viernes, 16 de julio de 2010

Debate. Del vicio al crimen. Por Agapito Maestre

Quien dijo que el crimen no tenía moral, en mi opinión, se equivocó, y si no miren el Estatut y el "Estado" de la inexistente unidad de España.

El debate del "estado de la nación" ha dejado claro, según el convencionalismo periodístico al uso, que Zapatero es un killer de la política y Rajoy un buen parlamentario. Eso significaría que Zapatero tendría muchas posibilidades de agotar la legislatura, e incluso remontar sus bajísimos niveles de aceptación popular, y Rajoy correría serios peligros antes de alcanzar la presidencia del Gobierno. Puede que así sea; pero mientras todas esas zarandajas de tipo "electoral" pasarán e incluso cambiarán sin remedio, hay algo que nunca deberíamos olvidar de estas tristes jornadas en el Congreso de los Diputados. Las sesiones del 14 y 15 de julio serán históricas, porque se ha institucionalizado un crimen.

No, no me refiero al posible asesinato "político", retórico y formal que, una vez más, perpetró Zapatero contra Rajoy, especialmente al ejercer el turno de las réplicas y las duplicas. Sería más que fácil, extremadamente irónico, comentar el debate parlamentario refiriéndome al enfrentamiento dialéctico entre un killer y un pasmao de la secta política, pero prefiero hablar, más que nada por motivos estéticos y éticos, del crimen que anima ese intercambio de palabras y discursos, que descalifican a sus propios usuarios y desprecian a sus representados. Hablo, en verdad, de crimen y no de un vicio o defecto del que un político depredador o estulto puede lamentarse más o menos sinceramente.


Los socialistas y populares ya no se lamentan de ese vicio que corroe a España, desde la transición hasta hoy; a saber, soportar, pastelear y sufrir con resignación a los nacionalistas y separatistas, sino que se ponen al frente de sus "causas". "Del vicio al crimen" así titularía yo el debate parlamentario de esta semana. La casta política de los dos grandes partidos ha pasado de la queja a la defensa de un crimen, de considerarse chantajeada por los nacionalistas y separatistas, en las últimas décadas, ha transitado a defender con ardor la causa criminal de los nacionalistas contra España. Ésa es, en mi opinión, la esencia, lo que permanecerá de ese debate en el futuro. Con toda razón, decía un titular de El Mundo, ganan todos, "pierde España"; cierto, aunque quizá sería mejor decir "muere, un poco más, España", o mejor, "muerta España, dominan los criminales.

La principal prueba de ese crimen está a las vista de todos: Nadie en las Cortes Española pone en cuestión el Estatut de Cataluña. El Estatut mata a España, sin embargo, nadie, nadie, nadie se queja del crimen. He ahí la fuerza, la virtud interior, del crimen frente al vicio. Mientras que el vicioso se lamenta de su hábito, el criminal se enorgullece de su crimen. Todo crimen, como dijo Santayana, tiene su virtud interior; lo ocultamos celosamente, con un terror que en parte es amor; o, si se descubre y estamos obligados a confesarlo, lo hacemos con cierta vehemencia de orgullo desafiante. Tan verdad es que Rajoy lo oculta con terror como que Zapatero lo impone desafiando, o mejor, traicionado a su propia nación.

Quien dijo que el crimen no tenía moral, en mi opinión, se equivocó, y si no miren el Estatut y el "Estado" de la inexistente unidad de España. Santayana vuelve a tener razón: "La moralidad interior del crimen aparece claramente cuando el criminal no es un individuo aislado, sino una banda o una secta o una nación. Dentro de esa sociedad, el más intrépido criminal es el hombre más virtuoso". Rosa Díez fue la excepción de esa regla terrible que institucionaliza el crimen contra España; sí, fue la única que le dijo la verdad al virtuoso criminal: "Zapatero ha liquidado con este Estatut la unidad política española".


Libertad Digital - Opinión

La moción de censura. Por M. Martín Ferrand

El problema reside en que los dos grandes líderes españoles, los que deciden hasta los nombres del TC están cruzados.

SANTA Bárbara y Lord Acton, cada cual en su estilo y en su reino, son buenos para recordarles cuando truena. La primera suele venírsenos a la memoria de los artilleros el cuatro de diciembre, su trono en el santoral, y el segundo cuando la vida parlamentaria se obstruye por la rigidez de las posturas de quienes la protagonizan. El verdadero autor del aforismo con más padres entre todos los que integran los dichos políticos al uso —«El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente»— dejó escrito que «el objetivo de la minoría en la oposición es expulsar a la mayoría del poder y el de la mayoría es mantener su dominio sobre la oposición». Tomando como reglamento tan sabio y viejo principio, debemos reconocer que, en el Debate sobre el estado de la Nación, los dos grandes partidos cumplieron con su función canónica. Ahora bien, concluida la función, ¿cabe sacar alguna conclusión de aplicación práctica?

Según Mariano Rajoy, José Luis Rodríguez Zapatero no está en condiciones de gobernar y lo que debiera, para bien servir a España, es «disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas». A tan platónica y vaporosa solicitud, tan legítima como inane, respondió el presidente del Gobierno provocando a su principal oponente a presentar una moción de censura, pero «para eso hay que tener un programa y el valor de explicarlo». El problema reside en que los dos grandes líderes españoles, los que en función del exceso partitocrático deciden a pachas quién es el alcalde de Albacete, el presidente de Aragón, los diputados y senadores que mayoritariamente pueblan las dos Cámaras y hasta los nombres del CGPJ y el TC, están cruzados. Rajoy parece mejor dotado para ejercer la presidencia y Zapatero para encabezar la oposición, pero no fue eso lo que sentenciamos los ciudadanos en las últimas legislativas y, en eso no le falta razón a Zapatero, la moción es el camino para un nuevo reparto de papeles.

Cuando a Rajoy se le menta la hipótesis de una moción de censura, crispa el gesto como lo hacía la niña de El exorcista, pero ese es el camino reglamentario para expulsar a Zapatero de La Moncloa antes de las próximas legislativas. Es más, aún en la seguridad de salir escaldado del intento, entra en la responsabilidad del líder de la oposición el hacernos saber, con detalles, su plan alternativo. Zapatero no merece la confianza de Rajoy; pero, ¿cuál es el proyecto concreto de Rajoy para que los demás le otorguemos la nuestra? Mientras no se cumpla ese trámite, o lleguemos al otoño de 2012, el PSOE estará en su derecho de «mantener el dominio» sobre la oposición.


ABC - Opinión

Aborto. ¿La diferencia son vidas?. Por Guillermo Dupuy

No conozco un solo caso de una mujer que alegando "perjuicios psíquicos" no haya podido abortar con total tranquilidad. La diferencia está en que ahora esos abortos se podrán perpetrar sin tener que recurrir al coladero de la hipócrita ley anterior.

Los partidarios de la suspensión de la nueva ley del aborto durante el tiempo en el que el Tribunal Constitucional decide si es o no acorde a nuestra Carta Magna alertan sobre el "daño irreparable" que supondría aplicar esta ley si luego el Alto Tribunal dictaminara su inconstitucionalidad. Lo cierto es que, con excepción de los abortos que ahora se pudieran perpetrar en embarazadas menores de edad sin conocimiento de sus padres, no hay ninguna diferencia respecto a la ley anterior en lo que a la protección de la vida del no nacido se refiere.

Hasta la entrada en vigor de la nueva ley, a cualquier mujer le bastaba alegar que el nacimiento de su hijo le podía acarrear "perjuicios psíquicos" para poder acabar con su vida en el seno de su vientre. Yo no conozco un solo caso de una mujer que alegando este motivo no haya podido abortar con total tranquilidad. La diferencia está en que ahora esos abortos se podrán seguir perpetrando sin tener que recurrir al coladero que les permitía la hipócrita ley anterior. Vamos, que la diferencia está en si hay que rellenar o no casillas en el momento en el que se solicita ese criminal eufemismo que constituye la "interrupción voluntaria del embarazo".


Es cierto, tal y como ya reconocí, que la diferencia entre ambas leyes sí se puede cifrar en vidas si tenemos en cuenta los abortos en embarazadas menores de edad sin consentimiento y conocimiento de sus padres. Sólo por esas vidas estaría justificada la suspensión de la nueva ley. Sin embargo, no por ello me resulta menos hipócrita la actitud de un partido como el PP que ha terminado siendo condescendiente con una ley que sí permitía acabar con los no nacidos cuando sus madres eran mayores de edad. Estas criaturas son "abortables" aunque el Constitucional hubiera suspendido la nueva ley, como lo seguirían siendo aunque luego la declarara inconstitucional. Sólo basta alegar, insisto, en que el nacimiento de la criatura constituye un riesgo para la salud psíquica de quien la engendró para poder acabar con su vida.

Por otra parte, me parece sorprendente que el PP, si cree que lo que está en juego son vidas, todavía confíe en que el mismo tribunal, que evidentemente no las ha tenido en cuenta al no querer suspender la nueva ley, termine declarándola contraria a nuestra Ley de Leyes. Claro que, bien pensado, no será la primera vez que vemos cómo, en una sentencia del Constitucional, el vicio rinde homenaje a la virtud.


Libertad Digital - Opinión

El cadáver que anda. Por José María Carrascal

Los dos próximos años serán aún más peligrosos política que económicamente. Que ya es decir.

¡QUÉ poco nos ha durado la alegría! No se habían apagado los ecos de la fiesta del fútbol, y ya estábamos de nuevo enzarzados en la pelea cainita, diría más feroz que nunca. El último Debate sobre el Estado de la Nación se convirtió muy pronto en debate sobre el estado de las nacioncitas españolas, que quieren ser naciones y que están que trinan porque el Tribunal Constitucional no se lo permite. Durán Lleida se quitó la careta de hombre de Estado español, para arremeter contra Zapatero por haberlo consentido. De lo menos que habló fue de la crisis económica, cargando en cambio contra esa sentencia. Hoy se ve claro que lo que buscaban era cambiar la Constitución a través del estatut, con la connivencia de Zapatero. Al no conseguirlo, arremeten contra él, aunque dejándole la posibilidad de que lo consiga usando sus poderes ejecutivos. Otro tanto puede decirse de los nacionalistas vascos, con su eterna demanda de nuevas transferencias, sean o no constitucionales o lesivas para el conjunto de la nación. Y lo más grave es que Zapatero sigue dispuesto al diálogo con ellos, dice que les comprende y da a entender que el cerrojo del TC puede abrirse a través de «normas», dictadas por decreto. Concretamente, la pretensión catalana de tener su propia justicia, al margen y a la altura de la española. O sea, su «Estado de Derecho».

Al fondo de todo ello está aquella maldita frase de «os daré lo que me pidáis», que Zapatero pronunció en el Palau Sant Jordi, cuando él no puede dar lo que es anticonstitucional. Entonces engañó a España con los nacionalistas catalanes. El TC le ha obligado a engañar a los nacionalistas catalanes con España. Y ahora se dispone a engañar de nuevo a España con los nacionalistas.

Ayer les decía que Zapatero es, políticamente, un cadáver. Pero les advertía que es un cadáver que anda, lo que le hace doblemente peligroso. Sabe que del PP y de la auténtica izquierda, a la que ha traicionado, no puede esperar ayuda. Sólo le quedan los nacionalistas. Pero los nacionalistas no se contentarán esta vez con promesas. Quieren realidades. Y ya sabemos la última realidad que buscan los nacionalistas: dejar de ser españoles. Con menos que eso no van a contentarse. Es lo que van a exigir a Zapatero para permitirle seguir gobernando.

Y Rajoy, a todo ello, sin enterarse, con su rimbombante discurso de siempre, pidiendo a Zapatero que se vaya. Cuando todos sabemos que ni se va, porque ya no tiene nada que perder, ni los nacionalistas le dejarán irse, porque es el único que puede darles su nación. Quiero decir que los dos próximos años serán aún más peligrosos política que económicamente. Que ya es decir.


ABC - Opinión

Debate. En la inopia. Por Florentino Portero

Dejamos que los políticos de la Transición configurasen un sistema de partidos que se caracterizan por la falta de democracia interna y ahora padecemos sus resultados. Viven para sus intereses.

Mientras los analistas de política interior valoran el Debate sobre el Estado de la Nación, si Rajoy ganó y por cuánto, el español de a pie ve con resignación que todo sigue igual. Ya sabíamos que Zapatero es un irresponsable, un mentiroso, alguien carente del menor pudor intelectual y, por lo tanto, capaz de decir una cosa y la contraria. Ahora, con la ayuda de Rajoy y otros destacados parlamentarios, lo hemos podido corroborar. Bien está. Pero lo importante, lo que realmente nos afecta, que es cómo salir de la gravísima crisis económica en la que nos encontramos y cómo rehacer una Constitución violada por el Gobierno y el Tribunal Constitucional, eso ha quedado fuera del interés de sus señorías.

El tiempo pasa y el Gobierno no es capaz de proponer un Plan de Estabilización que nos permita salir de la situación de insolvencia en la que nos encontramos. Nuestro presidente se limita a adoptar las medidas que le imponen desde el exterior, pero sin la premura ni la coherencia política que la situación exige.

Mientras por estos lares vivimos entre el subidón de autoestima del Mundial y la depresión por un presente con cinco millones de parados y un futuro incierto, en Bruselas y en las grandes capitales europeas se trabaja para perfilar el futuro de la Eurozona. ¿Cómo es posible que nuestros parlamentarios vivan de espaldas a esta realidad, a un proceso político de enorme trascendencia para el proceso de integración europea y, sobre todo, para nuestra economía y ese conjunto de servicios públicos a los que hemos dado en llamar "estado de bienestar"? ¿Qué va a ser de nuestras pensiones? ¿Cómo se va a ver afectada nuestra sanidad? Lo único seguro es que tendremos que enfrentarnos a ajustes drásticos.

Dejamos que los políticos de la Transición configurasen un sistema de partidos que se caracterizan por la falta de democracia interna y ahora padecemos sus resultados. Viven para sus intereses. Uno trata de aguantar y corteja descaradamente a los nacionalistas para lograrlo. El otro intenta desgastar al partido en el Gobierno para asegurarse un vuelco electoral. Pero, ¿quién se ocupa de hacer frente a nuestras crisis constitucional y política?


Libertad Digital - Opinión

Caballo de Troya. Por Ignacio Camacho

El Estatuto es la obra maestra de Zapatero, un monumento a la improvisación y la irresponsabilidad.

EL Estatuto de Cataluña es la obra maestra de Zapatero, el epítome que compendia como un prontuario su deslavazada forma de gobernar y su frívolo estilo político. Un monumento a la improvisación, a la incoherencia y a la irresponsabilidad; un resumen perfecto de su relativismo intelectual, de su engañosa charlatanería, de su deslealtad constitucional y de su difuso concepto de la nación española. También de su desmañada torpeza legislativa, de su tendencia al apaño circunstancial y a la finta táctica, de ese incompetente manejo de las técnicas de gobierno que no sólo crea problemas donde no los hay sino que aumenta los nuevos con una maraña de rectificaciones y enredos. Convertido por su ineptitud en un lío sin final previsible, el Estatuto condiciona la política de alianzas, el modelo de Estado y quizá la duración real del mandato zapaterista.

Por esa posición cenital que ocupa en su ya menguado proyecto, el presidente mencionó la cuestión catalana como primera prioridad en el Debate sobre el estado de la Nación —¿de qué nación?—, por delante de la recesión económica y de la crisis financiera. Lógico: es lo que más le preocupa, habida cuenta de que a punto de perder la hegemonía andaluza es en Cataluña donde aún puede aspirar a una cierta ventaja electoral respecto al PP. En realidad, todo el descalzaperros estatutario obedece desde el principio a un mero cálculo tacticista de su diseño de poder, que se le ha complicado por incapacidad para manejarlo con una mínima coherencia. Ahora su principal afán consiste en recuperar credibilidad como privilegiado cómplice del soberanismo, un rango que ha quedado en solfa tras el alboroto de la sentencia; los nacionalistas se distancian de él por estrategia electoralista y Montilla se le rebela con furia suicida en un desaforado galope hacia el abismo. Para Zapatero, cuya política esencial consiste en hacer todo lo posible, y al precio que sea, para que le quieran, no hay peor drama que contemplar cómo le dejan de querer.

Para evitarlo no le importa subvertir la legalidad que está obligado a defender y respaldar; de hecho es lo que lleva seis años haciendo al propiciar una reforma encubierta de la Constitución que ahora, fracasada la deriva estatutaria, pretende llevar a cabo mediante leyes orgánicas. En cualquier otro hombre de Estado habría resultado sangrante el lamento que dejó caer en la tribuna sobre el recurso del Estatuto y su sentencia; lo que dijo significaba que hubiese preferido que prevaleciese una ley inconstitucional. En él, sin embargo, resulta de una naturalidad desalentadora; él mismo nos ha acostumbrado a verlo como un deconstructor del sistema. Y las escasas instituciones que aún permanecen sin desguazar parecen sombrías casandras tratando de advertir en vano contra el caballo de Troya.


ABC - Opinión

Debate. Zapatero y el mau-mauing catalanista. Por Cristina Losada

Así estuvo Zapatero ante el mau-mauing catalanista en el debate: firme en su entrega al soberanismo y nulo en la defensa de la Nación común. Qué sorpresa.

Cómo ciegan los mitos. No hay más que ver a Zapatero en sus escenas de adulación a los catalanistas durante un debate que se pretendía sobre el estado de la Nación, un término que evitó emplear, por ser ajeno a su cosmología. A las amenazas secesionistas, a los ataques a la sentencia del TC, a los anuncios de desacato, el presidente fue respondiendo con suprema comprensión, con tremenda sensibilidad, con el servilismo de los que se sienten fascinados por quienes pueden cortarles la cabeza. Como si de algo fuera a servir rebajarse ante los que nunca se contentarán y, además, le desprecian. Pero la fascinación le puede. Viene de lejos.

Algunos no se enteran. Un diputado, miembro de la parroquia mentada, reprochó a Zapatero la "larga tradición jacobina" de su partido. ¿Jacobina? Quiá. El PSOE que conocemos desde las postrimerías del franquismo –aunque entonces más bien lo desconocíamos– no ha hecho honor a tal apelativo: todo lo contrario. Los socialistas fueron colonizados por el nacionalismo. Se hicieron devotos de ese dogma según el cual, los auténticos y genuinos representantes de catalanes y vascos ("identidades fuertes") son los partidos nacionalistas o, andando el tiempo, las propias sucursales conversas. Con Zapatero ha culminado ese viaje retro y su partido se encuentra en las mismas antípodas del jacobinismo que De Maistre. El ciudadano español no existe.


La genuflexión del presidente llevaba las trazas patéticas y grotescas que Tom Wolfe descubrió en aquella flor y nata de la intelectualidad que se reunió en casa de Leonard Bernstein para adorar a los Panteras Negras, una pandilla dirigida por gangsters y proxenetas. La fascinación suicida y el mito. Ese mito acunado en conciertos de Raimon y Llach a los que no asistieron. El mito que Zapatero expresaba al proclamar: "yo admiro a la sociedad catalana". ¿Qué admira en ella? ¿Acaso el alto índice de fracaso escolar, la corrupción transversal, la deuda gigantesca, la expulsión de la lengua común de las aulas, las multas lingüísticas, la prensa del Movimiento, la exclusión de los no nacionalistas? Pero no saquemos defectos, proscribamos la crítica, dispensemos sólo alabanzas, incienso y oro y mirra.

Así estuvo Zapatero ante el mau-mauing catalanista en el debate: firme en su entrega al soberanismo y nulo en la defensa de la Nación común. Qué sorpresa.


Libertad Digital - Opinión

Aborto irreversible

El derecho a la vida proclamado por la Constitución e interpretado por la propia jurisprudencia del TC es el fundamento previo a cualquier otro derecho.

EL TC ha perdido una nueva oportunidad para demostrar su independencia y capacidad de aplicar la Constitución atendiendo a su espíritu genuino y no solo a criterios formalistas. Al rechazar la suspensión cautelar de la ley del aborto con el argumento de que no está prevista para las leyes estatales, el TC desconoce la finalidad del recurso de inconstitucionalidad como garantía en un asunto de máxima relevancia moral y jurídica como es la defensa de la vida del nasciturus. Es evidente —y así lo reflejan los votos particulares— que los efectos de la puesta en marcha de esta ley serán irreversibles, aunque en su día el Tribunal llegue a declarar su inconstitucionalidad. Un asunto de naturaleza patrimonial puede ser objeto de reparación, pero nadie podrá devolver la vida a unos seres indefensos. Por lo demás, las dilaciones excesivas a la hora de dictar sus sentencias y el proceso de renovación de los magistrados, con resultados todavía inciertos hacen prever que pasará demasiado tiempo antes de que se dicte una decisión jurisdiccional.

El derecho a la vida proclamado por la Constitución e interpretado por la propia jurisprudencia del TC es el fundamento previo a cualquier otro derecho. Su protección jurídica debe tener en consideración esas características especiales que alteran en este caso específico la presunción de constitucionalidad que se aplica a otras leyes del Estado. El deterioro que sufre el Tribunal solo podrá superarse si los magistrados hacen honor a la alta responsabilidad que les atribuye el ordenamiento jurídico. En efecto, no se trata de un órgano administrativo obligado a aplicar la ley de forma mecánica, sino de un intérprete supremo que debería haber considerado los sólidos argumentos de un recurso que pretendía paralizar una ley injusta.

ABC - Editorial

Reprobación y hundimiento virtual de ZP. Por Antonio Casado

La comunicación no verbal del presidente del Gobierno nos puso ayer por la mañana frente a un político agonizante. Sus asesores de imagen deben haberse tomado las vacaciones por anticipado. “Un muerto que habla”, oigo a mi lado. Terrible la frase del colega. Pero la frase se hizo carne al ver a Zapatero envejecido, agotado, somnoliento y con unas ojeras hasta los pies, mientras braceaba entre argumentos y palabras de réplica a Rosa Díez, Uxue Barcos, Carlos Salvador, etc., en el tramo final del debate sobre el estado de la Nación tras la dura jornada del miércoles.

En cuanto a la comunicación verbal, propia de los templos de la palabra, como el Parlamento, Zapatero ha perdido la ocasión de reinventarse como personaje del drama. Las recurrentes embestidas contra el PP no curan el estupor de sus electores, que siguen esperando explicaciones creíbles al frenazo en sus compromisos con los más débiles. ¿Y eso como computa en la batalla por el poder? Eso ya necesita de precisiones contables.

Me dicen en el entorno de Mariano Rajoy que el debate ha sido una cuestión de confianza encubierta que el presidente del Gobierno ha perdido por goleada. Hombre, sería más propio hablar de reprobación virtual (la cuestión de confianza la plantea el afectado y no ha sido el caso), pero se entiende la idea. A Zapatero le han apedreado por la izquierda y por la derecha, pero de aquella manera. Como un campeón de boxeo que retiene el título aunque le machaquen en un combate de exhibición.

El título no está en juego. Y no lo estará hasta la primavera de 2012, salvo improbable desfallecimiento del titular (elecciones anticipadas). O paso al frente del aspirante (moción de censura), que tampoco parece una hipótesis manejable a corto o medio plazo. Así que tendrán que seguir toreando de salón los conjurados para destronar a Zapatero. Su hundimiento es sólo virtual. Tan virtual como en las encuestas, en las tertulias y en los pregones de la cuenta atrás, tantas veces desmentidos luego por el BOE.

Lo de estas dos últimas jornadas en el Congreso de los Diputados, por ir al ejemplo que nos ocupa, no pasa de ser una representación. Muy dura, eso sí, como se reflejaba ayer en el rostro del protagonista. El agonista, que diría Unamuno, al verle ojeroso y adormilado en los últimos lances del debate.

En esta ocasión, además, se ha suprimido la votación en caliente de las resoluciones. Los grupos pueden presentarlas hasta las 14.00 horas de hoy, pero sólo podrán votarse a partir del martes que viene y, al no ser vinculantes, ni siquiera sirven para obligar al Gobierno a actuar de conformidad con las mismas.


El Confidencial - Opinión

Aborto: una ley abiertamente inconstitucional

El Tribunal Constitucional ha sido irremediablemente prostituido por los partidos y sus pronunciamientos han dejado de ser jurídicos para convertirse en una patética plasmación de lo que ordenan los políticos a quienes deben el puesto los magistrados.

Cuando se alega que hay leyes que deberían derogarse porque "no han conseguido nada" a la hora de reducir el comportamiento que castigan, se suele responder que no por el hecho de que se siga asesinando debe legalizarse este crimen. Sin embargo, eso es precisamente lo que se ha hecho con el aborto en España. Tras el escándalo que supuso la revelación de que algunas clínicas abortistas mataban nasciturus de hasta ocho meses perfectamente viables con técnicas tan brutales como la de aplastar cabezas, el Gobierno de Zapatero decidió impulsar una nueva ley que redujera los riesgos legales que afrontaban... esas clínicas.

Esta ley socialista, cuya base argumental parece reducirse a los sesudos "nosotras parimos, nosotras decidimos" y aquello de que el feto "es un ser vivo, pero no un ser humano", incumple la famosa sentencia 53/85 del Tribunal Constitucional al eliminar la necesidad de ajustarse a los tres supuestos que ésta contemplaba para despenalizar el aborto en las primeras 14 semanas de gestación. Al relajar las condiciones por las que se puede abortar legalmente cabe esperar que los casos aumenten; si se reduce el precio, que en este caso es el riesgo legal, aumenta la demanda. Por tanto, era razonable pedir la suspensión de una ley cuya constitucionalidad, por decirlo suavemente, está en entredicho y cuya aplicación produciría daños irreversibles, y más cuando éstos afectaban al derecho, que este sí lo es, a la vida.

Sin embargo, el Tribunal Constitucional ha decidido rechazar la petición de que se suspendiera la aplicación de la ley. A la espera de los autos y votos particulares, parece claro que los magistrados han aceptado el argumento de la Abogacía del Estado de que, tras la derogación del recurso previo de constitucionalidad de las leyes orgánicas, el TC sólo podía suspender una ley aprobada en el Parlamento en casos muy tasados, entre los que no se encontraba éste. Sin embargo, esta ley afectaba a derechos fundamentales, en concreto el derecho a la vida, y sus consecuencias son claramente irreversibles, no sirviendo los argumentos empleados en casos como el del traslado de los papeles de Salamanca a Cataluña.

En cualquier caso, sólo hay que emplear el sentido común para lamentar la decisión del Constitucional. Si, para horror de Zapatero y Aído, encontrara inconstitucionales preceptos como el que permite abortar libremente antes de las 14 semanas o el que permite a menores de 16 y 17 años no informar a sus padres siempre y cuando lo justifiquen –precisión que se añadirá al supuesto de "salud psíquica de la madre" como el fraude de ley más habitual en España–, ¿cómo podrá reparar todas las vidas perdidas desde el 1 de julio hasta que lleguen a esa conclusión?

Los cuatro años que han transcurrido hasta la sentencia del estatuto catalán y esta lamentable decisión deben servirnos para concluir la conveniencia de recuperar el recurso previo de inconstitucionalidad, mediante el cual las leyes orgánicas aprobadas en el parlamento no se aplicaban hasta que el TC no resolviera. De este modo se evitaba que leyes que afectaran a derechos fundamentales o a la estructura del Estado se pusieran en funcionamiento sin haber sido examinadas por el tribunal.

En cualquier caso, quizá valiera de poco ante la constatación de que el Tribunal Constitucional ha sido irremediablemente prostituido por los partidos, y que sus pronunciamientos han dejado de ser jurídicos para convertirse en una patética plasmación de lo que ordenan los líderes políticos a quienes deben el puesto los magistrados. Si alguna duda quedaba, la sentencia del estatuto la habrá disipado ya. Poca esperanza hay, por tanto, de que el TC considere inconstitucional incluso aquellos puntos que contradicen abiertamente su propia jurisprudencia. Ya encontrarán excusa.


Libertad Digital - Editorial

Guiño nacionalista de Zapatero

Zapatero ha dejado claro que prefiere transigir su debilidad con los nacionalistas. Cualquier cosa antes que ofrecer a la sociedad un acuerdo responsable con el primer partido de la oposición.

PARA Rodríguez Zapatero, el Debate sobre el estado de la Nación ha sido la ocasión que necesitaba para escenificar sus necesidades políticas y las soluciones que propone para satisfacerlas. Sabe que tiene un problema de mera supervivencia, que no tiene ya capacidad de convicción ante los ciudadanos y que la evolución de la crisis no le va a dar márgenes de maniobra para una resurrección política milagrosa. Sobre estas bases, Rodríguez Zapatero recuperó en el Congreso la esencia de lo que fue su acceso al poder y volvió a ponerse en manos de los nacionalismos. Esta historia es la de 2004, con la diferencia de que entonces partía con la autoridad de una victoria electoral inesperada frente a un PP convertido en bestia negra de los demás grupos; y ahora es el presidente de Gobierno con el peor balance económico y político de la historia de la democracia. Antes que buscar la novedad de un pacto de Estado con el PP para la recuperación de la economía y las grandes reformas estructurales que se necesitan, Zapatero ha dejado claro que prefiere transigir su debilidad con los nacionalistas. Cualquier cosa antes que ofrecer a la sociedad un acuerdo responsable con el primer partido de la oposición.

Para los nacionalistas, la situación de Rodríguez Zapatero es una oportunidad inmejorable para recolocarse en Cataluña y el País Vasco. Un presidente de Gobierno precarizado es una condición de partida muy propicia para Convergencia i Unió, si acaba gobernando en Cataluña, porque la negociación de los presupuestos generales de 2010 puede tener contrapartidas enjundiosas. Y para los nacionalistas del PNV, las elecciones municipales y forales de 2011 pueden permitirles recuperar parte del poder perdido o consolidar el que conservan si los socialistas acuerdan con ellos, y no con el PP, mayorías de gobierno. Si después del frenazo impuesto por el Tribunal Constitucional al modelo confederal del Estatuto de Cataluña, Zapatero aún se empeña en seguir haciendo exégesis del término nación para complacer a los socialistas catalanes y a CiU, es porque el presidente del Gobierno no ha querido aprender nada de su peligrosa aventura estatutaria. Es muy significativo que las únicas declaraciones comprometidas que realizó durante el debate tuvieran como objeto una encendida defensa del Estatuto catalán y su compromiso de desarrollarlo, dando por hecho, además, que en Cataluña no hay más sentimiento político legítimo que el nacionalista. Zapatero ya gobierna mirando con miedo a Cataluña.

ABC - Editorial

jueves, 15 de julio de 2010

En el vacío político. Por Valentí Puig

Un rasgo del zapaterismo es comportarse en el Gobierno como si todavía estuviera en la oposición.

LO más previsible del debate de ayer era que el presidente Zapatero ostentase ese medallero extenso con el que se autoacredita como estadista que cambió estructuralmente de rumbo político, sacrificándose por la nación. En cuanto a las mediciones profundas de la opinión pública, lo imprevisible es la credibilidad que tenga la tesis del medallero. Ciertamente, es ilimitada la naturalidad con que Zapatero dice hoy todo lo contrario de lo que decía ayer. Podríamos hablar en concreto de un dialecto Zapatero, una fragmentación lingüística en la que la relación entre la palabra y su significado varía de modo constante y aleatorio. Pudo constatarse ayer en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Un rasgo permanente del zapaterismo es comportarse en el Gobierno como si todavía estuviera en la oposición. No es un rasgo original. Consiste en gobernar —según la vieja fórmula— no «para» algo, sino «contra» algo. No fue otra la estrategia de Zapatero desde que obtuvo la mayoría en las elecciones después del atentado del 11-M. Entonces se puso a gobernar «contra» el PP, del mismo modo que había visto la formación del tripartito catalán y su reivindicación estatutaria como un dique frente a las aguas del centro-derecha.


Entre otros motivos, seguramente fue por eso que luego no quiso asumir la dimensión de la crisis económica, o que incluso tardó en captarla. Eso ha llevado al Gobierno a un cierto vacío político. Desde luego, ni las bancadas del PP son un jardín de la infancia ni deja de haber contradicciones en sus tareas de oposición, pero no solo es que quien gobierna sea el PSOE, sino que le ha negado a la oposición política y a la opinión crítica el marco de aquella totalidad compleja en la que —por definición— somos plurales. Ese es un efecto del vacío político, del acordonamiento fijo de espacios.

Viene de ese vacío político que Zapatero haya asumido tarde y mal la recesión, incluso cuando era un dato clamoroso, y solo hasta que le indicaron las pautas el FMI, el Banco Central Europeo y los mercados de deuda. Ahí, de modo tan tardío, aparece el Zapatero que ayer describía el estado de la nación con la ortodoxia de la terminología del FMI y de la Comisión Europea. Está ya un poco pasado de rosca acordarse de la Alianza de las Civilizaciones, pero es inevitable para contrastar el lenguaje zapaterista de los inicios y el de ayer. Fue como si pasásemos del «Viva Zapata» a las fórmulas de la tecnocracia. Era un salto inverosímil para un público al que ya le cuesta creer y confiar en según que cosas.

Mantenerse en el vacío político durante un año y largos meses es una gesta con la que Zapatero va a intentar asirse de unos primeros indicios de recuperación económica —crecimiento y creación de puestos de trabajo— que hoy por hoy pocos ven con certeza. Es una apuesta por la incertidumbre. Mientras tanto, intentará rehacer complicidades parlamentarias pero el vacío político absorbe y ensimisma. Puede ser un espectáculo poco gratificante para quienes desearían ver ahora mismo un retorno del potencial regenerador de España. Vamos a tener que escuchar muchos monólogos en el dialecto Zapatero.


ABC - Opinión

Traidores por doquier. Por Hermann Tertsch

Zapatero no se va. Se defenderá clamando contra todos los «traidores» que no le ayudan y no le creen.

RESIGNÉMONOS, españoles, no hay nada que hacer. El debate sobre el estado de la Nación en el Congreso de los Diputados nunca ha sido un debate de especial gran nivel. Pero todo es susceptible de empeorar en la triunfal era de Rodríguez Zapatero. La economía se hunde, los socios europeos nos huyen y temen, nadie se fía de nosotros, nuestras instituciones se combaten entre sí y afloran las hostilidades por doquier. ¿Por qué iba a mejorar precisamente este año el nivel del debate anual, el estado de la Nación? Por eso ayer tuvimos a un Zapatero que se fue fiel en todo momento. Pudimos ver a un jefe de la oposición más inspirado y contundente que de costumbre. Debe de haber llegado incluso a Génova el rumor de que la gente en la calle no solo está angustiada. Está enfadada y asustada. También está harta de ver cómo este espectáculo de palabrería no conduce a nada que repercuta para bien en su situación, en su ánimo y su economía doméstica. La oposición hace bien en tomarse en serio el riesgo de que la palabrería de la Cámara nos deje tan exhaustos a los españoles que acabemos confundiendo las distintas palabras que se cruzan en el hemiciclo. Y que el hastío que producen ya las letanías vacías del presidente del Gobierno acaben afectando también a una oposición a la que su líder ha impuesto un ritmo quizá muy gallego, pero que impacienta a sus posibles votantes.

Que Rajoy fue ayer superior en poder de convicción, credibilidad y presencia es cierto. Pero tal constatación no supone que pueda ponerse a tirar cohetes. Porque la sociedad española está hoy igual que ayer por la mañana. Que el líder de la oposición nos recuerde que el presidente del Gobierno es un incompetente y mentiroso compulsivo, para quien la palabra no tiene valor alguno, es algo que ya no es original —por cierto que sea—. Sí dio el jefe de la oposición en el clave en el pasaje de su primera intervención en la que, escuetamente, compara la situación de hoy con la existente hace un año, cuando se celebrada el anterior debate. En esos datos pueden condensarse todos los fracasos, las falacias y la impotencia de este Gobierno, dirigido por quien parece un adolescente turbado y expulsado de su espejado mundo de juguete. Se ha descompuesto Zapatero con las intervenciones de su rival y, al subir a la tribuna a responder a Rajoy, era un hombre desencajado. Cuando más tarde ha querido recurrir al humor ha resultado más patético aún. Zapatero debiera saber que una cosa es que se hagan chistes de él y otra, ser chistoso. Resumiendo, Zapatero no se va. Agotará la legislatura, nadie sabe para qué. Se defenderá clamando contra todos los «traidores» que no le ayudan y no le creen. Y como los traidores somos cada vez más, veremos qué instrumentos se le ocurren al Timonel y a Ferraz para convencernos.

ABC - Opinión

Rajoy lleva al Parlamento el grito de la calle: Zapatero, vete ya. Por Federico Quevedo

Con otras palabras, si quieren más educadas, propias de un parlamentario de su categoría, pero ayer el líder del Partido Popular le dijo a Rodríguez Zapatero en el debate del Estado de la Nación tres cosas: la primera que es un inútil, la segunda que no es creíble y la tercera que lo mejor que puede hacer es irse por el bien de España, de esta España que ha recuperado su dignidad -o parte de ella- gracias a su selección de fútbol, que manda eso… Rajoy no le podía repetir a Rodríguez aquello que ya le dijo Aznar a González -“¡váyase, señor González, váyase!”-, porque la frase tiene copyright, pero se lo vino a decir con otras palabras, si quieren menos efectistas, pero igual de contundentes: “Usted no está en condiciones de gobernar. Por lo tanto, el mejor servicio que puede hacer al país para cortar este calvario es disolver el Parlamento y convocar elecciones”. Y fue en ese terreno, el de visualizar el Estado de la Nación, el del relato sobre cómo hemos llegado hasta aquí, y el de la única salida que nos queda, donde Mariano Rajoy le ganó el debate a un Rodríguez Zapatero que en su primera intervención directamente no estuvo, y en la réplica al líder del PP sólo supo buscar el cuerpo a cuerpo mediante la descalificación, el insulto y la provocación.

Partamos de una base: el debate del estado de la nación está pensado para que lo gane siempre el presidente del Gobierno. Tiene tiempo ilimitado, siempre cierra el debate, y además su primera intervención la hace él solo por la mañana lo que supuestamente le permite ganar la primera batalla de los medios con su discurso inicial. Por el contrario, los portavoces de la oposición hablan con tiempo tasado -treinta minutos para la primera intervención y diez para la réplica- y en un debate seguido. Ayer, sin embargo, Rodríguez no aprovechó su primera oportunidad y por la mañana nos ofreció un discurso tan vacío de contenido y de propuestas que se lo podía haber ahorrado. Fue por la tarde, en respuesta a la intervención de Rajoy, respuesta que ya llevaba escrita de antemano, cuando Rodríguez sacó su artillería y buscó provocar a Rajoy reprochándole la actitud del PP sobre el Estatuto catalán. Probablemente era la única alternativa que le quedaba a Rodríguez, pero le salió mal porque Rajoy no entró al trapo y después de haberle recordado en su primera intervención que todo lo que está ocurriendo con el Estatuto es culpa suya desde que dijo aquello de que aprobaría lo que surgiera del Parlamento catalán y como luego fue engañando a tirios y a troyanos, no volvió a referirse a este asunto por más que Rodríguez le buscó.

Y lo cierto, lo que quedó en evidencia ayer tras la primera intervención del presidente, es que el asunto del Estatuto catalán, lejos de haberse arreglado con la sentencia del TC, se ha envilecido aún más y ha envilecido la política, y amenaza seriamente con descomponer el modelo de Estado constitucional, porque Rodríguez está dispuesto a cometer la mayor de todas las barbaridades, es decir, saltarse a la torera la sentencia y desarrollar el Estatuto por la vía de la leyes orgánicas. Mal asunto, como casi todo lo que en estos momentos está en manos del presidente, y eso fue lo que ayer evidenció con acierto Mariano Rajoy. “Su tiempo está agotado, y usted lo sabe”, le dijo el líder del PP. No sé si Rodríguez lo sabe, pero lo cierto es que esté país ya no aguanta más esta situación, y en el actual escenario de crisis económica una nueva escalada de tensión territorial, lejos de contribuir a serenar los ánimos, lo que hacer es perjudicar aún más a España y a su imagen de marca. Y eso es algo que, precisamente ahora, después de este ‘subidón’ de orgullo patrio que nos ha traído la selección, se va a hacer mucho más patente para la inmensa mayoría de la gente, para esa inmensa mayoría de izquierdas, de derechas y medio pensionistas que estos días gritaba “yo soy español, español, español” sin complejo alguno por decirlo y por acompañarlo de la presencia externa de los símbolos que lo demuestran.

Rodríguez ayer estaba solo en el Congreso, a pesar de los aplausos de los suyos. Era como un fantasma al que, por cierto, se le había ido la mano en la exposición a los rayos uva para tapar su mala cara y las ojeras que le produce la tensión de ver como conduce al país al abismo irremediable. Y Rajoy se irguió sobre la tribuna como el matador dispuesto a darle la estocada: “No es usted creíble, no se puede confiar en usted, nos ha engañado a todos”, le vino a decir. “Tiene usted poder, pero no tiene autoridad porque no inspira confianza”, fue probablemente una de las frases más contundentes y más acertadas de las que he escuchado en boca de Rajoy dirigidas a Rodríguez. Y es que es así: Rodríguez es un gobernante atrapado en la espiral de sus propias mentiras y de sus engaños, y la única salida que le queda a este país para, en efecto, superar este calvario es que él mismo hiciera honor a su promesa de actuar en bien de España y no en interés particular y convocara elecciones de inmediato.


El Confidencial - Opinión

Debate. Por qué Zapatero es el problema. Por Emilio J. González

Lo peor de todo fue la sensación que dejó Zapatero de que no piensa rectificar y de que va a seguir con su línea y en el cargo le cueste lo que le cueste.

En sus intervenciones durante el Debate sobre el Estado de la Nación, el presidente del Gobierno ha dado una nueva prueba de que el principal problema para la economía española no es la crisis inmobiliaria, ni la del sector financiero, sino el propio ZP.

Zapatero se presentó en la tribuna de oradores con un discurso como cabía esperar de él: con una intervención llena de generalidades –¿cuáles son las reformas estructurales a las que se refirió?–, sin concreciones y en la que dibujaba una España muy distinta de la real en la que, gracias a él y a todo el catálogo de medidas que está desplegando el Gobierno –que, por supuesto, enumeró de forma exhaustiva–, estamos empezando a superar la crisis. El problema es que todo ese optimismo que ZP derrochó a raudales no lo comparten más que sus incondicionales, porque los analistas hablan de vuelta a la recesión en la segunda mitad del año y de muy serios problemas con el sector financiero a partir de este otoño. Mientras tanto, las empresas no es que ya no consigan crédito, es que ya ni su banco de toda la vida les admite a descuento un simple pagaré, entre otras razones porque el poco dinero del que disponen tienen que dedicarlo a comprar la ingente cantidad de deuda pública que emite el Gobierno para evitar la quiebra del Estado.


Por supuesto, Zapatero no se cortó un pelo a la hora de colgarse un montón de medallas sin, por supuesto, merecer ninguna de ellas. Según el presidente del Gobierno, todo lo que ha hecho el Ejecutivo ha sido porque la crisis internacional ha obligado a nuestro país a adelantar los planes de ajuste y porque su Gabinete apuesta por una España moderna y competitiva, para lo cual ha aprobado las reformas estructurales que dice haber aprobado. Pero lo cierto es, sin embargo, que todo esto no ha sido fruto de la voluntad del Gobierno ni, mucho menos, de su presidente, sino que nos ha venido impuesto por el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea a cambio de no dejar caer a España. Vamos, que nos han intervenido con todas las de la ley, pero de forma sutil, y ZP pretendiendo vendernos las burras: la de que todo es fruto de su preocupación por España y los españoles, la de que ha aplicado un verdadero plan de saneamiento presupuestario y la de que ha puesto en marcha reformas estructurales que distan mucho de ser tales. De la misma forma que las pocas e insuficientes medidas que se han tomado hasta ahora son el fruto del miedo que los mercados le metieron a Zapatero en el cuerpo; miedo que, una vez superado, le ha permitido al presidente del Gobierno volver a las andadas. Él no tiene una verdadera voluntad de hacer nada para arreglar las cosas; sólo responde a la presión externa cuando ésta alcanza límites casi insoportables, lo cual ha minado por completo la confianza en la economía española y su sistema financiero.

Tres cuartos de lo mismo cabe decir en relación con las medidas adoptadas por la Unión Europea para afrontar la crisis, en especial la que puede ocasionar la suspensión de pagos de España. Según la versión de ZP, todo eso del fondo de rescate se debe a él y a su participación en la política comunitaria como presidente de turno de la UE, cuando lo cierto es que las decisiones se han tomado entre Berlín y París, ninguneando a Zapatero y dejándolo al margen puesto que, al fin y al cabo, el problema real era y es la España de ZP, cuya situación puede ser una bomba de relojería para el sistema financiero de la UE. Pero, por supuesto, un ZP muy pagado de sí mismo en su discurso: no se cortó un pelo a la hora de atribuirse al respecto méritos que no le corresponden.

Lo peor de todo, sin embargo, fue la sensación que dejó Zapatero de que no piensa rectificar y de que va a seguir con su línea y en el cargo le cueste lo que le cueste. Dijo que el Estado va a recortar otros 20.000 millones de euros de gasto público en 2011 aplicando la tijera a los gastos corrientes y a las transferencias a las empresas públicas, cuando los primeros no dan para mucho y cuando resulta que, en materia de empresas públicas, el Gobierno no ha aplicado a Renfe la rebaja del 5% que ha impuesto a los funcionarios. En cambio, donde debe dejar de gastar, esto es, en las partidas ideológicas, no va a aplicar la tijera y lo ha dejado bien claro. Él sigue a lo suyo y no piensa marcharse, como contestó a la petición de elecciones efectuada por Rajoy. Es más, tal y como se expresó con eso de que si el presidente del PP quiere que ZP se marche le presente una moción de censura, dejó entrever que, incluso si el PSOE llegara a perder una votación de importancia, digamos, por ejemplo, sobre los presupuestos, el Gobierno seguiría en su lugar. Es decir, que él está dispuesto a seguir en el cargo contra viento y marea, pase lo que pase, mientras no le echen del mismo, y a seguir haciendo lo que ha venido haciendo desde que llegó al poder en 2004. Zapatero, por ello, es el verdadero problema de la economía española. El Debate sobre el Estado de la Nación lo ha dejado muy claro.


Libertad Digital - Opinión

El (mal) estado de la nación. Por M. Martín Ferrand

Zapatero presume, en alarde de autocomplacencia, de haber hecho lo debido en cada circunstancia.

SI España fuese una democracia sólida y verdadera, no paródica, el debate parlamentario más importante del año sería aquel en que se discute y aprueba el Presupuesto; pero nos demuestra la experiencia que, especialmente en lo que llevamos de zapaterismo, el Presupuesto es un género literario, algo que se formula con la convicción previa de no cumplirlo y cuya única función concreta es la de su publicación en el BOE. En consecuencia, el debate estelar de la legislatura es el que ayer comenzó en el Congreso de los Diputados, el del estado de la Nación. Dada la proximidad y trascendencia de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y a la vista de la reacción montaraz y díscola con que la ha acogido el presidente de la Generalitat y notable militante socialista, José Montilla, hubiera sido deseable —¿exigible?— que el discurso de José Luis Rodríguez Zapatero hubiera sido menos falaz al respecto y, a mayor abundamiento, no hubiese anunciado su disposición de «recuperar», en componenda con la franquicia socialista catalana, aspectos estatutarios anulados por el TC.

Como de consuno, Zapatero y Rajoy, con más dignidad el segundo que el primero, sobrevolaron la cuestión catalana. El socialista, por autor del problema; el popular, por no enfrentarse al coste electoral que su necesario recurso de inconstitucionalidad pueda tener en las autonómicas del próximo otoño. Hubiera bastado con que el jefe de la oposición le hubiera formulado al del Gobierno una sola pregunta: ¿España es una Nación y no hay más Nación que España en todo el territorio? Una pregunta envenenada para quien, como Zapatero, sostiene que el concepto de España como Nación es «discutido y discutible»?

En los aspectos sociales y económicos del debate, los dos protagonistas principales repitieron lo acostumbrado. Zapatero, que no parece tener conciencia de la gravedad de la situación en la que estamos, presume, en alarde de autocomplacencia, de haber hecho lo debido en cada circunstancia, de haber cumplido con su deber. Parece incapaz de entender y asumir que, además de en lo referente a Cataluña, él es el problema. Ni supo ver venir la crisis ni, muchos menos y acompañado por un equipo mediocre, es capaz de enfrentarse a ella. Además, como hombre mejor dotado para la oposición que para el Gobierno, trata de trasladar a su oponente la responsabilidad de lo que nos ocurre, como si el líder de la oposición, en un sistema que tiende a «presidencialista», tuviera muchas más posibilidades que la crítica de las acciones y el señalamiento de las omisiones del titular del Ejecutivo.


ABC - Opinión

Y el visionario acabó convertido en caradura. Por Jesús Cacho

Alguien dijo que una característica común a todos los líderes populistas que en el mundo han sido es que mienten con tanto descaro que incluso es falso lo contrario de lo que dicen. Confieso que contemplar a Rodríguez Zapatero desgranando desde la tribuna del Congreso los desequilibrios macroeconómicos que han terminado poniendo en la calle a 5 millones de españoles como si la cosa no fuera con él, confiado y campanudo, afectadamente solemne, como si no hubiera tenido nada que ver con el desastre a pesar de estar gobernando desde marzo de 2004, me produce una impresión cercana al aturdimiento. Con más cara que espalda. Con todo el morro. Como un profesor de Historia de un colegio de secundaria narraría la invasión de España por las tropas de Napoleón o la batalla de Lepanto.

Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004. Una nueva estación en el vía crucis de un país condenado a vivir su calvario hasta purgar, de grado o por fuerza, los excesos cometidos por mucha gente -promotores inmobiliarios, banqueros codiciosos, políticos corruptos-, pero fundamentalmente por un Gobierno de tan alta ideologización como bajo nivel de capacitación técnica, presidido por un peligroso visionario que se cree sus propias fantasías. La novedad es que el visionario ha terminado convirtiéndose en un caradura.


Si el 3 de julio de 2007 -último debate sobre el estado de la Nación de su primera legislatura-, el aludido realizó un balance triunfalista de sus tres años en el poder que culminó con el anuncio-guinda de la canastilla de 2.500 euros para cada nuevo hijo, además de la promesa del “pleno empleo” si resultaba reelegido en 2008, en el debate del año pasado (12 de mayo de 2009), el prestidigitador sorprendió a todos con una catarata de planes y paquetes y ayudas, al menos supuestas, que dejaron noqueado a un Mariano Rajoy que no se esperaba tal aluvión. Gasto público a mogollón. Regalos a todos aquellos grupos de interés con alguna capacidad de presión o influencia electoral.

Entre ambas fechas, en esos casi dos años que van de julio de 2007 a mayo de 2009, el señor presidente se había dedicado a negar la crisis y a calificar de antipatriota a quien afirmara lo contrario. En pleno 2008 se refería a ella calificándola de “periodo de desaceleración del crecimiento”. Cuando resultó evidente, a cuenta del desplome de la actividad con su correlato de paro, que debía cambiar de registro, trató de enmascararla en la situación financiera internacional, intentando ocultar, mintiendo siempre, que España tenía su propia y demoledora crisis, personal e intransferible, tan distinta, tan cruel como atestiguan esas tasas de paro que no conocen parangón en el mundo civilizado.
«Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004.»
En mayo de 2009, sin embargo, el inquilino de Moncloa creía haber encontrado el antídoto perfecto para acabar con la pesadilla: el gasto público. Los economistas en nómina le habían convencido de que el ratio deuda pública/PIB español, entonces en el entorno del 36% frente a una media del 59% en la UE, le permitía gastar con liberalidad en las cosas más variopintas, por improductivas que fueren. El déficit público así generado se vio engrosado por el aumento de los gastos del seguro de desempleo y el derrumbe de los ingresos fiscales, consecuencia todo ello de la aparatosa caída del PIB. Con el agravante de que como se podía gastar sin ton ni son, porque el Tesoro público era un pozo sin fondo, no era necesario adoptar reformas estructurales de ningún tipo. El corolario del desmadre descrito es que, entre diciembre de 2007 y el mismo mes de 2009, las cuentas públicas pasaron de un superávit del 2% a un déficit del 11,4%. Más de 13 puntos de PIB desaparecidos en solo dos años por el sumidero de las “políticas sociales” de Zapatero.

Miedo a la suspensión de pagos de España

El castillo de naipes se vino abajo con la crisis del euro ocurrida en mayo pasado, una crisis en buena medida causada por las sospechas de los mercados sobre la capacidad de España para pagar sus deudas. Y, de pronto, Zapatero se asustó. Se asustó tanto que de un día para otro, tras la dramática noche del 9 al 10 de mayo vivida en Bruselas por la ministra Salgado (“me dicen que eso no es suficiente, José Luis, que quieren más…”) ante sus pares, la UE y el BCE acordaron crear un fondo de hasta 750.000 millones para “proteger a la divisa europea de los ataques especulativos”, aunque la verdadera razón estaba -está- en dar seguridad a los mercados de que España no suspenderá pagos.

El resultado fue un radical volantazo a la derecha, con replanteamiento de la política económica del aprendiz Zapatero. No iba a tocar el gasto social, ni el sueldo de los funcionarios, ni las pensiones, ni, por supuesto, el mercado de trabajo sin el acuerdo de patronal y sindicatos… Rajoy tuvo ayer la humorada de leer una página del diario de sesiones del citado 12 de mayo de 2009. Cita textual del genio de León: “Yo he dicho, señor Rajoy, que no hay que hacer una reforma laboral. Usted es el que afirma tal cosa. He mantenido y mantendré que no se producirá ninguna reforma laboral que debilite los derechos de los trabajadores o facilite, abaratándolo, el despido. Lo mantengo y lo mantendré”.

Pues, con un par, ha terminado haciendo la reforma -reformita- y por Decreto. ¿Alguien vio ayer en Zapatero alguna sombra de duda, algún gesto de vergüenza ante semejante ejercicio de travestismo, algún ligero temblor facial? ¿Oyó alguien algo parecido a una disculpa ante los funcionarios, los pensionistas o los trabajadores españoles en general? Muy al contrario, alardea, alardeó ayer, del ajuste emprendido -más bien ajustito para las verdaderas necesidades de nuestra Economía- como el que presume de haber ganado el Nobel. Y con la fe del converso, se compromete a “culminar con ambición todas las reformas que hemos puesto en marcha”, mientras descubre el Mediterráneo de que “hay que crecer sin incrementar el gasto público…”. A buenas horas, mangas verdes.

Es lo que tiene el personaje: que aprende tarde, mal y nunca; que lleva tres años de retraso en casi todo, en reconocer la crisis y en adoptar decisiones mínimamente coherentes que la situación reclamaba. Tres años perdidos y muchos más de sufrimiento, en términos de paro y pérdida de nivel de vida, colectivo. Y esto es así no solo en el terreno económico, sino también en el político e institucional. Un botón de muestra: el presidente del Gobierno que juró guardar y hacer guardar la Constitución se dispone a desguazarla con la ayuda de su cuate Montilla, para resolver los problemas que enfrentan a PSOE y PSC. Lo nunca visto en el mundo de las democracias occidentales. Vale el viejo doliente lamento: ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto…?


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Cataluña. ¿Más café para todos?. Por José García Domínguez

El intelectual de cabecera del tripartito, Xavier Rubert de Ventós, después de buscar y rebuscar únicamente ha dado con un ejemplo empírico de ese federalismo descangallado y fané: el subcomandante Marcos.

Hay que ignorarlo todo sobre la naturaleza del nacionalismo catalán para incurrir en una promesa como la que acaba de asumir Zapatero en el Debate; a saber, el compromiso de vadear la sentencia con tal de "desarrollar" los contenidos del Estatut viciados de inconstitucionalidad. Igual que tantas veces, el presidente parece hablar a humo de pajas, pero lo grave es que en esta ocasión desconoce con quién lo hace. Pues cuanto más se esforzase el hombre por resucitar esos cadáveres, tanto más afrentaría a los catalanistas. De tal guisa, cada paso adelante en la evaporación del Estado sería percibido como un paso atrás en la construcción nacional de Cataluña. Tragicómica paradoja que en última instancia remite a un malentendido puramente semántico.

Y es que nada se compadece menos con la verdad que el sambenito federalista que la izquierda sigue empeñándose en atribuir al catalanismo; como nada resulta más ajeno al afán segregador de los nietos de Prat de la Riba que el espíritu igualitario de los federales. A fin de cuentas, el intento de salvar los muebles del Estatut, leyes orgánicas mediante, implicaría equiparar a los aborígenes de Albacete y Betanzos con los payeses de Gurb o Vic, suprema, imperdonable afrenta de lesa catalanidad. Más café para todos, un anatema en las antípodas de la falacia también dicha federal que apadrina el PSC. Esto es, un Estado plurinacional donde la autonomía de Cataluña se fundamenta en la soberanía compartida con España, razón última de que las competencias de la Generalidad hayan de ser distintas y distantes de las de las otras comunidades.

Su reino, como se ve, no es de este mundo. Así, el intelectual de cabecera del tripartito, Xavier Rubert de Ventós, después de buscar y rebuscar únicamente ha dado con un ejemplo empírico de ese federalismo descangallado y fané: el subcomandante Marcos. Sí, Marcos, el clon del pasamontañas. Por lo visto, el Estado Libre Zapatista de Chiapas, fantasía que sólo existe en la imaginación del ex vendedor del Corte Inglés, asegura poseer el derecho a intervenir –y en su caso vetar– en cualquier legislación mexicana que afecte a su territorio. Más allá de ese chiste, no hay ninguna otra plasmación del federalismo amontillado en el todo planeta Tierra. Ni una. Cero. ¿Lo sabrá el Adolescente?


Libertad Digital - Opinión

La foto fija de un estanque. Por Ignacio Camacho

Tras la catarsis mundialista tenemos mejor autoestima, pero seguimos tan mal gobernados como antes.

ZAPATERO es un gobernante desastroso, incompetente y errático, pero como parlamentario maneja bien el arte de la propaganda, que es la versión posmoderna de la retórica. Es buen encajador, porque sus escasos principios son muy elásticos, y pega con una contundencia demagógica. Por eso se siente a gusto en los debates, en los que acostumbra a emplear un lenguaje mitinero trufado de consignas y se acolcha ante las críticas con una pasividad impermeable. Se mueve con animada soltura en el toma y daca y fracasa en el turno de exposiciones, cuando le toca ejercer la responsabilidad del liderazgo. En ese trance se vuelve espeso, narcótico, difuso; endilga discursos anestésicos en los que dibuja entre vapores de irrealidad los contornos de un sueño autocomplaciente. Está cómodo en la confrontación pero no sabe —o no puede— defender un proyecto.

Ayer no tenía otra estrategia que la de trabarse con Rajoy en un cuerpo a cuerpo. Fue un espectáculo patético: el presidente del Gobierno esforzándose en desgastar al jefe de la oposición. Fracasado en todos sus objetivos, falto de chispa y confianza, ni siquiera se molestó en justificarse. La quiebra financiera le ha privado incluso de las clásicas ocurrencias con que suele apoderarse de los titulares: no tiene nada que ofrecer salvo resignación para compartir su propio naufragio. Trató de hacerse la víctima y presentó la crisis como un accidente meteorológico; habla del déficit como si en vez de provocarlo él le hubiese llovido en una tormenta. Inmune a sus contradicciones desprecia la autocrítica; errado en todos sus pronósticos presenta como una virtud sus rectificaciones y cambios de criterio. En el discurso de más bajo perfil de su mandato, lleno de coartadas y pretextos, se pintó a sí mismo como un inocente bienintencionado al que su malvado oponente se niega, hambriento de poder, a echar una mano.

Ni Rajoy ni los demás portavoces tuvieron piedad; le sacudieron a granel, como estaba previsto, y no encontró comprensión en los nacionalistas porque hay un horizonte de elecciones y además en estos debates no está en juego nada sustantivo. Desde el punto de vista práctico la sesión fue un dèja vu inservible. Todo el mundo sabe que la escena pública está embarrancada en un duelo estático, atrapada en la foto fija de un estanque: el discurso zapaterista está agotado y el PP no va a suministrar oxígeno a su asfixia. Tampoco CiU, al menos hasta que gobierne en Cataluña. Esta dialéctica cansina quedó ayer, para alivio gubernamental, balsamizada por el estiaje y la euforia del éxito mundialista. Todo sigue igual; tras la catarsis futbolera tenemos mejor autoestima y más orgullo, pero seguimos tan mal gobernados como antes. La selección es lo más parecido que vamos a tener a un gobierno de coalición.


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Zapatero y Rajoy, más de lo mismo en el debate de ayer. Por Antonio Casado

El tiempo dirá si Mariano Rajoy acertó en su arriesgada apuesta en el debate sobre el estado de la Nación. A la confrontación por la confrontación. Palo sin zanahoria cuando todavía queda tanto partido por jugar. Se le puede volver en contra si se comparan sus intervenciones con las de otros portavoces. Durán i Lleida, por ejemplo, cuyo cruce con el presidente del Gobierno fue un modelo de esgrima parlamentaria.

En su particular cuerpo a cuerpo con Rodríguez Zapatero, el líder del PP optó por la bronca y renunció a los contenidos. Se limitó a machacar el mismo clavo de siempre: Zapatero es un perfecto inútil, que improvisa, miente y no inspira confianza a nadie. Así que lo mejor que puede hacer es convocar ya elecciones anticipadas. Porque “su tiempo se ha agotado” y porque “conviene al país y no al PP”.

Tampoco el presidente del Gobierno fue muy original en su réplica. Con su discurso inicial, a mediodía, había tratado de explicar con mejor o peor fortuna su gestión y, en particular, el por qué de sus decisiones en materia económica. Cierto, pero por la tarde, en su cruce con el líder del principal partido de la oposición, no fue mucho más allá de su recurrente crítica al empeño del PP en capitalizar los males del país sin presentar una alternativa. La misma pedrada de siempre: Rajoy no mira por los intereses de España sino por los de su partido.


Hubo que esperar el posterior cruce de Zapatero con el portavoz de Convergencia i Unió (CiU), Duran i Lleida, para comparar argumentos, bien fundamentados, a favor o en contra de las medidas que el Gobierno toma o que deja de tomar en relación con la crisis económica. Durísimo en el fondo pero sosegado en las formas. A diferencia de lo ocurrido minutos antes con Rajoy, que había sido intenso, por la agresividad desplegada, pero plano desde el punto de vista argumental.

Zapatero aprovechó su debate con Durán para hacer una declaración de amor a Cataluña y expresar eterno agradecimiento a Josu Erkoreka (PNV) por haber salvado los Presupuestos Generales del Estado de este año. Se esperaban guiños a CiU (10 escaños) y al PNV (6 escaños), como eventuales costaleros parlamentarios del Gobierno para el último tramo de la Legislatura. Pero lo que vimos y escuchamos ayer fueron verdaderos ritos de apareamiento. Desde poner a los nacionalistas como ejemplos de “patriotas”, por su sentido de la responsabilidad (han salvado a Zapatero en votaciones decisivas), hasta declararse admirador de la identidad catalana: “Seré sensible a sus demandas”, dijo. O comprometerse a apoyar su voluntad de autogobierno.

Y tanto. Como que insistió en su propósito de concertar con la Generalitat una revisión de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Sabedor de que esa actitud proyecta la sospecha del desacato en algunos sectores de la opinión pública, se comprometió a acatar, cumplir y hacer cumplir la sentencia. Pero perdió la ocasión de desautorizar a su compañero de partido y presidente de la Generalitat, José Montilla, que ha hecho explícita su insumisión al declarar, entre otras cosas, que no tiene por qué legislar en sintonía con la mencionada sentencia.


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