Este verano de 2009 ha sido el turno de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), la más politizada e ideológicamente escorada de las entidades de su género; la que, durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, convocó ocho manifestaciones de masas y lanzó las más hiperbólicas invectivas contra la política antiterrorista del Gobierno. Pues bien, quien fue el rostro y la voz -es difícil creer que el cerebro- de aquella estrategia, el inefable Francisco José Alcaraz, afirma ahora que su sucesor al frente de la AVT, José Antonio García Casquero, miente, malversa, veja a los asociados y, sobre todo, no agita ni moviliza en las calles contra el Ejecutivo socialista. En consecuencia, Alcaraz -que parece contar con el apoyo de más de un tercio de los socios activos- se ha dado de baja y amaga con crear una plataforma rival, tal vez bajo el nombre ya registrado de Voces contra el Terrorismo.
Si del ámbito cívico pasamos al de los partidos políticos, las aguas del españolismo y de su marca blanca, el antinacionalismo vasco o catalán, bajan igualmente turbias. Sobre la imparable crisis de Ciutadans no cabe añadir gran cosa, a riesgo de caer en el ensañamiento; sólo constatar que Albert Rivera y sus fieles siguen aplicando la consigna estalinista de que "el partido avanza depurándose", y decretan expulsiones y fuerzan bajas a decenas, la última de las cuales -concejal de Sant Andreu de la Barca- sentencia que "Ciutadans ha muerto". Pero es que también lo que parecía la alternativa sólida, seria y solvente a Ciutadans, Unión, Progreso y Democracia (UPyD) ha entrado en una dinámica centrífuga y autodestructiva: ruidoso portazo del co-fundador -y expresidente del Foro Ermua- Mikel Buesa, suspensión de militancia a 14 dirigentes críticos con la dirección, exhortaciones cruzadas a fundar otro partido, amenazas de recurrir a los tribunales, reproches de sectarismo, de fraccionalismo, de ausencia de democracia interna...
¿Qué ocurre? ¿Acaso anda suelto un virus político antiespañolista peor que el de la gripe A? No. Lo que todos estos casos ilustran es el síndrome de los partidos monotemáticos, de las organizaciones vertebradas en torno a una sola idea, a un único asunto, que fácilmente deviene obsesión. Tales grupos suelen atraer a numerosas personas que se sienten poseedoras de la verdad e investidas de una misión; por tanto, reacias al debate abierto y a la flexibilidad estratégica o táctica, y proclives al dogmatismo y a las soluciones disciplinarias, si está en su mano aplicarlas. Cuando, además, esas plataformas o partidos conocen alguna forma de éxito, éste da pie a borracheras de protagonismo mediático (pensemos en el caso Alcaraz) que dejan luego una durísima resaca. En definitiva, son como los niños encerrados con un solo juguete: que terminan por romperlo.
Joan B. Culla i Clarà es historiador.
El País





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