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miércoles, 14 de septiembre de 2011

La enfermedad del euro. Por Julia Navarro

El euro está herido de muerte sin que nadie haga nada por reanimarlo. Casi me atrevo a decir que en la historia de la UE nunca como ahora hemos tenido unos líderes europeos tan flojos, tan incapaces de dar respuestas rotundas a este huracán que se ha desencadenado contra el euro.

Por si fuera poco, los actuales líderes europeos han adoptado como "mantra" el déficit cero a pesar de que cumplir con ese objetivo aquí y ahora está empobreciendo la Unión Europea y lo único que está provocando es más crisis, más paro, más incertidumbre. Ahí está Grecia al borde la quiebra mientras desde Bruselas se le exige un plan tan draconiano sin importarle las consecuencias que ese plan tiene sobre los ciudadanos.

A Grecia la están empujando a salir del euro y si eso sucede el efecto dominó puede ser inmediato. O sea, que los días del euro pueden estar contados.

En realidad no se está haciendo bien la llamada construcción de la Unión Europea. Los "mandamases" de Bruselas nos impusieron una moneda única, que sin duda fue un gran paso, pero se olvidaron que hacían falta otros mecanismos para que el euro fuera un éxito habida cuenta de que las economías y los fiscos de los veintisiete son distintos.


Ahora nos encontramos al borde del abismo sin que los ciudadanos podamos hacer algo más que mirar a la señora Merkel e interpretar sus gestos y palabras como si ella sola tuviera la capacidad de salvarnos a todos. Y es que salvo Merkel y Sarkozy el resto de los líderes europeos son irrelevantes, y ni siquiera los dos primeros son tampoco unos genios.

Pero quizá habría que preguntar en voz alta a quién molesta el euro, a quién conviene que el euro desaparezca, qué está detrás de este ataque en la línea de flotación de la vieja Europa.

Sí, ya sabemos que hay una crisis financiera mundial, pero los ataques al euro son algo más. Así las cosas, llevamos todo el verano con la espada de Damocles sobre nuestras gargantas esperando que de un momento a otro nos anuncien que el euro está en fase terminal y que lo mismo volvemos a las antiguas monedas nacionales lo que supondría un empobrecimiento inmediato, sobre todo de algunos de los países periféricos de la UE, por ejemplo España.

Lo peor, ya digo, es la sensación de que los actuales dirigentes de la UE no tienen la capacidad, el impulso y las ideas claras para evitar el desastre. Suya será la mayor responsabilidad si el euro muere.


Periodista Digital – Opinión

viernes, 17 de diciembre de 2010

El euro no es sólo una moneda. Por Florentino Portero

Lo que la canciller Merkel está planteando es lo que Mitterrand no quiso ver: Alemania renunció a ser una gran potencia a cambio de crear una gran Europa con una moneda común fuerte. Los alemanes cumplieron su parte y ahora nos toca a los demás.

En estos últimos días los lectores de Libertad Digital hemos podido leer unos cuantos excelentes artículos sobre la crisis del euro y su efecto en el proceso de construcción de una Europa Unida. Quisiera sumarme a esa reflexión desde una perspectiva distinta, la propia de un historiador.

El euro no nació, como se nos repitió hasta la saciedad, por un chute colectivo de fervor europeísta, resultado a su vez de la maduración de una economía común que, de hecho, en cuarenta años no había sido capaz de establecer un mercado único. La realidad fue muy distinta. Cuando jóvenes del Este comenzaron a presionar sobre el dique levantado por la Unión Soviética, Mitterrand y Thatcher pidieron a Gorbachov que mantuviera en pie el Muro de Berlín, porque el equilibrio continental bien valía que unos cuantos millones de europeos continuaran disfrutando del socialismo real. El último de los mandatarios de la URSS se negó a asumir esa responsabilidad histórica, lo que abrió la puerta para que esos europeos pudieran recuperar su libertad y, de paso, voló el equilibrio continental establecido en la postguerra.


La incorporación de los cinco lander orientales a la República Federal de Alemania suponía la emergencia de una gran potencia, superior a cualquier otra en Europa, dotada además de un extraordinario potencial económico y de una gran influencia sobre algunos de sus estados limítrofes. Si se permitía que el proceso siguiera adelante ya nada volvería a ser igual, algo que parecía no preocupar a Estados Unidos, pero que preocupaba y mucho a buena parte de la elite continental. Para evitar la emergencia de una gran Alemania, que actuaría como eje en torno al cual giraría toda la actividad europea, Mitterrand ideó una huida hacia delante que con el tiempo se daría en llamar Tratado de Maastricht. El presidente francés convenció al canciller alemán de que o se daba el salto político en la construcción de una Europa Unida o ya sería imposible, precisamente por el peso que tendría la Alemania unificada. La clave de Maastricht, lo que interesó especialmente a Mitterrand, fue la renuncia alemana al marco en beneficio de una moneda común.

Una moneda es, como han recordado los analistas económicos de este periódico, un instrumento de soberanía. Trataré de contener la tentación de perderme en ese tema para no salirme del debate europeo. Una moneda europea debe primar unos intereses sobre otros y aquí estriba el ejercicio de soberanía característico del estado. Mitterrand, que fue un trilero revestido de grandeur gaullista, trataba de ganar tiempo y de evitar la plena unificación alemana. El problema de la moneda única llegaría más tarde y ya se vería cómo se afrontaba. Él nunca se tomó en serio la creación de una Europa realmente unida; como tantos otros franceses veía el proceso de convergencia como un instrumento de proyección del poder francés. Desde luego, en sus planes no estaba convertir el marco en el euro, elevando a europeos los criterios que habían venido rigiendo las políticas monetaria y financiera de Alemania. El tiempo transcurrió, llegó el momento, se hizo la chapuza y aquí nos encontramos. De aquellos barros, estos lodos.

La moneda requiere de los fundamentos de la soberanía y de eso se está discutiendo. Alemania no está dispuesta a correr con las deudas ajenas, como es normal. Ni sería justo, ni sensato, ni inteligente hacerlo. Lo que la canciller Merkel está planteando es lo que Mitterrand no quiso ver: Alemania renunció a ser una gran potencia a cambio de crear una gran Europa con una moneda común fuerte. Los alemanes cumplieron su parte, ahora nos toca a los demás, empezando por los franceses.

De esta crisis se puede salir desmontando el proceso iniciado en Maastricht, renacionalizando, desarrollando el proceso, comunitarizando; o haciendo de aprendiz de brujo, posponiendo la toma de decisiones. Tiempo al tiempo.


Libertad Digital - Opinión