jueves, 3 de febrero de 2011

Moncloa, la foto de un país en paro

Sea cual sea el discurso público de Merkel en España, confirmará el análisis de que son necesarias nuevas reformas, urgentes y profundas.

TODAS las ilusiones del Gobierno puestas en la foto de la firma del Acuerdo Social y Económico con sindicatos y empresarios quedaron deshechas a primera hora de ayer, en cuanto se conoció que el desempleo registrado en enero había aumentado en más de 130.000 personas. Esta cifra, sumada a la Encuesta de Población Activa del pasado año, describe el peor escenario de desempleo en la historia reciente de España. Y es, además, un dato que desarma los argumentos del Gobierno a favor de las medidas económicas y laborales de 2010. Sin paliativos ni eufemismos, la situación del paro es catastrófica y no admite los bálsamos habituales del Gobierno, con comparaciones retrospectivas o estacionalidades. Se están combinando los peores factores posibles: inflación, desempleo, incertidumbre; y el Gobierno todavía pronostica que a final de año se habrán creado entre 50.000 y 100.000 empleos. En este contexto, el Gobierno arrancó la foto de la firma a un acuerdo social que solo tiene compromisos concretos y plazos precisos en materia de pensiones, pero que es una mera declaración de intenciones en los demás capítulos de políticas activas de empleo o de política industrial, energética y de innovación.

Sin duda, nada de pacto histórico ni de imagen de los Pactos de la Moncloa, porque faltaban los representantes de los grupos parlamentarios. Evidentemente, la reforma de las pensiones era el núcleo de este pacto y hay que considerarlo necesario y oportuno, al margen de que haya extremos claramente mejorables. En lo demás, el acuerdo es una puesta en escena sin contenido, incapaz de compensar el brutal ascenso del desempleo, que es el principal problema para empezar a recuperar la economía. Además, la Seguridad Social sigue perdiendo cotizantes. Más de dos millones ha perdido entre 2008 y 2010, hasta situarse en poco más de 17.300.000 afiliados. Por mucha reforma de las pensiones que se pacte, si el sistema de financiación no genera ingresos, seguirá en situación de riesgo. La canciller alemana, Angela Merkel, se encontrará hoy cuando llegue a España con el país más castigado por el desempleo en la Unión Europea. Sea cual sea su discurso público —de confianza y apoyo a nuestro país, con toda seguridad—, confirmará el análisis generalizado de que son necesarias nuevas reformas, urgentes y profundas, en la estructura fiscal, económica, laboral y administrativa de España.

ABC - Editorial

miércoles, 2 de febrero de 2011

Renegar de las autonomías. Por Edurne Uriarte

Al PSOE de Zapatero le pasa con el sistema autonómico algo parecido a lo ocurrido con la economía. Que no se ha enterado o que no se ha querido enterar de la crisis, que ha mirado hacia otro lado, que se ha instalado en un mundo imaginario. Y cuando los hechos, el despilfarro autonómico, la desigualdad, la insolidaridad, el permanente conflicto nacionalista, se han instalado en la percepción social y el debate es inevitable, el PSOE ha respondido con tres movimientos de impotencia en el Manifiesto Autonómico del fin de semana.

El primero, la defenestración de la crítica. Con la identificación de los críticos con opositores al sistema autonómico, con centralistas, con renegados. «No es hora de renegar del Estado de las Autonomías», dice el Manifiesto, en un argumento que equivale a colocar en el bando de los renegados de la democracia a quienes pidan, por ejemplo, una reforma del sistema electoral, una reforma constitucional, o, simplemente, un recorte de gastos de los políticos.


El segundo, la grosera confusión entre sistema autonómico y democracia, como si el primero fuera condición esencial del segundo, enviando así a la hoguera de los autoritarismos o de las democracias imperfectas a todos los países centralizados.

El tercero, la entonación de loas al sistema autonómico completamente aisladas de los hechos y de los datos. Sobre todo, cuando el Manifiesto destaca que tal sistema ha garantizado la cohesión social y territorial de España y ha contribuido a la igualdad de los ciudadanos.

Y todo lo anterior en un momento agónico del socialismo de Zapatero en el que la supuesta magnífica salud del sistema autonómico va a tener su reflejo en una escalada de nuevas reivindicaciones de CIU a las que Zapatero va a decir que sí. Porque fortalecen la «cohesión social y territorial de España» y la «igualdad de los ciudadanos» que diría el Manifiesto socialista.


ABC - Opinión

Autonomías. La verdad siempre duele. Por Pablo Molina

Que somos un país pobre y pequeño que no puede permitirse la existencia de diecisiete bandas de derrochadores es tan evidente que incluso el político español medio, tan proclive a la pereza intelectual, podría entenderlo a poco que se esforzara.

Resulta divertido asistir a los esfuerzos de los políticos profesionales del PP situados en sus mandarinatos territoriales por aparentar que el Estado autonómico no es ningún problema para el conjunto de España. De sobra saben que las autonomías son la losa más pesada para el progreso común y el pecio institucional que lastra nuestras posibilidades de prosperar siendo competitivos con el resto del mundo, pero ante la posibilidad de perder sueldos, regalías y cargos oficiales, todos prefieren cantar la palinodia a la Nicolasa por el acierto de su Título VIII, gracias al cual todos ellos, con sus familias y allegados, evitan los rigores de la crisis que azota a los demás.

El documento de la FAES y el discurso de Aznar sobre este grave problema han sido determinantes para que en las autonomías controladas por el PP, el partido al que supuestamente nutre de ideas esa misma fundación, se haya producido un cierto seísmo institucional tras el cual la valiente infantería del partido ha decidido salir a la palestra a defender sus privilegios.


Con Feijóo de abanderado, los mismos políticos del PP que ayer mostraban orgullosos a las visitas su nacioncitas y apoyaban su reconocimiento como tales en los respectivos estatutos de autonomía, dicen ahora que ha sido todo un malentendido y que las autonomías son muy útiles para preservar la unidad de España (sic). La secretaria general del PP, una voluntariosa María Dolores de Cospedal, no ha perdido tampoco la ocasión de cantar las alabanzas autonómicas exigibles al cargo que desempeña, porque, al parecer, las autonomías vertebran muy bien al país. Es una pena que muchos recordemos, por ejemplo, su insistencia en acabar con el trasvase Tajo-Segura, que permite a las regiones limítrofes sobrevivir con el agua que sobra en Castilla-La Mancha, ejemplo escasamente vertebrador y de una dimensión solidaria ciertamente exigua, a pesar del ataque de homogeneidad territorial que parece haberle sobrevenido al leer los primeros párrafos del discurso de su ex jefe.

Que somos un país pobre y pequeño que no puede permitirse la existencia de diecisiete bandas de derrochadores es tan evidente que incluso el político español medio, tan proclive a la pereza intelectual, podría entenderlo a poco que se esforzara. Con un territorio superior a España y un PIB ligeramente mayor que Canadá, el estado de Texas funciona con una cámara compuesta por 31 senadores que se reúne en pleno el tiempo justo para aprobar las leyes de cada legislatura. En España no tenemos exactamente 31 políticos para que gestionen nuestros miniestados sino 2.985 entre parlamentarios autonómicos, diputados provinciales, miembros de cabildos y consejos insulares, sin olvidar a los imprescindibles 13 consejeros del Valle de Arán, a los que hay que sumar las varias decenas de miles de altos cargos con que cuentan en su conjunto las diecisiete autonomías. Si sólo tuviéramos que pagar su sueldo, dietas y jubilación el problema sería relativo, pero resulta que todos ellos manejan presupuestos elefantiásicos, tanto para nuestra capacidad financiera como para sus merecimientos personales, lo que hace insostenible este estado de cosas por mucho más tiempo.

Los políticos profesionales no van a admitir jamás que el invento autonómico es el motivo de que seamos un país miserable y bastante asquerosito en términos políticos. Los de izquierdas porque no creen en la unidad de España, los nacionalistas porque odian al país al que pertenecen y los centro-reformistas porque tienen miles de ociosos a los que mantener. ¿La solución? Pues naturalmente emigrar a Texas. Antes de que no nos quede ni para pagar el billete de avión.


Libertad Digital - Opinión

El retablo de las maravillas. Por José María Carrascal

De lo que se trata, a fin de cuentas, es de engañar al personal, que asiste resignado al espectáculo.

PRIMERO, lo estropea. Luego, intenta arreglarlo, sin conseguirlo del todo. Lo que no le impide vendérnoslo como un gran triunfo. Esa es la forma de gobernar de José Luís Rodríguez Zapatero, el socialista más brillante de la historia, según José Blanco. Cuanto toca, sea político, económico o social, lo hace polvo. Pero se las arreglará para convertirlo en foto apoteósica, como la que nos venderá hoy en la Moncloa. Así, una y otra vez, repitiendo siempre el mismo truco, incluso con su propia persona. Le habíamos dado por muerto en Zaragoza, con todos los honores de los funerales de Estado, y se nos apareció en TVE, anunciando lo de siempre: que empezará a crearse empleo en la segunda mitad de este año, para aumentar el siguiente. Olvidando que no se crea empleo hasta que la economía no crece más del 2,5 por ciento, lejos de las previsiones para España, a lo que se añaden factores tan negativos como la subida de la inflación, el dispararse de los precios del petróleo y la inestabilidad del mundo árabe, que restarán dinero a los españoles, frenarán las inversiones y aumentarán las desconfianza. Pero ¿qué importa eso a un hombre que nos dice un día que ha comunicado sus planes sucesorios a dos personas, y el siguiente, que ni se plantea la cosa? ¿Qué importa a unos autodenominados «agentes sociales» cuyo principal interés es no perder los privilegios que vienen disfrutando? Lo importante, como dijo Zapatero a Mohamed VI en la entrevista fantasma que tuvieron en la ONU, «es la foto», como la que hoy va a hacerse con todos ellos en Moncloa, y, mañana con Frau Merkel, la ayer perdedora, hoy agasajada.

De lo que se trata, a fin de cuentas, es de engañar al personal, que asiste resignado al espectáculo, mientras discute si la Liga está o no sentenciada, lo único real en este retablo de las maravillas en que maese José Luis ha convertido España, donde todo es farsa.

Para decidir si reeligen a su presidente, los norteamericanos suelen hacerse la pregunta: «¿Estoy mejor o peor que cuando llegó a la Casa Blanca?» Si los españoles nos hiciéramos esa pregunta, la respuesta sería apabullante a favor de jubilar al nuestro, no importa la cuantiosa e inmerecida pensión que le espera. Pero, o no nos la hacemos o nos ha convencido de que con fotos se arreglan nuestros problemas. De ahí que prefiera otra pregunta, aquella de «¿Compraría usted el coche usado de este hombre?», que aparecía en un cartel con la foto de Richard Nixon. Hay españoles, como José Blanco, Manuel Chaves y Alfredo Pérez Rubalcaba, que comprarían un coche usado a Zapatero, por ser el suyo. El resto se expone no ya a que el coche no arranque, sino que ni siquiera exista.


ABC - Opinión

Magreb. Vísperas egipcias. Por José García Domínguez

Compete al intervencionismo decidido de Occidente, supremo tabú de nuestras plañideras antiimperialistas, evitar la matanza que se cierne en el ambiente: es el único camino, soslayar el respeto hipócrita a las soberanías nacionales.

Inane con tal de explicar ese furor iconoclasta que se ha instalado de la calle árabe, Europa ha dado en echar mano del arsenal de lugares comunes, mentiras piadosas y fantasías quiméricas que siempre guarda en el botiquín para urgencias como ésta, en las que no tiene nada que decir. De ahí que a estas horas atisbemos a los expertos de guardia aferrándose como a clavo ardiente al pretendido efecto insurreccional de Twitter, Facebook y demás juguetes virtuales, al modo de una pandilla de imberbes adictos a las videoconsolas. Así, según nos cuentan, el motor de la Historia ya no es la lucha de clases, sino cualquier chat de internet administrado con el brío pertinente por un quinceañero con el rostro poblado de acné.

Por cierto, papanatismo tecnológico, el suyo, idéntico al que quiso atribuir el triunfo de la Reforma de Lutero a Gutenberg y su imprenta de tipos móviles. Como si aquel fraile díscolo hubiese sido algo más que carne de hoguera sin el amparo del Gran Elector de Sajonia. Simultáneo, el otro mito que condimenta el relato de los enterados es un clásico, el de la revolución. Como si tal leyenda en verdad hubiera acontecido alguna vez. Como si a estas alturas del fin de las ideologías aún no supiéramos que eso que llaman "pueblo" apenas supone mero decorado ornamental en los juegos de poder. Y es que la revolución, aquel viejo sueño decimonónico, ni existe ni jamás ha existido.

Al respecto, en Egipto, igual que en todo tiempo y lugar, las masas son como un ciego con una pistola; huérfanas de una elite dirigente que las conduzca y domine con temple férreo, solo aciertan a provocar desastres. No hace falta haber sido bolchevique para dar fe de ello. Por lo demás, en el carrusel de cleptocracias coronadas por el carnicero de turno que infesta el Mediterráneo oriental únicamente se atisban dos fuerzas organizadas: el ejército y la embajada de los Estados Unidos. Razón última de que competa al intervencionismo decidido de Occidente, supremo tabú de nuestras plañideras antiimperialistas, evitar la matanza que se cierne en el ambiente. Es el único camino, soslayar el respeto hipócrita a las soberanías nacionales y convenir desde el exterior una transición pacífica con los centuriones. Ojalá.


Libertad Digital - Opinión

Sueldo en riesgo. Por Gabriel Albiac

La elecciones autonómicas son la mayor agencia de colocación de este país. Con enorme diferencia.

ARRUINADOS. A la espera de la ayuda de una Europa casi en ruina. Humildes ante el fugaz paso de una Angela Merkel que bastante tiene con convencer a sus conciudadanos de que no suelten a plomo el lastre de esa Europa en la cual España es el mayor peligro. Un endeudamiento imposible, una irregularidad financiera (la de las Cajas) mastodóntica y la ausencia de un Estado moderno al cual suplen diecisiete cosas casi feudales y carísimas, hacen hoy a España inviable. Dentro, como fuera de la UE.

Arruinados, y sin mover un dedo. Las sucesivas directrices dictadas desde Bruselas al gobierno español han ido siendo pospuestas. Apenas si algo de su retórica se fue filtrando en el angélico discurso del mejor de los mundos posibles, que es el de Zapatero. Pero esas duras medidas quirúrgicas, sin las cuales la gangrena devorará por completo la economía y la sociedad española, siguen sin haber sido ni siquiera planificadas. En lugar de eso, el gobernante (es un decir) partido socialista sólo exhibe una preocupación: quién será su candidato en las elecciones generales de dentro de algo más de un año. Como si al común de los ciudadanos, con un pie en el abismo de la pérdida de su vivienda por impago de hipoteca y otro en la desesperación de no saber qué va ser de su fuente de ingresos el mes que viene, la historia del reparto de prebendas entre caciques del PSOE le importara una higa.


Marcando una sanitaria distancia, el partido de la oposición hace todo para volverse invisible. Está bien, probablemente, si de lo que se tratara fuera sólo de ganar unas elecciones. Pero quien quiera que vaya a gobernar en España durante los durísimos años que vienen, tiene que ser muy claro ante sus electores; no prometer lo imposible, no repetir la burla del futuro luminoso con la cual los socialistas han llevado a España a su peor atolladero de medio siglo. Quien quiera que sea ese que aspire a gobernar en el páramo que dejará tras su salida Rodríguez Zapatero debe explicar ya el amargo coste a pagar por estos ocho años de utopía iletrada. De la ruina no se sale con el cambio de gobierno. De la ruina se sale, en todo caso, a condición de que un gobierno sepa aplicar las medidas más antipáticas: barrido de sectores no productivos, clausura de las ruinosas comunidades autónomas, control de las finanzas de los partidos.

Lo triste es que todos perdamos el tiempo en enigmas de risa. ¿Tiene hoy relevancia saber cuál será el sujeto que haga el papelón de encabezar las listas del PSOE en las elecciones generales? No, ninguna. Lo que se juega, en realidad, en la charada que estos días representan los feudales señores socialistas, es mucho más inmediato. Ni a Griñán, ni a Fernández Vara, ni a Álvarez Areces se les da un ardite el desastre electoral de 2012. Lo suyo —su sueldo y el de su nutrida clientela— se juega dentro de tres meses. La elecciones autonómicas son la mayor agencia de colocación de este país. Con enorme diferencia. Una contabilidad que diera el número exacto de políticos locales que no vivieron nunca más que de eso, dibujaría el mejor retrato de nuestra democracia: empleo. Arbitrario, estable empleo de los peores, de los más sumisos. Empleo suculento, que pagamos todos.


ABC - Opinión

Rubalcaba. El sumario Faisán. Por Ignacio Gil Lázaro

España no se merece un vicepresidente primero y ministro del Interior cercado por la sospecha. El caso Faisán pende sobre su cabeza porque un juez marca ya el camino a recorrer.

La decisión del juez Ruz de incoar sumario por presuntos delitos de colaboración con organización terrorista y revelación de secretos por parte de autoridad o funcionarios públicos en el llamado "caso Faisán" supone un triunfo del Estado de Derecho frente a las turbias maniobras de Rubalcaba. El vicepresidente primero y ministro del Interior ha tratado de conseguir por todos los medios que quedara oculta la verdad de lo que sucedió aquel 4 de mayo de 2006 cuando la operación prevista para ejecutar ese día contra la red de extorsión etarra se vio frustrada como consecuencia de un chivatazo dado al recaudador de los terroristas.

Un vil chivatazo por el cual están judicialmente imputados el entonces director general de la Policía, el jefe superior de Policía del País Vasco y un inspector. No obstante, es lógico deducir que estas tres personas no pudieron meterse en ese berenjenal sin recibir órdenes superiores. Corrían los tiempos de la negociación del Gobierno con ETA en el marco de aquel entuerto detestable que dieron tramposamente en denominar "proceso de paz". Un engendro vergonzoso que supuso una gravísima marcha atrás en la lucha democrática contra los asesinos, una ofensa sangrante a la memoria de las víctimas y un insulto a la dignidad colectiva de la sociedad española.

Así las cosas, la apertura del sumario coloca a Rubalcaba en una posición muy difícil porque ya no puede controlar los acontecimientos procesales subsiguientes ni tiene margen tampoco para seguir diciendo en sede parlamentaria que el chivatazo nunca existió y que hacer referencia a él constituye un insulto a la Policía. Por el contrario, la instrucción sumarial ha de permitir averiguar quién decidió en última instancia que se ejecutara la acción, por qué y hasta si –más allá de los actuales imputados– hubo o no otros funcionarios policiales que jugaron en todo esto un doble papel para servir espurios intereses políticos. Basta pensar en el heroico esfuerzo permanente de miles de hombres y mujeres de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en su lucha contra el terrorismo etarra para entender que es preciso que penal y políticamente se sustancien todas las responsabilidades de este escándalo.


La apertura de sumario refuerza esa exigencia y esa esperanza. Por ello todos los sindicatos del CNP han respaldado unánimemente la decisión del juez. Que la Fiscalía modifique su criterio y apoye la práctica de nuevas diligencias orientadas a averiguar quiénes eran los usuarios de tres teléfonos adscritos a la Subsecretaría del Ministerio del Interior pone en entredicho a quienes protagonizaron la investigación inicial, dado que ni siquiera mencionaron la existencia de los mismos en su informe. Un extraño olvido que requiere su esclarecimiento absoluto en tanto en cuanto resulta tan inexplicable como inaudito.

En definitiva la mentira tiene siempre un recorrido muy corto y termina por actuarse contra aquél que la promueve. Desde el 14 de octubre de 2009 –casi semana tras semana– Rubalcaba ha intentado desvirtuar los hechos para engañar al Congreso de los Diputados y a la opinión pública. Hasta el momento no ha querido dar explicaciones haciendo gala de una desfachatez sin límite. Sin embargo finalmente el Diario de Sesiones le delata.

España no se merece un vicepresidente primero y ministro del Interior –supuesto aspirante a más dentro del escalafón socialista– cercado por la sospecha. El caso Faisán pende sobre su cabeza porque un juez marca ya el camino a recorrer. En estos momentos el Gobierno no puede dar carpetazo al chivatazo tal y como ha intentado hacer durante los últimos cuatro años. Hoy cabe recordar de qué forma el juez Garzón entretuvo dormido el asunto durante un trienio o cómo el Ministerio Público demostró muy poco celo inquisitivo en ese periodo de tiempo en el que algunos pensaron que todo quedaría sepultado en el olvido. El castillo de naipes se viene abajo. Quizá muy pronto determinados "olvidadizos" comiencen a recuperar la memoria de todo lo que ocurrió. Los imputados en la causa es lo mejor que podrían hacer en su propio beneficio y ante su posible procesamiento. Sería también una manera de saldar la deuda que tienen pendiente con sus compañeros y con España. Ese es el escenario que cada vez más inquieta a Rubalcaba.


Libertad Digital - Opinión

La inspectora. Por Ignacio Camacho

Todos firmes ante Frau Merkel, con los deberes apenas acabados en el clásico arreón final de mal estudiante.

TODOS firmes, que mañana viene la inspectora a pasarle el algodón al reformismo sobrevenido de Rodríguez Zapatero y a escenificar quién manda de verdad en España. Firmes y con los deberes visibles sobre la mesa: la reforma laboral, el retraso de la jubilación, la reconversión de las cajas y ese pacto social cerrado apresuradamente de madrugada como en el clásico arreón del mal estudiante. Banqueros, empresarios y políticos deben presentarse ante Frau Merkel con sus mejores galas, los zapatos lustrados y la lección bien aprendida sin fisuras ni titubeos; la menor vacilación nos puede costar unos puntos de diferencial en los bonos de deuda. Nunca se había visto en España una cosa igual desde que Eisenhower llegó con el cargamento de leche en polvo; ni siquiera cuando Aznar se entregó con rendida solicitud a los planes de los halcones de Washington. Bush no tuvo que venir de inspección, pero él no nos pagaba los cheques.

El espectáculo de pleitesía a las directrices germanas es tan lastimoso como inevitable. Desde mayo pasado España es de hecho una economía intervenida por un directorio. Es Alemania la que dirige, junto a Francia, el concierto europeo con la batuta que le proporciona una férrea política anticrisis capaz de levantar en un año siete puntos de crecimiento (de menos cuatro a más tres). Es Alemania la que sostiene la deuda que nos permite apuntalar la ruina del Estado. Y es Alemania, por tanto, la que impone condiciones de ajuste bajo la amenaza de bajar el pulgar y dictar un calamitoso rescate. El precio de su ayuda es una cesión de soberanía en términos clamorosos, rematada con el humillante estrambote de la oferta de miles de cualificados puestos de trabajo para nuestras clases universitarias, desamparadas por el horizonte cerrado del mercado laboral español. A falta de una auténtica federalización de la política europea se imponen los hechos consumados de la potencia hegemónica. Y la «fracasada» Angela Merkel se desplaza a comprobar in situ los progresos del alumno que hace apenas un año se atrevió a dar lecciones públicas sobre cómo superar la recesión desde la socialdemocracia. Un simple enarcado de cejas de la canciller nos mandaría directamente a la quiebra.

Eso es lo que hay. Quizá pudo haber sido de otra manera menos ignominiosa si Zapatero no hubiese procrastinado en sus obligaciones durante los dos primeros años de la crisis. Si no hubiese menospreciado el alcance de la calamidad. Si no hubiese pactado con los sindicatos para impedir las reformas que al final ha tenido que abordar por las bravas. Si no hubiese emprendido desastrosas derivas de gasto público. Si se hubiese enterado de algo, en fin, de lo que le rodeaba. Ahora toca examinarse de repesca; aprobaremos, a trancas y barrancas, porque a Alemania tampoco le conviene volver a pasar revista en septiembre.


ABC - Opinión

Plaza de la Liberación

La bravura que muestran los egipcios exige una apuesta rotunda de las potencias democráticas

Egipto vivió ayer una de las jornadas más importantes de su historia como país independiente. Según reconoció Mubarak en un discurso de última hora al país, el régimen egipcio no seguirá siendo el mismo después de que miles de manifestantes tomaran la plaza cairota de Tahrir. La república vitalicia no será ya la república hereditaria en que pretendía convertirla Mubarak, tras anunciar que no se presentará a las próximas elecciones. Ante la pasividad del ejército, que calificó de legítimas las protestas, y una decreciente beligerancia de la policía, los manifestantes parecen dispuestos a continuar en la plaza hasta que Mubarak abandone la presidencia.

La formidable convulsión política que vive el mundo árabe obliga a tomar partido entre las aspiraciones de libertad y de progreso de unas poblaciones sojuzgadas y el complejo juego de intereses, tanto internos como internacionales, que han mantenido en el poder a sus tiranos. A favor de Mubarak se han pronunciado hasta ahora aquellos autócratas árabes que ven en su suerte la que podrían correr ellos. También el Gobierno de Benjamín Netanyahu y el presidente Simón Peres, guiados por una interpretación limitada, cortoplacista y seguramente equivocada de los intereses de Israel. Al menos de manera expresa, no ha sido el caso de Estados Unidos ni de la Unión Europea, que, pese a los temores y las incertidumbres que despierta en sus diplomacias el proceso en curso, han optado por exigir una transición ordenada y la celebración de elecciones libres y con garantías -el presidente Obama le pidió ayer a Mubarak que no vuelva a ser candidato-. Europa ha tardado demasiado en adoptar esta posición, pero constituiría un grave error que, una vez adoptada, no perseverase en ella.


Las necesarias cautelas ante un proceso de incierto desenlace no pueden hacer, sin embargo, que se confunda la opción que merece el apoyo y la que no. Las aspiraciones de los manifestantes no deben ser defraudadas por el hecho de que Hosni Mubarak represente la continuidad de un statu quo con el que la comunidad internacional ha convivido hasta ahora sin hacerse demasiadas preguntas, negándose a ver la trágica realidad que provocaba en Egipto. Miseria, corrupción y falta de libertades no es un precio aceptable a cambio de ninguna cooperación, sobre todo cuando son otros, en este caso los egipcios, quienes deben pagarlo.

Las incógnitas del momento están colocando en el primer plano político a figuras egipcias de reconocido prestigio internacional, como Mohamed el Baradei, Amr Musa o el premio Nobel Ahmed Zewail que, llegado el caso, podrían asegurar la transición hasta unas elecciones. Estados Unidos ya ha comenzado a hablar con el antiguo director general de la agencia de la ONU para la energía atómica. Pero es difícil aceptar que el papel de cualquiera de estas figuras debiera ir más allá de asegurar esa transición, puesto que ni siquiera su relevancia internacional puede sustituir lo que los manifestantes están exigiendo en la plaza de La Liberación y en otras ciudades egipcias: el derecho a elegir a sus gobernantes. Si estas figuras tienen hoy un espacio es, sencillamente, porque Mubarak no goza siquiera de credibilidad para llevar al país al que ha maltratado durante décadas hasta unas elecciones democráticas.

Tahrir, el nombre de la plaza cairota elegida como escaparate por los manifestantes, significa liberación en árabe. Egipto se adentra en un tiempo en que, con Mubarak defenestrado, ese nombre podría convertirse en un símbolo y en una realidad. Que así sea depende de los egipcios, pero también de la posición que adopten las principales potencias. Un error de estas al escoger campo podría resultar fatal, sobre todo si está dictado por una traición a los ideales democráticos que dicen defender.


El País - Editorial

El chivatazo a ETA, desde Interior

Semejante noticia no viene más que a reforzar la lógica y fundada sospecha de que el delito de colaboración con banda armada y el de revelación de secretos perpetrado en el bar Faisan se debió a una orden procedente de las más altas instancias de Interior.

Una de los solicitudes más escandalosamente desatendidas durante la instrucción del "caso Faisán" hasta que, recientemente, se ha hecho cargo de la misma el juez Pablo Ruz, fue la planteada por la acusación popular ejercida por Dignidad y Justicia, consistente en identificar a los usuarios de los tres teléfonos del Ministerio del Interior que comunicaron durante los días previos y posteriores al 'chivatazo' con dos de los mandos policiales imputados en la causa. Gracias a un auto en el que el juez Pablo Ruz ha ordenado que se practiquen dichas identificaciones, se ha sabido que el usuario de uno de esos teléfonos es, nada más y nada menos, que el del secretario de Estado y número dos de Interior, Antonio Camacho.

Semejante noticia no viene sino a reforzar la lógica y fundamentada sospecha de que el delito de colaboración con banda armada y el de revelación de secretos perpetrado en el bar Faisan se debió a una orden procedente de las más altas instancias del Ministerio de Interior: al presumible interés del Gobierno por evitar detenciones que pudieran desbaratar las negociaciones con la banda, se suma el hecho de que ese mismo Gobierno había redactado unos informes que verificaban un supuesto compromiso de ETA de incluir en su alto el fuego actividades terroristas tales como la extorsión o el rearme mediante robo de explosivos.


Lo cierto, sin embargo, es que la banda terrorista jamás se comprometió a incluir en su alto el fuego el cese de dichas actividades, tal y como fácilmente se puede comprobar leyendo sus chantajistas comunicados de tregua de aquella época. Lo cierto, también, es que veinticuatro horas después de su primer comunicado de tregua, y coincidiendo con el segundo comunicado en el que los terroristas insistían en negar el carácter democrático a los Estados español y francés, y en exigirles que no pusieran al "proceso soberanista" ningún tipo de "injerencias ni limitaciones", la banda cometía un robo de explosivos en Francia. Lo cierto, asimismo, es que, muy poco tiempo después, empresarios navarros y vascos empezaron a denunciar que les seguían llegando cartas de extorsión de ETA, de las que el Gobierno y el PSOE o bien decían "no tener constancia", o bien las atribuían a un envío anterior al comunicado de "alto el fuego". Lo cierto es que, en una entrevista publicada en Gara poco tiempo después, los propios etarras justificaban esas cartas de extorsión por "razones de financiación" a las que no renunciaban ni siquiera temporalmente.

Con todo, el Gobierno no estuvo dispuesto a que semejantes hechos pulverizaban ese falso espejismo de paz al que tanto había apostado: las silenció tanto como centró la atención pública en unos supuestos "informes de verificación" que tramposamente acreditaban el cese total y absoluto por parte de ETA de cualquiera de sus actividades terroristas. El máximo responsable de la elaboración de dichos falsos informes no era otro que el actual secretario de Estado de Interior, Antonio Camacho.

Veremos si el descubrimiento de que los imputados en la causa estuvieron en contacto directo con la cúpula de Interior, antes y después de que supuestamente perpetraran el soplo policial a los "recaudadores" de ETA, provoca nuevas imputaciones. Pero, al margen de ello, es evidente que, por el más elemental sentido de la responsabilidad política, ni Camacho ni Rubalcaba deben seguir siendo los maximos responsables de la política antiterrorista, dada la creciente sospecha de haber sido unos de sus máximos traidores.


Libertad Digital - Editorial

La era Mubarak ha terminado

Este seísmo puede dar alas a organizaciones tóxicas, agazapadas y a la espera de una oportunidad para extender su influencia.

LOS egipcios han cruzado el Rubicón y, aunque un debilitado Hosni Mubarak intente desesperadamente aferrarse al poder, lo que pudiera quedar de legitimidad social en su régimen se ha quebrado definitivamente. Las manifestaciones han marcado el final inapelable de un sistema de más de treinta años de monopolio del poder, y lo único que falta por saber es si este desenlace podrá ser mantenido entre los razonables márgenes de lo que se ha llamado una transición pacífica. El Ejército ha dado su veredicto, ratificado al renunciar a la represión de las multitudinarias manifestaciones de los que reclaman la salida de Mubarak, mientras que los enviados de Washington negocian ya con los sectores más visibles de la oposición. Todavía no es seguro si esa transición va a ser pilotada desde los restos del régimen actual o si habrá otras fórmulas, pero en todo caso el proceso está en marcha y resulta imparable. La era Mubarak —con todo lo que significaba de aparente estabilidad, cargada sobre los hombros de los egipcios— ha terminado en circunstancias que afortunadamente pueden abrir la puerta a nuevas oportunidades de libertad.

Después de este terremoto en Egipto es muy posible que la comunidad internacional deba prepararse para un tsunami político en toda la región, un seísmo que amenaza a los gobiernos más frágiles y que puede dar alas a organizaciones tóxicas, agazapadas y a la espera de una oportunidad para extender su influencia dentro y fuera de Egipto. No es casualidad que el Rey Abdalá de Jordania haya tomado la iniciativa de destituir al Gobierno en pleno, en un intento de curarse en salud, poniendo en marcha las reformas que reclama la sociedad. Israel observa esta secuencia con el mayor interés, teniendo en cuenta que en la frontera que comparte con Egipto, la franja de Gaza, está en manos de los integristas de Hamás, y que en el Líbano otro grupo terrorista, Hizbolá, está en condiciones de manipular el Gobierno del país. La «revolución de Jazmín» en Túnez sorprendió a los gobiernos occidentales, y aunque la revuelta de Egipto podía haber sido previsible, no los sacó de su perplejidad. Sería catastrófico que Occidente siguiera contemplando lo que sucede en el mundo árabe como si fuera un fenómeno meteorológico incontrolable.

ABC - Editorial

martes, 1 de febrero de 2011

¿Y si el sucesor de Rodríguez Zapatero se llamara… Por Federico Quevedo

… Zapatero?

Convendrán conmigo en que el partido socialista tiene una habilidad especial para conseguir que los debates políticos se produzcan sobre aquellos asuntos que a ellos les interesan, y no sobre los que realmente interesan a los ciudadanos, y sobre todo los que les preocupan. Llevamos unas cuantas semanas dedicados los periodistas y medios de comunicación a dar vueltas sobre el mismo asunto: la sucesión de Rodríguez Zapatero. Una sucesión que, a día de hoy, no está oficialmente prevista, y ni siquiera se ha convocado a los órganos del partido para hablar de ella ni para elegir al supuesto sucesor… Es más, el interesado se sigue haciendo el interesante y da largas sin que realmente nadie sepa muy bien qué pasa por su cabeza, salvo su santa esposa y alguien muy próximo, según dijo él mismo estas pasadas Navidades durante un encuentro con periodistas que sirvió para encender la mecha de este debate. Un debate que, sin embargo, es absolutamente ajeno a lo que en este momento preocupa en el seno de la mayor parte de las familias españolas. Es, incluso, ajeno a lo que el futuro próximo le depara a la economía española, porque tanto para las familias españolas como para el futuro inmediato de la economía Rodríguez es un presidente amortizado, falso y carente de toda credibilidad. Políticamente está muerto, lo está a los ojos de los demás, pero, sin embargo, él se siente muy vivo.

Y éste es el quid de la cuestión. Verán, los distintos dirigentes y barones socialistas llevan semanas alimentando los rumores sobre la sucesión de Zapatero, como si realmente ese fuera el asunto más peliagudo que pueda preocupar a los ciudadanos, e incluso nos han propuesto el recambio: Rubalcaba. No importan ni la crisis económica, ni los cinco millones de parados, ni los problemas de la deuda, ni los recortes sociales que ha llevado a cabo el Gobierno… Todo eso ha quedado en un segundo plano porque lo único que nos preocupa es si Rodríguez va a continuar, o no, y si Rubalcaba va a ser su sucesor, o no. Es más, mientras los españoles hacen cuentas para ver si llegan a final de mes, los socialistas juegan a una especie de tira y afloja, en el que unas veces tensan tanto la cuerda de la dimisión de Rodríguez que otras se ven obligados a soltarla para no ir demasiado lejos. Así, unos días parece que todos los dirigentes socialistas cierran filas con Rubalcaba alabando las virtudes de éste como sucesor, y otros, sin embargo, da la sensación de que le quieren bajar los humos y de que, en el fondo, todos siguen confiando en la suerte de José Luis. Y José Luis por aquí, y José Luis por acá, y José Luis por acullá, al final va a resultar que José Luis sigue siendo, en el fondo, el único candidato dispuesto a sacrificarse en el altar de las urnas después de haberse convertido en el mayor traidor a su propia causa.
«A los españoles les importa un comino en estos momentos si Rodríguez va a ser el candidato, si va a dejar de serlo, si lo va a ser Rubalcaba o si lo va a ser Chacón. Lo que quieren los ciudadanos es que este tío se vaya de una vez.»
Porque, seamos serios, ¿quién narices va a asumir el coste de una derrota que se prevé de proporciones bíblicas y teniendo, además, que defender la gestión del peor presidente que jamás haya gobernado y gobierne nunca este país? ¿Ustedes de verdad se creen que, digan lo que digan de cara a la opinión pública, los dirigentes socialistas no son conscientes de lo que se les viene encima y de por qué? Lo saben perfectamente, pero el PSOE es una maquinaria de poder y en lo que están ahora mismo es en intentar salvar los muebles como sea. Y en esas están, intentando desviar la atención de los verdaderos problemas del país y tapando las consecuencias de una gestión ineficaz, mientras Rodríguez empieza a manejar sus propios tiempos y cree que una vez pasadas las elecciones municipales y autonómicas, en las que sus barones van a sufrir un duro castigo que realmente le corresponde a él, hay espacio para que las reformas económicas empiecen a hacer su efecto y llegar a 2012 con la economía disparada. Y, en esas circunstancias, después de haber quemado prácticamente a lo bonzo a Rubalcaba, volver a presentarse él en loor de multitud.

Esto puede ser así, o no. Y es que una cosa son los deseos de Rodríguez, y otra bien distinta la realidad. Más allá de subir impuestos para controlar el déficit público, la vocación reformista a la que acaba de entregarse nuestro presidente como si de un converso cualquiera se tratara, deja mucho que desear. La reforma laboral no llega ni a mano de pintura, la de las pensiones se fía para muy largo y no va a tener efectos inmediatos, y la del sistema financiero después de tres intentos va a suponer es un coste añadido a las arcas del Estado y, por lo tanto, más endeudamiento. Luego la posibilidad de que las reformas contribuyan a que España salga de la crisis es bastante precaria. Más bien al contrario: da la impresión, y eso predicen todos los expertos, de que nos vamos a instalar en una fase de estancamiento inflacionista que nos va a acribillar a los sufridos ciudadanos, y la perspectiva anunciada por Rodríguez de que en el segundo semestre de este año se empezará a crear empleo se antoja el cuento de la lechera por las veces que nos viene este hombre anunciando la misma milonga sin que nunca llegue a producirse.

¿Saben una cosa? A los españoles les importa un comino en estos momentos si Rodríguez va a ser el candidato, si va a dejar de serlo, si lo va a ser Rubalcaba o si lo va a ser Chacón. Lo que quieren los ciudadanos es que este tío se vaya de una vez, y eso es lo que dice la gente cuando hablas con ella por la calle. La mayoría lo tiene muy claro: la única solución a los problemas de este país es que Rodríguez se vaya con viento fresco de una vez. Y los suyos, también.


El Confidencial - Opinión

Crisis. ¿Remonta el vuelo la economía española? Por Emilio J. González

Lo peor de la crisis podría haber pasado ya, con permiso del sector financiero y de las cuentas públicas, pero el haber tocado fondo no implica necesariamente que ahora toque subir.

Este Gobierno necesita pocas excusas para empezar a mandar mensajes optimistas acerca de la próxima evolución de la economía española. El último en hacerlo ha sido el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, quien ha adelantado que la actividad productiva en nuestro país cayó el 0,2% en 2010, lo que le ha servido para afirmar que el ajuste ya se ha producido en gran medida y que en breve alcanzaremos un ritmo de crecimiento de entre el 2% y el 3%. A todos nos gustaría que así fuera, porque ello supondría que el grave problema del paro comenzaría a resolverse y, con él y junto a él, el del déficit público. Lo malo es que los datos disponibles en estos momentos, y las estimaciones que se pueden derivar de ellos, no avalan, precisamente, ese optimismo del que hace gala el señor Campa.

La primera cuestión es que para que la economía española crezca, el consumo se tiene que recuperar. Sin embargo, hay varios factores importantes que juegan en su contra. Para empezar, empleo y gasto de los hogares van intrínsecamente unidos, pero por muy optimista que se muestre el señor Campa, crear puestos de trabajo no va a ser tan sencillo, sobre todo cuando la economía española tiene que recuperar competitividad para exportar más. Se podría crear empleo si hubiera una verdadera reforma laboral, que no es el caso; si las empresas tuvieran financiación, que tampoco lo es, y si los demás costes empresariales estuvieran contenidos, que tampoco, porque los energéticos se están disparando como consecuencia de las subidas de la luz y el petróleo. En este contexto, para poder generar puestos de trabajo es preciso que los salarios se moderen, o incluso que caigan, algo que dudo que los sindicatos estén dispuestos a asumir. Luego cabe concluir que una cosa es que la recesión haya terminado y otra muy distinta que, a partir de ahora, el paro vaya a reducirse. Y si el paro no se reduce y/o los sueldos no suben, difícilmente se va a recuperar el gasto familiar.


La reactivación del consumo, además, depende de otros factores que afectan al poder adquisitivo de los hogares, el cual, lejos de aumentar, está yendo a menos como consecuencia de las subidas de impuestos aprobadas por el Gobierno. Además, y para complicar más las cosas, el precio del petróleo está volviendo a subir y, con él, el de otros muchos bienes, empezando por los alimentos, mermando, de esta forma, la capacidad de compra de los españoles. Y, por si no bastara con ello, el Euribor también ha retomado la senda alcista, encareciendo las hipotecas y reduciendo, de esta forma, las posibilidades de consumo de los ciudadanos. Es más, es bastante razonable pensar que el Euribor vaya a seguir subiendo en los próximos meses como consecuencia las previsibles subidas de los tipos de interés que puede llevar a cabo este año el Banco Central Europeo para impedir que tanto el precio del petróleo como la fortaleza de la economía alemana generen tensiones inflacionistas. Los tiempos en los que el BCE podía ser condescendiente con países en dificultades, como España, han terminado y ahora toca lo que toca, que implica, entre otras cosas, nuevas subidas de la letra del piso y, con ellas, más agobios para los ya de por sí sufridos españoles.

De esta forma, nos encontramos, por un lado, con presiones bajistas sobre los salarios y, por otro, con tensiones alcistas en los precios, los tipos de interés y las hipotecas. La conjunción de ambos factores lleva necesariamente a socavar la capacidad de gasto de las familias. Dicho de otra forma, de esta crisis los españoles vamos a salir muy pobres y, encima, con el cinturón ya muy apretado por la necesidad de devolver todas las deudas en las que han incurrido muchas familias. Vamos, que la recuperación del consumo no se ve por ningún sitio ni, tampoco, la de la fortaleza del crecimiento ni la de la generación de empleo.

Incluso si nos ponemos en un escenario optimista, muy optimista, como los que le gusta al Gobierno, la reactivación del consumo dista mucho de ser una garantía de recuperación económica y del empleo. Los datos muestran que, en cuanto empieza a crecer el gasto familiar, empiezan a incrementarse las importaciones lo que, además de volver a agravar nuestros ya de por sí duros problemas de balanza de pagos, supone que ese empleo que podría generar la demanda interna en realidad se crea en aquellos países en los que adquirimos bienes y servicios.

Así las cosas, hoy por hoy resulta bastante difícil pensar en una pronta recuperación económica y del empleo, por mucho que el señor Campa quiera hacernos creer lo contrario. Lo peor de la crisis podría haber pasado ya, con permiso del sector financiero y de las cuentas públicas, pero el haber tocado fondo no implica necesariamente que ahora toque subir, sobre todo cuando, en contra de lo que dice el señor Campa, las grandes reformas económicas que necesita este país siguen en el tintero, los problemas de fondo continúan sin resolverse, el ajuste de la vivienda todavía está pendiente, el crédito va a tardar mucho en circular con fluidez y en lugar de promover las iniciativas privadas, al empresario se le demoniza una y otra vez. Me temo, señor Campa, que todavía tenemos problemas para rato.


Libertad Digital - Opinión

Indeterminismo histórico. Por Hermann Tertsch

Resulta infantil creer que la caída de Mubarak puede reconducirse rápidamente hacia un gobierno democrático.

NO hay nada escrito. Olvídense de aquellas malhadadas lecturas del determinismo histórico que tanto daños nos hicieron en la juventud. Hoy, aquí, en El Cairo, es más inservible si cabe. Y sin embargo muchos parecen tentados de utilizarlo para intentar entender no ya lo que pasa, sino lo que puede suceder. Yerran, sin duda, quienes creen inevitable que Egipto se precipite hacia un proceso similar al que sufrió Irán después de la caída del Sha. Y que pronto tengamos a este país, clave de la región y líder del mundo árabe, en manos de los islamistas radicales de la Hermandad Musulmana, dedicados a la creación de una república islámica. Es lógico que ese escenario siembre el terror allá donde se dibuje. Los Hermanos Musulmanes son el precedente de organizaciones similares de mucho éxito —por mucho que lo lamentemos— como son Hizbullah y Hamás en el Líbano y en Gaza. Desde hace ochenta años, este islamismo ha creado unas poderosas redes sociales y de beneficencia, tiene representación considerable en toda la geografía egipcia y mucho prestigio en las capas más bajas, urbanas y campesinas. Y está mejor organizado que ningún partido político de la oposición, y hoy puede decirse que también más que el oficialista PNB de Mubarak, que se halla estos días en plena descomposición mientras arden sus sedes. Tan lógico es que el presidente Hosni Mubarak presente la amenaza islamista como la única alternativa a su supervivencia en el poder como que los Hermanos Musulmanes nos cuenten la milonga de que «quieren una democracia laica, libre y abierta». Convendría creerles poco a ambos. Lo cierto es que hoy por hoy, en unas elecciones realmente libres, se les otorga a los Hermanos Musulmanes un techo en torno al 25 por ciento. Cierto, da mucho miedo. Pero también lo es que aglutinaría todo el voto religioso, con lo que el resto quedaría en manos de opciones políticas laicas. Y ninguna de ellas abiertamente hostil a Occidente.

Pero también resulta bastante infantil creer que la caída de Mubarak puede reconducirse rápidamente hacia un gobierno democrático con una alianza entre partidos más o menos laicos, todos ellos defensores de dichas buenas relaciones con Occidente, la libertad de mercado, la sociedad abierta. Es, sin duda, lo que pretenden los jóvenes de clase media que han sido vanguardia inicial del levantamiento estos días en las calles de El Cairo. Defienden hasta la continuidad de las buenas relaciones con Israel y, por supuesto, la seguridad del canal de Suez, dos puntos clave en los intereses occidentales en la región. Sería magnífico. Pero parece un sueño. La fórmula turca de una democracia bajo tutela del Ejército para un largo plazo parece adecuarse a los deseos de muchos, pero lo único cierto es que puede pasar todo. Incluso que Mubarak se mantenga con el apoyo del Ejército unas semanas para lograr que la estrategia del miedo y el caos le granjeen los apoyos que no tiene ahora. Pero el tiempo pasa, la tensión aumenta. Y también el desabastecimiento y el hundimiento económico de un país paralizado. Urge, por tanto, una solución, por necesidad poco amiga de las cautelas. La más terrible está en mente de todos. Sólo tranquiliza la certeza de que un baño de sangre no le puede hacer ganar mucho tiempo a Mubarak. Lo dicho sobre el determinismo histórico. Puede pasar cualquier cosa, hoy y mañana. Cierto sólo parece que Egipto, con su portentoso Ejército como árbitro, va a liderar un cambio histórico en el mundo árabe. En qué dirección, se verá.

ABC - Opinión

El chocolate del buitre. Por Alfonso Ussía

Cuando se habla del derroche y la jeta en el gasto del dinero público, los socialistas se refieren al «chocolate del loro». Una subvención de cien mil euros se considera «chocolate del loro». Una limosna de un millón de euros para producir una necedad de película, se considera «chocolate del loro». La entusiasta entrega de doscientos mil euros para la ONG de turno que se ocupe, aunque no lo haga, de reivindicar la igualdad de género en Togo, es «chocolate del loro».

Sumando todos los chocolates de todos los loros posibles y probables, el despilfarro del dinero público deja de ser chocolate para convertirse en agujero, en socavón imbécil, en generosidad con la basura. Los «chocolates del loro» deshonestamente regalados asegurarían el futuro y las pensiones de nuestros jubilados.


Joan Huguet, un veterano y honesto político balear, ha analizado los paraderos del dinero destinado a la llamada «Memoria Histórica». «Uso perverso y sectario del dinero público», ha concluído. «Auténtica estafa», ha remachado. Los sindicatos Comisiones Obreras y UGT se han embolsado más de un millón de euros de la «Memoria Histórica». Átenme a esa mosca por el rabo. No acabo de entender que la recuperación de los huesos de los asesinados de un lado y del otro durante la Guerra Civil, tenga por objeto adinerar a los sindicatos. El mismo derecho tiene la CEOE, la CEIM y la Asociación de Ganaderos Descontentos.

La «Asociación Guardia Roja» –no queda guardia roja ni en el Kremlin–, ha percibido treinta mil euros en el último año. Se habrán destinado, probablemente, a fotocopias de la imagen del «Ché», que nada tiene que ver con la pretendida Memoria Histórica. Pero hay un dato que me conmueve con especial emoción. Una fundación con identidad muy estirada, la «Fundación Contamíname Mestizaje Cultural de Pedro Guerra», ha obtenido noventa y cinco mil euros de nuestros bolsillos. Se dedica la divertida Fundación a organizar actividades culturales, y han intervenido en ellas Pilar Bardem, Almudena Grandes y Juan Diego Botto, entre otros desatendidos por la fortuna. A pesar de mi edad y del deterioro de mi mente, alcanzo a entender que esas actividades culturales se han enriquecido con la presencia de tan singulares representantes de la Memoria Histórica. Ignoro si tan elegantes recopiladores de nuestro peor recuerdo han intervenido gratuitamente o al contrario, con todo derecho, han sido remunerados a cambio de sus interesantes y originales planteamientos. Juan Diego Botto, por ejemplo, tiene que saber mucho de lo que sucedió en España a partir de 1934, año en el que la Segunda República abandonó el camino de la democracia y se convirtió en un ensangrentado y sangriento invento estalinista. Tan sólo me consuela que, de darse el caso, que lo dudo, Pilar Bardem hubiera percibido alguna cantidad en contraprestación a sus análisis perorados, una parte de esos dineros públicos los hubiera destinado a contribuir con tanta modestia como generosidad, al pago de la factura de la clínica en la que su nuera ha tenido a bien dar a luz. Una clínica americana y nada palestina, según se desprende por su nombre, «Cedars Sinaí». De Almudena Grandes sólo se puede esperar desinterés económico. La fina escritora no cobra por pertenecer a los múltiples jurados literarios en los que participa.

Pero la investigación de Joan Huguet me hace intuir que la «Memoria Histórica», más que recuperar huesos asesinados, a lo que se dedica es a que algunos lo pasen rechupi con el dinero de todos.


La Razón - Opinión

Autonomías. Rajoy toma el pelo a Aznar. Por Guillermo Dupuy

Aunque Rajoy pretenda dar lecciones de sensatez y de responsabilidad, aquí el insensato y el irresponsable es quien, como él, hace el avestruz ante la insostenibilidad del actual modelo autonómico.

Titular en portada de La Gaceta de este lunes: "Aznar presenta hoy la reforma autonómica que Rajoy hace suya". Titular en portada de El Mundo, también de este lunes: [Rajoy:] "Cuestionar el diseño actual del Estado de las Autonomías sería hoy un disparate". ¿En qué quedamos? ¿Hace Rajoy suyo el cuestionamiento tan severo del actual modelo autonómico que refleja la propuesta de reforma presentada este lunes en Faes por Aznar, o, por el contrario, lo considera "disparatado"?

Aunque con Rajoy –"sí pero no, no pero sí, tal vez, aunque todo lo contrario, tal y como siempre he defendido"– todo es posible, indago en la noticia para saber en qué se basa cada periódico para sostener tan contradictorios titulares. Descubro que La Gaceta sostiene que el actual líder del PP "hace suya" la propuesta de reforma de Faes basándose en algo tan poco determinante como la prevista asistencia de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, a la presentación de ese Informe.

El Mundo, sin embargo, basa su titular en una afirmación literal que Rajoy hace a Victoria Prego, pero no frente al cuestionamiento del modelo autonómico que lleva a cabo Faes, tal y como su titular y editorial podrían dar a entender, sino al que hace CIU contra el "café para todos" aprobado en tiempos de Suárez.


Con todo, lo cierto es que la afirmación literal de Rajoy denigra como "disparate" cualquier cuestionamiento del actual modelo autonómico, incluido el que hace la propuesta de reforma que impulsa Aznar y Faes. Y prueba de ello, es que, ya en el contexto del cuestionamiento que Aznar ha hecho del actual modelo autonómico, Rajoy se descuelga afirmando que "mi valoración global de cómo ha funcionado el Estado de las Autonomías es positiva". Haciendo suyo, casi de forma literal, el diagnóstico que hacía hace unos días Zapatero, Rajoy añade que "las autonomías han servido para reconocer la pluralidad de España, los hechos diferenciales de algunas comunidades, pero es que, además, el Estado autonómico ha sido eficaz".

Me imagino la perplejidad de Victoria Prego al preguntarle a continuación "¿Usted no cuestiona el modelo?", a lo que Rajoy insiste: "Yo digo que el diseño general está bien" y, sin cuestionarlo efectivamente en absoluto, el líder del PP pasa a describir las funciones que el Estado y las autonomías tienen. Tan satisfecho se muestra Rajoy del insostenible modelo autonómico que padecemos, que no se plantea que el Estado central recupere competencia alguna, ni siquiera en materia de Educación, tal y como el propio Rajoy proponía hace escasos años. De hecho, a lo más que llega ahora Rajoy es a plantear alguna "mejora", que en realidad se reduce a la de que "las autonomías, al igual que las corporaciones locales, deben contribuir al control del déficit público y el control de la deuda pública". Vamos, lo mismo que ya dijo hace unos días, poco antes de respaldar a los manirrotos alcaldes de su partido que se oponen a la tímida limitación del endeudamiento que ha impuesto Zapatero a las corporaciones locales con más preocupante endeudamiento.

Aunque Rajoy pretenda dar lecciones de sensatez y de responsabilidad, aquí el insensato y el irresponsable es quien, como él, hace el avestruz ante la insostenibilidad del actual modelo autonómico; quien finge ignorar que la falta de contribución de las autonomías al control del déficit y del endeudamiento tiene un origen estructural, que no es otro, precisamente, que el pésimo diseño de nuestro modelo autonómico; un modelo que no hace recaer sobre los gobiernos autonómicos los costes electorales de la recaudación de impuestos pero sí lo beneficios electorales que procura su gasto. Aquí el irresponsable es quien, ante una crisis tan profunda como la que está padeciendo España –también como nación y por culpa de un Estado autonómico que potencia lo que nos divide en detrimento de lo que nos une–, nos sale la mar de satisfecho del grado de reconocimiento de "la pluralidad de España y de los hechos diferenciales de algunas comunidades". Aquí no hay mayor "insensatez e irresponsabilidad" que la de quien considera que "el Estado autonómico ha sido eficaz".

Con todo, el problema no es que Rajoy tome el pelo a Aznar sino que se lo quiera tomar a los votantes del PP; bien es cierto que con la complicidad de unos medios de comunicación que se lo consienten. Porque no tengan ustedes duda: si periódicos como La Gaceta, La Razón, El Mundo o ABC denunciaran en sus portadas que "Rajoy se alinea con Zapatero en defensa del actual modelo autonómico frente al cuestionamiento de Aznar", otro gallo cantaría.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero no sabe, Rajoy no quiere. Por M. Martín Ferrand

El cuerpo nacional oscila entre el temor a lo que se nos avecina y la desconfianza en quienes habrán de enfrentarse a ello.

ZAPATERO cree en los efectos sin causa, algo propio de los niños con chupete y chocante en un líder político de su relevancia. En diciembre, en La Moncloa, mientras celebraba la Navidad —laica, por supuesto— con un grupo de periodistas próximos, el presidente del Gobierno les anunció que ya tenía decidido su futuro y que solo estaban en el secreto Sonsoles Espinosa, su mujer, y un notable del partido de quien no quiso dar el nombre. Para subrayar tan pasmoso anuncio e ir marcando posiciones, Alfredo Pérez Rubalcaba, el hombre que desconcierta con su mano derecha a su mano izquierda, se apresuró a decirnos que él no era esa innominada persona en el secreto presidencial. Desde entonces se han sucedido los rumores y las interpretaciones sobre el futuro del leonés que, este pasado fin de semana, se les apareció a sus huestes en Zaragoza para protestar de las elucubraciones sucesorias que él mismo había provocado, sin querer o queriendo, para la generalizada confusión y el particularísimo incentivo de quienes se sienten con fuerza de soportar la herencia de siete años de irresponsabilidad, torpeza y malos resultados políticos y económicos.

Al socaire de ese vendaval que nace y concluye en el líder socialista, el del PP no ha desperdiciado la oportunidad y, además de estar «absolutamente convencido» de que en dos años «podemos arreglar la economía», le ha detallado a El Mundo un largo plan de medidas huecas y lugares comunes que, desde derogar la Ley del Aborto a enmendar la de la Memoria Histórica, tiene la sustancia que cabe sospechar en el puchero de una de los 1,3 millones de familias en las que ninguno de sus miembros tiene trabajo. Mariano Rajoy, él sabrá por qué, insiste en el secreto de sus medidas redentoras, si es que las tiene, como si tratara de que Zapatero no pudiera copiárselas en un examen en el que los examinados no se juegan nada porque la apuesta corre por cuenta de los ciudadanos y contribuyentes.

Así estamos, ante un futuro incierto y problemático, con una Constitución que ya no da más de sí y situados entre dos opciones, la que encabeza un jefe de Gobierno que ha sido parte fundamental en la génesis de los problemas políticos vigentes y actor inconsciente en la evocación y crecimiento de los económicos, paro incluido, y la que, como cabeza de la oposición, protagoniza un líder que confunde la astucia con la prudencia y el silencio con la sabiduría. Entre uno que no sabe y otro que no quiere yergue todo un cuerpo nacional que, mitad por mitad, oscila entre el temor a lo que se nos avecina y la desconfianza en quienes habrán de enfrentarse a ello. Triste panorama.


ABC - Opinión

Galicia. Un insensato compadreo del PP. Por Cristina Losada

La falta de principios y de inteligencia política conduce a compadreos insensatos. Aunque ya puede coquetear el PP cuanto quiera con los sindicatos radicales, que no se ahorrará ni un conflicto. Le harán todas las huelgas generales y una más, de rebote.

Con la doctrina que prescribe asociarse "al enemigo de mi enemigo" se puede llegar muy lejos en política. Muy lejos, esto es, en el disparate y el desatino. Así le ha ocurrido al Partido Popular gallego a cuenta de una huelga general convocada por el sindicato nacionalista CIG. La jornada, que se bosquejó también en otras regiones, no pasará a los anales por su seguimiento, pero sí por el insospechado respaldo que le brindó el partido del gobierno. Para ser precisos: mostró su acuerdo con los propósitos y puso alguna objeción a la oportunidad. En palabras del portavoz Antonio Rodríguez Miranda, el PP "comparte con la CIG su rechazo a las políticas del Gobierno del Estado", tales como "la congelación de las pensiones, la subida del IVA o la bajada de los salarios de los funcionarios", pero "no puede apoyar esta huelga" por los efectos negativos que tendría sobre la economía. ¿Y si no los tuviera?

Qué pregunta. Si el bolsillo de los gallegos no se resintiera de un cierre total de industrias y comercios en protesta por los recortes del "Gobierno del Estado", los populares, con el presidente Feijóo a la cabeza, se sumarían a la huelga y compartirían las manifas con las huestes de la CIG, el Bloque, la CNT y otros conocidos defensores de la ley y la propiedad privada. Capítulo distinto es cómo los recibirían esas gentes, que tienen al PP por fascista y lacayo del capital. Pero esa escena de alegre promiscuidad entre un partido de derechas y un sindicato nacionalista y piquetero, es la que ha dibujado como posible el solícito portavoz. Total, el único impedimento a esa insólita unidad de acción es de orden táctico: hoy no conviene. Y el corolario lógico es que, mañana, de darse las condiciones objetivas, el PP gallego aplaudiría encantado un paro general y hasta pondría algo de su parte. El fin –contra Zapatero– justifica los medios. Cosas veredes.

La noción misma de que un partido conservador pueda compartir algún designio con organizaciones situadas en sus antípodas ideológicas y propensas a la coacción violenta resulta incongruente. Como es descabellado que un partido de orden muestre complicidad con una acción de raigambre revolucionaria. Pero la falta de principios y de inteligencia política conduce a compadreos insensatos. Aunque ya puede coquetear el PP cuanto quiera con los sindicatos radicales, que no se ahorrará ni un conflicto. Le harán todas las huelgas generales y una más, de rebote.


Libertad Digital - Opinión

El programa. Por Ignacio Camacho

El debate sucesorio devora el discurso socialista, cuyo único programa real es la sustitución del presidente.

EN esta España del fulanismo unamuniano nada interesa más que una pasión nominalista. Por eso era indefectible que el debate sobre la sucesión acabase devorando al PSOE, atrapándolo en un bucle de ansiedad especulativa que contribuyó a crear el propio presidente con su jugueteo navideño. Ahora el asunto se ha apoderado de todo el discurso socialista, envuelto en una nube de conspiraciones y cotilleos que el líder alimenta en su empeño por mantener el tempo de las decisiones. La expectativa podría tener efectos de ventaja al opacar las impopulares reformas del Gobierno, pero también solapa cualquier intento del partido por hacerse oír en vísperas electorales a través de propuestas programáticas. Su único programa visible es la sustitución del presidente.

El último fin de semana, Zapatero tuvo el privilegio de asistir a su propia necrológica política. Los elogios de los dirigentes en la Convención autonómica respiraban el aire póstumo de las oraciones fúnebres. Lo cubrieron de alabanzas como si lo estuviesen embalsamando, pero salvo Marcelino Iglesias nadie le pidió que se quedara. Tanto panegírico sonaba a página pasada; si el interesado hubiese proclamado allí mismo su intención de continuar se habría desvanecido la atmósfera apologética. Su esfuerzo por abstraerse de personalismos se perdió como una gota de lluvia en medio del mar de rumores. Ya no puede sujetar el debate, ni controlar el baile de aspirantes, ni suprimir las especulaciones indiciarias; todo el PSOE y su entorno está consumido por la impaciencia.

Objetivamente el presidente está asistido de la razón: si se autodescarta pronto desestabilizará el partido y se liquidará a sí mismo como referente; su acción de gobierno se volvería irrelevante y anularía el factor sorpresa con el que pretende atacar al PP. Sin embargo, los candidatos autonómicos y municipales quieren que anuncie la retirada para aliviar la presión electoral a corto plazo y evitar un descalabro que apuntille la ventaja de la oposición. El núcleo de poder interno —Blanco y Rubalcaba— aguantará hasta que el jefe decida, pero el lobby tardofelipista intenta acelerar la agenda para amarrar el proceso sucesorio en favor del copresidente y descartar un posible tapado. O tapada.

En ese sinvivir, las conjeturas e incertidumbres sobre el relevo introducen tanta desestabilización como la propia certeza. El presidente no puede comparecer en ningún sitio sin recibir la pregunta que no quiere contestar; toda su acción de gobierno está pasando al segundo plano, engullida por la cuestión sucesoria. En realidad, lo que aprieta no es tanto la incógnita como el sesgo de las encuestas y la deriva desoladora de la crisis. A favor de corriente no tendría problemas para manejar los tiempos, pero ahora mismo ya no tiene otra cosa que ofrecer que su cabeza.


ABC - Opinión

PP. La cebolla de Rajoy. Por José García Domínguez

Lástima que no nos enfrentemos a un proceso de selección del encargado ideal de una gestoría, sino al colapso inminente del Estado. Una circunstancia que exige más que nunca mancharse las manos con esa sustancia viscosa, la política.

De muy antiguo es sabido que el arte de gobernar reclama dos cualidades en extremo infrecuentes: habilidad política y mentalidad administrativa. Consiste la primera en la capacidad para discernir qué puede hacerse y en qué momento, amén de la gracia precisa con tal de convencer a los demás para que se presten a la labor. Y tan rara resulta que Bernard Shaw, tras desgañitarse en un comité municipal de su barrio, aventuró que quizá no pase del cinco por ciento el porcentaje de los mortales dotados de semejante atributo. Un pronóstico acaso excesivo por optimista. A su vez, administrar significa mantener el orden en una situación que, por su propia naturaleza, tiende permanentemente al caos y la entropía. Asunto nada baladí sin el que las ideas viables nunca llegarían a ponerse en marcha.

Así las cosas, la derecha, que por lo general carece del más elemental sentido político, en cambio, suele poseer el don de la administración. Justo al contrario, por cierto, de lo que viene aconteciendo con la izquierda desde Robespierre, Saint Just y Pedro Castro a esta parte. Establecidos, pues, los antecedentes, tampoco en eso el señor de Pontevedra se sale un milímetro de lo corriente. No es de extrañar entonces que haya comparecido con una cebolla, ésa que lleva dos días pelando con parsimonia ante los lectores de El Mundo, por todo programa de gobierno. Al respecto, y tras embaularse la entrevista de arriba abajo, uno adquiere la absoluta certeza moral de que, con Rajoy en La Moncloa, los legajos de los expedientes en curso morarán en la vitrina designada al efecto según lo establecido en el reglamento interno visado por el subsecretario correspondiente.

Lástima que no nos enfrentemos a un proceso de selección de personal a fin de dar con el encargado ideal de una gestoría, sino al colapso inminente del Estado. Una circunstancia que exige más que nunca mancharse las manos con esa sustancia viscosa, tan ingrata siempre, la política. La antítesis misma del catálogo del quietismo que viene glosando con aséptica rutina funcionarial el aspirante. Por algo, tan revelador, el pleonasmo que corona la pieza: "Cuestionar el diseño actual del Estado de las Autonomías sería hoy un disparate". He ahí, desnudo, el corazón de la cebolla.


Libertad Digital - Opinión