martes, 13 de julio de 2010

Joan Rosell. Un señorito antisistema. Por José García Domínguez

Aquí y ahora, si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. Al cabo, lo único que queda por estos lares son algunos medianos fabricantes sin importancia alguna.

Por lo amplio de su muy hidratado perímetro, un rostro destacó el sábado pasado en medio de aquella turba iconoclasta que berreaba improperios contra España y su Constitución. Arremolinada en feliz promiscuidad con quienes prenderían fuego a la bandera nacional para porcino jolgorio de la concurrencia, inconfundible, aquella enorme, inmensa, descomunal cara, tan radiante que brillaba más que el sol, no era otra que la de Joan Rosell, el señorito de Fomento del Trabajo, la patronal catalana.

Y es que al ínclito Rosell, como a sus pares Carod y Montilla, el principio de legalidad le trae sin cuidado. Fiel a la más genuina tradición de la burguesía doméstica, don Joan se conduce por la vida sólo obedeciendo al célebre aforismo del gran Xavier Cugat: "Soy catalán, siempre estoy con los que mandan". A imagen y semejanza, por cierto, de sus venerables ancestros, los patricios que le pagaron la guerra a Franco antes de quedar todos medio tullidos por el insano exceso de genuflexiones durante las audiencias del dictador. Así, Rosell, como ellos, servil hasta la náusea con el poder. Había que ver a tan ilustre socio del Círculo Ecuestre en medio del aquelarre independentista: apenas le faltaba una chupa de cuero repleta de tachuelas, un par de botas paramilitares y unas mallas con tal de pasar por un temible agitador antisistema.

Patéticos, he ahí los últimos restos de una clase que alguna vez se quiso dirigente. Por algo, ese lugar común periodístico, el que apela con reverencial respeto a la figura de "un importante empresario catalán", hace años que dejó de compadecerse con la realidad. Porque ya no existe absolutamente nadie capaz de aunar las tres cualidades en su persona. Aquí y ahora, si un empresario es importante, seguro que no es catalán; y si es catalán, seguro que no es importante. Al cabo, lo único que queda por estos lares son algunos medianos fabricantes sin importancia alguna, amén de unas docenas de altos ejecutivos ajenos a la propiedad y, por tanto, carentes de todo poder de decisión en las corporaciones que les pagan su soldada. A tan gloriosas cumbres de la nada nos ha llevado un cuarto de siglo de caciquismo intervencionista disfrazado de nacionalismo de pandereta. Pobre Rosell, acabará fatal de la espalda.


Libertad Digital - Opinión

Resaca feliz

Toda España fue una fiesta, con epicentro en la capital, pero con una expresión muy significativa en todas las regiones

LOS campeones del mundo recibieron ayer en Madrid el merecido homenaje de una multitud de personas procedentes de todos los lugares de España. Es un éxito colectivo, producto de la calidad técnica de nuestros jugadores, pero también —muy especialmente— del espíritu solidario y el trabajo en equipo. Ese mismo espíritu se ha transmitido a todos los ciudadanos, dispuestos a disfrutar juntos en un ejercicio de civismo que merece ser destacado. El orgullo legítimo de ser españoles se ha traducido en una explosión de banderas, cánticos y gritos de júbilo, siempre con respeto y sin exclusiones. De hecho, los pocos que han desentonado con declaraciones ridículas no alcanzan ni siquiera la categoría de anécdota.

La hazaña deportiva culminó ayer con una fiesta espectacular a partir de la llegada de los jugadores al aeropuerto de Barajas. Especialmente emotiva fue la recepción en el Palacio de la Zarzuela, puesto que, si bien Su Majestad el Rey no pudo acudir a Sudáfrica, las imágenes de Doña Sofía y los Príncipes junto a la selección forman parte ya del imaginario colectivo. Toda España fue una fiesta, con epicentro en la capital, pero con una expresión muy significativa en todas las regiones, rompiendo en algunos casos falsos tópicos identitarios. España es una gran nación histórica que ha encontrado en el equipo dirigido por Vicente del Bosque el símbolo de los valores compartidos y de las emociones que vertebran una conciencia común. El 11-J forma parte ya de lo mejor de nuestra historia deportiva y es fiel reflejo también de un fenómeno sociocultural que deberá ser analizado en sus múltiples variantes. De momento, vivimos en la feliz resaca de un estado de felicidad colectiva que tanto agradece una sociedad dañada por la crisis económica y el desbarajuste político, que necesita disfrutar con las buenas noticias.


ABC - Editorial

La Roja consigue irritar al nacionalismo radical. Por Federico Quevedo

Hay dos reflexiones que me gustaría hacer después de ver el partido del pasado miércoles contra Alemania. La primera es futbolística, a pesar de que en absoluto soy un entendido en la materia, si alguna vez alguien me preguntara qué es el fútbol, le diría que viera el video de ese partido. Eso es fútbol. Esfuerzo. Precisión. Ambición. Compañerismo. Prudencia. Podríamos seguir y todas esas virtudes las encontramos el otro día en el juego de España bajo la batuta de un seleccionador que se ha consagrado como uno de los mejores del mundo. Es cierto que Aragonés llevó a España a su segunda gran final y la ganó y hoy la selección es campeona de Europa, pero el fútbol tenía una deuda pendiente con España en un Mundial, y esa deuda por fin se ha saldado, independientemente de lo que ocurra el domingo en la final, aunque si España gana entonces ya se habrá logrado la gloria. Pero esa deuda lo es con jugadores como Di Stefano, Butragueño, Parra, Míchel, Guardiola y tantos otros excelentes jugadores que, por mala suerte la mayoría de las veces, se quedaron siempre a las puertas de un Mundial pese a ser jugadores de primer nivel y, muchos de ellos, a la altura de los mejores del mundo. El domingo estaremos todos, pero todos, apoyando a Puyol, Casillas, Villa, Pedro, Iniesta, Ramos –ya nos sabemos la alineación al completo-… y los haremos orgullosos de ser españoles y de que ese variopinto grupo de jugadores nos represente.

¿He dicho todos? Pues no, es verdad. Y esta es la segunda reflexión que quería hacer, de contenido más político si me lo permiten. Estos días, como he dicho antes, la inmensa mayoría de los españoles nos sentimos orgullosos de serlo, y esta es una de esas pocas veces en las que hemos conseguido deshacernos de nuestros complejos y portar con orgullo los emblemas nacionales, sobre todo la bandera. Vayamos por donde vayamos vemos balcones engalanados con la enseña patria, coches cuyas antenas llevan la bandera ondeando al viento, y a todo el mundo le parece bien, nadie señala al que lo hace con el apelativo de facha en la punta de la lengua. Por fin nos hemos dado cuenta de que el himno, el escudo y la bandera nos pertenecen a todos, seamos de izquierdas o de derechas, y eso es un gran paso adelante en la tarea de construcción de un país moderno y democrático. Es más, aunque parezca que no tiene nada que ver, el hecho de que todos juntos sintamos ese orgullo seguro que ha servido para volver a cicatrizar las heridas que estúpidas políticas de recuperación de la Memoria Histórica habían reabierto. Sin embargo, ha quienes ni por esas se dan cuenta de que su cerrilismo, su aldeanismo, tiene más de tiempos en los que hombre vivía en las cavernas y se sienten agredidos por estas muestras de orgullo patrio.
«A los nacionalistas les irrita que los integrantes de su tribu se olviden de que sus señas de identidad son las más importantes del mundo.»
Son los nacionalistas, esos pequeños neandertales con boina anclados en la sociedad tribal. A los nacionalistas les irrita que los integrantes de su tribu, que los miembros de su aldea, arrastrados por el entusiasmo general, se olviden de que sus señas de identidad son las más importantes del mundo y dejen fluir el verdadero sentido patriótico que nace de las emociones que producen las victorias de nuestra selección, y entonces manden a la mierda, con perdón, los símbolos tribales y cuelguen de los balcones banderas de España para que ondeen al viento en todo su esplendor. O sea, que se sientan españoles y no se avergüencen de serlo. Y justo ahora, cuando además el nacionalismo está más exacerbado por culpa de la sentencia del Estatut que al final ha dejado el soberanismo en bragas. No pueden soportar, por ejemplo, que un partido de La Roja triplique, cuadruplique en incluso quintuplique la audiencia de un debate apasionante en la TV3 sobre la sentencia del TC, cuando realmente es eso lo que debería importar a todos los catalanes. Entonces, los nacionalistas más radicales se ponen como locos y animan a Alemania –y el domingo a Holanda-, y aseguran que quieren ver perder a la selección española, y envían sms del tipo de: “España y Alemania van a empatar en la prórroga y en la tanda de penaltis será un jugador catalán el que falle para que pierda España”. Pues os jodéis, fue un jugador catalán el que le dio la victoria a España, y de eso es de lo que más nos alegramos.

Luego están los nacionalistas moderados, que son los que dicen que ellos van con el mejor y que ese es el que debe ganar… ¡Pero no me seas gili, Urkullu! Si en el fondo, aunque no lo dices, estás deseando que gane España y serás el primero que se siente el domingo a ver el partido y gritar cada vez que un jugador español encañone la portería de Holanda… Como si no lo supiéramos. Todo esto es una pose, en parte, porque el problema es que se la acaban creyendo y nos montan líos como el del Estatut, aunque ellos mismos son conscientes de que fuera del regazo de la madre patria no van a ningún lado y estarían más perdidos que el pulpo Paul en un garaje. Lo cierto es que la gran actuación de La Roja está poniendo en evidencia las miserias de estos pobres aldeanos con una visión más corta que la boquilla de un Celtas, y destapa hasta que punto de cretinismo pueden llegar nuestros nacionalistas patrios, a los que no les importa nada cobrar su sueldo de nuestros impuestos y eso no lo consideran mancharse las manos de nacionalismo español, pero sin embargo si se dedican a provocar a sus compatriotas con el desprecio hacia algo de lo que, como digo, hoy nos sentimos orgullosos todos los españoles: nuestra selección. Pues allá ellos, que se muerdan la lengua y se envenenen.


El Confidencial

El fútbol no es política

Prestigio sí, rentabilidad económica y rédito político para Zapatero no. A pesar de la euforia desatada por el triunfo en el Mundial, los españoles son realistas. Eso indica la encuesta que ha realizado NC Report para LA RAZÓN sobre las consecuencias que tendrá la victoria de la selección española en el Mundial. Según un 75,6 por ciento de los encuestados no creen que nuestra condición de Campeón del Mundo de fútbol tenga efectos en la recuperación económica de España. Una abrumadora mayoría, un 90,1 por ciento de los encuestados, sí que está convencida que nuestro prestigio va a aumentar en el extranjero. Sin duda la imagen de esfuerzo, talento y nobleza que han mostrado nuestros jugadores les convierten en nuestros mejores embajadores en el mundo. Sobre la posibilidad de que esta victoria sea un balón de oxígeno para el presidente del Gobierno son más que escépticos. Un 59,7 por ciento desdeña esa posibilidad. El triunfo de la selección no revertirá en la percepción que se tiene de este Ejecutivo.

Es evidente que, aunque la victoria en el Mundial será un recuerdo imperecedero, en los próximos días –coincidiendo con el Debate sobre el Estado de la Nación–la situación política y económica que atraviesa España irá recuperando protagonismo. Así las cosas, este éxito deportivo no se va a convertir en un aliado de Zapatero hasta el punto de reforzar su imagen ante el electorado.

Según la encuesta de NC Report, si se celebraran elecciones generales en estos momentos, el PP lograría el 45,22 por ciento de los votos, 4,84 puntos más que en 2008, y rozaría la mayoría absoluta, al lograr entre 173 y 175 diputados. Por contra, el PSOE retrocedería 8,57 puntos y bajaría al 35,79 por ciento de los votos validos, que se traducirían en entre 137 y 139 diputados.

Es evidente que el electorado castigaría a Zapatero por su gestión de la crisis económica. A pesar de todas las medidas que está tomando, éstas no terminan de convencer a los electores, bien porque consideran que han sido tomadas demasiado tarde, bien porque consideran que están siendo insuficientes. Lo cierto es que el presidente del Gobierno ha perdido numerosas oportunidades para insuflar confianza tanto a los mercados financieros como a los ciudadanos. Las cifras del paro pesan como una losa en el debe de Rodríguez Zapatero. También le ha pasado factura la sensación de que el Gobierno se ha movido a golpes de improvisación sin que tuviese un proyecto sólido y estructurado.

Así, va cobrando fuerza la convicción de que Mariano Rajoy y el Partido Popular son la gran alternativa que este país necesita. Durante estos meses el líder del PP se ha mostrado mucho más convincente que Rodríguez Zapatero. Y hay hechos para constatarlo. En numerosas ocasiones Rajoy le ha recordado al jefe del Ejecutivo que las medidas que ha asumido por recomendación de la Unión Europea y otros organismos internacionales eran las mismas que él le iba proponiendo en los sucesivos debates parlamentarios. Indirectamente, la UE ha avalado las fórmulas para salir de la crisis que Rajoy ha expuesto en la Cámara Baja. Es evidente que los ciudadanos piden otro escenario político y que, hoy por hoy, el PP es el único partido capaz de ofrecérselo.


La Razón - Editorial

Esto sí es una nación

La explosión de alegría que vivió ayer la Ciudad Condal contrasta con el fiasco que supuso el pasado sábado la marcha contra el Tribunal Constitucional.

El recibimiento que Madrid ha dispensado a los jugadores y al equipo técnico de la selección española ha estado a la altura de su gesta deportiva. Durante una jornada de fiesta, la capital se ha echado literalmente a la calle para aclamar al combinado nacional. La celebración de este lunes a orillas del río Manzanares y por varias zonas de Madrid, que el equipo ha recorrido en autobús descubierto, ha sido la continuación de la que empezó minutos después de la victoria española sobre Holanda y que se extendió durante buena parte de la madrugada en multitud de ciudades, incluidas algunas donde no suelen prodigarse banderas de España, como en el País Vasco y Cataluña.

La noche mágica del fútbol español apenas ha dejado incidentes teniendo en cuenta la masiva afluencia de público que registraron las concentraciones de aficionados en la calle. Tan sólo hay que lamentar algunas agresiones de tipo político que se han producido en localidades del País Vasco como Bilbao o Zarauz, pero, con todo, minoritarias y aisladas, lo que da fe del hecho, ya innegable, de que cuando el poder político levanta el pie, se puede pasear con una bandera de España por cualquier parte del país con absoluta tranquilidad. Esta normalización en el uso de símbolos que nos son propios como la bandera rojigualda o el escudo nacional era necesaria y nos demuestra que España sigue ahí, a pesar de los denodados esfuerzos de la izquierda y del nacionalismo por eliminarla del discurso y hasta del diccionario.


En Barcelona, segunda ciudad de España, la celebración fue acorde a su tamaño. Cientos de miles de aficionados con sus banderas, sus bufandas y sus camisetas de la selección nacional salieron a la calle a festejar la victoria mundialista. El júbilo se extendió por toda la ciudad, especialmente por la Plaza de España y por la fuente de Canaletas, que es el escenario habitual donde la hinchada azulgrana celebra sus éxitos futbolísticos. La participación fue, en suma, multitudinaria, mucho mayor de lo que el nacionalismo gobernante hubiese deseado.

La explosión de alegría que vivió ayer la Ciudad Condal contrasta con el fiasco que supuso el pasado sábado la marcha contra el Tribunal Constitucional. La Generalidad y todos los partidos de Cataluña –con la honrosa excepción del PP y Ciudadanos– se volcaron en convocar, organizar y promover una manifestación que no llegó a congregar ni a 60.000 asistentes, convertidos después por arte de birlibirloque en un millón y medio. Un fiasco que terminó como el rosario de la aurora con Montilla saliendo despavorido a mitad de la marcha en un coche oficial que no era el suyo, por culpa de las continuas imprecaciones que recibía del ala más radical de la manifestación.

Nada que ver con la espontaneidad de la celebración por el título mundial. Nadie convocó, ni en Barcelona ni en ningún otro sitio, a los millones de personas que salieron ayer a la calle. Nadie les impuso un lema. Nadie ha teledirigido la expresión de alegría genuinamente popular que ha recorrido todos los rincones de la geografía nacional durante estos dos últimos días. Esta es la principal diferencia que hoy, agazapada, ha tratado de escamotear la clase política catalana, engolfada en un nacionalismo excluyente y cainita que sólo busca satisfacer la demanda delirante de unos pocos. Esta es la principal diferencia entre una nación de verdad, la nuestra, la de todos, y otra de opereta levantada sobre prejuicios, diferencias inventadas y dinero público.


Libertad Digital - Editorial

Debate incómodo para Zapatero

La crisis económica centrará, como es lógico, el Debate sobre el estado de la Nación, pero desde luego no agota el cupo de debilidades que presenta el Gobierno.

MAÑANA comienza en el Congreso de los Diputados el Debate sobre el estado de la Nación y esta vez será muy distinto para Rodríguez Zapatero. La contienda parlamentaria con Mariano Rajoy se va a producir con una opinión pública claramente orientada en las encuestas hacia un cambio de gobierno, con diferencias que oscilan entre los 8 y los 11 puntos porcentuales a favor del Partido Popular. Tampoco hay margen, como ocurrió en anteriores debates, para sorprender a la oposición y a los ciudadanos con subidas de pensiones, ayudas públicas indiscriminadas, como la deducción de 400 euros, o medidas de corte populista. El grifo de las cuentas públicas está cerrado, lo que obliga a Rodríguez Zapatero a administrar una situación de penuria que nunca creyó que le tocaría vivir, acostumbrado como estaba a tirar de las saneadas cifras que se encontró en 2004. Este Gobierno ha demostrado que no estaba preparado para gestionar una crisis. Además, el Ejecutivo socialista y su presidente tienen el estigma indeleble de la desconfianza ciudadana, que es una forma de inhabilitación política que resulta muy complicado revertir. Con vistas a una rendición de cuentas, como la que tendrá que hacer mañana, este es el peor escenario para un presidente de Gobierno.

Además, la reacción de sus colegas socialistas de Cataluña a la sentencia del Tribunal Constitucional reabre ante Zapatero el debate territorial, nunca cerrado del todo, con una virulencia desconocida, forzándolo a una contradicción inocultable con José Montilla, socialista que encabezó el pasado sábado una manifestación totalmente independentista. Esta fractura interna del socialismo español revela la fragilidad de las bases sobre las que se apoyó Zapatero para acceder al poder, con una red de compromisos con los nacionalistas que, además de ser una apuesta temeraria y fallida, lo ha debilitado. De hecho, en este momento, la tensión territorial con Cataluña —aquella de la que Zapatero culpaba a Aznar— es la más grave desde 1978. En cambio, donde ha conseguido mitigarla, como en el País Vasco, es por un pacto con el Partido Popular.

La crisis económica centrará, como es lógico, el debate de mañana, pero no agota el cupo de debilidades que presenta el Gobierno. La imagen de agotamiento político que transmite el Ejecutivo es cada día más nítida, agravándose sus perfiles por las incógnitas sobre el futuro inmediato que les esperan a los dos frentes de su gestión en situación crítica: la economía y el sistema autonómico.


ABC - Editorial

lunes, 12 de julio de 2010

La carga de los Tres Reyes. Por Arturo Pérez Reverte

Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad –seguro que el término les suena– contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa –también esto les suena, imagino– debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas –tropas populares, para entendernos– y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes –Alfonso IX de León se quedó en casa–. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo –imagino que tendría otras cosas en la cabeza–, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros –porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros–; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.


XL Semanal

Manifestación. El martirio del Tío Tom. Por José García Domínguez

La próxima gran exhibición de civismo que ofrezcamos los catalanes tal vez sea ir a la guerra civil. Y si tal día llega, el pobre Tío Tom deberá refugiarse en nuestras trincheras. Por su bien, muy honorable, se lo aconsejo.

Recordando el tiempo vivido en Barcelona, George Orwell anotaría:
Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido.
Hoy, tres cuartos de siglo más tarde, leo en La Vanguardia, sin duda el rotativo que le ayudó a abrir los ojos a Orwell: "La marcha se desarrolló como una auténtica fiesta cívica". "Cívica, pacífica, amplia, desbordante, entregada a la fantasía liberadora [sic] de la independencia", remacha sin solución de continuidad la gaceta del grande de España. Y se refieren, huelga decirlo, a la apresurada huida a pie que hubo de emprender el presidente de la Generalidad, perseguido por cientos de energúmenos que, entre forcejeos, amenazas e insultos, pretendían agredirlo. Así, la tan ejemplar procesión civil alcanzó el punto álgido cuando Montilla, lívido, descompuesto y temiendo ya por su integridad física, corrió a esconderse en la Consejería de Justicia, distante medio kilómetro del trayecto oficial de la manifestación. Después, como si de un vulgar delincuente se tratara, los escoltas lo sacarían en volandas por el parking mientras la turba patriótica, vociferante, continuaba apostada ante la entrada principal.


Al tiempo, la marcha era oficialmente clausurada sin ni siquiera haber cubierto la mitad del recorrido previsto. Fue la única forma de evitar que la gran lección de civismo concluyese con el Tío Tom internado en las urgencias del Hospital Clínico. Pero, aquí, tal como ordena implacable el Ministeri de la Veritat, el día siempre es noche; lo blanco, negro; y los alguaciles de la censura, laureados periodistas. De ahí que el propio Montilla, aún agarrotado por el pánico, ya aplauda agradecido a sus acosadores, tildando de "cívico, unitario y pacífico" el conato de linchamiento que acaba de sufrir. Había, en fin, mucha gente en ese aquelarre antiespañol, sí. Pero nadie olvide que fuimos muchísimos más los que no participamos en él. Así, la próxima gran exhibición de civismo que ofrezcamos los catalanes tal vez sea ir a la guerra civil. Y si tal día llega, el pobre Tío Tom deberá refugiarse en nuestras trincheras. Por su bien, muy honorable, se lo aconsejo.

Libertad Digital - Opinión

Muchas gracias. Por José María Carrascal

Me gustaría que hubiésemos ganado a Holanda en estabilidad institucional, en índice de paro...

SI el Barça es algo más que un club, el fútbol es bastante más que un deporte, para adentrarse por campos tan importantes como la política, la economía y la moral colectiva. No niego que sea exagerado, El nivel escolar, la balanza de pagos o el número patentes deberían de ser mejores baremos del prestigio de un país y la autoestima de sus habitantes. Pero las cosas son como son, y el fútbol aventaja a todos ellos, por razones que intenté explicar en una reciente Tercera, así que voy a limitándome a comentar la euforia que reina hoy en España, tras ganar el Mundial de Sudáfrica.

Me gustaría que hubiésemos ganado a Holanda en estabilidad institucional, en índice de paro, en diferencial de deuda. Pero como no puede ser, tengo que contentarme con la victoria en Johannesburgo, que tampoco es una tontería y, si no, que se lo pregunten a franceses, ingleses, italianos, brasileños y argentinos, que han tenido que regresar a casa con la frustración de no haber alcanzado lo que ellos y sus pueblos ansiaban.


Que España lo haya logrado es motivo de orgullo para todos los españoles, incluidos los no aficionados al fútbol, por tres razones importantes. La primera, porque jugamos mejor; Holanda sólo más duro. Además, veníamos de eliminatorias nada fáciles, en las que hubo de todo, incluida alguna derrota, de la que supimos sobreponernos sin perder nunca la moral ni el juego. O sea que se hicieron las cosas bien. La segunda, porque fue un partido digno de una final de esta categoría. Ambos equipos salieron a darlo todo desde el principio, puede que ello pesara en la calidad del juego, pero emocionante hasta el último segundo. La tercera razón es ya de más calado, entrando en el resbaladizo terreno político, por lo que voy a ceñirme a los hechos: siendo el fútbol un deporte de equipo, la selección española funcionó como una máquina bien engrasada, en la que cada pieza cumplió la función que le habían encomendado e incluso dio de sí esa «milla extra», que suele traer la victoria. Y esto es tan extraño en la España de hoy, donde cada parte tira por su lado, que vale más que todas las copas mundiales. Que jugadores procedentes de diversos equipos y comunidades encajen tan bien, se lleven tan bien y vibren al unísono defendiendo los colores nacionales, nos confirma que el fútbol ha sobrepasado el marco del deporte, para convertirse en ejemplo ciudadano.

No sé si ese ejemplo cuajará, si la alegría, el orgullo, el espíritu de pueblo unido que inunda esta noche las calles y plazas españolas será barrida por los aires de enfrentamiento que vienen soplando. En cualquier caso, hay que dar las gracias a esos muchachos por su gesta y advertir que nadie se atreva a adjudicársela. Es sólo suya.


ABC - Opinión

Una selección para la Historia

Con su triunfo –España ya es la campeona del mundo– por fin la selección española ha zanjado el derrotismo y el victimismo que nos acompañaba en el Mundial, donde siempre acudíamos con el fantasma de no pasar de los cuartos de final, ya fuera por nuestro mal juego, por errores arbitrales o jugadas desgraciadas. Estas situaciones que siempre dejaban un gusto amargo ya forman parte de la historia. Ya, desde la Eurocopa, el combinado nacional ha demostrado que es una selección competitiva, lejos de los complejos de antaño, a la que los rivales admiran y temen, y que se corresponde al nivel de nuestra Liga, considerada una de las mejores del mundo.

Este mayúsculo salto cualitativo ha sido fruto del buen hacer de Luis Aragonés, del acierto de Vicente Del Bosque –que ha mantenido el estilo de juego, al tiempo que ha imprimido su sello estando especialmente acertado en los cambios– y de una generación de jugadores de grandísimo talento desde la portería hasta la delantera. La mayoría de las selecciones sólo tiene un jugador de referencia. Lo que hace distinta y ganadora a España, es que al menos tiene siete jugadores de un nivel sobresaliente. O dicho de otra forma: Argentina tiene a Messi, Portugal a Ronaldo, Inglaterra a Rooney, Brasil a Kaká y España tiene a Xabi, Iniesta, Casillas, Ramos, Piqué, Torres, Villa... En resumen: por primera vez en la historia, España se ha presentado en el Mundial con una selección con mentalidad de equipo, con jugadores competitivos que se conocen desde las selecciones inferiores, que han ganado numerosos títulos internacionales con sus equipos, algunos juegan en el extranjero en ligas tan exigentes como la Premier... Todas estas gratas circunstancias son vitales para entender el éxito actual.


Es lógico que esta selección haya provocado la euforia en toda la sociedad española. Nos ha transmitido valores como la unidad, la solidaridad, priorizar el interés común frente a intereses partidistas, la generosidad y también una extraordinaria capacidad de sacrificio cuando procede. Todos estos rasgos distintivos de nuestra selección deberían extrapolarse al conjunto de la sociedad española, desde los políticos hasta los empresarios pasando por las fuerzas sociales y los ciudadanos. Igual que creemos en el potencial del combinado nacional tenemos que creer en España como nación, por mucho que una minoría pretenda dinamitar ese concepto.

A partir de hoy llega la realidad que no pasa por los campos de juego. Todavía resuena el eco de la manifestación en contra de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, un embrollo político en el que conviene manejarse con templanza y sensatez. El próximo miércoles, el Congreso de los Diputados vivirá un Debate sobre el Estado de la Nación que será singular puesto que nos encontramos en una situación excepcional marcada por la crisis económica y el paro. Sí, el futuro a corto y medio plazo va a exigir lo mejor de nosotros mismos y lo mejor como país. Así, sería deseable desterrar actitudes sectarias, confrontaciones baldías e invertir la tendencia: es mejor sumar que restar. Juntos, podemos.


La Razón - Editorial

Una buena ocasión para gritar "Viva España"

Ojalá la celebración de este tipo de gestas contribuya a que la exhibición de los símbolos nacionales se vuelva más habitual y corriente, especialmente allí donde existe una auténtica represión contra quienes osan manifestarse como españoles.

Sólo cabe comenzar esta editorial felicitando a la selección española de fútbol por haber triunfado en Sudáfrica proclamándose campeona del mundo. Han sido 30 días de fuertes emociones en los que el sueño deportivo ha ido poco a poco cristalizando en un éxito histórico. Gracias por vuestro excelente juego, por vuestro infatigable esfuerzo y por vuestra constante dedicación para llevar el nombre de España a lo más alto.

Décadas de decepciones, de arbitrajes injustos, de mala suerte han sido dejados a un lado por una selección que ha sabido sobreponerse a todo, a las presiones, al juego sucio del rival... y levantar bien alto un trofeo por el que los españoles, aficionados al fútbol por encima de todo, llevábamos suspirando desde siempre.

Los españoles, si bien a menudo enfrentados entre sí, si bien más divididos de lo recomendable en cuitas políticas e identitarias, se han unido para respaldar y celebrar las victorias del equipo nacional en una de las mayores manifestaciones de orgullo colectivo que podemos recordar. Todos han estado apoyando y sufriendo cada minuto de cada partido con un equipo que al final ha logrado coronar un más que justo triunfo.


Desde luego, podemos lamentar que las banderas, los himnos y los vítores a España sólo se escuchen en ocasiones como ésta y no más a menudo como corresponde a un Estado moderno donde los símbolos de la nación son la representación de la soberanía popular, de las libertades y de las instituciones democráticas. Pero al menos el fútbol constituye una espita por donde se exteriorizan sin complejos los sentimientos de españolidad que como es natural albergan la inmensa mayoría de españoles.

Porque, por muchas campañas de intoxicación y adoctrinamiento que se hayan perpetrado desde los poderes públicos para erradicar la idea de España en algunas partes de nuestro territorio, ésta perdura y emerge con fuerza incluso allí donde algunos la creían extinta. Ojalá la celebración de este tipo de gestas contribuya a que en lo venidero la exhibición de los símbolos nacionales se vuelva más habitual y corriente, especialmente en aquellas regiones donde existe una auténtica represión social y política contra quienes osan manifestarse como españoles.

Ojalá todos aquellos que sienten la necesidad de gritar con más frecuencia un sencillo "¡Viva España!" no tengan que encontrar refugio en estas más que lógicas mareas de euforia nacional sino que puedan incorporar esta práctica en su quehacer cotidiano sin miedos a ulteriores represalias. Quizá el poder asociar nuestros símbolos con el recuerdo de días tan felices como este 11 de julio de 2010 lo haga posible. Por nuestra parte, sin duda, y como corresponde en una hazaña como ésta, no dudamos en proclamar un merecido ¡Viva España!


Libertad Digital - Editorial

Metáfora para una nación

La selección es una metáfora de lo que España puede llegar a ser, siempre que estemos dispuestos a aplicar los mismos criterios que han fundamentado sus éxitos.

LA selección española conquistó ayer el Campeonato del Mundo de fútbol al ganar en la final al equipo holandés. Se trata del mayor éxito en la historia del fútbol español, un título que, sumado a otros triunfos no menos relevantes, sitúa a España en la vanguardia de los grandes deportes mundiales, como baloncesto, tenis, ciclismo o motor. El resultado obtenido por el conjunto de Vicente del Bosque no ha sido fruto de la suerte en el cruce de eliminatorias, o de una circunstancia meramente coyuntural: arrancó con la Eurocopa de 2008, cuando Luis Aragonés armó un equipo sólido, con jugadores jóvenes e inigualables en sus demarcaciones, y ha culminado en el Mundial de Sudáfrica, doctorándose con Vicente del Bosque en la más importante competición deportiva, después de los Juegos Olímpicos. Hace tiempo que se agotaron los adjetivos para calificar a un conjunto de deportistas que dan ejemplo por sus resultados, pero principalmente por sus virtudes como equipo. Se ha dicho que son solidarios entre ellos, amigos que confían unos en otros, profesionales que saben lo que tienen que hacer. Entonces su éxito se entiende mucho mejor. Este extraordinario factor humano ha sido dirigido con inteligencia y mano izquierda. La selección española lleva años acreditando que su buen juego responde a una buena planificación, a la elección de los mejores, a la subordinación del individualismo al bien general, al seguimiento de unos excelentes directores y al compromiso colectivo con unos objetivos que ayer, de forma espectacular, fueron coronados con el Mundial 2010.

Durante estas semanas, las victorias de la selección española y la progresión de su juego desde la derrota ante Suiza han servido para establecer paralelismos entre la buena gestión del combinado nacional y el estado general de España. Es una reacción inevitable, porque, en un momento de crisis, la selección española regala unas horas de euforia y autoestima para los que no hay muchos motivos antes y después de cada partido. Sin embargo, y siendo legítimo preguntarse por qué España no funciona como la selección, por qué sus valores no son los del país en su conjunto, los de su clase política, incluso los de la sociedad, más valdría reconvertir tanto juicio comparativo con el Gobierno en un mensaje para los ciudadanos. Porque el mensaje de la solidaridad, del trabajo en equipo, de la sana ambición, de las ideas claras, incumbe principalmente a la sociedad española. La selección es una metáfora de lo que España puede llegar a ser, siempre que estemos dispuestos a aplicar los mismos criterios que han fundamentado los éxitos del combinado nacional. Sería bueno que el entusiasmo colectivo por la selección fuera un estímulo para la sociedad española ante las dificultades del momento e incluso un motivo para exigir que nuestro país se parezca y trabaje como ese grupo de jóvenes —incluidos los Gasol, Nadal, Pedrosa, Alonso, Contador...— que están obligando a todo el mundo, en sentido literal, a hablar de España con admiración.

POR si fuera poco el efecto ejemplarizante, los éxitos de la selección han quitado el velo que tapaba el deseo de expresar algo tan elemental como el orgullo de ser españoles. Nada más erróneo que transformar este sentimiento en una suerte de nacionalismo español oponible a los nacionalismos periféricos. Pero tampoco sería razonable que este tiempo de exhibición de banderas y colores nacionales quedara clausurado a partir de mañana, como si realmente la roja y amarilla fuera la bandera de la selección y no de España. Se trataría de recuperar un patriotismo positivo y constructivo, que es imposible si los ciudadanos se avergüenzan de su bandera, como símbolo de la unión nacional y de su identidad española. Esta explosión cívica de españolidad debería ser bien entendida por la sociedad como un valor enriquecedor, en un momento en que España necesita bases firmes para una recuperación que no solo es económica. Y también debería ser interpretada correctamente por la clase política, a derecha e izquierda, como la exhibición de una España que si no da más la cara, es decir, si no se muestra más a menudo con esta alegría, esta autoestima y esta convicción, se debe a que no tiene los liderazgos que merece.

Hemos tenido que esperar a un Mundial de fútbol para que se genere un estado de ánimo frente a la adversidad, un sentimiento de patriotismo integrador. Pues sí, ha tenido que ser la selección de fútbol la que enseñe a los españoles que, como Nación, no hay más límites que los que se imponga a sí misma.


ABC - Editorial

domingo, 11 de julio de 2010

España existe. Por José María Carrascal

Los españoles hemos vuelto a nuestros peores hábitos y mucho me temo que esta sentencia no haga más que azuzarlos.

MENOS mal que nos queda el fútbol porque el resto es para volverse loco. Nadie está conforme con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán. Unos la juzgan demasiado estricta; otros, demasiado floja, e incluso hay quien considera las dos cosas al mismo tiempo, Que la critiquen ambos extremos ideológicos debería ser prueba de que no es mala, al buscar el punto medio. Pero eso ocurre en las democracias asentadas, donde la política está guiada por el consenso, no por la imposición de un bando sobre otro. Ese fue el espíritu de la Transición y el que impregnó la Constitución del 78. Pero de un tiempo a esta parte, los españoles hemos vuelto a nuestros peores hábitos y mucho me temo que esta sentencia no haga más que azuzarlos.

Personalmente, considero que, tal como se estaban poniendo las cosas, es la mejor de las posibles. De entrada, deja meridianamente claro, no una vez, sino una docena, que la única nación que hay en este país es España. Cataluña, y cualquier otra comunidad, puede autodenominarse nación, estado o imperio, como yo puedo llamarme Napoleón, Einstein o Leonardo da Vinci. Pero jurídica y constitucionalmente, Cataluña es una nacionalidad, como yo soy José María Carrascal. El segundo punto clarificado es que no puede descentralizarse la Justicia, cuyo órgano de gobierno es el CGPJ, y su última instancia, el Tribunal Supremo. Por último, la sentencia rechaza toda bilateralidad entre Cataluña y el Estado, estableciendo claramente la subordinación de la parte al todo. Tal vez debería haber sido más específica en algunas competencias, pero, repito, los puntos fundamentales quedan a salvo, al salvarse la unidad nacional, la prioridad jurídica y el orden legislativo.

Los catalanes pueden protestar, indignarse, decir incluso cosas tan peregrinas como que es «imprudente», como si las sentencias judiciales fueran normas de etiqueta. Cuando si de algo peca es de exceso de prudencia. Imprudente es la reacción de la clase política catalana echándose a la calle tras, primero, haber creído a Zapatero cuando le dijo que le daría lo que le pidiese. Luego, al haber hecho un estatuto claramente anticonstitucional. Y por último, no aceptando la poda de lo más anticonstitucional del mismo, Contemplando el comportamiento de esa clase política, uno comprende por qué Cataluña nunca ha llegado a ser un Estado-nación. No por imposición ajena, sino por incapacidad de sus dirigentes.

Aunque peor es decir que se trata de una derrota del PP. Si tachar 14 artículos y enderezar 27 es una derrota, no sé qué será una victoria. Aparte de que, de no haber sido por el PP, posiblemente no podríamos hablar hoy de una nación llamada España.


ABC - Opinión

El problema no es Montilla, es el PSOE

Zapatero no estuvo físicamente ayer junto a su compañero de partido José Montilla pero tampoco era necesario, porque los españoles saben que si el cordobés protagonizó este sábado esa peligrosa astracanada es porque cuenta con la aprobación de su jefe.

Por más que se quiera confundir a los españoles con el juego de siglas del socialismo según los territorios donde opera, lo cierto es que el PSOE, actualmente al frente del Gobierno de España y de la Generalidad, ha sido el organizador de la manifestación en contra del orden constitucional y el estado de Derecho celebrada ayer por las calles de Barcelona.

José Montilla es miembro del PSOE, ha sido ministro del Gobierno de la Nación, representa en Cataluña la principal autoridad del Estado y en calidad de tal ha instigado a las terminales separatistas para echarse a la calle reclamando lo que de sobra sabe, o debería saber, no cabe en la Constitución a pesar de la terrible andanada que le ha dirigido esta semana precisamente el órgano que debe velar por su vigencia.

A la manifestación de ayer acudió lo más granado del separatismo subvencionado, cuya principal razón de ser es precisamente actuar de agitador del sentimiento antiespañol de una minoría de catalanes. No es extraño, porque los varios cientos de entidades sedicentemente culturales, profusamente subvencionadas desde todos los órganos de la Generalidad, se limitan a cumplir con el papel que exige su vasallaje, pero lo que resulta asombroso es que en el centro de esta operación, ilegal en el fondo y grotesca en las formas, aparezca un partido político, el PSOE, cuyos cargos electos han jurado cumplir y hacer cumplir la norma contra la cual se rebelan sin el menor recato.


Ni siquiera la cercanía de las elecciones en Cataluña puede disculpar el hecho de que un partido con la más alta responsabilidad de gobierno en aquella región y el resto de España se subleve contra el actual ordenamiento jurídico, porque la Historia acredita que las derivas revolucionarias que se inician con apoyo de las instituciones tienen terribles resultados y muy difícil marcha atrás.

José Luis Rodríguez Zapatero es, en tanto que Secretario General del PSOE, el principal culpable de que su partido haya alentado una operación que busca sin disimulo acabar con la unidad de la Nación española, cuya existencia es el fundamento mismo de nuestro sistema democrático. Suya es la principal responsabilidad de que este golpe de estado difuso por institucional haya adquirido carta de naturaleza en las calles de Barcelona sin que quepa la menor matización, por más que los miembros de su gobierno intenten aparentar que lo normal en un país serio es que el partido que gobierna organice manifestaciones en contra del orden constituido que tiene la obligación de defender.

Zapatero no estuvo físicamente ayer junto a su compañero de partido José Montilla pero tampoco era necesario, porque los españoles saben que si el cordobés protagonizó este sábado esa peligrosa astracanada es porque cuenta con la aprobación de su jefe. Como ocurre desde hace seis largos años, el problema no es el nacionalismo; es el Partido Socialista Obrero "Español". El PSOE de Zapatero.


Libertad Digital - Editorial

Impostura y oportunismo

Los socialistas catalanes van a lo suyo y se incorporan a regañadientes a un planteamiento independentista que no les va a servir para mejorar sus expectativas electorales.

LA manifestación de ayer en Barcelona contra la sentencia del TC sobre el Estatuto catalán es fiel reflejo de las maniobras oportunistas de un amplio sector de la clase política en vísperas de las elecciones autonómicas. Es falso, en efecto, que exista una unidad de acción entre los partidos y asociaciones convocantes, como demuestran las graves dificultades para alcanzar un acuerdo sobre símbolos y lemas y la ausencia de un comunicado conjunto. Los mismos líderes que ayer escenificaban una unidad ficticia se van a enfrentar sin tregua durante los próximos meses al servicio de sus intereses particulares y partidistas en unas elecciones que prometen tensión en Cataluña. El PSC ha sido incapaz de tomar una postura coherente: José Montilla encabezaba la marcha, aceptando las proclamas independentistas de otros grupos —que en teoría el PSC no asume— y refugiándose en la bandera regional como símbolo institucional. Aunque ha desempeñado su papel con escasa convicción, es inaceptable que Montilla asuma el derecho a decidir y el principio de autodeterminación, rechazado nítidamente por la sentencia. A su vez, Rodríguez Zapatero mira para otro lado y el PSOE pretende echar la culpa de todo al supuesto «anticatalanismo» del PP. El caso es que los socialistas catalanes van a lo suyo y se incorporan a regañadientes a un planteamiento independentista que no les va a servir para mejorar sus escasas expectativas electorales.

Es notorio que ayer se sumaron a la manifestación múltiples entidades que configuran la parte del tejido social catalán que vive de subvenciones públicas y paga en especie la deuda contraída con los partidos que controlan las instituciones. Muchos miles de personas respondieron en las calles de Barcelona al llamamiento del tripartito; pero también muchos otros miles han preferido disfrutar del fin de semana y aguardan con ilusión la final del Mundial, dejando al margen a unos líderes partidistas a quienes se reprocha —con razón— que actúan con impostura. Una vez que se ha pronunciado el supremo intérprete de la Constitución, la sentencia debe ser acatada por todos. Por tanto, no valen los atajos ni las artimañas jurídicas para eludir los principios esenciales confirmados por el TC. El presidente del Gobierno puso en marcha un proceso de reforma constitucional encubierta que ahora deja secuelas en forma de actitudes radicales y deterioro de las instituciones. En todo caso, hay que cumplir las reglas del juego y nada justifica una protesta, por ruidosa que fuera, para reclamar el incumplimiento de una sentencia y deslegitimar al Tribunal Constitucional.

ABC - Editorial

sábado, 10 de julio de 2010

Estatut. Del barco de Chanquete. Por Maite Nolla

Yo creo que los que se manifestarán el sábado tendrían que pedir responsabilidades a los que no les avisaron de que el Constitucional tenía todo el derecho del mundo a decidir sobre el estatuto, por más que lo hubieran votado y revotado.

Realmente, lo grave de la manifestación del sábado es lo de Montilla. Que los demás se pongan a desfilar es normal y yo diría que casi obligatorio. Entiéndanme, cuando te dan una subvención la ley te obliga a que dediques el dinero a la finalidad de la ayuda. Es más, hasta pueden revocar la subvención si se demuestra que el dinero se destina a otros fines. Así que las asociaciones, fundaciones y demás entidades presuntamente culturales si no trabajan en estos eventos, ya me dirán cuándo van a poder justificar su existencia. Y lo mismo se puede decir del resto de insumisos de coche oficial. Desde luego, es muy subjetivo agraviarse o no por una sentencia que en lo esencial y en lo que no es esencial considera que el estatuto es, como dice la señora Chacón, muy mayoritariamente constitucional. Es más complicado relacionar la dignidad de todo un pueblo con la sentencia, por el detalle sin importancia de que cuando se refieren a "pueblo", incluyen al cincuenta por ciento del censo que no fue a votar, a las personas que votaron "no" y a los que, como Chacón, votaron "sí", pero que ya les está bien la sentencia. Y eso sin entrar en la discusión de que es posible que los que tienen dignidad sean los humanos y no el pueblo entero, que en este caso es parcial o, mejor dicho rebajado. De todas formas, me parece muy bien que se manifiesten si no tienen otra cosa que hacer, aunque me da que han escogido mal día.

Pero como les decía lo que es grave es lo de Montilla. Finalmente ha decidido llevar a la calle el discurso de hace unos meses en el Senado. De aquel día se recordará el absurdo de la traducción entre andaluces, pero los que escucharon a Montilla y lograron entenderle recordarán que centró su discurso en una amenaza al Estado y en un aviso de insumisión en toda regla. Supongo que es un tópico decir que en Estados Unidos el Montilla de allí que hiciera lo que el de aquí, vestiría un bonito mono naranja y hubiera tenido que comparecer ante doce o trece grandes y pequeños jurados que le hubieran puesto de vuelta y media. El problema es hasta cuándo en España se va a tolerar que una autoridad del Estado no cumpla las leyes que nos obligan a cumplir a los demás y que estas cuestiones se queden en el limbo del debate político.

Yo creo que los que se manifestarán el sábado tendrían que pedir responsabilidades a los que no les avisaron de que el Constitucional tenía todo el derecho del mundo a decidir sobre el estatuto, por más que lo hubieran votado y revotado. De verdad, compatriotas, os engañaron. Ahora Montilla dice eso de que es la primera vez que el Tribunal Constitucional desprestigiado anula una ley aprobada en referéndum –desprestigiado y cubierto de mierda, le ha faltado decir, como la frase de Camilo José Cela referida al Cervantes–, pero todo se sabía desde el principio. Así son los políticos en Cataluña: crean el problema, lo agravan y lo mantienen vivo porque no saben hacer otra cosa.


Libertad Digital - Opinión

De heroísmo y miserias. Por Hermann Tertsch

Jamás olvidaremos la gesta heroica de Orlando Zapata, muerto después de 86 días de huelga de hambre.

Muchos se habrán olvidado, otros no quieren acordarse desde el mismo día de su muerte. Pero son millones en todo el mundo los que jamás olvidaremos la gesta heroica de Orlando Zapata, muerto el 23 de febrero después de 86 días de huelga de hambre. Han sido su fuerza y su lucha las que han salvado in extremis la vida a quien decidió emularlo, Guillermo Fariñas, que ha concluido su propia huelga de hambre de 130 días.

Juntos, estos dos cubanos, uno medio vivo, el otro ya muerto, han arrancado a la dictadura un gesto al que ésta no estaba dispuesta hace semanas. La decisión de Fariñas de seguir a Zapata por la senda de la muerte en caso de que no se sacara de la cárcel a los presos políticos más enfermos era irrevocable. Al final lo entendieron los hermanos Castro. Su muerte habría supuesto un endurecimiento del trato tanto a Cuba de Estados Unidos y de Europa. Así las cosas, la Iglesia Católica cubana, y tras ella el Vaticano, le hicieron saber al régimen comunista que podían buscar juntos una fórmula para evitar la muerte de Fariñas. Y la Iglesia logró convencer a la mafia político- militar cubana de que le interesaba soltar a un número indeterminado de estos presos, todos en prisión tras ridículos juicios farsa. De no haber estado la Iglesia en esta mediación, el régimen no habría actuado como lo ha hecho. Porque no podía permitir al agonizante Fariñas, como el gran hombre de principios y valor que es, erigirse en triunfador sobre un régimen mentiroso, corrupto y cruel. La muerte de Fariñas se habría convertido en una pesadilla para los Castro. Por la presión exterior. Y porque saben como respiran los cubanos. Había miedo a cien Fariñas y Zapatas.

Triste es que las mentiras del castrismo, tras un proceso de asueto para limpiarlas de la sal gruesa ideológica, gocen hoy de mayor credibilidad en las democracias occidentales que en Cuba. Allí todos saben de qué va la vaina. Es feliz el hecho de que decenas de presos salgan de las infames cárceles castristas. Pero quede claro que no se otorga la libertad a nadie. Serán deportados al exterior. El régimen no ha cambiado en nada. Comercia con seres humanos inocentes para buscar ventajas o evitar daños. Nada cambia en su naturaleza dictatorial ni en sus leyes. Pronto, si cree necesaria una ración de terror añadido al miedo cotidiano, puede volver a llenar las cárceles.

La presencia del ministro Moratinos, más activo como canciller de la dictadura cubana que en el cargo que le pagamos, es una muestra más de la felonía de quienes se sienten aliados de la satrapía castrista. Llega a La Habana cuando la deportación está acordada para presentarla como éxito propio. Vuelve a humillar a los disidentes y en especial a Fariñas a quien se niega a ver. Y en pleno delirio prepotente conmina a las democracias europeas a premiar al régimen por su «generosidad». Dicen que el exceso de celo de Moratinos como defensor de la dictadura despierta ya sospechas entre disidentes y políticos europeos. Aquí, la falta de dignidad, el oportunismo y el desprecio a los demócratas cubanos produce náuseas.


ABC - Opinión

Estatut. ¿Irá María Emilia a la manifa de Montilla?. Por Pablo Molina

Puesto que la popularidad de María Emilia Casas entre el resto de los españoles no va a recuperarse jamás después de esta tropelía, la única opción que le queda para acabar airosa su mandato es redimirse este sábado.

El texto final de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto de Cataluña, lejos de aclarar las ambigüedades que contenía el auto preliminar, incide en ellas de forma asombrosa hasta convertirlo en un engendro ininteligible, cuya única finalidad es actuar como atenuante de las ilegalidades que el documento estatutario consagra de manera palmaria. La deposición del TC sobre el estatuto de Cataluña es exactamente igual que esas otras sentencias que periódicamente producen algunos jueces, rebajando la sanción a un agresor sexual por el hecho de que la víctima del acoso suele ir muy descocada. Sí, el nuevo estatuto es inconstitucional, pero es que la constitución española viste como una golfa y es normal que una región se sobrepase con ella en un momento de calentura jurídico-política.

Que estamos ante un enjuague político de muy bajo nivel disfrazado de acto jurídico es evidente para cualquiera que lea la sentencia y la compare con la constitución, en cuyo espíritu tiene el alto tribunal el deber de interpretar cualquier norma legal sujeta a discrepancia. El estatuto de Cataluña dinamita los principios básicos del orden constitucional otorgando carta de naturaleza a la existencia de una nueva nación, que actuará en plano de igualdad con la única que la carta magna reconoce expresamente en su artículo segundo. Esa evidencia hace innecesaria cualquier otra consideración sobre la nulidad del texto sometido a examen, pero lejos de actuar con lealtad a la función que tiene encomendada, los miembros del TC han preferido acomodarse a las necesidades políticas del presidente del gobierno, cuyo puesto en La Moncloa depende directamente del voto de los partidos impulsores del estatuto.

Si la presidenta del Tribunal Constitucional pretendía con este mejunje hacerse merecedora del agradecimiento eterno del nacionalismo nororiental, ya está viendo que los sentimientos de sus dirigentes van en sentido contrario, heridos por la incomprensión de la esposa de un jurista que, a diferencia de ella, sí es partidario "de la fuerza normativa de los hechos".

Puesto que la popularidad de María Emilia Casas entre el resto de los españoles no va a recuperarse jamás después de esta tropelía, la única opción que le queda para acabar airosa su mandato es redimirse este sábado, participando en la manifestación convocada por el Francesc Maciá de Iznájar en contra de la tibieza del tribunal que preside. Que le ayude a portar la pancarta. Prometemos no extraer de esa imagen ninguna "eficacia jurídica interpretativa".


Libertad Digital - Opinión

Octopussy. Por Ignacio Camacho

El pulpo, que venga el pulpo a dilucidar a cara o cruz las aburridas disyuntivas de la gobernación de la patria.

EL pulpo Paul en la apertura de los telediarios. Conexión directa con el acuario de Oberhausen para retransmitir en vivo la predicción del oráculo. El presidente del Gobierno, la vicepresidenta y varios ministros entregados a sosas gracias sobre el octópodo; la flor más granada de la socialdemocracia española seducida por una parodia del pensamiento mágico, no muy distinta de los vaticinios mitológicos de las culturas premodernas. Cábalas nacionales en torno a un mejillón dentro de una cajita, probablemente manipulado por los responsables de la broma, acaso los únicos listos de esta simpática superchería, de este peculiar casinillo en versión germánica. ¿La sentencia del Estatuto catalán? Ufff, novecientos farragosos folios. ¿Los votos particulares? Tediosísima prosa leguleya. ¿El decreto de reforma de las cajas de ahorros? Monótona dispositividad para iniciados, que sólo comentan los que no la han leído. El pulpo, que venga el pulpo a dilucidar a cara o cruz las aburridas disyuntivas de la gobernación de la patria. No mucho más criterio muestran los bípedos responsables de aclararlas. Y si se equivoca el molusco, siempre queda la posibilidad de cocinarlo «a feira».

Al menos el pulpo muestra una sintética clarividencia sobre las identidades nacionales que no aparece en la prolija literatura del Tribunal Constitucional, cuyos magistrados discrepan a fondo con extensa argumentación discursiva sobre la simbología y la esencia. A Paul le ponen delante dos mejillones identificados por banderas, y se va derechito al que le parece más apetecible. La cabalística del pronóstico atribuye a cada enseña la propiedad de representar a una nación y a su correspondiente equipo de fútbol, y el animal no entra en disquisiciones identitarias ni se detiene en la efectividad jurídica de los preámbulos. Estatuto mediante, quizá en alguna próxima Copa del Mundo le puedan dar a elegir una cajita envuelta en la cuatribarrada, y las responsabilidades que se las pidan a los cráneos privilegiados que le han dado vía libre a las selecciones catalanas. A ver quién y cómo le explica a Paul el intríngulis de los prefacios, las «nacionalidades» y el Artículo Segundo.

Entregado como está el país entero a esta pasión esotérica y supersticiosa, quizá podría aquilatarse su eficacia sometiendo las candentes cuestiones de Estado al augurio de la hechicería política. Un mejillón representando al Constitucional y otro al Estatuto, y a ver cuál se comía el cefalópodo. ¿Primitivo, irracional, descabellado? Más o menos como la decisión preconcebida de aquilatar una sentencia a los prejuicios del statu quoy a los hechos consumados. Con toda seguridad, el pulpo no tardaría en decidirse cuatro años.


ABC - Opinión

Desterrados, no liberados

Aunque desde hace tiempo ha perdido toda credibilidad, la dictadura castrista es especialista en maquillar la realidad hasta distorsionarla en su propio beneficio. Evidentemente es un motivo de alegría que Guillermo Fariñas haya dejado su huelga de hambre al saber que habrá 52 presos políticos menos –pertenecientes al «Grupo de los 75»– en las cárceles cubanas, pero esta mal llamada liberación no es tal, es un destierro como oportunamente señaló el disidente cubano Oswaldo Paya. El «gesto» del régimen le delata: es una excarcelación con condiciones, puesto que no podrán vivir libremente en la isla y tendrán que exiliarse involuntariamente a otro país si quieren salir de la cárcel. El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ha visto con muy buenos ojos esta componenda, tanto que se ha convertido en un cómplice de los intereses de la dictadura castrista, ya que ha transigido con que los presos excarcelados que vengan a España lo hagan con un estatuto cubano de inmigrantes y no como lo que son: asilados políticos. De esta forma, también tiene un argumento para convencer a la UE de que ya no existe ninguna razón para que se mantenga la política de «posición común» hacia Cuba, que condiciona las relaciones de la Unión Europea con la dictadura castrista a los avances democráticos y en materia de derechos humanos que se produzcan en la isla. Sin embargo, nuestros socios comunitarios son más prudentes y valoran estas excarcelaciones con más cautela. Rápidamente, la Alta Representante para la Política Exterior de la Unión Europea (UE), Catherine Ashton, recordó que la decisión de anular la «posición común» tendría que ser refrendada unánimemente por los 27 y, en estos momentos, no está tan claro que todos los países se conformen con este primer «gesto» si no se emprenden reformas de más calado. En ese sentido cabe recordar que, según los datos de Amnistía Internacional, aún quedan 53 presos de conciencia encarcelados en Cuba de cuyo futuro nada se sabe.

A nadie se le escapa que el anuncio de la excarcelación de los 52 presos políticos y la decisión de Guillermo Fariñas de abandonar su huelga de hambre le da un balón de oxígeno a la dictadura castrista. Lo necesitaba. Desde la muerte de Orlando Zapata, que llevó hasta el final la huelga de hambre, el régimen sabía que estaba contra las cuerdas. Su descrédito internacional aumentó cuantitativa y cualitativamente. Ya no valían las coartadas de un discurso revolucionario y antiimperialista que se diluía mientras emergía con más virulencia que nunca la auténtica naturaleza de la dictadura: inclemente con los disidentes y con un nulo respeto por los derechos humanos. La comunidad internacional lo sabía, pero el fallecimiento de Zapata les abrió aún más los ojos mientras Castro se quedaba sin argumentos.

Lo que sucederá a partir de ahora es una incógnita. Habrá que esperar a que la dictadura cubana cumpla su palabra y envíe al exilio a los 52 excarcelados. Sería el primer paso de los muchos que quedan para que sea una realidad palpable un proceso profundo de reformas que culmine con la democratización de la isla, aunque el inmovilismo que ha caracterizado a la dictadura castrista no invite al optimismo.


La Razón - Editorial

El Constitucional como cooperador necesario

Esta politizada sentencia difuminará los límites de actuación de la casta política catalana; habituada a vulnerar leyes y sentencias mucho más taxativas, qué no hará con una sentencia "interpretativa" que llega al extremo de alterar el lenguaje.

Las constituciones en un principio se redactaron para reconocer los derechos de los individuos y miembros de una comunidad política. En el siglo XIX la mayoría de ellas ni siquiera suponían obligaciones jurídicas vinculantes para los poderes públicos porque se asumía que, escritos o no, los derechos de los individuos sólo podían ser respetados en un estado de derecho.

Sin embargo, la creciente intromisión de los poderes públicos y las cada vez más variadas artimañas destinadas a violentar esos derechos hicieron recomendable no sólo dejar constancia expresa e indubitada de cuáles eran esos derechos ciudadanos, sino, en algunas partes, encargar su protección y vigilancia a un tribunal especialmente constituido para ello. La función de un tribunal constitucional debería ser, por consiguiente, conceder amparo ante la violación de esos derechos, ya sea de hecho o de derecho, por parte de los poderes públicos.

En España, sin embargo, hace demasiado tiempo que nuestro Tribunal Constitucional ha hecho dejación de sus funciones. No es de extrañar: un órgano que debía proteger a los ciudadanos de los políticos ha sido copado por cargos electos por los políticos. Se ha pervertido una institución jurídica y se ha terminado transformando en un apéndice político que, como consecuencia, genera sentencias igualmente políticas.


El caso del Estatut no es el primero, pero sí probablemente el más grave por su dilatado proceso de "deliberación" y, sobre todo, por lo escandaloso de la resolución jurídica y lo desastrosas de sus consecuencias futuras. El Constitucional tardó cuatro años en aprobar una sentencia sobre una ley que a todas luces resultaba incompatible con nuestra Carta Magna. Sólo por este simple hecho, ya cabía anticipar que se estaba cocinando una sentencia de tipo político, en la que las amenazas de la De la Vega a la presidenta del tribunal sirvieran para anular las poderosas razones de tipo jurídico que constataban esta incompatibilidad.

Al final, una vez desvelada la sentencia, el resultado ha sido todavía más escandaloso de lo que cabía prever. Como bien han apuntado los magistrados del Constitucional, Vicente Conde y Jorge Rodríguez Zapata, la sentencia sólo es capaz de aceptar la constitucionalidad del Estatut mutando el significado y el espíritu de ese Estatut. Es decir, la sentencia reconoce y argumenta por qué el Estatut es inconstitucional, pero como políticamente se ve obligado a buscarle un encaje en nuestro ordenamiento, modifica el significado de su articulado hasta hacerle decir lo contrario de lo que realmente dice.

Por ejemplo, el artículo 6.2 del Estatut contiene el "deber de conocer el catalán"; el Constitucional interpreta que se trata de un "deber individualizado y exigible", pero sólo "en el ámbito específico de la educación y de las relaciones de sujeción especial a la Administración catalana con sus funcionarios", si bien al mismo tiempo considera que "el castellano no puede dejar de ser también lengua vehicular y de aprendizaje en la enseñanza". El deber, pues, queda diluido e irreconocible. ¿Por qué razón, entonces, el Constitucional no ha anulado simple y llanamente ese precepto? La respuesta debería resultar evidente a todo el mundo: por hipotecas políticas.

Pero la función del Constitucional no es ni puede ser la de redactar estatutos u otras leyes orgánicas, sino juzgar si éstas, tal cual han sido publicadas en los respectivos boletines oficiales, contradicen o no la Constitución. Como dice Vicente Conde:
Salvar la constitucionalidad de una Ley recurrida, negando lo que la misma dice, sobre la base de hacerla decir lo que no dice, más que un error, supone, a mi juicio, simultáneamente un modo de abdicación de la estricta función jurisdiccional y de ejercicio de una potestad constitucional que al Tribunal no le corresponde.
Pero no se trata, sólo, de que el Constitucional se extralimite en sus competencias por conveniencias e intereses meramente políticos (salvar a Zapatero de un descrédito todavía mayor). El problema de fondo es que con esta técnica se subvierte la propia Constitución, pues ésta se vuelve en la práctica incapaz de lograr su cometido: que prevalezcan los derechos de los individuos frente a las injerencias de los poderes públicos.

La defensa efectiva de los ciudadanos catalanes (y españoles) estará subordinada al más que previsible colapso que sufrirá el Constitucional ante la avalancha de peticiones de nuevas interpretaciones de leyes y de situaciones de desprotección que se sucederán a esta sentencia política. Pero además, esta enmarañada sentencia difuminará los límites de actuación de la casta política catalana; habituada a vulnerar leyes y sentencias con un mensaje mucho más taxativo, qué no hará con una sentencia "interpretativa" que llega al extremo de trastocar la lógica misma del lenguaje.

A la postre, pues, los políticos consiguen lo que querían: una Constitución y un Estatuto que no suponga un freno a sus ataques a las libertades individuales. Aquí, el politizado Constitucional ha cumplido perfectamente su papel de cooperador necesario en la demolición del estado de derecho.


Libertad Digital - Editorial

Los peligros del «Estatuto bis»

La cuestión política principal es saber si esta sentencia da coartadas al Gobierno para poner en marcha un plan B que dé al Ejecutivo de Cataluña lo que esta resolución impide o condiciona.

Es cierto que la sentencia sobre el Estatuto catalán que el Tribunal Constitucional dio ayer a conocer representa un golpe a la columna vertebral del texto original y, políticamente, no deja de ser una desautorización a una norma que el Gobierno de Rodríguez Zapatero no se ha cansado de tildar de «plenamente constitucional»; sin embargo, también lo es que abonará nuevos conflictos, al pretender un equilibrismo ilusorio entre la Constitución y un texto estatutario cuya inconstitucionalidad es mucho mayor que la declarada por el TC. Los magistrados de la mayoría han aprobado una sentencia que realmente ejecuta un mecanismo de sustitución del legislador y no un juicio jurisdiccional. En efecto, el Estatuto vigente en Cataluña ya no es el aprobado y publicado oficialmente, sino el que la mayoría del TC ha reconstruido interpretativamente para rechazar en parte un recurso de inconstitucionalidad que, si no hubiera mediado esa interpretación, habría sido estimado más ampliamente. Este ejercicio abusivo de la «sentencia interpretativa de rechazo» es lo que ha fracturado internamente al TC, hasta el extremo de ser el objeto de la primera crítica que realizan cuatro magistrados discrepantes —Rodríguez Arribas, Conde Martín de Hijas, Rodríguez Zapata y Delgado Barrio— porque entienden que el Tribunal ha asumido funciones de legislador encubierto. Si la constitucionalidad de una ley depende de la confrontación de su texto con la Constitución, la mayoría del TC ha optado por contrastar el Estatuto con un elenco de interpretaciones propias, elaboradas a partir de una reescritura de los preceptos impugnados. Es más, queriendo salvar artículos cuya formulación era inconstitucional, llegan a cambiar el sentido de las proposiciones, para hacer que un «en todo caso» signifique un «en su caso», o que «la lengua vehicular» quiera decir «una lengua vehicular».

Desde la perspectiva del recurrente, el Partido Popular, esta sentencia es, en buena medida, una emboscada a sus argumentos de impugnación, porque son rechazados por la interpretación sobrevenida que realiza el TC, no porque el Estatuto se ajustara a la Constitución. El resultado de este diabólico método de enjuiciamiento interpretativo es una sentencia contradictoria, que establece límites razonables a los estatutos de autonomía, pero renuncia a extraer todas las consecuencias de su planteamiento, que en este caso habrían sido muchas más declaraciones de inconstitucionalidad que las recogidas en el fallo.

En efecto, la sentencia parte de que no hay más nación que la española y que esta es única e indivisible. Igualmente, declara que «los Estatutos de Autonomía son normas subordinadas a la Constitución» y que la Constitución «no admite igual ni superior». No puede haber, por tanto, competencia a la norma constitucional procedente de una norma estatutaria, ni legitimidad superior o equivalente a la soberanía nacional que reside en el pueblo español. Asimismo, recuerda el TC que los Estatutos de Autonomía son leyes orgánicas y que, en tal condición, están subordinados a la Constitución y deben respetar la reserva de materias a otras leyes orgánicas. Tales principios se expresan con claridad, ciertamente, pero el TC ha optado por intentar la conciliación de normas antagónicas a base de poner en el texto estatutario proposiciones interpretativas que ni son propias de un tribunal de Derecho ni se corresponden con la función protectora que le incumbe. En este momento, el Estatuto de Cataluña es un foco de inseguridad jurídica y una fuente de conflictos.

También es cierto que la sentencia aborda las grandes claves del proyecto soberanista que animaba el Estatuto de 2006 y las reconvierte en buenistas declaraciones de principios que deberán esperar a la concreción que resulte de la aprobación de leyes estatales. Este resultado se consigue no pocas veces desfigurando los preceptos analizados, pero dejándolos incomprensiblemente vigentes. La cuestión política principal a partir de la publicación de la sentencia es saber si da coartadas al Gobierno para poner en marcha un plan B que dé al Ejecutivo de Cataluña lo que esta resolución impide o condiciona. Si existiera lealtad constitucional, los gobiernos central y catalán sabrían que el Estatuto ha sido reconducido interpretativamente a un estatuto autonómico común, con serias restricciones a cualquier veleidad soberanista. Pero como no va a ser el TC el que se encargue de aplicar su propia doctrina, sino ambos gobiernos, es previsible que estos urdan una réplica interpretativa a la decisión del TC para crear atajos que lleven a un «Estatuto bis». Sin embargo, si la vía va a ser un conjunto de leyes estatales, que es lo que sugiere el TC, entonces la solución acabará con el «hecho diferencial» catalán, porque lo que se reconozca a Cataluña se reconocerá a todas las comunidades autónomas, y el efecto disgregador será generalizado. A pesar de la sentencia —con sus luces y sus sospechosas sombras—, el Estatuto catalán, tal y como fue aprobado, es un juguete roto en manos de gobernantes irresponsables.


ABC - Editorial