el Congreso. Para algunos, este reparto significa que el sistema está bloqueado; para otros, simplemente que existen mecanismos que lo protegen de aventuras que no cuenten con un apoyo indiscutible. Hasta ahora, Obama ha podido trabajar sólo con apoyos accesorios por parte de los republicanos. Si no quiere ser derrotado en noviembre, deberá empezar a pactar de verdad.


ABC - Editorial

Todos somos hermanos. Por Cristina Losada

Cómo es y cómo debería ser una política de inmigración, pasa a segundo plano. La prioridad socialista es fabricar un universo maniqueo, único entorno en el que respira a sus anchas y puede superar el vértigo de sus contradicciones.

Aseguran, desde hace días, que hay un debate sobre la inmigración espoleado por la propuesta (ilegal) del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a los ilegales. ¡Ojalá lo hubiera! Asistimos, en realidad, a un espectáculo harto frecuente, diría que permanente, en nuestro teatro político. La troupe socialista ha decidido encarnar al buen samaritano que se guía, día y noche, por la biblia de los derechos humanos. Como sentenció Zapatero, gran maestro de obviedades, los inmigrantes son seres humanos, luego tienen derechos humanos. Menos mal que no salió una Aído a matizar que son, con seguridad, seres vivos. Y lástima que el PSC de Vic desconociera su papel en la comedia y respaldara sin fisuras la idea de retirar el derecho humano a empadronarse, hasta que recibió órdenes de arriba.


El personaje humanitario que el PSOE representa ante sus huestes y los inmigrantes que votan nace para la escena con el designio de crear su opuesto: la derecha "más dura" de Europa, en palabras del portavoz Alonso. Traducidas al román paladino, la derecha "racista y xenófoba". Cómo es y cómo debería ser una política de inmigración, pasa así a segundo plano. La prioridad socialista es fabricar un universo maniqueo, único entorno en el que respira a sus anchas y puede superar el vértigo de sus contradicciones. El Gobierno mutó del "papeles para todos" a los cupos para la detención de ilegales. Y Zapatero se jactaba, días atrás de que había expulsado a "la inmensa mayoría" de los sin papeles. Pero, ¿hay que echarlos o hay que acogerlos? Mientras se aclaran, póngase ZP de acuerdo con su ministro del Interior. Quiere "darles una educación" a los hijos de inmigrantes que, según su jefe, ya han sido repatriados.

Por la cuenta que les trae, que es la de resultados, no despejarán los socialistas las incógnitas. La ambigüedad es condición necesaria para hacer verosímil la retórica sentimental de "todos somos hermanos" que gastan con tenaz hipocresía. Si un ilegal usa la escuela, la sanidad y otros servicios, denle los papeles y basta. Pero no lo hacen. Aunque falta, para completar el esperpento, la figura de la otra parte contratante. Pues no se le ocurre al PP eslogan más ofensivo y falaz que el de "aquí no cabemos todos", que no se inventó Sánchez Camacho, sino Rajoy en la campaña de las generales. ¿O lo dijo pensando en otra cosa?


Libertad Digital - Opinión

Una presidencia gris

LA intervención ayer del presidente del Gobierno ante el Parlamento Europeo -con un tercio de «público»- para presentar los objetivos de la presidencia española fue mediocre y rutinaria. Sus propuestas principales oscilaron entre la vaguedad y la facilidad. Entre éstas incluyó una orden europea de protección a mujeres maltratadas, asunto en el que Zapatero se siente cómodo y con el que sabe de antemano que no recibirá críticas ni oposición. Fue el único pasaje de su intervención en el que recibió aplausos. En lo demás, se trató de un discurso superficial con escaso contenido institucional y sin compromisos efectivos. Para ser la primera presidencia de turno tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, los objetivos expuestos por Zapatero tienen muy bajo nivel. La presidencia permanente que ostenta Van Rompuy ha ensombrecido la española de este semestre, pero entre intentar competir con el belga y estrenarse en el Parlamento Europeo con un exposición de ideas vagas media una diferencia que Zapatero debió haber valorado con más acierto.

Como ocasión para ganar brillo exterior y recuperar imagen interior, la de ayer se perdió, sobre todo porque Rodríguez Zapatero sigue manejando unos recursos retóricos y políticos desgastados e insuficientes para las responsabilidades que tiene encomendadas. Pedirle a estas alturas a Europa que «apuesta por sí misma» y defender que en el comercio hay que «levantar barreras, no ponerlas» es ocupar el tiempo de un discurso con ideas mil veces oídas, y que son banales si no van acompañadas de calendarios, proyectos y compromisos. No mejoró con las referencias al «coche eléctrico», lo único en que se mostró concreto, o a la culminación del Plan Bolonia para conseguir «una universidad más europea», sin concretar en qué consiste este objetivo -¿no lo son ya Oxford y Cambridge, Salamanca y Sorbona?- y desconociendo la actitud crítica que hay en muchos países europeos hacia este programa de enseñanzas superiores. Estos son sólo rasgos de un mal de mayor envergadura: la falta de entidad política del Gobierno español ante los grandes países europeos para aspirar al liderazgo de la Unión Europea durante seis meses muy complicados por culpa de la crisis económica. Bien pudo aprovechar este escenario de dificultades para concretar sus referencias al mercado energético europeo y al pacto social, pero Zapatero sólo amagó en ambas cuestiones, eludiendo desarrollos -y así le fue reprochado en la Eurocámara- que revelaran contradicciones con su posición antinuclear y con el fracaso del diálogo social en España.

ABC - Opinión

Obama: más luces que sombras en el primer año

Sólo el 57% de los estadounidenses aprueba la gestión del presidente, penalizado por su gestión económica, su excesivo liberalismo y su retórica.

MIRANDO hacia atrás, parece incluso lejana aquella radiante mañana de enero en la que dos millones de personas soportaban un frío polar para asisitir a la jura del cargo de Barack Obama. Se cumple ahora un año de mandato del presidente que, tal vez, había suscitado mayores expectativas a lo largo de la historia de EEUU.

Obama ha afrontado la crisis económica, ha acabado con la tortura y se ha comprometido a cerrar Guantánamo, va a enviar 30.000 soldados más a Afganistán, ha mostrado determinación en la lucha contra el terrorismo y ha mejorado notablemente la imagen de EEUU en el mundo. Cualquier otro presidente habría obtenido con estos logros niveles de refrendo masivos entre los ciudadanos, pero se da la circunstancia de que solamente el 57% de los estadounidenses aprueba la gestión de Obama, alrededor de 20 puntos menos que en las primeras semanas de su presidencia. George Bush hijo contaba con un 68% de apoyo al cumplir sus doce primeros meses.


Parece evidente que se habían forjado demasiadas expectativas sobre el nuevo presidente, pero también es cierto que ha cometido errores, entre ellos, el de intentar complacer a todo el mundo y abusar de una retórica que a veces no ha ido acompañada de realidades.

Obama ha tenido la mala suerte de que su primer año ha venido a coincidir con la derrota de la demócrata Martha Coakley en Massachusetts, donde competía por un escaño en el Senado con el mediocre Scott Brown, que ha ganado con una campaña basada en explotar el antiobamismo republicano.

La derrota tiene dos componentes muy negativos. El primero es de naturaleza simbólica, ya que es la primera vez que los demócratas pierden en el Senado en Massachussets desde 1952. Parece un muy mal augurio para las elecciones legislativas de noviembre. El segundo aspecto comporta consecuencias prácticas: los demócratas pasan de 60 a 59 senadores, con lo que dejan de tener la mayoría cualificada para sacar adelante iniciativas del Gobierno como la reforma sanitaria, pendiente de ser revalidada por la Cámara Alta.

Obama se juega mucho con su promesa estrella, que cuenta con una oposición de la mayoría de la sociedad americana, lo que ha obligado al presidente a moderar un proyecto inicialmente mucho más ambicioso.

Las críticas de los republicanos y los sectores más conservadores se centran en su gestión de la economía. Le acusan de no haber cumplido su promesa de recortar el déficit presupuestario y de haber gravado los bonus de los altos ejecutivos, desincentivando la innovación y el espíritu emprendedor. También le reprochan su liberalismo excesivo en materia de derechos civiles y ser demasiado blando con Rusia y con China.

Algunas de estas críticas son puramente ideológicas y reflejan el resentimiento que todavía existe en las filas republicanas por la aplastante victoria de Obama, porque lo cierto es que ha logrado parar el desplome de la economía y ha devuelto una cierta confianza a los mercados.

Obama se ha comprometido a retirarse de Irak antes de 2012 y ha reforzado la tropas en Afganistán, en una clara apuesta por derrotar al terrorismo islámico. Nadie podrá reprocharle que está actuando con debilidad, aunque un sector de la sociedad le considera demasiado intelectual. Habrá que esperar todavía un año más para valorar su trabajo con mayor perspectiva, pero nos parece que en estos 12 meses se ha merecido el aprobado.


El Mundo - Editorial

Histórica derrota demócrata en el primer año de Obama

Precisamente contra ese proyecto de estatalizar la sanidad, que tanto impulso recibió del fallecido Edward Kennedy, se ha centrado el creciente malestar de los norteamericanos debido al excesivo e ineficaz gasto público propuesto por el Gobierno de Obama.

Los perores augurios para el partido demócrata y para Barack Obama se han confirmado al cumplirse el primer año de su investidura como presidente de los Estados Unidos: la candidata al Senado por Massachusetts, Martha Coakley, que hace apenas tres semanas superaba a su contrincante republicano Scott Brown por 30 puntos en las encuestas, ha sido finalmente derrotada por este con cinco puntos porcentuales de diferencia.


Al margen de su coincidencia con el primer aniversario de la investidura de Obama, la derrota demócrata es histórica por diversas razones. En primer lugar, la victoria republicana se produce en Massachussetts, un estado tradicionalmente demócrata. De hecho, el escaño que ahora va a ocupar Brown es el que habían ocupado John y Edward Kennedy sucesivamente desde 1954 hasta 2009. Por otra parte, Brown ha ganado con un discurso netamente liberal –en el sentido europeo del término–, defendiendo las posiciones tradicionales del Partido Republicano en ámbitos como la economía, la seguridad nacional y, sobre todo, la reforma sanitaria, uno de los ejes de su campaña.

Precisamente contra ese proyecto de estatalizar la sanidad, que tanto impulso recibió del fallecido Edward Kennedy, se ha centrado el creciente malestar de los norteamericanos debido al excesivo e ineficaz gasto público propuesto por el Gobierno de Obama. De hecho, estos resultados electorales suponen la pérdida de esa supermayoría de 60 senadores que los demócratas necesitarían para sacar adelante esa reforma sanitaria, que ya ha sufrido diversas modificaciones para encontrar apoyo entre las propias filas demócratas y que ahora tendría que volver a modificarse o quedar definitivamente aparcada si no encuentra apoyos entre algunos legisladores republicanos.

En cualquier caso parece innegable que el apoyo público que Obama ha dado a la candidata demócrata ha perjudicado a esta más de lo que la ha beneficiado. Y es que, tal y como reflejan las encuestas de Gallup, en tan sólo un año el presidente estadounidense ha pasado de tener un indice de aprobación inicial cercano al 80 por ciento, uno de los más altos de la historia reciente, a tener uno del 57 por ciento, en una de las caídas más acusadas de las que se tienen constancia.

Así las cosas, esta derrota electoral y esta espectacular caída de popularidad van a hacer mucho más difícil que Obama siga adelante con una agenda de la que pueden empezar a distanciarse hasta muchos congresistas demócratas. La posibilidad incluso de que los demócratas pierdan su mayoría en el congreso en las elecciones del próximo noviembre se abre cada día más paso. Poco, pues, tiene que celebrar Obama tras su primer año de Gobierno.


Libertad Digital - Opinión

Obama, año II. Por José María de Areilza Carvajal

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones.

Barack Obama empieza en estos días su segundo año en la Casa Blanca. Deja atrás doce meses muy difíciles, en los que ha tenido que enfrentarse a una crisis económica de magnitud pavorosa y a unas expectativas desmedidas sobre su capacidad de liderazgo, que en algunos casos rozaban la idolatría. Hoy la posguerra de Irak ya no es uno de los problemas principales de EEUU, algo que casi nadie predecía en la inauguración de su mandato. A cambio, en Afganistán todos los occidentales estamos cerca de poder describir el conflicto usando la palabra fiasco con la que los británicos se refieren a su fallida intervención colonial en este territorio. ¿Es justo hacer balance a estas alturas de la presidencia Obama, cuando al menos quedan otros tres años? ¿Tiene sentido plantear ahora el importante debate de si será un presidente de una única legislatura? Como sabe cualquier aficionado a la aguda serie de televisión «El Ala Oeste», el primer mandato de un presidente en EEUU dura, en términos políticos, sólo dieciocho meses desde la inauguración. Esta es la ventana para lograr actuar como agente del cambio e invertir de modo inteligente el capital político acumulado, porque al año y medio llegan las elecciones legislativas y poco tiempo después comienza la campaña de reelección presidencial.


En el caso de Obama, el balance debe tener como punto de partida el contraste impresionante entre la esperanza despertada y las dificultades para gobernar un país en crisis. Nadie debería restar valor simbólico a la figura del primer presidente de color, que ha reinventado el sueño americano y ha sido capaz de inyectar optimismo e ilusión en el proceso político y de lograr la participación en las elecciones de muchos marginados de la cosa pública. Pero gobernar en serio y con la economía en cuidados intensivos desgasta, y más desde cotas de popularidad tan exageradas como las que obtenía hace un año.

En el haber de Barack Obama debería estar a estas alturas la reforma de la sanidad. Sin embargo, la reciente victoria del republicano Scott Brown en Massachusetts, sustituto del fallecido Ted Kennedy, ha complicado la aprobación del texto final. El loable objetivo de Obama es extender la posibilidad de cobertura sanitaria a casi treinta millones de norteamericanos, que sufren en el país más próspero del mundo y entre los que más gasta en sanidad. La Casa Blanca estimaba que en las elecciones legislativas de noviembre de 2010 habría probablemente un avance republicano, con fama de mejores gestores económicos, y que debía aprovechar cuanto antes la mayoría demócrata en las cámaras para sacar adelante el nuevo modelo de sanidad. Pero no ha pilotado a fondo este proceso legislativo. La llegada a Washington del senador Brown ha roto finalmente todos los cálculos de estrategia política de los obamitas, que sólo aspiran ahora a lograr una versión más modesta de esta reforma.

La política exterior y de seguridad de Obama no es muy distinta en sus contenidos del enfoque realista de George W. Bush en sus dos últimos años de mandato, cuando trató de corregir el rumbo. La reciente disertación de Obama en Oslo sobre la guerra y la paz es una buena muestra de esta continuidad, un discurso sin eslóganes ni simplificaciones, en el que aceptaba con sofisticación intelectual la gran complejidad de esta cuestión y defendía la guerra justa a partir de la necesidad y la moralidad. En su alocución afirmaba con clarividencia hobbesiana que los conflictos seguirían acaeciendo durante toda nuestra existencia.

No obstante, hay una diferencia fundamental entre ambos presidentes en su labor internacional: el mayor respeto de la Administración Obama a los principios del Estado de Derecho y a la protección de los Derechos Fundamentales recogidos en la Constitución americana. Desde este predicar con el ejemplo, Barack Obama ha sido capaz de desplegar en tiempo récord una fantástica campaña de relaciones públicas que ha hecho desaparecer parte del antiamericanismo en los cinco continentes. A pesar de su inexperiencia en política exterior, cuida mucho las formas, se esfuerza por escuchar y explicarse y ha aprendido mucho. Un ejemplo de esta habilidad política ha sido su participación en la fallida cumbre de Copenhague sobre cambio climático, donde al ver el panorama fue al grano, logró los acuerdos mínimos posibles y pasó página. En este terreno y en la gestión compartida de los asuntos económicos y financieros cada vez es más patente que faltan instituciones globales con mandatos claros y medios para afrontar estos retos. Finalmente, en la relación con los países europeos y la Unión, Barack Obama carece de una experiencia vital que le incline hacia nuestro continente y le haga más paciente con la dificultad de los europeos de llegar a acuerdos. Ha optado por el pragmatismo y por pedir sobre todo cooperación en la guerra contra el terrorismo.

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones. Hace tiempo que Obama se ha movido al centro desde la izquierda demócrata, al ser muy consciente de que la población de EEUU se sitúa de forma mayoritaria en el centro-derecha y de que el partido demócrata debe moderarse para gobernar «it's not easy bein' blue», en frase de John Meacham. El modo de actuar de Obama es el propio de un político puro, volcado en el control del proceso, sin encasillamientos ideológicos, un actor consumado que representa su papel con naturalidad, mientras tiene muy presente las reglas del juego y los contextos y audiencias de cada momento. Pero su liderazgo se basa a estas alturas en un exceso de carisma individual, a pesar de que se ha rodeado de profesionales muy destacados y ha fomentado la meritocracia en el poder ejecutivo. Es decir, sigue siendo un líder algo enigmático y demasiado solitario, como corresponde a su condición de jugador o «risk taker», bien probada a lo largo de su interesante trayectoria vital. De este modo, tras graduarse en Harvard Law School, eligió integrarse en la comunidad afro americana de Chicago y dedicarse a la política desde lo más abajo, sin otros apoyos que los que iba consiguiendo con su capacidad de tejer redes de modo instrumental y sistemático y de seducir voluntades con cálida autenticidad.

Es cierto que Barack Obama entiende como pocos la conexión inseparable en nuestros días entre la política y el espectáculo. Por eso pone el acento en el estilo, hace de «orador en jefe» y domina con virtuosismo la táctica del contador de historias o «storytelling», la narración de ejemplos que inspiran y crean autoestima entre los ciudadanos y sustituyen a las propuestas racionales demasiado frías y detalladas. Esta extraordinaria capacidad puede ser la que hasta ahora le haya impedido «rutinizar su carisma», en expresión de Max Weber, es decir, la evolución desde un ejercicio carismático del poder a un ejercicio despersonalizado, basado en la objetivación de una serie de cualidades del líder. Por eso, durante su segundo año en la Casa Blanca el presidente Obama debe plasmar más su convicción personal en valores de gobierno, normas generales y en conductas institucionales si quiere tener opción a ser reelegido en 2012.


RABC - Opinión