lunes, 4 de octubre de 2010

Primarias. Ya es oficial: Zapatero se hunde. Por Emilio Campmany

Más seguro, sin embargo, parece que alguien dentro del propio aparato haya animado a Tomás Gómez a resistir garantizándole que, con su respaldo, ganaría. La cuestión es ¿quién?

Al parecer, los socialistas madrileños tienen un sentido de la supervivencia tan acusado como cualquier otra especie. Darle el voto a Tomás Gómez significaba dos cosas, garantizarse la derrota frente a Esperanza Aguirre y abrazarse a la posibilidad de que Zapatero entienda el mensaje y abandone la dirección del partido y la presidencia del Gobierno antes de la debacle de las municipales y autonómicas. Es verdad que lo más probable es que el leonés nacido en Valladolid aguante en la presidencia hasta ese momento y los socialistas tengan que recibir entonces el justo castigo a la perversidad de haberlo elevado a secretario general en aquel Congreso de 2000 de aciaga memoria. Pero fueron ellos los que lo eligieron y le dieron la victoria manipulando el terrible atentado del 11-M y no estaría de más que, antes de que haga más estropicios, fueran los mismos socialistas los que nos hicieran la caridad de quitárnoslo de encima. Los de Madrid ya han puesto su granito de arena haciendo el sacrificio de elegir como candidato para sus autonómicas a un seguro perdedor a ver si entregando lo accesorio logran salvar lo principal. Ya sólo falta que el resto tome ejemplo y, señalándolo con el dedo, griten todos a una "el rey está desnudo".

Esta es la versión bisoña, la que parte de la premisa de que los militantes se han rebelado contra el aparato votando al candidato que valientemente se opuso a él. ¿Es eso creíble? Por qué no. Es improbable, pero no imposible. Más seguro, sin embargo, parece que alguien dentro del propio aparato haya animado a Tomás Gómez a resistir garantizándole que, con su respaldo, ganaría. La cuestión es ¿quién? Pueden adelantarse hipótesis rebuscadas, maquiavélicas y enrevesadas, pero son retorcidas y, por serlo, según la navaja de Ockham, también son improbables.

Atengámonos a los hechos más notables. A Trini Jiménez le ha apoyado el aparato zapateril en el Gobierno, desde Rubalcaba hasta Pedro Castro, pasando por José Blanco. Y a Tomás Gómez quien lo ha hecho es la vieja guardia felipista, desde Eduardo Sotillos hasta Gregorio Peces-Barba, pasando por José Barrionuevo, que quizá no fuera el respaldo más recomendable. ¿Y quién puede ser el tapado de esta vieja guardia? A mí sólo me sale Javier Solana. Y debe de serlo cuando en internet ya han empezado a circular acusaciones que recuerdan que fue el secretario general de la OTAN que ordenó el bombardeo "ilegal" de Kosovo, un planteamiento muy buenista y, por lo tanto, muy zapateril. No es el momento de ponerse a discutir qué fue aquel bombardeo desde el punto de vista jurídico, pero baste decir que aquello no tuvo otra finalidad que proteger a los musulmanes de la región de sus en aquel momento compatriotas serbios empeñados en exterminarlos. Dicho de otro modo, la acusación de lo de Kosovo es una chorrada.

Javier Solana tiene, por otra parte, dos ventajas incontrovertibles, es muy conocido y valorado en el exterior, lo que su llegada a La Moncloa haría que los mercados recuperaran rápidamente la confianza que un día tuvieron en nosotros, y no está mal visto en la derecha. El único inconveniente grave de que lograra apartar a Zapatero de la presidencia de Gobierno para ponerse él lo tiene Rajoy, que se quedaría sin muñeco al que derrotar en 2012. Pero, francamente querida, en estos momentos, eso me importa un bledo.


Libertad Digital - Opinión

La segunda derrota. Por José María Carrascal

La «batalla de Madrid» ha sido la batalla inspirada y dirigida por Zapatero, como lo fue la huelga del 29-S.

ES el segundo golpe que recibe en una semana. El miércoles, sus aliados y cómplices en la deriva que ha impuesto a España le decretaron una huelga general. El domingo, los socialistas madrileños se enzarzaron en una batalla cainita para decidir su candidato en las próximas elecciones autonómicas. Una batalla promovida desde las alturas, entre el secretario general de dicha asociación, su candidato natural, y la ministra de Sanidad, parachutada desde la Moncloa, que ni siquiera pensaba intervenir, pero que no tuvo más remedio que aceptar. ¿Quién dio la orden? Los dedos apuntan a Blanco y a Rubalcaba, quienes, fundados en encuestas reservadas, decidieron que Trinidad Jiménez tenía mayores posibilidades que Tomás Gómez de arrebatar el sillón a Esperanza Aguirre y convencieron a Zapatero de que apoyase su candidatura. Como si no supiéramos como funciona este gabinete, como si no estuviese comprobado que no se mueve ni una pluma en él sin el visto bueno del presidente. Los ministros y ministras de Zapatero no tienen autonomía, se limitan a adivinar cuáles son sus deseos para servírselos en bandeja. Aquellos que llegan con ideas propias o que no coincidan con su esquema mental, son dejados al lado. ¿Por qué se creen ustedes que elige hombres y mujeres de plastilina, sin criterio propio? Porque no aguanta a ningún otro tipo de personas. La «batalla de Madrid» ha sido la batalla inspirada y dirigida por Zapatero, como lo fue la huelga del 29-S. Dos batallas que ha perdido, que incluso tenía perdidas antes de librarse, porque si se imponía Trinidad Jiménez, iba a contender con Esperanza Aguirre marcada como la «candidata de Zapatero», elegida a dedo por el aparato contra las bases del partido. Y si se imponía Tomás Gómez, el hombre que había tenido la osadía de enfrentarse al aparato y a la mismísima Moncloa, el derrotado sería ésta y su inquilino. Se trataba, por tanto, de una derrota anunciada.

Ha terminado imponiéndose Gómez, un desconocido al que Blanco y Rubalcaba han convertido en David con su honda, figura que encanta al pueblo, frente al fantoche ridículo del gigante. ¿Qué ocurrirá ahora? Por lo pronto, hay que alejar lo más posible a Zapatero de la catástrofe. Ni la idea ni el endose eran suyos, pese a ser claros. Luego, se intentará presentarlo como «una muestra de la democracia interna del partido socialista» y se llenará a Gómez de alabanzas. Mientras se prepara el «ya lo decíamos» para cuando pierda frente a Esperanza Aguirre. Porque este hombre no admite ni siquiera la realidad. Es la que nos dice que, tras perder a sus últimos aliados, los sindicatos, ha perdido algo así como la mitad de su propio partido.


ABC - Opinión

Gana Tomás Gómez y gana el PSOE a pesar de Zapatero. Por Antonio Casado

Ganaron el escalafón y la cantera, gracias al apoyo mayoritario de una militancia que estaba desmotivada y despertó al ruido de las urnas. Perdió la estrella invitada y quienes la metieron en el lío. Por la mañana, en Gandía (Valencia), el presidente del Congreso, José Bono, ya había dicho que esto de los nombramientos a dedo no trae más que desgracias. Lo denuncia la memoria de los socialistas escamados con el dedazo de Felipe González sobre Joaquín Almunia. Y lo denunciaron ayer los 18.000 militantes del PSM, que guardan memoria amarga de los paracaidistas: Miguel Sebastián, Fernando Morán, Cristina Almeida, la propia Trinidad Jiménez, amén de los que no quisieron prestarse, como Solana, Bono, Fernández de la Vega y otros.

Una moraleja de estricta aplicación a Rodríguez Zapatero y sus aprendices de brujo, Rubalcaba y Blanco, que ahora solo tienen un burladero: la vieja relación entre la necesidad y la virtud. O mejor, el famoso mal que por bien no venga. Es decir, habérselas arreglado para poner en la rampa de lanzamiento a Tomás Gómez y quedar en deuda con la ministra de Sanidad, que ha sido la víctima de una maniobra palaciega apadrinada por el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE.

Por supuesto que Rodríguez Zapatero sale mal parado en esta comedia de enredos. Hace tres o cuatro días, en vísperas de las primarias madrileñas, insistió en recordarnos que su preferencia era Trinidad Jiménez. Mal hecho. Por un lado, rompía la neutralidad. Y por otro, habida cuenta de que su crédito político está por los suelos, no le hacía ningún favor a su preferida. Tal vez si hubiera apoyado a Gómez, la causa de Jiménez hubiera tenido mejor suerte. No sé si me explico.


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Así que ahora tendrá que echar mano de su proverbial camuflaje semántico para convertirse, como es su obligación de líder del partido, en el primer fan de un candidato por el que no apostó. Pero no podrá librarse de que todo el mundo le acuse de haberse equivocado, una vez más.

Fracaso personal de Zapatero, pues, que pierde, pero que se enganchará al subidón de la militancia socialista, que gana en motivación y autoestima. En su condición de líder del partido, sólo podrá interpretar estas primarias como la escenificación de dos formas distintas de intentar desalojar a Esperanza Aguirre del poder autonómico. Tanto Gómez como Jiménez se han prodigado durante la campaña en reiteradas muestras de adhesión política y lealtad personal a Zapatero, con expresas declaraciones de apoyo al que resultase ganador, en aras del objetivo común: acabar con el reinado de Aguirre. Y así lo reiteraron anoche, al conocerse los resultados.

Por lo tanto, bien puede decirse que el PSM ha vuelto a dar espectáculo. No ha dejado de hacerlo, desde los tiempos del golpe de Besteiro hasta el sórdido caso de Tamayo y Sáinz, sin olvidar los ásperos enfrentamientos entre renovadores de Leguina y guerristas de Acosta de los años noventa. Pero esta vez para bien. Así que nadie puede negar que, objetivamente, las primarias madrileñas han sido de lo más rentable para el PSOE, que sueña con el día de la recuperación del poder institucional en la Comunidad. Lo del Ayuntamiento, lo siento por Lissavetzky, está mucho más crudo.


El Confidencial - Opinión

Zapatero frente al espejo. Por Félix Madero

Presidente, ¿le pongo al teléfono antes a Tomás o a Trinidad? Mañana, mañana, dice.

ACABA de cumplir 50 años, y cree que cuando amanece en su casa aún es poco. La vida le ha dado lo que pidió siendo niño: sorpresas que nadie creería, aluviones de novedades que los suyos no esperaban. Anduvo siempre rezagado, pero sin perder la mirada del líder; no dejó que le marcaran su ritmo; él, solo él, decidiría el momento. Pensó cada paso como si fuera el fino movimiento del caballo sobre un tablero de ajedrez; vivió y vive lejos de la humildad de un alfil, pero maneja esa apariencia con esmero. Nunca le agobió el engaño porque sabía que tendría un momento para responder, y ese momento solía decir, llega siempre para el que sabe esperar. Aquel hombre, con 50 años cumplidos, y más de seis viviendo en un palacio que termina por desequilibrar a todos sus inquilinos, ha dado a su trabajo la impronta del constructor de catedrales: el tiempo no importa, la obra quedará terminada. Pero esta mañana de lunes comprueba con desesperación que no. Que muy probablemente la catedral quedará a medias, y él ha de ir preparando sus trastos para facilitar que otros continúen o, como él hizo, empezar de nuevo.

Ahora tiene menos dudas que entonces, pero las inquietudes han crecido. Le agobia mirarse al espejo, le molesta ver cómo su pelo cambia y mengua, cómo su cara empieza a parecerse a un familiar fallecido; cada vez soy más el pasado, se dice. Se queda embobado ante el espejo y pasan los minutos antes de meter la cuchilla en su cara. Anoche, cuando supo el resultado de las primarias en Madrid, recordó al pintor Francis Bacon frente al espejo: mira cómo trabaja la muerte en mi cara. ¡Ah, la muerte!, se dijo para sí: no pasa nada, es un cambio de misión, aquí tengo una, allá tendré otra.

Se entretuvo dibujando figuras geométricas en un papel timbrado con el escudo de España y abajo la leyenda de: El Presidente. Terminaba de perfilar la figura de un tetraedro cuando un asistente llamó: ya hay resultado, los socialistas madrileños han elegido, dijo casi en silencio. Le dejó un papel en la mesa y se marchó. Y ahí se quedó, sólo, observando el folio, la tinta y las letras deseando no saber leer.
Pero el ritmo de la lectura era el mismo con que notaba un frío cada vez más intenso en la sangre. Se me va a helar, pensó. Se levantó, encendió el primer cigarrillo rubio del tercer paquete del día. Recordó que había repasado con una de sus hijas un texto de Valle Inclán, ese en el que Max Estrella está en la cárcel y un preso que sabe que va a morir exclama: ¡qué dirá mañana la Prensa canallesca! Lo que le manden, responde el poeta ciego. En esas estaba cuando el asistente vuelve a entrar: presidente, ¿le pongo al teléfono antes a Tomás o a Trinidad? Mañana, mañana, dice. Y se perdió por los pasillos del palacio mientras adivinaba las portadas de los periódicos de este lunes.


ABC - Opinión

Crisis PSOE. José Luis no puede. Por José García Domínguez

Definitivamente, no. Y es que quince puntos de desventaja en los vitriólicos humores del telespectador soberano suponen un certificado de defunción extendido a nombre del sanedrín dirigente del PSOE. Tan simple como eso.

Dicen que hubo un momento en la Historia, cuando los antiguos dioses habían muerto y los nuevos aún estaban por llegar, en el que, apenas durante un instante, los hombres fueron libres. Y aunque en el prosaico cenagal del pequeño politiqueo doméstico, quizá esté ocurriendo algo parecido delante de nuestras muy escépticas narices. Repárese en ese Gómez, el Prometeo de Parla. Sin darnos plena cuenta, acaso asistamos al crepúsculo de la rebelión de los mindundis, feliz hallazgo retórico con el que Florentino Portero inmortalizara para la eternidad la irrupción de Zetapé y sus iguales en la escena pública nacional.

Así, entre inopinadas bambalinas acaba de estallar otro motín de Esquilache en la prensa oficiosa. ¿Cómo interpretar, si no, que en pleno aquelarre electoral madrileño El País le asestase una encuesta por la espalda al Gobierno? Un sondeo demoledor, por lo demás, ése que sentencia que José Luis, a diferencia de Trini, no puede. Ya no. Definitivamente, no. Y es que quince puntos de desventaja en los vitriólicos humores del telespectador soberano suponen un certificado de defunción extendido a nombre del sanedrín dirigente del PSOE. Tan simple como eso. Por cierto, otra prueba, el test demoscópico de Prisa, de la irracionalidad crónica que informa a la llamada opinión pública.


Véase. La izquierda sociológica, en grado sumo refractaria a secundar la insubordinación de los sindicatos contra sus padrinos políticos, rehúsa seguir la huelga general. Errática consecuencia: el apoyo electoral al Gobierno por parte de su base social... se desploma al súbito, fulminante modo. En fin, cuenta Enrique Krauze que en cierta ocasión le espetó Hugh Thomas: "Quien sólo conoce España no conoce España". Tal vez por ello no resulte del todo impertinente traer a colación el Caracazo.

Ya saben, cuando aquel demócrata ejemplar, Carlos Andrés Pérez, ordenó ametrallar a varios miles de paisanos suyos en las calles de Venezuela. Igual que aquí y ahora, allí y entonces el Ejecutivo acababa de emprender un plan de ajuste tan urgente como necesario. Tampoco supieron explicarlo. Y también fue su tumba política. Al respecto, Petkoff, el viejo líder comunista hoy enfrentado a Chávez, suele decir que a los tecnócratas que rodeaban a Pérez les faltaba burdel. Como a Zapatero. El burdel, he ahí su talón de Aquiles.


Libertad Digital - Opinión

El hombre que venció a Zapatero. Por Ignacio Camacho

Tomás Gómez se ha convertido en el primer político español capaz de derrotar a Zapatero.

HAY silogismos tan simples como terminantes más allá de la lógica formal. Por ejemplo éste: Si Zapatero apoyaba a Trinidad Jiménez y Tomás Gómez ha derrotado a Trinidad, Tomás Gómez ha derrotado a Zapatero. Y lo ha derrotado dos veces, la primera negándose a retirar su candidatura y la segunda tumbando a su forzada rival y a todo el aparato federal del Partido Socialista. Esto lo entienden hasta en el parvulario y no vale que el presidente del Gobierno lleve un mes escondiendo su responsabilidad en el proceso que ha desencadenado lo que de hecho es su doble fracaso. Trini no sólo no ha podido, sino que tampoco quería, y la obligó a presentarse quien estaba en condiciones de obligarla. El mismo que no consiguió doblar la resistencia de Gómez; el mismo que consintió que los pesos pesados de su Gabinete —Blanco y Rubalcaba, los verdaderos inductores de la fallida operación «Trini puede»— se involucrasen a fondo en la batalla interna de Madrid para tratar de controlar las consecuencias de esas primarias en el cada vez más previsible debate sobre el postzapaterismo.

Tomás Gómez se ha convertido así en el primer político español capaz de vencer a Zapatero, aunque sea por persona interpuesta. Lo ha logrado a base de un estilo genuinamente zapaterista, como un espejo de la emergencia del actual presidente en el 2000: con un discurso de manos tendidas, fresco, desenvuelto y entusiasta que ha agrandado su figura desde un inicial apocamiento. Oírlo es oír al Zapatero de diez años atrás, pero con más preparación, más experiencia y más estudios; un curioso ejercicio de reencarnación de liderazgo propiciado por la evidente decadencia del líder. Gómez ha aglutinado un polo de descontento heterogéneo que va cuajando en el seno del PSOE ante la perspectiva de perder las elecciones, y que agrupa a supervivientes del guerrismo, tardofelipistas recrecidos por los vaivenes presidenciales, barones territoriales preocupados por su futuro inmediato y dirigentes damnificados por la implacable depuración ejecutada en la década zapaterista. A ellos se han sumado miles de militantes madrileños alarmados ante el desgaste del Gobierno que con su voto desean acelerar el relevo de la candidatura que más les importa: no la de la lista por Madrid a las autonómicas, sino la de las generales.

El postzapaterismo está en marcha de modo irreversible. Blanco y Rubalcaba han quedado seriamente tocados como albaceas por su implicación en la intentona fracasada, y queda por ver si Gómez podrá defender ante la rocosa Esperanza Aguirre el crédito que acaba de ganar entre los suyos. Su victoria ha abierto el melón sucesorio, pero a la tierra prometida casi nunca llegan los que empezaron el camino.


ABC - Opinión

Zapatero pierde en Madrid

El presidente del Gobierno fue el gran perdedor de las primarias socialistas de Madrid. Zapatero ha visto cómo su candidata a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Trinidad Jiménez, fracasaba ante un Tomás Gómez que ha logrado el 51 por ciento de los votos de los afiliados socialistas. La trifulca entre ambos contendientes deja un partido tan dividido internamente como debilitado frente al PP de Esperanza Aguirre. Los ciudadanos continúan sin saber qué ofrecían, los dos candidatos de las primarias, de novedoso en el plano económico o social, de lucha contra la crisis o en favor del empleo, la sanidad o la educación. La pelea en el PSOE madrileño, provocada por el presidente del Gobierno al querer imponer a su candidata, y el consiguiente y sorprendente rechazo de Tomás Gómez a abandonar la pugna, en una clara y desleal postura, ya que fue el propio Zapatero el que le puso en ese cargo, ha traído un baile de navajas en el que se han implicado –con mayor o menor destreza dialéctica– pesos pesados del socialismo nacional. Con la derrota ayer de Jiménez, Zapatero sufre su primer revés como líder del PSOE en un momento de clara debilidad política y con unas encuestas que le son muy desfavorables. Lo sucedido es, también, una muy buena noticia para Rajoy que tiene enfrente a un rival cada vez más debilitado. Para el Partido Socialista se ha evaporado la posibilidad de ganar en Madrid, ya que Jiménez estaba mucho mejor posicionada que Gómez en todas las encuestas realizadas entre los madrileños. El buen trabajo realizado por Esperanza Aguirre durante estos años no se lo pondría fácil a Trinidad Jiménez, pero con Gómez, la posibilidad de ganar en Madrid se aleja sin remedio. Si desde el PSOE siempre se ha insistido en que sin Cataluña o Andalucía el PP no alcanzaría el pleno control de la política española, sin Madrid el PSOE también se encuentra incompleto. Y así sigue. El PSM, a día de hoy, está roto, partido en dos y desilusionado ante la fractura provocada desde arriba. Es el inicio del «postzapaterismo», la batalla de Madrid ha desgastado aún más al partido y lo ha dejado en una posición de mayor debilidad frente a una candidata, como Esperanza Aguirre, que no ha dejado de hacer sus deberes en estos años.

En otro apartado de cosas, el fracaso de Jiménez también ahoga las intenciones del PSOE de alcanzar el Ayuntamiento de la capital. El candidato Jaime Lissavetzky, que ha apoyado a Trinidad en todo este proceso en el que ambos se han vendido como «tándem ganador», se ha quedado solo. En el círculo próximo a Gómez no sentó nada bien que el secretario de Estado para el Deporte expresara su apoyo a la ministra en una rueda de prensa en Callao en la que estaba el propio secretario general tragando saliva. La alegría y las celebraciones del domingo por la noche en el PSOE madrileño llevan a una mañana, como la de hoy, en la que el candidato socialista, a pesar del presidente del Gobierno, puede ver la realidad que se abre ante sus ojos: un trabajo inmenso para volver a cohesionar un partido roto y el desafío, enorme, de medirse a Esperanza Aguirre. La verdadera lucha, comienza ahora.


El Mundo - Editorial

Y ganó Tomás Gómez

El desenlace definitivo se jugará en las elecciones autonómicas; pero Zapatero queda muy tocado.

La victoria de Tomás Gómez en las primarias de los socialistas de Madrid supone un enorme tropiezo del presidente Zapatero, que primero fracasó en su intento de convencer al líder del PSM, Tomás Gómez, de que dejara paso a Trinidad Jiménez como candidata, y luego calculó mal los efectos de un apoyo tan directo a una candidatura alternativa a la del secretario general madrileño en las elecciones internas. Pero será una derrota provisional, hasta las elecciones autonómicas de mayo, en la medida que su apuesta lo era por una candidatura capaz de derrotar a Esperanza Aguirre. Si Gómez no gana el 22 de mayo, tanto Ferraz como La Moncloa podrán alegar que con Jiménez el desenlace habría sido diferente, como advirtieron en su momento.

Pero de momento es una derrota que afecta al liderazgo de Zapatero e interpela también a aquellos en la cúpula socialista que públicamente más apostaron por la ministra de Sanidad. Ganó "el candidato que dijo no a Zapatero". Esa definición, ideada por Alfredo Pérez Rubalcaba con ánimo descalificatorio, ha ido cambiando de significado a medida que avanzaba la campaña de las primarias, en paralelo a un deterioro del Gobierno y su presidente que ayer mismo reflejaba la encuesta de EL PAÍS. Lo más significativo de ella es que solo el 62% de los anteriores votantes del PSOE dicen desear que ese partido gane las elecciones de 2012. Otro dato significativo es que si bien Jiménez sigue siendo uno de los miembros del Gobierno mejor considerados, la valoración de su gestión ha retrocedido 11 puntos en las semanas transcurridas desde que oficializó su candidatura para las primarias. El deterioro de la imagen de Zapatero estaría arrastrando a todo el partido; y si es cierto que solo es una encuesta, los resultados de otra fueron el argumento para invitar a Gómez a hacerse a un lado.


El resultado de ayer confirma lo adelantado por el recuento de avales del pasado fin de semana, que ya favorecía a Gómez por escaso margen (52% frente a 48%). Pero si esa coincidencia confirma cuál es la opinión mayoritaria entre los militantes, eso no significa que sea un reflejo de la dominante en el electorado socialista. Las personas convocadas ayer a votar eran 18.000, y el PSOE obtuvo en las anteriores autonómicas 1,2 millones de votos. Es posible que los electores favorables al PSOE hubieran preferido a Jiménez, cuya buena imagen deriva sobre todo de su disposición al consenso con la oposición. Mientras que Gómez cultivó la imagen contraria.

En todo caso quedan ocho meses para las autonómicas, y pueden pasar muchas cosas. Si Gómez es capaz de compaginar su imagen de candidato que resistió a Zapatero con la de político moderado podría acabar siendo un aspirante verosímil. Con Jiménez se sabía que podía ganar por poco o perder también por poco, mientras que con Gómez puede pasar cualquier cosa. Incluso que aglutine ese descontento múltiple y transversal que recogen las encuestas y le gane a Aguirre.


El País - Editorial

No a Zapatero

Confrontados con dos candidatos que ideológicamente no se diferenciaban en nada, los militantes madrileños han preferido a aquel que no venía avalado por Zapatero y el resto de la nueva guardia socialista: más que por Gómez, han votado contra Zapatero.

Tiene razón Zapatero en que tras las primarias del PSM "ha ganado el partido". Porque tanto Trinidad Jiménez como Tomás Gómez tienen las mismas ideas y los mismos modos que Zapatero: el populismo socialista cuya consistente aplicación está llevando a la ruina a España. En este sentido, ambos defienden inequívocamente el mismo programa: más despilfarro público, mayores impuestos a las clases medias, más endeudamiento para las generaciones venideras, más regulaciones, más complicidad con la aristocracia sindical y, en definitiva, menos libertades.

Un ideario político que en pocos sitios de España podrá observarse con más inquietud y distancia que en Madrid, la región donde justamente han triunfado las políticas de signo contrario a las propugnadas por Zapatero, Jiménez y, también, Gómez. El votante madrileño sigue teniendo tan pocos motivos para apoyar al PSM como los tenía antes de este domingo.


De puertas hacia adentro, sin embargo, el resultado de las primarias sí adquiere una mayor relevancia de la que previsiblemente tendrá para los comicios autonómicos. Trinidad Jiménez, ministra de Sanidad y candidata oficial de Zapatero, Blanco y todo el aparato del PSOE, ha perdido las primarias contra el ex alcalde de Parla. Confrontados con dos candidatos que ideológicamente no se diferenciaban en nada, los militantes madrileños han preferido a aquel que no venía avalado por Zapatero y el resto de la nueva guardia socialista: más que por Gómez, han votado contra Zapatero. Al fin y al cabo ya lo sentenció Rubalcaba: el único mérito del secretario general del PSM ha sido decirle ‘no’ a Zapatero, y sólo eso ya le ha bastado para erigirse vencedor.

No es algo que, por otro lado, debiera extrañarnos: incluso los periódicos más afines al PSOE señalan que un Rajoy sin prácticamente ejercer de oposición está sacándole 14 puntos de ventaja a Zapatero. Contar con su respaldo es un claro demérito, especialmente en la Comunidad de Madrid, donde además de su calamitosa gestión nacional se ha sufrido su particular inquina hacia la región.

Pero si empieza a ser indudable que Zapatero no cuenta ni con el apoyo de los militantes socialistas, ni con el de los ciudadanos madrileños, ni con el del conjunto de los españoles, ¿a qué espera para someterse a similar proceso de reválida al que forzó a someterse a Gómez? Porque lo realmente relevante de las primarias de ayer no fue el haber seleccionado qué cabeza de cartel defendería en Madrid la ideología del socialpopulismo zapateril, sino si el presidente del Gobierno seguía contando con algún ascendiente dentro de su partido. Y no, ni siquiera los suyos confían en él. Todavía falta mucho hasta 2012 como para que un político totalmente deslegitimado entre sus bases y entre la ciudadanía siga ocupando La Moncloa y arruinando a los españoles. Si Tomás Gómez y los militantes socialistas pueden gritar ‘no’ a Zapatero, con más motivo deberíamos de poder hacerlo todos los españoles.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero se estrella

Había en disputa dos visiones sobre el corto y medio plazo socialista: con Zapatero y sin Zapatero. Quieran o no asumirlo desde La Moncloa y Ferraz, ha ganado la segunda.

Las primarias en la Federación Socialista Madrileña se han saldado con una victoria, la de Tomás Gómez, el «candidato de la derecha» según algunos de sus compañeros de partido, que puede considerarse una precipitación del debate sobre el poszapaterismo. Es evidente que la derrota de Trinidad Jiménez abre una grieta en la dirección nacional del PSOE, que ni previó la determinación de Gómez ni supo dar a su candidata el discurso necesario para derrotarlo. El desgaste de Jiménez es suficiente para cuestionar incluso su continuidad en el Gobierno, porque agrava y extiende la imagen derrotista que transmite el equipo ministerial de Zapatero. Por eso, al presidente del Gobierno se le plantean dos problemas: como jefe de un Ejecutivo con evidentes síntomas de ruina y como secretario general de un partido cuyas bases madrileñas le han dado la espalda. Lo primero se llama crisis de gobierno, y lo segundo, a este paso, congreso extraordinario. Por supuesto, la derrota de Jiménez es otra más de las derrotas de Zapatero en Madrid, con la diferencia de que hasta ahora se las infligían los candidatos del Partido Popular.

La altísima participación de los militantes de la FSM, que han dado un ejemplo de democracia interna, refuerza el valor de los resultados e inhabilita cualquier intento de rebajarlos. Ha sido un plebiscito interno para dirimir un pulso que tenía más trascendencia para el futuro del PSOE que para el gobierno de la Comunidad de Madrid, sólidamente sostenido por una mayoría de votantes del PP. De hecho, a los militantes socialistas no les han persuadido las milagrosas encuestas de Ferraz con Jiménez de candidata. La cuestión era otra. Había en disputa dos visiones sobre el corto y medio plazo socialista: con Zapatero y sin Zapatero. Quieran o no asumirlo desde La Moncloa y Ferraz, ha ganado la segunda. Por eso, con Zapatero en caída libre en las encuestas, Tomás Gómez puede capitalizar a su favor la hostilidad del aparato nacional y las distancias que ha sabido marcar, con muy buenas maneras, pero muy claramente, frente al presidente del Gobierno. Y puede también animar a otros candidatos a buscar sus votos sin Zapatero.

La victoria de Tomás Gómez sí afecta al presidente del Gobierno. Si su candidato no gana ni en las elecciones internas, muchos pensarán que menos aún en los comicios autonómicos o generales. Tanto le afecta, que la maquinaria de la sucesión puede empezar a funcionar anticipadamente si los núcleos de poder internos ven a Zapatero como el principal obstáculo para mantener el Gobierno en 2012. Y, visto lo que le ha sucedido a Trinidad Jiménez, tienen razones para temerlo.


ABC - Editorial

domingo, 3 de octubre de 2010

Maoísmos. Por Jon Juaristi

La huelga general del 29-S derivó hacia una parodia de revolución cultural típicamente maoísta.

EN su arenga vespertina del miércoles, Cándido Méndez agradeció a las «formaciones de izquierda» el apoyo activo a la huelga general. La vaguedad de la expresión utilizada por el dirigente de UGT resultaba a esas horas del día un poco obscena. Todo el mundo, incluido Candido Méndez, conocía ya los sucesos de Barcelona, y por más que las televisiones públicas y unas cuantas cadenas privadas se empeñaran en separar los desmanes de los antisistema de la protesta sindical, es innegable que aquéllos son una formación de izquierda (o un conjunto de varias formaciones de izquierda). De extrema izquierda, si se quiere matizar, pero de izquierda ante todo, qué duda cabe.

El asunto puede parecer una nimiedad. No lo es. La inclusión de ese colectivo indefinido en el recuento de los protagonistas de la huelga convertía ésta, retrospectivamente, en una huelga política de la izquierda… contra el gobierno de la izquierda, aunque sólo en teoría. Produce un cierto estupor que el líder de la mayor central sindical del país desvirtuase así el carácter presuntamente sindical del acontecimiento en el mismo mitin de clausura. Por otra parte, es evidente que la huelga del pasado día 29 tuvo poco de sindical, en el sentido clásico del término. La última huelga general propiamente sindical fue la de 1988, y no se equivocaron entonces quienes auguraron que no volvería a haber otra huelga general de carácter sindical. El sesgo político de la de 2002, con la participación estelar de todas las formaciones de izquierda, empezando por la que hoy detenta el gobierno, fue inequívoco, pero es que se trataba de un ensayo de movilización de la izquierda contra el gobierno del PP (indispensable para engrasar una estrategia de acoso al mismo desde la calle, que funcionaría ya a la perfección en las campañas del Prestigey de la oposición a la guerra de Irak, incorporando sin escrúpulo alguno a la extrema izquierda).

La incapacidad de los dirigentes sindicales para cambiar el modelo se ha manifestado en la fastuosa confusión del discurso movilizador a lo largo de los tres últimos meses. Nunca quedó claro si se pretendía obligar al gobierno a cambiar su política, castigar a la patronal o machacar a la oposición. Con la excepción de Madrid, por supuesto, donde la huelga se planteó desde el principio y de modo exclusivo como un ariete contra Esperanza Aguirre. De hecho, los piquetes intentaron con particular entusiasmo paralizar el sector público de dicha Comunidad Autónoma -lo consiguieron al cien por cien en Telemadrid, la única televisión que se vio obligada a interrumpir sus emisiones-, y de ahí el contraste entre la indiferencia del Presidente Rodríguez ante lo que pasaba en la calle, a escasos metros del Congreso, y la indignación de la presidenta madrileña, hacia cuya sede de gobierno confluyeron desde la mañana los combativos sindicalistas de toda la capital. En tales condiciones, la huelga sólo podía ser política y ridículamente maoísta: una revolución cultural de sainete, contra el poder y a favor del poder simultáneamente, con los guardias rojos saqueando tiendas en Barcelona y el Gran Timonel mareando la perdiz en la Carrera de San Jerónimo, como si la cosa no fuera con él. Que no iba.


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ABC - Opinión

Sindicatos caducados. Por Julio Pomés

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI.

Vergüenza ajena. Eso es lo que seguramente sentirían los sufridos fundadores del movimiento sindical si levantasen la cabeza y contemplaran el desarrollo de la huelga general del 29-S. Seguramente aquellos grandes hombres, que no vivían del sindicalismo sino para el sindicalismo, serían los primeros en reconocer que lo que en el argot político del Gobierno se expresa como paros "desiguales y moderados", se traduce en lenguaje común como fracaso rotundo. UGT y CCOO han utilizado la máxima medida de reivindicación, una huelga general, sabiendo que la reforma laboral era un motivo insuficiente. Si la razón de la huelga era pobre, más injustificable resulta la violencia que han ejercido algunos piquetes ‘informativos’. Muchos somos los que pensamos que sin la existencia de estos grupos de coacción, verbal o física, la huelga habría pasado inadvertida. Más allá de estos hechos, esta huelga ha revelado algunas cuestiones de fondo sobre el papel de los sindicatos en la España de hoy.

De entrada, la protesta que enarbolaba la huelga carece de sentido porque la reforma laboral es una medida ya aprobada, que no puede derogarse por ser imprescindible. Antaño, las huelgas constituían el principal brazo ejecutor de unos sindicatos que sí defendían a sus trabajadores ante los abusos de la Administración y de los empresarios, y lograban mejorar las condiciones de sus afiliados. Hoy, si algo sabemos todos los españoles, es que Zapatero no va a dar marcha atrás en un asunto necesario que viene exigido tanto por la crisis económica como por la Unión Europea. Mucho menos cuando ya ha ‘descontado’ el vendaval que la medida ha generado y tiene resuelta la aprobación de los próximos presupuestos generales. Así pues, conscientes de la ineficacia de los paros del 29-S, parece más bien que los sindicalistas han salido a la calle a ganarse el pan, a que se vea que siguen organizándose y protestando, para que se justifique su existencia y el dinero que cuestan. Después de todo, la docilidad que han demostrado desde que empezó la peor crisis económica desde el crack del 29 empezaba a resultar sospechosa.

Pero es demasiado tarde. Lejos quedan los tiempos en los que los trabajadores percibían a los sindicatos como mejor garante de sus derechos. La gente sabe que está sola a la hora de encontrar empleo y abrirse camino en el terreno laboral, y por eso no sorprende que la única guerra de números que preocupa ya en España sea la de una tasa de paro que crece sin parar. Así pues, convocando esta huelga los sindicatos se han disparado en el pie mostrando la realidad de su ineficacia.

De todas formas, y para consuelo de ellos, no sólo ha contribuido a este descalabro su torpeza. La pérdida de influencia social de los sindicatos en España va en la línea de lo que está ocurriendo en otros países. Una referencia ineludible es el caso de las centrales sindicales en Estados Unidos: su popularidad va en caída libre a pesar de la gravedad de la crisis económica y del un cierto apoyo del presidente Obama.

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI. No en vano, la economía es cada vez más terciaria, y ya no se trabaja en grandes fábricas, por lo que no resulta tan fácil que los intereses de muchos den forma a movimientos sindicales como hemos conocido hasta ahora.

Y, a la hora de proponer nuevos modelos, sería justo proponerles que estuvieran más cerca de la sociedad civil y más lejos del estatus de una casposa institución paragubernamental. Los sindicatos debieran darse cuenta que la fuerza de la opinión pública reside cada vez más en el carácter participativo y emular el modo de funcionar de las redes sociales. El 29-S los términos ‘spanish strike’ y ‘strike spain’ estaban entre los más buscados en Google. Hoy el poder de las redes sociales puede ser más eficaz para quebrar una empresa que utilice mano de obra infantil de un país subdesarrollado, que una enorme manifestación callejera que intente impedir las importaciones de esa nación. Tal vez haya llegado el momento de que se le otorgue a la sociedad el protagonismo que se merece, y de que se reconozca su madurez democrática. La legitimidad de los sindicatos está cuestionada y no la tendrán mientras les falta la cualidad esencial para ser valorados: la autonomía que supone dejar de depender de las subvenciones del gobierno de turno.


Libertad Digital - Opinión

Socialismo a la catalana. Por M. Martín Ferrand

La chapuza vive aquí y forma parte de la cultura, de la historia y de la ley, del orden y de los oficios y profesiones.

AL PSC de José Montilla, según su propia confesión, le interesan por igual la justicia social y la defensa de la identidad nacional de Cataluña. Es una extraña manera de ser socialista que lleva la contradicción en su interior y que no solo renuncia a la internacionalidad que marca a las izquierdas de pura cepa, sino al más elemental sentido nacional español en el que se fundamenta(ba) históricamente el PSOE. Un PSOE que, por las circunstancias, dejó de ser obrero hace mucho tiempo, es ya algo más que un partido —tres por lo menos—, poco menos que socialista y resulta español, únicamente, en la medida en que no es portugués o noruego. Lo de la justicia social, ya en el siglo XXI e inmersos en una idea generalizada y no discutida del Estado de Bienestar, parece mostrenco y convierte en fundamental y decisivo el sentido nacional del PSC que, en las próximas autonómicas, se enfrentará básicamente a CiU, otro partido que antepone lo de la identidad catalana a todo lo demás. Triste panorama.

Mariano Rajoy, que pasea por las cuatro provincias del noroeste con Alicia Sánchez-Camacho en un alarde de infundada esperanza electoral, acierta cuando dice que «el problema de Cataluña no es ideológico, sino que está instalado en la chapuza permanente». Eso, además de ser una verdad incontestable, demuestra la tremenda españolidad de Cataluña. La chapuza vive aquí y forma parte de la cultura y el folclore, de la historia y de la ley, del orden y de los oficios y profesiones. Incluso, ante la lamentable delgadez de los valores espirituales en presencia, no solamente los religiosos, la chapuza es una forma de fe y una técnica de esperanza. Niega el futuro, pero hace más llevadero el presente de quienes reclaman derechos sin aceptar obligaciones. La mayoría.

En el orden de la chapuza, y llámelo Zapatero como guste, el relevo de Celestino Corbacho y la posible necesidad de sustituir a Trinidad Jiménez, es la base de una próxima «crisis» de Gobierno. Es una buena oportunidad para tratar de mejorar las hechuras de un equipo de mínimos en el talento y la acción. Cabe sospechar que lo de Corbacho ha de ajustarse a un trámite sindical. No en vano, y tras la mascarada de una huelga general de baja intensidad, UGT y CCOO constituyen, de hecho y con el PNV, el único sostén gubernamental; pero a la legislatura le queda mucho tiempo por delante y, ya que el Presupuesto no augura potencialidad de remedio y solución, serían deseables nombres de refresco para que no sigan creciendo los daños, el déficit y la deuda: las tres «d» que, en campo de gules, marcan la heráldica del de León.


ABC - Opinión

Rajoy y Aguirre, dos formas de gestionar el efecto 29-S. Por Antonio Casado

Era el día después y Mariano Rajoy todavía no había abierto la boca sobre la huelga general. Así que antes de saber que Soraya Sáenz de Santamaría reconoce a Belén Esteban el derecho de sufragio -elegir y ser elegida-, tuve ocasión de conocer de primera mano la valoración del líder del PP sobre el 29-S. “Ha sido un fracaso del Gobierno y de los sindicatos que acabarán pagando todos los españoles”, dijo.

Gobierno, por un lado, y sindicatos, por otro, cargan con sus respectivos fracasos, pero no vale endosarles la misma derrota en el pulso que acaban de librar. En una confrontación entre dos, uno gana y otro pierde. Al guardarse su opinión sobre el que ganó y el que perdió en el choque, Rajoy hace trampas. Incumple sus deberes como alternativa de poder institucional al no pronunciarse sobre el fondo de la cuestión.

La pregunta del día después, desoída por quien personaliza la opción de un recambio en el Palacio de la Moncloa, se encierra en estas dos interrogantes: ¿Debe Zapatero rectificar en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los sindicatos después de autoproclamarse ganadores de la huelga general? ¿O debe ratificarse en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los acreedores internacionales después de haber puesto a la economía nacional al borde del abismo?


Nos quedamos sin saberlo. Rajoy recurre al trazo grueso y a favor del viento. Eso le excusa de entrar en detalles. Es más fácil y menos comprometido sostener que el problema no se arregla con una huelga general sino con elecciones generales porque Zapatero está acabado y le sobra el año de prórroga que le regalan vascos del PNV y canarios de CC. Ese es exactamente el discurso oficial del PP, veinticuatro horas después del pulso librado en la calle entre Gobierno y sindicatos.

Aprovecharse del enfrentamiento

Puede ser un pleito de familia, pero con asuntos de interés general en disputa. Por tanto, el líder de la oposición parlamentaria debería pronunciarse y no lo hace. Al menos podía haber hurgado en la herida que siempre dejan las guerras fraticidas. Y de paso, evitar que otros hurguemos en las guerras fraticidas del PP. Por ejemplo: recordando el inequívoco pronunciamiento de Esperanza Aguirre contra los sindicatos y la constatación de su fracaso. Esa lección, la de aprovecharse del enfrentamiento entre afines, se la sabía mejor la presidenta de la Comunidad de Madrid, que creó las condiciones para lograr que las organizaciones sindicales dieran su peor cara. Algo que en buena parte ha conseguido, al potenciar la imagen de unos sindicatos cuya capacidad de arrastre es tan pequeña que tienen que recurrir a la coacción de los piquetes.

Con la inestimable colaboración de los propios sindicatos, por supuesto, que han hecho todo lo posible por darle la razón a Esperanza Aguirre. No hace falta militar en la derecha política y mediática más desinhibida para compartir el estupor. Parece increíble que en una democracia de derechos consolidados como el de reunión, manifestación o huelga, los ciudadanos hayan tenido tantas dificultades de hecho para ejercer un derecho individual tan básico como el de acudir al puesto de trabajo en una jornada de huelga.


El Confidencial - Opinión

Condescendencia. Por Ignacio Camacho

El gatillazo de la huelga estaba más que previsto pero ninguna de las partes trató de impedir el simulacro.

LOS sindicatos no deberían reflexionar sólo sobre el escaso respaldo de su convocatoria de huelga —«moderado», dicen los más objetivos de sus partidarios—sino también sobre su casi nulo impacto social y sobre la rápida disolución de su eco mediático. La movilización del miércoles apenas era ya tema de portada en los periódicos del viernes, desplazada de la agenda por el asfixiado presupuesto gubernamental, y pronto no será más que un brumoso recuerdo, un ruido lejano en la volátil memoria de la opinión pública. Nunca en esta democracia treintañera había tenido una huelga menos alcance ni unos resultados más previsibles; su carácter de escenificación forzosa, la ausencia de involucración ciudadana y el clima de pasteleo con el Gobierno contra el que supuestamente iba destinada no han hecho sino subrayar su irrelevancia.

La mano tendida por el poder a las centrales, simbolizada en el beso amistoso entre De la Vega y Cándido Méndez, viene a subrayar esa voluntad de entendimiento que deja sin sentido el alboroto de la protesta. Pero los dirigentes sindicales deben entender que los guiños del Gobierno no obedecen a su inquietud ante la débil demostración de fuerza sino a la intención de acudir en rescate de unas organizaciones desacreditadas tras su órdago fallido, y en segunda instancia a los remordimientos que Zapatero pueda sentir por los estragos de su propia política. Al presidente le preocupa el alejamiento de la izquierda social en la medida en que perjudica sus ya bien menguadas expectativas electorales, pero sabe que los sindicatos se han desactivado a sí mismos exhibiendo una capacidad movilizadora muy limitada. Su actitud con ellos es ahora de condescendencia; no le interesa la ruptura pero su malestar no le causa la más mínima alarma.

Por eso la huelga ha sido un enorme ejercicio de hipocresía que sólo ha servido para alterar parcialmente la normalidad productiva. La oferta de negociación sobre el desarrollo de la reforma laboral y sobre el debate de las pensiones podía haberse producido perfectamente antes de la jornada de paro, pero el Gobierno quería permitir a los sindicatos su ritual de queja y éstos necesitaban desentumecer en la calle sus atrofiados músculos de rebeldía. El gatillazo estaba pronosticado en las encuestas que conocían ambas partes, pero ninguna trató de impedir el simulacro. El acercamiento posterior es una componenda ficticia porque nunca ha habido querella real, y la gente lo sabe tan bien como sus protagonistas. De ahí el rápido olvido general de un miércoles sin historia en el que lo único que han sacado los sindicatos es el estupor de la sociedad ante su rancia coacción piquetera, impropia de su teórico papel de pilares de una democracia moderna.


ABC - Opinión

Unos presupuestos sin duda socialistas

Las cuentas públicas que ha pergeñado el Gobierno socialista no sólo no van a contribuir reactivar una economía agonizante, sino que van a intensificar los problemas ya existentes agudizando de paso la desigualdad de los españoles.

El socialismo antepone a la realidad los deseos de su ideología y la técnica presupuestaria no iba a escapar a esta norma que la izquierda viene observando en todo tiempo y lugar. Aceptado ese principio, podemos afirmar que los presupuestos generales del estado diseñados por Zapatero para el año próximo son socialistas de una forma ejemplar.

En efecto, la base sobre la que se han diseñado estos presupuestos públicos es inflar artificialmente la cifra de ingresos, para justificar una coacción institucional cada vez más intensa sobre los individuos gracias al gasto del estado en todo tipo de partidas de contenido ideológico, que son precisamente las que las últimas que los políticos de izquierdas están dispuestos a reducir.

Es difícil creer, como pretende Salgado que hagamos con esta astracanada presupuestaria, que la recaudación fiscal vaya a incrementarse sin haber iniciado con intensidad una etapa de crecimiento económico. Es imposible también que nuestro déficit público se reduzca en esa tesitura –gastando más que ingresamos–, con el agravante de la existencia de una deuda que consume ya la quinta parte de los recursos totales de ese presupuesto y unas cargas sociales consecuencia del desempleo galopante, que no dejan de crecer mientras otros conceptos de gasto de contenido sectario permanecen inalterables con la contumacia habitual de ZP.


En realidad, la aplicación de estos presupuestos generales va a provocar el efecto contrario al pretendido por el Gobierno, es decir, un incremento del déficit, un aumento de la deuda pública para financiarlo y el retraso indefinido de la salida de la crisis, característica esta última que distingue especialmente a la España de Zapatero de otros países gestionados con más criterio. Todo ello dará la excusa perfecta al Gobierno para incrementar la presión fiscal, otro efecto habitual, junto con el incremento necesario de las prestaciones del desempleo, de toda política socialista.

Y como el sectarismo ideológico de Zapatero no tiene límites conocidos, estos presupuestos consuman además el agravio de unas comunidades autónomas respecto a otras, al privilegiar financieramente a aquellas en que el PSOE tiene su particular granero de votos.

Las cuentas públicas que ha pergeñado el Gobierno socialista no sólo no van a contribuir reactivar una economía agonizante, sino que van a intensificar los problemas ya existentes agudizando de paso la desigualdad de los españoles dependiendo de su lugar de residencia. En todo caso, y desde que Zapatero anda por la Moncloa, nada nuevo bajo el sol.



Libertad Digital - Editorial

Las primarias de Zapatero

Es imposible que lo que pase hoy en Madrid no sea relevante para la imagen de Zapatero, ya que es evidente el movimiento de preocupación que existe entre los barones del PSOE y otros que no lo son.

LOS militantes del PSOE en Madrid resolverán hoy el primer capítulo de uno de los mayores problemas internos que se le han planteado a este partido desde la crisis abierta tras la derrota electoral en 1996. Pese a todo lo que pudiera separarlos, a Tomás Gómez y Trinidad Jiménez les une la certeza de que, sea quien sea el elegido, les espera el mismo futuro: caer probablemente derrotados ante Esperanza Aguirre en las elecciones autonómicas madrileñas. La aspiración del PSOE en estos comicios es elegir al candidato que pierda por menos votos y, a renglón seguido, esperar la carambola de una subida de Izquierda Unida en grado suficiente para reintentar una coalición de izquierdas, como la que se frustró en 2003. Por tanto, el PSOE tendrá dos candidatos en liza frente a Esperanza a Aguirre: el propio y el de Izquierda Unida. Es un dato a tener en cuenta para exigir de los socialistas su verdadero programa de gobierno para la Comunidad de Madrid, que será el que estén dispuestos a pactar con la extrema izquierda. Los socialistas eluden temerariamente en esta planificación la relevancia que pueda tener Unión, Progreso y Democracia.

Con este planteamiento —cuál es el mejor candidato para lograr que Aguirre gane sin mayoría absoluta—, los socialistas se dividen entre Jiménez y Gómez. El aparato nacional del PSOE, con Zapatero a la cabeza, apuesta por la ministra de Sanidad, apoyándose en unas encuestas de consumo interno. La campaña contra Gómez ha sido cualquier cosa menos sutil, hasta llegar a calificarlo como «el candidato de la derecha». Puede que el aparato de Ferraz tenga sus datos para defender esta estrategia —de la que ocultan que Aguirre ganaría por mayoría a cualquiera—, pero probablemente yerren en mostrarse tan seguros de que, en este momento, una candidata apadrinada directamente por Zapatero sea la mejor opción ante el electorado madrileño. Podría suceder que la imagen de cierta disidencia que está transmitiendo Tomás Gómez frente a La Moncloa, junto a su evidente gesto de firmeza a la hora mantener su candidatura, resulte más atractiva para el elector de izquierdas desencantado con Zapatero que una candidata «oficialista», en cuyo currículum ya contabiliza una derrota por goleada frente a Ruiz-Gallardón con posterior abandono a los electores madrileños. Es imposible que lo que pase hoy en Madrid no sea relevante para la imagen de Zapatero, cuando ya es evidente el movimiento de preocupación que existe entre los barones del PSOE, y otros que no lo son, por el declive político irreversible del presidente del Gobierno.

ABC - Editorial

sábado, 2 de octubre de 2010

Toros. Sinde no es la solución. Por Maite Nolla

Entiendo que el sector no quiera hacer de esto una cuestión de izquierdas o derechas, pero en algún momento tendrán que tomar una decisión y conseguir un compromiso político serio.

Yo de toros no entiendo nada, para qué engañarles. Estoy en fase de aprendizaje. Si quieren que de toros les hablen con propiedad, sintonicen el programa que dirige en esta casa Elia Rodríguez. Además, en esRadio tenemos a Andrés Amorós. A mí, la afición a ir a los toros –aprecien el matiz– me viene de mi suegro, hasta hace poco vicepresidente de la peña taurina de Lérida. Sí, sí taurina y en Lérida. El caso es que uno de los actos de mayor relevancia que organiza la peña es una comida con previa suelta de vaquillas en una bonita plaza de toros, coqueta, diría yo, que hay en Tortosa. Luego, tengo que reconocerles que lo que más me gusta es el ambientillo, a falta de conocimientos sobre la lidia. Es mi primer artículo sobre la polémica taurina, con lo cual supongo que debo manifestar previamente que respeto mucho a los que no les gustan nada los toros. Entiendo a los que piensan que los toros no son un símbolo nacional y me fastidia que en otras cuestiones desde Madrid no se haya movido ni uno de los muchos dedos que han movido con los toros. Pero también considero que si los nacionalistas no creyeran que pueden vender la prohibición de los toros como la eliminación de un símbolo español en Cataluña, no lo hubieran hecho. Y para muestra, un correbous.

Hechas las presentaciones, creo que el grupo de toreros que acudió a entrevistarse con la ministra se equivoca. Que los toros pasen a ser competencia del ministerio de Cultura no soluciona el problema. La cuestión no es si la tauromaquia debe regularse en uno u otro ministerio, sino quién es el titular de la competencia: el Estado o las comunidades autónomas. Las competencias del Ministerio de Cultura son casi tan residuales como las del de Vivienda, y el grueso de las competencias sobre cultura lo gestionan las comunidades autónomas. Es decir, si la cuestión deja de estar regulada en Interior y pasa a Cultura, en Cataluña el parlamento podría tomar la misma decisión y volver a prohibir los toros. Lo importante es que el que tenga la competencia, dentro de cultura o en materia de orden público, sea el Estado, como con otras muchas cosas. Y eso no se resuelve con soluciones "administrativamente posibles", como ha dicho la ministra, sino con voluntad política de que el Estado retome por la vía legal esas competencias. Porque eso sí es jurídicamente posible, aunque sólo fuera derogando el decreto de traspasos. Igual que el Estado cedió la competencia, la recupera. Bastante más sencillo que lo otro.

Entiendo que el sector no quiera hacer de esto una cuestión de izquierdas o derechas, pero en algún momento tendrán que tomar una decisión y conseguir un compromiso político serio. Digo serio porque invitando a los toros a algunos políticos no se soluciona el problema. Ni consiguiendo que digan que sólo pactarán en Cataluña con los que revoquen la prohibición. Y es que a la señora Camacho le hemos oído decir de todo, pero condicionar un futuro pacto de gobierno en Cataluña a la cuestión taurina, supera la barrera del sonido, que diría Cándido. Máxime cuando no consta un llamamiento a llenar la Monumental por parte del PP, ni por parte de ningún otro partido.

No soy yo muy de loas –el halago debilita–, pero mucho mejor es la idea de la Defensora del Pueblo, la autentica revelación de la temporada, de interponer un recurso, pese a que del Constitucional nos podamos esperar lo peor. Desde luego, mejor que Sinde, que no es la solución.


Libertad Digital - Opinión

Los que se la juegan. Por Edurne Uriarte

La única que no se la juega en las primarias madrileñas de mañana es Esperanza Aguirre. Su triunfo en las autonómicas será igual de contundente sea quien sea el ganador. Incluso si se impusiera Gómez, su rival teóricamente más peligroso en estos momentos, el discurso de «Zapatero es mi líder» que Gómez se verá obligado a hacer infundirá a las autonómicas la misma dinámica que con Jiménez de candidata, la del voto de castigo al Gobierno socialista.

Quienes se la juegan de verdad, más allá de los propios contendientes, Gómez y Jiménez, son quienes han provocado estas primarias. El propio Zapatero, Blanco y Rubalcaba. No porque creyeran que la candidatura de Jiménez podía romper la mayoría absoluta de Aguirre, como se ha ocupado de repetir penosamente la candidata en las últimas semanas, sino por su propia batalla de poder. La del control de una federación como la madrileña, esencial para la próxima y obligada transición al postzapaterismo y que está en manos de un líder díscolo como Gómez.

La operación ha sido tan burda que el problema para Zapatero y sus dos aspirantes a la sucesión es que se ha enterado hasta el más despistado de los ciudadanos. De tal forma que los afiliados van a votar en esa clave, en la del control y poder en el Partido Socialista. Sabedores de que la elección de mañana no es entre dos posibles candidatos a una Comunidad de Madrid que ya dan por perdida, sino entre el zapaterismo y la alternativa al zapaterismo. Entre Zapatero, Blanco y Rubalcaba y los nuevos movimientos de renovación que preparan la sucesión del presidente y de su camarilla. Si gana Jiménez, Zapatero, Blanco y Rubalcaba se asegurarán una pieza esencial como Madrid para garantizar su propia continuidad al frente del PSOE tras la pérdida de La Moncloa. Si gana Gómez, habrán sido derrotados en la primera gran batalla del postzapaterismo.


ABC - Opinión

Izquierda. Lecciones de talante. Por Pablo Molina

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.



Lo realmente sustantivo de la escena protagonizada en una cafetería de Sevilla por un progresista, suponemos de la rama sindical, es que no se trata de una acción aislada sino el tono habitual que los socialistas utilizan cuando deciden tomar las calles y, de paso, los negocios ajenos.

Unos proletarios concienciados de la subespecie okupa roban pantalones –de marca, por supuesto–, otros queman contenedores, algunos otros apalean a policías y viandantes y, en fin, los hay que subliman su frustración y su envidia con alaridos insultantes como el camarada sevillano, al que seguramente todos en su agrupación lo habrán felicitado efusivamente e invitado a unas rondas, agravando así las consecuencias previsibles de hábitos pocos saludables a los que el personaje parece tener cierta afición.

El energúmeno que agrede al hostelero sevillano por tener sintonizada esRadio lo hace porque sinceramente cree que esa emisora, que él odia profundamente por seguramente escucharla a diario, debería estar proscrita. Es normal por tanto, dentro de la locura sectaria de esos ambientes, el considerar a los oyentes de nuestra emisora enemigos de la humanidad a los que se puede vejar en público. Y eso si el marxista justiciero actúa sólo, porque, de ir acompañado por otros camaradas igual de comprometidos, la cosa podría haber desembocado en una ración de talante como las que hemos visto aplicar en las algaradas sindicales de esta semana.

La izquierda es totalitaria por definición o no es izquierda. Las libertades de los regímenes demoliberales tienen para los socialistas tan sólo un carácter instrumental que aceptan mientras les permitan ocupar el poder y mantener en silencio a los que se oponen a su dictado. En caso contrario, la izquierda se considera legitimada hasta para suspender las garantías constitucionales, como hemos visto en la fracasada intentona huelguista del pasado miércoles.

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.


Libertad Digital - Opinión

Y también dos huevos duros. Por M. Martín Ferrand

Con cuatro millones y medio de parados, una promesa como la de Gómez es un desacato a la ciudadanía.

CONVENCIDA de que el PIB experimentará un crecimiento del 1,3 por ciento a lo largo de 2011 —¡ojalá!— o en brillante disimulo de su falta de convicción, allá ella, la vicepresidenta que interesa, Elena Salgado, llevó al Congreso el anteproyecto de la Ley más importante del año, la que marcará los gastos ciertos y los ingresos teóricos del Estado durante el próximo ejercicio. Son unos presupuestos duros y forzados por las circunstancias que, posiblemente, no admiten otros muy distintos. Reducen el gasto en un 11 por ciento y la inversión el 30 y, con toda probabilidad y como ha hecho el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero estos seis últimos años, se quedarán en un propósito de buenas intenciones. En España, el no cumplimiento de la Ley, especialmente la del Presupuesto, no suele ser perseguido con mucho rigor. Que se lo pregunten a los diputados del PNV que, en claro ejercicio de lo que parece un cohecho, se disponen a aprobar el proyecto del Gobierno.

Aunque no lo parezca por su arranque, estas líneas tienen la intención de referirse a las primarias que mañana, en Madrid, dilucidarán el candidato del PSOE para, en las próximas autonómicas, disputarle la presidencia a Esperanza Aguirre. El PSM, antes Federación Socialista de Madrid, vive fiestas en su coso. La ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, trata de hacer realidad los deseos y el dedazo de su jefe y maestro, Zapatero, mientras que el secretario general de la formación, Tomás Gómez, pretende sacar adelante la designación de lo que inicialmente fue una clamorosa mayoría de sus bases y es hoy un termómetro de la temperatura del PSOE.

En el ambiente presupuestario que se define más arriba, el candidato Gómez hace campaña entre los suyos y anuncia que si llega a sustituir a la actual presidenta en la Puerta del Sol su «principal apuesta será la educación». Eso está bien. La raíz de todos nuestros males nacionales se hunde en una educación que, con la ensoñación igualitaria, rebaja su calidad de curso en curso y parece haber abdicado de cualquier pretensión de rigor y excelencia. Para alcanzar su sueño educativo dice Gómez que las guarderías de Madrid serán gratuitas y que «todos los jóvenes en edad escolar» viajarán en verano al extranjero para aprender inglés. «Y también dos huevos duros», que dirían los Hermanos Marx en Una noche en la ópera. Con cuatro millones y medio de parados y cerca de dos millones de jóvenes que no son parados porque todavía no han conseguido su primer empleo una promesa como la de Gómez, imposible por su cuantía económica, no es demagogia. Es algo más grave, un desacato a la ciudadanía.


ABC - Opinión

Motín antidemocrático

El presidente ecuatoriano emerge victorioso de la rebelión policial, pero debilitado políticamente

El enfrentamiento a tiros entre las dos instituciones clave de la seguridad del Estado -ejército leal y policía amotinada- que ha tenido Quito por escenario ha debido trasladar mentalmente a muchos ecuatorianos a un turbulento pasado no lejano, el de un país con 10 presidentes en una década y los tres últimos depuestos en revueltas. La sorprendente estabilidad del Ecuador de Rafael Correa se quebró el miércoles. El presidente, víctima de una dramática peripecia durante horas, prácticamente televisada en directo, emerge indemne y victorioso de una rebelión policial por motivos económicos, con muertos y heridos. Pero su posición política es ahora más débil que antes de la mayor crisis de su mandato.

Protesta policial fuera de control o intento de golpe organizado, como Correa considera, el inadmisible atentado contra el sistema democrático, condenado desde los cuatro puntos cardinales, se produce en un marco de deterioro político y polarización crecientes. De él forma parte el enfrentamiento entre el presidente ecuatoriano, acusado de autoritarismo, y un Parlamento bloqueado y renuente a dar el visto bueno a sus reformas legislativas. El jefe del Estado amenaza con su disolución y gobernar por decreto hasta la celebración de elecciones, a lo que le autoriza la Constitución a su medida, aprobada triunfalmente hace dos años.


Los problemas del líder ecuatoriano, un izquierdista convencido, aunque un más que improbable líder revolucionario por su extracción social y su formación estadounidense, son básicamente económicos. Ecuador sufre especialmente la caída de los precios del petróleo -y el recorte de producción por las compañías foráneas, que se sienten amenazadas-, el descenso acusado de las remesas de sus dos millones de emigrantes y la falta de inversiones extranjeras. Se ha acabado, en consecuencia, la alegría en gastos sociales que, en la estela del chavismo venezolano, trajo consigo el boom del crudo y el impago, en 2008, de más de 3.000 millones de dólares de deuda, en aras del progresismo. Atemperado forzosamente su populismo, el presidente intenta pasar en el Congreso un programa de austeridad al que incluso se oponen en su propio partido. La poda de ingresos policiales, funcionariales en general, forma parte de él.

Es más que probable que Rafael Correa capee la crisis. Los ecuatorianos le siguen apoyando (aunque mucho menos que hace un año), el Ejército le ha demostrado lealtad durante las horas aciagas y la oposición es débil y fragmentaria. Pero resulta evidente que tendrá que negociar con sus adversarios e hilar mucho más fino en el trato con los decisivos generales, que ya le han pedido que renuncie a imponer los recortes que dispararon la sublevación. En cualquier caso, la luna de miel entre el socialista cristiano y sus compatriotas, a los que prometió una vida mucho mejor que la del fallido neoliberalismo, parece definitivamente acabada.


El País - Editorial

Ecuador: ¿de revuelta a autogolpe?

Habrá que estar preparados ante los inevitables intentos de Correa de afianzar su poder, como hiciera Chávez en 2002 dotándose de poderes extraordinarios tras el –ese sí– golpe de estado o mucho antes que ellos los nazis tras el incendio del Reichstag.

No es ningún secreto que el actual presidente de Ecuador, Rafael Correa, no sólo participa ideológicamente en el proyecto de Chávez de dominación totalitaria de Iberoamérica, sino que ha ido siguiendo el manual del gorila rojo. Tras triunfar en las elecciones con un mensaje populista y una campaña financiada en parte por las FARC, procedió a hacerse una Constitución a la medida para perpetuarse en el poder y así ir implantando poco a poco una tiranía de corte comunista.

La crisis actual nace de la cada vez más acuciante falta de fondos de los estados socialistas financiados con el petróleo. La fuente de poder de este socialismo del siglo XXI, además del miedo, es el reparto de una parte del oro negro venezolano. Y acuciado por esa falta de fondos, Correa cometió una ilegalidad que, además, era un error. Vetó, como corresponde según la Constitución que se hizo a sí mismo, una nueva ley, para después eliminar de la misma ciertos extras que recibían policías y militares, algo a lo que no tenía derecho.


Las protestas se sucedieron y Correa encendió aún más los ánimos acudiendo a donde se concentraban para poner a caer de un burro a los manifestantes. Poco después, mientras estaba en un hospital, éste fue cercado por un grupo de policías. En su interior, Correa ordenó la censura de todos los medios privados y, pese a que no existía ningún poder en el país –tampoco la Policía– que hubiera intentado quitarle el poder, procedió a denunciar que intentaban apartarle del poder. Naturalmente, Moratinos compró esa versión inmediatamente y procedió a condenar el "intento de golpe de estado en Ecuador". No fue tal.

Durante las horas que la Policía mantuvo retenido a Correa, el caos se apoderó de un país en el que se abandonó a los ciudadanos a su suerte, sin ningún tipo de orden público. La situación se mantuvo así durante horas, sin que los ecuatorianos recibieran más información que la propaganda de los medios afectos al régimen, con el presidente recibiendo a ministros que salían y entraban del hospital, hasta que finalmente el Ejército procedió a sacarlo del hospital donde se encontraba.

Naturalmente, ni la Policía ni ningún otro tiene derecho a mantener secuestrado a nadie, y muchos menos a un presidente, para forzarle a negociar. Pero eso no es un golpe de estado, pues no ha habido intento de hacerse con el poder, y desde luego no es ninguna maniobra por parte de la oposición de derrocarlo. Correa ha salido muy reforzado del episodio, y parece improbable que no aproveche la ocasión para aumentar aún más su poder y sojuzgar lo que quede de oposición y sociedad civil en Ecuador. Por de pronto ya ha anunciado la depuración de los cuerpos policiales y empezado a acusar al ex presidente Lucio Gutiérrez de instigar el episodio.

Lo primero que debemos celebrar todos es la restauración del orden, algo de lo que sin duda se alegran todos los ecuatorianos de bien, voten a quien voten. Pero también habrá que estar preparados ante los inevitables intentos de Correa de afianzar su poder, como hiciera Chávez en 2002 dotándose de poderes extraordinarios tras el –ese sí– golpe de estado o mucho antes que ellos los nazis tras el incendio del Reichstag. El "socialismo del siglo XXI" no ofrece nada realmente distinto al del XX: miseria y terror. La revuelta permitirá a Correa regalar con más prodigalidad ambas a los ecuatorianos.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero vuelve sobre sí mismo

La posibilidad de retirar el plan de reforma de las pensiones es la enésima prueba de la contradicción y el oportunismo político del Gobierno socialista.

LA primera entrevista del presidente del Gobierno tras la huelga general, concedida a una emisora de radio pública, demostró que Zapatero sigue haciendo frente a la crisis económica y a su propia crisis política con argumentos oídos mil veces. No se mueve de sus ofertas de diálogo social, sin concretar en qué aspectos puede tener margen de maniobra, sobre todo si se refieren a la reforma de las pensiones y a la edad de jubilación. A este respecto, Zapatero debería de dejar de lanzar mensajes contradictorios y reconocer abiertamente que su Gobierno no tiene claro, 48 horas después del paro general, si se echará atrás con su propuesta estrella. La decisión del PSOE —como informa hoy ABC— de plantearse la retirada del documento presentado al Pacto de Toledo, en el que se preveía elevar la edad de jubilación de los 65 actuales a los 67 años, es la enésima prueba del grado de contradicción de un Ejecutivo sobrepasado por su propia impericia y que vive del regate en corto y del puro oportunismo. Cuando Bruselas y los organismos internacionales siguen tutelando la política económica española y su futuro depende no ya de engancharnos a la recuperación de los grandes Estados europeos, sino de evitar ser arrastrados por nuevas crisis «griegas» (Irlanda, Portugal). Zapatero sigue empeñado en lanzar al exterior mensajes confusos que solo pueden acarrear nuevos castigos de los mercados internacionales. Zapatero sabe que la supervivencia de su Gobierno, aunque la tenga arrendada al PNV, necesita tiempo, y quiere ganarlo generando la apariencia de expectativas; por eso volvió ayer a hablar de «un crecimiento sólido en dos años», defendiendo la corrección de las previsiones de su Gobierno para el 2011, pese a que no han pasado 72 horas desde que tuvo que aumentar la del desempleo para este mismo 2010.

El problema de este discurso es su falta de proyecto y el mensaje de resignación que transmite por fuerza de su inveracidad. Es el mensaje de los presupuestos generales del Estado para 2011, calificados por el Gobierno como los de la recuperación, aunque estén elaborados sobre una previsión de crecimiento prácticamente nulo del empleo. Las propuestas que en este sentido le hacía la oposición cuando aún estaba a tiempo de evitar cirugías drásticas eran despachadas con la condena de antipatriotismo. Por más que ahora se ponga al frente de la manifestación, Zapatero no puede eludir sus responsabilidades políticas.


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