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miércoles, 21 de septiembre de 2011

El paro y los impuestos

Obama pretende conseguir un reequilibrio de los costes sociales derivados de la crisis.

Barack Obama encara la última fase de su mandato con una apuesta de reequilibrio económico-social que entraña una enorme dificultad política, por el obstruccionismo republicano en las Cámaras, y sin embargo denota bastante sensatez y equilibrio en sus concretas apuestas económicas.

Hace algo más de una semana logró con cierta holgura cuadrar el círculo de lo deseable y lo posible en su plan por el empleo. Lo deseable, desde su posición progresista, era devolver el drama del paro a la categoría de primera prioridad de su mandato, en detrimento del aparentemente más tecnocrático debate del déficit público que tanto le perjudicó en julio y agosto: la pretensión era teñir su legislatura de social y de sensible a los sectores más desfavorecidos, no solo los trabajadores, sino también de amplias clases medias. El secreto del éxito del plan recayó en que era más ambicioso de lo que nadie preveía, y al mismo tiempo contenía medidas (como algunas reducciones selectivas de impuestos a la economía productiva) aceptables por el conservadurismo inteligente.


La segunda ronda del envite se plasmó el lunes con su propuesta para reducir el déficit presupuestario en 10 años por una cuantía de cuatro billones de dólares: con un doble objetivo, cumplir los compromisos de saneamiento de las finanzas públicas que permitieron en agosto la formalización de un pacto para liberar el endeudamiento, y encajar las previsiones del nuevo gasto (325.000 millones) incluido en su plan para la creación de empleo.

A nadie se le oculta que la posibilidad de que este esquema se abra paso es extraordinariamente difícil, a tenor de la retórica desplegada por los republicanos, especialmente los del ala más ultra. Pero si alguna posibilidad tiene la propuesta es que encierra un equilibrio similar al de la anterior: de los cuatro billones, uno sería ahorrado por los menores gastos militares en Irak y Afganistán; algo más de uno y medio por la reducción de gasto social, y una cantidad algo inferior por un aumento de los impuestos a los más pudientes, eliminando las ventajas que George Bush concedió a las rentas superiores a 250.000 dólares. Y, desde luego, la posibilidad de abrirse camino radica en el apoyo ciudadano que pueda suscitar, que se cifra, según los primeros sondeos, en el 63%.

La nueva fiscalidad para los más ricos se apoya además en la complicidad de buena parte de ellos mismos, como simbolizó en un artículo el multimillonario Warren Buffet. Aunque la propuesta es vituperada como si fuera lanzada por un bolchevique, es en realidad una propuesta centrista, como las que permitieron a Clinton recuperar la desventaja cosechada en su primera legislatura y conseguir así apoyos pluripartidistas para ganar un segundo mandato. Si parece mucho más izquierdista es porque trata de contrarrestar décadas de contrarreforma social, en las que los salarios han disminuido sustancialmente su peso en el PIB y en las que las rentas altas han logrado reducir notablemente su exposición a la fiscalidad.


El País – Editorial

domingo, 18 de septiembre de 2011

Poder en la sombra. Por Fermín Bocos

España tiene más de cuatro millones de parados y este drama, que coloca a las puertas de la exclusión social a cientos de miles de ciudadanos a quienes sus familias ya no pueden ayudar, tiene escaso reflejo en la campaña electoral del candidato socialista.

A dos meses vista de la cita con las urnas del 20-N, Pérez Rubalcaba habla poco del problema. Ha preferido desviar el foco desempolvando el Impuesto de Patrimonio, una tasa que hace tres años suprimió el Ejecutivo del que formaba parte por considerarla injusta ya que grava dos veces el mismo bien. La propuesta del candidato ha sorprendido a quienes confiaban hallar menos demagogia y más inteligencia en sus compromisos electorales.

Está claro que surge de la desesperación de quien, conociendo los resultados de las encuestas, observa el hundimiento de las expectativas electorales del PSOE y aspira a reclutar votantes entre los sectores situados a la izquierda de la izquierda. En España, los "ricos" tienen mala prensa. Amén de la tradicional envidia, en un país en el que tanta gente lo está pasando mal, el rencor de clase es algo más que un rescoldo. Si concluimos que Rubalcaba más que por el techo del PSOE lo que persigue es que no se hunda su suelo electoral, ya tenemos el cuadro sociológico de supuestos votantes capaces de aplaudir el mencionado impuesto.


"¡Qué se fastidien! los ricos", debe haber dicho alguno de los miembros del equipo de campaña del candidato -olvidando el "pequeño" detalle de que en nuestro país los dueños de fortunas verdaderamente copiosas se zafan del Impuesto de Patrimonio mediante la llamada "exención de la empresa familiar" o colocando sus dineros en una Sicav o, como hemos conocido estos días en el caso de una gran multinacional dedicada a la industria textil, tienen su domicilio fiscal en Irlanda, donde tributa muy por debajo de lo que le correspondería en España. ¿Por qué Rubalcaba no lleva en su programa electoral una propuesta para acabar con estos coladeros? Serían miles de millones de euros para Hacienda... Pues porque se echaría encima a los plutócratas del país, el restringido club de financieros, grandes empresarios y constructores que son el verdadero poder en la sombra.

Con ellos no se atreve. Por eso se mete con las clases medias, porque sabe que su capacidad de reacción frente al Gobierno es muy limitado. Olvida, claro está, que aunque sólo sea una vez cada cuatro años la gente suele hablar alto el día de las elecciones. Ese día, el poder lo tiene la gente, no las sombras.


Periodista Digital – Opinión

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Vamos a crear empleo ¿pero cómo? Por Andrés Aberasturi

Y seguimos en el largo peregrinar de emisora en emisora, de plató en plató, de entrevista en entrevista para la vieja y querida prensa escrita. Ya se van perfilando los mensajes claramente y si por el lado del candidato Rubalcaba salen a relucir los ricos, por el del candidato Rajoy no se deja de hablar de los emprendedores; el PSOE habla de la motosierra del PP y el PP le contesta que para motosierra los cinco millones de parados. Y así.

Lo que no termino de entender son los conceptos exactos de todas estas cosas: no sé muy bien quienes son los ricos o cuando uno llega a esa categoría ni sé si me cruzo por la calle con un emprendedor o con un miserable chupatintas. No debe ser fácil distinguirlos a pie de obra porque siempre habrá un solo euro que separe al rico del que no lo es y una idea posiblemente brillante que nunca se hizo realidad vaya usted a saber por qué, privó al chupatintas de subir al escalón glorioso del emprendedor.


Pero lo que de verdad mosquea es la obsesión de unos y de otro por crear empleo. No es que no sea es objetivo el más importante de todos -tal vez el único para empezar a salir de este desastre-, sino que nadie explica la fórmula. Rubalcaba es fundamentalmente didáctico y gusta mucho preguntarse y responderse (para mí que estudió el catecismo del Ripalda); pues bien, afirma rotundo don Alfredo: "voy a sacar no sé cuántos millones a los ricos". E inmediatamente se pregunta él mismo: "¿Y saben a qué voy a de dedicar esos millones?" Pausa valorativa de forma que los oyentes estamos es ascuas. Don Alfredo se responde: "A crear empleo. A crear empleo". No me he equivocado, es que le gusta repetir las cosas un par de veces. Yo aplaudo entusiasmado en la cocina (que es donde oigo la entrevista) hasta que me asalta una duda: ¿Y cómo crea un gobierno empleo aun disponiendo de millones? Porque hasta donde yo sé el empleo, fundamentalmente, es cosa de la iniciativa privada en los regímenes que no son socialistas. Los gobierno lo que pueden hacer -y mal, como se ha demostrado- es crear empresas públicas ruinosas y subsidiar compromisos pero eso es un lastre y una contradicción cuando se ponen a la venta -por un gobierno socialista- AENA o las loterías que se apellida desde hace un millón de años "Nacionales". Que nos explique un día Rubalcaba cómo va a crear puestos de trabajo con los millones de los ricos.

El problema de la productividad y el empleo es que admiten toda clase de trampas: si yo tengo un restaurante y en lugar de hacer seis tortillas de patas hago doce, he aumentando considerablemente mi productividad. Y si en lugar de tener dos camareros, tengo uno para que abra la puerta, otro para que entregue la carta, dos para el agua y el vino y tres más para las comandas, he creado no sé cuantos puestos de trabajo. ¿Cuál es el problema? Que en todo el día solo he vendido una tortilla de patatas. Puedo seguir aumentando mi productividad y mi plantilla hasta el absurdo y la quiebra definitiva. Eso se hacia en los países comunistas donde, efectivamente, no había paro (ni libertad) pero sobraba frío y hambre. Cuando de jóvenes vimos esa realidad, se nos cayeron a la vez lágrimas de utopía y vendas de irrealidad.


Periodista Digital – Opinión

martes, 5 de julio de 2011

La panacea. Por Ignacio Camacho

Si Rubalcaba tuviese el remedio del paro habría que llevarlo a hombros a Moncloa. El problema es que ya está allí.

ENTRE todo lo mucho que Rubalcaba sabe y maneja quizá no esté todavía el control de su propia campaña electoral. El patinazo de Compostela sobre el paro —«sé como arreglar esto»—muestra que aún no le ha tomado la medida al personaje que quiere construir de sí mismo; está demasiado cerca de Zapatero para postularse como un candidato adanista que viene a reinventar la socialdemocracia tras su fracaso. Ése es su principal problema estratégico: el de aparecer ante los electores distanciado de una política de la que no sólo ha formado parte, sino en la que ha constituido una pieza más que significativa. El zapaterismo ha naufragado con él a bordo, y en el puente de mando.

Su papel en el Gobierno no era el de uno que pasaba por allí. Durante cinco años su influencia en Zapatero ha sido constante y creciente, al punto de convertirse en algo más que su valido. Desde que ascendió al número dos del Gabinete ha actuado como un copresidenteque a menudo suplantaba en el poder a un titular en desplome. Eso lo ha visto todo el mundo y no le va a valer presentarse como una víctima más del autismo presidencial ni desentenderse de la política económica, la compartiese o no. Si discrepaba no se le ha visto un gesto de desagrado o de disentimiento; siempre ha presumido de cohesión y de disciplina. Y aunque abandone sus cargos seguirá atado por una evidencia palmaria que la opinión pública no va a pasar por alto: está en el mismo bando que el presidente, forma parte del mismo partido y no sólo hereda su candidatura sino su legado.

Esa herencia tiene una hipoteca catastrófica, un demoledor peso muerto que son los casi cinco millones de parados. Rubalcaba puede tratar de soslayarlos fabricando excusas difíciles o descargándolos en culpas más o menos ajenas, pero presumir ahora de que tiene recetas para enderezar el desempleo es un sarcasmo hiriente, un regalo que los adversarios no han desperdiciado. Ayer cargaron en tromba por ese inesperado resquicio que el aspirante abrió en su propio flanco. El veterano con fama de infalible ha cometido un desliz de novicio. Se ha puesto la zancadilla a sí mismo; uno de sus argumentos recurrentes contra Rajoy es la acusación de falta de compromiso, de no aportar soluciones. Y de repente proclama, como si acabase de surgir de la nada, que él conoce el modo de salir del abismo y lo guarda en silencio para mejor ocasión. A la oposición le ha faltado tiempo para sugerirle que aplique de inmediato sus remedios de demiurgo o al menos que se los cuente a su jefe, en quien todo el mundo aprecia severas dificultades para corregir el rumbo.

Desde luego, si fuese cierto que este hombre tiene la panacea del empleo habría que llevarlo entre todos a hombros hasta la Moncloa. El problema es que ya está allí, desde hace bastante tiempo y sin que se le haya ocurrido nada.


ABC - Opinión

Temores de recaída

La lenta reducción del paro revela la dificultad de la economía para consolidar la recuperación.

La evolución del paro confirma plenamente la tesis de que la actividad económica española es todavía insuficiente para sostener una creación sustancial de empleo que vaya mejorando progresivamente el mercado laboral. En junio, el paro registrado bajó en 67.858 personas, una buena noticia si se tiene en cuenta que es el tercer descenso consecutivo del año y un mensaje menos alentador si se compara con las 83.834 personas en que cayó en junio de 2010. El paro contabilizado por el Ministerio de Trabajo ha descendido hasta los 4,1 millones, pero (un motivo más para la inquietud) la afiliación a la Seguridad Social perdió 5.612 afiliados, circunstancia que rompe las esperanzas de que esta magnitud entre en la senda de la recuperación.

En estos momentos, la pregunta pertinente es si la economía española ha entrado en otro periodo corto de estancamiento, que se prolongaría durante los siguientes dos o tres meses, y que podría evitar incluso la probabilidad de una tasa de crecimiento durante 2011 situada entre un 0,7% y un 0,8%. La respuesta no es fácil, pero sí es evidente que por unas causas u otras (ahora se arguye la crisis del pepino para explicar esa posible desaceleración coyuntural) la actividad se mantiene en ritmos bajos. Es posible que estas dificultades de despegue se deban al estado semicomatoso del mercado inmobiliario, que resta demasiado a la estructura sectorial del crecimiento. La construcción no ha ejecutado con la rapidez y profundidad debidas el ajuste de los precios y la primera consecuencia es que el mercado del ladrillo sigue sin expectativas de reanimación.


El análisis del mercado de trabajo durante los últimos meses muestra además una evidencia descorazonadora: la reforma laboral puesta en pie con tantas dificultades políticas y sociales no ha servido para cumplir ninguno de los objetivos propuestos. Por supuesto, no ha generado empleo, aunque esta afirmación debería entenderse más como la aclaración de un malentendido que como una acusación. Los cambios en las leyes laborales no crean puestos de trabajo por sí mismos; contribuyen a crearlos en mejores condiciones y en mayor número cuando las empresas disponen de motivos objetivos (aumento de la demanda) para contratar. El efecto principal de las reformas laborales es reducir la explosión inflacionista que se produce en los momentos en que se dispara el crecimiento de la economía. Ese momento todavía no ha llegado.

La reforma tampoco ha conseguido reducir la dualidad del mercado de trabajo; y esa era su finalidad política declarada. La contratación indefinida bajó casi el 8% en junio y el 4% en el último año, mientras que la contratación temporal progresa adecuadamente (crece el 2,7% en junio y el 1,6% en lo que va de año). El contrato fijo con despido de 33 días por año, pilar de la reforma que entró en vigor en junio de 2010, apenas representa el 15% de los contratos fijos de junio. En resumen, el elevado nivel de paro es consecuencia de la baja actividad económica.


El País - Editorial

Las peores cifras de paro de toda la democracia

Si las elecciones de 2008 las ganaron negando la crisis, las próximas pretenden afrontarlas inventándose una ficticia prosperidad.

Es sabido que el PSOE está tratando de reconstruir su muy damnificada imagen vendiendo como éxito cualquier hecho aparentemente positivo que acaezca en el catastrófico panorama patrio. Llegar a las elecciones con cinco millones de parados, con el país al borde de la intervención y con las instituciones dinamitadas no parece que sea lo más recomendable para las aspiraciones presidenciales de Alfredo P.

Por eso, aparte de prometernos que el PSOE posee la receta mágica para minorar el desempleo, el Gobierno tiene que vendernos que ya estamos inmersos en una imparable recuperación. Si las elecciones de 2008 las ganaron negando la crisis, las próximas pretenden afrontarlas inventándose una ficticia prosperidad.

Y así, nos encontramos con que ayer desde el Ministerio de Trabajo se felicitaban por el hecho de que la reducción del paro en el segundo trimestre de este año haya sido la mayor de toda la serie histórica. El dato es sin duda llamativo y, de manera aislada, bien podría ser el síntoma de que las cosas están yendo a mejor. Sin embargo, colocado en su contexto, el optimismo gubernamental resulta bastante menos justificado.


Para empezar, el segundo trimestre de 2010, el año de los cinco millones de parados, también fue hasta entonces el mejor de la serie. Si, entre abril y junio de 2011, el paro registrado se ha reducido en 210.000 personas, en el mismo período del año anterior lo hizo en más de 180.000. Lo que nos viene a indicar esta tendencia es no que estemos saliendo del hoyo sino, más bien, que la volatilidad de los niveles de empleo durante la crisis es mucho mayor que en otras etapas. De hecho, el resto de cifras que conocimos ayer parecen ir en consonancia con esta interpretación: el paro desestacionalizado de junio subió en 31.000 personas y la afiliación a la Seguridad Social se redujo en 50.000.

En definitiva, por ningún lado se observa ese dinamismo de nuestra economía que quiere vendernos el PSOE. Sin embargo, ello no les detendrá a la hora de intentar engañar a los españoles como ya lo hicieron hace cuatro años... aunque para ello se tengan que agarrar al clavo ardiendo que suponen las peores cifras del paro de toda la democracia.


Libertad Digital - Editorial

sábado, 4 de junio de 2011

Cinco millones de razones

El fracaso de la negociación para acordar la reforma de los convenios colectivos tiene unos responsables concretos. En un país con cinco millones de parados se han perdido cinco meses fundamentales –y más de dos años si se cuenta que este asunto ya formó parte de la anterior mesa del diálogo social– en un proceso en el que, desde el primer momento, los sindicatos funcionaron como freno y no como catalizador de cambios imprescindibles. Méndez y Toxo desarrollaron una estrategia para minimizar el alcance de la reforma y preservar el marco laboral responsable de que España sea una fábrica de desempleados. Un escenario que garantiza el suficiente control sindical de la vida de las empresas a través de los convenios, lo que alimenta una rigidez laboral negativa para los intereses de empresarios y trabajadores. La patronal ha estado donde debía: evitar que la reforma de la negociación colectiva se cerrara en falso, con retoques cosméticos. Haber prestado la firma a una pantomima habría sido un fraude al interés general y, desde ese punto de vista, la cúpula de la CEOE se ha comportado con responsabilidad. España necesita con urgencia una cirugía de hierro sobre nuestro agónico mercado laboral. Una actuación que nos aproxime a modelos de otros países europeos que han resistido mejor la recesión y que dé instrumentos a las empresas para disponer de alternativas sin que los despidos sean la primera opción. El Gobierno tiene ahora la responsabilidad de abordar esa reforma que Europa y los mercados aguardan y, sobre todo, que esos cinco millones de parados necesitan. Es evidente que el Ejecutivo no quería este escenario porque le suponía un desgaste, pero la decisión de acabar la Legislatura estaba sustentada en la exigencia de acabar el proceso de reformas. Los precedentes, en cualquier caso, provocan incertidumbre sobre hasta dónde llegará la propuesta gubernamental. El discurso de Moncloa de garantizar la flexibilidad, pero no a costa de los derechos, suena a equidistancia y a políticamente correcto. El Gobierno anunció ayer que legislará sobre la base que habían alcanzado CEOE, CCOO y UGT, pero parte de una premisa ficticia, como es un compromiso que no existió y que, desde luego, estuvo muy lejos en asuntos troncales. El fiasco de la tibia reforma laboral debería ser una lección sobre las consecuencias de condicionar decisiones trascendentes a las urgencias electorales. Sólo un proyecto de transformación servirá para modernizar las relaciones laborales y mejorar la capacidad competitiva de las empresas, lo que generará confianza fuera de nuestras fronteras. Es preciso acabar con la rigidez del marco laboral que frustra la contratación y mina la productividad. Los empresarios necesitan un marco para arriesgar y sólo lo garantiza una flexibilidad interna real, que permita ajustar las sociedades a las coyunturas y vicisitudes económicas. Para ello es preciso dar preferencia a los convenios de empresa y evitar en lo posible la interinidad que supone extender de forma indefinida los convenios caducados. El alcance de la reforma es nítido y el Gobierno tiene cinco millones de razones para atender sólo al interés general.

La Razón - Editorial

martes, 5 de abril de 2011

El paro no da respiro

Tras un fin de semana en el que Rodríguez Zapatero anunció oficialmente que no será el candidato socialista a las elecciones generales –con lo que, aún sin admitirlo, empieza, aunque sea soterradamente, una carrera para su sucesión– llegan una vez más las decepcionantes y calamitosas cifras del paro, que siguen batiendo récords. En marzo, 34.036 personas más engrosaron la lista de desempleo, en la que ya hay 4.333.669 hombres y mujeres, un aumento porcentual de 0,8% respecto a febrero. El volumen total de parados en el tercer mes del año es el nivel más alto en toda la serie histórica comparable, que arranca en 1996 y, por lo tanto, el más elevado desde el inicio de la crisis. Ni siquiera que la Seguridad Social, después de siete meses consecutivos en retroceso, haya ganado una media de 45.660 afiliados en marzo, un 0,26% más respecto al mes anterior, consigue enjugar el sombrío panorama laboral que invita a los análisis más pesimistas. Trabajo intenta consolarse con el pobre argumento de que casi un tercio del incremento de personas en situación de desempleo corresponde al colectivo sin trabajo anterior. Es una intentona vana porque el análisis pormenorizado es la constatación de las deficiencias de una reforma laboral manifiestamente mejorable. Varios ejemplos: una de las medidas estrella de la citada reforma, el Contrato de Fomento de la Contratación Indefinida no termina de despegar, ya que sólo ha supuesto el 6,4% de todos los contratos firmados en marzo y la contratación a tiempo parcial subió un 7% desde la puesta en marcha del plan de choque, de nuevo otra cifra muy poco significativa.

Estos números echan por tierra las previsiones del ministro de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, quien anticipaba que en el mes de marzo «se ha creado empleo», al ser un mes de transición en el que el desempleo evoluciona de forma variable en función de la fecha en la que caiga la Semana Santa. Sin embargo, el desempleo en nuestro país es lo bastante contundente para no tener que fiar las bonanzas de las cifras a un buen o mal calendario. Parece claro que la reforma laboral no es suficiente para frenar el paro, que afecta con especial virulencia a los jóvenes menores de 25 años, y que se incrementó en 12.830 personas. No parece que el Gobierno esté dando con la fórmula más adecuada para revitalizar el mercado de trabajo con una buena reforma laboral.

Sin embargo, todos los esfuerzos serán baldíos si no insiste en el pilar de toda recuperación económica y en la creación de puestos de trabajo: el Ejecutivo tiene que dar más confianza al tejido empresarial. Para ello tiene que impulsar las medidas destinadas a aumentar la inversión y el crédito a las empresas, además de brindar un apoyo decidido al emprendedor que está en la primera línea de la creación o la destrucción del empleo, no sin promover también reformas en materia energética, tributarias y de la Administración pública. Porque da la sensación –la cual se puede acrecentar con el nuevo escenario político– de que el paro va a una velocidad y las medidas del Gobierno a su rebufo sin que pueda ni quisiera alcanzarlos.


La Razón - Editorial

jueves, 3 de marzo de 2011

Suma y sigue... Por M. Martín Ferrand

Llegará un momento, si Zapatero continúa en La Moncloa, que ya no crezca el paro. Todos estaremos en él.

YA en 1920, cuando se creó el Ministerio, comportaba una cierta perversión administrativa llamarle «de Trabajo» a un departamento que tiene como fundamento principal la lucha contra el paro. Después, en el 31, cuando Francisco Largo Caballero ocupó el cargo que hoy ostenta Valeriano Gómez, la perversión se convirtió en escarnio y así fue hasta que, ya en el tardofranquismo, las aguas comenzaron a recuperar sus cauces naturales. Joaquín Almunia y Manuel Chaves —que todavía no había conocido su «gloria» andaluza— no fueron malos ministros del ramo. Manuel Pimentel, con José María Aznar, fue tan bueno que le dieron la boleta a las primeras de cambio y, llegados al presente tiempo de catástrofe, el de José Luis Rodríguez Zapatero, Jesús Caldera, Celestino Corbacho y el citado Gómez podrían hacer carreras de inútiles con la seguridad de que ninguno de los tres quedaría en último lugar.

Ayer, el Ministerio que contabiliza y clasifica parados nos dijo que, como era previsible y estaba previsto, el paro creció en febrero. La novedad reside en que Mari Luz Rodríguez, la recién llegada secretaria de Estado de Empleo —¡que velocidad de rotación la del cargo!— nos consoló diciendo que el incremento, 68.260 parados más, es inferior a los de febrero de los dos años precedentes. ¡Qué maja! Llegará un momento, si Zapatero continúa en La Moncloa, que ya no crezca el paro. Todos estaremos en él. Incluso, dado que la natalidad es escasa en España, los cálculos actuariales permiten pensar que la mortalidad irá reduciendo el porcentaje de parados entre los españoles vivos hasta alcanzar cifras irrisorias.

Sabemos que el problema es tan difícil como grave y que no es imputable al Gobierno en toda su cuantía; pero resulta irritante, incluso provocador, que las autoridades de la especialidad traten de tapar sus vergüenzas considerándonos imbéciles y ofreciéndonos medias verdades con la intención, en el mejor de los casos, con que las madres de antes —ignoro las prácticas actuales— le aplicaban Bálsamo Bebé a las escoceduras de los pequeñines para aliviar su incomodidad y atemperar su llanto. Los dramas sociales son de imposible cuantificación porque lo cualitativo, la situación de uno de cada cinco españoles en edad activa, no puede traducirse a guarismos, sino a lágrimas y desesperación. Es posible que la secretaria de Estado a la que me refiero, pobrecita, quiera difuminar con valores relativos los abrumadores datos de la realidad absoluta; pero, ¿necesitamos para esa tarea una máquina tan inmensa a inútil como la que inauguró Carlos Cañal, ministro de Eduardo Dato?


ABC - Opinión

El paro no da tregua

La habitual espiral negativa del paro se agudizó ayer con los resultados de un febrero que el Gobierno ya presagiaba negativo. Lo primero que cabe decir es que cuesta encontrar alguna lectura medianamente digerible del comportamiento del mercado de trabajo más allá del manido argumento al que nos tiene acostumbrados el Gobierno de que el dato era malo, pero que los hubo peores. El desempleo registrado aumentó en febrero en 68.260 personas, una cifra algo mejor que la del mismo mes del año pasado, pero peor que la de 2008, el primer año de la crisis, lo que por sí solo debería haber persuadido al Ministerio de Trabajo de haberse expresado con mayor cautela. De este modo, el volumen total de parados alcanzó la cifra de 4.299.263 desempleados, su nivel más alto en toda la serie histórica comparable, que arranca en 1996, y el más elevado, por tanto, de los tres años de crisis que arrastra ya España. Hablamos de brotes negros, negrísimos, porque el análisis pormenorizado no permite otra conclusión. Las cifras de contratos registrados alientan este pesimismo. Cayeron un 9,4% en el mes y un 1,8% en el año. El balance es más decepcionante en la contratación indefinida, el principal objetivo de la reforma laboral, con un retroceso del 8,1% en el mes y un 6,8% en el año, lo que cuestiona la eficacia de esa tibia modificación en el mercado de trabajo casi medio año después de su entrada en vigor. El panorama en la Seguridad Social tampoco ayuda. Los cotizantes bajan tanto en el mes como en el año, pero con un matiz muy preocupante. La destrucción de empleo ha vuelto a acelerarse, lo que no ocurría desde abril de 2009. Desde ese mes, la comparación del número de afiliados con el mismo mes del año anterior había resultado cada vez mejor hasta este febrero. En este caso son 225.257 cotizantes menos que en el mismo mes de 2010. Para completar este cuadro sombrío, se perdieron 9.530 afiliaciones de autónomos y el paro juvenil aumentó un cinco por ciento. La contundencia de los datos aleja la idea de que el desempleo esté tocando suelo. El presidente del Gobierno negó ayer la mayor y confirmó que mantenía las previsiones de que se crearía empleo neto en la segunda mitad del año. No sabemos ya que es más inquietante: si la propia realidad de un país de parados o la de un Gobierno sumergido en una burbuja virtual que vende a la sociedad espejismos mientras la nación se empobrece de forma acelerada. Así no se construye la confianza. El Ejecutivo sabe que España sólo crea puestos de trabajo netos si su economía crece por encima del 2% y ese escenario está, por desgracia, lejano. La última baza del Ejecutivo parecen ser las positivas perspectivas del año turístico debido a las revueltas árabes. Tanto hablar de un cambio en el modelo de crecimiento para acabar dependiendo de las ansias de libertad de Túnez o Libia. España necesita un plan global con reformas profundas y no intervenciones superficiales como la del mercado laboral. Como acertadamente dijo Juan Rosell en LA RAZÓN, hay que crear empresas y para ello es imprescindible la recuperación del crédito en un sistema financiero que debe sanearse con urgencia.

La Razón - Editorial

Sin reformas, sin empleo

Con total desfachatez Zapatero nos pide que confiemos en el poder de palanca de unas "reformas" que, en realidad, no ha llevado a cabo, para "culminar" una recuperación del empleo que en España ni siquiera se ha iniciado.

Con la vacua y engañosa retórica que le caracteriza, Zapatero ha manifestado este miércoles que "hay que aprovechar todas las palancas de reformas para que la recuperación del empleo se pueda culminar cuanto antes". No sabríamos decirles qué nos parece mayor desfachatez por parte del presidente del Gobierno: o que nos hable del poder de palanca de unas "reformas" que, en realidad, no ha llevado a cabo, o que nos hable de "culminar" una recuperación del empleo que en España ni siquiera se ha iniciado.

Y es que, a pesar de la altísima tasa de paro de la que partíamos a inicios de este año, en febrero se ha vuelto a demostrar, por segundo mes consecutivo, que en nuestro país se sigue destruyendo empleo. Con un incremento que el Gobierno, y no pocos medios de comunicación, maquilla en 68.260 parados más, el aumento, en realidad, es de 90.298, hasta un total de 4,78 millones de desempleados.

La cifra, escalofriante ya de por sí, lo es todavía más por cuanto supone que en nuestro país cada trabajador mantiene a más de un funcionario, pensionista o parado. Eso, sin olvidar que en el último año el número de parados sin ningún tipo de prestación se ha incrementado en casi 300.000 personas.


Con todo, no es menor la desfachatez de Zapatero con respecto a lo de las supuestas "reformas" que ha llevado a cabo. Ya dijimos en su día, y con ocasión del simulacro de reforma laboral, que había algo peor que no acometer dicha reforma, y es que el Gobierno convenciera a la opinión pública de que lo había hecho cuando en realidad no ha sido así. A la vista de cómo la oposición ha aparcado la demanda de esa abortada reforma laboral, parecería que al Gobierno y a los sindicatos les ha salido bien la jugada. Sin embargo, la realidad, que es muy tozuda, se ha encargado de dejar en evidencia el nulo poder de "palanca" de ese engañoso simulacro con una incesante destrucción de puestos de trabajo.

Lo cierto es que el Gobierno no ha llevado a cabo una sola de las muchas reformas estructurales que requiere nuestra mortecina economía. Lo más que ha hecho, y por imperativo de nuestros socios europeos, es reducir tarde, muy poco y mal el descontrolado gasto público; el mismo, por cierto, que, planes E mediante, iba a ser la supuesta "palanca" de nuestra recuperación económica. A eso se han sumado unos parches que, como la poco ambiciosa y lenta reforma de nuestro sistema financiero, la de nuestro sistema de pensiones o las delirantes medidas de ahorro en combustible, no tienen por objetivo sino precisamente encubrir la falta de auténticas y profundas reformas en nuestro mercado laboral, en nuestras administraciones públicas, en nuestro mercado energético, en nuestro sistema de pensiones o en nuestro sistema financiero.

Por todo ello no hay que extrañarse de que no toquemos fondo por mucho que nos hundamos.


Libertad Digital - Editorial

Camino de los cinco millones

No hay condiciones para crear empleo, y sí para que el paro registrado se aproxime a esa cifra escalofriante de cinco millones de parados.

LA cifra absoluta de desempleados inscritos en el INEM en febrero pasado es de 4.779.894 de personas. Descontados los demandantes de empleo con condiciones especiales, queda la cifra que vende el Gobierno de 4.299.263 parados. Cualquiera de las dos es dramática y confirma los peores pronósticos: que 2011 va a ser un año terrible para el empleo y que la reforma laboral de 2010 es inútil si la economía, en su conjunto, no crece. El problema del paro se apalanca a la crisis general de la economía española, golpeada por el aumento de los impuestos, el incremento de la inflación y el miedo de los ciudadanos a perder su empleo. El recorte de salarios a los funcionarios ha retraído su importante fuerza de consumo y la escalada de precios debilita progresivamente las economías familiares, aunque desde el Ministerio de Economía se diga, con absoluta falta de empatía, que las familias españolas «son ricas». No hay condiciones para crear empleo, y sí para que el paro registrado se aproxime a esa cifra escalofriante de cinco millones de parados. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, descartó en enero de 2009 que se llegara a los 4 millones de parados, y en septiembre de ese año, que se alcanzara la tasa del 20 por ciento de paro. Ya se han superado ambos datos, y la evolución de la economía solo apunta a un empeoramiento.

Tan grave o más que el aumento del 4,08 por ciento del paro en el último año es la pérdida de 225.257 afiliados a la Seguridad Social en el mismo período, situando la afiliación media en un cifra cercana a la de enero de 2005. Por mucho recorte que aplique el Gobierno al gasto por desempleo, la ley impone unas prestaciones ineludibles que seguirán comprometiendo los recursos públicos. Como contrapunto, la reducción del déficit es una buena noticia, pero no los medios que se están empleando para conseguirla, porque consisten en aumentar los impuestos, bloquear la inversión pública —arruinando a decenas de empresas de infraestructuras— y privar a la inversión privada de capital que prefiere la seguridad de la deuda pública. Sin duda, cae el déficit, pero también la economía y el empleo. La lección política vuelve a imponerse por sí sola. Rodríguez Zapatero y su Gobierno no dan más de sí como responsables políticos. La ópera bufa de la reducción de velocidad y el ahorro en iluminación de carreteras ha sido el último episodio de descoordinación e improvisación de un Ejecutivo plano y a merced de los acontecimientos.

ABC - Editorial

sábado, 29 de enero de 2011

El paro, la tragedia que no cesa

Es hora de acometer reformas en profundidad sobre el rígido y obsoleto sistema de relaciones laborales que impera en España desde tiempos del franquismo.

Los datos extraídos de la última Encuesta de Población Activa (EPA) van más allá del peor de los escenarios que el Gobierno había dibujado hace solo dos años. Cerca de 4,7 millones de desempleados, un 20,4% de la población activa, 1,32 millones de hogares sin trabajo, 1,6 millones de desempleados que no perciben ningún tipo de prestación, más de dos millones de parados de larga duración, un paro juvenil que supera cómodamente el 40% entre los trabajadores que tienen entre 16 y 25 años, siete comunidades autónomas con la tasa de desempleo por encima del 20%, dos de ellas por encima del 25%... y un largo etcétera que sitúa a España a la cola de Europa en todos los indicadores estadísticos que analiza la encuesta.

Nos encontramos, pues, más que ante un problema de orden económico, ante un drama humano de primera categoría que podría traer consecuencias imprevisibles y necesariamente dañinas para nuestro país. En los casi tres años que llevamos de crisis, la economía española ha destruido empleo a una velocidad vertiginosa. Nuestro mercado laboral no ha sido capaz siquiera de tomar aliento durante los dos últimos veranos, temporadas en las que las contrataciones temporales aumentan de un modo significativo. En definitiva, el galopante desempleo es, más que ninguna otra cosa, la constatación más clamorosa del absoluto fracaso de la política económica de José Luis Rodríguez Zapatero.


Los planes de "estímulo" trazados por el Gobierno han conseguido exactamente lo contrario de lo que se proponían. En lugar de crear empleo, anestesiaron ligeramente el mercado al principio de la crisis, que continuó su inexorable rumbo cuando el dinero de las innecesarias obras de los planes E se había esfumado. A día de hoy el Gobierno, quemadas las naves del gasto público y las políticas expansivas de endeudamiento, se encuentra en estado de shock y no sabe como atajar la sangría.

El hecho es que, con este Gobierno o con el que venga después, los problemas del mercado laboral español van a persistir. Las empresas privadas, únicas generadoras de empleo real, han entrado en el círculo vicioso de la crisis y se ven obligadas a realizar un ajuste tras otro sobre el único factor del que disponen en una economía tan hiperregulada e hiperfiscalizada como la española. Eso las que consiguen resistir los embates de la recesión; otras directamente echan el cierre arrojando cada día a miles de nuevos parados –todos con nombre y apellidos– a ­las oficinas del INEM.

Lo peor es que ya no queda ni tiempo ni recursos para aplicar parches de urgencia o administrar aspirinas de dudosa eficacia. Es hora de acometer reformas en profundidad sobre el rígido y obsoleto sistema de relaciones laborales que impera en España desde tiempos del franquismo. Un sistema que fomenta la improductividad, nos condena a liderar siempre y en cualquier circunstancia las listas de desempleo de la OCDE y que, por culpa de los privilegios adquiridos, envía de un modo masivo al paro a las generaciones más jóvenes, provocando un síndrome de expectativas disminuidas como los que padece la juventud de muchos países del Tercer Mundo.

Lo que nos debe quedar claro es que el problema del paro, que ya ha adquirido tintes de tragedia nacional, no se va a solucionar solo ni aplicando viejas recetas. Un desafío para nuestra clase política que, de una vez por todas, debe abandonar las supercherías autocomplacientes en las que retoza desde hace más de treinta años. Ha llegado el momento de que nuestro mercado laboral haga la transición a la democracia.


Libertad Digital - Editorial

En España sólo crece el paro

Las empresas siguen sin asideros, sobreviven sin que el crédito fluya y la subida de impuestos lastra a sectores cruciales de nuestra economía.

LAS cifras de desempleo de la EPA son demoledoras y anulan cualquier expectativa de mejora a corto plazo. La dramática deriva del desempleo no alcanza nunca un punto de inflexión y la frustración social crece de manera proporcional a la destrucción del tejido productivo y la competitividad. La situación ha dejado de ser alarmante para convertirse en insostenible desde una perspectiva económica y emocional. Con 370.100 nuevos parados en 2010; con 4.696.600 españoles en edad de trabajar observando desde su casa su incierto futuro laboral; con un 20,33 por ciento de paro, el más alto en tres lustros; con autonomías como Canarias, Extremadura o Andalucía próximas al 30 por ciento de desempleo; y con 1.328.000 hogares con todos sus miembros en paro, cualquier análisis es aterrador.

La reforma laboral impuesta por el Gobierno tras dos años de indolencia y retrasos, haciendo caso omiso de las unívocas recomendaciones que alertaban de un riesgo de ruina del sistema, no sólo no ha reactivado la actividad industrial o impulsado el consumo, sino que por el momento sólo demuestra ser útil para facilitar los despidos. Las empresas siguen sin asideros a los que acogerse, sobreviven sin que el crédito fluya, el fomento de la innovación brilla por su ausencia, la creatividad y el espíritu emprendedor se penalizan en la práctica y la subida de impuestos lastra demasiadas expectativas en sectores cruciales. El diagnóstico no ofrece dudas: aboca a España a un oscuro futuro laboral a medio plazo, ya que, aun en el caso de que España llegase a crecer al 2,5 por ciento en 2013, como prevé el Gobierno —no así el FMI ni la OCDE—, la generación de empleo será escasa, precaria y sometida a un alto grado de temporalidad. Los esfuerzos del empresariado por regenerar nuestra economía siguen topándose con una legislación difusa e incompleta y con un Gobierno desgastado, cuya apuesta carece aún de la decisión que exigen las circunstancias. Sin crecimiento no hay empleo, y sin empleo cualquier reforma de las pensiones no será garantía de nada en pocos años, por presuntuoso que sea el Gobierno a la hora de sacar pecho tras su «gran pacto social». La soberbia no genera trabajo. Si acaso, fomenta una economía sumergida y de supervivencia, cuya única virtud por ahora es conjurar el riesgo de una explosión social. Pero ni rinde cuentas a la maltrecha caja común ni, por definición, puede ser eterna. La paciencia se agota.


ABC - Editorial

miércoles, 12 de enero de 2011

Paro. El cuento de la lechera monclovita. Por José García Domínguez

Los modelos teóricos que manejan, añejas caricaturas mecanicistas ingeniadas todas en la era victoriana, presumen un universo lineal. De acuerdo con ellos, cuanto más aumente la producción, más crecerá el empleo.

A los economistas de algún relumbrón institucional les ocurre como al presidente del Gobierno: se equivocan siempre, pero no dudan nunca. Antes la muerte. Quizá de ahí que la gente todavía se deje impresionar por el aplomo con que declaman su jerigonza corporativa ante los medios de comunicación. Aunque en puridad poco más sepan acerca del mundo que sus genuinos pares, aquellos alquimistas de la Edad Media. Así, los modelos teóricos que manejan, añejas caricaturas mecanicistas ingeniadas todas en la era victoriana, presumen un universo lineal. De acuerdo con ellos, cuanto más aumente la producción, más crecerá el empleo. Y cuanta más ocupación se cree, menor ha de ser la tasa de paro.

No otro, por cierto, resulta ser el prejuicio doctrinal que yace tras el último augurio de Zapatero, ése que presume escaladas anuales del dos por ciento para el PIB doméstico hasta el 2015. Sin embargo, tan manido cuento de la lechera macroeconómica plantea un serio contratiempo fáctico, a saber, que es falso. Simplemente, no se compadece con la evidencia empírica que, a largo plazo, mayor crecimiento implique siempre menos paro. Y ni siquiera haría falta irse muy lejos con tal de comprobarlo. A fin de cuentas, nuestra propia experiencia histórica refuta esa falacia intuitiva. Pregúntenles si no a los famosos "expertos" cómo es posible que en la España de 1992 hubiera un dos por ciento menos de empleo que en la de 1970, si durante el periodo la economía nacional llegó a doblar su tamaño en términos reales.

Lo único que acertarán a contestarles es que por aquel entonces no tan lejano, más actividad se tradujo... en más paro. Por cierto, en idéntico periodo, y habiendo crecido Estados Unidos apenas un 75 por cien, el empleo se disparó un 45 por cien. Ergo, a mucho menor crecimiento, muchos más puestos de trabajo creados. Al respecto, Cuando la profecía falla, un clásico de la psicología experimental, documenta con exhaustiva pericia cómo reaccionan los grupos humanos tras demostrarse falsa su cosmovisión. Por lo común, dan en intensificar el fervor de su fe en la causa. Igual los adventistas del séptimo día que los deudos espirituales de Trotsky o los devotos fontaneros de La Moncloa. Lo que sea, menos dudar, claro.


Libertad Digital - Opinión

miércoles, 5 de enero de 2011

Un paro insostenible

El año ha empezado con un goteo de malas noticias económicas, entre las cuales la del paro tal vez sea la más desalentadora, pues ha alcanzado su nivel anual más alto en toda la serie histórica desde1996. En concreto, 2010 terminó con 4.100.073 desempleados, 176.470 más que el año anterior. Es verdad que ha sido el ejercicio con menor incremento y que diciembre ha sido el mejor mes, pero es un triste consuelo aferrarse a este tipo de interpretaciones. La realidad objetiva es que España es el segundo país con más paro de Europa y que su economía está fuertemente lastrada por este motivo. No es casual que la principal preocupación de los españoles es, según el estudio del CIS publicado ayer, la ocupación laboral. De nada sirve que el Gobierno trate de disimular la crudeza de los datos con paños calientes, tales como que la tasa de protección social es muy alta o que la cobertura a los parados es suficiente. Son las tópicas excusas de mal gestor, que en vez de poner los medios para que no se produzca la hemorragia presume de dispensar buenos vendajes. Es verdad que la creación de empleo no depende, ni mucho menos, del Gobierno, salvo el empleo público, del que por cierto se ha abusado en los últimos años. La creación de puestos de trabajo es el fruto de un tejido empresarial que en dura competencia es capaz de producir más y a menor coste, arriesgando esfuerzos y capital. No hay otra forma rentable y viable de reducir la pavorosa bolsa española de desempleo. Pero para alcanzar ese objetivo, los poderes públicos deben asumir su responsabilidad y facilitar las condiciones legales y normativas que convienen a la reactivación empresarial. Lo que se espera de un Gobierno sensato no es que ponga tiritas a la hemorragia, sino que ayude a los expertos a evitar las heridas. Dicho de otro modo, lo que espera el ciudadano de los gobernantes es que reformen la legislación laboral para que los empresarios puedan contratar nuevos empleos sin el temor de contraer una rémora improductiva. El equipo de Zapatero ha realizado ya algún esfuerzo en este sentido, y es justo reconocerlo, pero no es suficiente, como ya hemos señalado en otras ocasiones. La reforma laboral tímidamente avanzada camina en la buena dirección, pero aún quedan zonas oscuras que superar para que los actores económicos arriesguen aún más en la reactivación. Asuntos como la negociación colectiva, la ultraactividad de los convenios o la burocracia sindical que lastra la actividad empresarial no son menores y están pendientes de reformar más allá de la ruinosa demagogia sindical. Debería iluminar a nuestros administradores el ejemplo de Alemania, un país con sólo el 6,8% de paro, que ha remontado antes que nadie la crisis gracias a la sensatez de sus líderes sindicales, a la moderación salarial y a la contención de los costes de producción. Entre España y Alemania no hay sólo una enorme distancia estadística, sino de responsabilidad política y sindical. Mientras en nuestro país un sindicalismo obsoleto alimentado con subvenciones por un Gobierno afín se ha limitado a defender los derechos adquiridos de los trabajadores acomodados, en Alemania se ha procurado que haya más empleo para más trabajadores. ¿No es ése acaso el camino que desean los españoles?

La Razón - Editorial

Mezcla empobrecedora

El alto nivel de paro y la inflación se combinan para complicar más la grave situación económica.

Hace décadas que en Estados Unidos se bautizó como "índice de miseria" la suma de la tasa de paro y la de inflación. Este índice con el que la economía española concluye el año es el mayor desde el inicio de la crisis, hace más de tres años, y expresa el fracaso de las políticas económicas. A la ausencia de crecimiento se suma el contingente más elevado de españoles registrados como desempleados desde que existen datos estadísticos, y una tasa de inflación inquietante que nada tiene que ver con la anémica demanda interna. Los operadores en los mercados de deuda pública, por su parte, siguen manteniendo a los bonos españoles con una prima de riesgo elevada, alejada de la normalidad.

La transición desde tasas muy moderadas de variación de los precios, incluso de contracciones en el IPC, a tasas interanuales cercanas al 3%, como la aportada en diciembre, es una señal adversa. A los temores deflacionistas suceden los derivados de la coexistencia entre estancamiento e inflación, la temida estanflación.


Como era previsible, la elevación de los impuestos indirectos (IVA, tabacos, etcétera), el encarecimiento de los carburantes y de las tarifas de algunos servicios públicos han sido los principales responsables de ese 2,9% en que ha quedado la inflación general. La principal consecuencia de ese repunte en los precios es la erosión adicional de poder adquisitivo de las personas con las rentas más bajas. El encarecimiento de la cesta de la compra coexiste con la congelación de la revisión salarial en un buen número de trabajadores con convenio, la eliminación de los 426 euros de subsidio a los parados de larga duración o la continua caída en el valor de la vivienda, la principal manifestación del patrimonio de mucho españoles.

Al indicador de inflación ha acompañado el del paro registrado en diciembre. A pesar de la caída en 10.221 personas (la primera reducción en un diciembre desde que se inició la crisis), la cifra total es la mayor desde que se empezó a elaborar la serie. La afiliación a la Seguridad Social no deja margen a la interpretación favorable: los 27.728 cotizantes menos de diciembre son un eslabón más en la cadena de cinco meses consecutivos de caída.

Pocos paliativos pueden compensar el más grave desequilibrio que exhibe la economía española. Es probable que los próximos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), los del cuarto trimestre, ilustren el deterioro adicional en el mercado de trabajo al final de 2010. Es también probable que en los próximos meses continúe la destrucción de empleo, la pérdida de renta de los españoles con menor capacidad defensiva y, por tanto, la renta por habitante. La mezcla empobrecedora de altas tasas de paro e inflación creciente tampoco favorece la restauración de la solvencia de empresas y familias, los titulares del mayor volumen de deuda y los que determinan la salud del sistema bancario español. La única vía para superar esta situación es el crecimiento, un reto que las políticas económicas no han logrado generar en España.


El País - Editorial

Paralizados ante el aumento del paro

Un paro del 20% no es una fatalidad, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia a crear riqueza y empleo.

El Gobierno de Zapatero podrá aferrarse inútilmente al hecho de que el número de parados descendió en diciembre en 10.221 personas o al de que el incremento del desempleo en 2010 ha sido menor que el que sufrimos en los dos años anteriores. Sin embargo, eso no son más que estériles intentos de maquillar un dato mucho más decisivo y realista a la hora de hacer un diagnostico de situación, como es el de que el paro, con un incremento anual en 176.470 personas, ha vuelto ha alcanzar un récord histórico, que sitúa el número total de desempleados en España en 4.548.415.

Y es que a medida que el porcentaje de parados aumenta, mayor es el grado de deterioro de la economía necesario para que el desempleo siga creciendo. Ante la purga a la que nos abocaba la burbuja crediticia alumbrada por los bajos centrales, lo grave no es tanto la rápida destrucción de empleo a la que estábamos condenados, sino que ésta no haya sido relevada por un reajuste productivo que, a su vez, permitiese una intensa y rápida creación de empleo. Lo preocupante en el caso de España es que, lejos de sufrir una crisis en forma de V, la estamos padeciendo en forma de L.


Sin embargo, un porcentaje de paro del 20% no es una fatalidad que un país tenga que conllevar, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia natural a crear riqueza y empleo. Sin embargo, al Gobierno parecería que lo único que le importa es ir tirando, aferrado –eso sí– a la poltrona, sin más interés que engañar de manera puntual y pasajera a los inversores y a los socios comunitarios para evitar la suspensión de pagos o la expulsión del euro. El Ejecutivo confunde el amargor de la medicina con el sufrimiento que causa la falta de cura. Y es por ello por lo que, lejos de llevar a cabo profundas y diversas reformas estructurales, empezando por la del mercado laboral, se limita a pasar factura, ya sea en forma de impuestos, de recibo de luz, o de desempleo.

Aun con menos responsabilidad que la que lógicamente tiene el Gobierno, otro tanto se podría decir del principal partido de la oposición. Es lamentable que el PP no haya liderado ninguna movilización social para exigir en la calle ese adelanto electoral que dice reclamar. El mal ejemplo que la mayoría de los ayuntamientos y comunidades autónomas del PP están dando a la hora de reducir drásticamente sus gastos supone, desde luego, una mala tarjeta de visita, por mucho que el desplome del PSOE en las encuestas parezca indicar lo contrario.

A la vista de este estancamiento, no es de extrañar que una inmensa mayoría de ciudadanos crea que, tras el paro y las dificultades económicas en general, el principal problema de nuestro país sea su clase política. Si no faltan hechos objetivos para dar la razón a ese 76,4% de ciudadanos que cree que la economía va mal o muy mal, ¿a que reformas o cambio de timón podríamos apelar para calificar de pesimistas a ese 75,8% que piensa que la situación continuará igual o peor dentro de un año?

Mientras que otros países como Alemania ya ofrecen datos claros y firmes de recuperación, aquí seguimos en la crónica de una agonía.


Libertad Digital - Editorial

Triunfalismo ofensivo

El Gobierno de Rodríguez Zapatero se apunta a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro histórico.

EL Gobierno recibió ayer con alborozo forzado el dato de que el paro había bajado en diciembre en 10.000 personas. En cascada, tanto el presidente del Gobierno como el Ministerio de Trabajo anunciaron el fin de la crisis del mercado laboral, demostrando que cuando Rodríguez Zapatero despidió 2010 proclamando el tránsito desde la recesión a la recuperación no hacía otra cosa que poner en marcha la maquinaria de propaganda que va a bombardear a los ciudadanos hasta las elecciones de mayo. El informe del INEM ofrece, sin duda, un dato menos negativo que los de meses anteriores. Es más, se trata de un dato hasta cierto punto sorprendente porque se produce con un crecimiento prácticamente nulo de la economía, cuando en años anteriores a la crisis, creciendo con tasas positivas , los meses de diciembre generaban paro. Es probable que el Gobierno tenga la explicación a esta curiosa variable estadística. Y hasta aquí las buenas noticias que puede dar Rodríguez Zapatero, porque 2010 es el año que termina con mayor número de desempleados registrados a 31 de diciembre en el INEM, que son más de cuatro millones y medio si se suman todos los grupos de demandantes de empleo no ocupados. Utilizando los criterios del Gobierno, el paro se ha incrementado en 2010 en 176.470 personas. El desempleo crece a menor ritmo que en 2009 y 2008, pero porque cada año hay menos trabajadores que puedan perder su empleo. Además, la Seguridad Social perdió en diciembre más de 27.000 afiliados y más de 200.000 en todo 2010. Nuevamente se consuela el Gobierno con el pobre argumento de que más se perdió en 2009 y 2008. También es cierto, pero a estas alturas esta actitud demuestra la resignación, la impotencia y la incapacidad del Gobierno para generar una inflexión definitiva en la evolución del paro y de la pérdida de afiliados a la Seguridad Social.

Que Zapatero afirme que ahora hay más personas trabajando que en 2004 es una falta de respeto a la opinión pública, porque oculta que esa cifra va muy por detrás de los incrementos de población, en general, y de población activa, en particular; y que marzo de 2004 terminó con 1.743.706 parados, frente a los más de cuatro millones que se apuntan en su balance a día de hoy. El Gobierno se apunta de nuevo a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro registrado histórico y de una constante caída en la afiliación a la Seguridad Social.


ABC - Editorial

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cuatro millones. Por Ignacio Camacho

Las víctimas del paro permanecen orilladas en su desolación con riesgo serio de que se cronifique su tragedia.

REAPARECIERON de golpe en Nochebuena a través de las palabras del Rey, como una procesión de desheredados que irrumpiese en los hogares del bienestar en busca de un ápice de solidaridad o de amparo. Los cuatro millones largos de parados habían quedado desplazados del discurso oficial de la política, cargado de bonos financieros, de pensiones, de mercados, de déficit, de diferenciales de deuda, de graves conceptos estratégicos que han opacado la realidad lacerante del drama humano de la crisis. La cara y los ojos de un país en quiebra social se han diluido en las urgencias del debate público como si fuesen parte de un oscuro paisaje que todo el mundo se ha acostumbrado a contemplar como telón de fondo. Y de repente asomaron en boca del Monarca con todo su esencial protagonismo dramático: los jóvenes sin futuro, los empresarios hundidos, los autónomos asfixiados, las familias enteras sin empleo. La dolorosa letanía de las víctimas de la recesión que el fragor político ha recluido en la gélida enumeración de las estadísticas.

El carácter mutante de la crisis obliga a los dirigentes públicos a enfrentarse con variables tornadizas que atacan los diferentes flancos de una economía sin respiros. El desplome inmobiliario, la deuda externa, el sistema asistencial, el control del gasto o los ajustes fiscales son facetas de un mismo problema común que va cambiando de cara como un caleidoscopio siniestro, pero mantiene como consecuencia última una devastación social que tiene en el desempleo su expresión más amarga. En la lucha contra esa hidra multicéfala la clase dirigente olvida a menudo el rostro vivo de las víctimas, que permanecen orilladas en su desolación con riesgo serio de que se acabe cronificando su tragedia. El paro fue constante motivo de alarma mientras crecía en proporciones dramáticas, pero al estancarse ha perdido actualidad y se ha relativizado frente a las nuevas prioridades convirtiéndose en una simple preocupación recurrente, en un dato estructural. Sin embargo sigue ahí, donde estaba, en una altísima tasa inaceptable para un país desarrollado, una catástrofe que devasta los cimientos de la estabilidad y arrasa cualquier expectativa de crecimiento. Y no sólo porque sus cargas financieras arruinan el balance del Estado sino porque su coste social liquida el capital moral de la esperanza colectiva.

Sin esos cuatro millones de españoles arrojados extramuros del sistema productivo no hay horizonte nacional posible. Su rescate, su devolución a la dignidad del trabajo, constituye la principal prioridad de la acción política. Ha sido el Rey el encargado de recordar esta evidencia cuando la propia dimensión de su gravedad empieza a volverla transparente ante la opinión pública. No se trata del paro sino de los parados, que en medio de la voluble actualidad de una crisis inabarcable continúan esperando una respuesta.


ABC - Opinión