viernes, 12 de noviembre de 2010

La ministraza. Por Alfonso Ussía

Con la excepción de los pantalones que se pone habitualmente, a la ministra de Asuntos Exteriores todo le viene grande. Espero no ser ajusticiado por machista, porque en mi preámbulo no hay opinión, sino evidencia. A la ministra le vienen grandes los cargos, las responsabilidades y las elecciones. No ha ganado ninguna, y gracias a ello ocupa en la actualidad una cartera ministerial fundamental. Es simpática, no lo pongo en duda. Y amiga de Rubalcaba. Y de Zapatero. Méritos culminantes.

La señora ministra doña Trinidad Jiménez, no se ha enterado de lo que ha pasado en el viejo Sahara Español. Resulta curiosa la facilidad de nuestra izquierda para columpiarse en la ética y la estética. Quedó muda cuando su colega marroquí pisoteó la libertad de expresión de la prensa española. Eso lo soporta una tontaina, pero no la ministra de Asuntos Exteriores del Gobierno democrático de un Estado de Derecho. Y ahora, con muertos marroquíes y saharauis durante la revuelta de El Aaiún, solicita prudencia. La señora ministra era muy amiga del Frente Polisario en su reciente juventud. La señora ministra ha defendido siempre la facultad del pueblo saharaui para alcanzar su independencia y su libertad. La señora ministra, al fin, se ha apercibido de que los eslóganes y los lugares comunes de la retroprogresía, chocan frontalmente con los intereses internacionales de España. No somos nadie. Y lo que es peor. No somos nada. Desde el año 2004, España es un cero a la izquierda en la política internacional. Los Castro, Chávez, los palestinos y Marruecos. La ministra está en Bolivia.

La señora ministra, que mantiene en los pasillos de su ministerio a ilustres y competentes diplomáticos por el solo hecho de no ser socialistas –los diplomáticos, como los militares, son ante todo españoles y leales al Gobierno de España–, se ha largado a Bolivia mientras el Sahara estallaba de cólera. Y en Bolivia, encantadora, ha visitado a Evo Morales y le ha regalado un jamón. Allí, a cuatro mil metros de altura, ha inaugurado un complejo de ingeniería en el que nada ha colaborado para abastecer de agua a los aymaras. Es de esperar que con anterioridad a su ascenso a tan considerable altura, se haya desprendido del jamón. Un jamón de Jabugo, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, pesa más que la melancolía de Manuel Chaves. Ha sido nombrada «Princesa de los aymaras», mientras los marroquíes y saharauis estaban liados a tiros. Por respeto a sus ideas pasadas, podría haber estado algo más pendiente de la situación. Aunque quizá, lo mejor para España, para Marruecos y para los saharauis, sea que reparta jamones por el altiplano de Bolivia. Porque España, por culpa de la desastrosa política internacional llevada a cabo por Moratinos y Zapatero, es un cero a la izquierda en el sentido más traducible. Cero y a la izquierda. Pero una ministra no huye. El Sahara fue nuestro, y los saharauis, aunque no lo merezca el Frente Polisario del último tramo colonial, son los nuestros. Los nuestros de antes. Los de la señora ministra que ha inaugurado su enchufe con jamones en Bolivia. Todo le viene grande.

Su sonrisa, su olvido, su ruina en el criterio, su bancarrota «progre», sus derrotas en las urnas y su regalo ministerial. Más que ministra de Asuntos Exteriores, es la cautiva del cacique, o del sultán almoreví que cantó Jorge Cafrune, allá en Jujuy, mirando a Bolivia, inspirado en un viejo romance español del siglo XVII. Hasta las huidas le vienen grandes. ¡Ministraza!


La Razón - Opinión

Inmigración. Un gran tabú y un mal contrato. Por Cristina Losada

Resulta que en España, como en el resto de Europa, el propósito de poner coto a la inmigración y seleccionarla no se puede formular abiertamente. Es tabú, ¡xenofobia!

En la escena política española, la problemática de la inmigración no es abordada: es abordaje. Cualquier propuesta restrictiva se recibe con una salva de acusaciones de racismo. Y el doble rasero da gusto. Aunque la izquierda, desde luego, evita mojarse. Prefiere mandar a su adversario, envuelto en llamas, al infierno fascistoide. La inmigración sólo sirve de pretexto para la agitación. En Cataluña es materia candente de campaña, pero en lugar de argumentos, disparan anatemas. El ex presidente González arengaba días atrás a las bases del PSC en Badalona contra los "demagogos xenófobos" y de "extrema derecha" del PP. Qué previsible, qué triste.

Lejos de la gresca y el alboroto espera la discusión necesaria. Las dificultades prácticas no se resolverán al grito de ¡racistas! El PP viene proponiendo un "contrato de integración" que merece un examen. Sánchez Camacho acaba de presentar un proyecto, idéntico al que llevó Rajoy a las elecciones del 2008, con una adaptación a su geografía política: el inmigrante ha de aprender el español y el catalán. Así, el PP introduce de rondón para los extranjeros el deber de conocer el catalán que rechaza, por inconstitucional, para los españoles. Mas, ¿por qué se ha de obligar a los inmigrantes al aprendizaje de una o dos lenguas? Los hay que ya lo hacen por su cuenta, pero si no fuera así, ¿por qué forzarles? Entonces aparece la palabrita mágica: "integración". Se pretende que el idioma cumpla una función integradora –¿cultural?– cuando el idioma es nada menos, pero nada más que un instrumento de comunicación.

Otros deberes que el contrato del PP impondría el inmigrante resultan menos discutibles, pero superfluos. Cumplir las leyes y pagar impuestos, va de suyo. Nadie se escapa o nadie debería. Y "trabajar activamente por integrarse", vaya usted a saber qué significa. ¿Quién y cómo evaluará el grado de integración? ¿Habrá certificados de "buena integración"? Dejémonos de subterfugios. Todo eso es puro bullshit. Resulta que en España, como en el resto de Europa, el propósito de poner coto a la inmigración y seleccionarla no se puede formular abiertamente. Es tabú, ¡xenofobia! De modo que, a fin de sortear la tácita prohibición, se erige un muro disuasorio de trabas burocráticas que se legitima con la resbaladiza idea de la "integración". Así, por huir de la incorrección política, se cae en la ciénaga identitaria. Peor el remedio.


Libertad Digital - Opinión

Txusito. Por Ignacio Camacho

Eguiguren se ha autoinculpado al admitir sus idas y venidas con Josu Ternera, ese mocetón tan simpático y jatorra.

ALEGRE, espontáneo y dicharachero, Jesús Eguiguren se ha autoinculpado de al menos dos delitos al admitir sus idas y venidas con Josu Ternera, ese mocetón tan simpático y jatorra que tiene el defectillo —«nadie es perfecto», decía Joe E.Brown en «Con faldas y a lo loco»— de ser o haber sido uno de los jefes de la ETA. Uno de lo delitos es el muy obvio de reunirse con terroristas y el otro podría ser, dada la condición de prófugo de Ternera, el de denegación de auxilio a la justicia. Por ello, en puridad jurídica, cuando Eguiguren comparezca hoy como testigo de la defensa en el juicio contra Arnaldo Otegi —otro chico estupendo algo descaminado—, el fiscal o el juez deberían pedir que se le dedujera aparte testimonio de sus confesas andanzas, con advertencia expresa de la posibilidad de resultar imputado. Por tomarse un café con el citado Otegi acabaron empapelados el actual lendakari Patxi López y su antecesor Ibarretxe, ahora memorialista de su propio delirio. Ninguno de los dos llegó a proclamar su «afecto» por el procesado, un etarra en comisión de servicio como presunto activista político.

Aunque sus compañeros socialistas lo desautorizan con la boca chica y lo consideran un verso suelto imposible de rimar con la estrategia del partido, Eguiguren hace tiempo que va y viene cruzando, como Cyrano de Bergerac, las líneas del enemigo para llevar mensajes de no se sabe quién a no se sabe dónde. También cruza a menudo, cargado de buena intención según quienes le conocen, las líneas rojas que la dignidad y el sentido común han impuesto en la resistencia contra el terrorismo, y en el vaivén pisotea alguna que otra hoja suelta sin notar el crujido de la memoria de las víctimas de sus amigotes. Da gusto entenderse, ha declarado en la tele, con Josu Ternera, un vasco jovial amante del vino y la buena mesa con el que fluye la charla de modo natural y, literalmente, cómplice. Hasta tal punto ha persistido en su trajín de chácharas que algún documento etarra alude a la «vía Txusito» como línea de diálogo nunca interrumpida. Cuando todos los caminos se cierran y la Guardia Civil siempre aparece al fondo de la encrucijada, queda la «vía Txusito» para continuar manteniendo la esperanza. El Estado aprieta pero Txusito no ahoga.

Si fuese por Txusito, el conflicto vasco llevaría años resuelto. Él mismo lo dice: el entendimiento es fácil si se prescinde de los muertos, que son 860 muerto arriba, muerto abajo. Nos olvidamos de ellos y ya está, a vivir que son dos días y en Euskadi son «cuatro gatos» (sic) y acaban cogiéndose afecto. No pocos de esos muertos eran compañeros de filas de Eguiguren aunque los muchachotes del otro lado no les dieron tiempo a tomarles estima. Pero como ya es inevitable qué se le va a hacer, pelillos a la mar brava de Bermeo y a tomarse unos potes con la peña. Que son buenos chicos y han cambiado. Palabra de Txusito.


ABC - Opinión

La derrota efectiva de ETA

El juicio por enaltecimiento del terrorismo contra Arnaldo Otegi y otros dirigentes políticos de ETA que se abrió ayer en la Audiencia Nacional ha alimentado durante estos días toda suerte de especulaciones sobre oscuras negociaciones con la banda terrorista que pasaría por una supuesta legalización de facto de Batasuna para que pudiera presentarse a las elecciones municipales. El hecho de que el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, acuda hoy a declarar a petición de la defensa de Otegi ha acentuado todavía más las incertidumbres y sospechas que rodean la hora actual de la lucha contra los pistoleros y su brazo político. No conviene, sin embargo, dar carta de naturaleza a lo que son sólo temores ni desconfiar de que el PP y el Gobierno no estén haciendo lo correcto para terminar con ETA. Por fortuna, el Pacto Antiterrorista goza de buena salud, como lo demuestra la tramitación parlamentaria de nuevos filtros electorales para taponar a Batasuna, y así conviene que siga. Lo cual no quiere decir que el discurso del Gobierno, al que le corresponde liderar la política antiterrorista, adolezca de la claridad y contundencia que reclaman los ciudadanos, como si el final de la banda fuera una pieza más del tablero electoral en el que caben diferentes jugadas. Tampoco ayudan ni confortan confesiones extemporáneas como las de Felipe González sobre la «guerra sucia». Por el contrario, resulta muy esclarecedor el discurso que ayer pronunció José María Aznar como doctor honoris causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. La tesis del presidente de FAES es que ETA ya está derrotada histórica y socialmente, de ahí que la cuestión clave sea hacer efectiva esa derrota e impedir que escapen a ella los terroristas en un gesto de cesión disfrazado de falsa generosidad. No basta, nunca ha bastado, que los pistoleros y sus cómplices renuncien ahora a la violencia, sino que están obligados a reconocer que nunca debió emplearse porque nunca ha estado justificada. El más grave peligro que corren el Estado de Derecho y la Nación en esta fase terminal de ETA es que se plantee como un debate de dos equivalentes, de dos proyectos igualmente legítimos: el de la Nación española que se renueva en la Constitución de 1978 y el terrorismo independentista. Es lo que llama Aznar «perder en la victoria», esto es, vencer sin que haya vencidos. Si el Estado democrático no culmina su victoria con la visualización palpable e inequívoca de la derrota de los terroristas, de modo que se demuestre la inutilidad absoluta de 50 años de asesinatos, la banda etarra se sentirá legitimada para volver a intentarlo dentro de unos años. Por decirlo con un ejemplo histórico, la derrota de ETA no puede ser nunca un «Abrazo de Vergara», como proponen los nacionalistas y cierta izquierda federalista, porque sumiría al Estado de Derecho en la indignidad y porque si el precio de la derrota es un «abrazo» habrán salido muy baratos los casi mil españoles asesinados. Como subrayó Aznar, la derrota efectiva de ETA ha de ser la culminación del pacto constitucional. Por eso son los terroristas y sus cómplices los que tienen una deuda que pagar a la Nación. Y Otegi no es ninguna excepción.

La Razón - Editorial

Errores marroquíes

Después del asalto al campamento de El Aaiún, Rabat bloquea toda noticia sobre el Sáhara.

Al error de asaltar el campamento de Agdaym Izik, Marruecos ha sumado el endurecimiento del bloqueo sobre las noticias procedentes de El Aaiún. La estrategia de Rabat perjudica a sus propios intereses, pues la opacidad informativa crea una presunción a favor de quienes denuncian la dureza de la represión llevada a cabo por las fuerzas marroquíes. Con el agravante de que el trato discriminatorio hacia los periodistas españoles corre el riesgo de transformarse, además, en un incidente diplomático. Como sucedió con el episodio de Aminetu Haidar, el Gobierno español está viéndose envuelto de manera directa o indirecta en decisiones inaceptables del Ejecutivo de Rabat. Si algo se demuestra con ello es la fragilidad de las bases sobre las que se mantiene la relación, inspirada para la parte española por un único y excesivo deseo de evitar los roces.

Mientras no se tenga información contrastada sobre los sucesos parecería lógico evitar los pronunciamientos oficiales más de fondo. El problema reside, sin embargo, en que la voluntad de Marruecos consiste, precisamente, en evitar que se obtenga esa información. Y es en este punto donde falta una mayor determinación por parte de la diplomacia española, que ha tardado en reaccionar ante el bloqueo informativo y que, cuando lo ha hecho, ha sido en términos ambiguos. No parece ni oportuno ni comprensible, por otra parte, que el presidente Zapatero recurra a los servicios de un titular de Exteriores recién cesado para abordar un asunto que, como la Cumbre de la Unión Euromediterránea, tiene en estos momentos puntos concomitantes con los sucesos en curso en el Sáhara. Al optar por esta fórmula al margen de los canales institucionales, Zapatero devalúa la posición internacional de la ministra Jiménez sin tener garantizado el resultado que busca recurriendo al ex ministro Moratinos.


Marruecos está añadiendo con sus acciones nuevas dificultades a la ya de por sí difícil solución autonomista que defiende para el Sáhara. Su viabilidad depende de unos avances en la democratización del régimen marroquí que no solo no acaban de cuajar, sino que hoy están más en entredicho que antes de producirse los incidentes. Sofocar las protestas de los saharauis recurriendo a la fuerza no avanza en la solución del contencioso y, en cambio, deja al descubierto el largo camino que aún debe recorrer la apertura del régimen marroquí. Al tiempo que demuestra su necesidad de buscar enemigos exteriores con los que tratar de justificar sus errores, deteriorando las relaciones con un país aliado y amigo como es España.

Las conversaciones entre Marruecos y el Polisario que se reanudaron esta misma semana han tenido que ser pospuestas. Nada indica que vayan a ser mejores las condiciones para retomarlas después de los incidentes. Más bien al contrario: Marruecos tendrá que esforzarse de nuevo en demostrar que la solución autonómica no es un disfraz para convalidar su situación de hecho en el Sáhara.


El País - Editorial

El catalán de Sánchez Camacho

Parece que la candidata del PP está mucho más cerca del nacionalismo catalán que de la defensa de los derechos lingüísticos.

En una entrevista al subvencionadísimo Avui publicada este miércoles, la candidata del Partido Popular en las elecciones autonómicas catalanas, Alicia Sánchez Camacho, aseguró que regañaba a su hijo si le hablaba en castellano. Ante el escándalo, declaró a esRadio que se habían sacado de contexto sus palabras y que la realidad era distinta: lo corregía si metía palabras en catalán cuando hablaba en castellano y viceversa. Como única prueba de la veracidad de sus palabras, aseguró que llamaría al periódico para exigir una rectificación. Un día después, Libertad Digital contacta con Avui para comprobar si lo ha hecho y la respuesta es que no. Sin embargo, el jefe de prensa de Sánchez Camacho asegura que sí lo han hecho, que en el diario les han pedido disculpas pero se han negado a rectificar y ellos lo han aceptado.

¿Por qué el escándalo en primer lugar? Al fin y al cabo, la vida privada de Sánchez Camacho es eso, privada, y no debería ser objeto de una crítica política. Sin embargo, desde el momento en que la candidata del PP usó a su hijo para ganarse las simpatías de los lectores del Avui, más que probablemente nacionalistas, lo metió en el debate. Del mismo modo, la intimidad de la familia de Zapatero pasó a ser de interés público cuando el presidente del Gobierno describió con orgullo el sectarismo que demostraban sus hijas, que ya decían aquello de que la izquierda es buena y la derecha mala.


Naturalmente, dado que el PP se presenta como un partido nacional y de derechas, parecería lógico que sus líderes se comportaran como tales. Si Sánchez Camacho defiende sinceramente en público el bilingüismo y no la imposición de ninguna lengua, no se acaba de entender que en privado obligue a su hijo a olvidarse justo del idioma objeto de las iras del nacionalismo catalán, su rival electoral e ideológico. Parece, por tanto, que la candidata del PP está mucho más cerca del nacionalismo catalán que de la defensa de los derechos lingüísticos.

Es cierto que la lengua en que educamos a nuestros hijos no debería ser objeto de debate político. La administración y, especialmente, la educación pública deberían ofrecer sus servicios en los idiomas naturales de cada territorio; en el caso de Cataluña, el castellano y el catalán. Pero los nacionalistas, incapaces de encontrar otra razón por la que justificar sus respectivos hechos diferenciales, han hecho de la lengua un elemento de división de España y de creación nacional. Con la excusa de que Franco impidió el uso normal de las lenguas regionales, los nacionalismos van a cumplir ya treinta años de imposición lingüística.

Por otro lado, al margen de cómo eduque realmente Sánchez Camacho a su hijo, lo cierto es que sus formas dejan mucho que desear. Por lo que parece, se está limitando a decir a unos y otros lo que quieren oír, deporte que no por ser tan practicado por nuestros políticos resulta menos hipócrita. Para que la democracia funcione es imprescindible saber qué piensan y qué pretenden hacer los políticos a los que votamos. En caso contrario, el sufragio se convierte en una ruleta rusa, un juego en el que participamos ciegamente, o una expresión de adhesión más propia de una hinchada de fútbol que de una ciudadanía informada y consciente de sus derechos y obligaciones.

Claro que posiblemente sea eso lo que quiere este búlgaro PP. De ahí que Sánchez Camacho sea, entre todos los candidatos posibles, la elegida para dirigir el partido en Cataluña.


Libertad Digital - Editorial

El G-20 no admite ocurrencias

Mientras los grandes líderes internacionales plantean una batalla con final incierto, Rodríguez Zapatero sigue empeñado en jugar al «buenismo».

LA reunión del G-20 en Seúl es fiel reflejo de las graves dificultades que sufren las principales economías del mundo para gestionar las secuelas de una crisis de alcance universal. La «artillería» monetaria activada por Barack Obama para aliviar las finanzas de la primera potencia internacional es la expresión de unas prácticas proteccionistas que chocan con la globalización social y económica. La llamada «guerra de divisas» enfrenta a los Estados Unidos no solo con la UE sino también con China, Brasil y otros países relevantes. Pero lo cierto es que cada uno da la batalla por su cuenta, de tal manera que la «cumbre» parece derivar en un conflicto de todos contra todos del cual no cabe esperar nada bueno para buscar una salida razonable a la crisis. Mientras tanto, crece el riesgo de colapso para Irlanda —e incluso para Portugal— con sus diferenciales de deuda respeto del bono alemán situados al límite de lo posible. La Reserva Federal se equivoca cuando otorga prioridad al interés a corto plazo de los Estados Unidos, porque la única forma de salir de la crisis es un esfuerzo conjunto en beneficio de todos.

Mientras los grandes líderes internacionales plantean una batalla con final incierto, Rodríguez Zapatero sigue empeñado en jugar al «buenismo», lanzando ocurrencias que ya no engañan a nadie a estas alturas. Hablar de la creación de un millón de empleos «ecológicos» es un brindis al sol que no se puede tomar en serio cuando procede de un país que bate todos los récords de paro y cuyos agentes socioeconómicos no consiguen ver la luz al final del túnel, a pesar del falso optimismo gubernamental. Menos mal que el presidente del Gobierno está acompañado en Seúl por los líderes de algunas grandes empresas españolas, cuya solvencia a escala internacional ofrece una imagen muy positiva de nuestro país. De lo contrario, caemos en el grave riesgo de que España se diluya en la insignificancia o juegue un papel anecdótico en el G-20, porque los tiempos exigen una política madura y responsable, al margen de las eternas ocurrencias para salir del paso. Rodríguez Zapatero debería tomar buena nota de las posiciones de Sarkozy, Merkel y otros socios europeos, dispuestos a afrontar en serio la crisis del Estado de bienestar y a defender con argumentos eficaces los intereses de la economía europea en tiempos de turbulencia.


ABC - Editorial

jueves, 11 de noviembre de 2010

Ministros. Los últimos de la clase. Por Cristina Losada

Se ha pasado de nombrar a altos funcionarios a colocar a funcionarios del partido. La primacía del sector público se ha convertido en primacía de los aparatos partidarios.

La comparación de los currículos de varios ministros españoles con los de sus homólogos europeos aboca a preguntarse, como Zavalita en la novela de Vargas Llosa, sobre el momento en que se jodió este Perú nuestro. Teníamos ya noción de que en la era de "la generación de españoles mejor preparada de la historia" –palabra de uno de los presidentes más limpios de preparación– contábamos con el Gobierno peor pertrechado de la democracia. Pero a la vista de los historiales de unos y otros se imponen constataciones más dolorosas. A fin de cuentas, a nadie le complace que en el Consejo de Ministros se sienten los últimos de la clase. A nadie, salvo al que se encuentre en el mismo caso.

Con los últimos de la clase no se quiere significar que alguno de los ministros dejara sin terminar, y casi sin empezar, una carrera universitaria. Se trata de que no pueden lucir en su expediente ni una trayectoria notable en el sector privado ni un surtido de responsabilidades públicas relevantes. Los cuatro retratados (Sanidad, Fomento, Defensa y Exteriores) son pura carne –carné– de partido. En el partido hicieron sus carreras y desde el partido dieron el dulce salto a las poltronas. En contraste, sus colegas de Francia, Italia y Portugal responden al perfil clásico. Formación de alto nivel y experiencia de gestión en materias relacionadas con la cartera que se les encomienda. Aquí, se ha desechado, seguramente por poco progresista, la idea de que conviene disponer de algún conocimiento de los asuntos que uno va a abordar desde el ministerio.

Hace tiempo que la política, al menos, en la Europa continental, extrae a sus miembros del sector público. Se ha consolidado la opinión de que un político que provenga del sector privado es sospechoso de inconfesables intereses. ¡Cómo si los demás no los tuvieran! Ni siquiera los Estados Unidos son lo que fueron: se contaba como excepcional que un fabricante llegara, en estas últimas legislativas, al Congreso. Pero, por norma, los cargos políticos de peso proceden de las elites, sean funcionariales, profesionales o académicas. En España, procedían. Se ha pasado de nombrar a altos funcionarios a colocar a funcionarios del partido. La primacía del sector público se ha convertido en primacía de los aparatos partidarios. Y, así, se ha vuelto común la rareza: que un indocumentado llegue a ministro. O, incluso, a presidente.


Libertad Digital - Opinión

Vergüenza ajena y oprobio común. Por Hermann Tertsch

El régimen marroquí no se distrae estos días con las maravillosas relaciones que mantiene con Zapatero.

UNA de las pocas formas que nos quedan ya para intentar huir de la vergüenza que produce la actuación de nuestro Gobierno en el exterior es ejercitar la certeza de que otros españoles lo sabrían hacer de otra forma. Por desgracia es cierto que nos representan a todos en el mundo por haber sido elegidos por una mayoría. Pero también lo es que hay muchos españoles con preparación, criterio y carácter que nos representarían y defenderían los intereses de España con dignidad, eficacia y altura de miras. Decir que lo harían mejor es no decir nada, porque hoy lo difícil es encontrar a quien pueda hacerlo peor. Antes de considerarse un enviado de la Providencia Progresista, nuestro Gran Timonel le dijo a su consorte aquello de «Sonsoles, no te puedes imaginar cuantos cientos de miles de españoles podrían gobernar». Un instante único aquél, en el que brotó tamaña verdad de sus labios. A estas alturas de la tragicomedia del zapaterismo podemos decir que el listón no es ya obstáculo ni para el más torpe de los reptantes. Por lo que no son centenares de miles sino millones, señora consorte, los que gobernarían sin hacer el daño que su marido ha hecho. En nuestra política exterior estamos viviendo horas estelares del zapaterismo químicamente puro. El dislate generalizado ha alcanzado cotas orgiásticas del despropósito. El ridículo y el oprobio son ya la percepción constante en un serial interminable de torpezas y barrabasadas. Cierto, como dicen fuera, que los españoles tienen al Gobierno que han elegido. En nuestro descargo cabe alegar que nadie en su sano juicio podía prever lo que nos venía encima. Estaba claro que habríamos de pagar por una política exterior sin principios, sin profesionalidad, sin carácter, criterio ni firmeza. Una política que nos ha marginado en nuestro espacio natural de las democracias occidentales, donde España ya solo cuenta como fuente de preocupación e inseguridad económica. Solo nos tienen ya en cuenta esos regímenes dictatoriales o autoritarios que por afinidades ideológicas este Gobierno ha apoyado y financiado. No para agradecerlo. Para pagarnos con insultos, desplantes y desprecio. Venezuela o Cuba, Bolivia, Mauritania o Marruecos, ¡qué más da! Nuestra obsequiosidad es ya humillación y tiene además humillación por respuesta. Así es el mundo. Si no nos respetamos nosotros, ¿por qué iban a hacerlo otros? Ayer fue otro día de auténtica vergüenza en la gestión española de la crisis marroquí. Por un lado salía la ministra Trinidad Jiménez negando muy enfadada que hubiera sido avisada de antemano de la bárbara operación policial marroquí. El diario El Paísasegura que sí lo sabía. Dada la impotencia del Gobierno, casi da lo mismo. En el Parlamento, el ministro de la presidencia Jáuregui, se hacía tal lío al explicar dicha impotencia, que acabó atribuyendo a Marruecos la soberanía territorial sobre el Sáhara. Después dijo que no quiso decir lo que dijo. Da igual también. Miren que nos dijeron que Jáuregui venía de ministro porque se explica muy bien. Periodistas franceses pudieron viajar a Marruecos para visitar los escenarios que el régimen de Mohammed VI tenga a bien enseñarles. Los periodistas españoles poblaban los aeropuertos a la espera de que el Sultán les deje entrar a mirar un poquito. Mientras continúa la operación de terror contra la población, las detenciones y los saqueos. El régimen marroquí no se distrae estos días con las maravillosas relaciones que mantiene con Zapatero y Rubalcaba. Quizás allí crean que estas relaciones son exclusivamente para cuestiones de protocolo y privilegio de tantos líderes socialistas que han hecho de Marruecos su particular y muy privilegiada alternativa a la Costa Azul.

ABC - Opinión

Avui. Sánchez Camacho. Por José García Domínguez

Al igual que esas pequeñas orquestas cíngaras, las que se ganan la vida en las aceras interpretando la música que los viandantes deseen escuchar, a la Camacho tanto le da entonar un tango que un rock o una muiñeira.

Sostiene la señora Sánchez Camacho que el diario Avui ha sacado de contexto cierta frase muy suya, tanto que luce entrecomillada en el periódico para mayor abundamiento sobre su genuina maternidad. La sentencia en cuestión, de cuya veracidad la locuaz Camacho aún no ha concedido decir ni pío, es la siguiente: "[A mi hijo Manel, de cuatro años] le riño si me habla en castellano". Así las cosas, por el módico precio en saliva de pronunciar dos vocablos concatenados, en concreto las voces "es" y "mentira", doña Alicia se habría evitado incordios mayores. Es mentira. Tan sencillo como eso. Sin embargo, y vaya usted a saber por qué, ha preferido enrocarse en el brumoso jardín del contexto.

No es doña Alicia, por cierto, ni mejor ni peor que tantos políticos profesionales de su generación. Acaso un poco más torpe. Aunque solo un poco. Así, como sus pares, no posee el menor reparo con tal de defender cualquier causa y su contraria. Al igual que esas pequeñas orquestas cíngaras, las que se ganan la vida en las aceras interpretando la música que los viandantes deseen escuchar, a la Camacho tanto le da entonar un tango que un rock o una muiñeira. Si la llaman del Avui, les confesará risueña que, amén de velar sin descanso por la pureza fonética del pequeño Manel, cuenta con "muchos amigos soberanistas". Léase separatistas. Muchos, no uno ni dos ni tres. Ya se sabe, el contexto.

Si el interlocutor resulta ser Libertad Digital, plena de santa indignación proclamará airada que "estas cosas [las regañinas morfosintácticas descontextualizadas] pueden dar a entender lo que no es". Aunque, al tiempo, no habrá manera humana de arrancarle qué es lo que es y qué lo que no es. Si, en fin, es el plató de Tengo una pregunta para usted quien la acoge, con la más gozosa de sus sonrisas celebrará que Benedicto XVI "ha universalizado mucho (sic) nuestra lengua propia". Que no la impropia, esa intrusa en cuya defensa se redactó aquel célebre manifiesto que encabezara el Nobel Vargas Llosa, el mismo que ella se negó en redondo a rubricar. Y es que, a lo tonto, doña Alicia ha superado al mismísimo McLuhan: el texto es el contexto.

Nota bene:

Tras fructífera conversación con Pep Lloveras, el periodista de Avui que realizó el reportaje de marras, el arriba firmante está en condiciones de afirmar que Alicia Sánchez Camacho aún no se ha dirigido a ese periódico para exigirle rectificación alguna. Que el diario Avui no alberga la menor intención de desdecirse. Y que el autor material de la pieza, el citado Pep Lloveras, igual se ratifica en la literalidad de lo publicado.


Libertad Digital - Opinión

Papelón. Por Ignacio Camacho

La «constatación» de que Mohamed VI es el amo del Sahara representa el punto más bajo desde la Marcha Verde.

EN los treinta años de conflicto del Sahara, aprovechados por Marruecos para imponer su política de hechos consumados, España no ha sabido ni querido enmendar el papelón de su precipitada salida descolonizadora. Antes al contrario nos hemos movido siempre en una suerte de ambigüedad culpable, que el zapaterismo ha ido reconvirtiendo en abierta connivencia con la estrategia marroquí sin abandonar el discurso ambivalente salpicado de mantras de diálogo y multilateralidad. Ocurre que el sultanato, como régimen autoritario que es, resulta poco proclive a las sutilezas y cada vez más a menudo pone a prueba las tragaderas españolas con actos de una brutalidad insoslayable. El asalto a los campamentos de El Aaiún tiene ribetes de pogrom étnico que han provocado incluso la repulsa de la muy proalauita Francia sin que el Gobierno de Zapatero/Rubalcaba sea capaz de manifestarse con el mínimo de energía que requiere la dignidad democrática.

España tiene derecho incluso a ponerse de parte de Marruecos si lo considera positivo para los intereses nacionales, pero lo que no puede hacer es renunciar a su papel de referencia en un problema que como antigua metrópoli colonial le atañe de modo directo. Y eso es exactamente lo que ha hecho este Gobierno: ponerse de perfil con abstractas apelaciones a la calma, inhibirse de sus responsabilidades históricas y actuales y hasta montar el consabido lío diplomático al reconocer primero y «constatar» después —rectificando en horas, como es costumbre— los supuestos derechos efectivos y soberanos de Rabat sobre el territorio saharaui. Hacerlo en pleno escándalo por la inaceptable y violenta razzia de El Aaiún constituye un ejercicio vergonzante de sumisión política y de denegación de amparo.

El zapaterismo aplica en el Sahara su conocido criterio de doble rasero, ese hipócrita embudo moral que determina la consideración de las cosas y los hechos según su adecuación a las conveniencias propias. La legalidad de la ONU vale para desautorizar la guerra de Irak pero no para aceptar el cumplimiento del plan Baker y otras resoluciones que llevan años en el limbo de la diplomacia. Desmantelar a sangre y fuego un asentamiento de refugiados constituye una canallada si la ejecuta Israel pero no merece condena explícita cuando es Marruecos el que la lleva a efecto. Vetar a periodistas y parlamentarios como testigos de la violencia de Estado es pecado mortal para cualquier régimen democrático y pecata minuta si lo decide nuestro amigo el sultán. Nada grave para suspender el solícito interés de la ministra de Exteriores —menudo debut el de MinisTrini— por la maltrecha rodilla de Evo Morales.

La «constatación» de que Mohamed VI es el amo del Sahara representa el punto más bajo del abandono español desde la Marcha Verde. Hasta ahora: tal vez haya ocasión de constatar que podemos hacerlo peor.


ABC - Opinión

La cobardía y la soberbia del que se sabe impune

Felipe González ya no mantiene que se enteraba de esto "por la prensa", sino que reconoce, movido por su soberbia, que "informaciones y acciones" como las referidas a la guerra sucia tenían que llegar hasta él, "por las implicaciones que tenía".

Es del todo lógico el interés de los socialistas por pasar página a un asunto como el de la guerra sucia contra ETA si tenemos en cuenta, entre muchas otras cosas, que varios de los protagonistas de su encubrimiento están ahora en activo en el Congreso, como Txiki Benegas, o incluso forman parte del Gobierno, como Rubalcaba y Jáuregui.

Aspirar, sin embargo, a que unas declaraciones como las de Felipe González, en las que prácticamente se descubre como la X de los GAL, pasen desapercibidas es del todo iluso: a la catarata de declaraciones políticas que ha provocado las palabras del ex presidente socialista, se han unido acciones en el ámbito judicial. Tal es el caso de los escritos que el ex diputado de IU Antonio Romero y la viuda de Juan Carlos García Goena han presentado ante el fiscal general del Estado, en los que se le pide una apertura de las investigaciones sobre los GAL, muchos de cuyos crímenes aun no se han esclarecido.


Al afirmar que todavía no sabe si hizo lo correcto al no autorizar a finales de los 80 la liquidación en Francia de la cúpula de ETA, Felipe González no hace sino un cobarde y falso intento de maquillar con argumentos morales lo que en realidad no fue otra cosa que una actividad criminal, en la que se malversaron fondos públicos y en la que se asesinó, torturó y secuestró a miembros de ETA y a otras personas que nada tenían que ver con la organización terrorista.

Sin embargo, lo que mayor trascendencia tenga de cara al ámbito judicial sea el hecho de que Felipe González ya no mantiene que se enteraba de esto "por la prensa", sino que reconoce, movido por su soberbia, que "informaciones y acciones" como las referidas tenían que llegar hasta él, "por las implicaciones que tenía". ¿Y no las tenía el secuestro –que González denomina "detención"– de Segundo Marey, o el entierro en cal viva de Lasa y Zabala, o el asesinato de un hombre que resultó que nada tenía que ver con ETA como García Goena?

Es increíble que González pueda utilizar expresiones como "todavía hoy no se puede contar eso" o "algún día se sabrá qué tipo de información nos daban" sin que se le conmine a contar de inmediato lo que sepa respecto a crímenes que no se han esclarecido. Como ha asegurado el ex fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) José María Mena, "si Felipe González tuviera datos relevantes de un hecho criminal debería ir a un juzgado a decirlo".

No cabe esperar, sin embargo, nada de una Fiscalía General del Estado que tantas muestras ha dado de subordinación al Gobierno. Tampoco, en el ámbito político, cabe esperar una petición de perdón del PSOE por este bochornoso capítulo de su historia. Zapatero sólo está interesado en pasar página, y la dignidad, la justicia y la memoria de las víctimas de los GAL le importan tan poco como las de ETA.


Libertad Digital - Editorial

Serios errores de diplomacia

El viraje que dio este Gobierno hacia Marruecos, cuyas razones no ha explicado aún, ha desencajado los tradicionales equilibrios de España en el Magreb.

A diferencia de lo que sucede con los errores en el campo de la economía, las equivocaciones en política exterior son en ocasiones difíciles de cuantificar, pero eso no impide que el precio de la mala gestión aparezca, como le sucede al Gobierno de Zapatero, que recoge ahora los amargos frutos de su decisión de apoyar incondicionalmente a Marruecos. Negándose a condenar los hechos violentos que han desencadenado los disturbios en El Aaiún para no irritar a Rabat —lo que equivale a considerarlos como aceptables— no contribuye ni a la solución del conflicto ni a la buena marcha de la sociedad marroquí hacia la democracia, y tampoco representa a la sensibilidad mayoritaria de los españoles. Al contrario, el viraje que dio este Gobierno, cuyas razones no ha explicado todavía, ha desencajado los tradicionales equilibrios de España en el Magreb y ha contribuido a alejar las posibilidades de una solución. Marruecos es un vecino con el que es conveniente desarrollar las mejores relaciones. Precisamente debido a esa vecindad, es una insensatez exponer nuestros intereses estratégicos a las maniobras de extorsión que se puedan urdir aprovechando esa proximidad con sucesivos pretextos como la pesca, la emigración ilegal, la droga, el integrismo, Ceuta y Melilla o el Sahara.

Puesto que Marruecos no es una sociedad democrática, habría sido mejor no exponerse a esta situación con una política en la que se definan nuestros intereses, tal como Marruecos hace con los suyos.

La ministra Trinidad Jiménez ha intentado recuperar el paso recordando que España no reconoce la anexión del Sahara Occidental, sin darse cuenta que lo que ha sucedido no ha sido solamente una violenta intervención de las autoridades marroquíes, que al fin y al cabo no puede decirse que sea una novedad más que en la brutalidad de sus dimensiones. Lo peor ha sido la expresión de la violenta enemistad entre la población saharaui y los ciudadanos marroquíes llevados allí por el Gobierno de Rabat. Los enfrentamientos en las calles de El Aaiún ponen de manifiesto que la brecha que separa a las dos comunidades se ha hecho más grande en lugar de difuminarse, como pretendía Marruecos, y que cualquier solución será aún más compleja ahora que cuando el Gobierno socialista creyó erróneamente que obtendría ventajas en otros campos si cerraba los ojos ante la realidad y abandonaba los intereses de España al albur de la política marroquí.


ABC - Editorial

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Aaiún. El pueblo saharaui, Zapatero y el PP. Por Agapito Maestre

Ante tanto arcaísmo no puede nada la modernidad de Europa; he ahí en el Sahara Occidental, en la persecución de seres humanos que no quieren someterse a una dictadura, una prueba más de la gran miopía de Europa.

Ante la salvaje actuación de la dictadura de Marruecos contra el pueblo saharaui, abandonado a su suerte por España hace muchos años, los limpios muchachotes del PP acusan de "flojo, inocuo e injusto" el discurso del Gobierno sobre el Sahara Occidental. Creo que sus críticas se quedan cortas. Muy cortas. Pero algo es algo. Pero no nos rasguemos las vestiduras. Aquí todos somos culpables. El dictador marroquí seguirá saqueando los asentamientos del pueblo saharaui. No le importa nada el número de muertos. ¡Cuántos más caigan en este saqueo, dicen quienes conocen las ambiciones sin medidas del jefe político de Marruecos, mejor! Se trata de dar un escarmiento, primero, a los afectados directamente; en segundo lugar, se le envía un recado a la comunidad internacional de que nadie podrá intervenir en el territorio de Marruecos; y, finalmente, se deja constancia de que el Sahara Occidental es, definitivamente, propiedad de Marruecos. Porque así lo ha querido la "historia" y los dos últimos dictadores de ese país. Eso es todo. Punto.

El resto es mala retórica. O peor, cobardía. Zapatero está donde siempre. Al margen. En su caverna sigue agazapado, escondido y a la espera de dar el último zarpazo al noble pueblo saharaui. Es el primer paso de los socialistas para entregar, posteriormente, Ceuta y Melilla a la misma persona que ya es dueña del Sahara. Después, naturalmente, vendrá el asalto a Canarias. Es menester seguir al pie de la letra la política Exterior de Marruecos. Estamos en la primera etapa de la última gran cesión, o mejor, entrega de lo poco que queda de España a Marruecos, que es, se mire como se mire, la primera potencia del Mediterráneo protegida por EEUU y Francia.

La cosa viene de lejos. Es menester, pues, recordar los datos básicos. En el año 1974, cuando murió Franco, el Sahara Occidental fue invadido por los marroquíes. Los franquistas permitieron tal invasión. La UCD tragó con el asunto. El PSOE legitimó el proceso. El PP miró para otro lado, aunque Aznar exigió el referéndum y auspició el Plan Baker. Y, ahora con Zapatero, la cosa es aún peor: ya no quedan ni palabras dignas de mención. Sólo cabe recurrir a la ONU y que nos dejen tranquilos con nuestra miseria. Y cobardía.

Valgan tres conclusiones de este trágico asunto. Primera. El nomos de la tierra del Sahara Occidental está impuesto por el rey de Marruecos. Segunda. No hay ningún rey en el mundo que tenga tanto poder como el de Marruecos. Tercera. Ante tanto arcaísmo no puede nada la modernidad de Europa; he ahí en el Sahara Occidental, en la persecución de seres humanos que no quieren someterse a una dictadura, una prueba más de la gran miopía de Europa. Europa tiene delante una cruel dictadura y no ve nada.


Libertad Digital - Opinión

Tragedia de equivocaciones. Por José María Carrascal

El Gobierno ni siquiera ha mostrado un apoyo moral a los saharauis, que es lo mínimo, y lo máximo, a su alcance.

CON el Sahara le ha ocurrido a Zapatero como con el resto de sus grandes planes (la negociación con ETA, el estatuto catalán, la crisis económica): que le ha estallado en la cara. ¿Quiénes eran los grandes amigos, los mayores defensores de los saharauis en España? Los socialistas sin duda. Pero ante la clara violación de sus derechos, lo único que sabe hacer la nueva ministra de Asuntos Exteriores es pedir calma. Y como no quiero cometer el mismo error que ella, me creo obligado, como testigo desde la ONU del entero proceso saharaui —Marcha Verde incluida— a contar unas cuantas cosas, que seguro no gustarán a muchos.

De entrada, que lo del Sahara ha sido una tragedia de equivocaciones por todas partes, empezando por España, que pensó que podía convertir el Sahara, primero, en una provincia española, luego, en una especie de estado asociado bajo su protección, para soltarlo en banda finalmente, cuando Marruecos demostró que estaba dispuesto a ir a la guerra por el Sahara y nosotros, afortunadamente, no.


Pero los saharauis cometieron un error todavía mayor al creer que su enemigo era España, cuando su verdadero enemigo era Marruecos. El Polisario fue creado por el Ejército español como escuela de dirigentes del futuro estado, cuando aquellos vistosos «procuradores» saharauis de las Cortes franquistas resultaron inútiles para la descolonización del territorio que pedía la ONU. Pero en sus prisas, los polisarios arremetieron contra España, favoreciendo los planes anexionistas de Marruecos, conduciéndoles a la situación en que están hoy, aunque algunos de sus dirigentes, al comprobar su enorme error, se han unido a Marruecos.

Para el resto, la situación no puede ser peor. Olvidados. Nadie se acuerda de ellos y Marruecos goza del respaldo occidental, empezando por el norteamericano y el francés, al ser uno de los pocos aliados firmes en el mundo árabe frente al fundamentalismo islámico. El desmantelamiento implacable del campamento de refugiados cerca de El Aaiún, justo cuando se iniciaba una nueva tanda de conversaciones sobre el Sahara en la ONU, ha sido una flexión de músculo marroquí para demostrar quién manda allí. Y ya verán ustedes cómo no hay condena, empezando por la española, cuyo Gobierno ni siquiera ha mostrado un apoyo moral a los saharauis, que es lo mínimo, y lo máximo, a su alcance. Pero la moral es tan ajena al Gobierno Zapatero como la verdad.

El único consuelo que nos queda es que también los marroquíes pueden haberse equivocado. Creyeron poder digerir el Sahara, pero se les está atragantando. Aunque tendrá que pasar mucho tiempo y ocurrir muchas desgracias antes de que el conflicto se resuelva. Si se resuelve.


ABC - Opinión

El Sáhara, un agujero negro del Gobierno Zapatero. Por Antonio Casado

El Sáhara es una muestra más del cinismo reinante en el campo de las relaciones internacionales, regidas por la ley del más fuerte en el tráfico de intereses. Como no es un descubrimiento inesperado, tampoco viene a cuento rasgarse las vestiduras. Pero si al menos la opinión pública es consciente del atropello marroquí al pueblo saharaui, consentido por la comunidad internacional, no todo estará perdido para la causa de la ley y los derechos humanos, aunque le faltará muy poco.

Cuba y Sáhara son asuntos de política nacional. Por razones históricas, los españoles son muy sensibles a todo lo que ocurre en estos dos rincones del mundo, tan distintos, tan distantes y tan queridos. Pero así como el Gobierno de España mantiene en Cuba un adecuado grado de implicación, que se corresponde con el pasado de una memoria común, en el tema del Sáhara Occidental se está malversando dicha memoria.

Se ha ido malversando a medida que la necesidad de llevarse bien con Marruecos iba engordando la coartada. La coartada ha engordado tanto que se hace insoportable la mirada distraída del Gobierno Zapatero ante el brutal asalto al campamento saharaui de Gdaim Izik y todo lo que le cuelga en materia de derechos humanos. Lo único que se le ha ocurrido a la nueva ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, es lavarse las manos y recordarnos que el problema es de la ONU.


Así, la ONU también forma parte de la coartada de España para eludir sus deberes en nuestra antigua provincia, que van más allá incluso de los que nos corresponden como antigua metrópoli del Sáhara Occidental. Qué menos que exigirle al vecino marroquí el cumplimiento del mandato de la ONU sobre un referéndum de autodeterminación, como paso previo para la descolonización del territorio. Pues ni eso.
«Cuba y Sáhara son asuntos de política nacional. Por razones históricas, los españoles son muy sensibles a todo lo que ocurre en estos dos rincones del mundo, tan distintos, tan distantes y tan queridos.»
Posición ambigua

Bien al contrario, la flojera de España se une a la de Estados Unidos y Francia. Ninguno de ellos está interesado en denunciar el incumplimento de dicho mandato. Y de ahí resulta el hecho consumado: la ocupación ilegal de un territorio por parte de un Estado miembro de la ONU. Este es el famoso elefante que se cuela en todas las negociaciones. Nadie quiere verlo, excepto los representantes de la parte ocupada.

La posición española consiste en apostar por el entendimiento de Marruecos y el Frente Polisario en el marco de la ONU, pero eso no es decir nada frente a tan flagrantes violaciones de los derechos humanos y la legalidad internacional. Es una posición ambigua, tibia, escurridiza y pragmática. Viene dictada por la política de buena vecindad y la necesidad de llevarse bien con el fuerte. El precio es dejar tirado al débil, que es el sino de las relaciones internacionales.

Respecto a los saharauis, ya lo único que practica el Gobierno de España es la caridad, que ahora se llama cooperación, en los famosos campamentos de Tinduff, donde unos 200.000 saharauis llevan 35 años esperando el retorno a su tierra. La misma que también Marruecos considera parte de su integridad territorial, lo que significa pasarse por el arco del triunfo el estatus jurídico del Sáhara a la luz de la legislación internacional. Recordemos una vez más: “territorio pendiente de descolonización” sobre el que Marruecos no tiene ningún título de soberanía.


El Confidencial - Opinión

ETA. "Sí, yo disparé". Por José García Domínguez

Al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca.

Yo seguramente hubiera dado la orden de liquidarlos. Pero tuvieron suerte, el asunto dependía de González. Y por aquel entonces el One todavía no osaba firmar determinadas sentencias. Aún no. Así que conservaron sus vidas, tan preciosas, con tal de poder seguir destruyendo las del prójimo, tan insignificantes. Después, es sabido, entraría en escena la hez de la hez: Barrionuevo, Vera, Roldán, Sancristóbal, Amedo, Domínguez, Rodríguez Colorado. Quinquis de barra americana volcados en afanar hasta las mismas alfombras del Ministerio del Interior. Imposible, pues, toda coartada moral ante la náusea súbita, el asco irreprimible. Aunque eso, decía, fue más tarde.

"Sí, yo disparé", respondió en cierta ocasión Margaret Thatcher con la integridad personal que jamás conoció ni ha de conocer González. Y al punto se hizo el silencio. Callaron todos, igual laboristas que liberales y conservadores. Como en Pedro Navaja, la canción de Rubén Blades, "no hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie lloró". Fue cuando las fuerzas especiales cosieron a balazos a varios terroristas del IRA en Gibraltar. Y es que al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca. Por lo demás, no son los únicos. Perdida su Argelia tras la descolonización impulsada por De Gaulle, la Organización del Ejército Secreto se conjuró a fin de acabar con el presidente de la República, y no de una república cualquiera sino de la que inspiraron Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Los exterminaron. Literalmente.

Al modo y manera, por cierto, de Sarkozy y su norma de arrasar a cuantos bucaneros osen abordar naves francesas en cualquier mar del planeta. O como Israel, el único Estado de derecho en Oriente Medio. Los gudaris de Hezbolá y Hamás lo saben muy bien: ninguna aduana cómplice, la del Líbano por ejemplo, podrá obsequiarles ni inmunidad ni impunidad. Ninguna. Lo que reste en pie de la cúpula de Al Qaeda tampoco lo ignora. Estén donde estén, a diferencia de tanto Hamlet celtíbero, Estados Unidos nunca dudará ni un segundo en ir a por ellos. Nunca. Como nunca se sabrá seguro el albacea criminal del Mono Jojoy en las FARC, se esconda donde se esconda. O como... ¿Hace falta seguir? ¿A qué entonces tanta lágrima de cocodrilo?


Libertad Digital - Opinión

Un desencuentro inevitable. Por Florentino Portero

«Nuestra diplomacia, tan comprometida de palabra con el multilateralismo, incumplió sus obligaciones, cedió la administración a Marruecos y Mauritania, aunque no tenía competencias para ello, y situó la descolonización del Sahara en un callejón sin salida».

DE nuevo, cual Guadiana que se oculta y reaparece, nos encontramos frente a frente con una difícil situación en nuestras relaciones con el Reino de Marruecos, que en parte deriva de intereses contradictorios y en parte de nuestros propios errores. En esta ocasión es el tratamiento de la cuestión saharaui el que nos enfrenta al Gobierno de Rabat, un problema del que no podemos librarnos, por mucho que nuestras autoridades lo deseen.

España es la potencia administradora del Sahara, el Estado que se comprometió en Naciones Unidas a gestionar la descolonización de este territorio que durante años estuvo bajo su control. Aprovechando la debilidad institucional creada por la enfermedad y muerte de Franco, el entonces Rey Hassan II planteó un reto diplomático-militar en forma de Marcha Verde, una masa humana desarmada que se dirigió hacia el Sahara en defensa de la soberanía marroquí de aquel territorio. Los dirigentes españoles de entonces valoraron sus fuerzas y optaron por ceder, en la idea de que un enfrentamiento podía desestabilizar la de por sí compleja transición del franquismo a la Monarquía democrática. La pacífica convivencia entre los españoles, la definitiva superación de la Guerra Civil, aconsejaba el sacrificio de los derechos saharauis que, por otra parte, tantos quebraderos de cabeza nos habían provocado con sus actos violentos.


No sé si el enfrentamiento con Marruecos hubiera desestabilizado la transición, lo que es evidente es que España actuó indignamente. Nuestra diplomacia, tan comprometida de palabra con el multilateralismo y tan defensora de Naciones Unidas, incumplió sus obligaciones, cedió la administración a Marruecos y Mauritania, aunque no tenía competencias para ello, y situó la descolonización del Sahara en un callejón sin salida.

Para la Monarquía alauí, la anexión del Sahara es un objetivo fundamental y hará todo lo que esté en su mano para conseguirlo, más aún si tenemos en cuenta los sacrificios —diplomáticos, económicos y militares— que ha realizado a lo largo de estos años. Nadie, ni siquiera Argelia, está dispuesto a enviar una fuerza expedicionaria para rescatar el Sahara de las manos de Marruecos. Los márgenes de acción son por lo tanto estrechos y en ese pequeño espacio se ha movido nuestra diplomacia.

Para España es esencial mantener unas relaciones correctas y equilibradas con nuestros dos grandes vecinos del sur: Marruecos y Argelia. Con los dos tenemos una relación de siglos, de los dos dependemos para aspectos capitales de nuestra actividad: seguridad, emigración, aprovisionamiento de energía. Nuestros destinos están unidos. Necesitamos que ambos países sean prósperos y que colaboren con nosotros en el esfuerzo común de garantizar la estabilidad en la zona del Estrecho. La UCD, con diplomáticos como Marcelino Oreja y Juan Pedro Pérez-Llorca, desarrolló una política exterior en la que se reivindicaba la convocatoria de un referendo para que los saharauis decidieran su futuro, tal como estableció Naciones Unidas, al tiempo que se trataba de mantener una relación positiva con Marruecos y se aumentaba la dependencia energética respecto de Argelia.

La llegada del Partido Socialista al poder nos deparó uno de esos ejemplos de incoherencia a los que nos tiene acostumbrados. De una defensa extrema de la causa saharaui se pasó a una sorprendente comprensión de las posiciones marroquíes, en el marco de una reconstrucción de los Pactos de Familia por los que la diplomacia española se subordinaba a los intereses franceses. Con disciplina leninista, medios de comunicación que habían defendido una posición pasaron a comprender la contraria, al tiempo que depuraban sus redacciones de periodistas incómodos. Con Morán se colocó sobre la mesa el argumento de que era esencial para España la estabilidad de Marruecos, de lo que se derivaba que, de nuevo, los intereses nacionales requerían el sacrificio de la causa saharaui. De forma más discreta, un segundo argumento se fue imponiendo entre políticos y diplomáticos de izquierda: servir la cesión del Sahara como garantía de tranquilidad para Ceuta y Melilla.

José María Aznar retomó la posición establecida por Marcelino Oreja y buscó reequilibrar nuestra diplomacia en el Estrecho con una posición equidistante entre Argelia y Marruecos, mientras que la relación de dependencia respecto de Francia daba paso a una política más ambiciosa y autónoma. Del éxito de esa apertura da testimonio el apoyo internacional recibido por España ante la agresión marroquí en la crisis del islote de Perejil. El joven Rey comprendió que si quería mantener en el futuro pulsos de esa naturaleza con España necesitaba mejorar sus relaciones con Washington, tarea a la que se entregó aprovechando el renacer de un antinorteamericanismo primario con la llegada de Rodríguez Zapatero a La Moncloa.

El tándem Zapatero-Moratinos dio un giro radical a nuestra política exterior, prescindiendo de la posición autónoma y atlantista, volviendo al seguidismo de Francia y profundizando en el giro pro-marroquí inaugurado por González. Una política coherente con la vuelta a una posición pro-árabe en la crisis de Oriente Medio. Esta nueva diplomacia tenía varios costes inmediatos, el primero de los cuales era la renuncia a la defensa de los derechos humanos en nuestra acción exterior, entrando de nuevo en abierta contradicción con la retórica oficial. El segundo, derivado del anterior, el abandono de la causa democrática y la aproximación y defensa de regímenes dictatoriales o gobiernos autoritarios.

En el área magrebí la opción pro-marroquí supuso una crisis seria de nuestras relaciones con Argelia, así como un alza de los precios del gas, a manera de impuesto por nuestra infidelidad. La cesión ante las demandas marroquíes y nuestra debilidad en Europa convencieron a Estados Unidos de la inviabilidad de la causa saharaui. Mohamed VI ha fortalecido el vínculo diplomático con Washington en una región crítica para la potencia norteamericana, ha estrechado la colaboración en el terreno de la inteligencia y ha realizado importantes concesiones a las empresas de ese país.

El resultado es que nuestra diplomacia se encuentra más expuesta que nunca al chantaje marroquí, siempre dispuesto a utilizar la gestión de los flujos migratorios, del contrabando, de la pesca, el islamismo, el futuro de Ceuta y Melilla y el comportamiento de la población de origen marroquí en España como palancas para forzar voluntades, sobre todo cuando no hay disposición a la defensa de los intereses nacionales. Con Moratinos o con Jiménez la diplomacia española está al albur de los movimientos de la corte marroquí, obligada a justificar violaciones de derechos humanos o cualquier otra arbitrariedad.

Marruecos sabe quién es y qué quiere. Su estabilidad no está garantizada, pero no hay por qué pensar que la nuestra es mayor. Con Zapatero la diplomacia española ha venido a reflejar la crisis de identidad nacional, la falta de valores e intereses y la carencia de firmeza necesaria para ser alguien en política internacional. Nunca estuvimos peor desde la muerte del general Franco y no recuperaremos el pulso a menos que antes pongamos en orden nuestra política interior, condición sin la cual difícilmente podremos establecer unos objetivos claros en nuestra dimensión exterior.


Florentino Portero es Profesor de Historia de la UNED

ABC - Opinión

Eguiguren contra la memoria, la dignidad y la justicia

Según Eguiguren, "te olvidas de todo cuando estás negociando". Sobre todo –añadimos nosotros– cuando no te han sacado un hijo asesinado de los escombros y te has envilecido tanto como esa "paz" con la que auguras un triunfo electoral de tu partido.

A lo largo de su historia, han sido muchas y muy variadas las humillaciones que han sufrido las víctimas del terrorismo nacionalista en nuestro país. Pocas han sido, sin embargo, tan lacerantes y continuadas en el tiempo como las que han tenido que sufrir con la figura del histórico e irredento miembro de ETA, José Antonio Urrutikoetxea, alias Josu Ternera.

Primero tuvieron que ver cómo este etarra lograba en 1998 sentarse en el parlamento autonómico vasco para ser nombrado, poco tiempo después, miembro de su Comisión de Derechos Humanos. En 2002, gracias a las confesiones de otros etarras que lo situaban como "dirigente absoluto" de ETA en el momento en que se perpetró el atentado contra la casa-cuartel de Zaragoza, la justicia lo pudo acusar de haber dado la orden de provocar aquella matanza, en la que fueron asesinadas 11 personas –entre ellos, cinco niñas– y heridas 88, pero las víctimas tuvieron que ver cómo Ternera se daba la a la fuga. Desde entonces, la orden de prisión incondicional y la orden de busca y captura internacional dirigidas contra Ternera han sido algo peor que papel mojado: han sido un imperativo de nuestro Estado de Derecho que el Gobierno de Zapatero ha burlado con total impunidad y ante los condescendientes ojos de la práctica totalidad de la clase política y mediática de este país. Y todo en pro de una "paz sucia" por la que el presidente del Gobierno se comprometió públicamente a que "todo tendrá cabida, tenga el alcance que tenga".


Por lo visto, la humillación de las víctimas no ha sido, sin embargo, bastante y este domingo el presidente del PSE y emisario de Zapatero, Jesús Eguiguren, quiso darnos en televisión una imagen afable de esa bestia que –se supone– era y sigue siendo un prófugo de la justicia: "Me entendía bien con él", "comimos bastantes veces juntos, eso da pie a hablar de muchas cosas"; "somos de la misma edad más o menos, tienes hijos, en seguida conectas con ciertas reflexiones". Y es que, según Eguiguren, "te olvidas de todo cuando estás negociando". Sobre todo –añadimos nosotros– cuando no te han sacado un hijo asesinado de los escombros y cuando te has envilecido tanto como esa "paz" con la que auguras un triunfo electoral de tu partido.

Desde aquí nos solidarizamos con la querella que Voces contra el Terrorismo ha interpuesto contra Eguiguren por la nueva e intolerable humillación que han supuesto sus palabras. Sin embargo, no podemos ocultar nuestra escasa confianza en que su justa reclamación prospere: ni la Fiscalía ni el juez lo han citado para que colabore con esa orden de búsqueda y captura que existe contra Ternera. Se ve que no quieren apretar la agenda de quien, como Eguiguren, ya está muy ocupado prestando colaboración a la defensa de Otegi. Una nueva infamia del presidente del PSE que el PSOE, en clara complicidad con Eguiguren y con todo lo que significa, se ha limitado a calificar de "visión optimista (sic) que nosotros no compartimos".

Con todo, bienvenida sea esta querella como testimonio de la dignidad, memoria y justicia que merecen las víctimas y como muestra de resistencia cívica ante esa envilecida paz que pretende destruirlas.


Libertad Digital - Editorial

Perdido entre la «X» y ETA

González y Eguiguren han dicho lo que han dicho porque no hay un Gobierno respetable que les hiciera valorar los perjuicios de sus palabras.

CUANDO el PSOE dice que la estrategia del PP para llegar a La Moncloa en 2012 consiste en no hacer nada debería empezar a preocuparse de lo que pone de su parte para que este método de esperar y ver, que achaca personalmente a Rajoy, sea eficaz. Si el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, se burla de las instrucciones de silencio del partido y hace público homenaje a sus buenas relaciones con Josu Ternera, etarra fugado, y anuncia que ETA hará tregua definitiva en Navidad; y si Felipe González confiesa que tomaba decisiones que podían haber matado o no a etarras asumiendo el control de la guerra sucia, es porque dentro del PSOE hay gente a la que le resulta indiferente el futuro del actual inquilino de La Moncloa. Gente más numerosa de la que parece, porque ni Eguiguren es solo un «verso suelto» ni Felipe González un jubilado locuaz, muy «querido» por cierto por Pérez Rubalcaba y José Bono. Eguiguren y González han dicho lo que han dicho porque no hay un Gobierno respetable que les hiciera valorar los perjuicios de sus palabras en la imagen de Zapatero, hecha trizas por más que pueda interpretarse también que el afán de Rubalcaba o González es servir como escudo de protección del líder del PSOE y recibir golpes en su lugar.

Se decía que el problema del Gobierno era la mala comunicación de su política. Hecha la remodelación, se comunica muy bien que el problema es su mala política, y esta idea toma cuerpo cuando empiezan unas apariciones públicas que se manifiestan como aparentes soluciones para camuflar la debilidad de Zapatero, pero que se están saldando con fracasos estrepitosos. No hay otra explicación posible a que, en este momento, salgan a la palestra de forma tan cruda y temeraria las implicaciones de los gobiernos de González con la guerra sucia contra ETA y su reverso de las negociaciones políticas del Gobierno de Zapatero con los terroristas. La responsabilidad, en ambos casos, es exclusiva del PSOE, a través de quien ostenta la presidencia del socialismo vasco y de quien ha sido presidente del Gobierno desde 1982 hasta 1996. Las claves internas de este caótica situación del PSOE y del Gobierno pueden perderse en especulaciones sobre teóricas operaciones de acoso y derribo a Zapatero, o de encumbramiento de sucesores, o de supervivencia personal. Pero la suma de despropósitos en los últimos días demuestra que este Gobierno se mantiene solo porque Zapatero tiene la llave de las elecciones anticipadas.

ABC - Editorial