miércoles, 14 de julio de 2010

Y ni una sola bandera republicana. Por Antonio Burgos

¿Qué ha pasado con esas banderas republicanas que no se os caen de las manos en las manifestaciones, hijos míos?

CUANDO el español se echa a la calle en manifestación, hay dos cosas que me chocan: las horribles enseñas de plástico rojo con las siglas de los sindicatos y las banderas republicanas. No hay manifestación que se precie donde no aparezcan esas sindicales banderas de plástico modelo chuchiperri, que parecen compradas en las tiendas de los chinos, de un tamañito ridículo de chico. Y nada hablo de las banderas republicanas, de las que ya dije que les sacan tan mal el color histórico de la franja morada, tan virado a sudaca, que parecen como de algún país hispanoamericano más que una antigualla anticonstitucional.

¿Que hay una manifestación de los trabajadores de una fábrica que va a cerrar tras el ERE? Allá que está, y no sé por qué, la bandera republicana, que no sé qué tendrá que ver con el cierre de empresas en quiebra.

¿Que los estudiantes se echan a la calle para protestar con ese plan que tiene nombre de mortadela italiana de la buena, Bolonia? Allá que está, y no sé qué tiene que ver con los planes docentes, con las titulaciones y con los contenidos curriculares, la bandera republicana.

¿Que son los artistas del pesebre de las subvenciones los que se manifiestan por algo que beneficia mucho al PSOE y le da una patada en los mismísimos al PP? Allá que está, con los ricos y famosos y con los titirimundis titulares de la tela marinera apalancada al 1 por ciento de impuestos en una Sicav, la bandera republicana, que no sé qué relación tiene con el chapapote, con el 11-M, con la guerra de Irak o con lo que toque contra Rajoy.

¿Que llega el Día del Orgullo, gay por supuesto, y toca carnaval en carroza donde toda provocación tiene su asiento y toda anomia su proclamación de normalidad? Allá que está, junto a un horizonte arco iris, la bandera republicana, que no sé qué tiene que ver con la por otra parte respetabilísima libertad de Piompa y de tortilla española.

Conclusión: de cada diez españoles que se echan a la calle para protestar contra algo o para proclamar algo, tres o cuatro llevan siempre la bandera republicana y ni uno solo la nacional roja y amarilla; gualda, que dicen los cursis.

Excepto cuando se trata de la selección nacional de fútbol, que entonces España se llena de fachas, de rancios, de carcas, de cavernícolas, que sacan con todo orgullo la bandera nacional, cantan con Manolo Escobar el «Viva España» inspirado por cierto en una cancioncilla de los voluntarios fascistas italianos en la guerra de España, y corean, con música rusa de «Kalinka», que tiene más mérito, lo de «español, español, soy español». ¿Qué ha pasado con esas banderas republicanas que no se os caen de las manos en las manifestaciones, hijos míos de mi alma? Que España haya ganado el Mundial no tiene mérito. Lo que tiene mérito de verdad es que la selección nacional ha conseguido que haya millones y millones de españoles echados a la calle y ni una sola bandera republicana. Ha quedado claro que la bandera tricolor no representa para nada a esta España del 2010 que durante dos días y en todo el territorio, Cataluña y Vascongadas incluidas, ha vibrado con la enseña de la Patria y protagonizado colectivamente el más multitudinario acto de afirmación nacional que vieron los siglos. Ha quedado demostrado que la bandera republicana no es de esta España nuestra.


ABC - Opinión

Montilla. El papelón del Kerensky cordobés. Por Pablo Molina

Triste destino el del cordobés, que reniega de sus orígenes para buscarse un hueco en la política catalana, y después de sus esfuerzos y traiciones sigue siendo considerado un simple bedel a las órdenes de los que realmente dirigen el cotarro.

La mesa del parlamento de Cataluña ha decidido rechazar la iniciativa popular para la celebración de un referéndum sobre la independencia de aquella comunidad autónoma. Mala notica, malísima, para millones de españoles que veíamos cada vez más cerca la posibilidad de deshacer la relación de vasallaje a que nos condena el nuevo estatuto catalán.

El motivo aducido para que los partidos representados en ese órgano parlamentario rechacen una propuesta aceptada el pasado mes de junio, es que la celebración de ese referéndum no cabe en la Constitución, lo que resulta una falta muy leve, pero tampoco en el nuevo estatuto, terrible olvido de los muñidores del texto, que no incluyeron un artículo específico regulando esta materia.

Esa es la razón, digamos, oficial, para que Convergencia y Unión y los eco-comunistas del tripartito den marcha atrás de manera tan vergonzosa. Los verdaderos motivos para este recule ignominioso son otros sobradamente conocidos. En primer lugar, es dudoso que esa consulta popular avalara la tesis independentista, según la cual, en Cataluña existe un clamor popular irrefrenable para separarse de España. La repercusión de la victoria de España en las calles de Cataluña es un síntoma de que incluso los votantes cautivos del PSC están bastante cómodos en la situación actual sin necesidad de aventuras institucionales de futuro más que incierto.

En segundo lugar es evidente que tampoco la clase política nacionalista, más allá de algún grupúsculo cada vez más marginal cuyos miembros tienen poco que perder pase lo que pase, tiene el menor interés en acabar con un sistema que beneficia económicamente a sus votantes y permite a sus dirigentes seguir ganando elecciones.

El Kerensky de Iznájar es el encargado de cumplir esa penosa función de administrar el discurso soberanista de sus socios con los intereses políticos y económicos de quienes prefieren seguir depredando del bolsillo común, que es lo que consagra el nuevo estatuto de Cataluña siempre que no se rompan definitivamente los lazos que permiten ese trasvase inagotable de fondos.

En la manifestación del sábado pasado, los honrados independentistas, los únicos que acudieron a esa manifestación creyendo en la sinceridad de las consignas oficiales, le dijeron a Josep Kerensky lo que opinaban de él. Triste destino el del cordobés, que reniega de sus orígenes para buscarse un hueco en la política catalana, y después de sus esfuerzos y traiciones sigue siendo considerado un simple bedel a las órdenes de los que realmente dirigen el cotarro.

Es tan inútil este Montilla que al final el referéndum para la independencia de Cataluña lo tendremos que convocar el resto de españoles. ¿Apuestan algo a que lo ganamos?


Libertad Digital - Opinión

Estado de desapego. Por Ignacio Camacho

Mientras el pueblo se agarra a los lazos emotivos de integración, la política acentúa el divisionismo.

EL fútbol proporciona alegrías pero no soluciona problemas. Toda la balsámica catarsis del Mundial, que ha supuesto para los españoles una satisfacción paliativa de un mal momento anímico, no puede arreglar por sí sola la dañada estructura económica e institucional del país, que sigue sometida a la presión de varias crisis superpuestas de las que la más grave no es la social sino la política, porque es la que bloquea las posibles salidas y corroe los cimientos de la vida pública. La Copa del Mundo ha inyectado autoestima en el cuerpo ciudadano y ha sacudido el derrotismo de una nación resignada al sufrimiento histórico, pero también ha manifestado la falta de sintonía entre las aspiraciones de la gente y las de su dirigencia. Mientras el pueblo se ha agarrado con fuerza a los lazos de solidaridad emotiva e integración nacional que ha propiciado la épica gesta futbolera, la clase política se empeña en acentuar el divisionismo y la fragmentación a contracorriente de la opinión colectiva.

El debate del Estado de la Nación puede ofrecer hoy un retrato significativo de esa crisis de sistema. La agenda política está dominada por dos cuestiones artificiales que ahondan la sensación de un desapego autista: el Estatuto catalán y el desencuentro de los dos grandes partidos en torno a la recesión social y financiera. El primer asunto no prevalece en absoluto entre las prioridades ciudadanas y el segundo constituye un creciente motivo de alarma. El liderazgo (?) de Zapatero ha naufragado en contradicciones oceánicas que han triturado su credibilidad, y aunque la alternativa del PP permanece en una indefinición que no alcanza a cuajar en un impulso de regeneración de energía, el problema esencial continúa consistiendo en la escalofriante irresponsabilidad de un gobernante entregado al aventurerismo experimental y a la improvisación de modelos fallidos que sólo sirven para retroalimentar el caos.

Como en esta clase de sesiones no se decide nada sustantivo el presidente va a recibir con toda seguridad una tunda generalizada, pero la situación de fondo no cambiará porque los nacionalismos desean prolongar en su beneficio la debilidad de un Gobierno exánime y desmayado, proclive a entregar, a falta de dinero, nuevas concesiones políticas derivadas de su concepto relativista del hecho nacional. Por evidentes que sean las señales de una demanda popular de liderazgos integradores y mensajes unitarios, el fondo del debate oficial sigue girando sobre los impulsos fragmentarios de un modelo al que la nación es ajena. La verdadera crisis es la de esta política colapsada por su incapacidad para reformularse, hermética a cualquier autocrítica, enclaustrada en un bucle de sucesivos fracasos. Alguien tiene que romper ese circuito viciado. El país que acaba de mostrarse orgulloso de sus valores merece la oportunidad de una esperanza.


ABC - Opinión

Cataluña. Más multas contra el español. Por José García Domínguez

"Lo del catalán", aclaro, es el millón de euros de multa con que José Montilla garantiza el inalienable derecho de los nacionalistas a no ser atendidos jamás en español.

Allá por el siglo XVI, y tratando de ingeniar algún modo de ganarse la vida, al licenciado Poza no se le ocurrió nada mejor que inventar la raza vasca. Surgidos sin mácula de Babel, a decir de aquel pícaro de Orduña, sus paisanos se habrían plantado en España limpios todos de la menor mezcla con las sangres impuras de judíos, mahometanos y demás ralea; una higiene étnica cuyo supremo aval lo constituía el uso del eusquera. Y tan estricta profilaxis, según su descubridor, era acreedora de un premio regio; a saber, la sustitución en los oficios de pluma (notarios, secretarios, administradores...) de los hebreos, legión en tales menesteres, por los más genuinos españoles de pura cepa, esto es, por vizcaínos como el mismo Poza, en realidad un converso. Tal que así, al tiempo que el antisemitismo y la obsesión por la pureza de sangre, iría en aumento la nómina de los vascos empleados en la burocracia imperial. Que de aquellos polvos, estos anasagastis.

Cinco siglos después, en el supermercado de la esquina, inopinada, una novedad me alerta de que el espectro del licenciado no ha de andar muy lejos. Las cajeras, los reponedores, también el encargado, inmigrantes sudamericanos sin excepción, han desaparecido del paisaje al súbito modo. Tan perpleja como yo, una clienta no tarda en revelarme lo sucedido. "Los han echado por lo del catalán", me susurra. "Lo del catalán", aclaro, es el millón de euros de multa con que José Montilla garantiza el inalienable derecho de los nacionalistas a no ser atendidos jamás en español. Una alergia gramática que acaba de ser elevada a rango de ley en el parlamento doméstico

Por lo demás, basta con entender apenas un párrafo de Argumentos para el bilingüismo, lúcido ensayo de Jesús Royo Arpón, para descifrar al punto el enigma lingüístico catalán. En concreto, éste:
El idioma, que estaba en las últimas y a punto de ser abandonado como un trasto inútil, de repente se tornó muy útil: funcionó como marca diferencial entre los nativos y los forasteros. Y eso, evidentemente, tenía consecuencias en cuanto al reparto de los bienes sociales, o sea, del poder (...) Los que tenían el catalán como lengua materna comenzaron avalorarlo como una marca entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Y el inmigrante lo valoraría aún más, como el medio para ascender un peldaño en la escala social.
Así de simple. Así de triste.


Libertad Digital - Opinión

Huelga insolidaria

OTRA vez la huelga de trabajadores del Metro de Madrid supone un grave obstáculo para la vida diaria de millones de personas.

OTRA vez la huelga de trabajadores del Metro de Madrid supone un grave obstáculo para la vida diaria de millones de personas. Crece la indignación lógica de los ciudadanos ante un planteamiento sindical de tono radical y con elementos puramente políticos, porque resulta difícil de creer que sea inaceptable la última propuesta de la empresa: una reducción del salario base del 1.5 por ciento, lo que supone una media de 30 euros al mes. Esta actitud insolidaria se suma a una violencia latente hacia los medios de comunicación que han sido insultados y expulsados de las asambleas en medio de una gran tensión. Por otra parte, aceptar el cumplimiento de los servicios mínimos no es una concesión generosa por parte de los huelguistas, sino el obligado cumplimento de la normativa vigente, empezando por la Constitución, que impide la práctica de una huelga salvaje.

Resulta muy sospechoso que unas organizaciones sindicales que han permanecido pasivas durante mucho tiempo ante la subida imparable del paro a escala nacional se muestren ahora intransigentes cuando se trata de un gobierno autonómico del PP. Los huelguistas han perdido toda su legitimidad ante los ciudadanos, ya que se trata de una reducción muy limitada de sus sueldos, justificada por la situación de crisis, frente a la cual no es lícito invocar el convenio colectivo como si fuera una ley inmutable y perpetua. La gente se indigna y busca soluciones para desplazarse por la capital de España en un ambiente de notorio malestar por una actitud que carece de justificación objetiva. Mientras llega la imprescindible ley orgánica reguladora del derecho de huelga, hay que cumplir las normas básicas del ordenamiento laboral que exigen una negociación leal que tenga en cuenta el interés general.

ABC - Opinión

Papelón cubano

Los primeros siete disidentes cubanos excarcelados por La Habana, que llegaron ayer a Madrid, atribuyeron el mérito del final de su tortura al sacrificio de otros compañeros de lucha por la democracia como el fallecido Orlando Zapata y el periodista en huelga de hambre Guillermo Fariñas, así como al trabajo del exilio cubano. Y tienen razón, aunque sería injusto no valorar también el compromiso humanitario de la Iglesia católica cubana en este proceso.

Estamos, sin duda, ante un episodio del que nos felicitamos. Que un ser humano torturado por defender la libertad la recupere aunque sea lejos de su patria es una buena noticia. Pero interpretar los hechos como un vuelco en el panorama en la isla e incluso como un síntoma de que la dictadura parece dispuesta a caminar hacia un escenario democratizador no responde a la verdad. En Cuba, poco o nada ha cambiado, y afirmar lo contrario es prestar un servicio propagandístico impagable a la tiranía. Los propios presos de conciencia que llegaron ayer a nuestro país recordaron que quedan «45 hermanos de los sucesos de mayo de 2003 y muchos reclusos en las cárceles de Cuba y en los hospitales». Además no hay decisiones de calado que indiquen que los hermanos Castro hayan decidido abandonar la senda que recorren desde hace más de medio siglo. La aparición de Fidel Castro en la TV del régimen ha enviado un mensaje nítido de que no están dispuestos a levantar la bota que ahoga al pueblo.

¿En qué se basan, por tanto, quienes abanderan una suerte de oportunidad en la isla-prisión? El ministro Moratinos debió responder antes de insistir ayer en que se «redefina» la relación de la UE con la isla al calor de las futuras excarcelaciones de todos los presos de conciencia, anunciadas por él mismo. Otra vez el ministro se equivocó en el fondo y en la forma. Estuvo tan ventajista como oportunista y, como es habitual, en sintonía con las posiciones del régimen.

¿Qué avance sustancial supone el que los Castro hayan excarcelado a quienes encerraron injustamente para condenarlos al destierro? ¿Qué garantías tiene el ministro de que Cuba dará pasos firmes hacia la democracia, las elecciones libres o la justicia independiente? ¿Sabe el ministro con certeza que los carceleros cubanos o la Policía secreta ya no torturan ni vejan? ¿Qué progresos verificables en materia de derechos humanos se han producido? Moratinos ha asumido un papel desagradable, ciertamente un papelón que la democracia española no se merece. No le sirvió para recapacitar el rapapolvo europeo contra su insistencia en acabar con la Posición Común durante la Presidencia española.

Y lo peor es que ha trasladado esa diplomacia indolente frente a Cuba a las relaciones con países tan poco recomendables como Irán, y que produce situaciones sonrojantes como que el Gobierno asegurara ayer resultados positivos en el caso de la ciudadana iraní Ashtiani horas antes de que el invitado de Moratinos, el ministro iraní Mottaki, negara la suspensión de la lapidación y defendiera las leyes islámicas. La diplomacia de un país serio no puede estar condicionada por prejuicios o afinidades ideológicas, pero el ministro es incapaz de asumirlo.


La Razón - Editorial

Un camino lleno de obstáculos hacia la privatización

Por muchas que sean las resistencias de los políticos –tanto del PSOE como del PP– frente a la privatización, la alarmante realidad en la que están inmersas estas entidades financieras es la que, más pronto que tarde, va a imponer la catarsis.

Coincidiendo con la publicación en el BOE del decreto de reforma de la actual Ley de Órganos Rectores de Cajas de Ahorros, la ministra Salgado ha anunciado este martes la intención de nuestro Gobierno de solicitar una prórroga en la aplicación de Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), vencido el pasado 30 de junio. No sabemos si la Comisión Europea accederá a la solicitud, pero lo que es seguro es que ninguna prórroga en este sentido va a evitar la necesidad de llevar a acabo un proceso de privatización de la mayoría de nuestras insalvables y politizadas cajas de ahorro.

Precisamente la reforma de la ley que entra hoy en vigor ha sido presentada como una puerta abierta a ese proceso de privatización, no sólo porque permitirá a las cajas poder emitir cuotas participativas, valores similares a las acciones, con derechos políticos hasta un máximo del 50% de su capital, sino también porque, en caso de intervención del Banco de España, la nueva ley establece que las entidades intervenidas traspasarán todo el patrimonio afecto a su actividad financiera a otra entidad de crédito a cambio de acciones de esta última y se transformarán en una "fundación de carácter especial", perdiendo así su condición de entidad de crédito.


Naturalmente esta reforma es una puerta abierta a la privatización que deja también a la vista numerosos obstáculos para la misma: en primer lugar, la limitación máxima del 50% del capital para poder emitir cuotas participativas supone un freno a la hora de atraer capital privado, dado que en ese caso el control seguiría estando en manos de los políticos. Asimismo, aunque las cajas pudan superar ese límite del 50% de participación privada si se convierten en fundaciones, es evidente que éstas seguirán siendo el cortijo de una irresponsable dirección política que continuará llevando a cabo sus tejemanejes con dinero ajeno. Y eso si acceden a dicho cambio de régimen jurídico, ya que debe ser aprobado por, al menos, dos tercios de su consejo de administración.

Con todo, por criticables que sean estos obstáculos hacia la privatización y por muchas que sean las resistencias de los políticos –tanto del PSOE como del PP–, la alarmante realidad en la que están inmersas estas entidades financieras es la que es, y más pronto que tarde, va a imponer la catarsis. Y es que ni la compra pública de acciones y cuotas participativas de supuestas "entidades solventes" ni ninguna prórroga del FROB va a "salvar" a estas entidades mientras sigan en manos de los políticos.


Libertad Digital - Opinión

Lecciones de patriotismo

Sin sesgo ideológico ni partidista, los ciudadanos han dado un paso para que ciertas cosas cambien en el futuro, como empezar a enfocar los problemas con un sentido nacional y solidario.

ES ingenuo pensar que la reacción social por la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica va a tener repercusión inmediata en la situación política del país o que va a provocar cambios en las relaciones entre el Gobierno y la oposición, que hoy se verán de nuevo las caras en el Debate sobre el estado de la Nación. Hay que manejar con realismo estas movilizaciones ciudadanas y admitir que sus componentes coyunturales no van a provocar una súbita reconversión de la clase política hacia actitudes más virtuosas de respeto recíproco y atención al bien común. Sería suficiente con que esa clase política reconociera que España no es exactamente como se ha venido reflejando en su forma de representarla, y menos aún en la forma de gobernarla actualmente. Desde hace unos años, el escenario político está dominado por propuestas de discordia que han enfrentado a unas comunidades con otras, que han irrumpido en la Historia con ánimo de revancha, que han levantado conflictos sobre el agua o las lenguas. El sentido de la Transición y el pacto constituyente han sido abandonados por una acción de gobierno orientada a la división ciudadana y a la segregación del Estado. Esta situación es resultado de decisiones y alianzas políticas muy concretas, cuyo objetivo era, precisamente, el debilitamiento de las estructuras nacionales, tanto políticas como históricas y sociales.

El valor de estos días de júbilo por el éxito mundial de la selección es el de rebatir a quienes han diseñado una España fragmentaria y desvertebrada como la fórmula de convivencia —o de mera coexistencia— para los próximos años. La reinvención de España como el residuo del Estado autonómico —o federal— es un fracaso, pero no como consecuencia de una impugnación política o jurídica, sino por violentar un sentimiento absolutamente mayoritario. La espontaneidad de las manifestaciones de apoyo a la selección y de la exhibición masiva de la bandera nacional debería ser un toque de atención al Gobierno para aprender definitivamente que hay una España dispuesta, como es lógico, a aceptar su diversidad interna, pero deseosa de que se comience a dar protagonismo a lo que la une. Sin sesgo ideológico ni partidista, los ciudadanos han dado un paso para que ciertas cosas cambien en el futuro, como empezar a enfocar los problemas con un sentido nacional y solidario, clausurando esta etapa de discordias territoriales y revisionismos históricos. No conviene exagerar sobre el alcance político de estas jornadas de alegría nacional, pero menos aún ignorar la autenticidad de los sentimientos de patriotismo y orgullo que han hecho vibrar a España.

ABC - Editorial

martes, 13 de julio de 2010

Lanzas y cañas. Por M. Martín Ferrand

El presente es el problema. Empezando por la política y la pirueta catalana, y siguiendo por la economía.

UNO de los patrocinadores de la selección española de fútbol, Cepsa, publicó ayer en buena parte de los periódicos nacionales un anuncio en el que, bajo el título de «El mundo vuelve a ser nuestro», se ofrece una reproducción del cuadro de Las lanzas, la recreación de la rendición de Breda, en la que Justino de Nassau, tal cual le pintó Velázquez, le entrega las llaves de la ciudad holandesa a un «sustituto» de Ambrosio Spínola que ha reemplazado la armadura con filigranas de oro por una camiseta de «la Roja» y que lleva en la mano izquierda, en lugar de un bastón de mando, una vuvuzela. Supongo que, por las trazas, quiere ser Iker Casillas. Tras él, y tras el caballo del marqués genovés que no ha querido abandonar la estampa, abundan los integrantes de la selección que ayer, en Madrid, provocó un justificado delirio de entusiasmo colectivo en una procesión laica que, con escalas en el Palacio Real y La Moncloa para certificar la condición española del heroico grupo juntado por Vicente del Bosque, ha sido capaz de hacer vibrar al unísono a toda una Nación que, en otros aspectos y actividades, tiende a no serlo.

La gesta de la selección a la que llaman «la Roja», pero que ha vestido de azul sus victorias definitivas, es un bálsamo que alivia algunos escozores sociales y que restablece el pulso vital, y el optimismo, en la sociedad española. Es, en términos políticos, un buen epílogo para la manifestación que, el pasado sábado en Barcelona y con notable exageración numérica, quiso trasladar el PSC y a CiU el «mérito» de una iniciativa estatutaria que se debe a José Luis Rodríguez Zapatero, su impulsor, y, a lo que parece, perpetuador por la vía de los atajos y los regateos astutos a la ley y una Constitución que, mientras no tome la iniciativa de reformar, debiera ser el primero en respetar. Es, también, un prólogo adecuado para el Debate que comenzará mañana con más cañas de oportunismo que lanzas de grandeza.

No parece, contra el triunfalismo publicitario, que el mundo vuelva a ser nuestro. Más bien resulta, en función del endeudamiento nacional, público y privado, que nosotros somos del mundo; pero, sea como fuere, no convendría que los dos grandes protagonistas del Debate se pierdan, como acostumbran, en la ensoñación del futuro o en los reproches del pasado. El presente es el problema. Empezando por la política —Rajoy no debiera pasar por alto, en función de la rentabilidad electoral, la responsabilidad de Zapatero en la pirueta catalana— y, siguiendo por la economía, en donde no son suficientes las reformitas que postula el inconsistente equipo gubernamental.


ABC - Opinión

Estatut. Las narices de Montilla. Por Guillermo Dupuy

Lo de las narices de Montilla no debe ser muy normal si siente que se la manosean quienes se limitan a recordar algo que, como la unidad de España, forma parte esencial de la Constitución a la luz de la cual se supone que había que juzgar el Estatut.

Decía Quevedo de Góngora que era "un hombre a una nariz pegado". Pero para narices superlativas o, por lo menos, enormemente sensibles, las de ese otro cordobés de nacimiento y actual presidente de la Generalidad de Cataluña, José Montilla. Juzguen ustedes: a pesar de que el Tribunal Constitucional apenas ha recortado lo que debería haber sido rechazado de plano por ser esencialmente contrario a nuestra Ley de Leyes, Montilla dice que "la sentencia está llena de ofensas gratuitas que no tienen efecto jurídico, pero sí el efecto de tocar las narices". Y pone ejemplo: "¿Tienen [los ponentes] que reiterar tantas veces la indisoluble unidad de España?".

Convendremos todos que lo de la napia de Montilla no debe ser muy normal si siente que se la manosean unos magistrados que se limitan a recordar algo que, como la unidad de España, forma parte esencial de la Constitución a la luz de la cual se supone que había que juzgar la legalidad del Estatut. Una Constitución y un precepto de unidad de España como nación y como estado de derecho que –dicho sea de paso– fue respaldado por un número de catalanes muchísimo mayor que el que respaldó ese engendro soberanista que proclama a Cataluña como nación.


Pero lo de las narices de Montilla, aunque no sea perceptible a la vista, es algo descomunal. Si tendrá narices, que dice que se las toca la unidad de España al mismo tiempo que asegura no ser un independentista; si tendrá narices, que respalda que la lengua materna de más de la mitad de los catalanes –incluido él mismo– siga erradicada como "vehicular" de la enseñanza en Cataluña, al tiempo que evita a sus hijos la coactiva inmersión en catalán en un colegio alemán.

Hace falta también muchas narices para hablar de "ofensas gratuitas" por parte de unos magistrados cuando él ha llegado a la extrema falta de respeto de negar al Tribunal Constitucional su legitimidad para juzgar las leyes. Organiza y preside manifestaciones contra nuestro fragmentado estado de derecho, pero el ofendido es él. Ahora, tras la sentencia que también niega al parlamento autonómico la capacidad para crear "vegueries" si se alteran los límites provinciales, advierte que "las leyes deben aprobarse; puede que con algunas observaciones del Consell de Garanties Estatutàries, pero no a la luz de lo que diga la sentencia". Vamos, que Montilla no oculta que está claramente dispuesto a pasarse la sentencia y la Constitución por esa parte del cuerpo donde no resulta muy estimulante acercar las narices. Con todo, el ofendido ha sido, es y será él. ¿Cuestión de narices? Más bien de caradura.


Libertad Digital - Opinión

Nuestros «Jimmy Jumps». Por Hermann Tertsch

Con presidentes como Laporta se intenta convertir a los hinchas del Barcelona en militantes del secesionismo.

COMO sabrán algunos gracias a su reciente hiperactividad, contamos en el monipodio nacional con un imbécil muy especial que se hace llamar Jimmy Jump. Su profesión podría definirse como gracietas varias. O quizá como payasadas. Con el matiz de que no las hace para que se ría el público, sino para ofender a parte del mismo. En Johannesburgo, antes de la final del Mundial entre España y Holanda, nuestro tonto profesional y vocacional intentó ponerle una barretina al trofeo de la Copa del Mundo que se disputaban España y Holanda. Jimmy Jump es muy, pero muy seguidor del Barsa, ya saben, del Club de Fútbol Barcelona, que es mucho más que un club. En su día formó, con el Athletic de Bilbao y el Real Madrid, la aristocracia del fútbol español.

Recordamos el entusiasmo con el que sus capitanes recibían la Copa del Generalísimo de manos de Franco, tan aplaudido por los culés y La Vanguardia Española, al final de la dictadura, como cuando entró en Barcelona después de la guerra. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Confirmada sin género de duda la muerte de Franco, los dirigentes del Barsa se han destapado como algo que jamás imaginamos.


En maquis blaugranas, aguerridos antifranquistas. Si Franco decía que él era España, ellos dicen ahora que España es Franco. Así, la que siempre fue una máquina de buen fútbol ahora funciona además como un inmenso aparato de propaganda antiespañola y anticonstitucional. Con presidentes como Joan Laporta, otro Jimmy Jump de notoriedad, se intenta convertir a los hinchas del FC Barcelona, millones en toda España, en militantes del secesionismo nacionalista y socialista catalán. Transmutarlos de seguidores del club a segadores de cabezas.

Hay que reconocer que los diversos «Jimmy Jumps» han tenido éxito. Quizá no entre los culés de Villafranca de Barros, pero sí entre los de Cornellá del Llobregat. En esta ciudad barcelonesa vivía en los años ochenta un socialista cordobés tan tímido como ambicioso.. Sin otra cualidad que la buena salud, Montilla emprendió en Cataluña un carrerón político. Como alcalde diecinueve años y secretario de organización, aprendió todo lo que un buen «aparatchik» debe saber. Desde la liquidación política del adversario al cambalache con bancos y Cajas, siendo su preferida la Caixa, que le perdonó al PSC unos 6,3 millones de euros, dice que a cambio de nada. Montilla, este perfecto Jimmy Jump, rizó el rizo el sábado pasado cuando tuvo que huir como un conejo de los suyos, a los que movilizó en contra de las instituciones españolas.

Otro Jimmy Jump es nuestro ministro Moratinos, que ayer batió el record de abrazos con líderes de regímenes criminales en una semana. Primero fue el presidente sirio Assad. Después, Raúl Castro. Y ayer cenó con el ministro iraní de Exteriores. Pocos demócratas en su agenda. Como ven, el imbécil en Sudáfrica es nuestro Jimmy Jump más inofensivo.


ABC - Opinión

Españolismo en vena y chute de autoestima a los ojos del mundo. Por Antonio Casado

El triunfo de España en el Mundial se lleva por delante, o al menos los aparca, los problemas reales o artificiales de la agenda nacional. Nos hacía falta un chute de autoestima y en eso estamos desde el domingo por la noche, gracias a Casillas, Iniesta, Del Bosque, Villa, Xavi, etc. En torno a lo que nos une y que llamamos España. El milagro desencadenado por el triunfo de nuestra selección en Sudáfrica nos lleva, por ejemplo, a mirar con otros ojos los tirones segregacionistas. Los gritos de “¡Yo soy español, español, español…!" neutralizan en una buena parte, la más artificial, la más ficticia, ciertos climas de opinión sobre el retroceso de la idea de nación común.

Los Reyes en el Palacio de Oriente, con especial protagonismo de las infantas Leonor y Sofía, y el presidente del Gobierno en Moncloa, con fiesta reservada a los funcionarios y sus familiares, fueron los teloneros del baño de multitudes televisado para España. Y para el resto del mundo, por cierto, porque nunca fue tan verdadero referirse a Madrid como el centro del universo. Y así fue ayer, con las imágenes del homenaje a veintitrés futbolistas y un entrenador repicadas en las principales cadenas mundiales de televisión.

En la aldea global costará más ver a España como un país primo-hermano de Grecia en la lista negra de los malos alumnos del mercado. Si hemos de asumir la importancia de los componentes intangibles de una crisis económica internacional como la que nos devora, la selección nacional de fútbol ha hecho más por la marca España que el reciente ejercicio de presidencia rotatoria de la UE. Pero también hay quien lo lleva a los ámbitos de la contabilidad. Algunos análisis de amplia circulación endosan al triunfo en el Mundial un incremento de entre cinco y siete décimas de aumento en el PIB.

Trabajar unidos

Nada comparable, de todos modos, al maravilloso espectáculo de ayer en las calles de Madrid. Explosión de españolismo en torno a nuestros jugadores después de escuchar al Rey sin quitarse la camiseta roja. No hubo tiempo para rescatar los trajes de la bodega del avión que les había traído desde Johannesburgo. Ni falta que hacían para tomar nota de lo que les dijo don Juan Carlos.

Precisemos. Aunque don Juan Carlos les habló de la importancia que tiene hacer las cosas en equipo, y de que los españoles pueden conseguir lo que se propongan si trabajan unidos, por razones obvias, el recado no iba a dirigido a ellos, que han hecho los deberes. El emplazamiento ya ha cundido entre los jugadores y entre millones de españoles de a pie. Ahora hace falta que cunda entre la clase política, dividida y enfrentada incluso con las cosas de comer: la crisis económica y los desafíos del nacionalismo periférico.

Hace sesenta años la selección española se clasificó en cuarto lugar en un Mundiales (1950, Rio de Janeiro). Desde entonces nunca habíamos subido tan arriba. Ahora estamos entre los únicos ocho países que han ganado el título. Pero, por suerte, no es fútbol todo lo que reluce. Por mejor decir, lo que reluce es bastante más que fútbol. Si alguien no lo sabía, lo sabe desde ayer.


El Confidencial - Opinión

Estatut. Montilla y los cívicos. Por Cristina Losada

Si tanto molesta a los socialistas la unidad de la Nación, lo tienen fácil: presenten una reforma constitucional para eliminarla. A ver si hay narices.

Del gran acto cívico celebrado en Barcelona, lo único que se sabe con claridad meridiana es que Montilla tuvo que salir por piernas. Tras soportar insultos durante horas, el presidente autonómico tomó las de Villadiego, rodeado de un cinturón de escoltas que a duras penas podía protegerle de la marabunta que le acosaba. En el abecé del agit-prop figura que sólo han de convocarse aquellas manifestaciones que se puedan controlar. Y, desde luego, no sumarse nunca a las que, a buen seguro, serán controladas por otros. O el PSC lleva demasiado tiempo en los despachos o prefiere que Montilla sufra las iras de la plebe antes que disolver su alianza con el secesionismo ultramontano. ¿La solución? Borrar la vergonzante escapada con orwelliana tinta de calamar y de prensa. Todos están muy contentos del civismo demostrado por los energúmenos. A fin de cuentas, no llegaron a pegarle.

La costumbre de los últimos años es que sean los del PP los que acaben recibiendo. Hay que decir que los socialistas hicieron cuanto pudieron para que se repitiera esa rutina. Mira que insistieron en quién tiene la culpa de que los catalanes no disfruten de su Estatuto íntegro. El PSOE concede tanta importancia a la constitucionalidad de las leyes y alberga tal respeto por el Tribunal Constitucional, que entiende que aquel texto sería plenamente constitucional si el PP no hubiera presentado el recurso. Pero la maniobra falló. El socialismo señaló al auténtico enemigo y resultó que para los más entusiastas el verdadero enemigo era Montilla. Previsible. Cría fanáticos, dales alas y luego, echa a correr.

Nada de eso, por supuesto, ha sucedido. Y, como no ha sucedido, Montilla sigue montado en el tigre. Lejos de instruir y de instruirse sobre los fundamentos de la democracia, se ha dedicado a excitar a esos cívicos que tanto le quieren. Ya anuncia que la sentencia del TC le traerá sin cuidado a la hora de aprobar leyes. Y ello por la sencilla razón de que la tal sentencia sólo "toca las narices" con sus reiteradas alusiones a la "indisoluble unidad de España". Qué mal gusto el de los magistrados. En lugar de olvidar ese aspecto esencial de la Constitución, van y lo recuerdan. Aunque si tanto molesta a los socialistas la unidad de la Nación, lo tienen fácil: presenten una reforma constitucional para eliminarla. A ver si hay narices.


Libertad Digital - Opinión

El líder sensato. Por Ignacio Camacho

Del Bosque encarna unos valores arrinconados en la vida española, llena de personajes engreídos.

SENSATEZ es la palabra. La que define el liderazgo prudente, juicioso, discreto y fiable del hombre que ha dirigido la conquista de esa Copa del Mundo capaz de sacudir la médula emotiva de este país atribulado. En un tiempo de entrenadores estridentes, envanecidos por la arrogancia o poseídos por un autocomplaciente narcisismo, Vicente del Bosque se ha convertido en un ejemplo de mesura, delicadeza, sosiego y madurez. Un paradigma de moderación que no sólo representa un modelo distinto en ese fútbol agrandado por su propio poder hipnótico de catalizador de emociones, sino que envía un mensaje de utilidad general a toda nuestra dirigencia pública, caracterizada por su tendencia a crear problemas artificiales, generar discordias y provocar tensiones.

Con ese rostro ceñudo e inmutable que recuerda los de ciertos retratos velazqueños del Prado, Del Bosque encarna hoy la vigencia de unos valores arrinconados en la vida española, cuyo primer plano aparece ocupado por personajes engreídos de una fatuidad altisonante. El valor de las cosas bien hechas, del trabajo escrupuloso, de la modestia silenciosa y fiable del esfuerzo. El valor de la moderación, del respeto, del recato, del comedimiento. Frente a la volubilidad aparatosa y la ligereza campanuda de ciertos liderazgos dentro y fuera del fútbol, obsesionados por la supremacía de la imagen y de las apariencias, el seleccionador ha mostrado el camino recto del verdadero éxito: un objetivo, un plan, una estrategia y un estilo. La cohesión interna y la unión en un mismo empeño. Formas correctas, trato suave, atención a los detalles y una autoridad moral sin alharacas ni estrépitos, la que emana del profesional competente que conoce su oficio y administra el poder con imparcialidad y tacto. Un liderazgo serio, íntegro, ajeno a prioridades superficiales, refractario a la coba, la demagogia y la impostura. Un valor seguro.

Desde un puesto sugestivo para la tentación del ruido y la retórica, Del Bosque ha serenado debates, ha rehuido controversias y se ha aplicado a su misión con determinación, profesionalidad, confianza y tiento. Ha protegido al grupo de interferencias, lo ha aislado del jaleo externo y lo ha dirigido hacia el objetivo final sin apartarse de sus convicciones esenciales. Con coherencia, decisión y aguante. Si hubiese perdido lo habrían hecho trizas en la máquina de picar carne de la opinión pública, pero en la victoria no ha pasado una sola factura y ha entregado el protagonismo a su equipo, a los héroes que la gente aclama en las calles como elegidos para la gloria. En todo el épico alboroto del éxito no se le ha escapado un gesto que altere una elegancia moral mucho más importante que la apostura física.

La suya es una lección para la política, pero este hombre no podría ser político: es demasiado buena persona.


ABC - Opinión

Evasión y Victoria. Por Jesús Cacho

Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”. Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto, elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no planificado. La belleza de lo espontáneo.

Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el sol de julio surgió como un torrente en la noche del domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de soñar despierto.


Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a tener una innegable influencia en el futuro colectivo. El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha asistido a la publicación de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el viernes; a la gran manifestación que en las calles de Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a la victoria futbolística del domingo.

Tres acontecimientos que, en mayor o menor medida, apelan al sentimiento, apuntan directamente a las emociones -a veces las más primarias, las que están más a flor de piel- de las masas. Tres hitos unidos por el hilo invisible de lo emocional, que están llamados, repito, a dejar huella en el futuro común. Para que eso ocurra, para que podamos calibrar la fuerza de ese impacto y su dirección, tendrá que pasar tiempo, tendrá lo ocurrido que reposar en las bodegas del inconsciente colectivo, tendrá que digerirse y destilarse en alguna de esas lecciones capaces de alumbrar caminos de convivencia, de arrojar luz sobre el futuro en común.

Al margen de lo estrictamente deportivo, que no es poco, el triunfo sobre Holanda del domingo se presta a lecturas varias en el terreno de esos valores colectivos que en los últimos tiempos están en el epicentro de la pérdida de protagonismo de España y de lo español en el mundo. Me refiero al valor del esfuerzo continuado, del trabajo duro, de la capacidad de sacrificio, de la voluntad de vencer por encima de las dificultades. Ninguno de los equipos a los que se ha enfrentado nuestra selección en su camino hacia el título se lo ha puesto fácil. Todos han sido, por el contrario, conjuntos aguerridos, duros, bien plantados sobre el campo, que se sabían de carrerilla la medicina -a veces violenta, como demostró el combinado holandés-, a aplicar sobre el césped para contrarrestar la superioridad técnica del once español.

Un mensaje para la clase política

Todos ellos pusieron un alto precio a su derrota, demostrando así que nada se puede conseguir sin ese catálogo de virtudes que resumen el trabajo colectivo bien hecho. El éxito sudafricano es paradigma de esa antigua verdad que sostiene que juntos los españoles somos más y mejores que separados. La selección como ejemplo de la capacidad colectiva de conseguir altas metas desde la diversidad o la pluralidad, como ustedes quieran; un manchego de Fuentealbilla (Iniesta); un vasco de Tolosa (Alonso); un asturiano de Langreo (Villa); un canario de Santa Cruz de Tenerife (Pedro); un catalán de Viella (Pujol); un andaluz de Sevilla (Ramos); un madrileño de Móstoles (Casillas), un navarro de Pamplona (Llorente)… y así sucesivamente.

Viene aquí a cuento un párrafo del discurso pronunciado por Nicolás Sarkozy el 29 de abril de 2007 en Bercy (París): “Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no estamos solos para afrontar un futuro angustioso, en un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, somos más fuertes y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos superar…” Juntos salieron anoche a la calle millones de españoles; muchos más de los que asistieron a la manifestación del sábado lo celebraron en las calles de Barcelona. Por una vez, la buena gente de España decidió festejar algo sin necesidad de recibir consigna alguna de su clase política.

Porque esta es otra de las enseñanzas de lo ocurrido estas últimas semanas en Sudáfrica. Esa lección de unidad en lo fundamental, ese ejercicio de trabajo colectivo, esa demostración de sentido común es lo que hoy cabe pedir a una clase política que a menudo demuestra estar muy por debajo del ciudadano al que dice representar, ocupada la mayor parte de las veces en aventar elementos de fricción en lugar de en resolver problemas, empeñada en generar conflictos en vez de aportar soluciones. Una vez más, la selección y el pueblo español en su conjunto han demostrado estar por encima de su clase política. ¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!

Volvamos al discurso de Sarkozy en Bercy: “La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor”. Esperemos que lo ocurrido contribuya a mover a la reflexión a esa clase que, ayuna de liderazgos, parece empeñada en vivir al margen de los deseos de paz y prosperidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, ocupada en aquello que Hobbes denominó “un perpetuo e insaciable deseo de poder y más poder, que cesa solo con la muerte”.


El Confidencial - Opinión

Four cats. Por Alfonso Ussía

Mi profesor de inglés me asegura que «four cats» se puede traducir sin margen de error al español como «cuatro gatos». El de catalán, que es charnego como Montilla, concretamente de Almuradiel, me apunta que «quatre gats» es lo correcto, pero no termino de fiarme. Mi profesor de catalán sólo estuvo en Cataluña seis años, en tanto que Montilla lleva toda la vida por ahí. Y si Montilla habla un catalán tan pobre, ya me dirán lo que se puede esperar de una inmersión lingüística tan breve como la de mi maestro, que justo es reconocerlo, es mirado y medido en la exigencia de sus honorarios.

Todo esto lleva a la grandiosa y multitudinaria manifestación celebrada en Barcelona el pasado sábado, convocada por el charnego, los nacionalistas, los independentistas y Heribert Barrera, que según Tarradellas, es bastante tonto, aunque no tanto como Prat de la Riva, al que Julio Caro Baroja concedió el título del más tonto de España seguido a muy pocos centímetros por Sabino Arana. Decir que la asistencia superó el millón y medio de catalanes enfadados cuando se ha demostrado técnicamente que sólo asistieron sesenta y cinco mil, es un ejercicio de patriótica necedad. Sesenta y cinco mil personas se reúnen en Madrid, que es ciudad manifestante y manifestada, por cualquier tontería. El Día de la Bicicleta, por poner un ejemplo. Hace años, se convocó en el Parque del Retiro a los madrileños de buena voluntad que aceptaran colaborar en el «Día del Huevo Huérfano». Se trataba de empollar en unas cestitas los huevos hallados en nidos abandonados por aves de escasa tradición familiar. Se presentaron más de cincuenta mil, y ahí no había trasfondos de Estatutos ni melancolías aldeanas. Consistía en ayudar a gorriones y petirrojos. En una gran ciudad, como es Barcelona, sesenta y cinco mil personas se reúnen sin dificultad alguna. El resumen es que la indignación catalana por la sentencia del Tribunal Constitucional no la ha sentido ni el uno por ciento de los catalanes, lo que da a entender el ridículo que han hecho estos señores convocantes tan simpáticos.

Y además, para mayor batacazo, contando con el apoyo incondicional de todos los medios periodísticos, radiofónicos y audiovisuales establecidos en Cataluña, que allí son muy obedientes con el poder político, como bien sabe el excelentísimo señor don Javier de Godó, conde de Godó, Grande de España y colaborador en manifestaciones de Señeras esteladas y consignas separatistas. Todo monísimo y ejemplar.

En estas circunstancias, y ante el pavoroso fracaso de la clase política catalana, resulta evidente que más de uno habría de optar por la digna retirada. No se conoce distancia anímica tan espaciosa entre la ciudadanía y la clase política como la establecida en Cataluña. El «Día del Orgullo Gay», recientemente celebrado en Madrid reunió a más de sesenta y cinco mil homosexuales, y eso que Zerolo está de capa caída. Un chasco de convocatoria. «Creo que hay que tener en cuenta la manifestación», ha dicho Duran Lleida. Le sobra razón al inteligente y moderado dirigente de Unión Democrática de Cataluña. Hay que tener en cuenta la manifestación para que los políticos de aquella autonomía dejen de organizar chorradas y santificar lo accesorio y se dediquen, al fin, a gobernar a su cultu y callada sociedad. Porque sesenta y cinco mil personas en Cataluña son cuatro gatos.


La Razón - Opinión

Joan Rosell. Un señorito antisistema. Por José García Domínguez

Aquí y ahora, si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. Al cabo, lo único que queda por estos lares son algunos medianos fabricantes sin importancia alguna.

Por lo amplio de su muy hidratado perímetro, un rostro destacó el sábado pasado en medio de aquella turba iconoclasta que berreaba improperios contra España y su Constitución. Arremolinada en feliz promiscuidad con quienes prenderían fuego a la bandera nacional para porcino jolgorio de la concurrencia, inconfundible, aquella enorme, inmensa, descomunal cara, tan radiante que brillaba más que el sol, no era otra que la de Joan Rosell, el señorito de Fomento del Trabajo, la patronal catalana.

Y es que al ínclito Rosell, como a sus pares Carod y Montilla, el principio de legalidad le trae sin cuidado. Fiel a la más genuina tradición de la burguesía doméstica, don Joan se conduce por la vida sólo obedeciendo al célebre aforismo del gran Xavier Cugat: "Soy catalán, siempre estoy con los que mandan". A imagen y semejanza, por cierto, de sus venerables ancestros, los patricios que le pagaron la guerra a Franco antes de quedar todos medio tullidos por el insano exceso de genuflexiones durante las audiencias del dictador. Así, Rosell, como ellos, servil hasta la náusea con el poder. Había que ver a tan ilustre socio del Círculo Ecuestre en medio del aquelarre independentista: apenas le faltaba una chupa de cuero repleta de tachuelas, un par de botas paramilitares y unas mallas con tal de pasar por un temible agitador antisistema.

Patéticos, he ahí los últimos restos de una clase que alguna vez se quiso dirigente. Por algo, ese lugar común periodístico, el que apela con reverencial respeto a la figura de "un importante empresario catalán", hace años que dejó de compadecerse con la realidad. Porque ya no existe absolutamente nadie capaz de aunar las tres cualidades en su persona. Aquí y ahora, si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. Al cabo, lo único que queda por estos lares son algunos medianos fabricantes sin importancia alguna, amén de unas docenas de altos ejecutivos ajenos a la propiedad y, por tanto, carentes de todo poder de decisión en las corporaciones que les pagan su soldada. A tan gloriosas cumbres de la nada nos ha llevado un cuarto de siglo de caciquismo intervencionista disfrazado de nacionalismo de pandereta. Pobre Rosell, acabará fatal de la espalda.


Libertad Digital - Opinión

Resaca feliz

Toda España fue una fiesta, con epicentro en la capital, pero con una expresión muy significativa en todas las regiones

LOS campeones del mundo recibieron ayer en Madrid el merecido homenaje de una multitud de personas procedentes de todos los lugares de España. Es un éxito colectivo, producto de la calidad técnica de nuestros jugadores, pero también —muy especialmente— del espíritu solidario y el trabajo en equipo. Ese mismo espíritu se ha transmitido a todos los ciudadanos, dispuestos a disfrutar juntos en un ejercicio de civismo que merece ser destacado. El orgullo legítimo de ser españoles se ha traducido en una explosión de banderas, cánticos y gritos de júbilo, siempre con respeto y sin exclusiones. De hecho, los pocos que han desentonado con declaraciones ridículas no alcanzan ni siquiera la categoría de anécdota.

La hazaña deportiva culminó ayer con una fiesta espectacular a partir de la llegada de los jugadores al aeropuerto de Barajas. Especialmente emotiva fue la recepción en el Palacio de la Zarzuela, puesto que, si bien Su Majestad el Rey no pudo acudir a Sudáfrica, las imágenes de Doña Sofía y los Príncipes junto a la selección forman parte ya del imaginario colectivo. Toda España fue una fiesta, con epicentro en la capital, pero con una expresión muy significativa en todas las regiones, rompiendo en algunos casos falsos tópicos identitarios. España es una gran nación histórica que ha encontrado en el equipo dirigido por Vicente del Bosque el símbolo de los valores compartidos y de las emociones que vertebran una conciencia común. El 11-J forma parte ya de lo mejor de nuestra historia deportiva y es fiel reflejo también de un fenómeno sociocultural que deberá ser analizado en sus múltiples variantes. De momento, vivimos en la feliz resaca de un estado de felicidad colectiva que tanto agradece una sociedad dañada por la crisis económica y el desbarajuste político, que necesita disfrutar con las buenas noticias.


ABC - Editorial

La Roja consigue irritar al nacionalismo radical. Por Federico Quevedo

Hay dos reflexiones que me gustaría hacer después de ver el partido del pasado miércoles contra Alemania. La primera es futbolística, a pesar de que en absoluto soy un entendido en la materia, si alguna vez alguien me preguntara qué es el fútbol, le diría que viera el video de ese partido. Eso es fútbol. Esfuerzo. Precisión. Ambición. Compañerismo. Prudencia. Podríamos seguir y todas esas virtudes las encontramos el otro día en el juego de España bajo la batuta de un seleccionador que se ha consagrado como uno de los mejores del mundo. Es cierto que Aragonés llevó a España a su segunda gran final y la ganó y hoy la selección es campeona de Europa, pero el fútbol tenía una deuda pendiente con España en un Mundial, y esa deuda por fin se ha saldado, independientemente de lo que ocurra el domingo en la final, aunque si España gana entonces ya se habrá logrado la gloria. Pero esa deuda lo es con jugadores como Di Stefano, Butragueño, Parra, Míchel, Guardiola y tantos otros excelentes jugadores que, por mala suerte la mayoría de las veces, se quedaron siempre a las puertas de un Mundial pese a ser jugadores de primer nivel y, muchos de ellos, a la altura de los mejores del mundo. El domingo estaremos todos, pero todos, apoyando a Puyol, Casillas, Villa, Pedro, Iniesta, Ramos –ya nos sabemos la alineación al completo-… y los haremos orgullosos de ser españoles y de que ese variopinto grupo de jugadores nos represente.

¿He dicho todos? Pues no, es verdad. Y esta es la segunda reflexión que quería hacer, de contenido más político si me lo permiten. Estos días, como he dicho antes, la inmensa mayoría de los españoles nos sentimos orgullosos de serlo, y esta es una de esas pocas veces en las que hemos conseguido deshacernos de nuestros complejos y portar con orgullo los emblemas nacionales, sobre todo la bandera. Vayamos por donde vayamos vemos balcones engalanados con la enseña patria, coches cuyas antenas llevan la bandera ondeando al viento, y a todo el mundo le parece bien, nadie señala al que lo hace con el apelativo de facha en la punta de la lengua. Por fin nos hemos dado cuenta de que el himno, el escudo y la bandera nos pertenecen a todos, seamos de izquierdas o de derechas, y eso es un gran paso adelante en la tarea de construcción de un país moderno y democrático. Es más, aunque parezca que no tiene nada que ver, el hecho de que todos juntos sintamos ese orgullo seguro que ha servido para volver a cicatrizar las heridas que estúpidas políticas de recuperación de la Memoria Histórica habían reabierto. Sin embargo, ha quienes ni por esas se dan cuenta de que su cerrilismo, su aldeanismo, tiene más de tiempos en los que hombre vivía en las cavernas y se sienten agredidos por estas muestras de orgullo patrio.
«A los nacionalistas les irrita que los integrantes de su tribu se olviden de que sus señas de identidad son las más importantes del mundo.»
Son los nacionalistas, esos pequeños neandertales con boina anclados en la sociedad tribal. A los nacionalistas les irrita que los integrantes de su tribu, que los miembros de su aldea, arrastrados por el entusiasmo general, se olviden de que sus señas de identidad son las más importantes del mundo y dejen fluir el verdadero sentido patriótico que nace de las emociones que producen las victorias de nuestra selección, y entonces manden a la mierda, con perdón, los símbolos tribales y cuelguen de los balcones banderas de España para que ondeen al viento en todo su esplendor. O sea, que se sientan españoles y no se avergüencen de serlo. Y justo ahora, cuando además el nacionalismo está más exacerbado por culpa de la sentencia del Estatut que al final ha dejado el soberanismo en bragas. No pueden soportar, por ejemplo, que un partido de La Roja triplique, cuadruplique en incluso quintuplique la audiencia de un debate apasionante en la TV3 sobre la sentencia del TC, cuando realmente es eso lo que debería importar a todos los catalanes. Entonces, los nacionalistas más radicales se ponen como locos y animan a Alemania –y el domingo a Holanda-, y aseguran que quieren ver perder a la selección española, y envían sms del tipo de: “España y Alemania van a empatar en la prórroga y en la tanda de penaltis será un jugador catalán el que falle para que pierda España”. Pues os jodéis, fue un jugador catalán el que le dio la victoria a España, y de eso es de lo que más nos alegramos.

Luego están los nacionalistas moderados, que son los que dicen que ellos van con el mejor y que ese es el que debe ganar… ¡Pero no me seas gili, Urkullu! Si en el fondo, aunque no lo dices, estás deseando que gane España y serás el primero que se siente el domingo a ver el partido y gritar cada vez que un jugador español encañone la portería de Holanda… Como si no lo supiéramos. Todo esto es una pose, en parte, porque el problema es que se la acaban creyendo y nos montan líos como el del Estatut, aunque ellos mismos son conscientes de que fuera del regazo de la madre patria no van a ningún lado y estarían más perdidos que el pulpo Paul en un garaje. Lo cierto es que la gran actuación de La Roja está poniendo en evidencia las miserias de estos pobres aldeanos con una visión más corta que la boquilla de un Celtas, y destapa hasta que punto de cretinismo pueden llegar nuestros nacionalistas patrios, a los que no les importa nada cobrar su sueldo de nuestros impuestos y eso no lo consideran mancharse las manos de nacionalismo español, pero sin embargo si se dedican a provocar a sus compatriotas con el desprecio hacia algo de lo que, como digo, hoy nos sentimos orgullosos todos los españoles: nuestra selección. Pues allá ellos, que se muerdan la lengua y se envenenen.


El Confidencial

El fútbol no es política

Prestigio sí, rentabilidad económica y rédito político para Zapatero no. A pesar de la euforia desatada por el triunfo en el Mundial, los españoles son realistas. Eso indica la encuesta que ha realizado NC Report para LA RAZÓN sobre las consecuencias que tendrá la victoria de la selección española en el Mundial. Según un 75,6 por ciento de los encuestados no creen que nuestra condición de Campeón del Mundo de fútbol tenga efectos en la recuperación económica de España. Una abrumadora mayoría, un 90,1 por ciento de los encuestados, sí que está convencida que nuestro prestigio va a aumentar en el extranjero. Sin duda la imagen de esfuerzo, talento y nobleza que han mostrado nuestros jugadores les convierten en nuestros mejores embajadores en el mundo. Sobre la posibilidad de que esta victoria sea un balón de oxígeno para el presidente del Gobierno son más que escépticos. Un 59,7 por ciento desdeña esa posibilidad. El triunfo de la selección no revertirá en la percepción que se tiene de este Ejecutivo.

Es evidente que, aunque la victoria en el Mundial será un recuerdo imperecedero, en los próximos días –coincidiendo con el Debate sobre el Estado de la Nación–la situación política y económica que atraviesa España irá recuperando protagonismo. Así las cosas, este éxito deportivo no se va a convertir en un aliado de Zapatero hasta el punto de reforzar su imagen ante el electorado.

Según la encuesta de NC Report, si se celebraran elecciones generales en estos momentos, el PP lograría el 45,22 por ciento de los votos, 4,84 puntos más que en 2008, y rozaría la mayoría absoluta, al lograr entre 173 y 175 diputados. Por contra, el PSOE retrocedería 8,57 puntos y bajaría al 35,79 por ciento de los votos validos, que se traducirían en entre 137 y 139 diputados.

Es evidente que el electorado castigaría a Zapatero por su gestión de la crisis económica. A pesar de todas las medidas que está tomando, éstas no terminan de convencer a los electores, bien porque consideran que han sido tomadas demasiado tarde, bien porque consideran que están siendo insuficientes. Lo cierto es que el presidente del Gobierno ha perdido numerosas oportunidades para insuflar confianza tanto a los mercados financieros como a los ciudadanos. Las cifras del paro pesan como una losa en el debe de Rodríguez Zapatero. También le ha pasado factura la sensación de que el Gobierno se ha movido a golpes de improvisación sin que tuviese un proyecto sólido y estructurado.

Así, va cobrando fuerza la convicción de que Mariano Rajoy y el Partido Popular son la gran alternativa que este país necesita. Durante estos meses el líder del PP se ha mostrado mucho más convincente que Rodríguez Zapatero. Y hay hechos para constatarlo. En numerosas ocasiones Rajoy le ha recordado al jefe del Ejecutivo que las medidas que ha asumido por recomendación de la Unión Europea y otros organismos internacionales eran las mismas que él le iba proponiendo en los sucesivos debates parlamentarios. Indirectamente, la UE ha avalado las fórmulas para salir de la crisis que Rajoy ha expuesto en la Cámara Baja. Es evidente que los ciudadanos piden otro escenario político y que, hoy por hoy, el PP es el único partido capaz de ofrecérselo.


La Razón - Editorial