miércoles, 31 de marzo de 2010

El euro, entre la espada y la pared. Por Emilio J. González

Detrás de Grecia puede venir el verdadero gran problema: la España de Zapatero, que se niega a hacer los ajustes económicos y presupuestarios que exige su situación.

La Unión Europea pretende hacer tortilla sin romper huevos y eso es imposible. Después de mucho darle vueltas al asunto, los líderes comunitarios han llegado a la conclusión de que si no salvan a Grecia, el euro, y sus economías, van a sufrir las consecuencias, pero nadie, empezando por Alemania, quiere rascarse el bolsillo para ayudar a unos helenos que han mentido como bellacos en lo referente a la situación financiera del país y pretenden que sean otros, concretamente el FMI, el que ponga sobre la mesa la mayor parte de los recursos necesarios pero sin dictarle a Grecia condición alguna para obtener la ayuda. Por el contrario, pretenden que sea Bruselas quien dicte a los griegos lo que tienen que hacer y, como es lógico, el organismo financiero multinacional ha dicho que naranjas de la China y que quien paga la factura pide la música. Lo cual abre un nuevo periodo de incertidumbre acerca del futuro de Grecia y de la propia unión monetaria europea.

Todo viene porque los alemanes, como es lógico, dicen que sus contribuyentes no tienen por qué pagar la factura de los desmanes de otros Estados, que han querido estar en el euro sin aceptar sus normas de funcionamiento –Grecia– o sin estar preparados para ello –España y Portugal. Tienen toda la razón. Los problemas griegos se los han creado ellos solitos por no hacer sus deberes y, además, engañar a los demás miembros del club del euro. En estas circunstancias, lo lógico sería expulsarles de la moneda única. Lo malo es que los tratados europeos no contemplan semejante posibilidad y para que fuera posible hacerlo, habría que modificarlos, lo que requiere el voto afirmativo de todos los países para hacerlo, incluida la propia Grecia. Pero no parece posible que los griegos vayan a estar de acuerdo con ello y voten a favor de algo así como su suicidio económico, a pesar de que se han dedicado a jugar a la ruleta rusa con sus finanzas.

Esto lleva a una segunda cuestión: si no se puede echar a Grecia del euro, entonces o la Unión Europea la salva, o decimos adiós al euro, lo cual no es tan sencillo. La unión monetaria europea tendrá todos los defectos que se quiera pero si ahora se rompe, lo único que se conseguirá es que los desordenes monetarios reinen en una economía mundial que aún no se ha recuperado de la crisis financiera. Vamos, una situación similar a la que produjo y explica la Gran Depresión. Y todos tienen que perder, y mucho, con semejante escenario, incluidos los propios alemanes. Por tanto, la salida más lógica, guste o no, sería salvar a los helenos. El problema es cómo se explica esto a unos alemanes que, desde el primer momento, vieron con recelo al euro, temiendo que pudiera llegar a suceder lo que ahora está pasando con Grecia, España, Portugal e Irlanda y que tuvieran que ser ellos nuevamente quienes, con sus impuestos, arreglaran las cosas. La canciller Angela Merkel, desde luego, no quiere hacerlo pero, por desgracia para ella, se encuentra entre la espada y la pared: o Alemania acepta que se ayude a Grecia, o se prepara para que los mercados castiguen muy duramente a todos los países del euro y acaben por largo tiempo con los primeros brotes verdes que empiezan a aparecer al otro lado de los Pirineos. Porque si ahora se deja caer al euro, los mercados van a empezar a especular rápidamente contra los países más débiles y a apostar por la ruptura de la unión monetaria, como hicieron en 1992 con la ruptura del sistema monetario europeo que costo a Europa la peor crisis económica desde la del petróleo de 1973. Ahora las cosas en la economía están mucho peor y el golpe, no cabe duda, sería mucho más duro.

A la Unión Europea, por tanto, puede que no le quede más opción que salvar a Grecia. Pero debe hacerlo aprendiendo la lección, esto es, creando verdaderos mecanismos para afrontar este tipo de situaciones y procediendo a una reforma institucional que abarque, incluso, forzar a un país a tomar las medidas que su Gobierno rechaza o la posibilidad de expulsarle del euro si no hace lo que debe. Y la UE debe hacer esto cuanto antes porque detrás de Grecia puede venir el verdadero gran problema: la España de Zapatero, que se niega a hacer los ajustes económicos y presupuestarios que exige su situación.


Libertad Digital - Opinión

No puede. Por Ignacio Camacho

SI Jaume Matas hubiese reunido en 2007 los escasos miles de votos que le separaron de la mayoría absoluta en Baleares, o si la también procesada Antonia Munar no hubiese encontrado mejores socios a los que alquilar su apoyo mercenario, la reputación del PP estaría hoy triturada bajo un escándalo capaz de invalidarlo como alternativa.

La presunción de inocencia del ex presidente balear había quedado pulverizada el lunes con el gélido «si puede» de Rajoy, pero el combativo -y quizá poco objetivo- auto del juez instructor ha acabado reduciéndola a escombros con la contundencia de un martillo de demoliciones. Es tal la cascada de acusaciones y reproches que se diría que de todos delitos de corrupción que puede cometer un gobernante, Matas no ha logrado evitar ninguno. Su arrogancia defensiva sólo ha servido para ponerle cara de presidiario: si evita la cárcel pagando la fianza-trampa de tres millones, habrá confesado la posesión encubierta de un patrimonio ilícito. Ése es quizá el punto moralmente más débil de todo su andamiaje de excusas; ha encontrado alambicadas justificaciones teóricas para los extraños indicios de operaciones irregulares, pero su suntuoso tren de vida plantea preguntas incontestables para quien sólo vivía de un cargo público. En ese sentido, aunque el cruel despecho de Rajoy obedezca a la repugnancia de quien se siente engañado, resulta necesario interrogarse también sobre la perezosa ceguera del Partido Popular ante las manifiestas evidencias de enriquecimiento que rodeaban a uno de sus más destacados dirigentes regionales.

Cómo mínimo, falló la responsabilidad «in vigilando». Durante varios años, la dirección nacional soslayó las sospechas clamorosas de comportamientos deshonestos y abusos de poder en las islas. Había contratas confusas y sobreprecios clamorosos; el presidente se mudaba a un inmueble de superlujo y su mujer pagaba en metálico en las joyerías de la calle Jaume I. Llovía sobre mojado; en los años noventa, Aznar tuvo que cortar la cabeza de Gabriel Cañellas para evitar que su carrera hacia la Presidencia del Gobierno embarrancase en la oscuridad del túnel de Sóller. Lo fulminó en una sobremesa sin dejar caer la ceniza del puro. El liderazgo marianista, en cambio, era tras la derrota de 2004 una confusa amalgama de virreinatos regionales, sin fuerza para imponer soluciones expeditivas. Incluso con Matas fuera de la política, el partido se ha resistido a convencerse de lo que en Mallorca era un secreto a voces, zanjado ahora por Rajoy con la glacial distancia de un desengaño.
Los americanos dicen que si algo anda como un pato, grazna como un pato y tiene pico y plumas, conviene fiarse de las apariencias: lo más probable es que se trate de un pato. El PP ha desperdiciado un tiempo sustancial en agarrarse a la posibilidad de que Matas acabase resultando un cisne. Pero en la vida real los cuentos casi nunca acaban como nos merecemos.


ABC - Opinión

Un puñetazo.... Por Alfonso Ussía

Un puñetazo en la mesa a tiempo arregla muchos problemas. Pero hay que darlo.

No es una acción agresiva ni violenta. El roble, el pino y el castaño soportan el golpe sin pestañear. Hubo un ministro malhumorado y de temperamento volcánico que lanzaba a la cabeza de su subsecretario la Guía Telefónica. No hay que llegar a tanto. Mariano Rajoy es la síntesis de la cordialidad y las buenas maneras. Inteligente, preparado, con un sentido del humor socarrón y gallego, además de tolerante. Pero de cuando en cuando se echan de menos sus puñetazos en la mesa. Un partido político es un lío. El PP funcionó a la perfección como partido cuando su Secretario General golpeaba las mesas y no se casaba con nadie, a pesar de su afición a los matrimonios. Me refiero a Francisco Álvarez-Cascos, al que tanto se añora. Con Álvarez-Cascos, Jaume Matas habría causado baja en el Partido Popular al ser público el menor indicio de posible corrupción.

No se hubiera producido el desfase argumental de los trasvases. Como ha dicho con acierto el Presidente de Murcia, el trasvase Tajo-Segura no es de Castilla-La Mancha a Murcia, sino de España a España. Pero están los intereses electorales y mi apreciada María Dolores de Cospedal combate en dos trincheras enfrentadas, lo cual es un despropósito amén de una extravagancia. A Rajoy le ha fallado el puñetazo en la mesa ante la clamorosa incoherencia de Gallardón y Cobo. Dice Ana Mato que, a pesar de su suspensión de militancia, Cobo puede seguir siendo el portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid. Pues no, lo sentimos. Mientras Cobo se encuentre en suspensión de militancia no puede representar al partido en el que no milita. El mantenimiento de su cargo se lo debe a la chulería institucional del Alcalde y al pasotismo de Rajoy. Puñetazo en la mesa, don Mariano. Un asunto, a primeras luces de menor importancia, pero que ha dañado la estética y la ética del PP ha sido el protagonizado por Nacho Uriarte y su control de alcoholemia. Mala suerte. Uriarte es un buen chico y lo que le sucedió puede ocurrirle a cualquiera. Una inoportunidad del destino. Pero tendría que haber dimitido, y de no hacerlo, invitado a abandonar su escaño y su Comisión en el Congreso. Con la única persona que Mariano Rajoy ha dado puñetazos en la mesa es con Esperanza Aguirre, que representa mejor que nadie los valores liberales del partido conservador. Creo que el problema del Partido Popular está en su estrategia de vestimenta. Ese camino hacia el centro es un camino que no lleva a ninguna parte. El complejo de siempre. Un partido de derechas es tan democrático –o más–, que un partido de izquierdas. El PCE no puede dar lecciones de democracia al PP, entre otras razones, porque la Historia demuestra que el comunismo y la democracia, que el comunismo y la libertad y que el comunismo y los derechos humanos jamás han coincidido. El partido Conservador inglés no se define de centro, sino de derechas. Y nos estamos haciendo un lío. El Partido Popular cuenta con el apoyo de más de diez millones de votantes, número que ha aumentado considerablemente, no por los aciertos de sus dirigentes, sino por las gamberradas del PSOE en el poder. Puede ganar las próximas elecciones, pero tiene la obligación de mantener una disciplina y un criterio objetivo y frío en sus adentros. Una cosa es la tolerancia y otra una casa de putas. Rajoy tiene que dar puñetazos en la mesa. La cordialidad, hacia fuera. La firmeza y la contundencia hacia fuera. Los complejos, a la basura. Y en el partido, disciplina, coherencia y aunque resulte desagradable, inflexibilidad con quienes se saltan las normas y reglamentos. Eso, un puñetazo en la mesa.

La Razón - Opinión

Matas que hay que cortar de raíz

Ante imputaciones como las que nos ocupan, la dirección del PP no puede limitarse a animar a sus miembros a defender su inocencia "si pueden", tal y como ha hecho Rajoy en el caso de Matas. Debe cortar de raíz con aquellos de cuya inocencia se dude.

La verdad es que el juez instructor del caso Palma Arena, José Castro, no se ha andado con contemplaciones en su demoledor auto de más de cien páginas en el que imputa al ex presidente balear Jaume Matas doce delitos de corrupción penados con 64 años de cárcel y para el que decreta prisión provisional bajo fianza de tres millones de euros.

Con independencia, no obstante, de si es o no el momento procesal oportuno para que el juez sea tan extremadamente explícito en sus acusaciones, y al margen también de la astronómica cuantía de la fianza –la más alta de las interpuestas a un político por un caso de corrupción–, lo cierto es que el ex dirigente del PP no ha podido hacer la menor refutación, mínimamente seria, a los múltiples indicios que le señalan como presunto autor de siete delitos de malversación de caudales públicos, falsedad en documento oficial, prevaricación administrativa, fraude a la Administración, blanqueo de capitales y un delito electoral.

Ante estos hechos, no podemos más que afirmar, una vez más, que la corrupción no conoce de siglas y que ante esta lacra no sólo es exigible el coraje moral sino reformas que sometan a quienes detentan el poder público al menor número posible de tentaciones. La falta de fiscalización del gasto público y su amplio grado de discrecionalidad es terreno abonado para que los políticos incurran en delitos como de los que se acusa al ex presidente balear y ex ministro de Medio Ambiente.

No menos lamentable es el hecho de que, a pesar de los múltiples y graves indicios contra Matas, la dirección del PP haya esperado a que sea el propio imputado quien este mismo lunes se diera de baja en el partido. Así mismo, resulta impresentable que en la nueva dirección del PP balear, presentada este martes por su presidente, José Ramón Bauzá, figuren cinco ex consejeros de Matas, dos de ellos imputados, como el ex presidente, en casos de corrupción. Se trata de Jaume Font, imputado en el caso del Plan Territorial de Mallorca, que continuará como portavoz en el Consell insular de Mallorca, y el ex consejero de Industria y Energía, Josep Joan Cardona, que será el coordinador sectorial en esta materia a pesar de estar imputado por corrupción en el Consorcio de Desarrollo Económico de Baleares.

Y es que ante indicios e imputaciones como las que nos ocupan, la dirección del PP no puede limitarse a animar a sus miembros a defender su inocencia "si pueden", tal y como ha hecho Rajoy en el caso de Matas. Por el contrario, debe cortar de raíz con aquellos de cuya inocencia se dude.


Libertad Digital - Opinión

Ojalá me equivoque. Por José María Carrascal

OJALÁ me equivoque porque, si no me equivoco, la crisis económica va a ser un catarro comparado con el cáncer que puede llegarnos desde el nuevo Estatuto catalán.

Una crisis económica gira en torno al dinero, poderoso e importante caballero, pero que puede recuperarse si se pierde. O sea, algo ajeno al sujeto, que no lo define ni determina. Una constitución, en cambio, define lo que es una nación, y si la constitución se licua o gasifica, tras ella va la nación. Es lo que tememos ante las noticias que corren sobre la sentencia cocida y recocida del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán. Que no nos diga claramente si es constitucional o no. Peor incluso: que nos diga que es y no es constitucional al mismo tiempo, convirtiendo la Constitución española en plastilina, al dejar sus más controvertidos artículos al albur de eso que llaman «interpretación conforme», pura camelancia, pues hay tantas interpretaciones como pareceres, con lo que nos quedaríamos como estábamos, sólo que peor. Es lo que me temo: que se salve el conjunto del estatuto con parches aquí y apaños allá. Un enjuague, una componenda, un chanchullo con la «carta magna» nada menos.

No se puede aceptar el término «nación» en un preámbulo y añadir luego que la constitución no admite otra nación que la española. No se puede aceptar el uso del catalán en todos los ámbitos de la vida pública catalana y aceptar al mismo tiempo que el español es la lengua del Estado, teniendo derecho todo español a usarla y conocerla en todo el ámbito estatal. Dejar puntos como estos al arbitrio interpretativo es puro sofisma e instalarse en el campo opuesto a la razón y al Derecho. O sea, en el de la sinrazón y en el del derecho torcido. Que de ser ciertas las habladurías, es lo que nos espera.

El Tribunal Constitucional tiene sólo una función: decirnos si la conducta de un ciudadano o lo legislado por algún organismo del Estado es constitucional. Pero si nos dice que esa conducta o esa legislación puede ser constitucional o no según se interprete, no nos servirá de nada, ni lo necesitamos a él para nada. Al revés, nos servirá tan sólo para crear más confusión, más frustración, más controversia de la que ya tenemos, y este país tiene ya demasiado de las tres cosas para permitirse el lujo de aumentarlas. Ocurriría lo mismo en un tribunal ordinario, si el juez sentenciase que el inculpado es culpable, pero al mismo tiempo, inocente. Quedando al criterio de cada cual el decidirlo. ¿Se lo imaginan?

Es la consecuencia de haber puesto en la cima de la Justicia española un tribunal político, que mira de reojo al gobierno en vez de tener una venda sobre los ojos para no dejarse influir por las circunstancias. El desprestigio que ha acumulado desde aquella primeriza sentencia sobre Rumasa es inmenso. Pero nada comparable a lo que pudiera ocurrir si decidiese que la Constitución es vasalla de un estatuto. Ojalá me equivoque.


ABC - Opinión

martes, 30 de marzo de 2010

El pastel. Por Ignacio Camacho

DESPUÉS de tres años y medio de injustificables dilaciones en el pleito del Estatuto catalán, el Tribunal Constitucional parece tener casi a punto un veredicto para servirlo sobre la mesa del Estado.

Se trata de un pastel descomunal cocinado con tres requisitos: que no contente a nadie, que no descontente a nadie y, sobre todo, que en su calculada ambigüedad no se entienda demasiado. Lo llaman sentencia interpretativa porque va a subordinar la legalidad del texto estatutario a una especie de sobreescritura redactada por los magistrados, que aceptarán la mayoría de los artículos imponiéndoles cláusulas condicionales. De este modo, su posible colisión con el marco constitucional dependerá del futuro desarrollo en leyes autonómicas, lo que augura una nueva cascada de recursos que a los miembros de este Tribunal ya les pillarán jubilados. El fallo propiamente dicho promete prestarse a todas las variantes polisémicas del término, y puede constituir un monumento jurídico a la plasticidad del Derecho y su adaptación a los hechos consumados de la política.


Esta sofisticada resolución, inspirada por la necesidad de no formar un lío de proporciones cósmicas, pretende dejar las cosas como están y salvaguardar el trámite de la dignidad jurídica mediante un procedimiento de medias ponderadas. Rechazará algunos principios del Estatuto, convalidará otros y dejará los más polémicos -la nación y la lengua, sobre todo- en el limbo de las exégesis de expertos, con la imposible intención de que todo el mundo se sienta al tiempo levemente satisfecho y suavemente decepcionado. Unos hablarán de inconstitucionalidad selectiva y otros de constitucionalidad condicionada, pero al fondo de tanto alambicamiento subyace la evidencia de un enjuague forzado a la medida de los intereses políticos. Al cabo de tanto tiempo de parálisis y de bloqueo el TC ha alcanzado un nivel de desprestigio que a sus componentes ya no les van a afectar en demasía las protestas de amaño.

El acuerdo en ciernes va a contemplar el Estatuto como un edificio en construcción sobre planos deficientes, y su solución consistirá en aceptar con más o menos reparos la parte que ya está edificada según la tesis del mal menor, que es una teoría pragmática y por tanto política. Del resto del proyecto eliminará algunos aspectos vistosos -sobre todo los que afectan a la soberanía judicial, que toca la médula corporativa de sus señorías- y propondrá algunos retoques que no afecten a la estructura. Será inevitable una cierta polémica, un alboroto político y mediático en el que abundarán los reproches de conveniencia, tan cargados de retórica como exentos de rigor jurídico, y luego el expediente languidecerá hasta decaer como se consumen casi todos los debates de una política superficial y volátil. Despejado el horizonte hasta las próximas elecciones, la presidenta del Tribunal podrá rendir cuentas ante quien la nombró con la satisfacción tardía del encargo cumplido.


ABC - Opinión

Cuatro años de Estatut. Por José García Domínguez

El supremo interés del Estado, o sea, la más que prosaica conveniencia inmediata de los socialistas, aconseja que María Emilia Casas continúe bostezando en el limbo.

Sin duda, la consecuencia más demoledora de la aprobación del Estatut en el Parlamento hace hoy cuatro clamorosos años es su absoluta, radical, definitiva inanidad. Y es que de nada ha servido que Zapatero, Guerra, Bono y el resto de sus iguales se prestasen, diligentes, a horadar los cimientos del edificio constitucional con tal de complacer a los catalanistas. Al revés, la virulencia del irredentismo identitario, el insulso plato único que se degusta en la plaza, no ha hecho más que avivarse desde entonces. Algo previsible si se concede que todo nacionalismo romántico, y no a otra calaña obedece el catalán, requiere de la constante tensión dialéctica con el enemigo externo para sobrevivir.

La siempre doliente imaginería victimista, ese permanente desgarro retórico a cuenta de no menos permanentes agravios imaginarios, se le antoja tan imprescindible como el aire que respirar. Así, por paradójico que semeje, el corolario fáctico de aquella renuncia de las Cortes a la soberanía nacional fue la final eclosión del independentismo en las filas de CiU. Esas vistosas performances domingueras del secesionismo rústico, las "consultas" que maquina el folclórico López Tena por orden directa de Artur Mas, constituyen la mejor expresión plástica del fenómeno.

Un sesgo, ése de la radicalización sentimental del catalanismo canónico, que cualquier sentencia del Constitucional no hará más que atizar. Así las cosas, el supremo interés del Estado, o sea, la más que prosaica conveniencia inmediata de los socialistas, aconseja que María Emilia Casas continúe bostezando en el limbo. A fin de cuentas, dirimir la cuestión ahora, es decir, en vísperas de las elecciones domésticas, implicaría desplazar los términos de la disputa partidaria hacía el terreno en el CiU siempre habría de ganar.

Salvo en la muy inverosímil hipótesis de que el Tribunal asintiera ciego y mudo a la literalidad del texto, toda enmienda suya abocaría el debate hacía el campo semántico de la confrontación con esa entelequia metafísica llamada "Madrit"; el peor escenario posible para el PSC; el que lo empujaría a un callejón sin salida, forzado a la parálisis escénica entre la espada de Convergencia y la pared de Zapatero. La única sentencia inminente que les sirve, pues, es que no haya sentencia. Por eso, no la habrá. Y si no, al tiempo.


Libertad Digital - Opinión

Los asesinos buenos. Por Hermann Tertsch

TODAVÍA habrá quien diga que Jaime Mayor Oreja no tiene razón cuando advierte a los españoles que este Gobierno está preparando otra negociación con ETA.

Y desde luego hay demasiados en su propio partido que se han precipitado en criticarle o descalificarle diciendo que no entiende ya lo que pasa en el País Vasco. Lo entiende muy bien. Tan bien que a ellos les molesta. Porque da la impresión de que algunos en el Partido Popular han interiorizado tanto el discurso del Partido Socialista y sus tesis de la eterna armonía que a veces parecen ya Eguiguren u Odón Elorza. La noticia tiene guasa. Pero va en serio. Resulta que ahora -¡¡o qué casualidad!!-, nos salen unos llamados «profesionales internacionales de la negociación», políticos jubilados y necesitados de ingresos para alimentar su pensión, que piden al Gobierno español la legalización de Batasuna. Y lo hacen en el Parlamento Europeo. Los dirigen los surafricanos Brian Curry, Frederick De Klerk y el arzobispo Desmond Tutu. Pero son más por lo que la posible nómina amenaza con subir aún más el déficit público español. Piden por supuesto también el acercamiento de los presos al País Vasco. En realidad demandan a medio plazo -sin decirlo- que todos los criminales que han causado casi mil muertos españoles vayan preparándose para la libertad. Miles de años de prisión en condena quedarían así en cuestión de meses. A eso llaman reconciliación.

Piden también generosamente a ETA que declare un alto el fuego. «Plenamente supervisado dicen». Se supone que como el anterior, en el que los zulos, según el ministro Rubalcaba, no eran zulos. Y los etarras, según decían, eran ya gentes de paz. Y ETA sería incapaz de volver a matar «porque el coste sería demasiado alto», como decían los portavoces de los diarios oficiales del zapaterismo. Y las pistolas robadas por ETA y que después han matado a manos de ETA las había robado algún chorizo, insistía Rubalcaba Fouché.

Y a partir de ahí, de la nueva tregua, todos amigos y dentro de un par de años, para las elecciones generales, aquí se declara la paz y el olvido, el fin de ETA, la legalización de Batasuna y la salida escalonada de prisión de todos los asesinos. Ni «ley Parot» ni niño muerto. Se hace una ley retroactiva y todos a la calle. Ya nos quieren hacer una ley para el señor Garzón para que quede sin vigencia el delito de intervenir las entrevistas de acusados y abogados defensores. Se hace otra. Y las que hagan falta.

Los que recomiendan al Gobierno español y a ETA tan bondadosas medidas para la eterna armonía no son otros que gente en parte implicada en la anterior negociación. Y son gente que no actúa gratis. ¿Por qué de repente, cuando se le cae encima al Gobierno español toda su ineptitud y su mentira sobre nuestra economía, cuando el país ha entrado en una deriva hacia la pobreza que parece imparable, estamos otra vez hablando de una paz con los terroristas de ETA ? ¿Por qué si la lucha contra el terrorismo va bien? Y promete ir mejor con el compromiso de Sarkozy tras la muerte del gendarme francés de acabar con todas sus guaridas. Pues porque el Gobierno Zapatero necesita tanta árnica como la organización terrorista. Y todo indica que ha acudido solícito a estos mediadores interesados -digamos que recaudadores-, para irse preparando esta especie de carta falsa en una partida, la electoral, que temen perder. Los españoles con dignidad tienen la obligación de rebelarse contra esta nueva infamia cuyo fin último es legitimar los crímenes de ETA y dejar en libertad a los criminales. Como dice Mayor Oreja, el Gobierno y ETA tienen hoy intereses comunes. Y con ellos los negociadores que pasarán por caja.

Y hablando de asesinos, da gusto ver como Santiago Carrillo, en su día héroe de la transición y hoy héroe del zapaterismo guerracivilista, se lanza al cuello de la oposición y defiende a quienes lo han erigido en adalid de la mentira histórica, auténtico caballo de batalla del caudillo vallisoletano que se creía leonés. Dice Carrillo que Rajoy es Le Pen. Mala comparación. Con lo fácil que sería decir que él es Laurenti Beria.


RABC - Opinión

Algo chiquitito, algo pequeñito, en lugar de pacto ZP tiene ‘pactito’ . Por Federico Quevedo

¿Lo ven? Al final los hechos nos dan la razón a quienes denunciamos desde el primer momento que esto era una milonga, una broma de mal gusto, una farsa, pura escenografía, parafernalia y una colosal mentira. No hay pacto.

Hay pactito. Algo chiquitito, algo pequeñito, como dice la canción esa tan soberanamente cursi y ñoña con la que nos vamos a presentar a Eurovisión a ver si ya por fin quedamos los últimos pero, qué quieren, en tiempos de ZP hasta el tema de Eurovisión es para echarse a llorar o para salir corriendo.

Compuesto y sin novias, si lo que pretendía Rodríguez era dejar constancia de la soledad del PP, se ha quedado con las ganas. No sólo el PP le ha dado calabazas, sino que también lo ha hecho IU, Rosa Díez, ERC, el BNG, Coalición Canaria y es más que probable que haya alguna baja más. De entrada, el documento que el viernes hizo circular CiU es bastante elocuente: sí, hay algunos avances, pero en lo sustancial el Gobierno se queda, más que corto, paralizado, viene a decir el grupo catalán, que sólo estará en la foto si Moncloa se aviene a recoger el grueso de sus propuestas. Pero Moncloa ya ha dicho que sólo va a retratarse sobre la base de las 54 tiritas que le quiere poner a la brecha abierta en el corazón de nuestra economía, y que no son del agrado de ninguno de los grupos.

Y es que ésa es la realidad: lejos de la ambición que debería tener un Gobierno verdaderamente dispuesto a afrontar la complejidad de esta situación, adoptando medidas de calado por impopulares que estas pudieran ser, Rodríguez ha optado por el cortoplacismo y la nulidad. Por otra parte es lo que hace siempre, para qué vamos a engañarnos.


Hagamos un poco de memoria, que nunca viene mal. Rodríguez propuso en el último debate sobre la situación económica -al que acudió obligado por la presión de los demás grupos parlamentarios- la búsqueda de un Pacto de Estado contra la crisis, después -eso sí- de que todos los grupos, incluido el PP, se lo hubieran reclamando por activa, pasiva y perifrástica hasta la saciedad. Bien, para ello dispuso de un lugar, el Palacio de Zurbano, y de una ‘troika’ negociadora encabezada por la vicepresidenta Salgado y los ministros de Industria, Sebastián, y Fomento, Blanco. No estaban ni De la Vega ni Corbacho y todavía hoy cabe preguntarse qué hacen que no se han largado con viento fresco, pero ése es otro cantar.

Establecido el marco, faltaba lo más importante, es decir, los temas de negociación, y es aquí donde el Gobierno, fiel a sí mismo, demostró desde el primer momento que esto del pacto le importaba una… En fin, les voy a decir yo lo que le importaba. Un día antes de la primera reunión, a las ocho de la tarde, el Ejecutivo envió a los grupos, no un documento, sino papel y medio plagado de absurdas obviedades. Por supuesto, ni una sola medida de fondo, ni reforma laboral, ni reforma fiscal, ni plan de ajuste, ni nada que se le pareciera, sino la apuesta por el coche eléctrico como medida estrella.

Llegó la reunión del Palacio de Zurbano, como si aquello fuera la Cumbre de Postdam y de ella dependiera el futuro de la Humanidad, y lo único que salió de allí fue la promesa gubernamental de un documento un poco más elaborado. En el siguiente encuentro, esta vez de modo bilateral con cada grupo, la ‘troika’ presentó, ya no un papelillo, sino un documentillo que recogía una serie de medidas deslabazadas, casi todas ellas anunciadas ya, y alguna que otra propuesta realizada anteriormente por los grupos parlamentarios y rechazada por la mayoría socialista, como la rebaja del IVA en operaciones domésticas presentada por el PP en octubre pasado.

Sin interés por el Pacto

El desencuentro fue absoluto, sobre todo en el caso del PP, pero el Gobierno todavía confiaba en poder reconducir esta cosa que yo desde luego no me atrevo a llamar pacto, sobre todo porque siempre quedaba en la guantera la llamada de Rodríguez a Rajoy. Llamada que nunca se ha producido, entre otras cosas porque por más veces que el indocumentado del presidente ha dicho que le llamaría, luego le entra la pereza y lo va dejando para más adelante: ya saben, Rodríguez es un miembro aventajado del club de los que dejan para mañana lo que podrían hacer hoy. No tiene el más mínimo interés, y eso demuestra que más allá de las llamadas a la responsabilidad y a arrimar el hombro quien de verdad nunca ha querido un acuerdo es Rodríguez Zapatero. Solo quería una foto, porque desde lo de Las Azores, Rodríguez es el hombre de las fotos. No se si por envidia cochina o por oportunismo, pero sólo quiere fotos, y se va a quedar con las ganas.

¿Por qué? Es bien sencillo, porque un verdadero acuerdo, un verdadero Pacto de Estado contra la crisis implicaría necesariamente el reconocimiento de los muchos errores que ha cometido este Gobierno y, sobre todo, la toma en consideración de medidas impopulares y ambiciosas, medidas que prácticamente solo podría poner en marcha con el acuerdo del PP y, si acaso, de CiU y a lo mejor el PNV y CC, pero paren ustedes de contar. Y Rodríguez no esta dispuesto a hacer ese ejercicio de humildad y, mucho menos, darle al PP la satisfacción de reconocer, aunque sea implícitamente, que siempre ha llevado razón. ¿Conclusión? Se ha quedado sin pacto. Bueno, tiene un ‘pactito’, probablemente –y ya veremos- con el PNV y poco más.

Digo ya veremos porque, a lo mejor, al PNV tampoco le interesa aparecer ante la opinión pública como el único aval de una política profundamente equivocada y antisocial. La cuestión ahora es: ¿se puede aguantar así hasta 2012? La prerrogativa de convocar elecciones generales está única y exclusivamente en manos de Rodríguez, pero como ya dije en cierta ocasión, si el patrón de la nave se vuelve tarumba, siempre cabe el motín a bordo y hoy, de nuevo, vuelve a ponerse en valor aquel llamamiento de Rajoy a las filas socialistas. Oigan, esto no hay Dios que lo aguante porque no es que vayamos a la ruina, es que no van a quedar de este país ni las aceras como siga en manos del personaje, luego, hagamos algo, por favor. Es ya una cuestión de piedad, de compasión, pero que alguien consiga que se vaya, por favor…


El Confidencial - Opinión

Terror islamista en Moscú

La predilección del terrorismo de inspiración islamista por los transportes públicos es una de las señas que identifican sus actos de barbarie.

Así se vio en el atentado a las Torres Gemelas, en la masacre de los trenes de Madrid o en las bombas en el Metro de Londres. Ayer fue el suburbano de Moscú el que sufrió el zarpazo terrorista e indiscriminado. Según las informaciones oficiales, dos mujeres independentistas de Chechenia habrían hecho estallar en hora punta los cinturones explosivos que portaban, causando la matanza de casi cuarenta moscovitas y malhiriendo a otros sesenta y cinco. Para los españoles, las imágenes difundidas por la televisión resultaron dramáticamente familiares, con vagones desventrados y personas ensangrentadas pidiendo auxilio. Y es muy probable que, al margen del modus operandi de las dos terroristas chechenas, también este atentado tenga relación más o menos directa con Al Qaida, cuyos esfuerzos por instalarse en las repúblicas musulmanas del Cáucaso Norte son conocidos por los servicios de inteligencia occidentales. Es cierto que el metro de Moscú y sus edificios públicos han sufrido numerosos atentados perpetrados en la última década por independentistas de Chechenia, Osetia, Ingushetia y Daguestán. En los últimos seis años, unas setenta personas han muerto en atentados cometidos en transportes públicos, y al menos doscientas fallecieron a consecuencia de un secuestro masivo en un teatro moscovita.

El norte caucásico es un hervidero de grupos radicales que pretenden independizarse del Kremlim, como han hecho las repúblicas del sur. Pero lo que podría considerarse un conflicto político de orden territorial ha encontrado en el islamismo el combustible ideológico y religioso para justificar sus atrocidades. Para Al Qaida, la guerra santa decretada por Ben Laden es global y abarca todas las ensoñaciones territoriales posibles. Moscú es un viejo rival del líder islamista, al que ya combatió en Afganistán cuando los tanques de la Unión Soviética intentaron controlar el país. Y no parece que la Rusia de Putin le merezca mejor opinión, sobre todo por los métodos expeditivos que utiliza el Ejército ruso para combatir a los islamistas chechenos y osetios. Todos estos datos confirman que el terrorismo islámico se mueve en un vasto frente internacional sin distinción de bloques estratégicos, de regímenes o de formas de gobierno. Allí donde entran en conflicto comunidades islámicas con otras de diferente fe religiosa, allí está Al Qaida operando o capitalizando el conflicto, ya sea de modo directo o mediante grupos afines con los que comparten objetivos. No sólo en el Magreb, donde secuestran europeos para financiarse, o en Egipto, Irak, Líbano o Moscú. También en Palestina, donde los vínculos terroristas de Hamas con la gran red islamista son notorios; el enemigo en este caso es el «gran Satán» de Ben Laden: Israel. No en vano, es el único país democrático y no musulmán de la zona. Por eso resulta sorprendente la ceguera de quienes deploran sinceramente atentados como el de ayer y no ven el sustento ideológico que los justifica y la mano común que los perpetra.

La razón - Editorial

Ceaucescu. Por Alfonso Ussía

De la noche a la mañana, como consecuencia de una brutal actuación policial contra una manifestación pacífica, decenas de miles de rumanos se presentaron ante el Palacio de los Ceaucescu.

El tirano y su mujer, acostumbrados a las grandes concentraciones aclamatorias, salieron a saludar a los suyos, y nunca mejor dicho los suyos, porque eran los dueños de sus vidas, de sus muertes, de sus haciendas y de sus destinos. Una palabra coreada por todos los asistentes nubló los rostros de Nicolás y Elena Ceaucescu. Les gritaban «¡Drácula!». Pocos minutos más tarde, Drácula y señora huían en un helicóptero presumiblemente salvador. Pero lo hicieron hacia su fin. Ya no eran nada. Fueron detenidos, ridículamente juzgados por un tribunal militar de los suyos y fusilados inmediatamente. Ella no podía creer que «sus hijos» –así llamaba a los soldados rumanos– se atrevieran a disparar. Lo hicieron con entusiasmo. Decenios de sufrimiento, privaciones, cárceles, miseria, falta de libertad y enriquecimiento de los poderosos apretaron los gatillos. Su gesto de pasmo y asombro se detuvo en sus cadáveres. Murieron asombrados de que tal cosa pudiera ocurrir.

Drácula, aunque rumano, es sinónimo universal de perversidad. Se alimenta de la sangre de su gente, incluida la más allegada. Y su nombre ya se susurra por las calles arruinadas de La Habana. Si muere Guillermo Fariñas, se alzarán más voces. Ya está dispuesta una veintena de presos políticos a seguir la cadena hacia la muerte por la libertad de Cuba. Cuidado con la ira acumulada, el dolor acumulado y la acumulación de horrores. Los hermanos Castro no tienen complicada su seguridad. Un avión los llevará a Venezuela, donde podrán disfrutar, mientras se mantenga el régimen de Chávez, de los millones de dólares que han robado a su pueblo. Pero no lo tendrán tan fácil las decenas de miles de colaboradores del castrismo, comisarios políticos, torturadores de prisiones, agentes del régimen y chivatos del partido comunista. Tienen cara y todos los conocen. El tiempo de la posible transición a la democracia ha pasado. El castrismo ha endurecido su sistema, y la pobreza en Cuba se ha adueñado de la gran isla. ¿Cuántos conseguirán huir de la venganza? Ceaucescu nunca se figuró que su Estado policial y asesino se volviera contra él. Los Castro no son más poderosos que los Ceaucescu. Y sus colaboradores, tampoco. Los aviones que pueda enviar Chávez tienen un número limitado. En Cuba, los dráculas no son sólo el asesino jubilado y el asesino en activo. Hablan de «la gusanera» de Miami. Los cubanos exiliados en Florida no van a mover ni un dedo. Los que llevan padeciendo el castrismo durante décadas serán los protagonistas de la nunca aceptable venganza. Cuidado con las reacciones de una población harta y aparentemente asustada y mansa. Una chispa provoca el desastre. Y en Cuba se ha iniciado el proceso de desaparición del miedo. La vida cuesta dejarla cuando se vive en libertad. Una vida sin libertad es lo más parecido a la muerte. Guillermo Fariñas, como otros muchos, está alegremente dispuesto a morir por la libertad de Cuba. Y contra esa voluntad no hay poder político, ni tortura física, ni pelotón de fusilamiento capaces de contrarrestar el sacrificio. Un día, cualquiera, el más inesperado, el pueblo cubano se levantará. Los dráculas escaparán a Venezuela. Pero otros, menos poderosos, emularán sobre la tierra cubana, víctimas del odio, el gesto quieto de pasmo de los Ceaucescu.

La Razón - Opinión

Moscú, enésima matanza islamista

Su motivación es precisa y no cejará hasta conseguir su objetivo final: rendir a Occidente mediante el miedo que nace del terror que los yihadistas administran sobre la indefensa población civil.

A primera hora de la mañana de ayer el terrorismo islámico sembró de dolor y muerte el metro de Moscú. A falta de que concluya la investigación que está llevando a cabo la policía moscovita, un total de 38 personas han perecido en el atentado, 25 en la estación de Lubyanka y 13 en la de Park Kultury. Una matanza sin nombre perpetrada, según han revelado las autoridades rusas, por dos terroristas suicidas de origen checheno, dos viudas de terroristas abatidos por el ejército que han hecho explotar dentro de los vagones sendos cinturones forrados de explosivos. Y todo en plena hora punta con el metro atestado de gente.

El atentado de Moscú es la enésima matanza que se apunta el yihadismo islamista. Aunque el número de muertos sea menor al de otros atentados, la planificación, el método y los objetivos son los mismos que en ocasiones anteriores. Una vez más, los terroristas se aprovechan de las facilidades que ofrece la sociedad abierta para desangrarla desde dentro mediante espectaculares acciones en lugares muy concurridos. Matar en un autobús, un tren de cercanías o un convoy del metro tiene la ventaja de que magnifica el efecto del atentado con un baño de sangre difícil de asimilar para la sociedad, que suele quedar en estado de shock tras el atentado. Sucedió en Nueva York o en Londres y ya está sucediendo en Moscú, silente y conmocionada ante el horror.


Casi nueve años después del 11-S, el terrorismo islámico sigue siendo la principal amenaza para la seguridad internacional. Nada lo ha frenado y se continúa alimentando de las mismas fuentes teóricas y financieras que hace una década. Su motivación es precisa y no cejará hasta conseguir su objetivo final de rendir a Occidente mediante el miedo que nace del terror que los yihadistas administran sobre la indefensa población civil. Su naturaleza no es ya a estas alturas un misterio. El islámico es una variante de terrorismo perfectamente estudiado y al que se puede combatir si los Gobiernos adoptan las medidas adecuadas.

Los Estados Unidos han conseguido mantener al islamismo a raya dentro de sus fronteras convencidos de que es el enemigo y tiene que ser derrotado cueste lo que cueste. Gracias a esa visión, el 11-S ha sido el último atentado islámico en Estados Unidos. En España el Gobierno que sucedió al 11-M se rendió preventivamente ante un islamismo que consideró culpable; escogió un atajo, el de la rendición para, acto seguido, poner en marcha la “Alianza de civilizaciones”, un camelo buenista para mentes simples plenamente inoperante desde el principio y que no ha conseguido más adhesión que la puramente retórica de algunos líderes del Tercer Mundo. Zapatero, a diferencia de Bush, de Blair o de Vladimir Putin, no se toma el terrorismo en serio porque, en su trastornada cosmovisión, los terroristas lo son porque no les han dejado ser otra cosa.

Los muertos aun calientes de Moscú nos despiertan del opiáceo zapaterino y nos devuelven a la realidad. Las asesinas del metro moscovita sabían muy bien lo que hacían y por qué lo hacían. Sabían que con su execrable decisión de inmolarse iba a morir de un modo espantoso muchísima gente inocente. Eran, en definitiva, muy conscientes de la razón y el alcance de su aborrecible crimen. Esto es el terrorismo, con la diferencia de que el de corte islamista parte de unos presupuestos muy definidos que a nosotros, sus víctimas del mundo libre, nos corresponde cortar de cuajo al coste que haga falta.


Libertad Digital - Editorial

La siniestra sombra de Chechenia

TODOS los indicios apuntan a que las mujeres que han asesinado a casi cuarenta personas en el metro de Moscú pertenecían a un grupo llamado «viudas negras», que han sido entrenadas por activistas musulmanes chechenos, cuyo máximo responsable ha sido recientemente abatido en una operación policial.

Asesinar a inocentes ciudadanos en el transporte público es un siniestro método que utilizan organizaciones terroristas de medio mundo, porque es relativamente fácil aprovecharse de que se concentran muchas personas, como por desgracia sabemos bien en España. Cualesquiera que pudieran ser las razones invocadas por los criminales que han adiestrado a esas mujeres suicidas del metro de Moscú, jamás podrán sobreponerse al hecho de que lo que han cometido ha sido un crimen y ante esta constatación no puede haber ningún matiz. Los terroristas se ponen a sí mismos al margen de la sociedad y ésta está obligada a defenderse.

Ahora bien, en esa defensa legítima, las autoridades de un país civilizado deben actuar en el marco de la ley y el respeto a los derechos humanos. Las invocaciones de los máximos dirigentes rusos sobre la «guerra sin cuartel» contra el terrorismo recuerdan que en anteriores ocasiones eso tuvo un reflejo trágico e incluso claramente contraproducente para la legitimidad de las posiciones de Rusia en el Cáucaso. Si cuando dicen «guerra sin cuartel» se imaginan que puedan aplicarlo al pie de la letra, con operaciones militares, no ayudarán a sus propios intereses.

Rusia no es un país irrelevante: su influencia militar y económica es tan importante que todo lo que pudiera suceder en su interior tendría forzosamente repercusiones importantes en muchas partes del mundo, para empezar en su vecindario europeo. En un país democrático, con instituciones fuertes y leyes inteligentes, los terroristas pueden ser perseguidos eficazmente y la experiencia demuestra que tarde o temprano llegan a ser vencidos, sin que por ello haya habido que aplastar las libertades de la sociedad a la que dicen representar. Sin embargo, en Rusia la sociedad civil es todavía débil y el poder, poco respetuoso con las prácticas que son comunes en las sociedades occidentales. Pero mientras Rusia se mantenga dentro de los usos democráticos, deberá ser ayudada en su lucha contra el terrorismo criminal.


ABC - Editorial

lunes, 29 de marzo de 2010

Tres socialistas. Por Carlos rodríguez Braun

Los que no pagan impuestos son insolidarios, y los que sí los pagamos somos solidarios. Curiosa tesis, doña Ángeles: ¿no se le ocurre a usted pensar que igual los que no pagan es porque pueden hacerlo y los que pagamos es porque no tenemos otra opción?

He leído reflexiones interesantes de tres señoras de izquierdas. La escritora Isabel Allende publicó en El País un emocionado y bello artículo sobre su Chile natal, donde reconoció la espectacular reducción de la pobreza registrada en las últimas décadas. Presa, sin embargo, de la corrección política, encuentra un defecto: la falta de intervenciones políticas suficientes, porque las que ha habido "no han nivelado a la gente". Y ¿por qué hay que nivelar a la gente? Esto es un puro prejuicio, que simplemente declara, pero no demuestra, la necesidad de la coacción. A veces parece que si la pobreza del mundo desapareciera por completo pero los ricos se enriquecieran tanto que la desigualdad aumentase ¡habría que protestar!

La ministra Bibiana Aído, entrevistada en Negocio, sugirió que toda coacción política está justificada en aras de la igualdad, proclamó en la más clásica línea totalitaria la perversión de quienes la critican ("Hay un rechazo frontal de determinados sectores contra todo lo que suponga un avance en derechos sociales"), y afirmó, plena de corrección política: "Las sociedades más igualitarias son las más productivas"; vamos que Cuba es más productiva que Estados Unidos.

Pero la más izquierdista de las tres es Ángeles Olano, diputada del PP en el Parlamento de Cataluña y Portavoz de la Comisión de Economía. Dirá usted ¿cómo es posible que alguien del PP sea socialista? Pues vea.

Doña Ángeles escribió en Expansión sobre el fraude fiscal, y dijo que en la lucha contra el fraude hay que mirar hacia Europa, donde es clave "la colaboración de las Administraciones y los ciudadanos". Usted habría dicho que la clave es que allí pagan aún más impuestos que nosotros, y habría subrayado el misterio de la "colaboración" entre los ciudadanos y la coacción. Pero usted no es la señora Olano, que continuó: "los ciudadanos quieren... que se aborde el problema del fraude y que se haga de forma integral". Caramba, doña Ángeles, y yo que pensaba que lo que los ciudadanos quieren es pagar menos impuestos. Pues no, parece que lo que queremos es más coacción, y entonces la ilustre diputada cae rendida de admiración ante la OLAF, esa burocracia con nombre de vikingo que le encanta porque es grande y controladora, y por "el carácter multidisciplinar de sus investigadores, que proceden del ámbito policial, judicial, aduanero y financiero". Notable. Y por supuesto lo que le gusta no es que los impuestos bajen sino "la armonización fiscal".

Dicho esto, que ya es mucho, apunta que el fraude "no es otra cosa que la consecuencia de la pérdida del sentimiento de solidaridad". O sea que los que no pagan impuestos son insolidarios, y los que sí los pagamos somos solidarios. Curiosa tesis, doña Ángeles: ¿no se le ocurre a usted pensar que igual los que no pagan es porque pueden hacerlo y los que pagamos es porque no tenemos otra opción?

Una última perla: "Hemos de actuar contra el fraude en todas sus vertientes al tiempo, y sin dejar de practicar políticas que generen confianza del ciudadano en lo público". Claro, forzar a cada vez más gente a pagar cada vez más es, sin duda alguna, algo que genera confianza del ciudadano en lo público.

Cuánta razón tenía el viejo Hayek con su celebrado apotegma sobre "los socialistas de todos los partidos". Los y las socialistas, añado.


Libertad Digital - Opinión

Paz social y nubes de tormenta. Por José María Carrascal

SORPRENDE a los observadores nacionales y extranjeros la calma que reina en nuestro país. «Con el paro camino del 20 por ciento y un déficit disparado, la situación tendría que ser, cuanto menos, tensa. Basta ver lo que está ocurriendo en Grecia», dicen.

Pero es que la situación española no es la griega, y en eso hay que dar la razón a Zapatero. En Grecia, los funcionarios públicos han visto recortados sus sueldos; los trabajadores, sus derechos y los parados ven amenazada la prestación de desempleo. Mientras los funcionarios españoles no sólo conservan íntegros sus sueldos, sino que los han visto incrementados en un pequeño porcentaje; otro tanto ocurre a los trabajadores con empleo fijo, cuyo salario incluye la subida anual pactada en el convenio, mientras los parados tienen garantizado seguir recibiendo la subvención por desempleo, al «no haber recorte del gasto social», como ha dicho el presidente.

Si consiguiéramos olvidar el fantasma del paro que se cierne hoy sobre todos los españoles -algo difícil de olvidar-, me atrevería a decir que la mayoría está mejor que nunca, pues, garantizados sus ingresos, se encuentran con que la hipoteca del piso les ha bajado, los saldos en tiendas, supermercados y grandes almacenes les ofrecen auténticas gangas y otro tanto ocurre con las ofertas en viajes, hoteles y diversiones. Hay una minoría, sí -jóvenes sin trabajo, autónomos, familias que se han quedado sin ingresos- que lo están pasando realmente mal. Pero a la mayoría le está yendo bien. Es lo que explica esa paz social que tanto asombra.

El único problema es: ¿cómo está consiguiendo Zapatero esa paz social? Pues la está comprando con deuda. La deuda pública española se ha duplicado en los dos últimos años y todos los intentos que se han hecho de recortarla han sido inútiles porque, de hecho, no son recortes, son aumento de la deuda, a fin de mantener la paz social. ¿Qué va a pasar cuando la capacidad de endeudamiento del Estado español se agote? Pues lo que está pasando en Grecia; que no podremos pagar los altos intereses que nos exijan por nuestra deuda. Y ya hemos visto que los demás países europeos -con Alemania a la cabeza- no están dispuestos a ayudar a los que no han querido o sabido ayudarse a sí mismos. En otras palabras: que nos exigirán realizar esos dolorosos recortes que venimos posponiendo, cumpliéndose lo que el «Financial Times» nos advirtió hace ya un año: que cuanto más tardemos en hacer los reajustes, más penosos y costosos serán.

La «paz social» que reina hoy en España es por tanto una paz falsa, una paz engañosa que lleva en la panza, como algunas nubes, una tormenta. Disfruten ustedes de estas vacaciones de Semana Santa, que pueden ser las últimas antes de que estalle la tormenta, pues el tiempo, y el dinero, se agota.


ABC - Opinión

Bouvard González Pons. Por José García Domínguez

"Oh, sí, aquel asunto del apocalipsis hidrocarburado resultó ser una descomunal falacia, otra más. Qué le vamos a hacer, el chusco malthusianismo de toda esa literatura de cordel se ha revelado una radical impostura. ¿Pero a quién le importa la verdad?".

Como es fama, en el célebre Diccionario de lugares comunes, aquel exhaustivo catálogo que confeccionara Flaubert con las tonterías que siempre procede repetir en público a fin de pasar por un dilecto ciudadano de bien, se establece que el idiota canónico habrá de pontificar que los cipreses sólo crecen en los cementerios; que Maquiavelo fue un varón muy malo; que todos los juguetes infantiles debieran aportar algún elemento pedagógico; y que la bolsa de valores representa el mejor termómetro de la opinión pública, entre otras sandeces ad hoc. Lástima que la muy prematura muerte del de Rouen interrumpiese aquella magna empresa literaria llamada a catalogar el inagotable caudal de la humana necedad.

De ahí, pues, que ya nunca pudiera escribir el diálogo en el que un Bouvard González Pons al platónico modo apelara tal que así a su alter ego Pécuchet: "Mi querido Pécuchet, ¿ha reparado usted en que por mucho que se hayan demostrado falaces todos aquellos absurdos augurios apocalípticos del Club de Roma, nuestros votantes y su lerdo afán por el crecimiento económico constituyen la peor plaga que haya conocido la Tierra?". A lo que su igual replicaría: "Por supuesto, caro amigo, por supuesto. Al punto de que esa infecta plaga de ignorantes consumistas ni siquiera ha acusado recibo de que, tal como demostraron en su día las ilustres parteras del desarrollo sostenible, el petróleo tendría que haber desaparecido de la faz del planeta en 1990".


Inapelable aserto científico al que Bouvard González apostillaría: "Oh, sí, claro, aquel asunto del apocalipsis hidrocarburado resultó ser un descomunal enredo, otro más. Qué le vamos a hacer, el chusco malthusianismo de toda esa literatura de cordel se ha revelado una radical impostura. ¿Pero a quién le importa la verdad, dilecto Pécuchet? A fin de cuentas, lo único verdadero para nosotros ha de ser aquello que crea a pies juntillas la mayoría. Que además el asunto resulte cierto o no, debiera sernos por completo indiferente". "Bien, ¿mas qué hacer entonces con la funesta plaga?", susurraría Pecuchet. "Sensibilizarla. Sobre todo, sensibilizarla", terciaría al punto Bouvard. "¿Pero de qué?", interrumpiría algo inquieto el otro. "De que suya es la Culpa. Y sólo de nuestra mano arribará la redención", concluiría, solemne, Bouvard. Pues eso.

Libertad Digital - Opinión

El Estado, en manos del TC

LAS últimas deliberaciones del Tribunal Constitucional podrían haber cristalizado ya en una mayoría de 6 frente a 4, que, pese a estar formada en torno a la ponencia de la magistrada Elisa Pérez Vera, determinaría la inconstitucionalidad de una veintena de artículos claves del Estatuto de Cataluña.

Sin embargo, los borradores de la ponente han aumentado la exigencia constitucional sobre el texto, hasta el punto de que algunos magistrados claramente opuestos a considerarlo constitucional habrían aceptado una declaración de inconstitucionalidad selectiva, que recaería en aspectos sustanciales del Estatuto. No obstante, el historial de los debates del TC sobre el Estatuto catalán no permite descartar nuevas variaciones de criterio, aunque es creíble la inminencia del fallo. En efecto, la formación de una mayoría que hace innecesario el voto de calidad de su presidenta, María Emilia Casas, debe traducirse en la inaplazable votación del texto definitivo de la sentencia, del que se daría a conocer de forma inmediata su parte dispositiva, es decir, los artículos anulados por inconstitucionalidad, dejando para más adelante su publicación, que recogerá los votos particulares de los discrepantes.

Si la duda es hasta dónde llega la inconstitucionalidad del Estatuto, cabe confiar en que el fallo del TC rescate los principios constitucionales del Estado español, como Estado unitario organizado en comunidades autónomas. Es imprescindible que esa inconstitucionalidad selectiva por la que habría optado el TC deje claro que no es admisible un modelo confederal, ni bilateral en las relaciones del Estado con Cataluña; que la ciudadanía -derechos, obligaciones, lengua- es un concepto común para todos los españoles y que la legitimación de los poderes públicos en España sólo procede de la soberanía constituyente del pueblo español, no de derechos históricos inaprehensibles. El Estatuto de Cataluña, pese a las defensas buenistas que le dedica el presidente del Gobierno, cambió las reglas constitucionales del Estado, empezando por dar a una norma autonómica la categoría de norma constituyente y por convertir a una comunidad autónoma en un Estado dentro del Estado. Hay una sola oportunidad para evitar que este error se consolide y está en manos del TC.

ABC - Opinión

El maquillaje de Salgado

El Gobierno se ha visto obligado a aplazar diez días la reunión de la llamada Comisión Zurbano, prevista para hoy, ante el rotundo y general rechazo que las propuestas económicas remitidas por la vicepresidenta Salgado ha suscitado en los demás partidos.

Las críticas cosechadas han caído como un mazazo en La Moncloa, que confiaba en que al menos Coalición Canaria y CiU estamparan sus firmas al pie del documento y posaran para la foto que salvara a los ojos de la opinión pública dos meses de negociaciones. El «tridente» ministerial elegido por Zapatero para dialogar con los partidos no sólo no ha logrado el gran objetivo de alcanzar un pacto de Estado para afrontar la crisis económica; tampoco ha materializado el modesto deseo de llegar a acuerdos parciales de cierto calado. Las discrepancias son tan profundas que un aplazamiento de la firma no basta para solventarlas. No es cuestión de tiempo, como se ha aducido desde el Gobierno para justificar el fracaso, sino de fondo y de filosofía. Las cincuenta propuestas presentadas por Salgado son una mera acumulación de iniciativas ya debatidas en el Congreso, de cesiones particulares a partidos minoritarios como Coalición Canaria y de medidas cosméticas sin apenas recorrido, todo ello mezclado con otras más ambiciosas planteadas por CiU y el PP.

No faltan, incluso, algunas propuestas exóticas sobre el África Occidental o sobre las tiendas de los aeropuertos, que provocan gran perplejidad. El conjunto, en resumen, resulta anárquico, sin cohesión ni congruencia interna, y su capacidad para revitalizar el tejido económico no se alcanza a ver por ningún lado. Es verdad que el documento de Salgado incorpora incentivos para las pymes y dota de mayor protagonismo al ICO para impulsar los flujos de crédito hacia las empresas. Pero el balance se antoja muy escuálido y, sobre todo, frustrante para las esperanzas que había generado entre los ciudadanos después de que se presentara la Comisión Zurbano como la fórmula ideal para llegar a un pacto. Si esto es todo lo que el Gobierno es capaz de poner sobre la mesa para forjar un frente común, habría sido mejor no crear nada, ni alimentar falsas expectativas ni invocar el patriotismo de la oposición. Da la impresión de que con ese artefacto sólo se ha querido calmar los ánimos de un país que pide a sus dirigentes políticos menos retórica y más acuerdos palpables. La crisis por la que atraviesa España, con un número de parados que roza los cuatro millones y medio, con una imagen internacional severamente deteriorada y con un clima interno de pesimismo cada vez más acusado, no se supera con maquillajes como el de Salgado. Por el contrario, requiere de una cirugía profunda, necesita que se tomen decisiones difíciles pero imprescindibles y exige, en suma, dejar a un lado los cálculos electorales porque nunca será popular apretarse el cinturón, reducir el gasto público y reformar el mercado laboral. El Gobierno no puede serguir eternamente esquivando su papel, dilatando sus deberes o, como se dice popularmente, mareando la perdiz. Para lograr que la oposición firme un pacto hay que demostrar más seriedad y más responsabilidad.

La Razón - Opinión

Viva la electricidad

Lo que les interesa no es proteger el medio ambiente, sino terminar con el capitalismo, la libertad y el progreso científico; las tres fuentes de las que ha nacido nuestro control sobre la electricidad.

Uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad, comparable a la invención de la rueda o al descubrimiento del fuego, ha sido sin duda alguna el control del hombre sobre la electricidad. La electricidad no sólo nos ha permitido prolongar nuestra vida útil al incrementar las horas de luz disponibles cada día, sino que ha abierto la puerta a utilizarla en todo tipo de procesos productivos: desde la agricultura a la medicina, pasando por la industria, los transportes o la informática.

No es osado afirmar que no podríamos concebir un mundo sin electricidad. Sus consecuencias serían devastadoras desde un punto de vista económico y humano: sin electricidad seríamos incapaces de sostener nuestros niveles actuales de producción agraria y nuestros mecanismos para distribuirla entre los individuos, deberíamos renunciar a cualquier avance médico y tecnológico, no podríamos desarrollar nuestras vidas más allá de las 21.00 de la noche –para divertirnos, trabajar, leer o escribir–, e instrumentos tan esenciales como internet, los frigoríficos, los microondas o los calentadores de agua dejarían de estar a nuestro alcance.


En otras palabras, sin electricidad renunciaríamos a lo que hoy conocemos como nuestra civilización, asentada sobre un progreso científico que ha permitido precisamente nuestro control sobre la misma. Los bajos costes de producción eléctrica son uno de los motores principales de nuestra prosperidad y de la generación de riqueza.

La mal llamada ‘Hora del Planeta’ es inequívocamente un ataque contra la electricidad y, a partir de ahí, contra la ciencia, la civilización y el ser humano. El mero hecho de proponer como señal de protesta que renunciemos al consumo eléctrico pone de manifiesto que el progreso económico y científico que permite esa electricidad les molesta. Su imagen soñada e idealizada es la de ciudades y países enteros a oscuras, con individuos incapaces de desarrollar otra actividad durante una hora de sus vidas, que no sea odiar el sistema económico y social que nos ha permitido alcanzar nuestras mayores cotas de bienestar.

El ser humano, gracias al uso de su razón, ha sometido a la naturaleza para adaptar el medio a sus necesidades. Esto es justo lo que aborrecen los ecologistas radicales: la posición de preeminencia del ser humano sobre su entorno. Atacados por una suerte de primitivismo, anteponen las supuestas necesidades de un artificio cuasirreligioso como es Gaia a las del ser humano: para ellos el hombre es un parásito que modifica la disposición natural del medio ambiente, una lacra que distorsiona la armonía de la Tierra y que por tanto debe minimizar, si no erradicar, su nefasta influencia sobre la misma.

El fracaso del apagón de este último sábado ha sido presentado por los calentólogos como un éxito. Y, sin duda, desde su perspectiva así debe ser observado. La convocatoria nunca tuvo como objetivo beneficiar al medio ambiente, pues de hecho un mayor seguimiento del apagón hubiese generado la necesidad de detener a las centrales renovables y concentrar la producción eléctrica en algunas fuentes de energía odiadas por los ecologistas como son los combustibles fósiles o las nucleares.

En realidad, la Hora del Planeta tenía un propósito mediático, ideológico y político, ámbitos donde el ecologismo sí puede felicitarse por su éxito. La mayoría de estratos de la sociedad ha terminado tragándose la propaganda calentóloga, hasta el punto de que casi todos los medios de comunicación se han sumado entusiastas a promover la convocatoria (lo que a su vez ha servido para realimentar su labor propagandística).

Los políticos a izquierda y derecha, los socialistas de todos los partidos que decía Hayek, no han tardado en aprovecharse de este tirón de la demagogia para justificar sus agresiones contra la libertad. Ayer, por ejemplo, el portavoz del PP, Esteban González Pons, declaraba que "está claro que el cambio climático es verdad y si no es verdad, es una gran idea". ¿Una gran idea para qué? Precisamente para que los políticos ataquen la libertad individual y el desarrollo científico con la excusa de cambiar la "relación del ser humano con el medio ambiente".

A la vista de lo anterior, cuando casi todos los políticos de casi todos los países están dispuestos a dar respuesta a los prejuicios calentólogos con tal de ampliar y conservar su poder, es lógico que los ecologistas celebren el resultado de la Hora del Planeta pese a su escasísimo seguimiento. Al final, lo que les interesa no es proteger el medio ambiente, sino terminar con el capitalismo, la libertad y el progreso científico; las tres fuentes de las que ha nacido nuestro control sobre la electricidad. Y para ello les basta con una población sumisa ante los desmanes de los políticos. Justo la sociedad que este tipo de campañas contribuyen a construir.


Libertad Digital - Editorial

Zurbano, la foto fallida

Una y otra vez, el Gobierno pretende aparentar que existe consenso en materia económica, sin duda con el objetivo de disimular su incapacidad para hacer frente a la crisis y adoptar medidas que faciliten esa recuperación de la confianza que necesita con urgencia la sociedad española.

Sin embargo, nadie quiere salir en la foto para compartir el fracaso del equipo económico de un Ejecutivo superado por las circunstancias. Las famosas reuniones en el Palacio de Zurbano no han servido para casi nada, a pesar de la tormenta mediática que intenta desatar una y otra vez la propaganda gubernamental. No habrá foto porque los demás partidos políticos rechazan con buen criterio asumir una cuota de responsabilidad que no les corresponde, aunque el PP haya apoyado en el Congreso algunas medidas razonables y otros grupos hayan salvado en más de una ocasión a Rodríguez Zapatero a cambio de ventajas particulares, como es el caso evidente de la Ley de Presupuestos. Así, Elena Salgado, José Blanco y Miguel Sebastián tendrán que posar solos ante las cámaras si persisten en el empeño de continuar aparentando un acuerdo que no existe, porque Zurbano ha sido una nueva experiencia fallida.

El Ejecutivo todavía intenta vender la Ley de Economía Sostenible como la gran panacea de todos los males, cuando apenas supone la yuxtaposición incoherente de una serie de ocurrencias, algunas de ellas inaceptables, como la referida a las descargas en Internet. Hay también algunas decisiones sensatas, entre ellas disminuir la burocracia para crear empresas o agilizar los pagos de las administraciones públicas. No obstante, faltan por completo las reformas imprescindible en el terreno del sistema financiero o en la flexibilización del mercado laboral que reclaman los organismos internacionales y los expertos más solventes. Tampoco existe el liderazgo imprescindible para establecer un verdadero principio de austeridad en el sector público y para exigir a las comunidades autónomas que contribuyan en serio a poner en marcha esos recortes de gastos superfluos. Rodríguez Zapatero sigue jugando a la política de imagen y su equipo lanza cortinas de humo para ver si cuelan con escaso éxito una y otra vez. No habrá foto porque no hay consenso ya que el Gobierno no lo busca con suficiente lealtad al interés general de España, sino que intenta esconder sus intereses de partido bajo el pretexto de llamadas ficticias al patriotismo y al sentido de Estado.

ABC - Editorial

domingo, 28 de marzo de 2010

Garzón, santo sindical. Por M. Martín Ferrand

DESDE que Baltasar Garzón se convirtiera en escolta electoral de Felipe González, en discutible salto del Judicial al Legislativo que remató con otro al Ejecutivo ante de volver a la blindada protección de su toga, pasó a ser el personaje más polémico y contradictorio de la vida española. Una situación que pudiera ser benéfica para un artista del varieté, pero impropia de quien, se supone, debe resultar ejemplo de moderación y equilibrio para alcanzar el respeto que exige su función y que merecen la mayoría de sus colegas. Garzón es a la Justicia lo que Belén Esteban para Telecinco, un protagonista fundamental que, independientemente de sus valores más hondos, mantiene vivo el espectáculo sin necesidad de mucho atrezo y ningún decorado.

Algunos nos inquietamos ante la conducta de tan singular personaje, más que por los asuntos en que se fundamentan sus problemas procesales, por lo que tiene de encarnación de un modo estelar y frívolo de ejercer su oficio. La polémica que suele acompañarle no se deriva de la originalidad de sus autos, la audacia y hondura de sus instrucciones ni de la cabal práctica de su magistratura. Suelen acompañarle vapores histriónicos, aires obsesivos y un entendimiento caprichoso de los tiempos a los que ajusta sus procedimientos. Son varios los casos que comprometen su futuro y habrá que esperar a que sus colegas decidan elevarle a los altares o mandarle a galeras, que todo es posible a la vista de los espasmos con que aquí y ahora cursa la justicia.

Garzón está en apuros y algunos de sus más devotos seguidores, como UGT y CCOO, quieren apoyarle. Ya anuncian que, pasada la Semana Santa -¡las vacaciones son lo primero para quienes dicen ser representantes de los trabajadores!-, saldrán a la calle para, en gesto inequívoco de presión a los tribunales que deben juzgar la conducta del juez estrella, proclamar su inocencia y condición benéfica para la Nación. Me gustaría conocer de qué manera las escuchas ilegales del «caso Gürtel», la hipótesis de prevaricación en el asunto de las fosas de la Guerra Civil o la financiación de sus excursiones americanas se relacionan con el espíritu que, se supone, anima a los sindicatos; pero está claro que quienes debieran centrar su interés en los españoles e inmigrantes que padecen el paro, y en la difícil situación de los demás, anteponen a su deber la devoción a Baltasar Garzón.


ABC - Opinión

Mayor, Zapatero y ETA. Por José María Carrascal

HAY quien dice que Mayor Oreja lanzó su órdago para obligar a Zapatero a retratarse, es decir, a cerrar todas las puertas traseras que le quedaban a ETA para colarse en las próximas elecciones municipales. Cosa que no ha tenido más remedio que hacer para despejar todas las dudas al respecto, aunque le queda devolver aquella autorización que le dio el Congreso para negociar con la banda en condiciones que luego no cumplió. Pero, en fin, el caso es que está más beligerante que nunca contra ella, de lo que todos nos congratulamos.

No creo, sin embargo, que haya sido esa la intención del ex ministro de Interior y hoy parlamentario europeo del PP. Más bien pienso que Jaime Mayor Oreja, como hombre de una pieza que es, fiel al discurso que ha mantenido durante los últimos años, nos ha dicho lo que piensa, sin otras pruebas que su instinto y su experiencia.


Personalmente, sin embargo, no creo que acierte en este caso. Y no lo creo por dos razones para mí de peso, aunque júzguelas cada cual por su cuenta. La primera es que Zapatero no negocia hoy con ETA, no por falta de ganas, que demostró ampliamente, sino por falta de ganas de ETA, que a estas alturas se ha quedado en una banda de fanáticos tan enloquecidos como descerebrados. Si ETA no negoció cuando el Gobierno Zapatero le ofrecía cuanto podía ofrecerle y algo más -que según Ibarretxe era más de lo que le ofrecía a él-, menos va a negociar ahora, cuando está contra las cuerdas. El descabezamiento continuo, las detenciones múltiples y el hallazgo ininterrumpido de zulos la dejan sin otra alternativa que la rendición por la vía de la entrega de armas. Y eso no entra en la cabeza de esos energúmenos, porque sería reducirlos a lo que son: no los liberadores del País Vasco, sino una banda de asesinos que ha causado todo tipo de sufrimientos a millares de persona tanto allí como en el resto de España. Algo, por tanto, que no harán nunca. Seguirán matando, robando extorsionando, cada vez más lejos de la realidad y de la razón, hasta que los detengan a todos.

Pero hay otra causa, de tanto o más peso, por la que no creo que Zapatero negocie con ellos. Y es que al presidente del Gobierno español también se le acaban las opciones. Con una crisis que se agiganta cada día y un desprestigio cada vez mayor en España, en Europa y en el mundo, con más parados, más deuda, menos soluciones y menos aliados, su único triunfo hoy es la lucha antiterrorista. Con él puede hacer olvidar, como está logrando, su anterior error de negociar con ETA, y tratará de hacer olvidar su error, primero, de no reconocer la crisis y, luego, de no acertar con sus remedios.

Por desgracia para él y para nosotros, no va a lograrlo porque esta crisis no se vence reparando aceras, subiendo el IVA ni, tampoco, deteniendo etarras.


ABC - Opinión

Todo claro. Por Alfonso Ussía

Los sindicatos organizan un acto contra el Supremo en apoyo a Garzón.

Lo harán con dinero público, el de ustedes y el mío, porque las cuotas de sus militantes no dan ni para comprar el alpiste del canario, que alguno habrá dando la tabarra en un despacho. La noticia es sorprendente. Tanto como la que sigue si fuera cierta: «El Embajador de Ucrania en Oslo convoca una manifestación ante el Palacio Real de la capital noruega en protesta por el precio de las plumas de las avestruces». La humanidad se preguntaría perpleja. ¿Insinúa el embajador de Ucrania en Oslo que los miembros de la Familia Real noruega acaparan y encarecen las plumas de las avestruces? ¿Será que el señor embajador está llamando «avestruz» a la Reina de Noruega? ¿Desde cuando importa tanto a los noruegos el precio de las plumas de las avestruces? Preguntas, todas ellas, de muy complicada respuesta satisfactoria. En una muy conocida familia madrileña se discutía la conveniencia o no del proyecto matrimonial de uno de sus miembros. Que si la novia tenía veinte años más que él, que si la novia se casaba por el dinero, que si la novia tenía excesivas huellas dactilares en el cuerpo, que si el novio era tonto, que si tal o que si cual. Cuando la discusión adquirió un tono en exceso subido, y aprovechando un segundo de milagroso silencio, alguien comentó: «La flota de Bermeo se ha hecho a la mar». Y no hubo boda.

Con más de cuatro millones de parados, los sindicatos subvencionados por el Gobierno, no han dicho ni mú. Bueno, hay que ser justo. Han dicho una vez «mú» después de dedicarle al Gobierno un «muá». Es lógico. Los españoles estamos acostumbrados a mantener el nivel de vida de multitud de vagos, y en los sindicatos también se vive muy bien sin dar con un palo al agua. Pero van a manifestarse a favor de un juez tres veces empapelado por el Tribunal Supremo. Si albergaba dudas respecto a Garzón, ya no las tengo. Todo ha quedado claro. Que sea la Justicia la que decida si Garzón es culpable o inocente. Para este humilde escribidor de ustedes, Garzón se ha convertido en una persona acreedora a la sospecha.

¿Quiénes han salido en defensa de un juez que ha podido delinquir gravemente? Los subvencionados. Casi todos los mangantes de la Ceja y los sindicatos. Cuando a un personaje público con vocación de ser más público que nadie, y que ha podido meterla hasta el remo, y que se ha creído que sobrevuela a la propia Justicia que administra y representa, le empiezan a salir defensores de las cloacas estalinistas, malo, malo. No digo que sea culpable, pero malo, malo. Los de siempre, sólo a la espera de que Carmen Machi –¿a qué se dedica?–, se sume o no a la relación de los protestantes. Y ahora los sindicatos. Más de cuatro millones de parados abrumados por sus silencios y componendas, y los sindicatos dando la tabarra a favor de Garzón. La verdad es que este hombre cuenta con agarraderas y amistades imprevisibles. Sólo falta que las creadoras del mapa del clítoris se unan a la empresa. Dicen en «El País», periódico gobernado por un falangista y censor en tiempos de Franco, que los magistrados del Supremo han actuado contra Garzón por motivos políticos. «Falangistas» los han llamado. Pero bueno, bueno, bueno. Si Garzón tiene semejantes defensores, puedo proclamar a pleno pulmón y con todo derecho que no merece mi confianza. El refranero dice muchas tonterías, pero también verdades como puños. «Mira con quien andas y te diré quién eres». Los de la Ceja que cobran de nuestros impuestos y los sindicatos que no abren la boca con más de cuatro millones de parados. Garzón, que se te ha visto el plumero, que viene muy bien para cerrar este artículo por lo de las avestruces. Y cerrado queda.


La Razón - Opinión

La reforma sanitaria de Obama: mito y realidad

La razón de este nuevo avance estatista impulsado por Obama no es proveer de asistencia sanitaria estatal a los más desfavorecidos pues ya la disfrutan, sino someter al yugo del estado a todos los demás.

Es sorprendente la unanimidad con que los políticos y medios de comunicación de este lado del Atlántico han saludado la reforma sanitaria emprendida por Obama. A tenor de los ditirambos lanzados con tal motivo, parecería que los ciudadanos de los Estados Unidos tuvieran que agradecer de rodillas a su presidente que vaya a salvarles la vida imponiéndoles un sistema público de sanidad que, paradójicamente, en Europa sólo utilizan los que no pueden costearse, además del estatal, un seguro privado para tales contingencias.

Hay muchos mitos alimentados por la izquierda que al socaire de esta decisión de Obama, validada por los demócratas de ambas cámaras, vuelven a reverdecer laureles a pesar de su escaso apego a la realidad. El más extendido tal vez sea el que los ciudadanos sin ingresos suficientes para pagarse un seguro privado mueren en los EEUU por falta de atención médica. Sin embargo, por más que nuestros autotitulados progresistas se empeñen, los norteamericanos más pobres no están desatendidos por el estado en materia de sanidad gracias a los programas Medicare y Medicaid, que cubren la atención sanitaria de jubilados y personas con bajos ingresos respectivamente, y funcionan en los Estados Unidos desde mediados de los sesenta del siglo pasado.

La razón de este nuevo avance estatista impulsado por Obama no es, por tanto, proveer de asistencia sanitaria estatal a los más desfavorecidos pues ya la disfrutan, sino someter al yugo del estado a todos los demás, una inmensa mayoría del los cuales prefiere decidir libremente sobre el cuidado de ellos mismos y sus familias como han venido haciendo hasta ahora. Obama, como cualquier político de izquierdas, supone que conoce las necesidades de los ciudadanos mejor que ellos mismos, pero lo que resulta aplaudido en el continente europeo como una gran conquista social en los Estados Unidos es mirado con recelo, pues el norteamericano medio, con muy bien criterio, sospecha siempre de las injerencias de los políticos en su vida privada.

Obama se dispone a obligar a más de treinta millones de estadounidenses a adquirir un servicio que no desean, introduciendo nuevas regulaciones en el mercado de los seguros médicos que elevaran su precio y subiendo la presión fiscal que ya soportan los ciudadanos, sin que exista la menor garantía de que todo este inmenso programa de reformas vaya a redundar en un beneficio tangible para los que lo han de sufrir sino al contrario, que es precisamente lo que ha ocurrido en el estado de Massachusetts tras poner en marcha hace cuatro años una ley prácticamente idéntica a la que Obama quiere ahora hacer extensiva a todo el país.

Todo parece indicar que la reforma sanitaria de Obama va a adquirir carta de naturaleza legal a pesar del rechazo público de cientos de miles de estadounidenses y la oposición de varios estados de la Unión. Las razones para esta fuerte contestación siguen siendo tan válidas como lo han sido siempre, especialmente en los Estados Unidos, y en realidad basta una sola palabra para resumirlas: Libertad. No otra cosa quieren los estadounidenses que se oponen a este proyecto socialista de su presidente, y si aquí no se entiende nuestro es el problema. Y ahora, con Obama, suyo también.


Libertad Digital - Editorial