viernes, 16 de julio de 2010

Debate. Zapatero y el mau-mauing catalanista. Por Cristina Losada

Así estuvo Zapatero ante el mau-mauing catalanista en el debate: firme en su entrega al soberanismo y nulo en la defensa de la Nación común. Qué sorpresa.

Cómo ciegan los mitos. No hay más que ver a Zapatero en sus escenas de adulación a los catalanistas durante un debate que se pretendía sobre el estado de la Nación, un término que evitó emplear, por ser ajeno a su cosmología. A las amenazas secesionistas, a los ataques a la sentencia del TC, a los anuncios de desacato, el presidente fue respondiendo con suprema comprensión, con tremenda sensibilidad, con el servilismo de los que se sienten fascinados por quienes pueden cortarles la cabeza. Como si de algo fuera a servir rebajarse ante los que nunca se contentarán y, además, le desprecian. Pero la fascinación le puede. Viene de lejos.

Algunos no se enteran. Un diputado, miembro de la parroquia mentada, reprochó a Zapatero la "larga tradición jacobina" de su partido. ¿Jacobina? Quiá. El PSOE que conocemos desde las postrimerías del franquismo –aunque entonces más bien lo desconocíamos– no ha hecho honor a tal apelativo: todo lo contrario. Los socialistas fueron colonizados por el nacionalismo. Se hicieron devotos de ese dogma según el cual, los auténticos y genuinos representantes de catalanes y vascos ("identidades fuertes") son los partidos nacionalistas o, andando el tiempo, las propias sucursales conversas. Con Zapatero ha culminado ese viaje retro y su partido se encuentra en las mismas antípodas del jacobinismo que De Maistre. El ciudadano español no existe.


La genuflexión del presidente llevaba las trazas patéticas y grotescas que Tom Wolfe descubrió en aquella flor y nata de la intelectualidad que se reunió en casa de Leonard Bernstein para adorar a los Panteras Negras, una pandilla dirigida por gangsters y proxenetas. La fascinación suicida y el mito. Ese mito acunado en conciertos de Raimon y Llach a los que no asistieron. El mito que Zapatero expresaba al proclamar: "yo admiro a la sociedad catalana". ¿Qué admira en ella? ¿Acaso el alto índice de fracaso escolar, la corrupción transversal, la deuda gigantesca, la expulsión de la lengua común de las aulas, las multas lingüísticas, la prensa del Movimiento, la exclusión de los no nacionalistas? Pero no saquemos defectos, proscribamos la crítica, dispensemos sólo alabanzas, incienso y oro y mirra.

Así estuvo Zapatero ante el mau-mauing catalanista en el debate: firme en su entrega al soberanismo y nulo en la defensa de la Nación común. Qué sorpresa.


Libertad Digital - Opinión

Aborto irreversible

El derecho a la vida proclamado por la Constitución e interpretado por la propia jurisprudencia del TC es el fundamento previo a cualquier otro derecho.

EL TC ha perdido una nueva oportunidad para demostrar su independencia y capacidad de aplicar la Constitución atendiendo a su espíritu genuino y no solo a criterios formalistas. Al rechazar la suspensión cautelar de la ley del aborto con el argumento de que no está prevista para las leyes estatales, el TC desconoce la finalidad del recurso de inconstitucionalidad como garantía en un asunto de máxima relevancia moral y jurídica como es la defensa de la vida del nasciturus. Es evidente —y así lo reflejan los votos particulares— que los efectos de la puesta en marcha de esta ley serán irreversibles, aunque en su día el Tribunal llegue a declarar su inconstitucionalidad. Un asunto de naturaleza patrimonial puede ser objeto de reparación, pero nadie podrá devolver la vida a unos seres indefensos. Por lo demás, las dilaciones excesivas a la hora de dictar sus sentencias y el proceso de renovación de los magistrados, con resultados todavía inciertos hacen prever que pasará demasiado tiempo antes de que se dicte una decisión jurisdiccional.

El derecho a la vida proclamado por la Constitución e interpretado por la propia jurisprudencia del TC es el fundamento previo a cualquier otro derecho. Su protección jurídica debe tener en consideración esas características especiales que alteran en este caso específico la presunción de constitucionalidad que se aplica a otras leyes del Estado. El deterioro que sufre el Tribunal solo podrá superarse si los magistrados hacen honor a la alta responsabilidad que les atribuye el ordenamiento jurídico. En efecto, no se trata de un órgano administrativo obligado a aplicar la ley de forma mecánica, sino de un intérprete supremo que debería haber considerado los sólidos argumentos de un recurso que pretendía paralizar una ley injusta.

ABC - Editorial

Reprobación y hundimiento virtual de ZP. Por Antonio Casado

La comunicación no verbal del presidente del Gobierno nos puso ayer por la mañana frente a un político agonizante. Sus asesores de imagen deben haberse tomado las vacaciones por anticipado. “Un muerto que habla”, oigo a mi lado. Terrible la frase del colega. Pero la frase se hizo carne al ver a Zapatero envejecido, agotado, somnoliento y con unas ojeras hasta los pies, mientras braceaba entre argumentos y palabras de réplica a Rosa Díez, Uxue Barcos, Carlos Salvador, etc., en el tramo final del debate sobre el estado de la Nación tras la dura jornada del miércoles.

En cuanto a la comunicación verbal, propia de los templos de la palabra, como el Parlamento, Zapatero ha perdido la ocasión de reinventarse como personaje del drama. Las recurrentes embestidas contra el PP no curan el estupor de sus electores, que siguen esperando explicaciones creíbles al frenazo en sus compromisos con los más débiles. ¿Y eso como computa en la batalla por el poder? Eso ya necesita de precisiones contables.

Me dicen en el entorno de Mariano Rajoy que el debate ha sido una cuestión de confianza encubierta que el presidente del Gobierno ha perdido por goleada. Hombre, sería más propio hablar de reprobación virtual (la cuestión de confianza la plantea el afectado y no ha sido el caso), pero se entiende la idea. A Zapatero le han apedreado por la izquierda y por la derecha, pero de aquella manera. Como un campeón de boxeo que retiene el título aunque le machaquen en un combate de exhibición.

El título no está en juego. Y no lo estará hasta la primavera de 2012, salvo improbable desfallecimiento del titular (elecciones anticipadas). O paso al frente del aspirante (moción de censura), que tampoco parece una hipótesis manejable a corto o medio plazo. Así que tendrán que seguir toreando de salón los conjurados para destronar a Zapatero. Su hundimiento es sólo virtual. Tan virtual como en las encuestas, en las tertulias y en los pregones de la cuenta atrás, tantas veces desmentidos luego por el BOE.

Lo de estas dos últimas jornadas en el Congreso de los Diputados, por ir al ejemplo que nos ocupa, no pasa de ser una representación. Muy dura, eso sí, como se reflejaba ayer en el rostro del protagonista. El agonista, que diría Unamuno, al verle ojeroso y adormilado en los últimos lances del debate.

En esta ocasión, además, se ha suprimido la votación en caliente de las resoluciones. Los grupos pueden presentarlas hasta las 14.00 horas de hoy, pero sólo podrán votarse a partir del martes que viene y, al no ser vinculantes, ni siquiera sirven para obligar al Gobierno a actuar de conformidad con las mismas.


El Confidencial - Opinión

Aborto: una ley abiertamente inconstitucional

El Tribunal Constitucional ha sido irremediablemente prostituido por los partidos y sus pronunciamientos han dejado de ser jurídicos para convertirse en una patética plasmación de lo que ordenan los políticos a quienes deben el puesto los magistrados.

Cuando se alega que hay leyes que deberían derogarse porque "no han conseguido nada" a la hora de reducir el comportamiento que castigan, se suele responder que no por el hecho de que se siga asesinando debe legalizarse este crimen. Sin embargo, eso es precisamente lo que se ha hecho con el aborto en España. Tras el escándalo que supuso la revelación de que algunas clínicas abortistas mataban nasciturus de hasta ocho meses perfectamente viables con técnicas tan brutales como la de aplastar cabezas, el Gobierno de Zapatero decidió impulsar una nueva ley que redujera los riesgos legales que afrontaban... esas clínicas.

Esta ley socialista, cuya base argumental parece reducirse a los sesudos "nosotras parimos, nosotras decidimos" y aquello de que el feto "es un ser vivo, pero no un ser humano", incumple la famosa sentencia 53/85 del Tribunal Constitucional al eliminar la necesidad de ajustarse a los tres supuestos que ésta contemplaba para despenalizar el aborto en las primeras 14 semanas de gestación. Al relajar las condiciones por las que se puede abortar legalmente cabe esperar que los casos aumenten; si se reduce el precio, que en este caso es el riesgo legal, aumenta la demanda. Por tanto, era razonable pedir la suspensión de una ley cuya constitucionalidad, por decirlo suavemente, está en entredicho y cuya aplicación produciría daños irreversibles, y más cuando éstos afectaban al derecho, que este sí lo es, a la vida.

Sin embargo, el Tribunal Constitucional ha decidido rechazar la petición de que se suspendiera la aplicación de la ley. A la espera de los autos y votos particulares, parece claro que los magistrados han aceptado el argumento de la Abogacía del Estado de que, tras la derogación del recurso previo de constitucionalidad de las leyes orgánicas, el TC sólo podía suspender una ley aprobada en el Parlamento en casos muy tasados, entre los que no se encontraba éste. Sin embargo, esta ley afectaba a derechos fundamentales, en concreto el derecho a la vida, y sus consecuencias son claramente irreversibles, no sirviendo los argumentos empleados en casos como el del traslado de los papeles de Salamanca a Cataluña.

En cualquier caso, sólo hay que emplear el sentido común para lamentar la decisión del Constitucional. Si, para horror de Zapatero y Aído, encontrara inconstitucionales preceptos como el que permite abortar libremente antes de las 14 semanas o el que permite a menores de 16 y 17 años no informar a sus padres siempre y cuando lo justifiquen –precisión que se añadirá al supuesto de "salud psíquica de la madre" como el fraude de ley más habitual en España–, ¿cómo podrá reparar todas las vidas perdidas desde el 1 de julio hasta que lleguen a esa conclusión?

Los cuatro años que han transcurrido hasta la sentencia del estatuto catalán y esta lamentable decisión deben servirnos para concluir la conveniencia de recuperar el recurso previo de inconstitucionalidad, mediante el cual las leyes orgánicas aprobadas en el parlamento no se aplicaban hasta que el TC no resolviera. De este modo se evitaba que leyes que afectaran a derechos fundamentales o a la estructura del Estado se pusieran en funcionamiento sin haber sido examinadas por el tribunal.

En cualquier caso, quizá valiera de poco ante la constatación de que el Tribunal Constitucional ha sido irremediablemente prostituido por los partidos, y que sus pronunciamientos han dejado de ser jurídicos para convertirse en una patética plasmación de lo que ordenan los líderes políticos a quienes deben el puesto los magistrados. Si alguna duda quedaba, la sentencia del estatuto la habrá disipado ya. Poca esperanza hay, por tanto, de que el TC considere inconstitucional incluso aquellos puntos que contradicen abiertamente su propia jurisprudencia. Ya encontrarán excusa.


Libertad Digital - Editorial

Guiño nacionalista de Zapatero

Zapatero ha dejado claro que prefiere transigir su debilidad con los nacionalistas. Cualquier cosa antes que ofrecer a la sociedad un acuerdo responsable con el primer partido de la oposición.

PARA Rodríguez Zapatero, el Debate sobre el estado de la Nación ha sido la ocasión que necesitaba para escenificar sus necesidades políticas y las soluciones que propone para satisfacerlas. Sabe que tiene un problema de mera supervivencia, que no tiene ya capacidad de convicción ante los ciudadanos y que la evolución de la crisis no le va a dar márgenes de maniobra para una resurrección política milagrosa. Sobre estas bases, Rodríguez Zapatero recuperó en el Congreso la esencia de lo que fue su acceso al poder y volvió a ponerse en manos de los nacionalismos. Esta historia es la de 2004, con la diferencia de que entonces partía con la autoridad de una victoria electoral inesperada frente a un PP convertido en bestia negra de los demás grupos; y ahora es el presidente de Gobierno con el peor balance económico y político de la historia de la democracia. Antes que buscar la novedad de un pacto de Estado con el PP para la recuperación de la economía y las grandes reformas estructurales que se necesitan, Zapatero ha dejado claro que prefiere transigir su debilidad con los nacionalistas. Cualquier cosa antes que ofrecer a la sociedad un acuerdo responsable con el primer partido de la oposición.

Para los nacionalistas, la situación de Rodríguez Zapatero es una oportunidad inmejorable para recolocarse en Cataluña y el País Vasco. Un presidente de Gobierno precarizado es una condición de partida muy propicia para Convergencia i Unió, si acaba gobernando en Cataluña, porque la negociación de los presupuestos generales de 2010 puede tener contrapartidas enjundiosas. Y para los nacionalistas del PNV, las elecciones municipales y forales de 2011 pueden permitirles recuperar parte del poder perdido o consolidar el que conservan si los socialistas acuerdan con ellos, y no con el PP, mayorías de gobierno. Si después del frenazo impuesto por el Tribunal Constitucional al modelo confederal del Estatuto de Cataluña, Zapatero aún se empeña en seguir haciendo exégesis del término nación para complacer a los socialistas catalanes y a CiU, es porque el presidente del Gobierno no ha querido aprender nada de su peligrosa aventura estatutaria. Es muy significativo que las únicas declaraciones comprometidas que realizó durante el debate tuvieran como objeto una encendida defensa del Estatuto catalán y su compromiso de desarrollarlo, dando por hecho, además, que en Cataluña no hay más sentimiento político legítimo que el nacionalista. Zapatero ya gobierna mirando con miedo a Cataluña.

ABC - Editorial

jueves, 15 de julio de 2010

En el vacío político. Por Valentí Puig

Un rasgo del zapaterismo es comportarse en el Gobierno como si todavía estuviera en la oposición.

LO más previsible del debate de ayer era que el presidente Zapatero ostentase ese medallero extenso con el que se autoacredita como estadista que cambió estructuralmente de rumbo político, sacrificándose por la nación. En cuanto a las mediciones profundas de la opinión pública, lo imprevisible es la credibilidad que tenga la tesis del medallero. Ciertamente, es ilimitada la naturalidad con que Zapatero dice hoy todo lo contrario de lo que decía ayer. Podríamos hablar en concreto de un dialecto Zapatero, una fragmentación lingüística en la que la relación entre la palabra y su significado varía de modo constante y aleatorio. Pudo constatarse ayer en el hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Un rasgo permanente del zapaterismo es comportarse en el Gobierno como si todavía estuviera en la oposición. No es un rasgo original. Consiste en gobernar —según la vieja fórmula— no «para» algo, sino «contra» algo. No fue otra la estrategia de Zapatero desde que obtuvo la mayoría en las elecciones después del atentado del 11-M. Entonces se puso a gobernar «contra» el PP, del mismo modo que había visto la formación del tripartito catalán y su reivindicación estatutaria como un dique frente a las aguas del centro-derecha.


Entre otros motivos, seguramente fue por eso que luego no quiso asumir la dimensión de la crisis económica, o que incluso tardó en captarla. Eso ha llevado al Gobierno a un cierto vacío político. Desde luego, ni las bancadas del PP son un jardín de la infancia ni deja de haber contradicciones en sus tareas de oposición, pero no solo es que quien gobierna sea el PSOE, sino que le ha negado a la oposición política y a la opinión crítica el marco de aquella totalidad compleja en la que —por definición— somos plurales. Ese es un efecto del vacío político, del acordonamiento fijo de espacios.

Viene de ese vacío político que Zapatero haya asumido tarde y mal la recesión, incluso cuando era un dato clamoroso, y solo hasta que le indicaron las pautas el FMI, el Banco Central Europeo y los mercados de deuda. Ahí, de modo tan tardío, aparece el Zapatero que ayer describía el estado de la nación con la ortodoxia de la terminología del FMI y de la Comisión Europea. Está ya un poco pasado de rosca acordarse de la Alianza de las Civilizaciones, pero es inevitable para contrastar el lenguaje zapaterista de los inicios y el de ayer. Fue como si pasásemos del «Viva Zapata» a las fórmulas de la tecnocracia. Era un salto inverosímil para un público al que ya le cuesta creer y confiar en según que cosas.

Mantenerse en el vacío político durante un año y largos meses es una gesta con la que Zapatero va a intentar asirse de unos primeros indicios de recuperación económica —crecimiento y creación de puestos de trabajo— que hoy por hoy pocos ven con certeza. Es una apuesta por la incertidumbre. Mientras tanto, intentará rehacer complicidades parlamentarias pero el vacío político absorbe y ensimisma. Puede ser un espectáculo poco gratificante para quienes desearían ver ahora mismo un retorno del potencial regenerador de España. Vamos a tener que escuchar muchos monólogos en el dialecto Zapatero.


ABC - Opinión

Traidores por doquier. Por Hermann Tertsch

Zapatero no se va. Se defenderá clamando contra todos los «traidores» que no le ayudan y no le creen.

RESIGNÉMONOS, españoles, no hay nada que hacer. El debate sobre el estado de la Nación en el Congreso de los Diputados nunca ha sido un debate de especial gran nivel. Pero todo es susceptible de empeorar en la triunfal era de Rodríguez Zapatero. La economía se hunde, los socios europeos nos huyen y temen, nadie se fía de nosotros, nuestras instituciones se combaten entre sí y afloran las hostilidades por doquier. ¿Por qué iba a mejorar precisamente este año el nivel del debate anual, el estado de la Nación? Por eso ayer tuvimos a un Zapatero que se fue fiel en todo momento. Pudimos ver a un jefe de la oposición más inspirado y contundente que de costumbre. Debe de haber llegado incluso a Génova el rumor de que la gente en la calle no solo está angustiada. Está enfadada y asustada. También está harta de ver cómo este espectáculo de palabrería no conduce a nada que repercuta para bien en su situación, en su ánimo y su economía doméstica. La oposición hace bien en tomarse en serio el riesgo de que la palabrería de la Cámara nos deje tan exhaustos a los españoles que acabemos confundiendo las distintas palabras que se cruzan en el hemiciclo. Y que el hastío que producen ya las letanías vacías del presidente del Gobierno acaben afectando también a una oposición a la que su líder ha impuesto un ritmo quizá muy gallego, pero que impacienta a sus posibles votantes.

Que Rajoy fue ayer superior en poder de convicción, credibilidad y presencia es cierto. Pero tal constatación no supone que pueda ponerse a tirar cohetes. Porque la sociedad española está hoy igual que ayer por la mañana. Que el líder de la oposición nos recuerde que el presidente del Gobierno es un incompetente y mentiroso compulsivo, para quien la palabra no tiene valor alguno, es algo que ya no es original —por cierto que sea—. Sí dio el jefe de la oposición en el clave en el pasaje de su primera intervención en la que, escuetamente, compara la situación de hoy con la existente hace un año, cuando se celebrada el anterior debate. En esos datos pueden condensarse todos los fracasos, las falacias y la impotencia de este Gobierno, dirigido por quien parece un adolescente turbado y expulsado de su espejado mundo de juguete. Se ha descompuesto Zapatero con las intervenciones de su rival y, al subir a la tribuna a responder a Rajoy, era un hombre desencajado. Cuando más tarde ha querido recurrir al humor ha resultado más patético aún. Zapatero debiera saber que una cosa es que se hagan chistes de él y otra, ser chistoso. Resumiendo, Zapatero no se va. Agotará la legislatura, nadie sabe para qué. Se defenderá clamando contra todos los «traidores» que no le ayudan y no le creen. Y como los traidores somos cada vez más, veremos qué instrumentos se le ocurren al Timonel y a Ferraz para convencernos.

ABC - Opinión

Rajoy lleva al Parlamento el grito de la calle: Zapatero, vete ya. Por Federico Quevedo

Con otras palabras, si quieren más educadas, propias de un parlamentario de su categoría, pero ayer el líder del Partido Popular le dijo a Rodríguez Zapatero en el debate del Estado de la Nación tres cosas: la primera que es un inútil, la segunda que no es creíble y la tercera que lo mejor que puede hacer es irse por el bien de España, de esta España que ha recuperado su dignidad -o parte de ella- gracias a su selección de fútbol, que manda eso… Rajoy no le podía repetir a Rodríguez aquello que ya le dijo Aznar a González -“¡váyase, señor González, váyase!”-, porque la frase tiene copyright, pero se lo vino a decir con otras palabras, si quieren menos efectistas, pero igual de contundentes: “Usted no está en condiciones de gobernar. Por lo tanto, el mejor servicio que puede hacer al país para cortar este calvario es disolver el Parlamento y convocar elecciones”. Y fue en ese terreno, el de visualizar el Estado de la Nación, el del relato sobre cómo hemos llegado hasta aquí, y el de la única salida que nos queda, donde Mariano Rajoy le ganó el debate a un Rodríguez Zapatero que en su primera intervención directamente no estuvo, y en la réplica al líder del PP sólo supo buscar el cuerpo a cuerpo mediante la descalificación, el insulto y la provocación.

Partamos de una base: el debate del estado de la nación está pensado para que lo gane siempre el presidente del Gobierno. Tiene tiempo ilimitado, siempre cierra el debate, y además su primera intervención la hace él solo por la mañana lo que supuestamente le permite ganar la primera batalla de los medios con su discurso inicial. Por el contrario, los portavoces de la oposición hablan con tiempo tasado -treinta minutos para la primera intervención y diez para la réplica- y en un debate seguido. Ayer, sin embargo, Rodríguez no aprovechó su primera oportunidad y por la mañana nos ofreció un discurso tan vacío de contenido y de propuestas que se lo podía haber ahorrado. Fue por la tarde, en respuesta a la intervención de Rajoy, respuesta que ya llevaba escrita de antemano, cuando Rodríguez sacó su artillería y buscó provocar a Rajoy reprochándole la actitud del PP sobre el Estatuto catalán. Probablemente era la única alternativa que le quedaba a Rodríguez, pero le salió mal porque Rajoy no entró al trapo y después de haberle recordado en su primera intervención que todo lo que está ocurriendo con el Estatuto es culpa suya desde que dijo aquello de que aprobaría lo que surgiera del Parlamento catalán y como luego fue engañando a tirios y a troyanos, no volvió a referirse a este asunto por más que Rodríguez le buscó.

Y lo cierto, lo que quedó en evidencia ayer tras la primera intervención del presidente, es que el asunto del Estatuto catalán, lejos de haberse arreglado con la sentencia del TC, se ha envilecido aún más y ha envilecido la política, y amenaza seriamente con descomponer el modelo de Estado constitucional, porque Rodríguez está dispuesto a cometer la mayor de todas las barbaridades, es decir, saltarse a la torera la sentencia y desarrollar el Estatuto por la vía de la leyes orgánicas. Mal asunto, como casi todo lo que en estos momentos está en manos del presidente, y eso fue lo que ayer evidenció con acierto Mariano Rajoy. “Su tiempo está agotado, y usted lo sabe”, le dijo el líder del PP. No sé si Rodríguez lo sabe, pero lo cierto es que esté país ya no aguanta más esta situación, y en el actual escenario de crisis económica una nueva escalada de tensión territorial, lejos de contribuir a serenar los ánimos, lo que hacer es perjudicar aún más a España y a su imagen de marca. Y eso es algo que, precisamente ahora, después de este ‘subidón’ de orgullo patrio que nos ha traído la selección, se va a hacer mucho más patente para la inmensa mayoría de la gente, para esa inmensa mayoría de izquierdas, de derechas y medio pensionistas que estos días gritaba “yo soy español, español, español” sin complejo alguno por decirlo y por acompañarlo de la presencia externa de los símbolos que lo demuestran.

Rodríguez ayer estaba solo en el Congreso, a pesar de los aplausos de los suyos. Era como un fantasma al que, por cierto, se le había ido la mano en la exposición a los rayos uva para tapar su mala cara y las ojeras que le produce la tensión de ver como conduce al país al abismo irremediable. Y Rajoy se irguió sobre la tribuna como el matador dispuesto a darle la estocada: “No es usted creíble, no se puede confiar en usted, nos ha engañado a todos”, le vino a decir. “Tiene usted poder, pero no tiene autoridad porque no inspira confianza”, fue probablemente una de las frases más contundentes y más acertadas de las que he escuchado en boca de Rajoy dirigidas a Rodríguez. Y es que es así: Rodríguez es un gobernante atrapado en la espiral de sus propias mentiras y de sus engaños, y la única salida que le queda a este país para, en efecto, superar este calvario es que él mismo hiciera honor a su promesa de actuar en bien de España y no en interés particular y convocara elecciones de inmediato.


El Confidencial - Opinión

Debate. Por qué Zapatero es el problema. Por Emilio J. González

Lo peor de todo fue la sensación que dejó Zapatero de que no piensa rectificar y de que va a seguir con su línea y en el cargo le cueste lo que le cueste.

En sus intervenciones durante el Debate sobre el Estado de la Nación, el presidente del Gobierno ha dado una nueva prueba de que el principal problema para la economía española no es la crisis inmobiliaria, ni la del sector financiero, sino el propio ZP.

Zapatero se presentó en la tribuna de oradores con un discurso como cabía esperar de él: con una intervención llena de generalidades –¿cuáles son las reformas estructurales a las que se refirió?–, sin concreciones y en la que dibujaba una España muy distinta de la real en la que, gracias a él y a todo el catálogo de medidas que está desplegando el Gobierno –que, por supuesto, enumeró de forma exhaustiva–, estamos empezando a superar la crisis. El problema es que todo ese optimismo que ZP derrochó a raudales no lo comparten más que sus incondicionales, porque los analistas hablan de vuelta a la recesión en la segunda mitad del año y de muy serios problemas con el sector financiero a partir de este otoño. Mientras tanto, las empresas no es que ya no consigan crédito, es que ya ni su banco de toda la vida les admite a descuento un simple pagaré, entre otras razones porque el poco dinero del que disponen tienen que dedicarlo a comprar la ingente cantidad de deuda pública que emite el Gobierno para evitar la quiebra del Estado.


Por supuesto, Zapatero no se cortó un pelo a la hora de colgarse un montón de medallas sin, por supuesto, merecer ninguna de ellas. Según el presidente del Gobierno, todo lo que ha hecho el Ejecutivo ha sido porque la crisis internacional ha obligado a nuestro país a adelantar los planes de ajuste y porque su Gabinete apuesta por una España moderna y competitiva, para lo cual ha aprobado las reformas estructurales que dice haber aprobado. Pero lo cierto es, sin embargo, que todo esto no ha sido fruto de la voluntad del Gobierno ni, mucho menos, de su presidente, sino que nos ha venido impuesto por el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea a cambio de no dejar caer a España. Vamos, que nos han intervenido con todas las de la ley, pero de forma sutil, y ZP pretendiendo vendernos las burras: la de que todo es fruto de su preocupación por España y los españoles, la de que ha aplicado un verdadero plan de saneamiento presupuestario y la de que ha puesto en marcha reformas estructurales que distan mucho de ser tales. De la misma forma que las pocas e insuficientes medidas que se han tomado hasta ahora son el fruto del miedo que los mercados le metieron a Zapatero en el cuerpo; miedo que, una vez superado, le ha permitido al presidente del Gobierno volver a las andadas. Él no tiene una verdadera voluntad de hacer nada para arreglar las cosas; sólo responde a la presión externa cuando ésta alcanza límites casi insoportables, lo cual ha minado por completo la confianza en la economía española y su sistema financiero.

Tres cuartos de lo mismo cabe decir en relación con las medidas adoptadas por la Unión Europea para afrontar la crisis, en especial la que puede ocasionar la suspensión de pagos de España. Según la versión de ZP, todo eso del fondo de rescate se debe a él y a su participación en la política comunitaria como presidente de turno de la UE, cuando lo cierto es que las decisiones se han tomado entre Berlín y París, ninguneando a Zapatero y dejándolo al margen puesto que, al fin y al cabo, el problema real era y es la España de ZP, cuya situación puede ser una bomba de relojería para el sistema financiero de la UE. Pero, por supuesto, un ZP muy pagado de sí mismo en su discurso: no se cortó un pelo a la hora de atribuirse al respecto méritos que no le corresponden.

Lo peor de todo, sin embargo, fue la sensación que dejó Zapatero de que no piensa rectificar y de que va a seguir con su línea y en el cargo le cueste lo que le cueste. Dijo que el Estado va a recortar otros 20.000 millones de euros de gasto público en 2011 aplicando la tijera a los gastos corrientes y a las transferencias a las empresas públicas, cuando los primeros no dan para mucho y cuando resulta que, en materia de empresas públicas, el Gobierno no ha aplicado a Renfe la rebaja del 5% que ha impuesto a los funcionarios. En cambio, donde debe dejar de gastar, esto es, en las partidas ideológicas, no va a aplicar la tijera y lo ha dejado bien claro. Él sigue a lo suyo y no piensa marcharse, como contestó a la petición de elecciones efectuada por Rajoy. Es más, tal y como se expresó con eso de que si el presidente del PP quiere que ZP se marche le presente una moción de censura, dejó entrever que, incluso si el PSOE llegara a perder una votación de importancia, digamos, por ejemplo, sobre los presupuestos, el Gobierno seguiría en su lugar. Es decir, que él está dispuesto a seguir en el cargo contra viento y marea, pase lo que pase, mientras no le echen del mismo, y a seguir haciendo lo que ha venido haciendo desde que llegó al poder en 2004. Zapatero, por ello, es el verdadero problema de la economía española. El Debate sobre el Estado de la Nación lo ha dejado muy claro.


Libertad Digital - Opinión

El (mal) estado de la nación. Por M. Martín Ferrand

Zapatero presume, en alarde de autocomplacencia, de haber hecho lo debido en cada circunstancia.

SI España fuese una democracia sólida y verdadera, no paródica, el debate parlamentario más importante del año sería aquel en que se discute y aprueba el Presupuesto; pero nos demuestra la experiencia que, especialmente en lo que llevamos de zapaterismo, el Presupuesto es un género literario, algo que se formula con la convicción previa de no cumplirlo y cuya única función concreta es la de su publicación en el BOE. En consecuencia, el debate estelar de la legislatura es el que ayer comenzó en el Congreso de los Diputados, el del estado de la Nación. Dada la proximidad y trascendencia de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y a la vista de la reacción montaraz y díscola con que la ha acogido el presidente de la Generalitat y notable militante socialista, José Montilla, hubiera sido deseable —¿exigible?— que el discurso de José Luis Rodríguez Zapatero hubiera sido menos falaz al respecto y, a mayor abundamiento, no hubiese anunciado su disposición de «recuperar», en componenda con la franquicia socialista catalana, aspectos estatutarios anulados por el TC.

Como de consuno, Zapatero y Rajoy, con más dignidad el segundo que el primero, sobrevolaron la cuestión catalana. El socialista, por autor del problema; el popular, por no enfrentarse al coste electoral que su necesario recurso de inconstitucionalidad pueda tener en las autonómicas del próximo otoño. Hubiera bastado con que el jefe de la oposición le hubiera formulado al del Gobierno una sola pregunta: ¿España es una Nación y no hay más Nación que España en todo el territorio? Una pregunta envenenada para quien, como Zapatero, sostiene que el concepto de España como Nación es «discutido y discutible»?

En los aspectos sociales y económicos del debate, los dos protagonistas principales repitieron lo acostumbrado. Zapatero, que no parece tener conciencia de la gravedad de la situación en la que estamos, presume, en alarde de autocomplacencia, de haber hecho lo debido en cada circunstancia, de haber cumplido con su deber. Parece incapaz de entender y asumir que, además de en lo referente a Cataluña, él es el problema. Ni supo ver venir la crisis ni, muchos menos y acompañado por un equipo mediocre, es capaz de enfrentarse a ella. Además, como hombre mejor dotado para la oposición que para el Gobierno, trata de trasladar a su oponente la responsabilidad de lo que nos ocurre, como si el líder de la oposición, en un sistema que tiende a «presidencialista», tuviera muchas más posibilidades que la crítica de las acciones y el señalamiento de las omisiones del titular del Ejecutivo.


ABC - Opinión

Y el visionario acabó convertido en caradura. Por Jesús Cacho

Alguien dijo que una característica común a todos los líderes populistas que en el mundo han sido es que mienten con tanto descaro que incluso es falso lo contrario de lo que dicen. Confieso que contemplar a Rodríguez Zapatero desgranando desde la tribuna del Congreso los desequilibrios macroeconómicos que han terminado poniendo en la calle a 5 millones de españoles como si la cosa no fuera con él, confiado y campanudo, afectadamente solemne, como si no hubiera tenido nada que ver con el desastre a pesar de estar gobernando desde marzo de 2004, me produce una impresión cercana al aturdimiento. Con más cara que espalda. Con todo el morro. Como un profesor de Historia de un colegio de secundaria narraría la invasión de España por las tropas de Napoleón o la batalla de Lepanto.

Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004. Una nueva estación en el vía crucis de un país condenado a vivir su calvario hasta purgar, de grado o por fuerza, los excesos cometidos por mucha gente -promotores inmobiliarios, banqueros codiciosos, políticos corruptos-, pero fundamentalmente por un Gobierno de tan alta ideologización como bajo nivel de capacitación técnica, presidido por un peligroso visionario que se cree sus propias fantasías. La novedad es que el visionario ha terminado convirtiéndose en un caradura.


Si el 3 de julio de 2007 -último debate sobre el estado de la Nación de su primera legislatura-, el aludido realizó un balance triunfalista de sus tres años en el poder que culminó con el anuncio-guinda de la canastilla de 2.500 euros para cada nuevo hijo, además de la promesa del “pleno empleo” si resultaba reelegido en 2008, en el debate del año pasado (12 de mayo de 2009), el prestidigitador sorprendió a todos con una catarata de planes y paquetes y ayudas, al menos supuestas, que dejaron noqueado a un Mariano Rajoy que no se esperaba tal aluvión. Gasto público a mogollón. Regalos a todos aquellos grupos de interés con alguna capacidad de presión o influencia electoral.

Entre ambas fechas, en esos casi dos años que van de julio de 2007 a mayo de 2009, el señor presidente se había dedicado a negar la crisis y a calificar de antipatriota a quien afirmara lo contrario. En pleno 2008 se refería a ella calificándola de “periodo de desaceleración del crecimiento”. Cuando resultó evidente, a cuenta del desplome de la actividad con su correlato de paro, que debía cambiar de registro, trató de enmascararla en la situación financiera internacional, intentando ocultar, mintiendo siempre, que España tenía su propia y demoledora crisis, personal e intransferible, tan distinta, tan cruel como atestiguan esas tasas de paro que no conocen parangón en el mundo civilizado.
«Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004.»
En mayo de 2009, sin embargo, el inquilino de Moncloa creía haber encontrado el antídoto perfecto para acabar con la pesadilla: el gasto público. Los economistas en nómina le habían convencido de que el ratio deuda pública/PIB español, entonces en el entorno del 36% frente a una media del 59% en la UE, le permitía gastar con liberalidad en las cosas más variopintas, por improductivas que fueren. El déficit público así generado se vio engrosado por el aumento de los gastos del seguro de desempleo y el derrumbe de los ingresos fiscales, consecuencia todo ello de la aparatosa caída del PIB. Con el agravante de que como se podía gastar sin ton ni son, porque el Tesoro público era un pozo sin fondo, no era necesario adoptar reformas estructurales de ningún tipo. El corolario del desmadre descrito es que, entre diciembre de 2007 y el mismo mes de 2009, las cuentas públicas pasaron de un superávit del 2% a un déficit del 11,4%. Más de 13 puntos de PIB desaparecidos en solo dos años por el sumidero de las “políticas sociales” de Zapatero.

Miedo a la suspensión de pagos de España

El castillo de naipes se vino abajo con la crisis del euro ocurrida en mayo pasado, una crisis en buena medida causada por las sospechas de los mercados sobre la capacidad de España para pagar sus deudas. Y, de pronto, Zapatero se asustó. Se asustó tanto que de un día para otro, tras la dramática noche del 9 al 10 de mayo vivida en Bruselas por la ministra Salgado (“me dicen que eso no es suficiente, José Luis, que quieren más…”) ante sus pares, la UE y el BCE acordaron crear un fondo de hasta 750.000 millones para “proteger a la divisa europea de los ataques especulativos”, aunque la verdadera razón estaba -está- en dar seguridad a los mercados de que España no suspenderá pagos.

El resultado fue un radical volantazo a la derecha, con replanteamiento de la política económica del aprendiz Zapatero. No iba a tocar el gasto social, ni el sueldo de los funcionarios, ni las pensiones, ni, por supuesto, el mercado de trabajo sin el acuerdo de patronal y sindicatos… Rajoy tuvo ayer la humorada de leer una página del diario de sesiones del citado 12 de mayo de 2009. Cita textual del genio de León: “Yo he dicho, señor Rajoy, que no hay que hacer una reforma laboral. Usted es el que afirma tal cosa. He mantenido y mantendré que no se producirá ninguna reforma laboral que debilite los derechos de los trabajadores o facilite, abaratándolo, el despido. Lo mantengo y lo mantendré”.

Pues, con un par, ha terminado haciendo la reforma -reformita- y por Decreto. ¿Alguien vio ayer en Zapatero alguna sombra de duda, algún gesto de vergüenza ante semejante ejercicio de travestismo, algún ligero temblor facial? ¿Oyó alguien algo parecido a una disculpa ante los funcionarios, los pensionistas o los trabajadores españoles en general? Muy al contrario, alardea, alardeó ayer, del ajuste emprendido -más bien ajustito para las verdaderas necesidades de nuestra Economía- como el que presume de haber ganado el Nobel. Y con la fe del converso, se compromete a “culminar con ambición todas las reformas que hemos puesto en marcha”, mientras descubre el Mediterráneo de que “hay que crecer sin incrementar el gasto público…”. A buenas horas, mangas verdes.

Es lo que tiene el personaje: que aprende tarde, mal y nunca; que lleva tres años de retraso en casi todo, en reconocer la crisis y en adoptar decisiones mínimamente coherentes que la situación reclamaba. Tres años perdidos y muchos más de sufrimiento, en términos de paro y pérdida de nivel de vida, colectivo. Y esto es así no solo en el terreno económico, sino también en el político e institucional. Un botón de muestra: el presidente del Gobierno que juró guardar y hacer guardar la Constitución se dispone a desguazarla con la ayuda de su cuate Montilla, para resolver los problemas que enfrentan a PSOE y PSC. Lo nunca visto en el mundo de las democracias occidentales. Vale el viejo doliente lamento: ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto…?


El Confidencial - Opinión

Cataluña. ¿Más café para todos?. Por José García Domínguez

El intelectual de cabecera del tripartito, Xavier Rubert de Ventós, después de buscar y rebuscar únicamente ha dado con un ejemplo empírico de ese federalismo descangallado y fané: el subcomandante Marcos.

Hay que ignorarlo todo sobre la naturaleza del nacionalismo catalán para incurrir en una promesa como la que acaba de asumir Zapatero en el Debate; a saber, el compromiso de vadear la sentencia con tal de "desarrollar" los contenidos del Estatut viciados de inconstitucionalidad. Igual que tantas veces, el presidente parece hablar a humo de pajas, pero lo grave es que en esta ocasión desconoce con quién lo hace. Pues cuanto más se esforzase el hombre por resucitar esos cadáveres, tanto más afrentaría a los catalanistas. De tal guisa, cada paso adelante en la evaporación del Estado sería percibido como un paso atrás en la construcción nacional de Cataluña. Tragicómica paradoja que en última instancia remite a un malentendido puramente semántico.

Y es que nada se compadece menos con la verdad que el sambenito federalista que la izquierda sigue empeñándose en atribuir al catalanismo; como nada resulta más ajeno al afán segregador de los nietos de Prat de la Riba que el espíritu igualitario de los federales. A fin de cuentas, el intento de salvar los muebles del Estatut, leyes orgánicas mediante, implicaría equiparar a los aborígenes de Albacete y Betanzos con los payeses de Gurb o Vic, suprema, imperdonable afrenta de lesa catalanidad. Más café para todos, un anatema en las antípodas de la falacia también dicha federal que apadrina el PSC. Esto es, un Estado plurinacional donde la autonomía de Cataluña se fundamenta en la soberanía compartida con España, razón última de que las competencias de la Generalidad hayan de ser distintas y distantes de las de las otras comunidades.

Su reino, como se ve, no es de este mundo. Así, el intelectual de cabecera del tripartito, Xavier Rubert de Ventós, después de buscar y rebuscar únicamente ha dado con un ejemplo empírico de ese federalismo descangallado y fané: el subcomandante Marcos. Sí, Marcos, el clon del pasamontañas. Por lo visto, el Estado Libre Zapatista de Chiapas, fantasía que sólo existe en la imaginación del ex vendedor del Corte Inglés, asegura poseer el derecho a intervenir –y en su caso vetar– en cualquier legislación mexicana que afecte a su territorio. Más allá de ese chiste, no hay ninguna otra plasmación del federalismo amontillado en el todo planeta Tierra. Ni una. Cero. ¿Lo sabrá el Adolescente?


Libertad Digital - Opinión

La foto fija de un estanque. Por Ignacio Camacho

Tras la catarsis mundialista tenemos mejor autoestima, pero seguimos tan mal gobernados como antes.

ZAPATERO es un gobernante desastroso, incompetente y errático, pero como parlamentario maneja bien el arte de la propaganda, que es la versión posmoderna de la retórica. Es buen encajador, porque sus escasos principios son muy elásticos, y pega con una contundencia demagógica. Por eso se siente a gusto en los debates, en los que acostumbra a emplear un lenguaje mitinero trufado de consignas y se acolcha ante las críticas con una pasividad impermeable. Se mueve con animada soltura en el toma y daca y fracasa en el turno de exposiciones, cuando le toca ejercer la responsabilidad del liderazgo. En ese trance se vuelve espeso, narcótico, difuso; endilga discursos anestésicos en los que dibuja entre vapores de irrealidad los contornos de un sueño autocomplaciente. Está cómodo en la confrontación pero no sabe —o no puede— defender un proyecto.

Ayer no tenía otra estrategia que la de trabarse con Rajoy en un cuerpo a cuerpo. Fue un espectáculo patético: el presidente del Gobierno esforzándose en desgastar al jefe de la oposición. Fracasado en todos sus objetivos, falto de chispa y confianza, ni siquiera se molestó en justificarse. La quiebra financiera le ha privado incluso de las clásicas ocurrencias con que suele apoderarse de los titulares: no tiene nada que ofrecer salvo resignación para compartir su propio naufragio. Trató de hacerse la víctima y presentó la crisis como un accidente meteorológico; habla del déficit como si en vez de provocarlo él le hubiese llovido en una tormenta. Inmune a sus contradicciones desprecia la autocrítica; errado en todos sus pronósticos presenta como una virtud sus rectificaciones y cambios de criterio. En el discurso de más bajo perfil de su mandato, lleno de coartadas y pretextos, se pintó a sí mismo como un inocente bienintencionado al que su malvado oponente se niega, hambriento de poder, a echar una mano.

Ni Rajoy ni los demás portavoces tuvieron piedad; le sacudieron a granel, como estaba previsto, y no encontró comprensión en los nacionalistas porque hay un horizonte de elecciones y además en estos debates no está en juego nada sustantivo. Desde el punto de vista práctico la sesión fue un dèja vu inservible. Todo el mundo sabe que la escena pública está embarrancada en un duelo estático, atrapada en la foto fija de un estanque: el discurso zapaterista está agotado y el PP no va a suministrar oxígeno a su asfixia. Tampoco CiU, al menos hasta que gobierne en Cataluña. Esta dialéctica cansina quedó ayer, para alivio gubernamental, balsamizada por el estiaje y la euforia del éxito mundialista. Todo sigue igual; tras la catarsis futbolera tenemos mejor autoestima y más orgullo, pero seguimos tan mal gobernados como antes. La selección es lo más parecido que vamos a tener a un gobierno de coalición.


ABC - Opinión

Zapatero y Rajoy, más de lo mismo en el debate de ayer. Por Antonio Casado

El tiempo dirá si Mariano Rajoy acertó en su arriesgada apuesta en el debate sobre el estado de la Nación. A la confrontación por la confrontación. Palo sin zanahoria cuando todavía queda tanto partido por jugar. Se le puede volver en contra si se comparan sus intervenciones con las de otros portavoces. Durán i Lleida, por ejemplo, cuyo cruce con el presidente del Gobierno fue un modelo de esgrima parlamentaria.

En su particular cuerpo a cuerpo con Rodríguez Zapatero, el líder del PP optó por la bronca y renunció a los contenidos. Se limitó a machacar el mismo clavo de siempre: Zapatero es un perfecto inútil, que improvisa, miente y no inspira confianza a nadie. Así que lo mejor que puede hacer es convocar ya elecciones anticipadas. Porque “su tiempo se ha agotado” y porque “conviene al país y no al PP”.

Tampoco el presidente del Gobierno fue muy original en su réplica. Con su discurso inicial, a mediodía, había tratado de explicar con mejor o peor fortuna su gestión y, en particular, el por qué de sus decisiones en materia económica. Cierto, pero por la tarde, en su cruce con el líder del principal partido de la oposición, no fue mucho más allá de su recurrente crítica al empeño del PP en capitalizar los males del país sin presentar una alternativa. La misma pedrada de siempre: Rajoy no mira por los intereses de España sino por los de su partido.


Hubo que esperar el posterior cruce de Zapatero con el portavoz de Convergencia i Unió (CiU), Duran i Lleida, para comparar argumentos, bien fundamentados, a favor o en contra de las medidas que el Gobierno toma o que deja de tomar en relación con la crisis económica. Durísimo en el fondo pero sosegado en las formas. A diferencia de lo ocurrido minutos antes con Rajoy, que había sido intenso, por la agresividad desplegada, pero plano desde el punto de vista argumental.

Zapatero aprovechó su debate con Durán para hacer una declaración de amor a Cataluña y expresar eterno agradecimiento a Josu Erkoreka (PNV) por haber salvado los Presupuestos Generales del Estado de este año. Se esperaban guiños a CiU (10 escaños) y al PNV (6 escaños), como eventuales costaleros parlamentarios del Gobierno para el último tramo de la Legislatura. Pero lo que vimos y escuchamos ayer fueron verdaderos ritos de apareamiento. Desde poner a los nacionalistas como ejemplos de “patriotas”, por su sentido de la responsabilidad (han salvado a Zapatero en votaciones decisivas), hasta declararse admirador de la identidad catalana: “Seré sensible a sus demandas”, dijo. O comprometerse a apoyar su voluntad de autogobierno.

Y tanto. Como que insistió en su propósito de concertar con la Generalitat una revisión de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Sabedor de que esa actitud proyecta la sospecha del desacato en algunos sectores de la opinión pública, se comprometió a acatar, cumplir y hacer cumplir la sentencia. Pero perdió la ocasión de desautorizar a su compañero de partido y presidente de la Generalitat, José Montilla, que ha hecho explícita su insumisión al declarar, entre otras cosas, que no tiene por qué legislar en sintonía con la mencionada sentencia.


El Confidencial - Opinión

Mundial. La no España perdió. Por Cristina Losada

Las multitudes que celebraron la victoria de la selección española no dieron vivas a las "realidades nacionales" ni corearon "yo soy del Estado español". Tampoco estaban compuestas por ancianos con bigotillo.

El progre español vive en la no-España. Ese no-lugar es un poco diferente de la anti-España del secesionista, pero tan similar que ambos se entienden mejor entre ellos de lo que se entienden con los que viven en España. Para nuestro progre de manual, que suele ser un advenedizo, que alguien viva en la nación española, ¡y que llegue a darle vivas!, resulta no sólo incomprensible, sino impensable. En su mitología, España es una unidad impuesta a sangre y fuego a unos pueblos, que en su diversidad, eran muy felices, y que más que ninguna otra cosa desean recuperar su identidad nacional, oprimida durante tanto tiempo. Cálculos de poder al margen, ese tópico de baratillo es la clave del imaginario que guía a Zapatero.

Convencidos de su superioridad respecto del común de los mortales, pero seguros de representar al pueblo como nadie, esos progres de salón, que son los que gobiernan, deberían sentirse confundidos y, en todo caso, atribulados. Durante unos días, al calor de un triunfo deportivo, el pueblo, pues de un fenómeno popular hablamos, ha dejado claro que vive en España. Y harían bien en sospechar que siempre ha vivido allí, al contrario de lo que creen ellos. Daban por sentado que en España sólo moraban los nostálgicos del franquismo, los nacionalcatólicos, los vejetes inasequibles a la sutileza relativista. Y que si España era algo, sería una entidad administrativa, una especie de coordinadora de las auténticas naciones, las "identidades fuertes", con culturas, lenguas e historias diferentes.

El pueblo, sin embargo, tiende a la incorrección política y se resiste a trasladar su residencia a la no-España que pintan tan plurinacional y bonita. Las multitudes que celebraron la victoria de la selección española no dieron vivas a las "realidades nacionales" ni corearon "yo soy del Estado español". Tampoco estaban compuestas por ancianos con bigotillo. Y, lo que es peor, sacaron la bandera de España sin ningún sentimiento de culpa. No sé cómo llevarán los progres que nos gobiernan un divorcio tan patente entre sus clichés y la realidad. Pero la afloración de "una realidad patriótica" (Gustavo Bueno dixit), los coloca ante un dilema de difícil solución. O hay millones de fachas en España o lo que hay son españoles. Resulta que la gente vive con naturalidad en España y ellos, no.


Libertad Digital - Opinión

Un mandato expirado. Por José María Carrascal

La «era Zapatero» viene jalonada por tres frases rotundas, que han resultado tres rotundos reveses: «Otegui es un hombre de paz», «Pascual, os daré lo que me pidáis» y «la crisis económica no afectará a España». La consecuencia ha sido que, hoy, Zapatero se ve obligado a hacer cosas que nunca había pensado hacer.

¿Estamos gobernados por un cadáver político y no nos damos cuenta? ¿Ha completado Zapatero su ciclo como gobernante y sigue en La Moncloa por pura inercia, una de las constantes de nuestra historia? Si examinamos su trayectoria durante los últimos meses, percibimos que no domina los acontecimientos, los acontecimientos le dominan a él, que se limita a navegar sobre ellos como un surfista sobre las olas, con trompazos cada vez más frecuentes, preludio del descalabro definitivo. La «era Zapatero» viene jalonada por tres frases rotundas, que han resultado tres rotundos reveses: «Otegui es un hombre de paz», que marcó el inicio de las negociaciones con ETA; «Pascual, os daré lo que me pidáis», origen de un estatuto que no ha satisfecho a nadie; y «la crisis no afectará a España,» que no necesita explicación. La consecuencia ha sido que, hoy, la economía española la marcan Bruselas y los mercados, obligando a Zapatero a hacer cosas que nunca había pensado hacer, mientras en política pende y depende de los nacionalistas, que le apoyan solo si les conviene, siempre a un alto precio. El momento de la verdad llegará con los próximos presupuestos, sobre los que se acumulan todo tipo de tormentas políticas y económicas. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán ha empeorado hasta tal punto sus relaciones con CiU que empieza a verse difícil le salve. Tendría entonces que recurrir al PNV, que le pediría tanto o más: traicionar a Patxi López. Y aunque Zapatero es experto en traiciones, va a serle difícil completar una dentro del propio partido.

Por no hablar ya de la prueba que le espera con los sindicatos, con los que venía gobernando a bases de un pacto asimétrico: concederles lo que le pidieran en el terreno laboral a cambio de paz en el sector. Pero los sindicatos se encuentran en un apuro tan grande o mayor que el suyo: Zapatero se ha visto obligado a romper el arcaico statu-quoreinante en el mundo laboral por imposición extranjera, dejando a los mandamases sindicales con el trasero al aire. Ante lo que no han tenido más remedio que convocar movilizaciones, La fecha es finales de septiembre, vísperas de las elecciones catalanas y del debate presupuestario. Si el verano es tórrido, el otoño se presenta infernal. Porque a Zapatero ya no le queda escapatoria: o satisface a los leones interiores o a los exteriores. A todos al mismo tiempo, como ha venido trampeando, imposible, porque todos exigen la misma carne, que no es la suya, sino la del pueblo español. La situación es particularmente grave porque el pueblo español no está acostumbrado a vivir sin gobierno, pese a la fama de ingobernable que tiene. La realidad es que, a diferencia de los italianos, que han aprendido a vivir sin gobierno y les va estupendamente, los españoles necesitamos no ya un gobierno, sino varios, el municipal, el regional, el nacional, a los que pedir favores, encargar de nuestros asuntos y echar la culpa si las cosas salen mal. La facilidad con que caemos en el anarquismo más estrepitoso cuando deja de haber una autoridad sobre nosotros es la primera consecuencia de nuestra incapacidad de autogobernarnos. Otra, nuestra renuencia a cambiar, incluso cuando las cosas se tuercen, plasmada en el dicho «más vale mal conocido que bien por conocer». Preferimos, no sé si por desidia o fatalismo, que la situación se pudra por si sola a las pejigueras que trae el cambio. De ahí que no haya puesto más ingrato que el de jefe de la oposición en España, ni más cómodo que el de jefe de Gobierno, hasta el punto de poder decirse
que, en nuestro país, la oposición no gana nunca las elecciones. Son los gobiernos los que las pierden, por descomposición interna, corrupción generalizada o incapacidad apabullante, pues la pequeña o mediana se toleran.

Como los errores. El mejor ejemplo lo tenemos en Zapatero, que se ha equivocado en todas las decisiones importantes que ha tomado. Solo una de las tres antes apuntadas hubiese bastado para acabar con una carrera de gobernante en cualquier país democrático. Él, sin embargo, ha sido reelegido y continúa yendo en las encuestas por delante de Rajoy, pese a que la «conjunción planetaria» que iba a representar su presidencia europea ha sido un fiasco total. Pero ahí le tienen, convirtiendo las derrotas en victorias y confiando en que lo peor haya pasado. Hace tiempo escribí en esta misma página el secreto de su política o, mejor dicho, la fórmula de su permanencia pese a su política: gobierna apoyándose en los defectos españoles, no en nuestras virtudes. Y aunque todos los pueblos sienten debilidad por sus defectos, los que eligen gobernantes que se apoyan en ellos desaprovechan todas sus ocasiones históricas. José Luis Rodríguez Zapatero gusta más del ayer que del mañana, como la inmensa mayoría de los españoles, pese a que dicen por ahí que «mañana» es nuestra palabra favorita. Su ideal es librar batallas del pasado, en vez de las del futuro. Su deporte favorito es alancear muertos, en vez de dejarlos en paz. Le aterran las novedades y sólo se siente cómodo entre los latiguillos más trillados. Recluta sus aliados entre los dirigentes más anacrónicos y elige como consejeros gentes ancladas en la revolución cultural del 68, que hoy es ya prehistoria. Le asusta el exterior y le encantan los encuentros con los trabajadores en lo más interior del país, como Rodiezmo, una reliquia del pasado. Su progresismo es un disfraz, como en la mayoría de los españoles, anclados en las tradiciones de su particular ideología.

F ascinado por el ayer, hizo de la memoria histórica el eje de su programa de gobierno. No sabemos si, al hacerlo, se daba cuenta de que regresaba a las dos Españas, cuando creíamos haberlas superado. Dos Españas, una buena, otra mala; una moral, otra inmoral; una progresista, otra retrógrada. Un planteamiento que obligaba ineludiblemente a eliminar la mala, la inmoral, la retrógrada. Con buena conciencia, además, pues así se purgaban la nación y el Estado de los elementos perniciosos que les habían impedido funcionar y desarrollarse normalmente. Para lograr tan formidable misión, Zapatero no dudó en aliarse con quienes históricamente no se han considerado españoles, con quienes abogan abiertamente por la independencia e incluso con quienes han declarado la guerra a España. La negociación con ETA, el pacto del Tinell y el nuevo estatuto catalán formaban parte de esa estrategia para dar ese vuelco copernicano al país, excluir de su escenario a la «otra» España y completar lo que la Transición no se había atrevido a hacer.

Volcado en tan hercúleo proceso, Zapatero se olvidó de gobernar. Algunos dicen que, realmente, no sabía. El caso es que los grandes, los verdaderos problemas de España, la educación, la innovación, la productividad, el diferencial con los países punteros, no han hecho más que agrandarse durante su mandato, y al llegar la crisis ni siquiera la reconoció. Cuando no tuvo más remedio que reconocerla, tomó las medidas falsas, y cuando el desplome español amenazaba Europa esta se ha visto obligada a intervenirnos. Hoy, Zapatero habla y gesticula según le dictan desde fuera y desde dentro los mercados y los nacionalistas, respaldado por un partido que ve amenazadas las sinecuras de que goza. Son fuerzas poderosas, que le permiten resistir más allá de lo normal. Pero políticamente está acabado. De sus rivales no puede esperar piedad, como él no la tuvo con ellos. De sus seguidores, la obediencia del que no tiene otra salida. De los nacionalistas, apoyo solo a cambio de traicionar a España, es decir, traicionar su cargo, pues engañar no podrá volver a engañarles. Dije al principio que era un cadáver político. Peor que eso: es un cadáver que anda. Basta verle rodeado de banderas rojigualdas en vez de republicanas, con un balón de fútbol siendo de baloncesto.


ABC - Opinión

Razones para ir a las urnas

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ESCRIBE AQUÍ EL ENCABEZAMIENTO

José Luis Rodríguez Zapatero llegó al Congreso para afrontar el Debate del Estado de la Nación en su momento político más crítico. El insólito aplauso de los diputados socialistas que le acompañó en el recorrido desde su escaño a la tribuna de oradores evidenció ese estado de ánimo sombrío. La primera conclusión del Pleno de política general es que si el presidente lo tomó como una suerte de tabla de salvación, un trampolín para recuperar el aliento y acabar la Legislatura, no lo consiguió. Zapatero, que ha demostrado en estos años su falta de capacidad para afrontar la crisis y su facilidad para malgastar los recursos públicos hasta disparar la deuda y el déficit y poner en riesgo el crédito, demostró que su proyecto está exhausto y desfondado. Llegó al debate con una soledad política contundente y salió del mismo embarcado en la agonía de una huida hacia adelante, censurado por izquierda y derecha y crispado y agresivo. Su cara a cara con Mariano Rajoy fue la repetición de todos los latiguillos y tópicos contra el PP que han marcado la historia de estas sesiones, pero ni dio cuentas de su gestión ni detalló cómo piensa sacarnos de la crisis. Nada nuevo propuso más allá de justificar el mayor recorte del Estado de Bienestar que se recuerda, y anunciar otro ajuste en los Presupuestos. Ni un atisbo de autocrítica y sí grandes dosis de autocomplacencia antes de pedir un «esfuerzo colectivo» para afrontar más sacrificios. Incluso, recurrió a unos cuantos índices económicos, incluido el probable crecimiento de la economía en el segundo trimestre, para jactarse de que España va bien. Duran Lleida definió mejor que nadie la actitud del presidente: «Está en otra galaxia».

Mariano Rajoy estuvo brillante y contundente, y puso el acento en lo que, al final, impide la recuperación económica y la creación de empleo: la falta de confianza en el presidente. El líder de la oposición situó a Zapatero ante el espejo de sus incontables contradicciones y cambios de rumbo y le recordó que había incumplido su programa electoral y sus compromisos de investidura, así como acuerdos como el Pacto de Toledo. «¿Cómo se puede confiar en usted si va de engaño en engaño?», se preguntó. Sin confianza, cree Rajoy con toda razón, las posibilidades de recuperación se reducen hasta agotarse. En esa situación de soledad, descrédito, sobrepasado por las circunstancias e incapaz de generar un compromiso y un consenso nacionales para afrontar los sacrificios que la situación y Europa nos exigen, la alternativa de las elecciones generales, como reclamó Rajoy por primera vez, es la más responsable y la más honesta. Duran Lleida, solvente y atinado, incidió en esa idea: «La legislatura está agotada; es un problema de desconfianza». Hemos defendido antes que nadie que el adelanto electoral respondía mejor que otras alternativas al interés general, dado el agotamiento del proyecto socialista. Y cada día la urgencia es mayor. Pero el Gobierno está decidido a desoír el clamor social y a persistir en una política tan dañina como la que llevará al presidente a sortear la sentencia del Estatut por la puerta de atrás con unas cuantas leyes para salvar la cara en Cataluña frente a un Rajoy que recordó ayer su acatamiento y el respeto al fallo.

La Razón - Opinión

Más Zapatero, le "cueste lo que le cueste" a España

Zapatero se ha vuelto a mostrar incapaz de ofrecer nada: ni siquiera esos conejos que se sacaba de la chistera en los tiempos en los que no tenía ningún escrúpulo en dejar en evidencia que para él gobernar es gastar.

No hacía falta esperar a que él nos lo dijera para saber que Zapatero pretende continuar aferrado al poder "cueste lo que cueste". Tampoco hacía falta que Rajoy nos lo dijera para saber que "el mejor servicio que puede hacer al país" el presidente del Gobierno "es convocar de manera inmediata elecciones anticipadas". Estas afirmaciones del presidente y del líder de la oposición resumen, sin embargo, el duro enfrentamiento que ambos han protagonizado durante el Debate sobre el Estado de la Nación. Y bien está que Rajoy, aunque sea tarde, haya pedido por primera vez de forma explícita esa convocatoria anticipada de elecciones, pues es evidente que el principal obstáculo para la recuperación de nuestro país lo constituye quien está al frente de su Gobierno.

Zapatero ha demostrado que por no servir ya ni siquiera sirve para maquillar la trágica situación por la que atraviesa nuestro país, tanto institucional como política y económicamente. Así, y con el objetivo de justificar el plan de rescate de la UE y el tijeretazo del gasto que ésta nos impuso, ha llegado a reconocer la quiebra –él ha dicho "catástrofe" y "déficit insostenible"– al que estábamos abocados hace tan sólo dos meses. Lo peor es que en el resto de su intervención no ha ofrecido nada para garantizar que ese riesgo se haya despejado de forma definitiva. Por el contrario, Zapatero ha dedicado el resto de su intervención al terrible estado, no de la nación, sino del principal partido de la oposición.

El problema es que España está en crisis, no sólo desde el punto de vista económico, sino también como nación y como estado de derecho, tal y como deja en evidencia el escasisímamente recortado estatuto catalán, que para colmo no ha servido más que para que sus impulsores amenacen con el desacato y con la rebelión institucional. Si, respecto a la economía, Zapatero ha acusado al PP de "no arrimar el hombro" y de "aprovecharse electoralmente" de la crisis, respecto al Estatuto también ha culpado al PP de que la sentencia no lo declare del todo constitucional. Vamos, como si el responsable de una dasastrosa gestión económica o de la inconstitucionalidad escasamente reconocida, no fuera el que la perpetra sino el que la denuncia (aunque en este último caso, sólo cabe lamentar una vez más que el PP de Rajoy haya renunciado a defender la Constitución frente al Estatut en esta nueva etapa de sumisión de los populares ante el nacionalismo catalán).

Ante esa doble crisis por la que atraviesa España, Zapatero se ha vuelto a mostrar incapaz de ofrecer nada: ni siquiera esos conejos que se sacaba de la chistera en los tiempos en los que no tenía ningún escrúpulo en dejar en evidencia que para él gobernar es gastar. Y respecto a la rebelión que protagonizan los nacionalistas y su propio partido en Cataluña, no hay más que ver la suave y condescendiente réplica que le ha dirigido a un Durán i Lleida ante las amenazas separatistas para saber que con este Gobierno la sentencia del Estatut va a quedar en papel tan mojado como ha quedado la Constitución.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero, tiempo perdido

El problema de Zapatero no es otro que el balance de su gestión, y el antídoto ante la opinión pública no reside en volverse contra Rajoy con argumentos políticamente inútiles.

EN el Debate sobre el estado de la Nación que comenzó ayer en el Congreso de los Diputados, correspondía al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y no al líder de la oposición, rendir cuentas de su gestión ante la crisis y defenderla ante los grupos parlamentarios. La exigencia de alternativas a una oposición que no tiene mayoría para una moción de censura y es despreciada cuando se ofrece para alcanzar acuerdos se ha convertido en una coartada para que el Ejecutivo eluda sus responsabilidades y neutralice al principal grupo opositor con una especie de corresponsabilidad inefable. Este planteamiento de tratar a la oposición como si fuera Gobierno, y al Gobierno como si fuera víctima, altera los papeles que corresponden al Ejecutivo y a la oposición en una democracia parlamentaria.

Aun así, uno de los momentos particularmente brillantes del discurso del presidente del PP, Mariano Rajoy, fue la relación exhaustiva de todos los apoyos y propuestas que el Partido Popular había brindado al Gobierno en el último año, lo que desmontó la impenitente acusación socialista de que los populares «no arriman el hombro». La conclusión de Rajoy realmente centró el problema político de Rodríguez Zapatero, que no es otro que su responsabilidad directa y personal en el agravamiento de la crisis en la economía española, y este fue el argumento central del discurso del líder popular, pese a los intentos del presidente del Gobierno de desviar el contenido del debate para no responder a las duras acusaciones que estaba recibiendo.

El cruce de intervenciones entre Zapatero y Rajoy respondió, por tanto, a las previsiones de un enfrentamiento sin concesiones, totalmente ajustado al fin de ciclo que cada cual expuso con distinto enfoque. Mariano Rajoy dio por cerrada la legislatura y pidió, por vez primera, la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones, lo que Rodríguez Zapatero rechazó «cueste lo que le cueste», refugiándose en un discurso defensivo y enrocado en inverosímiles reivindicaciones de su política social. Eso sí, los datos son tan tozudos que Zapatero no pudo apelar a la coherencia programática, ni a los principios ideológicos, porque es consciente de que una y otros los ha perdido en una carrera de contradicciones y rectificaciones en su política económica de los últimos meses, durante los cuales el presidente del Gobierno ha defendido modelos y soluciones antagónicas. Especialmente, con la congelación de pensiones o el abaratamiento del despido, medidas que Zapatero rechazó solemnemente hace un año como un compromiso personal. Así es difícil que un político recabe confianza y muy improbable que pueda volver a generar credibilidad en un proyecto que, a la vista de su falta de propuestas, parece ya caducado cuando aún quedan dos años de legislatura.

Por eso, ayer no fue un día afortunado para Rodríguez Zapatero. Las intervenciones del presidente del Gobierno fueron superficial la primera y crispada la segunda. Buscó el cuerpo a cuerpo con Rajoy para devolver al líder de la oposición su abrumadora réplica. Pero esta estrategia no rindió beneficio alguno a Zapatero porque es poco realista pensar que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña sea reprochable al PP o que a este partido puede hacerle daño hoy el recuerdo de decisiones que los gobiernos de José María Aznar tomaron hace más de seis años. El problema de Rodríguez Zapatero no es otro que el balance de su gestión, y el antídoto ante la opinión pública no reside en volverse contra Rajoy con argumentos retrospectivos, políticamente inútiles. Sin embargo, las intensas alabanzas que dedicó al Estatuto de Cataluña, incluso al nacionalismo catalán por su apoyo al recorte social, sí demostraron su preocupación política por el fallo del TC y acreditaron que Zapatero también está echando cuentas —expresión que utilizó para criticar a Rajoy— para las próximas elecciones catalanas, ante la probabilidad de que CiU puede gobernar Cataluña a partir del próximo otoño. Para haber sido una «derrota en toda regla» del PP, parece que es el Gobierno el que está más afectado por el alcance de la sentencia constitucional.

No hubo más historia en el debate de ayer por parte de Rodríguez Zapatero, aunque lo lógico habría sido confiar en que el presidente de Gobierno de un país en crisis aprovechara la ocasión para articular un mensaje de optimismo y confianza. En su lugar, solo ofreció la resignación de un Gobierno superado que, efectivamente, está dispuesto a aguantar «cueste lo que cueste».


ABC - Editorial

miércoles, 14 de julio de 2010

Y ni una sola bandera republicana. Por Antonio Burgos

¿Qué ha pasado con esas banderas republicanas que no se os caen de las manos en las manifestaciones, hijos míos?

CUANDO el español se echa a la calle en manifestación, hay dos cosas que me chocan: las horribles enseñas de plástico rojo con las siglas de los sindicatos y las banderas republicanas. No hay manifestación que se precie donde no aparezcan esas sindicales banderas de plástico modelo chuchiperri, que parecen compradas en las tiendas de los chinos, de un tamañito ridículo de chico. Y nada hablo de las banderas republicanas, de las que ya dije que les sacan tan mal el color histórico de la franja morada, tan virado a sudaca, que parecen como de algún país hispanoamericano más que una antigualla anticonstitucional.

¿Que hay una manifestación de los trabajadores de una fábrica que va a cerrar tras el ERE? Allá que está, y no sé por qué, la bandera republicana, que no sé qué tendrá que ver con el cierre de empresas en quiebra.

¿Que los estudiantes se echan a la calle para protestar con ese plan que tiene nombre de mortadela italiana de la buena, Bolonia? Allá que está, y no sé qué tiene que ver con los planes docentes, con las titulaciones y con los contenidos curriculares, la bandera republicana.

¿Que son los artistas del pesebre de las subvenciones los que se manifiestan por algo que beneficia mucho al PSOE y le da una patada en los mismísimos al PP? Allá que está, con los ricos y famosos y con los titirimundis titulares de la tela marinera apalancada al 1 por ciento de impuestos en una Sicav, la bandera republicana, que no sé qué relación tiene con el chapapote, con el 11-M, con la guerra de Irak o con lo que toque contra Rajoy.

¿Que llega el Día del Orgullo, gay por supuesto, y toca carnaval en carroza donde toda provocación tiene su asiento y toda anomia su proclamación de normalidad? Allá que está, junto a un horizonte arco iris, la bandera republicana, que no sé qué tiene que ver con la por otra parte respetabilísima libertad de Piompa y de tortilla española.

Conclusión: de cada diez españoles que se echan a la calle para protestar contra algo o para proclamar algo, tres o cuatro llevan siempre la bandera republicana y ni uno solo la nacional roja y amarilla; gualda, que dicen los cursis.

Excepto cuando se trata de la selección nacional de fútbol, que entonces España se llena de fachas, de rancios, de carcas, de cavernícolas, que sacan con todo orgullo la bandera nacional, cantan con Manolo Escobar el «Viva España» inspirado por cierto en una cancioncilla de los voluntarios fascistas italianos en la guerra de España, y corean, con música rusa de «Kalinka», que tiene más mérito, lo de «español, español, soy español». ¿Qué ha pasado con esas banderas republicanas que no se os caen de las manos en las manifestaciones, hijos míos de mi alma? Que España haya ganado el Mundial no tiene mérito. Lo que tiene mérito de verdad es que la selección nacional ha conseguido que haya millones y millones de españoles echados a la calle y ni una sola bandera republicana. Ha quedado claro que la bandera tricolor no representa para nada a esta España del 2010 que durante dos días y en todo el territorio, Cataluña y Vascongadas incluidas, ha vibrado con la enseña de la Patria y protagonizado colectivamente el más multitudinario acto de afirmación nacional que vieron los siglos. Ha quedado demostrado que la bandera republicana no es de esta España nuestra.


ABC - Opinión

Montilla. El papelón del Kerensky cordobés. Por Pablo Molina

Triste destino el del cordobés, que reniega de sus orígenes para buscarse un hueco en la política catalana, y después de sus esfuerzos y traiciones sigue siendo considerado un simple bedel a las órdenes de los que realmente dirigen el cotarro.

La mesa del parlamento de Cataluña ha decidido rechazar la iniciativa popular para la celebración de un referéndum sobre la independencia de aquella comunidad autónoma. Mala notica, malísima, para millones de españoles que veíamos cada vez más cerca la posibilidad de deshacer la relación de vasallaje a que nos condena el nuevo estatuto catalán.

El motivo aducido para que los partidos representados en ese órgano parlamentario rechacen una propuesta aceptada el pasado mes de junio, es que la celebración de ese referéndum no cabe en la Constitución, lo que resulta una falta muy leve, pero tampoco en el nuevo estatuto, terrible olvido de los muñidores del texto, que no incluyeron un artículo específico regulando esta materia.

Esa es la razón, digamos, oficial, para que Convergencia y Unión y los eco-comunistas del tripartito den marcha atrás de manera tan vergonzosa. Los verdaderos motivos para este recule ignominioso son otros sobradamente conocidos. En primer lugar, es dudoso que esa consulta popular avalara la tesis independentista, según la cual, en Cataluña existe un clamor popular irrefrenable para separarse de España. La repercusión de la victoria de España en las calles de Cataluña es un síntoma de que incluso los votantes cautivos del PSC están bastante cómodos en la situación actual sin necesidad de aventuras institucionales de futuro más que incierto.

En segundo lugar es evidente que tampoco la clase política nacionalista, más allá de algún grupúsculo cada vez más marginal cuyos miembros tienen poco que perder pase lo que pase, tiene el menor interés en acabar con un sistema que beneficia económicamente a sus votantes y permite a sus dirigentes seguir ganando elecciones.

El Kerensky de Iznájar es el encargado de cumplir esa penosa función de administrar el discurso soberanista de sus socios con los intereses políticos y económicos de quienes prefieren seguir depredando del bolsillo común, que es lo que consagra el nuevo estatuto de Cataluña siempre que no se rompan definitivamente los lazos que permiten ese trasvase inagotable de fondos.

En la manifestación del sábado pasado, los honrados independentistas, los únicos que acudieron a esa manifestación creyendo en la sinceridad de las consignas oficiales, le dijeron a Josep Kerensky lo que opinaban de él. Triste destino el del cordobés, que reniega de sus orígenes para buscarse un hueco en la política catalana, y después de sus esfuerzos y traiciones sigue siendo considerado un simple bedel a las órdenes de los que realmente dirigen el cotarro.

Es tan inútil este Montilla que al final el referéndum para la independencia de Cataluña lo tendremos que convocar el resto de españoles. ¿Apuestan algo a que lo ganamos?


Libertad Digital - Opinión