viernes, 7 de enero de 2011

Menos recortes en Defensa

Los Reyes, acompañados por los Príncipes de Asturias, presidieron ayer en el Palacio Real la celebración anual de la Pascua Militar. En su discurso, Don Juan Carlos ha querido subrayar y valorar el esfuerzo de austeridad que están ejerciendo nuestras Fuerzas Armadas y ha señalado que éste «debe continuar» sin que se traduzca en un debilitamiento de la seguridad de las tropas. Así, abogó por la mejora decidida de la «operatividad de nuestras unidades y por el adecuado mantenimiento de los sistemas de armas» para garantizar esa protección, especialmente de aquellas que desarrollan misiones internacionales». En la misma línea, la ministra de Defensa, Carme Chacón, aseguró que estas medidas de austeridad, que se han tenido que adoptar por de la crisis económica que padecemos, no son incompatibles con que nuestras tropas desarrollen sus cometidos con las máximas garantías posibles. Lo cierto es que el Ministerio de Defensa lleva sufriendo recortes presupuestarios desde hace tres años, en los que ha perdido 1.100 millones de su presupuesto. En 2010 sufrió un recorte en sus cuentas de un 7 por ciento con respecto a 2009, y no será el último puesto que en octubre del año pasado el secretario de Estado de Defensa, Constantino Méndez auguró que habrá «algunos años más de restricciones presupuestarias».

Es lógico, como sucede en otros colectivos y en el conjunto de la sociedad, que la austeridad llegue al Ministerio de Defensa y a las Fuerzas Armadas. Lo que no parece que sea pertinente es que el Jeme se haya visto obligado a elaborar una directiva para planificar los trabajos básicos que deberán hacer los soldados de las distintas unidades en el caso de que la crisis económica persista. Entre otros trabajos, nuestras tropas deberán asumir labores que hasta ahora estaban externalizadas, como la seguridad de las bases, la limpieza, la recogida de basuras, la cocina, la jardinería y pequeñas reparaciones de las infraestructuras. Estas tareas no deberán ir en perjuicio de su verdadera labor: mantener las capacidades operativas y logísticas de las unidades, razón última por la que llegó la profesionalización al Ejército.

Es de desear que este escenario no llegue a concretarse. El Ejército es un pilar básico de nuestra sociedad –y, según el CIS, la primera institución más valorada por los españoles por segundo año consecutivo– por lo que el Gobierno debería actuar con más responsabilidad. En vez de mermar los presupuestos de Defensa, debería eliminar otras partidas más superfluas, como determinadas subvenciones de destino incierto u otros gastos prescindibles producto de una estructura estatal y autonómica mastodóntica. Como recordó Don Juan Carlos, nuestras Fuerzas Armadas viven un proceso de transformación que «ha de estar en consonancia con el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN». Eso les exige «estar preparadas para poder ayudar a promover la seguridad común allá donde se los requiera». En ese sentido la labor en el exterior de nuestras Fuerzas Armadas es ejemplar, hasta convertirse –como subrayó Don Juan Carlos– «en un factor clave para afianzar el peso de España». Así las cosas, austeridad en el Ejército, sí, pero sin que ésta lleve a nuestras tropas a emplear su tiempo y su esfuerzo en labores que no son propias de su condición.


La Razón- Editorial

El precio de China

Pekín apuntala la posición financiera de España con la promesa de comprar más deuda.

El viceprimer ministro chino, Li Keqiang, ha iniciado en España una breve gira europea que le llevará, además, a Reino Unido y Alemania. La visita de Li Keqiang responde a una voluntad de acompasar, por parte de Pekín, el creciente peso económico de China y su hasta hace pocos años discreta presencia diplomática. En un corto espacio de tiempo, y rentabilizando a su favor cuantas oportunidades le ha ofrecido la crisis financiera mundial, China ha ido tomando posiciones estratégicas en el mercado de materias primas, el comercio internacional y, también, el castigado sistema financiero, del que ha empezado a ejercer como un banco central a gran escala.

Es en esta última condición de hecho, que China parece afianzar en cada iniciativa diplomática, donde la visita de Li Keqiang a España ha cosechado los resultados más importantes. No porque sean precisamente menores los contratos comerciales suscritos, sino porque los mensajes transmitidos por el viceprimer ministro durante su estancia en Madrid contribuirán a aliviar, siquiera por un tiempo, las tensiones sobre la economía española y, en última instancia, sobre el euro. Li Keqiang ha confirmado que China ha adquirido deuda española, además de anunciar que seguirá haciéndolo en el futuro. Tras las declaraciones de Li Keqiang, quien también ha apoyado las reformas emprendidas por el Gobierno de Zapatero, las operaciones especulativas contra la deuda española resultarán un poco más difíciles.

Si los beneficios económicos de la visita están fuera de duda, la dimensión política exige matices, no limitados a España, sino referidos al nuevo orden internacional. China viene utilizando su potencial económico como instrumento para convalidar un régimen que, no por haber abandonado el comunismo, deja de ser un sistema de partido único y poco respetuoso con los derechos humanos, según se ha podido comprobar con ocasión del último Premio Nobel de la Paz. Acuciados por la difícil situación económica, los países democráticos se están viendo obligados a pasar por alto la preocupante situación interna de China a cambio de su cooperación. El Gobierno de Pekín, por su parte, no se conforma con obtener el interesado silencio de sus interlocutores, sino que, además, reclama un implícito derecho a la diferencia en las formas de entender la política desde el que justificar la represión y la falta de libertades.

La admiración hacia los logros de China no puede convertirse en un obnubilado aval para su régimen político. Otra cosa es que la crisis dificulte que los países democráticos puedan hacer distinciones. El realismo no es un argumento en favor de la resignación, sino la conciencia de que, en determinadas circunstancias, no existe otra alternativa que elegir entre dos males distintos. Pero que no exista otra alternativa no significa que el mal escogido se convierta en un bien deseable. La suerte económica del mundo depende en gran medida de China, y conviene no olvidar que China está exigiendo un precio.


El País - Editorial

La oportunidad y el riesgo de Cascos

Si Cascos decide lanzarse a la aventura tiene dos opciones: caer en la tentación fácil del regionalismo y convertirse en un nuevo cacique local o arriesgarse a ofrecer una alternativa que represente lo mejor del PP.

Tras abandonar de un portazo la formación política que ayudó a definir como nadie aparte de José María Aznar, Francisco Álvarez Cascos tiene ante sí una dura decisión. Puede abandonar la carrera, en lo que probablemente sería su último acto en la vida política, u optar por presentarse con una nueva formación.

El gancho político del que disfruta Cascos en Asturias se remonta a su etapa como ministro de Fomento, percibida en la región como la primera vez en muchísimo tiempo en que un político miraba allá arriba y veía algo más que minas de carbón subvencionadas. Las inversiones públicas en infraestructuras regresaron, y buena parte de las que se están ejecutando incluso hoy día fueron planeadas en su época. De ahí que no sorprende que aparezca bien situado en las encuestas, aunque sí que pudiera llegar a ser el ganador.


Además, parece pesar el cansancio de ver cómo la región va perdiendo población ante la falta de oportunidades, cómo tantos y tantos emigran mientras la clase política carece tanto de un mínimo nivel como de ambición para sacar a Asturias de la situación en la que se encuentra. Los políticos, como funcionarios, parecen en muchos casos limitarse simplemente a fichar en su trabajo, sea en una alcaldía, en una consejería o en la oposición. Una de las más perniciosas consecuencias de la profesionalización de la política y el sistema electoral español es la concepción del Partido como Ministerio, para el que uno se prepara en las oposiciones del activismo juvenil para vivir a costa del erario el resto de su vida.

En ese panorama, Cascos representaba un terremoto que ponía en riesgo la comodidad del invariable panorama regional: la Comunidad para la izquierda, la alcaldía de Oviedo para el eterno Gabino de Lorenzo. La burocracia local de su propio partido se cerró en banda y lo insultó, poniéndose enfrente del que podía ser un revulsivo que permitiera a muchos asturianos recuperar la ilusión en la política. Y Rajoy optó por el aparato local, abriendo la puerta a que todo pueda cambiar igualmente, pero desde fuera del PP, hurtando a su propio partido de la posibilidad de una victoria y de poner al frente de una región que se le resiste a un peso pesado que pueda hacer variar de forma estable el equilibrio político asturiano en beneficio de la derecha. Falta de ambición, pasión de mediocridad.

Si Cascos decide lanzarse a la aventura tiene dos opciones: caer en la tentación fácil del regionalismo y convertirse en un nuevo cacique local al estilo de Revilla en la vecina Cantabria o arriesgarse a ofrecer una alternativa que represente lo mejor del PP, todo aquello que la derecha política ha abandonado al arrullo hipnotizador de los cantos demoscópicos de Arriola. Existen razones en la historia política de Cascos tanto para temer lo primero como para creer en lo segundo. Fue uno de los principales responsables del fin del regionalismo de derechas y de las baronías en la época del mejor PP, pero también de eliminar la posibilidad de asentamiento de una derecha nacional en Cataluña. Esperemos que opte por lo que sea mejor para España y para Asturias.


Libertad Digital - Editorial

Los Ejércitos ante la crisis

Los Ejércitos cumplen con eficacia ejemplar sus funciones. Por ello, la política de Defensa debe ser siempre una política de Estado y no de partido.

AYER se cumplió una vez más la tradición arraigada que sitúa a la Pascua Militar como primer acto oficial del año nuevo. La brillante ceremonia desarrollada en el Palacio Real es una buena oportunidad para hacer balance y plantear perspectivas. Su Majestad el Rey subrayó el esfuerzo de nuestros Ejércitos para adaptarse a la realidad social, en este caso a una crisis que exige sacrificios a todos los ciudadanos e instituciones. En plena sintonía con la opinión pública, mencionó también Don Juan Carlos el reconocimiento de todos los españoles hacia el papel que desempeñan nuestros soldados en misiones exteriores y el recuerdo emocionado a quienes han perdido la vida en el cumplimiento heroico de su deber. Los Ejércitos cumplen con eficacia ejemplar las funciones que les atribuye la Constitución: garantizar la soberanía e independencia de España, su integridad territorial y la vigencia del orden constitucional. Por ello, la política de Defensa debe ser siempre una política de Estado y no de partido.

En este sentido, está bien orientada la apelación de la ministra al consenso con vistas a leyes pendientes que generan serias discrepancias, en concreto las referidas a régimen disciplinario y derechos y deberes de los militares. Sin embargo, Carme Chacón debería pasar de las palabras a los hechos y ser consciente de que Rodríguez Zapatero ha roto una larga trayectoria de acuerdos parlamentarios en este tipo de normas. El consenso es incompatible con las posiciones dogmáticas. Tampoco va por buen camino la aplicación de la ley de la carrera militar, puesto que ha suscitado agravios comparativos que los responsables políticos del departamento no consiguen encauzar. En plena etapa de recortes presupuestarios, es imprescindible garantizar a las Fuerzas Armadas los medios materiales y personales para realizar con eficacia sus funciones. Ayer dijo la ministra que la defensa de España está por encima de cualquier coyuntura económica. Una vez más, la retórica suena bien, pero no se corresponde con los hechos. Hace apenas unos meses ABC denunciaba, por ejemplo, los «saldos» en la Armada que van mucho más lejos que las naturales exigencias de austeridad y eficiencia.

ABC - Editorial

jueves, 6 de enero de 2011

Punset y lo paranormal. Por M. Martín Ferrand

La declaración de Punset parece, más que un enunciado científico, un retrato instantáneo de Zapatero.

EDUARDO Punset es un ampurdanés de origen que, como todos los de aquella hermosísima comarca catalana, resulta sensible a la tramontana y, tal que Josep Pla, parecer lo que no es y viceversa, pero siempre con talento. Quizás por ello ha conseguido el milagro de sentar cátedra como divulgador científico en la televisión, algo que no ocurría desde que, en los años sesenta, Luis Miravitlles, explicara los aminoácidos y otras cosas parecidas desde la TVE de Miramar. Los catalanes siempre han tenido madera divulgadora porque su vocación ahorradora les lleva a economizar palabras y conceptos y tienen la capacidad de convertir en lineal y sencilla la explicación más compleja. Algo con lo que un andaluz haría un jardín y un castellano una fachada plateresca.

Punset, un equilibrado cruce entre filósofo presocrático y vendedor a domicilio, domina el arte de la comunicación. Ahora dice, y lo anuncian los periódicos, que «la función del cerebro no es buscar la verdad, sino sobrevivir». El asunto no le es extraño porque el catalán, desde sus días de militancia en el PCE, con un brillantísimo currículum como economista, ha sobrevivido a todas las circunstancias habidas en España. Fue ministro con Adolfo Suárez y con Leopoldo Calvo-Sotelo y siempre ha sabido, como los mejores, serrar con una lima y limar con una sierra.

La declaración de Punset parece, más que un enunciado científico —que lo será— un retrato instantáneo de José Luis Rodríguez Zapatero. Es más, esa frase, pronunciada por otro personaje de menos acreditada serenidad, establecido más allá de la pelea política, podría ser una bomba con temporizador que lo mismo podría explosionar en manos del líder socialista que del popular. Ambos se han instalado en el primum vivere y no parecen dispuestos al filosofare en que se suscitan las ideas y soluciones que el país reclama.

Traigo a cuento la figura de Punset, siempre digna de atención, porque su transformación política pasó por la UCD y, después, por el CDS. No recuerdo ahora ningún otro militante notable de tan lánguido partido, aunque repican los mentideros la hipótesis de Mario Conde, lindo tipo de varón, como aspirante a la presidencia del Gobierno con esa formación como base. Dada la mala memoria establecida entre nosotros, conviene recordar que Conde, en el 2.000, ya le disputó a José Luis Rodríguez Zapatero y a José María Aznar tan alto cargo y la ciudadanía, que sabe distinguir entre un gato pardo y otro de porcelana, le recompensó con poco más de veinte mil votos. Algo menos que nada dada la notoriedad poliédrica del inquietante personaje. Aviso a los navegantes.


ABC - Opinión

Izquierda. La igualdad. Por Bernd Dietz

Para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que habría que erradicar.

Hubo un tiempo en el que la igualdad apareció ligada a la libertad y la fraternidad. Era natural, pese a que cada una de estas tres demandas o ideales perteneciera a un orden diferente. Al fin y al cabo se trataba de derribar los privilegios injustos y por tanto las distorsiones con origen en la herencia, la tiranía, la conquista violenta o el irrefutable derecho divino de los que se declaraban por éste agraciados, para reemplazarlos por el objetivo emancipador de defender un mismo punto de partida para todos. De facilitar unas condiciones para la honesta y esforzada proyección personal, cuyos frutos fuesen después apreciados mediante una valoración ecuánime y competente. Los mismos factores, en fin, que rigen y estimulan las buenas prácticas en la rivalidad deportiva o con respecto a la ambición creativa y la vocación de talento en cualquier ámbito noble. Porque la meritocracia se entendía como un mecanismo de liberación, apto para contrarrestar los abusos de poder sustituyéndolos por una escala de valores objetiva, socialmente aleccionadora y moralmente intachable.

El objetivo de la lucha política y de los reformas legales no era otro que el de permitir que pudiesen participar en una competición abierta por la autorrealización espontánea todos los ciudadanos, no sólo los que portasen apellidos, vitolas o nombramientos arbitrariamente predeterminados. Que tuvieran la oportunidad de demostrar su valía y su genuina utilidad para el progreso de la humanidad sin discriminaciones religiosas, raciales, ideológicas o de género. Y sin otras cortapisas sacadas de la manga al objeto de excluir con artería a quienes pudiesen superar en buena lid a los que partían con ventaja, pertrechados de recomendaciones, prepotencia e impostura. Porque en ese cambio revolucionario habría de consistir lo de aunar libertad, igualdad y fraternidad. En garantizar el derecho a que triunfasen, por méritos propios e inherentes a la persona y sus logros probados, los que acreditasen más razones positivas para conseguirlo, sin trampa ni cartón.


Ello no obstante, para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que, más pronto que tarde, habría que erradicar. Lo expresa así Alain Caillé: "Ser de izquierda, actuar o pensar en la izquierda, es actuar o pensar desde el punto de vista de los perdedores [...], afirmando la dominación jerárquica de los valores de igualdad sobre los otros valores finales de la acción colectiva (por ejemplo, la libertad, la fraternidad, la realización)". Y lo refrendan de continuo quienes argumentan que, puesto que siguen subsistiendo desiguales y por tanto perdedores en los lances de la existencia, está más que justificado coartar la libertad de quienes consiguen proezas y escatimarles la fraternidad (cuando no convertirlos en chivos expiatorios). "¡Cómo va uno a mostrar simpatía por los vencedores individualistas, que logren sus metas con limpia habilidad", profieren con indignación amenazante, "mientras sigan existiendo perdedores!" "¿Acaso no contamos con el arma de la discriminación positiva?", anuncian, como quien se plantea poner bombas.

Y es así. No se paran en barras, estos sectarios. A un izquierdista le importan una higa los derechos humanos, si de la aplicación de los mismos acaban derivándose una prelación o una jerarquía que le repatean. La elocuente experiencia del socialismo real nos señala en qué reside el sistema. Y nos enseña quiénes son los únicos que, establecida por las bravas la igualación por debajo, tienen derecho a seguir siendo desiguales. Obviamente serán los capitostes encargados de imponer y conservar mediante la coacción estatal ese estado de igualdad (para lo que previsoramente empuñan el garrote), así como sus floridos voceros (los intelectuales orgánicos y los artistas oficiales encargados del aparato de la propaganda). Con el elegante concurso, naturalmente, de todos aquellos magnates y relamidos burgueses que hayan comprado protección a cambio de renegar nominalmente de la libertad y demuestren una complicidad efectiva, aunque sobre todo retórica, de cursilería incendiaria, con los verdugos de la meritocracia. Ejemplos de este derecho a la desigualdad, por tener la sartén por el mango o servir a quienes la mantienen ávidamente asida engalanan, por ejemplo, a nuestros políticos; a los artistas de la ceja; a aquellos jueces y fiscales, ya sean archipielágicos o peninsulares, que incurren en esas mismas conductas que persiguen en otros; o a la retahíla de santurrones acomodaticios que cultiva la ley del embudo. Porque España, según ellos, ha abrazado su concepto de la igualdad como antaño lo hiciera con el dogma de la Inmaculada Concepción.

A los crédulos que, entre nosotros, suscriben el dogma de la igualdad bendecida por la izquierda no cabe atribuirles estas palabras de Albert Einstein, cuyo paradigma es incompatible con el carpetovetónico: "La mayoría que componen los estúpidos es invencible y está garantizada hasta el fin de los tiempos. Aunque el terror de la tiranía que ejercen se vea algo paliado por su inconsistencia". Pues se les podrá achacar cualquier cosa menos incoherencia. Bien al contrario, aflora toda una antropología cultural en nuestra predilección por el resentimiento, la envidia, la picaresca, la zafiedad y el odio a la excelencia. Una alta escuela del trile y la traición. Cuidadili. No hay ingenuidad en esta tierra. El presidente Zapatero, la ministra Pajín o la diputada López i Chamosa, entre tantos esperpentos chillones, suponen encarnaciones diáfanas de cuál es la igualdad que se pretende. Cuál el perfil de quienes se han repantigado, con insolvencia flagrante, en los palacios del poder. Su mentalidad abusiva. Su maquinal, voraz guillotina.


Libertad Digital - Opinión

Cascos, sin salida. Por Edurne Uriarte

Cascos no tiene una salida digna de sus ambiciones y de su poderoso pasado.

Cascos no tiene salida. O, al menos, no tiene una salida digna de sus ambiciones y de su poderoso pasado. Fuera de las siglas del PP, tiene dos problemas que le abocan inevitablemente a su fin político. Se presente o no se presente a las Autonómicas, sea inmediato ese fin o se prolongue en una marginal y minoritaria agonía en el Parlamento asturiano.

El primer problema, el programa. El segundo, el momento elegido para abandonar el PP. Cascos carece de programa y de posibilidades reales de elaborarlo. De ahí el tremendo papelón de apuntarse al regionalismo con eso de que «cualquier posibilidad puede ser interesante para defender el orgullo de ser asturiano», tras toda una vida defendiendo la cohesión nacional de España. Lo malo es que el regionalismo sería la única posibilidad alternativa de Cascos en una comunidad con un partido de derecha más que consolidado. Teóricamente, claro está, dada la trayectoria electoral del regionalismo en Asturias, que es como para desalentar al más animado a liderarlo de nuevo. Quien llegó más lejos, el Partiu Asturianista, no pasó de un diputado en 1991 y en 1995. Y si colocamos en el regionalismo a la Unión Renovadora Asturiana de Marqués, logró su máximo histórico en 1999, con un 9% del voto y 3 diputados, para quedarse sin representación en 2003 y en 2007.

Todo lo anterior explica las vaguedades de Cascos ante su cuestión central en estos momentos, la de si se presenta o no se presenta, con qué siglas y con qué programa. Y por eso pretende que el proceso se desarrolle en el sentido opuesto. Quiere conseguir las adhesiones antes de presentar las ideas y elaborar el programa.

Y he ahí su segundo problema. El del momento elegido para pedir una deserción de los militantes del PP. Justamente cuando las encuestas anuncian una holgada victoria a este partido. Renunciar al poder y, lo que es peor, para hacerse regionalista.


ABC - Opinión

La hora de los zorroclocos. Por Serafín Fanjul

La opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden.

Dice en 1800 Nicolás de Azara: "Lloro únicamente los males de mi Patria, la que teniendo tanta proporción para ser feliz está reducida al estado más miserable y a representar el último papel en la Europa, y a ser quasi ignominia el nombre español. Todo por ignorancia, avaricia, intriga, libertinaje de los que están a la cabeza del Gobierno, que sacrificarían diez Españas al menor interés personal. Ni creo que pueda suceder diferentemente porque los buenos huyen los empleos, o los apartan de ellos no simpatizando con las máximas corrientes; y los que se buscan para ocuparlos son homogéneos a ellos, o se hacen presto a sus mañas...". Recordamos que Azara (Memorias) escribía como diplomático del ya renqueante Imperio mangoneado por Godoy y su concubina, Mª Luisa de Parma que, además, casualmente era la reina de las todavía Españas.

No es momento para el cotejo histórico y político general entre aquel tiempo y éste, pero no me negarán ustedes que esas líneas cobran una actualidad inquietante, tanto por el panorama de conjunto de nuestro país, como por algún lance concreto de este Patio de Monipodio en que se desenvuelve la actividad política. Y pongamos que hablo de Álvarez-Cascos, de cuya peripecia sólo sabemos las explicaciones que él mismo ha ofrecido y las nulas que han dado en la Calle Génova, amén de alguna declaración de prepotencia de la guachafita propuesta, despistada pero amparada y designada por los gloriosos dedos del Sr. Gabino, el Sr. Ovidio y el Sr. Mariano: un mundo digital, vaya. Aunque tampoco hayan faltado pases de facturas al cobro de antiguos damnificados –dicen– por el mismo Álvarez-Cascos. Son entresijos partidarios cuya veracidad –o no– interesan muy poco a los ciudadanos, y a éste que firma, nada en absoluto.


Pero para un observador sin más interés que el general de nuestro país, por encima de los de esta o aquella región, se extraen varias conclusiones, a cual más lamentable: la transposición de la división autonómica a las estructuras de los partidos principales (PSOE, PP, IU), que debieran ser "nacionales", ha cristalizado y se ha consolidado a expensas de la unidad y hasta de la lógica , con la inestimable ayuda de los caciques locales, que disputan el poder a "Madrid", y no sólo en Cataluña o Vascongadas, toda España está gangrenada por el espíritu autonómico; ante la posibilidad de perder coimas y mamandurrias de años, no vacilan en sacrificar los objetivos generales, arriesgándose y arriesgándonos a que en Asturias se renueve el triunfo socialista; Mariano Rajoy abusa del sentido de la responsabilidad de sus votantes, chantajeándoles con la perduración del PSOE (¿se han preguntado alguna vez cuánta gente se quedó en casa en 2008 porque no les convencía el candidato del PP con tanta tibieza? He ahí una materia de reflexión para las encuestas de Arriola).

Y hay más: la opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden; por enésima vez se proclama a voces la idea –al anunciar Cascos que puede presentar otra candidatura– de que los votos son propiedad del partido beneficiado con ellos y, por tanto, la deslealtad del disidente gruñón "quitaría" sufragios al PP, como si fueran suyos; de la deslealtad de los dirigentes cercanos o lejanos hacia sus bases no se dice una palabra, ni en los medios de comunicación afines (por ejemplo, la edificante imagen del PP de Gijón apoyando la beatificación localista y cateta de Santiago Carrillo: ¿era el cromo que cambiaban para nombrar a Rodrigo Rato no sé qué bobada de oropeles, o lo hacían gratis, para ser "simpáticos", "el partido pa’ ayudar"?).

Nadie en su sano juicio duda que hay políticos serios, honrados y trabajadores –compartamos o no todas sus opiniones y actos– en la diestra (conozco a unos cuantos, a quienes no mencionaré nominalmente para no ser tachado de caer en lisonjas) y hasta en la siniestra, aunque poquitos y bien arrinconados, pero ésa no es la cuestión. El problema es que el triunfalismo de creerse las encuestas –y por tanto despreciar apoyos que no sean perrunos– puede jugar una malísima pasada a Mariano Rajoy y, por ende, a todos nosotros. En 2008, en esta misma página digital pedíamos el voto para el PP, pese a las insuficiencias –a nuestro juicio– de su líder actual, porque la lealtad hacia nosotros mismos así lo exigía, pero Dios nos libre de repetir tan microscópico y poco importante regalo. Y votemos lo que votemos. Queremos salir del túnel de una vez, no seguir lamentándonos con el mal menor.

Nota bene: Sugiero al amable lector que busque en DRAE la definición de zorrocloco.


Libertad Digital - Opinión

Un presidente incomprendido. Por Fernando Fernández

Presentarse como una víctima de las circunstancias internacionales es un desprecio a la verdad.

EL año empieza con un presidente de gobierno que se presenta dolido ante la incomprensión de los españoles y que promete un gran esfuerzo de convicción. Palabras vacías que no pueden borrar la sensación de fracaso que le acompañará hasta el final de la legislatura. Tuvo el presidente dos momentos económicos para demostrar su altura de hombre de Estado, por no mencionar los muchos que desperdició por preferir el sectarismo en temas como terrorismo, educación u organización territorial: las elecciones de 2008 y la crisis griega y en ambos confundió el mensaje, erró el diagnóstico y prefirió hacer populismo.

En 2008, la economía española iniciaba una senda clara de estancamiento; el ciclo inmobiliario había llegado a su fin y era la hora del ajuste en el nivel de gasto. Pero el presidente prefirió ridiculizar a los populares por intentar evitar lo que precisamente ahora se quiere hacer perdonar: un ajuste fiscal y social salvaje. Pero pudo haberlo hecho otra vez cuando estalló la crisis griega. Escribí entonces un artículo titulado «Zapatero II el reformista», animado por la confianza que aún me quedaba en el seny económico de los socialistas, que no de su presidente. Y me equivoqué porque Zapatero volvió a elegir la confrontación partidista y la ignorancia de la realidad hasta que los hechos forzaron la intervención de la economía española. Intentar ahora presentarse ante los ciudadanos como una víctima de la circunstancias internacionales es más que una carta a los Reyes Magos, es un desprecio a la verdad y a la inteligencia de los electores.


Las vacaciones me han permitido leer las memorias de Tony Blair, una defensa inteligente y bien construida del Nuevo Laborismo, la renovación de la izquierda socialista que en España ha frustrado el presidente Zapatero al secuestrar el debate y empujar el partido hacia el nacionalismo periférico. El líder británico lo tenía claro; el laborismo no puede ser el partido de los pobres subsidiados por el Estado sino de los que quieren dejar de serlo, con su esfuerzo, su trabajo y su ambición; el partido de la igualdad de oportunidades y de la responsabilidad en el uso de los recursos públicos; el de la eficiencia en la provisión de los servicios públicos. Qué contraste con los titulares Zapatero: gratis total, derechos y alegría para todos y defensa de lo público a costa de la calidad y de la libertad.

Esta ideologización trasnochada de la gestión política y económica es lo que la sociedad española no le perdona ni le puede perdonar al presidente Zapatero. Porque le ha hecho retroceder varias décadas en prosperidad y bienestar, porque le ha alejado del nuevo mundo globalizado y competitivo. Bien es cierto que se dejó cautivar por ella mientras la bolsa estaba llena, pero precisamente por eso ahora se revuelve con la agresividad de quien se siente estafado. Sus electores son como los inversores de Fórum Filatélico, como los clientes de Madoff. Habían confiado en el gran timonel y les ha engañado. Eso es lo que no puede entender el presidente, anclado en un marxismo elemental de asamblea universitaria. No puede entender el desprecio profundo e irreversible de los electores, que encuentran al partido socialista instalado en un mundo desfasado y a su presidente perdido en el espacio sideral de sus manías y obsesiones particulares. Un desprecio que no se puede contestar sin unas nuevas elecciones que permitan al Partido Socialista modernizar su discurso y buscar un líder creíble que lo pueda encarnar. Todo lo demás es hacernos perder el tiempo, la paciencia y la cartera a los españoles.


ABC - Opinión

Chávez por decreto, otra vez

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país.

Tal y como temíamos desde esta misma tribuna hace poco más de tres meses, Venezuela va a seguir siendo incondicionalmente chavista aún con los apoyos en la Asamblea Nacional visiblemente mermados. Las elecciones del pasado mes de septiembre, en las que la opositora Mesa para la Unidad consiguió arrebatar 65 escaños al Partido Socialista de Venezuela, órgano político que sirve de correa de transmisión en la cámara para los desmanes antidemocráticos de Hugo Chávez, no han servido al final para nada.

Han bastado solo tres meses de maniobras arteras y democráticamente inadmisibles por parte de la asamblea saliente para que el poder legislativo reconquistado por la Venezuela, que se resiste a caer presa del socialismo a la cubana que Chávez trata de meter con calzador, se haya quedado en agua de borrajas. Un ramillete de leyes, aprobadas con prisa durante el último trimestre, han dejado la Asamblea Nacional convertida en un florero inservible que en poco o nada incomodarán al autócrata durante, como mínimo, el próximo año y medio.


Así, la llamada "Ley Habilitante" otorga al presidente poderes cuasi absolutos para legislar de espaldas a la cámara. Permite, por ejemplo, que Chávez haga y deshaga a placer en temas vitales como ordenación territorial, uso de la tierra, sistema socioeconómico o los capítulos relativos a las finanzas públicas y el fisco. Esta ley le da más poder del que ha tenido nunca y convierte a Venezuela en una dictadura de facto. Para evitar las críticas por parte de los medios de comunicación independientes que aún subsisten, los diputados salientes –todos adictos al Palacio de Miraflores– han creado sendas leyes-mordaza que regulan el uso de internet y ponen a cadenas disidentes como Globovisión contra las cuerdas.

Chávez podrá, por lo tanto, gobernar tranquilo hasta el verano de 2012. Tiempo suficiente para profundizar en su programa de cubanización y preparar la campaña electoral de las presidenciales, que tendrán lugar en noviembre de ese año. Todo perfectamente calculado para que el chavismo perdure y lo haga, además, con una pátina de democracia que al coronel le gusta exhibir en el extranjero como vitola de legitimidad de su régimen.

Y es aquí donde está la clave de la cuestión venezolana. La democracia no consiste en ir a votar cada cuatro años y otorgar con el voto un poder sin cortapisas al vencedor. Nada de eso. La base de la democracia no son las elecciones, sino las instituciones, el imperio de la Ley y el respeto a la minoría disidente. La Venezuela bolivariana aprueba en lo primero. En el país se celebran elecciones regularmente aun desde que el ex golpista llegó al poder, y hasta se convocó un referéndum revocatorio hace siete años del que Chávez salió bien librado. Suspende, sin embargo, en todo lo demás. En Venezuela las instituciones son juguetes al capricho del poder, no impera más ley que las delirantes e incendiarias soflamas del presidente y al que disiente se le persigue con saña.

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país. El panorama es cuando menos desesperanzador. La oposición se encuentra maniatada dentro de la caja de cristal sellada al vacío en la que el chavismo la ha convertido, y el poder del presidente es mayor que nunca. A los venezolanos recuperar la libertad perdida les va a costar algo más que sangre, sudor y lágrimas, pero no deben cejar en el intento ni darse por vencidos. Se juegan su país, que no es poco.


Libertad Digital - Editorial

Entre el veto y el decreto

El Gobierno ha pasado de la coartada del diálogo social a la imposición de prerrogativas que no le están reconocidas para utilizar abusivamente.

El Gobierno ya ha dado indicios de por dónde va a construir el andamiaje político de este último año de legislatura efectiva, en el que se va a ver obligado a un difícil equilibrio entre las urgencias electorales de su partido y las imposiciones de las grandes economías europeas y de los mercados financieros. Se mantendrá la proscripción de cualquier posible acuerdo con el Partido Popular porque ahora más que nunca el PSOE tiene que evitar todo gesto que implique a la oposición en una dinámica de pactos de Estado. El mensaje oficial de los socialistas sobre el PP seguirá siendo que a Rajoy le gusta la crisis, aunque esta propaganda ya resulte poco o nada eficaz ante una opinión pública muy asentada en la necesidad de cambio político.

Pese a todo, 2011 será un año en el que el Gobierno tendrá que adoptar medidas y aprobar leyes. Para asegurarse su tramitación, evitando en la medida de lo posible la confrontación parlamentaria, el Ejecutivo hará uso de sus pactos con PNV y Coalición Canaria, a los que puede unirse Convergencia i Unió si Artur Mas cree que hay una mínima posibilidad de participar en la subasta organizada por Zapatero para sumar los votos que necesita hasta el final de legislatura. Sin embargo, los nacionalistas pueden variar su actitud si comprueban, a medida que se acerquen las elecciones de mayo, que el presidente del Gobierno es un incómodo compañero de viaje —algunos barones socialistas ya lo saben— y que el apoyo que le prestan puede empezar a no ser neutral ante sus propios electores.

Y, como ya sucediera en 2010, el Gobierno no dudará en acudir al veto parlamentario y a la legislación por decreto para hurtar a la crisis los debates políticos que tanto necesita. Este Gobierno ha pasado de la coartada del diálogo social para justificar su inoperancia a la imposición reglamentista de unas prerrogativas que no le están reconocidas para utilizar abusivamente. Es obvio que el Gobierno tiene que corresponder a su responsabilidad directiva de la política nacional con los procedimientos que le concede la Constitución, pero a quien tanto tardó, como Zapatero, en reconocer la crisis, y tanto como él denigró la imposición de reformas sin acuerdo, le es exigible que emplee algo de tiempo en propiciar acuerdos estables con el principal partido de la oposición, y que lo haga en el Parlamento. Algo que, a estas alturas, entra en el terreno de la ciencia ficción.


ABC - Editorial

miércoles, 5 de enero de 2011

El mal de Cascos. Por Edurne Uriarte

A Cascos no se le pasó por la cabeza dar una sola rueda de prensa para explicar su candidatura, sus ideas y sus objetivos en los largos meses que duró ese debate. De ahí que el asunto fuera un incomprensible embrollo para los ciudadanos, incluidos los más informados. Se le ocurrió este domingo, al final del proceso. Tal elemental problema de desconexión con los ciudadanos y con la realidad resume el mal de Cascos que no es otro que el mal del poder. Con la peculiaridad de que lo sigue padeciendo años después de haber perdido tal poder, lo que hace aún más absurdas sus consecuencias.

Se creyó imprescindible, todopoderoso, por encima de las circunstancias. Y actuó como tal, a la espera del acatamiento o del agradecimiento por su oferta de candidatura. Algo que en política se consigue con el masivo apoyo ciudadano, sobre todo en forma de votos, o con el apoyo de la organización partidaria.

En cuanto a los votos, al PP asturiano le ha ido igual con Cascos que sin Cascos. En las cuatro últimas elecciones al Congreso, con Cascos de cabeza de lista en 1996 y 2000, Alicia Castro en 2004 y Gabino de Lorenzo en 2008, el PP asturiano ha tenido siempre un porcentaje algo mayor que el PP nacional. Y la máxima diferencia la obtuvo Castro y no Cascos. Y en cuanto a la encuesta que probaría las supuestas mayores posibilidades electorales de Cascos en las Autonómicas, resulta que dicha encuesta se hizo con la única hipótesis de su candidatura, cuando no se preveía otra.

Con el frente electoral así de modesto, a Cascos le quedaba la organización partidaria. Tenía su apoyo en el bolsillo y él mismo se encargó de destruirlo. Nuevamente, por el mal del poder. Creerse por encima de la organización, cuando era él el que dependía de dicha organización. El error de un torpe, o de un ingenuo, o, en el caso de Cascos, de un hombre desconectado de la realidad.


ABC - Opinión

Rodríguez Zapatero podría estar preparando la evasión. Por Antonio Casado

Al terminar la entrevista de Carlos Herrera con el presidente del Gobierno, ayer en Onda Cero, mis colegas de tertulia (Iñaki Ezkerra, Arcadi Espada y Miguel Ángel Rodríguez), dicen haber detectado en el buen tono vital de Zapatero la prueba de que ya tiene decidido repetir como candidato a la Moncloa en las próximas elecciones generales. Sobre la misma constatación de que, efectivamente, despliega un discurso más firme sobre las reformas estructurales de la economía española (insiste en que la operación durará no menos de cinco años), me quedo solo defendiendo lo contrario.

Primero, porque sigue rehuyendo la respuesta cuando le preguntan. Si fuera que sí, no debería tener inconveniente en decirlo. Solo el “no” explica el silencio. Y, por otro lado, es justamente esa sensación de no verle ya a la defensiva la que pone en la pista de que Zapatero no tiene intención de encabezar por tercera vez su candidatura a la Presidencia.

Solo así tendría sentido su insistencia en pregonar ese necesario pero doloroso reformismo (“cueste lo que cueste”, suele decir él), que supone ganar la confianza de los mercados y perder la de los electores. La ecuación se viene verificando en las encuestas desde el famoso “tijeretazo” de mayo. Con vuelta de tuerca en una segunda entrega (plan anticrisis bis de noviembre), que ha llevado al PSOE al borde de la bancarrota electoral.
«Cada vez que Zapatero da un nuevo paso en su política de ajustes, dictada por los mercados y no por sus electores, aumenta la fuga de votos: la mayoría a la abstención, muchos a Izquierda Unida y poquísimos al PP.»
La ventaja del PP en las urnas -virtual por ahora- es tan amplia que hasta Artur Mas, el flamante presidente de la Generalitat, teme que se le haya ido la mano con Zapatero y ahora trabaja para evitar una mayoría absoluta de Rajoy en las generales de la primavera de 2012 (“No lo quiera Dios”, decía hace unos días), como ya hemos empezado a ver con el ninguneo de Alicia Sánchez Camacho (PP Cataluña) en la reciente sesión de investidura.

Cada vez que Zapatero da un nuevo paso en su política de ajustes, dictada por los mercados y no por sus electores, se abre un poco más la compuerta y aumenta la fuga de votos. La mayoría a la abstención, muchos a Izquierda Unida y poquísimos al PP. Él lo sabe y lo interioriza dispuesto a sacrificarse por el bien de España. Por tanto, lo de menos son los votos. Eso dice, aunque con otras palabras. Cuando un político actúa sin importarle la pérdida de votos es que está preparando la evasión. Y es el caso que Zapatero no renuncia a la política que deja perplejo al militante y ahuyenta al votante. Todo lo contrario. Ayer se ratificó con el fervor del converso en la cruzada contra el déficit público y la política de reformas, cuyos resultados empezaremos a ver en el segundo semestre de 2012, con un -crecimiento superior a la media europea ya en 2013, según le dijo a Carlos Herrera.

Ojo a las fechas. Es la primera vez que admite con tanta claridad que la política que lleva al PSOE a la bancarrota electoral estará viva cuando se convoquen las próximas elecciones generales. Véase cómo el irrecuperable voluntarismo de Zapatero ya no mira a marzo de 2012 como el momento en el que los españoles tengan ocasión de agradecerle en las urnas los sacrificios de ahora. Simplemente porque entonces su partido estará desahuciado y la cosa ya no irá con él. El haberlo decidido le permite “hacer lo que tengo que hacer”, como suele decir él, sin mirar a las urnas. Porque si las mirase no lo haría. O lo haría de otro modo.


El Confidencial - Opinión

Mundo maravilloso. Por Gabriel Albiac

España se abre al 2011 en el mayor desarraigo de su historia reciente. Nadie confía aquí en nada.

EL cielo gris de todos los eneros pone en el alma la añoranza helada de los años perdidos. Nada nuevo: en esa melancolía sosegada se teje la paciencia de ir tirando, por más que uno sepa lo para casi nada que sirve cuanto hacemos. Pero está bien que cada inicio de enero sepamos engañarnos, repetirnos que todo puede ser distinto, que tal vez lo imprevisible aún nos aguarde a la vuelta de una milagrosa esquina. Y cada año inventamos la vida aventurera que no tuvimos nunca. Y en el rincón secreto que nadie revela a nadie, odiamos cuanto somos y seguimos sonriendo. ¿Qué otra cosa podría consolarnos que no fuera esta sonrisa, la distancia que pone entre cada uno y la jodida realidad que acabará tragándonos?

Vivimos al borde del precipicio. Al borde del precipicio, hemos bailado la loca danza de las postrimerías, durante una Nochevieja que tuvo algo de noche del fin del mundo. Que nuestro mundo acaba, todos como mínimo lo sospechamos. Acabó quizás ya. Como un mazazo, entre Año Nuevo y Reyes, la glacial estadística del paro cierra la fiesta. Cuatro millones de ciudadanos —sin maquillar, algo más de cuatro y medio— están literalmente en la calle. Vaya usted a hablarles a ellos de esperanza. Vaya usted a contarles historietas de futuros luminosos que habrían de traerles líderes políticos para los cuales jamás existe el tiempo de las vacas flacas.


Quien retorna de madrugada a casa, atravesando el centro de Madrid, debe cerrar los ojos para soportarlo: gentes harapientas que se incrustan en el hueco de los escaparates, encerradas en cajas de cartón para engañar al frío. Es lo bueno que tiene moverse sólo en la confortable tibieza del coche oficial y de los tres escoltas: que ningún muerto de hambre va amargarte la digestión tras la cena en salón privado de muchísimas estrellas, a lo largo de cuya sobremesa has estado arreglando el país en compañía de tus ilustres cofrades de gobierno, parlamento o lo que sea con suntuoso sueldo a costa de los simples mortales.

No es verdad que sea universal esta ruina. Lo es la crisis. Pero crisis no implica cataclismo. No necesariamente. La crisis es el síntoma de que hay que recomponer el entramado productivo: enterrar lo muerto. Y que eso es doloroso. Y que no hacerlo es mortal, sencillamente. Al cabo de dos años de iniciada la recesión, Alemania registra cifras de recuperación importantes: ha hecho un trabajo de ajuste duro, y hoy se plantea si no será mejor salirse de esta broma siniestra que fue el euro. Al cabo de dos años de negar la recesión, España se abre al 2011 en el mayor desarraigo de su historia reciente. Nadie confía aquí en nada. Menos que nada en la existencia de su puesto de trabajo dentro de unos pocos meses. Sólo algo aquí es seguro: no serán los políticos los que duerman en la calle.

Y el paseante que retorna a casa con el alma de cristal gris de todos los eneros, blindado en la dureza de los supervivientes, trata en vano de mirar hacia otro sitio, no ver a toda esa pobre gente condenada a dormir en su caja de cartón al abrigo de los escaparate. Un coche con escolta surca, vertiginoso, la Gran Vía hacia la nada. El paseante aprieta el paso y contiene el vómito. Es un mundo de verdad maravilloso.


ABC - Opinión

Real Sociedad. La alineación de ETA. Por José García Domínguez

La única duda razonable que plantea el caso es discernir si nos hallamos ante siete cobardes o ante siete miserables. Sin que proceda descartar la hipótesis más verosímil, esto es, que concurran las dos circunstancias a un tiempo.

Igual que los esforzados enanitos de Blancanieves, también ETA dispone de siete devotos admiradores prestos a librarla de todo mal, aunque no moran en un claro del bosque sino en el muy turbio banquillo de la Real Sociedad de San Sebastián. Trátase de siete pequeños colaboracionistas con su régimen de terror que responden por Imanol Agirretxe, Jon Ansotegi, Mikel González, Mikel Labaka, Eñaut Zubikarai, Markel Bergara y Mikel Aranburu. Según parece, esos siete zagales vinieron al mundo a dar patadas, ora a un balón de fútbol, ora a la memoria de los cerca de mil asesinados que el objeto de sus desvelos ha dejado tendidos en las cunetas de la memoria.

Tal que así, los siete magníficos de Anoeta han dado en hacernos sabedores de cómo sus atormentadas almas sufren por los presos. Siempre, huelga decir, que los internos comulguen con el hacha y la serpiente. Y es que la suerte del resto de los criminales resulta por entero ajena a tantas congojas y pesares. Pues solo quien haya matado a un semejante en nombre de Euskal Herría dispone de un rinconcito en sus afligidos corazones. Unos corazones que se encogen frente a un régimen penitenciario "que tiene la crueldad como base", según predica el escrito que acaban de rubricar al alimón. Perversidad cuyo fin sería "destruirlos [a los etarras] para golpear así de lleno a la sociedad vasca", como igual refieren ahí los émulos de Mudito, Gruñón, Estornudo, Tímido, Sabio, Feliz y Dormilón.

Por lo demás, la única duda razonable que plantea el caso es discernir si nos hallamos ante siete cobardes o ante siete miserables. Sin que proceda descartar la hipótesis más verosímil, esto es, que concurran las dos circunstancias a un tiempo. Lo explicó mejor que nadie Sebastian Haffner en Memorias de un alemán. Al principio, la población se prestaba a colaborar por simple miedo. Aplaudían, coreaban las consignas y denunciaban a sus vecinos solo con tal de ponerse ellos a salvo. Al principio, era así. Pero, con el tiempo, ninguno soportaba la vergüenza al contemplarse la cara en el espejo cada mañana. Por eso, todos acababan sucumbiendo a la doctrina del partido. Para poder absolverse a sí mismos. ¿Cuándo, por cierto, las Memorias de un vasco?

Nota bene:

No hay quinto malo, pero sí octavo ruin. De ahí que, en el instante de editar esta columna, irrumpiese en la lista un David Zurutuza que no merece sea alterada ni una coma de lo dicho


Libertad Digital - Opinión

Salutación al pesimista. Por Ignacio Camacho

En las actuales circunstancias el optimismo consiste en resignarse a que 2011 sea un año de tristezas llevaderas.

EL cuarto año de la crisis, que empezó dieciocho meses antes de que el presidente del Gobierno reconociera su existencia, ha arrancado en medio de un fuerte pesimismo colectivo, una atmósfera generalizada de desaliento psicológico que puede agravar el panorama y desarmar todavía más la débil estructura de resistencia social. La mitad de los españoles creen que el paro va a empeorar, y aún son en conjunto más optimistas que, por ejemplo, los andaluces, entre los que tres de cada cuatro temen quedarse sin empleo antes del verano. La mayoría de los parados carece de esperanza en la posibilidad de encontrar trabajo, pero si la tuviese daría igual, porque tampoco iba a encontrarlo. Las perspectivas más razonables apuntan a que el desempleo no aumentará, o al menos no volverá al vértigo de la caída del 2009, sin que ello implique mejoras significativas; la mejor previsión de crecimiento en este ejercicio se atoja insuficiente para crear tasas netas de ocupación. En las actuales circunstancias, el optimismo consiste en aspirar a quedarse como estamos, en conformarse con no descender más peldaños de la escala de bienestar que hemos bajado de golpe y a costalazos, y en aceptar con cierta resignación que 2011 sea un año de tristezas llevaderas en el que las penurias mohínas de los últimos tiempos discurran al menos sin nuevos sobresaltos.

En este clima de desmoralización resalta la confiada ofuscación de Rodríguez Zapatero, cuya inmersión forzosa en un cierto realismo político no alcanza para que deje de cometer el error que más le ha hundido ante la opinión pública: la persistencia en pronosticar mejoras que no sólo no se producen, sino que se alejan en un horizonte de descalabro socioeconómico. Ayer, ante Carlos Herrera, anduvo espeso y defensivo, centrado en la prioridad de no parecer irresponsable, pero continuó destilando ese aire de autocomplacencia esperanzada que para muchos ciudadanos se ha convertido ya en una irritante cantinela muy parecida al engaño. Su empeño voluntarista en atisbar señales de recuperación resulta ya un discurso cansino en el que la gente ha dejado de creer. Los más benévolos opinan que se ha equivocado demasiadas veces; el resto simplemente considera que ha mentido. Alguna vez acabará acertando, o ni siquiera eso porque la crisis no ha tocado fondo y los indicios de mejoría no empezarán a notarse, en el mejor de los supuestos, hasta el final de su mandato, pero en todo caso ya no está en condiciones de rescatar su devalada capacidad de análisis. Y aunque ha rebajado el provocativo optimismo que antes le arrastraba a escandalosos vaticinios fallidos y ha moderado la arrogancia con que se jactaba de controlar una situación que a todas luces había sobrepasado sus facultades, carece de crédito para enviar mensajes de confianza. Un país con aspiraciones no se puede conformar con que su líder deje de decir tonterías.

ABC - Opinión

Un paro insostenible

El año ha empezado con un goteo de malas noticias económicas, entre las cuales la del paro tal vez sea la más desalentadora, pues ha alcanzado su nivel anual más alto en toda la serie histórica desde1996. En concreto, 2010 terminó con 4.100.073 desempleados, 176.470 más que el año anterior. Es verdad que ha sido el ejercicio con menor incremento y que diciembre ha sido el mejor mes, pero es un triste consuelo aferrarse a este tipo de interpretaciones. La realidad objetiva es que España es el segundo país con más paro de Europa y que su economía está fuertemente lastrada por este motivo. No es casual que la principal preocupación de los españoles es, según el estudio del CIS publicado ayer, la ocupación laboral. De nada sirve que el Gobierno trate de disimular la crudeza de los datos con paños calientes, tales como que la tasa de protección social es muy alta o que la cobertura a los parados es suficiente. Son las tópicas excusas de mal gestor, que en vez de poner los medios para que no se produzca la hemorragia presume de dispensar buenos vendajes. Es verdad que la creación de empleo no depende, ni mucho menos, del Gobierno, salvo el empleo público, del que por cierto se ha abusado en los últimos años. La creación de puestos de trabajo es el fruto de un tejido empresarial que en dura competencia es capaz de producir más y a menor coste, arriesgando esfuerzos y capital. No hay otra forma rentable y viable de reducir la pavorosa bolsa española de desempleo. Pero para alcanzar ese objetivo, los poderes públicos deben asumir su responsabilidad y facilitar las condiciones legales y normativas que convienen a la reactivación empresarial. Lo que se espera de un Gobierno sensato no es que ponga tiritas a la hemorragia, sino que ayude a los expertos a evitar las heridas. Dicho de otro modo, lo que espera el ciudadano de los gobernantes es que reformen la legislación laboral para que los empresarios puedan contratar nuevos empleos sin el temor de contraer una rémora improductiva. El equipo de Zapatero ha realizado ya algún esfuerzo en este sentido, y es justo reconocerlo, pero no es suficiente, como ya hemos señalado en otras ocasiones. La reforma laboral tímidamente avanzada camina en la buena dirección, pero aún quedan zonas oscuras que superar para que los actores económicos arriesguen aún más en la reactivación. Asuntos como la negociación colectiva, la ultraactividad de los convenios o la burocracia sindical que lastra la actividad empresarial no son menores y están pendientes de reformar más allá de la ruinosa demagogia sindical. Debería iluminar a nuestros administradores el ejemplo de Alemania, un país con sólo el 6,8% de paro, que ha remontado antes que nadie la crisis gracias a la sensatez de sus líderes sindicales, a la moderación salarial y a la contención de los costes de producción. Entre España y Alemania no hay sólo una enorme distancia estadística, sino de responsabilidad política y sindical. Mientras en nuestro país un sindicalismo obsoleto alimentado con subvenciones por un Gobierno afín se ha limitado a defender los derechos adquiridos de los trabajadores acomodados, en Alemania se ha procurado que haya más empleo para más trabajadores. ¿No es ése acaso el camino que desean los españoles?

La Razón - Editorial

Mezcla empobrecedora

El alto nivel de paro y la inflación se combinan para complicar más la grave situación económica.

Hace décadas que en Estados Unidos se bautizó como "índice de miseria" la suma de la tasa de paro y la de inflación. Este índice con el que la economía española concluye el año es el mayor desde el inicio de la crisis, hace más de tres años, y expresa el fracaso de las políticas económicas. A la ausencia de crecimiento se suma el contingente más elevado de españoles registrados como desempleados desde que existen datos estadísticos, y una tasa de inflación inquietante que nada tiene que ver con la anémica demanda interna. Los operadores en los mercados de deuda pública, por su parte, siguen manteniendo a los bonos españoles con una prima de riesgo elevada, alejada de la normalidad.

La transición desde tasas muy moderadas de variación de los precios, incluso de contracciones en el IPC, a tasas interanuales cercanas al 3%, como la aportada en diciembre, es una señal adversa. A los temores deflacionistas suceden los derivados de la coexistencia entre estancamiento e inflación, la temida estanflación.


Como era previsible, la elevación de los impuestos indirectos (IVA, tabacos, etcétera), el encarecimiento de los carburantes y de las tarifas de algunos servicios públicos han sido los principales responsables de ese 2,9% en que ha quedado la inflación general. La principal consecuencia de ese repunte en los precios es la erosión adicional de poder adquisitivo de las personas con las rentas más bajas. El encarecimiento de la cesta de la compra coexiste con la congelación de la revisión salarial en un buen número de trabajadores con convenio, la eliminación de los 426 euros de subsidio a los parados de larga duración o la continua caída en el valor de la vivienda, la principal manifestación del patrimonio de mucho españoles.

Al indicador de inflación ha acompañado el del paro registrado en diciembre. A pesar de la caída en 10.221 personas (la primera reducción en un diciembre desde que se inició la crisis), la cifra total es la mayor desde que se empezó a elaborar la serie. La afiliación a la Seguridad Social no deja margen a la interpretación favorable: los 27.728 cotizantes menos de diciembre son un eslabón más en la cadena de cinco meses consecutivos de caída.

Pocos paliativos pueden compensar el más grave desequilibrio que exhibe la economía española. Es probable que los próximos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), los del cuarto trimestre, ilustren el deterioro adicional en el mercado de trabajo al final de 2010. Es también probable que en los próximos meses continúe la destrucción de empleo, la pérdida de renta de los españoles con menor capacidad defensiva y, por tanto, la renta por habitante. La mezcla empobrecedora de altas tasas de paro e inflación creciente tampoco favorece la restauración de la solvencia de empresas y familias, los titulares del mayor volumen de deuda y los que determinan la salud del sistema bancario español. La única vía para superar esta situación es el crecimiento, un reto que las políticas económicas no han logrado generar en España.


El País - Editorial

Paralizados ante el aumento del paro

Un paro del 20% no es una fatalidad, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia a crear riqueza y empleo.

El Gobierno de Zapatero podrá aferrarse inútilmente al hecho de que el número de parados descendió en diciembre en 10.221 personas o al de que el incremento del desempleo en 2010 ha sido menor que el que sufrimos en los dos años anteriores. Sin embargo, eso no son más que estériles intentos de maquillar un dato mucho más decisivo y realista a la hora de hacer un diagnostico de situación, como es el de que el paro, con un incremento anual en 176.470 personas, ha vuelto ha alcanzar un récord histórico, que sitúa el número total de desempleados en España en 4.548.415.

Y es que a medida que el porcentaje de parados aumenta, mayor es el grado de deterioro de la economía necesario para que el desempleo siga creciendo. Ante la purga a la que nos abocaba la burbuja crediticia alumbrada por los bajos centrales, lo grave no es tanto la rápida destrucción de empleo a la que estábamos condenados, sino que ésta no haya sido relevada por un reajuste productivo que, a su vez, permitiese una intensa y rápida creación de empleo. Lo preocupante en el caso de España es que, lejos de sufrir una crisis en forma de V, la estamos padeciendo en forma de L.


Sin embargo, un porcentaje de paro del 20% no es una fatalidad que un país tenga que conllevar, sino una radical anomalía a la que no nos podemos acostumbrar. Es un síntoma inequívoco de que al mercado se le siguen imponiendo barreras institucionales que le imposibilitan su tendencia natural a crear riqueza y empleo. Sin embargo, al Gobierno parecería que lo único que le importa es ir tirando, aferrado –eso sí– a la poltrona, sin más interés que engañar de manera puntual y pasajera a los inversores y a los socios comunitarios para evitar la suspensión de pagos o la expulsión del euro. El Ejecutivo confunde el amargor de la medicina con el sufrimiento que causa la falta de cura. Y es por ello por lo que, lejos de llevar a cabo profundas y diversas reformas estructurales, empezando por la del mercado laboral, se limita a pasar factura, ya sea en forma de impuestos, de recibo de luz, o de desempleo.

Aun con menos responsabilidad que la que lógicamente tiene el Gobierno, otro tanto se podría decir del principal partido de la oposición. Es lamentable que el PP no haya liderado ninguna movilización social para exigir en la calle ese adelanto electoral que dice reclamar. El mal ejemplo que la mayoría de los ayuntamientos y comunidades autónomas del PP están dando a la hora de reducir drásticamente sus gastos supone, desde luego, una mala tarjeta de visita, por mucho que el desplome del PSOE en las encuestas parezca indicar lo contrario.

A la vista de este estancamiento, no es de extrañar que una inmensa mayoría de ciudadanos crea que, tras el paro y las dificultades económicas en general, el principal problema de nuestro país sea su clase política. Si no faltan hechos objetivos para dar la razón a ese 76,4% de ciudadanos que cree que la economía va mal o muy mal, ¿a que reformas o cambio de timón podríamos apelar para calificar de pesimistas a ese 75,8% que piensa que la situación continuará igual o peor dentro de un año?

Mientras que otros países como Alemania ya ofrecen datos claros y firmes de recuperación, aquí seguimos en la crónica de una agonía.


Libertad Digital - Editorial

Triunfalismo ofensivo

El Gobierno de Rodríguez Zapatero se apunta a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro histórico.

EL Gobierno recibió ayer con alborozo forzado el dato de que el paro había bajado en diciembre en 10.000 personas. En cascada, tanto el presidente del Gobierno como el Ministerio de Trabajo anunciaron el fin de la crisis del mercado laboral, demostrando que cuando Rodríguez Zapatero despidió 2010 proclamando el tránsito desde la recesión a la recuperación no hacía otra cosa que poner en marcha la maquinaria de propaganda que va a bombardear a los ciudadanos hasta las elecciones de mayo. El informe del INEM ofrece, sin duda, un dato menos negativo que los de meses anteriores. Es más, se trata de un dato hasta cierto punto sorprendente porque se produce con un crecimiento prácticamente nulo de la economía, cuando en años anteriores a la crisis, creciendo con tasas positivas , los meses de diciembre generaban paro. Es probable que el Gobierno tenga la explicación a esta curiosa variable estadística. Y hasta aquí las buenas noticias que puede dar Rodríguez Zapatero, porque 2010 es el año que termina con mayor número de desempleados registrados a 31 de diciembre en el INEM, que son más de cuatro millones y medio si se suman todos los grupos de demandantes de empleo no ocupados. Utilizando los criterios del Gobierno, el paro se ha incrementado en 2010 en 176.470 personas. El desempleo crece a menor ritmo que en 2009 y 2008, pero porque cada año hay menos trabajadores que puedan perder su empleo. Además, la Seguridad Social perdió en diciembre más de 27.000 afiliados y más de 200.000 en todo 2010. Nuevamente se consuela el Gobierno con el pobre argumento de que más se perdió en 2009 y 2008. También es cierto, pero a estas alturas esta actitud demuestra la resignación, la impotencia y la incapacidad del Gobierno para generar una inflexión definitiva en la evolución del paro y de la pérdida de afiliados a la Seguridad Social.

Que Zapatero afirme que ahora hay más personas trabajando que en 2004 es una falta de respeto a la opinión pública, porque oculta que esa cifra va muy por detrás de los incrementos de población, en general, y de población activa, en particular; y que marzo de 2004 terminó con 1.743.706 parados, frente a los más de cuatro millones que se apuntan en su balance a día de hoy. El Gobierno se apunta de nuevo a los espejismos propagandísticos para difuminar la realidad de un paro registrado histórico y de una constante caída en la afiliación a la Seguridad Social.


ABC - Editorial