lunes, 4 de octubre de 2010

Zapatero se estrella

Había en disputa dos visiones sobre el corto y medio plazo socialista: con Zapatero y sin Zapatero. Quieran o no asumirlo desde La Moncloa y Ferraz, ha ganado la segunda.

Las primarias en la Federación Socialista Madrileña se han saldado con una victoria, la de Tomás Gómez, el «candidato de la derecha» según algunos de sus compañeros de partido, que puede considerarse una precipitación del debate sobre el poszapaterismo. Es evidente que la derrota de Trinidad Jiménez abre una grieta en la dirección nacional del PSOE, que ni previó la determinación de Gómez ni supo dar a su candidata el discurso necesario para derrotarlo. El desgaste de Jiménez es suficiente para cuestionar incluso su continuidad en el Gobierno, porque agrava y extiende la imagen derrotista que transmite el equipo ministerial de Zapatero. Por eso, al presidente del Gobierno se le plantean dos problemas: como jefe de un Ejecutivo con evidentes síntomas de ruina y como secretario general de un partido cuyas bases madrileñas le han dado la espalda. Lo primero se llama crisis de gobierno, y lo segundo, a este paso, congreso extraordinario. Por supuesto, la derrota de Jiménez es otra más de las derrotas de Zapatero en Madrid, con la diferencia de que hasta ahora se las infligían los candidatos del Partido Popular.

La altísima participación de los militantes de la FSM, que han dado un ejemplo de democracia interna, refuerza el valor de los resultados e inhabilita cualquier intento de rebajarlos. Ha sido un plebiscito interno para dirimir un pulso que tenía más trascendencia para el futuro del PSOE que para el gobierno de la Comunidad de Madrid, sólidamente sostenido por una mayoría de votantes del PP. De hecho, a los militantes socialistas no les han persuadido las milagrosas encuestas de Ferraz con Jiménez de candidata. La cuestión era otra. Había en disputa dos visiones sobre el corto y medio plazo socialista: con Zapatero y sin Zapatero. Quieran o no asumirlo desde La Moncloa y Ferraz, ha ganado la segunda. Por eso, con Zapatero en caída libre en las encuestas, Tomás Gómez puede capitalizar a su favor la hostilidad del aparato nacional y las distancias que ha sabido marcar, con muy buenas maneras, pero muy claramente, frente al presidente del Gobierno. Y puede también animar a otros candidatos a buscar sus votos sin Zapatero.

La victoria de Tomás Gómez sí afecta al presidente del Gobierno. Si su candidato no gana ni en las elecciones internas, muchos pensarán que menos aún en los comicios autonómicos o generales. Tanto le afecta, que la maquinaria de la sucesión puede empezar a funcionar anticipadamente si los núcleos de poder internos ven a Zapatero como el principal obstáculo para mantener el Gobierno en 2012. Y, visto lo que le ha sucedido a Trinidad Jiménez, tienen razones para temerlo.


ABC - Editorial

domingo, 3 de octubre de 2010

Maoísmos. Por Jon Juaristi

La huelga general del 29-S derivó hacia una parodia de revolución cultural típicamente maoísta.

EN su arenga vespertina del miércoles, Cándido Méndez agradeció a las «formaciones de izquierda» el apoyo activo a la huelga general. La vaguedad de la expresión utilizada por el dirigente de UGT resultaba a esas horas del día un poco obscena. Todo el mundo, incluido Candido Méndez, conocía ya los sucesos de Barcelona, y por más que las televisiones públicas y unas cuantas cadenas privadas se empeñaran en separar los desmanes de los antisistema de la protesta sindical, es innegable que aquéllos son una formación de izquierda (o un conjunto de varias formaciones de izquierda). De extrema izquierda, si se quiere matizar, pero de izquierda ante todo, qué duda cabe.

El asunto puede parecer una nimiedad. No lo es. La inclusión de ese colectivo indefinido en el recuento de los protagonistas de la huelga convertía ésta, retrospectivamente, en una huelga política de la izquierda… contra el gobierno de la izquierda, aunque sólo en teoría. Produce un cierto estupor que el líder de la mayor central sindical del país desvirtuase así el carácter presuntamente sindical del acontecimiento en el mismo mitin de clausura. Por otra parte, es evidente que la huelga del pasado día 29 tuvo poco de sindical, en el sentido clásico del término. La última huelga general propiamente sindical fue la de 1988, y no se equivocaron entonces quienes auguraron que no volvería a haber otra huelga general de carácter sindical. El sesgo político de la de 2002, con la participación estelar de todas las formaciones de izquierda, empezando por la que hoy detenta el gobierno, fue inequívoco, pero es que se trataba de un ensayo de movilización de la izquierda contra el gobierno del PP (indispensable para engrasar una estrategia de acoso al mismo desde la calle, que funcionaría ya a la perfección en las campañas del Prestigey de la oposición a la guerra de Irak, incorporando sin escrúpulo alguno a la extrema izquierda).

La incapacidad de los dirigentes sindicales para cambiar el modelo se ha manifestado en la fastuosa confusión del discurso movilizador a lo largo de los tres últimos meses. Nunca quedó claro si se pretendía obligar al gobierno a cambiar su política, castigar a la patronal o machacar a la oposición. Con la excepción de Madrid, por supuesto, donde la huelga se planteó desde el principio y de modo exclusivo como un ariete contra Esperanza Aguirre. De hecho, los piquetes intentaron con particular entusiasmo paralizar el sector público de dicha Comunidad Autónoma -lo consiguieron al cien por cien en Telemadrid, la única televisión que se vio obligada a interrumpir sus emisiones-, y de ahí el contraste entre la indiferencia del Presidente Rodríguez ante lo que pasaba en la calle, a escasos metros del Congreso, y la indignación de la presidenta madrileña, hacia cuya sede de gobierno confluyeron desde la mañana los combativos sindicalistas de toda la capital. En tales condiciones, la huelga sólo podía ser política y ridículamente maoísta: una revolución cultural de sainete, contra el poder y a favor del poder simultáneamente, con los guardias rojos saqueando tiendas en Barcelona y el Gran Timonel mareando la perdiz en la Carrera de San Jerónimo, como si la cosa no fuera con él. Que no iba.


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ABC - Opinión

Sindicatos caducados. Por Julio Pomés

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI.

Vergüenza ajena. Eso es lo que seguramente sentirían los sufridos fundadores del movimiento sindical si levantasen la cabeza y contemplaran el desarrollo de la huelga general del 29-S. Seguramente aquellos grandes hombres, que no vivían del sindicalismo sino para el sindicalismo, serían los primeros en reconocer que lo que en el argot político del Gobierno se expresa como paros "desiguales y moderados", se traduce en lenguaje común como fracaso rotundo. UGT y CCOO han utilizado la máxima medida de reivindicación, una huelga general, sabiendo que la reforma laboral era un motivo insuficiente. Si la razón de la huelga era pobre, más injustificable resulta la violencia que han ejercido algunos piquetes ‘informativos’. Muchos somos los que pensamos que sin la existencia de estos grupos de coacción, verbal o física, la huelga habría pasado inadvertida. Más allá de estos hechos, esta huelga ha revelado algunas cuestiones de fondo sobre el papel de los sindicatos en la España de hoy.

De entrada, la protesta que enarbolaba la huelga carece de sentido porque la reforma laboral es una medida ya aprobada, que no puede derogarse por ser imprescindible. Antaño, las huelgas constituían el principal brazo ejecutor de unos sindicatos que sí defendían a sus trabajadores ante los abusos de la Administración y de los empresarios, y lograban mejorar las condiciones de sus afiliados. Hoy, si algo sabemos todos los españoles, es que Zapatero no va a dar marcha atrás en un asunto necesario que viene exigido tanto por la crisis económica como por la Unión Europea. Mucho menos cuando ya ha ‘descontado’ el vendaval que la medida ha generado y tiene resuelta la aprobación de los próximos presupuestos generales. Así pues, conscientes de la ineficacia de los paros del 29-S, parece más bien que los sindicalistas han salido a la calle a ganarse el pan, a que se vea que siguen organizándose y protestando, para que se justifique su existencia y el dinero que cuestan. Después de todo, la docilidad que han demostrado desde que empezó la peor crisis económica desde el crack del 29 empezaba a resultar sospechosa.

Pero es demasiado tarde. Lejos quedan los tiempos en los que los trabajadores percibían a los sindicatos como mejor garante de sus derechos. La gente sabe que está sola a la hora de encontrar empleo y abrirse camino en el terreno laboral, y por eso no sorprende que la única guerra de números que preocupa ya en España sea la de una tasa de paro que crece sin parar. Así pues, convocando esta huelga los sindicatos se han disparado en el pie mostrando la realidad de su ineficacia.

De todas formas, y para consuelo de ellos, no sólo ha contribuido a este descalabro su torpeza. La pérdida de influencia social de los sindicatos en España va en la línea de lo que está ocurriendo en otros países. Una referencia ineludible es el caso de las centrales sindicales en Estados Unidos: su popularidad va en caída libre a pesar de la gravedad de la crisis económica y del un cierto apoyo del presidente Obama.

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI. No en vano, la economía es cada vez más terciaria, y ya no se trabaja en grandes fábricas, por lo que no resulta tan fácil que los intereses de muchos den forma a movimientos sindicales como hemos conocido hasta ahora.

Y, a la hora de proponer nuevos modelos, sería justo proponerles que estuvieran más cerca de la sociedad civil y más lejos del estatus de una casposa institución paragubernamental. Los sindicatos debieran darse cuenta que la fuerza de la opinión pública reside cada vez más en el carácter participativo y emular el modo de funcionar de las redes sociales. El 29-S los términos ‘spanish strike’ y ‘strike spain’ estaban entre los más buscados en Google. Hoy el poder de las redes sociales puede ser más eficaz para quebrar una empresa que utilice mano de obra infantil de un país subdesarrollado, que una enorme manifestación callejera que intente impedir las importaciones de esa nación. Tal vez haya llegado el momento de que se le otorgue a la sociedad el protagonismo que se merece, y de que se reconozca su madurez democrática. La legitimidad de los sindicatos está cuestionada y no la tendrán mientras les falta la cualidad esencial para ser valorados: la autonomía que supone dejar de depender de las subvenciones del gobierno de turno.


Libertad Digital - Opinión

Socialismo a la catalana. Por M. Martín Ferrand

La chapuza vive aquí y forma parte de la cultura, de la historia y de la ley, del orden y de los oficios y profesiones.

AL PSC de José Montilla, según su propia confesión, le interesan por igual la justicia social y la defensa de la identidad nacional de Cataluña. Es una extraña manera de ser socialista que lleva la contradicción en su interior y que no solo renuncia a la internacionalidad que marca a las izquierdas de pura cepa, sino al más elemental sentido nacional español en el que se fundamenta(ba) históricamente el PSOE. Un PSOE que, por las circunstancias, dejó de ser obrero hace mucho tiempo, es ya algo más que un partido —tres por lo menos—, poco menos que socialista y resulta español, únicamente, en la medida en que no es portugués o noruego. Lo de la justicia social, ya en el siglo XXI e inmersos en una idea generalizada y no discutida del Estado de Bienestar, parece mostrenco y convierte en fundamental y decisivo el sentido nacional del PSC que, en las próximas autonómicas, se enfrentará básicamente a CiU, otro partido que antepone lo de la identidad catalana a todo lo demás. Triste panorama.

Mariano Rajoy, que pasea por las cuatro provincias del noroeste con Alicia Sánchez-Camacho en un alarde de infundada esperanza electoral, acierta cuando dice que «el problema de Cataluña no es ideológico, sino que está instalado en la chapuza permanente». Eso, además de ser una verdad incontestable, demuestra la tremenda españolidad de Cataluña. La chapuza vive aquí y forma parte de la cultura y el folclore, de la historia y de la ley, del orden y de los oficios y profesiones. Incluso, ante la lamentable delgadez de los valores espirituales en presencia, no solamente los religiosos, la chapuza es una forma de fe y una técnica de esperanza. Niega el futuro, pero hace más llevadero el presente de quienes reclaman derechos sin aceptar obligaciones. La mayoría.

En el orden de la chapuza, y llámelo Zapatero como guste, el relevo de Celestino Corbacho y la posible necesidad de sustituir a Trinidad Jiménez, es la base de una próxima «crisis» de Gobierno. Es una buena oportunidad para tratar de mejorar las hechuras de un equipo de mínimos en el talento y la acción. Cabe sospechar que lo de Corbacho ha de ajustarse a un trámite sindical. No en vano, y tras la mascarada de una huelga general de baja intensidad, UGT y CCOO constituyen, de hecho y con el PNV, el único sostén gubernamental; pero a la legislatura le queda mucho tiempo por delante y, ya que el Presupuesto no augura potencialidad de remedio y solución, serían deseables nombres de refresco para que no sigan creciendo los daños, el déficit y la deuda: las tres «d» que, en campo de gules, marcan la heráldica del de León.


ABC - Opinión

Rajoy y Aguirre, dos formas de gestionar el efecto 29-S. Por Antonio Casado

Era el día después y Mariano Rajoy todavía no había abierto la boca sobre la huelga general. Así que antes de saber que Soraya Sáenz de Santamaría reconoce a Belén Esteban el derecho de sufragio -elegir y ser elegida-, tuve ocasión de conocer de primera mano la valoración del líder del PP sobre el 29-S. “Ha sido un fracaso del Gobierno y de los sindicatos que acabarán pagando todos los españoles”, dijo.

Gobierno, por un lado, y sindicatos, por otro, cargan con sus respectivos fracasos, pero no vale endosarles la misma derrota en el pulso que acaban de librar. En una confrontación entre dos, uno gana y otro pierde. Al guardarse su opinión sobre el que ganó y el que perdió en el choque, Rajoy hace trampas. Incumple sus deberes como alternativa de poder institucional al no pronunciarse sobre el fondo de la cuestión.

La pregunta del día después, desoída por quien personaliza la opción de un recambio en el Palacio de la Moncloa, se encierra en estas dos interrogantes: ¿Debe Zapatero rectificar en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los sindicatos después de autoproclamarse ganadores de la huelga general? ¿O debe ratificarse en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los acreedores internacionales después de haber puesto a la economía nacional al borde del abismo?


Nos quedamos sin saberlo. Rajoy recurre al trazo grueso y a favor del viento. Eso le excusa de entrar en detalles. Es más fácil y menos comprometido sostener que el problema no se arregla con una huelga general sino con elecciones generales porque Zapatero está acabado y le sobra el año de prórroga que le regalan vascos del PNV y canarios de CC. Ese es exactamente el discurso oficial del PP, veinticuatro horas después del pulso librado en la calle entre Gobierno y sindicatos.

Aprovecharse del enfrentamiento

Puede ser un pleito de familia, pero con asuntos de interés general en disputa. Por tanto, el líder de la oposición parlamentaria debería pronunciarse y no lo hace. Al menos podía haber hurgado en la herida que siempre dejan las guerras fraticidas. Y de paso, evitar que otros hurguemos en las guerras fraticidas del PP. Por ejemplo: recordando el inequívoco pronunciamiento de Esperanza Aguirre contra los sindicatos y la constatación de su fracaso. Esa lección, la de aprovecharse del enfrentamiento entre afines, se la sabía mejor la presidenta de la Comunidad de Madrid, que creó las condiciones para lograr que las organizaciones sindicales dieran su peor cara. Algo que en buena parte ha conseguido, al potenciar la imagen de unos sindicatos cuya capacidad de arrastre es tan pequeña que tienen que recurrir a la coacción de los piquetes.

Con la inestimable colaboración de los propios sindicatos, por supuesto, que han hecho todo lo posible por darle la razón a Esperanza Aguirre. No hace falta militar en la derecha política y mediática más desinhibida para compartir el estupor. Parece increíble que en una democracia de derechos consolidados como el de reunión, manifestación o huelga, los ciudadanos hayan tenido tantas dificultades de hecho para ejercer un derecho individual tan básico como el de acudir al puesto de trabajo en una jornada de huelga.


El Confidencial - Opinión

Condescendencia. Por Ignacio Camacho

El gatillazo de la huelga estaba más que previsto pero ninguna de las partes trató de impedir el simulacro.

LOS sindicatos no deberían reflexionar sólo sobre el escaso respaldo de su convocatoria de huelga —«moderado», dicen los más objetivos de sus partidarios—sino también sobre su casi nulo impacto social y sobre la rápida disolución de su eco mediático. La movilización del miércoles apenas era ya tema de portada en los periódicos del viernes, desplazada de la agenda por el asfixiado presupuesto gubernamental, y pronto no será más que un brumoso recuerdo, un ruido lejano en la volátil memoria de la opinión pública. Nunca en esta democracia treintañera había tenido una huelga menos alcance ni unos resultados más previsibles; su carácter de escenificación forzosa, la ausencia de involucración ciudadana y el clima de pasteleo con el Gobierno contra el que supuestamente iba destinada no han hecho sino subrayar su irrelevancia.

La mano tendida por el poder a las centrales, simbolizada en el beso amistoso entre De la Vega y Cándido Méndez, viene a subrayar esa voluntad de entendimiento que deja sin sentido el alboroto de la protesta. Pero los dirigentes sindicales deben entender que los guiños del Gobierno no obedecen a su inquietud ante la débil demostración de fuerza sino a la intención de acudir en rescate de unas organizaciones desacreditadas tras su órdago fallido, y en segunda instancia a los remordimientos que Zapatero pueda sentir por los estragos de su propia política. Al presidente le preocupa el alejamiento de la izquierda social en la medida en que perjudica sus ya bien menguadas expectativas electorales, pero sabe que los sindicatos se han desactivado a sí mismos exhibiendo una capacidad movilizadora muy limitada. Su actitud con ellos es ahora de condescendencia; no le interesa la ruptura pero su malestar no le causa la más mínima alarma.

Por eso la huelga ha sido un enorme ejercicio de hipocresía que sólo ha servido para alterar parcialmente la normalidad productiva. La oferta de negociación sobre el desarrollo de la reforma laboral y sobre el debate de las pensiones podía haberse producido perfectamente antes de la jornada de paro, pero el Gobierno quería permitir a los sindicatos su ritual de queja y éstos necesitaban desentumecer en la calle sus atrofiados músculos de rebeldía. El gatillazo estaba pronosticado en las encuestas que conocían ambas partes, pero ninguna trató de impedir el simulacro. El acercamiento posterior es una componenda ficticia porque nunca ha habido querella real, y la gente lo sabe tan bien como sus protagonistas. De ahí el rápido olvido general de un miércoles sin historia en el que lo único que han sacado los sindicatos es el estupor de la sociedad ante su rancia coacción piquetera, impropia de su teórico papel de pilares de una democracia moderna.


ABC - Opinión

Unos presupuestos sin duda socialistas

Las cuentas públicas que ha pergeñado el Gobierno socialista no sólo no van a contribuir reactivar una economía agonizante, sino que van a intensificar los problemas ya existentes agudizando de paso la desigualdad de los españoles.

El socialismo antepone a la realidad los deseos de su ideología y la técnica presupuestaria no iba a escapar a esta norma que la izquierda viene observando en todo tiempo y lugar. Aceptado ese principio, podemos afirmar que los presupuestos generales del estado diseñados por Zapatero para el año próximo son socialistas de una forma ejemplar.

En efecto, la base sobre la que se han diseñado estos presupuestos públicos es inflar artificialmente la cifra de ingresos, para justificar una coacción institucional cada vez más intensa sobre los individuos gracias al gasto del estado en todo tipo de partidas de contenido ideológico, que son precisamente las que las últimas que los políticos de izquierdas están dispuestos a reducir.

Es difícil creer, como pretende Salgado que hagamos con esta astracanada presupuestaria, que la recaudación fiscal vaya a incrementarse sin haber iniciado con intensidad una etapa de crecimiento económico. Es imposible también que nuestro déficit público se reduzca en esa tesitura –gastando más que ingresamos–, con el agravante de la existencia de una deuda que consume ya la quinta parte de los recursos totales de ese presupuesto y unas cargas sociales consecuencia del desempleo galopante, que no dejan de crecer mientras otros conceptos de gasto de contenido sectario permanecen inalterables con la contumacia habitual de ZP.


En realidad, la aplicación de estos presupuestos generales va a provocar el efecto contrario al pretendido por el Gobierno, es decir, un incremento del déficit, un aumento de la deuda pública para financiarlo y el retraso indefinido de la salida de la crisis, característica esta última que distingue especialmente a la España de Zapatero de otros países gestionados con más criterio. Todo ello dará la excusa perfecta al Gobierno para incrementar la presión fiscal, otro efecto habitual, junto con el incremento necesario de las prestaciones del desempleo, de toda política socialista.

Y como el sectarismo ideológico de Zapatero no tiene límites conocidos, estos presupuestos consuman además el agravio de unas comunidades autónomas respecto a otras, al privilegiar financieramente a aquellas en que el PSOE tiene su particular granero de votos.

Las cuentas públicas que ha pergeñado el Gobierno socialista no sólo no van a contribuir reactivar una economía agonizante, sino que van a intensificar los problemas ya existentes agudizando de paso la desigualdad de los españoles dependiendo de su lugar de residencia. En todo caso, y desde que Zapatero anda por la Moncloa, nada nuevo bajo el sol.



Libertad Digital - Editorial

Las primarias de Zapatero

Es imposible que lo que pase hoy en Madrid no sea relevante para la imagen de Zapatero, ya que es evidente el movimiento de preocupación que existe entre los barones del PSOE y otros que no lo son.

LOS militantes del PSOE en Madrid resolverán hoy el primer capítulo de uno de los mayores problemas internos que se le han planteado a este partido desde la crisis abierta tras la derrota electoral en 1996. Pese a todo lo que pudiera separarlos, a Tomás Gómez y Trinidad Jiménez les une la certeza de que, sea quien sea el elegido, les espera el mismo futuro: caer probablemente derrotados ante Esperanza Aguirre en las elecciones autonómicas madrileñas. La aspiración del PSOE en estos comicios es elegir al candidato que pierda por menos votos y, a renglón seguido, esperar la carambola de una subida de Izquierda Unida en grado suficiente para reintentar una coalición de izquierdas, como la que se frustró en 2003. Por tanto, el PSOE tendrá dos candidatos en liza frente a Esperanza a Aguirre: el propio y el de Izquierda Unida. Es un dato a tener en cuenta para exigir de los socialistas su verdadero programa de gobierno para la Comunidad de Madrid, que será el que estén dispuestos a pactar con la extrema izquierda. Los socialistas eluden temerariamente en esta planificación la relevancia que pueda tener Unión, Progreso y Democracia.

Con este planteamiento —cuál es el mejor candidato para lograr que Aguirre gane sin mayoría absoluta—, los socialistas se dividen entre Jiménez y Gómez. El aparato nacional del PSOE, con Zapatero a la cabeza, apuesta por la ministra de Sanidad, apoyándose en unas encuestas de consumo interno. La campaña contra Gómez ha sido cualquier cosa menos sutil, hasta llegar a calificarlo como «el candidato de la derecha». Puede que el aparato de Ferraz tenga sus datos para defender esta estrategia —de la que ocultan que Aguirre ganaría por mayoría a cualquiera—, pero probablemente yerren en mostrarse tan seguros de que, en este momento, una candidata apadrinada directamente por Zapatero sea la mejor opción ante el electorado madrileño. Podría suceder que la imagen de cierta disidencia que está transmitiendo Tomás Gómez frente a La Moncloa, junto a su evidente gesto de firmeza a la hora mantener su candidatura, resulte más atractiva para el elector de izquierdas desencantado con Zapatero que una candidata «oficialista», en cuyo currículum ya contabiliza una derrota por goleada frente a Ruiz-Gallardón con posterior abandono a los electores madrileños. Es imposible que lo que pase hoy en Madrid no sea relevante para la imagen de Zapatero, cuando ya es evidente el movimiento de preocupación que existe entre los barones del PSOE, y otros que no lo son, por el declive político irreversible del presidente del Gobierno.

ABC - Editorial

sábado, 2 de octubre de 2010

Toros. Sinde no es la solución. Por Maite Nolla

Entiendo que el sector no quiera hacer de esto una cuestión de izquierdas o derechas, pero en algún momento tendrán que tomar una decisión y conseguir un compromiso político serio.

Yo de toros no entiendo nada, para qué engañarles. Estoy en fase de aprendizaje. Si quieren que de toros les hablen con propiedad, sintonicen el programa que dirige en esta casa Elia Rodríguez. Además, en esRadio tenemos a Andrés Amorós. A mí, la afición a ir a los toros –aprecien el matiz– me viene de mi suegro, hasta hace poco vicepresidente de la peña taurina de Lérida. Sí, sí taurina y en Lérida. El caso es que uno de los actos de mayor relevancia que organiza la peña es una comida con previa suelta de vaquillas en una bonita plaza de toros, coqueta, diría yo, que hay en Tortosa. Luego, tengo que reconocerles que lo que más me gusta es el ambientillo, a falta de conocimientos sobre la lidia. Es mi primer artículo sobre la polémica taurina, con lo cual supongo que debo manifestar previamente que respeto mucho a los que no les gustan nada los toros. Entiendo a los que piensan que los toros no son un símbolo nacional y me fastidia que en otras cuestiones desde Madrid no se haya movido ni uno de los muchos dedos que han movido con los toros. Pero también considero que si los nacionalistas no creyeran que pueden vender la prohibición de los toros como la eliminación de un símbolo español en Cataluña, no lo hubieran hecho. Y para muestra, un correbous.

Hechas las presentaciones, creo que el grupo de toreros que acudió a entrevistarse con la ministra se equivoca. Que los toros pasen a ser competencia del ministerio de Cultura no soluciona el problema. La cuestión no es si la tauromaquia debe regularse en uno u otro ministerio, sino quién es el titular de la competencia: el Estado o las comunidades autónomas. Las competencias del Ministerio de Cultura son casi tan residuales como las del de Vivienda, y el grueso de las competencias sobre cultura lo gestionan las comunidades autónomas. Es decir, si la cuestión deja de estar regulada en Interior y pasa a Cultura, en Cataluña el parlamento podría tomar la misma decisión y volver a prohibir los toros. Lo importante es que el que tenga la competencia, dentro de cultura o en materia de orden público, sea el Estado, como con otras muchas cosas. Y eso no se resuelve con soluciones "administrativamente posibles", como ha dicho la ministra, sino con voluntad política de que el Estado retome por la vía legal esas competencias. Porque eso sí es jurídicamente posible, aunque sólo fuera derogando el decreto de traspasos. Igual que el Estado cedió la competencia, la recupera. Bastante más sencillo que lo otro.

Entiendo que el sector no quiera hacer de esto una cuestión de izquierdas o derechas, pero en algún momento tendrán que tomar una decisión y conseguir un compromiso político serio. Digo serio porque invitando a los toros a algunos políticos no se soluciona el problema. Ni consiguiendo que digan que sólo pactarán en Cataluña con los que revoquen la prohibición. Y es que a la señora Camacho le hemos oído decir de todo, pero condicionar un futuro pacto de gobierno en Cataluña a la cuestión taurina, supera la barrera del sonido, que diría Cándido. Máxime cuando no consta un llamamiento a llenar la Monumental por parte del PP, ni por parte de ningún otro partido.

No soy yo muy de loas –el halago debilita–, pero mucho mejor es la idea de la Defensora del Pueblo, la autentica revelación de la temporada, de interponer un recurso, pese a que del Constitucional nos podamos esperar lo peor. Desde luego, mejor que Sinde, que no es la solución.


Libertad Digital - Opinión

Los que se la juegan. Por Edurne Uriarte

La única que no se la juega en las primarias madrileñas de mañana es Esperanza Aguirre. Su triunfo en las autonómicas será igual de contundente sea quien sea el ganador. Incluso si se impusiera Gómez, su rival teóricamente más peligroso en estos momentos, el discurso de «Zapatero es mi líder» que Gómez se verá obligado a hacer infundirá a las autonómicas la misma dinámica que con Jiménez de candidata, la del voto de castigo al Gobierno socialista.

Quienes se la juegan de verdad, más allá de los propios contendientes, Gómez y Jiménez, son quienes han provocado estas primarias. El propio Zapatero, Blanco y Rubalcaba. No porque creyeran que la candidatura de Jiménez podía romper la mayoría absoluta de Aguirre, como se ha ocupado de repetir penosamente la candidata en las últimas semanas, sino por su propia batalla de poder. La del control de una federación como la madrileña, esencial para la próxima y obligada transición al postzapaterismo y que está en manos de un líder díscolo como Gómez.

La operación ha sido tan burda que el problema para Zapatero y sus dos aspirantes a la sucesión es que se ha enterado hasta el más despistado de los ciudadanos. De tal forma que los afiliados van a votar en esa clave, en la del control y poder en el Partido Socialista. Sabedores de que la elección de mañana no es entre dos posibles candidatos a una Comunidad de Madrid que ya dan por perdida, sino entre el zapaterismo y la alternativa al zapaterismo. Entre Zapatero, Blanco y Rubalcaba y los nuevos movimientos de renovación que preparan la sucesión del presidente y de su camarilla. Si gana Jiménez, Zapatero, Blanco y Rubalcaba se asegurarán una pieza esencial como Madrid para garantizar su propia continuidad al frente del PSOE tras la pérdida de La Moncloa. Si gana Gómez, habrán sido derrotados en la primera gran batalla del postzapaterismo.


ABC - Opinión

Izquierda. Lecciones de talante. Por Pablo Molina

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.



Lo realmente sustantivo de la escena protagonizada en una cafetería de Sevilla por un progresista, suponemos de la rama sindical, es que no se trata de una acción aislada sino el tono habitual que los socialistas utilizan cuando deciden tomar las calles y, de paso, los negocios ajenos.

Unos proletarios concienciados de la subespecie okupa roban pantalones –de marca, por supuesto–, otros queman contenedores, algunos otros apalean a policías y viandantes y, en fin, los hay que subliman su frustración y su envidia con alaridos insultantes como el camarada sevillano, al que seguramente todos en su agrupación lo habrán felicitado efusivamente e invitado a unas rondas, agravando así las consecuencias previsibles de hábitos pocos saludables a los que el personaje parece tener cierta afición.

El energúmeno que agrede al hostelero sevillano por tener sintonizada esRadio lo hace porque sinceramente cree que esa emisora, que él odia profundamente por seguramente escucharla a diario, debería estar proscrita. Es normal por tanto, dentro de la locura sectaria de esos ambientes, el considerar a los oyentes de nuestra emisora enemigos de la humanidad a los que se puede vejar en público. Y eso si el marxista justiciero actúa sólo, porque, de ir acompañado por otros camaradas igual de comprometidos, la cosa podría haber desembocado en una ración de talante como las que hemos visto aplicar en las algaradas sindicales de esta semana.

La izquierda es totalitaria por definición o no es izquierda. Las libertades de los regímenes demoliberales tienen para los socialistas tan sólo un carácter instrumental que aceptan mientras les permitan ocupar el poder y mantener en silencio a los que se oponen a su dictado. En caso contrario, la izquierda se considera legitimada hasta para suspender las garantías constitucionales, como hemos visto en la fracasada intentona huelguista del pasado miércoles.

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.


Libertad Digital - Opinión

Y también dos huevos duros. Por M. Martín Ferrand

Con cuatro millones y medio de parados, una promesa como la de Gómez es un desacato a la ciudadanía.

CONVENCIDA de que el PIB experimentará un crecimiento del 1,3 por ciento a lo largo de 2011 —¡ojalá!— o en brillante disimulo de su falta de convicción, allá ella, la vicepresidenta que interesa, Elena Salgado, llevó al Congreso el anteproyecto de la Ley más importante del año, la que marcará los gastos ciertos y los ingresos teóricos del Estado durante el próximo ejercicio. Son unos presupuestos duros y forzados por las circunstancias que, posiblemente, no admiten otros muy distintos. Reducen el gasto en un 11 por ciento y la inversión el 30 y, con toda probabilidad y como ha hecho el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero estos seis últimos años, se quedarán en un propósito de buenas intenciones. En España, el no cumplimiento de la Ley, especialmente la del Presupuesto, no suele ser perseguido con mucho rigor. Que se lo pregunten a los diputados del PNV que, en claro ejercicio de lo que parece un cohecho, se disponen a aprobar el proyecto del Gobierno.

Aunque no lo parezca por su arranque, estas líneas tienen la intención de referirse a las primarias que mañana, en Madrid, dilucidarán el candidato del PSOE para, en las próximas autonómicas, disputarle la presidencia a Esperanza Aguirre. El PSM, antes Federación Socialista de Madrid, vive fiestas en su coso. La ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, trata de hacer realidad los deseos y el dedazo de su jefe y maestro, Zapatero, mientras que el secretario general de la formación, Tomás Gómez, pretende sacar adelante la designación de lo que inicialmente fue una clamorosa mayoría de sus bases y es hoy un termómetro de la temperatura del PSOE.

En el ambiente presupuestario que se define más arriba, el candidato Gómez hace campaña entre los suyos y anuncia que si llega a sustituir a la actual presidenta en la Puerta del Sol su «principal apuesta será la educación». Eso está bien. La raíz de todos nuestros males nacionales se hunde en una educación que, con la ensoñación igualitaria, rebaja su calidad de curso en curso y parece haber abdicado de cualquier pretensión de rigor y excelencia. Para alcanzar su sueño educativo dice Gómez que las guarderías de Madrid serán gratuitas y que «todos los jóvenes en edad escolar» viajarán en verano al extranjero para aprender inglés. «Y también dos huevos duros», que dirían los Hermanos Marx en Una noche en la ópera. Con cuatro millones y medio de parados y cerca de dos millones de jóvenes que no son parados porque todavía no han conseguido su primer empleo una promesa como la de Gómez, imposible por su cuantía económica, no es demagogia. Es algo más grave, un desacato a la ciudadanía.


ABC - Opinión

Motín antidemocrático

El presidente ecuatoriano emerge victorioso de la rebelión policial, pero debilitado políticamente

El enfrentamiento a tiros entre las dos instituciones clave de la seguridad del Estado -ejército leal y policía amotinada- que ha tenido Quito por escenario ha debido trasladar mentalmente a muchos ecuatorianos a un turbulento pasado no lejano, el de un país con 10 presidentes en una década y los tres últimos depuestos en revueltas. La sorprendente estabilidad del Ecuador de Rafael Correa se quebró el miércoles. El presidente, víctima de una dramática peripecia durante horas, prácticamente televisada en directo, emerge indemne y victorioso de una rebelión policial por motivos económicos, con muertos y heridos. Pero su posición política es ahora más débil que antes de la mayor crisis de su mandato.

Protesta policial fuera de control o intento de golpe organizado, como Correa considera, el inadmisible atentado contra el sistema democrático, condenado desde los cuatro puntos cardinales, se produce en un marco de deterioro político y polarización crecientes. De él forma parte el enfrentamiento entre el presidente ecuatoriano, acusado de autoritarismo, y un Parlamento bloqueado y renuente a dar el visto bueno a sus reformas legislativas. El jefe del Estado amenaza con su disolución y gobernar por decreto hasta la celebración de elecciones, a lo que le autoriza la Constitución a su medida, aprobada triunfalmente hace dos años.


Los problemas del líder ecuatoriano, un izquierdista convencido, aunque un más que improbable líder revolucionario por su extracción social y su formación estadounidense, son básicamente económicos. Ecuador sufre especialmente la caída de los precios del petróleo -y el recorte de producción por las compañías foráneas, que se sienten amenazadas-, el descenso acusado de las remesas de sus dos millones de emigrantes y la falta de inversiones extranjeras. Se ha acabado, en consecuencia, la alegría en gastos sociales que, en la estela del chavismo venezolano, trajo consigo el boom del crudo y el impago, en 2008, de más de 3.000 millones de dólares de deuda, en aras del progresismo. Atemperado forzosamente su populismo, el presidente intenta pasar en el Congreso un programa de austeridad al que incluso se oponen en su propio partido. La poda de ingresos policiales, funcionariales en general, forma parte de él.

Es más que probable que Rafael Correa capee la crisis. Los ecuatorianos le siguen apoyando (aunque mucho menos que hace un año), el Ejército le ha demostrado lealtad durante las horas aciagas y la oposición es débil y fragmentaria. Pero resulta evidente que tendrá que negociar con sus adversarios e hilar mucho más fino en el trato con los decisivos generales, que ya le han pedido que renuncie a imponer los recortes que dispararon la sublevación. En cualquier caso, la luna de miel entre el socialista cristiano y sus compatriotas, a los que prometió una vida mucho mejor que la del fallido neoliberalismo, parece definitivamente acabada.


El País - Editorial

Ecuador: ¿de revuelta a autogolpe?

Habrá que estar preparados ante los inevitables intentos de Correa de afianzar su poder, como hiciera Chávez en 2002 dotándose de poderes extraordinarios tras el –ese sí– golpe de estado o mucho antes que ellos los nazis tras el incendio del Reichstag.

No es ningún secreto que el actual presidente de Ecuador, Rafael Correa, no sólo participa ideológicamente en el proyecto de Chávez de dominación totalitaria de Iberoamérica, sino que ha ido siguiendo el manual del gorila rojo. Tras triunfar en las elecciones con un mensaje populista y una campaña financiada en parte por las FARC, procedió a hacerse una Constitución a la medida para perpetuarse en el poder y así ir implantando poco a poco una tiranía de corte comunista.

La crisis actual nace de la cada vez más acuciante falta de fondos de los estados socialistas financiados con el petróleo. La fuente de poder de este socialismo del siglo XXI, además del miedo, es el reparto de una parte del oro negro venezolano. Y acuciado por esa falta de fondos, Correa cometió una ilegalidad que, además, era un error. Vetó, como corresponde según la Constitución que se hizo a sí mismo, una nueva ley, para después eliminar de la misma ciertos extras que recibían policías y militares, algo a lo que no tenía derecho.


Las protestas se sucedieron y Correa encendió aún más los ánimos acudiendo a donde se concentraban para poner a caer de un burro a los manifestantes. Poco después, mientras estaba en un hospital, éste fue cercado por un grupo de policías. En su interior, Correa ordenó la censura de todos los medios privados y, pese a que no existía ningún poder en el país –tampoco la Policía– que hubiera intentado quitarle el poder, procedió a denunciar que intentaban apartarle del poder. Naturalmente, Moratinos compró esa versión inmediatamente y procedió a condenar el "intento de golpe de estado en Ecuador". No fue tal.

Durante las horas que la Policía mantuvo retenido a Correa, el caos se apoderó de un país en el que se abandonó a los ciudadanos a su suerte, sin ningún tipo de orden público. La situación se mantuvo así durante horas, sin que los ecuatorianos recibieran más información que la propaganda de los medios afectos al régimen, con el presidente recibiendo a ministros que salían y entraban del hospital, hasta que finalmente el Ejército procedió a sacarlo del hospital donde se encontraba.

Naturalmente, ni la Policía ni ningún otro tiene derecho a mantener secuestrado a nadie, y muchos menos a un presidente, para forzarle a negociar. Pero eso no es un golpe de estado, pues no ha habido intento de hacerse con el poder, y desde luego no es ninguna maniobra por parte de la oposición de derrocarlo. Correa ha salido muy reforzado del episodio, y parece improbable que no aproveche la ocasión para aumentar aún más su poder y sojuzgar lo que quede de oposición y sociedad civil en Ecuador. Por de pronto ya ha anunciado la depuración de los cuerpos policiales y empezado a acusar al ex presidente Lucio Gutiérrez de instigar el episodio.

Lo primero que debemos celebrar todos es la restauración del orden, algo de lo que sin duda se alegran todos los ecuatorianos de bien, voten a quien voten. Pero también habrá que estar preparados ante los inevitables intentos de Correa de afianzar su poder, como hiciera Chávez en 2002 dotándose de poderes extraordinarios tras el –ese sí– golpe de estado o mucho antes que ellos los nazis tras el incendio del Reichstag. El "socialismo del siglo XXI" no ofrece nada realmente distinto al del XX: miseria y terror. La revuelta permitirá a Correa regalar con más prodigalidad ambas a los ecuatorianos.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero vuelve sobre sí mismo

La posibilidad de retirar el plan de reforma de las pensiones es la enésima prueba de la contradicción y el oportunismo político del Gobierno socialista.

LA primera entrevista del presidente del Gobierno tras la huelga general, concedida a una emisora de radio pública, demostró que Zapatero sigue haciendo frente a la crisis económica y a su propia crisis política con argumentos oídos mil veces. No se mueve de sus ofertas de diálogo social, sin concretar en qué aspectos puede tener margen de maniobra, sobre todo si se refieren a la reforma de las pensiones y a la edad de jubilación. A este respecto, Zapatero debería de dejar de lanzar mensajes contradictorios y reconocer abiertamente que su Gobierno no tiene claro, 48 horas después del paro general, si se echará atrás con su propuesta estrella. La decisión del PSOE —como informa hoy ABC— de plantearse la retirada del documento presentado al Pacto de Toledo, en el que se preveía elevar la edad de jubilación de los 65 actuales a los 67 años, es la enésima prueba del grado de contradicción de un Ejecutivo sobrepasado por su propia impericia y que vive del regate en corto y del puro oportunismo. Cuando Bruselas y los organismos internacionales siguen tutelando la política económica española y su futuro depende no ya de engancharnos a la recuperación de los grandes Estados europeos, sino de evitar ser arrastrados por nuevas crisis «griegas» (Irlanda, Portugal). Zapatero sigue empeñado en lanzar al exterior mensajes confusos que solo pueden acarrear nuevos castigos de los mercados internacionales. Zapatero sabe que la supervivencia de su Gobierno, aunque la tenga arrendada al PNV, necesita tiempo, y quiere ganarlo generando la apariencia de expectativas; por eso volvió ayer a hablar de «un crecimiento sólido en dos años», defendiendo la corrección de las previsiones de su Gobierno para el 2011, pese a que no han pasado 72 horas desde que tuvo que aumentar la del desempleo para este mismo 2010.

El problema de este discurso es su falta de proyecto y el mensaje de resignación que transmite por fuerza de su inveracidad. Es el mensaje de los presupuestos generales del Estado para 2011, calificados por el Gobierno como los de la recuperación, aunque estén elaborados sobre una previsión de crecimiento prácticamente nulo del empleo. Las propuestas que en este sentido le hacía la oposición cuando aún estaba a tiempo de evitar cirugías drásticas eran despachadas con la condena de antipatriotismo. Por más que ahora se ponga al frente de la manifestación, Zapatero no puede eludir sus responsabilidades políticas.


ABC - Editorial

viernes, 1 de octubre de 2010

Huelga general. La administración del fracaso. Por Agapito Maestre

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".

El fracaso de la huelga del 29 de septiembre tiene cientos de interpretaciones. Una es obvia. Elemental es que el trabajo, cualquiera que sea la noción de trabajo que tenga un individuo políticamente desarrollado, o sea un ciudadano libre en una sociedad plural, es demasiado importante y compleja para dejarla a merced de los dictados de CCOO y UGT. La corporativización fascista de la sociedad, máxima aspiración de los sindicatos que han convocado el paro, tiene en la idea de trabajo de los españoles demócratas un serio límite. Pocos españoles, en efecto, se dejaron embaucar el día 29 por el cuento de que CCOO y UGT son una parte, una corporación, decisiva de la sociedad española. Falso.

Estos sindicatos no representan ni poco ni mucho al mundo del trabajo. No representan nada en absoluto la idea del trabajo que pueda tener un trabajador por cuenta ajena o por cuenta propia en el actual capitalismo. Jamás comprenderán qué es un trabajador autónomo o un desempleado y menos todavía que en el nuevo capitalismo, con todos sus defectos y virtudes, la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. La rutina la predicción de una carrera, la adhesión inquebrantable a una empresa y el trabajo estable hace tiempo que desaparecieron en un mundo de empresas estructuralmente dinámicas y de imprevisibles reajustes de plantillas.


El contraste entre el mundo del trabajo antiguo, casi en vías de desaparición, de organizaciones jerárquicas rígida por un lado, y el nuevo mundo de empresas en cambio y crecimiento permanentes por otro, es algo que no sólo han entendido estos sindicatos, sino que se oponen a él como el avestruz. Estos sindicatos, en el mejor de los casos, sólo representan a sus mandos, jefes y vicarios del poder socialista. CCOO y UGT no agotan, y es la primera consecuencia del fracaso de estos sindicatos, ni de lejos el mundo del trabajo por cuenta ajena.

No entiendo, por lo tanto, por qué la patronal CEOE, después del 29-S, ha hecho un llamamiento a esos sindicatos para seguir negociando. Falso. En mi opinión, ni esos sindicatos representan a los trabajadores españoles ni la "patronal" CEOE representa a los trabajadores por cuenta propia. El fracaso de esta huelga ha vuelto demostrar que las sociedades democráticas no pueden ser reducidas a corporaciones fijas y estancas. No hay una sociedad dividida en cuerpos de trabajadores por un lado, y empresarios por otros, sino individuos que se agrupan para defender intereses. Los ciudadanos españoles no están dispuestos a ser clasificados ni como animales de cargas ni en corporaciones fascistas.

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".


Libertad Digital - Opinión

Tras la huelga que no fue. Por José María Carrascal

El concubinato que el Gobierno y los sindicatos han mantenido se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S.
ESTAMOS como antes de la huelga, sólo que peor. Tres mil millones de euros más pobres, una calificación más baja de nuestra deuda, los sindicatos asegurando que fue un éxito y el Gobierno hablando de «luz al fondo del túnel». O sea, lo que hemos venido viviendo durante los dos últimos años, mientras la economía se desplomaba, el paro crecía y la confianza se evaporaba.

Hace falta tener mucha cara o muy poco seso para considerar esta huelga un éxito cuando ha sido el más rotundo de los fracasos. Los españoles hicieron huelga a la huelga, y los que no la hicieron fue por impedírselo los piquetes o por decisión de las empresas sobradas de stocks, como la automovilística, que saludaron el paro de sus cadenas de montaje como una bendición. El resto pasó de ella.

De lo que no se puede pasar es de la realidad. Una realidad más dura que nunca, como unas perspectivas cada vez más negras. El paro va a seguir subiendo —lo que advierte que la reforma del mercado laboral no funciona—, la calificación de nuestra deuda, bajando —señal de que la desconfianza internacional hacia España continúa— y el Gobierno seguirá adelante con su plan de ajuste, prueba de que el objetivo de la huelga —detener ese plan— no se ha conseguido.


El próximo campo de batalla será la reforma de las pensiones, centrada en el retraso de la edad de jubilación. Los sindicatos ya han dicho que están en contra. Zapatero les dice que le gustaría complacerles, pero que no puede. Se lo impiden Bruselas y los mercados. ¿Qué van a hacer? ¿Declararle otra huelga general? Pues, por ese camino, lo que van a conseguir de victoria en victoria es su derrota total. Y la de Zapatero con ellos, así que mejor que se lo piensen dos veces. Lo más que pueden conseguir de él en estas circunstancias es que prolongue el subsidio de paro a los que ya se les ha acabado. Es decir, prolongar su agonía y la nuestra, pues estamos todos en el mismo bote.

Ese matrimonio de conveniencia, ese maridaje de intereses, ese concubinato que Gobierno y sindicatos han venido manteniendo durante los últimos seis años se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S. Los intereses de Zapatero —mantenerse en el poder a toda costa— y los de Méndez y Toxo —mantenerse al frente de los trabajadores con empleo fijo, mientras los eventuales y los parados se multiplicaban— marchan ahora en rumbo de colisión. La huelga ha dejado al descubierto la desnudez de los tres, su incapacidad, su desorientación, sus vergüenzas. Mejor dicho, no ha sido la huelga, han sido los españoles que decidieron el miércoles ir a trabajar, que es lo que el país necesita y no encuentra.


ABC - Opinión

Punto final. Por Alfonso Ussía

Punto final al tostón de la presumible y ficticia huelga general. Un fracaso absoluto. «Democrática y constitucional» según Méndez y Toxo. Si esta cosa con pretensión de huelga ha triunfado en algún sector, ha sido gracias a los piquetes violentos, a los matones, a los contratados para impedir el derecho al trabajo. Y eso no es democrático y menos aún, constitucional. Analfabetismo puro o cinismo polisémico. En donde no han llegado los piquetes, total normalidad. Por todo ello, un chasco de fiesta. ¿Quién ha pagado los gastos? ¿De qué caja han salido los millones que han cobrado los piqueteros? ¿Y los carteles, los altavoces, el montaje final y demás vainas? Los que no hemos hecho huelga. Es decir, el ochenta por ciento de los contribuyentes.

He paseado con parsimonia por mi barrio. Ningún comercio cerrado. A un grupillo de piqueteros la gente los ha insultado. No con crudeza ni grosería. Simplemente han sido señalados como vagos, gandules, carotas y otras pequeñas lindezas. La propietaria de un comercio ha firmado una inteligente síntesis: «Estos vagos sólo trabajan un día cada tres o cuatro años para impedir que trabajen los demás».


Para mí que Méndez y Toxo, por mucho que celebren la gamberrada, se sienten hundidos. No se puede convocar una huelga general contra los suministradores del dinero. Y lo lamento profundamente por Rubalcaba. De haber puesto algo más de interés, los piquetes madrugadores no hubieran conseguido sus nada democráticos ni constitucionales objetivos. Sucede que el Gobierno y los sindicatos son familiares, y contra la familia no se actúa. Ha dicho el Presidente del Gobierno que deseaba respetar el derecho a la huelga y el derecho al trabajo. El segundo derecho no se ha respetado ni en la industria, ni en el transporte urbano colectivo.

Y al final, a la Puerta del Sol, qué casualidad. Allí se ubica la presidencia de la Comunidad de Madrid, qué casualidad. Y la presidenta de la Comunidad de Madrid, democrática y constitucionalmente elegida, ahora sí, por los madrileños, se llama Esperanza Aguirre, qué casualidad. Todo muy casual, muy coincidente, muy sospechoso. Pero los manifestantes estaban cansados. Eran los mismos, reunidos, que formaron los piquetes. Muchos de ellos, cansados y con un sobre agradecido en el bolsillo. El cansancio se nota, como la desilusión. Méndez y Toxo, los grandes responsables del fracaso, los cómplices callados –¡Tres años sin decir ni mú!–, de la desastrosa política social y económica del Gobierno, se sabían vencidos mientras soltaban las bobadas de siempre. Se han gastado por nada y para nada. En UGT y en Comisiones Obreras ya han principiado las conspiraciones. Sus puestos son muy apetecidos y apetecibles. Y cuando pase la falsa euforia, llegarán las críticas sinceras y las amarguras propias del chasco. Punto final a la huelga general. ¡Qué rollo!


La Razón - Opinión

Huelga. Zapatero busca un bálsamo. Por Cristina Losada

La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha.

Al contrario que Felipe González, su sucesor ha usado guante de seda con la huelga general. El primero no ocultó su enfado ante las cuatro que le cayeron, sobre todo, en la del 88, que a un paso estuvo de provocar un cisma familiar. En aquella etapa de ostentoso poderío, las protestas sindicales se despacharon oficialmente como fracasos. El contraste con la reacción gubernamental al 29-S es, pues, total. Ni asomo de acritud, ni un mísero reproche. El Gobierno se ha mostrado comprensivo, efusivo y amistoso. No ha querido dar cifras de seguimiento que pudieran molestar y el día después, De la Vega se retrataba junto a Méndez provista de una sonrisa profidén. Hízose la huelga, es decir, la gran putada, y aquí paz y después gloria. Tan amigos.

La actitud conciliadora del Gobierno resulta indicativa del frágil equilibrio de fuerzas del que depende Zapatero cuando ya ha tomado cuerpo la perspectiva de una cuantiosa pérdida de poder. Quedar a la intemperie es el destino que más teme un partido y no digamos sus dirigentes, que ven llegar, inexorable, el tiempo de la matanza pendiente. De ahí que el camino de la salvación posible transcurra por el intento de rehacer las relaciones con los grupos que pastorean a un rebaño en trance de dispersión. Todo un peligro ése, dado que Zapatero logró sus triunfos electorales al aglutinar en torno suyo a cuantos se identifican con la izquierda, incluido ese segmento volátil, minoritario, pero decisivo.

Curioso, irónico, que sea la economía la que haya abierto una brecha entre los que fueron activos y fieles sustentadores del zapaterismo. Y es que no encumbraron a Zapatero por su alternativa económica, prácticamente inexistente. Lo idolatraron por una retórica que revalorizaba la marca "izquierda" y una política de confrontación con la derecha, de hermanamiento con el nacionalismo y de beligerancia con los valores tradicionales. La economía les traía al fresco, como al propio presidente hasta hace poco. Y sospecho que nada ha cambiado en ese punto. No les incomodan la incompetencia y los engaños, ni el paro, la recesión, el déficit y todo ese galimatías. La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha. Veremos qué bálsamo, si alguno, dispensa para tal herida.


Libertad Digital - Opinión

Paleosindicalismo. Por Ignacio Camacho

Ese sindicalismo piquetero, apegado a un viejo cliché industrialista, es casi un anacronismo social.

LO que importa no es tanto el fracaso de la huelga como el fracaso del modelo. Ese paleosindicalismo piquetero, vociferante, apegado a un viejo cliché industrialista, es un anacronismo en la moderna sociedad laboral. Tiene un problema importante de afiliación —15% en el sector privado— y de representatividad, y funciona apegado al imaginario obrerista del siglo XX. No ha conseguido integrar a los autónomos ni se preocupa por los desempleados, vive de fondos públicos, abusa de sus prerrogativas y mantiene una rancia identidad ideológica cercana al viejo concepto de las correas de transmisión de los partidos de la izquierda. La propia idea de la huelga general constituye un recurso en declive que los sindicatos no han sabido ver. El jueves lograron parar, aunque a base de piquetes, la industria y la construcción pero se les fue vivo el sector terciario: los servicios, el comercio, la hostelería, que son la clave del PIB nacional. A la Administración y el funcionariado, donde las centrales tienen su mayor porcentaje afiliativo, los habían quemado con la huelga fallida de junio. Y en su burbuja ensimismada no sólo se olvidaron del teletrabajo sino de que internet y las redes sociales pueden retratar en directo el paisaje social de una jornada como ésa: las imágenes de la coacción violenta han destruido la mitología del paro con el demoledor testimonio en tiempo real de una barbarie inaceptable en plena democracia.

Lejos de hacer autocrítica de ese bucle obsoleto en que andan encerrados, los dirigentes de UGT y Comisiones cerraron la huelga con un lamento victimista sobre su maltrecha imagen pública, y tuvieron la osadía de deslegitimar al Parlamento como fuente de representatividad… ¡en el cuarto país con más baja afiliación sindical de Europa! La gente les ha dado la espalda ignorando su órdago más potente y ellos persisten en una rancia retórica pancartera. Están defendiendo su statu quoen vez de aplicarse a la puesta al día de un modelo que exige una refundación urgente. Se enrocan ante las críticas como vestales de un derecho que nadie ha cuestionado; no es el fuero sindical ni su papel constitucional lo que está bajo sospecha, sino la forma en que ellos lo han convertido en un modo de vida ajeno a la necesaria función de interlocutores sociales. Zapatero, que se ha permitido el lujo de concederles un empate político donde ellos sólo han cosechado una derrota, que los trata con condescendencia por proximidad ideológica y por mala conciencia respecto a sí mismo, ha sido sin embargo el encargado de poner de manifiesto su irrelevancia. Ha pasado del proteccionismo al ajuste duro sin encontrar más respuesta que un paro malogrado que desacredita a sus convocantes. Y está mucho más preocupado por la oposición parlamentaria que por la sindical. Él sí sabe que los Gobiernos no caen por huelgas generales, sino por elecciones generales.

ABC - Opinión

Presupuestos bajo mínimos

Presentar en el Congreso los Presupuestos Generales del Estado al día siguiente de una huelga general ya ofrece una idea de por dónde van las cuentas públicas del año próximo. Pero hacerlo, además, el mismo día en que el Banco de España diagnostica un debilitamiento de la actividad económica y la agencia de calificación Moody’s rebaja la calidad de la deuda española disipa las pocas dudas que hubiera sobre la naturaleza restrictiva, de mera supervivencia, de los PGE. Si en el avance proporcionado el pasado viernes por el Consejo de Ministros ya se percibían fuertes recortes en casi todas las partidas, con los datos concretos en la mano aquella primera impresión se ha quedado corta y en exceso generosa. Las cuentas entregadas ayer por la vicepresidenta Salgado son fuertemente regresivas y recortan sin paliativos el gasto social, la inversión productiva y las cantidades destinadas a I+D+i. Es evidente que la columna vertebral de estos Presupuestos es reducir como sea el déficit del Estado, de acuerdo a los compromisos con la UE, y que para ello hay que hacer recortes drásticos, pues el ser humano todavía no ha logrado la cuadratura del círculo. Sin embargo, el empeño del Gobierno por cuadrar sus cuentas se lleva por delante los estímulos a la actividad económica y deja bajo mínimos las inversiones públicas que podrían generar empleo y aportar oxígeno a sectores estratégicos como el de la construcción. Desde luego, es positivo que los gastos de los ministerios se reduzcan en un 15,6%, pero no se puede decir lo mismo de las inversiones reales, que se contraen un 38,3%, investigación civil (-7%) y militar (-17,5%), infaestructuras (-40,7%) e industria y energías (-13,5%). En suma, resulta muy negativo que las actuaciones del Estado en los sectores productivos de la economía caigan nada menos que un 18,9%, porque significa que en vez de reavivar las ascuas de la reactivación se arroja sobre ellas un jarro de agua fría. Y sin crecimiento no hay empleo ni recaudación fiscal, y sin éstos crecen exponencialmente las prestaciones a los parados, la deuda pública, los gastos financieros y, en definitiva, el déficit que se pretende combatir. Éste es el círculo infernal en el que se mueven los Presupuestos del año próximo, por eso da la sensación de que el Gobierno ha arrojado la toalla y ya sólo aspira a sobrevivir un ejercicio más a la espera de que se produzcan varios milagros, entre ellos una fuerte recuperación de la zona euro que tire de España como el socorrista del náufrago y llegar así a las elecciones generales de 2012 con mejores perspectivas que ahora. Las cuentas públicas tienen el sello inconfundible de unos gobernantes que hacen las cosas a medias, como encogidos y a regañadientes. Así han hecho la reforma laboral y así pretenden sobrevivir, ir tirando a trompicones, en vez de afrontar con coraje las grandes reformas estructurales que necesita la economía española para dar el salto: reducción drástica de las Administraciones, de los organismos públicos y de las subvenciones clientelares, reforma educativa, judicial y pensiones, etc. Cuatro años lleva el Gobierno con políticas y presupuestos de cataplasmas: ahí están los resultados.

La Razón - Editorial

Cuentas de emergencia

El Presupuesto busca la estabilidad financiera; es dudoso que sirva al crecimiento y al empleo.

Un primer análisis de los Presupuestos del Estado para el año próximo indica que la reducción del déficit público hasta el 6% del PIB pretende conseguirse, además de con la congelación de las pensiones (salvo las mínimas, que subirán el 1%) y la reducción salarial de los funcionarios, con un recorte radical de la inversión en infraestructuras, nada menos que del 30% en comparación con las inversiones presupuestadas para 2010. Las técnicas de recorte presupuestario indican que ha de actuarse sobre los grupos fundamentales de gasto, en este caso los gastos sociales, los costes de la Administración pública y la inversión pública; son las vías más rápidas para bajar el déficit por la vía del gasto. Y así se ha hecho en los Presupuestos de 2011, en busca de recuperar la estabilidad presupuestaria por etapas, hasta situar el déficit público en el 3% del PIB en 2013.

Ahora bien, la estabilidad presupuestaria tiene contraindicaciones que no está de más recordar. La inversión en infraestructuras actúa como factor de crecimiento económico en periodos recesivos. Con un descenso del 30% difícilmente puede argumentarse que las cuentas públicas de 2011 contribuirán a impulsar un crecimiento del PIB del 1,3% el año próximo. Es más, también es dudoso que el crecimiento supere claramente el 0,5% en 2011. Por tanto, lo que los Presupuestos confirman es que no hay estímulos públicos para incentivar la actividad económica. La agencia de calificación Moody's ha justificado precisamente la rebaja de calidad de la deuda española desde triple A a AA1 en las débiles perspectivas de crecimiento de la economía española. Y el Banco de España acaba de informar de que la recuperación económica, incipiente en el segundo trimestre, se ha debilitado en julio y agosto.


A lo que más se parecen las cuentas de 2011 es a un presupuesto de emergencia. Bajo la consigna general de que el déficit debe reducirse imperativamente, todos los ministerios sufren recortes de importancia. El sueño de fundamentar el crecimiento en actividades más competitivas y de superior valor añadido queda pospuesto para mejor ocasión (la dotación para I+D+i cae el 7%) y las políticas de reforma educativa, lo mismo (8,1% menos de presupuesto, cuando la educación es el factor fundamental para aumentar la productividad y los salarios reales), mientras que se dispara la partida para financiar la deuda pública (sube el 18%).

Un debate parlamentario riguroso sobre el Presupuesto debería plantear al menos la duda sobre si las prioridades en los recortes del gasto son las adecuadas o si es posible reducir el déficit con otras políticas que salvaguarden la inversión en educación e infraestructuras a cambio de suprimir unidades administrativas, imponer un recorte drástico del gasto de las autonomías, reducir casi a cero los gastos fiscales y limitar el fraude fiscal. Pero estas políticas requieren un esfuerzo de negociación y capacidad persuasiva que el Gobierno no está en disposición de hacer y la oposición ni sabe ni quiere intentar.


El País - Editorial

La deuda de ZP nos devora

Puede que, como pronostican los más optimistas del lugar, ZP se vaya en 2012 y el PSOE no vuelva a gobernar en 30 años. Pero desde luego su ruinosa herencia perdurará durante muchas décadas. De aquí a las generales todavía pueden empeorar mucho las cosas.

Sindicatos y Gobierno son expertos en falsificar la realidad. Los primeros no se avergonzaron de repetir ayer que su fracasada huelga había sido todo un éxito; se siguen proclamando represantes indiscutibles de la "clase trabajadora" y, por tanto, piensan continuar sometiendo a nuestro mercado laboral a unas rigideces tales que en apenas tres años nos han llevado a alcanzar la delirante cifra de casi cinco millones de parados. El segundo ha estado toda una legislatura mitiendo abiertamente sobre los presupuestos, inflando la cifra de ingresos e infravalorando la de gastos, lo que nos ha conducido a acumular año tras año uno de los mayores déficits públicos del mundo.

Tal ha sido el desastre del Ejecutivo de Zapatero que si en 2007 podíamos vanagloriarnos de gozar de una solvencia mayor incluso que la de Alemania, hoy padecemos una humillación tras otra por parte de las agencias de calificación. Si Standard & Poor’s y Fitch ya nos habían rebajado hace meses nuestro rating crediticio, ayer fue Moody’s, la agencia que más se resistía hasta la fecha a reducirlo, quien ya no tuvo más remedio que admitir lo que para todos los operadores de mercado era un clamor: que nuestro país se acerca peligrosamente a un muy delicado escenario en el que le será crecientemente complicado hacer frente a sus obligaciones.


Es cierto que la rebaja por parte de Moody’s no ha sido sustancial y que, para sus estándares, el Reino de España todavía sigue siendo muy solvente. Pero no olvidemos que las agencias de calificación son un oligopolio privado –no están abiertas a la competencia– que fracasó estrepitosamente a la hora de anticipar el riesgo real de impago de la deuda privada en 2007 y 2008. La situación no tiene por qué ser distinta para el caso de la pública.

De hecho, más importante que la degradación de Moody’s es que nuestro diferencial con el bono alemán ya vuelva a situarse a los peligrosos niveles de mayo pasado, cuando fuimos intervenidos de facto por Bruselas, y, sobre todo, que exhibamos un cada vez más estrecho margen para repagar el explosivo endeudamiento público.

Al fin y al cabo, los intereses y los vencimientos de deuda de 2011 coparán un quinto de todo el gasto presupuestario, sin que nuestro endeudamiento se reduzca (pues lo que gasta el Gobierno sigue siendo muy superior a lo que ingresa). Cuando en el futuro debamos reducir el gasto –y tendremos que hacerlo habida cuenta de nuestro enorme déficit– dispondremos de menores partidas que recortar. Ese 20% de gasto financiero es ya una partida intocable, una merma permanente en nuestra riqueza hasta que no volvamos a generar superávits. En otras palabras, la deuda y sus intereses –esto es, los despilfarros pasados de Zapatero– van devorando nuestros presupuestos y pueden terminar por engullírselos por completo.

Con su suicida política manirrota, la izquierda gobernante, tan social y socialista ella, nos está abocando a una situación en la que sólo tendremos dos opciones reales: o suspendemos pagos como país o reducimos drásticamente el resto de gasto no financiero (a saber, educación, sanidad, pensiones, subsidios de desempleo, salarios de los funcionarios...). Incrementar los impuestos no es una opción factible para generar un superávit que nos permita amortizar deuda, por el simple motivo de que nuestro déficit sigue siendo equivalente a toda la recaudación anual de IRPF e IVA juntos.

Cada día que pasa nuestra situación se vuelve más delicada. Los planes E y el resto de absurdos gastos de Zapatero se están convirtiendo en una losa tercermundista para nuestra economía y para nuestro futuro. Puede que, como pronostican los más optimistas del lugar, ZP se vaya en 2012 y el PSOE no vuelva a gobernar en 30 años. Pero desde luego su ruinosa herencia perdurará durante muchas décadas. De aquí a las generales todavía pueden empeorar mucho las cosas; es más, pueden empeorar hasta un punto de no retorno.


Libertad Digital - Editorial

La realidad del día después

Entramos ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía.

TRAS la rebaja de la calificación de España por la agencia Moody´s y el pesimismo del informe publicado por el Banco de España sobre la evolución económica del tercer trimestre, ni hay margen para que el Gobierno «rectifique» en el sentido que le piden los sindicatos ni estos van a recibir del Gobierno posibilidades reales de «diálogo» sobre pensiones y reforma laboral. La agencia Moody´s ha rebajado la calificación de la deuda española por la debilidad de la recuperación económica, lanzando un jarro de agua fría sobre el discurso oficial del Gobierno, que defiende que la recuperación se está consolidando. El de Moody's no es un juicio de valor infundado, porque coincide con los datos que ha recabado el Banco de España para anunciar que la levísima mejoría de los indicadores económicos del segundo trimestre se ha frenado en el tercero. Las causas eran previsibles, porque se encuentran en el aumento del IVA, la supresión de las ayudas a las compras de vehículos y el recorte a la inversión pública. Mientras los planes de estímulo estuvieron vigentes, la economía española vivió con respiración asistida. En cuanto el Gobierno se ha visto obligado a retirarlos, la situación económica empieza a dar su verdadero rostro. Este es el día después de la huelga del 29-S, un cuadro de crisis que entra ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía. La huelga ha sido inútil en todos sus propósitos, incluso el de despacharla como un trámite indoloro para el Gobierno, porque la opinión pública ha diagnosticado que detrás de la convocatoria había «tongo» entre el Ejecutivo y las organizaciones sindicales. El amistoso encuentro de De la Vega y Méndez, en una emisora de radio a menos de doce horas de que acabara la jornada de paro, es la fotografía de esta mascarada perpetrada por el Gobierno y los sindicatos el 29-S.

De esta huelga, de estos sindicatos y de este Gobierno no se vislumbra una aportación para dar empleo a los millones que lo buscan, ni para mejorar la confianza de los ciudadanos y de los empresarios ni para sentar las bases de una política económica fiable a medio plazo. Desde luego, no servirán a este fin unos presupuestos generales para 2011, entregados ayer por la ministra de Economía al presidente del Congreso, construidos sobre unas previsiones económicas otra vez contaminadas de optimismo. Unas cuentas para entrar con pocas esperanzas en el cuarto año de la crisis.


ABC - Editorial