martes, 21 de junio de 2011

Polémica. Russian Red en el coche celular. Por Cristina Losada

El rebaño en el redil y si hay ovejas negras, que tengan la decencia de disimularlo. En sermo vulgaris, cuando alguien presenta la tara de ser de derechas, que no exhiba la deformidad y se calle.

Una de las excepciones españolas es que no hay gente de derechas. Se vota a la derecha e incluso gana las elecciones de calle, pero se trata de un malentendido. Es íntimo anhelo del partido de la derecha que no le identifiquen con la derecha y ha dedicado ímprobos esfuerzos a evitar esa marca infamante. De manera que ha tenido que ser una cantante pop, folk o indie, ya no estoy puesta en ese etiquetaje, quien diera la nota, como a su oficio corresponde. Así, con más agallas de las que ha tenido Rajoy en trances similares, Russian Red de nombre artístico, Lourdes Hernández en la vida civil, declaró que era de derechas cuando le instaron a elegir entre esa opción y su contraria. Se desató un pandemónium.

A la revista donde hizo la confesión, la misma que recogió sin despeinarse aquel alarde de rojez de Zapatero, le parece tan increíble que se arma de interrogantes: "Russian Red, ¿de derechas?". Cual si fuera un suceso inaudito, digno de la sección de Hechos Insólitos, corrió la nueva como la pólvora hasta la autoridad que ejerce el control del negocio ideológico. Desde Münzenberg, el genio propagandista del Kremlin y la Komintern, valga la redundancia, la cultura es de izquierdas por definición, y ahora que la cultura carece de definición, lo más granado de esa cáscara campa en las fincas del espectáculo. No se podía tolerar desviación tan flagrante. Quien rompe filas ha de recibir su merecido. De las entrañas de la Lubianka de papel surgió un aviso en forma de reportaje. Su literalidad importa poco; lo importante era convertir a R.R. en pasto de polémica y señalar con el dedo al bicho raro. Que nadie se desmande, mira lo que puede pasarte. Intimidación, creo que se llama.

El rebaño en el redil y si hay ovejas negras, que tengan la decencia de disimularlo. En sermo vulgaris, cuando alguien presenta la tara de ser de derechas, que no exhiba la deformidad y se calle. No hay más remedio que tolerar su existencia, por aquello de la democracia, pero ha de ser una existencia silente y vergonzante. Rajoy, por no ir más lejos, es el modelo: antes que confesarse de derechas, se proclama independiente y del Marca. La superioridad de la izquierda se fundamenta en tener siempre a punto el coche celular de la reacción para meter dentro a quien no la reconozca. Es tan precaria que no admite fisuras. Por eso la izquierda va blindada.


Libertad Digital - Opinión

Adiós a la mugre del miedo. Por Hermann Tertsch

Las cantantes se declaran de derechas y los comunistas deciden en Extremadura que están hartos de la secta.

RUSSIAN Red es en realidad, ahora lo sé, Lourdes Hernández, una cantante madrileña de tiernos 25 añitos a quien le debió de parecer muy mono el nombre artístico que eligió, pero que nada sabe, ni tiene por qué saber, de las mugres que nos evoca a algunos esas palabras combinadas. Quizás ahora se haga una idea. Porque esta inocente cantante ha visto cómo su desenfadada respuesta a una pregunta inocente la ha convertido en blanco de las diatribas de los guardianes de las esencias del espíritu nada «russian» pero muy «red» que tienen aún en nuestro país privilegiada reserva. La jovencita en pleno éxito debe de gozar mucho de las entrevistas. En una le preguntaron si era de derechas o de izquierdas, qué manía. Y ella, candorosa, reveló que se consideraba de derechas. ¡Amiga! ¡Hasta aquí hemos llegado! A partir de ahí se acabaron las bromas para Lourdes, a la que de tanto cantar al amor no le había dado tiempo a saber en qué país vive. «Fascista» la ha llamado un político socialista cuyo nombre me da pereza buscar. Y otro cantante, cuyo nombre me da igual, la ha llamado «cabrona y cretina». Me dirán ustedes que conociendo el parqué de majaderos y almas bolcheviques de este país no ha salido mal parada. Pero es que hay más. Un periódico, que fue intento muy logrado de hacer prensa de izquierda liberal en España y degeneró en gacetilla sectaria del izquierdismo cutre y panfleto de hostigamiento contra todo lo que no baile al son de la flauta socialista (y de la empresa), consideró que Russian Red había cometido una gravísima falta. Ni socialista, ni progresista, ni revolucionaria, ni siquiera de Bildu. De derechas. Exigía un escarmiento. Se decidió, con el celo de los reporteros de boletín de agrupación, indagar la impresión y opinión de otros cantantes ante tamaña barbaridad de aquella niña, hasta entonces bien tratada. La operación de castigo tuvo por supuesto el resultado apetecido.

Están de los nervios. Las cantantes tiernas se declaran de derechas y los comunistas deciden en Extremadura que están hartos de la secta. Cada vez han de incorporar más nombres a sus listados malditos de «fascistas» a los que intentar desprestigiar o causar daño de la forma que sea. La España proclamada por ellos sociológica e intrínsecamente de izquierdas se les ha llenado de «gilipollas», como dice el ex alcalde, o de «hijos de puta», como escribe alguna de sus musas más sensibles. Todas sus cortinas de humo, su virtuosismo en la manipulación y la mentira, han dejado de tener efecto, como un antibiótico agotado por el abuso. Por eso agitan ya el único recurso que les queda, siempre utilizado con ahínco, que es el miedo. Pero da la impresión de que esta vez han ido demasiado lejos con sus tropelías. Que el hartazgo y el asco han superado al miedo. Que con Zapatero han extremado tanto la dosis de mentira, basura intelectualizada, deshonestidad, soberbia e ineptitud, que esta vez no escaparán al desprecio y al oprobio social. Pueden haberse acabado definitivamente los tiempos en los que podía declararse hegemónica en este país esa mugre ideológica que nos lanza siempre al pasado, con su rencor, su prepotencia y su vocación intimidatoria. Y que acabará en reductos marginales en los que se encuentra en las sociedades más desarrolladas. Ahora buscan salvarse del naufragio manipulando la angustia de los ciudadanos ante la miseria por ellos creada. También ahí quieren imponer su discurso resentido. Pero da la impresión de que ya están camino al basurero de la historia. Si no asustan ya ni a Russian Red, no los salva ni Fouché.

ABC - Opinión

Pocos. Por Alfonso Ussía

Lo cierto es que en Madrid fueron pocos los manifestantes presumiblemente indignados. Uniformidad antisistema, estudiado desaliño marginal y espesura corporal acentuada por el calor. Treinta y cinco mil personas se reúnen en Madrid por cualquier motivo, y sin contar con tanta propaganda en los medios de comunicación afines a la izquierda. El cantante José Guardiola, en la década de los sesenta y con su canción estrella «Di Papá» interpretada al alimón con su hija, congregó en Madrid a veinticinco mil almas. La Capital de España es muy generosa en la aportación de masas para lo que sea. El salón de actos de la Lotería Nacional se llena en cada sorteo, por poner un ejemplo lacerante. ¿Ustedes conocen algo más aburrido que un sorteo de lotería? Madrid se abre a toda cachupinada.

Mientras pasaban por las cercanías de mi humilde casa me vino la pregunta. ¿Por qué han necesitado siete años y medio para indignarse?


Y supe responderme. Porque se avecina un período de poder político liberal y conservador. La izquierda –lo escribí días atrás–, no sabe perder en las urnas, y este movimiento no tiene otro objetivo que entorpecer la normalidad institucional y social cuando los socialistas, los hacedores del desastre, se vayan a casa. Ahora piden una huelga general. No tengan dudas al respecto. Se convocará pocas semanas después del cambio clamorosamente anunciado. La huelga general inmediata no entra en sus planes. Se enfadarían los que manejan, desde la sombra, el timón de sus rumbos.

Justo es reconocer que, al menos en Madrid, la manifestación fue pacífica, entendiendo como tal la ausencia de violencia. Pero han cambiado las simpatías. La constante ocupación de espacios públicos ha contribuido a la pérdida de muchos afectos ciudadanos. La ciudadanía comprensiva se ha formulado la misma pregunta. ¿Por qué siete años y medio para indignarse? ¿Por qué no se indignaron cuando se alcanzó la cifra de cuatro millones de parados, dos años atrás? Y vamos a Mourinho. ¿Por qué, por qué y por qué?

He hablado con muchos de los originales indignados. Casi todos ellos, jóvenes. Gente variopinta y por lo general, estupenda. Algunos quedan en el movimiento. Otros se han ido porque han detectado una obsesiva simpatía hacia el 15-M de la opinión y los medios controlados o influidos por el PSOE. No entienden que los culpables se conviertan en sus propagandistas y protectores. Y todos ellos, incluidos los que se mantienen, aseguran que la infiltración ideológica y partidista es la que manda en la actualidad, dentro del caos, en la tardía indignación. «Al principio olíamos a sudor. Pero ahora olemos a política, y eso ha desvirtuado nuestro esfuerzo».

Madrid es una ciudad, y vuelvo a ello, generosa y abierta. Reunió a más de un millón de personas cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco.

Y aunque muchos se molesten, a un millón y medio de españoles –vinieron desde todos los puntos de España–, en la última visita del Papa Juan Pablo II. Treinta y cinco mil personas no marcan ni el principio ni el final de una época. A Enrique Tierno Galván le acompañaron en su entierro un millón de madrileños, y dos años más tarde los socialistas perdieron las elecciones. Madrid es emotiva y acogedora, y sabe medir por experiencia.

Es la ciudad más manifestada de España. Los indignados con siete años y medio de retraso han convocado a quince mil personas más que José Guardiola cantando el «Di Papá». Pues no es mucho, la verdad.


La Razón - Opinión

Reforma laboral. Ni Zapatero ni Rajoy: Lampedusa. Por José García Domínguez

Unos sindicatos que se dicen de izquierdas, combatiendo con furia contra la igualdad jurídica, no en nombre de la revolución sino en el del más reaccionario de los corporativismos.

Parece que a los directivos de Comisiones y UGT les ocurre con la clase obrera lo mismo que a François Mitterrand con Alemania durante la Guerra Fría (le gustaba tanto –solía repetir– que daba gracias al cielo por que hubiese no una, sino dos). De ahí que nadie haya de sorprenderse ante la enésima negativa sindical a que se instaure un contrato único de trabajo con veinte días de indemnización por despido, propuesta que el Job de la CEOE ha vuelto a poner sobre la mesa de negociación estos días. Ocurre que lo inadmisible para la izquierda desde que Kaustky el renegado acuñara el concepto de "aristocracia obrera", escindir a los asalariados en dos castas enfrentadas entre sí, es justo lo que defienden como gato panza arriba nuestras gremiales.

Por un lado, lo que Marx bautizó "ejército industrial de reserva", el subproletariado marginal llamado a vegetar encadenando contratos basura; enfrente, blindados ante los vaivenes del mercado y la competencia por sus cláusulas de rescisión, los llamados indefinidos. La elite y los parias, la nobleza y el tercer estado, juntos y revueltos en oficinas, talleres y cadenas de montaje. Razón última, por cierto, del tan desconcertante carácter ciclotímico del mercado de trabajo español. Súbitos crecimientos exponenciales de la contratación en el intervalo alcista del ciclo; desplomes no menos fulminantes ante el menor cambio de la tendencia. Más que una extravagancia estadística, la cara y la cruz de la misma moneda... trucada.

Pues es el desempleo crónico de la carne de contrato temporal, los jóvenes, quien asegura la estabilidad de la clientela de Toxo y Méndez durante las crisis. Así, la aparente paradoja que no es tal: unos sindicatos que se dicen de izquierdas, combatiendo con furia contra la igualdad jurídica, no en nombre de la revolución sino en el del más reaccionario de los corporativismos. Aunque lo peor es que esos apparatchiki sindicales, a fin de cuentas simples funcionarios en nómina del Estado que los mantiene, no resultan ser los que en verdad bloquean toda tentativa de cambio. Ni ellos ni tampoco sus patronos, los políticos. La España profunda al completo, indignados miopes incluidos, es quien se empecina, medrosa como suele, en que nada sustancial mute. Ni Zapatero ni Rajoy: Lampedusa.


Libertad Digital - Opinión

Altermundismo. Por Ignacio Camacho

En torno al 15-M se está fraguando una alternativa a la desmovilización sindical en forma de frente de rechazo.

SE van perfilando. A medida que la revuelta de los indignados comienza a emitir un cierto discurso ideológico se decanta el cariz altermundista —«otro mundo es posible»— de su núcleo motor. Estamos ante un movimiento antiglobalizador, anticapitalista, antiliberal, impregnado del argumentario y la retórica del Foro Social Mundial y sus derivados, y reforzado por el malestar del ajuste internacional ante la crisis económico-financiera. Los postulados de la plataforma ATTAC han empezado a emerger como núcleo de la protesta. No estamos ante un trasunto del París del 68 sino más bien del Porto Alegre de 2001. Sus gurús no son Sartre y Marcuse sino Chomsky y Hessel: la izquierda alternativa, extramuros de la socialdemocracia. Como se trata de un conglomerado invertebrado, heterogéneo y sin liderazgos nominales, conviven diversas tendencias que van desde el cristianismo comprometido al radicalismo antisistema. Hay anarcos, pacifistas, perroflautas, okupas, activistas del software libre, ecologistas, hackersy una amplia porción de simples descontentos por el rápido retroceso del Estado del Bienestar. Es una amalgama crítica, un frente de rechazo. Al elegir el Pacto del Euro como objetivo inmediato se inclinan por la impugnación global de las recetas políticas convencionales; consideran que el déficit, el equilibrio presupuestario o la contención del gasto público son añagazas del sistema y les importan una higa. Lo quieren todo y lo quieren ya.

Lo que se está fraguando en torno al 15-M es una alternativa a la desmovilización sindical. Los sindicatos, mermados de representatividad y anquilosados en sus estructuras burocráticas, fracasaron en la huelga general, pero esta gente dispone de una capacidad de movilización inédita a través de las redes sociales y tiene un ímpetu juvenil de estreno. Los políticos siguen perplejos. La derecha ya sabe que se los va a encontrar de frente cuando llegue al poder, constituidos en oposición sin caras, y la izquierda socialdemócrata estudia el modo de meterse en la manifestación sin que la saquen a empujones. De momento el Gobierno les hace guiños de complicidad como la querella contra Botín, epítome de la Banca comeniños y explotapobres. Mientras sea el PSOE el que esté al frente y tenga, siquiera por decoro, que sumarse a las medidas de ajuste, la protesta será genérica y antipolítica, antirrepresentativa, pero en el momento en que el PP esté al mando se va a formar una coalición de resistencia. El trazo izquierdista del movimiento crecerá tanto más cuanto más intensos sean los recortes.

Las marchas del domingo muestran que hay indignados para rato. Tienen logística, músculo y voluntad, y se han venido arriba con su amplia repercusión mediática. Se sienten protagonistas en el centro de la escena, y no les hace falta representatividad democrática porque saben cómo hacerse dueños de la calle.


ABC - Opinión

Cospedal señala el camino

Austeridad y sensatez en la gestión de los recursos públicos. Sobre estas bases se asienta el proyecto de María Dolores de Cospedal como presidenta electa de Castilla-La Mancha. Ayer, en su discurso de investidura anunció una reducción tajante del gasto público que, lejos de ser una operación cosmética, es una medida de gran calado, ya que va a suprimir el 60 por ciento de los altos cargos de la comunidad autónoma. En concreto, suprimirá el 50 por ciento de los puestos de libre designación, reducirá las Direcciones Generales de 52 a 30 y disminuirá de 35 a 5 los delegados provinciales. Además, eliminará la figura en Castilla-La Mancha del Defensor del Pueblo, así como la Comisión Regional de la Competencia, el Consejo Económico y Social, y analizará la viabilidad de la Sindicatura de Cuentas con el fin de comprobar si es necesario mantener esta entidad o si, por el contrario, es prescindible. También establecerá un techo de gasto y de endeudamiento. Como bien dijo De Cospedal, uno de los principios del Estado de las Autonomías es la descentralización, pero ésta nunca se debe interpretar como multiplicar por 17 toda la estructura del Estado. No cabe tampoco ignorar que esta reducción responde a la precaria situación económica de Castilla-La Mancha. En los primeros meses de este año, la comunidad arrastra un déficit que supone un 1,7% de su Producto Interior Bruto (PIB), con lo que se supera ampliamente el objetivo de déficit final del año, fijado en un 1,3%. En cuanto a la deuda regional, al cierre de 2010 ascendía a 7.054 millones de euros, el 19,5% de su PIB. Ante esta situación, De Cospedal no quiere demorar ni un segundo la sangría económica que sufre la comunidad que va a presidir. Las medidas de ahorro que detalló ayer la dirigente del PP son el camino a seguir y deben ser el mensaje que su partido traslade a todas las comunidades autónomas en las que gobierna o en las que empezará a gobernar. Algunos pensarán que el anuncio que hizo ayer De Cospedal es audaz, y es cierto por cuanto que los socialistas –en el caso de Castilla-La Mancha y en el de otras comunidades como Extremadura–, durante sus largos decenios de mandato, nunca han mostrado verdadero empeño por adelgazar la administración autonómica y atajar el clientelismo político, sino todo lo contrario. Pero, a pesar de ser audaz, el proyecto de la nueva presidenta es sensato, posible y, sobre todo, necesario. Tras los excelentes resultados electorales que permitirán al PP gobernar en sus tradicionales feudos, además de en Aragón, Cantabria, Baleares y Extremadura, llega el momento de la verdad y de poner en práctica unas recetas económicas marcadas por el ahorro, la contención del gasto público, el saneamiento de las cuentas y la austeridad. De lo que se trata es de ser más eficiente y diligente en la solución de los problemas, evitando las duplicidades entre las distintas administraciones con un aumento desaforado de cargos y una maraña burocrática de la que sólo se benefician unos pocos y que sirve únicamente para comprar voluntades políticas. A medida que se van conociendo las propuestas de los candidatos electos del PP, se comprueba que van en la buena dirección para beneficiar a todos los españoles.

La Razón - Editorial

Parálisis europea

La crisis griega debe resolverse antes de julio para salvaguardar las reformas de los países periféricos.

El respiro que proporcionó el viernes el acuerdo franco-alemán para garantizar que la reestructuración de la deuda griega será voluntaria se convirtió en una nueva decepción durante la madrugada del lunes. Los ministros de Finanzas de la UE, reunidos en Luxemburgo, fueron incapaces de articular un acuerdo para desbloquear el tramo de ayuda (12.000 millones de euros) que Grecia necesita para sobrevivir. Con una calma inapropiada en estas circunstancias, Europa ha dejado el caso griego para una cumbre extraordinaria del 3 de julio en la que quizá se aprueben las ayudas si el Gobierno de Papandreu, asfixiado por una crisis política que casi le tiene paralizado, supera la moción de censura y aprueba los recortes presupuestarios adicionales que exige Europa.

Esta carrera de obstáculos que debe superar Atenas sería agobiante incluso en épocas de calma política; en un periodo de agitación social (causada por los recortes en servicios y prestaciones), la tarea es heroica. El Gobierno griego tiene que ofrendar a los ministros europeos y al Fondo Monetario Internacional (FMI) más reducciones de gasto y ventas de activos públicos por 50.000 millones de euros. Y eso para recibir los 12.000 millones ya aprobados en 2010 y optar, en septiembre, a un nuevo rescate de 120.000 millones (el primero ha fracasado). Grecia no tiene opciones (es ajuste o default) y Europa tampoco, porque es salvar Grecia o hundir el euro.


A esta situación se ha llegado por la incapacidad de las instituciones para poner en marcha planes de rescate creíbles, que no ahoguen a los países que presuntamente se rescatan con exigencias de estabilidad fiscal imposibles de cumplir. Pero es que ni siquiera en una crisis extrema, con un país al borde del colapso y los mercados estallando por las costuras, los ministros de Finanzas son capaces de ponerse de acuerdo para salvar a Grecia del desastre inmediato. El FMI ha tenido que advertir del riesgo de contagio de la crisis griega a los países con planes de ajuste en curso.

La imagen que da Europa es mala. La semana pasada, las Bolsas europeas se desplomaron y los diferenciales de deuda de los países periféricos se dispararon precisamente como respuesta a la incapacidad para responder a la crisis griega. Hoy se incurre en el mismo error; las Bolsas vuelven a caer y los diferenciales de deuda saltan a la estratosfera a pesar de las lecciones recientes. Las instituciones que deben velar por la estabilidad del euro no caen en la cuenta de que están empujando a Grecia hacia un crash. Demorar la entrega de los 12.000 millones equivale a exacerbar la crisis política griega, y esta, a su vez, impide la definición de nuevos ajustes.

El daño que produce la desvertebración europea a la deuda española, a la cotización de las acciones bancarias y a las salidas a Bolsa que necesita la reforma financiera española es incalculable. Ni Grecia ni los países más afectados por la vorágine se merecen que la solución al problema se retrase (en el mejor de los casos) hasta el 3 de julio. La decisión debería ser inmediata.


El País - Editorial

11-M, seguimos queriendo saber

Más allá de las derivaciones políticas e históricas que los atentados han tenido para toda la nación, es una cuestión de justicia elemental aclarar todo lo posible los hechos acaecidos en Madrid durante aquella fatídica jornada.

Como todos los cadáveres sin enterrar, el 11-M sigue siendo asunto de máxima actualidad a pesar de los años que han pasado desde aquel día de infamia. Esto es así porque lo único que podemos dar por cierto a estas alturas es que sabemos bien poco de los atentados. Desconocemos, por ejemplo, lo fundamental, es decir, quién ordenó la masacre y por qué razón lo hizo.

Puede parecer éste un detalle sin importancia (porque así lo ha querido el Gobierno y todos sus satélites mediáticos), pero no lo es en absoluto. Los mismos que querían saber horas después del atentado han pasado dos legislaturas sin interesarse lo más mínimo en investigar el cómo, el por qué y el quién de una tragedia nacional que precedió su ascenso al poder.


El hecho es que este obstruccionismo deliberado por parte del aparato gubernamental –incluido en él el partido que sustenta al Ejecutivo– no ha servido para frenar la investigación. Las dudas sobre la autoría de los atentados siguen flotando en el ambiente y nuevas revelaciones saltan a la prensa con regularidad. La última relativa a la labor de los Tedax comandados por Sánchez Manzano durante las primeras pesquisas policiales que siguieron a las deflagraciones.

Una sombra más, la de la inexplicable actitud de este alto cargo de la Policía Nacional, que se suma a otras muchas sobre las que nadie en el Gobierno quiere arrojar luz. Al menos mientras gobierne Zapatero y, por extensión, el PSOE. Cabe la esperanza, tal y como ha dejado ver González Pons, de que en un futuro cercano eso cambie.

Si el PP quiere que sus promesas sean creíbles, debería desclasificar todo lo relativo al 11-M en cuanto llegue al poder. Porque, más allá de las derivaciones políticas e históricas que los atentados han tenido para toda la nación, es una cuestión de justicia elemental aclarar todo lo posible los hechos acaecidos en Madrid durante aquella fatídica jornada.


Libertad Digital - Editorial

Lo que nos jugamos todos con el euro

Con el rescate de Grecia, la supervivencia y la credibilidad de más de medio siglo de construcción europea están en juego.

EL euro no es una moneda cualquiera. Para los europeos es el símbolo de una voluntad de afrontar juntos los desafíos de un mundo globalizado y es el instrumento en el que se basa la economía y el bienestar de casi quinientos millones de personas. Decir que hemos llegado a un punto en el que estamos jugando con fuego y que cualquier cosa puede suceder no es en modo alguno una exageración. Grecia ha entrado en una situación en la que ya no es posible ser optimista y dependiendo de lo que pase en Grecia, la existencia misma del euro puede estar en peligro.

La moneda ha sido, junto a las fronteras y el ejército, uno de los atributos esenciales de un Estado y puesto que la Unión Europea no ha conseguido elevarse lo bastante sobre la soberanía de sus países miembros, a la primera crisis seria el euro se encuentra prisionero de los intereses particulares. Los líderes que deberían velar por la supervivencia de las instituciones comunes están más pendientes de las reacciones en sus parlamentos nacionales, que en muchos casos han sido infectados ya por el virus del populismo nacionalista. No es de extrañar que junto a la crisis del euro se hayan visto también amenazas contra la abolición de las fronteras internas. Y frente a esta inquietante situación hay que reconocer que las instituciones comunitarias que deberían haber salido reforzadas por el Tratado de Lisboa, se han mostrado más ineficaces que nunca. El presidente de la Comisión, José Manuel Barroso, sigue actuando como si todo pudiera resolverse con mayores dosis de propaganda, mientras los miles de funcionarios que dependen de él languidecen en sus oficinas esperando un impulso político que nadie encuentra en Bruselas.

El tiempo apremia y por duras que puedan parecer las reformas y los recortes del gasto público, cualquier alternativa sería infinitamente peor, y la más perniciosa de todas, la desaparición del euro. El primer ministro griego, Papandreu, ha dicho que puede lograr que el plan de ajuste se apruebe en Atenas, pero ha pedido que los demás dirigentes europeos hagan prueba de unidad para ayudarle a convencer a sus ciudadanos. Unos y otros tienen motivos sobrados para cumplir con su obligación, porque la supervivencia y la credibilidad de más de medio siglo de construcción europea están en juego.


ABC - Editorial

lunes, 20 de junio de 2011

Indignados. El PP y la política de orden público. Por Agapito Maestre

El precipitado pseudopacifista del 15-M no parará. Es un fenómeno estrictamente español. Las luchas callejeras serán dominantes en los próximos meses y, seguramente, en los próximos años.

Las manifestaciones de ayer fueron más o menos normales. Los lemas que se gritaban eran los esperados. Todas las consignas tenían un tinte anti institucional y, a veces, un poco rancio como el tipo de izquierda que lidera la "cosa"; incluso, según me cuentan algunos manifestantes, hay gente que ha abandonado IU y el PCE, por ejemplo, Ninés Maestro, para pasarse a "militar" en este movimiento del 15-M. Es obvio que todo está controlado ya por la izquierda.

A la hora que escribo esta crónica no se conocen altercados relevantes. Las ediciones digitales de los periódicos nacionales, a las cinco de la tarde, destacaban el carácter festivo de la reivindicación. Las cifras de manifestantes, en Madrid, eran en torno a las 50.000 personas. No es un dato despreciable, aunque cualquier manifestación de víctimas del terrorismo sobrepasó con creces tales dígitos. En todo caso, nadie sensato puede despreciar estas manifestaciones por el número de concentrados. El asunto es demasiado importante como para que el PP no le preste un poco más de atención y, sobre todo, evite caer en ciertas contradicciones a la hora de valorar la respuesta policial, según se hable de Barcelona o Madrid, tal y como sucedió la semana pasada.


Un dato parece inamovible: este "movimiento" callejero será duradero ¡mantenerlo será asunto clave y, por supuesto, delicado del PSOE!–, rozará permanente la violencia y le pondrá las cosas difíciles al PP, si es que este partido llega al poder. No nos engañemos: habrá, sin duda alguna, violencia callejera. Violencia. Si esta gente del 15-M no cree en absoluto en las instituciones, ni tampoco respetan los resultados electorales, entonces no veo otra salida al conflicto que el enfrentamiento entre quienes creen, mejor o peor, en las instituciones y, por supuesto, las defienden por un lado, y quienes las atacan por el otro lado. Este tipo de "planteamientos", insisto, no sólo rozan el enfrentamiento anti político, sino que derivan normalmente en violencia física.

Ese precipitado de izquierda sembrará las calles de desorden, agresividad y violencia. Las manifestaciones, saltos y todo tipo de movidas callejeras serán generalizadas. El PSOE desaparecerá del poder, pero dejará un país incendiado. Mantener su poder en la calle, es decir, mostrarle músculo al PP, será toda la preocupación del PSOE. Así fue siempre la política del PSOE en la Oposición: nunca abandonar la lucha, incluso violenta, fuera de las instituciones. El precipitado pseudopacifista del 15-M no parará. Es un fenómeno estrictamente español. Las luchas callejeras serán dominantes en los próximos meses y, seguramente, en los próximos años. Por todo eso, es menester que el PP, más pronto que tarde, defina de modo claro y contundente su política de orden público. No es fácil, lo sé; pero tendrá que intentarlo ya, porque, de lo contrario, le estallará como una bomba de relojería, cuando esté en el poder.

O el PP empieza a delinear una política de orden público, asunto decisivo para un Estado fracturado institucionalmente, o cuando llegue al poder, he ahí su gran riesgo, será demasiado tarde. O se enfrenta ahora seria y contundentemente al PSOE o le sorprenderá, en el futuro, ver la calle en llamas.


MEDIO - Opinión

El descabello. Por Eduardo San Martín

Pillado hace unos días entre la espada de la mayoría de la IU extremeña, partidaria de aplicar el escarmiento a un socialismo voraz que le ha ninguneado durante tres décadas.

Pillado hace unos días entre la espada de la mayoría de la IU extremeña, partidaria de aplicar el escarmiento a un socialismo voraz que le ha ninguneado durante tres décadas, y la pared de los acuerdos federales de «no permitir ni por activa ni por pasiva» gobiernos del PP en ayuntamientos y comunidades autónomas, el bueno de Cayo Lara se apoyaba, sin demasiada convicción, en el muro de las decisiones federales, incapaz de aventurar un desenlace al embrollo cuya resolución ponía a prueba su propia autoridad como dirigente de la coalición.

Así que Lara se la jugó en un último esfuerzo por imponer las resoluciones de los órganos federales, a sabiendas de que estaba obligando a los suyos a elegir entre lo malo y lo peor. Lo malo era el mazazo que para toda la organización suponía la rebelión de una federación contra las instancias superiores de IU; lo peor era la contradicción que suponía anular la voluntad expresada por una mayoría muy cualificada de su franquicia extremeña por parte de una formación que presume, y no sin razones, de ser un ejemplo de democracia interna y descentralización.

Si no se producen sorpresas inexplicables, ganará lo malo y perderán Lara y los suyos. Los efectos que este desenlace tendrá sobre el futuro de Izquierda Unida ya se verán, pero serán siempre muchos menores que los que va a producir en el ánimo de un socialismo en el peor momento de su historia reciente, a quien ahora IU le asesta el descabello que culmina la estocada del 22M.

El PSOE ya sólo gobierna en Andalucía, y eso porque no hubo elecciones allí. Y en lugar de hablar de «pinzas» y otras zarandajas, los socialistas harían mejor en preguntarse qué abusos habrán cometido para que una formación de izquierdas prefiera que gobierne el PP en el penúltimo de sus reductos.


ABC - Opinión

Pacto del Euro. El despropósito económico de los indignados. Por Juan Ramón Rallo

Las cosas deben quedarse como están, y si a Zapatero se le ha acabado el dinero, que apoquinen Merkel y Sarkozy (es decir, los sufridos contribuyentes teutones y galos).

Se quejan los indignados de que nos quedemos en las malas formas de la Marcha sobre Madrid y desatendamos su fondo; a saber, su conocida oposición a eso que han venido a llamar el Pacto del Euro, trasunto de aquel universalmente vituperado –algunas veces con razón– Consenso de Washington. Es lógico: cuando tomas las principales ciudades de un país y asaltas sus parlamentos, lo normal es que el foco de atención se mueva ligeramente. Pero bueno, atendamos su petición y fijémonos en lo que juran que es la sustancia de su movimiento.

No seré yo quien defienda el Pacto del Euro, más que nada porque eso de que los contribuyentes alemanes y franceses sigan recapitalizando a su banca tratando de evitar que los manirrotos Estados periféricos quiebren, no me parece ni moral ni económicamente acertado. La solución de verdad pasaría, por un lado, por una desamortización de todos los bienes que todavía acaparan esos Estados manirrotos para reducir drásticamente su endeudamiento (ahí está el caso de Grecia, que acumula activos por valor de 300.000 millones de euros, para una deuda de 350.000) y, por otro, por una reducción enérgica de su presupuesto con tal de eliminar su déficit.


Pero los indignados, que de querer –eso decían para quien quiso creerlos– regenerar la democracia española han pasado a pretender rediseñar los balances de todos los Estados y bancos del planeta, no proponen nada de todo esto; al contrario, el programa económico de Democracia Real YA se reduce a exigirle a Europa que nos sigan dando el dinero de sus contribuyentes a fondo perdido con tal de que la fiesta no se acabe. Que no otra cosa es su rechazo al Pacto del Euro: "denos dinero pero no nos exijan ningún compromiso verosímil para que se lo devolvamos". Ni reducciones de gasto ni liberalización de la economía. Nada. Las cosas deben quedarse como están, y si a Zapatero se le ha acabado el dinero, que apoquinen Merkel y Sarkozy (es decir, los sufridos contribuyentes teutones y galos).

Porque si no aceptan ni recortes en el gasto público, ni aumentos de ciertos impuestos como el IVA o Sociedades (en esto, vaya, sí coincidimos), ni una reforma del mercado laboral que se cargue los convenios colectivos para permitir que vuelvan a surgir oportunidades de negocio, ¿cómo pretenden que salgamos de ésta? Sí, de ésta, porque por si alguien no se ha dado cuenta, estamos al borde de la suspensión de pagos.

Recapitulo por si hay algún despistado indignado: los países periféricos, Grecia y España entre ellos, tienen un déficit público de alrededor del 10% del PIB. Eso significa que los impuestos que abonan sus ciudadanos no dan para cubrir los desproporcionados gastos de sus Estados niñera y metomentodo. De ahí que sean los ahorradores extranjeros –esos especuladores canallas que tan poco les gustan– los que nos estén prestado su dinero para que sigamos gastando por encima de nuestras posibilidades. Pero ojo, si nos lo prestan es para que se lo devolvamos algún día –normal, ¿no?–, y para devolvérselo tenemos que abandonar el déficit y amasar un cierto superávit. Mas, ¿cómo generar un superávit si, siguiendo las propuestas de los indignados, el Estado no puede ni reducir gastos, ni aumentar impuestos ni liberalizar la economía?

Mal asunto, sin duda. Entre otras cosas porque si los ahorradores internacionales se convencen de que no vamos a poder pagarles –idea a la que los indignados están contribuyendo notablemente–, dejarán de prestarnos ese 10% del PIB que actualmente nos están prestando. ¿Y qué significaría eso? Pues que ya podemos olvidarnos de tímidos y progresivos ajustes en el gasto público: de golpe y porrazo, habrá que meterle un tajo del 25% a nuestro gasto público (que a eso equivale el 10% del PIB que se nos está prestando). ¿Se lo imaginan? Pues eso es lo que conseguiremos haciéndoles caso a los indignados.

Y es que, al cabo, puestos a indignarse, ¿no sería más razonable hacerlo contra los políticos y el sistema económico –Estados enormes, un muy intervenido sistema financiero y relaciones laborales tomadas por los sindicatos– que nos han abocado a esta desesperada situación? Parece que no: lo que les indigna no es que hayamos malvivido una década de prestado, sino que ahora toque darnos un baño de realismo y comenzar a pagar nuestras deudas.


Libertad Digital - Opinión

El último hurra del Siglo XX. Por José María Carrascal

Lo que quieren esos indignados manifestantes es que todo siga como estaba. Esos no son revolucionarios. Son reaccionarios.

¿SABEN los que ayer se manifestaron airadamente contra «el pacto de euro» lo que significa el euro y su pacto? Si lo saben, son unos cínicos; si no lo saben, unos pardillos. El euro y la CEE significó para España, como para los países mediterráneos, un maná en fondos destinados a igualar las diferencias entre el centro y sur de Europa, que se tradujo en autovías, ayudas al campo, infraestructuras y apertura de mercados que hicieron subir el nivel de vida de esos países como nunca en su historia. Vuelvan la vista atrás y me dirán si no tengo razón. Lo malo fue que llegó la crisis y esos países siguieron gastando al mismo ritmo, sin que ni sus ingresos ni las ayudas de Bruselas aumentasen paralelamente. Es como Grecia, Portugal y España, han venido año tras año acumulando déficit cada vez mayores, que han terminado por poner en peligro el euro. Dándoseles un plazo para que realizasen las reformas estructurales necesarias para volver a ser competitivos, y, en el caso de Grecia, ayudas para ello. Pero no las hizo, como tampoco Portugal, ni la propia España, donde se han hecho a medias. Con lo que el desequilibrio entre el centro y sur de Europa no hace más que crecer, como la alarma. Esto no lo ha creado el mercado. Lo han creado unos gobiernos que no han dicho a sus pueblos su verdadera situación ni se han atrevido a hacer las reformas necesarias. Tampoco lo han creado los especuladores. Los especuladores se han limitado eso, a especular. Y seguirán especulando mientras continúen las condiciones actuales.

Que es precisamente lo que quieren esos indignados manifestantes: que todo siga como estaba. Esos no son revolucionarios. Son reaccionarios que tratan de mantener una situación insostenible, aunque el euro, la Comunidad Europea, el pacto de estabilización se vayan al cuerno. ¿Ceguera, estupidez o complejo de Sansón: «si yo caigo, que caigan todos conmigo»? Elijan ustedes mismos.

Es verdad que políticos y banqueros, los unos ignorando la crisis, los otros aprovechándose de ella, se cuentan entre los principales culpables y hay que pasarles factura por ello. Pero si es así, si quienes debían de haber previsto la crisis y tomado las medidas oportunas contra ella no lo han hecho, ¿por qué no he visto ni una sola pancarta contra Zapatero y su gobierno en las manifestaciones? Aquí hay algo que no encaja, mejor dicho, muchas cosas. Hasta que recordamos que todas estas manifestaciones, como las acampadas en las plazas, han sido autorizadas y permitidas. ¿Por quién? Por el hombre elegido para suceder a Zapatero. Qué casualidad. Qué inmensa farsa. Farsa, como las anteriores, que sólo va a servirles para ganar tiempo y perder más crédito. Y nosotros con ellos. Indignados, eso sí. La última moda del siglo XX. O el último hurra.


ABC - Opinión

Indignados. Y no hubo nada. Por Emilio Campmany

El único dispuesto a llegar acuerdos con los socialistas es el PP, que parece estar cuidando al PSOE de Zapatero como miman los matadores a esos toros bravos que embisten una y otra vez, pero que andan flojos de fuerza.

La megamanifestación de los indignados ha quedado en nada. El fracaso, siquiera relativo, no se ha debido tanto a que los españoles no compartan la indignación respecto a la conducta de los políticos como al hecho de que el movimiento ha sido acaparado, capitalizado y monopolizado por la extrema izquierda. No se trata sólo de comunistas y republicanotes de vieja escuela, marginales y antisistemas, sino también de votantes socialistas desencantados con un Zapatero que supusieron radical y que creen domesticado por los mercados. No son insignificantes, pero es obvio que no son decisivos en las urnas.

Esto significa varias cosas. La primera es que, tuviera o no las soluciones a la crisis, los españoles no confían en las que pueda aportar la extrema izquierda ni su máscara, el movimiento 15-M. La segunda es que el PSOE de Rubalcaba, que creía que desligarse del Zapatero supuestamente derechizado del último año a través de hacer guiños a los del 15-M podía serle rentable electoralmente, resulta que no lo es. La tercera es que los españoles perciben como única posibilidad de regeneración, por poco entusiasmante que sea, la que representa Rajoy. Resumiendo, si no pasa nada, el PSOE, haga lo que haga, perderá y Rajoy, sin necesidad de hacer nada, ganará.


Así pues, ni un PSOE entregado a las exigencias de los mercados ni otro lanzado hacia las propuestas más radicales tiene, no ya posibilidades de vencer, sino legitimidad moral para hacer ninguna propuesta que deba ser considerada. La dirección de un incapaz como Zapatero está lanzando al votante socialista de centroizquierda en brazos de UPyD y al socialista radical al seno de IU. Ambos tienen la oportunidad de mejorar extraordinariamente sus resultados y saben que, para lograrlo, lo esencial es evitar pringarse con el PSOE tanto como se pueda. Es lo que está haciendo UPyD en los municipios donde son decisivos y es lo que está haciendo también IU, no en todos sitios, pero sí en algunos, como el muy relevante de Extremadura.

Paradójicamente, el único dispuesto a llegar acuerdos con los socialistas es el PP, que parece estar cuidando al PSOE de Zapatero como miman los matadores a esos toros bravos que embisten una y otra vez, pero que andan flojos de fuerza, para ver si les sacan una treintena de buenos muletazos.

El caso es que el número de indignados es limitado. Para IU son bastantes, pero para el PSOE son claramente insuficientes al objeto de compensar la sangría de votos que padece. De forma que si ya ni a los indignados puede recurrir Rubalcaba, ¿qué otro as guardará en la manga? No lo sé, pero sospecho que no le queda ninguno. Si es verdad que se le han acabado, el costalazo puede ser espectacular.


Libertad Digital - Opinión

Rebelión de hartazgo. Por Ignacio Camacho

Entre dos formas de suicidio político, los militantes extremeños de IU han elegido la que supone menos vasallaje.

LA tragedia de Izquierda Unida consiste en que si se aproxima al PSOE se suicida y si se aleja también. Por falta de un liderazgo consistente, que sólo tuvo cuando la dirigía Julio Anguita con todos sus defectos de mesianismo iluminado, ha sido incapaz de definir un discurso propio, un proyecto que vaya más allá de la satelización en torno al gran partido socialdemócrata. Así, cuando respalda a los socialistas queda fagocitada por éstos y cuando se niega a apoyarlos sufre una durísima campaña que le seca el voto de izquierdas bajo la acusación de favorecer al PP. La famosa pinza, un concepto victimista acuñado con éxito por una socialdemocracia que se considera a sí misma legitimada por la Historia como única fuerza real de progreso.

Obligados a elegir entre dos formas de probable suicidio político, los militantes extremeños de IU han optado por la que entienden que supone menos vasallaje. Como los antiguos jornaleros que defendían la dignidad de mandar en su propia hambre. Después de treinta años de aplastamiento bajo un régimen hegemónico, se han rebelado contra una obligación que no está escrita en ninguna parte. Ésa es la verdadera razón de su amotinamiento contra la orden central de apuntalar el gobierno de Fernández Vara: el hartazgo. No se trata tanto de una reivindicación ideológica de purismo izquierdista sino de una sacudida de orgullo soberano. De un profundo cansancio contra la humillación y la servidumbre. Del largo mandato socialista no han obtenido más que desprecio y ya no se sienten tributarios de nadie.

En ese arrebato de independencia hay más de protesta de dignidad que de estrategia política. Las bases de IU se han negado a hacer de costaleros —ellos dicen de mamporreros— de un partido que trabaja para liquidarlos, para absorberlos, para reducirlos a la nada política, y que sólo les hace la pelota cuando los necesita para seguir encaramado al poder. Izquierda Unida es una fuerza acostumbrada a la intemperie, pero el PSOE sufre fuera de los despachos porque su cohesión está ligada a la capacidad de mandar. De una manera instintiva, visceral, los miembros de la coalición comunista en Extremadura han decidido dar prioridad a su vocación rebelde y dinamitar el único régimen de dominancia que han conocido. Desde que se fundó la autonomía extremeña ha estado, como la andaluza, gobernada por el Partido Socialista, que pese al indiscutible progreso objetivo no ha sabido sacar a la región de la cola del desarrollo español. Ha sido el PSOE el que ha impuesto el clientelismo, la dependencia, la hiperinflación de cargos, el estancamiento social. Y el que durante años ha condenado a IU al extraparlamentarismo y ha aniquilado su disidencia. Al negarse a ser la bisagra de su continuidad, los hastiados militantes tardocomunistas no han hecho otra cosa que darse una oportunidad. No al PP, sino a sí mismos.


ABC - Opinión

Indignados. La izquierda carpetovetónica. Por José García Domínguez

¿Izquierda antisistema, el 15-M? Pero si es la Vetusta de Clarín tras levantarse de la siesta.

Entre los lugares comunes que, a fuerza de ser repetidos una y otra vez por los voceras mediáticos, alcanzan el estatus de necedad canónica, acaso el más extendido sea ése que pretende a España un país ontológicamente de izquierdas. Tan difundida resulta estar la especie que incluso los chamanes de cabecera de la derecha han terminado por aceptarla a pies juntillas. Una superstición, por cierto, muy óptima para tales estrategas áulicos, pues libera a esos devotos creyentes de la siempre penosa tarea de pensar. Dado que España es de izquierdas por ineluctable designio divino, el proceder para posibilitar la alternancia, barruntan, habría de consistir en un dontancredismo crónico. La norma de los frailes cartujos elevada a quintaesencia del marketing electoral.

Ocurre, sin embargo, que falla la premisa mayor del aserto. Así, no es que España sea de izquierdas, es que la izquierda sociológica, pese a sí misma, resulta ser profunda, castiza, arcaica, carpetovetónicamente española; española en el peor sentido de lo español. Por algo, desoladores, los resultados del sondeo del CIS a propósito de ese simulacro que luego darían en llamar reforma laboral. "¿Estaría usted de acuerdo con que se abaratara el despido si ello estimulara a los empresarios a crear más empleo?", se inquirió a los compatriotas de ese cuarenta por ciento largo de jóvenes condenados en sentencia firme al desempleo estructural. "No", fue la respuesta casi unánime de los encuestados.

Huelga decir que se trataba de los mismos que, ya indignados, vuelven a decir no, esta vez al pacto del euro, en calles y plazas. Al respecto, el empecinamiento del macizo de la raza en repudiar cualquier relación de eficiencia con la realidad nos abocaría a dos únicas salidas. Y es que, extramuros del euro, solo restan la peseta y el rublo. Retornar al aislacionismo tardofranquista con un revival de los billetes de veinte duros y el arancel Cambó. O romper con el mercado y avanzar con paso firme hacia el siglo XIX de la mano de Cuba y Corea del Norte. Porque ninguna tercera vía hay distinta de aquel mamotreto ful de Anthony Giddens que mora cubierto de polvo en las librerías de lance. ¿Izquierda antisistema, el 15-M? Pero si es la Vetusta de Clarín tras levantarse de la siesta.


Libertad Digital - Opinión

Cualquier anónimo. Por Gabriel Albiac

La voz es sólo eco multiplicado, que no viene de ninguna parte. Viene de todas: ¡Bye, Bye, Rubalcaba!

LO malo de lo nuevo es lo deprisa que envejece. Por eso Beau Brummell, que inventó al dandy, no se ponía jamás ropa que no hubiera sido previamente estrenada por alguno de sus criados. Lo nuevo apesta. Porque se pudre muy deprisa. Y deja la melancolía de lo que pudo ser: lo que no fue, porque nunca pudo serlo.

El 15 de mayo de 2011 tuvo lugar una movilización inesperada. No un movimiento. En eso está su belleza. Eso hizo que todo aquel que quiso abrir los ojos quedara entre estupefacto y fascinado. Ni lo uno ni lo otro —asombro o fascinación— son conocimiento. Pero, en esta jodida caída continua en lo más gris que es la vida española, uno busca agarrarse a lo que sea para no morirse de asco antes de que el estampido final contra el fondo del abismo nos mate a todos de ruina. Yo —como tantos de mi edad— hubiera dado media vida por tener los años —y las neuronas nuevas— de quienes, desde la red, fulguraron la jugada de vértigo informático que puso, sin organizaciones sindicales ni políticas mediando, a una muchedumbre de desconocidos en la calle. Lo otro, la acampada de Sol y su posterior descomponerse, ya me lo sabía: era cosa de aquel viejo mundo que se extingue conmigo y con los de mi edad. Me eran simpáticos. En buena parte, porque ni se daban cuenta de lo viejos que eran. La progresiva degradación de la asamblea, la podía prever cualquiera con un mínimo de experiencia en eso. Afortunadamente, los más inteligentes se replegaron en la noche del 22 de mayo, justo después de las elecciones. Para retornar a la red, que es el único lugar en el cual ningún Fouché pueda meterles mano. Y desde donde podrán emerger súbitamente siempre que tiempo y circunstancias les sean propicios.


No se les debe confundir con el residuo muerto que quedó varado en la Puerta del Sol. Aún menos con los pequeños comandos que actuaron en Barcelona hace diez días, como habían venido actuando desde hace, al menos, un par de decenios, al abrigo de una autoridad municipal que siempre los consideró parte del arsenal sociológico que, convenientemente infiltrado, nunca plantearía problemas de fondo insolubles.

Interior actuó… No contra los que incomodaban al vecindario en Sol o se liaban a tortas en Barcelona. Contra Anonymous, esa no-organización que a ningún ciudadano de a pie ha incomodado en lo más mínimo. Uno rara vez yerra al elegir al enemigo. Rubalcaba sabe que el coste electoral de los que acampan o de los que le atizan al político catalán es, para él, cero. En el peor de los casos. Rentable incluso, si la infiltración sabe moverlos del modo más adecuado: léase el aleccionador Agente secreto de Conrad. Lo de la red es otra cosa. Y el ministerio, al servicio de la candidatura Rubalcaba, pudo experimentarlo a las 24 horas de «descabezar» a Anonymous: la mayor serie de ataques DDos desencadenada por los «cualquiera» que adoptaban un nombre —un no-nombre— tras el cual no hay organización a la cual golpear. Sólo un deseo difuso de ser libre. Lo único que —por ser tan deliciosamente antiguo— no envejece. Anonymoussonríe. Como Odiseo, es Nadie. Y nadie se ríe tras la careta. La voz es sólo eco multiplicado, que no viene de ninguna parte. Viene de todas: ¡Bye, Bye, Rubalcaba!


ABC - Opinión

Izquierda rota e indignada

La profunda crisis que padece la izquierda política y social española quedó ayer nítidamente reflejada en dos episodios muy diferentes: la manifestación de los «indignados» en Madrid y en otras ciudades como Barcelona, Valencia y Sevilla, y la decisión de Izquierda Unida de Extremadura de no apoyar un Gobierno socialista al frente de la comunidad, lo que supondría el punto final a casi treinta años de régimen unipartidista. Este cambio vendría a sumarse al acaecido en Castilla-La Mancha, otra comunidad históricamente gobernada por el PSOE. El relevo en Extremadura, de culminarse, no sería una cuestión menor cuyos efectos se limiten al ámbito regional. Sería, ante todo, el diagnóstico inapelable de la escombrera ideológica en la que se han convertido el socialismo y la izquierda radical, incapaces de afrontar los tiempos de crisis con una mínima garantía de éxito y credibilidad. Más aún, el caso extremeño expresa el coletazo agónico de IU para preservar su identidad y su autonomía frente al hermano mayor socialista. Después de ocho años actuando como sumisa comparsa, muchos dirigentes provinciales de la formación comunista han decidido terminar con la pleitesía como única forma de sobrevivir, pues ¿de qué sirve votar a IU si, a la postre, sus representantes se entregan servilmente al PSOE? Todo apunta, por tanto, a que la izquierda radical ha optado por romper amarras con los socialistas, como hizo Julio Anguita en los años 90, y reivindicar su propio camino sin hipotecas ni traiciones. Lo cual obligará al PSOE a reinventar un nuevo discurso y a apostar entre la moderación o la radicalidad. En este dilema contará muy mucho el movimiento de los «indignados», que ayer volvió a ofrecer en Madrid una demostración de fuerza nada desdeñable. Y, también de nuevo, se puso de manifiesto que se trata de una movilización de la izquierda sociológica que se siente huérfana y desasistida por quienes son sus dirigentes políticos naturales. Resulta muy elocuente que una de las protestas más coreadas ayer fuera contra el Pacto del Euro, al que los «indignados» tachan de injusto y discriminatorio. Pacto, por otra parte, que el Gobierno del PSOE apoya, sostiene y secunda con el elenco de reformas que ha puesto en marcha. Por lo demás, tampoco conviene caer en espejismos ni perder la perspectiva ante las movilizaciones «indignadas». Las cifras oficiales apuntaron que se manifestaron en toda España 125.000 personas. Sin embargo, no es ocioso recordar que el 22 de mayo fueron 20 millones los ciudadanos que se movilizaron para votar a sus representantes legítimos. Entre los deseos de los primeros y la voluntad de los segundos no hay comparación posible ni equiparación democrática. Lo «misterioso» es que los «indignados» no dirijan su irritación hacia el Gobierno y el partido que han llevado a España a la situación actual, y diluyan las responsabilidades de éstos metiéndolos en el mismo saco con el PP. Pues bien, si las elecciones en las que participaron 20 millones de votantes han decidido confiar en el PP, los pocos miles de «indignados» tienen la obligación de respetar la voluntad popular, verdadera democracia real. Y las reclamaciones, al maestro armero de la izquierda.

La Razón - Editorial

Extremadura, la puntilla del PSOE

Tras perder todo el apoyo popular y todo el poder institucional, prejubilar a su presidente y quedarse sin la confianza de Bruselas y de los mercados, sólo queda que los españoles se pronuncien y pongan fin a la agonía sinsentido de este Gobierno.

Después de que el Consejo Regional de IU en Extremadura haya decidido no dar su apoyo a Guillermo Fernández Vara en la próxima sesión de investidura a presidente de la autonomía, parece que el PP de José Antonio Monago gobernará por primera vez la región en 28 años. El cambio, que debe analizarse junto al de Castilla-La Mancha, merece sin duda el calificativo de histórico, pues el socialismo desparecerá de dos de sus feudos tradicionales, en los que ya se había convertido en una enfermedad endémica.

Será el momento de practicar la austeridad y de introducir auténticas reformas liberalizadoras que acerquen a estas regiones al resto de España y será el momento, también, de levantar todas las alfombras para conocer el estado real de sus cuentas públicas y de romper cuantas redes clientelares haya ido tejiendo el PSOE durante tres décadas.

Pero sería algo propio de miopes si no viéramos la trascendencia nacional que posee el acceso del PP al Ejecutivo de la Junta de Extremadura. Tras el revés de IU, el PSOE habrá perdido todos los gobiernos autonómicos en las elecciones del pasado 22-M. Los españoles presentaron una moción de censura en las urnas tan flagrante que ni siquiera los naturales aliados de izquierdas de los socialistas quieren acercarse al tóxico partido de Zapatero y Rubalcaba.

En unos días, extremeños, asturianos, castellano-manchegos, cántabros, baleáricos y aragoneses se habrán librado en sus regiones del nefasto mando de los socialistas. Falta ahora que todos los españoles podamos zafarnos del Ejecutivo más devastador, desacreditado e impopular de la historia de nuestra democracia. Tras perder todo el apoyo popular y todo el poder institucional, prejubilar a su presidente y quedarse sin la confianza de Bruselas y de los mercados, sólo queda que los españoles se pronuncien y pongan fin a la agonía sinsentido de un Gobierno que está degenerando en la agonía de toda la Nación.


Libertad Digital - Editorial

Extremadura, símbolo del cambio

Ya no hay territorios «seguros» para un Partido Socialista que, incluso en sus feudos, sufre una profunda crisis de identidad y credibilidad ante los electores.

TRAS la decisión del órgano regional de gobierno de IU, y si no se produce ningún imprevisto en contrario, el popular José Antonio Monago presidirá la Junta de Extremadura. La abstención de los tres diputados que podrían haber inclinado la balanza a favor de Guillermo Fernández Vara supone un hito histórico para una región que los socialistas vienen considerando como un «feudo» político y en la que han gobernado desde que comenzó la andadura autonómica. Culmina así un cambio radical del mapa político en materia de poder territorial. El 22-M ha demostrado que los ciudadanos reclaman la salida cuanto antes de Rodríguez Zapatero, en el marco de una situación de emergencia económica y con una legislatura agotada. Como se demostró en Castilla-La Mancha y según anticipan las encuestas en Andalucía, ya no hay territorios «seguros» para un socialismo que sufre una profunda crisis de identidad. De hecho, Fernández Vara procuró marcar distancias en todo momento con el presidente del Gobierno, pero tampoco así se pudo librar del voto de castigo. En este contexto, el nombramiento por el Consejo de Ministros del pasado viernes de Rodríguez Ibarra como miembro del Consejo de Estado es fiel reflejo de que se buscan salidas a todas prisa para salvar los restos del naufragio.

Mariano Rajoy ha puesto la guinda a su éxito en las elecciones autonómicas y locales con este meritorio triunfo de los populares extremeños, que alcanzaron un gran resultado en las urnas. También los dirigentes regionales de IU ofrecen una imagen de independencia frente a las presiones del poder central de una agrupación política que —curiosamente— presume de funcionar con criterios federales. El PSOE ya no tiene a su izquierda a un aliado sumiso con el que puede contar cada vez que lo necesite. Además, el cambio se consuma también en Aragón, tras el pacto entre PP y PAR, que llevará a la presidencia a Luisa Fernanda Rudi. Así las cosas, crece el clamor por el adelanto electoral, ya que España no se puede permitir una agonía política que responde estrictamente a los intereses oportunistas del PSOE. Extremadura es a partir de ahora un símbolo inequívoco del cambio de ciclo, porque la democracia ofrece un mecanismo evidente para conocer la voluntad del pueblo, titular único de la soberanía. En efecto, los ciudadanos hablaron alto y claro el 22-M y ahora es imprescindible que su voz se escuche cuanto antes para poner fin a una situación insostenible.


RESTO del ARTICULO

ABC - Editorial