viernes, 21 de mayo de 2010

La injusticia social del Gobierno

EL Consejo de Ministros aprobó ayer por real decreto-ley las medidas anunciadas por Rodríguez Zapatero la semana pasada, consumando de esta forma un recorte de derechos sociales y económicos sin precedentes.

Este giro radical en el enfoque de la crisis se produce mientras el presidente del Gobierno insiste en que la recuperación económica ya ha comenzado, lo que agrega confusión sobre la necesidad y la utilidad de unas medidas que han desnudado la impostura del discurso oficial del Ejecutivo sobre el estado real de nuestro país. Al mismo tiempo, estas medidas se aprueban en medio de una estrategia de propaganda tendente a descargar en el Partido Popular la responsabilidad de apoyarlas en el Congreso de los Diputados, enfrentando a Rajoy con un supuesto reproche europeo en caso de que no dé su respaldo al Gobierno. La treta es burda y el líder de la oposición debe ignorarla, porque en Europa, pero sobre todo en España, se sabe perfectamente que la responsabilidad directa de la gravedad de la crisis -no tanto de su origen- es del Gobierno socialista, que se ha visto obligado por presiones foráneas a dejar de ser una amenaza para el euro y las economías de sus socios occidentales.

El plan del Gobierno es presentar las medidas restrictivas de salarios públicos, pensiones, gastos de dependencia e infraestructuras -y ahora la subida de impuestos «para los ricos»- como las únicas posibles en las actuales circunstancias, lo cual es, así planteado, falso. La congelación de las pensiones -un recorte encubierto- es injusta si no se suprimen antes gastos corrientes y subvenciones de las administraciones públicas totalmente prescindibles. El freno a la dependencia es una estafa política anunciada, porque el Gobierno nunca atendió las advertencias de quienes temían que se estaba comprometiendo un gasto excesivo para un futuro incierto. Los funcionarios critican, con razón, que su recorte de salarios no esté precedido de una supresión de cargos discrecionales y gastos superfluos. No hay sinceridad en el Gobierno en la aprobación de estas medidas porque responden a decisiones ajenas. Son improvisadas y no garantizan un recorte sustancial del déficit, aumentan la desconfianza social y hacen más evidente la incapacidad del Gobierno para liderar la recuperación. Sacar a pasear la demagogia tributaria contra «los que más tienen» es una tosca expresión de incapacidad política y una burda manera de aliviar la mala conciencia.

ABC - Editorial

jueves, 20 de mayo de 2010

Chiquilicuatre. Por Hermann Tertsch

LA cosa sería graciosa si no fuera tan reveladora de nuestra actual situación. La cosa tendría coña si no fuera tan patética y peligrosa la deriva.

Resulta que nos llega un chquilicuatre boliviano iletrado, vendido y comprado, inepto y siniestro a España, un tal Evo Morales, y acusa aquí, en España, al partido principal de la oposición de organizar algo así como un golpe de Estado en su país. Y lo hace aquí, insisto, en España. Son muchos los chiquilicuatres que nos insultan desde hace unos años desde los países más fracasados de Latinoamérica porque consideran, y ahí probablemente lleven razón, que en este país no pueden recibir respuesta de esos políticos que tienen enfrente, es decir aquí, es decir en La Moncloa y en el Palacio de Santacruz.

Llevamos seis años mostrando ojos tiernos a lo peor de aquel subcontinente, haciendo «lobby» y presentándonos como amiguetes de las peores miserias populistas, indigenistas, racistas, protonazis y comunistas de allí. Hemos hecho el ridículo más total porque estadistas dignos, entre ellos -mala suerte ministro Moratinos- una señora que nació y vivió en un régimen comunista y sabe lo que la gentuza es capaz de hacer. Es Angela Merkel, quien, como tantos otros responsables europeos siente cada vez mayor desprecio por quienes dirigen la política exterior española, empezando por supuesto por nuestro Gran Timonel. Por su ignorancia y su profunda falta de principios. Pero también porque supone un auténtico atentado contra los intereses de nuestro país y de Europa a medio y largo plazo.

Que un individuo como Evo Morales venga aquí a insultarnos en los foros públicos es un escándalo mayúsculo. Pero, por supuesto, aquí no pasa nada. Dictadorzuelos de medio pelo llegan a España a dar consejos como ese iletrado que es Evo Morales, presidente de Bolivia por gracia de Hugo Chávez, ese milico golpista, otro iletrado en Venezuela. Y los Castro, unos dictadores asesinos en Cuba. Nos da lecciones la peor chusma del mapa mundi.

Nos llama el gran mandarín de la dictadura china para darnos lecciones de economía. Nos amenazan e insultan, un día sí y otro también, personajes como la impresentable presidenta de Argentina con su consorte. Que opinan sobre nuestro Tribunal Supremo durante una visita oficial a España. ¡Cómo es posible todo esto! ¿Cómo hemos caído tan bajo como para que no haya una respuesta masiva a este insulto de una señora tan dudosa en todo como doña Kirchner agitando, durante una visita oficial en España, contra la máxima magistratura española? Que Barack Obama y Angela Merkel asuman el control de la economía española no es hoy por hoy signo de alarma sino de tranquilidad. Porque nos protegerán de nuestros gobernantes actuales. Pero la humillación que suponen todos esos don nadies de la Cumbre -que no ha sido nada- opinando sobre nuestra justicia, nuestros derechos, nuestra historia y nuestros partidos y electores deberían haber generado una ola de furia. No pasa nada.

Dinos con quién andas y sabremos quién eres. Nunca hubo mejor fórmula con la que explicar la miseria moral, el desbarajuste total, el caos, la ideologización y, peor aún, la insolvencia profunda de nuestra política exterior. Eso sí, estamos cosechando lo sembrado. Nuestra política exterior, de debilidad, entreguismo, oportunismo y tantos errores como han podido cometer Zapatero, Moratinos y la inefable vicepresidenta De la Vega tiene su precio. En África nos chantajean. Nuestro vecino marroquí se parte de risa y exige territorio español, los chinos nos regañan, los norteamericanos nos avisan ellos de que nuestros socios europeos están de nosotros hasta los tirabuzones. Tan hartos de nosotros que le encargan al propio Obama que nos lo comunique. En fin, señoras y señores, sabía que teníamos un Gobierno de incapaces. Lo que no quería reconocer es que los hemos convertido en un país de incapaces para el mundo.


ABC - Opinión

Baile de máscaras. Por Cristina Losada

Han creído los de Rajoy que pueden competir en populismo con los socialistas y están a punto de dejar a Izquierda Unida a su derecha. Ya puestos, que hagan unidad de acción con la CGT y monten unas jornadas a la griega.

Unos señores del FMI han pasado por aquí y se han llevado una sorpresa. Así, han podido constatar el rechazo que suscita el mini plan de reducción del gasto público anunciado por el Gobierno. Los partidos de la llamada oposición están en contra, incluidos los nacionalistas que apoyaron gustosísimos la política de gasto sin fronteras. Por no haber, no hay garantías de que el presidente se vaya a enmendar la plana a sí mismo. Asegura, de puertas afuera, que hará el ajuste, pero se resiste a poner negro sobre blanco la letra pequeña. La duda está justificada: el valor de su palabra es conocido. Recuérdese la efímera vida del plan que retrasaba la edad de jubilación. Las propuestas sensatas del Gobierno mueren antes que una mosca en presencia de Obama.

El primero que se halla en desacuerdo consigo mismo es el partido gubernamental. El PSOE tiembla ante el espectro de una pérdida de votos si toca los sueldos de los funcionarios y las pensiones y suprime los regalitos con los que engatusaba a su base electoral. De ahí que, tras el miércoles de ceniza, las huestes de Zapatero se hayan encarrilado hacia un nuevo carnaval. Inquietas porque se han quedado sin "discurso de izquierdas", ansían colocarse, ¡otra vez!, su máscara favorita. Quieren jugar a la persecución de banqueros, ricos y curas, cual una banda antisistema. Justo lo que faltaba en una España en quiebra: una propagandística operación de acoso a la "oligarquía financiera" y a los "capitalistas", típica de regímenes del extrarradio, como los de Chávez, Morales y compañía.

Mientras el PSOE incuba la idea de atizar la confrontación social, el PP recoge las banderas de la izquierda que van cayendo. Tras respaldar con críticas, pero sin condiciones, algunos parches que fue poniendo el Gobierno, ahora no quiere saber nada del ajuste. Y eso que certifica que cuanto pronosticaba era cierto y cuanto reclamaba, cabal. Puede el PP proclamar que tenía razón y debía de exigir reformas y más recortes. Pero han creído los de Rajoy que pueden competir en populismo con los socialistas y están a punto de dejar a Izquierda Unida a su derecha. Ya puestos, que hagan unidad de acción con la CGT y monten unas jornadas a la griega. ¡Viva lo social y abajo las imposiciones extranjeras!


Libertad Digital - Opinión

El tributazo. Por Ignacio Camacho

TRAS el tijeretazo viene el tributazo. Cualquier posible duda sobre una próxima subida de impuestos quedó disipada el martes con el desmentido de Elena Salgado; todo el mundo la dio automáticamente por cierta.

En este Gobierno las vicepresidencias son una forma ilustre de irrelevancia, una modalidad jerárquica de la nada. A veces da la sensación de que Zapatero nombra vicepresidentas para mostrar su poder desautorizándolas. Quizá por eso Chaves, que tiene más recorrido a las espaldas y menos competencias en las manos -menos es un eufemismo, no tiene ninguna- haya optado por un quietismo que cuadra con su estilo hierático y le evita de paso malas posturas. Sus compañeras de rango, obligadas a moverse, tienen peor suerte en las fotos. Si De la Vega firma un convenio salarial con los funcionarios, el presidente más coherente de la democracia les baja los sueldos; si Salgado descarta un incremento fiscal, su jefe lo anuncia justo al día siguiente. Las decisiones reales se toman en un minigabinete de pretorianos formado en torno al líder en Moncloa, un estrecho círculo de poder en el que sólo hay dos alternativas: ser primo o hacerlo.

Ese reducido cinturón de confianza será probablemente el que, reunido alrededor de un montón de encuestas y sondeos, decida cómo, cuánto y a quién les van a subir los impuestos. Bueno, a quién está claro: a los únicos que los pagan, que desde luego en España no son los ricos propiamente dichos. En la lógica fiscal convencional deberían ser las cuentas de ingresos y gastos el factor determinante de esta clase de medidas, pero en la lógica zapateril impera sólo el dominio de las emociones políticas, que son las que se escrutan en los estudios de opinión pública. Importa el enunciado, no el contenido. Si el Gobierno, o con más exactitud el presidente, pone en su agenda un aumento tributario «a las rentas altas» no es tanto porque lo necesite para equilibrar sus mermados balances financieros sino los políticos. La impopularidad del recorte requiere inmediatos guiños compensatorios de populismo socialdemócrata. Se buscan chivos expiatorios de la improvisación que ha triturado la popularidad gubernamental, y la cúpula del PSOE ha señalado tres objetivos con mantras rituales que sus dirigentes van a repetir como una jaculatoria: los ricos, los bancos y la Iglesia. A por ellos van a ir para disimular las evidencias de un ajuste diseñado por imperativo del protectorado europeo. Se van a enterar.

De momento convendría, sin embargo, que se enterasen también las dos vicepresidentas, para no tener que retratarse en escorzo y pilladas a contrapié. Sería imperdonable que el gabinete de consignas vuelva a olvidar enviarles el argumentario a sus blackberrys. Aunque ya deberían haber aprendido que en el lenguaje de Zapatero las palabras nunca y siempre se refieren sólo a un breve margen de horas.


ABC - Opinión

La Pasionaria de Serrano. Por José García Domínguez

Cuando Zapatero amagaba con darle una oportunidad al sentido común y otra al rigor intelectual, irrumpen en escena los peronistas de todos los partidos prestos a representar el muy castizo espectáculo del bombero torero.

Teníamos a los comisarios del Partido Proletario, con el camarada González Pons a la cabeza, exigiendo todo el poder para los soviets de funcionarios y pensionistas; a Soraya, la Pasionaria de Serrano, rugiendo "¡No pasarán!" ante la mirada atónita de los cuatro bolcheviques reumáticos que aún habitan Izquierda Unida; a Feijóo repudiando, airado, los recortes impuestos por las potencias extranjeras a un Gobierno títere y cipayo; al subcomandante Arenas, vindicando igual la juerga presupuestaria frente al mezquino capital foráneo; y al de Pontevedra, ataviado para la ocasión con la boina de Largo Caballero, desbordando por la izquierda al mismísimo lucero del alba.

Sólo nos faltaba Curro Jiménez, navaja al cinto y trabuco en ristre, prometiendo sacarles el parné a los ricachones con tal de entregárselo al pueblo. Y en eso parece que anda ahora mismo el otro, según cuentan en los papeles. En fin, ya lo advirtió Larra, aquí, todo el año es Carnaval. Y todavía habrá quien continúe dándole vueltas a la matraca de que el Ejecutivo yace secuestrado por los sindicatos. Que se lo expliquen a esa legación del FMI, la que acaba de abandonan Madrid alucinada, aún sin discernir si se han reunido con el Polit Bureau de la Cuarta Internacional o con unos señores de traje y corbata que en su día cumplieran con las premisas de Maastricht. Así, cuando Zapatero amagaba con darle una oportunidad al sentido común y otra al rigor intelectual, irrumpen en escena los peronistas de todos los partidos prestos a representar el muy castizo espectáculo del bombero torero.

Los unos, armados con el ungüento amarillo de las finanzas, sencillas y milagrosas fórmulas para acometer el ajuste fiscal sin que contribuyente ninguno padezca el más mínimo dolor ni quebranto. Los otros, emulando las arengas de Evita a los descamisados en la Plaza de Mayo contra los "recortes de derechos democráticos". Los de más allá, revelándonos la nueva de que, en España, los servidores vitalicios del Leviatán resultan ser "los más débiles"... Camina el país al borde del precipicio y ellos, ajenos, persisten en lo de siempre, en sus pequeñas tretas de pícaros y el eterno tacticismo de vía estrecha, absortos en los juegos de salón del politiqueo capitalino. Sentido de Estado se llama la figura.


Libertad Digital - Opinión

Un Gobierno sin palabra

EL anuncio de una nueva subida de impuestos, esta vez para «los que realmente tienen más», es el último golpe de efecto del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para amortiguar el malestar de la opinión pública por el recorte de gastos sociales y salarios públicos.

Hace una semana anunció estas medidas como consecuencia de las presiones internacionales. Nada dijo de subir impuestos, aunque estaba sobreentendido que podría haber una vuelta de tuerca fiscal en cualquier momento, porque el déficit público es crítico y porque no es posible fiarse de este Gobierno. De hecho, la subida fiscal anunciada por Zapatero desautoriza sin paliativos a la ministra de Economía, Elena Salgado. Un país en crisis extrema, cuyo Gobierno anuncia unas medidas duras e impopulares, no puede permitirse la frivolidad de no contar en el Gobierno con un equipo económico que transmita un mínimo de seguridad y profesionalidad. La gestión de esta crisis se ha convertido en un mano a mano de Zapatero y José Blanco, con una traducción política evidente a efectos internos del PSOE y de la propia jerarquía en el seno del Gobierno.

La subida de impuestos «a los que más tienen» no pasa de ser una soflama de movilización de la izquierda. Si ayer era necesaria, también lo era el miércoles de la semana pasada, cuando Zapatero decidió que, por fin, había crisis en España y que había que hacer algo distinto a gastar dinero público a manos llenas. Es una soflama porque no se sabe quiénes son los que, a juicio de Zapatero, «más tienen», ni cómo va a aumentar su carga fiscal, ni desde cuándo. Incógnitas para sembrar más inquietud e inseguridad, mientras la Bolsa sigue cayendo y la colocación de la deuda pública española flaquea ostensiblemente, y dando muestras de que el Gobierno socialista es incapaz de abordar con rigor la gravedad de la situación.

Mientras esta ceremonia de confusión sobre el aumento fiscal se desarrollaba, José Blanco explicaba en el Congreso el recorte de inversiones en obra pública. Hasta hace un mes, los multimillonarios Planes «E» de obras locales eran imprescindibles, pero ahora se anuncia una especie de «ley seca» a la economía española, castigada con menos poder adquisitivo por el recorte de salarios y pensiones, con la retracción del consumo que provocará el aumento del IVA y con el cierre de la inversión productiva en infraestructuras. Sin embargo, ahí siguen miles de contratados a dedo en las administraciones públicas y ministerios irrelevantes para el interés general.


ABC - Editorial

Palo a los ricos y leña a los curas… ¡Vuelve ZP, el Vengador Justiciero!. Por Federico Quevedo

Si alguien pensaba que después del baño de realismo al que se vio obligado Rodríguez a instancias de Merkel y Obama la cosa iba a quedar ahí, estaba equivocado o no conoce a nuestro personaje: después de haberse tenido que tragar todos sus excesos demagógicos de seis años, por algún lado tenía que volver a salir ese espíritu vengador y justiciero que le acompaña.

Y como los suyos no le van a la zaga en lo que a feminismo, rojerío y anarcosindicalismo se refiere, se han puesto manos a la obra para contrarrestar el efecto negativo que para los intereses electorales del progresismo patrio tiene el mayor recorte del gasto social de la historia reciente, y no se les ha ocurrido mejor cosa que poner en su punto de mira a dos de los colectivos más denostados por la izquierda radical y resentida desde el principio de los tiempos: los curas y los ricos.

Palo al rico y leña al cura, o palo al cura y leña al rico, que tanto monta. La cuestión es volver a movilizar a ese electorado radical, extremista, antisistema y más rojo que Mao Tse Tung al que todavía no se le ha pasado el susto después de escuchar a Rodríguez el pasado miércoles: no os preocupéis, muchachos, tranquilos, que ahora vamos a ir a por los de la sotana y a por los ricos. Menos mal que por el momento solo han hablado de subir impuestos a unos y quitarles el dinero a los otros, y todavía no hemos escuchado nada de quemar iglesias y violar monjas. Aunque quién sabe, todo se puede andar…


De entrada, y como primera cuestión a analizar, habrá que saber qué entiende Rodríguez por ricos, porque si se dan ustedes cuenta a estas alturas de la película y después de todo lo que ha pasado, seguimos sin tener ni pajolera idea de lo que va a hacer el Gobierno, generalidades aparte. Cada día nos sorprenden con alguna declaración que corrige otra anterior hecha por ese mismo o por otro miembro del ausente Gabinete ministerial -¿ustedes son conscientes de que hay ministros de los que hace meses y meses y más meses que no sabemos nada?- que casi siempre coinciden en los nombres de Salgado-De La Vega-Chaves-Blanco y para de contar.

Que si uno dice que se suben los impuestos, la otra que no, y el tercero que ya se verá. Que si ella afirma que las pensiones van a subir, el otro que se congelan y el presidente acaba aclarando que todavía no tiene muy claro lo que va a hacer. Y así en un sempiterno reino de la improvisación y la desidia gubernamental. Es lógico que a pesar de lo dicho por Rodríguez en Europa sigan creyendo que no somos de fiar y los mercados continúen castigando la absoluta falta de credibilidad de nuestro Gobierno.

Apretón de tuercas a las familias y rentas medias

Pues bien, volviendo al asunto que nos ocupa, a día de hoy no sabemos a qué se refiere Rodríguez cuando habla de los ricos, pero si nos atenemos a declaraciones anteriores sobre el tema, el umbral se puso en una renta bruta anual de entre 30 y 35.000 euros. O sea, pura clase media, de esa a la que cada vez le cuesta más llegar a final de mes.

Suponiendo que sea ese el umbral o, incluso, un poco más alto, eso significa que la única opción que tiene Rodríguez para recaudar se llama IRPF, y dado que por prisas y falta de tiempo no parece que modificar la tarifa sea la solución más adecuada, todo indica que lo que nos van a tocar son los bemoles de la retención. Porque, seamos consecuentes con los antecedentes del personaje: yo no le veo subiendo la tributación de las SICAV a sus amigos del Sindicato de la Ceja, la verdad. Como mucho, es posible que toque el Impuesto de Sucesiones y recupere el de Patrimonio, pero dudo que eso sea suficiente para los planes de Ejecutivo, luego habrá que ponerse en lo peor, es decir, que serán las clases medias las que tengan que pagar los errores y los excesos de Rodríguez Zapatero, para que luego le aplaudan los Almodóvar, Bardem y compañía por haber sido firme con los ricos y generoso con los pobres, eso sí, sin haberles manoseado a ellos la cartera.

La realidad, sin embargo, es que cualquier medida en esa dirección, y ahora permítanme un poco de seriedad, es una auténtica barbaridad por más que en otros países se haya puesto también en práctica: subir impuestos a las clases medias, pequeños empresarios y autónomos no solo va a frenar la recuperación, sino que nos lleva de camino directo al abismo de una nueva recaída en la recesión.

Labor social de la Iglesia

Pero, siendo importante y atractivo para ese electorado extremista el apretón de tuercas a las familias y rentas medias, lo que de verdad les pone, lo que les produce orgasmos de satisfacción, es que el Gobierno la tome con los curas. ¡Oiga! Da igual que la Iglesia sea la primera ONG de este país, o que invierta cientos de millones en cuidar un patrimonio histórico artístico que es propiedad de todos independientemente de su credo o religión. No, lo importante es atizarles a los curas donde estos progres trasnochados y anclados en el Neandertal consideran que más les dueles, es decir, los cuartos.

No es nueva la estrategia, ya la puso en práctica un tal Mendizábal hace unos cuantos años. El problema es que hacer eso contradice el propio discurso de la izquierda, y más en tiempos de crisis. Me explico: la Iglesia recibe todos los años una cantidad de dinero que sale de los bolsillos de los contribuyentes como aportación voluntaria, en base a unos acuerdos -Concordato- que por sí mismos son Jurisprudencia Internacional y no se pueden revocar así como así. Lo que hace el Gobierno es adelantarle a la Iglesia esa cantidad en aportaciones mensuales que se fijan en los Presupuestos -este años son unos 13 millones de euros mensuales- y al final del ejercicio ambas instituciones liquidan, es decir, que si se queda corto el Estado le paga a la Iglesia lo que le debe, y si se pasa la Iglesia lo devuelve.

¿Por qué se hace así? Sencillo, porque con ese dinero la Iglesia no solo sostiene parte de su labor pastoral, sino que, y sobre todo, dedica la mayor parte de esos fondos a la educación y a sus labores sociales, entre ellas la que pone en práctica a través de Cáritas y Manos Unidas, las dos principales ONGs de ayuda a los más desfavorecidos que hay en España. Y qué quieren los progres, ¿quitarle el dinero a la Iglesia para que ésta tenga que cerrar los comedores sociales, por poner un ejemplo?

Pues como muestra de esa sensibilidad social propia de la izquierda con la que tanto se ha llenado la boca este Gobierno durante estos seis años, acusando además al PP de ser el partido de los ricos y los poderosos -¡manda huevos!, que diría Trillo-, hacer esto resulta cuando menos ruin y despreciable, y con mayor abundancia en la ruindad en un momento en el que esa labor social de la Iglesia se está haciendo imprescindible para que mucha gente pueda, al menos, tener algo que llevarse a la boca y dar cobijo, alimento y vestido a quienes más sufren y padecen las consecuencias del peor Gobierno de nuestra Historia reciente y del peor presidente de la democracia. Ruin y mezquino.


El Confidencial - Opinión

¿Habrá alguna vez sentencia sobre el Estatut?

El tiempo juega a favor de los impulsores del Estatut, que lo están desarrollando y llevando a la práctica en todos sus extremos al no impedírselo, ni siquiera un poco, nuestro inoperante y politizado Tribunal Constitucional.

Este miércoles hemos vivido un nuevo capítulo en la interminable y bochornosa historia de la redacción de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña: El sexto borrador de resolución, a cargo del magistrado Guillermo Jiménez, y que preveía la declaración de inconstitucionalidad de una veintena de preceptos y la interpretación restrictiva de otros tantos, ha sido retirado por su redactor antes de ser sometido a votación ante la previsible falta de los apoyos necesarios. La presidenta del Tribunal, María Emilia Casas, ha asumido la ponencia de la sentencia anunciando al pleno su intención de presentar su propuesta "a la mayor brevedad posible".

Antes de hacer nuevas consideraciones, debemos destacar, una vez más, el patético espectáculo que supone el hecho de que el Tribunal todavía sea, cuatro años después, incapaz de emitir un fallo sobre un estatuto de tan clamorosa inconstitucionalidad que hasta uno de sus promotores, el ex presidente catalán Pasqual Maragall, terminó por reconocer que no tenía cabida sin "una reforma previa" de nuestra Carta Magna. Sólo la politización y falta de independencia de la Justicia, que los socialistas impulsaron al grito de "Montesquieu ha muerto" y que los populares no revocaron durante sus años de gobierno, explican este grave retraso.


El hecho de que la ponente del nuevo borrador vaya a ser la presidenta del Tribunal Constitucional, María Emilia Casas, no augura nada bueno: En primer lugar, Casas ha demostrado ser fiel a las tesis del Partido Socialista que la nombró, no ya sólo por su posicionamiento ante los borradores anteriores, sino por la bochornosa y servil forma en la que públicamente aguantó la reprimenda que le dirigió la vicepresidenta Fernández de la Vega durante el Desfile Militar de 2007. En segundo lugar, cabe también recordar que Casas está casada con Jesús Leguina, quien fue contratado y retribuido por la Generalidad de Cataluña para defender jurídicamente el estatuto que ella ahora tiene que juzgar. Y en tercer lugar, cabe señalar que, aunque Casas no sea el único miembro del Constitucional al que hace tiempo que se le caducó su mandato, esta circunstancia es mucho más lamentable en su caso ya que, en su condición de presidenta del Tribunal, goza de voto de calidad, es decir, de la facultad para que en caso de empate entre los 10 magistrados (5 a favor, 5 en contra) sea su voto el que haga posible un fallo sobre el Estatut.

Recordemos, así mismo, que el pasado 16 de abril la magistrada nombrada por el PSOE Elisa Pérez Vera presentó un borrador tan escandalosamente permisivo con el Estatuto –tan sólo anulaba una quincena de artículos y sometía a interpretación a otra veintena– que hasta un magistrado de "adscripción socialista" como Manuel Aragón votó en contra del mismo, junto a los cinco magistrados nombrados a propuesta del PP.

Parece, sin embargo, que Aragón esta vez no ha querido volver a romper esa "disciplina" ante el borrador de resolución redactado por el magistrado de "adscripción conservadora" Guillermo Jiménez, única razón que explicaría que este último lo haya retirado sin someterlo a votación. Al pasar a ser ahora Casas la encargada de redactar otro borrador, lo lógico es que esta se limite a retocar el permisivo borrador presentado en abril por Pérez Vera lo justo para que Aragón le dé su apoyo. De esta forma se generaría previsiblemente un empate a cinco, que permitiría a la presidenta ejercer su, nunca peor llamado, "voto de calidad".

De no producirse así las cosas, estaríamos abocados a un indefinido estancamiento de la sentencia: una circunstancia que también supone un lamentable dilema a los magistrados que permanecen fieles a la letra y al espíritu de la Constitución del 78. Por una parte, esa fidelidad les aboca a un enquistamiento que impide que se dicte sentencia, tiempo que juega a favor de los impulsores del Estatut, que lo están desarrollando y llevando a la práctica en todos sus extremos al no impedírselo, ni siquiera un poco, nuestro inoperante Tribunal Constitucional. Pero transigir en pro de que haya una sentencia que al menos limite el desarrollo de ese mamotreto soberanista en sus más clamorosos extremos, abocaría también a estos magistrados a dar por "buenos" muchos artículos cuya inconstitucionalidad tampoco ignoran. Aquí el famoso "lo mejor es enemigo de lo bueno" se trocaría por un "lo malo es enemigo de lo peor". Claro que esto son consideraciones más tácticas que jurídicas. Sin embargo, a este bochornoso escenario nos han llevado quienes, al grito de "Montesquieu ha muerto", nos hacen correr ahora el riesgo de ver enterrada a nuestra nación como Estado de Derecho.


Libertad Digital - Editorial

Crisis del sistema. Por José María Carrascal

Con el 20 por ciento de parados, suena a broma macabra decir que la crisis económica abre interesantes posibilidades. Pero es así, recordándonos que lo bueno y lo malo andan entremezclados en este mundo, tal vez por ser uno el contrapunto del otro.

Pero dejémonos de filosofías baratas para ir al grano, pues no están los tiempos para lucubraciones. La crisis, decía, lleva en sus entrañas posibilidades que, de aprovecharse, pueden conducir no sólo a superarla, sino también a mejorar la situación anterior, que sin duda era mejorable a la vista de adónde nos ha conducido. Y la primera virtud de la crisis es hacernos ver una realidad que antes no veíamos o no queríamos ver, sacándonos del ensueño en que vivíamos. El reconocimiento de la realidad es la primera condición para superarla. Sin ello, lo único que haríamos sería continuar en el ensueño que hemos vivido durante los dos últimos años, y hundirnos cada vez más en la crisis. Finalmente, tanto Gobierno como ciudadanía se han dado cuenta de su magnitud.

Pero hay otros signos esperanzadores, otros «brotes verdes» que nada tienen que ver con los que anunciaba el Gobierno. Me refiero al despertar de la Justicia española o, si lo quieren, a la «revolución de los jueces», que de un tiempo a esta parte no hay quien los conozca. De ser meros instrumentos del poder político, de estar encasillados como animales domésticos en «progresistas» y «conservadores», de resultar tan predecibles sus decisiones como las de las cámaras y de considerarles un apéndice de los partidos, un número importante de ellos ha roto amarras de quienes creían poseerlos y comenzado a tomar decisiones que poco o nada tienen que ver con su ideología personal, para atenerse únicamente a la ley que han jurado respetar y aplicar.


Lo que es una gran noticia. Para mí, la mejor noticia en muchos, muchos años, puede que la mejor noticia de esta joven democracia española, pues una democracia sin jueces independientes incluso de sí mismos no es democracia, sino otra forma de dictadura, en nuestro caso, la dictadura de los partidos políticos. Si la crisis económica tiene algo que ver con la «rebelión de los jueces» no lo sé, aunque la crisis está afectando a todas las instituciones del Estado. Pero la atribuiría más bien al hartazgo de los jueces de ser considerados meros juguetes de una clase política impresentable. Algunos de ellos han crecido sobre sus convicciones ideológicas e, indiferentes a los colores políticos y a la charanga mediática, se han puesto a tomar decisiones sólo acordes con la más estricta legalidad. Demostrando de una tacada, primero, que aquello de la «solidaridad de cuerpo», tan arraigada en este país, no iba con ellos, y segundo, que se han sacudido la contaminación política, aún más arraigada. Como digo, una gran noticia.

Pero no definitiva. Porque si esta rebelión se limitara a los jueces -y no a todos ellos-, habríamos adelantado muy poco. Es necesario que se extienda a todos los sectores de la sociedad, si queremos que ésta se regenere. Más de una vez me habrán oído decir en estas páginas de ABC que no estamos ante una mera crisis económica, sino ante una crisis del sistema, ante una crisis de valores, que le impide funcionar correctamente y le ha llevado a la situación actual. La clase política es la primera que debería hacer examen de conciencia ante el hecho gravísimo de ser la peor considerada por la ciudadanía. Pero ante los casos frecuentes de individuos que entran en la política para enriquecerse, de «servidores públicos» que más bien toman al público como servidor, de la corrupción que no distingue ideologías, conviene a los partidos, por su propio bien, antes de que empiece a considerárseles una variedad de la mafia o la «cosa nostra», hacer limpieza dentro de sus filas, en vez de limitarse a apuntar a las manzanas podridas del bando contrario, como hasta ahora vienen haciendo. Pues por ese camino sólo conseguirán convertir España en un lodazal y que vuelva a alzarse el clamor por un «cirujano de hierro» que acabe con tanta inmundicia.

Aunque la sociedad tampoco es inocente en el proceso. Los españoles nos hemos tomado a la ligera la democracia -creyendo que en ella había sólo derechos, no deberes- y tragándonos la milonga de que, tras superar a Italia, íbamos a superar a Francia, etc., etc. Y, en efecto, las hemos superado. Pero en déficit, en parados, en fracaso escolar y otros terrenos bien poco recomendables. Es verdad que prácticamente todos los países de nuestra área están teniendo dificultades. Pero la inmensa mayoría vienen tomando desde hace tiempo medidas para superarlas, por lo que su situación no es tan grave como la nuestra. Y en cualquier caso, si Ángela Merkel ha dicho a sus conciudadanos que están viviendo por encima de sus posibilidades, ¿qué habría que decirnos a nosotros, con una capacidad industrial, una productividad y unos recursos muy inferiores a los suyos? Sencillamente, nuestra economía no da para irnos de vacaciones o minivacaciones dos o tres veces al año, para los famosos «puentes», para las fiestas a todo tren y de todo tipo, para que cada ciudad tenga su orquesta sinfónica, su palacio de deportes, su centro de congresos, su aeropuerto, su AVE, a no ser que los paguen los usuarios. Ni el Estado español puede presumir de dadivoso mundo adelante ni los españoles podemos presumir de vivir mejor que los alemanes o los norteamericanos, como venimos viviendo; se lo asegura alguien que lo comprueba en cada visita a ambos países. Nuestra relación trabajo/ocio, eso que los sociólogos progres llaman «calidad de vida», es superior a la alemana o la norteamericana. Eso está muy bien cuando se tiene un potencial económico detrás que lo respalde, que nosotros no tenemos. Nosotros tenemos el euro, una moneda fuerte. Pero el euro ya no es lo que era, entre otras cosas, por nuestros dispendios. De ahí el aviso que nos han enviado nuestros socios. La fiesta se acabó, y sólo hay dos caminos: el de ajustarnos a nuestros medios, como están haciendo las naciones serias, o querer seguir viviendo a costa de los demás, cuando los demás han dicho «basta». El camino de los alemanes, que llevan dos años apretándose el cinturón, o el griego, con las calles ardiendo. No hay otra alternativa.

Porque no hay más cera que la que arde, y en España ha ardido ya casi toda. O los españoles empezamos a comportarnos como adultos o nos tratarán como a niños, como ya han empezado a tratarnos desde Bruselas y Washington. Es en buena parte consecuencia de haber puesto nuestro destino en manos de un indocumentado, pero tampoco puede echársele toda la culpa, pues en su primer mandato tuvimos abundantes muestras de sus limitaciones, que permitían predecir cómo íbamos a acabar. Sin embargo, le reelegimos. Hoy es precisamente su Gobierno, que tachaba de alarmistas y antipatriotas a quienes advertían de los riesgos, el que nos describe la situación con los tintes más negros, para justificar un reajuste durísimo, que nunca se creyó obligado a hacer. Y, esto es lo más grave, que es dudoso hará, pues la incompetencia que le caracteriza, el sectarismo que le embarga y la desconfianza que inspira ponen un gran interrogante sobre si logrará hacer lo que hasta ahora había dicho que nunca haría.

Dicho esto, conviene advertir que, bueno o malo, es el único Gobierno que tenemos, y sería suicida no apoyarle si realmente se decide a hacerlo. A la fuerza ahorcan, dice el refrán, aunque en este caso se trata más bien de evitar que nos ahorquen o que nos ahorquemos, a la postre lo mismo. Algo que ocurriría si nos pusiésemos a discutir quién tiene la culpa, los especuladores, el Gobierno, la oposición o el pueblo español. Las crisis crean la psicosis del «¡sálvese quien pueda!», haciendo olvidar que todos están en el mismo bote.

Porque la opción es clara: o hacemos lo que los jueces, desprendiéndonos de nuestros prejuicios ideológicos, para cumplir cada cual con su deber, o nos vamos por la cañería.


ABC - Opinión

miércoles, 19 de mayo de 2010

Zapatero, el cáncer de Europa. Por Manuel Llamas

De no estar en el euro, España se habría enfrentado ya a una masiva devaluación monetaria, así como a la monetización de deuda pública por parte del Banco de España, es decir, a una suspensión de pagos encubierta creando una elevada inflación.

El presidente del Gobierno ha desarrollado una política económica suicida. Muchos ciudadanos aún no son plenamente conscientes del riesgo que ha atravesado –y atraviesa– el país como resultado del desmán cometido por el dirigente socialista en materia presupuestaria. Por suerte, la Unión Monetaria nos ha salvado de males mayores, al menos, por el momento.

La canciller alemana, Angela Merkel, se ha visto forzada a intervenir para evitar que España arrastrara consigo al resto de la zona euro hacia una crisis soberana de dramática resolución. La pertenencia al euro ha logrado frenar los brotes psicóticos del presidente, empeñado hasta hace apenas dos días en seguir aumentando el déficit público para tirar de la economía nacional, poniendo así en duda la solvencia misma del sistema financiero y del propio país. De ahí, precisamente, que Zapatero no sólo sea el cáncer de España sino también de Europa.


Es un peligro público, la mayor amenaza para los ciudadanos. Su cambio de rumbo responde, única y exclusivamente, a las directrices impuestas desde Bruselas y Washington. En una situación similar, de no haber pertenecido a la moneda única, a Zapatero le habría faltado tiempo para emplear todos los medios a su alcance con tal de seguir despilfarrando el dinero del contribuyente. España se habría enfrentado ya a una masiva devaluación monetaria, así como a la monetización de deuda pública por parte del Banco de España mediante la impresión de billetes, es decir, a una suspensión de pagos encubierta creando una elevada inflación.

Ahora, obedeciendo órdenes del exterior, da marcha atrás tratando de reducir un gasto público que él mismo desbocó desde el comienzo de la crisis. Para muestra un botón. El Gobierno intentó vender a la opinión pública, de forma torticera y muy cutre, un ejercicio de austeridad en los Presupuestos Generales del Estado para 2010 cuando, en realidad, estaba aprobando el mayor incremento del gasto público de la historia reciente. Ni más ni menos que un 17,3% interanual, un aumento superior a los 27.000 millones de euros. De este modo, si Zapatero hubiera optado por congelar el gasto, muy posiblemente no se hubiera visto obligado ahora a recortar cuantías a funcionarios, pensionistas y dependientes.

Otro ejemplo paradigmático es, sin duda, el famoso Plan E. Ése que tanto se esforzó en vender como paradigma que posibilitaría la ansiada recuperación. El Gobierno ha despilfarrado un total de 13.000 millones de euros en ese engendro, cuando ahora pretende recortar el gasto en 15.000 millones hasta 2011 (serán más).

Además, la ausencia de reformas estructurales de calado, sobre todo, en materia laboral, ha provocado que más de 4,6 millones de personas en edad de trabajar se hayan visto privadas de empleo y sueldo. Con un paro superior al 20% resulta más complicado contener el gasto público. No obstante, el coste de dichas prestaciones y el pago de intereses (gastos financieros) por la deuda pública podrían sumar cerca de 80.000 millones de euros a finales de año, lo que equivale a cerca del 20% del gasto público total (386.000 millones para 2010).

En resumen, Zapatero es el único culpable de la falta de credibilidad que sufre España en los mercados internacionales; y, por ello, responsable del brusco encarecimiento de los créditos al sector privado nacional (incluida la banca); culpable de la mayor tasa de desempleo del mundo desarrollado; culpable de que la casta política siga disfrutando del dinero público mientras solicita “esfuerzos” adicionales a funcionarios, pensionistas y dependientes; culpable de la pasada y futura subida de impuestos que padecerán los contribuyentes, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo y ahorro nacional; culpable de la escasa competitividad exterior por la ausencia de reformas; culpable del dispendio autonómico ya que, lejos de ajustar las transferencias a los ingresos tributarios reales, las aumentó durante estos años para comprar aliados políticos...

En definitiva, Zapatero es culpable de la miseria actual y, por ello, debe dimitir. Este glaucoma político debe ser extirpado de inmediato, pese a que ahora resida en estado latente, ya que, de lo contrario, es susceptible de revivir en cualquier momento, extendiendo nuevamente el riesgo de metástasis a nivel económico.


Libertad Digital - Opinión

Proxima estación: reforma laboral. Por José María Carrascal

CITAR la reforma del mercado laboral hace sólo una semana era anatema en los círculos autodenominados progresistas. Un atentado contra los derechos de los trabajadores, una muestra de la avidez capitalista.

Pero resulta que, hoy, la reforma laboral forma parte del programa del Gobierno. «Si los agentes sociales no se ponen de acuerdo, se la impondremos», ha dicho Zapatero. Claro que, antes, Bruselas se la había impuesto a él. Si no haces la reforma, te la hacen. Así da gusto. La reforma del mercado laboral es tan necesaria en España como disminuir el déficit, al ser en el fondo la misma cosa. Nuestro mercado laboral es, por una parte, tan rígido, y por la otra, tan caótico que está impidiendo cualquier intento de crear empleo estable, sin el que no hay recuperación posible, al no haber suficientes cotizantes a la Seguridad Social ni contribuyentes a la Hacienda Pública.

De entrada, tenemos dos clases de trabajadores, los de empleo fijo, con un sueldo asegurado y todo tipo de derechos adquiridos, y el resto, sin apenas derechos y expuestos a todo tipo de calamidades. Con el agravamiento de que el número de los primeros disminuye por jubilación o muerte sin ser repuestos, mientras el de los segundos crece, al resultarles más ventajosos a las empresas.


Los sindicatos se han dedicado a defender a capa y espada los derechos de los fijos, ocupándose tan sólo de boquilla de los temporales, demostrando una vocación clasista indigna de ellos. Aunque ¿qué podía esperarse de unas organizaciones sostenidas por las arcas públicas, que los gobiernos procuran acallar con subvenciones y prebendas de todo tipo, como esos dieciséis millones que acaba de concederles? De hecho, los sindicatos son hoy el mayor obstáculo para la creación de empleo en España, y encargarles la reforma laboral es como encargar a la zorra del gallinero. Ahí los tienen, movilizándose a favor de Garzón en vez de buscar salida a los cuatro millones de medio de parados.

Junto a ellos, hay toda una legislación con el rótulo de «social», que no se sostiene en la economía global de nuestros días. ¿Cuántas empresas han quebrado por no poder asumir los costes de su plantilla? ¿Cuántos jóvenes sólo han conseguido un contrato «basura», por el temor de las pequeñas empresas a darle otro? Suele ponerse como ejemplo de lo que no se debe hacer a Grecia, donde un trabajador puede jubilarse a los cincuenta años con plena pensión, si ha ejercido «un trabajo peligroso». Incluyendo en los mismos el de peluquero, «por manejar productos químicos». Pero es que en España hemos estado jubilando a personas con esa edad y nadie ha dicho nada. Quiero decir que con el mercado laboral que tenemos, todos los recortes anunciados no servirán de nada, al no crearse empleo.

Vamos a ver si Zapatero logra reformarlo. Seré el primero en aplaudirle, y les pongo a ustedes como testigos.


ABC - Opinión

Entre la complicidad y la cobardía

La reacción del Gobierno de Zapatero ante los ataques que recibimos de regimenes populistas y dictatoriales como Argentina, Marruecos o Bolivia sólo oscila entre la complicidad y la cobardía.

Nuestro Gobierno ha vuelto a dejar de manifiesto que su política exterior oscila entre la complicidad y la cobardía ante las últimas provocaciones a España de Estados liberticidas y tercermundistas como los que padecen Argentina, Marruecos o Bolivia.

Así, el Ejecutivo de Zapatero ha dado la callada por respuesta ante las bochornosas e insultantes declaraciones que ha realizado la presidenta de Argentina contra la Justicia española aprovechando su estancia en nuestro país para asistir a la cumbre UE-América Latina. Que Fernández de Kirchner, tras visitar al juez suspendido y presunto prevaricador Baltasar Garzón, se permita denigrar tanto al Tribunal Supremo de nuestro país como a su Consejo General del Poder Judicial al calificar la suspensión y el proceso del "juez estrella" como una "regresión en la concepción de la justicia universal en materia de derechos humanos", merecería que nuestro Gobierno formulase una firme protesta diplomática que no descartara una llamada a consultas de nuestro embajador. Pero, ¿qué reacción en defensa de la dignidad y la independencia de la Justicia española cabe esperar de un Gobierno como el de Zapatero cuando alguno de sus integrantes y del PSOE han participado en el aquelarre guerracivilista y totalitario contra el Tribunal Supremo en defensa del presunto prevaricador?


Un reacción similar en defensa de nuestra soberanía e integridad territorial merecerían las declaraciones que el primer ministro de Marruecos, Abás El Fasi, ha pronunciado en una sesión plenaria de la Cámara de Representantes marroquí, y en las que ha reclamado "abrir un diálogo" para "poner fin a la ocupación de estas dos ciudades marroquíes –en referencia a Ceuta y Melilla– y de las islas vecinas expoliadas". Ante este exabrupto, la vicepresidenta española Fernández de la Vega se ha limitado a declarar, a un medio de comunicación español, que nuestro Gobierno no se cuestiona la integridad ni la españolidad de estas ciudades para, acto seguido, insistir, sorprendentemente, en que "tenemos una muy buena relación con Marruecos". Sin embargo, ¿cómo se puede defender una "muy buena relación" con un país cuyos máximos dirigentes acaban de acusar a nuestro país de "ocupar" y "expoliar" territorios que, en realidad, siempre han formado parte de España y que ya eran españoles en tiempos en que ni siquiera existía Marruecos?

Baste, sin embargo, recordar la pasividad del Ejecutivo de Zapatero ante las intolerables protestas marroquíes que se produjeron con ocasión de la visita del Rey de España a estas ciudades españolas para que no quepa esperar ahora tampoco protesta alguna.

Otro tanto se puede decir, finalmente, de las bochornosas declaraciones que ha hecho el populista y liberticida dirigente boliviano Evo Morales, también de visita oficial en nuestro país, contra el principal partido de la oposición español, al que ha acusado, nada menos, que de "financiar" un "golpe de Estado" contra su gobierno. El PP sólo ha podido despacharse, por boca de Soraya Sáenz de Santamaría, con un retórico "¡qué podemos esperar de quien advierte de los riesgos de comer pollo!", en referencia a unas declaraciones en las que Morales relacionó las "desviaciones sexuales" con el comer "pollo hormonado".

¿Y qué amparo al PP podemos esperar –nos preguntamos nosotros– de un Gobierno como el de Zapatero, cuando por boca de su propio ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos y en declaraciones a RTVE, acusó al anterior Ejecutivo de Aznar de respaldar un golpe contra Hugo Chávez? Conviene recordar que la única vez que Zapatero ha defendido al PP de acusaciones de dirigentes extranjeros, no lo hizo por sentido de Estado, sino forzado por el célebre "¡por qué no te callas!" que el Rey espetó a Hugo Chávez.

En definitiva, no son sólo la Justicia, Ceuta y Melilla o el principal partido de la oposición quienes salen malparados, sino todo nuestro país. Está visto que la reacción del Gobierno de Zapatero ante los ataques que recibimos de regimenes populistas y dictatoriales sólo oscila entre la complicidad y la cobardía.


Libertad Digital - Editorial

Vicepresidente fantasma. Por Ignacio Camacho

COMO aquel caballero Agilulfo de Italo Calvino, cuya incorpórea existencia discurría en el interior de un yelmo vacío, Manuel Chaves pugna por el desafío ontológico de demostrar que es un político real con funciones y competencias y no un espectro del zapaterismo ni una entelequia administrativa envuelta en la carcasa de lujo de una vicepresidencia fantasma.

Acostumbrado durante veinte años a la hegemonía soberana de un califa socialdemócrata ha tenido que vivir la experiencia metafísica de ascender desde el ser hacia la nada, transustanciado en la pompa hueca de la orla que pronto envolverá un retrato muy formal como huella más visible de su estancia en la jerarquía del Estado. Si al menos se tratase sólo de eso podría pasar por un tránsito ineludible entre el verdadero núcleo del poder y su expresión más superficial y retórica, pero de un tiempo a esta parte su hornacina de prejubilado santón tardofelipista se ha convertido en el símbolo del despilfarro. Su abstracta indefinición y su gaseoso cometido chocan de frente contra el clamor general por una Administración más delgada y una dieta de ajustes contra la grasa del déficit; desprovisto de agenda, carente de desempeño y ayuno de encargos, la oposición lo contempla como el inquilino irregular de un departamento superfluo.

En realidad, el cargo de Chaves no es mucho menos accesorio que los ministerios de Vivienda o Igualdad, pero su rango brilla con más fuerza en el dispositivo simbólico de la nomenclatura zapaterista. Hace tiempo que la hipertrofia de la España autonómica ha vuelto redundante a buena parte del inflado organigrama del Gobierno; en vez de afinarlo con una poda de pragmatismo, el presidente ha optado por construir estructuras políticas triviales cuya función apenas trasciende la retórica de su propio enunciado. Mientras el Estado vivía en una engañosa opulencia esta huera arquitectura institucional podía resistir con mayor o menor soltura las críticas a su escasa utilidad; ahora que pintan bastos de estrechez aparece a ojos de la opinión pública como un inaceptable exceso de vacuidad y, sobre todo, como una carga presupuestaria prescindible.

Para quien fuese omnímodo virrey de una Andalucía en la que no se movía una hoja sin su visto bueno, este zarandeo cotidiano que lo señala como epítome del derroche ha de constituir un amargo sinsabor moral que pone epílogo ingrato a una carrera tan victoriosa como amortizada. Zapatero lo engatusó para jubilarlo con un señuelo de oropel que escondía un cepo de acero, y en cualquier momento puede prescindir de él con la displicencia de quien le echa a las fieras un bocado para apaciguarlas. Más duro que ese final acaso resulte este cerco que lo reduce a la mera ornamentalidad, al triste rol de un destino decorativo y excusable, sin la porfiada voluntad de excelencia con que al menos el caballero Agilulfo era sin ser en el interior de su armadura andante.


ABC - Opinión

martes, 18 de mayo de 2010

De insólito a peligroso. Por Hermann Tertsch

TENEMOS a un presidente del Parlamento, del Congreso de los Diputados, sospechoso de ser un auténtico trilero, que se ha enriquecido de forma que sólo en los Balcanes y Asia central tiene un pase, que insulta al máximo tribunal de España. La cosa tiene poca gracia. Cargos institucionales máximos, don José Bono, el tercer representante institucional de este país, se dedica a difamar a los jueces del Tribunal Supremo. Hasta aquí hemos llegado en el sexto año triunfal de esta locura y esta tortura que se han autoinfligido los españoles a sí mismos.

Es el inefable doctor Bono. Míster Bono, el amigo de los caballos. Bono de los buenos, visto lo que le cunde todo cuanto tocan él o su hiperactiva familia. Resulta que este señor, que miente cuando no lo agreden y que al parecer sabe mover todas sus influencias de forma extremadamente peculiar, pero realmente muy peculiar, aún no ha dimitido.


Ahí sigue, y encima soltando soflamas de protección a otros sospechosos como ese juez Baltasar Garzón, tan trincado en el trinque como él mismo. Allá cada uno con su dignidad. Allá cada periódico con la culminación de su miseria moral y de credibilidad. Pero, pese a las campañas grotescas de la televisión socialista y bolchevique que sufrimos -cadenas cautivas o cobardes-, cualquier individuo medianamente educado sabe que el triunfo de Bono y Garzón sería aquí el triunfo de la chusma. Y que este país puede convertirse en algo extremadamente peligroso si fructifica el llamamiento a la chusma que estos señores ricos, cazadores y caballistas están haciendo a la chusma para que los proteja.

Todo esto resultaría insólito, por supuesto, en cualquier país de nuestro entorno. Si tenemos aún entorno. Todavía. Tengo la sospecha de que cada vez menos. Comenzamos a tener similitudes con los países de la nada. Por decencia, corrección, transparencia y probidad o por la falta de todas ellas, perdón. Todos los que tienen esas características tan aconsejables se distancian de nosotros o nos amonestan. Que nos tenga que llamar un presidente chino que ejecuta a más ciudadanos propios que ningún otro Estado del mundo dice mucho del prestigio que tenemos hoy en el mundo gracias al Gran Timonel.

El presidente de la máxima cámara del Parlamento español no responde a nada de las acusaciones de trinque directo, de él y su familia. Igual que el vicepresidente de la nada del Gobierno que es Chaves. Él y su familia. Y no pasa nada, estimados amigos. El fiscal general debe de estar de vacaciones una vez más. O echando una mano a Diaz Usabiaga, ese etarra que se ha ido a ayudar a su dependiente madre en Lasarte, gracias al ya casi ex juez Garzón, y nunca ha llegado. Este país puede estar llegando una vez más a lo último que resiste. La angustia, la miseria y la traición. Pero hay más. Bono, desde su cargo, ayuda desde un diario amigo al sospechoso de prevaricación en nada menos que tres casos, al amigo Garzón -vaya por Dios- e insulta a las máximas instituciones del Estado. Y Garzón ayuda al Gobierno en la cooperación con los etarras. No es broma. Es la traición, señoras y señores, nada menos. Si esto sucede, Dios quiera que no, estamos a punto de llegar a las manos. Que el presidente del Congreso publique un artículo advocando por la demolición del Tribunal Supremo es, cuanto menos, terrorífico. Que el petimetre cordobés que se hizo en su día con esa venerable y honorable institución de la Generalitat catalana -acuérdense de Tarradellas- haga lo mismo provoca la náusea. Hay que remontarse a los años treinta para encontrar tantos agentes enemigos del Estado de Derecho dentro de las instituciones. Y siempre son los mismos. Comprendo que Bono esté incómodo. Tiene problemas. Porque las cuentas no salen, querido presidente. Querido cristiano. Querido manchego. Querido potentado nuevo rico. Bono es probablemente, mucho más que ese personaje patético que ya es Rodriguez Zapatero, el símbolo del diagnóstico de lo que se nos avecina.


ABC - Opinión

Más feliz que una perdiz. Por Pablo Molina

No parece oportuno que un señor que ha de sentarse en el banquillo de los acusados le pida su confianza a los electores en nombre de un partido político con aspiraciones de llegar al año siguiente a La Moncloa.

El presidente valenciano se declara "más feliz que ayer" (pero menos que mañana) tras el auto del Supremo en el que se detallan los trajes y otras prendas que le fueron regaladas por el cerebro de una trama dedicada a corromper a altos cargos del PP. Desde luego es para estar feliz y, sobre todo, orgulloso de uno mismo.

Es cierto que en el montante de la corrupción partidista que campea por España unos cuantos trajes de medio pelo no suponen un delito que escandalice demasiado a los contribuyentes, porque, por más empeño que le pongan algunos medios, unos pantalones de entretiempo y unas americanas no son, pongamos por caso, un pura sangre valorado en varios cientos de miles de euros. Los trajes son más baratos que el equino y el procedimiento de adquisición no mucho más hortera, porque acudir a una tienda a que te tomen medidas o que un sastre llamado José Tomás (encima) se presente en tu despacho con la cinta métrica y los alfileres, tiene casi el mismo glamur que hacer un viaje al extranjero con un fajo de billetes escondido elegantemente en papel de periódico.


Unos tanto y otros tan poco, pensará Camps, pero el hecho es que el presidente de una comunidad autónoma no debe participar en semejantes enjuagues aunque con los años de mandato se crea por encima del resto de los mortales. Una cosa es que la empresa de mensajería te deje en la oficina un jamón por Navidad, y otra que te vayas a Madrid expresamente a elegir el tejido de unos trajes que sabes que no vas a pagar. La operación tiene su riesgo, sobre todo si los que pagan la fiesta están implicados en decenas de operaciones poco claras como es el caso de la banda de los gürtélidos, así que el presidente valenciano no puede echar las culpas a nadie de lo que le está ocurriendo salvo a él mismo.

Camps es perfectamente capaz de ganar por mayoría absoluta las próximas elecciones autonómicas en su comunidad, porque el PSOE en toda la zona de Levante es una fuerza política llamada a pasar varios lustros en la oposición gracias a que los ciudadanos todavía conservan el recuerdo de etapas anteriores. No obstante, no parece oportuno que un señor que ha de sentarse en el banquillo de los acusados le pida su confianza a los electores en nombre de un partido político con aspiraciones de llegar al año siguiente a La Moncloa.

Y es que más allá de las consecuencias penales o absolutorias que arroje finalmente el proceso, los implicados en actuaciones delictivas deben asumir sus responsabilidades políticas cuando los pillan con el carrito del helado. Aunque sólo lleve horchata, como en este caso.


Libertad digital - Opinión

El recorte de mangas. Por Tomás Cuesta

EN una semana apenas, en un decir Jesús, en menos de lo que tarda un cura loco en persignarse, el edén del optimismo a piñón fijo, de la solidaridad seráfica, del igualitarismo romo y de la modorra subsidiada, se ha convertido en un páramo asmático en el que los pensionistas ponen a remojar sus barbas en el mismo puchero en el que cuecen los garbanzos. Y todo porque Rodríguez Zapatero -el Obama pálido- se ha hecho a sí mismo un recorte de mangas y, en lugar de envainarse la cartera de Igualdad o clausurar la sinecura del compañero Chaves, ha tirado con postas contra los jubilados. A fin de cuentas, los jubilados son un muermo y la señora Aído un jubileo interminable. Por no hablar, claro está, del jubiloso enjambre de asesores sin seso y validos inválidos, soplagaitas sin fuelle y correveidiles cojitrancos que mosconea alrededor de proyectos vitales para la prosperidad doméstica y/o la planetaria como la célebre Alianza de Civilizaciones o el Plan E, por ejemplo, que es todo un planazo.

Al presidente no le ha temblado el pulso, no ha fruncido el ceño, no ha pestañeado, a la hora de aceptar las provisiones impuestas por el FMI, el Banco Central Europeo y la UE. Tal cual le llegó el recado se lo trasladó a los destinatarios. Sin alteraciones, sin adendas, sin modificar un ápice. Con esa gestualidad blandengue y desestructurada en la que se atrincheró cuando, tras haber puesto a Solbes al cabo de la calle, se dispuso a llevar las finanzas de España sin ayuda de nadie. Algo que, en su caso, viene a ser igual, o por ahí le anda, que pilotar un coche sin volante, un barco sin timón o un avión sin alas. O sea, un contradiós de tomo y lomo, un delirio aberrante, un disparate. Lo habitual, sin embargo, en un Gobierno de vuelo gallináceo que no logra alzar la cresta ni desplegar las alas a pesar del empeño que despliegan sus cómplices mediáticos y de la actitud contemplativa de la leal oposición, que gloria haya.

Tal vez lo más escatológico de este desatino sea la ruptura entre Zapatero y los sindicatos, esas hordas anquilosadas en una abstracta representatividad que se habían erigido en los comisarios político-económicos del país sin pasar ni por las urnas ni tan sólo por unas miserables oposiciones. Hasta la semana pasada, hacían y deshacían a su antojo, como si España fuera el último reducto de los soviets, tal era su predicamento en La Moncloa y en las sedes ministeriales de lo económico. Desactivadas las terminales empresariales, Méndez era el amo, el capataz, el encargado, el jefe de una cooperativa. El drama es que esa factoría era, en parte, la economía española, cogida con pinzas, imperdibles y otros artilugios de natural endebles para el vendaval que, otra vez, Solbes y Pizarro ya advertían a gritos y aspavientos desde 2008.

Sin embargo, Zapatero tocaba la lira y se gastaba los cuartos en paridas mientras incrementaba el déficit de manera compulsiva, como un ludópata desesperado aferrado a la palanca de una máquina tragaperras. Así consiguió ganar sus segundas elecciones, a base de crear un agujero en las arcas públicas que ahora van a rellenar los jubilados, los funcionarios de base, los menesterosos y los que soñaban con que el Estado Providencia iba poner remedio a sus quebrantos. Aquí termina el sueño y aquí nos han llevado.


ABC - Opinión

Camps tiene que irse. Por José García Domínguez

En política, como advirtió Fouché, los errores a veces resultan mucho peores que los crímenes. De ahí que la torpeza fatal de Camps, ésa de las malas compañías, no pueda orillarse ahora bajo el muy manido recurso al "y tú más".

Allá a principios de los setenta protagonizó Serrat una película atroz, como todas las suyas, pero de título sugerente. La lenta agonía de los peces fuera del agua, le pusieron a la cosa. Y si ahora lo recuerdo debe ser porque lo de Camps, más que a escándalo, llama a alguna compasión. Ese hombre con su risa impostada, su euforia ficticia y sus verbosidades a cada paso más extravagantes comienza a despertar piedad, al modo de las truchas cuando dan sus últimas bocanadas ya presas en la cesta del pescador. Alguna vez pusimos aquí que no pasará a la Historia de España por haber sido el político más disoluto, pero tampoco por revelarse el de superiores luces. Y es que, en el fondo –y en la forma–, su genuino talón de Aquiles no fue jurídico sino estético.

A fin de cuentas aquella horterada en apariencia venial, la de los trajes de Milano, pudiera antojarse lo de menos. Por cuatro trapos cayó en su día Pilar Miró, dama digna de todo respeto, ante la manada de lobos de Alfonso Guerra, entonces aposentado en el sillón de Gran Inquisidor. Igual que por un simple reloj de pulsera defenestrarían aquel par de licántropos, Prieto y Azaña, al ingenuo de Lerroux. Lo de más, sin embargo, es que ese don Francisco de la triste estampa se nos haya revelado incapaz de elegir a sus amiguitos del alma con algún tino, el inexcusable con tal de no comprometer a la institución que aún preside y al partido donde todavía milita.

En política, como advirtió Fouché, los errores a veces resultan mucho peores que los crímenes. De ahí que la torpeza fatal de Camps, ésa de las malas compañías, no pueda orillarse ahora bajo el muy manido recurso al "y tú más". La vía de salida del zapaterismo exigirá recuperar la razón cartesiana, eclipsada hoy por ese sentimentalismo infantil del optimista antropológico. Pero impondrá también –y sobre todo– reconstruir el valor moral de la palabra dada, un principio no menos demolido a lo largo de estos últimos años. Así, nunca antes la mentira flagrante –"Yo me pago mis trajes"– fue causa de la súbita felicidad de nadie. Y malo sería que novedad tan insólita cupiese en el proyecto regeneracionista del PP.



Libertad Digital - Opinión

Una receta eficaz. Por M. Martín Ferrand

COMO en el PP, de Mariano Rajoy hacia abajo, tienden a descansar durante los fines de semana de todo cuanto no han hecho en los días laborables, los lunes solemos encontrarnos con José María Aznar, gran centinela del centro derecha español, que se nos aparece en algún diario internacional para dar el testimonio de que nos priva su sucesor y no suplen los vecinos de Génova 13 a quienes, por sus continuadas ausencias y con merecido sarcasmo, muchos llaman ya «los habitantes de la casa deshabitada». Como la obra de Enrique Jardiel Poncela, pero sin ninguna gracia.

Ayer, Aznar se nos apareció en el Financial Times para decir, como un ventrílocuo sin muñeco y que cada cual imagine el de sus preferencias dentro del baúl de la gaviota, que el actual Ejecutivo «es incapaz de resolver los problemas de España», una perogrullada que dramáticamente resulta de precisión. A mayor abundamiento, el ex presidente señaló las ocho medidas imprescindibles para que pueda cuajar la recuperación nacional: reforma laboral, nueva política energética, rediseño de las dimensiones autonómicas, regeneración del sistema financiero, desregularización de los mercados, privatizaciones, retoques en el Estado de bienestar y renovación fiscal.

Lo inquietante es que el «programa» que propone Aznar está a parecida distancia del que, con más dudas de las debidas, esboza el Gobierno de Zapatero y del que se deriva de la interpretación de los gestos de Rajoy y su equipo de incomunicación. Con diáfana caridad, el octólogo aznarí marca un camino, menos liberal de lo que parece, capaz de zurcir los rotos de nuestra economía y reparar muchos de los daños producidos en el sexenio de Zapatero.

Como señala Aznar en el decano inglés de la prensa económica, el diario que inventó el color salmón para sus páginas, la Unión Europea, comenzando por París y Berlín, ha incumplido, unos más y otros menos, el Plan de Estabilidad y la disciplina presupuestaria y ahora, ante grandes males, es imprescindible aplicar grandísimos remedios. Tanto más grandes cuanto mayor haya sido el agujero nacional. La Historia demuestra que la socialdemocracia no es válida para acometer esas transformaciones y bueno sería, aunque sólo sea por ausencia de otras opciones de probada eficacia, recurrir a las fórmulas neoliberales.

A juzgar por su desdén, el PSOE ha recibido el mensaje de Aznar, pero no consta su recepción en el PP.


ABC - Opinión

José Bono y de las JONS. Por José García Domínguez

El vástago de Pepe –el del yugo y las flechas– ha manchado de bilis la sede de la soberanía nacional. Y allí debe ser reprobado. Es de justicia.

A José Bono y de las JONS, ya saben, el chico de Pepe el de la tienda, eso de la división de poderes le ha de sonar como a cosa de liberales, masones y demás ralea. Por lo visto, al hijo de Pepe –el de la camisa azul y el correaje– le sucede como a Gombrowicz, que abandonó la abogacía, su profesión, y Polonia, su patria, tras confesarse incapaz de distinguir a los jueces de los criminales. Pues barrunta la tercera autoridad del Estado que los más altos tribunales del Reino yacen sometidos a una vil recua de corruptos; viejos facciosos todos, añejas rémoras de cuando en el ultramarinos del camarada Pepe nunca se ponía el sol. Y así se lo acaba de sugerir a un cuate suyo, cierto Garzón reo de turbios patrocinios, en muy empalagosa misiva pública.

A los reyes es fama que su oficio les obliga a ser monárquicos; sin embargo, a los vendedores de mantas de Palencia y a los rancios demagogos de secano, como el zagal de Pepe, nada ni nadie les impone honrar la dignidad institucional que en algún instante de sus vidas pudieran ostentar. A fin de cuentas, ellos constituyen el testimonio andante de que algo hay más bajo aún que la corrupción económica: la corrupción moral. "Yo no tengo ninguna razón para callar", predica quien debiera ser garante mudo del respeto al Estado de derecho y la legitimidad de sus órganos jurisdiccionales. Alguna razón debe tener, pues, Bono para saltar justo ahora con ese furor verborreico e iconoclasta.

No obstante, a quien ya no ampara excusa alguna con tal de persistir en silencio es al Congreso de los Diputados. Al cabo, las rastreras insinuaciones contra el Tribunal Supremo de su presidente salpican al hemiciclo todo. "Ahora te quieren condenar", escribe el condenado. "¿Tu suerte hubiera sido la misma si tu empeño hubiera caminado ideológicamente en sentido contrario?", remacha, ufano, el ilustre calumniador. Con la excepción de ese fantoche tropical, Chávez, y sus émulos domésticos del tripartito, ¿cabe imaginar proceder parejo en una nación civilizada? El vástago de Pepe –el del yugo y las flechas– ha manchado de bilis la sede de la soberanía nacional. Y allí debe ser reprobado. Es de justicia.


Libertad Digital - Opinión

El presidente deconstruido. Por Ignacio Camacho

LOS socialistas españoles más optimistas empiezan a estar convencidos de que van a perder las elecciones con Zapatero. Los pesimistas creen que las van a perder de todas formas, incluso con otro candidato.

El propio presidente, que siempre ha presumido de optimismo patológico -él lo llama antropológico-, parece estar ya poco convencido de sus posibilidades de recomponerse a sí mismo tras la deconstrucción forzosa a que se ha sometido por imperativo de los líderes de Europa. Así se desprende no sólo de su patente expresión devastada, sino de la desalentadora frase con que justificó a posteriori el brusco ajuste social presentándolo como un sacrificio personal en aras del futuro de España. Al margen de que el ataque de patriotismo sólo le sobrevino tras la presión de Merkel, Sarkozy y Obama, tal declaración parece la confesión de un porvenir liquidado; en pura lógica, su prioridad interna debería ser preparar la sucesión. Pero la política no se rige por lógicas convencionales y sí por una extremada volatilidad, como lo prueba el hecho de que hasta 48 horas antes del tijeretazo el propio Zapatero continuaba defendiendo las bondades de la estrategia que tan abruptamente se ha envainado.

Las demoledoras encuestas que parecen certificar el hundimiento del zapaterismo sólo tienen el valor de una fotografía momentánea. Reflejan el inevitable cabreo popular por los recortes, la decepción de los votantes socialistas y el desconcierto de los demás por la manifiesta incoherencia presidencial. No conviene por tanto interpretarlas fuera de contexto, y se equivocará el PP -que apenas sube pese al desplome del adversario- si considera que este estado de ánimo soliviantado le va a dejar el poder en fácil herencia. A Zapatero le va a resultar difícil, casi imposible, cerrar con ajuste o sin él, con sucesor o sin él, esa horquilla de descontento; pero sí está a su alcance estrecharla. Para ello va a manejar tres bazas fundamentales. La primera, una nueva oleada de medidas fiscales acompañadas de la retórica populista contra «los ricos», las rentas altas y demás mantras al uso socialdemócrata. La segunda, un recrudecimiento de las batallas de tinte ideológico que, como la de los fantasmas del franquismo, le ayuden a movilizar al electorado radical. Y la tercera, una última intentona de acercamiento a ETA en busca de un final más o menos acordado. Sin descartar que, si las circunstancias económicas mejoran, se marque antes de las elecciones otra ronda de dádivas, regalías y subidas de salarios.

Todo eso puede quedar en el aire si el PNV le niega el apoyo a los presupuestos de 2011, en los que va a haber poco que repartir, y le obliga a acortar la legislatura sin tiempo para la opción sucesoria. A esas elecciones anticipadas en medio de un cataclismo se presentaría un zombi político, frente al que los optimistas del PP pensarán que al fin pueden ganarlas... y los pesimistas quizá se pregunten si merece la pena hacerlo.


ABC - Opinión

Y Mayor Oreja vuelve a tener razón

Si esto que tanto Basagoiti como Cospedal o Mayor Oreja tienen por seguro termina siendo cierto, estaríamos ante un punto de no retorno en el pacto vasco y en la colaboración antiterrorista entre las dos principales fuerzas políticas.

El pacto PSOE-PP en el País Vasco pende de un hilo sólo un año después de haberse firmado. Un pacto que en su momento fue histórico por necesario, que ha servido para normalizar la vida política vasca después de 30 años de hegemonía nacionalista pero que, a pesar de todo ello, desde Ferraz ven endeble. Eso en lo que toca a los socialistas, principales beneficiarios de un acuerdo que abrió la puerta de la investidura a Patxi López y que ha permitido a su partido gobernar tranquilamente durante más de doce meses.

En la bancada popular las aguas también bajas revueltas. Los de Basagoiti no se creen que el PSOE haya renunciado del todo a reiniciar las negociaciones con la ETA.


Lo que hace dos meses era una simple sospecha es hoy, a decir de los populares, un hecho corroborado por informes policiales en su poder que certifican contactos reales entre el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, y miembros de la banda. Si esto que tanto Basagoiti como Cospedal o Mayor Oreja tienen por seguro termina siendo cierto (y todo indica que así es), estaríamos efectivamente ante un punto de no retorno en el pacto vasco y en la colaboración antiterrorista entre las dos principales fuerzas políticas españolas.

Significaría que Zapatero ha engañado dos veces seguidas a Rajoy y que no se da por vencido en su empeño de negociar por la ETA, poniendo para ello de rodillas al Estado de derecho y a la dignidad de la Nación. En tierra de nadie quedaría la negativa del Gobierno a volver sobre la senda negociadora y, sobre todo, los 12 inocentes que la banda ha asesinado desde la ruptura unilateral de la tregua-trampa en la Navidad de 2006. En este tema se despacha mucho más de lo que, en su acartonada pose pacifista, Zapatero o Eguiguren se figuran.

No nos cansaremos de repetir que con el terror ni se puede ni se debe negociar. Es, en primera instancia, una perversión legal ya que el Estado no está al mismo nivel que una recua de asesinos. Es, por lo tanto, inmoral e ilegítimo que el Gobierno se embarque en una operación de este tipo. Además, ni siquiera tiene una utilidad de orden práctico ya que todos los intentos de "diálogo" con la ETA han terminado del mismo modo, refortaleciendo a la banda y humillando a la democracia.

Si el objetivo es acabar con el terrorismo, no existe otra vía que la aplicación estricta de la ley, empezando por los ayuntamientos donde se refugia parte del entramado etarra, pasando por la derogación de la autorización parlamentaria para negociar con ETA y terminando con la suspensión de todos los improcedentes beneficios penitenciarios a los etarras. No hay otro camino, y tanto el Gobierno como el PSOE deberían saberlo ya tras el sonrojante escarmiento de la última mesa de negociación que, a bombo y platillo, Zapatero abrió contra todo pronóstico poco después de llegar al poder.


Libertad Digital - Editorial

Las esperanzas de la presidencia

LAS cumbres multilaterales deberían haber sido el colofón triunfante del semestre de presidencia española de la UE, pero no están pasando de ser el reflejo del desengaño de una política exterior en la que el presidente del Gobierno había depositado muchas de sus expectativas.

Es cierto que las ausencias no pueden deslucir la presencia de otros dirigentes iberoamericanos, dispuestos a trabajar constructivamente para que sus ciudadanos se beneficien de unas mejores relaciones con la Unión Europea: líderes como el chileno Sebastián Piñera, la recién elegida presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, o el mexicano Calderón, entre otros, representan una forma de hacer política que lucha por consolidar la democracia, y en este sentido son un ejemplo para los países de la región. Pero nada de eso puede hacer olvidar el hecho de que, en realidad, la agenda de la presidencia española está vacía y que no es realista esperar grandes avances de la reunión.

El principal error del Gobierno consiste en no haber defendido con firmeza en la comunidad iberoamericana los principios de la democracia liberal que desde hace unos años están siendo abiertamente atacados por los partidarios de lo que Hugo Chávez ha bautizado como «socialismo del siglo XXI», y que no es más que una versión trasnochada e igualmente estéril del modelo que fracasó en las dictaduras de Europa del Este. Los países americanos que podrían aprovecharse ahora de una relación fructífera con Europa están profundamente divididos, sin que España haya hecho uso de su influencia para reforzar a quienes han apostado por un modelo de sociedad libre y justa. Los acuerdos interregionales se han congelado -a excepción del centroamericano- a expensas de esa división promovida desde Caracas.

Esa política ha sido también estéril para España, como se ha podido comprobar en esta cumbre. Hugo Chávez -defendiendo sus propios intereses- promovió un boicot contra el presidente de Honduras, amenazando con ausentarse de la cumbre, y, después de lograr que España pidiera a Porfirio Lobo que no asistiera, el venezolano ha respondido con el desplante de enviar a un viceministro en su lugar. Pero en el campo en el que esta política está resultando más dañina es en la obstinación por contentar a la dictadura castrista, al insistir en el cambio de la posición común de la UE hacia Cuba. El abandono de los demócratas cubanos es una actitud inmoral que España lamentará en el futuro.


ABC - Editorial