lunes, 31 de enero de 2011

Cascos. Fulanismo. Por Emilio Campmany

La mayor responsabilidad debe atribuirse a Mariano Rajoy y a los líderes del partido en Asturias. Éstos prefieren seguir mandando en el partido, aunque ello exija perder, que tener que dejar de hacerlo para que su partido gane.

De Franco se contaba que una vez le aconsejó a Sabino Alonso Fueyo: "Haga usted como yo, no se meta en políticas". No lo dijo en broma. Con la palabra "políticas", así en plural, el dictador quiso menospreciar el politiquerío de la Restauración a la Guerra Civil. No meterse en políticas no significaba no hacer política, sino abominar de los partidos, de la lucha por hacerse con los cargos, de la demagogia, del populismo, de la irresponsable apelación a los más bajos instintos del pueblo. En definitiva, el consejo encerraba una crítica a la democracia y una denuncia de los males que supuestamente ésta trajo a España y a la vez era un modo de justificar la dictadura del militar.

Uno de los males de "las políticas" fue el Fulanismo. En España, en muchas ocasiones, hemos preferido que nos dieran a elegir entre fulanos antes que entre idearios políticos. Por eso, cuando el sistema lo ha permitido, han surgido fulanismos como setas, supuestas corrientes que, al margen de toda idea política, se caracterizaban exclusivamente por estar dirigidas por tal o cual Fulano. La Constitución de 1978 trató de erradicar semejante tendencia otorgando a los partidos políticos un poder omnímodo. Por eso, a los que dicen que "fuera del partido, no hay vida" no les falta razón. En nuestro sistema, el que da el cargo es el partido o, mejor dicho, quien dirige el partido. En consecuencia, las carreras políticas se desarrollan más arrancando apoyos en las sentinas de los partidos que despertando simpatías entre los electores. Tal sistema tiene muchos defectos y, desde luego, no es el más democrático, pero al menos tiene la ventaja de evitar el fulanismo, patología crónica de nuestra democracia en otros tiempos. Es cierto que este mismo sistema permitió el nacimiento del GIL, el partido de don Jesús, pero tal experimento nunca salió de la extravagante Costa del Sol y, cuando intentó cruzar el estrecho hacia Ceuta, el sistema lo engulló.


Pero ahora viene Cascos y funda su partido fulanista. Los que voten a Foro Asturias en las próximas elecciones autonómicas y municipales tomarán en consideración casi exclusivamente que están votando a Francisco Álvarez Cascos. Las encuestas confirman que serán muchos los sufragios que reciba, pero será el respaldo personal lo que los justifique más que la comunión con sus ideas políticas. No es probable que lo haga, pero si la tendencia, a pesar de los muchos obstáculos que el sistema impone, se consolida en otros lugares, nuestra democracia se degradará algo más de lo mucho que ya lo está.

En todo caso, de este brote de fulanismo no es responsable Cascos. La mayor responsabilidad debe atribuirse a Mariano Rajoy y a los líderes del partido en Asturias. Éstos prefieren seguir mandando en el partido, aunque ello exija perder, que tener que dejar de hacerlo para que su partido gane. Es una actitud suicida desde el punto de vista colectivo, pero comprensible desde su punto de vista personal. Lo que no es comprensible es que en Génova prefieran que el partido lo dirijan en Asturias los perdedores en vez de los ganadores. ¿Por qué? Seguramente temen que un Álvarez Cascos presidente de Asturias será una voz muy crítica, y muy audible, cuando Rajoy, siguiendo los consejos de Arriola, se permita apartarse del ideario de los electores del PP. Por librarse de Cascos, están dispuestos a perder Asturias y al final, perderán Asturias y tendrán Cascos para rato. Unos linces.


Libertad Digital - Opinión

¿Saludo o despedida?. Por José María Carrascal

La gran pregunta, ¿se presenta, no se presenta?, no tiene ya importancia. Si no se presenta, malo; si se presenta, peor.

SUELE decirse que para que la alaben a uno en España, antes tiene que morirse. A juzgar por los elogios, loas, ditirambos y panegíricos dedicados a Zapatero en el congreso de su partido en Zaragoza, tendría que estar muerto y bien muerto. Pero que no lo está lo demostró apareciendo ante sus compañeros para confortarles con sus vaguedades y chistecitos de taco de calendario sobre el PP.

Políticamente, sin embargo, tiene más pinta de cadáver que de otra cosa. Un gobernante con más de un 20 por ciento de parados, con un millón de familias sin otro ingreso que el de la caridad y vigilado de cerca por las instancias internacionales, no es un gobernante, es un rehén de los acontecimientos. De ahí que el piropo de Blanco, «no conozco a un socialista mejor», sonara a responso, y el de Marcelino Iglesias, «tienes nuestro apoyo para las elecciones de 2012», a cachondeo.


La gran pregunta hasta hace poco, ¿se presenta, no se presenta?, no tiene ya importancia. Si no se presenta, malo; si se presenta, peor. Algo parecido ocurre con su posible sucesor, ¿Rubalcaba, Blanco, Chacón? ¿Qué más da, si todos ellos han participado en la política más disparatada, más frívola, más alicorta, más antisocial de nuestra democracia? Todos han sido cómplices de ella, y si antes sólo acertaban cuando se equivocaban, ahora se equivocan incluso cuando quieren hacer las cosas bien, quiero decir, cuando siguen les instrucciones que les llegan de fuera. Tomen el ejemplo de las pensiones: con toda la necesidad de su reforma, empezará en 2013 y terminará en 2027, que sabe Dios cómo estaremos. Lo mismo ocurre con la reforma del mercado laboral. ¿De qué ha servido? Para crear empleo, desde luego, no, pues hay más parados que nunca, y nos dicen que para que su número empiece a decrecer se necesitará que nuestra economía crezca un 2,5 por ciento, algo que ni los más optimistas vaticinan. ¿Va a pasar lo mismo con la reforma financiera? Pues, sinceramente, no lo sé, como no lo sabe nadie, ya que en el universo de Zapatero, todo es fluido, nada acaba de cristalizar, y si el diseño es tierno como los dibujos de los niños, cuando se plasman en realidades se convierten en pinturas negras. Ahí tienen su alianza de civilizaciones, con más conflictos que nunca, o su cruzada contra la violencia machistas, con el aumento de mujeres asesinadas por sus parejas.

Y, encima, dándoselas de patriota. El que decía que la nación era un concepto discutido y discutible, llamaba a Otegui «un hombre de paz» y buscaba alianzas con los que no se sienten españoles. Bueno, también llamó a Ángela Merkel «una fracasada», y se dispone a servirla de alfombra para que acepte a jóvenes españoles en paro. Aunque ni Alemania podría emplearlos a todos.


ABC - Opinión

La sucesión de Zapatero se come la convención del PSOE. Por Antonio Casado

La cuestión de la candidatura socialista a las próximas elecciones generales es la asignatura pendiente que, como los estudiantes que necesitan mejorar, Rodríguez Zapatero ha dejado para más adelante, convencido de que anunciar ahora su intención de no repetir sería un elemento de desestabilización interna en el PSOE. Tanto en relación a las elecciones territoriales del 22 de mayo como a los procesos de reformas de la economía nacional abiertos desde Moncloa.

Sin embargo, se está viendo que el mantener la duda puede ser incluso más desestabilizador, como acaba de demostrarse con ocasión de la Convención Autonómica o cumbre de barones del PSOE, celebrada este fin de semana en Zaragoza, a imagen y semejanza de la celebrada por el PP ocho días antes en Sevilla. Se trataba de fijar las líneas maestras del programa común del PSOE en las elecciones de mayo, pero la sucesión de Zapatero se comió la tarea. El sábado en los pasillos se discutía más por la ausencia de Rubalcaba (únicamente asistió al discurso de Zapatero de ayer) que por el futuro de las autonomías.


No se habló de otra cosa. El manifiesto de la Convención, en defensa del federalismo y la bilateralidad, se perdió en las referencias informativas a los discursos del número dos del PSOE, José Blanco, el sábado, y del número tres, Marcelino Iglesias, el domingo. Más explícito éste que aquel, porque aquél tiene claves que desconoce éste, ambos clavetearon la misma idea: Zapatero es el mejor candidato del PSOE para ganar las elecciones generales de 2012.
«Con tanto entusiasmo se empleó Zapatero a reiterar que en estos momentos lo importante es España y no el PSOE, que uno volvió a ver claro que cuando un gobernante se envuelve en la bandera nacional para capear el temporal y deja de mirar las encuestas es que está preparando la evasión.»
Con matices. Blanco dijo: “No conozco a un socialista mejor”, en un contexto ceñido a la apología del personaje, tan entusiasta que muchos de los asistentes lo interpretaron como un homenaje a quien lo dio todo por el partido pero ya ha decidido apearse. En cambio Iglesias, ayer, ante el visible rictus de contrariedad en el gesto de Rodríguez Zapatero, le sostuvo la mirada para decirle: “Tienes todo el apoyo del PSOE para ser el candidato a las elecciones de 2012”. Hasta cinco veces repitió el año en cuestión, por si había dudas.

Sin embargo, en vísperas de la Convención el presidente del Gobierno y líder del PSOE se había hartado de pedirle a su gente que sacaran el asunto de la sucesión de una agenda política que debe estar marcada por las reformas de la economía nacional impulsadas por el Gobierno. De hecho, en su discurso de clausura, una vez oídos los teloneros, insistió en que lo que importa es “el futuro de España y no el futuro del PSOE”. Y también en esta ocasión se volvió a aplicar el cuento en una enésima glosa de los tres grandes ejes de su política para el año que acaba de comenzar: austeridad (consolidación fiscal), reformas y cohesión social.

Con tanto entusiasmo se empleó Zapatero a reiterar que en estos momentos lo importante es España y no el PSOE, las reformas y no los votos (“cueste lo que me cueste”, ¿recuerdan?), las convicciones y no las circunstancias, que uno volvió a ver claro que cuando un gobernante se envuelve en la bandera nacional para capear el temporal y deja de mirar las encuestas es que está preparando la evasión, como tantas veces he escrito.


El Confidencial - Opinión

Parte de guerra. Por Gabriel Albiac

En Egipto se afrontanlos únicos poderes realesen el mundo árabe: corrupción o terror.

LA pureza es, en política, asesina. Como tal, la constituyó la edad moderna. Robespierre enunció su axioma: un Estado puede sólo asentarse sobre dos fundamentos: la corrupción o el terror, que es el nombre político de la virtud. Entre 1789 y 1794, terrorista y virtuoso fueron lo mismo; lo mismo virtuoso e «incorruptible». No han cambiado las cosas. Las palabras, sí.

Basta ponerse ante un mapa de la costa sur mediterránea para entender el actual envite. Para entender también su origen. De los Balcanes al Caspio, de Argel hasta la Meca, el Imperio Otomano desplegó su máquina de despotismo teocrático, ajena a fronteras nacionales. La nación y el Estado son conceptos cristianos que el Islam rechaza como aberraciones contra la umma, comunidad de los creyentes, a la cual da soporte el Califato. Al desmoronamiento del Imperio, siguió la imposición colonial, desplegada sobre las arbitrarias líneas de la administración otomana. Tras la segunda guerra mundial, la descolonización se ajustó a su plantilla. Y ninguno de los países que salió de ella era un país. Como mucho, una provincia al frente de la cual se buscó entonces poner a uniformados títeres a sueldo de las metrópolis. Una sola excepción iba a complicar las cosas: Israel, en la medida misma en que Israel era un Estado democrático europeo asentado sobre la costa sur del Mediterráneo. Como tal, ningún problema tuvo para construir su modernidad al modo de los regímenes parlamentarios de un occidente al cual, más allá de geografías, pertenecía de pleno derecho. Como tal, fue odiado por sus vecinos.


El ascenso del islamismo está ligado a ese desajuste. ¿Cómo una sociedad elegida por Alá y que se rige por su libro, puede haber fracasado frente a la patulea de los kafires, cafres incrédulos que nadan en humillante riqueza? Los egipcios de la Hermandad Musulmana fueron los primeros (desde 1928) en dar respuesta a la paradoja: una diabólica conspiración de judíos y cristianos se afanaba en torcer el designio divino. El proyecto hitleriano de borrar a los judíos fue así saludado como designio de Alá. La derrota nazi y la consolidación de Israel tras la guerra del 48 fueron golpes terribles en el inconsciente musulmán. Las sucesivas derrotas militares y la progresión vertiginosa en la ruina certificaron la hondura de las raíces satánicas del mundo moderno. Un doble error de los contendientes en los años finales de la guerra fría abrió la grieta que es hoy abismo: Irán y Afganistán. En el primero, la estupidez de Jimmy Carter, asentó una hasta entonces inimaginable república sacerdotal. Afganistán anudó la doble necedad de los rusos metiéndose en un avispero y de los americanos amartillando una máquina militar incontrolable: la de Bin Laden. La fascinación yihadista se abrió camino en todo el mundo musulmán.

Asistimos en estos meses al derrumbe de los últimos títeres postcoloniales. Es dulce hacerse, desde la ciega Europa, idílicas imágenes de democracia que viene. Es mentira. En Egipto, como en Argelia o Túnez, se afrontan los únicos poderes reales en el mundo árabe: corruptos militares y virtuosos clérigos; ladrones consumados y asesinos en ciernes; corrupción o terror. ¿Europa? En la inopia. Y tan contenta.


ABC - Opinión

Crisis. La incógnita Rajoy. Por Juan Ramón Rallo

Rajoy pretende "arreglar" en dos años una economía que ya lleva cuatro años moribunda mediante unos parches que, con algo de presión teutona, el propio Zapatero podría llegar a suscribir.

En la cosmovisión dirigista, son los políticos quienes tienen que "arreglar" la economía; el mercado es caótico y sólo los omniscientes gobernantes son capaces de ponerlo en orden. Así, diríase que Zapatero sólo es responsable de la brutal crisis que padecemos por sus escasas dotes como capitán de navío; él, pobrecito, se ha encontrado con un marrón fruto de la desregulación y de la especulación financiera que, por su falta de pericia, ha sido incapaz de combatir.

Nadie ose, por tanto, señalar los dos problemas básicos de nuestra economía –su enorme endeudamiento y su estructura productiva abigarrada– y relacionarlos acto seguido con concretas actuaciones de nuestros políticos –el despilfarro de todas las administraciones, la ocupación de las cajas de ahorros, un mercado laboral encorsetado por los privilegios sindicales, unas pensiones públicas de reparto insostenibles, una política energética dedicada a contentar al ecologismo y a remunerar los servicios prestados por ciertos grupos empresariales, o un auxilio continuado a cajas y promotores para que no liquiden si millonario stock de inmuebles–, pues en tal caso habría que concluir que lo caótico no es el mercado libre, sino el mercado intervenido, y que la solución no pasa por "arreglar" la economía, sino por dejar de fustigarla.


No sé qué opinará Rajoy al respecto, más que nada porque su campaña electoral en materia económica pasa por que la ciudadanía ignore sus propuestas... si es que las tiene. De momento, se dedica a lanzar mensajes placebo con los que tratar de insuflar un irracional optimismo a los españoles. Al cabo, eso de que en dos años él será capaz de "arreglar" una economía emponzoñada por una década de intervencionismo fiscal y monetario no deja de ser una bravuconada que esperemos no se haya creído. Máxime cuando la fórmula mágica que aporta el líder popular apenas se aleja una micra del zapaterismo pauperizador.

Fíjense si no en los 10 puntos del programa de máximos del PP. En materia fiscal, bajar el IVA del sector turístico al 4%, reducir las cotizaciones sociales para los jóvenes, recuperar la desgravación para la compra de vivienda y disminuir cinco puntos el impuesto de sociedades para las pymes. Tanta confianza debe de tener Rajoy en el sector privado que todas sus propuestas tributarias pasan, no por aliviar la insufrible carga fiscal de los españoles, sino por utilizar los impuestos para dirigir al mercado hacia un punto determinada. En lugar de permitir que cada cual localice las mejores oportunidades de negocio –aprobando reducciones generales y enérgicas de impuestos–, Rajoy prefiere señalizarles dónde invertir: turismo, contratos juveniles, vivienda y pymes.

No se trata, desde luego, de una rebaja fiscal que quepa calificar de ambiciosa. Tal vez sea porque la combinación de un déficit público de 100.000 millones de euros y de la casi nula voluntad del PP para reducir el gasto, no les deja mucho margen. Rajoy sigue necesitando de nuestro dinero porque apenas se propone cerrar 4.000 entes públicos, privatizar las televisiones autonómicas y recomendar a las comunidades autónomas que clausuren sus embajadas en el extranjero. Y digo apenas porque nadie espere que estas positivas pero muy insuficientes medidas sirvan para eliminar nuestro gigantesco déficit público; en especial si, a la muy zapateriana manera, Rajoy pretende adoptar todas estas medidas mediante el consenso con los capitostes autonómicos. ¿Alguien se cree que los caciques socialistas, nacionalistas y populares renunciarán de buena manera a sus redes clientelares y altavoces propagandísticos?

Tampoco servirá de mucho, por cierto, que Rajoy propugne una ley de déficit cero: por conveniente que sea en otro contexto, en el actual el déficit público no desaparecerá por desear que desaparezca. Lo que es menester averiguar es dónde meterá de verdad Rajoy la tijera, si es que pretende hacerlo. ¿O es que acaso, al tiempo que rebajará algunos impuestos, tiene pensado exprimirnos subiendo todos los restantes?

Por último, en el capítulo de reformas estructurales el PP nos propone, atención, retrasar el cierre de Garoña, promover la unidad de mercado –signifique esto lo que signifique– e implantar un contrato de integración para inmigrantes. Al margen de que más que retrasar el cierre debiera permitir la apertura de nuevas centrales nucleares y poner fin al chiringuito de las renovables, o de que ahora mismo el problema de los españoles no sea tanto la inmigración como la emigración, ¿le han oído mencionar algo sobre la imprescindible reforma laboral? Debe de ser que Rajoy piensa o que el paro no constituye un problema para España o, peor, que el desempleo no guarda relación con la rigidez del mercado de trabajo.

En resumen: el líder popular pretende "arreglar" en dos años una economía que ya lleva cuatro años moribunda mediante unos parches que, con algo de presión teutona, el propio Zapatero podría llegar a suscribir. Puede que su no-programa económico sea la excrecencia táctica del no-discurso ideológico de Arriola, pero también puede ser que, en efecto, Rajoy sea un Zapatero-bis. Para un político que ha convertido la "recuperación de la confianza" en su único reclamo electoral no parece lo más inteligente. Entre otras cosas porque, qué quieren que les diga, nada puede generarme más desconfianza que darle carta blanca a un impredecible político con toques mesiánicos.


Libertad Digital - Opinión

La pelota egipcia. Por Ignacio Camacho

Sólo los islamistas poseen en el Egipto actual una organización cohesionada capaz de constituirse en alternativa.

QUIZÁ esos jóvenes airados y valerosos que desafían a los tanques en El Cairo acaben viendo el amanecer de libertad que no pudieron ver sus colegas de Teherán en 2009 o de Pekín veinte años atrás. O tal vez ese horizonte sea tan efímero como el que, también en Teherán, en el 69, sustituyó la tiranía del Sha por la de los barbudos ayatolláhs fanáticos del integrismo y la teocracia. Nadie lo sabe en estas horas inciertas en que Egipto, el corazón intelectual y demográfico del mundo árabe, se mueve entre las convulsiones alternativas de la revolución y del golpe de Estado. Sí sabemos que ya no hay vuelta atrás, y que o cae el régimen autoritario de Mubarak o permanece en medio de un baño de represión y de sangre. Y que la crisis política que ha estallado en el Mediterráneo sur es el punto de no retorno de un proceso crucial en el equilibrio del mundo que conocemos; un punto a partir del cual la comunidad árabe puede abrirse en cadena a esa democracia que siempre se ha mostrado conflictiva en el universo musulmán… o acelerar su tránsito hacia una islamización capaz de desestabilizar el orden internacional hasta una tensión límite.

A favor de la hipótesis pesimista se inclina el hecho objetivo de que sólo los islamistas poseen en el Egipto actual una organización cohesionada capaz de constituirse en alternativa de poder. Tienen un potente foco intelectual universitario, una tradición consolidada, un arraigo social y una fuerza política —los Hermanos Musulmanes— en condiciones inmediatas de articularse como polo de referencia. Junto a ellos, los jóvenes de la revuelta configuran un movimiento disperso y heterogéneo, canalizado por internet y las redes sociales y aglutinado sólo por el descontento y el anhelo de libertad. Su sueño es hermoso pero desarticulado: una revolución democrática inédita porque en el mundo árabe contemporáneo, como señalaba ayer el maestro Carrascal, la única revolución históricamente contrastada ha sido la revolución islámica. La que secuestra la libertad bajo el velo del fundamentalismo y la barbarie.

Con Israel a la expectativa, alarmado ante la posible caída de lo que considera su último muro de relativa contención estratégica, Occidente mira a Egipto desde la medrosa confusión de una disyuntiva moral. A un lado, la simpatía inevitable por la sacudida de una espontánea oleada democrática; al otro, la tentación utilitaria que aconsejaría respaldar el statu quocomo teoría del mal menor. En sus modalidades extremas, buenismo esperanzado contra pragmatismo escéptico. Y en medio, la nadería insustancial, el criterio paralítico de una Unión Europea incapaz de plantearse siquiera de qué lado le gustaría que cayese la pelota que está botando en los tejados cairotas.

Caiga para donde caiga, una cosa es segura: Mubarak, ese autócrata incompetente, rancio y ensimismado, no merece ser aliado de nadie.


ABC - Opinión

Rajoy. En dos años, todo "arreglado". Por José García Domínguez

Quizá engallado por los flashes, Rajoy, que es hombre del viejo paradigma, o sea varón aún ajeno a la sádica memoria de Google, ha "arreglado" la economía en dos años. Una tontería impropia.

Pierre Poujade, el Lenin de los tenderos en la Francia del existencialismo, cimentó su gloria efímera con un número que luego habrían de imitar todos los populistas que en el mundo han sido. Y es que para aquel mesías de las clases medias con tresillo de skay, la política económica resultaba un quehacer prosaico por pueril. Al punto de que el asunto se resumía en agarrar una lechuga y explicar al respetable público que, si le votaban, la noble hortaliza iba a bajar de precio en el acto; al tiempo, los salarios subirían y los impuestos serían derogados de facto; mientras tanto, los servicios estatales procederían a multiplicarse a imagen y semejanza de lo acontecido en su día con el célebre milagro de los panes y los peces.

Y ello merced a las virtudes telúricas de un único catalizador mágico: la universal confianza generada por su propia persona. Ni Marx, ni Keynes, ni Friedman, ni Stiglitz, pues. Con la varita del mago Houdini había más que de sobras con tal de poner orden en el cuadro macroeconómico de la República. Por cierto, es el poujadismo droga dura en la que siempre termina por caer una derecha tan pobre en defensas intelectuales como la que gastamos a este lado de los Pirineos. Don Mariano, sin ir más lejos, desoyendo la sabia máxima de que en boca cerrada no entran moscas, viene de cometer unas declaraciones en El Mundo que desprenden su inconfundible aroma.

Quizá engallado por los flashes, Rajoy, que es hombre del viejo paradigma, o sea varón aún ajeno a la sádica memoria de Google, ha "arreglado" la economía en dos años. Una tontería impropia. Y más si se repara en la indigencia argumental sobre la que trata de apuntalar semejante temeridad. Como muestra, un botón. Siempre fiel al Evangelio de Mateo –"que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda"–, pretende el de Pontevedra que, entre otras extravagancias, sobran los diecisiete defensores de la pedanía ahora asentados en sus respectivas ínsulas baratarias. Lástima que haya sido él mismo quien acaba de ratificar su muy perentoria necesidad en las sucesivas reformas estatutarias que han ido pasando por el Congreso. En fin, lo dicho, Poujade en estado puro.


Libertad Digital - Opinión

Una invitación al diálogo. Por Gabriel Elorriaga Pisarik

«Tomemos como referencia la evolución del federalismo alemán, por ejemplo. Es preciso un debate orientado a la búsqueda del mejor modelo para la gran mayoría».

HACE poco más de un año, Mariano Rajoy encomendó a FAES, la Fundación que preside José María Aznar, la realización de un conjunto de seminarios orientados a evaluar el funcionamiento de nuestro Estado autonómico. Es evidente que la singularidad constitucional y la litigiosidad de nuestro modelo de descentralización política causa alguna perplejidad a los observadores extranjeros, como también lo es que la opinión pública española alberga reservas crecientes sobre su eficacia. Aunque solo fuera por ambas cosas, la reflexión resultaba urgente y absolutamente imprescindible. Si algo llama poderosamente la atención en el debate territorial es el enorme esfuerzo que algunos ponen en discrepar con estruendo incluso de aquello con lo que están básicamente de acuerdo. A nadie se le oculta que la exacerbación de los sentimientos, la simplificación extrema de los argumentos y la descalificación del adversario son moneda común en nuestro debate político. Y la única forma de combatir esta penosa realidad es hablar con la mayor claridad a la hora de identificar con precisión los problemas, apuntar las soluciones, acotar las discrepancias y buscar sinceramente los acuerdos.

El Partido Popular ha sido y se considera artífice principal del Estado de las Autonomías. Es, en consecuencia, su más genuino defensor en el panorama político actual. Aznar ha sido el único presidente del Gobierno previamente curtido en su paso por una Comunidad. Poco después de llegar a la dirección del partido, su primer gran éxito político fue la firma con el gobierno socialista de los Pactos Autonómicos. Con ellos se puso fin a la desigualdad inicial del modelo mediante la ampliación de las competencias de las Comunidades llamadas «de vía lenta», haciendo así posible «un funcionamiento racionalizado y homogéneo del conjunto» e impulsando «un horizonte definitivo». El grueso de los acuerdos de 1992 fue llevado a la práctica bajo los gobiernos populares. Más del 70% de los recursos totales transferidos a las Comunidades Autónomas desde 1978 lo han sido entre 1996 y 2004.


El debate abierto en las últimas semanas es útil y necesario. Es el momento de reconocer las dificultades y de ofrecer alternativas. ¿Recentralizar? No es esa la cuestión. El esquema fundamental del Estado autonómico está ya configurado, y es plenamente válido. El Partido Popular siempre ha perseguido conciliar con eficacia la descentralización política con la unidad nacional; abrir espacio a las aspiraciones de singularidad sin merma de la solidaridad; articular las diferencias al tiempo que se proscriben los privilegios. Por eso, tras promover numerosas reformas estatutarias y llevar a cabo las mayores transferencias, impulsamos la aprobación de un modelo de financiación que garantizaba recursos suficientes y estables a las Comunidades; y también por esas mismas razones propusimos fortalecer los principios de cooperación y lealtad como pilares de un funcionamiento más armónico de todas las Administraciones. Todo este recorrido, sin duda complejo pero perfectamente posible, quedó en gran medida frustrado tras la llegada al gobierno del partido socialista en 2004.

Ahora, el «despertar reformista» de Zapatero le lleva a hablar en medios de comunicación extranjeros de la necesidad «de acabar con la burocracia causada por la descentralización», y no le falta razón. Y su vicepresidente responsable de la política territorial encarga informes para eliminar las duplicidades existentes, ahorrar gastos innecesarios, suprimir trámites redundantes y aumentar la coordinación entre las Administraciones. Y tampoco le falta razón, aunque dada su experiencia política posiblemente sea el menos indicado para decirlo y hacerlo. El Estado debe tener la responsabilidad exclusiva en las funciones públicas clásicas: política exterior, seguridad, defensa, justicia y política económica; y debe ser el garante de la igualdad jurídica y la solidaridad entre todos los españoles. Las CCAA son, básicamente, las administradoras del Estado del Bienestar, al tiempo que defensoras de sus propias singularidades. Cada cual debe ejercer plenamente sus funciones sin duplicidades ni interferencias innecesarias. La crisis económica nos ha hecho ver que el modelo español es necesariamente caro, pero justo es reconocer que ha resultado útil para articular una nación plural. Sólo nos lo podremos permitir si ponemos nuestro mejor esfuerzo en hacerlo funcionar con eficacia y austeridad máximas.

Alguno de los problemas más visibles puede ser abordado con rapidez mediante los acuerdos políticos y las reformas legislativas adecuadas. Garantizar la estabilidad presupuestaria de todas las Administraciones y la unidad de mercado son retos urgentes que admiten ese tipo de soluciones. Pero resulta inevitable reconocer que existen problemas de más calado. Ningún país con niveles de descentralización próximos al nuestro cuenta con un marco constitucional tan laxo e impreciso. En la actualidad parece mucho más sencillo, claro y seguro llevar a la Constitución el sistema de delimitación de responsabilidades, evitando así las duplicidades y reduciendo los conflictos. El procedimiento de atribución directa y explícita de competencias es el habitual en el Derecho comparado, no implica la necesidad de homogeneidad sino que exige el debate en común de las diferencias admisibles, y no cierra el paso a futuras reformas constitucionales que todos tienen la facultad de proponer.

La otra gran laguna en la actual regulación constitucional se sitúa en el plano de la financiación. Reforzar la estabilidad de las normas básicas de reparto de ingresos, mediante su constitucionalización, sería un claro avance. Es necesario trasladar a todas las administraciones la certeza de que los gastos generados por su acción de gobierno deberán ser atendidos con sus propios recursos. Mientras la cuantía de la financiación dependa de mayorías parlamentarias coyunturales, el incentivo para ejercer la mayor presión sobre el gobierno central será poderoso y los comportamientos financieramente irresponsables se repetirán una y otra vez. Y es preciso establecer mecanismos explícitos y transparentes de equidad. El debate sobre los límites a la solidaridad entre regiones es perfectamente legítimo, además de habitual en sistemas como el nuestro (lo estamos viendo en Alemania en estos días), pero exige la mayor claridad por parte de todos.

El progreso de las sociedades requiere la seguridad y la confianza que solo los países institucionalmente estables son capaces de proyectar. Sin embargo, no cabe pretender que un texto constitucional sea definitivo o intangible. La adaptabilidad de las constituciones, lejos de constituir un problema, es un valor esencial para garantizar su permanencia. Las más duraderas, las que internacionalmente obtienen un mayor respaldo ciudadano, son las que han sido capaces de ir introduciendo reformas parciales. La reforma, en definitiva, no es más que la prueba evidente de la capacidad de una sociedad viva para renovar sus pactos constituyentes, adaptándolos a las circunstancias cambiantes que el transcurso de la historia inevitablemente lleva aparejado. Por eso, cuando se habla de reforma constitucional —dadas las amplísimas mayorías que exige— se debe entender bien lo que se está sugiriendo. La propuesta de reforma es una oferta de diálogo, es una invitación al consenso.

No defiende hoy el Estado de las Autonomías quien lo lleva al borde del abismo financiero, ni tampoco los que pretenden refugiarse en el inmovilismo. En la España del siglo XXI sobran las descalificaciones apresuradas. Algunos, desde posiciones nacionalistas, se lanzan a embarrar el terreno de juego apenas perciben los primeros movimientos de sus adversarios; no es de recibo. Todo se puede hablar y hay que hablarlo; tomemos como referencia la evolución del federalismo alemán, por ejemplo. Es preciso un debate sereno, ordenado, inteligente, orientado a la búsqueda del mejor modelo para la gran mayoría. A ese digno propósito ha pretendido contribuir nuestro trabajo reciente en FAES.


ABC - Opinión

Masaje al líder

De la convención autonómica que el PSOE ha celebrado este fin de semana en Zaragoza se esperaba mucho más que las cuatro generalidades insustanciales con que ha sido despachada. Convocada para analizar y debatir los reajustes que necesita el Estado de las autonomías para hacer frente con mayor eficacia a la crisis, ahorrar en gasto público y favorecer la recuperación, la cita se quedó en otro mitin más de polideportivo, adobada para la ocasión con la sobreactuación de los barones socialistas en defensa del devaluado liderazgo de Zapatero. Una lástima porque se ha hurtado a los ciudadanos un debate necesario y oportuno como es el de las correcciones que requiere la organización autonómica del Estado para que sea más eficiente, elimine duplicidades y racionalice el gasto. Los dirigentes socialistas tenían, además, la obligación moral y la responsabilidad política de hacer autocrítica por el Estatuto de autonomía de Cataluña, que impulsaron con irresponsabilidad manifiesta más allá de los límites constitucionales. Cuando un partido político comete un error de tanto alcance y de tan hondo calado como éste, lo menos que le debe a la ciudadanía es un análisis honesto y una rectificación congruente. El congreso de Zaragoza habría sido una excelente ocasión para ello, y para concretar nítidamente las propuestas autonómicas del partido que aún gobierna España. Pero toda la pólvora se quemó en salvas en honor al líder. Lo demás ha sido una declaración con cuatro lugares comunes sobre coordinación autonómica que produce sonrojo por su elementalidad: calendario de vacunas, licencias de caza y pesca, crear centros universitarios conjuntos o conectar los servicios de información y gestión de datos de la Administración de Justicia. No se ha dicho nada del desbroce urgente de leyes, normas y decretos autonómicos que entorpecen el mercado único; y tampoco se ha reconocido que fue un error la supresión del techo de gasto de las comunidades. Por otra parte, los barones del PSOE que más se significan por su defensa de las competencias del Estado han defraudado las expectativas por no haber forzado un debate interno de mayor enjundia. Es verdad que la lamentable perspectiva electoral del partido no facilita precisamente la tarea de mojarse ante el electorado en un asunto tan espinoso. Pero la razón última es que el federalismo implacable de los socialistas catalanes sigue hipotecando el debate autonómico de todo el PSOE. No es casual que entre las recomendaciones aprobadas este fin de semana para incorporar al programa electoral figuren dos exigencias tajantes del PSC: la defensa del modelo federal y la bilateralidad de las comunidades con el Estado, figura retórica cuyo único propósito es elevar el rango de las relaciones de la Generalidad catalana con el Gobierno central. En este laberinto es en el que sigue el partido del Gobierno tras la desastrosa experiencia del Estatuto catalán, cuyas conclusiones aún no se ha atrevido a extraer. De lo que se deduce que el PSOE acudirá a las elecciones autonómicas como siempre: inmerso en esa espesa ambigüedad sobre el modelo de Estado que lo mismo le sirve para pactar con los independentistas catalanes que para llenarse la boca con la palabra España.

La Razón – Editorial

Cajas a ritmo de vértigo

Inyectar dinero público desde marzo es la única forma de aumentar la confianza en su solvencia.

La reforma de las cajas de ahorros se ha demorado durante más de dos años, a pesar de que muchas voces reclamaban un cambio urgente, conscientes de que la debilidad de las cajas iba a pesar gravemente sobre la solvencia del sistema bancario y, al fin y a la postre, sobre la fiabilidad de la deuda española. En los últimos dos años se ha cerrado un proceso de fusiones formales, que ha reducido el número de cajas de 40 a 17. Pero quedaba pendiente la operación principal: recapitalizar las entidades, lastradas por activos inmobiliarios muy dañados. El Gobierno, molesto por tanta pereza, ha establecido unas condiciones muy duras de recapitalización con el fin de despejar todas las dudas sobre la solidez bancaria española. Bancos y cajas tendrán que contar con un 8% de capital básico; las entidades que no coticen en Bolsa (cajas) deberán subir el porcentaje hasta un nivel de entre el 9% y el 10%, y las que no puedan cumplir el requisito de solvencia recibirán capital público en forma de acciones, para lo cual tendrán que convertirse en bancos. Es lo que se ha definido como "nacionalización", aunque conviene precisar que tiene una caducidad de cinco años.

Este plan de rescate merecía aplausos, por la decisión de acabar de una vez por todas con una historia interminable, y algunos reproches de mayor cuantía. El primero y más de fondo es que el deterioro de los balances de las cajas no se produjo de la noche a la mañana; fue avanzando bajo la mirada de las autoridades bancarias, que poco o nada hicieron para evitarlo, salvo las advertencias retóricas de rigor. Muy pocas cumplen hoy con los requisitos de capital básico del 8%. El Gobierno y el Banco de España merecen una segunda reconvención, que es la de no tener en cuenta que el mercado financiero no está en situación de facilitar capital fresco, y más para entidades comprometidas con prestamos dudosos (o mal precisados) en la burbuja inmobiliaria. Las condiciones oficialmente establecidas equivalían a una inyección obligada de capital público en casi todas las fusiones virtuales. Es un contrasentido suponer que los mercados, cuyas dificultades han contribuido a causar la crisis financiera, fueran a responder con capital para restaurar las condiciones de solvencia de las cajas.

Incluso cabía un tercer reproche, ahora innecesario, puesto que el Gobierno había aplazado hasta septiembre la aplicación de los procesos de recapitalización. Pero no tenía sentido que, conociendo la imposibilidad real de obtener recursos en el mercado, se sometiese a las cajas a ocho meses de búsqueda torturante de agua en un desierto. Parece que el Gobierno ha rectificado e iniciará la recapitalización con dinero público a partir de marzo. Es una buena decisión; la inyección de capital aumentará la credibilidad de las cajas en los mercados y atraerá capitales. La Caixa y Catalunya Caixa ya han anunciado su decisión de convertirse en bancos, prueba de que las cajas empiezan a entender la importancia del tiempo. El Gobierno y el Banco no tienen margen ya para más errores.


ABC – Editorial

Egipto: entre la autocracia corrupta y el islamismo

Egipto se debate entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico.

Las manifestaciones que derribaron a la dictadura tunecina de Ben Alí se están extendiendo, con dispar éxito, por gran parte del mundo musulmán. En Jordania, Libia o Argelia han comenzado a aparecer ciertos brotes de revueltas que, de momento, sólo han conseguido arraigar con fuerza en Egipto.

Después de tres décadas, el régimen, gobernado con puño de hierro por el general Hosni Mubarak desde que en 1981 la facción más integrista del ejército asesinara a Anwar el-Sadat por reconocer la existencia de Israel y acercarse a Estados Unidos en detrimento de la URSS, comienza a resquebrajarse. Muy a su pesar, hasta el momento sólo ha logrado mantener el orden recurriendo a regañadientes a los militares. Y es que, si bien es cierto que los altos mandos de los militares, con el jefe de los servicios secretos y nuevo vicepresidente del país, Omar Suleilam, a la cabeza, son totalmente leales a la administración corrupta de Mubarak, los mandos intermedios se encuentran mucho más cercanos a las inquietudes de la ciudadanía y bien podrían aprovechar la ocasión para dar un golpe militar interno que acabara con Mubarak. No olvidemos que el nefasto Gamal Abdel Nasser era un simple coronel cuando derrocó a la monarquía egipcia en 1952.


Un golpe de los mandos intermedios probablemente conduciría a la convocatoria de elecciones democráticas en un clima de inestabilidad que, a diferencia de Túnez donde el integrismo tiene un peso mucho más reducido, conduciría a una victoria de los Hermanos Musulmanes, quienes vienen aguardando una oportunidad como ésta desde hace al menos dos décadas y están mucho mejor organizados que cualquier otro grupo de la oposición democrática. Los precedentes –en distintos grados: Irán, Argelia o incluso Gaza– no son desde luego alentadores en este sentido.

La caída de Egipto en manos de los islamistas sería una auténtica tragedia para Occidente, tanto desde un punto de vista económico –Egipto controla el canal de Suez– como político –el país tiene una enorme frontera con Israel, y Egipto es el responsable hasta ahora de controlar el rearme de Hamás, quienes en definitiva no son más que una facción de los Hermanos Musulmanes–. De hecho, las consecuencias de las meras revueltas sobre la seguridad de Israel ya están resultando bastante inquietantes: la policía egipcia ha tenido que retirarse de la frontera con Israel y al parecer Hamás y los Hermanos Musulmanes han comenzado a colaborar para capitalizar el liderazgo de la oposición al régimen.

El otro posible escenario a corto plazo es que la jugada de Mubarak tenga éxito: que el liderazgo de Suleilam –el general más prestigioso de Egipto con conexiones y buenas relaciones con todos los servicios secretos de Occidente– se consolide y logre contener tanto las legítimas aspiraciones de la oposición democrática como los intentos de los islamistas por controlar el país.

Egipto se debate, pues, entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico. A medio plazo no parece muy viable que la oposición realmente democrática consiga conservar el poder frente al natural auge que experimentará el islamismo, aunque es evidente que esa sería la única solución deseable.

En cualquier caso, tengamos presente que el riesgo de contagio en toda la zona es muy grande y todo apunta a que a partir de este mes de enero nada será igual en el Magreb y en el conjunto del mundo musulmán. Esperemos que, al menos, la insostenible situación actual no degenere con virulencia.


Libertad Digital - Editorial

Comparación demagógica

Un nuevo pacto de La Moncloa habría exigido una predisposición a la generosidad y a la sinceridad que Zapatero no ha mostrado.

LA convención autonómica socialista llegó ayer a su punto crítico cuando Rodríguez Zapatero decidió arrogarse un papel crucial en la historia de España al anunciar que el acuerdo sobre las pensiones es el más importante desde los Pactos de La Moncloa de 1977. Es comprensible que en un acto de partido cuyo objetivo era cerrar filas y elevar la autoestima de un PSOE en horas bajas se lancen discursos demagógicos y poco realistas, pero de quien ostenta la presidencia del Gobierno se debería esperar más prevención hacia la sobreactuación. El acuerdo sobre las pensiones y la jubilación es relevante por sus consecuencias sobre la economía real de millones de trabajadores a medio y largo plazo. Es evidente que la estructura actual del sistema de pensiones tenía que ser reformada y que había que someter a revisión todos sus parámetros. Aunque la letra pequeña aún no se ha cerrado y será sometida a debate en el Congreso, nadie duda de que había que tomar medidas. Lo paradójico es el nuevo ejercicio de cinismo realizado ayer por el PSOE para justificar la necesidad del «gran pacto social» al invitar al Partido Popular a rubricarlo sin siquiera haber citado a Mariano Rajoy en la Moncloa para discutirlo.

En cualquier caso, el acuerdo no admite comparación con los Pactos de La Moncloa. Zapatero quiere legar al PSOE un discurso épico y patriótico a cuenta de la reforma laboral y las pensiones con el que recuperar imagen ante los electores. Pero un pacto de La Moncloa habría exigido una predisposición a la generosidad y a la sinceridad que Zapatero no ha mostrado hasta que la agonía política y la presión internacional lo han forzado. Durante estas dos legislaturas, la directriz de los pactos ha sido siempre la exclusión del PP y su sustitución por partidos nacionalistas y extremistas en los aspectos fundamentales de la política nacional: desde el terrorismo a las reformas estatutarias, pasando por la economía o la educación. Nunca Zapatero censuró lo que se dio en llamar «cordón sanitario» contra el PP. Y nunca se habría gestado un Pacto de La Moncloa con esta aversión constante de Zapatero a pactar lealmente con el principal partido de la oposición, el único que, junto con el PSOE, está en condiciones de gobernar España y de aplicar lo convenido con los sindicatos y empresarios. La Transición, los Pactos de La Moncloa y el consenso constituyente de 1978 se hicieron con mucha más grandeza política.

ABC - Editorial

domingo, 30 de enero de 2011

Democracia islámica. Por Edurne Uriarte

Lo ocurrido en Túnez y en Egipto demuestra que quizá estemos asistiendo al fin de esa excepción democrática del mundo árabe.

La confusión sobre la compatibilidad entre democracia e Islam es moneda común en los países occidentales, sobre todo por culpa del terrorismo fundamentalista y la consiguiente tendencia a mezclar el islamismo con el Islam. Cuando tal compatibilidad ha sido probada por grandes países como Turquía o Indonesia. Y cuando el problema de la democratización está en el mundo árabe, no en el mundo musulmán, muchísimo más amplio que el espacio árabe. Es ahí donde reside el enorme interés de lo que está sucediendo en los países árabes estos días.

Sobre todo, en Egipto. Como escribiera Fareed Zakaria, si tuviéramos que elegir un país cuyo éxito democrático sería esencial para arrastrar al resto de la región, ese es Egipto, el núcleo intelectual del mundo árabe. Un mundo árabe que, año tras año, no ha dejado de revalidar su título de excepción al proceso de democratización del mundo. Ni un solo país de la Liga Árabe es una democracia, y, en el último informe de la Freedom House (sobre 2010), tan solo Líbano y Marruecos alcanzaron la categoría de parcialmente libres, pero no de libres.


Y, sin embargo, lo ocurrido en Túnez, lo que está ocurriendo en Egipto, demuestran que quizá estemos asistiendo al fin de esa excepción democrática del mundo árabe. Algo, por otra parte, evidente desde hace tiempo en los estudios de opinión pública de esos países. Que mostraban un apoyo mayoritario al sistema democrático, en contra, una vez más, de ciertas simplificaciones occidentales sobre la cuestión.

La última encuesta de la Pew Research Center, publicada el pasado diciembre, es nuevamente reveladora. El apoyo a la democracia es mayoritario en los países musulmanes, aunque en Egipto, un 59 por ciento, sea bastante menor que en Turquía, un 76 por ciento (como referencia, en España es del 79 por ciento). Y tan importante como lo anterior, el apoyo al terrorismo fundamentalista, a Al Qaeda y Bin Laden, ha descendido en los últimos años y es minoritario en la mayoría de países musulmanes, de un 20 por ciento en Egipto. Lo que hace pensar que el temor al auge del fundamentalismo tras las revueltas se haya exagerado más allá de los datos de la realidad.

Incluso el fundado temor israelí a un nuevo poder en Egipto debería ser matizado. La misma encuesta de la Pew revela que la opinión pública de los países árabes está muy dividida sobre Hamás y sobre Hezbolá. En Egipto, con una mitad de la población favorable a Hamás y tan solo un tercio favorable a Hezbolá.

En realidad, el aspecto más negativo de las actitudes en los países árabes, la auténtica excepción árabe y la más contradictoria con la democratización está en la visión sobre la igualdad de hombres y mujeres. Es ahí, en la resistencia a la igualdad de las mujeres, donde aún reside la diferencia, como lo prueban ésta y todas las encuestas. Y, sin embargo, seguramente ni siquiera eso impedirá el imparable avance de la libertad.


ABC - Opinión

Una nueva desamortización. Por Jesús Cacho

Cuentan los viejos del lugar que los pastores de La Vid, Burgos, ribera del Duero camino Soria, solían encender en pleno invierno sus fogatas sirviéndose de las hojas que arrancaban de bellísimos manuscritos sustraídos de la biblioteca del monasterio de Santa María, donde los frailes premostratenses habían guardado durante siglos algunas de los mejores obras de copistas medievales existentes en el país. Del episodio da cuenta Pío Baroja en alguno de sus libros, testigo pasmado del espectáculo de aquellas hogueras cuyo humo enlutaba la bóveda estrellada del claustro, mientras las ovejas se abarloaban en la noche dentro del propio claustro y hasta en la misma Iglesia. Los restos de aquella gran biblioteca esquilmada por la desamortización de Mendizábal en 1835 fueron rescatados por los padres Agustinos que a partir de 1926 recuperaron el monasterio del abandono, y aún hoy muestran con orgullo al visitante algunos incunables de enorme valor –tal que un Corán manuscrito sobre pergamino en el año 528 de la Hégira- salvados de una tragedia, la de Mendizábal, primero, la de Madoz, después, que si no lograron el objetivo propuesto de rescatar de la miseria a la población campesina, sí consiguió en cambio hacer más ricos a quienes ya lo eran, a la incipiente burguesía industrial de la época aliada con la aristocracia terrateniente de siempre.

Ahora se prepara una nueva gran desamortización con cargo al sistema de Cajas de Ahorros que por bemoles se tienen que convertir en bancos, operación que promete hacer realidad una nueva camada de millonarios sobre la piel de toro, ricos a manos llenas en la España de los 5 millones de parados incapaz de pagar sus deudas. En esa España que amenaza pobreza para varias generaciones y obliga a emigrar a sus jóvenes mejor preparados, un ramillete de notables se dispone a forrarse, literalmente, en un par de operaciones a las que habrá que aludir en el futuro.
«En esa España que amenaza pobreza para varias generaciones y obliga a emigrar a sus jóvenes mejor preparados, un ramillete de notables se dispone a forrarse.»
El tsunami de la gran crisis financiera surgida a finales de 2007 llevó a muchas de ellas a estrellarse contra los arrecifes. Con los restos del naufragio el Gobierno ordenó fusiones, facultó SIPs, creó FROBs y todo parecía encaminado a una problemática, por lenta, operación de sutura que, al menos sobre el papel, iba a culminar el 31 de diciembre pasado. Pero, oh sorpresa, apenas 20 días después, en pleno enero, el mismo Gobierno nos sorprende con un nuevo y revolucionario plan de choque destinado a hacer desaparecer las Cajas tal como las hemos conocido hasta ahora, para convertirlas en bancos. La labor de zapa de los grandes banqueros, en particular de Emilio Botín, sobre Rodríguez Zapatero ha rendido sus frutos. Al presidente le cuentan que, aunque está haciendo lo posible con reformas y reformitas para salvar a España de la quiebra y la consiguiente intervención, la tensión en los mercados no afloja por culpa de las Cajas y su negativa a asumir el deterioro de sus balances. Ningún inversor confía en ellas porque, “para empezar, José Luis, los mercados no entienden lo que son las Cajas”, de modo que no van a poder renovar o devolver la financiación mayorista que tienen contraída.

Hay, pues, que acabar con unas Cajas cuya naturaleza jurídica, por cierto, sí parecía ser perfectamente entendida hace apenas un par de años, cuando esos mismos mercados europeos de capital les permitieron endeudarse hasta las cejas para financiar la expansión del crédito hipotecario y las inversiones en suelo e inmuebles, loca estrategia a la que se entregaron sus gestores, con el visto bueno del Banco de España y el entusiasmo de unos prebostes autonómicos –en la debacle de las Cajas hay muchos culpables- ansiosos por convertir las entidades en especie de bancos públicos de la Junta respectiva. Todo se agravó a principios de enero, con motivo de las colocaciones de deuda efectuadas por BBVA y Santander, que resultaron ser un fracaso tal que los bancos colocadores se vieron forzados a quedarse con parte importante de las mismas en las manos y si no perdieron la camisa fue gracias a las suculentas comisiones de aseguramiento que cobraron. Y entonces tanto Francisco González (BBVA) como Botín tocan a rebato y materialmente se echan encima de Zapatero para hacerle ver que los culpables de lo ocurrido son las Cajas, cuya delicada situación está contaminando a los bancos hasta el punto de hacerles muy difícil la salida a los mercados de deuda. “No queremos el negocio de las Cajas, queremos que las Cajas dejen de dañar la línea de flotación de nuestro negocio”.

Los grandes bancos presionan a Zapatero

Hay una reunión secreta entre los banqueros y el presidente que este diario documentó el pasado jueves. Y dicho y hecho: con el flotador de la gran banca anudado al cuello, Zapatero se tira al río y obliga a aparecer en escena a la frágil Elena Salgado y a su segundo, Campa, para que juntos entonen la palinodia mal ensayada que para ellos ha compuesto el FROB y el Banco de España (BdE), dos personas distintas y un solo responsable verdadero: el gobernador Miguel Angel Fernandez Ordóñez, el gran culpable de la situación a que han llegado las Cajas y de su desaparición como modelo, un hombre que no ha cumplido con su deber como regulador y debería responder por ello ante los tribunales si este país fuera algo más que el espejismo en que se ha convertido, y a quien de repente le han entrado todas las prisas del mundo por acabar con las Cajas. Las supuestas discrepancias al respecto entre Fernández Ordóñez y Salgado no han existido nunca, entre otras cosas porque la señora ministra ni está ni se la espera a la hora de discrepar.

El genocidio de las Cajas se completará en Septiembre, momento en el cual todas las entidades que necesiten ayuda del FROB tendrán que haberse convertido en bancos. Y para convencer a los renuentes y animarles a caminar por el “pasillo de la muerte”, el regulador ha dispuesto elevar el capital básico (Core Capital) de las Cajas al 9,5% sobre activos ponderados (“entre un 9% y un 10%” ha dicho la Salgado con la precisión que le caracteriza), un guarismo que apenas un ramillete de entidades podrá alcanzar sin ayudas exógenas. “No salgo de mi asombro; no lo entiendo”, asegura el responsable de un SIP. “Estábamos haciendo el trabajo de reestructuración y saneamiento al que nos habíamos comprometido. El sector había quedado reducido de 45 a 15 entidades; han llegado gestores nuevos, se han cerrado oficinas, estamos saneando los Balances; le he enviado mi plan de negocio y Vd, Banco de España, me ha dado su visto bueno y, de repente, este palo. ¿Adónde quieren ir a parar con un core capital del 10%? ¿Cómo podremos competir así? ¿Es que no vale la eficiencia o la capacidad de generación de recursos? ¿Sólo el core capital? ¿Entonces, qué tendrán que hacer quienes tengan participaciones industriales…?".

Lo que ha hecho La Caixa. Que el regulador se ha puesto por fin serio, a buenas horas mangas verdes, lo están experimentando los cajeros en carne propia. “Los ajustes que está obligando a meter la Inspección al cierre del ejercicio 2010 están siendo terroríficos. Toda la reestructuración hipotecaria que el BdE se zampó estos años sin pestañear, ahora nos obliga a levantarla y ponerla en mora. Un ajuste de caballo de la cartera hipotecaria de esta magnitud se traducirá en que quien tenga un 8% de core capital se va a quedar en el 7%, porque esas dotaciones hay que llevarlas contra capital. En fin, que no hay escapatoria”, afirma el director general de una importante entidad. ¿Cómo conseguir capital? Buscando inversores privados, misión imposible (incluso tratándose de “fondos buitres”) en unas circunstancias en que ni siquiera los bancos cotizados lo consiguen, o haciendo plusvalías, mal momento también para vender, porque “de poco te sirve hacer 50 millones de plusvalías cuando lo que necesitas son mil…”

La delicada situación de Caja Madrid-Bancaja

Sin inversión privada que ayude a alcanzar ese coeficiente del 9,5% y en la obligación de salir a unos mercados mayoristas cerrados a cal y canto para financiarse, la mayor parte de las entidades se verán forzadas de aquí a septiembre a aceptar la inyección de fondos del FROB. El sector público entrará en el capital y con sus inspectores sentados en los Consejos controlará la gestión. Al cabo de cinco años las sacará a subasta. Será llegado el momento de los cazadores de gangas, los cuatro millonarios de rigor dispuestos a pescar en río revuelto. La nueva desamortización. Todo podía haberse abordado de manera más racional, incluso más democrática, utilizando un FROB que, con su capacidad de endeudamiento de hasta 90.000 millones, se creó para eso: para haber acometido el salvamento de casos extremos como los de CajaMadrid –¡en la villa y corte se corta el silencio, expectación, en espera del genio de Don Rodrigo saliendo del socavón!-, CatalunyaCaixa, NovaCaicaGalicia y Unnim (antiguas Terrassa, Sabadell y Manlleu), por este orden. Saneadas de verdad las dos vascas (BBK y Kutxa), la andaluza Unicaja y la aragonesa Ibercaja. ¿Cuál es el premio de haber gestionado bien y no haber hecho locuras?, se pregunta el responsable de una de ellas. “Pues ser arrastrado por la ola e ir a parar al sumidero colectivo al que nos conduce este Gobierno”.

Para huir del dogal del 9,5% La Caixa, con su proverbial habilidad para la puesta en escena, ha lanzado esta semana su CaixaBank. Simplemente la entidad que preside Isidro Fainé no podía aspirar, ni con desinversiones, a llegar a ese guarismo. ¿Qué hacer entonces? Traspasar el negocio financiero a Criteria, que ya está en Bolsa y que no tiene necesidad de alcanzar ese core capital, porque con el 8% que exigirá el Gobierno (que no Basilea III) a los bancos cotizados ya le vale. Así de simple. De paso, me sacudo de forma definitiva la sombra de la Generalitat. Perfecto Gatopardo. Y por el camino verde que va a la ermita va a desfilar la mayor parte del sector. Es el exterminio total del 51% del sector financiero español, error descomunal que lamentarán futuras generaciones. “El mayor desmán financiero de nuestra historia”, en palabras del catedrático Antón Costas Comesaña en El País, y ello con el beneplácito del 98% de los medios de comunicación, que consideran la desaparición del modelo de Cajas algo muy “moderno”. Dice la Historia que las desamortizaciones del XIX propiciaron un nuevo impulso a la deforestación de grandes zonas de España. El español, acérrimo enemigo del árbol, también lo es de la competencia y, en último extremo, de la libertad. ¿Será cuestión de genes?


El Confidencial - Opinión

Crisis. Davos, pim, pam, pum. Por José T. Raga

Miren ustedes, a título de ejemplo, el espectáculo de las pensiones. ¿Creen ustedes que España merece todo ese festival tragicómico? Presidente cautivo, sindicatos amenazantes, patronal que no se sabe si va o viene.

Glorioso comienzo de la reunión del Foro Económico de Davos; oprobio del Gobierno español y vergüenza y humillación de todos los españoles. Es verdad que apenas había por allí algún español, entre ellos algún digno representante de significativas entidades privadas, y con no tanta dignidad y escasa o ninguna autoestima, alguna autoridad pública, llamada a hacer el ridículo y a servir de blanco al que dirigir los más crueles improperios –no por ello menos merecidos– que había que encajar como el mejor de los sparring.

No estaba el señor presidente, que sólo acude a aquellos lugares en que, como invitado, cuenta con la cortesía del anfitrión, tanto en frases de complacencia y alabanza, por falsas que estas sean, como con fotos con manos estrechadas y sonrisas hasta los lóbulos auditivos; la más reciente, si mal no recuerdo, la que aparece con el presidente Sarkozy en el mismísimo Elíseo.

Todo el mundo entiende que eso no es más que un escenario para, precisamente, dar a entender que es cierto lo que no ocurre en la realidad. Bueno, digo todos, cuando lo que quiero decir es: todos menos el presidente Zapatero. Él parece que se lo cree, que con ello gana peso y que se ufana situándose en un pontificado del que nunca estuvo más lejos.


Yo, lo que quisiera saber es de qué sonríen, tanto el presidente como su vicepresidenta económica, señora Salgado. Objetivamente, encuentro menos motivo para estas sonrisas que las que puedan fundamentar las de la hiena. Por dondequiera que se mueven, sólo recogen advertencias, en ocasiones son objeto de mofa, y siempre ejemplo a ridiculizar por los desatinos y por las idas y venidas de una ausencia de política que ha sumido a España en un caos de improvisación.

Lo de Davos de anteayer ha excedido con mucho el nivel de humillación al que nos tienen acostumbrados en pasadas ocasiones. Bien es verdad que no ha sido el juicio o la palabra de un político el que se ha fijado en nuestra noble tierra –entre ellos juega la vieja regla de hoy por ti y mañana por mí–, sino que la cosa ha corrido a cargo de un profesor de la Universidad de Nueva York, el señor Roubini, que, para desgracia nuestra, cuenta en este momento con un gran predicamento entre los que dedican su tiempo y su saber a analizar la marcha de la economía global y, en ella, la de países significativos, para bien o para mal.

Ya pueden ustedes imaginar que esta barroca referencia, lo ha sido para que, con la máxima dulzura, vayan ustedes haciéndose el ánimo de que la mención a nuestro país, lo fue para la segunda de las alternativas, es decir, para mal. Con una dureza inusitada, muy propia del mundo académico, que no hace concesiones a la galería, pero nada común en los parlamentos o declaraciones de los políticos, ha sacudido la credibilidad de España sin parpadear un instante.

El bueno de Nouriel Roubini se ha permitido juzgar a España en términos que a ningún español le hubiera gustado escuchar. España es, para el profesor neoyorkino, el mayor problema que tiene la Unión Europea, incluso llegó a ir más lejos afirmando que está entre los mayores riesgos para la recuperación de la economía mundial. Escuchar semejante opinión en una reunión de ese calibre estremece cualquier conciencia con un mínimo de responsabilidad.

Es verdad que el optimismo ancestral del presidente ZP, le puede llevar a la conclusión de lo importantes que somos, pues los desmanes de su Gobierno han configurado una España capaz de ser un problema para el mundo. El verdadero problema es que lo dicho en Davos, además de coincidir con la realidad –aunque la izquierda ciega española no quiera reconocerlo–, es una opinión muy cualificada para los agentes económicos y para quitarle el sueño al presidente y a sus amigos los sindicatos.

Ha venido a confirmar lo que ya sabíamos, y que tantas veces ha manifestado el Gobierno, aunque en sentido contrario: que España no es Grecia ni Irlanda ni Portugal. En efecto, España es, pese a todo, España; es decir, algo mucho más grave de lo que son los tres países mencionados considerados conjuntamente. También por el presidente del Foro se ha hablado de la elevadísima tasa de paro en España, más del doble de la media de la Unión Europea, alarmando más todavía, si es posible, la tasa de paro juvenil y de titulados superiores que lastran las posibilidades económicas de la Nación, y causan desánimo y fraude a los jóvenes respecto a la utilidad de su proceso educativo y de formación.

De todos modos, por encontrar algún punto de alivio en el marasmo zapateril, sólo me consuela que la reunión haya sido en Davos y no en Bruselas. Estoy convencido de que en la Unión ya no saben por dónde vamos. El Gobierno ha conseguido marearles tanto con medidas que no se implantan, que se reforman, que se vuelven a reformar, que dicen y se desdicen con tal profusión que, francamente, no hay quien sepa en estos momentos, dónde estamos y hacia dónde vamos. Eso, suponiendo que vayamos hacia algún destino.

Miren ustedes, a título de ejemplo, el espectáculo de las pensiones. ¿Creen ustedes que España merece todo ese festival tragicómico? Presidente cautivo, sindicatos amenazantes, patronal que no se sabe si va o viene. Se ha dicho siempre que la ropa sucia hay que lavarla en casa, pero estos que nos gobiernan no tienen pudor alguno en airearla para general conocimiento. ¡Qué le vamos a hacer! Seguro que algo tenemos que purgar.


Libertad Digital - Opinión

La grandeza del desahuciado. Por M. Martín Ferrand

El cúmulo de alabanzas sin sustancia que ayer le prodigaron los suyos a Zapatero no es señal de buena salud política.

«PALOCORTAO», un amigo gaditano que hace honor, en elegancia, y sutileza, al vino de Jerez del que toma su nombre de guerra, dice que lo mejor de Manuel Chaves, el vicepresidente que no se sabe para qué sirve, es el peinado. Pudiera ser porque sus ideas se corresponden con las de los mosquitos, duelen, vuelan y molestan por su inoportunidad. En Zaragoza, donde el PSOE trata este fin de semana de recordarse a sí mismo que es un partido político y no una casa de asilo para líderes desamparados, Chaves, en su condición de presidente de la formación socialista, ha elogiado a José Luis Rodríguez Zapatero por «la grandeza de su liderazgo». Como nos enseñaron Epi y Blas en Barrio Sésamo, se es grande en relación con lo pequeño; pero si la grandeza del todavía presidente del Gobierno reside en su capacidad de liderazgo, ¿cuáles son su miseria y pequeñez?

También en Zaragoza, donde hoy se les aparecerá a los barones y dirigentes socialistas lo que queda de Zapatero —poca cosa—, ha dicho José Blanco que se siente orgulloso del presidente: «No conocí un socialista mejor nunca». Blanco, contra lo que cree la mayoría, es mucho más astuto que Alfredo Pérez Rubalcaba, el presunto sucesor, y no se equivoca al colocar al de León en lo más alto del mérito socialista. Es un ejercicio de humildad personal y militante, de disciplinado acatamiento al jefe y adaptación a las circunstancias; pero escalofría pensar, si Zapatero es el mejor, cómo serán los peores.


En España, dado el carácter de los españoles, el cúmulo de alabanzas sin sustancia que ayer le prodigaron los suyos a Zapatero no es señal de buena salud política. Antes bien, parece el inicio de una salmodia responsorial que irán continuando quienes son y quieren seguir siendo para hacer ver su mucho amor al presidente que, con imperceptibles excepciones, todos tratan de levantar de la silla, sacar de La Moncloa y evitar su estorbo electoral. Aquí, más solos que los muertos se quedan los perdedores y no existe la posibilidad, ni remota, de que en su tránsito acompañen al todavía líder socialista las viudas y deudos dispuestos a inmolarse en su propia pira. En el socialismo español ya solo interesa quién resultará ser el sucesor de Zapatero —no necesariamente su heredero— y, salvo en caso de enajenación mental colectiva, ese nombre no saldrá de su actual y próxima compañía. Los cambios tienen que parecerlo para merecer el respeto de quienes, como espectadores, están hartos del espectáculo y, como votantes, del fruto de sus votos. Zapatero es grande en Zaragoza y lo es para Chaves, su peluquero y Blanco. ¿Para muchos más?

ABC - Opinión

PSOE. Buenos días, pobreza. Por Emilio J. González

El Estado no tiene ni un euro y están dejando de pagar a las empresas, todo lo cual significa más paro, menos cotizaciones a la Seguridad Social y más problemas con el sistema de pensiones.

4,7 millones de personas sin trabajo; 1,33 millones de hogares con todos sus miembros en paro; 2 millones de desempleados que llevan más de un año en esa situación y la edad de jubilación que se incrementa hasta los 67 años. Este es el desastroso balance de la política económica y social de Zapatero en estos momentos. Los datos no podían ser ni más dramáticos, ni peores. Sin embargo, todo ello se podría haber evitado simplemente con que, desde que llegó al poder, ZP se hubiera dedicado a hacer lo que, obligado por la UE y los mercados, empieza a hacer ahora, porque poco o nada de lo que está ocurriendo en este país tiene que ver con la crisis internacional.

El ejemplo más clamoroso es el de las nuevas exigencias de capital a los bancos y cajas de ahorros. Mucho antes de que estallara la crisis, la mayoría de las entidades crediticias españolas, en especial las cajas de ahorros, ya no cumplían ni de lejos con los requisitos de solvencia propios de una buena gestión. Los créditos hipotecarios y los préstamos al sector inmobiliario superaban con creces en el balance de los bancos los límites que la prudencia aconsejaba no sobrepasar. Sin embargo, tentados por la abundancia de dinero barato en la Unión Europea, los bancos y cajas siguieron endeudándose allí a tipos de interés bajos para conceder más y más créditos hipotecarios y más y más créditos al sector inmobiliario, alimentando con ello la burbuja mientras su posición de solvencia se deterioraba a pasos agigantados. Consciente de la situación, el Banco de España, con Jaime Caruana de gobernador, empezó a exigir a las entidades crediticias más provisiones relacionadas con aquellos créditos, con el fin tanto de poner sus balances en orden como de llevar a la burbuja inmobiliaria a un aterrizaje suave. Pero fue llegar Zapatero al poder, colocar a Mafo al frente del instituto emisor y acabarse de un plumazo esta política de prudencia porque ZP no quería que el motor de la construcción, que estaba deparando cifras de ensueño de crecimiento económico y de empleo, perdiera revoluciones, con lo cual el problema del sector financiero fue a más hasta que estalló la burbuja inmobiliaria, provocando la crisis de los sectores crediticio e inmobiliario, la de la economía, la de las finanzas públicas y la del empleo. Todo esto se hubiera evitado sólo con que Zapatero hubiera hecho desde que llegó al poder lo que está haciendo ahora a regañadientes, por ejemplo, los requisitos de solvencia a las entidades crediticias o la supresión de la desgravación por adquisición en vivienda que acaba de entrar en vigor.


Con el problema de las pensiones sucede tres cuartos de lo mismo. La crisis del sistema estaba cantada porque un modelo de reparto –aquel en que las cotizaciones de hoy a la Seguridad Social financian las pensiones actuales– está condenado a la quiebra si, como consecuencia de la caída de la natalidad, hay cada vez menos trabajadores por cada jubilado. Sin embargo, gracias al saneamiento económico que llevó a cabo el PP para que España pudiera entrar en el euro, la fecha de entrada en déficit de las cuentas de la Seguridad Social se atrasó de 2014 a alrededor de 2030, con lo que había tiempo de sobra para que el Fondo de Reserva de la Seguridad Social adquiriese un volumen lo suficientemente importante como para disminuir el importante sacrificio que vamos a tener que hacer los españoles para mantener el sistema, ya que los políticos y los sindicatos se negaron en su momento a pasar a un modelo de capitalización –aquel en el que las cotizaciones de hoy pagan las pensiones de mañana– o, al menos, a uno mixto que aliviara la situación. Lo que tendría que haber hecho Zapatero, ya puestos a seguir con el modelo de reparto, es empezar a recortar el gasto público por todas partes, así como a reducir el endeudamiento, para empezar a abrir margen en los presupuestos a que éstos pudieran asumir en el futuro la cobertura del déficit de la Seguridad Social sin tener que incrementar ni las cotizaciones sociales, ni la tributación, ni la edad de jubilación ni el periodo de cálculo de la pensión, que es lo que viene a continuación. ¿Qué ha hecho Zapatero al respecto? Aumentar el gasto del Estado por todas partes y en cosas innecesarias y permitir que las autonomías hagan lo mismo, corregido y aumentado, dándoles dinero a manos llenas, porque su política al respecto se ha articulado en torno a la desvertebración de España y al principio de más Estado y menos mercado.

En la política de Zapatero se encuentran las verdaderas raíces de los graves problemas socioeconómicos que hoy padece nuestro país, que se agravan porque la crisis a la que ha dado lugar, así como la forma de afrontarla, han autoalimentado los problemas. El crecimiento del paro también se explica porque las entidades financieras no tienen capacidad para prestar, en parte por su propia situación maltrecha, en parte porque están financiando el abultado déficit presupuestario al que nos ha llevado la política de ZP, lo que obliga a muchas empresas a cerrar. Las administraciones públicas no tienen un euro y están dejando de pagar a las empresas, lo que también las condena al cierre o a tener que ajustarse drásticamente, todo lo cual significa más paro, menos cotizaciones a la Seguridad Social y más problemas con el sistema de pensiones. Los presupuestos, después de casi siete años de zapaterismo, no pueden ejercer el papel que deberían haber asumido en la financiación del déficit de las pensiones. Y, como somos miembros del euro, no podemos devaluar, con lo que la salida de la crisis pasa necesariamente por la reducción de precios y salarios, lo cual nos empobrece aún más. Este es el balance de la política económica y social de Zapatero.


Libertad Digital - Opinión

Generaciones perdidas. Por Ignacio Camacho

Por arriba y por abajo de la pirámide de población activa, la crisis está creando dos generaciones fracasadas.

UNOS no encuentran trabajo antes de la treintena y otros lo pierden apenas pasados los cincuenta; puede tratarse de padres y de hijos a quienes la crisis está obligando a competir entre sí en un mercado cada vez más estrecho. Los sociólogos han empezado a hablar de la juventud contemporánea como una generación perdida, denominación de raíz literaria que embellece el drama con ecos de las vacías fiestas de Fitzgerald o del decadente y cálido universo de Faulkner, pero se trata de al menos dos: la de los jóvenes condenados a la precariedad bajo un forzoso síndrome de Peter Pan laboral y la de los adultos despojados prematuramente de la dignidad del empleo. Varios millones de españoles de diferente edad unidos por la angustia de un fracaso social capaz de desvertebrar un país.

Casi la mitad de los menores de treinta años está en paro, y uno de cada tres jubilados de 2010 procedía directamente del desempleo. En un millón bien largo de hogares españoles no hay ningún miembro con trabajo: la familia actúa como amortiguador de la quiebra a base de agrupar subsidios en una sola unidad de consumo. Por arriba y por debajo de la pirámide de población activa se están formando dos generaciones arruinadas, intimidadas por la posibilidad seria de expulsión del sistema o del aplazamiento indefinido de su integración. Es el retrato de una catástrofe.

La mayoría de nuestra juventud contempla el debate de la reforma de pensiones con una lejanía indiferente; su prioridad es la inserción en un mercado laboral que los rechaza y la jubilación se les antoja una utopía casi ucrónica. La inquietud de la población adulta consiste en cómo mantener el empleo hasta una jubilación cada vez más distante, que para muchos mayores de 52 supone tan sólo la prolongación del paro. Con las condiciones actuales ya es heroico alcanzar en activo y sin interrupciones graves la edad de retiro; con las nuevas sólo llegarán a ella los funcionarios que hayan empezado a trabajar muy pronto. Para el resto se trata de una carrera de obstáculos en la que siempre se tropieza con alguna valla; una carrera en todo caso cada vez más corta, con un comienzo tardío, un final acaso prematuro y en medio la amenazante traba del despido y de la inestabilidad.

De ese marco estancado de pesimismo social sólo puede salirse mediante una reactivación significativa y constante del empleo de la que no aparecen síntomas ni a medio plazo. Para evitar el colapso se necesitan entre tres y cinco millones más de nuevos cotizantes, pero la economía está en estado de coma y amenaza con un largo estancamiento. Con un horizonte tan lejano, la pregunta que cabe hacerse es si la reforma de la jubilación puede tener sentido en un tejido laboral destrozado o si una medida así, en ausencia de recuperación, sólo sirve para transferir el problema de las pensiones al desempleo.


ABC - Opinión

Egipto, reformas o caos

La revuelta de los egipcios contra el régimen de Mubarak, que desde hace 30 años rige con mano de hierro los destinos del país, tiene en vilo a las potencias occidentales y atemorizado al mundo musulmán. Lo que suceda en este país de 80 millones de habitantes, pieza clave en Oriente Medio, tendrá una influencia decisiva en la cuenca sur del Mediterráneo y en los países islámicos. El incendio provocado por la chispa tunecina se ha propagado a unas sociedades sedientas de libertad y hambrientas de justicia. Con mayor o menor intensidad, a casi todas las naciones árabes están llegando las llamaradas de la ira popular, incluso a la franja de Gaza, que gobierna el grupo terrorista Hamas. Pero es en Egipto donde esta revolución espontánea se juega su éxito o su fracaso como modelo a imitar. No será fácil que el régimen de Mubarak, que hace pocas semanas consumó otra farsa electoral para perpetuarse en el poder, sea barrido con la misma facilidad que lo fue el tunecino de Ben Ali. Los resortes del mandatario egipcio, que controla muy estrechamente al Ejército, y la poderosa amenaza del radicalismo islámico son las dos bazas que habitualmente ha jugado Mubarak para garantizarse el apoyo de Estados Unidos y de Europa. Y las seguirá jugando hasta el último minuto. Eso no quiere decir que el régimen permanezca inmutable. Al contrario, presionado ya abiertamente por Obama, no le queda otra salida que comprometerse con un plan de reformas profundas para garantizar las libertades, de modo que el Parlamento refleje todas las tendencias políticas, combatir la corrupción y realizar una mejor distribución de las rentas. A partir de ahí, es muy probable que el modelo egipcio pueda trasladarse a otros países del entorno con graves déficits democráticos. A diferencia de otros estallidos populares provocados por la carestía de los alimentos básicos, ésta es una revuelta también por los derechos humanos, que en sentido estricto no se inició en Túnez, sino en Teherán hace ya varios meses. Sus protagonistas e inspiradores no son los grupos radicales islámicos ni las masas desarrapadas, sino jóvenes urbanos con cierta formación escolar, y hasta universitaria, que han sembrado su descontento por encima de las fronteras gracias a internet, las redes sociales y los móviles. No en vano, la primera medida represiva que tomaron los ayatolás de Irán y ahora Mubarak fue cortocircuitar internet y los teléfonos. Asistimos, por tanto, a una convulsión por la libertad que difícilmente se podrá encadenar recurriendo a los tanques o manipular mediante las televisiones oficiales que ya nadie ve. Desde Marruecos hasta Siria, pasando por Irán y Arabia Saudí, el mundo islámico se enfrenta a su propio destino de transformar sus dictaduras para que sus habitantes pasen de súbditos a ciudadanos. Ésta será, sin duda, la más importante revolución del siglo que empieza, pero estará sembrada de graves peligros, el primero de los cuales es que el fanatismo islámico la capitalice para imponer su doctrina totalitaria y sembrar el terror, como así sucedió con la revolución de Jomeini. De ahí que en Egipto cobre especial relevancia el papel que puedan jugar los Hermanos Musulmanes, cuya utopía política es imponer la «sharia» o ley islámica.

La Razón - Editorial

Mubarak, ensangrentado

El desenlace de la revuelta popular egipcia depende de la actitud final de los militares.

Hosni Mubarak ha designado un nuevo Gobierno, pero tiene la intención de permanecer en el poder. En un discurso vacío y tardío, el presidente de Egipto ha formulado vagas promesas reformistas, familiares a los egipcios en los últimos años, pero a la vez ha puesto al Ejército en las calles y decretado el toque de queda. Estas medidas no han conseguido por ahora calmar una violencia creciente, como el número de víctimas de la represión: el abultado número de muertos se desconoce y los heridos se cuentan por millares. Los manifestantes que continúan en las calles de las grandes ciudades entienden que el Gobierno no pinta nada en un país sometido desde hace 30 años a la voluntad de Mubarak. Su exigencia es la renuncia del presidente.

En el dilema habitual para los dictadores acorralados entre ceder poder o acentuar la represión, Mubarak parece haber escogido lo segundo. El desarrollo de los acontecimientos en Egipto guarda similitudes con el vecino Túnez. También el ex presidente Ben Ali destituyó a su Gobierno, pero se vió forzado a huir del país al no conseguir el apoyo del Ejército para aplastar la revuelta. Es inevitable suponer que Mubarak (militar, como todos los presidentes egipcios que se han sucedido desde el derrocamiento de la monarquía por un grupo de oficiales, en 1952) se ha asegurado la lealtad de los generales -una casta opaca, espina dorsal del régimen- antes de sacar los tanques. El vicepresidente nombrado ayer, Omar Suleimán, militar, es el jefe de la inteligencia, y el nuevo primer ministro, Ahmed Shafiq, un ex jefe de la fuerza aérea.


La evolución del apoyo castrense a Mubarak va a ser decisiva en el desenlace de la crisis en el más influyente y poblado país árabe, al que su aparente estabilidad parecía colocar al abrigo de convulsiones políticas. Un eventual colapso de Egipto constituiría un auténtico maremoto regional (de distinto signo para sus dirigentes y para sus ciudadanos, como lo muestra el feudal mensaje de apoyo al rais del rey saudí), además de liquidar el agónico proceso de paz en Oriente Próximo y colocar a Israel y a las potencias occidentales en estado de alerta roja.

La dirección que finalmente adopten las fuerzas armadas -potentes, entrenadas y equipadas por EE UU, y relativamente respetadas- será tanto más decisiva por cuanto la volátil revuelta, protagonizada masivamente por jóvenes sin horizonte, carece de liderazgo concreto. Aunque a su rescoldo se postule como alternativa Mohamed El Baradei, muy alejado de su país durante años, o se hagan discretamente visibles los islamistas encuadrados en los Hermanos Musulmanes, la oposición más organizada de Egipto y temor por antonomasia de las potencias occidentales. Cabe recordar cómo la revolución iraní de 1979, iniciada por una heterogénea constelación opositora, fue finalmente secuestrada por el fundamentalismo. Ese rumbo castrense todavía no está claro ni para los propios egipcios, aunque puede resultar un indicio la advertencia solemne, ayer, de que el Ejército actuará sin contemplaciones si persiste el caos.

La gravísima crisis supone un especial revés para Estados Unidos. Barack Obama, que irónicamente eligió El Cairo, en 2009, como altavoz de su discurso amigo hacia el mundo árabe, pretende mantener el equilibrio entre la consideración de Mubarak como aliado clave, al que Washington ha sostenido con miles de millones durante décadas, y los principios democráticos proclamados a los cuatro vientos por la superpotencia. Pero los hechos hacen imposible la equidistancia. La represión a ultranza con Mubarak al timón hundiría definitivamente la escasa reputacion de EE UU en la región. La caída del dictador, si el poder no cae en manos suficientemente amigas, abriría un masivo agujero negro en la zona más conflictiva del planeta y su despensa petrolífera.


El País - Editorial