lunes, 18 de julio de 2011

Esta insoportable levedad. Por Juan Luis Cebrián

Zapatero debe anunciar cuanto antes un calendario creíble para el proceso electoral.

Hace poco más de un mes asistí en Madrid a varios debates entre intelectuales, políticos, empresarios y ciudadanos del común. A pesar de reunir muy diferente y variopinta asistencia, en todos ellos tuve ocasión de comprobar el singular sentido de ánimo de la sociedad capitalina (creo que la española en general) ante lo que podríamos llamar, parodiando a Kundera, la insoportable levedad del devenir de España. Dos de esos actos estaban relacionados directamente con la recuperación de la memoria colectiva. Uno fue organizado por la Asociación de Defensa de la Transición y el otro, por la Fundación Fernando Abril Martorell, que otorgaba el Premio de la Concordia a Antonio Muñoz Molina. Salvo el incombustible Enrique Múgica y yo mismo, creo que prácticamente no hubo coincidencias entre los presentes en ambas ocasiones. Sin embargo, resultaron tan evidentes la convergencia de actitudes y lo similar de las preocupaciones allí expresadas, que bien puede entenderse que reflejaban un verdadero estado de opinión. Gentes de derechas, de centro y de izquierdas, antiguos comunistas y viejos franquistas arrepentidos, católicos fervientes y ateos recalcitrantes, mujeres, hombres, profesores, jueces, militares, diputados, periodistas e intelectuales, reclamaban, con la serena parsimonia de su experiencia y la firmeza de su convicción, una recuperación del consenso y el pacto como únicas vías para salir del agujero en el que parece hundirse la sociedad española.

Por los mismos días me reuní en un par de escuelas de negocios con jóvenes empresarios y directivos, la mayoría de ellos bien instalados, y con otros profesionales y universitarios víctimas del paro, algunos de ellos ocasionales pero frecuentes visitantes, como tantos ciudadanos, de la acampada de los indignados en la Puerta del Sol. Eran gentes nacidas en los años setenta y ochenta, algunos más jóvenes aún, cuyos puntos de vista no divergían mucho de los de la generación de sus padres y coincidían en una expresión de simpatía hacia el movimiento del 15-M, por más que algunos se sintieran molestos por la invasión de la vía pública.

Todo ello me sirvió para comprobar la existencia de un creciente malestar que no conoce fronteras ideológicas, generacionales ni de clase social. Puede pensarse que cuanto nos sucede se resume en la profundidad de la recesión económica y la atribulada gestión de la misma. En muchos países europeos, los Gobiernos y los partidos que les sustentan vienen siendo contundentemente desalojados del poder central o local por los electores, en busca de una alternativa posible que mejore la vida de los ciudadanos. Pero la crisis no es solo económica, aunque sus efectos sobre el aumento del paro y el descenso de nivel de vida de las gentes sean los más inmediatos y dolorosos, sino también política y de convivencia. Es además sistémica no únicamente en lo financiero, sino que afecta de lleno al modelo de organización social y al desarrollo individual y colectivo de las gentes. El descontento español, griego, islandés o portugués, ahora italiano también, anida con diferentes expresiones en muchas otras latitudes, y en el norte de África y Cercano Oriente comienza a cuajar en guerras civiles larvadas, o no tan larvadas, como las de Libia y Siria. La falta de liderazgo, en ocasiones capaz de afirmarse solo por la fuerza, la resistencia al cambio de quienes ocupan posiciones establecidas y la inflexibilidad de la respuesta frente a un mundo en continua ebullición, no harán sino prolongar la decadencia de una realidad insostenible.

Nos enfrentamos, desde luego, a problemas globales, por lo que las soluciones lo tienen que ser también. Pero la expresión local de unos y otras evidencia las carencias del Estado-nación a la hora de enfrentar estas cuestiones. Eso explica la deriva hacia el populismo de tantos líderes políticos, dispuestos a deslizarse sin mayores cauciones por la senda del proteccionismo comercial, la xenofobia racista y la insolidaridad. El cortoplacismo, atizado por la frecuencia de comicios de todo tipo y las urgencias de las campañas electorales, caracteriza la mayoría de las decisiones de los dirigentes occidentales, que no entienden su incapacidad de competir con algunas sociedades emergentes en las que el calendario —como en el caso de China— corre a diferente velocidad que en el resto del mundo.

Sobresale el distanciamiento entre la clase política y los ciudadanos, no solo en los regímenes dictatoriales o autoritarios, sino en democracias más o menos consolidadas. Los acampados en las plazas protestan contra el sistema sobre todo por haber sido excluidos de él. Están contra los partidos, los sindicatos, los banqueros y… los periódicos, o los medios de comunicación en general. A todos se mide por el mismo rasero, como integrantes de una casta reacia a propiciar los cambios que la gente demanda. A todos se les reprocha ignorar que las nuevas tecnologías de la comunicación han empoderado a los pueblos más que algunas de las instituciones democráticas que rigen la vida de los países. Y en todos los casos aspiran a más participación ante lo que consideran el fracaso de la representación política. Los reclamos de reforma de la ley electoral, o contra la presencia de imputados en las listas, se basan en la percepción, desde mi punto de vista acertada, de que los representantes no nos representan, o lo hacen cada vez menos. No digo esto a la búsqueda de alguna popularidad que no merezco entre los nuevos levantiscos. Hace un cuarto de siglo, en mi libro El tamaño del elefante, escribía: “No es ya el Parlamento el que controla al Gobierno, sino el Gobierno el que controla a la mayoría parlamentaria, la diseña de antemano…. Y de acuerdo con los sondeos electorales, la domestica, la manipula y utiliza… Una reforma de todo el sistema de representación política en España es necesaria si se quiere que la democracia avanzada que la Constitución define se haga efectivamente realidad”. A partir de aquella fecha, los problemas no han hecho sino empeorar en ese terreno. Ahora se ven agudizados por la profundidad de la crisis, la destrucción de empleo, la falta de horizonte de las nuevas generaciones y la perplejidad e irritación que producen ver a los dirigentes políticos disputarse el poder por el poder, reproduciendo promesas que nunca se cumplen y rindiendo tributo a una demagogia persistente e inútil.

Algunos comparan las revueltas juveniles de ahora con los acontecimientos de Mayo del 68. La escenografía es en parte similar, con esas chicas ofreciendo flores a los robocops policiales, remedando imágenes de una época en la que los manifestantes entonaban el haz el amor y no la guerra. Pero pese a la idílica utopía del movimiento hippie, Mayo del 68 acabó siendo violento, y mayo del 2011 apenas lo ha sido. Las revoluciones han perdido prestigio y habrá que esperar a ver en qué desembocan los acontecimientos del norte de África para saber si son capaces de recuperarlo. En el entretanto, conviene no desdeñar el significado de las protestas. No es solo la representación política lo que está en entredicho, sino un entramado institucional anquilosado y clientelista que sume a los ciudadanos en la desesperanza y el desasosiego.

Por lo mismo, hace años que deberíamos haber encarado una reforma constitucional que actualizara la gobernación de este país. Una reforma capaz de instaurar un Estado federal moderno, culminando y corrigiendo el proceso de las autonomías, que cuestione la provincia como distrito electoral y establezca las prioridades para las próximas generaciones de españoles. Un programa así exige no solo un liderazgo del que hoy carecemos, sino una voluntad de acuerdo en la política que permita abordar también, de manera urgente y eficaz, la reforma del sistema financiero y la modernización de las relaciones laborales, sin lo que será imposible dinamizar la economía y generar puestos de trabajo. Pero mientras el país confronta la amenaza de ruina, se desvanece la cohesión territorial y aumentan los conflictos sociales. La pérdida de confianza en la gestión del actual presidente del Gobierno es clamorosa dentro y fuera de España. Es imposible suponer que de una legislatura como la que hemos padecido se derive ya ninguna de las soluciones que los ciudadanos reclaman. El deterioro preocupante del partido en el poder amenaza con desequilibrar el futuro inmediato de nuestras instituciones políticas. Y aunque su recién estrenado candidato ha procurado, con éxito inicial, devolverle la esperanza, no es imaginable que acuda a los próximos comicios sin un congreso previo que restaure su maltrecho liderazgo y diseñe un proyecto que le permita recuperar al electorado y elaborar los pactos que el futuro demanda. Para que todo eso suceda, José Luis Rodríguez Zapatero debe de una vez por todas abandonar su patológico optimismo y renunciar al juego de las adivinanzas. Los titubeos, las dudas y los aplazamientos a que nos tiene acostumbrados son la peor de las recetas para una situación que reclama medidas de urgencia. Su deber moral es anunciar cuanto antes un calendario creíble para el proceso electoral. Solo así podrán los españoles soportar la levedad del ser. 


El País - Opinión

La guerra no ha terminado. Por José María Carrascal

¿Cuándo firmaremos los españoles la paz con nosotros mismos? No lo sé.

A los 75 años de comenzar, la guerra civil española todavía no ha terminado. Sigue librándose en libros, artículos, conferencias, debates, con el mismo ardor, parcialidad, fiereza de siempre. Sigue librándose porque los vencidos no la dan por perdida, reclaman al menos la victoria moral, tener siquiera la razón, y los ganadores no se la conceden. Suele decirse que en toda guerra, la primera víctima es la verdad. En una guerra civil, la verdad es asesinada dos veces, una por cada bando. No se ha escrito todavía ningún libro —historia, novela, drama, memoria, poemario— verdadero sobre nuestra guerra civil. Todos ellos dicen sólo media verdad: la del autor que intenta racionalizar su causa. Lo que significa que todos son también medio falsos.

Ambas partes esgrimen sus razones —que las tienen— pero al contradecirse entre sí, se anulan mutuamente, por lo que tanto puede decirse que ambas tenían razón como que no la tenían. Había tantos motivos para sublevarse contra una república que había dejado de ser res-publica, cosa pública, convertida en intento de aniquilar a la otra mitad, como para defenderla, sin que nadie pueda apropiarse del legítimo derecho, al haber sido sustituido por el odio, el rencor y el fanatismo en prácticamente todas las capas de la sociedad española, así como en sus distintos estamentos, comenzando por el político y terminando por el militar. Quién empezó, quién tuvo la culpa, no me atrevo a decirlo, no por cautela, sino por haber culpas para todos, consciente de que uno y otro bando me lo reprocharán duramente por no atribuirla al contrario.

La animosidad es tan profunda y la parcialidad ha ido tan lejos que incluso los testigos y comentaristas extranjeros no han sido inmunes a aquel estallido de furia, y ni siquiera los últimos libros de autores ingleses, franceses, americanos y alemanes están libres de tales características, que quedan evidentes en los adjetivos que aplican a cada personaje, batalla o situación, no importa que los hechos que narren sean correctos.

¿Hasta cuándo continuaremos los españoles librando nuestra guerra civil? ¿Cuándo firmaremos la paz con nosotros mismos? Tampoco lo sé, a la vista del masoquista placer que encontramos en volver a librarla. Sí sé, en cambio, que esa contienda permanente es un freno a nuestro avance, que se lleva buena parte de nuestras energías y que nos impide abordar tareas mucho más urgentes y necesarias. Es lo que me lleva a pensar que aquella guerra no fue sólo una guerra. Fue el castigo que nos infligimos los españoles a nosotros mismos por no haber sido capaces todavía de levantar la nación, el país, el Estado moderno, desarrollado, acogedor, que hubiéramos deseado tener y aún no tenemos.


ABC - Opinión

Tontería económica. Democracia real ya. Por Carlos Rodríguez Braun

O bien el manifiesto rechaza el libre desarrollo personal, o bien cree que sólo somos libres cuando la sociedad nos somete. En el primer caso, engaña. En el segundo, hiela la sangre.

El manifiesto de "Democracia real ya" subraya que sus firmantes y partidarios no tienen color político: sólo quieren democracia. Pero su democracia se basa en que la gente no pueda elegir.

Esto dicen: "Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sostenibilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas. Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz".

El manifiesto es imperativo: hay derechos básicos que "deberían estar cubiertos" y prioridades sociales que "han de ser". Nótese que así se han edificado las democracias modernas, cuya presión fiscal ya es históricamente elevada. Si a los redactores del manifiesto les parece que la democracia que tenemos no es real, la conclusión es que desean que el nivel de coacción política y legislativa que ya experimentan los ciudadanos aumente de modo apreciable. Es evidente que cuando hablan de derecho a la vivienda, la salud, la educación o el consumo de bienes "necesarios", no se están refiriendo a que los ciudadanos libremente paguen con sus propios recursos esos bienes y servicios. Si no se están refiriendo a eso, sólo pueden referirse a que el poder forzará a la población a que los pague. La "democracia real ya" no puede, por tanto, querer decir menos impuestos, controles, multas y prohibiciones, sino más. Su idea de la democracia, en consecuencia, estriba en que la gente no elija.

Dirá usted: ¡pero si apoya el "libre desarrollo personal"!

Es cierto, y resulta llamativo. Tanto este párrafo como el conjunto del manifiesto reprochan a los seres humanos libres, consideran que los objetivos de prosperidad de las personas son inmorales, empobrecedores y destruyen el planeta. Todo el manifiesto apunta a restringir más el libre desarrollo personal y también los contratos voluntarios, porque específicamente se ataca el mercado y se prima la coacción de la colectividad sobre el individuo.

En conclusión, o bien el manifiesto rechaza el libre desarrollo personal, o bien cree que sólo somos libres cuando la sociedad nos somete. En el primer caso, engaña. En el segundo, hiela la sangre.


Libertad Digital - Opinión

La gran juerga. Por Gabriel Albiac

Somos parasitarios. Esto queda: resaca,tras medio siglo de juerga que pagaron otros.

¿DE qué iba aquello? De la eufórica ilusión según la cual era posible producir realidad con nada más que fantasía. Palacios en el aire. Hasta que el aire se niega a mantenerlos. Caen a plomo, entonces. Nada les sobrevive. Nadie. La desbocada fantasía de Mitterrand y Kohl a inicio de los noventa, la pagamos nosotros ahora. A ellos les salió gratis, ya hasta pudieron labrarse la reputación de «hombres de Estado» que, en sus nada transparentes biografías, les sirvió encubrir tanta miseria anímica y política. Pagamos nosotros ahora. Pobres diablos: son siempre los pobres diablos quienes pagan. Ahora, cuando no hay un duro. Y el euro, hasta podría darnos risa. Sólo que no hay ya risa que no se nos congele. Y aquel brillante invento de Mitterrand y Kohl, el euro, nos escupe a la cara la realidad que cualquiera que no fuera imbécil podía prever desde su primer día: la bancarrota.

Todas las lógicas de Estado, Nación y moneda (las tres hablan de lo mismo) fueron violadas entonces, con la infantil alegría que es propia de la ignorancia. O del demasiado saber que todo iba acercándose al mayor abismo del siglo. Sin remedio. Éste, por el cual caemos ahora.


¿El peor? Sé que sonará exagerado a quien recuerde lo que fue el siglo veinte: la más eficaz carnicería de la historia humana. Y, sin embargo, todo apunta ahora a una salida aún más dura, porque mucho más duro es el batacazo esta vez que en 1929. Si es que hablar de salida tiene algún sentido, para este blindado callejón sin salida en el cual nos hemos atrincherado: Europa. Que no es solución alguna; ni siquiera un problema. No un moribundo; un cadáver.

¿Qué era en 1992 aquel vendaval que, en Mastricht, Francia y Alemania desencadenaban? Acta confesa de que mucho hacía ya que en Europa no se producía nada de valor alguno. Ni en lo material, ni en lo intelectual. Nada. Y, sin embargo, Europa vivía en los más altos niveles de confort y consumo del planeta.

No hay milagros. Si alguien no tiene ingresos y vive en la opulencia, acabará en presidio. Puede que logre posponerlo un tiempo. Pero, al final, se estrellará contra el muro marmóreo de la realidad. Paga o muere. Es la ley inviolable del capital. Europa no puede pagar. Cada vez podrá menos. Su deuda no hace más que acumularse. En lo privado como en lo público. Así que no hay misterio. Esto se acabó, muchachos. Quien tenga edad, saber y ganas, que emigre. Mientras pueda. Los demás, vamos de cabeza a la fosa. Sin grandeza.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha vivido de no hacer nada. Y ha vivido muy bien. Exenta de los inmensos gastos militares que, en el ajedrez de la Guerra Fría asumieron, en exclusiva, los Estados Unidos frente a la URSS, y gracias a los cuales al continente no se lo zampó Stalin en los diez minutos que siguieron al suicidio de Hitler. Ese gasto militar imposible se llevó por delante a los soviéticos y sacude ahora los cimientos de Wall Street, o sea, de todo. Libre de tal sangría, la economía europea vivió, entre el inicio de los sesenta y el comienzo del nuevo siglo, una ocasión excepcional para renovarse. La despilfarró. Por completo. Y llegó el fin de fiesta. Somos parasitarios. Esto queda: resaca, tras medio siglo de juerga que pagaron otros.


ABC - Opinión

Zapaterismo. 18 de Julio. Por José García Domínguez

La atmósfera de este país no volverá a ser respirable hasta que sellemos con siete llaves el sepulcro del capitán Lozano (por ventura, los mil quinientos kilos de cemento que cubren el del dictador, no hay quien los mueva).

Ahora que, por fin, las riendas del Partido Socialista vuelven a estar en manos de un adulto, acaso la tarea más urgente a afrontar por unos y otros sea recomponer las costuras de la concordia civil, tan maltrechas durante los últimos siete años. Aunque solo fuese por aquello que predicaba don Fernando de los Ríos, a saber, que en España lo revolucionario es el respeto. Sin demora, pues, habrá que cerrar, a ser posible para siempre, esa caja de Pandora, la del guerracivilismo retrospectivo y el revival del viejo espíritu cainita de la tribu que han caracterizado a la miseria intelectual y moral del zapaterismo.

Así, al modo de las naciones civilizadas, habremos de retomar cuanto antes los usos de la urbanidad política, hoy tan olvidados, que imperaron cuando la Transición. El primero de todos, la renuncia a tratar a los adversarios como si fuesen enemigos, una chusma despreciable contra la que se impone trazar todo tipo de cordones sanitarios para mantenerla aislada en su lazareto. Un mutuo desprenderse del maniqueísmo atrabiliario y los modos rifeños cuya primera condición sería dejar de lanzarse la Historia a la cabeza sin tregua. Y es que la atmósfera de este país no volverá a ser respirable hasta que sellemos con siete llaves el sepulcro del capitán Lozano (por ventura, los mil quinientos kilos de cemento que cubren el del dictador, no hay quien los mueva).

Como buen adolescente, Zapatero no pudo renunciar a la pulsión autocompasiva propia de los narcisos. De ahí la conmovida contemplación de sí mismo a modo de sufrida víctima de un agravio histórico. Y puesto que no podía ser negro, lesbiana o catalán, al pimpante primogénito del presidente del Colegio de Abogados de León, un privilegiado que no ha conocido padecimiento alguno en su existencia, le dio por hacerse víctima del 18 de Julio. Gesto mezquino, ése de haber invocado el espectro de la Guerra Civil, que tal vez sea lo único que quede de Zetapé en la memoria colectiva. A fin de cuentas, falangistas y comunistas, los dos exponentes de cerrilismo ibérico que toparon de frente en aquella carnicería, nada representan ya en la España contemporánea. Y los aprendices de brujo, como el aún presidente, no merecen suerte distinta. Ojalá.


Libertad Digital - Opinión

Estupidez y crueldad. Por Ignacio Camacho

Ya está bien de hemiplejías morales retroactivas ante nuestra peor memoria de vileza, barbarie y vergüenza.

«Ínclitas guerras paupérrimas,
sangre infecunda, perdida»

(Blas de Otero)

LA mejor definición que conozco sobre la guerra (in)civil española la escribió todavía en plena contienda el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales: una siniestra apoteosis «de estupidez y de crueldad» en la que «idiotas y asesinos se han producido con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos». Hijo preclaro de la tercera España, esa abstracta patria de independencia intelectual y moral que a lo largo de los siglos ha recibido la inquina del sectarismo banderizo, Chaves supo anotar el preciso testimonio de esa despiadada barbarie recíproca. Y lo pagó, claro, con el exilio y la ojeriza simultánea de franquistas y republicanos, hermanados en la ferocidad autodestructiva de un desastre que todavía algunos se empeñan en contemplar con la hemiplejía retroactiva de sus anclados prejuicios.

Antes de que el zapaterismo se empeñase en reescribir con ofuscación maniquea el veredicto de la Historia, las generaciones de la Transición habían aprendido a olvidar y el testamento dolorido de Azaña —paz, piedad, perdón— obtuvo inesperado cumplimiento en una reconciliación sin resquemores. La hoja de ruta de la nación parecía seguir los versos del comunista Blas de Otero —«no sé nada de ayer, quiero una España mañanada...»— para centrarse en tratar de construir un horizonte social despojado de enconos. La tragedia del 36 era sólo materia de historiadores y la política se alejaba con victoriosa velocidad del pasado. Nadie blasonaba de heredero de nadie porque todos sabían que la guerra encerraba, junto a sus episodios de heroísmo, un legado inasumible de vileza, ignorancia, salvajismo y vergüenza.

Ese esfuerzo de reconstrucción se ha desmoronado en los últimos años en una morbosa escombrera de odios redivivos y de fantasmas liberados. Un impulso revisionista de índole vindicativa, activado desde el poder, ha desatado la pasión ajustacuentas en un macabro remover de huesos que pretendía en realidad agitar de nuevo las conciencias del horror. Han vuelto los recuentos de cadáveres y el cómputo selectivo de crímenes, la vieja pasión española de la pelea a muertazos con las armas arrojadizas de un pasado inmóvil. Y en vez de alejarse por los vericuetos de la Historia, el drama nacional ha resurgido como una memoria de cenizas mal apagadas para tratar de dividir la sociedad contemporánea en torno al mismo fracaso que trastornó más de medio siglo de convivencia.

Ya está bien. Es tiempo de volver a cerrar la caja de Pandora. Hora de dejar de una vez a los expertos el dictamen de aquel arrebato totalitario de estúpida atrocidad insana. Hora de expulsar de nuestro paisaje a los «caínes sempiternos» de Cernuda. Hora de devolver a este país a su presente y a su futuro. En días como hoy, más que nunca, hora de volver a sentir bochorno colectivo ante el recuerdo de aquel malvado aquelarre de violencia inútil.


ABC - Opinión

Nuevas victorias para ETA

Desde que seis magistrados del Tribunal Constitucional –cinco de ellos propuestos por el PSOE– decidieron permitir que Bildu concurriera a las elecciones municipales y forales, el viento del devenir político sopla a favor de ETA. Su estrategia ha tenido éxito y sus triunfos sobre el Estado de Derecho se han acumulado. Hoy, ese mundo de violencia, intolerancia y terror está institucionalmente más fuerte que nunca. Gobiernan la Diputación de Guipúzcoa, el Ayuntamiento de San Sebastián y decenas de consistorios en el País Vasco y Navarra, y disponen, en consecuencia, de presupuestos millonarios de dinero público para financiar sus planes. Inquieta más que sorprende que ese tsunami proetarra esté progresando con poca o ninguna resistencia por parte de quien tiene los resortes y la responsabilidad de responder en nombre de la democracia como es el Gobierno. Existe una clima de resignación ante el fenómeno Bildu que sólo ha roto el Partido Popular con su anuncio de que impulsará cuando llegue al Gobierno la ilegalización de la coalición y la destitución de sus cargos públicos por su vinculación a ETA. Algo que la banda ya no se molesta en disimular, como quedó demostrado en el último comunicado en el que hizo suya la victoria electoral de Bildu.

En esa dinámica de avance de ETA, se avecina otro espaldarazo de gran relevancia. Según adelanta hoy LA RAZÓN, el Tribunal Constitucional legalizará Sortu antes de las elecciones generales. El Alto Tribunal aplicará su propia jurisprudencia y cimentará su decisión en su fallo de mayo pasado sobre Bildu. De nuevo, se repetirá la afrenta jurídica y la mayoría progresista atropellará los cauces normativos para erigirse en tribunal de última instancia y casar una decisión del Tribunal Supremo, en contra de la doctrina y del marco competencial fijado en la propia Carta Magna. Lo harán además con la oposición de la Fiscalía y la Abogacía del Estado, que se opondrán esta semana al recurso de amparo presentado por la formación proetarra contra su ilegalización. Otro paso atrás en la seguridad y libertad de todos, y uno adelante en una escenografía sospechosa y peligrosa que cuesta creer sea fruto de la casualidad o de una concatenación imprevista de hechos. Hechos como los movimientos penitenciarios de los terroristas, traslados y excarcelaciones confusas que finalizan con beneficios difíciles de comprender sin que se haya pedido perdón ni haya mediado arrepentimiento. Hechos como el fallo de la Audiencia Nacional, que hoy adelanta nuestro periódico, que no sancionará la exhibición de fotos de los terroristas durante las fiestas de Bilbao de 2007. Hechos como que se sucedan las votaciones de condena a ETA en los ayuntamientos vascos sin el apoyo de Bildu y no ocurra nada.

Con Bildu y Sortu en la legalidad y todo el poder institucional que posee, ETA puede entender hoy que sus centenares de asesinatos han servido para algo y esa realidad es una dolorosa y lamentable conclusión para el Estado de Derecho. El futuro Gobierno del Partido Popular tendrá como misión prioritaria empujar a ETA hasta la derrota y recuperar una política que detenga la involución terrorista que asfixia la convivencia en el País Vasco.


La Razón - Editorial

Final de ciclo

Si Zapatero quiere rendir un último servicio a su país debe abandonar el poder cuanto antes.

Gestionar el final de un ciclo de gobierno no resulta tarea fácil para ningún gobernante y las circunstancias por las que atraviesa España en la actualidad no contribuyen ciertamente a allanar ese cometido. Desde que el presidente del Gobierno desatara las dudas sobre su continuidad en un comentario tan informal como irresponsable a finales del año pasado, los acontecimientos se han precipitado. Para peor. A la fecha nos encontramos con un país amenazado de ruina (atrapado en la vorágine de los mercados financieros desatada sobre Europa), sin perspectiva, con serios problemas de cohesión social y aun territorial, en el que cunde la desilusión entre los ciudadanos sin distinción de ideologías o de clase social. Existen motivos más que fundados para la intranquilidad, patente desde luego tanto en las manifestaciones de los indignados como en los resultados electorales de los recientes comicios.

Las turbulencias en los mercados de deuda se han cebado en España con una intensidad que no solo amenaza con estrangular las finanzas públicas, sino que asfixia también desde hace tiempo a empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, enterrando la perspectiva de una pronta recuperación económica. El sendero hacia la nada por el que se precipitaron con anterioridad Grecia, Irlanda y Portugal viene siendo recorrido a trompicones también por España, pese a las bienintencionadas declaraciones de las autoridades o los anuncios continuados de iniciativas y reformas que devienen luego ineficaces por su falta de ambición inicial, o sus demoras y continuos retardos, como es el caso del sector financiero, cuya urgencia aconsejaba una diligencia extrema en su resolución. Ni el Gobierno ni el Banco de España han sido consecuentes con ello.


Sería injusto responsabilizar de todos los males a nuestras autoridades. Una parte no menor de nuestras aflicciones tiene su origen en Europa y se necesitan por ello soluciones que trasciendan las fronteras nacionales. Pero es imposible no reconocer la parvedad de la aportación española a esas soluciones. Más allá de la impotencia de Europa para solventar sus problemas, la pérdida de confianza en la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero parece irreversible y el creciente escepticismo sobre la gobernabilidad española en las circunstancias actuales amenaza con acrecentar nuestros males. La crisis no es solo económica, sino también, y acaso sobre todo, política.

Hace ya mucho que las respuestas del presidente del Gobierno a los desafíos a los que se enfrenta España apenas merecen crédito alguno por parte de los ciudadanos. Las encuestas lo venían demostrando de forma consistente (una reciente coloca al Gobierno del Estado como la institución peor valorada de una lista de 39), y el escepticismo y el desconcierto fueron rubricados por el descalabro de los socialistas en las pasadas elecciones, al tiempo que crecía la contestación en la calle.

Más allá de cualquier consideración sobre el origen de las protestas del 15-M, sobre su legitimidad o sus intenciones, resulta evidente que el aprecio que han merecido por parte de la opinión trae causa del profundo malestar en el que se ha sumido el conjunto de un país con cinco millones de parados, en el que 300.000 familias han perdido sus casas en los últimos tres años, y en el que su primer gobernante es incapaz de ofrecer ninguna esperanza razonable de alivio a sus angustias.

Rodríguez Zapatero dispone de toda la legitimidad y todo el derecho para terminar la legislatura si así lo quiere y nada en las leyes le obliga a disolver las Cámaras. Pero tras el anuncio, hecho en marzo, de que no concurrirá de nuevo a las elecciones, este periódico sostuvo que sus propósitos de agotar la legislatura solo eran moral y políticamente justificables a condición de que culminase las reformas imprescindibles que asegurasen la estabilidad necesaria, política y económica, para que el país afrontara el periodo electoral en las mejores condiciones posibles. Esa condición no se ha cumplido. Aún peor: su incapacidad en la gestión, los magros resultados de las reformas apenas incoadas, más el lastre y la impotencia de una legislatura agónica auguran un deterioro imparable al que resulta imprescindible poner fin cuanto antes. A este respecto, la fecha sugerida por algunos dirigentes socialistas para celebrar elecciones (finales de noviembre) es del todo tardía. Si de verdad Rodríguez Zapatero quiere rendir un último servicio a su país, debe hacerlo abandonando el poder cuanto antes y reconociendo la urgencia de que nuestro Gobierno recupere la credibilidad perdida. Los españoles en su conjunto, y los votantes socialistas en particular, se lo agradecerán.


El País - Editorial

Curbelo y la mujer del César

Como Pompeya, la mujer del César, el Partido Socialista debería empezar cuanto antes a parecer decente solicitando la dimisión inmediata de Curbelo de todos sus cargos, especialmente del de jefe del PSOE gomero.

Relata Plutarco que Julio César se vio obligado en cierta ocasión a reprobar el comportamiento de su esposa Pompeya tras un pequeño escándalo que estalló en la Roma de la época que la salpicó indirectamente. "No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo", cuenta el historiador que le transmitió por carta para que no volviese a caer en el mismo error. En el caso del senador socialista Casimiro Curbelo –protagonista, según se desprende del atestado policial, de un chusco episodio nocturno la semana pasada en una comisaría de Madrid–, concurren similares ingredientes aunque esta vez con el PSOE personificando el papel de Pompeya.

Al parecer, durante la madrugada del viernes Curbelo acudió en compañía de su hijo y un amigo de éste a un club de alterne de la capital. La noche, de alto contenido etílico para los tres, terminó en la comisaría de policía de Azca tras una refriega con los agentes, a los que presuntamente el político agredió de palabra y obra mientras alardeaba de su condición de senador. La versión de la policía que refleja el atestado es verosímil y sólo falta que sea verificada por el material de vídeo que las cámaras de la comisaría grabaron la noche de autos. No así la que ofrece el senador, que ha culpado a los policías de ser víctima de un abuso policial ya que los agentes estaban a las órdenes del Partido Popular, responsable, según él, de haber montado el escándalo para perjudicarle políticamente.


Curbelo es algo más que un simple senador, es todo un jerarca del socialismo canario y el político más poderoso e influyente de La Gomera. Compatibiliza este cargo con el de presidente del Cabildo insular y con el de secretario general de los socialistas gomeros. Ha sido, además, hasta no hace mucho tiempo, diputado en el parlamento autonómico y fue alcalde de San Sebastián de La Gomera durante dos legislaturas. Visto así, el suceso de Azca deja de ser un incidente sin importancia y se convierte en una cuestión de honor para el PSOE y en un asunto de máxima relevancia política dentro de la política canaria.

Como Pompeya, la mujer del César, el Partido Socialista debería empezar cuanto antes a parecer decente solicitando la dimisión inmediata de Curbelo de todos sus cargos, especialmente del de jefe del PSOE gomero. Además de eso, no debería incorporar su candidatura a las listas del Senado en las próximas elecciones. El senador, por su parte, no haría mal en renunciar al acta y en abandonar la presidencia del Cabildo. Ambos cargos son incompatibles con el comportamiento despótico y chulesco que la Policía le imputa porque en política, a fin de cuentas, no basta con ser honesto, también hay que parecerlo.


Libertad Digital - Editorial

Privatizar para hacer caja

Si un Gobierno no cree en lo que hace, decisiones como la de privatizar servicios públicos no sirven para crear un modelo de actividad más competitivo.

EN los espacios que le dejan las contradicciones de su discurso de izquierdas, el Gobierno socialista está teniendo que asumir algunas decisiones inevitables para capear la crisis, aun cuando supongan una manifiesta declinación de su manual ideológico. Así ha sucedido con las privatizaciones de entidades públicas, como la de Loterías y Apuestas del Estado. La última decisión en este sentido la tomó el Consejo de Ministros el pasado viernes, al autorizar la privatización de los aeropuertos de Barajas y El Prat. El Estado conservará a través de AENA un porcentaje no superior al 10 por ciento en las sociedades que resulten concesionarias de ambos aeropuertos, en un operación que puede suponer para las arcas públicas hasta 5.300 millones de euros. En una coyuntura política y económica que tiene desconcertada a la izquierda, esta política de privatizaciones es una muestra de la insostenibilidad de las propuestas intervencionistas como solución a la crisis. El Estado no es más eficaz por asumir directamente la prestación del mayor número posible de servicios públicos, sino por establecer y garantizar un régimen legal que haga posible la mayor calidad y eficiencia en la prestación de ese servicio, sea por manos públicas o privadas. Por tanto, una política de privatizaciones bien planificada, con objetivos estructurales, no coyunturales, y ejecutada en un contexto de medidas económicas globales, es una buena opción para dar a la economía competitividad y dinamismo. Basta comprobar en qué estado de protagonismo mundial se encuentran actualmente algunas de las empresas privatizadas a partir de 1996, con el primer Gobierno de Aznar. Por eso debe ser bienvenida la privatización de aquellos servicios públicos en los que el Estado no cumple un papel insustituible en su prestación. Ahora bien, las privatizaciones que está impulsando el Gobierno de Zapatero carecen de esa política económica integral que las haría mucho más eficaces. Mientras se promueven privatizaciones en la

confianza de captar capital privado suficiente, el Gobierno lanza mensajes amenazantes a la banca y se halla inerme ante la crisis de la deuda pública española en los mercados. Además, reformas cruciales como la laboral o la de la negociación colectiva no surten el efecto previsto.

No es suficiente con hacer de la necesidad virtud y escudar estas decisiones tan poco socialistas en las exigencias de la crisis. La convicción en lo que se hace es fundamental para que algunas políticas tengan éxito. Si un Gobierno no cree en lo que hace, decisiones como la de privatizar servicios públicos sirven para hacer caja, pero no para crear un modelo de actividad más eficiente y competitivo.


ABC - Editorial

domingo, 17 de julio de 2011

El combate. Por M. Martín Ferrand

Rajoy ya debiera haber optado, visto que la dimisión no parece entrar en los planes del acusado, por la expulsión de Camps.

AUNQUE cada vez estén más escondidas y postergadas, militan en el PP muchas inteligencias preclaras, procedentes de los más diversos campos de la actividad intelectual y profesional y, simultáneamente, forjadas por la experiencia. Gentes que, como dicen los castizos, saben lo que vale un peine. Muchos de ellos, me consta de varios, han leído con atención y aprovechamiento la obra magna de Carl von Clausewitz, De la guerra, y saben que, del mismo modo que el genial prusiano sostenía que la guerra es un «acto político», conviene entender la política, en lo que se refiere a su dimensión de enfrentamiento partitocrático, como un acto de combate. En el PSOE lo saben bien y, llegados a la decadencia a la que les ha conducido José Luis Rodríguez Zapatero, son frecuentes los líderes locales y militantes de base capaces de explotar sus fracasos. Como contrapartida, el PP, agazapado en la prudencia inactiva, parece indeciso a la hora de explotar sus éxitos que, en los últimos comicios municipales y autonómicos, han sido rotundos.

Un suceso previsible y no previsto, pura torpeza táctica —la situación procesal de Francisco Camps—, ha descompuesto el ánimo del partido de la gaviota y, si nos atenemos a las apariencias, podría pensarse que han perdido sus posiciones en la Comunidad Valenciana, donde su victoria, engrandecida por la endeblez y las circunstancias del renovado president, toma aires de derrota. Como ayer señalaba en estas páginas, con rotunda lucidez, Ignacio Camacho, Mariano Rajoy ya debiera haber optado, visto que la dimisión no parece entrar en los planes del acusado, por la expulsión de Camps. Uno de los dos o tres grandes líderes regionales del PP, presidente de su Autonomía, no puede sentarse en el banquillo para responder de un vestuario que dijo haber pagado en flagrante mentira pública. El coste podría ser inmenso, irreparable, para el PP.

Se entiende que Rita Barberá, su mentora y maestra, nos diga, para no decirnos nada, que Camps, el pobre, sufre mucho. Incluso se puede intentar comprender que el equivalente extremeño del valenciano, José Antonio Monago, no se sabe si por exceso o por defecto, defienda a su colega asegurando que son muchos los socialistas que quieren tomarle medidas al PP; pero que «no hay que hacerle un taje —cortarle, decían los clásicos— a quien hasta el día de hoy es inocente». Lo que ya no entra en los códigos de las costumbres democráticas establecidas, ni en los esquemas de la defensa y el ataque, es el huidizo silencio —irresoluto o prudente, es lo mismo— de quien en unos meses será el presidente del Gobierno de España.


ABC - Opinión

Se fugó. Por Alfonso Ussía

El juez Pedraz es un chollo para los etarras. Y para las etarras, además de un chollo, guapísimo. Ahora ha dejado en libertad al canalla de «Iñaki de Rentería» en contra del fiscal mientras se peinaba su rubia melena con los informes de la Policía y la Guardia Civil. El juez Pedraz de la Audiencia Nacional se parece a la famosa juez Elisabeth Huerta, tan añorada por los terroristas y su entorno. El tal Iñaki ha sido puesto en libertad por Pedraz porque según él –Pedraz, no el etarra–, no existe riesgo de fuga. Efectivamente ya no existe el riesgo de fuga. Se ha fugado. Nadie lo encuentra en Rentería. «Si me quieres escribir/ ya lo sabes, señoría./ En cualquier lugar del mundo/ que no sea Rentería». El terrorista beneficiado por la bondad y la confianza del juez Pedraz fue el responsable máximo del secuestro más largo y brutal de la historia de la ETA. El de José Antonio Ortega Lara. Ordenó la prolongación de la tortura, y su plan definitivo no era otro que abandonarlo en su inmunda celda de castigo y dejarlo morir como si fuera una rata. La rata es Iñaki el de Rentería, la rata fugada, la rata huida y la rata amparada por Bildu, que hoy tiene medios suficientes para burlarse no sólo del juez Pedraz, sino del Estado de Derecho.

En unos meses, de seguir el juez Pedraz con sus debilidades, va a haber más etarras huidos que apresados. Y para colmo, peces gordos. «Josu Ternera» no anda lejos. De Juana Chaos y su mujer, la de los chupachús en la cárcel, parece que se mueven con toda suerte de facilidades por Canadá. Belfast es una ciudad muy triste. El Gobierno de Zapatero lo soltó porque no quería que se le muriera en una huelga de hambre más falsa que un billete de cuarenta euros. Me pregunto cómo puede un agonizante cumplir holgadamente con la que entonces era su novia y pedirle placeres complementarios. Un tipo que se muere, por muy puma que sea, no piensa en esas cosas. Lo llevaron a San Sebastián, se recuperó muy pronto, paseó con total chulería por el Paseo de la Concha, y cuando no había riesgo de fuga, se fugó. Asistimos a la descomposición absoluta del Estado de Derecho, con un Poder Ejecutivo que ordena y manda en numerosos ámbitos del Poder Judicial. No se entenderían muchas libertades «sin riesgo de fuga», ni legalizaciones como la de Bildu, de no ser así. Lo del «Faisán» sí les preocupa. Y no intuyo en ninguno de los altos mandos procesados por colaborar con banda armada la lealtad y el coraje de Barrionuevo. Al final van a cantar «La del Manojo de Rosas», siempre que la Fiscalía no consiga apartar del caso al juez Ruz, que lo apartará.

Para entender lo que hoy significa y representa el PSOE en la sociedad española hay que releer las palabras pronunciadas por quien gobernó en España catorce años como número uno del PSOE. «Soy militante del PSOE pero no le tengo ninguna simpatía». Se equivocó mucho –sobre todo al final– Felipe González, pero gobernó seriamente, con sentido del Estado y rodeado de personas preparadas y, muchas de ellas, honestas. Rubalcaba tiene que recordarlo porque fue ministro de González en diferentes departamentos. Aquel socialismo –Gal y Filesa aparte–, tenía estética y solidez. Se derrumbó a sí mismo en el tramo final de su cuarta legislatura obtenida en las urnas. El de hoy es sencillamente indignante. No es necedad la del Presidente prolongando su mandato. Tampoco obcecación. Necesita un tiempo para borrar toda prueba. De no hacerlo, podría visitar en el futuro el despacho de Pedraz. Y en ese caso, volvería a tener suerte.


La Razón - Opinión

Prima de riesgo. ¡Malditos mercados!. Por José T. Raga

En la mente de la izquierda cavernícola y retrógrada, esa que se quiere comer a los banqueros, cabe que exista una solución: prohibir los mercados, aunque no se sabe cómo redactar el decreto prohibitorio para que tenga eficacia.

Esta expresión ha podido estar presente, al menos en la mente de algunos de los que nos desgobiernan. Porque, ¡vaya semanita que nos han dado! El espectáculo era patético: ZP en estado comatoso y con dificultades para articular; la vicepresidenta abundando en las tonterías de rigor; el candidato Rubalcaba desaparecido en combate, buscando especuladores y banqueros que devorar; y, el Gobierno en pleno sin encontrar ya países a los que culpabilizar de nuestra astronómica prima de riesgo –llegó a alcanzar los 385 puntos básicos–, y tipos de interés correspondientes por encima del seis por ciento, acercándonos peligrosamente a la luz roja del siete por ciento, nivel insoportable para cualquier economía.

Los culpables, pese a lo cercanos, se buscan siempre en el exterior. Primero fue el problema de Grecia, después, el binomio Grecia-Portugal, ahora lo es el trinomio Grecia-Portugal-Italia, todo menos reconocer la culpabilidad del gobierno errático y malicioso de España que ha sumido a la nación en un endeudamiento endémico, porque endémico es el déficit que lo provoca. Frente a esto, el Presidente exige a Alemania que asuma su responsabilidad, lo cual no puede ser más esperpéntico –quien genera un endeudamiento exige a Alemania responsabilidades por él– ni más infantil, la relación David/Goliat sólo se dio una vez en la historia.


¿O quizá la responsabiliza de no mentir como él y asumir, con el engaño, la complicidad que precisa? España no será creíble hasta tanto no desaparezcan quienes han ganado a pulso el título de mentirosos. Anteayer se oía del presidente que estábamos en un crecimiento consolidado. El mismo día, el ministro de Trabajo hacía un encaje lingüístico afirmando que estábamos en la transición a la creación de empleo, y no dijo de pleno empleo porque no se le ocurrió. El mundo de la señora Salgado solucionará sus problemas por sí mismo, es decir, que no tiene problema.

Con todo esto, nadie creerá lo que salga de aquí. Es más, hay que saber que el mentiroso lleva sobre sí, para siempre, la lacra de la mentira. Por eso, el cambio es imperativo si pretendemos que se nos escuche y se nos crea. Con los actuales responsables del Gobierno y con quienes se hayan manchado en su acción de gobernar, nunca tendremos una opción a ser creíbles.

Tampoco añaden nada las comparsas que acompañan en el soniquete. Comprueben el ridículo del Presidente del Consejo Europeo, alabando las medidas del señor Zapatero, mientras los mercados financieros atacaban sin piedad a la deuda española. En la mente de la izquierda cavernícola y retrógrada, esa que se quiere comer a los banqueros, cabe que exista una solución: prohibir los mercados, aunque no se sabe cómo redactar el decreto prohibitorio para que tenga eficacia.


Libertad Digital - Opinión

Italia, mi ventura. Por José María Carrascal

Italia saldrá de esta crisis, como ha salido de tantas otras anteriores. De lo que no estoy tan seguro es de que salgamos nosotros.

«ESPAÑA, mi cuna; Italia, mi ventura; Flandes, mi sepultura», cantaban los soldados de los Tercios. No sólo de España, sino de Europa, Italia ha venido siendo su ventura. Codiciada por los bárbaros, amada por los poetas, admirada por los pintores, disputada por los reyes, Italia ha sido un derroche de cultura, ciencia, política, arte, amor y aventura. Zapatero dijo hace poco que la habíamos sobrepasado. Eso sólo demuestra su universal ignorancia. A caballo de una cordillera, Italia ha sabido sacar provecho incluso de las piedras, al tiempo que nos regalaba artistas, científicos, exploradores, diplomáticos todos ellos universales, y si no ha tenido más protagonismo después de aquel formidable despliegue que fue el Imperio Romano, puede deberse a que en tan pequeño espacio tantas inteligencias se anulan entre sí.

Se preguntará el lector a qué viene este lauro mío a Italia. Es muy sencillo: porque estoy seguro de que saldrá de la difícil situación en que se encuentra, como ha salido de otras más difíciles a lo largo de los siglos. Italia tiene una capacidad casi sobrehumana de sobrevivir, al ser capaz de adaptarse a las circunstancias. Piensen que estuvo la mayor parte de su historia ocupada por franceses, austriacos, españoles, y si no por más, fue porque éstos se lo impidieron. Pero Italia sobrevivió a todos. Su capacidad de supervivencia es tal que puede mantenerse incluso sin gobierno. Un colega italiano me decía que su país vive mejor sin gobierno que con él, «pues cuando no hay gobierno, no hay más impuestos, ni más restricciones, ni más corrupción, y los italianos podemos dar rienda suelta a nuestra inventiva, que es lo que nos va». Es como Italia, pese a los 60 ó 70 gobiernos que ha tenido desde 1945, siempre ha salido adelante y, aún hoy, sigue siendo la segunda mayor exportadora de Europa, sus productos se venden en todas partes y ha llegado a desplazar a Francia en estilo.

¡Qué diferencia con nosotros! Nosotros somos incapaces de vivir sin gobierno. Por malos que sean, los necesitamos, aunque sólo sea para echarles la culpa de todos nuestros males. Cuando puede que el primero de nuestros males sea esperarlo todo del gobierno, confiar en que los políticos nos resolverán nuestros problemas, elegir un partido, una ideología y ser ya incapaces de cambiar. O de reconocer nuestro error al aferrarnos a ella. Mientras los italianos saben que son como los kleenex: para usar y tirar.

Es por lo que Italia saldrá de esta crisis, mientras no estoy seguro de que salgamos nosotros. Las durísimas medidas que han tomado para atajarla indican que, a la hora de la verdad, saben lo que hacen y lo que necesitan. ¿Se imaginan ustedes la que aquí se hubiera armado de haberse establecido el copago para salvar de la bancarrota a la sanidad pública?


ABC - Opinión

Justicia. ¿Es necesario el Tribunal Constitucional?. Por Ramón Villota Coullaut

Es decir, que el origen del Tribunal Constitucional parte de que los jueces profesionales son vistos con desconfianza y ello implica crear un órgano político, ajeno al Poder Judicial, pero también ajeno a los otros poderes del Estado.

El Tribunal Constitucional –el legislador negativo, en palabras de Kelsen– es el máximo intérprete de nuestra Constitución, custodiando los principios básicos de nuestra democracia. Esta teoría, proveniente del periodo de entreguerras del siglo pasado, dio lugar a la Constitución austriaca de 1920 y a la existencia de un Tribunal que, fuera del Poder Judicial, defendiera los principios constitucionales, además de ser el árbitro entre los conflictos que pudieran existir entre las Comunidades Autónomas –o los länder– y el Estado.

Pero para ello el sistema kelseniano, del que proviene nuestro Tribunal Constitucional, se dotó de un Tribunal ajeno al Poder Judicial, algo que rompe con los criterios existentes hasta la fecha, en donde el Tribunal Supremo –EE.UU. es el ejemplo– se encargaba de esta función de garante constitucional, sin necesidad de crear otro órgano más. Fruto de ello, el sistema continental europeo ha creado unos tribunales específicos para la defensa de la Constitución, desde la idea de que los jueces profesionales no estaban, no están, preparados para esa función, puesto que, siendo jueces de carrera, su función y para lo que están preparados es para aplicar las leyes, no para interpretar la Constitución.


Es decir, que el origen del Tribunal Constitucional parte de que los jueces profesionales son vistos con desconfianza y ello implica crear un órgano político, ajeno al Poder Judicial, pero también ajeno a los otros poderes del Estado, el Legislativo y el Ejecutivo, como pieza que finalice el sistema constitucional. Pero he aquí que lo que se presumía como un órgano independiente se ha convertido en un órgano en donde sus miembros se eligen por cuotas políticas, algo que entra dentro de lo normal, ya que tanto el Congreso de los Diputados, como el Senado, como el Gobierno, como el propio Consejo General del Poder Judicial –también éste–, son órganos controlados por los partidos políticos mayoritarios, y, dependiendo de la mayoría del momento, sus miembros y decisiones variaran.

Por tanto, si la crítica a los jueces profesionales era su timidez hacia el poder establecido, vía respeto al ordenamiento jurídico, la situación del Tribunal Constitucional se asemeja muchísimo a lo que Kelsen intentó evitar, un Tribunal cuya idea únicamente fuera la defensa de la Constitución, y no la idea de la Constitución que tenga la fuerza política imperante en el momento. Dos ejemplos de ello son tanto las sentencias referentes al Estatuto catalán como a Bildu, en donde los votos se han dividido según las preferencias ideológicas de los diferentes magistrados del Tribunal Constitucional, que han coincido con su interpretación de la norma constitucional.


Libertad Digital - Opinión

Vidas ejemplares. Por Ignacio Camacho

A día de hoy Camps y Curbelo continúan en sus cargos pero la presión sobre uno y otro es francamente desigual.

PARA demostrar el avasallador doble rasero con que se mide la conducta en la política española basta mirar el caso del senador Curbelo y compararlo con el del presidente Camps. Hay un factor común en ambos pese a su aparente alejamiento, y es la hemiplejía sectaria, el apretado cierre de filas que PSOE y PP han decretado en torno a sus nada ejemplares correligionarios. La abrumadora diferencia reside en la atención de la opinión pública sobre uno y otro, así como en el énfasis crítico del partido adversario. La consideración sobre la gravedad de los hechos pertenece desde luego al ámbito moral. Juzguen ustedes mismos.

Caso Camps: un presidente autonómico del PP se dejó regalar unos trajes por un grupo de empresarios corruptos y ha sido procesado por cohecho impropio. Caso Curbelo: un senador socialista se resistió a patadas al ser detenido por provocar borracho destrozos en una sauna de putas —a la que había acudido ¡con su hijo!— , invocando su inmunidad parlamentaria entre insultos soeces y racistas a las fuerzas del orden. A la hora presente ambos niegan los hechos y permanecen aferrados a sus respectivos cargos. Pero mientras el procesamiento de Camps ocupa primeras planas, editoriales, tertulias y minutos de apertura en los telediarios, al tiempo que la plana mayor del PSOE exige su renuncia en declaraciones altisonantes, el escándalo del representante canario apenas es materia de páginas interiores sin que la oposición haya alzado la voz, como si el carácter escabroso de su peripecia fuese objeto de una cierta piedad política e informativa.


A nadie se le escapan los ribetes de morbo, sensacionalismo y reprobación que alcanzaría un suceso así de tener como sujeto a un parlamentario de la derecha. Los detalles más truculentos aparecerían hasta en programas del corazón y es probable que hubiésemos leído u oído declaraciones de las masajistas. La dirección popular tendría que hacer frente a un juicio moral global sobre la hipocresía de sus miembros, los socialistas cargarían en tromba con feroz disciplina de grupo y el feminismo oficial emplumaría sin misericordia al putero. Lo sorprendente del caso real, sin embargo, no es tanto la clemencia periodística sino la inusual, silenciosa, casi solidaria benignidad de los adversarios políticos, inclinados a tratar el asunto como un incidente de índole privada que degradase más a quien lo critica que a quien lo motiva.

El manto de protección corporativa extendido por los dos grandes partidos sobre sus dirigentes en entredicho es, por desgracia, una constante demasiado habitual y conocida en nuestra escena política. Quizá lo novedoso de este episodio comparado está en la asunción por parte de la derecha de la doble medida de la ejemplaridad pública. La conclusión más plausible, aparte de la deplorable falta de asunción de responsabilidades, sería la de que cada cual tiene el trato que se merece.


ABC - Opinión

Espíritu de concordia

Mañana se cumple el 75 aniversario del comienzo de la Guerra Civil, para muchos el hecho histórico más importante del siglo XX español y cuyos rescoldos, que parecían apagados tras el colosal esfuerzo de la Transición y los gobiernos posteriores, se han reavivado en estas dos últimas legislaturas socialistas. Esta nueva efeméride es una oportunidad para lamentar el regreso de aquellos fantasmas de nuestro pasado, pero también para ensalzar lo mucho y bueno que administraciones de la UCD, el PP y el PSOE realizaron con el fin de cicatrizar las heridas que permanecieron abiertas durante cuarenta años. Olvidar, como se ha pretendido en estos últimos tiempos, el esfuerzo por la restitución de los honores militares a los fieles a la República, las compensaciones económicas y políticas para víctimas y familiares de víctimas y la devolución de su patrimonio a partidos y sindicatos es una injusticia y un error. Es necesario ponderar el justo esfuerzo de la democracia en este sentido. Pese a todo, hay que admitir que ha habido un retroceso evidente en el camino recorrido desde la Transición por la instrumentalización de la contienda por parte del Gobierno socialista mediante una política de memoria histórica revanchista sobre el bando que ganó la guerra. Exhumar, 75 años después del conflicto, la naturaleza de los odios desatados era del todo innecesario, pero el PSOE prefirió volcarse en un proceso propagandístico y partidista que nada tenía que ver con el interés general. Lo cierto es que 80 años después de la República, 75 después del comienzo de la Guerra Civil y 36 de la muerte de Franco, la Guerra Civil replica aún el drama de las dos Españas. Según una encuesta de NC Report para LA RAZÓN, a la pregunta de si ya se ha superado el enfrentamiento, el 46,3% responde que sí, mientras que el 44,8% dice que no. También se refleja esa fractura cuando se inquiere si la guerra aún divide a los españoles: el 47,8% opina que sí, y el 44,7%, que no. Hay, sin embargo, un matiz esperanzador cuando nueve de cada diez españoles consideran que es preciso dejar la guerra definitivamente atrás. De cara al futuro, el cambio político que se anuncia tras las elecciones generales debe fomentar espacios para la reconciliación y la cicatrización definitiva de las heridas. Los políticos tendrán que dar paso a los historiadores y dejar que la contienda fratricida se transforme de una vez por todas en objeto de estudio por los expertos y en una oportunidad para aprender de los errores. Se ha hecho un ingente esfuerzo durante años para la reconstrucción de la verdad al margen de pasiones ideológicas y existe una abundante y variada bibliografía que permite abordar aquella etapa con todo el rigor histórico. Debemos aprovechar todo ese esfuerzo en una misión pedagógica cuyo fin sea evitar que el recuerdo de aquella tragedia nacional se convierta en un elemento de confrontación ideológica. En la Transición, políticos de izquierda y de derecha se dieron reglas políticas y morales para impedir que el análisis de la Guerra obstaculizara el progreso y perjudicara la prosperidad de los españoles. El futuro pasa por recuperar y fortalecer aquel espíritu de concordia.

La Razón - Editorial

Sin sorpresas en los test de estrés

Estos exámenes de resistencia han servido también para comprobar los perjuicios que irremediablemente acaban produciendo unos procesos de reodenación del sistema financiero cuando se basan en criterios políticos y no económicos.

La banca española, prácticamente al completo, ha sido sometida a un riguroso examen por parte de la Autoridad Bancaria Europea con un resultado más que aceptable dadas las circunstancias. España es el país europeo que más entidades bancarias ha sometido a análisis, prueba de que hay un sincero interés por demostrar que el sistema financiero español está haciendo lo que se espera de él en un escenario de recesión como el que padecemos. Sólo cinco entidades han sido suspendidas en esta revisión internacional, algo que por otra parte ya estaba más que descontado vistos los antecedentes de todas ellas, suficientemente conocidos desde bastante antes de que se produjera este control externo.

Los resultados son, por esperados, aceptables, pero eso no debe impedirnos realizar algunas observaciones para mejor situar la cuestión que nos atañe.

En primer lugar, de las cinco entidades suspendidas, tres son el producto de las fusiones diseñadas por el ministerio de Economía, los famosos SIP, con el fin de que las cajas de ahorro se protegieran mutuamente frente a las consecuencias de la crisis económica, difuminando los riesgos que tal escenario conlleva para unas entidades en especial situación de debilidad. Puesto que el Banco de España ha sido el organismo encargado de tutelar estos procesos de fusión y de verificar su viabilidad, no parece muy oportuno que su gobernador lance las campanas al vuelo por los resultados de estos test sin hacer la menor autocrítica acerca de este hecho que pone de manifiesto las carencias de esta supervisión.


Por otra parte, estos exámenes de resistencia han servido también para comprobar los perjuicios que irremediablemente acaban produciendo unos procesos de reodenación del sistema financiero cuando se basan en criterios políticos y no económicos, como ha ocurrido principalmente con las cajas de ahorro catalanas. No es casual que dos de las cinco entidades españolas suspendidas, Catalunyacaixa y Unnim, sean el fruto de fusiones realizadas entre las cajas de ahorros de esta comunidad autónoma, con el fin de preservar los centros de decisión dentro del territorio por exigencia de unos dirigentes más preocupados de obedecer a la consigna nacionalista que a la lógica empresarial.

Con todo, los resultados de este examen a nuestro sistema financiero confirman los análisis que los lectores han seguido en nuestro periódico, en el sentido de que, si bien la posición de partida de nuestro sistema bancario era especialmente vulnerable por su sobreexposición al riesgo inmobiliario, lo cierto es que dentro del mismo se está actuando con el rigor necesario para sobreponerse a una situación que hace sólo dos años no presagiaba nada bueno.

El Banco de España y la vicepresidenta económica, con escaso sentido de la mesura, todavía no han dejado de felicitarse por los resultados de estas pruebas de resistencia. Si ambos hubieran sido más diligentes en su labor supervisora muchos más se sumarían a esos parabienes. Nosotros los primeros.


Libertad Digital - Editorial

Responsabilidad compartida

El Ejecutivo no puede lavarse las manos cuando el control del déficit autonómico es determinante para cumplir los planes de estabilidad presupuestaria que exige la lucha contra la crisis.

AUNQUE actúan ya con mentalidad de interinos, los miembros del Gobierno tienen el deber inexcusable de cumplir con sus obligaciones hasta el último momento. Sin embargo, parece que la vicepresidenta económica intenta eludir su responsabilidad al negarse a recibir a la nueva presidenta de Castilla-La Mancha para abordar al máximo nivel político el problema de la deuda pública oculta que denuncia el Ejecutivo presidido por María Dolores de Cospedal. Ante un asunto tan grave, no sirven excusas ni dilaciones, con el pretexto de que primero tendrán que reunirse los interventores o los altos cargos del Ministerio y la comunidad autónoma. La «herencia» del PSOE en Castilla-La Mancha es fiel reflejo de una forma de gestión lesiva para el interés general, por mucho que José María Barreda se descuelgue a última hora con explicaciones peregrinas. Más aún, el Ejecutivo no puede lavarse las manos precisamente ahora que el control del déficit autonómico es determinante para cumplir los planes de estabilidad presupuestaria que exige la lucha contra la crisis económica y los compromisos adquiridos por Rodríguez Zapatero ante nuestros socios europeos.

Elena Salgado tiene que rectificar de inmediato y reunirse cuanto antes con Cospedal. Es comprensible que la derrota en feudos tradicionales como Castilla-La Mancha o Extremadura resulte especialmente dolorosa para el PSOE, pero ello no justifica de ninguna manera que se abandone a su suerte a las comunidades que el 22-M optaron por un cambio de rumbo. Por lo demás, las «cuentas» que realiza el nuevo Ejecutivo popular ponen de manifiesto la necesidad ineludible de un análisis riguroso y objetivo de las finanzas públicas después de una larga etapa de monopolio en el poder autonómico. La gestión del dinero público debe realizarse siempre con criterios de austeridad y eficiencia. En nombre de los ciudadanos que la han elegido, Cospedal pretende llevar a cabo una política razonable basada en el control del dinero de todos. Por ello, la negativa de Salgado supone un desprecio a los votantes castellano-manchegos. Nadie espera nada a estas alturas de un Ejecutivo políticamente agotado, pero la máxima responsable de Economía y Hacienda tiene el deber de ocuparse personalmente de un asunto muy grave que pone en entredicho la gestión de los socialistas en Castilla-La Mancha.

ABC - Editorial

sábado, 16 de julio de 2011

Desconfianza. ZP supone dos terceras partes de la prima de riesgo. Por Emilio J. González

La realidad es que la salud del sistema financiero sólo explica, como mucho, cien puntos básicos de nuestro diferencial de tipos con Alemania. El resto de los 330 puntos básicos no es más que la falta de credibilidad en nuestro país.

Si la banca española ya está realizando un esfuerzo muy importante de saneamiento, ¿por qué vuelve a subir la prima de riesgo de nuestro país después de que se haya conocido que de las ocho entidades crediticias europeas que no han superado los test de estrés cinco de ellas son españolas, y no precisamente de las más grandes, con la excepción parcial de CatalunyaCaixa? Porque, en realidad, el problema en España no es el sistema financiero, sino otro mucho más grave al que ahora se añade el de esas entidades que no han superado el examen.

Lo que de verdad temen los mercados es, en primer lugar, si en España, como en Grecia, no se habrá mentido descaradamente acerca de la verdadera realidad de las cuentas públicas. En estos momentos se sospecha que los ayuntamientos deben más de 35.000 millones de euros que no habían aparecido a la hora de calcular el déficit público del conjunto de nuestras administraciones públicas, por la simple y sencilla razón de que esas cantidades no se habían contabilizado ya que las facturas se habían guardado en los cajones. Y en las comunidades autónomas en las que el PP acaba de acceder al poder las cosas no parecen estar mucho mejor. En conjunto, y en una primera estimación, entre autonomías y corporaciones locales faltarían por contabilizar unos 40.000 millones, aproximadamente el 4% del PIB español.


En segundo término, los mercados empiezan a poner en duda la verdadera capacidad de pago de nuestro país. La economía apenas ha crecido en el primer semestre y, en contra de lo que vaticinó Zapatero en el pasado debate sobre el estado de la Nación, la segunda mitad del año se presenta muy sombría. Sin crecimiento, por tanto, el esfuerzo para pagar la deuda es muy importante. Éste se podría reducir sensiblemente si se empezaran a tomar ya medidas, como en Italia, para sanear los presupuestos y crear puestos de trabajo. Pero como el Gobierno no sólo no lo hace, sino que en cuanto tiene la menor ocasión para ello da marcha atrás en los pocos pasos avanzados en la buena dirección, los mercados empiezan a ponerse más que nerviosos y cualquier noticia adversa, aunque de no mucha importancia, como la de los resultados de los test de estrés, les pone histéricos y reaccionan en consecuencia.

La realidad es que la salud del sistema financiero sólo explica, como mucho, cien puntos básicos de nuestro diferencial de tipos con Alemania. El resto de los 330 puntos básicos no es más que la falta de credibilidad en nuestro país, lo cual, a meses vista de unas elecciones generales en las que todo apunta a que al PSOE le van a desalojar del poder, esos más de 200 puntos básicos que no se explican por el estado de bancos y cajas de ahorros no es más que la prima de riesgo de que Zapatero siga en el poder. Ya es hora de que se marche, y rápido.


Libertad Digital - Opinión