martes, 2 de noviembre de 2010

Negociación. ETA y la prospectiva electoral de ZP. Por Guillermo Dupuy

Desde antes incluso del 2004, la apuesta tanto electoral como de gobierno de Zapatero ha sido siempre el Tinell, un gran frente anti-PP, lo que más tarde se calificaría como "cordón sanitario", en el que ETA jugaba y sigue jugando un papel esencial.

Me gustaría pensar que el diario El Mundo, encomiable descubridor del chivatazo policial a ETA, empieza, por fin y coherentemente, a considerar editorialmente que lo que está perpetrando el Gobierno de Zapatero con ETA no es un error, sino una infamia. Lo digo porque uno de sus editoriales de este domingo afirmaba que:
«la única explicación que se nos ocurre para justificar el viraje del Gobierno, que tantas expectativas ha generado en el nacionalismo vasco, es que haya arrojado la toalla en cuanto a la posibilidad de arreglar la economía en lo que queda de legislatura y busque a la desesperada en el fin del terrorismo la baza con la que presentarse a los comicios de 2012. Pero si así fuera, supeditar el fin de ETA a la conveniencia partidista, desencadenar artificialmente ese proceso a riesgo de tener que hacer concesiones en busca de un beneficio político, no sólo sería un error, sería una infamia.»
No voy a reproducir el editorial de Libertad Digital del 28 de noviembre de 2006, que precisamente llevaba por título Los errores pasados y la infamia presente, para analizar las razones de lo que, más que un "viraje", es la reanudación visible de ese infame y "accidentado" proceso de colaboración entre ETA y el PSOE de Zapatero, que hunde sus raíces antes de las elecciones del 2004. No me resisto, sin embargo, a extraer parte de otro editorial de nuestro diario que, meses antes y con ocasión del comunicado de tregua de la primera legislatura de Zapatero, llevaba por título La mentira institucionalizada:
«ETA no engaña en su comunicado como lo hiciera Hitler en Múnich con aquel papel. Tampoco Zapatero es un cándido irresponsable de buenas intenciones como pudiera serlo Neville Chamberlain. Zapatero sabe que está dando a ETA una de esas explosivas esperanzas que estallan si no se sacian; pero no le importa si, mientras ETA la constata, contribuye a generar una falsa ilusión de "paz" entre los ciudadanos que le ayude a ganar las próximas elecciones.»
Las tesis de que Zapatero utilizaba y utiliza la paz con ETA como "gancho electoral" ha tenido un insospechado y silenciado esparaldarazo en julio de este mismo año cuando, coincidiendo con la decisión de la banda de suspender "las acciones armadas ofensivas" (decisión que los encapuchados harían pública pocos meses después), Zapatero consideró en una entrevista en El País que "mi segundo gran acierto, aunque sea arriesgado decirlo, fue el proceso de paz. Tengo la convicción de que ahí se sembró una solución definitiva. Tengo esa confianza". Pues bien, en esa entrevista el periodista de El País, José Luís Barbería, dice algo tan grave de Zapatero como que "José María Fidalgo, entonces secretario general de CCOO, recuerda que en octubre de 2005, 14 meses antes de la bomba en la T-4 de Barajas, el presidente anunció a los representantes de los sindicatos y de la patronal que antes de esas navidades iba a acabar con ETA y que ese triunfo le aseguraría la reelección dos legislaturas más".

Con todo, nos quedaríamos cortos si no vemos que Zapatero y Rubalcaba utilizan la "paz" de ETA no sólo como un gancho sino también como un "anestésico" electoral frente a las alianzas con los separatistas a las que le aboca su deseo de conservar "como sea" el poder. Desde antes incluso del 2004, la apuesta tanto electoral como de gobierno de Zapatero ha sido siempre el Tinell, un gran frente anti-PP, lo que más tarde se calificaría como "cordón sanitario", en el que ETA jugaba y sigue jugando un papel esencial.

Zapatero no se podía arriesgar a ir de la mano con los separatistas mientras ETA proseguía con el tiro en la nuca. Si el nihilista de Zapatero siempre ha estado dispuesto a hacer concesiones a los de Perpiñán y a los de Estella, ¿por qué no iba a aprovechar esos pagos políticos, ya sea a ERC ya sea al PNV, para comprar también a ETA "tiempo de paz" prometiéndole que "todo tendrá cabida, tenga el alcance que tenga"?

Inocultable la crisis económica en esta segunda legislatura, Zapatero sabe que la única posibilidad que tiene de cara a las elecciones de 2012 es reactivar y aprovechar en su favor ese gran frente anti-PP. De hecho, la movilización del electorado radical y nacionalista en su favor ya le evitó perder las elecciones en 2008 ante un PP que obtuvo los segundos mejores resultados electorales de toda su historia. Los resultados de esas elecciones fueron quizá, desde el punto de vista de la sociología electoral, los más interesantes y atípicos que se hayan producido nunca. Y es que, a pesar de que el PP obtuvo 400.000 votos más que en las concurridas elecciones de 2004, fue el monumental trasvase hacia el PSOE de votos procedentes de la izquierda y del nacionalismo el que permitió a Zapatero, con un diferencial a su favor de poco más de 38.000 votos, compensar los más de 700.000 votantes que el PSOE había perdido en favor de UPyD y el PP.

Estos resultados electorales ilustran, no el error, sino el acierto de la infame estrategia del PSOE a la hora de encamarse con ETA y de llevar a cabo junto a los nacionalistas el mayor y más "pacífico" proceso de demolición de las bases nacionales y constitucionales que nuestro país haya sufrido en su reciente historia.

Arriola acertó plenamente en su análisis cuando, por boca de Rajoy, se dio cuenta de que lo que había pasado en 2008 es que el PSOE se había convertido en el "refugio de los recelos que causa el PP" entre el electorado más radical y nacionalista. En lo que yerra es en tratar de evitarlo con una oposición de perfil bajo que, lejos de acentuar, pone sordina a lo que está pasando.

En lugar de ser fiel a sus principios y hacer del PP el refugio de los recelos que causa la deriva nacionalista del PSOE entre el electorado socialista, Rajoy prefiere hacer el avestruz y no alarmar al electorado nacionalista para que no vuelva a salir en auxilio del PSOE. Tal vez la gravedad de la crisis haga pasar por exitosa esta estrategia del PP que renuncia a hacer pedagogía y a dar la batalla de las ideas y de la comunicación. Pero de lo que puede estar seguro Rajoy –y se lo decimos con mucha antelación- es que el tiempo de paz que Zapatero está comprando a ETA no es para que lo disfrute él como nuevo presidente del gobierno.


Libertad Digital - Opinión

La jauría de la secta. Por Hermann Tertsch

Hay que generar miedo para acallar las voces que puedan denunciar su inmundicia moral, su irresponsabilidad.

LA secta que dirige el socialismo español está herida. El sumo sacerdote que la ha dirigido durante toda esta década ya no tiene suerte. Todo le sale ya mal. Donde antes triunfaba la magia ha irrumpido la realidad terca, implacable, cruel. Es una realidad que demuestra lo que muchos temíamos; que este país no es irrompible ni indefinidamente maleable. Todos los materiales han comenzado a mostrar graves síntomas de agotamiento al mismo tiempo. El balance difícilmente podía ser peor. Dentro y fuera de nuestras fronteras, causa asombro, cuando no estupor, el alcance de los daños infligidos a España en tan poco tiempo. Nadie se explica cómo ha podido suceder todo esto en un país que, tras la alternancia natural de socialistas y populares había entrado en una senda de crecimiento, desarrollo y normalización que nos convertía por primera vez en uno más de los países del concierto europeo. Éramos en 2004 aun un país relativamente pobre, pero ya con una cierta autoestima, con considerable pujanza y mucha ilusión ante el hecho de que cada año estábamos un poco más cerca de los países más prósperos, seguros y libres del continente. Lo cierto es que nada, absolutamente nada, indicaba que existiera en nuestro país el mínimo deseo de separarnos de esa senda, razonable, moderada y eficaz para el cumplimiento de los anhelos de bienestar y seguridad de los españoles. Que en un oscuro juego de intereses de grupúsculos en el congreso del partido socialista del año 2.000, surgiera un candidato desconocido y de aparente irrelevancia con un discurso de radicalidad izquierdista y cursi, no cambiaba en absoluto las perspectivas. Porque propios y extraños preveían su derrota y su probable desaparición en la mediocridad espesa del aparato del partido de la que surgía. Así era todo. Hasta que estallaron las bombas.

Lo sucedido después lo saben y sufren todos los españoles. Con la velocidad de un tsunami, una política excéntrica, ineficaz, ruin y sectaria ha dejado España convertida en un paisaje de escombros. Todo lo antes hecho se ha destruido o dañado de forma más o menos irreversible. Instituciones, economía, credibilidad, prestigio exterior, tejido social, convivencia, nada ha escapado al afán adanista destructor de esa secta dirigida por el sumo sacerdote de la secta que se ganó la obediencia perruna de todo el socialismo con su increíble llegada al poder. Casi siete años después, el balance desolador pone en peligro la supremacía de la secta. Ésta carece de recursos para siquiera paliar el desastre. Y no tiene enmienda que no la cuestione y agrave así su debilidad. En su desesperación recurre a todas las armas a su alcance. Desde la búsqueda de aliados con enemigos del estado hasta la intimidación masiva y la amenaza. La mentira, de la que tanto abusó, ha dejado de surtir efecto. De ahí que tenga que recurrir al miedo. El papel fundamental en la gestión del miedo, en su administración desde el aparato del estado, recae sobre el megaministro especialista en guerra sucia. Pero un papel fundamental en la creación del ambiente de intimidación recae en la jauría compuesta por el aparato del partido y sus realas mediáticas. No se trata solo de acallar voces especialmente molestas. Se trata de demostrar a todos que son capaces de destruir a quien quieran. Lo que hayan dicho Sánchez Dragó, Pérez Reverte o un alcalde les importa una higa. Hay que generar miedo para que todos se sepan vulnerables y vigilados. Para acallar las voces que puedan denunciar su inmundicia moral, su irresponsabilidad culpable y su consecuencia, nuestra tragedia común.

ABC - Opinión

Corrección política. Un totalitarismo blando. Por Cristina Losada

Tras el hundimiento de sus referencias ideológicas tradicionales, la izquierda ha refugiado su pretendida superioridad moral en el baluarte de la corrección política.

Quien piense que los límites de la libertad de expresión los marca el Código Penal no vive en nuestro tiempo. Un código no escrito establece hoy tanto lo que debe de decirse, como, de un modo más inflexible aún, lo que no puede decirse. La defensa de la libertad de expresión no significa, desde luego, que haya de defenderse cualquier cosa que se diga. Sin embargo, esas nuevas tablas de la ley que aplican unos jueces ostentosamente indignados, nada tienen que ver con la crítica que ha sustentado siempre el debate en las sociedades plurales. Ya no se exponen argumentos: se promulgan excomuniones.

No sería justo introducir en el mismo saco las declaraciones que, días atrás, causaban escándalo y, menos, a sus autores: el alcalde de Valladolid y los escritores Sánchez Dragó y Pérez Reverte. Sus cuestionadas palabras podían e incluso debían de recibir críticas. Pero la reacción que desataron no fue de esa naturaleza. Se les trató, prácticamente, como si fueran psicópatas criminales que han de ser expulsados de la sociedad, recluidos de por vida en un reformatorio y sometidos allí a alguna terapia dura. Descontada la leña política al uso, ése es el modus operandi del fenómeno conocido como "corrección política".


Nacida en los campus estadounidenses, fruto de la conversión en rígida ortodoxia de las actitudes heterodoxas de los sesenta, esta forma de intolerancia institucionalizada ha sido definida como una suerte de "totalitarismo blando". De hecho, su precedente –de ahí la denominación– se encuentra en la fidelidad a la línea del partido y su propósito es idéntico: suprimir la disidencia. Persigue eliminarla de raíz, en el pensamiento, y se funda en un sistema represivo. Castiga a los que se desvían de las opiniones "correctas" y atemoriza a quienes puedan sentir la tentación de hacerlo. No por azar fue Orwell, pionero en escudriñar los engranajes totalitarios, quien anticipó sus rasgos esenciales. El lenguaje políticamente correcto es un newspeak.

Tras el hundimiento de sus referencias ideológicas tradicionales, la izquierda ha refugiado su pretendida superioridad moral en el baluarte de la corrección política. Desde allí vigila la conformidad a sus cánones y dictamina la muerte civil de los transgresores. Nada se escapa de ese Gran Hermano, ni dentro ni fuera de la política, pues no hace distinción entre lo público y lo privado. Prepárense. Esta nueva tiranía nos ha llegado con retraso, pero está aquí para quedarse.


Libertad Digital - Opinión

Así es el ‘Pravda’ hispano: primero entrevista y luego ataca. Por Federico Quevedo

También podríamos decir que se las ponen en bandeja al portavoz de los Gal. Verán, el domingo el diario Pravda, también conocido como El País, publicaba una extensa entrevista con el líder del PP, Mariano Rajoy. No seré yo, y perdonen el inciso, quien critique a Rajoy por dejarse entrevistar por el órgano oficial del Pensamiento Único, ya que creo que un dirigente político debe saber dirigirse a toda clase de público, incluso al que no le vota, y en ese sentido Rajoy hizo bien dos cosas: primero, aceptar la entrevista y, segundo, no morderse la lengua. Si hay algo que vengo combatiendo desde que Rodríguez instaurara su particular régimen es el acomplejamiento de algunos raros ejemplares de la derecha patria, y en ese sentido Rajoy nos dio el domingo una grata lección. Bien, el caso es que la entrevista era bastante larga, debo reconocer que estaba bien hecha -aunque destilaba una sobredosis de mala leche-, y que ambas cosas nos permitieron saber que Rajoy no se achanta ante sus enemigos y dice lo que piensa y, segundo, que cuando algo no le gusta al diario Pravda al día siguiente entra a matar. Y es evidente que algunas de las respuestas de Rajoy cayeron muy mal en el Templo del Progresismo Patrio, el guardián de La Secta.

Probablemente lo que esperaban encontrar los guías espirituales de la Religión de Estado era a un Rajoy dubitativo, complaciente y, hasta cierto punto, entregado a las tesis del iracundo relativismo con el que estos patriarcas de lo obsceno y la doble moral quieren fabricar la nueva sociedad progresista. Pero lejos de doblegarse a su poder, Rajoy dejó bastante claro que tiene ideas propias y que está dispuesto a llevarlas a cabo, le pese a quien le pese, entre otras cosas porque está convencido de que el modelo político que ha impulsado Rodríguez, lejos de construir una democracia de ciudadanos libres e iguales, ha construido una dedocracia en la que a unos se les señala como merecedores del premio de la bonhomía oficial, y a otros como apestados miembros de la caverna.


¿Y qué es lo que ha dicho Rajoy para que al día siguiente el Pravda convoque al portavoz de los Gal y la troup que le acompaña para responderle? Pues, en primer lugar, que va a seguir el modelo de Cameron en Gran Bretaña; en segundo lugar, que no va a pasar por el aro de la ideología de género como imposición y que una cosa son los derechos civiles -en los que, por cierto, hemos retrocedido como nunca en estos años- y otra muy distinta comulgar con ruedas de molino; en tercer lugar, que por encima de cualquier derecho está el derecho a la vida; y, en cuarto lugar, que aborrece la corrupción pero que no está dispuesto a que su partido sea objeto de una persecución contumaz por parte de los poderes del Estado manejados arbitrariamente por el Gobierno.
«Lo que esperaban encontrar los guías espirituales de la Religión de Estado era a un Rajoy dubitativo, complaciente y, hasta cierto punto, entregado a sus tesis.»
Y esas cuatro cosas, en lenguaje que La Secta ha entendido como una afrenta, significan que mientras Rodríguez ha puesto en práctica una política errónea para salir de la crisis, basada en subir impuestos y disparar el gasto, y no afrontar las reformas necesarias, Rajoy apuesta por un modelo de austeridad en las cuentas públicas acompañado con medidas de fomento de la inversión y el impulso del consumo, como el recorte impositivo, un programa parecido al que ha puesto en práctica Cámeron en Gran Bretaña, donde, con un déficit público muy similar al nuestro, el Gobierno se ha tomado muy en serio lo que tiene que hacer para salir de la crisis y no se dedica a marear la perdiz e intentar engañar a todo el mundo como hace el Ejecutivo de Rodríguez. Significa que, diga lo que diga el Pensamiento Único, el PP está por la labor de defender los derechos de los homosexuales, pero no por la de aceptar lo que no es, es decir, que la unión de dos personas del mismo sexo pueda llamarse matrimonio. Significa que lejos de apostar por la paridad como fin en detrimento de la capacidad profesional, Rajoy no tendría inconveniente alguno en tener una mesa del Consejo de Ministros con mayoría femenina si se trata de mujeres que destacan por su valía y no por su condición de mujer. Significa que donde el Gobierno ha convertido la muerte provocada de seres humanos en el seno materno en un derecho, Rajoy apuesta por la defensa del derecho a la vida y por el sentido común que dice que una menor no debe poder abortar sin el consentimiento paterno. Significa que si toda corrupción es condenable, la corrupción del Estado y de sus instituciones es la peor de todas y la que debería conllevar mayor castigo electoral.

Al progresismo patrio escuchar todo eso le pone los pelos como escarpias, se les nota que enseguida se alteran y entran en una especie como de cataclismo sectario y convocan a sus huestes para acometer el ataque al contrario sin piedad. Rajoy ha provocado la ira del Pravda hispano, que es como provocar la ira de la bestia, y ya puede ir preparandose porque, con la dirección eficaz del portavoz de los Gal, le van a hacer una campaña de Guinnes. Pero Rajoy ha hecho bien en utilizar el órgano oficial del régimen para dar cuenta de lo que tiene pensado hacer, que no es otra cosa que volver a introducir elementos de sentido común y racionalidad en la política nacional, buscar los consensos básicos para hacer las reformas que este país necesita, desterrar todo aquello que durante estos años ha servido para provocar y enfrentar a los españoles, y convocar a la sociedad a un proyecto común de esfuerzo y patriotismo para salir de la crisis. Eso que es incapaz de hacer Rodríguez porque no tiene ni la mitad de las agallas que hacen falta, ni siquiera para hacer el único bien que podría hacerle a este país: irse.


El Confidencial - Opinión

Brasil. Dilma Rousseff. Por José García Domínguez

Matices al margen, Chile y Brasil enarbolan la misma bandera. Por más señas, la de la Razón. Suyo es el estandarte de la sociedad abierta, el respeto a la propiedad, los derechos civiles, la democracia liberal y la apertura al mundo.

A quien se diga liberal deberían sobrarle motivos hoy con tal de festejar la victoria de esa Dilma Rousseff en Brasil. Y no porque haya ganado ella, sino porque ha perdido el populismo, virus crónico que atenaza al continente desde el instante mismo de la independencia. Llámense Chávez, Morales, Humala u Ortega, los populistas, verborreicos charlatanes que predican doctrinas que saben falsas a hombres que saben idiotas, en feliz definición de H. L. Mencken, representan el primer enemigo tanto de la libertad como del desarrollo económico en la América Latina. Y que, a diferencia de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay o Nicaragua, no hayan contagiado su irredentismo milenarista a la mayor nación del hemisferio, ha de ser causa de alegría.

Así, Lula da Silva, como antes Ricardo Lagos en Chile, supo encarnar a la otra izquierda, la que, a pesar de sí misma, anda dispuesta a transigir con la realidad. A esos efectos de coexistencia pacífica con el universo fáctico, el éxito de Brasil debería suponer la mejor barrera de contención para frenar a tantos aprendices de brujo. Y algún indicio en tal dirección comienza a emerger. Sin ir más lejos, al modo canónico de todas las naciones serias, los programas electorales de los grandes partidos no discrepaban en los asuntos fundamentales. Y es que igual de "socialista" habrá de ser la política económica de Rousseff como "liberal" hubiese resultado la de su oponente, José Serra.

Un consenso en torno a la sensatez, ése que une a los brasileños, sin duda, llamado a decepcionar a la progresía europea, siempre deseosa de que lejos, bien lejos, en el Tercer Mundo, otros materialicen sus fantasías revolucionarias de salón. Tan perentoria se antoja, sin embargo, la consolidación de una izquierda racional y racionalista en América, la de Rousseff y Lula, como la de su pareja de baile, esa derecha civil y civilizada que personifica Piñera en Chile. Pues, matices al margen, Chile y Brasil enarbolan la misma bandera. Por más señas, la de la Razón. Suyo es el estandarte de la sociedad abierta, el respeto a la propiedad, los derechos civiles, la democracia liberal y la apertura al mundo. Frente a ellos, la barbarie, dígase caudillismo, indigenismo, chavismo, narcoguerrilla o Fidel y Raúl Castro. Lo dicho: felicitémonos.


Libertad Digital - Opinión

La oficina siniestra. Por M. Martín Ferrand

La realidad circundante, ¿es espontánea? ¿O se corresponde con un guión trazado por los estrategas de Ferraz?

EN el proceloso océano de las intrigas socialistas el rumor, incluso con avales demoscópicos, construye la realidad. No la anticipa o predispone. Los propagandistas del puño y la rosa, grandes maestros del oficio, saben que la opinión pública necesita un mínimo de temperatura, de caldeo, para resultar permeable a nuevas propuestas. En ese sentido llama la atención que, desde la consagración de Alfredo Pérez Rubalcaba como lugarteniente y posible sucesor de José Luis Rodríguez Zapatero, no transcurra un solo día —ni una sola hora— sin que nos lleguen nuevos argumentos sobre la inconveniencia de que el actual presidente del Gobierno repita como candidato en el 2012. Ayer mismo, una encuesta de La Vanguardiaagigantaba el rechazo de los electores a una nueva candidatura de Zapatero (78%) y, alternativamente, manifestaba la generalizada preferencia de que Rubalcaba encabece esa candidatura.

A Rubalcaba le perjudica el casting. En la dictadura de la imagen, a la que nos sometemos de mejor o peor grado, las ideas cuentan poco y la excelencia mucho menos. Según el código de los especialistas en el reparto de los papeles cinematográficos, el hoy todopoderoso vicepresidente tiene el aspecto de un voluntarioso empleado de «La oficina siniestra». ¿Recuerdan La Codorniz? Pablo San José, «Pablo», uno de sus muy brillantes humoristas, acreditó una viñeta, símbolo de aquel tiempo, en la que un grupo de chupatintas y plumíferos alababan sin cesar al jefe de la oficina. Por razones de casting, ya digo, Rubalcaba podría ser uno de ellos; pero, según orientan los prospectores de la opinión, que también pudieran ser sus fabricantes, tenemos que hacernos a la idea de un Rubalcaba que, como Fred Astaire, ascienda la escalera de la gloria sin perder el paso, marcando el ritmo, sugiriendo la cadencia y con Talía, musa de la comedia, colgada de un brazo y Melpómene, la de la tragedia, del otro.

¿Estará todo calculado? La realidad circundante, ¿es espontánea y natural o se corresponde con un guión previamente trazado por los estrategas de Ferraz, producido por la factoría socialista e interpretado por las estrellas del PSOE? Nuestra política, una auténtica oficina siniestra, no es transparente y no lo son tampoco los partidos que la ocupan y animan, la traen y la llevan, la excitan y calman según convenga a los líderes de turno. Esa opacidad es, en buena medida, la fuerza que impulsa a personajes como Rubalcaba al que muchos comparan con Joseph Fouché. El francés empezó de monárquico moderado y terminó votando la ejecución de Luis XVI. Si se apura, es preferible el sesteo del PP.


ABC - Opinión

Cristianos perseguidos

En algunos países profesar la fe cristiana, tanto en el ámbito privado como en el público, es una actividad de alto riesgo, ya que quienes la practican corren el riesgo de ser asesinados impunemente. El pasado domingo, en Bagdad, Al Qaida perpetró un ataque contra la Iglesia Católica Siria que se saldó con el trágico balance de 52 muertos, entre ellos 45 rehenes. No es la primera vez que los cristianos sufren la ira de los islamistas radicales en Irak. Desde que empezó la guerra en ese país más de doscientos cristianos han muerto en episodios violentos en cientos de ataques. La persecución alcanza tal grado de virulencia que el éxodo es continuo. El Papa, como ha hecho en numerosas ocasiones, condenó el ataque con unas palabras que no pueden ser más certeras: «Una absurda violencia que ha acabado con la vida de gente indefensa». Efectivamente, es una absurda violencia que, por desgracia, se está extendiendo por todo el mundo hasta convertirse en un conflicto no declarado y global. En el informe sobre libertad religiosa publicado por la Comisión de Conferencias Episcopales Europeas (COMECE) se denuncia que al menos cien millones de cristianos son perseguidos en el mundo. El pasado mes de marzo, los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos se saldó con una matanza en Nigeria, hecho que anteriormente sucedió en Pakistán y Afganistán. En China los católicos son encarcelados y, en ocasiones, ejecutados, al igual que ocurre en Corea del Norte. También son reprimidos en otros puntos del globo como Arabia Saudí, Sudán y Yemen por citar algunos ejemplos.

Es difícil atajar estas masacres por la complejidad del contexto político, social y religioso en el que suceden. Los asesinatos de cristianos se perpetran en países con un gravísimo déficit de democracia y un desprecio absoluto a los derechos humanos y a la libertad religiosa. Los cristianos también se encuentran desamparados en estados donde una confesión mayoritaria intenta doblegar al resto, como sucede en los países musulmanes, o en países donde el derecho a ser católico está legalmente reconocido pero su ejercicio es obstaculizado por el Estado.

La gravedad de la situación exige por parte de la comunidad internacional un pronunciamiento firme e inequívoco que, hasta el momento, no se ha producido con la excepción del Vaticano. Resulta difícilmente comprensible que la publicación de unas viñetas de Mahoma provoquen encontronazos diplomáticos entre Occidente y los países musulmanes y que la matanza de cristianos sólo sea respondida con un silencio indiferente, como si éstos estuviesen estigmatizados. Cada vez se hace más palpable que vivimos en un mundo donde la intolerancia religiosa está acorralando a los fieles hasta llevarles al ostracismo, algo que afortunadamente no sucede, no por el amparo que puedan obtener de los poderes públicos que deben velar por su seguridad, sino por actitudes individuales de una integridad y coherencia vital y espiritual encomiable. Cabe recordar que la Iglesia propone la verdad de Cristo, no la impone. Sería deseable que ese ejercicio de libertad que propone la Iglesia fuese correspondido por los que ahora intentan cercenarla.


La Razón - Editorial

Crimen y error

El secuestro por Al Qaeda de decenas de fieles cristianos provoca una matanza en Bagdad.

Medio centenar de muertos es el estremecedor balance de la última acción perpetrada por la rama iraquí de Al Qaeda. Tras atacar la sede de la Bolsa en Bagdad, un grupo armado tomó como rehenes a los fieles de la iglesia de Sayida An Nayá que se disponían a asistir a una celebración religiosa. Las víctimas se produjeron durante el tiroteo desencadenado al intervenir el ejército iraquí, apoyado por unidades estadounidenses. Hay víctimas entre los asaltantes, las fuerzas de seguridad y los fieles, algunos de ellos niños de corta edad.

No es la primera vez en que los cristianos de Irak son atacados ni tampoco en que Al Qaeda toma como objetivo la iglesia de Sayida An Nayá. En la alucinada representación de la realidad como una lucha del Islam contra la Cristiandad bajo la que operan los terroristas, los cristianos y sus templos se han convertido en una diana fácil. Al golpearla, creen estar castigando a los países occidentales que su fantasía criminal caracteriza como miembros de una cruzada, de los que esperan una reacción sectaria en nombre de la religión. Pero antes que cristianos, las víctimas de sus acciones son hombres, mujeres y niños a los que inmolan en el delirio con el que pretenden justificar sus crímenes. La repugnancia que provocan nada tiene que ver con la pertenencia a un credo, sino con el rechazo de cualquier programa político que considere legítimo hacer de la vida ajena un instrumento para alcanzar sus fines.


En esta ocasión, Al Qaeda pretendía usar a los rehenes como moneda de cambio para lograr la liberación de algunos de sus presos en Irak y en Egipto. Que los terroristas estén incorporando cada vez más este método execrable a sus formas de actuación significa que la respuesta de la justicia ordinaria está haciendo mella entre sus filas, al menos tanta, si no más, que la estrategia de declararles la guerra, adoptada tras los atentados del 11 de septiembre. Recurrir al secuestro de inocentes no es lo que hace un ejército en combate, sino una banda de asesinos preocupada por su supervivencia, sea cual sea el número de sus miembros y el armamento que maneje.

El giro táctico de Al Qaeda, que deja palmariamente al descubierto su naturaleza terrorista, obliga a quienes la combaten a extremar el acierto en sus respuestas. La que llevó a cabo el ejército iraquí, apoyada por unidades estadounidenses, no puede ser convalidada en nombre del maniqueísmo subyacente a la idea de que contra Al Qaeda todo vale. Un secuestro no puede ser resuelto desentendiéndose de la suerte de los rehenes, salvo que se suscriba el mismo desprecio por la vida del que hacen gala los terroristas. La conjunción del acto criminal de Al Qaeda y del error del ejército iraquí ha dejado medio centenar de muertos, entre ellos un elevado número de rehenes. Un balance que Al Qaeda no ha dejado de celebrar en su siniestro comunicado.


El País - Edtorial

Una infamia cuyo final ya conocemos

Para que todo encaje y ambas partes se beneficien de tan lamentable espectáculo sólo falta ensayar una puesta en escena lo suficientemente creíble. Los actores están ya en su sitio y la farsa puede comenzar.

El segundo acto del diálogo-rendición ante ETA, esa farsa que se representa de nuevo en las altas esferas del Estado, empieza con buen pie. No falta ni el espíritu conciliador de los nacionalistas vascos, siempre dispuestos –con Eguibar a la cabeza– a llegar a un buen acuerdo con la banda, ni los informes que apuntan a que la ETA aprovecha estos momentos de dudas y debilidad en el seno del Gobierno para rearmarse, refortalecer sus estructuras y rediseñar su estrategia.

Huelga decir que ni con la ETA ni con ninguna otra banda terrorista se puede negociar por muy buenas intenciones que se alberguen. Un país democrático no puede arrastrarse por semejante lodazal sin dejarse en ello su dignidad y la de las víctimas del terror. Poco importa que el "proceso de negociación" termine o no con el terrorismo. El precio a pagar sería tan alto que España no puede permitírselo. Con la ETA, además, históricamente el "diálogo" se ha revelado inútil y sólo ha servido para conceder a la banda imperdonables prórrogas que han terminado siempre en nuevos asesinatos; es la impacable lógica de la estrategia terrorista: si aceptas pagar un precio político por los crímenes, los terroristas pujarán al alza con más crímenes.


Sucedió con Felipe González, con Aznar y con Zapatero. Sorprende, por lo tanto, que se persevere en un proyecto que, además de inmoral e ilegal, es impracticable y difícil que culmine tal y como espera Zapatero, con la ETA desarmada y sus miembros arrepentidos y reinsertados en la sociedad. Si el Gobierno se mete de cabeza en un embrollo como este es porque acabar con ETA es la última carta que le queda para recuperar el crédito perdido tras dos años y medio de desatinos. No hay nobles intenciones sino cálculos políticos perfectamente ponderados. A fin de cuentas, la causa última por la que el terrorismo etarra no desaparece hay que buscarla en la propia ETA, cuyos crímenes constituyen su razón de ser y su única baza negociadora.

La ETA, por consiguiente, es la de siempre. Mata cuando puede y cuando no puede, pide cuartel, treguas y mesas de diálogo. Lo que no existe de ninguna manera son dos ETA: una buena, que se aviene a razones y merece entrar en los ayuntamientos; y otra mala e intratable, carne de presidio y de condenas íntegras. Parece que al Gobierno le interesa vender esta idea de que ellos –y sólo ellos– pueden apaciguar a la primera y poner a buen recaudo a la segunda, terminando de este modo con la banda tras cincuenta años de terror.

Como sucedió hace cuatro años, Zapatero hace una apuesta peligrosa de la que, sin embargo, sacaría jugosos réditos políticos si sale bien librado. La ETA, por su parte, gana tiempo, pone de nuevo al Estado de rodillas y consigue su objetivo de renovar concejalías en los ayuntamientos en las elecciones de mayo. Después de eso, harán lo único que saben hacer. Para que todo encaje y ambas partes se beneficien de tan lamentable espectáculo sólo falta ensayar una puesta en escena lo suficientemente creíble. Los actores están ya en su sitio y la farsa puede comenzar. Lo triste en esta ocasión es que todos sabemos ya cómo empieza y, lo que es peor, cómo va a terminar.


Libertad Digital - Editorial

Nada que negociar

Luchar contra el terror tiene unos costes: no ceder a los chantajes y emplazar a las sociedades occidentales a entender determinados sacrificios.

AL Qaida ha agravado su protagonismo terrorista en los últimos días, tras el envío de explosivos por avión a sinagogas de Estados Unidos y la matanza perpetrada el domingo en una iglesia católica de Bagdad, donde fueron asesinadas más de cincuenta personas. Al margen de que estos atentados apuntan a una campaña contra las confesiones judía y católica —como elementos identificadores del Occidente al que quiere combatir Al Qaida—, demuestran que el terrorismo islamista sigue siendo una amenaza global, inmediata y cierta para las democracias occidentales. Por eso es un error creer que determinadas políticas de apaciguamiento confieren algún tipo de inmunidad. Nada menos hostil en Bagdad que un grupo de fieles católicos indefensos que asisten a misa un domingo. A esta amenaza global debe seguirle una respuesta global. Este planteamiento es tópico pero necesario, porque sigue sin cuajar, no solo en cuestiones de carácter militar, como la guerra de Afganistán, sino también en episodios concretos, como los secuestros de occidentales. Y en este terreno el Gobierno español se ha dejado jirones de confianza ante sus aliados. Así lo demuestran los documentos a los que ha tenido acceso ABC, relativos a un encuentro convocado por el Departamento de Estado de EE.UU. a principios de septiembre pasado, que reunió a representantes de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y España para tratar situaciones de crisis con rehenes. Una de las principales conclusiones fue la necesidad de no ceder a los chantajes, porque el éxito del secuestro fortalece a Al Qaida. Fue un aviso al Gobierno español, que días antes había facilitado la liberación de los cooperantes Albert Vilalta y Roque Pascual, a cambio de dinero y la excarcelación por Mauritania del terrorista Omar Saharahui. EE.UU. y Argelia protestaron por la cesión a Al Qaida, interpretada como una quiebra de los compromisos internacionales contra el terrorismo. En julio, Al Qaida asesinó al rehén francés Michael Germaneau, después de una fallida operación de rescate ejecutada por tropas francesas y mauritanas.

Es cierto que otros países han negociado con terroristas, pero la experiencia ha sido nefasta; ha permitido a los secuestradores avanzar en financiación, logística y reclutamiento. La lucha contra el terror tiene unos costes que deben ser asumidos por los gobiernos. Uno, no ceder a los chantajes. Otro, emplazar a las sociedades occidentales a que comprendan determinados sacrificios.


ABC - Opinión

lunes, 1 de noviembre de 2010

De lo público y lo privado. Por Gabriel Albiac

De lo público y lo privado. Todo vale hoy para destruir al adversario. Y todo cuela; eso es lo grave. Todo.

ENTRE las notas póstumas de un Saint-Just que se sabe ya abocado a su final trágico, figura ésta, que da la clave mayor de las tormentas políticas venideras: «La libertad del pueblo está en su vida privada; no la perturbéis». Allá donde el Estado invade el espacio privado, la democracia agoniza. Allá donde lo legisla, nace la dictadura.

La semana pasada quintaesenció esa tentación, que es la «corrección» política de lo privado. Un alcalde grosero y dos buenos escritores han servido de escaparate; también de laboratorio para lo más peligroso: la pretensión gubernamental de dictar cánones éticos y lingüísticos.

El político grosero, en primer lugar. No es demasiado interesante. El alcalde se mostró como un patán. Esto es, como el noventa por cien de los políticos en España. Es normal. Y hasta es lógico. Cada vez más, los políticos de aquí son una casta de gentes sin oficio ni beneficio, de gentes que jamás han tributado a Hacienda por ingresos que no provengan de su cargo público. Su analfabetismo es condición de existencia; sin él, difícilmente pasarían por las servidumbres que sus jefes les imponen. Olvidemos, pues, al alcalde —ni más ni menos vulgar e ininteresante que sus iguales— y hablemos de cosas serias.


Cosas serias. Arturo Pérez Reverte escribió en su blog esto: «Se es un mierda cuando uno demuestra públicamente que no sabe irse. De ministro o de lo que sea. Moratinos adornó su retirada con un lagrimeo inapropiado. A la política y a los ministerios se va llorado de casa. Luego Moratinos, gimoteando en público, se fue como un perfecto mierda». Con lo cual se puede estar de acuerdo o no. Pero que dice exacta y cuidadamente lo que dice. En perfecto castellano. No que Moratinos sea un excremento: para eso hubiera sido necesario utilizar el femenino. En masculino, «un mierda» tiene poco que ver con la escatología: connota —radicalmente, eso sí— la condición de «un don nadie», es su sinónimo extremo. Claro que es discutible que un cargo público se haya comportado o no como un «don nadie», pero de ahí a ver en ello acto difamatorio, media el abismo del diccionario.

Cosas serias. Lo de Dragó es bastante más alarmante. Ignoro cuál fue el primer medio de prensa que aseguró, escandalizado, que el escritor confesaba un explícito delito de abuso de menor en su libro de conversaciones con Boadella. Sí sé que casi todos los demás medios dieron por buena la información y se limitaron a valorar, positiva o negativamente, el «dato». Sí sé que yo tengo ese libro de la editorial Áltera aquí delante. Páginas 164-165. Que relatan «una partida de ping-pong» en la cual dos adolescentes niponas le toman guasonamente el pelo a un guiri con ganas y lo dejan en estado de calentón inconsumado. Hasta le dan un número de teléfono falso para que contacte con ellas al día siguiente. El guiri sabe que ha hecho el ridículo. Y a ese autoburlesco avatar se reduce la aventura. ¿Era tan difícil constatar la falsificación, leyendo esa página y media? Pues debía serlo, porque nadie lo hizo. Cosas de la LOGSE.

Todo vale hoy para destruir al adversario. Y todo cuela; eso es lo grave. Todo. Cuando ha muerto Saint-just: «La libertad del pueblo está en su vida privada; no la perturbéis».


ABC - Opinión

EEUU. Mentiras sobre el Tea Party. Por Gabriel Calzada

¿Ultraconservadores? ¿Extrema derecha? Más bien parece que a la izquierda más rancia le saca de sus casillas que la sociedad civil sea capaz movilizarse en torno a principios que no son los suyos.

No cabe duda de que el Tea Party se ha convertido en el fenómeno sociopolítico del año. Este movimiento social va camino de determinar la forma en la que Obama pierde el control de la Cámara de Representantes de EEUU y podría incluso quitarle el dominio del Senado si en los Midterms logran movilizar a sus seguidores en los estados clave.

En España, El Mundo y El País no dejan de tergiversar y retorcer su imagen. Los corresponsales de estos diarios en EEUU nos cuentan toda clase de extrañas anécdotas intentando que el público español tome la opinión de algún seguidor desnortado por la esencia del movimiento. El truco es burdo y simple porque en un movimiento que posee más seguidores que habitantes tiene España siempre puede uno encontrar casos de personas para echar a comer a parte.


Un buen ejemplo de esto es el artículo ¿Qué es el Tea Party?, firmado por Ricard González en El Mundo (y eso que González no suele ser el más escorado de los corresponsales de este diario en EEUU). Cuando habla sobre la "ideología" de este movimiento nos dice que "es un elemento de disputa entre los analistas políticos qué etiqueta utilizar para definir este movimiento" aunque él no tiene el menor reparo en contarnos que "algunos lo catalogan de ‘extrema derecha’, otros de ‘ultraconservador’". Claro que otros muchos analistas lo catalogan de centro-derecha, otros de liberal y hay incluso quienes piensan que es una alianza que trasciende las ideologías. De hecho, las organizaciones que integran el Tea Party Movement no se reconocerían en el ultraestrecho abanico en el que los sitúa este periodista. Pero eso no importa. Lo único importante es endilgarle a este enorme fenómeno surgido libremente de la sociedad civil unos adjetivos con los que se les rechace sin siquiera analizarlos.

De hecho, si la cuestión es contar experiencias personales yo puedo contar la mía. He estado en algún mitin del Tea Party y me pareció asombrosa la cantidad y la variedad de personas con las que me encontré; tanto en lo que se refiere a ideas, a edades y a color de piel (por mucho que se empeñen aquí en acusarles de racistas, algo de lo que, por cierto, ellos se ríen). Entre el público me encontré con personas que suelen votar al Partido Demócrata y que reconocían no compartir muchas de las ideas de los presentes pero no les importaba porque saben que el movimiento es amplio y que en lo que están de acuerdo es en lo esencial, que es lo que están exigiendo a los políticos. En el resto, cada uno a lo suyo. También he tenido la oportunidad de cenar con algunos de los fundadores del movimiento y sinceramente me parecieron personas bastante equilibradas, a kilómetros de distancia de lo que nos describen en los dos diarios españoles de mayor tirada. Claro que yo no pretendo que los más de 50 millones de personas que componen este movimiento sean como las que yo he conocido. Faltaría más.

Más interesante aún fue escuchar a los mitineros, que no pedían el voto para ningún partido en concreto sino para aquellos políticos que se comprometan a defender las propuestas del movimiento. Estamos ante una significativa porción de la sociedad estadounidense que se ha cansado de dar su sufragio para que los políticos hagan lo que les dé la gana hasta las siguientes elecciones. Ahora son los ciudadanos los que dicen lo que quieren y sólo votan a un político si se compromete formalmente a seguir esos puntos.

Y es que el Tea Party tiene unos principios claros que todo el mundo puede consultar, no hace falta adivinarlos. Basta con visitar Wikipedia, la web Contract From America o el sitio de la organización Tea Party Patriots para enterarse de los principios y medidas que proponen.

Los principios son tres, con lo que no hay que comerse el coco para aprendérselos: responsabilidad fiscal, mercados libres y gobierno limitado (a las competencias que se establecieron de manera expresa en la Constitución). Los puntos del contrato con los políticos son sólo diez, fundamentados en los tres principios anteriores: defender la constitucionalidad estricta de cada ley, rechazar el Cap & Trade (racionamiento con mercado de comercio de emisiones de CO2), mantener el presupuesto equilibrado, simplificar el sistema impositivo, auditar las agencias federales para velar por la constitucionalidad de sus actuaciones, limitar el crecimiento del gasto público, revocar la reforma sanitaria, reducir el intervencionismo energético, establecer una moratoria sobre las partidas presupuestarias que se conceden discrecionalmente y reducir los impuestos.

¿Ultraconservadores? ¿Extrema derecha? Más bien parece que a la izquierda más rancia le saca de sus casillas que la sociedad civil sea capaz movilizarse en torno a principios que no son los suyos. Es entonces cuando creen que está justificado tergiversar y contar cualquier tipo de mentiras.


Libertad Digital - Opinión

Las miserias de la política. Por César Alonso de los Ríos

El desprestigio de la política aparece ya como uno de los grandes problemas de la sociedad. No así el de las ideologías. Más aún, las críticas a los profesionales de la política tienen su base en las contradicciones entre la práctica de esta y las ideas. Pero lo que termina por sacar de quicio al personal es el hecho de que los líderes posen como maestros en el arte del engaño. Lo hizo ya Tierno Galván cuando dijo, con el cinismo del que hacía gala, que la política es el arte de incumplir los programas.

José Luis Rodríguez Zapatero (permitidme que con ocasión de este juicio general le cite con nombre y apellidos) está siendo la representación cabal de esta forma de hacer política. En radical oposición con sus principios sociales. La congelación de las pensiones y la defensa de la Banca son el ejemplo de unas contradicciones que convierten la política en una función miserable. Y ni siquiera digo que no hubiera que haber tomado tales medidas. Digo que «él» no debió ser el autor. Tendría que haber dimitido para que la hiciera otro. O quizá el PSOE en gobierno de coalición con el PP tras haberles explicado a sus electores la situación creada por la crisis internacional. Quienes sigan apoyándole por puro partidismo y por su revolución sexual, laicista y antiespañola habrán traicionado los ideales por los que han querido dar un merecido homenaje a Marcelino Camacho.

Aunque no en el mismo grado, Rajoy apunta formas como jefe de la oposición que me provocan desconfianza. Si la práctica de traicionar los principios tal como quería Tierno Galván era posible incluso con propuestas claras ¿cómo no sentir una real desazón cuando estas son ambiguas? Por otra parte Rajoy explica el gobierno del PP en ciertas comunidades de un modo que produce rechazo. Por esa razón yo reclamé hace tiempo una moción de censura: no sólo porque ello obligaría a ZP a aclararse como socialista sino para que lo hiciera Rajoy como futuro presidente.


ABC - Opinión

Rubalcaba. Un gafe en Moncloa. Por Emilio Campmany

Ahora que Zapatero ha puesto su futuro político en manos de Rubalcaba, que se prepare.

En España, a pesar de ser bastante supersticiosos, no sabemos una palabra de jettatura. Por no saber, ni siquiera tenemos una palabra para denominarla. Sí nos proporciona el diccionario un modo de llamar al jettatore, el gafe, pero no existe "gafancia" ni ninguna otra palabra con la que referirse al mal que el gafe atrae. Los traductores del italiano traducen jettatura como "mal de ojo", pero son cosas muy distintas. El mal de ojo es voluntario. Lleva la desgracia a quien es objeto de un maleficio o un aojo. En cambio, la jettatura atrae el mal de manera involuntaria. Esto es lo que hace el gafe, que sin querer porta la desgracia a quienes le rodean.

Identificar a un gafe es esencial para poder defenderse de sus maléficos e involuntarios efectos. Una vez detectado, hay mil conjuros con los que protegerse, pero para poder emplearlos, lo primero es calar al jettatore. Para poder hacerlo, hay que saber que una de las características esenciales del gafe es que, no obstante acarrear el infortunio a quienes se le acercan, él suele disfrutar de una suerte pasmosa. Es muy frecuente que los gafes sobrevivan a los accidentes más terribles mientras sus demás compañeros de viaje perecen de forma inmisericorde, del mismo modo que se les puede ver en las mesas de juego desafiar a su favor todas las leyes estadísticas a la vez que sus compañeros de mesa entregan sus peculios al crupier.


En 1993, Alfredo Pérez Rubalcaba fue llamado por Felipe González para que salvara a su Gobierno. El zorro de Solares acudió presto a la solicitud y se esforzó cuanto pudo por rescatar al felipismo del jardín del GAL. Pero Felipe y el felipismo se hundieron. A pesar de sus denodados esfuerzos, Rubalcaba no pudo evitar que los escándalos se sucedieran. En 1996, el González de los 202 escaños de 1982 perdió las elecciones frente a un señor bajo con bigote. El químico fracasó. Todo el felipismo se retiró. Ni siquiera Almunia sobrevivió, barrido por la mayoría absoluta de 2000. ¿Todo? Todo no. El único que sobrevivió al tsunami fue ¡qué casualidad! Alfredo Pérez Rubalcaba.

Cuando, tras esas elecciones de 2000, se produjo finalmente el cambio generacional, nuestro hombre se acercó lógicamente a quien tenía más probabilidades de ganar, José Bono. Su apuesta parecía ser segura. El manchego no tenía rivales. Pues bien, contra todo pronóstico, venció un desconocido José Luis Rodríguez Zapatero de sonrisa hierática y mirada vacía. Así que perdió quien parecía imposible que perdiera. Sólo la presencia de un poderosísimo gafe entre sus filas puede explicar tan inexplicable derrota.

Todos quienes apoyaron a Bono sufrieron el destierro que el vencedor suele imponer a los vencidos. ¿Todos? Todos no. Se salvó, como siempre, Rubalcaba, quien, después de ser portavoz del Grupo Socialista en el Congreso con Zapatero, ha terminado por ser el hombre más poderoso de España.

No me cabe duda de que Rubalcaba tiene todavía mucha correa y dará abundante juego y que todavía lo veremos ocupar un puesto relevante en el poszapaterismo. Pero ahora que Zapatero ha puesto su futuro político en sus manos, que se prepare. Como no se haga con abundantes amuletos y haga constantemente los cuernos con la mano, ya se puede ir preparando a sufrir la misma suerte de todos aquellos que han gozado de la protección y consejo de Rubalcaba, el fin de su carrera política.


Libertad Digital - Opinión

Gobernar en tiempos de crisis. Por José María Carrascal

El americano medio no sólo se ve a él igual o peor que hace dos años, sino también a su país

EN vísperas de las elecciones legislativas, los analistas norteamericanos se preguntan: ¿por qué Obama es atacado por la derecha y la izquierda? Y la respuesta es: porque fue elegido para solucionar los enormes problemas del país, empezando por los económicos, y no los ha solucionado, entre otras cosas, porque era imposible hacerlo en sólo dos años. Pero tampoco ha sabido explicarlo. Todas sus dotes de comunicador que le llevaron a la presidencia no le han servido para explicar desde allí lo difícil que es salir del pozo en que se encuentran.

Aparte de serios errores de estrategia y una cierta arrogancia. Su primer error fue centrar los esfuerzos en la reforma sanitaria, cuando el país le pedía centrarlos en la recuperación económica, donde comenzó ayudando a los bancos, principales causantes del desastre. Puede que fuese necesario para evitar el hundimiento total, pero no se molestó en aclararlo, lo que nos lleva al segundo reproche: su aire elitista, que ha convertido al hijo mestizo de una madre que tuvo que criarlo con ayuda pública y pudo estudiar gracias a becas en un presidente distante del pueblo llano. Es como Obama ha perdido las bases que le llevaron a la Casa Blanca: los trabajadores blancos, las mujeres, los católicos y los independientes. Se lo voy a decir con las palabras de Judy Berg, enfermera de Morton Grave, Illinois, que reúne esas cuatro condiciones: «Voté a Obama porque quería un cambio. Pero el cambio no se ha producido y sigo tan dejada al margen como antes».


Hay algo incluso más grave que eso: el americano medio no sólo se ve a él igual o peor que hace dos años, sino también a su país, inundado de productos extranjeros, con una deuda astronómica, enteros ramos industriales tambaleándose y, lo peor de todo, sin perspectivas de mejora.

Es lo que ha traído el cabreo general, la caída en picado de la popularidad del presidente y las malas perspectivas de su partido en las legislativas de mañana, donde puede perder una o incluso las dos cámaras. Y ¿cómo va a solucionar Obama los grandes problemas del país en los dos años de mandato que le quedan sin ese apoyo, si no ha conseguido con él? Los optimistas razonan: «En adelante, podrá echar la culpa al obstruccionismo republicano de no poder realizar las reformas necesarias». Algunos van incluso más allá: «El radicalismo republicano terminará metiendo miedo al norteamericano medio, que volverá a nosotros dentro de dos años».

Veremos. Pues para los norteamericanos quien gobierna es el presidente, no las cámaras. Y eso es lo que tendrá que hacer Obama a partir del miércoles, gobernar en tiempos de crisis, si quiere ser reelegido.


ABC - Opinión

¿Por qué será que algunos quieren amargarnos el turrón?. Por Federico Quevedo

En algún batzoki donostiarra se debieron encontrar tomando unos chiquitos Jesús Eguiguren y Jone Goirizelaia, y tal casualidad ha sido elevada a categoría de negociación secreta entre el PSE y Batasuna. O eso, o aquí se está poniendo en práctica una verdadera ceremonia de la confusión, de tal suerte que a día de hoy resulta imposible saber qué hay de verdad en todo esto y qué es lo que la verdad esconde, si es que esconde algo, que vaya usted a saber. Lo peor de todo, lo más triste, es que se está jugando con algo que quema, y que mata, y que ya ha costado muchas vidas en este largo camino que la pandilla de canallas empezó hace yo que sé cuanto hacia un final incierto y que, en ningún caso y bajo ninguna circunstancia, puede ni debe ser el que ellos quieren.

A mi me da igual si vienen con banderas blancas y palabras dulces, si nos traen flores para adornar la mesa sobre la que van a ofrecernos una calculada rendición con la que solo pretende enseñarnos su mejor rostro, su sonrisa más apuesta, para ver si así somos capaces de mirar para otro lado y aceptarlos entre nosotros. Pues no. Tanta sangre derramada no puede quedar impune y aquí no cabe generosidad alguna, porque ellos no la han tenido nunca con nosotros. En las guerras se espera que el bando vencedor practique una cierta suerte de benevolencia sobre el vencido, pero esto no ha sido una guerra, no ha habido dos bandos y ni siquiera puede hablarse de vencedores y vencidos, primero porque todavía no ha terminado nada y, segundo, porque solo se vence a quien lucha en igualdad de condiciones y eso no es lo que ha pasado aquí.

«Están dispuestos a facilitarles todo si con eso consiguen el doble objetivo de desviar la atención de la que está cayendo y apuntarse un tanto con el que afrontar la dolorosa experiencia electoral que se avecina.»
Yo no se que se dirían en el batzoki Eguiguren y Goirizelaia -y esto sí es una ficción literaria-, pero si esa conversación ha existido, o ha existido alguna otra que pueda compararse a esa, lo cierto es que como consecuencia de la misma parece que a unos y a otros le ha entrado de repente una prisa casi angustiosa por encontrar la salida pactada que los primeros llevan tanto tiempo buscando. Y los segundos parecen estar dispuestos a facilitarles todo si con eso consiguen el doble objetivo de desviar, aunque sea un poco, la atención de la que está cayendo y apuntarse un tanto con el que afrontar la dolorosa experiencia electoral que se avecina. Llegados a este acuerdo, Eguiguren y Goirizelaia brindaron con chacolí y se tomaron unos montaditos de queso de Idiazábal sobre pan blanco horneado en una tahona de Lekeitio. ¡Hala! Y a los demás que nos parta un rayo, oiga, que nada tenemos que ver, pero vamos a tener que soportar a los indeseables apareciendo un día detrás de otro en las pantallas de las teles de La Secta y en las páginas de El País -que para eso es el diario amigo del portavoz de los GAL-, haciéndonos creer otra vez que se tratan de hombres de paz. ¿Van por ahí los tiros? (Y perdón por la expresión)… Pues no lo se. A estas alturas no me atrevo a asegurarles a ustedes nada, salvo que del dueño de la frase “nos merecemos un Gobierno que no nos mienta” no me fío ni medio pelo.

Porque si bien es cierto que lo del batzoki puede ser verdad y puede que no, también lo es que mientras con una mano el Gobierno da de comer a los demócratas y a las víctimas con solemnes juramentos de que la palabra tregua y la acción de negociar quedaron enterradas bajo los escombros de la T4, y satisface el noble deseo de justicia entregando a la misma un comando detrás de otro día sí y día también, con la otra mano ensaya gestos de complacencia y ofrece retazos de esperanza a quienes más han trabajado en contra de ella durante estas décadas de terror, muerte y pérdida de libertad. ¿Quiere jugar el Gobierno con una carta marcada? Las apariencias así lo indican, aunque luego las palabras vayan por otro lado, pero precisamente en esa argucia es un maestro Rodríguez, y no digamos el portavoz de los GAL. El primero permitió a Eguiguren reunirse con los chicos de las pistolas al tiempo que él negociaba el Pacto Antiterrorista con Aznar. El segundo se llenó la boca de la palabra verificación cuando era evidente que ETA utilizaba la última tregua trampa para recomponerse y él lo sabía. Los dos nos engañaron con el ‘proceso de paz’ e hicieron de la mentira el arma más mortífera entregada a la pandilla de canallas.

¿Les creemos ahora, o no? A mí, sinceramente, me cuesta. La tentación de utilizar el final del terrorismo como arma electoral es demasiado fuerte pero, ¿quien puede fiarse de la palabra de asesinos, sino alguien que está desesperado? Y Rodríguez lo está. Y lo está el Gobierno. Y lo está el PSOE. Y la desesperación es mala consejera, señores míos, muy mala. Por eso no puede extrañarnos que Eguiguren y Goirizelaia tomen chiquitos en el batzoki y que les entre la prisa. Los malos quieren estar sentados al lado de los buenos en las instituciones porque es la única manera que tienen de engordar sus arcas, por un lado, y obtener información, por otro, y seguir dominando las calles del País Vasco como han hecho durante tanto tiempo. Pero no podemos dejarles, no deberíamos dejarles, porque no puede ser que todo lo que las víctimas han sufrido durante tanto tiempo no valga para nada. Lo que se merecen las víctimas es una Navidad en paz, sin imaginarse que a la vuelta de la esquina se van a encontrar con el asesino de sus padres, hermanos, hijos o maridos paseando tranquilamente con un pin en la solapa que ponga: “Soy un hombre de paz, lo ha dicho Zapatero”. No señor, no caben banderas blancas ni repentinos arrepentimientos. Solo cabe la derrota total y definitiva a manos del Estado de Derecho.


El Confidencial - Opinión

CCOO. Marcelino. Por José García Domínguez

Como tantos hombres decentes e ingenuos que alguna vez creyeron posible el Reino de Dios en la Tierra, Camacho fue un devoto comunista. El último, quizá. Descanse en paz.

Ahora que ya volvemos a ser aquel viejo país de cabreros que asqueó a Gil de Biedma, otra vez lanzándonos unos a otros los cadáveres siempre insepultos de la última guerra civil con ese odio rifeño, tan bárbaro, tan brutal, con esa bilis que sólo los españoles son capaces de segregar para zaherirse entre ellos; ahora, decía, se ha ido Marcelino. Catorce años en las cárceles de la dictadura por reclamar derechos básicos, elementales –el de reunión, el de sindicación, el de huelga–, y ni una palabra de rencor. Nunca el menor gesto de resentimiento, menos aún la sombra del afán de revancha. Jamás una frase cargada de ira surgiendo de sus labios, él, que tantas atenuantes podía esgrimir de haber incurrido en pronunciarlas.

¿Cómo olvidar su discurso en las Cortes constituyentes cuando la Ley de Amnistía? Había grandeza en la voz de aquel viejo obrero de la Perkins que entonces pedía desde la tribuna del Congreso que enterrásemos de una vez el eterno furor cainita de esta pobre patria nuestra. En vano, por cierto, igual que muy pronto se habría de demostrar. Reconciliación nacional, qué lejana suena esa idea, la que no se cansó de repetir ante el pleno, en tiempos como estos de avispados contrabandistas de la memoria, adánicos traficantes de sentimientos y engolados peristas de la Historia.

Unánimes, insisten los periódicos en su personal honradez, esa honestidad incorruptible, la de una vida de jerséis de lana gruesa y pisito en el extrarradio sin ascensor. Y a ninguno se le ocurre que no debería hacer falta. Hemos alcanzado el extremo en que procede dar noticia detallada en las necrológicas de que un español no fue un arribista, un chaquetero, un trepa o un ladrón. Por lo demás, Camacho era un tipo de otra época: equivocadas o no, fue fiel a sus convicciones durante toda su existencia. De ahí, el asombro general. "Pero si era un comunista", me dirán, en fin, esos jóvenes a los que hemos enseñado a juzgar antes que a comprender. Y sí, como tantos hombres decentes e ingenuos que alguna vez creyeron posible el Reino de Dios en la Tierra, Camacho fue un devoto comunista. El último, quizá. Descanse en paz.


Libertad Digital - Opinión

Truco o trato. Por Ignacio Camacho

Crecen los indicios de que alguien está jugando al «truco o trato» con los fundamentos de la política antiterrorista.

LA atmósfera política en torno al terrorismo vasco se ha contagiado este año del ritual carnavalesco de Halloween, la fiesta anglosajona que empieza a suplantar en España a la tradicional liturgia de los difuntos. Abundan los disfraces más o menos siniestros, los sobrentendidos, las ocultaciones y los tejemanejes alrededor de una expectativa cada vez más explícita. Bajo el aspecto de una relativa normalidad laten indicios de que nada es lo que parece; la sospecha de tanteos y negociaciones conduce a la ineludible sensación de que alguien está jugando con cierta frivolidad al «truco o trato» en asuntos fundamentales. O más exactamente, la impresión de que se está gestando un trato con trucos a espaldas de la opinión pública.

Las idas y venidas de intermediarios; los encuentros más o menos casuales de representantes públicos entre sí y con dirigentes de la periferia etarra; los presuntos gestos de tanteo y los detalles selectivos de la política penitenciaria ofrecen el bosquejo de un proceso muy parecido a una negociación, si bien con diferencias importantes respecto al fallido experimento de la anterior legislatura, y probablemente fruto del aprendizaje del fracaso anterior. La primera, que esta vez las maniobras, sean cuales sean, no están siendo retransmitidas en directo. La segunda, que el Gobierno no ha abdicado de la presión policial y judicial. Y la tercera, que las exigencias al terrorismo y su entorno parecen más claras y contundentes.


Existen en este trasiego, sin embargo, dos premisas que parecen calcadas de la anterior intentona y que resultaron decisivas en el desenlace negativo. La primera, la marginación de la oposición y de las víctimas, que observan con inquietud la crecida de señales y barruntos de que algo se cuece a sus espaldas. La segunda es el eventual diseño de una salida que contemple de un modo u otro la concesión de un precio político al final de la violencia, sin el que ni ETA ni Batasuna estarían dispuestos a avenirse a capitular. En ambos casos parece un factor clave la necesidad de los batasunos de asomarse a la legalidad institucional en las elecciones locales de mayo, a la que se suma la indisimulable ansiedad del Gobierno por apuntar en su hoja de servicios un éxito a fecha fija. Precipitar la legalización del brazo político etarra, incluso a cambio del abandono de las armas, supondría la inversión de las condiciones morales que han sustentado la resistencia de la sociedad española frente al chantaje. Las prisas pueden conducir a olvidar que el consenso antiterrorista se basa en un requerimiento innegociable: la rendición a cambio de nada, y luego ya se verá. Ni siquiera un final relativamente feliz puede justificar la transacción de un do ut des que estableciese el pago de un rescate político. En esa cuestión tan fundamental no habrá truco que disimule la indecencia de trato alguno.

ABC - Opinión

Las trampas de ETA

El objetivo inmediato, y exclusivo, de ETA es lograr que su brazo político esté presente en los ayuntamientos vascos y navarros en las próximas elecciones municipales que se celebrarán en mayo de 2011. Todos sus movimientos en estos meses anteriores y en los próximos irán en esa dirección. Según publica hoy LA RAZÓN, fuentes de la lucha antiterrorista tienen muy clara su estrategia: una vez celebradas dichas elecciones, los asesinos podrían volver a los atentados, ya que, en la actualidad, mantienen activos otros actos delictivos como el robo de dinero a empresarios, las «labores de aprovisionamiento» así como los entrenamientos. Lo que están intentando es estructurar una organización, por pequeña que sea, que aun en estado durmiente en este período de tiempo pueda activarse pasados los comicios.

En sintonía con esta estrategia, el próximo comunicado de ETA estará cargado de la retórica baldía de la banda, pero no anunciará su disolución o la entrega de armas. Así lo cree el Ministerio del Interior, que no alberga la más mínima esperanza de que ETA deje su dinámica asesina.


A pesar de que los más optimistas albergaban alguna esperanza sobre el fin de ETA, éste no se producirá. Sus últimos movimientos sólo tienen el propósito, en connivencia con Batasuna o las siglas que puedan adoptar en el futuro, de volver a la escena política del País Vasco, algo que sería sumamente rentable para la banda, puesto que encuentran ahí un sostén económico nada despreciable para intentar seguir con sus actividades sanguinarias.

De nuevo ETA se acoge a sus treguas-trampa y sería más que deseable que ningún partido democrático cayera en estos cantos de sirena de una hidra que a lo único que está dispuesta es a morir matando.

En este escenario sería deseable que los partidos democráticos, lejos de enredarse entre ellos a propósito de las intenciones de los etarras, mantengan una posición común. No en vano, es inquietante que, como está sucediendo estos días, cualquier movimiento de la banda o de Batasuna, provoque la sensación de que puede erosionar el pacto entre el PSE y los populares vascos, que se ha comprobado ya que es clave para normalizar la vida en el País Vasco, puesto que ejerce la tolerancia cero contra los terroristas y su entorno.

Ante los próximos movimientos de ETA cabe practicar la receta que más éxitos ha procurado a los demócratas y que se basa en tres pilares: una unidad política sin fisuras que activamente colabore para cerrar cualquier resquicio por el que Batasuna pueda entrar en los ayuntamientos sin que previamente los etarras abandonen las armas; que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sigan cumpliendo ejemplarmente su labor, descabezando una y otra vez a las sucesivas cúpulas de ETA, y que la Justicia tenga todos los medios a su disposición para cortarle las alas a los asesinos, cuyo único destino sólo puede ser la cárcel. En definitiva, si ETA tiene su estrategia, los demócratas tenemos la nuestra y ésta no debe variar en su espíritu ni una coma por muchos comunicados «fantasma» que dé la banda.


La Razón - Editorial

Votar al éxito

El apoyo a Rousseff es también a un país que juega y aspira a ser una gran potencia.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva se retira -al menos de momento- tras ocho años de mandato con los índices de popularidad -supera el 80%- más altos que jamás haya conocido un presidente de Brasil. La campaña de su delfín, la ex ministra y ex izquierdista radical Dilma Rousseff, ha sido diáfana. Yo soy la continuadora, ha dicho menos que entre líneas, en lo que casi coincidía con las críticas de la oposición, aunque esta en vez de continuadora prefería hablar de marioneta. El propio presidente se ha volcado en apoyo de su candidata, aunque, muy formal, ha subrayado que espera que Rousseff cubra los dos mandatos consecutivos que permite la Constitución.

Los brasileños han sabido, sin embargo, matizar entre el saliente y la entrante, porque aunque le dieron a Rousseff ya una confortable ventaja en primera vuelta, la candidata ha tenido que esperar a la reválida de ayer para convertirse en la primera mujer que llega a la presidencia del país. Entre su mentor y ella hay todavía una innegable brecha de carisma. Pero aun así, una mayoría de ciudadanos ha votado tanto o más por Lula cuando nominalmente lo estaba haciendo por su sucesora, y tal era la densidad del elogio al presidente ex metalúrgico y ex sindicalista que el candidato de la oposición, el líder del partido socialdemócrata, José Serra, ha tenido buen cuidado de no atacar a Lula directamente porque su baza se basaba en convencer al votante de que Rousseff no daba la talla como sucesora.


La campaña ha sido desagradable sobre todo para la vencedora por las frecuentes incursiones de lo religioso, sobre si los candidatos eran o no creyentes -Lula y Serra son católicos activos, pero no la sucesora-, sobre si eran contemporizadores con el aborto -siempre Rousseff- o el fantasma del cáncer linfático del que aparentemente ya se ha curado la presidenta electa. Pero en ese sufragio otorgado a Lula-Rousseff, a quien también votaba una mayoría de brasileños era al éxito; al éxito nacional e internacional de su país que se expresa en la considerable reducción de los índices de pobreza gracias en gran parte al programa Bolsa-Familia; a la obtención del Mundial de Fútbol para 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016; a los macroíndices de crecimiento en plena crisis financiera mundial; a la actividad incesante en la escena internacional que ha llevado a Lula hasta interferir en la política de EE UU con respecto al programa nuclear iraní o a ofrecerse como mediador en Oriente Próximo. Ese público ha parado mientes más en la bendita osadía planetaria de su presidente que en los resultados de sus gestiones, necesariamente limitados.

El mundo que deja atrás Lula parece, en todo caso, sustancialmente distinto al que recibió en 2002. Las aspiraciones brasileñas de gran potencia datan de los años treinta del siglo pasado, con la presidencia de Getulio Vargas, pero solo ahora, a fin de la primera década del siglo XXI, se les puede comenzar a dar algún crédito.


El País - Editorial

¿Cuánto sabe Rajoy sobre la negociación con ETA?

Dice Rajoy que se siente informado sobre ETA, en cuyo caso caben tres hipótesis: o que apoya el proceso de rendición ante la banda, o que Zapatero ha engañado a Rajoy, o que Rajoy quiere engañar a los españoles.

Si algo ha caracterizado al mejor PP, el de Aznar y el de los primeros cuatro años de Rajoy en la oposición, ha sido sin duda alguna su clara política antiterrorista: nada fuera de la ley, todo dentro de ella. Si el PSOE sólo ha sabido tratar a ETA violentando la legalidad –ya fuera con los GAL o con el proceso de rendición de la pasada legislatura– el PP siempre tuvo claro que era imprescindible emplear todos los instrumentos políticos, policiales, jurídicos y sociales para combatir a la banda terrorista.

Se trataba de deslegitimar dentro y fuera de nuestras fronteras al nacionalismo, ideología rupturista y cainita de cuya radicalización emergió y se nutre ETA; de mejorar la eficacia policial a la hora de prevenir los atentados y capturar a los criminales, lo que incluía la colaboración con las fuerzas de seguridad de otros países; de mejorar la legislación para que las sanciones a los terroristas fueran merecedoras de tal nombre; y de movilizar a toda la sociedad para arrinconar y marginar a los etarras y a quienes los apoyan.


El PSOE dinamitó a partir de 2004 esta exitosa estrategia, con la que se había logrado poner a ETA contra las cuerdas. Los socialistas les entregaron a los asesinos el balón de oxígeno de la negociación, esto es, la esperanza de obtener un rédito político por su actividad criminal. El PP se opuso desde el comienzo a esta infame política y no dudó en sumarse a la rebelión cívica liderada por las asociaciones de víctimas del terrorismo. Gracias a ello, el PSOE no fue capaz de liquidar lo suficientemente rápido el Estado de derecho y no pudo entregarle a la banda todo lo que ésta exigía.

Hoy nos encontramos en una situación muy parecida a la de esos negros años de 2005 y 2006. Los socialistas niegan que estén negociando con ETA, la banda terrorista ha declarado una tregua-trampa, jueces y fiscales se ven presionados por el poder político para que ensucien sus togas en el polvo del camino, y los medios afines al Ejecutivo se dedican a lavar la imagen de una parte del entramado de ETA –convirtiéndolos en hombres de paz– para permitir que Batasuna o sus partidos pantallas sigan en las instituciones.

Sólo hay un factor que cambia –y para peor– con respecto a la primera paz sucia de Zapatero: la postura del Partido Popular. De momento el PP continúa amenazando con romper el consenso en política antiterrorista y con dejar de sostener al Gobierno vasco en caso de que Batasuna pueda presentarse a las próximas elecciones. Sin embargo, hasta que ese momento llegue, los populares observan impasibles cómo se van colocando todas las piezas para consumar la traición a las víctimas y al conjunto de los españoles.

Dice Rajoy que se siente informado sobre ETA, en cuyo caso caben tres hipótesis: o que apoya el proceso de rendición ante la banda, o que Zapatero ha engañado a Rajoy, o que Rajoy quiere engañar a los españoles. En cualquiera de los tres casos –todos ellos bastante compatibles con la oposición de nula intensidad que Arriola aconseja– los motivos para apoyar el Partido Popular se reducen de manera muy considerable.

El próximo sábado 6 de noviembre las asociaciones de víctimas Voces contra el Terrorismo y Verde Esperanza han convocado a la ciudadanía para rebelarse contra la negociación del Gobierno con ETA. Rajoy tiene una ocasión para redimirse. Tal vez la última.


Libertad Digital - Editorial

Montilla se reinventa

Los socialistas catalanes están pagando las consecuencias de haber perdido su identidad política natural por su travestismo nacionalista.

CUANDO aún quedan dos semanas para que comience la campaña electoral en Cataluña, ya es evidente el lavado de cambio de imagen y la táctica con los que el socialismo catalán, con Montilla a la cabeza, quiere reinventarse para gestionar su más que probable derrota y allanar el camino para dar nuevas fórmulas de viabilidad a su presencia política. En muy poco tiempo, el PSC ha lanzado el mensaje de que todo ha cambiado. Ahora se plantea no sancionar a los comerciantes que rotulen solo en castellano, apela a la concordia con el resto de España, aprieta las tuercas en inmigración y reniega del gobierno tripartito que le dio el poder desde 2003. A este repudio ha contribuido, no sin cierta dosis de hipocresía, el PSOE, cuando a través de su nuevo secretario de Organización, Marcelino Iglesias, mostró su alivio por el descarte de una reedición del tripartito. Parecería, a tenor de estas palabras, que el pacto del PSC con los independentistas de Esquerra Republicana y los «eco-comunistas» de ICV fue una imposición de los socialistas catalanes a Rodríguez Zapatero, cuando la realidad fue bien distinta. El pacto de izquierdas en Cataluña, que supuso por parte del socialismo la ruptura de un consenso de Estado fundamental en la gestión del Estado autonómico, fue obra inspirada y amparada por Zapatero como primer experimento de una estrategia de perpetuación en el poder.

Ahora toca una reconversión urgente del socialismo catalán en esa opción catalanista no nacionalista que siempre fue, hasta su mutación en una fuerza soberanista de la mano de Maragall y Zapatero. El objetivo es, por un lado, frenar la fuga de votos a la abstención y al Partido Popular o a Ciudadanos; por otro, predisponerse a un entendimiento con Convergencia i Unió, tranquilizando a esta coalición con el entierro del tripartito. Claro que todo esto es un diseño que puede saltar por los aires si el 28-N, por la noche, los grupos del tripartito suman otra vez mayoría absoluta en el Parlamento y la pulsión izquierdista vence a la conveniencia de un cambio político. También, si la mayoría es de la coalición convergente. Es evidente que un acuerdo con CiU en Cataluña permitiría a los socialistas mejorar su posición en el Parlamento nacional, sumando nuevos apoyos nacionalistas. El desenlace está aún por escribir, pero si hay algo cierto es que los socialistas catalanes están pagando las consecuencias de haber perdido su identidad política natural por su travestismo nacionalista de los últimos años.

ABC - Editorial