viernes, 17 de septiembre de 2010

El provocador. Por Alfonso Ussía

El excelentísimo señor don Abas El Fasi, primer ministro del Reino de Marruecos, ha llamado «provocador» a Mariano Rajoy por visitar Melilla. El señor El Fasi, de cuya esposa a sus pies me pongo, ignora que para un español visitar Melilla o Ceuta es como hacerlo a Sevilla, Bilbao, Barcelona, Santander o Madrid. Cuando Marruecos fue descolonizado por España, Francia y Gran Bretaña creándose el Reino de Marruecos, Melilla y Ceuta eran españolas de siglos y no entraron en el invento ni en el reparto. El provocador es el señor Abas El Fasi, a cuya esposa le reitero mi señorial postura ante sus pies, que considera una falta de respeto lo que no es más que el ejercicio del derecho de cualquier ciudadano de España.

Para protestar, los militantes dirigidos por el Gobierno de Marruecos han instituido «El Día del Enfado». De siempre he sido enemigo de los días dedicados a cualquier cosa. Ya lo he escrito. Somos nueve hermanos –éramos diez–, y nuestra madre nos reunió para comunicarnos que siempre lo sería excepto el «Día de la Madre». Aquello fue un invento comercial e ingenioso de Pepín Fernández, el propietario de «Galerías Preciados», y de Ramón Areces, el genial creador de «El Corte Inglés». Después siguieron los días del Padre, de la Mujer, del Hijo y del «Domund», que era un día convertido en hucha. Y años más tarde, el «Día del Orgullo Gay», tan colorido y vistoso. Pero a nadie se le había ocurrido en España instituir días dedicados a los estados anímicos. El «Día del Enfado» marroquí es el punto de partida. Con Zapatero en el Gobierno, en España podríamos celebrar el Día del Desánimo, de la Decepción, del Cabreo Sordo, de la Indignación, de la Indignidad, y como traca final, el Día del Cachondeo. No es mala idea la del Gobierno de Marruecos.

Para participar en el «Día del Enfado» organizado contra Mariano Rajoy por visitar una ciudad española, hay que garantizar la persistente exposición, durante veinticuatro horas, de un gesto adusto e inamistoso. También se admite el gesto distante, tan difícil de conseguir si no se ha nacido en Inglaterra. No es cuestión de racismo, pero un marroquí no está capacitado para mantener la naturalidad del gesto distante durante un día. Los ingleses nacen con él, y con su gesto se mueren. Y en España lo bordan los gallegos, precisamente, porque es una expresión natural que adoptan los hombres cuando viven entre nieblas y brumas. Es el gesto de orgullo ante la imposibilidad de disfrutar la línea del horizonte. Es gesto propio de marinos y de navegantes, pero no de habitantes fronterizos con Melilla, siempre tan clara y altiva a la vista de todos.

Le deseo de corazón una estancia feliz y aclamada a Mariano Rajoy en nuestra querida Melilla, a pesar del «Día del Enfado», eso tan divertido, que ha organizado don Abas El Fasi, al que envío desde aquí mi expresión más huraña, lo que no impide –España y yo somos así, señora–, que me ponga a los pies de su mujer. Ya me levantarán.


La Razón - Opinión

Socialismo catalán. De la Falange a Companys. Por Cristina Losada

Cuánto se han burlado y cuánto han descalificado a los que "dicen que España se rompe". Ja, ja. Pues tendrán que aparcar el chiste por una temporada, toda vez que ahora es Montilla –su Montilla– quien toca a rebato.

Aun sin haber leído al clásico, hay políticos convencidos de que, como observó Maquiavelo, "los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar". A la búsqueda de esos simples está dedicado, en cuerpo y alma, el socialismo catalán con la premura que imponen la proximidad de las urnas y el descalabro previsto. Así, mientras el favorito Artur Mas se hace acompañar por nutrida escolta de senyeras, el PSC saca a España del trastero a fin de evitar un entierro político en noviembre, mes de difuntos. Montilla, el mismo que ha gobernado con los secesionistas de Esquerra, se confiesa estos días profundamente preocupado por la deriva independentista de Cataluña. Cosas veredes.

Los más viejos de lugar, aquellos cuya memoria supere a la de los peces –que no es de tres segundos, sino de cinco meses– recordarán que el socialismo, en Madrid y en Barcelona, se ha cebado con quienes alertaban de una quiebra del orden constitucional a causa del Estatut y otras aventuras. Cuánto se han burlado y cuánto han descalificado a los que "dicen que España se rompe". Ja, ja. Pues tendrán que aparcar el chiste por una temporada, toda vez que ahora es Montilla –su Montilla– quien toca a rebato. Lo que antes era obsesión de lunáticos centralistas, es hoy el eje de la campaña del PSC. Cuidado, advierte el president, que podemos padecer una "ofensiva" destinada a consumar "la definitiva ruptura emocional y política" con España.

El hombre que tachaba de ofensivo, casposo e innecesario que el Constitucional mentara la "indisoluble unidad de la nación española" en la sentencia sobre el Estatut, ¿erigido en defensor de esa unidad? Increíble, pero cierto. Hay quien barrunta que un PSC desesperado se propone arañar los flancos débiles de la derecha y robarle votos nada menos que a su bête noire, el PP. No resulta excepcional que un partido, tras provocar un conflicto, se presente como el que mejor puede gestionarlo, pero este caso de travestismo político merece entrar en el Guinness. Abarcar el conjunto del espectro político es una fantasía de muchos que sólo unos pocos se atreven a hacer realidad. Entre esos pocos, el PSC, un partido que fabrica discursos para todos los caladeros y tanto corteja a los seguidores de la Falange como a los adoradores de Companys.


Libertad Digital - Opinión

Un viaje histórico

La Reina Isabel II ofreció al Papa una calurosa bienvenida. Ha llegado la hora de superar recelos históricos que no tienen sentido después de tantos siglos.

POR razones históricas y sociológicas, la visita de Benedicto XVI al Reino Unido ofrece perfiles muy complejos. Antes incluso de su llegada a Edimburgo, el Papa tomó la iniciativa abordando con valentía el tema de los abusos sexuales a menores y reconociendo que la Iglesia no siempre ha sido «veloz y vigilante». Ciertos sectores laicistas utilizan estos casos intolerables para lanzar una campaña injusta contra la Iglesia en su conjunto. Frente a este planteamiento radical, Benedicto XVI transmite con rigor la más firme condena de los abusos y la exigencia de una transparencia absoluta, pero también la falsedad que suponen las condenas indiscriminadas contra la institución y contra los sacerdotes en general.

La Reina Isabel II ofreció al Papa una calurosa bienvenida, con un discurso muy positivo sobre la libertad de cultos como parte esencial de la sociedad democrática y sobre la contribución de los católicos al desarrollo social, en favor sobre todo de los más necesitados. Es muy significativa también la coincidencia entre ambas personalidades acerca de los valores religiosos en el mundo actual y del fondo de doctrina común que comparten católicos y anglicanos en el marco de la fe cristiana. Ha llegado la hora de superar recelos históricos que no tienen sentido después de tantos siglos. Así, la bienvenida espontánea al Pontífice de muchos miles de personas y la asistencia multitudinaria a la misa de Glasgow son fiel reflejo de que las gentes de buena fe viven en el presente y miran al futuro sin dejarse arrastrar por viejas querellas. La figura del cardenal Newman, elogiada por el Papa y por la Reina, adquiere de este modo un señalado protagonismo que tendrá su momento culminante con el acto de beatificación de este notable intelectual convertido al catolicismo.


ABC - Editorial

Un viaje no sólo histórico

Cuando esta tarde el Papa de Roma se dirija a los notables británicos en el Palacio de Westminster estará protagonizando un hecho de hondo contenido histórico y simbólico. En ese mismo lugar, hace casi 500 años, el católico Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII, el monarca caprichoso y brutal que causó el cisma con la Iglesia católica. Han tenido que transcurrir cinco siglos para que un Pontífice visite Gran Bretaña en calidad de Jefe de Estado y, por tanto, para que sea recibido por Su Majestad británica y cabeza de la Iglesia anglicana. Es bien cierto que el motivo fundamental de este viaje apostólico de Benedicto XVI no es mirar hacia atrás, pero no cabe duda de que una sociedad tan apegada a sus instituciones y a sus símbolos como la británica, sabe apreciar el mensaje espiritual y moral que encierra este gesto hacia la historia. Ya no se trata de reivindicar supremacías ni de confrontar sensibilidades, sino de avanzar hacia una unidad sustancial de quienes comparten un denominador común. Hay que recordar que ha sido este Papa el que ha dictado una disposición constitucional que permite a los sacerdotes anglicanos incorporarse a la Iglesia católica sin renunciar a ciertas peculiaridades. En este punto, emerge con enorme fuerza testimonial la beatificación del cardenal John Henry Newman, el presbítero anglicano que se convirtió al catolicismo en el siglo XIX, pero cuya influencia intelectual se hizo sentir en el Concilio Vaticano II, además de influir en el joven teólogo Joseph Ratzinger. El prestigio y la autoridad de Newman entre los británicos, al margen de obediencias jerárquicas, sigue intacto y no cabe duda de que en plena época victoriana marcó y sigue marcando hoy el camino espiritual de vuelta a muchos compatriotas. Porque, por encima de otras consideraciones, católicos y anglicanos se enfrentan a los mismos retos, el principal de los cuales es el laicismo radical, que en Reino Unido se alía con el ateísmo más militante y furibundo. El debate actual nada tiene que ver ya con la separación de la Iglesia y el Estado o de lo sagrado y lo profano, que ya fue resuelto y encajado en las sociedades democráticas. La cuestión de hoy es la corriente ideológica, cada vez más poderosa, de expulsar el hecho religioso y la actividad de las confesiones de la esfera pública, como si fueran nocivos para la salud social. De este modo, se cercena la vivencia pública de su fe religiosa al hombre de la calle, al niño que empieza a formarse, a las familias, a los padres, a los ancianos: a los ciudadanos, en suma. El Papa Benedicto XVI, cuyas cualidades intelectuales y analíticas son reconocidas incluso por sus más acérrimos adversarios, está persuadido de que este laicismo excluyente, anclado en el relativismo moral, es uno de los causantes de la grave crisis de valores que padece la sociedad europea. Como alemán que ha vivido en primer plano la evolución del continente tras la Segunda Guerra Mundial, el Santo Padre percibe nítidamente cómo a la vieja Europa se le seca el alma y sus raíces cristianas son sustituidas por otras religiones que avanzan vigorosas. Gran Bretaña padece este mismo mal y ése es el motivo pastoral por excelencia de su histórico viaje.

La Razón - Editorial

Europa zozobra

Sarkozy se enfrenta a Barroso por los gitanos, pero logra el apoyo gremial de los líderes de la Unión.

Las deportaciones de gitanos iniciadas este verano por el Gobierno de Nicolas Sarkozy han generado una crisis en la Unión Europea con escasos precedentes. Francia, un país fundador de la UE y motor, junto a Alemania, de las políticas comunitarias, se encontró ayer merecidamente contra las cuerdas a cuenta de una política que choca con los principios europeos de libre circulación de movimientos y no discriminación racial. Frente a la pasividad con la que Europa asistió hace dos años al censo de gitanos lanzado por Berlusconi en Italia, el populismo de Nicolas Sarkozy encontró ayer una respuesta a la altura por parte de la Comisión Europea, en abierto contraste con el sonrojante apoyo de la mayoría de líderes de la UE reunidos en el Consejo Europeo, que optaron por un diplomático pragmatismo de bajo vuelo.

Contra todo pronóstico, dada su inicial tibieza respecto a este asunto, Barroso le mantuvo el pulso a Sarkozy. Como resultado, la Comisión, guardiana de los Tratados y, por tanto, de los principios fundamentales que cohesionan a la ciudadanía europea, sale moralmente reforzada de este envite. La sintonía demostrada en esta ocasión con el Parlamento Europeo, la primera institución que clamó contra las deportaciones, será un apoyo importante a la hora de tomar, en un par de semanas, la decisión definitiva sobre el procedimiento de infracción contra Francia.


La cara más amarga de la crisis abierta en Europa fue el movimiento táctico y oportunista de la mayoría de los mandatarios que se aprestaron a arropar a Sarkozy. Para ello contaron con la involuntaria colaboración de quien destapó el escándalo, la comisaria de Justicia y Derechos Fundamentales, Viviane Reding, quien comparó las expulsiones con las deportaciones de minorías por los nazis.

Los presidentes y primeros ministros del Consejo no desaprovecharon la oportunidad para desviar la atención de la cuestión fundamental, algo que hizo con especial énfasis Rodríguez Zapatero, sin tener en cuenta que Reding ya había pedido excusas la víspera. Es muy preocupante el espectáculo ofrecido por el español, como el de Angela Merkel, al equiparar el atropello que se está cometiendo contra cientos de gitanos con las declaraciones de la comisaria. Nadie osó criticar, en cambio, el exceso verbal del propio Sarkozy cuando desafió a Luxemburgo (país de la comisaria) a acoger allí a los gitanos. El respeto que reclamó Zapatero debió demandárselo en primer lugar al arrogante autor de esa provocación.

Ya se verá si la solidaridad gremial de los líderes con Sarkozy resulta eficaz. La deportación de gitanos iniciada por París ha generado un nivel de crítica sin precedentes mundialmente, Washington incluido, y ha provocado desencuentros con otros socios europeos, como Austria o Bulgaria. También merece los máximos reproches la connivencia demostrada ayer por un Gobierno como el español, que se dice socialista y atento a la ampliación de los derechos de los ciudadanos.


El País - Editorial

El mal vecino

España no debe preocuparse por llevarse bien ante Marruecos. Debe defender lo nuestro y tener buenas relaciones sólo si eso sirve a nuestros fines.

Portugal no reclama oficialmente Olivenza. Marruecos sí exige que Ceuta y Melilla pasen a formar parte de los dominios del sultán alauita, pese a que tal reclamación tenga aún menos sentido, históricamente hablando, que una hipotética exigencia lusa. De modo que, simplificando bastante la situación, se pueda considerar a Portugal como un buen vecino, con el que nos podemos y debemos llevar bien, y a Marruecos como uno rematadamente malo. Las razones por las que, supuestamente, España debe llevarse bien con el país africano no resultan especialmente comprensibles.

Las naciones –al menos las que siguen considerándose como tales– se comportan en el concierto internacional de acuerdo a sus propios intereses. No cabe duda de que Marruecos así lo hace. Entendiendo que desea la anexión tanto del Sáhara como de las islas y ciudades españolas en África, su comportamiento resulta perfectamente comprensible y profesional. No así, en cambio, el de su contraparte española. Es cierto que Marruecos casi siempre dispone de algún elemento con el que hacernos presión –la pesca, la inmigración, el tráfico de drogas...–, pero el problema es que España casi siempre ha renunciado a hacer lo propio. Excepto en la última legislatura de Aznar, han hecho lo que han querido sin oposición alguna.


De ahí que el PSOE se echara al cuello de Aznar por visitar Melilla, calificando de "deslealtad" que un ex presidente español acudiera a una parte de nuestro territorio. Zapatero y los suyos temieron que Marruecos aumentara. No se han preocupado ni un segundo por crear redes de información en el país vecino, por financiar movimientos democráticos en su interior, por ser fuertes en la UE para poder amenazar con perjudicar el estatus comercial de Marruecos en la Unión. No, lo único que han hecho ha sido plegarse en todo a las exigencias del régimen. Que no quisieran seguirle el juego resultaba, claro, inaceptable. Pero lo único inaceptable ha sido la política del Gobierno de Zapatero hacia Marruecos durante todos estos años.

Aquella reacción no sentó muy bien entre la opinión pública, de ahí que la visita de Rajoy a Melilla –tardía, pero apropiada–, no haya provocado las mismas reacciones. Pero eso, siendo una mejora, no es ni de lejos suficiente. España no puede aceptar que Marruecos considere una "provocación" que el Rajoy acuda a una parte de nuestro territorio, ni que continúe calificando de marroquíes dos ciudades españolas. Debería exigir, por tanto, una rectificación. Y tomar represalias si no la obtiene.

Pero para que una nación se comporte como debe, defendiendo sus intereses, primero debe creerse tal. Y si España ha dado tal carta de naturaleza a sus movimientos secesionistas, ¿cómo va a defender la integridad de su territorio frente a terceros? ¿Qué esfuerzos va a hacer para luchar por unos intereses que no cree comunes? La dictadura marroquí, naturalmente, no tiene esos complejos. Por eso una reclamación tan desquiciada en el fondo ha pasado a ser parte de nuestro día a día político.

España no debe preocuparse por llevarse bien ante Marruecos. Debe defender lo nuestro y tener buenas relaciones sólo si eso sirve a nuestros fines. Es lo que hacemos todos cuando nos toca convivir con un mal vecino.


Libertad Digital - Opinión

Rajoy, en Melilla

Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita de Rajoy a Melilla equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla.

LA reacción del Gobierno marroquí a la visita del líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, a la ciudad autónoma de Melilla demuestra que el país vecino sigue instalado en una política de demagogia nacionalista que aprovecha cualquier ocasión para exhibirse. Por supuesto, calificar como «provocación» la presencia de Rajoy en Melilla, como ha hecho el primer ministro marroquí, es una burda intromisión en los asuntos internos españoles. Tan burda que sería incluso risible si no fuera porque, tras los incidentes en la frontera de hace unas semanas, el Gobierno de Rodríguez Zapatero dio por zanjados los problemas con Marruecos. Entonces, el Ejecutivo marroquí acogió con satisfacción la visita de Pérez Rubalcaba a Rabat. Ahora, se atreve a descalificar la que hizo ayer Rajoy a Melilla. Mal ha solventado el Gobierno socialista las tensiones de los últimos meses si, a la primera de cambio, el régimen marroquí vuelve a las andadas con una crítica tan desmedida y absurda como la que ha dirigido contra Rajoy. Es innecesario insistir en el derecho que tiene Rajoy a viajar a Melilla y a cualquier otro punto de España, cuando le venga en gana. Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita, error en el que incurrió ayer el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla. Las relaciones con Marruecos no son un problema de oportunidad o de formas. Los convierte en problema la manipulación histórica sobre Ceuta y Melilla desde el lado marroquí para mantener viva una política irredentista.

Por eso, al Gobierno marroquí sólo le satisfacen la sumisión y el silencio ante sus bravuconadas y reivindicaciones territoriales, pero una y otra no son las respuestas que debe dar el Ejecutivo español. Tampoco serían pertinentes reacciones diplomáticas desproporcionadas, porque como bien dijo ayer Rajoy, eludiendo la polémica con la que quería entramparlo el gobierno marroquí, es más lo que une a ambos países que lo que los separa. Y es cierto que la buena relación con Marruecos es estratégica para España por razones económicas y de seguridad, pero no debe convertirse en una especie de chantaje que fuerce al Ejecutivo español a callar o fingir ante los desplantes de nuestro vecino para no perjudicar la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración ilegal. Desde el momento en que el ministro del Interior viajó a Rabat tras los incidentes en la valla de Melilla, el Ejecutivo español dio a Marruecos la condición de víctima que su Gobierno quería. Ahora, con Rajoy ha impostado una nueva ofensa que no ha sido suficientemente desautorizada por el Gobierno español.

ABC - Editorial

jueves, 16 de septiembre de 2010

El peligro de agradar. Por Hermann Tertsch

«Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas.

EL primer ministro marroquí, Abbas el Fasí, se ha enfadado mucho cuando se ha enterado de que el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, iba a visitar hoy Melilla. Tanto le han molestado los planes de don Mariano que le ha escrito una carta para decirle que no viaje. «No viajes que nos provocas», viene a decir en muy sucinto resumen. Como la carta no era íntima, El Fasí, la difundió a bombo, platillo y televisión. En ella nos amenaza con un terrible agravamiento de las relaciones en caso de que Rajoy ose pisar Melilla. Dice que sería una pena estropear nuestras idílicas relaciones. Eso sí, dejando claro que lo que creemos nuestro es suyo y que nos lo va a quitar: las dos ciudades españoles en África. No debe existir amistad más sólida que la que sobrevive a las continuas amenazas de uno de los amigos de robarle al otro. Para añadir dramatismo al viaje de Rajoy, que estuvo en junio en Melilla sin que nadie se inmutara, el régimen ha movilizado a sus huestes. Para organizar una de esas protestas espontáneas que la libérrima ley marroquí permite cuando sus ciudadanos quieren protestar, ya sea contra la visita de Rajoy, las torturas en las cárceles, los derechos saharauis o la subida del pan.

La respuesta de Rajoy ha tenido la forma campechana a la que tan acostumbrados nos tiene. Que no sólo irrita a marroquíes. Pero en el fondo no podía decir otra cosa. Él en España viaja a donde le da la gana y Marruecos puede decir misa. Hasta ahí todo bien. Si a Marruecos le molesta lo que pasa en España que le llore a Anasagasti. Nosotros no pedimos derecho a veto en las fiestas de Mohammed VI. Pero sí nos preocupa lo que pasa aquí. Porque —qué casualidad—, la airada carta del primer ministro marroquí contiene expresiones que parecen copiadas de un artículo que publicó el martes El País como su principal tribuna. Firmado por Ignacio Sotelo, un intelectual socialista español que el felipismo tuvo a bien jubilar de la política, el artículo aboga por entregarle a Marruecos cuanto antes Ceuta y Melilla. «Recomponer las relaciones con Marruecos», lo titula su autor. ¿Para qué recomponer si son impecables? Sotelo —como ya hizo el diplomático socialista Máximo Cajal— asume y acepta la posición y el chantaje marroquí. Está claro que Marruecos le ha cogido la medida a Zapatero. Sabe que el agónico personaje es, en su obsequiosidad, ideal para que Rabat cimente un derecho de veto sobre la normalidad de la vida en estas dos ciudades. Sabe que tiene aliados entre los socialistas que ven Ceuta y Melilla poco menos que como cuarteles de generales africanistas. A los que, si lo saben, importa un carajo que Melilla cumpla mañana 513 años de españolidad. «Si se irrita, denle. Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas. Así las cosas, se la tendrá que disputar a otros islamistas que lleguen antes.

ABC - Opinión

Afganistán. La guerra es tabú. Por Cristina Losada

Si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz.

La primera ocasión que el Gobierno concedía al Congreso para debatir sobre la guerra en Afganistán se ha perdido en gansadas, como suele pasar. Entre ellas, ha brillado especialmente la imitación de Humpty Dumpty que nos obsequiaba el portavoz del partido gubernamental. Alonso, doctor en lenguas, sostuvo que cuando un anglosajón pronuncia la palabra "guerra", no debemos de pensar que habla de una guerra de verdad. Depende. Y depende, en corto y por derecho, de lo que nuestros socialistas tengan a bien interpretar. Por ejemplo, si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz. Para saber si una guerra es una guerra basta fijarse en quiénes gobiernan y envían las tropas. Pues la cuestión no es, como pensaba la pequeña y anglosajona Alicia, "si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes". La cuestión es saber quién manda.

Aquí, mande quién mande, no se quiere reconocer de ningún modo que España participa en una guerra. Los de Ferraz recurren al eufemismo a fin de evitar que se identifique como operación bélica la que se desarrolla en Afganistán y hasta ocultan, cuanto pueden, que es la OTAN la que lleva las riendas. Pero los de Génova portan en su historial aquella "zona hortofrutícola" de Irak que describió Trillo en sus tiempos, además de la renuncia a explicar por qué nuestro país debía de apoyar la intervención contra Saddam. Ni el PP antes, ni el PSOE ahora, están dispuestos a enfrentarse a una mentalidad dominante en la sociedad. No se desea oír siquiera la palabra "guerra" y por eso los políticos no la pronuncian, salvo que puedan utilizarla en cortoplacistas juegos de oposición, como el de Zapatero contra Aznar.

Hay quien llama pacifismo a ese rechazo absoluto, suceda lo que suceda, al uso de la fuerza, pero ante todo se trata de una huida de la realidad. Las democracias no libran una guerra contra el terrorismo islámico por gusto, sino por necesidad. En lugar de formar e informar a la opinión pública para que acepte los sacrificios que entraña esa guerra, los dos grandes partidos se enzarzan en lo trivial. Ahora, Zapatero ha de protegerse, tras barreras semánticas, de los sentimientos que tanto contribuyó a sembrar.


Libertad Digital - Opinión

La defensa de Europa. Por M. Martín Ferrand

La deseable libre circulación de las personas tiene su límite en la observancia estricta de las leyes locales.

LOS diarios europeos propensos a anteponer los valores de la izquierda sobre los de la derecha, especialmente los españoles, experimentan un gozo especial, que rezuma en sus páginas, cuando tienen ocasión de zurrarle la badana a Angela Merkel y Nicolás Sarkozy. En eso, la izquierda tiende a ser más sañuda y corporativa que la derecha y, siempre en formación cerrada y excluyente, ensalza a los suyos con perjuicio para los ajenos. En estos días, el presidente francés se ha convertido en la diana preferida de quienes anteponen la justicia social a la Justicia propiamente dicha. Es cierto que Francia ha cometido un error ambidiestro, la puesta en circulación de una nota de su ministerio del Interior en la que apunta como preferente la expulsión del territorio nacional de los «gitanos rumanos» en situación ilegal. El toque xenófobo que apunta a los gitanos es impropio de la Nación que promulgó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano más de siglo y medio antes de que la ONU aprobara la de los Derechos Humanos que ahora se invoca contra Francia.

Al margen del error formal, grave si se quiere, que conlleva el señalamiento de los gitanos, Europa tiene la necesidad de defenderse. Cuando la comisaria de Justicia de la UE, Viviane Reding, manifiesta su «profunda irritación» por la conducta del Gobierno francés no añade en su crítica, en su condición de luxemburguesa, una invitación a los gitanos que Francia ha expulsado para instalarse en Luxemburgo. La deseable libre circulación de las personas, el espíritu que defiende el Acuerdo de Schengen, tiene su límite en la observancia estricta de las leyes locales por parte de todos sus beneficiarios desde el principio de mutua aceptación con quienes proceden de otros espacios, creencias y civilizaciones.

Europa tiene la necesidad, y el deber, de defender los fundamentos de su propia grandeza, su identidad cultural y sus legítimos intereses económicos. La competencia desleal que, en la industria y el comercio, viene de Oriente; la agresión de ideas y creencias contradictorias con las que fundamenta la Unión y el oportunismo delictivo de personas y grupos que, amparados por la Ley, burlan la Ley, son situaciones que Europa debe evitar. Sin atisbos de racismo o xenofobia, pero sin complejos de falso progresismo. Francia ha hecho mal, muy mal, al engañar a la Comisión Europea; pero hizo bien, muy bien, cuando puso en la frontera a quienes, sin respeto a lo establecido e independientemente de su perfil étnico o su origen nacional, actuaban como okupasy se ponían por montera el Código Penal, el Civil e, incluso, el de Circulación.


ABC - Opinión

Sucesión de ZP. Operación Rubalcaba: toda la verdad. Por José García Domínguez

Un imposible metafísico, ése de su desembarco en La Moncloa, que se apoya en tres poderosas razones de Estado, tres anatemas que a nadie versado en alta política se le escaparán. A saber, el primero es calvo, el segundo viejo y el tercero feo.

Creo recordar que era Stefan Zweig, aunque puede que fuese otro, quien recomendaba recalar en las librerías de cada nuevo país visitado si uno quería descubrir la fibra moral de sus nativos. En el caso español, sin embargo, tal propósito sólo se alcanza observando con la atención debida a los maniquís de la planta de caballeros de El Corte Inglés. Para quien sepa leerlo, el diagnóstico clínico de nuestro espíritu colectivo está escrito en esa colección de trajes vacíos, sonrisas petrificadas, decididos ademanes ficticios y eufórico dinamismo inmóvil. De ahí, por cierto, lo muy peregrino de las fantasías periodísticas que ahora quieren ver a Rubalcaba, Solana, o incluso a don José Blanco, pilotando lo que se ha dado en llamar poszapaterismo. Y es que ninguno de ellos alberga la más remota posibilidad de encabezar la sucesión.

Un imposible metafísico, ése de su desembarco en La Moncloa, que se apoya en tres poderosas razones de Estado, tres anatemas que a nadie versado en alta política se le escaparán. A saber, el primero es calvo, el segundo viejo y el tercero feo. Rubalcaba, el Judas más invocado en las fabulaciones gnósticas, adorna su intrigante personalidad con los supremos atributos civiles de la Galaxia Gutenberg, esto es, del Pleistoceno. Así, se le sabe formado, leído, inteligente, astuto, discreto, prudente y bregado en mil batallas. Mas, como ya se ha denunciado ahí atrás, sufre de alopecia galopante, un estigma inadmisible para las erráticas audiencias televisivas de hoy.

E igual cabría decir de su par Solana. El pueblo soberano bajo ningún concepto admitiría al mando de la nave a un hombre con su currículum académico, su experiencia nacional e internacional y sus... arrugas. Aquí, es sabido, Ronald Reagan jamás habría llegado a concejal de abastos en Betanzos. Para las cosas serias, la ciudadanía, como gustan decir los cretinos, prefiere a becarios que luzcan bonito en los planos cortos, llámense Adolfo Suárez, Felipe González o José Luis Rodríguez. Recuérdese al respecto a aquel jefe de la leal oposición, cierto Manuel Fraga, infinitamente más preparado que González e incapaz, no obstante, de batirlo en el terreno siempre ful de los medios audiovisuales. ¿Quién será el heredero, entonces? En el escaparate de la tienda de Serrano habita la respuesta.


Libertad Digital - Opinión

Liberales y liberados. Por Ignacio Camacho

Aguirre ha irrumpido con espontáneo ardor thatcheriano en el pleito fratricida de la izquierda.

POR los amplios márgenes de ambigüedad del discurso contemplativo de Rajoy ha irrumpido Esperanza Aguirre con el ardor thatcheriano y liberal de su propuesta contra los liberados sindicales, tan objetivamente razonable como acaso estratégicamente inoportuna. En las vísperas de la huelga general, que es un conflicto al fin y al cabo fratricida entre los sindicatos y el Gobierno —aunque más bien parece una pelea de guante blanco—, la presidenta madrileña se ha metido por medio de las trincheras abiertas en la izquierda ofreciendo a las partes en discordia un blanco perfecto para su fuego concentrado. Con las pocas ganas que tienen de discutir entre ellos, lo que les hacía falta era un pretexto para olvidarse de su pleito sociolaboral en torno a un enemigo común que Aguirre les ha proporcionado de forma espontánea. Los tímidos gritos de «Zapatero dimisión» que empezaban a brotar de las filas sindicales se han vuelto de repente contra el rival que más les gusta, una derecha a la que no sabían cómo implicar hasta que se ha enredado ella sola. Esperanza les ha tocado de verdad la fibra sensible, la de las cosas de comer, y si no fuese porque ya han convocado la huelga contra la política de ajuste gubernamental se la acabarían haciendo a su fetiche favorito. Raro será que no la saquen en el próximo vídeo del Chikilicuatre.

En términos objetivos, la iniciativa aguirrista es impecable y conecta con un clamor creciente contra el abuso de las prerrogativas sindicales, especialmente irritantes en tiempos de precariedad laboral y crisis económica. Si acaso tiene un punto débil es que ese abuso se ha producido —sobre todo en la Administración— con la anuencia de todos los partidos, incluido el PP, que han preferido ponerse a bien con los sindicatos haciendo la vista gorda ante el sobredimensionamiento evidente de la bolsa de liberados. A Aguirre le duele de forma especial porque la muy sindicalizada función pública se ha convertido en el ariete socialista contra su propia gobernanza. Su intención de poner pie en pared está cargada de razón aunque quizá ha elegido mal el momento, entregando al adversario una impagable baza de distracción de opinión pública.

El gran problema de los convocantes de la huelga es su escasa convicción, su escrúpulo ideológico y político por tenerle que organizar una «putada» al Gobierno hermano, y esta irrupción inesperada les permite olvidarse de sus diferencias para converger en el victimismo frente a la derecha. El zapaterismo suspira aliviado —literalmente liberado— ante la posibilidad de compartir el desgaste. Y Rajoy se da cabezazos contra la pared: para una vez que había en este país un jaleo del que nadie le echaba la culpa lo han metido desde sus propias filas en una batalla que pensaba ganar sin involucrarse.


ABC - Opinión

El viaje de Rajoy y las facturas pendientes de ZP con Marruecos. Por Federico Quevedo

El líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, viajó ayer por la tarde a Melilla donde hoy va a ser recibido por el presidente de esta ciudad autónoma, Juan José Imbroda. En circunstancias normales esto no tendría mayor relevancia, pero ayer el Gobierno de Marruecos montó en cólera y acusó al líder del PP de “provocación”.

Si este fuera un país normal, y cuando digo normal me refiero a una democracia consolidada en la que se respetan las reglas del juego y, sobre todo, las libertades y derechos de sus ciudadanos, incluida la libertad y el derecho para moverse por el territorio nacional, y esa libertad y ese derecho estuvieran protegidos como debieran por el Estado, lo lógico hubiese sido que, de inmediato, el Gobierno y, sobre todo, su representante en lo que a la política exterior se refiere, Miguel Ángel Moratinos, salieran en defensa de ese derecho y de esa libertad del señor Rajoy para viajar a una ciudad española cuando le venga en gana y por las razones que le parezcan oportunas. Pero no. Este es un Gobierno de cobardes, malditos cobardes, que se baja los pantalones ante todo sátrapa-caudillo-dictador que pueble la tierra, a costa de la dignidad nacional y nuestro orgullo como país.

Verán, lejos de cumplir con su obligación como titular de Exteriores y, por lo tanto, como defensor de los derechos y las libertades de nuestros ciudadanos, entre los que se encuentra nuestros dirigentes políticos, dentro y fuera de nuestras fronteras, lo que ha hecho Moratinos es aún más grave: ha amenazado al PP.


El martes por la tarde, sin ir más lejos, lo hizo en el Senado ante una interpelación del portavoz de Exteriores, Alejandro Muñoz Alonso, a quien le dijo, textualmente, que en Marruecos “toman nota” de la actitud del PP, y le reprochó que su partido critique las violaciones de los derechos humanos que se practican en aquel país. Lo dije una vez, cuando las agresiones y torturas a los activistas españoles, y lo reitero: me alegro de que de una vez por todas los progres comprueben hasta donde llega la doble moral de este Gobierno y su cobardía vergonzante cuando se trata de defender los derechos humanos en lugares como Marruecos o Cuba.

Si se tratara de Chile o Argentina en tiempos de la dictadura, otro gallo cantaría. Pues bien, según Moratinos, Marruecos toma nota… Y eso, ¿qué significa? Porque la experiencia dice que las ‘notas’ que toma Marruecos suelen tener consecuencias a veces muy dolorosas, y si fuera así cabría recordarle en el futuro a Moratinos sus palabras, cargadas de la demagogia totalitaria y sectaria a la que ya nos tiene acostumbrados.

Miren, lo que va a hacer hoy Mariano Rajoy es lo razonable: defender nuestra dignidad nacional ante lo que este verano ha sido una campaña vergonzante y vergonzosa de acoso por parte de las autoridades marroquíes a nuestras policías, a los ciudadanos de ambas plazas –Ceuta y Melilla- y a aquellos que libremente han elegido el camino de la defensa de los derechos de los saharauis. De eso de defender derechos sabía mucho, antes, un tal Rodríguez, que ahora se esconde debajo del turbante de Mohamed VI para no tener que dar explicaciones por su actitud humillante ante un dictador y un sátrapa que permite que en su país se violen constantemente los derechos humanos.

Pero, fíjense hasta donde llega la doble moral y el doble lenguaje de este Gobierno, que el mismo Moratinos que hace unos meses defendía el derecho de la ‘flotilla’ a invadir aguas territoriales israelíes para llevar, supuestamente, ayuda a los palestinos y protestar por su situación, violando la normativa y las leyes de Israel, ahora dice que los activistas españoles a los que la policía marroquí torturó este verano tenían que haber respetado esas mismas normas y leyes porque venían de Rabat. ¡Ah! Que si son de Rabat, si valen, pero si son de Tel Aviv, no. Impostura, engaño, mentira y cobardía. Pura cobardía. Humillante y vergonzante cobardía.

Ahora resulta que es Rajoy el que ha ‘provocado’ a Marruecos. No han sido ellos, claro, los que nos han estado provocando durante todo el verano, que va. Eso era lo normal. Que insultaran y vejaran a las policías españolas, eso no es denunciable porque como, además, forma parte de su cultura tratar a la mujer como si fuera un espantajo, hay que respetarlo… ¡No te j…! ¿Y nos tenemos que aguantar, y quedarnos tan tranquilos? Pues a lo mejor resulta que no nos da la gana. A lo mejor resulta que muchos nos seguimos preguntando qué precio está pagando Rodríguez a Marruecos y porqué, y si al final de todo esto va a resultar que más de seis años después todavía seguimos pagando las facturas de cuando Rodríguez llegó al Gobierno en marzo de 2004 y como lo hizo, y si todo eso tiene algo que ver con el resurgimiento de la amenaza de Al Qaeda contra España y la reavivación de las llamadas fanáticas a la ocupación de Ceuta y Melilla, como primer paso para la particular reconquista de Al Andalus.

Moratinos y Rodríguez tienen que dar muchas explicaciones, pero siguen escondiéndose tras el caftán del monarca alauita.


El Confidencial - Opinión

Suicidas contra España

El terrorismo islamista ha demostrado que su voluntad de destruir la democracia no es un medio para alcanzar un objetivo, sino que constituye un fin. La amenaza es global y obliga a los gobiernos y a las sociedades que se encuentran en el punto de mira a asumir sacrificios con la determinación de aquellos que saben que evitan daños mayores. En España conocemos el grado de dolor que la violencia indiscriminada puede causar. En la memoria, los atentados del 11 de marzo nos recuerdan hasta dónde pueden llegar estos enemigos de la libertad. Para quienes pretenden relativizar la amenaza, Al Qaida ha señalado a España como objetivo de sus ataques. Para aquellos que aún vacilan, pese a todo, o piensan que la guerra contra el terrorismo debe ser cosa de otros, LA RAZÓN publica hoy en exclusiva que la rama magrebí de Al Qaida, la misma que secuestró a tres cooperantes españoles en Mauritania, adiestra a terroristas suicidas para atentar en nuestro país. Un dato relevante es que este grupo dispone de la financiación suficiente para desarrollar sus planes criminales, lo que refuerza la convicción de que la cesión a los chantajes terroristas y el pago de rescates siempre arrastran consecuencias amargas. España dispone de unos magníficos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, que han demostrado su eficacia contra las redes islamistas. Debemos confiar en ellos, por lo que no se trata de provocar un alarmismo desproporcionado, pero sí de concienciar a la opinión pública sobre los esfuerzos que nos exige a todos la lucha contra ese enemigo real, el mismo que es capaz de sembrar el terror en nuestras calles y de asesinar a tres españoles en Qala i Naw. Precisamente, Afganistán ha sido una prueba de obstáculos exigente y dolorosa para verificar nuestro grado de convicción colectivo en ese combate contra el terrorismo internacional. Aquella guerra nos ha exigido enormes sacrificios en el pasado y muy probablemente lo hará en el futuro. Los dos principales partidos demostraron ayer en el debate parlamentario sobre la guerra en el país asiático que su respaldo esencial a la misión militar se mantiene y que España no saldrá de allí «mientras estén en peligro la seguridad del país y de la región, la seguridad global y la seguridad de los españoles», en palabras de Zapatero. Un gesto de responsabilidad tanto del presidente como del líder de la oposición, más allá de que la contienda se mueva en la incertidumbre o que la falta de una planificación realista del conflicto parezca conducirlo a un callejón sin salida. Pero también hubo diferencias de calado. Mariano Rajoy denunció con razón la opacidad informativa del Gobierno y la falta de un trabajo pedagógico que ha provocado un creciente rechazo popular a la presencia de las tropas españolas. En efecto, el Gobierno ha cometido errores de envergadura, como insistir contra la fuerza de los hechos de que estábamos ante una misión humanitaria u ocultar buena parte de la verdad sobre la suerte de nuestras tropas. Ahora esperamos que cumpla con los compromisos internacionales y se mantenga firme en la convicción de que la libertad de los españoles se juega también a miles de kilómetros del país.

La Razón - Editorial

Afganistán: comparecer para no informar

Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganar esa guerra cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con el discurso más propio de una ONG que el que debería animar y llevar a cabo una misión militar.

El tan esperado pleno del Congreso dedicado a Afganistán y a nuestra presencia militar en aquel país ha servido para poner de manifiesto que Zapatero no está dispuesto a informar ni cuando tardíamente comparece, se supone que para hacerlo. Ya no es sólo que el presidente del Gobierno haya dejado por enésima vez de manifiesto su tozuda renuencia a reconocer que allí nuestros soldados están participando en una guerra, es que también se ha negado a informar con claridad y detalle por qué nuestras tropas lo están haciendo, contra quién estamos combatiendo, qué valores estamos defendiendo, cuáles son los objetivos de nuestra misión, cuál es el nivel de coordinación con nuestros aliados y hasta dónde estamos dispuestos a llegar con ellos.

El presidente del Gobierno no ha respondido más que con vaguedades a estos y otros muchos decisivos interrogantes, no todos ellos planteados por el líder de la oposición. Así, asegurar que "seguiremos haciendo todo lo posible para que pronto llegue el día en que nuestras tropas puedan abandonar el territorio afgano con la plena satisfacción del deber cumplido" está bien, siempre y cuando nos diga previamente, de forma concreta y clara, cuál es ese "deber que hay que cumplir". Referirse a él con inconcretas referencias a la "seguridad" o a la "estabilización del país" en nada lo esclarece, como tampoco lo hacen las referencias al terrorismo islámico, que parecían más destinadas a reforzar la versión oficial respecto a la autoría del 11-M que a otra cosa.

A este respecto no podemos dejar de manifestar nuestra sorpresa al ver cómo quienes dan por incontestable la autoría islamista de ese atentado, y la han utilizado para justificar nuestra precipitada retirada de Irak, la saquen ahora a colación para justificar nuestra permanencia en Afganistán. ¿Es que Zapatero aspira para Afganistán algo distinto a lo que no ha contribuido a lograr para Irak?

Somos los primeros, con independencia de la desacreditada versión oficial del 11-M, en advertir que el terrorismo islámico es una amenaza para todo el mundo libre y que Afganistán es un campo en el que hay que librar esa guerra. Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganarla cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con un discurso más propio de una ONG que el que debería animar una misión militar.

También nos ha llamado la atención que Zapatero no respondiera –ni Rajoy planteara la pregunta– sobre el grado de coherencia de luchar contra el terrorismo islámico en Afganistán, cuando además de satisfacerlo en Irak, nuestro Gobierno lo está financiando con el pago de rescates en el Sahel. Como valientemente ha denunciado Rosa Díez: "Para liberar a uno de los nuestros no se puede pagar a los que asesinan a otros de los nuestros".

El caso es que, visto lo visto, es imposible hacerse una idea sobre cuáles son los planes para Afganistán de nuestro Gobierno ni a corto ni a medio plazo ni lo que va a proponer nuestro país en la próxima cumbre de la OTAN en Lisboa. Respecto los irresponsables anuncios de retirada norteamericana, posteriormente matizados por el Gobierno de Obama, Rajoy ha estado muy acertado al advertir que "o bien los objetivos se olvidan de los plazos, o los plazos obligarán a olvidar los objetivos". El problema es que el nihilista de Zapatero no tiene claro ni los plazos ni los objetivos de nuestra presencia militar en Afganistán.


Libertad Digital - Editorial

Guerra en Afganistán

Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite.

DESPUÉS de cinco años, con un balance de 94 bajas y casi 1.600 soldados desplegados, Rodríguez Zapatero se dignó ayer a comparecer ante el Congreso de los Diputados para explicar el punto de vista del Gobierno sobre la misión de las Fuerzas Armadas en Afganistán. El presidente mantuvo ante la Cámara una postura ambigua, apelando a una genérica lucha contra el terrorismo global y asegurando que España seguirá allí hasta que la operación de la OTAN agote sus objetivos. La opinión pública merece explicaciones rigurosas en una cuestión de Estado que Mariano Rajoy abordó una vez más con realismo y sentido de la responsabilidad. A pesar del apoyo de una oposición capaz de situarse al margen del partidismo, el jefe del Ejecutivo mostró su faceta más oportunista, cuyo único objetivo es salir del paso «como sea». Las disquisiciones lingüísticas del propio Rodríguez Zapatero y del portavoz socialista para no utilizar la palabra «guerra» son fiel reflejo de un planteamiento absurdo que supone una falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos. El presidente utilizó todo tipo de circunloquios, como «escenario bélico» o «escenario caracterizado por la violencia y el conflicto», y José Antonio Alonso rozó el despropósito con la imaginaria distinción entre el uso de los términos «war» en inglés y «guerra» en español. Nuestros soldados sufren agresiones continuas y corren cada día serios peligros en un territorio hostil. Merecen por ello un apoyo político al más alto nivel, sin convertir esa genuina misión de guerra —elogiada recientemente por el general Petraeus— en una supuesta acción humanitaria y solidaria, al gusto de la retórica gubernamental.

A estas alturas, la dialéctica del contraste entre Irak y Afganistán demuestra un sectarismo ideológico y una preocupante falta de madurez en materias muy delicadas. Las democracias occidentales luchan contra un desafío a gran escala, y para afrontarlo con garantías de éxito es preciso tener las ideas claras y llamar a las cosas por su nombre. Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite en la situación actual. España y sus aliados luchan en Afganistán a favor de la libertad y en contra del fundamentalismo que sirve de coartada ideológica al terrorismo universal. El sacrificio heroico de los soldados españoles merece que el Gobierno reconozca esa realidad, y no pretenda ocultar la evidencia a base de falacias sin sentido.

ABC - Editorial

Las vacaciones de Toxo

Hoy publica La Gaceta en portada, una foto del Secretario General de Comisiones Obreras mientras preparaba la Huelga General en un crucero de lujo por el Báltico. «Ciudadanos en la Prensa», está en condiciones de confirmar la noticia (la conocía desde el 20 de Agosto) y para ello aporta su propio documento gráfico (foto de la derecha), conseguido por uno de sus corresponsales a bordo en el citado crucero. (¡Menudo nivel que nos gastamos!).

Nuestra corresponsal escribió:
«Si, reaparece con una barbita canosa típica de intelectual, es él. Ya os digo que no era fácil confirmarlo porque se escondía detrás de las columnas en los sitios donde había más posibilidad de encontrarlo. Pues, allí estaba, y por el lugar que ocupaba en las mesas con las vistas más privilegiadas, iba en una suite fetén. Seguro que estuvo todo el tiempo pensando en los cuatro millones y medio de parados, sufriendo muchísimo y sintiéndose solidario con ellos según entraba por el puerto de San Petersburgo, aspirando los aromas revolucionarios que se pudieran esconder entre grúa y grúa y saltándosele las lágrimas al ver las letras gigantes en las que, todavía hoy, se identifica el nombre de LENINGRAD».
Nuestra corresponsal es entrevistada por «esRadio».



Portada de La Gaceta

La noticia en Libertad Digital

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Un ejemplo para todos. Por José María Carrascal

Nadal nos advierte que el único camino para la excelencia es la humildad, la perseverancia y el trabajo.

ES la segunda vez este año que escribo sobre Rafael Nadal. Pero Rafael Nadal escapa ya del marco deportivo para instalarse en el mucho más amplio del social. No es que gane torneos y trofeos como ningún otro atleta español de la historia. Es cómo los gana. No a base de unas facultades físicas portentosas, ni de unas condiciones naturales privilegiadas para el tenis, aunque posee suficientes para destacar. Pero hay tenistas, como Djokovic, que parecen haber nacido con una raqueta en la mano, y otros, como Federer, con un hada madrina aficionada a ese deporte. Mientras Nadal ha tenido que ganarse todo eso a pulso. Diestro de nacimiento, aprendió a jugar con la izquierda para adquirir la ligera ventaja de los zurdos. Acostumbrado a la tierra batida, no ha parado hasta dominar también la hierba y el cemento. Su saque no era nada del otro mundo, pero consciente de la importancia del primer golpe, hoy saca a más de 200 kilómetros por hora. Todo ello a base de esfuerzo, trabajo, dedicación y lesiones, que han causado estragos en su cuerpo y le han tenido meses apartado de las pistas. Pero ha valido la pena. Rafael Nadal es hoy un jugador completo, en todas las superficies y contra todo tipo de rivales. Un día, naturalmente, dejará de ser el número uno. Pero no porque él haya abandonado el camino que se trazó bajo la dirección de su tío Tony: los triunfos hay que ganarlos luchando por cada punto como si fuera el decisivo y considerando a cada rival como si fuera el más peligroso. Aparte de un ansia enorme de crecer, de ampliar tu juego, de no conformarte nunca con el que vienes practicando, por éxitos que le haya reportado, sino perfeccionándolo todo lo posible.

Rafael Nadal se ha convertido en motivo de orgullo para todos los españoles. Pero debiera también convertirse en ejemplo para un país que desprecia el esfuerzo, rinde culto a la holganza, se ríe del mérito, busca los atajos y echa siempre a los demás la culpa si las cosas salen mal, mientras se tumba a la bartola si van bien.

Tras el primer descalabro de la selección nacional de fútbol, campeona del mundo, y haber perdido el título la de baloncesto, Rafael Nadal nos advierte, no con palabras, sino con hechos, que el único camino para la excelencia es la humildad, la perseverancia, el trabajo diario y la firme voluntad. Si gana partidos contra tenistas con más facultades que él es porque tiene más voluntad de ganar que ellos. Porque el tenis no se juega sólo con los brazos y las piernas, se juega también con la mente y el corazón. Como todo en esta vida. Oigo por ahí decir a muchos: «Menos mal que nos queda Nadal». Mi pregunta es. ¿Nos lo merecemos?


ABC - Opinión

Parados. La crueldad semántica de ZP. Por Pablo Molina

El relativismo intelectual sólo funciona con el estómago lleno y las facturas pagadas. Por eso el optimismo de Zapatero resulta cada vez más un alarde grotesco para disimular unas carencias insalvables a estas alturas del metraje.

A José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno de España mientras Rubalcaba y Blanco no decidan lo contrario, cabe atribuirle el mérito de ser el personaje más desvergonzado políticamente que ha dado nuestro país, lo que ya es mucho tratándose de una tierra que nos ha regalado personajes como esos mismos que usted tiene ahora mismo en mente.

Incapaz de hacer nada útil para solucionar los gravísimos problemas que él mismo ha creado, Zapatero no tiene inconveniente en pervertir el lenguaje para adaptar la realidad a sus designios. Los parados no están en el paro sino trabajando por el país, los nacionalistas no quieren someter al resto de los españoles a un régimen de vasallaje bajo la amenaza de independizarse sino contribuir al desarrollo de la España plural, Cuba no es una dictadura siniestra sino un país que avanza en las reformas democráticas y Moratinos es un excelente ministro de Asuntos Exteriores. Esos son sólo algunos ejemplos de la manera en que se conduce intelectualmente nuestro optimista antropológico.


Ocurre sin embargo que los parados no quieren "trabajar por el país" sino hacerlo para sus familias cobrando un salario decente, a los nacionalistas periféricos les importa un carajo la España plural, en Cuba se sigue persiguiendo la libertad como hace cincuenta años y Moratinos tiene el mismo prestigio fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas.

Los trabajadores que han perdido su empleo y las familias que se están viendo sin hogar van a encontrar escaso consuelo en la forma en que ZP ha definido su situación, porque "trabajar por el país" sin cobrar nada más que un triste subsidio no soluciona los problemas a los que deben hacer frente de forma cotidiana.

Y es que el relativismo intelectual sólo funciona con el estómago lleno y las facturas pagadas. Por eso el optimismo de Zapatero resulta cada vez más un alarde grotesco para disimular unas carencias insalvables a estas alturas del metraje, con el insulto añadido a sus víctimas en lo que constituye un gesto de crueldad innecesario. Eso en el código penal constituye "ensañamiento", y es un agravante.


Libertad Digtal - Opinión

Rumbo a la Moncloa. Por M. Martín Ferrand

La clave del nacionalismo catalán, su esencia, es el afán diferencial frente a los distintos pueblos españoles.

LA obsesión electoral que tiene secuestrada la inteligencia operativa de los partidos políticos españoles, grandes y pequeños, convierte al próximo 28 de noviembre en el máximo foco de atención política en el curso que ahora empezamos. Es cierto que las autonómicas catalanas, con el presumible fracaso de PSC, marcarán un punto de inflexión en la política general del Estado, pero hay otras urgentes y relevantes cuestiones que debieran ser prioritarias para el partido del Gobierno y para los de la oposición. José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy estarán en Cataluña el próximo fin de semana; el primero en la Fiesta de la Rosa que, en Gavá, es un clásico del socialismo catalán y el segundo tiene en su agenda la visita a unas cuantas casas regionales en Barcelona. Si la humildad es una virtud, Rajoy resulta canonizable, pero no es ese el camino que puede incrementar sustancialmente la presencia del PP en el Parlament.

Tampoco parece un buen camino para merecer la confianza del electorado catalán anteponer la descalificación del adversario a la propuesta de las iniciativas propias. Alicia Sánchez-Camacho, máxima sacerdotisa del PP en Cataluña y personaje propicio a los dichos inconsistentes y provocativos, ha dicho que Artur Mas «pretende convertirse en el Ibarretxe catalán». ¿Es así como diseñan los estrategas de la gaviota un plan de acercamiento a CiU por si las circunstancias resultaran propicias y, por primera vez en su historia, el PP llegara a ser una fuerza determinante para la gobernación de Cataluña? Sánchez-Camacho es una señora muy rara que no solo cambia de cara en cada una de sus apariciones públicas, sino que emite mensajes que, en principio, no parecen concordantes con lo que puede suponerse que sería su interés personal y partidista.

La clave del nacionalismo catalán, su esencia, es el afán diferencial frente a los distintos pueblos españoles. Incluso a los muy soberanistas les interesa más ser diferentes que independientes. De ahí el error del «café para todos» con que se cerró el Título VIII de la Constitución. Si algo puede ofenderle a Mas es una comparación con Ibarretxe que, además, no fue lendakari en una dimensión distinta de lo que lo es hoy Patxi López. Si Antonio Basagoiti hubiera jugado sus cartas como hoy lo hace Sánchez-Camacho, el resultado vasco hubiera sido diferente. Como diferentes son los líderes del PP en ambas autonomías. Uno es un político sólido, con idea de España y del servicio a sus votantes, y la otra parece una estrella mediática a la busca de un titular. Mal asunto para un PP que inicia en Cataluña su reconquista de La Moncloa.


ABC - Opinión

Imposición lingüística. Lágrimas de cocodrilo nacionalista. Por José García Domínguez

Así, sin consideración ni deferencia alguna a su rango y posición, deberán pagar la bula lingüística hasta ahora reservada en exclusiva a dependientes, subalternos, oficinistas y demás ralea del tercer estado. Como si ya no hubiera clases. ¡Intolerable!

Me cuentan que algunos ilustres catalanistas, fervientes patriotas de esos que sólo conceden hablar en castellano con la chacha, andan ahogados en un mar de lágrimas de cocodrilo a cuenta del nivel C. Y es que, en un insólito alarde de grosería, al Tripartito se le ha ocurrido exigirles también a ellos, los dueños y señores de la finca, un salvoconducto gramático con tal de poder ejercer la docencia universitaria. Sin ir más lejos, y como si de un vulgar emigrante andaluz se tratase, al ínclito Xavier Sala i Martín, entre otras lumbreras domésticas, le quieren hacer pasar por el tubo de San Pompeu Fabra. Así, sin consideración ni deferencia alguna a su rango y posición, deberán pagar la bula lingüística hasta ahora reservada en exclusiva a dependientes, subalternos, oficinistas y demás ralea del tercer estado. Como si ya no hubiera clases. ¡Intolerable!

No es de extrañar, pues, que la indignación entre las fuerzas vivas de Liliput resulte colosal a estas horas. ¿A quién se le ocurre, por lo demás, pretender que el catalán, lengua propia de la Universidad merced al voto tan unánime como entusiasta del los claustros, se convierta en la lengua propia de los universitarios? Socializados en el jocoso compadreo con el tartufismo, han tardado exactamente treinta años en descubrir que la broma, para su asombro, iba en serio. Tan en serio que afamados doctores en física nuclear, innúmeros microbiólogos marinos y una legión de ingenieros de telecomunicaciones, amén de algún payaso de Micolor amamantado en las ubres pujolistas, deberán volcarse desde ya en el estudio de la ortografía y sintaxis vernácula.

Perentorio cometido que los llevará, entre otros gozosos empeños, a un exhaustivo análisis de su riqueza dialectal, desde las variantes propias de los arrozales del Delta del Ebro hasta las peculiaridades fonéticas del menorquín. Instrucción de la que, naturalmente, deberán rendir cuenta ante el preceptivo tribunal evaluador. ¿A qué vendrá, sin embargo, tanto crujir de dientes? ¿Qué se fizo de aquellos apóstoles de la normalización del prójimo? ¿Qué fue de tan eufóricos inmersores de la plebe? ¿Tal vez no recuerdan que la proscripción del español garantiza el preciado tesoro de la cohesión social? ¿Acaso no les place su propia medicina? En fin, menos lloriqueo y a hincar los codos.


Libertad Digital - Opinión

El español ideal. Por Ignacio Camacho

Nadal es el epítome del español moderno en el que nos gustaría reflejarnos, la imagen de cómo quisiéramos ser.

LO mejor del deporte es su utilidad como pedagogía del esfuerzo. En una época de políticas indoloras, ideologías fáciles, principios cómodos y pensamiento débil, enseña que el éxito no tiene atajos y pone en valor el esfuerzo, la constancia y el mérito. No hay campeones casuales ni héroes improvisados; en la alta competición no existe la especulación de capitales ni prevalece el enchufismo. Detrás de cada medalla, de cada título, de cada trofeo, hay años de entrega y entrenamiento, una larga lucha en soledad contra el tiempo, la rutina y el desánimo. En la sociedad del triunfo rápido y las plusvalías inmediatas, el deporte es una metáfora del sacrificio, del trabajo, de la energía y del coraje.

Rafael Nadal cae bien porque representa ese espíritu de superación, entereza y compromiso. Sin la arrogancia malhumorada y excéntrica de otros triunfadores, es un campeón humilde y generoso que se ha ganado el respeto de sus rivales y la admiración de un público para el que nunca tiene el mal gesto de los divos caprichosos. En el imaginario popular Nadal es el hijo ideal, el novio ideal, el yerno ideal, el amigo ideal, el tipo del que todo el mundo quisiera presumir de tener cerca. Y lo tenemos cerca, en realidad, porque hace una sencilla profesión de españolidad sin aspavientos y pasea por el mundo su identidad nacional con una naturalidad desacomplejada y anticonflictiva que refuerza ese perfil de simpatía cercana que lo ha convertido en una figura sin rechazo, capaz de un logro tan difícil como hacerse perdonar el éxito en un país donde la envidia es el pecado capital de más arraigo.

Este Nadal es el epítome del español moderno en el que a todos nos gustaría reflejarnos, el que proyecta una imagen colectiva de cómo quisiéramos ser. Pero ese reflejo resulta más aspiracional que objetivo porque detrás de su formidable carrera entre cumbres hay una trayectoria de esfuerzo y voluntad, de empeño callado y perfeccionamiento afanoso que no identifica exactamente a esa cierta España real del ventajismo y el arrime, del amiguismo y la picardía, de la subvención y la prebenda. Nadal es un campeón hecho a sí mismo a base de sudor y dolores, sin favoritismo ni ayudas, sin escaqueos ni excusas. Nadal es una obsesión de progreso dominada por el impulso unívoco de ser el mejor, ajena al desistimiento y al conformismo, a la uniformidad mediocre que caracteriza nuestro sistema educativo, nuestra escena pública y nuestro paisaje social. Nadal es un ejemplo de los valores individuales que a menudo abandonamos en la inercia complaciente, acomodaticia y pasiva de los privilegios de casta, de secta o de grupo. Quizá por eso le admiramos y le queremos: porque significa aquello que acaso podríamos ser como país si nos atreviésemos.


ABC - Opinión

Demasiados liberados

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, anunció ayer en su discurso sobre el estado de la Región que realizará un ajuste de los liberados sindicales al mínimo que marca la Ley, como una más de las medidas de austeridad que se ha propuesto aplicar para reducir los gastos en un 10% adicional. De este modo, la plantilla sindical liberada en la Administración madrileña se recortaría en dos mil miembros, lo que supondrá un ahorro anual superior a los 70 millones de euros. A falta de una información más detallada por parte de la presidenta regional, la iniciativa es perfectamente plausible, parece ajustada a la Ley y, en consecuencia, de ningún modo cabe acusarla de cercenar los derechos de los trabajadores. Más aún, deberían ser los propios sindicatos los que se adelantaran al Gobierno madrileño con una propuesta de austeridad y de ahorro en este terreno. El prestigio de los sindicatos no atraviesa precisamente por sus mejores momentos, sobre todo en la capital española, que aún no se ha recuperado de las huelgas salvajes del Metro perpetradas en julio pasado. La ciudadanía tiene la impresión de que las centrales UGT y CC OO, que han devenido en maquinarias burocráticas engrasadas por subsidios, subvenciones y otras sinecuras pagados con dinero público, se han dedicado a defender sus propios intereses corporativos, y mientras casi todos los sectores laborales han sufrido fuertes ajustes salariales, ellas no han tenido a bien reducir sus ingentes presupuestos. Si los que se erigen como representantes de los trabajadores no dan ejemplo de austeridad y no se ajustan el cinturón, es comprensible que su credibilidad esté en mínimos históricos. Ese esfuerzo ahorrador es especialmente necesario en las Administraciones y Empresas Públicas. No se entiende que los funcionarios estén soportando una rigurosa reducción de sus salarios impuesta por el Gobierno de la nación y los dirigentes sindicales no hayan arrimado el hombro recortando razonablemente los efectivos y las horas dedicados a las labores representativas. El número de liberados y delegados, así como los horarios que se han reservado, son a todas luces excesivos, hipertrofiados y reiterativos. El coste de todo ello es desmesurado, pues si sólo en la región madrileña sobran dos mil liberados y se pueden ahorrar más de 70 millones de euros, ¿qué no sucederá en comunidades autónomas donde gobierna la izquierda desde hace décadas, como Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura? Lo mismo vale, por supuesto, para el resto de las regiones, gobierne quien gobierne. No sería descabellado afirmar que el ahorro total superaría los mil millones de euros anuales. En todo caso, hay que reconocerle a Esperanza Aguirre el coraje y la determinación que ha demostrado al abordar una reforma que solivianta a los «intocables» sindicatos y que será aprovechada por el PSOE para atacarla y congraciarse con los dirigentes sindicales. Ni que decir tiene que otros gobiernos autonómicos están pendientes de la evolución de la inciativa madrileña, pero mientras tanto deberían realizar sus propios cálculos domésticos y comprobar si, como sucede en Madrid, el número de liberados sindicales es el doble del que exigen las leyes y si el ahorro merece la pena de enfrentarse a una casta de privilegiados e insolidarios.

La Razón - Editorial

Aguirre planta cara a los caraduras

Que existan tres veces más liberados que los que marca una legislación ya de por si laxa no sólo es una rémora para la creación de puestos de trabajo productivos y para el desarrollo económico del país, sino que constituye una auténtica injusticia social.

Esperanza Aguirre no se ha dejado amedrentar por los improperios que le han dirigido los sindicatos y los partidos de izquierda desde que se supiera su intención de reducir drásticamente el escandaloso número de liberados sindicales que, con la excusa de representar y defender a los trabajadores, se dedican, en realidad, a vivir de ellos.

Si desde UGT Cándido Méndez ha comparado la pretensión de Aguirre nada menos que con la del pastor Terry Jones de quemar el Corán, desde el Gobierno socialista la vicepresidenta Fernández de la Vega la ha considerado como "un ataque directo a los trabajadores". El líder del PSM, Tomás Gómez, ha aludido incluso al origen familiar de la presidenta madrileña al afirmar que "si fuese hija de dos trabajadores de Bosch o de Peugeot, seguro que entendería que los sindicatos son importantes".


Lo cierto es que la pretensión de Aguirre no es más que un ataque a supuestos "trabajadores" que, en realidad, no trabajan, y que cobran no por hacer aquello para lo que fueron contratados, sino para vivir como representantes sindicales sin que sean los propios sindicatos los que les paguen su salario. Ya sabemos que para este Gobierno hay que considerar trabajadores en activo tanto a los parados que están llevando a cabo cursos de formación como a esta privilegiada aristocracia sindical que sólo parece movilizarse para llamar a los trabajadores a la huelga. Sin embargo, por mucha que sea la desfachatez de este Gobierno, y por mucho que los sindicatos consideren los privilegios de sus liberados algo tan sagrado como el Corán para los musulmanes, lo cierto es que constituyen una rémora y un insulto a lo que de plausible y legítimo pudo tener y podría seguir teniendo el movimiento sindical.

Por otra parte, y al tratar, no de suprimir, sino de reducir en alrededor de 2.000 los 3.200 liberados con los que cuenta la Administración de la Comunidad de Madrid, Aguirre no se propone más que aplicar de manera estricta los mínimos que fija la ley y controlar de manera más eficiente las "horas sindicales" de las que disponen los miembros de los casi trescientos comités de empresa con los que cuenta la administración autonómica madrileña. De este modo, cuando todos ellos se reincorporen en sus puestos la Administración ahorrará más de 70 millones de euros dado que ya no tendría que contratar interinos para cubrir los turnos de estos liberados.

Que existan tres veces más liberados que los que marca una legislación ya de por si laxa en este terreno no sólo es una rémora para la creación de puestos de trabajo productivos y para el desarrollo económico del país, sino que constituye una auténtica injusticia social, especialmente en unos tiempos de crisis en los que todos, incluidos naturalmente, los sindicatos, deberían apretarse el cinturón. Pero está visto que no faltan caraduras que confunden la legítima defensa de los derechos del trabajador con el abuso que puede suponer vivir del cuento sindical y a costa del que paga el salario que, en este caso, no es otro que el contribuyente.


Libertad Digital - Editorial

Compromisos contra ETA

Sería un error que este golpe a los sicarios políticos de ETA pretendiera proteger a los mal llamados «posibilistas» del mundo batasuno, es decir, a los que ahora abogan por «vías políticas».

LA detención de la nueva dirección de EKIN, trama etarra que asume el comisariado político de la banda en la izquierda abertzale, es un golpe policial de extraordinaria importancia, tanto por la dimensión de la operación como por el momento en que se produce. Hace poco más de una semana, ETA anunció un alto el fuego con el que quería descargar sobre el Gobierno la responsabilidad de evitar nuevos atentados mediante una negociación política. La detención de la cúpula de EKIN es la respuesta que merecían los terroristas, porque desmiente que haya tentaciones de aprovechar esta nueva farsa de tregua para iniciar otro diálogo político. Al menos, esto es lo que debería ser, porque el descabezamiento de EKIN no ha de servir a otro propósito que la derrota incondicional de ETA y, más en concreto, a la erradicación de su entramado político. Dicho con otras palabras: detener para derrotar, no para negociar. También sería un error que este golpe a los sicarios políticos de ETA pretendiera proteger a los mal llamados «posibilistas» del mundo batasuno, es decir, a los que ahora abogan por «vías exclusivamente políticas». A estas alturas, de la misma manera que se sabe que ETA no ofrece treguas de buena fe, tampoco hay razón para creer que existe una Batasuna «moderada» con capacidad para disuadir a los pistoleros.

Por otro lado, es evidente que ETA quiere reconstituir sus frentes desmantelados por la Justicia. Por eso ahora es imprescindible que esta lucha policial se vea complementada con un apuntalamiento del Gobierno vasco, que debería quedar preservado de cualquier negociación entre el Ejecutivo central y el PNV, porque sólo el afianzamiento a largo plazo de una alternativa no nacionalista permitirá las reformas necesarias para deslegitimar definitivamente a ETA. Igualmente es irrenunciable la aplicación de la Ley de Partidos Políticos a las listas, blancas o de color, que estén contaminadas por ETA, aunque las presente un partido legal, como Eusko Alkartasuna. Hace cuatro años, la Fiscalía General del Estado solicitó la nulidad de candidaturas de ANV, sin necesidad de instar previamente la ilegalización de este partido. Por tanto, la legalidad en la que se encuentra EA es compatible, según la doctrina de Conde-Pumpido, con la actuación judicial contra sus listas contaminadas. Si hay determinación política, es posible cercar a ETA y llevarla hasta su derrota, pero con compromisos y estrategias para las que el Gobierno necesariamente debe contar con el Partido Popular, incluyendo la estabilidad del Ejecutivo de Patxi López.

ABC - Editorial