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miércoles, 20 de julio de 2011

Ajeno 36. Por Gabriel Albiac

Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto oes más malo aún de lo normal.

ME asombró su entusiasmo. Eran historiadores todos. Sabios especialistas en la historia española del siglo veinte. Yo no. Mi saber académico se restringe a zonas muy precisas de la filosofía barroca. Pero creía haber aprendido en ellas que conocer y entusiasmarse son incompatibles. Y los sabios en siglo veinte, en medio de los cuales yo me sentía un marciano, se liaban a tortas sobre un hecho de hace setenta y cinco años, con la pasión entusiasta de irles vida y hacienda en ello… A lo mejor, a mí no me afectaba porque no soy historiador. O, a lo mejor, porque ya me afectó en los primeros años de mi vida. Lo bastante como para aburrirme: nacer entre los derrotados curte mucho. Y algo enseña: que uno no está dispuesto a que nadie haga fortuna, personal o política, a costa de uno. La guerra de 1936 fue. Nos jorobó la vida, en diversas medidas, a todos. A algunos, nos la quebró antes de que naciéramos. Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto o es más malo aún de lo normal.

Nada en la España de hoy es comparable a aquella tierra mísera y bárbara que encontró en el placer de descuartizar al vecino el único sedante a su medida. Quienes ejercen el oficio de estudiar eso debieran, más que ningún otro, atenerse a la cautela primordial del análisis científico: recopilar datos, analizar series, fijar redes causales, fechar puntos de quiebra y desencadenantes. Y jamás hacer un juicio de valor. Debe de ser, sí, que lo mío es el siglo XVII. Y su postulado básico: humanasactiones non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere; lo cual, en román paladino, vale por decir que, en cuanto a los actos humanos concierne, de nada valen burla, contento o desagrado. El afecto es conmovedor y estéril: es óptimo en la intimidad, y allí termina. Sólo entender nos libera de ser bestias.

Los viejos del 68 suelen repetir mucho la misma boutade: si alguien te dice que recuerda donde estuvo, es que no estuvo. Los años me han ido enseñando que es así siempre. También entre nosotros, sobre todo entre nosotros, sobre todo en aquello que concierne a esos tres años de guerra que parecen haber sido lo único digno de rememorar de nuestro siglo. Y en aquello que concierne a lo de luego. Cada vez que oigo a alguien de mi edad lamentarse a grandes voces de la amarga represión sufrida durante el franquismo, sospecho en él a un hijo de preboste franquista; cada vez que oigo a alguien de mi edad alzar elegías sobre la democracia asesinada, imagino sus fotos de familia con camisa azul y pantaloncito corto… A veces, hasta me equivoco… El dolor de verdad es silencioso. Quien lo grita o lo exhibe, está trocando el absoluto en calderilla. Por mí, que cada cual vaya haciendo con sus recuerdos la leyenda biográfica que le dé la gana. Con sus recuerdos. Con los míos, no.

No hay otro rincón europeo en donde la incapacidad de objetivar el trágico siglo veinte haya llegado tan lejos. Y haya contaminado tanto a quienes deberían estudiarlo. Pasaron tres cuartos de siglo —se dice pronto: ¡tres cuartos de siglo!— y los historiadores de aquí se siguen proclamando parte de uno u otro bando. ¡Cuánto más barato les saldría contratarse a un buen psicoanalista! ¡Y cuánto más barato nos saldría a todos!


ABC - Opinión

lunes, 18 de julio de 2011

La guerra no ha terminado. Por José María Carrascal

¿Cuándo firmaremos los españoles la paz con nosotros mismos? No lo sé.

A los 75 años de comenzar, la guerra civil española todavía no ha terminado. Sigue librándose en libros, artículos, conferencias, debates, con el mismo ardor, parcialidad, fiereza de siempre. Sigue librándose porque los vencidos no la dan por perdida, reclaman al menos la victoria moral, tener siquiera la razón, y los ganadores no se la conceden. Suele decirse que en toda guerra, la primera víctima es la verdad. En una guerra civil, la verdad es asesinada dos veces, una por cada bando. No se ha escrito todavía ningún libro —historia, novela, drama, memoria, poemario— verdadero sobre nuestra guerra civil. Todos ellos dicen sólo media verdad: la del autor que intenta racionalizar su causa. Lo que significa que todos son también medio falsos.

Ambas partes esgrimen sus razones —que las tienen— pero al contradecirse entre sí, se anulan mutuamente, por lo que tanto puede decirse que ambas tenían razón como que no la tenían. Había tantos motivos para sublevarse contra una república que había dejado de ser res-publica, cosa pública, convertida en intento de aniquilar a la otra mitad, como para defenderla, sin que nadie pueda apropiarse del legítimo derecho, al haber sido sustituido por el odio, el rencor y el fanatismo en prácticamente todas las capas de la sociedad española, así como en sus distintos estamentos, comenzando por el político y terminando por el militar. Quién empezó, quién tuvo la culpa, no me atrevo a decirlo, no por cautela, sino por haber culpas para todos, consciente de que uno y otro bando me lo reprocharán duramente por no atribuirla al contrario.

La animosidad es tan profunda y la parcialidad ha ido tan lejos que incluso los testigos y comentaristas extranjeros no han sido inmunes a aquel estallido de furia, y ni siquiera los últimos libros de autores ingleses, franceses, americanos y alemanes están libres de tales características, que quedan evidentes en los adjetivos que aplican a cada personaje, batalla o situación, no importa que los hechos que narren sean correctos.

¿Hasta cuándo continuaremos los españoles librando nuestra guerra civil? ¿Cuándo firmaremos la paz con nosotros mismos? Tampoco lo sé, a la vista del masoquista placer que encontramos en volver a librarla. Sí sé, en cambio, que esa contienda permanente es un freno a nuestro avance, que se lleva buena parte de nuestras energías y que nos impide abordar tareas mucho más urgentes y necesarias. Es lo que me lleva a pensar que aquella guerra no fue sólo una guerra. Fue el castigo que nos infligimos los españoles a nosotros mismos por no haber sido capaces todavía de levantar la nación, el país, el Estado moderno, desarrollado, acogedor, que hubiéramos deseado tener y aún no tenemos.


ABC - Opinión

domingo, 17 de julio de 2011

Espíritu de concordia

Mañana se cumple el 75 aniversario del comienzo de la Guerra Civil, para muchos el hecho histórico más importante del siglo XX español y cuyos rescoldos, que parecían apagados tras el colosal esfuerzo de la Transición y los gobiernos posteriores, se han reavivado en estas dos últimas legislaturas socialistas. Esta nueva efeméride es una oportunidad para lamentar el regreso de aquellos fantasmas de nuestro pasado, pero también para ensalzar lo mucho y bueno que administraciones de la UCD, el PP y el PSOE realizaron con el fin de cicatrizar las heridas que permanecieron abiertas durante cuarenta años. Olvidar, como se ha pretendido en estos últimos tiempos, el esfuerzo por la restitución de los honores militares a los fieles a la República, las compensaciones económicas y políticas para víctimas y familiares de víctimas y la devolución de su patrimonio a partidos y sindicatos es una injusticia y un error. Es necesario ponderar el justo esfuerzo de la democracia en este sentido. Pese a todo, hay que admitir que ha habido un retroceso evidente en el camino recorrido desde la Transición por la instrumentalización de la contienda por parte del Gobierno socialista mediante una política de memoria histórica revanchista sobre el bando que ganó la guerra. Exhumar, 75 años después del conflicto, la naturaleza de los odios desatados era del todo innecesario, pero el PSOE prefirió volcarse en un proceso propagandístico y partidista que nada tenía que ver con el interés general. Lo cierto es que 80 años después de la República, 75 después del comienzo de la Guerra Civil y 36 de la muerte de Franco, la Guerra Civil replica aún el drama de las dos Españas. Según una encuesta de NC Report para LA RAZÓN, a la pregunta de si ya se ha superado el enfrentamiento, el 46,3% responde que sí, mientras que el 44,8% dice que no. También se refleja esa fractura cuando se inquiere si la guerra aún divide a los españoles: el 47,8% opina que sí, y el 44,7%, que no. Hay, sin embargo, un matiz esperanzador cuando nueve de cada diez españoles consideran que es preciso dejar la guerra definitivamente atrás. De cara al futuro, el cambio político que se anuncia tras las elecciones generales debe fomentar espacios para la reconciliación y la cicatrización definitiva de las heridas. Los políticos tendrán que dar paso a los historiadores y dejar que la contienda fratricida se transforme de una vez por todas en objeto de estudio por los expertos y en una oportunidad para aprender de los errores. Se ha hecho un ingente esfuerzo durante años para la reconstrucción de la verdad al margen de pasiones ideológicas y existe una abundante y variada bibliografía que permite abordar aquella etapa con todo el rigor histórico. Debemos aprovechar todo ese esfuerzo en una misión pedagógica cuyo fin sea evitar que el recuerdo de aquella tragedia nacional se convierta en un elemento de confrontación ideológica. En la Transición, políticos de izquierda y de derecha se dieron reglas políticas y morales para impedir que el análisis de la Guerra obstaculizara el progreso y perjudicara la prosperidad de los españoles. El futuro pasa por recuperar y fortalecer aquel espíritu de concordia.

La Razón - Editorial

jueves, 14 de julio de 2011

La virtud del olvido. Por M. Martín Ferrand

Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción

DEL mismo modo que la Guerra de los Cien Años tuvo entretenidos a los franceses y a los ingleses durante dos tercios del siglo XIV y la mitad del XV, la Guerra Civil Española lleva camino de alargar su resaca hasta que la crisis económica produzca un apagón general y las televisiones dejen de emitir, en lamentable alternancia, telediarios sesgados, basuras con pretensiones de divulgación histórica y lamentables espectáculos degradantes de la condición y la dignidad humanas. El próximo lunes se cumplen setenta y cinco años del arranque de la fratricida contienda y, lejos de olvidarlo, insistimos en ello con saña improcedente. Lo que la Transición había conseguido, una reconciliación entre las partes, lo destruyó José Luis Rodríguez Zapatero con un afán revisionista y parcial de la barbarie. Sin venir a cuento y, supongo, a falta de ideas políticas de mayor enjundia y provecho, se puso a desenterrar cadáveres como un poseso en un patológico intento de honrar la memoria de su abuelo. De uno de ellos.

Ahora le toca el turno al otro bando. Lejos de ahuyentar los viejos demonios familiares que nos empujan a una convivencia de garrotazo y tente tieso, Telemadrid acaba de estrenar una serie con pretensiones históricas —«El asesinato de Calvo Sotelo»— que insiste en el espíritu que motivó la contienda y del que, por lo que parece, no conseguimos liberarnos. La serie, a juzgar por su primera entrega, es televisualmente mediocre, históricamente partidaria y políticamente inoportuna. Más aún en tiempos de tribulación y carestía en los que las televisiones públicas, lejos de acometer nuevos fichajes y ambiciosos proyectos, debieran ir organizando su ordenado cierre y su equitativa desaparición. No nos las podemos permitir y, aunque pudiéramos, ni esa es una función del Estado en sus administraciones regionales ni resulta deseable ningún estímulo disolvente de la convivencia nacional.

Cuando una Nación padece la desgracia de un conflicto armado entre sus ciudadanos, la tendencia que señalan los ejemplos de la Historia es la de alargar su memoria. Cada bando guarda su afrenta y su dolor y nunca faltan razones para la efervescencia del recuerdo que avive la herida y la vuelva sangrante y rabiosa. Aquí y ahora, debiéramos compartir el esfuerzo superador de tan mala costumbre. Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción y mercado y la realidad política presente se afana en la construcción de diecisiete feudos bien diferenciados y distantes. Necesitamos la elegancia del olvido, no una industria del recuerdo.


ABC - Opinión

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La tribu irredenta. Por M. Martín Ferrand

Hemos institucionalizado de tal manera la dualidad nacional que no sabemos vivir sin ella.

ES de temer que esta España nuestra, tan áspera y ceñuda, no tenga remedio. Vamos arrastrándonos por la Historia sin aprender un ápice de nuestra propia y dolorosa experiencia y, siempre con la casa sin barrer, nos ofuscamos con lo accesorio en grave desprecio por lo fundamental. El resultado es una Nación, en la que muchos no quieren que siga siendo solo una, y en la que el sectarismo constituye el eje de simetría del comportamiento colectivo. En ese sentido resulta aconsejable la lectura del último libro de Joaquín Leguina —El duelo y la revancha— que, con el subtítulo de «los itinerarios del franquismo sobrevenido», constituye un lúcido y jugoso ensayo en el que sustento el pesimismo que sirve de penacho a esta columna. Hemos institucionalizado de tal manera la dualidad nacional que no sabemos vivir sin ella y, unos rojos y otros azules —o viceversa—, vamos zurrandonos la badana. Hasta para divertirnos, en la mitad oriental de la Península la fiesta más frecuente es la de Moros y Cristianos y cursa con la liturgia del combate a trabucazo limpio, en el ejercicio de una memoria histórica no decretada por nadie pero aceptada por todos. Cualquier cosa menos convivir en paz.

Ahora, en los difíciles días que vivimos y mientras se materializa el inquietante y creciente antagonismo entre parados y ciudadanos con empleo, algo que puede llegar al paroxismo de los funcionarios-propietarios de su puesto de trabajo, vamos tirando con el enfrentamiento estéril entre un PSOE acéfalo o, peor, con una cabeza artificial y hueca, un cabezón de cartón piedra como las de los festejos populares, y un PP que se nos muere de prudente a la espera de que la fruta del poder madure y les venga, sin riesgo, a las manos. Asistimos a una nueva tensión dual, la de la cultura cristiana, inseparable de la naturaleza y la tradición —no hablo de fe ni religión— españolas, y las exigencias igualitarias de las prácticas musulmanas. Es decir, un modo de ser contra una creencia intolerante.

El caso del niño musulmán de la Línea de la Concepción, tan sutil como para desmoronarse ante la explicación geográfica del jamón de Trevélez, marca un nuevo tiempo. No por el niño y su familia, que siempre hubo tiquismiquis entre nosotros, sino por la fina sensibilidad de la policía y el fiscal que aceptaron, aunque momentaneamente, la hipótesis del jamón serrano como vehículo para la violencia. Aunque Leguina esté todavía en edad de merecer, podría encabezar un «consejo de ancianos» que trate de meter en cintura, a golpes de lectura y empellones de pensamiento, a esta vieja tribu irredenta. Quizás, también, irredimible.


ABC - Opinión

miércoles, 13 de octubre de 2010

Abucheos. Zapatero y España. Por Agapito Maestre

Fuera del Partido Zapatero no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido.

Muchos mantienen que Zapatero odia a España, e incluso hay personas inteligentes que buscan los motivos, otros dirían razones, de este resentimiento hacia la nación española. Sin embargo, yo no creo que Zapatero odie a la nación; pues que eso supondría que alguna vez, poco o mucho, fue amada. Odio y amor, igual que el olvido y la memoria, casi siempre tienen un punto en común. El odio siempre implica algún tipo de amor. Zapatero está más que lejos del odio. Zapatero habita en las antípodas del odio. El presidente del Gobierno de España, simplemente, desconoce por completo cualquier rasgo de esa realidad histórica que llamamos la nación española. Él es, en efecto, un revolucionario. Él es un producto del Partido. Él es un simple y llano ejecutor de los designios del Partido.

Zapatero no es nada sin Partido. Zapatero es un producto sólo y exclusivo del Partido. Zapatero no ha conocido otra realidad que el Partido. Pare este hombre, que desde su más tierna infancia ha militado y desarrollado toda su tarea en el interior del Partido, la vida no existe sin el PSOE. Fuera del Partido no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido. Nunca se ha relacionado con otro tipo de personas que no sea socialista. Nunca ha escuchado a nadie que opine de modo diferente a sus cortos esquemitas; de hecho, y esto es trágico, ni siquiera tiene esquemas fuera del Partido. Nunca ha llevado a cabo ninguna acción política genuina, es decir, nunca ha reconocido que su ideología ha sido refutada cientos y cientos de veces por la historia.


He ahí el secreto de Zapatero en particular, y de la izquierda en general, jamás aceptarán que el socialismo ha sido refutado por lo real. Para esta gente la ideología es todo. Hay que ocultar lo real. Es menester, dice Zapatero, que la realidad histórica, esa que ha demostrado que el socialismo es una gran farsa ideología –una falsa conciencia– para someter a millones de seres humanos, no toque a nuestros seguidores. En nombre del socialismo se han cometidos los mayores horrores de la humanidad, pero el hombre del Partido socialista o comunista jamás lo reconocerá. Así las cosas, ¿entonces cómo quieren que Zapatero escuche el grito del 12 de octubre de 2010? ¿Quién en su sano juicio puede esperar una respuesta sensata, o sea política, al grito de la nación: "Zapatero, dimisión"? Nadie, pues, con criterio democrático puede esperar de un hombre de partido una respuesta política. Nacional.

Zapatero ha sido abucheado, una vez más, durante el acto central de la celebración del día de la Fiesta Nacional. La respuesta de Zapatero no podía ser otra que la ideológica. En efecto, los portavoces del jefe del Gobierno han culpado de la bronca a unos grupos minoritarios de extrema derecha. A nadie que se dedique al análisis político podría extrañarle esa respuesta. Era tan previsible como falsa. Esa reacción constituye la sustancia, el precipitado último, del entramado ideológico socialista elaborado por Zapatero y su equipo. Ese tipo de engaño, en verdad, esa fórmula ideológica ha sido tan interiorizada por la prensa afín al Gobierno que muchos de sus periodistas la repiten como si fuera doctrina propia; así, por ejemplo, ayer, en El País, decía Aguilar: "La Fiesta Nacional irá acompañado de los abucheos de rigor al presidente del Gobierno, orquestados con premeditación y alevosía y ejecutados por una claque reclutada entre el facherío rencoroso, que actúa de forma tan anónima como identificables y tan enfervorizada como impune". Pobre. Ideólogo menor de la más triste ideología del siglo XX.


Libertad Digital - Opinión

martes, 22 de junio de 2010

Historia caprichosa. Por Alfonso Ussía

Hay que rebajar el tono y no afilar los puñales. Escribir como se habla en una tertulia educada compuesta por personas de ideas diferentes. El asunto a comentar, entre café y café, sería hoy el de la desaparición de la División Azul en el nuevo Museo del Ejército. Se me antoja una tontería. Es más fácil inventar la Historia que borrarla. Igual de idiota me parecería que un ministro de Defensa, por razones de antipatía ideológica, decidiera esfumar de nuestra Guerra Civil a las Brigadas Internacionales. La División Azul combatió en Rusia del lado de la Alemania de Hitler frente a la Unión Soviética de Stalin. Un perverso aliado contra un perverso enemigo. Aquellos tiempos. Tampoco las Brigadas Internacionales pueden dar ejemplo de nada. Muchos de los brigadistas –así lo han reconocido–, lucharon engañados o inducidos por sesgados alicientes, y otros lo hicieron en apoyo de la implantación del comunismo en España. Pero estuvieron, y olvidarlos, además de una grosería, es una injusticia.

La División Azul hay que analizarla con la frialdad del tiempo pasado y la comprensión del momento. Para muchos fue una aventura. Para otros un motivo de combatir por unos ideales. Centenares de españoles quedaron allí, enterrados en Rusia. Hubo en la División Azul heroísmo, firmeza, desolación, duda y muerte. Era una guerra. Muchos españoles entregaron su vida. Otros tantos permanecieron once años en los campos de concentración de Stalin. «Embajador en el Infierno» se titula el ensayo que Torcuato Luca de Tena escribió con el capitán Teodoro Palacios Cueto de protagonista. El capitán Palacios, con el teniente Castillo y otros oficiales, mantuvieron durante once años el espíritu y la esperanza de los prisioneros españoles, muchos de los cuales fueron torturados y aniquilados por el sistema de terror impuesto por Stalin. Es decir, que estuvieron. Y olvidarlos, además de una grosería, es una injusticia.

Y en la División Azul también hubo desorganización. Más administrativa que militar. Algo de eso cuenta Dionisio Ridruejo, divisionario, en sus «Cuadernos de Rusia». Un cercano familiar de quien escribe, se alistó en la División Azul. Partió de Madrid en tren con su batallón. En Burgos se les permitió airearse en el andén. Hacía un frío polar. Esas noches invernales de Burgos. Y mi pariente, poco dado al heroísmo, reflexionó. «Si en Burgos hace este frío ¿cómo será el de Rusia?». Y se fue. Nadie lo reclamó, y al cabo de los años, fue recompensado con una mención especial. Mi familia supo de su deserción dos décadas más tarde, porque también era una familia desorganizada y variopinta, en la que hay de todo. Hasta un soldado de la División Azul que no pasó de Burgos.

Pero los que combatieron por unos ideales, los que cayeron en los frentes rusos, los que quedaron allí para siempre enterrados bajo las nieves o al amparo de los abedules, esos árboles tan gélidos, merecen ser recordados. Y también los que sobrevivieron, que no dudaron en alistarse voluntariamente para luchar por lo que ellos creían, en aquellos días, conveniente y justo. Eran soldados españoles que escribieron una página de la Historia de España y de sus milicias. Reunir todas sus memorias en un almacén como si fueran morralla, es de tontos. La Historia no se borra, aunque se invente. Y no merecen el trato que se les dispensa. Así hay que decirlo, como en una tertulia civilizada, sin caer en la grosería moral de los que ahora mandan.


La Razón - Opinión

domingo, 20 de junio de 2010

Causas. Por Jon Juaristi

La valerosa denuncia del sectarismo de la izquierda por parte de algunos disidentes socialistas se resiente de una visión maniquea del pasado.

ME conmueven las críticas de dos socialistas que estimo —Joaquín Leguina y Cristina Alberdi— a la manipulación sectaria de la guerra civil por la izquierda y sus farándulas. Leguina y Alberdi me hacen pensar —salvando las distancias, por supuesto— en don Julián Besteiro y su aislamiento en el seno del PSOE desde 1934 en adelante. Es curioso que a Besteiro nadie de su partido se haya propuesto reivindicarlo después de las tentativas ya lejanas de Andrés Saborit y Rodolfo Llopis. Tácitamente, la abundante literatura del exilio inspirada por la musa del arrepentimiento le dio la razón, pero el clima revanchista del zapaterismo ha inmunizado a los socialistas contra cualquier moral de la historia, si no contra la historia misma. A Leguina y a Alberdi, por desgracia, no cabe augurarles mayor influencia que Besteiro en las filas de sus correligionarios.

Con todo, hay algo que me distancia de los socialistas críticos, además del socialismo, y es su necesidad de poner a salvo la esencia democrática de la Segunda República, como si la Segunda República hubiera tenido una esencia que trascendiera a las actuaciones concretas de los españoles de entonces. Reconozco que Cristina Alberdi ha llegado bastante lejos al afirmar, esta semana, que, en vísperas de la sublevación militar, la República tenía ya muy poco de democrática. Y es que, en efecto, si la democracia se mide por la voluntad de integrar al adversario en el sistema político, todos avanzaron en dirección contraria desde el 14 de abril de 1931.

El pasado viernes, Jorge Martínez Reverte, en El País, ha publicado lo que podría considerarse una pieza canónica de la crítica asimétrica. Tras afirmar que no existe diferencia alguna entre las víctimas de Paracuellos y de Badajoz, sostiene que se debe partir de la premisa de que ninguno fue muerto con justicia, «por mucho que de los asesinos… unos fueran golpistas odiosos y otros fueran odiosos defensores (aunque nos pese a algunos) de una causa justa». Ahora bien, ¿a qué «causa justa» se refiere? En ninguno de los bandos se combatió por una sola causa. Los requetés lucharon por el Trono y el Altar; los falangistas, por la Revolución Nacional Sindicalista; los militares franquistas, por la mera supremacía del Ejército; los anarquistas, por el Comunismo Libertario; el POUM, por la Revolución Socialista; los nacionalistas vascos por la Independencia de Euzkadi(que así se escribía entonces) y los nacionalistas catalanes, concedamos que por una República Federal, como cuando se sublevaron contra la República realmente existente en 1934. Los comunistas, desde luego, por los intereses de Stalin, y los socialistas por objetivos diversos, según siguieran a Largo Caballero, a Prieto o a Negrín. Las causas fueron múltiples, y el bando de la «causa justa» de Martínez Reverte emprendió varias guerras civiles intestinas porque no había acuerdo acerca de cuál fuera aquélla. La catástrofe de 1936 fue el resultado lógico del antagonismo mutuo de las muchas causas desde los orígenes mismos de la Segunda República. Y si alguien —Besteiro, por ejemplo— trató de hacer algo por la integración democrática, se dio de bruces con el hecho de que los suyos no la querían. Como les pasa ahora a Leguina y a Alberdi.


ABC - Opinión

Paz, piedad, perdón

El problema no son los muertos, sino los vivos que han puesto en almoneda ideológica los despojos del pasado

Entre las banderas que la izquierda radical enarbola como seña de identidad y aglutinadora de emociones figura de manera destacada la de la Guerra Civil. No se trata de una mera evocación nostálgica, de una reivindicación ideológica o de una revisión histórica, actitudes todas ellas perfectamente legítimas y sobre las que nada habría que objetar.

Lo censurable de esta mirada hacia atrás con ira es que se nutre de un odio revanchista como no había existido en estos treinta años de democracia, de un bronco deseo de ajustar cuentas y de un cainismo «guerracivilista» que la Transición democrática ya había superado con un gran esfuerzo de generosidad y reconciliación.

Montajes ideológicos como el de Garzón a propósito de las fosas de Lorca y de otros asesinados durante la contienda o el vídeo publicado días atrás por varios artistas en el que dramatizan determinados casos y desprecian la Ley de Aministía de 1977 son dos ejemplos claros de esa corriente vindicativa.


Pero el origen de todo ello ha sido la llamada Ley de Memoria Histórica que ha promulgado el Gobierno socialista con muy poca fortuna, escasa eficacia y ningún sentido de Estado. Nadie en sus cabales puede oponerse a que los descendientes de las víctimas de la Guerra Civil rescaten los restos de sus familiares para darles digna sepultura.

Sorprende que no se haya hecho mucho antes y que los poderes públicos no hayan ayudado a las familias en este doloroso trance. Desde estas mismas páginas hemos criticado la citada ley precisamente porque no prestaba el apoyo necesario a quienes deseaban cerrar sus dolorosas heridas. Pero una cosa es restituir la dignidad de las víctimas y otra bien diferente desenterrar a los muertos para arrojarlos al bando contrario.

Una cosa es reverdecer la memoria de los inocentes y otra bien distinta sacar tajada política de aquel sufrimiento 70 años después. La izquierda radical es muy libre de identificarse con aquella izquierda republicana de checa y paredón que asesinó a decenas de miles de inocentes, pero no tiene ninguna autoridad moral para identificar a la derecha democrática de hoy con los asesinos de Lorca y de las decenas de miles de víctimas igualmente inocentes.

Lo más inquietante, sin embargo, no es el ruido que hacen estos nostálgicos de la trinchera, sino las complicidades con las que cuentan, entre ellas la del Gobierno y la de ciertos sectores del PSOE. Nada bueno para la convivencia puede salir de este baile de muertos, que la inmensa mayoría de los españoles ya dieron por cerrado tras la muerte de Franco en uno de los capítulos más ejemplares y modélicos de la historia de la nación.

Si algún cabo quedó suelto entonces fue el de enterrar con dignidad a los muertos arrumbados en las cunetas del miedo y rendir homenaje a todas las víctimas, fueran del bando que fueran. Los muertos, todos los muertos inocentes, no tienen más dueño ideológico que el de la paz, la piedad y el perdón, como anticipó Azaña.

Todos merecen el homenaje de la España democrática que se ha levantado sobre la memoria de sus huesos y de sus sufrimientos. No, los muertos no son ningún problema para los españoles de hoy: lo son algunos vivos que han puesto en almoneda los despojos del pasado.


La Razón - Editorial