viernes, 23 de julio de 2010

Nacionalismo. ¿Qué naciones componen España?. Por Guillermo Dupuy

Todos los que secundan semejante disparate contra nuestra historia y nuestra Constitución podrían tener, al menos, la gentileza de decirnos el número y el nombre de esas "naciones diversas" que abarca ese Estado -que no nación- denominado España.

No sé quien se inventó eso de España como "nación de naciones": ya fuera Anselmo Carretero, José María Jover, o quien fuese, el hecho es que esa expresión, históricamente falsa y lógicamente contradictoria, con la que muchos han querido congraciarse con los nacionalistas, ni siquiera ha servido para contentarles. Recuerdo unas declaraciones de Jordi Pujol, allá por los años noventa, en las que, tras afirmar que "Cataluña es una nación", negó esa condición a España con el demoledor argumento de que "el todo nunca puede ser igual a la parte".

El "problema" está, naturalmente, en que Cataluña jamás ha sido una nación y que aceptar como correcto semejante delirio político e identitario generaría muchísimos más problemas que los que soluciona, tanto para los ciudadanos catalanes como para el resto de los españoles.


Ya que Artur Mas opina lo contrario sobre la base de esa falsedad de origen de que "España es un Estado que incluye diversas naciones", tanto él como todos los que secundan semejante disparate contra nuestra historia y nuestra Constitución podrían tener, al menos, la gentileza de informarnos del número y del nombre de esas "naciones diversas" que abarca ese Estado denominado España. Sabemos que, según ellos, Cataluña es una de ellas; que el País Vasco y Galicia son otras dos. Ya llevamos tres. Mi pregunta es ¿el número y el nombre de las otras naciones que abarca ese Estado –que no nación– llamado España, coinciden con las que ahora reconocemos como comunidades autónomas? Dicho de otro modo, para Artur Mas, ¿Murcia es una de esas "naciones diversas" que hay en España? Y si no lo es, ¿a qué nación de España pertenece? ¿Y Alicante? La Comunidad Valenciana, históricamente conocida como Reino de Valencia, ¿es también una de esas naciones diversas que componen España? ¿O forma parte, a su vez, de la nación catalana?

El problema de considerar a Cataluña o a cualquier otra región española una nación es que se trata de un invento inacabado. El absurdo quedaría aun más de manifiesto si cada vez que oímos decir que "España es un Estado que incluye diversas naciones", dijéramos: ¿Ah, sí? ¿Cuáles?

No sé. A lo mejor Artur Más y compañía consideran que España es, a la vez dos cosas diferentes: Por una parte, el Estado que incluye "naciones diversas", pero también, y al mismo tiempo, una de esas naciones que, junto a Cataluña, País Vasco y Galicia, conforman dicho Estado plurinacional. Vayan ustedes a saber. Lo que parece evidente es que esto último de ser España a la vez conjunto y subconjunto tampoco sería compatible con la lógica, aun sobre premisas falsas, de la que hizo gala Pujol.

El hecho es que estas son cuestiones en las que los nacionalistas, y los que estérilmente los intentan contentar, no terminan de entrar. Concesiones como la de que España es una "nación de naciones", o incluso esa que, contra la historia y contra el lenguaje, se hizo en la Constitución al dividir España en regiones y "nacionalidades", han creado más problemas que los que han solucionado.

Puestos a delirar con que Cataluña es una nación –concesión que el Tribunal Constitucional también ha hecho en parte con la bochornosa excusa de que "no es jurídicamente vinculante"–, que lo hagan al menos sin incurrir en groseras contradicciones. Imaginación y capacidad de inventiva no les ha de faltar.


Libertad Digital - Opinión

La falacia de la responsabilidad. Por Fernando Fernández

No es que no haya hoja de ruta, guión o partitura; a eso ya nos habíamos acostumbrado. Lo que no hay es pianista.

SI algo ha quedado claro tras la votación de las resoluciones del debate sobre el Estado de la Nación es la soledad del Gobierno y su falta de independencia. Un Ejecutivo sometido a un doble protectorado, el franco-alemán en lo económico y el nacionalista vasco y catalán para su supervivencia política. ¿Es éste el Gobierno que España necesita? ¿Es éste el Gobierno que nos puede sacar de la mayor crisis económica de la democracia? ¿Es éste el Gobierno fuerte que puede reformar el mercado de trabajo y el sistema financiero y cerrar el modelo autonómico? No son preguntas menores, porque, a menos que alguien se las tome en serio, en el propio Partido Socialista y en los partidos que de forma oportunista sostienen al Ejecutivo con su voto puntual, nos perseguirán los próximos dos años y lastrarán cualquier rebrote de confianza nacional e internacional.

El argumento más serio en contra de la convocatoria adelantada de elecciones es la sensación de inseguridad y vacío de poder temporal que generan. De hecho, es el único argumento, porque la lógica y la ética democrática obligarían a convocarlas cuando un gobierno se desdice radicalmente de su programa electoral, aunque sea por causas sobrevenidas. Pero la fuerza de este argumento de vacío de poder desaparece cuando vemos al Gobierno tambalearse y jugarse su futuro en cada votación. Vamos a estar dos años en pleno vacío de poder. No es que no haya hoja de ruta, guión o partitura; a eso ya nos habíamos acostumbrado en estos seis años de improvisación y tactismo. Lo que no hay es pianista, y no lo puede haber porque tiene que andar mendigando un piano cada vez que hay actuación.

El discurso oficial es últimamente siempre el mismo: la situación exige responsabilidad y sacrificio y no es momento de hacer valer intereses electorales. Pero es un discurso que se compadece mal con los hechos, y peor con los cálculos aritméticos permanentes en los que se entretienen los vicepresidentes. Los hechos son que el Gobierno solo se sostiene porque CiU y PNV lo encuentran rentable electoralmente. Y que lo dejarán caer en cuanto no tengan nada más que rascar. CiU, porque su escenario ideal para las elecciones catalanas es un presidente del Gobierno de España rendido y un PSC maniatado en Madrid. No hay ninguna grandeza ni altura de miras en esa actitud. Tampoco nada condenable. Solo la suerte de un calendario propicio y la experiencia de saber utilizarlo. El PNV no puede esperar recuperar el poder en el País Vasco a corto plazo, pero sí mantener el que tiene, que es mucho, en las diputaciones. Cualquier otro escenario en el Gobierno central, una gran coalición o la alternancia, sería peor para sus intereses de partido, porque fortalecería la posición negociadora del PP en el País Vasco.

Esto es lo que vimos en el Congreso. Y lo que veremos todos los días que queden de legislatura. Por mucho que el presidente Zapatero se empeñe, y por muy eficaces que sean sus propagandistas, no es pensable que la población se crea en cada oportunidad —ajuste fiscal, límite de gasto, ley de cajas, reforma laboral, etc.— que de no apoyar al gobierno, España y Europa entera se irán al desastre. Puede funcionar una vez, pero si uno grita fuego todos los días al entrar en un cine sin numerar para elegir las mejores butacas, lo normal es que a la cuarta película el personal siga comiendo palomitas. Y que el aprendiz de pirómano sea expulsado de la sala.


ABC - Opinión

¡Menuda mala leche que se gasta De la Vega!. Por Federico Quevedo


La vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, es una mala persona. Lo digo así, sin acritud alguna. Verán, hay personas con las que se puede estar o no de acuerdo, con las que se puede disentir en el terreno de la cordialidad, e incluso a veces manifestar un desacuerdo más profundo y, sin embargo, tener una relación más o menos fluida dentro del mutuo respeto.

En mi caso, hay políticos destacados del Partido Socialista con los que me llevo muy bien, discrepancias aparte, y otros con los que creía que esa relación sería más difícil y en los que luego he descubierto que en el terreno de lo personal hay mucho espacio para el entendimiento. Lo mismo ocurre con políticos del centro-derecha a pesar de la afinidad ideológica: hay algunos a los que no les confiaría nada que tuviera en cierta estima. Y luego hay malas personas, gente que, independientemente de su inclinación ideológica, demuestra un permanente desprecio por los demás, sobre todo si los demás forman parte de sus adversarios políticos, y en ese perfil encaja a la perfección María Teresa Fernández de la Vega.


Ayer, sin ir más lejos, demostró una vez más -una de muchas-, que su empeño por demonizar al PP no conoce límites, y decir, como dijo, que “el PP temía el triunfo de La Roja por si aumentaba el optimismo” es de una mendacidad propia de quien solo mira a través del prisma de su propia perversión. Como comprenderán, no merece la pena ni dedicar una línea a desmentirlo, pero sí un artículo a denunciar semejante manifestación de sectarismo y rencor, que solo puede venir motivada por dos razones: la primera, una complicada situación personal y, la segunda, el nerviosismo propio de quien ve óomo desde el punto de vista político las aguas para ellos bajan turbias y no auguran nada bueno en el futuro próximo.

Batallas perdidas

Me referiré a su situación personal, obviamente ligada a la política -su vida privada no me interesa lo más mínimo-, primero. De la Vega, la mujer con el fondo de armario más profundo de la Historia de España, es vicepresidenta desde la pasada legislatura. Pero si bien es cierto que durante los primeros cuatro años de Gobierno de Rodríguez su figura política creció hasta a veces, incluso, ensombrecer la de su jefe, también lo es que en estos dos años de la segunda legislatura se ha ido precipitando al vacío que produce que se haya descubierto la verdadera dimensión de su persona.

Y es que, lejos de esa imagen de mujer trabajadora e incansable, siempre al quite cuando cualquier otro miembro del Gobierno se veía atrapado por las circunstancias, la primera en ponerse al frente de cualquier manifestación y arrojar sobre sus hombros los problemas de los demás ministros, lejos de esa imagen, insisto, la que se ha destapado en esta legislatura es la de una tramposa que igual se monta unas vacaciones de lujo a costa del presupuesto con la excusa de un viaje oficial en pleno mes de agosto, que se inventa un empadronamiento forzoso en Valencia para poder votar en la provincia cuya candidatura encabeza, que demuestra que solo sabe hablar delante del micrófono con un discurso escrito de antemano independientemente de lo que le digan los diputados de la oposición, que nunca contesta a las preguntas que se le hacen en el Parlamento, etcétera, etcétera.

Probablemente en su pérdida de imagen tenga mucho que ver la portavoz del PP en el Congreso, Soraya Sáenz de Santamaría quien, desde el primer momento, le cogió la medida a la vicepresidenta y semana tras semana pone en evidencia sus mentiras, su demagogia, sus renuncios y la escasa solidez de sus argumentos. Como De la Vega no puede utilizar con ella las mismas artimañas que en el pasado utilizaba contra Acebes y Zaplana, se queda cada sesión de control a dos velas, y pierde todas y cada una de sus batallas con la portavoz del PP.

Cuestionada

Ahora, la antaño todopoderosa vicepresidenta, se encuentra cuestionada en el Consejo de Ministros e, incluso, en el partido, y sabe que puede tener los días contados. Quizá sea eso lo que hace que su ya habitual mala leche se haya vuelto aún más agria, pero también puede ser que, en el fondo, cumpla el dicho según el cual cree el ladrón que todos son de su condición y, en el fondo, esa marea de orgullo patriótico que se ha extendido por toda España esté evidenciando de un modo como nunca antes había ocurrido el lado más antiespañol y pro-nacionalista de este Gobierno. Estoy seguro de que a la misma De la Vega que se le llena la boca diciendo La Roja en lugar de selección española, le producen una incómoda urticaria las banderas rojigualdas y los lalalas que sobre la música de fondo del himno nacional inundaron en los días siguientes a la victoria del equipo español las calles y plazas de toda la geografía nacional.

Orgullosos de ser españoles, pero no todos, y entre estos últimos el presidente y De la Vega. Si a ese constante empeño por desmarcarse de todo lo que pueda simbolizar patriotismo se une el vergonzante ejercicio de humillación gubernamental ante el más nefasto gobernante que haya tenido en toda su historia Cataluña, es decir, Montilla, es lógico que Rodríguez y, sobre todo, De la Vega -el primero es un irresponsable que no se da cuenta de las cosas- teman todavía más este resurgir del orgullo patrio que se ha extendido de manera muy particular entre la juventud de nuestro país, y que desnuda el ejercicio de traición a la unidad nacional recogida en la Constitución y de sumisión a la voluntad de unos pocos a que se ha entregado el gobierno de Rodríguez. No era el PP, señora De la Vega, el que temía la victoria de La Roja.


El Confidencial - Opinión

El circo de la Moncloa. Por José María Carrascal

¿Para qué va a examinar el TC los recursos sobre el Estatut que faltan, si sabe que no servirá para nada?

SI los españoles, con nuestras instituciones al frente, no reaccionamos ante el espectáculo de la Moncloa entre Zapatero y Montilla es que hemos renunciado a ser una sociedad civil para convertirnos en grey sin ley, en la que vale todo y nada importa sino el interés particular.

Que el presidente del Gobierno reciba al presidente de una comunidad autónoma como a un jefe de Estado extranjero y acuerde con él devolver al estatuto de dicha comunidad las prerrogativas que le ha negado el Tribunal Constitucional sólo puede darse en una nación que ha dejado de creer en sí misma. ¿De qué han servido los cuatro años de debate en ese tribunal para sacar la sentencia, si al final se queda en papel mojado? ¿Por qué no se aprobó de entrada el nuevo estatut por decreto-ley, ahorrándonos el espectáculo? ¿Para qué va a examinar el TC los recursos que faltan, si sabe que no servirá para nada? Pero si la desfachatez de los nacionalistas catalanes, con un socialista al frente, es mucha, al tachar dicha sentencia de ataque a su dignidad —cuando fueron ellos quienes atacaron la dignidad de España al no respetar la Constitución con su estatuto—, la de Zapatero es aún mayor, al aceptar sus tesis. Y la insolencia se torna cinismo cuando se echa al PP la culpa, pues, de no haber sido por su recurso, tendríamos ahora un Estatutanticonstitucional. Claro, me dirán ustedes, que lo vamos a tener de todas formas.


Hemos sobrepasado las fronteras de la lógica y del descaro. Zapatero desafía no sólo el principio de la contradicción —una cosa y la contraria no pueden ser ciertas al mismo tiempo—, sino también el de la decencia, con los nacionalistas vascos y catalanes turnándose para mantenerle en el Gobierno, por saber que con ningún otro gobernante español obtendrán tantos beneficios. Eso sí, descalificándole para contentar a su feligresía, mientras van sacándole lo que buscan. Al votarse el techo del gasto público, le ha tocado a CiU el turno de salvarle. Al votarse los presupuestos, le tocará al PNV. Contra pago al contado, naturalmente. Con Montilla a la cabeza de la manifestación. Lo que nos faltaba.

El único consuelo (flaco) es que Zapatero haya engañado a Montilla, como ha engañado a cuantos recibió en la Moncloa. Esto es, que no cumpla su promesa de circunvalar la sentencia del Constitucional. Puede ocurrir si la protesta es muy alta. Pero eso, en vez de solucionar la situación, la empeoraría. A estas alturas, nadie cree y todos recelan de quien, agotados sus trucos, ensaya dobles, triples, cuádruples saltos mortales. Mortales para nosotros, no para él, leve como una pluma y errático como una cometa.


ABC - Opinión

Pepe Sin Tierra. Por Alfonso Ussía

Pepe Sin Tierra ha visitado a su primo Pepe Luis Sin Tierra, por ahora domiciliado en Madrid. Pepe Sin Tierra nació en la provincia de Córdoba, emigró a Cataluña, y ahora es nacionalista catalán. Pepe Luis es de Valladolid, se hizo un hombrecito en León y ahora nadie sabe lo que es y menos aún lo que pretende ser. Los dos primos están de acuerdo en que Cataluña es una nación y que España es un molesto problema que sólo puede solucionarse fragmentando su Historia y su territorio. Es lo moderno. Los socialistas soportan muy mal la idea de España, de su unidad y de su Constitución. Tan mal, que Pepe Luis ha recibido a Pepe para ponerse a su disposición y chingarse en el Tribunal Constitucional. –Todo lo que tú quieras, Pepe–; –moltes gracias, Pepe Luí–.

Se creen los dos primos, el alto y el bajo, el de Valladolid y el de Córdoba, el domiciliado en Madrid y el afincado en Barcelona, que uno y otro pueden hacer con España y con una parte de España, Cataluña, lo que les salga de las narices en sus charlitas particulares e íntimas. Para ellos las leyes no existen, y menos aún, los tribunales. Todo esto es consecuencia de la osadía de Pepe Luis, que llegó al Gobierno de rebote, gracias a un terrible atentado, impulsado por los graves errores terminales de un Partido Popular que se desnortó y apoyado por un PSOE que lo encumbró para culminar sin gloria su travesía del desierto.

Inesperadamente, unas bombas asesinas y la reacción de una ciudadanía más sensible al momento que a la reflexión, le concedieron el poder. Y en el poder instalado, decidió gobernar de la mano de la vulgaridad, la osadía y el resentimiento.

Necesitado de los votos de los socialistas del PSC –muchos de ellos, con su complejo de charnegos, más nacionalistas e independentistas que las posaderas de Carod-Rovira, independientes la una de la otra–, centró su labor de Gobierno en la mentira y la sumisión ante Cataluña. Sin ellos, no gobierno. Si no gobierno, no soy nada. Con ellos, lo soy todo. Solución: que se fastidie España y se salve Zapatero. Y así estamos. Fue el que alentó el nuevo Estatuto de Autonomía y hoy es el que, siendo Presidente de todos los españoles, busca alcanzar acuerdos trucados para imponer su voluntad por encima de la sentencia del Tribunal Constitucional. En otros idiomas, menos sutiles que el español, a quien se comporta de esta manera se le llama traidor. Aquí se le dice «progresista».

Mientras Pepe Luis y Pepe se creen que España depende exclusivamente de ellos, España asiste al espectáculo deprimida por las consecuencias de la otra gran mentira de Pepe Luis. La economía. Pepe Luis llegó a acusar de traidores a los que le afearon que ocultara en la última campaña electoral la catastrófica situación económica de España. Todo flores, todo promesas, todo sonrisas y muchos tontos le dieron el triunfo. Después se desdijo y pidió perdón, como siempre, y como siempre tarde y mal. La influencia del gran asesor del líder de la Oposición, Mariano Rajoy, Arriola o algo parecido, también ha contribuido a la permanencia del Zapatero gobernante. Es muy difícil hacerlo peor. Rajoy fue elegido a dedo para gobernar, y lo habría hecho muy bien, porque tiene experiencia, es culto, moderado y sabio. Pero no está hecho para dirigir la Oposición. Su educación con estos gamberros de gobernantes resulta excesiva y contraproducente. Arriola o algo así, es el que manda. Y aquí estamos. Pepe y Pepe Luis se tratan como dos mandatarios de dos naciones diferentes y España se desmorona. Un juego para ellos. Una tragedia para los españoles.


La Razón - Opinión

Zapatero. Y no cambia. Por Cristina Losada

Aunque saludado como un renovador, Zapatero es un producto genuino del PSOE, criado en los clichés y tópicos del rígido universo progre, pero sin el pragmatismo de sus predecesores.

En Los 39 escalones, gran película de Hitchcock basada en la novela de John Buchan, hay una escena descacharrante. El protagonista, Richard Hannay, se mete, en su huida, en el local donde se celebra un mitin. Ahí le confunden con uno de los oradores esperados y le empujan al escenario para que pronuncie un discurso. Hannay no tiene ni idea de qué va el acto y dice lo primero que se le ocurre, pero su arenga enfervoriza a los congregados. Si no fuera por que la policía le detiene, le hubieran hecho candidato y quizás habría llegado a presidente. Esa hipotética cadena de accidentes puede ocurrir en la vida real y, entonces, deja de tener gracia.

El aniversario de la elección de Zapatero como secretario general del PSOE me ha recordado aquella escena. Un oscuro diputado, que no había gestionado ni un ayuntamiento, del que nada se supo mientras ocupaba su escaño, sin currículo profesional digno de mención, fue encumbrado al liderazgo. Fue y no fue un accidente. El lobby de los socialistas catalanes resultó decisivo. Le eligieron para que no saliera otro. Optaron por el más manejable. Casualidad que, en vísperas de la efeméride, ZP recibiera con honores de estadista (en apuros) a Montilla, el sucesor de quien le colocó en el cargo. Por cierto, cría cuervos.

Cuando un partido prefiere como dirigente a un don nadie, cuando presenta como candidato a presidir el Gobierno a un individuo inexperto, es que falla de raíz casi todo. La Moncloa no es el lugar para aprender el oficio. El riesgo es enorme y el desastre, seguro. Así lo atestiguan las ruinas humeantes de las dos grandes aventuras de Adán Zapatero: la negociación con ETA y el Estatuto. Por no hablar de economía. Pero el atrevimiento de la ignorancia sólo explica parte de la historia. Aunque saludado como un renovador, Zapatero es un producto genuino del PSOE, criado en los clichés y tópicos del rígido universo progre, pero sin el pragmatismo de sus predecesores.

El periplo político de aquel desconocido demuestra que no hace falta disponer de especial capacidad y preparación para ser presidente en España. Más aún, que la carencia de tan básico equipaje es un mérito y no una deficiencia. No extrañe que nuestro hombre prometiera que el poder no iba a cambiarle. Es la resistencia adolescente a la experiencia y la madurez. Lo inquietante es que, en efecto, no ha cambiado.


Libertad Digital - Opinión

Tal como era. Por Ignacio Camacho

Un político sin solvencia ni preparación, frívolo, hueco, táctico, relativista, líquido. Puro pensamiento débil.

ES cierto que el poder no lo ha cambiado. Eso es lo más inquietante: que al cabo de seis años de presidencia y diez de liderazgo partidista José Luis Rodríguez Zapatero sigue siendo exactamente como parecía que era. Un político sin solvencia ni preparación, veleidoso, frívolo, hueco, relativista, cuya propiedad más sólida es un sentido pragmático de la supervivencia a cualquier precio, «cueste lo que cueste». Un líder adaptadizo sin sentido de la responsabilidad de Estado; un dirigente de ideas superficiales que gobierna a base de gestos demagógicos y efectistas; un táctico de visión corta desprovisto de sentido estratégico. Un producto quintaesenciado de la posmodernidad, el pensamiento débil y la sociedad líquida.

Para evaluar con exactitud la década zapaterista no hay que atender los discursos autocomplacientes del aniversario, ni el crispado rechazo que ha generado en los sectores liberales y conservadores; es menester escuchar a esa vieja guardia que lo alzó por miedo a un ajuste de cuentas interno, a los guerristas y a los tardofelipistas que lo avalaron por no acabar de fiarse de las intenciones de Bono. Hay que consultar a esos socialistas ya desencantados que proclaman de forma cada vez menos disimulada su preocupación crítica por la deriva relativista del proyecto socialdemócrata, su desasosiego por el cuestionamiento de la legitimidad constitucional, su zozobra ante la progresiva entrega al chantaje del soberanismo. Y oír el recelo creciente que hasta ahora habían ocultado los seis años de poder y que se manifiesta ya sin tapujos ante la perspectiva de un fracaso que cristalice todos los defectos latentes del zapaterato en una quiebra capaz de arrojar al centenario partido por una escombrera política.

La clave del zapaterismo no son las leyes de ingeniería civil ni las políticas económicas derrotadas por la realidad de la crisis, sino su vacilante concepto nacional, su clamorosa carencia de una idea de España, que ha convertido al PSOE en una difusa confederación de intereses territoriales en continua tensión por las contradicciones de sus precarias alianzas de poder. Hasta ahora la permanencia en el Gobierno ha funcionado como argamasa de esas tensiones, pero la perspectiva de la derrota deja al descubierto las grietas que han ido descomponiendo la unidad del partido y han trasladado la falta de proyecto de su líder a la propia estructura del Estado. Zapatero ha vaciado de cohesión tanto al Gobierno como a la organización que lo sostiene, y su inconsistencia trivial compromete no sólo la estabilidad de la nación sino el futuro mismo de una socialdemocracia sin referencias estables de ideología y de estrategia. Al cabo de diez años, la experiencia más desalentadora de su liderazgo es la comprobación de que, en efecto, aquel político insustancial no ha cambiado. Salvo para volverse mucho más sectario.


ABC - Opinión

Infraestructuras a la baja

Ya era conocido que el Ministerio de Fomento soportaría el peso del ajuste impuesto por la Unión Europea al Gobierno con el objetivo ineludible de reducir el déficit público. Faltaba conocer los detalles de ese grueso recorte y de cómo repercutiría en el presente y el futuro de un sector estratégico. El ministro de Fomento, José Blanco, explicó ayer en el Congreso que se suspenderán o retrasaran un total de 231 convenios que afectan a obras en carreteras y ferrocarriles, ya que los puertos y aeropuertos se salvan de momento. El importe total asciende a 9.626 millones de euros, dentro de una cartera de proyectos adjudicados y pendientes de ejecución que ascendía a 33.126 millones. La envergadura de la reestructuración supone un impacto notable que, evidentemente, tendrá consecuencias económicas y sociales. Es algo que estaba previsto y que genera un enorme malestar político, social y económico. El impacto de la crisis económica y la necesidad de hacer un importante ajuste no han dejado otra salida. Era lógico que fuera el Ministerio de Fomento, que es el que cuenta con mayor capacidad inversora, el destinatario del recorte más importante y uno de los más polémicos. En numerosas ocasiones hemos expresado nuestro rechazo a la política económica del Gobierno, que se ha caracterizado por la gestión errática y desordenada de la vicepresidenta Salgado. No coincidimos con las líneas políticas de este Gobierno en materia social, cultural y otras muchas. Lo fácil sería criticar el recorte en Fomento y actuar demagógicamente. No ha sido ni será el estilo de este periódico. Es cierto que se tendría que haber actuado antes y haber gestionado los recursos presupuestarios con mayor eficacia y rigor. No se ha hecho y no dejaremos de recordarlo, pero los recortes en las infraestructuras, desgraciadamente, eran imprescindibles. No parece que existan otras partidas en los gastos gubernamentales que permitan sumar esos casi 10.000 millones. Durante los años de Gobierno de Aznar se logró un extraordinario salto cualitativo en materia de infraestructuras, que ha sido enormemente beneficioso para la economía española. Fueron ocho años extraordinarios que dejaron una senda de crecimiento y bienestar de la que se benefició el actual Gobierno. Ahora corresponde apretarse el cinturón. Es una situación coyuntural y cuya duración dependerá de que se hagan bien los deberes, tanto el Gobierno como el resto de administraciones públicas. Es aquí donde nos surgen dudas teniendo en cuenta las graves carencias del equipo económico liderado por Salgado. Los recursos son escasos y es necesario recuperar la credibilidad, lo que comporta enormes sacrificios pero se tienen que hacer con seriedad y rigor. No pueden ser el resultado de la improvisación o ideas preconcebidas desde una doctrina izquierdista felizmente superada en los países con económicas más dinámicas y eficaces. El rigor presupuestario basado en la aplicación de unos recursos escasos en la economía productiva es el único camino posible para salir fortalecidos de la crisis. Es lo que están haciendo el resto de países de nuestro entorno y es lo que debería hacer España.

La Razón - Editorial

Diplomacia al estilo Maradona

Chávez siempre sube los decibelios en su relación con el país vecino cuando se siente débil, pero resulta difícil pensar que vaya a arriesgarlo todo a una carta de tan dudoso resultado como podría ser una guerra con Colombia.

La estrella del gorila rojo empezó a declinar el año pasado. Chávez fracasó en su intento de imponer en Honduras la inconstitucional reelección de su hombre en el país, Manuel Zelaya; un fracaso que lo humilló ante el resto de América Latina. Y su situación de debilidad quedó aún más clara en agosto, cuando fue incapaz de arrancar a los demás países sudamericanos una condena al acuerdo entre Colombia y Estados Unidos para que los militares norteamericanos instalaran varias bases en la selva para luchar contra el narcotráfico.

Al poco de llegar al poder, Chávez comenzó una labor de subversión de las instituciones que permiten la existencia de una sociedad libre. Logró la aprobación de constituciones hechas a su medida, que le permitiesen ser reelegido eternamente, y con métodos cada vez más descarados y dictatoriales fue deshaciéndose de todo vestigio de poder judicial independiente y de todo opositor mínimamente exitoso. Mientras disfrutaba de su éxito, procedió a exportar el modelo, con notables triunfos en Nicaragua, Ecuador y Bolivia. No obstante, no logró que su candidato en Perú alcanzara el poder y cuando su hombre en Honduras intentó cambiar la Constitución al modo chavista fue expulsado del poder por el Ejército, con el apoyo del parlamento y los tribunales.


Pero al margen de estos fracasos, el grano que siempre ha molestado más a Chávez durante todos sus años en el poder ha sido Colombia y su presidente Álvaro Uribe, verdadera antítesis del gorila rojo. El tirano venezolano ha destruido la clase media , las instituciones y la democracia de su país, mientras el presidente colombiano ha fortalecido a quienes más hacen por la prosperidad y la estabilidad, y ha respetado la división de poderes –abandonando el cargo tras la decisión de sus tribunales de no permitir un tercer mandato– y la democracia. Y el tiempo ha encargado de dejar a cada uno en su sitio.

Chávez y sus títeres han hecho todo lo posible por impedir que Colombia saliera del hoyo en el que le habían metido tanto los terroristas comunistas de las FARC y el ELN como los años de gobiernos que buscaron el diálogo y la cesión en lugar de la firmeza y la lucha contra el crimen. Tras el bombardeo que acabó con el terrorista Raúl Reyes en territorio ecuatoriano, Correa se hizo el ofendido pese a saberse entonces que los narcoterroristas habían financiado su campaña y establecido bases en su país. Venezuela, por su parte, siempre ha ofrecido un refugio seguro a estos criminales dedicados en cuerpo y alma a asesinar colombianos.

Ahora Colombia ha mostrado ante la OEA las pruebas de este apoyo de Chávez a las FARC, y éste ha reaccionado cortando relaciones, sin ser capaz de responder –como tampoco pudo hacer Correa en su momento– a la documentación aportada por el Gobierno de Uribe. Previsiblemente, como ya sucediera el año pasado, esta escalada quede en nada. Chávez siempre sube los decibelios en su relación con el país vecino cuando se siente débil, pero resulta difícil pensar que vaya a arriesgarlo todo a una carta de tan dudoso resultado como podría ser una guerra con Colombia.

De lo que no cabe duda de que el histrión venezolano, que ha anunciado la ruptura de relaciones con Colombia en un acto en el que lo acompañaba Diego Armando Maradona, pretende poner a prueba a Juan Manuel Santos, que tomará posesión en las próximas semanas. No creemos que el sucesor de Uribe, que declaró sentirse orgulloso del bombardeo en territorio ecuatoriano que acabó con la vida del terrorista Raúl Reyes, vaya a someterse a los designios del gorila rojo. Pero habrá que esperar, y ver.


Libertad Digital - Editorial

¿Hay algo que celebrar?

En el seno del PSOE, Rodríguez Zapatero ha pasado de ser un elemento de cohesión después de una etapa convulsa a convertirse en un factor de discordia.

HACE ya diez años que José Luis Rodríguez Zapatero accedió, contra todo pronóstico, a la secretaría general del PSOE. En plena mayoría absoluta del PP, el nuevo líder introdujo un cambio interno de apariencia tranquila y sosegada, pero que le ha permitido con el paso del tiempo ejercer un control absoluto sobre su partido. En este largo periodo, el actual presidente del Gobierno ha desarrollado una trayectoria marcada por el oportunismo y la búsqueda del interés partidista por encima de la coherencia y el rigor en sus planteamientos políticos. En efecto, el antiguo «Bambi» que hacía gala de buen talante ha dejado paso a un dirigente radical, dispuesto a modificar a su conveniencia el modelo territorial y a desarrollar una ingeniería social al servicio de un sedicente progresismo. En este sentido, la fallida negociación con ETA en la primera legislatura o el impulso a una reforma constitucional encubierta a través del Estatuto catalán, en la actual, son ejemplos de una forma de concebir la política basada en el poder y no en el interés general.
No es extraño que los ciudadanos identifiquen al líder socialista con los peores defectos del partidismo, siempre en perjuicio de las instituciones y de la estabilidad del sistema constitucional. Son las consecuencias de dar prioridad a la lucha por el poder frente a la vertebración social y el rigor en la gestión.


En el seno del PSOE, Zapatero ha pasado de ser un elemento de cohesión después de una etapa convulsa a convertirse en un factor de discordia que se refleja, sobre todo, en las difíciles relaciones de Ferraz con el PSC. Después de muchos bandazos, Zapatero venció por la mínima a José Bono, pero los hechos demuestran que las tensiones quedaron soterradas con el disfrute del poder, pero no resueltas. Lo peor de todo es que esas tensiones internas se han trasladado al conjunto de la sociedad española a través, por ejemplo, de su errática política territorial o de la irresponsable ley de la Memoria Histórica, que chocan frontalmente con el espíritu de la Transición. Por lo demás, la torpeza notoria para hacer frente a la crisis económica demuestra que la capacidad de gestión del actual presidente deja mucho que desear, porque, salvo excepciones, no sabe o no quiere rodearse de equipos sólidos y eficaces. Así las cosas, hay muy poco que celebrar en una década que no pasará a la historia como la más afortunada del socialismo español. Rodríguez Zapatero cumple años al frente de un PSOE herido, pero es España la que sufre las consecuencias de su desafortunada gestión.

ABC - Editorial

jueves, 22 de julio de 2010

Vallisoletanos en el Congreso. Por M. Martín Ferrand

¿Quién puede creer que Rajoy, que solo parece excitarse con el deporte, pueda desear un mal para La Roja?

LOS enfrentamientos parlamentarios entre María Teresa Fernández de la Vega y Soraya Sáenz de Santamaría habría que subvencionarlos y protegerlos. Declararlos de utilidad pública y procurar su difusión y conocimiento. En un Congreso mortecino y culero, en el que se advierten más los cuerpos de sus señorías que su espíritu y su inteligencia, la vicepresidenta socialista y la portavoz del Grupo Popular mantienen viva la llama de la controversia y, en el escenario que corresponde a la expresión democrática, constituyen una excepción a la norma silente y gris que, en perjuicio del parlamentarismo clásico, tiende a imperar en los lotes representativos a que nos ha llevado nuestro sistema electoral y la voluntad partitocrática que de él se deriva.

De la Vega, que parece estar en horas bajas, llegó a decir ayer que el PP, en estos pasados días de fútbol y gloria nacional, había llegado a temer el triunfo de la selección española por si de él se derivaba un optimismo benefactor para el Gobierno. Eso es retorcer los argumentos y desperdiciar aguijones, cosa que nunca debe hacer una buena avispa. Hasta Luis XV, que era una catástrofe, les decía a sus cortesanos que la condición exigible para bien ofender a los enemigos reside en la verosimilitud de la injuria y, ¿quién puede creer que un hombre como Mariano Rajoy, que solo parece excitarse con el deporte, pueda desear un mal para La Roja? Por cierto y al hilo de la crítica política, para valorar la figura del amante de la Pompadour, el Papa Clemente XIV, que era de armas tomar y que antes de hacerse franciscano había estudiado con los jesuitas, se preguntaba: «¿Puede exigirse otra prueba de la existencia de la Providencia que ver a Francia florecer bajo el reinado de Luis XV?»

Sáenz de Santamaría, que se perfecciona con el ejercicio, recurrió a los trucos clásicos de la dialéctica parlamentaria y castigó a su oponente con versos del también vallisoletano José Zorrilla. Además de afearle a la vicepresidenta que, en una entrevista que este fin de semana le hicieron en El Mundo, le atribuyera a su paisano la autoría de unos versos de Corneille —«Los muertos que vos matáis/ gozan de buena salud»— que, con frecuencia, los ignorantes se los encasquetan a don Juan Tenorio o, en su defecto, a don Luis Mejía; la portavoz popular, con buen sentido, utilizó los versos con los que don Juan le narra a don Luis su peripecia anual —«… la razón atropellé,/ la virtud escarnecí,/ a la justicia burlé…»—, que, además de ser cita auténtica, tienen el valor de una crónica resumen sobre el quehacer gubernamental en lo que va de legislatura.


ABC - Opinión

Zapatero y Montilla: hablar por hablar en Moncloa Por Antonio Casado

El presidente de la Generalitat, José Montilla, vino ayer a Madrid a recomendar que las instituciones del Estado cambien de actitud si quieren hacer creíble un proyecto de la España plural basado en el respeto a las “diversas realidades que lo integran”. Lo formuló después de su encuentro de dos horas largas con Rodríguez Zapatero, como condición para recomponer el pacto político y constitucional roto, según aquél, en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut.

Para la tarea cuenta Montilla con el presidente del Gobierno de la Nación. Es curioso. Quiere alcanzar con el presidente “español” la sintonía no lograda con los dirigentes “catalanes” en nombre de la dignidad “nacional” herida. Pero ha sobrestimado la capacidad política y técnica de su interlocutor para reconstruir el Estatut y acabar con la presunta desafección en el ánimo de los catalanes respecto a España. No está en condiciones Zapatero de prestar el impulso político reclamado por el president y apadrinar, de nuevo, una operación de alto riesgo.


Sería absurdo aparcar ahora los problemas de la crisis económica y echarle horas al autogobierno catalán. Al dictado de Montilla. O de Artur Mas, si damos tiempo al tiempo. A cuatro meses de una revisión del mapa electoral de Cataluña y siendo CiU clave en la política de alianzas de Moncloa, carece de sentido concertar ahora una hoja de ruta con el actual presidente de la Generalitat. Lo de ayer fue como hablar por hablar. Como mucho, buenas palabras y mejores deseos. Poco más. Debidamente envasados pueden ser útiles en la campaña electoral del PSC, pero inservibles para un Gobierno catalán al que le queda poca vida.

Ya había dicho el vicepresidente de la Generalitat, Carod Rovira, que de la reunión de ayer no saldrían soluciones milagrosas. Ni milagrosas ni de las otras, salvo que se apoyen en el pilar derecho del sistema. Y me parece que el PP no está por la labor de garantizar las mayorías necesarias para acometer “reformas más profundas de nuestra arquitectura constitucional, cuando sea posible”, de las que habló ayer Montilla al terminar su encierro con Zapatero en Moncloa.

Pero Montilla, en su sonoro rasgado de vestiduras por el agravio del Tribunal Constitucional, vino a pedir al presidente “español” que se implique en la tarea de reparar los daños materiales y morales de la sentencia. Y se fue diciendo: “Zapatero ha comprendido el reto”. Si le sirve para entrar en la batalla electoral con Artur Mas, mejor para él, pero inferir de eso que el presidente del Gobierno le va a seguir en su escapada al monte de la insumisión es una osadía. Bastante lejos ha ido ya Zapatero al hacer declaraciones que hacen el juego a los pregoneros de la España rota.

Solo faltaba que ahora se sumase a la extravagante sugerencia de Montilla sobre una eventual reforma de la Constitución como una forma de encontrar el definitivo encaje político y jurídico de Cataluña en el Estado español. O el encaje emocional en España de quienes solo se sienten catalanes. Bastante tiene Zapatero, por ahora, con encontrar su propio encaje y el de su partido en un mapa político cuya relación de fuerzas le sitúa en su momento de mayor debilidad desde que ganó las elecciones de 2004.


El Confidencial - Opinión

Arenga al «pichichi». Por Hermann Tertsch

Es probable que dentro de unos años Zapatero acabe convencido de que el gol en Johannesburgo lo marcó él.

LA vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, nos ha revelado, muy seria ella, que los antipatriotas del Partido Popular querían que España perdiera en el Mundial. Tremenda noticia. Durísima revelación que nos expone las cotas de la infamia a la que llegan los enemigos de las fuerzas positivas de la bondad y armonía que, con Zapatero y de la Vega a la cabeza, dirigen tan sabiamente nuestro destino. Ya lo saben, en Génova se deseaba fervientemente que la selección española fracasara en Suráfrica. Si no fue así fue por la conocida tendencia al fracaso de los conservadores y liberales españoles. No nos ha explicado aún la presidenta cómo supo de esta iniquidad ni nos ha dado más datos jugosos sobre esta siniestra conjura. Hay que suponer que, dada la facilidad con que los aparatos del Estado, alcantarillas incluidas, trabajan para tener al tanto al poder socialista de lo que hablan, piensan, negocian y hacen los ciudadanos, las pruebas de este delito de lesa patria serán numerosos y consistentes. Está claro por qué el PP deseaba que nos eliminaran cuanto antes. Para negarles esta alegría a los ciudadanos. Para que los españoles no vieran lo bien que nos va todo. El PP quiere que suframos y desesperemos para que no disfrutemos las grandes conquistas que se han hecho en estos años victoriosos. Quieren estos cabrones de la derecha negarnos a los ciudadanos las buenas nuevas. Todas. Las deportivas, las políticas que son estupendas, y las económicas. Éstas que proclaman el enorme éxito de las medidas del Gobierno para la reactivación de la economía. Una economía que sufre, cierto. Pero no por una mala gestión, la ineptitud o la falta de voluntad de reformas del Gobierno. No. Es por la conspiración contra España y su Gobierno tramada por «los mercados», «los especuladores», «los ricos» y por supuesto la oposición del Partido Popular. ¿Cabe mayor traición?

Dice el Gobierno que la oposición popular quiere que la crisis se agrave, que los españoles estén en paro, la ruina general de este país. Nos sugiere que, de haber podido, le hubieran roto la pierna a Iniesta antes de la final. No les quepa duda. Esta copa del Mundial es de Zapatero. Ya lo dijo Zapatero el otro día, que esta copa se la brindaba a África porque él podía hacerlo. No pregunten por qué. Pero así nos describe y escribe la tropa gubernamental enfadada con todo el que no aplaude. Es probable que dentro de unos años Zapatero acabé convencido de que el gol en Johannesburgo lo marcó él. Nuestro pichichi en todo. No es una broma. Ésta es la realidad tan absurda y mentirosa que nos venden a diario. El próximo paso será exigir medidas contra los traidores. Como hace Chávez. Si no tuviéramos el manto protector y vigilante de la Unión Europea, este discurso grotesco con el que el Gobierno intenta ocultar sus vergüenzas y evita debatir sus fracasos podría habernos llevado ya a las manos. Esperemos que este manto sea suficiente en el futuro.

ABC - Opinión

Crisis política. La maldita soledad. Por Cristina Losada

Desde González a Zapatero, pasando por el primer gobierno Aznar, los partidos nacionalistas son los desleales compañeros de viaje de los gobiernos de España. Su precio siempre es alto, tan alto que no debiera pagarse.

Las votaciones en el Parlamento tienen ya por única función mostrar qué partido está solo. No cuál se encuentra mal acompañado. Antes, se señalaba con el dedo la soledad del PP y ahora, la del PSOE. En el código político español, quedarse solo es un desdoro. No importa tanto la calidad de una posición como la cantidad de partidos que se suman. Se infiere que el solitario padece una espantosa tara. ¿Cómo es posible que nadie le quiera? Hemos vuelto al patio del colegio, si es que alguna vez nos hemos ido de esa estupidez gregaria que castiga al diferente, que es también el solitario. Para que digan que el español es individualista. Lo será dentro de casa y nunca en política.

La realidad indica, sin embargo, que los dos grandes partidos no están solos cuando gobiernan en precario. Y la misma y desgradable señora nos revela quiénes son sus nefastos acompañantes. La "soledad parlamentaria" es un mero titular, muy buscado por los partidos en liza, pero equívoco y equivocado. Desde González a Zapatero, pasando por el primer gobierno Aznar, los partidos nacionalistas son los desleales compañeros de viaje de los gobiernos de España. Su precio siempre es alto, tan alto que no debiera pagarse. Pero, ay, se abona cualquier factura que presenten, sea en transferencias, en privilegios fiscales o en cesiones de soberanía, con tal de no pactar con el enemigo. La lógica perversa que domina nuestra política separa más al PSOE y al PP que a cualquiera de ellos de los partidos que se proclaman enemigos de España.

La lógica del interés general dicta, sin embargo, que los dos grandes partidos renuncien a tan peligroso abrazo y que, en instantes críticos, se procuren apoyo. ¿Qué tabú proscribe una abstención a la hora de unos presupuestos o un plan de ajuste? ¿Qué escollo impide que PP y PSOE hagan por librarse del cobrador del frac nacionalista? La batalla de las ideas entre socialistas y liberal-conservadores ha sido reemplazada por la pelea para lograr la compañía de esa tropa expoliadora. Y, al cabo, se adoptan las ideas que concuerdan con los actos. El nacionalismo arroja el salvavidas a uno o a otro partido y ambos aceptan gustosos, aunque la contrapartida sea hundir el barco. El caso es no salvar al enemigo ni dejarse salvar por él. Y, así, todos náufragos.


Libertad Digital - Opinión

El malestar de España. Por Edurne Uriarte

«Sr. Montilla, ¿se siente usted parte de la nación española? Y, si eso es así, ¿le preocupa el malestar de España?»

Eché de menos una pregunta en la rueda de prensa de Montilla ayer. La siguiente: «Sr. Montilla, ¿se siente usted parte de la nación española? Y, si eso es así, ¿le preocupa el malestar de España?». Lamentablemente, nadie se lo preguntó. Lo que es peor, ni siquiera se lo preguntan al propio presidente del Gobierno de España. También a él le inquieren por el malestar de Cataluña, no por el malestar de España.

Y es que la clase política, pero también la intelectual, ha dado por supuesto que el problema de España es el malestar de Cataluña sin darse cuenta de que el problema de España es, crecientemente, el malestar de España. El malestar de los españoles que se sienten maltratados por Cataluña. Que están agotados con las permanentes exigencias de los políticos catalanes. Que están hartos de que el afán de la clase política sea satisfacer a los nacionalistas catalanes y no a la mayoría de españoles.


Es hora de reparar los daños a Cataluña, retó ayer José Montilla. Y añadió, no se puede tapar la boca a la sociedad catalana y la sociedad española no puede tapar los ojos. El problema para Montilla y su partido es que el rampante malestar de España exige un planteamiento de ese reto en la dirección justamente contraria. En la reparación de los daños a España, en la petición de que no se tape la boca a la sociedad española y tampoco los ojos la sociedad catalana.

Cataluña tiene un problema, por lo tanto, España tiene un problema, remató Montilla. Y España tiene un problema y, por tanto, Cataluña tiene un problema.

La gran diferencia entre estos dos malestares, el de Cataluña y el de España, es que nuestra clase política ha dedicado todo el período democrático a responder al malestar de Cataluña. Con un sonoro fracaso. No ha resuelto el malestar de Cataluña y ha creado, sin embargo, otro malestar de consecuencias imprevisibles, el malestar de España.


ABC - Opinión

Controladores. Elogio de don José Blanco. Por José García Domínguez

Reagan, como es universal fama, sustituyó a los chantajistas por controladores militares. Y lo único que pasó fue que no pasó nada. Nada de nada. Leña al mono, don José.

Por muy difícil que se antoje, aún hay algo más mezquino que el proceder chantajista de clanes corporativos como el de los controladores aéreos, esos que viven instalados en la continúa, incesante extorsión al Estado usando de rehén a la misma sociedad que los mantiene. Me refiero, huelga decirlo, a la cobardía de las legiones de gestores políticos que, con su connivencia silente, han hecho posible que llegásemos a una situación como la actual; nueva Edad Media en la que ciertos gremios renuentes a toda autoridad terrenal se conducen con la soberbia arrogancia de las órdenes de caballería frente a reyes y tribunos en tiempos de las Cruzadas.

Así, por lo demás, los maquinistas metropolitanos, aquellos mismos cuyas salvajadas inciviles en el irredento Madrid tanto celebró el Gobierno al taimado modo. Una bajeza, la del PSOE con su secretario general al frente, que no debiera servir de excusa ahora para que el partido de las derechas se embarre en idéntica charca moral. Pues quién nos iba a decir que el ínclito Blanco, antaño perito en todas las malas artes de la gañanería tabernaria, podría acabar como el genuino remedo del célebre general Della Rovere. El desconcertante Giovanni Bertoni, su verdadero nombre, antiguo rufián y contrabandista que de tanto representar el papel de patriota ante los auténticos patriotas, un día terminó persuadido de en verdad ser el personaje que suplantaba a diario.

El tragicómico Bertoni, pobre pícaro, farsante infiltrado por los alemanes entre la resistencia italiana que convertiría en cierta la comedia bufa que había sido su vida, al morir fusilado con el monóculo puesto, impecable el uniforme de gala y gritando: "¡Viva el Rey! ¡Viva Italia!". Y es que, por ventura, don José Blanco no será aquel Ronald Reagan al que no le tembló el pulso en el instante mismo de despedir a los 11.359 controladores que habían declarado una huelga ilegal contra los contribuyentes. Pero tampoco la medrosa y paniaguada sociedad española soporta comparación con la yanqui, siempre resuelta, ella sí, a aceptar cualquier pulso que le echen. Por cierto, Reagan, como es universal fama, sustituyó a los chantajistas por controladores militares. Y lo único que pasó fue que no pasó nada. Nada de nada. Leña al mono, don José.


Libertad Digital - Opinión

Sacad las manos de la Copa del Mundo. Por Ignacio Camacho

Si no quieren escuchar el mensaje, al menos que no manipulen. Que quiten las manos de la Copa.

NO entienden los mensajes. Llevan tanto tiempo en sus burbujas enmoquetadas, circulando con las ventanillas subidas y los cristales tintados, que han perdido el oído para escuchar la voz de la calle. Millones de españoles han celebrado el triunfo de la selección de fútbol como algo que al fin ha sido capaz de unirnos por encima de la política, y a los políticos no se les ocurre mejor idea que tirarse el Mundial a la cabeza. Lo hizo ayer, en el Congreso, la vicepresidenta De la Vega, incapaz de salir del acorralamiento a que la tiene sometida su oponente Soraya Sáenz de Santamaría, un aparente peso pluma que pica como una avispa y pega con pata de mula. Al Gobierno cada vez le quedan menos oportunidades de equivocarse, pero no desperdicia ninguna.

Si hay alguna lección que extraer de la multitudinaria celebración futbolera es, por un lado, el rescate de la pasión nacional frente a los particularismos, y por otro la eficacia de la unidad ante los objetivos comunes. Pues he aquí al zapaterismo en sus trece: urdiendo pactos con los soberanistas para ahondar diferencias identitarias y utilizando la Copa del Mundo como arma arrojadiza. No bastaba con que el presidente —y ocasional ministro de Deportes, querido Antonio Burgos— se reservase para él solo la recepción de Moncloa a los triunfadores de Sudáfrica. No bastaba con la apropiación ventajista del torneo. No bastaba con excluir de la foto con los jugadores a la oposición entera, con la que se podía haber dado siquiera una imagen de agrupación efímera en torno a lo único que ha aglutinado al país en los últimos tiempos. Era menester, por lo visto, dejar bien claro que el Gobierno no ha entendido nada. Buscar gresca a cuenta del éxito común, envolverlo en la trifulca trincherista, sembrar divisionismo donde la gente quería aproximación, ensuciar con cháchara oportunista una limpia gesta deportiva asumida, por una vez, por todos. Que no quede nada sin manchar de sectarismo.

El error de De la Vega —tan eficaz cuando trabaja en silencio como desafortunada cuando ejercita una dialéctica vulgar que no le cuadra— viene a mostrar una vez más el egoísmo autista de esta dirigencia pública incapaz de ponerse a la altura del pueblo al que representa. Lo mejor del Mundial ha sido que futbolistas y ciudadanos han ido muy por delante de los representantes políticos, unos al emitir y otros al interpretar un mensaje unitario que, por lo visto, resulta imposible de decodificar pese a su lineal sencillez, a su manifiesta simpleza. Pero si no quieren escucharlo, si no les conviene entenderlo, si les estorba en su terca pugna de enconos, al menos que no lo manipulen para esta torticera y cansina dialéctica estéril. Que quiten las manos de esa Copa del Mundo que ni han ganado ni se merecen.


ABC - Opinión

Encuentro estatutario

Se esperaba con expectación la primera entrevista entre José Luis Rodríguez Zapatero y José Montilla después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Tras el encuentro, pocas novedades y varias incertidumbres. El presidente de la Generalitat pretende impulsar una acción política que recupere íntegramente la norma estatutaria, tal como reclaman el tripartito y CiU. En el actual clima preelectoral que existe en Cataluña estas formaciones defienden que el fallo del Tribunal Constitucional no puede estar por encima de la voluntad de pacto expresada por los catalanes cuando refrendaron el Estatut y de las Cortes Generales que lo aprobaron. No repetiremos de nuevo el escaso porcentaje de ciudadanos que avalaron el proyecto, pero debemos insistir en que tienen que aceptar las reglas de juego marcada por la Constitución. Por ello, el presidente del Gobierno y Montilla, el máximo representante del Estado en Cataluña, deberían desarrollar el Estatut dentro del marco constitucional. Es un grave error buscar atajos para no cumplir la sentencia impulsados por una coyuntura electoral que parece, según las encuestas, desfavorable para los socialistas catalanes.

El episodio de ayer en La Moncloa aportó cierta confusión sobre un futuro que se atisba complejo. El presidente del Gobierno se mostró conciliador y se comprometió a explorar «todas las líneas de trabajo», jurídicas, políticas y de cooperación institucional que permitan desarrollar al máximo el Estatut dentro de los márgenes trazados por la sentencia del Tribunal Constitucional. Ese diagnóstico, aunque vago, debería interpretarse como un cierto ejercicio de responsabilidad. El problema es que el marco constitucional no es suficiente para los nacionalistas y que el PSC actúa impulsado por un tacticismo de consecuencias imprevisibles. La sociedad catalana, no la minoría soberanista, rechaza los radicalismos y quiere el cumplimiento del Estatuto. La política no debería ser un instrumento para buscar problemas sino para encontrar soluciones. La gran preocupación de los catalanes, como le sucede al conjunto de españoles, es la crisis económica. Por ello, todas las administraciones deberían dedicar sus esfuerzos a hacer frente a este grave problema y dejar de lado las estériles luchas partidistas. Zapatero es el presidente del Gobierno de España y su responsabilidad es cumplir y hacer cumplir las leyes. En este sentido sería fundamental que se recuperara el pacto constitucional que tan extraordinarios frutos ha dado desde 1978 hasta nuestros días. Un pacto que ha permitido un desarrollo económico, social y político que era inimaginable cuando se aprobó la Constitución. Por su parte, Montilla debería preocuparse de los problemas reales de los catalanes y no olvidar que la fuerza del socialismo en Cataluña nunca ha sido ejercer de nacionalistas. Una elección tras otra perdieron frente a Pujol porque se alejaron del sentir de la mayoría de sus votantes en las elecciones generales. La Sentencia del Estatut establece un marco suficiente para continuar con el desarrollo de la autonomía catalana dentro del marco constitucional y sin provocar conflictos tan artificiales como absurdos.

La Razón - Editorial

Tiempo muerto

Zapatero y Montilla escenifican su alianza para afrontar la crisis por la sentencia del Estatut

La reunión de los presidentes del Gobierno central y de la Generalitat se saldó con un único mensaje: el Ejecutivo de Zapatero asume las reacciones a la sentencia del Estatut como expresión de un malestar real que no solo incumbe a Cataluña, sino también al resto de España. Frente a las interpretaciones que han vinculado al clima preelectoral existente en Cataluña a las distintas iniciativas de las fuerzas políticas tras conocerse la sentencia, Zapatero quiso escenificar con Montilla el rechazo a la trivialización de una crisis que no resolverá el simple transcurso del tiempo; tampoco desahogos colectivos como la manifestación del 10 de julio ni declaraciones institucionales, como la resolución aprobada por el Parlament el pasado viernes.

Más allá de este mensaje, sin embargo, todo fueron incógnitas. Las declaraciones posteriores a la reunión no permitieron aclarar si la principal preocupación que guió a Zapatero y Montilla fue resolver el deterioro del sistema autonómico provocado por los avatares del Estatut o, por el contrario, afinar la estrategia ante las próximas elecciones catalanas. Unas elecciones en las que no solo se decide el próximo Gobierno de la Generalitat, sino el peso de la agenda soberanista en los próximos años. La reunión pareció dirigida a identificar una vía intermedia entre quienes proponen desentenderse del malestar que la sentencia ha provocado en los partidos catalanes, confiando en que se trata de algo pasajero, y quienes sostienen que ha roto el pacto constitucional.


Falta por saber si esa vía intermedia dispone de margen político suficiente. No es posible descartar que CiU la considere insuficiente y que ERC coloque más alto el listón de su rechazo, con lo que se desencadenaría una escalada en la que los socialistas catalanes tendrían dificultades para mantenerse en la posición pactada entre Zapatero y Montilla. Hay cierta lógica en intentarlo, aunque se trate de una estrategia cuyo éxito depende más de los movimientos de las otras fuerzas políticas.

Desde el punto de vista institucional, en cambio, el Gobierno central y la Generalitat de Montilla, que ya no parece actuar como tripartito ante la inminencia de las elecciones, tendrán que hacer serios esfuerzos para alejar la sospecha de que están tratando de sortear la sentencia por caminos tortuosos, salvo en aquellos aspectos expresamente contemplados por el Constitucional, como el referido al poder judicial catalán. Las declaraciones de Montilla presentando al Tribunal que se ha pronunciado sobre el Estatut como un actor inesperado que ha venido a interferir un pacto político entre Cataluña y el resto de España no marchan en esa dirección, además de poner a disposición del PP un flanco muy difícil de cubrir.

Habrá que esperar a que el Gobierno central y la Generalitat concreten lo que ayer solo fueron aproximaciones genéricas a un problema que, en efecto, no es solo de Cataluña. Se ha declarado un tiempo muerto, pero aún no se sabe exactamente para qué.


El País - Editorial

El monopolio y el conflicto aéreo

Lo que vienen exigiendo los controladores, tomando a los ciudadanos como rehenes, no es ni su salud mental ni la seguridad en el tráfico áereo, sino un jugoso "corralito" que debería ser disuelto por la privatización de Aena y la liberalización del sector.

No le falta razón al ministro de Fomento, José Blanco, al considerar que los controladores aéreos que sufren "ansiedad" o "estrés", por lo que no es más que un recorte de las injustificadas prebendas que han venido disfrutando durante años, no deberían continuar ejerciendo más esta profesión. Ciertamente, si estos profesionales se resienten psicológicamente por unos recortes que les sigue permitiendo cobrar de media un cuarto de millón de euros por unas 1670 horas trabajadas al año, lo mejor es que se dieran de baja definitivamente. El problema, sin embargo, es que la catarata de bajas médicas que se están produciendo estos días no es más que un cuento chino, una huelga encubierta para presionar a la administración en unos momentos en que el perjuicio a los ciudadanos y al turismo es mayor y, por tanto, también es mayor su capacidad de presión.

Hay que reconocer, no obstante, que buena parte de la culpa de este conflicto, que aun en menor intensidad hemos padecido en años anteriores, lo tiene el hecho de que AENA es un organismo público y monopolístico que determina las condiciones salariales y laborables de los controladores por ley y que no tiene que someterse a los imperativos de un mercado liberalizado y competitivo. Inserto en ese monopolio está también el hecho de que es el propio colectivo de los controladores el que regula –más bien, estrangula– el acceso a su propia profesión. En este sentido, la desfachatez de los controladores es doble: si es verdad –como ahora alegan– que falta personal en los aeropuertos españoles, ello es consecuencia directa de esas barreras de entrada que ellos mismos han fijado. Es precisamente esa coactiva ausencia de competidores en su propia profesión lo que les ha permitido ganar hasta 375.000 euros al año repartiéndose horas extraordinarias.

Lo que ahora –y en años anteriores– vienen reclamando los controladores aéreos, tomando a los ciudadanos como rehenes, no es ni una mejora en su salud mental ni en la seguridad en el tráfico áereo, sino un jugoso "corralito" que debería ser radicalmente disuelto por la privatización de Aena y la liberalización del sector. Esta es una tarea que, como la ley de huelga, han dejado pendiente todos los gobiernos de la democracia. Esperemos que tras el eventual recurso a corto plazo a los controladores del Ejército y tras las necesarias diligencias que ha de tomar la Fiscalía por los previsibles fraudes en las bajas médicas, se dé paso a unas reformas que permitan aprobar de una vez esta conflictiva asignatura.


Libertad Digital - Editorial