domingo, 24 de enero de 2010

Víctimas sin amparo. Por Ignacio Camacho

SE trata de una deuda de responsabilidad. Toda la simpatía emotiva que la sociedad española siente hacia la familia de Marta del Castillo, la madre de Sandra Palo, el padre de Mari Luz Cortés y demás víctimas de crímenes relevantes por su crueldad, su barbarie o su saña carece de un correlato jurídico y ético que dé amparo a su desconsuelo y evite la sensación de impunidad relativa de los culpables, ese desasosegante efecto de arbitrariedad que extiende la sospecha de una justicia incompleta. La arrogancia jactanciosa de los malhechores, la exhibición complaciente de detalles morbosos en los medios de comunicación o la libertad prematura de algunos condenados provocan en el cuerpo social la impresión de un intenso desequilibrio entre delito y pena que favorece a quienes causan el mal frente a quienes lo sufren, y deja a éstos aislados en la afligida, amarga soledad de la incomprensión, el quebranto y la zozobra.

El manifiesto desabrigo moral de los familiares de Marta del Castillo, sentenciados a un año de angustia que ni siquiera han cumplido en la cárcel la mayoría de los implicados en su escabrosa desaparición, simboliza ese triste fracaso de la justicia que parece naufragar ante los límites del derecho, burlados por un grupo de jóvenes descarados capaces de filtrarse con fría insolencia por las rendijas garantistas de la ley. Todo el aparato policial y judicial del Estado ha quedado en evidencia frente a la petulante estrategia de confusión urdida por unos acusados inmunes a todo atisbo de sensibilidad humanitaria que manejan con destreza en su beneficio un arsenal de trucos procesales lejanos del alcance de sus víctimas. Ese estatus clamorosamente abusivo no sólo impide su adecuado castigo sino que aplica a los deudos la pena suplementaria del desvelo y la congoja, negando a la parte perjudicada los derechos elementales -en este caso, además, el de conocer el paradero del cuerpo- que sin embargo protegen ante la indignación general a los agresores.

Tras la costosa dignificación de las víctimas del terrorismo y del maltrato de género, estas otras víctimas de una violencia oscura, desalmada y en ocasiones patológica requieren una reparación social y moral a la altura de su exacerbado y gratuito sufrimiento. Esa deuda sólo puede saldarse desde un sentido razonable de la justicia que pase por el concepto expiatorio de la pena e impida el escarnio mediático, la burla legal y la profanación accesoria de la dignidad. Una sociedad que se aprecie a sí misma tiene que ser respetuosa con el dolor. Y estos casos lacerantes de jactancia criminal, de agravio adicional o de impune recochineo suscitan un sentimiento desalentador de rabia, una profunda desesperanza y una áspera amargura que se parece mucho a la del triunfo del mal y a una derrota sin remedio de la razón, de la equidad y de la justa conciencia.


ABC - Opinión

Patxi López y la conquista de la normalidad en Euskadi. Por Antonio Casado

En el País Vasco ya no mandan los nacionalistas pero nadie ha cambiado de sitio el árbol de Guernica. No se ha visto pasar llorando a ninguna vieja ni sangran las piedras de Arrigorriaga. Sin embargo el nacionalismo saliente sigue viendo a Patxi López como un intruso y el euskobarómetro pregona una mayoritaria desafección de los vascos por un Gobierno socialista que apoya el PP. La normalidad está todavía en rodaje. También la normalidad necesita un tiempo para incorporarse a las costumbres de este atormentado rincón de la España diversa.

En el desayuno de ayer en Madrid, el lehendakari se limitó a precisar que “el euskobarómetro está superado por la sociedad” y que, al contrario de lo que se dice, “la sociedad vasca ha asumido rápidamente al nuevo Gobierno”. Puede ser. Sin embargo, los estados de opinión recogidos en la mencionada encuesta, incluida la preferencia por una eventual coalición de socialistas con nacionalistas (PSE-PNV), se limitan a reflejar las respuestas de los ciudadanos consultados. No se las inventa Francisco Llera ¿Estamos entonces ante un breve paréntesis político antes de la restauración nacionalista?

Más bien parece que no ha terminado la cura de desintoxicación. Lo que proyectan las respuestas del último Euskobarómetro es un temor y no un deseo. El temor de que el doble brazo del nacionalismo (el que va de buenas y el que va de malas) impida el crecimiento de un proyecto no excluyente, comprometido con el Estatuto y respetuoso con la Constitución. No el deseo de que Patxi López se vuelva rápidamente por donde vino.

El temor descrito es más fuerte que el deseo de que López fracase. Una visión pesimista que se irá corrigiendo con el tiempo y la comprobación de que el fin del largo reinado nacionalista no ha sido la fuente de desgracias que algunos anunciaron. La realidad es otra. Se emite el mensaje navideño del Rey y aumenta la audiencia. Se decide suprimir las subvenciones oficiales para visitar a los etarras encarcelados fuera del País Vasco y no pasa nada. Euskal Televista deja de politizar la geografía en los mapas del tiempo y no se colapsa la centralita con las protestas de los telespectadores…

Y así sucesivamente, Pero, en fin, es una opinión. Una opinión basada en la constatación de una realidad diaria, que evoluciona hacia un escenario cada vez más apacible y un debate cada vez más “acorde con las verdaderas necesidades de la sociedad vasca”, como decía ayer Patxi López, y cada vez más alejado de una confrontación permanente por cuenta de esa unidad de destino en lo universal soñada por los nacionalistas. Tampoco ha pasado tanto tiempo. Solo hace ocho meses que Patxi López se instaló en el Palacio de Ajuria Enea. Y recordemos que entonces se hablaba de “golpe de estado institucional” y de coalición anti-natura, mientras se auguraba un vuelo muy corto al nuevo Ejecutivo autonómico.

El nuevo Ejecutivo debe su estabilidad al apoyo del PP liderado en el País Vasco por Antonio Basagoiti. Su presencia en la intervención pública del lehendakari, ayer, en el Foro Nueva Economía, en Madrid, es un excelente síntoma de la sintonía alcanzada a escala autonómica por las dos grandes fuerzas políticas nacionales. “Somos antagónicos pero hay principios y valores que nos unen”, dijo López, para añadir a renglón seguido que, desgraciadamente, ni Antonio Basagoiti ni él han conseguido contagiar a Zapatero y Rajoy. Si hay espacios comunes de acuerdo en el País Vasco, también debería haberlos a escala nacional. Pero esa es otra historia.


El confidencial - Opinión

El terremoto de Massachusetts. Por José María Carrascal

SI el terremoto de Massachussets se ha sentido con tanta intensidad en Washington es porque los perdedores no fueron Martha Coakley, ni los Kennedy, ni los demócratas, sino el mismísimo presidente. No han sido unas elecciones parciales, sino un referéndum sobre Obama, que éste ha perdido. ¿Qué ha pasado para que en tan poco tiempo cambiaran tantas cosas? Contra la opinión de la mayoría de los analistas, no creo que haya habido deserciones en masa demócratas, ni multiplicación de los republicanos. Todo lo más, algunos demócratas se quedaron en casa, el resto votó como siempre. El epicentro de este terremoto estuvo en los independientes, que son los que deciden hoy las elecciones. Si en noviembre de 2008 apoyaron a Obama, el martes le dieron la espalda. ¿Por qué? Indudablemente, porque Obama no ha satisfecho las esperanzas que había despertado. En otras palabras: el Obama candidato fue el mayor rival del Obama presidente. Y éste ha salido derrotado.

Sus todavía seguidores arguyen que las expectativas depositadas en él eran exageradas, que no se pueden resolver en un año todos los problemas de su país y del mundo. Y tienen razón. Pero en un año puede demostrarse liderato, capacidad de mando y firmeza en tomar decisiones. Que es lo que Obama no ha mostrado.

Se debe posiblemente a la idea errónea que teníamos de él. Se le había presentado como un líder brillante, audaz, carismático, capaz de transformar nuestro planeta con su aura. La derecha había exagerado sus poderes hasta el punto de presentarle como el hombre que iba a implantar el socialismo en Estados Unidos. La izquierda le presentaba como un mesías de su menguante ideario. Pero Obama no es una cosa ni otra. No es un ideólogo, sino un pragmático, que no impone, sino pacta. Un conciliador que intenta satisfacer a todas las parte en conflicto, dándoles algo para que cedan algo. Un moderado, en suma.

Lo malo es que los problemas de su país y del mundo no admiten medias tintas. Requieren decisiones claras y firmes. A los fundamentalistas islámicos, a los talibanes, a los banqueros, a los opuestos a una sanidad pública no se les convence con gestos suaves ni con palabras amables, sino con puñetazos en la mesa y mano dura. Cuando Alejandro Magno cortó el nudo gordiano que le presentaban, Cesar cruzó el Rubicón, Truman ordenó el puente aéreo a un Berlín sitiado o Reagan despidió a todos los controladores de una tacada, demostraron su capacidad de liderato, que conlleva tomar decisiones arriesgadas, aunque necesarias. Pero un año después de haber llegado Obama a la Casa Blanca, la reforma sanitaria sigue sin pasar y todavía hay presos en Guantánamo.

Los norteamericanos no sujetos a la férula de un partido le han retirado la confianza que le habían dado como candidato. Puede todavía recobrarla. Pero tendrá que cambiar de forma de gobernar. Si puede y sabe.


ABC - Opinión

«El modorras». Por Alfonso Ussía


No queda bien dormirse durante un discurso del jefe superior. Igual si se trata del jefe superior en una inmobiliaria, en una fábrica de tapones para botellas, en el salón de consejos de un banco o en la sede del Parlamento Europeo. Si la falta de interés y atención al jefe superior determina el ingreso en la pública modorrra, transposición o letargo, es motivo suficiente de cese inmediato. En las Cortes franquistas se sentaban tres o cuatro representantes de los saharauis. En un discurso de Franco, el saharaui más cercano a la presidencia se durmió profundamente, emitiendo toda suerte de ronquidos, desde los sopladores a los estertores preagónicos. Fue violentamente zarandeado por Girón de Velasco, que a punto estuvo de soltarle una colleja. Finalizado el acto, Franco comentó: «Eze berebere ez zuztituíble». Y se le sustituyó, claro está.

Diego López Garrido, el tránsfuga de Izquierda Unida que amaneció una mañana socialista de toda la vida, no está afortunado últimamente. Dos domingos atrás, efectúo como Secretario de Estado para la cosa europea el saque de honor de un partido de Liga en el Bernabéu y fue objeto de una de las mayores pitadas que se recuerdan en el Estadio del Real Madrid. Abucheo unánime y perforante. Y hace pocos días, mientras su jefe superior, Rodríguez Zapatero, hablaba como presidente semestral de la Unión Europea a los representantes de todos los países de la Comunidad, López Garrido se durmió. Se hallaba a un metro de distancia de su jefe superior y le entró la canóniga y la soñarra. No llegó a roncar, como el saharaui procurador por el Tercio Familiar, pero se ausentó de la vida plácidamente. Y tuvo un buen sueño, porque sonrió en varias ocasiones, sonrisas claramente inoportunas por cuanto Zapatero no pronunció en su horizontal alocución nada moderadamente gracioso o divertido. Nunca he sido partidario de los ceses fulminantes, pero me pongo en la piel de Zapatero, y debo reconocer que me asalta la duda. Me figuro hablando en la sede de la Unión Europea en calidad de Presidente de la misma, desgranando con escasa suficiencia oratoria un discurso que me han escrito otros, procurando atraer la atención de italianos, polacos, húngaros y alemanes, y cuando albergo la esperanza de haberlo conseguido, miro a mi derecha, y observo a mi directo subalterno, a mi Secretario de Estado, durmiendo la mona, y admito que mi reacción podría ser de estupor momentáneo con fatales consecuencias a «porteriori». Es decir, que hubiera aceptado con regocijo el aplauso de cortesía de los representantes europeos, y posteriormente, sin intercambiar gesto ni palabra con el modorras, le habría hecho llegar por el conducto reglamentario –que no es el de Zerolo–, la desagradable carta de gratitud por los servicios prestados que a renglón seguido anuncia el cese en el cargo en beneficio de la nación. López Garrido, que como todo tránsfuga es más pelota que los demás, se ha comportado groseramente con el jefe superior, que es cierto que duerme a las ovejas, pero no es excusa. Un Secretario de Estado puede abrazarse a Morfeo cuando lo estime oportuno, siempre que el abrazo no se produzca cuando el jefe superior cree estar pronunciando un discurso importante ante un auditorio poco habitual. Es lógico lo que hizo, pero no admisible. Modorras, modorritas, modorrete.

La Razón - Opinión

Los controladores aéreos y la demagogia de Blanco

Mientras el ministro dedique su tiempo a comparar su sueldo con el de unos trabajadores que tienen en sus manos las vidas de miles de pasajeros, los sindicatos seguirán manejando a su antojo un sector vital para cualquier país avanzado como el nuestro.

AENA es una empresa pública con pérdidas anuales cuantiosas y una deuda acumulada que ronda los siete mil millones de euros. En una situación de recesión económica es evidente que la principal necesidad de una empresa de estas características, aunque tenga al Estado detrás como principal financiador, es reducir los costes de forma drástica. Pero una cosa es aplicar una política racional de costes y otra muy distinta hacer uso de la demagogia más grosera, que es la estrategia elegida por el actual ministro de Fomento, José Blanco, para hacer frente al problema.


En primer lugar, no es cierto que los controladores aéreos españoles ganen los sueldos que Blanco les atribuye y, en todo caso, el ministro debería acusar del despropósito a sus predecesores en el cargo, que voluntariamente aceptaron unas condiciones salariales que, y en esto sí tiene razón Blanco, duplican las de sus colegas de los aeropuertos europeos, a pesar de ofrecer un nivel más bajo de productividad en términos comparativos. En todo caso, acusar a unos trabajadores de tener unos sueldos desproporcionados suena a la peor de las demagogias en boca de los políticos, que en plena crisis siguen gozando de sus habituales prebendas a despecho de una productividad que roza el cero absoluto, como puede comprobar el ciudadano en las imágenes de un hemiciclo que permanece habitualmente desangelado excepto en ocasiones puntuales.

El problema con los controladores aéreos es que gozan de un poder de intimidación que no debería concederse a ningún grupo de trabajadores, por más importante que sea su función para el país. Hace muy pocos días, el presidente del sindicato que agrupa a la mayor parte de estos trabajadores se jactaba en las páginas de un medio nacional de ser el único colectivo capaz de derribar un Gobierno. Lo peor es que es cierto, pero lo es gracias a que ningún Gobierno ha querido introducir criterios de racionalidad en un sector que es controlado férreamente por una cúpula sindical capaz de determinar muchos aspectos relativos a la prestación del servicio cuya decisión debería recaer en exclusiva sobre la empresa que los contrata y mantiene.

La decisión del Ministerio de poner en marcha el sistema AFIS de control computerizado del tráfico aéreo no va a solucionar el problema, puesto que su uso sólo es posible en aeródromos con escaso tráfico aéreo y, además, resulta ineficiente en condiciones de baja visibilidad.

Urge por tanto dejar de lado la demagogia salarial, como vergonzosamente hace Fomento por boca de su titular, y establecer unos sueldos acordes a la productividad de cada puesto concreto, especialmente en un sector como el de la navegación aérea que ofrece un amplísimo rango de responsabilidades y obligaciones según el aeropuerto en el que se opere. Mientras el ministro dedique su tiempo a comparar su propio sueldo con el de unos trabajadores que tienen en sus manos las vidas de miles de pasajeros, los sindicatos seguirán manejando a su antojo un sector vital para cualquier país avanzado como el nuestro. Y es que en materia de demagogia, ni siquiera un ministro socialista es rival para ellos.


Libertad Digital - Editorial

CiU ya no veta al PP

EL candidato de Convergencia i Unió a la Generalidad de Cataluña, Artur Mas, anuncia en la entrevista que publica hoy ABC que no habrá más compromisos contra el Partido Popular ante notario, como el que él mismo firmó antes de las últimas elecciones autonómicas. Este gesto no significa, ni debe hacerlo mientras no haya clarificación de criterios por parte de CiU ante asuntos capitales para el Estado, que la coalición nacionalista y el PP estén encaminados a una alianza en Barcelona y Madrid para desbancar a los respectivos gobiernos socialistas. El Estatuto de Cataluña representa para ambos partidos una diferencia sustancial en la percepción del Estado, e incluso en aspectos importantes del modelo social, que los convergentes cedieron a un planteamiento netamente izquierdista, a cambio de un sistema político nacionalista. También es cierto que una vez que el Tribunal Constitucional alumbre su sentencia sobre el Estatuto catalán, sea cual sea su orientación, se habrá despejado del camino de convergentes y populares un obstáculo ahora insalvable.

Por tanto, son varias y sustanciales las condiciones que gravan la viabilidad de un pacto entre ambas formaciones. En todo caso, a CiU le tienen que pesar su experiencia en la oposición y la mansedumbre con la que acudió al rescate de Rodríguez Zapatero para salvar su proyecto político de Estatuto para Cataluña. Al final, pese a las promesas de La Moncloa, sólo le sirvió políticamente para permanecer cuatro años más en la oposición, después de décadas de gobierno hegemónico.

En el lado del PP, las perspectivas de ganar en 2012 se consolidan y harán falta compañeros de viaje, como a José María Aznar en 1996. El compromiso de Rajoy con los principios y los votantes de su partido le impiden tanto acceder incondicionalmente a un pacto con los nacionalistas como renunciar de antemano a todos los esfuerzos negociadores que permitan, en última instancia, clausurar cuanto antes estos dos mandatos de mal gobierno socialista. Debe ser posible que el PP, modelo para la refundación del centro derecha en Europa, esté en condiciones de celebrar pactos, ética y políticamente aceptables, con otras fuerzas minoritarias para acceder al Gobierno de España. Son legítimas las reticencias de importantes sectores de la derecha ante pactos con los nacionalismos, pero la licitud política de estos pactos dependerá de las condiciones y los objetivos que se marquen. Por ahora, lo que dice Mas en ABC sólo es un paso.


ABC - Editorial

sábado, 23 de enero de 2010

"Señor ministro Gabilondo me suspenden por utilizar el español en el colegio"

La impaciencia y el éxtasis. Por Ignacio Camacho

EN la sociedad de la impaciencia era previsible que las mesiánicas expectativas despertadas por Obama deflactasen al contacto con la realidad del poder, que tiene una lógica y un tempo diferente al de las volátiles ilusiones de la opinión pública. Para mantenerse a la altura de la esperanza hipertrofiada que agitó en la campaña habría tenido que ser un verdadero demiurgo; ni siquiera JFK logró en el primer año remontar el vuelo de sus balbuceos de principiante. Y eso que Kennedy vivía y gobernaba con el turbo puesto: mandaba invadir Bahía de Cochinos mientras se metía con Marilyn en la bañera de espuma y saltaba de la piel de Angie Dickinson al puente aéreo sobre el muro de Berlín. Ese vértigo de por sí asombroso resultaba tanto más trepidante en cuanto que iba a contramano de un ritmo social mucho más pausado; en cambio, Obama parece marchar a cámara lenta porque actúa bajo las urgencias de un mundo acostumbrado a las respuestas inmediatas como quien aprieta un interruptor.

En este primer cuarto de mandato mucha gente se ha decepcionado al descubrir que el anhelado superhombre carecía de propiedades mágicas, y ese desencanto irracional ha superado a la evidencia de que Obama es simplemente un político bastante mejor que los demás. Tiene un discurso sólido, un carisma magnético y esa clase de liderazgo innato que le hace destacar en cualquier paisaje. Lo que sucede es que después del éxtasis quimérico y milagrero que proyectó su ascenso y envolvió su llegada, los que esperaban que caminase sobre las aguas sienten cierta quisquillosa frustración al verlo enredarse en problemas tan insignificantes como el terrorismo islamista o la mayor recesión en noventa años.

A un personaje así, poliédrico y seductor, todo el mundo lo quiere asimilar a sus propios prejuicios, lo que suele desembocar en un general sentimiento de desengaño. Ésta es la hora en que los conservadores recelan de su abstracción buenista y los progres abominan de su conversión pragmática. El tipo desde luego es un funámbulo de primera, un artista de los juegos malabares capaz de recoger el -inmerecido- Nobel de la Paz con un discurso de justificación de la guerra. Su problema no va a ser conceptual sino práctico: pasado el período de pruebas empieza a necesitar algún éxito claro.

Entrar por primera vez en el Despacho Oval debe de ser como sentarse sin experiencia en la cabina de un Jumbo; si tocas el botón equivocado aquello sube y baja entre el pánico del pasaje. Por ahora Obama no se ha liado con los mandos; sólo tarda en alcanzar la velocidad de crucero. Al menos en eso ya sale beneficiado frente a cualquier comparación contemporánea: no ha jugado al adanismo frívolo como ZP ni se ha emborrachado de gloria como Sarko. Ha preferido pasarse de prudente que de osado. Quienes soñaban un fenómeno planetario van a tener que esperar al cometa Halley.


ABC - Opinión

Obama, contra la Banca

EL comportamiento de muchos bancos norteamericanos, que han seguido remunerando a sus ejecutivos con sumas faraónicas después de haber recibido fondos del Gobierno para evitar su quiebra, resulta sencillamente inmoral. No se puede justificar que aquéllos cuyas temerarias operaciones financieras estuvieron en gran medida en el origen de la crisis puedan hacer eso con las ayudas públicas, como si los millones de personas que han perdido su puesto de trabajo fueran un mero incidente estadístico. La indignación de Barack Obama es comprensible y seguramente la comparte la inmensa mayoría de los ciudadanos, para quienes es muy difícil aceptar que con los impuestos que tendrán que pagar durante muchos años ciertos bancos cuadren sus balances con beneficios estratosféricos y premien a sus gestores.

Lo que no dice Obama -cuya ofensiva fue ayer respaldada desde Europa, aunque con matices- es que esas ayudas no les cayeron del cielo, sino que fue él mismo quien se las concedió sin poner las debidas condiciones, que ahora reclama con tanta contundencia. Cuando llegó a la Casa Blanca, hace ahora un año, escogió la opción de inyectar dinero público para salvar a los bancos, endeudando aún más unas finanzas públicas que ya estaban exhaustas. Lo que está viendo ahora son los efectos de aquella política concreta, de la que es directamente responsable, para lo bueno y para lo malo. El dinero no se lo dieron los ciudadanos a los bancos, como dice, sino que pertenece a los ciudadanos; a los bancos -resulta innegable-se lo dio él. Tal vez ahora que empieza a conocer las hieles del desencanto y navega con las encuestas en contra, Obama pueda estar pensando en un gesto populista para recuperar el electorado que le ha abandonado. Después de la derrota demócrata en Massachusetts, lo único que ha quedado claro es que todos sus planes de reforma pueden saltar por los aires en las elecciones legislativas parciales de este año, y que si antes de noviembre no ha sido capaz de cambiar esta tendencia puede tener que hacer frente a una espinosa segunda parte de su mandato. Sin embargo, el mensaje que le envían los electores no es pedirle que radicalice su agenda de reformas, sino, precisamente, todo lo contrario.

ABC - Editorial

La sociedad mileurista. Por José María Marco

Se forma a los futuros mileuristas, los mismos que, conformándose con relativamente poco, aunque suficiente y bien complementado, seguirán votando a quien garantiza este pasar mediocre y agradable, sin grandes riesgos ni grandes preocupaciones.

Parece que a Obama le empieza a salir mal su proyecto de establecer una hegemonía demócrata para los próximos treinta años. En España, ese mismo proyecto, liderado por Rodríguez Zapatero, tiene bastantes más posibilidades de salir adelante. Continuará así la hegemonía socialista –interrumpida por algún sobresalto– de las últimas tres décadas.


Una de las bazas a favor del proyecto de Rodríguez Zapatero es la continuidad. Los socialistas no interrumpen ni cambian nada: modifican algunas cosas, es verdad, pero sobre todo prolongan y profundizan las fundamentales. Y una de estas, probablemente la más importante, es la creación en España de una amplia capa social, una coalición interclasista, de apoyo a los socialistas. Una parte sustancial de esta coalición la forman los llamados mileuristas, y el proyecto socialista de Rodríguez Zapatero consiste en consolidar y cuidar esa base social que le garantiza su permanencia en el poder en una sociedad nueva, la sociedad mileurista.

Según cifras del mes de agosto, en España 18,3 millones de personas perciben unos ingresos brutos mensuales inferiores a 1.100 euros. De esos 18,3 millones hay que descontar 1,6 millones de profesionales y empresarios, por razones obvias. Quedan 16,7 millones de personas que cobran menos de 13.400 euros al año.

En vista de estas cifras, suele cundir la indignación acerca de la escualidez de los salarios en España y la precariedad de nuestras estructuras económicas. Para devolver a las cosas a la realidad, conviene tener en cuenta que un salario de 1.100 euros al mes no es tan despreciable como muchas veces se oye decir, al contrario. Para pagarlo, el empresario correspondiente hace un esfuerzo suplementario de unos 300 euros.

Hay más. Como todo el resto de los españoles, estos mileuristas tienen acceso prácticamente gratis a un surtido de servicios básicos, entre ellos algunos tan importantes como la sanidad, la educación (desde la guardería a los estudios de postgrado), el transporte (en parte) y el ocio, desde las fiestas patronales a las vacaciones del Inserso, pasando por todas las ofertas culturales de los múltiples gobiernos y administraciones españoles, y eso sin contar la televisión –ahora ya sin anuncios– e internet. También hay vivienda protegida, es decir subvencionada.

Si mil euros son un sueldo escaso, pero respetable, la casi gratuidad de estos servicios lo hace aún más importante. Se cobra relativamente poco, pero se reciben prestaciones importantes. Servicios que son de buena calidad, en general, aunque requieran cierta tolerancia por parte del usuario, en particular en la enseñanza. Habrá buenas instituciones de enseñanza y otras, cada vez más, que se hundan en la mediocridad, pero no se trata de seleccionar o aprovechar la diversidad de aptitudes y vocaciones, sino de igualar. Se forma a los futuros mileuristas, los mismos que, conformándose con relativamente poco, aunque suficiente y bien complementado, seguirán votando a quien garantiza este pasar mediocre y agradable, sin grandes riesgos ni grandes preocupaciones.

Este proyecto político y social tiene costes, en particular entre los jóvenes bien preparados, cada vez más numerosos, que no pueden superar el techo mediocre que se les impone. A cambio, ofrece sus ribetes culturales radicales, como para añadir algo de aventura a una vida limitada. Tiene difícil alternativa, porque requiere romper un círculo vicioso en el que se refuerzan la dependencia, la falta de responsabilidad y un vivir aceptable, todo engalanado con la retórica de los derechos sociales. Es curioso que en general, las comunidades con mayor dependencia (Extremadura, Andalucía, Canarias), son aquellas en las que hay más mileuristas. Madrid, la que menos tiene.


Libertad Digital - Opinión

Un recado de Aznar. Por M. Martín Ferrand

JOSÉ María Aznar ha entrado en una nueva dimensión. Sin cumplir todavía los cincuenta y siete años, tan vigoroso como vigoréxico, prefiere ser un recuerdo que una posibilidad y, en su nueva condición de paseante en Cortes, escribe cartas persas al estilo del barón de Montesquieu y les manda recados tanto a sus amigos como a sus enemigos. Ayer, en TVE, estuvo acertado cuando dijo que la nueva generación de estatutos de autonomía «no ha sido una buena idea» y especialmente cuando, con precisión de entomólogo, atravesó con el alfiler de los diagnósticos la mariposa de la coyuntura: «(En España) hemos dejado de discutir la organización de la pluralidad para discutir lo común». Ahí está el detalle y, con él, el señalamiento de la quiebra democrática que acompaña a la alarmante situación económica que nos aflige como ciudadanos y nos disminuye como Nación al tiempo que el Estado, hueco de competencias, asiste a su propia destrucción.

Dijo Aznar que «el Estado se está deshilachando». La imagen es rotunda si dejamos claro que las hilachas que va perdiendo el paño español no son consecuencia de su mucho uso, sino capricho de sus usuarios periféricos con saña centrífuga. Cuando, como nos pasa, se pretenden simultáneamente una cosa y su contraria surge el despropósito y llega la catástrofe. Piénsese en la ridícula polémica energética que genera la actualidad. Tenemos, en una esquina del ring a José Luis Rodríguez Zapatero, campeón de las energías renovables y costosas, y en la otra a Mariano Rajoy, aspirante al título de la sensatez nuclear. Entre ambos han convertido en ideología lo que es un asunto meramente técnico y económico. A mayor abundamiento, los cuidadores del aspirante consideran un infierno el hecho inevitable y lógico de que si hay energía nuclear tendrá que haber almacenes para sus residuos y se niegan a tenerlos en sus jurisdicciones. No es raro que Aznar no quiera volver a la política activa y combatiente. Cuando la razón brilla por su ausencia y los intereses comunes no le importan ni a sus beneficiarios, cuando todo son apriorismos y militancias ciegas, un líder en edad de merecer debe quedarse en cama. La experiencia, eso que tan poco valoramos, le habrá enseñado que, aquí y ahora, España es una idea demasiado grande para unas mínimas, jibarizadas, cabecitas políticas en las que cabe poco más que el nombre del municipio de su nacimiento.

ABC - Opinión

El Gran Guayardoning. Por Pablo Molina

Los exabruptos a los periodistas críticos es el peaje que Guayardoning paga gustosamente para seguir siendo el tontito útil de la izquierda que le odia, a él y a todos sus votantes.

Si algo ha quedado claro tras el episodio grotesco protagonizado por el alcalde de Madrid contra nuestra compañera Adriana Rey, es que los varios cientos de asesores contratados por Alberto Ruiz Gallardón con el dinero de los madrileños no son suficientes. Alguien debería explicarle al alcalde que cuando se intenta hacer una broma no te puedes reír en primer lugar, porque entonces quedas aproximadamente como la tonta del bote. Si la sonrisa que eres capaz de esbozar es, además, conejil y esquinada, el resultado es aún más lamentable como podemos comprobar en el video que hemos publicado en nuestro periódico.


Su admirado Wyoming debería dedicar un par de tardes a explicarle a su primer fan los rudimentos básicos de la caricatura política, por supuesto con cargo al bolsillo de los madrileños, que la izquierda anticapitalista no gasta bromas con el tema del parné. Mejor aún, lo que debería hacer Guayardoning es contratar a su ídolo como portavoz municipal y dejarle a él el trabajo de insultar a los medios ajenos al cotarro progresista, que es lo que hace en su labor diaria en La Secta, con escaso éxito de audiencia, es cierto, pero al menos con gran aplicación.

Los exabruptos a los periodistas críticos es el peaje que Guayardoning paga gustosamente para seguir siendo el tontito útil de la izquierda que le odia, a él y a todos sus votantes. Su agresividad contra esRadio, ante una pregunta exquisitamente formulada, contrasta con el trato lisonjero que dispensa a los enemigos jurados de los ciudadanos que le mantienen en el cargo con su voto, pero esa es una contradicción que los votantes del PP en Madrid tendrán que resolver algún día.

Jamás un político había protagonizado una escena de bochorno como aquella vez que Guayardoning, anormalmente eufórico y con aparentes problemas psicomotrices, declaró su fascinación por el showman de La Secta que, si por algo se distingue, es por su odio proteico hacia lo que representa la derecha en España. Miento. Hubo otra ocasión, protagonizada también por el alcalde madrileño, que superó en degradación a ese episodio. Fue cuando, en plena guerra de Irak, los comicastros reunidos en el Palacio de Bellas Artes le invitaron a marcharse porque no querían estar junto a un "genocida", y el mismo que muestra contra los periodistas de nuestra casa una agresividad tan desdeñosa se limitó a obedecerles no sin antes ponerse a sus pies, él y las instalaciones municipales que se financian con el dinero de la derecha madrileña, porque, como es sabido, la izquierda altermundista no paga impuestos.

Y para rematar su particular show a cuenta de nuestros periodistas, va el discípulo torpe de Gila y hace una broma sobre submarinos. En su caso no habría podido elegir una metáfora más apropiada.


Libertad Digital - Opinión

Inmigración, debate social

EL Gobierno y el PSOE se están rasgando las vestiduras por las propuestas del Partido Popular sobre inmigración ilegal, pero el detonante de esta polémica, la decisión del Ayuntamiento de Vic no de empadronar a inmigrantes sin papeles, fue apoyada por los concejales socialistas y el resto del arco político catalán. Es evidente que al Gobierno le incomoda el debate sobre inmigración y que pretende eludirlo poniendo otra vez al PP como cortafuego frente a la opinión pública. Dijo ayer la vicepresidenta primera del Gobierno que «el debate es oportunista y malintencionado», demostrando nuevamente que el Ejecutivo es un equipo sin hechuras para afrontar los problemas más importantes de la sociedad española. Ya no basta agitar el fantasma de la derecha xenófoba para que los ciudadanos dejen de ver las cosas como son.

Vic ha sido un acontecimiento ocasional, que ha desvelado las contradicciones del sistema jurídico y de la acción política sobre inmigración. El hecho de que ahora este consistorio haya decidido volver a empadronar a inmigrantes sin papeles no cancela los problemas de fondo. Para empezar, muchos ayuntamientos no tienen medios económicos para prestar las asistencias sociales a las que tanto acude el presidente del Gobierno. Si se quiere integrar, las administraciones municipales necesitan más dinero. Pero, además, la izquierda sigue despreciando el factor sociológico. La generación en pocos años de unas amplias comunidades inmigrantes, ahora azotadas por el paro, provoca problemas totalmente explicables en su integración en pequeños municipios. No es, ciertamente, una situación generalizada, pero sí concentrada allí donde hay tasas altas de población inmigrante.

Por otro lado, la última reforma de la ley de Extranjería no sólo desmonta las críticas del Gobierno hacia el PP -tan necesario es el debate que Bruselas tiene la inmigración ilegal como un asunto prioritario y constante-, sino también demuestra que el modelo inmigratorio ha fracasado. En España no existe una inmigración laboral en sentido estricto. Es una inmigración familiar y social, y esto es muy distinto de dar trabajo a inmigrantes.

Zapatero sí ha distorsionado el debate al vincular derechos sociales y empadronamiento. La respuesta de Rajoy lo ha dejado en evidencia: que se garantice a los inmigrantes la salud y la educación sin necesidad de empadronarse. Por desgracia, el Gobierno tiene miedo al debate social sobre la inmigración y lo rehúye como ese método sectario de utilizar a la derecha para intimidar a los ciudadanos.


ABC - Editorial

Ahora que puede, algunos no quieren que Rajoy gane . Por (Federico Quevedo

Obviamente, porque no tendría sentido que fuera así, no me refiero a los socialistas. No se quién dijo aquello de “líbrame Dios de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo”, creo que la frase se le atribuye a Churchill, aunque también a Pío Cabanillas de quien recuerdo aquella otra de “cuidado, que vienen los nuestros”. Lo cierto es que en la vida diaria de la derecha española ambas frases son aplicables sin muchos condicionantes: el cainismo al que nos tiene acostumbrados la derecha española sigue estando ahí, y aflora como lava hirviendo cuando quien dirige los pasos del hoy principal partido de la oposición tiene más cerca que nunca la posibilidad de ocupar el poder. Son pocos, es cierto, incluso diría que a día de hoy caben en un taxi, pero hacen mucho ruido. Tanto, que logran llamar la atención de los medios -por otro lado muy proclives a ver problemas donde no los hay cuando del PP se trata- y distraerla de los asuntos verdaderamente importantes, principalmente los que ocupan a la errática labor de un Gobierno en cuyo declive ha decidido arrastrarnos a todos.

Hay principalmente tres asuntos que han hecho saltar al sector que agrupa la intolerancia de la derecha activado por el resorte de la intransigencia: el decreto sobre bilingüismo de la Xunta de Galicia, el documento sobre Educación y el debate con Rodríguez en el Parlamento Europeo. Del segundo asunto ya escribí largo y tendido el pasado jueves -ver artículo-, pero la idea inicial me sigue resultando válida para éste, sobre todo teniendo en cuenta que hubo quienes no entendieron o no quisieron entender la ironía del titular. Aquí se pueden hacer dos cosas a la vista del desastre de país que nos está dejando Rodríguez: o actuar al modo del radicalismo -más o menos como nos tienen acostumbrados los intolerantes de la izquierda y el nacionalismo- e incendiar La Moncloa, o introducir algo de sensatez en el debate político. Lo primero tiene como consecuencia que actúa como despertador de los sentimientos más enconados de ambas partes, y ahí suele perder la derecha. Lo segundo activa, sin embargo, la atención de esa mayoría silenciosa que huye de radicalismos, que está harta de Rodríguez y que necesita el asidero de un proyecto político que le aporte tranquilidad y serenidad.

Y en esa segunda derivada el partido de Rajoy parece encontrarse bastante cómodo. ¿Implica eso abandonar o traicionar los principios, como se afirma desde el talibanismo derechil? No, pero sí implica tomar decisiones que a veces pueden resultar no muy fáciles de entender para ciertos sectores duros de mollera, pero que convencen a buena parte de la población de que se encuentran ante un partido con sentido de Estado y en consonancia con la mayoría. El decreto aprobado por el Gobierno de Núñez Feijóo en Galicia es, probablemente, uno de los descubrimientos jurídicos del momento, por la habilidad con la que la Xunta ha conseguido conjugar la convivencia equilibrada de dos lenguas, ambas oficiales según la Constitución, sin que ninguna de ellas se pueda ver o sentir marginada por la otra. La decisión ha molestado sobremanera a un extremo y al otro del nacionalismo, hasta el punto de coincidir ambos en la crítica exacerbada y, en el caso de la izquierda, violenta contra el nuevo Gobierno de la Xunta. Cuando los extremos coinciden, quiere decir que quien ocupa el centro ha acertado en su decisión, sin lugar a dudas.

Ese mismo mensaje de sentido de Estado, equilibrio y moderación es el que ha querido hacer llegar el PP a la mayoría de los ciudadanos rehusando a utilizar de modo partidista el debate de Rodríguez en el Parlamento Europeo. ¿Significa eso que el PP comparte la política de Rodríguez? Cabría alguna duda si en el Parlamento español los ‘populares’ mantuvieran alguna clase de ambigüedad, pero es evidente que no. Las críticas que diputados de otros países hicieron a Rodríguez por su política errónea e incapacidad de liderazgo de la UE para salir de la crisis son suficientemente implacables como para necesitar que también los eurodiputados españoles del PP hurguen en la herida. El ensañamiento suele ser muy mal consejero, y Rodríguez está lo suficientemente ‘tocado’ como para permitir al PP un gesto de entereza que lejos de hacerle perder votos, le hace ganar en responsabilidad y sentido común. Pero nada de todo esto convence a ese sector que Ignacio Villa llamaba el viernes por la mañana desde los micrófonos de la COPE “la derecha de la derecha”, y que por intereses partidarios, o espurios, o simplemente porque en el fondo viven mejor en la oposición a Rodríguez, han vuelto a las andadas contra Mariano Rajoy.


El confidencial - Opinión

Menos demagogia y más coherencia en el debate nuclear

Los partidos políticos deben aparcar la hipocresía y el populismo: dado que utilizamos energía nuclear, hay que hacerse cargo del almacenaje de sus residuos.

LA UBICACIÓN del cementerio nuclear que quiere construir el Ministerio de Industria ha suscitado una polémica en los partidos, donde los intereses locales chocan con la posición fijada por las direcciones nacionales.

El caso más evidente es el PP, dividido tras la decisión del ayuntamiento de Yebra (Guadalajara) de presentar su candidatura para acoger este cementerio donde se enterrarían los residuos nucleares de todas las centrales de España. Anteayer, Dolores de Cospedal -que es tanto la secretaria general del PP como la responsable en Castilla La Mancha- amenazó con expulsar al alcalde y a los concejales que votaron a favor de la instalación. Ayer su teóricamente subordinado Javier Arenas dijo lo contrario: que no serán sancionados. Al mismo tiempo, Mariano Rajoy declaraba que no tiene una opinión formada sobre el asunto.


Las posiciones en el PSOE tampoco son homogéneas porque hay municipios dispuestos a albergar la instalación mientras que sus dirigentes regionales son reacios. El principal opositor al cementerio de Yebra es José María Barreda, que defiende que se instale en otra comunidad.

José Montilla, en cambio, ha adoptado la posición contraria: es favorable a que el proyecto se ubique en Ascó (Tarragona), donde se ha abierto un debate muy similar, que ha dividido también a sus habitantes. Los concejales del PSC son partidarios del almacén de residuos y los de CiU están abiertamente en contra.

No es extraño, sin embargo, que muchos barones socialistas como el citado Barreda se opongan a estos cementerios en su región, teniendo en cuenta la beligerante postura del propio Zapatero en contra de la energía nuclear hasta el punto de haber llegado a desautorizar al propio ministro de Industria, Miguel Sebastián, que sí está a favor de la inversión en nuevas centrales.

La decisión la tiene que tomar el Gobierno, que ha convocado un concurso abierto a todos los ayuntamientos de España, que, además de beneficiarse de la creación de puestos de trabajo y otra serie de ventajas, ingresarán un canon anual por acoger este almacén.

España ya tiene un cementerio nuclear en El Cabril (Córdoba), pero necesita otro para depositar los residuos radioactivos que ahora están enterrados en Francia. Ello cuesta unos 40.000 euros al día, por lo que el Congreso aprobó en 2004 la construcción de ese nuevo almacén nuclear, hasta ahora demorada por falta de acuerdo político.

Según informa hoy nuestro periódico, el coste del almacenamiento pasará a ser de 60.000 euros al día a partir del 21 de diciembre de este año. Ello supondrá pagar al mes la friolera de 1,8 millones de euros (21 millones al año).

La intención del Gobierno es elegir la sede del nuevo cementerio en el próximo mes de abril y comenzar inmediatamente las obras, que en cualquier caso no terminarán antes de finales de 2014. Hay, pues, poderosos motivos económicos para no demorar una decisión que se debería haber adoptado hace cuatro o cinco años. Puesto que en España existen centrales nucleares y se producen residuos, no hay ninguna razón para no acometer la construcción de ese cementerio.

Desde este punto de vista, resultan incoherentes los recelos de muchos dirigentes políticos a esta instalación, que es absolutamente necesaria, máxime si va a seguir existiendo la energía nuclear. Lo único que cabe es que el Gobierno elija la mejor ubicación en base a criterios objetivos, sin que nadie tenga derecho a demonizar a los ayuntamientos que consideran que sus ventajas priman sobre sus hipotéticos inconvenientes.


El Mundo - Opinión

Los principios de Aznar frente a los complejos de Rajoy

Han bastado unos minutos en televisión para que el discurso liberal de Aznar que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un cada vez más taciturno y acomplejado Rajoy.

La situación política, social y económica de España es ciertamente crítica. El consenso constitucional sobre el que se asentó la democracia se ha ido desmembrando de manera progresiva hasta prácticamente desaparecer. Ya sucedió durante los gobiernos de Felipe González cuando trató de recrearse el modelo mexicano del PRI (la dictadura perfecta, en palabras de Vargas Llosa); un proceso que, por fortuna, fue abortado en 1996 por la victoria de José María Aznar y su conato de regeneración institucional y democrática: la Segunda Transición, tal y como la denominó el ex presidente del Gobierno en uno de sus libros.


Zapatero, sin embargo, ha continuado y radicalizado la obra que dejó inacabada González. De hecho, pocos serán quienes no vean que el imperio de la ley se está disolviendo en los enjuagues de una partitocracia cada vez más liberticida. El PSOE tomó el poder en 2004 y lo mantuvo en 2008 mediante el pacto y las cesiones a partidos contrarios a las instituciones constitucionales actuales, como Izquierda Unida o Esquerra Republicana de Cataluña. Todos los límites al poder político, a su poder político, han ido estallando uno a uno en un intento de eliminar todos los contrapesos: la justicia, la educación, los medios de comunicación, internet, las víctimas del terrorismo, la Iglesia o incluso la oposición política.

Esto es, precisamente, lo más grave que ha sucedido en esta segunda legislatura de Zapatero: no que el líder socialista haya proseguido con este proceso de boliviarización de la vida política española, sino que la oposición haya renegado de su papel y se haya sumado entusiasta al proyecto zapateril por pensar que así heredará los escombros del régimen.

A las ya conocidas renuncias a combatir el nacionalismo, a defender la libertad lingüística, a proponer un modelo económico alternativo al socialismo, a fiscalizar la política antiterrorista del Gobierno, a buscar la verdad en el 11-M, a impulsar una justicia independiente del poder político, a purificar su organización de cualquier sospecha de corrupción, a defender del derecho a la vida para todos los seres humanos, incluido el nasciturus, a eliminar el adoctrinamiento educativo o a promover un uso nacional del agua, el PP ha añadido esta semana dos nuevas afrentas contra los valores y principios de sus votantes.

Primero fue el apoyo entusiasta a la Ley Sinde, ese proyecto por el que el PSOE pretende cercenar las libertades de los españoles en internet con la excusa de proteger un "derecho fundamental" inexistente como es el de la propiedad intelectual. Más tarde hemos tenido que contemplar cómo la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, volvía a actuar como candidata del PP a la presidencia de Castilla-La Mancha al tratar de expedientar a los ediles populares de la localidad de Yebra por postular a ese municipio como sede del Almacén Temporal Centralizado. En otras palabras, pese a que el PP supuestamente defiende el uso de la energía nuclear, el nuevo PP está siendo el primero en sumarse a la típica retórica antinuclear de los grupos ecologistas.

Frente a esta confusión del PP de Rajoy contrasta la claridad con la que José María Aznar ha afrontado algunos de los principales temas de actualidad en la entrevista que el realizaron ayer en TVE. En unos pocos minutos, el ex presidente del Gobierno ha dejado meridianamente clara su opinión sobre el obstáculo que suponen las políticas keynesianas de Obama para la recuperación económica, sobre el proceso de desmembración nacional a través de los nuevos estatutos o sobre la política antiterrorista del Gobierno que, más bien, vino caracterizada por el abierto entendimiento.

Han bastado unos instantes para que el discurso liberal que mejor conecta con las bases naturales del PP brillara con luz propia frente a un taciturno y acomplejado Rajoy. Lo que la nueva dirección popular no termina de entender es que para encauzar el desnortado rumbo que está siguiendo España de la mano de Zapatero no basta con ganar las elecciones a los socialistas, sino que se vuelve imprescindible imprimir unos nuevos principios a nuestra democracia; principios que Rajoy y los suyos están importando del PSOE y que Aznar sabe extraer del ideario liberal sobre el que se fundamentan todas las sociedades libres, avanzadas y prósperas.

Sería deseable que el nuevo PP se fijara más en el antiguo PP, el único que hasta la fecha le ha proporcionado éxitos a su partido y a España. De momento, sin embargo, parece que prefiere emular al PSOE, la única estrategia que ni les ha traído éxitos a ellos ni a España.


Libertad Digital - Editorial

¿Ayuda al desarrollo o a uno mismo?. Por José María Carrascal

El primero que puso en duda la «ayuda al desarrollo» fue Freimut Duve, hace ya cuarenta años, en su libro «Entre el hambre y el miedo». Sebastián Haffner la descuartizó en su ensayo «Escepticismo ante la ayuda a los países en desarrollo», publicado poco después, en la revista «Konkret». Lo que no ha impedido que tal ayuda se haya multiplicado hasta el punto de que, a estas alturas, forma ya parte de la escena mundial, con todo tipo de canales, nacionales e internacionales, gubernamentales y privados, conocidos por el nombre genérico de Organizaciones No Gubernamentales u ONG. Con un resultado tan poco efectivo como el de una gota de agua en una plancha al rojo. La pobreza en el Tercer Mundo ha aumentado de tal manera que ha habido que inventar un Cuarto Mundo, para designar el infierno donde viven aquellos a los que falta no sólo lo más elemental, ropa, agua, comida, medicinas, techo, sino también la seguridad básica que garantiza que, en cualquier momento, no llega un individuo que te asesine, para quitarte las cuatro cosas que tienes o, simplemente, por pertenecer a otra tribu.

Si nos ponemos a evaluar fríamente, la ayuda al desarrollo ha sido el mayor fracaso colectivo de los últimos tiempos, al no haber alcanzado no ya su objetivo final -elevar el nivel de los pueblos a que va destinada-, sino su objetivo mínimo: lograr que sus habitantes se queden en sus países y no inunden los nuestros como una inmensa marea. Hoy, siguen llegando, sin importarles las barreras que se les ponen ni los riesgos que corren en el viaje. Pues siempre será preferible vivir al raso en la Plaza de España de Madrid o bajo un puente del Sena que en Conakry o Accra. Es la mejor prueba del fracaso de la ayuda a los países en desarrollo.

Sin embargo, dicha ayuda continúa. Incluso con más intensidad que nunca, en parte, en un esfuerzo inútil para contener esa avalancha, en parte, en un intento ya más logrado de acallar nuestras conciencias. Y aquí debo aclarar dos cosas importantes. La primera: que hay ONG y ONG. Mientras algunas cumplen una labor admirable -pondría a la cabeza Médicos sin Fronteras, junto a las monjas que de antiguo vienen ayudando a pobres sin discriminación alguna-, hay otras que, más que ayudar a otros, ayudan a sus patronos, y digo esto por conocer a algunos de ellos que han hecho de su ONG un medio de vida muy confortable. En cualquier caso, las ONG no resuelven el problema de la miseria en el mundo, aunque puedan resolver algunos casos particulares. Es incluso posible que sean analgésicos que calman el dolor de esos pueblos, pero no curan su enfermedad, condenándolos para siempre a ella. El segundo punto que deseo aclarar es que la ONU tampoco es una solución para este problema. Ni para ninguno. Veinticuatro años como corresponsal en ella me han enseñado que la ONU sólo sabe enterrar muertos y poner de acuerdo a los que ya lo están. Si una de las partes en conflicto rechaza el compromiso, el conflicto sigue abierto. Tan simple como esto. O sea que creer que la ONU puede acabar con la pobreza es tan iluso como creer que puede traer la paz al Oriente Medio o impedir la nuclearización de Irán. La ONU es nuestra coartada para convencernos de que hacemos algo sin hacerlo, y cuanto más apelemos a ella, más ingenuidad o hipocresía destilaremos. Apelar a la ONU, en fin, es como apelar al Rey en una democracia parlamentaria para que resuelva nuestros problemas. En una democracia parlamentaria, el Rey no tiene poderes ejecutivos. Los tienen los partidos, los tribunales, las Cámaras. Como tampoco los tiene la ONU, donde quienes mandan son los Estados miembros. Y los Estados miembros van cada uno a lo suyo. En resumen, que esperar de la ONU que resuelva la miseria del mundo es aún más ilusorio que esperar que la resuelvan las ONG.

Aclarados estos dos puntos, podemos entrar ya en el meollo de nuestro asunto. ¿Cómo es posible que pese al aumento constante de la ayuda y cooperación internacional, los países ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres? ¿Cómo se explica que el foso entre ellos se haga cada vez mayor? Freimut Duve lo apuntó acertadamente ya hace casi medio siglo en el libro citado: la causa es que, mientras el precio de las materias primas bajan, el precio de las manufacturas se multiplica. Lo que reciben por su café, su cacao, su azúcar, su mineral de hierro, de cobre, etc., etc., los países subdesarrollados no cubre ni de lejos lo que les cuestan los productos que compran en los industrializados. Y la ayuda que reciben de éstos, advierte Duve, no es más que una parte ínfima de esa diferencia abismal entre sus balanzas comerciales, algo así como una propina. Si a ello se añade que muchas materias primas, desde la lana a la madera, han sido sustituidas por productos sintéticos, como la fibra y los plásticos, y que tanto la agricultura como la ganadería han evolucionado de tal forma que el Primer Mundo no necesita importar tales productos del Tercero, tendremos una situación desastrosa para éste, agravándose, además, cada año que pasa. Esto es así por pertenecer a la misma naturaleza de las cosas, incluida la naturaleza humana, y no hay forma de cambiarlo.

La única forma de superarlo no es con «más ayuda para el desarrollo» tal como venimos practicándola, que en el fondo no se diferencia mucho de aquellas benditas organizaciones caritativas de señoras pudientes, que intentaban aliviar la miseria de los pobres de su ciudad con tómbolas benéficas y partidas de canasta, antes de existir una red social por parte del Estado. Aquellas organizaciones caritativas se llaman hoy ONG, sin mucho más éxito en resolver el problema de la pobreza en el mundo.

La única solución es que esos Estados que meramente subsisten, y a veces ni siquiera eso, se industrialicen y puedan competir con los ya industrializados en un plano de mayor igualdad. Pero la industrialización es un proceso largo, lento, complejo, aparte de «cruel, inhumano incluso,» según Haffner, ya que obliga a transformar una sociedad campesina en otra completamente distinta. Centroeuropa lo hizo en el siglo XIX, y las novelas de Dickens y Zola nos dan cuenta de los sufrimientos experimentados por buena parte de la sociedad inglesa y francesa hasta alcanzar ese nivel de desarrollo, montado en el capitalismo más salvaje. Que no se diferenciaba mucho del capitalismo del Estado o comunismo, cuyo proceso de industrialización en la Unión Soviética, China y Cuba tampoco le anduvo a la zaga en cuanto a sufrimiento de la población. Lo que difieren son los resultados. En Rusia, mediocres. En China, mejores. En Cuba, desembocando en un callejón sin salida.

Aunque también nosotros que nos encontramos en ese callejón. La «ayuda al desarrollo», tan como venimos practicándola, es ayuda, pero no desarrollo, y Haití es el mejor ejemplo de ello. Ahora bien, el «capitalismo del Estado» tampoco garantiza el éxito, manteniendo en cambio la miseria. Tal vez una solución sería un «colonialismo a la inversa», esto es, poner a los países subdesarrollados bajo la tutela de sus viejas potencias coloniales, pero no para que éstas se beneficien de sus riquezas, como hicieron, sino al revés, para que se encarguen de su desarrollo, estableciendo allí los sistemas educativo, legal, sanitario, administrativo, industrial, que les permitan empezar a funcionar como Estados hechos y derechos, que hoy no son, ni lo serán nunca de continuar por el camino que van. Se trataría, en fin, de llevar a la práctica el proverbio chino «Si das a un pobre un pez, comerá hoy. Si le das una caña y le enseñas a pescar, comerá toda su vida.»

Pero ¿quién regala una caña y enseña a pescar en los jorobados tiempos que corren?


ABC - Opinión

Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE



Entrevista íntegra a José María Aznar en Los Desayunos de TVE

viernes, 22 de enero de 2010

El hundimiento de la percepción económica de España. Por Roberto Centeno

El disparate económico de la semana, ha sido la publicación ayer por el Financial Times, de algo que desde este programa he venido denunciando por activa y por pasiva desde hace más de un año: que LA BANCA, con el apoyo del Banco de España, ESTÁ FALSIFICANDO LA REALIDAD DE SUS BALANCES, en concreto y al contrario que en el resto del mundo, en lugar de valorar sus activos a precio de mercado “mark to market”, los valora al precio de adquisición o casi, cuando el precio de mercado puede ser hasta un 50% inferior en el caso de la vivienda, y hasta un 90% inferior en el caso de los terrenos.

El diario británico no es el primer medio en hacerse eco de esta falsedad, pero si el de mayor repercusión. ¿Y qué nos dice?, pues que la morosidad real de muchos bancos es casi el doble de la oficial, y eso que no tiene en cuenta, ni las refinanciaciones de préstamos que jamás serán devueltos, ni los aplazamientos a empresas quebradas, ni los agujeros de grandes sociedades como Reyal Urbis o Metrovacesa, que tampoco podrán repagar su inmensa deuda, se limitan a calcular el valor de mercado de lo que denominan propiedades inmobiliarias adquiridos, fundamentalmente viviendas – no está claro que incluyan también terrenos y otros activos -, y ver su diferencia con el valor contable.


Pero el diario es muy concreto en sus datos con los bancos cotizados que son los que interesan a sus lectores, así explica, por ejemplo, que la morosidad real del Popular es del 8,43% frente al 5,43% oficial, la del Sabadell del 6,82% frente al 3,87%, la de Banesto del 4,2% frente al 3,02, etc, no es de extrañar por ello, que los especuladores estén apostando por una fuerte caída del valor de los mismos, vendiendo masivamente sus acciones. Solo Santander y BBVA salen mejor librados, porque el engaño no es tan grande, y porque el Santander obtiene los 2/3 de sus beneficios en el exterior y el BBVA los 2/5. Y esto son los bancos, de las cajas ni habla, donde la situación es de quiebra pura y dura en la mayoría, y sin embargo ahí tienen Uds a los presidentes autonómicos, Feijoo por ejemplo, más chulos que un ocho, diciendo que las cajas de la taifa son de la taifa y de nadie más, mientras exigen nuestro dinero y nuestros avales, para salvarse de la ruina.

El Banco de España, en su línea de mendacidad habitual, dice que la morosidad en noviembre ha sido del 5.05%, 92.624 millones de euros, con un par. Cuando la realidad supera los 200.000 millones, una cifra escalofriante, de los cuales unos 120.000 millones corresponde a las cajas de ahorro, no los 48.000 millones que falsamente les atribuye el BdE, y de los cuales a su vez entre un 20 y un 25% serán fallidos (1). Y esto es solo la parte “fácil” del problema, la parte difícil es como devolver los casi 400.000 millones que deben al exterior y que son incapaces de repagar. El año pasado necesitaron casi 60.000 millones de avales del Estado para renovar préstamos, y este año ya ha pedido otros 50.000 millones, porque no son capaces de devolver casi nada. ¡Pero no le da a Ud. vergüenza D. Miguel Ángel!, este es un proceso de locos que nos lleva a la ruina. Tome nota de lo que hizo su predecesor, el injustamente vilipendiado Mariano Rubio, en la crisis de los 80, donde intervino 52 entidades de 100, sin que le temblara el pulso, e intente imitarle. Deje ya de amagar y no dar, deje ya de cubrir con sus mentiras a esta panda de golfos, y sobre todo deje de amenazar con utilizar el “bate de béisbol” como gusta llamar al artículo 7 del Real Decreto del FROB, que le autoriza a intervenir una caja de ahorro insolvente y poner en la calle a sus gestores, y utilícelo y póngalos en la calle ya, antes de que el estropicio se lleve por delante lo que queda de país. El problema es que los barones autonómicos, con el apoyo de Rajoy y Zapatero le toman a Ud. por el pito del sereno, y que ha demostrado no tener lo que hay que tener un regulador para actuar, mientras la situación empeora cada día. Empiece a actuar de una santa vez, ¿se puede saber a que espera?…

Y entre tanto, la situación económica se agrava cada vez más, pero con un diferencia. Los mercados y la prensa internacional son ya conscientes de lo que se avecina, lo que precipitará los acontecimientos. Goldman Sachs, el primer banco de inversión mundial, ha dado un giro de 180º a su percepción sobre España, y recomienda desde ayer vender toda la deuda española, para protegerse ante un posible impago de la misma. Y el Deutsche Bank ha hecho lo mismo, y varios diarios internacionales señalan ya que después de Grecia quebrarán España y Portugal. La dictadura mediático televisiva de Zapatero y sus secuaces, y una oposición mentirosa, corrupta y traidora – han aceptado la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y ¡acaban de apoyar el proyecto Sinde de restricción de las libertades fundamentales, con el cierre de los blog de internet contrarios a los puntos de vista del gobierno! Solo Rosa Díez se ha enfrentado al proyecto y propuesto eliminarlo si UPyD saca los suficientes votos! – que allá donde gobierna, hace todo lo contrario de lo prometió a sus votantes y de lo que predica, ya solo engañan a los españoles, y espero que cada vez a menos. 2010 será una año de continuidad en el hundimiento y al final estaremos ya al borde del desastre.

RESPUESTA A CARLOS Y A MORGLUM SOBRE EL AGUA

Carlos y Morglum, Morglum y Carlos. Me resulta no solo increíble sino particularmente triste lo que comentáis sobre el agua. Y me resulta particularmente triste por ver a dos personas inteligentes y valiosas infectadas del virus de la degradación intelectual y moral de este régimen de miserables. ¿En qué país del mundo civilizado el agua no es un bien común?, ¿en qué país del mundo se blindan los ríos? “Todo el agua se tira al mar” (excepto en Israel donde no se tira ni gota), eso es una memez como decir “la tierra pertenece al viento” o “volverán las oscuras golondrinas”, si un río, el Ebro, ha arrojado en las últimas dos semanas al mar más de tres veces más agua que la necesitaba el Plan Hidrológico, ¿por qué coño no se va poder coger ese agua en la desembocadura y llevarla a donde se necesita? Pues porque Zapatero es un miserable lleno de odio, y como el tema era idea de Aznar, decidió cargárselo para empezar, y para seguir lo utilizó para enfrentar a unos españoles contra otros, algo que forma parte de su siniestro programa, un enfrentamiento en que vosotros habéis picado.

Es decir, un personaje malvado toma una decisión canallesca y siembra la semilla del odio, y la semilla fructifica. Desgraciadamente ha fructificado en muchos, pero sinceramente no pensaba que fructificara en gente como vosotros. Eso es lo grave y lo realmente triste.

Dice Carlos, que los tomates que se riegan con el agua ¿por qué no son suyos? Por Dios Carlos ¿qué rayos tienen que ver unos tomates cultivados con el trabajos de una persona en una tierra de su propiedad, con el agua de un río? Por favor, sé un poco más serio. Llegamos al absurdo de los absurdos.

Y termino Morglum, no tengo ni idea de los estudios de Eraso, pero no nos cuentes una batallita conspiratoria, es imposible que Eraso si es lo que dices que es, y no lo dudo, haya puesto en cuestión un trasvase como el del Ebro, que además y al contrario que el Tajo-Segura, es agua residual cogida de la desembocadura y no en la mitad de su curso. Y si lo ha hecho, que no lo creo, entonces tendría que decirte con toda rotundidad que es un perfecto descerebrado. El agua de un país es de ese país, DE TODO EL PAIS, y no de una región concreta, Y TODAS LA OBRAS HIDRAÚLICAS QUE PUEDAN HACERSE PARA DISTRIBUIRLA DE LA MANERA MAS EFICAZ SON ESENCIALES, sobre todo en un país como España con una distribución hídrica tremendamente descompensada. El trasvase Tajo-Segura lo propuso un Ingeniero de caminos, Lorenzo Pardo, a principios del siglo XX, y luego, como toda las obras hidráulicas de este país lo realizaría Franco, porque estos miserables, tanto los que nos gobiernan como los que supuestamente hacen oposición, viven de la rentas y del expolio, no han hecho nada de nada, excepto llevar a España a la división y a la ruina. Quien defiende que el agua es de cada taifa, aparte de estar para que lo encierren, está defendiendo la destrucción de España y eso no puedo aceptarlo, ni puede aceptarlo una persona racional.

El miserable de Zapatero en un mitin en Valencia poco tiempo después de haber anulado el Plan Hidrológico, que para mas INRI se financiaba con fondos comunitarios, diría “voy a acabar con el problema de la sequía en España, voy a llevar agua a todas partes, si he sido capaz de sacar las tropas españolas de Irak, ¿cómo no voy a ser capaz de traer agua a Valencia?” ¿Y qué ha hecho este mentiroso compulsivo?, nada de nada de nada. Lo que ha hecho es un delito de lesa Patria. Y ahora la Cospedal, traicionando los principios y los valores del PP y todo lo que haya que traicionar con tal de seguir chupando del bote también. Si alguien vuelve a votar a estos gusanos/as merece todo lo que le pase, y le pasará, no lo dudéis.


El blog de Roberto Centeno

Bruselas, ¿tumba de Zapatero?. Por Jos´María Carrascal

«Italia, mi ventura, Flandes, mi sepultura». Así rezaba el lema de los Tercios españoles. Cuatro siglos después, Bruselas puede ser la tumba de Zapatero, a poco que ejecute la política que se había trazado como presidente de la UE. El plan era tan sencillo como ingenioso: Europa empieza a recuperarse, mientras España no lo hace. Él se asigna el mérito de la recuperación europea para calmar el desasosiego español, gana tiempo hasta que sintamos sus efectos y llega a las elecciones de 2012 en condiciones de competir. Por eso empezó la presidencia tan farruco.

Pero como todas las cuentas de Zapatero -la negociación con ETA, los nuevos estatutos-, éstas le están saliendo también como las de la lechera. A los europeos no puede engañarles tan fácilmente como a los españoles y de entrada, le han marcado el terreno con líneas rojas. Esas propuestas suyas, tan sonoras, tan vacías, tan altisonantes, han hecho sonar los timbres de alarma en Bruselas y Estrasburgo, donde conocen a los fantasmones antes incluso de que abran la boca. De ahí que no hayan perdido tiempo en llamarle al orden. El varapalo, recogido y aumentado por los medios de comunicación más prestigiosos, ha sido tan fuerte que lo ha acusado incluso un autista como él a toda sugerencia extraña. Zapatero se presentó el miércoles ante el Parlamento europeo en su versión más humilde, modosa, apocada. Aún así, las advertencias siguieron: ¿cómo quiere arreglar la economía europea si no consigue arreglar la española?, fue el disparo ante la proa. Obligándole a buscar refugió en lo más melifluo de su programa, contra lo que no podía estar nadie: «cooperación», «pacto social», «actitud a la altura de las circunstancias», sin atreverse a hacer propuestas concretas. Alguien ha debido de explicarle que aquel parlamento, incluso medio vacío, no era el español.

Pero Zapatero no sería Zapatero si siguiese en esa línea candorosa. Además de seguir en esa línea, todo su plan se le viene abajo, al no poder adjudicarse la recuperación europea. Así que, tarde o temprano, más lo segundo que lo primero conociéndole, volverá a las andadas, con sus planes de «economía sostenible», «diálogo social» e «interconexiones de mercado», que, al abarcar todo, no abarcan nada y resultando tan peligrosos como una pistola cargada en las manos de un niño.
Europa, en fin, le tiene tomadas las medidas y no va a permitirle que haga en ella las barbaridades que ha hecho en España. Claro que si Europa no se lo permite, ¿cómo va a poder seguir haciendo barbaridades en España? Ese es hoy su dilema, del que sólo podrá sacarle Berlusconi ofreciéndole un buen empleo en su imperio, como a tantos izquierdistas españoles, que hasta hace poco le denigraban o presumían de nuestro sorpasso. Italia nuestra ventura, Flandes nuestra sepultura. En España no ocurre nada nuevo, no ya en décadas, sino en siglos.


ABC - Opinión

La ruptura con la tolerancia. Por Cristina Losada

Son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos.

En una caja olvidada ha aparecido una foto que había dado por perdida. Se la prometí a Somalo y Noya para el libro Por qué dejé de ser de izquierdas, pero no emergió a tiempo de su escondite. Treinta y cuatros años tiene la imagen. Es del 5 de febrero de 1976 y de un concierto de Raimon en Madrid. Aunque no se fue allí a oír música sino a un acto político. Asistieron las figuras más populares de la oposición antifranquista o, para ser precisos, del movimiento contra la dictadura. A esos efectos, Felipe González era un recién llegado. De ahí que su presencia despertara curiosidad entre quienes no siendo líderes de nada, llevaban más tiempo en aquellos trabajos, que no dejaban de ser esforzados y arriesgados. Los únicos socialistas que hasta entonces conocíamos eran los que pastoreaba Tierno Galván.


Las distorsiones de que ha sido objeto esa época, terminal y germinal, son de tal calibre, que un acto como ese concierto-mitin resulta hoy casi ininteligible. Al cabo de un año y medio se celebraron las primeras elecciones. Pienso que ninguno de los que aquella noche gritaron "libertad" sospechaba que cambiarían tantas cosas en tan breve período y, en buena parte, gracias a sus presiones. La "ruptura" que, al principio, reclamaba el grueso de la izquierda no se produjo. Pero ha habido, y es reciente, una ruptura de otra clase. Se ha cortado el cordón umbilical con la generación que alentó la Transición, que deseaba democracia, aunque para una minoría no fuera un fin, sino un medio, y que aprendió a ser tolerante en el proceso.

La política de nuestros días la hacen, en la izquierda, los que estuvieron ausentes de aquellas fatigas. Y no tanto por edad, que había quienes con quince años y aún menos se mojaban, como por indiferencia o, tal vez, miedo. Pero son los Zapateros, los que entonces siguieron el consejo de no meterse en políticas, quienes hoy ejercen de radicales. Se apropian de una memoria y un pedigrí ajenos, se remiten a una Historia reducida a panfleto y presumen de representar la continuidad con la izquierda antifranquista. Sin embargo, poco o nada tienen en común con ella. No con aquel PCE de la reconciliación nacional que facilitó que la mutación transcurriera sin traumas. Ni siquiera con aquel González de aire idealista que retrata la foto. De esas cuadras vienen, sí, pero son de otra pasta. El cainismo y el sectarismo que hoy nos asfixian no tienen su origen en aquel tiempo.


Libertad Digital - Opinión

El truco. Por Ignacio Camacho

Siete reformas de la Ley de Extranjería en diez años indican que España no sabe qué hacer con la inmigración. Que falta un criterio coherente sobre el asunto esencial, que es el de cuántos inmigrantes pueden venir y en qué condiciones se pueden quedar. Que la decisión de cerrar o abrir la puerta ha obedecido hasta ahora a impulsos de índole electoralista y no a razones estratégicas de Estado. Y que nuestros grandes partidos son incapaces de acordar un marco estable que sobreviva a su alternancia de poder y a los bandazos políticos de sus propios programas.

Por más que unos y otros se tiren los inmigrantes a la cara, cruzándose acusaciones de buenismo y de xenofobia, la ausencia de claridad alcanza por igual a socialistas y populares, que blanden políticas elásticas improvisadas a tenor de las encuestas de opinión pública. Manuel Pimentel dimitió de ministro cuando Aznar le rectificó sus planes de acogida generosa imponiéndole una legislación restrictiva, y Zapatero se cargó a Jesús Caldera reprochándole una excesiva benevolencia regularizadora... ¡que él mismo le había ordenado! Esa incongruencia legal que ahora admite José Blanco representa también una flagrante incoherencia política en tanto que el Gobierno que reconoce la contradicción no pone voluntad alguna para solucionarla. Simplemente, el poder vive mejor en el limbo de un absurdo porque la ambivalencia jurídica le permite bascular el criterio a medida de la demanda de coyuntura. Hay una ley que sanciona la expulsión de los sin papeles y otra que obliga a empadronarlos; en pura lógica, los empadronados sin permiso de residencia deberían ser de inmediato devueltos a sus países, pero en la práctica prevalece ante semejante desatino la doctrina del arraigo respaldada por la jurisprudencia del Constitucional y del Supremo. Se trata de la consagración de la ambigüedad y de los hechos consumados ante la ausencia de una política razonable.

Zapatero tiene razón cuando denuncia el «truco» subterfugial e indecente de Vic, pero la política gubernamental se basa también en el truco de aplicar a conveniencia un principio y su contrario sin modificar la legalidad que permite el equívoco. El presidente recién llegado mandó regularizar a la brava a setecientos mil irregulares de una tacada: abre la muralla. Cuando los sondeos reflejaron la inquietud popular y el PP le madrugó la iniciativa de canalizarla, liquidó al ministro que cumplió su encargo y quiso poner cara de antipático: cierra la muralla. Pero la realidad es la que es: de un modo u otro casi todo el que llega se acaba quedando. Sin planificación, sin control, sin reglas y sin método. Y en medio del caos legal y administrativo de un país que no sabe decidir cuántos extranjeros necesita y cuántos puede acoger, la única política de flujos migratorios la está haciendo por su cuenta la crisis económica.


ABC - Opinión

O incendiamos La Moncloa, o ponemos un poco de sensatez . Por Federico Quevedo

Ya sé que esto me va a suponer los exabruptos de los intolerantes de siempre de uno y otro lado, pero para qué les voy a engañar, el hecho de acumular odios en los extremos me complace sobremanera porque siempre he creído que en el centro y en la moderación se encuentra la virtud. Viene esto a cuento de la decisión del PP de renunciar en parte a su exigencia de retirada total de la asignatura de Educación para la Ciudadanía con el fin de facilitar la consecución de un Pacto por la Educación que actualmente negocian el ministro del ramo, Ángel Gabilondo, y la secretaria general de los populares, María Dolores de Cospedal. Es cierto que el PP había incluido en su programa electoral el anuncio de que si ganaba las elecciones retiraría esa asignatura, pero qué quieren que les diga, creo que este gesto por parte del principal partido de la oposición dice mucho de su voluntad por intentar alcanzar un acuerdo que en sí mismo es mucho más urgente e importante que la supervivencia o no de la asignatura de marras.

Además, quienes acusan al PP de renunciar a sus principios y esas cosas, mienten y falsean la realidad, porque en ningún caso el PP ha renunciado al fondo del asunto, es decir, a que Educación para la Ciudadanía deje de ser, de una u otra manera, lo que hoy es: una asignatura de adoctrinamiento en los principios que rigen la política social de Rodríguez Zapatero. Verán, la realidad es bien distinta. Cuando en un principio el ministro Gabilondo propuso al PP un Pacto por la Educación, en Génova 13 se acogió la propuesta con mucha desconfianza. Pero después de varios encuentros entre Gabilondo y Cospedal, las cosas han cambiado y en la sede del PP han percibido por parte del ministro una seria voluntad de intentarlo como sea. Además, lejos de la posición inamovible que hasta ahora venían exhibiendo los ministros de Educación de Rodríguez, Gabilondo se ha mostrado muy perceptivo a las posiciones del PP y, sobre todo, como buen profesional del sector, ha resultado ser muy crítico con el actual sistema en cuanto que no solo no consigue alcanzar los objetivos que se había propuesto sino que ha convertido a los escolares españoles en los peor formados de toda la Unión Europea, o casi.

Una concesión a medias

Y, por si fuera poco, Gabilondo coincide también con el PP en la necesidad de que el sistema educativo se apoye en el mérito y el esfuerzo como ejes del mismo. Todo ello ha llevado al PP a confiar en la voluntad del titular de la cartera en quien, como ha dicho Rajoy, reside mucha más seriedad de la que pudiéramos encontrar en Rodríguez. Ese es, de hecho, el único inconveniente que puede hacer peligrar el pacto. Un pacto que debería haber existido desde hace mucho tiempo entre las dos principales fuerzas políticas. La educación es algo demasiado importante como para que esté sujeta a los cambios electorales, y lo cierto, sin embargo, es que cada gobierno que llega intenta implantar su modelo, con la salvedad de que hasta ahora solo conocemos el socialista, porque ya se encargó Rodríguez de que nunca pudiera ponerse a prueba el modelo del PP. ¿Consecuencia? Una educación pésima fundamentada en el colegueo en lugar de fomentar el esfuerzo personal. Consciente de que la necesidad de ese pacto, el PP ha elaborado un documento muy interesante que deja espacios para el encuentro entre los dos modelos educativos, sin renunciar al esfuerzo y la superación como elemento sustancial de un sistema educativo que debería tener la excelencia como objetivo.

Pero para encontrar puntos de acuerdo, es obligado hacer concesiones, y Educación para la Ciudadanía es una de ellas. Una concesión a medias porque lo que realmente propone el PP es incorporar al nuevo modelo la sentencia del Tribunal Supremo, es decir, que sobreviva la asignatura pero modificando sustancialmente su contenido. De tal modo que del programa de máximos que era la retirada completa de Educación para la Ciudadanía, el PP propone excluirla como tal de la educación primaria y convertirla en una asignatura transversal que ofrezca unos primarios conocimientos sobre la Constitución, y mantenerla en secundaria con ese mismo objetivo, pero más ambicioso, de conocimiento de la Carta Magna e incorporando algo que el Gobierno socialista había marginado de nuestro sistema de enseñanza: la Filosofía, fuente del saber y del conocimiento desde los orígenes de la humanidad. Consciente, sin embargo, Rajoy de que el Pacto no depende solo de la voluntad de Gabilondo, sino de la arbitrariedad de un presidente del Gobierno que siempre se ha caracterizado por su sectarismo, antes de que se acuse al PP de romper nada, ha dado a conocer su propuesta y, sobre todo, sus concesiones a un Pacto mucho más que necesario si en el futuro queremos tener una educación de calidad.


El confidencial