jueves, 21 de julio de 2011

Tres tristes trajes y una dimisión anunciada. Por Federico Quevedo

Lágrimas y aplausos. En la rueda de prensa que ayer ofreció Francisco Camps los primeros bancos estaban ocupados por su Gobierno y por destacados dirigentes del PP valenciano, entre ellos Rita Barberá y Federico Trillo. El anuncio de Camps, temido por algunos y esperado por muchos desde el mismo momento en el que convocó la rueda de prensa después de dar marcha atrás en su prevista comparecencia ante el tribunal para inculparse de un delito de cohecho impropio, provocó la lógica consternación de los suyos y la sorpresa de los contrarios.

Después de casi tres años de calvario, Francisco Camps dimite. Lo hace por tres trajes, es verdad. Pero hace tiempo, hace mucho tiempo, que vengo diciendo que esa dimisión era necesaria por una cuestión de ética en la política, de exigencia en la apariencia de honradez y honestidad. Porque jamás he puesto en duda que Camps lo sea, pero era evidente que a los ojos de una gran parte de la opinión pública, no. Y la excusa de que las urnas le habían vuelto a dar la victoria no era suficiente, en primer lugar porque los ciudadanos no absuelven ni condenan de delitos, eso lo hacen los jueces, y en segundo lugar porque es evidente que la victoria del 22M en Valencia tiene mucho más que ver con el castigo al PSOE que con el entusiasmo por Camps.

Pero, por fin, y por las razones que ha contado este periódico y que tienen mucho que ver con ese perverso juego de venganzas personales y de odios y rencores en el que se convierte la política cuando se envicia por culpa de enrocamientos inexplicables y corruptelas varias, por fin Camps tomó la decisión más digna que podía haber tomado nunca, la de dimitir. Por tres trajes, tres tristes trajes, como conclusión de ese trabalenguas imposible en el que se había convertido la política valenciana y que solo podía conducir a lo que ha conducido.


Camps ha sido victima de sí mismo, y también de los suyos, y ese es un mal que afecta a muchos políticos: se rodean de pelotas incapaces de hacerles ver la realidad. Cada vez que me llamaba Nuria Romeral, jefa de prensa de Camps, para ‘reñirme’ por mi postura en este asunto, les confieso que me invadía la tristeza: ¿Es que nadie era capaz de hacerle ver el error que estaba cometiendo? Lejos de eso, su entorno pedía, exigía adhesiones inquebrantables a la causa y a los que no nos sumábamos se nos castigaba con el ostracismo informativo, y a los que sí se les premiaba con numerosas tertulias en Canal 9.
«Para el PP se abre una ventana de oportunidades, y para el PSOE se cierra la puerta de las acusaciones.»
Esa ha sido la perdición de Camps, esa y la actitud victimista viendo siempre detrás de todo una campaña de acoso y derribo de Rubalcaba: es verdad, y yo he sido el primero en denunciarlo, que el PSOE ha utilizado de manera perversa y en ocasiones antidemocrática el ‘caso Gürtel’ contra el PP, pero también lo es que no hubiera podido hacerlo sin elementos jurídicamente probables de que esa trama existía, como lo demuestra la cascada de dimisiones y ceses que ha provocado tanto en el PP como en las estructuras de poder autonómico y municipal de Madrid y Valencia.

Si desde un principio Camps hubiera evitado los malos consejos de Juan Cotino, de Nuria Romeral, y de otros muchos cuyas vidas y las de sus familias dependían de que Camps siguiera en el poder y actuaban más por egoísmo que por lealtad, otro gallo hubiera cantado. Pero eso ya no es reconducible. Ahora lo que cuenta es admitir que, tarde y mal, Camps ha dimitido y le ha dejado a Mariano Rajoy el camino limpio como una patena para sacar una mayoría absoluta consistente en las próximas elecciones generales. Y eso hay que reconocérselo al ex presidente valenciano. Eso, y que en todo este tiempo en el que ha gobernado la Generalitat lo ha hecho desde la honradez. Camps no le ha dado subvenciones a su hija, ni ha falseado EREs para ayudar a sus amigos y correligionarios, ni ha recibido caballos ni ha acumulado un patrimonio imposible con el sueldo de presidente autonómico… No tiene negocios en Marruecos, ni hípicas en Toledo, ni casoplones en Madrid y en la costa. No se va de putas ni lleva a sus hijos… Y no da chivatazos a ETA.

¿Tenía que dimitir? Si, por una cuestión de ética, insisto, y por haber mentido, y por lo que eso supone de ‘traición’ a la confianza que en él han depositado los ciudadanos, pero la exigencia de dimisión se antoja excesiva cuando en la otra orilla, como vengo denunciando desde su anuncio en mi twitter, no se aplica el mismo rasero. La exigencia de ética, de honestidad, de honradez, de transparencia en la vida pública debe ser igual para todos y no puede haber distinto rasero bajo ninguna circunstancia, y admitir lo contrario es pecar de sectarismo.

¿Y ahora, qué? Camps es un político moralmente hundido, anímicamente machacado, al que sin embargo esta salida le va a dar oxígeno suficiente para preparar su defensa… Se va a sentar en el banquillo, pero lo hará como un ciudadano normal y corriente, y si la Justicia le devuelve la dignidad perdida -y que con su dimisión ha recuperado en parte-, podrá dedicarse a rehacer su imagen, aunque es difícil que pueda volver a la primera línea política.

Rajoy, por su parte, aunque seguramente la dimisión de Camps le provocara un gesto compungido, en su fuero interno habrá sentido alivio, porque este asunto limpia por completo su camino hacia La Moncloa. Él mismo me reconocía hace unas semanas que lo de Valencia era “un problema”… Ya no lo es. Ha dejado de serlo. El PSOE y los medios que le apoyan no podrán seguir utilizando a Camps contra Rajoy, ni el ‘caso Gürtel’ contra el PP, y sin embargo el PP tiene todavía en su cartera de reclamos contra los socialistas unas cuantas admoniciones que empiezan por el ‘Faisán’, pasando por los EREs, el ‘caso Bono’, el ‘caso Chaves’, el ‘caso Curbelo’, etcétera, etcétera… Y sin que, en efecto, el PSOE asuma nunca responsabilidades por ninguno de los asuntos que le afectan. Pero todo eso le pasará factura a Rubalcaba en las próximas elecciones generales.

Rajoy puede ahora, además, ser mucho más firme en su denuncia de los comportamientos antiéticos, incluso hacer propuestas de calado como la de prohibir por ley que los cargos públicos puedan recibir regalos, por pequeños e insignificantes que estos sean, como consecuencia del puesto que ostentan. Algo así, le haría ganar en credibilidad y en sensatez ante la opinión pública. Para el PP se abre una ventana de oportunidades, y para el PSOE se cierra la puerta de las acusaciones. Si Rajoy sabe aprovechar la circunstancia, tiene al alcance de su mano el respaldo sin precedentes de una mayoría social como pocas veces se haya podido dar en la historia de España. Y si no la defrauda, gobernará muchos años, Camps mediante.


El Confidencial - Opinión

Adelanto electoral. El eventual perenne. Por Eva Miquel Subías

El País no es más que otro roedor que abandona el barco, aunque lo haga saltando desde la proa con un triple mortal y moviendo la colita.

¿Lo habrás leído, no? Me pregunta Leo, un hombre gay de mediana edad con quien comparto café y algunas confidencias más de una mañana. Sí, las declaraciones de Mansouret al respecto del arrebato sexual con Dominique Strauss-Khan en una de las oficinas de la OCDE de París son realmente brutales, le contesto.

Apasionante. Pero me refiero al editorial de El País, apunta Leo con su gracia habitual. Vaya, pues no, todavía no, déjame tomar el café y me pongo a ello.

Y me puse, aunque sin demasiadas ganas, para qué nos vamos a engañar. A estas alturas de la función, con el telón rasgado y con enormes e incómodas bolas de pelusa a punto de caer, me cogen ya desganada. Me irrita además el debate suscitado en torno a las demoledoras palabras del Grupo Prisa. Entiendo que se comenten por el morbo que entrañan, algo así como las descripciones despechadas de una amante con respecto a su amado cuando hace ya tiempo que sus ojos son para otra. Pero no nos cuentan nada nuevo, nada que no supiéramos y lo más preocupante, nada que no supieran ellos mismos cuando decidieron –en aras de su propio interés–, pasarse por el forro progre los intereses de los españoles y perpetuar en el poder, a golpe de teclado, administrando la verdad y dosificando las medias mentiras, a su señor.


Otra trágica semana para José Luis Rodríguez Zapatero. A la prima de riesgo se le suma el primo de Zumosol. Con el don de la oportunidad que siempre le caracteriza y con esas pequeñas ocurrencias con las que nos obsequia de vez en cuando, Felipe González nos confiesa que sigue siendo militante, aunque no simpatizante del partido que le encumbró y que hoy tiene a Pérez Rubalcaba como el hombre elegido.

Tendría bemoles que empezáramos a tener lástima del presidente, concluimos con Leo ante la atenta mirada de Nines.

Ni siquiera un adelanto de las elecciones a finales del mes de noviembre sería suficiente para los chicos de Prisa. Más, más, demandan insaciables. "Su deber moral es anunciar cuanto antes un calendario creíble para el proceso electoral" apunta sin apartarse ni una coma Juan Luis Cebrián. Aunque el consejero delegado del grupo mediático lo adorna con anécdotas personales que han sucedido entre reuniones de foros civiles y entornos de escuelas de negocios.

Pero El País no es más que otro roedor que abandona el barco, aunque lo haga saltando desde la proa con un triple mortal y moviendo la colita. Y el presidente, por mucho que quiera seguir mostrándonos sus bíceps con la camiseta ajustada de Roures y su equipo, debería ir recogiendo sus bártulos, pero no porque así lo digan estos tipos, sino porque realmente demostraría tener un mínimo de estima hacia España, esa nación que le dio la oportunidad de hacer algo grande por ella y sin embargo, decidió utilizarla para dar forma a sus sueños absurdos y erróneos de juventud.

Cuenta le leyenda que un ministro abroncó de manera desmesurada al oficial mayor del céntrico ministerio en cuestión y que éste, a los pasos indignados del otro, dio la vuelta y espetó: ¡habrase visto con estos eventuales!

No conocería por entonces al todavía presidente de Gobierno. Con él, el significado de eventualidad adquiere definitivamente otra dimensión.


Libertad Digital - Opinión

Sin remedio.... Por M. Martín Ferrand

Lo único que está claro es que reduciendo la realidad al escrutinio electoral no saldremos del atolladero.

MIENTRAS, sin que conozcamos el criterio de Mariano Rajoy, Francisco Camps y sus cofrades de sastrería dilucidaban sobre si prefieren ser presuntamente inocentes o ciertamente indignos y mentirosos, el ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, nos puso sobre la mesa un asunto verdaderamente mollar, algo que flotaba en el aire de las sospechas. Si entendemos que el paro es un drama para cinco millones de españoles, con extensión a sus entornos familiares y amicales, el más grave de los asuntos sociales pendientes y una sangría económica que tiende a romper las cuentas del Estado, todo cuanto a él se refiere pasa a ser del máximo interés. Las prestaciones por desempleo alcanzan ya los 30.000 millones anuales y, según se desprende del trabajo efectuado por los servicios de inspección del Ministerio, a partir de una muestra de 230.000 casos revisados, uno de cada cuatro está en situación de fraude y ha tenido que devolver las prestaciones recibidas.

Visto lo que ocurre en las cumbres del poder, sin notables diferencias entre ellas, y lo que sucede en la inmensa llanura en la que acampamos los multicolores ciudadanos rasos es lícito sospechar que España no tenga remedio. Del mismo modo que aceptamos, sin grandes debates ni reparos, con toda naturalidad, que crucen el territorio nacional unos cuantos grandes ríos o que suela interponerse entre nosotros y el horizonte alguna cordillera próxima, ¿tendremos que hacernos a la idea de que el ADN colectivo tiene más enganches con El Buscón don Pablos que con Santa Teresa de Jesús?

La ex ministra de cultura Carmen Calvo nos alertó sobre todo esto que nos acontece desde hace siglos, pero que ya no podemos seguir soportando y, menos aún, sufragando, cuando nos dijo que «el dinero público no es de nadie». Lo que no es de nadie, la res nulius que decían los romanos, no necesita mayor rigor para su uso y disposición. La implantación ética de ese disparatado supuesto económico explica buena parte, toda la mensurable en euros, de los problemas que nos afligen. En consecuencia, instalados en un laicismo que olvida un componente ético para su buen funcionamiento, no queda claro si debemos recurrir a la policía o al modesto coadjutor de una parroquia cercana. El fracaso político y social que, sobre el económico, marca el punto en el que estamos sumergidos y atónitos, ¿requiere la intervención de los jueces o de la Orden de Predicadores? Ante la insensibilidad establecida, lo único que está claro es que reduciendo la realidad al escrutinio electoral, la obsesión dominante, no saldremos del atolladero. Ganen los buenos o ganen los malos.


ABC - Opinión

Crisis de deuda. Merkel tiene razón. Por Emilio J. González

Si se emiten eurobonos, Zapatero, que se ha empeñado en permanecer en el poder como sea hasta el final de la legislatura, ni lo hará, ni adelantará las elecciones, que es la única solución para la economía española.

Lo que vaya a pasar finalmente con Grecia, y por derivada con España, no se sabrá hasta que este jueves concluya la cumbre europea dedicada a tratar el asunto. Pero lo cierto es que, de antemano, la canciller alemana Angela Merkel tiene toda la razón en mantenerse firme en su idea de que la banca asuma parte del coste de la operación de salvamento del país heleno a través de una quita de parte de la deuda griega. De hecho, y dadas las circunstancias, personalmente creo que esa es la mejor opción para el futuro de la unión monetaria europea, y no la emisión de eurobonos para financiar a los países insolventes como Grecia, España, Irlanda o Portugal. ¿Por qué?

En primer lugar, porque los mercados han tenido mucho que ver en todo este lío. No hay más que observar la evolución de la prima de riesgo de los bonos griegos desde que el país heleno ingresó en la unión monetaria para apreciarlo. La prima de riesgo permaneció en niveles increíblemente bajos a pesar de que, incluso con las cuentas falseadas, Grecia incumplía sistemáticamente año tras año el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, por el cual se limita el déficit público de un país a un máximo del 3% del PIB. Los niveles de Grecia estaban permanentemente por encima de dicho límite, acumulando cada vez más deuda y debilitándose cada vez más su capacidad de aguante si se producía un giro adverso en los acontecimientos.


Lo lógico, dado este escenario, hubiera sido que los mercados, empezando por los bancos, hubieran incrementado la prima de riesgo de Grecia, aunque sólo fuera como aviso, y, por tanto, hubiera limitado su crédito al país heleno. Los mercados, sin embargo, no lo hicieron porque nunca se creyeron el artículo 141 del Tratado de la Unión Europea, por el cual se prohíbe el rescate de los países en dificultades, y siguieron prestando y prestando y sin incrementar la prima de riesgo. Pues ya es hora de que sufran en sus propias costillas las consecuencias de su imprudencia con una quita de parte de la deuda griega y que aprendan de cara al futuro.

En segundo término, porque si se actúa de otra forma con Grecia se generan incentivos para que los demás países en dificultades se nieguen a hacer sus deberes. No hay que olvidar, en este sentido, lo que le acaba de decir el comisario europeo de Competencia, Joaquín Almunia, al Gobierno español, al advertirle de que las reformas que ha propuesto están bien pero lo que tiene que hacer es ponerlas en marcha de una vez por todas.

Si se emiten eurobonos, Zapatero, que se ha empeñado en permanecer en el poder como sea hasta el final de la legislatura, ni lo hará, ni adelantará las elecciones, que es la única solución para la economía española. Por ello, y por otras muchas razones, como que el contribuyente alemán no tiene por qué pagar los desmanes de griegos y españoles, Merkel tiene razón. La cosa es que los demás quieran entender que esa es la única vía que de verdad garantiza un futuro al euro.


Libertad Digital - Opinión

PSOE. Zapatero, los Karamazov y los Dalton. Por Cristina Losada

Un Rubalcaba vencido será una figura muy distinta. El carisma se gana y se pierde según le vaya al ungido en la ruleta del poder.

De la llegada de los Kennedy a la Casa Blanca se ha dicho que era como ver a los hermanos Borgia apoderarse de una ciudad respetable de la Italia septentrional. El golpe palaciego que se desarrolla en el PSOE recuerda, en cambio, a los hermanos Karamazov, aquellos parricidas personajes de Dostoievski que fascinaron a Freud. El asesinato político de Zapatero se ha consumado y sus lugartenientes sellaron su complicidad con el unánime aplauso al sucesor, pero está por escribir el capítulo de los Borgia: controlar por completo el partido. Y a ese propósito concurre la presión abierta y decidida en pos de un adelanto electoral, que se abandera mediante gran despliegue de artillería tipográfica. Se trata de vencer, ahora o nunca, las resistencias del muerto a soltar sus últimas prebendas, una de las cuales, y no menor, es su permanencia en la secretaría general.

Los Karamazov tienen más de un problema. Si como quiere el cadáver insepulto, el cáliz de la legislatura se apura hasta el final y sólo tras la debacle celebran los socialistas un Congreso, su resultado, la nueva dirección y el nuevo líder, quedan a merced de los elementos. El Alfredo invicto goza de un status incontestable; es el clavo ardiendo al que agarrarse, el hombre que aún puede salvar los restos del naufragio. Pero un Rubalcaba vencido será una figura muy distinta. El carisma se gana y se pierde según le vaya al ungido en la ruleta del poder. Una vez que tropiece en la valla electoral, su partido ya no le querrá tanto. Y habrá un surtido de candidatos dispuestos a heredar ese cariño. Nada garantiza, en fin, que un PSOE castigado en las urnas elija a un sexagenario derrotado y no a una imberbe liebre de marzo.

Los tutores vitalicios de la empresa socialista creen que la casa no está para bromas ni experimentos. Tampoco para clásicos populares como Bono y menos para una nueva hornada de mindundis. Pues, además, corre el riesgo de perder su último feudo de importancia, el granero andaluz, por el sumidero de las generales. Y hasta ahí podíamos llegar. Unas elecciones anticipadas y un Congreso previo permitirían reducir los daños y tomar las riendas antes del Big Bang. Así, los dioses se confabulan para castigar a Rajoy cumpliendo su deseo. Sólo falta la rendición incondicional de Zapatero, cuestión que no está claro si depende de los hermanos Dalton o de los hermanos Calatrava.


Libertad Digital - Opinión

Ciudadano Camps. Por Ignacio Camacho

El ciudadano Camps tiene derecho a su presunción de inocencia pero el presidente de la Generalitat no se lo puede permitir.

PARA seguir siendo un ciudadano honorable, al menos hasta que los jueces emitan sentencia, Francisco Camps no tenía más remedio que dejar de ser el Muy Honorable presidente de la Generalitat valenciana. Por la dignidad del cargo, por ejemplaridad moral y por respeto a los ciudadanos que lo eligen, el representante del Estado en una comunidad autónoma no se puede sentar en un banquillo sea cual sea la acusación que se le impute. Como si se tratase de una multa de tráfico. En el caso de Camps confluyen además los principios de regeneración ética de su partido y los intereses políticos de su líder, que le ha venido manteniendo su apoyo más allá de los límites de lo razonable. Como el propio Rajoy le ha hecho ver con la desagradable dureza de quien se siente desafiado, había llegado en su irreal galopada autodefensiva a un punto sin retorno en que la única elección posible basculaba entre la dimisión y la deshonra. Asumir la responsabilidad política o aceptar la responsabilidad penal.

En este desgraciado asunto de los trajes el presidente valenciano ha sufrido un escrutinio atroz y desproporcionado pero también ha cometido importantes errores encadenados, desde relacionarse más de la cuenta con tipos poco recomendables a sostener con demasiada firmeza una versión que tal vez no pueda probar. El más grave de todos, sin embargo, fue su insistencia en repetir candidatura confiado en que la mayoría absoluta acabaría volviéndose absolutoria. Eso era un doble desafío, a su partido y a los tribunales. Quizá incluso a la suerte; en todo caso estaba vinculando de forma temeraria su peripecia judicial a su posición institucional. Consumada la reelección y confirmada la imputación no le quedaba más salida que la renuncia; el ciudadano Camps tiene derecho a defender hasta el final su presunción de inocencia pero el presidente de la Generalitat no se lo puede permitir.

En esta España donde hay gente que roba sin consecuencias desde terrenos públicos hasta bancos, donde los policías ayudan a escaparse a los terroristas y donde los asesinos en serie eluden sus condenas entre resquicios legales, puede parecer un exagerado despropósito que un político demasiado coqueto tenga que abandonar por hacerse el longuis cuando le regalaban los trajes. Sin embargo no se trata de una cuestión de escalas morales sino de modelos de conducta. En materia de respeto a la ley todo ejemplo es poco y quienes aspiran a hacer valer un sentido diferente de la responsabilidad pública están obligados a demostrarlo incluso en las circunstancias más nimias. En ese sentido, el presidente de Valencia aún no es culpable de nada salvo de haber entendido tarde y a la fuerza la delicadeza de su rango representativo. Llevado de la soberbia se ha dejado malaconsejar y se ha metido a sí mismo en un embrollo que tal vez no merecía. El costoso precio que paga por ello es el símbolo del alto valor de la virtud democrática.


ABC - Opinión

Dimisión. Francisco Camps, In Memoriam. Por José García Domínguez

La renuencia de Ric Costa a inmolarse a lo bonzo, firmando su propia ruina procesal, no ha sido más que el catalizador. El animal instinto de supervivencia de Ric, que no, por cierto, la autoridad de Génova.

Imagino con creciente preocupación el colapso que mientras escribo estas líneas se debe estar produciendo en la Unidad de Grandes Quemados del Hospital La Fe, de Valencia. En especial, me inquieta el cuadro clínico que haya de presentar Esteban González Pons, quien no ha tanto pusiera "las dos manos en el fuego" por los convictos y el dimisionario. El mismo Pons que, hace apenas unas horas, volvía a sufrir otro acceso de incontinencia verbal, dolencia en él crónica, al propalar que Francisco Camps "es claramente inocente". Aserto del que procedería inferir que los dos procesados que ya han accedido a confesar sus delitos, Víctor Campos y Rafael Betoret, son claramente necios.

Aunque no solo el locuaz vocero del PP debería apartarse a algún pabellón de convalecientes tras el espectáculo de las adhesiones inquebrantables a una personalidad tan errática como la de Francisco Camps. La chusca escenografía berlanguiana que se ha prodigado en torno al ido, con escenas que en ocasiones llegarían al clímax de la astracanada, ha supuesto un desgaste absurdo para demasiados dirigentes del Partido Popular valenciano. Sobre todo, por lo muy inane del empeño. Y es que quien conservase algún anclaje en la realidad, por precario que fuera, no podía esperar desenlace distinto. La caída de Camps era la crónica de una muerte política anunciada. Apenas cuestión de tiempo.

Y la renuencia de Ric Costa a inmolarse a lo bonzo, firmando su propia ruina procesal, no ha sido más que el catalizador. El animal instinto de supervivencia de Ric, que no, por cierto, la autoridad de Génova. Una dirección nacional, la del PP, que a lo largo de los dos últimos años se ha conducido según el magisterio del Generalísimo. Así, tal como certificara Indro Montanelli, Franco almacenaba dos montoncitos de carpetas sobre la mesa de su despacho. Al parecer, una de aquellas montañas de expedientes estaba integrada los asuntos que el tiempo se encargaría de arreglar. La otra reunía los legajos que el tiempo había arreglado ya. Por su parte, el Caudillo se limitaba a trasladar las carpetas de un montículo al de al lado a medida que iban pasando los años y era informado por sus acólitos de la final resolución de todos aquellos incordios tediosos. Pues clavado.


Libertad Digital - Opinión

Conmoción y consecuencias. Por Fernando Fernández

Gracias Camps, si todos los errores de juicio se pagasen de la misma forma, no habría espacio en el panteón de hombres ilustres.

PENSABA hablarles de la economía europea, o mejor de lo quede de ella tras la Cumbre de hoy en Bruselas si los líderes europeos no recuperan la confianza de los mercados en su capacidad de liderazgo. Vamos si no acuerdan algo parecido a la dimisión de Camps, una noticia en el sentido técnico que los economistas damos al término. En política monetaria hace mucho tiempo que se discute que las variaciones esperadas en los tipos de interés tengan efectos duraderos. Solo los ruidos en el sistema, las sorpresas, sirven para modificar el comportamiento de inversores y tienen efectos reales. Esa podría ser la lógica que ha llevado a Merkel a rebajar expectativas durante toda la semana. Conocedora de que el compromiso alcanzable en Bruselas será de mínimos —un poco de rebaja de tipos de interés para los rescates y un poquito de más capital y flexibilidad para el fondo de estabilización— se ha dedicado a negar toda posibilidad de acuerdo para intentar sorprender y conseguir al menos un ligero respiro antes de irnos de vacaciones y retomar la discusión en septiembre. Más de lo mismo. No hace falta que les describa el riesgo que entraña. Pero Europa le ha cogido querencia a vivir al borde del precipicio.

Es la misma estrategia que ha aplicado el gobierno español en su política económica. Hablemos de reformas, subrayemos su dificultad y aprobemos luego algo nimio e incomprensible a ver si cuela. Los resultados están a la vista. Nadie espera ya nada de este gobierno, ni sus presuntos partidarios según hemos aprendido esta semana. Mientras, en los mercados financieros la pregunta más repetida es muy reveladora, ¿cree usted que el presidente Rajoy tendrá el coraje suficiente para hacer las reformas necesarias? Mi respuesta era hasta hoy un acto de fe. No es un problema de coraje sino de inteligencia. No se trata de lo que Rajoy quiera hacer sino de lo que pueda hacer, y creo que entiende que si él no hace el ajuste económico, se lo impondrán desde fuera; si no aplica y diseña su propio programa del FMI, vendrá el FMI de la mano de la Unión Europea a aplicarlo, como en Grecia. Porque nadie espere que los alemanes se vayan a contentar con dar dinero gratis, con los eurobonos que ha descubierto con pasión de neófito el candidato Rubalcaba, sin exigir cobrar la factura. Lo ha escrito Otmar Issing, el padre intelectual del euro en Alemania como director de Estudios del BCE: No hay más salida que la expulsión de Grecia. No nos rasguemos cínicamente las vestiduras, ¿no es lo mismo que volver a exigir visado a los rumanos y cargarnos Schengen como contempla el gobierno español? Qué fácil es ir de europeísta cuando pagan otros.

Tras la decisión de Camps, la cuestión Rajoy ya no es un acto de fe, como sigue siendo la cuestión europea, sino de evidencia empírica. Ni sus principales enemigos esperaban algo así. Vaya con el diletante. Ha generado una verdadera noticia, ha producido una auténtica conmoción que tendrá resultados electorales y económicos. Hace insostenible la posición del ministro Camacho y la de Rubalcaba, que cada vez se parecen más a Murdoch en News of the World, todo exigencias éticas para el pueblo pero barra libre en casa. Y tendrá consecuencias económicas. ¿Quién se atreve ahora a dudar de que el gobierno Rajoy sabrá embridar a sindicatos y autonomías? Gracias Camps, quién sabe si la historia te absolverá y podrás volver con todos los honores. Si todos los errores de juicio se pagasen de la misma forma, no habría espacio en el panteón de hombres ilustres.


ABC - Opinión

Camps da una lección

La grandeza de los líderes políticos se mide por gestos como el que protagonizó ayer el hasta ahora presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, que anunció su dimisión tras soportar durante más de dos años una campaña de acoso y derribo como en pocas ocasiones se ha visto en España. Esta decisión personal tan honorable responde a su firme determinación de defender su inocencia puesto que no ha habido nada irregular en su actuación política, ya que pagó los trajes, y también es un acto de sacrificio político y personal para no perjudicar a la Comunidad Valenciana, a su partido y a su líder, Mariano Rajoy, ante las próximas elecciones generales. Político experimentado e inteligente, Francisco Camps sabe que con su dimisión, «sentida» como él subrayó, neutraliza los ataques interesados de la izquierda, que había puesto en marcha un juicio paralelo con un desprecio absoluto de la presunción de inocencia, como se ha comprobado día tras día, de forma abyecta y censurable.

Lo que nadie le podrá negar a Francisco Camps es el formidable legado que ha dejado en la Comunidad Valenciana, situándola entre las comunidades autónomas más pujantes de nuestro país y entre las que mejor están soportando la crisis económica. La realidad es que Francisco Camps era un líder imbatible, un gran capital para el PP, que siempre ha estado al servicio del partido.


Lo que la izquierda nunca ha conseguido, ganarle en las urnas, lo ha logrado por medios tan cuestionables éticamente como orquestar una formidable campaña difamatoria, llena de inexactitudes y hechos nunca contrastados. A lo largo de tres legislaturas consecutivas, Francisco Camps logró amplias mayorías absolutas. La última, el 22 de mayo de este año, en la que ganó las elecciones autonómicas con 55 escaños, frente a los 33 de los socialistas valencianos, que no supieron rentabilizar –o simplemente los ciudadanos valencianos no los creyeron– todas las infamias que lanzaban contra Camps, que siempre contó con el mejor respaldo, el de los votantes que volvieron a confiar en él.

Los que acusaban maliciosamente a Mariano Rajoy de inacción ante esta situación deberían replantearse su opinión. Hay constancia de que el líder del PP sabe manejar extraordinariamente los tiempos y, como a él le gusta, con discreción, rigor y eficacia ha conducido este desenlace del que la Justicia dirá la última palabra. Rajoy sabía que no era momento de declaraciones pomposas y huecas, y sí de hechos, y ante ellos nos encontramos. El líder del PP, después de cómo ha gestionado desde Génova la dimisión de Camps, ha salido fortalecido. Es de desear que, a partir de ahora, la generosidad y coherencia que ha demostrado Francisco Camps al dimitir sirva de ejemplo para muchos cargos socialistas implicados en casos más turbios, aunque menos publicitados, de corrupción. La salubridad política no pasa por Camps, como muchos se empeñaban en hacernos creer; pasa por muchos otros que permanecen agazapados, al margen de manipulaciones y juicios paralelos, y que hacen irrespirable el clima político en nuestro país.


La Razón - Editorial

No muy honorable

El presidente de la Generalitat valenciana no ha soportado declararse culpable, como quería el PP.

El 'molt honorable' presidente Francisco Camps dimitió ayer por la tarde de su cargo de jefe de la Generalitat valenciana en medio de un mar de cábalas sobre si seguiría el camino de dos de sus colaboradores, imputados en la causa de los trajes con que les obsequió la trama Gürtel, que durante la mañana habían dado su conformidad a la pena más grave prevista en el Código Penal para el delito de cohecho pasivo impropio del que se les acusa. Camps debió de sopesar las ventajas e inconvenientes de cerrar de ese modo el proceso por corrupción en el que está envuelto desde hace dos años y se ha inclinado por la dimisión. Políticamente, es la salida correcta.

Conformarse con la pena implicaba declararse culpable, algo que Camps ha debido considerar insoportable. Para su estima como presidente de la Generalitat resultaba, además, un trago demasiado fuerte acudir personalmente a la sede del tribunal para declararse culpable y admitir a la vista de todos que había mentido: que los trajes no los pagó él de su bolsillo, sino la trama Gürtel, que mantenía estrechas relaciones de negocio con su Administración. De haber asumido esa condición, habría quedado moral y políticamente inhabilitado para seguir al frente de la Generalitat valenciana no solo ante sus votantes, sino ante todos los ciudadanos valencianos. Al condenado siempre le queda la posibilidad de reivindicar su inocencia. Pero si Camps aceptaba su culpabilidad dejaba a quienes han confiado en él en las urnas sin la posibilidad de seguir creyendo en su tan proclamada inocencia. Era un escenario inasumible al que le empujaba la dirección de su partido; y esa era la misión que tenía encomendada Federico Trillo en su viaje a Valencia: convencerle de que asumiera su culpabilidad para evitar el juicio.


Camps ha presentado su dimisión como "una decisión personal a favor de mi partido, que pretende que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del Gobierno". Seguramente es así, aunque se trate de una decisión obligada. Todo apunta a que en las horas previas a la dimisión se ha librado una batalla, que se presume nada pacífica, entre la dirección nacional del PP y el dimitido presidente para buscar el mejor desenlace a la situación creada tras la decisión del juez Flors de sentar a este en el banquillo. En un lado estaban los intereses del PP en las próximas elecciones generales, y en el otro los más particulares, de tipo personal y político, de Camps.

Rajoy, complaciente hasta el extremo con Camps -ahí quedan frases del estilo "estoy a tu lado, detrás de ti, delante de ti o donde haga falta" o "Camps será el candidato del PP en Valencia, diga lo que diga la justicia"-, solo ha reaccionado cuando ha percibido que la deriva del proceso en que está envuelto podría tener algún riesgo electoral en su camino hacia La Moncloa. En su actuación, nada hay que esté relacionado con los valores más nobles de la política, al contrario. Ha sopesado que electoralmente podría ser menos dañino un presidente que se declara culpable de haber aceptado los trajes que le regala una trama corrupta que el desgaste del espectáculo de un juicio público en plena campaña electoral o en fechas próximas.

Por miedo o convencimiento, Camps no ha seguido el juego. Ha debido de pensar que tenía un coste personal y político inasumible para él, aunque resultara rentable electoralmente para Rajoy. Este último está obligado a dar una explicación creíble de lo sucedido en las últimas horas en Valencia, más allá de seguir insistiendo en "la honorabilidad" de Camps y de ponerse medallas en la gestión de un asunto que ha afectado de manera muy grave a la institución de la Generalitat, al Partido Popular, a la imagen de la Comunidad Valenciana y a la calidad de la democracia. Camps se va insistiendo en que ha mantenido el título de molt honorable en lo más alto. Pero, de nuevo, no es verdad.


El País - Editorial

Camps o como cae lo insostenible

El tiempo dirá si Camps tiene o no razón al asegurar que "muchos bajarán la cabeza". Sin embargo, su cese en el cargo no es ni fue nunca una cuestión de inocencia o de culpabilidad penal, sino de la más elemental responsabilidad política.

Desde que se hizo público el auto de procesamiento de Camps por un delito de cohecho impropio pasivo en la llamada "causa de los trajes", muchos medios de comunicación han especulado sobre una supuesta determinación del presidente valenciano de eludir el banquillo mediante el pago de una multa. Sin embargo, el jefe del Consell valenciano ha hecho finalmente lo único que podía y debía hacer: presentar su dimisión.

Ciertamente, si se hubiera avenido a un acuerdo de conformidad y al pago de la multa, Camps habría evitado a los valencianos el espectáculo de ver a su presidente sentado en el banquillo, pero a costa de un espectáculo aun más lamentable como es la de verlo como un mentiroso que se aferra al poder a pesar de reconocer la comisión de un delito.

Camps siempre se ha declarado inocente de los cargos de los que se le acusan. El tiempo dirá si el hasta ahora presidente de la Generalidad y del PP valenciano tiene o no razón al asegurar que "muchos bajarán la cabeza por las barbaridades que han ido contando durante estos años". Sin embargo, su cese en el cargo no es ni fue una cuestión de inocencia o de culpabilidad penal, sino de la más elemental responsabilidad política.


Camps, durante su discurso de despedida, se ha quejado, en parte con razón, de que muchas cosas buenas de su Gobierno y de la Comunidad Valenciana hayan sido eclipsadas por el caso Gürtel. Pero, parte de esa culpa la ha tenido él mismo por no haber sabido distinguir antes las responsabilidades políticas de lo que son las responsabilidades penales.

Más vale, sin embargo, tarde que nunca. Y, desde luego, no todos tienen la misma legitimidad para criticar la tardanza en dimitir del hasta ahora presidente valenciano. El PSOE, implicado en corrupciones mucho más graves allá donde gobierna, no puede dar lecciones cuando los sucesivos escándalos de Chaves y Griñán en Andalucía no han hecho más que empezar a andar. Eso por no hablar de la infamia y la imputación de la cúpula policial en el turbio y criminoso asunto del Bar Faisán.

Con todo bien está lo que bien acaba y, ya sea por propia convicción, bien sea por presión de Rajoy, Camps ha despejado con su dimisión el camino del PP hacia las próximas elecciones generales.


Libertad Digital - Editorial

Un acto de responsabilidad

Camps ha dado un ejemplo de grandeza y Rajoy ha sabido manejar una situación que políticamente se había vuelto insoportable.

AL margen de consideraciones oportunistas, es innegable que Francisco Camps ha ofrecido una muestra de responsabilidad política con su dimisión como presidente de la Generalitat valenciana pocas semanas después de haber renovado rotundamente en las urnas la confianza de una gran mayoría de ciudadanos. En efecto, Camps deja el cargo para ejercer en plenitud su derecho a la defensa en el «caso de los trajes», una vez que el juez ha decretado la apertura de juicio oral por un presunto delito de cohecho pasivo impropio. Este «sacrificio personal», dijo ayer el ya ex presidente, tiene como objetivo facilitar que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del Gobierno, una decisión que le honra personalmente frente a la opción de admitir su culpabilidad y pagar una multa para evitar el juicio, como han hecho otros imputados. Sin duda, Camps ha pagado un alto coste personal y político por unas actuaciones cuya calificación penal queda definitivamente en manos de los jueces. Sin embargo, el PSOE no está en condiciones de dar lecciones en esta materia, cuando todavía ayer el nuevo ministro del Interior se negaba en el Congreso a responder las preguntas sobre el «caso Faisán», y el candidato Pérez Rubalcaba no quiere saber nada de un asunto en el que los jueces apuntan hacia graves responsabilidades de altos cargos del departamento. Tampoco hay comparación posible entre la actitud de Camps y el comportamiento de los más altos dirigentes socialistas de la Junta de Andalucía, que no han asumido hasta el momento responsabilidad política alguna por la trama de los ERE falsos, cuya gravedad es infinitamente mayor que el asunto de los trajes.

Por todo ello, sobra el juego de palabras con doble sentido que utilizaba ayer algún dirigente socialista. Dimitir no significa que Camps reconozca su responsabilidad penal, sino todo lo contrario: es un acto propio de un político responsable que pretende defender su inocencia sin causar daños a su partido y a las instituciones valencianas. En este sentido, la postura prudente y matizada de Mariano Rajoy ha sabido conducir la crisis hacia la situación menos perjudicial para el PP. En el Estado de derecho hay que deslindar los elementos jurídicos y políticos de unos hechos cuya confirmación en vía penal está todavía pendiente. Sea como fuere, el ex presidente ha cumplido su obligación hacia sus electores y ahora, como todos los ciudadanos, tiene perfecto derecho a que se respeten plenamente las garantías procesales.


ABC - Editorial

miércoles, 20 de julio de 2011

Fin de régimen. Felipismo reloaded.. Por Pablo Molina

La única ingeniería social que impone con éxito el socialismo es la del desastre económico del país entero, el deterioro de las instituciones democráticas y la catástrofe estética de sus regidores.

Con la cúpula del ministerio del Interior, de momento sólo la policial, encausada por delitos relacionados con el terrorismo, millones de parados y una economía devastada, es difícil que a los que pasamos de los cuarenta no nos venga instintivamente a la memoria la última etapa del felipismo.

Es cierto que hay diferencias notables con los mandatos de Felipe González Márquez porque los parados que va a dejar Zapatero son casi el doble de los que nos legó el sevillano y también porque, en lo relacionado con la ETA, el felipismo mandaba matar a los terroristas y ahora se los excarcela y se los nombra concejales, pero la impresión general en las postrimerías del zapaterismo es de un cierto dejà vu.


Los propagandistas de la izquierda afirman que las ideas socialistas funcionan; es más, son las únicas capaces de permitir la prosperidad de las sociedades. El hecho de que cada vez que se ponen en práctica provoquen exactamente el efecto contrario es sólo porque las personas encargadas de imponerlas son bastante mediocres, porque "la dictadura de los mercados" impone sus malvadas normas a las buenas intenciones de los políticos progresistas o una mezcla de ambas excusas, que parece ser la teoría predominante en las postrimerías del Zapaterismo.

Mas el problema de España no es Zapatero sino el socialismo, como hace dos décadas no lo fue González sino sus ideas, que ZP ha llevado a su máxima expresión. El resultado en la sociedad ha de ser por fuerza parejo, como estamos viendo con ejemplos sobrados.

Por no faltar, en los estertores de esta última ración de socialismo, no faltan ni los episodios chuscos como el del senador detenido después de organizar una bronca en el puticlub, que nos recuerda aquella famosa foto de Roldán en calzoncillos y camiseta imperio rodeado de piculinas, con la única diferencia de que ahora los altos cargos socialistas acuden a locales de mucho más nivel y visten algo mejor.

La única ingeniería social que impone con éxito el socialismo es la del desastre económico del país entero, el deterioro de las instituciones democráticas y la catástrofe estética de sus regidores. A ver si al segundo tropezón en el mismo pedrusco sus votantes comienzan a enterarse.


Libertad Digital - Opinión

El verdadero patriotismo. Por José María Carrascal

Lo importante es que quienes apoyaban a Zapatero se hayan dado cuenta de que representa un peligro para España.

MAL tienen que ir las cosas en España y en el PSOE para que el medio más importante de la izquierda haya adoptado la tesis de la oposición y le diga al presidente del Gobierno que se vaya cuanto antes. Los lectores de El País tuvieron que sufrir el lunes un shock al enterarse por el editorial y primer artículo de opinión de su periódico que «la pérdida de confianza en la gestión de José Luís Rodríguez Zapatero parece irreversible», que «su agónica legislatura ha entrado en un deterioro imparable» y cosas por el estilo, aunque no constituirían la menor sorpresa para los lectores de ABC, que vienen leyéndolo en estas columnas desde hace años sin que se nos hiciera caso, es más, ganándonos todo tipo de improperios y sarcasmos. Aunque no nos habíamos atrevido nunca, por pura cuestión de gusto, a apodar el optimismo zapateril de «patológico» —cosa que se hace en el citado artículo—, dejándolo en «antropológico», mucho más humano y sensible. Pero ya se sabe que las peores puñaladas las dan los amigos. O los que se presentan como amigos, pues en política no hay amigos. Hay sólo enemigos y potenciales enemigos. Por eso es más emocionante que cualquier thriller.

No hay ningún motivo, sin embargo, para la alegría. Tener razón no nos libra de estar al borde del abismo y el único alivio es que todos —bueno, casi todos— estamos de acuerdo en que lo más urgente es convocar elecciones, pues como Zapatero siga empeñado en completar la legislatura, va a dejar España como Don Juan a doña Inés, «imposible para vos y para mí», para él y para quien le suceda. Con una prima de riesgo que nos obliga a pagar 12.000 millones de euros anuales para financiar nuestra deuda, y subiendo, no se puede crear empleo, ni estabilizar nuestras cuentas, ni crear confianza, ni nada. Y si esa prima alcanza los 400 puntos, ya no tan lejos, nos caemos al precipicio.

Ha debido de ser lo que incitó a los editores de El País y a su consejero-delegado a cambiar 180 grados su rumbo y lanzar esos dos torpedos a la línea de flotación de ese barco a la deriva llamado zapaterismo. Hay quien dice que lo que intentan es evitar el hundimiento del partido socialista con él. No lo sé, ni me importa. Lo importante es que hayan adoptado finalmente la tesis que hasta ahora había combatido: que Zapatero es un peligro público para España, por lo que conviene apartarlo del poder para que no cause más daños. Aunque conviene dejar claro que esa idea no es suya. La viene sosteniendo el PP y algunos medios de comunicación desde hace años, ganándose el sambenito de aguafiestas, electoreros y antipatriotas. Cuando, electoralmente, al PP le convendría que Zapatero continuase para que la derrota del PSOE fuera aún mayor. Pero pide que se vaya cuanto antes. Eso sí que es patriotismo.


ABC - Opinión

Camps. La salida. Por Agapito Maestre

No entro en la solución que debiera de ofrecer Rajoy, sino únicamente en que tiene que hablar y tomar una posición: o apoya a Camps o restaura la doctrina del PP sobre políticos del PP que están siendo procesados penalmente.

El pensamiento es cada vez más heterónomo de quien nos obliga a pensar. Al haber perdido autonomía, el pensamiento rehúye concebir lo real por lo real mismo; no se atreve el pensamiento a pensar en libertad. De este modo, antes que pensar sobre hechos reales, el pensamiento ya no es otra cosa, como dijera Adorno, que estar a cada instante pendiente de si se puede pensar. ¿Qué pensar sobre el silencio de Rajoy ante el procesamiento de Camps? Muchos creen que no se puede pensar tal acontecimiento. Falso.

Se puede pensar mal o bien, pero, desde luego, no podemos decir que es impensable el silencio de Rajoy. En efecto, quienes piensan mal, es decir, erróneamente, dirán que Rajoy está actuando a la gallega; otros, que se creen más atrevidos en su juicio, mantienen que Rajoy no tiene nada qué decir, y espera que lo resuelva el propio Camps. En verdad, todo eso son excusas para no reconocer lo real, es decir, que un político tiene que afrontar los hechos. Punto.


Un pensamiento genuino, autónomo y libre, no dejará de reconocer que el silencio de Rajoy sobre el caso Camps es impropio de alguien que tiene por misión hablar y, sobre todo, enfrentarse a lo real. No entro en la solución que debiera de ofrecer Rajoy, sino únicamente en que tiene que hablar y tomar una posición: o apoya a Camps o restaura la doctrina del PP sobre políticos del PP que están siendo procesados penalmente. El resto son pamplinas. Inventarse a estas alturas del proceso judicial un propio catálogo de virtudes que salve el silencio de Rajoy, o exculpe a Camps, me parece tan cobarde como absurdo.

En resumen, reconozco que nuestra época ha sustituido mucho de los valores del mundo clásico; por ejemplo, la honradez, la fidelidad, el coraje y la sabiduría han sido sustituida por otro tipo de "virtudes", más o menos cardinales, como la voluntad de poder, la capacidad de trabajar en equipo y la flexibilidad para cambiar de criterio y argumentación en función de intereses, a veces, inconfesables. De acuerdo, en este punto nada tengo que objetar, pues que una sociedad tiene todo el derecho del mundo a cambiar y proponer un nuevo catálogo de sus virtudes; sin embargo, hay algo que los defensores de los "valores" modernos nunca descartarán de la antigüedad: la inteligencia. Ser moderno es ser también, necesariamente, inteligente. Pues bien, en mi opinión, excepto de inteligente, la actitud de Rajoy con el procesamiento de Camps puede ser tildada de cualquier manera.


Libertad Digital - Opinión

Amarillo. Por Ignacio Camacho

Algo falla cuando el periodismo se prostituye por el éxito, pero también cuando el público se entrega a la patología morbosa.

QUÉ gran serial sensacionalista habrían montado los tabloides de Murdoch con los materiales de su propio escándalo. El anciano magnate acorralado, la ambiciosa pelirroja sin escrúpulos, los jefes de policía sobornados, las escuchas clandestinas, el primer ministro en apuros, el periodista suicidado. Política, finanzas, corrupción, periodismo, poder. Falta un poco de sexo, pero ya aparecerá entre tanto detalle escabroso y tanta promiscuidad delictiva. Es una historia brutal de abuso y prepotencia, de carreras fulgurantes levantadas sobre el barro de la degradación de los principios deontológicos, de envilecimiento paroxístico en las élites de la sociedad del éxito.

Y cómo nos gusta, a los periodistas y a los medios, recrearnos en la morbosa quincallería de ese oprobio. Ah, el periodismo amarillo: el chivo expiatorio de todos nuestros excesos y desproporciones. El culpable propicio que absorbe como un cordero sacrifical los remordimientos corporativos por el sectarismo, por la superficialidad, por los contubernios con el poder, por la conversión de la realidad en espectáculo. Por todo eso que a menudo subvierte las reglas del viejo negocio de las noticias y las opiniones y lo convierte en un sindicato de intereses o en un circo de trivialidades. Menos mal que de vez en cuando aparecen un Murdoch, una Rebekah Brooks, un Coulson en los que descargar el desasosiego y el sentimiento de culpa. Un hatajo de desaprensivos canallas cuya obscena deshonestidad nos limpia la conciencia y nos pone a salvo, por comparación, de cualquier desmesura o desafuero.


Nadie se atreve, sin embargo, a emitir juicios de valor sobre la condición de las audiencias que sustentaban ese cúmulo de desmanes. Al público ni tocarlo; el cliente siempre tiene razón incluso en su demanda desmedida de basura moral empaquetada de cotilleos. Pero los tabloides de la discordia tenían millones de lectores que jamás cuestionaron que los ¿periodistas? de Murdoch delinquiesen para satisfacer su voraz apetito social de truculencia malsana. Todo valía en nombre de la libertad de información, el principio sagrado cuya invocación parece justificar el atropello de la intimidad o la violación de los derechos individuales.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que este oficio se sustentaba sobre la idea de que los periódicos son de sus lectores. Y eran éstos, con su exigencia colectiva de claridad intelectual y limpieza moral, quienes establecían las normas de conducta a las que debía atenerse una información obtenida con dignidad y presentada sin aditivos de excitación patológica. Algo falla cuando el periodismo se prostituye por el éxito, pero también cuando el público renuncia al privilegio y la responsabilidad de escoger y se convierte en una despersonalizada masa consumidora de linchamientos y bazofia. Víctima, sí, pero también cómplice en el descontrol de esa feroz trituradora.


ABC - Opinión

Mariano Rajoy vive con un elefante y hace como si no lo viera. Por Antonio Casado

Don Mariano Rajoy es una persona honorable que hace cosas poco honorables por culpa de Francisco Camps. Consecuencias de haber ido demasiado lejos en su arropamiento al presidente de la Comunidad Valenciana. No es honorable que una persona decente como el líder del PP tenga que escapar por las puertas traseras o prohibir las preguntas de los periodistas en un acto público.

Tampoco es políticamente correcto sellar la boca de otros dirigentes principales, como Dolores de Cospedal, número dos del partido, y Soraya Saénz de Santamaría, portavoz parlamentaria. Ambas suspendieron sus habituales ruedas de prensa semanales. No es justo ni coherente en quienes se pasan el día, legítimamente, calificando de insuficientes las explicaciones del adversario cuando la sombra de la corrupción o las malas prácticas planean sobre el adversario político.

Y todo por esquivar un pronunciamiento sobre el horizonte judicial de Camps, que está pendiente de un juicio por el delito de cohecho impropio (aceptar regalos pagados por una trama de corrupción en razón del cargo que ocupaba y ocupa).


No tenía ninguna necesidad el señor Rajoy de meter al elefante en casa (“Siempre estaré contigo, al lado, delante o detrás, apoyándote”) y luego hacer como si no lo viera. El elefante, de movimientos lentos, pesados, torpes, viene a ser el paso por el banquillo de Camps en vísperas de las elecciones generales. O en plena campaña, si al finalmente cuadran las fechas con el supuesto adelanto electoral al otoño.
«Camps le estaría devolviendo los favores a Mariano Rajoy, el líder del PP, que ha arriesgado por él mucho más allá de lo que era razonable.»
También pudiera ser que Camps aceptase la llamada sentencia de conformidad, como se está especulando en estas últimas horas (confesión unilateral de culpabilidad a cambio de evitar el banquillo). Eso supondría seguir en el cargo pero asumiendo que ha mentido descaradamente a los valencianos: “Claro que yo me pago mis trajes”. Y al propio Mariano Rajoy: “Me ha dicho que no tiene nada que ocultar y yo no tengo por qué no creerle”, dijo siempre el líder del PP.

Otra opción es la espantada o el paso atrás. La renuncia a la presidencia de la Comunidad le dejaría en mayor libertad para defenderse, en caso de que se siga considerando inocente, como lo considera Esteban González Pons, paisano y amigo. La dimisión le quitaría un peso a su partido. Y además Camps le estaría devolviendo los favores a Mariano Rajoy, el líder del PP, que ha arriesgado por él mucho más allá de lo que era razonable.

Aunque no parece que este último rastro de generosidad haya pasado o vaya a pasar por la cabeza de Francisco Camps, convencido de que las urnas, como el fuego de las fallas, lo depuran todo, a pesar de haber perdido 70.000 votos respecto a las anteriores elecciones autonómicas.

El presidente valenciano reaparece hoy en público, en Castellón, después de estar cinco días encerrado, y sufriendo, según la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá. Pero me temo que seguiremos en ayunas si acaso contábamos con su reacción al demoledor auto del juez Flors.


El Confidencial - Opinión

«Torrente» Por Alfonso Ussía

No acaba de convencerme el apodo de «Senador Torrente» al intolerable Casimiro Curbelo. Torrente es un tipo, y al cabo del tiempo, un mito. Es consecuencia del talento y sus películas podrán gustar o no, pero están perfectamente realizadas. Además, por tener todos un poco de Torrente, el policía de Santiago Segura cae bien a la mayoría. Y este Camisiro es inaceptable. Mi enhorabuena de verdad a Elena Valenciano que ha asumido el despropósito con una contundencia y valentía dignas del reconocimiento público.

Con independencia de las groserías que dedicó este senador desnortado a los agentes del orden, lo más abyecto de su actitud es la compañía filial en la práctica del puterío. Es cierto que Torrente y su padre, interpretado por el gran Toni Leblanc, comparten las mismas inclinaciones golfas, pero lo hacen con la gracia especial de los imposibles. Con los hijos se puede ir a todas partes, menos de puticlús. Dice don Casimiro que dimite de su escaño senatorial porque quiere demostrar su inocencia sin el privilegio que supone ser aforado. Vale. Pero no es así. Dimite porque no tiene otra salida, y lo hace tarde y con deshonor. Curbelo tendría que haber enviado su carta de dimisión desde la comisaría, inmediatamente después de ser detenido por su falta de urbanidad, su falta de educación, su falta de ética y su falta de estética. El niño, según el atestado policial, se cachondeó de un policía municipal de aspecto magrebí que «hablaba gangoso y era un maldito moro». La educación recibida.


No hay ñoñería en mi escrito. Curbelo está en su derecho a buscar el amor como mejor le plazca. Bueno, lo del amor es una fantasía. A buscar el placer y el desahogo capitalino en el local que elija y más le satisfaga. Pero respetando a las profesionales que allí trabajan –un trabajo infinitamente más duro que el del senador–, y manteniendo la dignidad que su situación pública le exige. La cadena de improperios, insultos, descalificaciones y faltas al respeto recogidos en el atestado policial dice mucho de la ínfima calidad del senador. Llevar a su hijo de putilinguis, lo dice todo. En la vida de todo ser humano hay esquinas escondidas y aristas desagradables. Cuando se mete la pata de manera tan soez y rotunda, no queda otra amnistía que la humildad de la aceptación. «Señores, me he equivocado gravemente, he actuado con indignidad y me voy a mi casa. Espero que me perdonen mis electores». Esta reacción podría haber amortiguado los desprecios. Pero no supo instalarse en la sensatez. Se cubrió con la armadura de los prepotentes y los poderosos que no han asumido el poder. Amenazó a los agentes del orden después de insultarlos con una zafiedad insuperable. Y se fue con el hijo de la mano a la comisaría a seguir con sus mandangas. Estéticamente, es mucho más placentera la compañía de un padre y de un hijo en una comisaría que en un bar dedicado al más viejo menester de la humanidad. Ahí sobrevuela una inmundicia social de difícil superación.

No es, por lo tanto, ni Torrente ni nada que se le parezca. Torrente es una genialidad que ha salvado los números del cine español. La Ceja abomina de Santiago Segura porque les ha dado una lección de talento, eso que tan angustiosamente falla en nuestra industria subvencionada por todos. Torrente desarrolla un humor desbordado y desbordante, sucio y sutil al mismo tiempo. Don Casimiro tiene de Torrente sólo lo peor, lo superficial. Eso, la grosería supina. No ha estado a la altura y lo han echado. El gesto de dimitir se lo debe a otros. Y lo del hijo...¡cáscaras!


La Razón - Opinión

Camps. El final de la escapada. Por José García Domínguez

Salvo, claro, que concediera inmolarse por el mando y cargar con la agravante de poseer antecedentes penales en las otras causas que le esperan. Aunque solo Rajoy puede librar a Camps de su penitencia. Defenestrándolo.

No habrá ninot indultat en el asunto Gürtel. Demoledor, el auto del magistrado Flors significa, esta vez sí, el final de la escapada para Camps. Porque no se trataba, como repetían una y otra vez los corifeos de guardia, de una cuestión baladí, ridícula bagatela de tres trajes. Apenas una falta de hortericie contumaz, pecado venial aquí tan común. Y más tratándose, ¡ay!, de la ribera del Mediterráneo. Prosaico yerro acreedor de liviana penitencia. A lo sumo, alguna regañina pública, amén del preceptivo propósito de enmienda. Bien al contrario, lo ahora acreditado en la pericia judicial aboca al Ausente a una disyuntiva desesperada entre lo malo y lo peor.

Si pacta con la Fiscalía a fin de orillar el oprobio de verse conducido al banquillo como un quinqui cualquiera, el precio a pagar sería triple. Primero, admitir que habría incurrido en una figura de corrupción tipificada en el Código Penal. Segundo, reconocer que aceptaba de grado los presentes con que gustaba premiarlo una banda de delincuentes comunes. Y tercero, conceder que mintió de forma reiterada y contumaz a lo largo de dos años, al propalar la falsa especie de que se pagaba sus trajes. Si, por el contrario, continua enrocado en su Numancia autista, el riesgo aún habrá de ser mayor. Y es que Camps podría acabar con sus muy hieráticos huesos en la cárcel.

No se olvide al respecto que la acusación particular ansía para él tres años de prisión por un delito de soborno propio. Así las cosas, si optase por ir a juicio, nadie le garantizaría verse libre de ser imputado por esa figura. Y para acabar de arreglarlo, sépase que ni siquiera la súbita confesión de sus pecados pondría fin al vía crucis procesal. A ojos de la Ley, de nada serviría que Camps se autoinculpase si al tiempo no hiciera lo propio Ric Costa. Un procesado, el airado Ric, que no era cargo público el día de autos y que, por tanto, cuenta con todos los números para salir absuelto. Salvo, claro, que concediera inmolarse por el mando y cargar con la agravante de poseer antecedentes penales en las otras causas que le esperan. Aunque solo Rajoy puede librar a Camps de su penitencia. Defenestrándolo.


Libertad Digital - Opinión

Ajeno 36. Por Gabriel Albiac

Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto oes más malo aún de lo normal.

ME asombró su entusiasmo. Eran historiadores todos. Sabios especialistas en la historia española del siglo veinte. Yo no. Mi saber académico se restringe a zonas muy precisas de la filosofía barroca. Pero creía haber aprendido en ellas que conocer y entusiasmarse son incompatibles. Y los sabios en siglo veinte, en medio de los cuales yo me sentía un marciano, se liaban a tortas sobre un hecho de hace setenta y cinco años, con la pasión entusiasta de irles vida y hacienda en ello… A lo mejor, a mí no me afectaba porque no soy historiador. O, a lo mejor, porque ya me afectó en los primeros años de mi vida. Lo bastante como para aburrirme: nacer entre los derrotados curte mucho. Y algo enseña: que uno no está dispuesto a que nadie haga fortuna, personal o política, a costa de uno. La guerra de 1936 fue. Nos jorobó la vida, en diversas medidas, a todos. A algunos, nos la quebró antes de que naciéramos. Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto o es más malo aún de lo normal.

Nada en la España de hoy es comparable a aquella tierra mísera y bárbara que encontró en el placer de descuartizar al vecino el único sedante a su medida. Quienes ejercen el oficio de estudiar eso debieran, más que ningún otro, atenerse a la cautela primordial del análisis científico: recopilar datos, analizar series, fijar redes causales, fechar puntos de quiebra y desencadenantes. Y jamás hacer un juicio de valor. Debe de ser, sí, que lo mío es el siglo XVII. Y su postulado básico: humanasactiones non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere; lo cual, en román paladino, vale por decir que, en cuanto a los actos humanos concierne, de nada valen burla, contento o desagrado. El afecto es conmovedor y estéril: es óptimo en la intimidad, y allí termina. Sólo entender nos libera de ser bestias.

Los viejos del 68 suelen repetir mucho la misma boutade: si alguien te dice que recuerda donde estuvo, es que no estuvo. Los años me han ido enseñando que es así siempre. También entre nosotros, sobre todo entre nosotros, sobre todo en aquello que concierne a esos tres años de guerra que parecen haber sido lo único digno de rememorar de nuestro siglo. Y en aquello que concierne a lo de luego. Cada vez que oigo a alguien de mi edad lamentarse a grandes voces de la amarga represión sufrida durante el franquismo, sospecho en él a un hijo de preboste franquista; cada vez que oigo a alguien de mi edad alzar elegías sobre la democracia asesinada, imagino sus fotos de familia con camisa azul y pantaloncito corto… A veces, hasta me equivoco… El dolor de verdad es silencioso. Quien lo grita o lo exhibe, está trocando el absoluto en calderilla. Por mí, que cada cual vaya haciendo con sus recuerdos la leyenda biográfica que le dé la gana. Con sus recuerdos. Con los míos, no.

No hay otro rincón europeo en donde la incapacidad de objetivar el trágico siglo veinte haya llegado tan lejos. Y haya contaminado tanto a quienes deberían estudiarlo. Pasaron tres cuartos de siglo —se dice pronto: ¡tres cuartos de siglo!— y los historiadores de aquí se siguen proclamando parte de uno u otro bando. ¡Cuánto más barato les saldría contratarse a un buen psicoanalista! ¡Y cuánto más barato nos saldría a todos!


ABC - Opinión

Rubalcaba, más de lo mismo

En calidad de candidato socialista a las elecciones generales, Alfredo Pérez Rubalcaba demostró ayer que en su recorrido hasta las urnas es difícil que haya tiempos muertos. Ayer, durante la reunión con diputados, senadores y europarlamentarios socialistas, Pérez Rubalcaba incluso se anticipó al presidente del Gobierno y, en el marco de un análisis de la situación económica, pidió la creación del «eurobono» –cuyo espíritu gravita en que la deuda que se emita dentro de la zona del euro esté garantizada por todos los países al mismo tiempo– como una fórmula imprescindible para defender el mercado común. También solicitó que se cree una agencia europea de calificación y reclamó a los líderes europeos que despejen las dudas sobre Grecia «con números creíbles». El candidato socialista no abandonó un tono crítico sobre cómo la Unión Europea se ha articulado en los últimos tiempos al decir que han pasado unos años «en que se ha hecho todo a medias», al tiempo que cuestionó el «cortoplacismo» con el que se intentó zanjar la crisis de Grecia en los primeros momentos. Aunque puede que esté en lo cierto, lo que no deja de sorprender es con qué rapidez el candidato Rubalcaba se ha desprendido de su pasado inmediato como vicepresidente primero del Gobierno, como para, hábilmente, pretender ahora mantenerse al margen de las decisiones gubernamentales que se tomaron en los gabinetes en los que tuvo un papel relevante y cuyas medidas defendió como portavoz del Ejecutivo.

Sea como fuere, es evidente que Pérez Rubalcaba ha planteado su campaña electoral marcando distancias con la herencia que dejará el Gobierno al que perteneció y en el que en ningún momento, al menos públicamente, expuso estas ideas con tanta contundencia si tan buenas le parecían. Tampoco se le oyó pronunciarse con tanta determinación sobre el Senado, del que dijo que ni cumple las funciones que prevé la Constitución ni sintoniza con el Estado Autonómico, por lo que planteó su reforma.
Ayer también quejó claro que el candidato Rubalcaba no es impermeable a parte de las demandas del movimiento de los «indignados», a los que lanza constantes guiños. Es una obsesión del candidato –y así se lo hizo saber a los diputados, senadores y europarlamentarios– acercar la política a los ciudadanos para no aumentar su desafección hacia la clase política. En ese sentido lanzó una propuesta de modificación del sistema electoral basándose en el modelo alemán y se comprometió a «reorganizar» los grupos parlamentarios para que los diputados y los senadores estén más cerca de los electores.

Proyectándose al futuro, el candidato Rubalcaba pretende presentarse ante los electores como un hombre con experiencia, con su propio estilo de hacer política y manteniendo distancias con sus responsabilidades políticas como miembro de los gobiernos de Zapatero.

La última aparición de Rubalcaba evidencia que la bicefalia que se está viviendo actualmente en el PSOE puede actuar en su contra, ya que al ciudadano le puede resultar difícil de asimilar que el mismo partido político mantenga discursos políticos distintos, según vengan del presidente del Gobierno o del candidato a las generales.


La Razón - Editorial

Cumbre decisiva

El mínimo exigible a la reunión del Eurogrupo es un acuerdo terminante sobre el rescate de Grecia.

La zona euro vivirá mañana una cumbre crucial. Sería exagerado decir que en la reunión del Eurogrupo se juega la supervivencia de la moneda única, pero es evidente que la credibilidad europea como área monetaria respetada y con iniciativa política depende de que los ministros de Finanzas emitan un mensaje claro sobre el segundo plan de rescate de Grecia y, como efecto encadenado, cierta calma para las deudas de los dos países intervenidos (Irlanda y Portugal) y para las economías de los dos grandes países del Sur de Europa (Italia y España) que tienen que pagar los costes de la indecisión europea sobre Grecia en forma de una prima de riesgo exorbitante (ayer, la española, después de un moderado descenso, todavía estaba en 345 puntos básicos). El FMI acaba de explicar alto y claro que el retraso de la solución de la crisis griega "no es una opción".

Aunque Angela Merkel sostenga públicamente que de la cumbre no saldrá "un paso espectacular" que resuelva los problemas de Grecia, sabe perfectamente que al euro le esperan meses innecesariamente dolorosos si no hay un mensaje claro en los siguientes términos: Grecia tendrá un segundo rescate, probablemente con reestructuración voluntaria de la deuda por parte de los acreedores privados, y dicho rescate no será considerado como impago (event credit) por las agencias de calificación. Alemania se resiste a aceptar la evidencia de que Grecia no puede pagar a sus acreedores y que el único camino que queda es la reestructuración sin default. Si ese objetivo se consigue mediante quitas pactadas, o a través de una tasa a los bancos acreedores, es algo cuyas consecuencias tendrá que evaluar la cumbre; y mejor que lo haga bien. Pero el paso vital es apagar el incendio que abrasa a las deudas periféricas; y eso solo puede hacerse mediante un acuerdo sobre el segundo (y se supone que definitivo) rescate de Atenas.


Sería deseable una reflexión previa sobre el modelo actual de los rescates que, más que salvar países, actúan como arenas movedizas en las que los rescatados se hunden poco a poco. Europa tiene que avanzar hacia la unión financiera real, que es la creación de los eurobonos, en vez de aplazar o complicar las decisiones. Quizá sea demasiado pedir para una cita urgente. El mínimo exigible es un acuerdo tajante, político y económico, sobre Grecia. Sin él, las tensiones de la deuda pueden acarrear efectos políticos indeseados durante los próximos meses y un grave empeoramiento de las condiciones económicas del área.

Mientras Berlín ensaya ante el espejo elegantes posturas ortodoxas y Merkel se encastilla en el estribillo "o quita privada o nada", la prima de riesgo encarece los costes financieros de los países implicados en planes de ajuste, como se pudo comprobar en la emisión de deuda española de ayer. El aumento desorbitado del servicio de la deuda reduce los márgenes presupuestarios y coarta el crecimiento económico. Con ese lastre, es difícil pensar ya que España puede acercarse a tasas de crecimiento superiores al 1,5% en 2012.


El País - Editorial

No todo vale para conseguir noticias

Algunos periódicos que se rasgan ahora las vestiduras han sido, sin embargo, de lo más condescendiente con Wikileaks, aunque este grupo también haya vulnerado leyes y normas éticas elementales con tal de publicar noticias.

El escándalo sobre las escuchas ilegales del tabloide sensacionalista británico News of the World ha vuelto a poner de relieve los límites que no debe traspasar el periodismo, por mucho que esta profesión sea una de las más imprescindibles en un estado democrático.

No, no todo vale para conseguir noticias ni para vender periódicos, y algunos de los profesionales de News of the World venían desde hace años saltándose la ley y las más elementales normas éticas. Al margen de las innumerables escuchas ilegales que, al menos desde 2006, se venían practicando, y que afectan a periodistas, policías y políticos británicos, periodistas del News of the World accedieron al contestador del móvil de la niña asesinada Milly Dowler y borraron algunos mensajes –posibles pruebas– para que se vaciara y así poder recibir más. Esta acción llevó a los padres a albergar la falsa esperanza de que su hija estaba viva.


Durante su comparecencia por el asunto de las escuchas este martes en el parlamento británico, Rupert Murdoch, propietario del grupo News Corporation ha lamentado y pedio perdón por lo ocurrido, al tiempo que ha asegurado que no va a dimitir "porque soy la mejor persona para limpiar todo esto". Es verdad que Murdoch ha tardado en demostrarlo, pero no es menos cierto que hace escasos días ordenó el fulminante cierre del tabloide, que tenía más de cien años de antigüedad. Asimismo, no debemos olvidar que News of the World es, como el propio Murdoch ha señalado, el 1 por ciento de su imperio mediático, y que lo que tampoco se puede es criminalizar a todo un grupo de comunicación por algo que hayan hecho algunos de los que trabajan en uno de sus medios. Esto último, sin embargo, es lo que ha hecho el líder laborista Ed Miliband, al pedir el desmantelamiento de todo el conglomerado de News Corp. en el Reino Unido.

Aquí en España tampoco han faltado medios para criminalizar a este grupo de comunicación que cuenta con medios conservadores tan importantes como The Times o la cadena Fox. Algunos periódicos que se rasgan ahora las vestiduras han sido, sin embargo, de lo más condescendiente con Wikileaks, aunque este grupo también haya vulnerado leyes y normas éticas elementales con tal de publicar noticias. ¿Se debe esta doble vara de medir a las tendencias conservadoras de Murdoch? ¿O es al hecho de que entre los asesores en el consejo de administración de News Corporation figure José María Aznar?

No todo vale para conseguir noticias y los delitos lo son con absoluta independencia de la ideología del que los perpetre. No estaría de más recordarlo siempre, y no sólo cuando conviene.


Libertad Digital - Editorial

DESPLOME SOCIALISTA

Zapatero va a llegar a la cumbre extraordinaria del Eurogrupo de mañana con su crédito político hecho trizas. La continuidad de su Gobierno no contribuye a la recuperación de España.

LA candidatura de Rubalcaba no es compatible con el Gobierno de Zapatero. Así de claro es el resultado de la bicefalia socialista, por el empeño de los dirigentes del PSOE de no asumir con todas las consecuencias el desastre electoral del 22 de mayo. En aquella jornada, los españoles cancelaron el mandato de Rodríguez Zapatero y del PSOE, pero uno y otro, incluyendo al candidato Pérez Rubalcaba, decidieron actuar como si tuvieran derecho a disponer libremente de los tiempos políticos y de los intereses nacionales. Ahora, cuando la desafección llega a los más afines del Gobierno, el desplome del PSOE no es que sea mayor que hace un mes, sino que se hace más insostenible de puertas adentro. Y nada de lo que sucede en el PSOE y en su entorno es casual o inocente. Lo que está sucediendo, esta fractura entre lo que le interesa al candidato socialista y lo que quiere el presidente del Gobierno, estaba escrito desde que el PSOE decidió no celebrar inmediatamente un congreso extraordinario para sustituir a Rodríguez Zapatero de la secretaría general y dar paso a unas elecciones anticipadas. Por el contrario, en el remate final de su suicidio político, el PSOE optó por un equilibrio imposible entre Rubalcaba y Zapatero, equilibrio que sólo aguantó las formas hasta que el primero abandonó el Gobierno. Desde entonces, Rubalcaba está pagando las facturas de un Ejecutivo al que ya no pertenece, pero que lo ha marcado y lo sigue marcando de forma indeleble. Por eso, las mínimas posibilidades electorales que le quedan a Rubalcaba se basan en sacar a Zapatero cuanto antes del panorama político, mediante la disolución del Parlamento y el repudio de su herencia. La crisis de la deuda española, con una insoportable prima de riesgo muy por encima de los 300 puntos y un encarecimiento de la financiación a corto y largo plazo, está apuntillando al Gobierno, al candidato Rubalcaba y al PSOE, abocados —ellos, y por su responsabilidad puede que también España— a una auténtica tragedia

griega. Zapatero va a llegar a la cumbre extraordinaria del Eurogrupo de mañana con su crédito político hecho trizas. La continuidad de su Gobierno no contribuye a la recuperación de España, ni a la estabilidad financiera de Europa, como pretenciosamente se ha dicho desde el PSOE, mientras los mercados castigan sin piedad la deuda española.


ABC - Editorial