martes, 6 de abril de 2010

El islam y nosotros. Por Hermann Tertsch

UNOS islamistas que residen en Austria emigrados de sus respectivos países porque son un fracaso siniestro y cruel y los estados propios los han sumido en la miseria, se han venido de turistas a Córdoba a ocupar la antigua mezquita que es catedral.

Con dinero ganado por supuesto en Austria y quizás alguna subvención de países en los que la conversión al cristianismo se paga con la muerte. Y en los que no se tolera siquiera una ceremonia religiosa cristiana. Y que financian la liquidación de cristianos y la destrucción de una cultura milenaria cristiana en Oriente Medio, África o Indonesia.

Y han montado, muy divertidos ellos, la provocación de insultar a los cristianos y reivindicar la propiedad del recinto cordobés intentando ocuparla y rezando allí a su dios. Su reconquista de fin de semana. Y aquí hay gente que les ríe la gracia. Hay tontos por doquier. Y no me refiero precisamente a los islamistas. La cantidad de cretinos que creen que ese multiculturalismo del presidente del Gobierno lleva a más libertad y no ven que por el contrario es una amenaza creciente e inminente para nuestro sistema de vida es alarmante.


En Austria tenemos mucha experiencia sobre asedios islamistas. En 1683 tuvo que ser un rey polaco, por supuesto católico, Jan Sobieski, quién en un fulminante asalto desde el monte Kahlenberg rompió el asedio turco, es decir entonces islámico, a la capital austriaca. Y gracias a aquello la Europa central quedó libre de un Islam que ha producido muchos sabios, pero que ha sido la ruina absoluta en la edad moderna dada su absoluta incapacidad para crear estados viables, sociedades dinámicas, ciudadanos libres y prosperidad económica. No hay ningún estado en el mundo moderno en el que el Islam haya generado una sociedad medianamente próspera, medianamente libre, medianamente respetuosa hacia los derechos humanos. Los islamistas que viven huidos de sus países y quieran rezar en una mezquita se deben meter en los recintos que aquí tienen y que en sus países no se toleran para el culto cristiano. Y si no, pueden irse a la mezquita de Damasco, una maravilla, en la cual la policía política del régimen sirio los controlará como Dios manda, el suyo o cualquiera.

Como en Poitiers mucho antes se había cortado el avance del Islam desde el sur de Europa, desde España, y Lepanto fue Lepanto, en Viena en el siglo XVII se cortó su extensión desde los Balcanes hacia el corazón de Europa. Y el cristianismo evolucionó y después llegó la Ilustración y los países europeos se hicieron, formaron y construyeron sobre la cultura judeocristiana que después se extendió a América y tantos otros rincones del globo. Y así se creó lo que llamamos generalmente Occidente, la cultura más civilizada y a la vez piadosa, compasiva y fructífera, próspera y libre que jamás existió.

También bajo la catedral de Sevilla había una mezquita. Y en tantos otros sitios hubo mezquitas convertidas en catedrales como antes iglesias visigodas cristianas habían sido convertidas en mezquitas. Y sus creyentes cristianos degollados o trasladados como esclavos para siempre lejos de sus hogares. Ya está bien de esa majadería que propagan socialistas, Junta de Andalucía, Alianza de Civilizaciones que nos cuesta un dineral y las simplezas del presidente del Gobierno sobre el idilio multicultural de Al Andalus. Si existió armonía en algunos breves periodos, fue el islam el que, con sus diferentes facciones enfrentadas, se ocupó de destrozarla. Y fue en todo caso irrelevante para la posterior historia en la que el Islam en su política de expansión quiso dominar a Europa para destruir su espíritu, su carácter y su libertad. Hoy estamos en lo mismo. Una propuesta para todos. Hagamos una recolecta pública de fondos para construir una catedral en Riad del tamaño de la mezquita que hay en Madrid en la M-30 financiada por Arabia Saudí. Pidamos la creación de un centenar de capillas en aquel país o cualquier otro en países árabes, una cifra razonable ante la proliferación de mezquitas en Europa donde se predica el odio a toda nuestra sociedad y nuestros principio. O recuperamos el espíritu de Sobieski o pasado mañana nuestras nietas serán apaleadas o lapidadas por no cumplir la sharía, la ley islámica.


ABC - Opinión

Los Reyes Católicos eran franquistas. Por Cristina Losada

No es accidental que la política de la "memoria histórica" tenga el efecto imprevisto, aunque previsible, de revelar las carencias culturales de sus más entusiastas ejecutores.

El ayuntamiento socialista de Cáceres estaba muy contento por haber descubierto un escudo franquista en el monolito que, en esa ciudad, conmemora a los conquistadores extremeños de América. Por fin, disponían de un símbolo que podían retirar para mostrar al mundo cuánto luchan contra Franco treinta y cinco años después de su muerte. Es probable que nadie se fijara en el escudo aquel, pero qué se le va a hacer si ya no quedan estatuas ecuestres que llevarse por delante. Así, con la alharaca que se reserva para las grandes ocasiones, procedieron a librar a Cáceres del oprobio. Aunque sólo para caer en el ridículo. El escudo no era franquista, sino que reproducía el de los Reyes Católicos.

Una vez capturada la presa, los ocupantes del gobierno municipal no estaban dispuestos a soltarla. Tras el dictamen de los expertos en heráldica, el concejal responsable de la heroica actuación manifestó que de ningún modo se repondría un escudo de "claras reminiscencias franquistas". Váyanle los estudiosos con líos de armas de Aragón y Sicilia, águilas de San Juan azoradas, columnas de Hércules y yugos y flechas que se remiten al siglo XV. Aquello parecía franquista. Y es sabido que Franco y los Reyes Católicos eran uña y carne. Recelosa, la alcaldesa Carmen Heras sólo volverá a colocar el elemento decorativo sospechoso si su pureza política se demuestra de forma indubitada.


Los socialistas cacereños no están solos en la fila de los últimos de la clase. Pocos días antes, el Gobierno se veía en la obligación de instruir al diputado Joan Herrera sobre la época en que reinó Alfonso XIII. El portavoz de ICV en el Congreso estaba molesto por la "exaltación franquista" que suponía mantener el nombre del monarca en una base militar de Melilla. Hubo que contarle que no fue Rey durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco, como si Herrera no fuera un licenciado en Derecho, sino un alumno atrasado de la ESO.

No es accidental que la política de la "memoria histórica" tenga el efecto imprevisto, aunque previsible, de revelar las carencias culturales de sus más entusiastas ejecutores. Con ella no se pretende dar a conocer la Historia. Ni siquiera una versión tergiversada de la Historia. Su razón de ser no es la difusión de hechos, sino la excitación de sentimientos. Tiemblen, pues, estatuas, placas y escudos de todas las épocas, que a falta de piezas auténticas, vale cualquiera.


Libertad Digital - Opinión

Algo más que impunidad. Por Ignacio Camacho

CINCO reformas en ocho años, más varias en proyecto, prueban que la vigente Ley del Menor es un bodrio incapaz de dar respuestas solventes al cada vez más acuciante problema de la delincuencia juvenil y la inadaptación de los adolescentes a una sociedad capaz de cambiar mucho más deprisa que su ordenamiento jurídico.

Las polémicas suscitadas por crímenes espeluznantes cometidos por y contra jóvenes ponen de manifiesto un claro fracaso legal tanto en la prevención del delito como en la satisfacción de la pena, y los continuos casos de reincidencia, chulería o premeditación, los rafitas, carcaños y demás precoces canallas, cuestionan gravemente el candoroso espíritu de reinserción que inspira la filosofía normativa. Quizás haya llegado, pues, el momento de plantearse una enmienda a la totalidad que abandone los retoques motivados por sacudidas de alarma social, los parches legislados a golpe de alboroto de opinión pública, y aborde la elaboración de una ley de nueva planta; un proceso más meditado, menos cándido y más realista que admita los errores de fondo y rectifique de raíz con un planteamiento distinto: un texto que otorgue respeto y dignidad a las víctimas y deje de contemplar a los muchachos contemporáneos, hijos de un orden social tan conflictivo como sofisticado, como si fuesen trasuntos del buen salvaje rousseauniano.

Con todo, ante sucesos como el de la niña de Seseña no basta apelar a los clamorosos fallos punitivos de una legalidad incompetente para tranquilizar la conciencia y ponernos a salvo de cuestiones más complejas que interpelan también nuestra responsabilidad colectiva. La incómoda punzada de contrariedad, repugnancia y espanto que nos suscita el probable homicidio de Cristina Martín no se puede anestesiar con fáciles argumentos de impunidad que olviden la ínfima arquitectura moral que hemos construido para la juventud y la infancia. Podemos consolarnos a través de una superficial solidaridad con el sufrimiento de la familia victimada y una queja retórica sobre la leve punición que sufrirá la presunta agresora. Pero hay en esos sórdidos dramas adolescentes factores mucho más profundos sobre los que solemos pasar de puntillas para no tener que aceptar cuotas de compromiso. La banalización de la violencia, la mitificación de la competitividad, la exaltación mediática de la estupidez, la consagración de la abulia intelectual, la indiferencia por el mérito, la postergación del esfuerzo, el desarraigo familiar y la indiferencia paterna, el aislamiento juvenil en internet y las nuevas tecnologías, el naufragio educativo, el desentendimiento adulto, la ausencia de una estructura jerárquica de valores; todo eso tiene tanto que ver con estos dramas aterradores como esa ley boba, injusta e inútil que trivializa el castigo y casi gratifica el delito. Sólo que resulta más complicado de resolver y mucho menos cómodo de asumir.

ABC- Opinión

Cascos. Por Alfonso Ussía

A Dolores Cospedal no le gusta Álvarez Cascos. A Rajoy tampoco. A Zapatero menos. Al actual Presidente del Principado, le produce patatuses vasculares.

A mí tampoco me gustaría trabajar con Cascos o enfrentarme a él. Tengo la ventaja de que ni una ni otra cosa entran en mi futuro. Me consta que hay mucho escalador de despachos en Génova que tiembla cuando alguien le comenta su posible vuelta a la política. Cuenta el gran pescador asturiano Javier Loring una historia de Paco Cascos que define muy bien al personaje. Tiempos de la juventud. Cascos pescaba en el Sella. Una trucha picó en su mosca. La trucha era valiente y pugnaba por desprender de su boca esa cosa tan desagradable que le arrastraba hacia el dominio del hombre. Logró hacerlo. La trucha se soltó. Fue cuando Paco Cascos estalló de indignación. Cual no sería el enfado del pescador, que la trucha decidió picar de nuevo para no seguir oyendo, en las entreaguas, las cosas que decía Paco Cascos de su madre, de la madre de la trucha, claro. Y se rindió.

No me gustaría trabajar con Cascos porque soy un tanto indolente. No tanto como Ramón Gómez de la Serna, cuando se enchufó en un ministerio y su jefe de negociado le pidió un informe de su sección: «La Sección está al corriente/ y los papeles en regla;/ solo tenemos pendiente/ este bolo que me cuelga». Se lo atribuyen también al poeta Catarineu. Cuando Paco Álvarez Cascos dé una orden, esa orden se cumple. Y los que están en su entorno tienen que trabajar porque el primero y el que con más tiempo y vehemencia lo hace es él. Por eso fue un gran Secretario General del Partido Popular –cuenta Pilar Ferrer que Aznar le llamaba «General Secretario»–, y un magnífico ministro de Fomento. Los grandes empresarios de la construcción temían a Cascos más que a un nublado. Con él se iniciaron las obras del AVE Madrid-Barcelona, y con él se hubiera inaugurado su servicio en el plazo establecido. Y lo mismo digo del AVE Madrid-Valencia. Se ponía los cascos de las obras con más naturalidad que su apellido. Y tiene un temperamento fuerte, muy norteño, nada agradador. Al pan, pan y al vino, vino. Por eso no resulta cómodo trabajar con él, ni competir con él. Pero en el Partido Popular se miraban las cosas y las cuentas con lupa, y en el Ministerio de Fomento se llevó a acabo una culminación de obras públicas a la que no estábamos acostumbrados los contribuyentes españoles. Con Cascos, pocas bromas, aunque en privado sea un alegre y divertido compadre. Manejó miles de millones de euros y nadie, ni su peor enemigo, se atrevió a insinuar una duda de su honestidad. Y no le van las medias tintas, ni los saltos ideológicos, ni las componendas innecesarias, ni las sonrisas a destiempo. Por eso no le gusta a Cospedal. Y menos a Rajoy. Y nada a Zapatero. Y el Presidente Areces del Principado de Asturias, o el sucesor que le busquen, no tiene motivos de sonrisa cuando le comentan que Cascos puede volver a la política. Pero de todos ellos, de los que reciben con inquietud tan peligrosa posibilidad, los más temerosos son los escaladores del Partido Popular, que se creían libres de Cascos, y parece que no, que de libres, nada. El problema que tiene Rajoy es que sabe que en Asturias, al día de hoy, el único que puede terminar con la hegemonía socialista es Cascos, que en su época también fue culpable de defender a un presidente del PP asturiano de menguado recuerdo, que todo hay que decirlo. Para quien trabaje con él y se enfrente con él, la noticia de su retorno es una mala noticia. Para los ciudadanos, una esperanza. Y los ciudadanos son los que deciden, ajenos a celos y chorradas.

La Razón - Opinión

Ley de indefensión del menor

Casi una década después de su entrada en vigor, la Ley del Menor ha provocado mucho más daño a los menores que la legislación anterior a la que sustituyó. Nunca antes un menor víctima de otro menor había quedado tan desamparado ante la Justicia.

Un nuevo y escalofriante caso de delincuencia infantil ha vuelto a sacudir España y a poner sobre el tapete de lo urgente la reforma de la Ley del Menor, un asunto pendiente al que nadie –ni a derechas, ni a izquierdas, ni en el centro reformista que dice abanderar el PP–, quiere hincar el diente. Unos porque realmente creen que, a pesar de ciertos sobresaltos que produce en la opinión pública de vez en cuando, es una Ley adecuada, la mejor posible para los menores. Otros porque siguen pidiendo perdón por ser quien son y tienen miedo a ser señalados por el sanedrín progresista.

El hecho es que, casi una década después de su entrada en vigor, la Ley del Menor ha provocado mucho más daño a los menores que la legislación anterior a la que sustituyó. Nunca antes un menor víctima de otro menor había quedado tan desamparado ante la Justicia que cuando se está mirando hacia otro lado, imponiendo levísimos castigos a los criminales con la coartada de que, de este modo, podrán reinsertarse mejor. El tiempo ha demostrado que no es así. La lenidad de las penas no ha servido para prevenir el delito entre adolescentes ni, en multitud de casos, para reinsertar a los delincuentes.

Esa del criminal de buen fondo, estropeado por la sociedad y que, por lo tanto, le debe una nueva oportunidad, es una fantasía que sólo cabe en las rousseaunianas mentes de la izquierda, pero que rara vez se verifica en el mundo real. Así, con leyes como la del menor, la víctima lo es por duplicado. Sufre en carne propia la agresión y luego padece el escarnio al que le somete la administración de Justicia otorgando todo tipo de privilegios al agresor, tal y como se ha visto a lo largo de los últimos años en los diferentes procesos acogidos a esta injusta, inmoral y contraproducente Ley.

Si, como se desprende de la investigación en curso, la chica detenida en Seseña es finalmente declarada responsable del asesinato de Cristina Martín, todo el aparato legal estará dirigido a protegerla de sus propios y deleznables actos. Porque, y esto es lo más indignante de esta Ley, la presunta homicida, que, plenamente consciente asesinó a Cristina y abandonó su cadáver en un descampado, es una irresponsable legal absoluta. A efectos jurídicos no ha cometido delito alguno y, con el más severo de los veredictos, sería internada en un reformatorio hasta que alcance la edad adulta. Entonces, la Ley del Menor le tendrá reservada una nueva y agradable sorpresa. Sus antecedentes serán borrados y podrá, si así lo desea, solicitar protección de las autoridades o pasear delante de la casa de la víctima. Esto, efectivamente, es una Ley, pero no de protección sino de indefensión del menor.

Pero el crimen de Seseña no debe ser motivo per se para reformar una Ley. No se debe bajo ningún concepto legislar en caliente mirando hacia donde indica la veleta de la opinión pública, que es lo que los políticos suelen hacer para salvar la cara. Sobran los motivos para una reforma integral de la Ley del Menor, el primero y más importante es que supone un insulto a la idea de Justicia, un armatoste ideológico que ha conseguido lo contrario de lo que se proponían sus autores, y de ahí se derivan sus funestas consecuencias.


ABC - Editorial

La decadencia de Europa. Por José María Carrascal

DESDE que hace casi un siglo Spengler nos hizo el poco apetitoso regalo de «La decadencia de Occidente», viene hablándose del ocaso europeo, ya que Europa y Occidente han marchado juntos como hermanos siameses, en lo que puede estar una de las confusiones, como veremos luego.

Esta vez, sin embargo, parece ir de veras. Son demasiados fracasos los que acumula una Europa que creía haber surgido de sus cenizas y aprendido de sus errores, para no volver a cometerlos uniendo a sus pueblos y creando una supernación al estilo de las más grandes, con un nivel de vida que fuera la envidia de todos. Pero no ha sido capaz de afrontar los desafíos que se le presentaron. Uno de sus polvorines, los Balcanes, volvió a estallar, teniendo que ser los norteamericanos quienes vinieran a apagarlo. Luego, ha sido la Cumbre del Clima en Copenhague donde, ante la cacofonía europea, norteamericanos y chinos tomaron por su cuenta las magras conclusiones alcanzadas. Y ahora es la crisis económica la que deja al descubierto lo frágil de una comunidad incapaz de tomar decisiones incluso cuando ve amenazada la joya de su corona, el euro, con una Alemania que dice a los demás que no gasten tanto y el resto diciendo a Alemania que gaste más. Sin ponerse de acuerdo.

¿Hemos ido demasiado deprisa? ¿Hemos creado una moneda común sin haber creado antes unas finanzas y una política económica comunes? ¿O es, sencillamente, que, tal como está diseñada, la Europa Unida lleva en sí el germen de su propia destrucción, esas naciones incapaces de unirse, como ocurrió en su día a las ciudades griegas? Están corriendo ríos de tinta sobre el asunto, al irnos en él la existencia, sin que se haya aclarado la cosa. Aportemos nuestro grano de arena.

Cuando uno vuelve la vista atrás y contempla la Historia de Europa, no sale de su asombro. Es la historia más fantástica que existe. Esta península de Asia, pues no es otra cosa, se ha forjado combatiendo contra su continente matriz. Y venciéndolo. Europa nace en Grecia, durante las Guerras Médicas. Es Leónidas en las Termópilas y Temístocles en Salamina. Es la razón frente al dogma, el individuo frente a la masa, la imaginación frente al hábito. Derrotado el gigante asiático, pueden florecer el teatro y la democracia, la geometría y la filosofía, la medicina y la historia como ciencias, no como mitos. Desde entonces, Europa no ha dejado de ser la protagonista de la Historia Universal, con Roma, el cristianismo, los descubrimientos, los imperios, las revoluciones de todo tipo, políticas, industriales, científicas, artísticas, económicas. Y las guerras, guerras de todas las clases y tamaños, grandes y pequeñas, civiles y entre estados, hasta llegar, ya en el siglo XX, a la llamada Guerra Europea y más tarde a la Mundial, que dejó Europa no sólo en ruinas, sino también exhausta, hasta el punto de que los vencedores fueron dos potencias extraeuropeas, los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se la repartieron. Menos mal que unos europeos de la mejor estirpe decidieron crear un gran estado, no bajo la hegemonía de uno de ellos, como hasta entonces se había pretendido sin conseguirlo -Carlos V, Napoleón, Hitler-, sino con el concurso de todos. Y lo lograron. Lo lograron hasta el punto de convertirse en la admiración del mundo y en la envidia de las superpotencias, una de las cuales se desplomó en el pulso que mantenían, soltando la mitad de Europa que ocupaba y permitiendo a ésta completarse.

Pero que las cosas no eran tan bellas como parecían se demostró a partir de esta segunda etapa. Mientras eran seis, doce, los países que la formaban, de muy parecido nivel y características, la unión funcionó. Pero a medida que se ampliaba, empezaron a surgir grietas, cada vez mayores, que no sabemos si acabarán rompiéndola o podrán cerrarse. Es el momento en que nos encontramos.

¿Está Europa condenada a desaparecer como protagonista de la Historia? La ley que rige ésta -ascensión, cumbre, decadencia- así lo apunta, aunque a lo largo de veintiséis siglos Europa ha demostrado tener una «mala salud de hierro», sobreviviendo a todas sus desgracias internas y externas, guerras de hasta cien años e invasiones de todo tipo. Hay, sin embargo, datos más alarmantes que el simple empirismo histórico. Pueblos y naciones en decadencia presentan tres síntomas comunes:

-El descenso de la natalidad, con el consiguiente envejecimiento y el peligro de la extinción a largo plazo.

-La eliminación del servicio de las armas. Comenzó siendo éste un privilegio. En Grecia, sólo podían llevar armas los ciudadanos. Los viejos romanos araban con la espada al cinto, para asistir luego al Capitolio. Sólo en la decadencia encargaron a los bárbaros romanizados su defensa frente a los sólo bárbaros, y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Suele olvidarse también que el servicio militar obligatorio fue instituido por la Revolución Francesa, no como deber, sino como derecho ciudadano. Eliminándolo, se ha cerrado el mayor lugar de encuentro de todas las clases sociales de un país.

-Por último, la creación de una sociedad de ocio, donde la diversión y la molicie son más importantes que el trabajo o el estudio. El «pan y circo» de los romanos.

Esas tres condiciones se dan en la Europa actual. Abrigada por una seguridad social que cubre desde la infancia a la vejez, en enfermedades y entretenimiento, ha creado un Estado del Bienestar que, al tiempo que atrae como moscas a la miel a gentes de todos los lugares, quita a sus habitantes todo afán de riesgo, mejora e incluso trabajo, que se deja a los inmigrantes siempre que se puede. Los síntomas no pueden ser peores.

Pero que Europa decaiga no significa que Occidente lo haga. A diferencia de otras culturas -la china, la india, la islámica-, estrechamente ligadas a un pueblo o religión y cerradas a toda influencia ajena, la cultura occidental no sólo es abierta, sino que es capaz de asimilar cuanto le parece interesante fuera de ella, con un estómago de avestruz y una rapacidad de fiera, y así la hemos visto hacer suyos el yoga oriental, las máscaras africanas y los ritmos caribeños. Crece, vive, se transforma, lo que es la clave de su supervivencia.

Otra de sus características es la facultad de trasmigración. Al no fundarse en una raza ni en un dogma, sino en valores -«el hombre es la medida de todas las cosas» y «sólo sé que no sé nada» son los básicos-, todo el que los adopte será occidental, no importa dónde ni el grupo étnico en que ha nacido. Es como la cultura que nació en Grecia, emigró a Roma, para ir saltando de país en país europeo, cuando el anterior agotaba su ciclo histórico, y se encuentra hoy mejor representada en Estados Unidos que en ningún otro. Allí al menos se cultivan como en ninguna parte la ciencia y el arte que nacieron hace 26 siglos en Grecia, y gracias a ellos la democracia ha sobrevivido en el mundo.

El problema es: ¿qué ocurrirá cuando los Estados Unidos cumplan su ciclo histórico, como lo cumplieron Francia, Alemania, Inglaterra? ¿Quién cogerá la antorcha de la cultura occidental? ¿La veremos dar otro gran salto oceánico y aparecer en Asia, en China o India, completando así su circunvalación terrestre?

No lo sabemos. Lo único que sabemos es que los próximos occidentales vendrán a Europa como vienen hoy los norteamericanos o como los romanos iban a Grecia: a contemplar la cuna de su cultura, llena de ruinas resplandecientes, de pueblos escépticos y de países sin pulso.


ABC - Opinión

lunes, 5 de abril de 2010

Impuestos a la fuerza. Por Carlos rodríguez Braun

El Estado pretende hacernos creer que nos esquilmará aún más, pero, eso sí, por nuestro bien y a regañadientes, porque se ve forzado a hacerlo, claro que sí.

Vi este titular en Público, aunque aparecieron versiones similares en otros medios también: La recesión fuerza a cinco países de la UE a elevar su IVA. El Estado emplea la coacción sobre los ciudadanos, pero ahora resulta que es él quien la padece.

Nada en la constitución del Estado ha cambiado como para que pensemos que súbitamente se ve obligado a hacer cosas. Retiene toda su capacidad de coacción, si es que no la ha incrementado. Sus súbditos, en cambio, carecemos de ella, y por eso, ante la recesión, nos vemos forzados a reducir gastos. Así nos hemos ajustado los ciudadanos, las familias y las empresas, empezando por las principales víctimas de la crisis: los parados. El Estado no lo hace, porque es el único que puede ante la crisis obligar a los demás a pagar, y así lo han hecho todos, empezando por los socialistas en España. No tiene, por tanto, sentido alegar que la recesión fuerza a las autoridades a apretarnos más las tuercas. Eso más bien parece retórica: el Estado pretende hacernos creer que nos esquilmará aún más, pero, eso sí, por nuestro bien y a regañadientes, porque se ve forzado a hacerlo, claro que sí.


Manuel Saco, también en Público, sostuvo que la aversión a los impuestos estaba justificada antes, porque "era el pueblo, campesinos y artesanos, sobre todo, quien odiaba pagar los impuestos a los reyes, a los señores feudales o a la iglesia, gente toda ella ociosa que tan sólo sabía ganarse el sustento gracias al sudor de los demás". Según don Manuel eso es el pasado, y en el presente las cosas son muy diferentes: "Todos coinciden ahora en que el Estado moderno del bienestar se edifica con impuestos, pero continúa el debate sobre quién, cómo y cuánto debe pagar". En otras palabras, el rechazo a la coacción fiscal no está justificado, y ya no hay debate sobre el hecho mismo de la coacción sino sólo sobre quién ha de padecerla; es una tesis extraña, porque parece que sí hay debate sobre la coacción, como también parece que sí es el pueblo el que sigue pagando impuestos.

Cabe concluir también que según el señor Saco los que ahora recaudan (y recaudan por cierto muchísimo más que lo que recaudaban antaño los reyes, los señores feudales o la Iglesia), los políticos de ahora, ya no son una clase ociosa que tan sólo sabe ganarse el sustento gracias al sudor de los demás. No, no. Ahora los políticos no recurren a la fuerza sobre el dinero ajeno. Ahora son todos ellos personas laboriosas que pretenden ganarse el sustento sólo gracias a su propio sudor, claro que sí.


Libertad Digital - Opinión

Viudas negras y damas de blanco. Por José María Carrascal

Representan dos formas de ejercer la oposición. Las «viudas negras», muchas de ellas viudas de verdad, al haber muerto sus maridos en la lucha que sostienen contra los rusos en Chechenia, están dispuestas a matarse matando en el Metro de Moscú o donde sea, como denuncia de lo que está ocurriendo en su país. Las Damas de Blanco, esposas y familiares de los presos políticos en Cuba, desfilan con flores en la mano por las calles de La Habana, entre insultos de los castristas, para pedir la libertad de los suyos.

Lo curioso es que la protesta pacífica está resultando más eficaz que la violenta, que las Damas de Blanco están consiguiendo bastante más que las Viudas Negras, cuyas acciones terroristas provocan la repulsa en la mayoría de los países, hartos de cuerpos destrozados, de regueros de sangre y de víctimas inocentes.

Y mientras el Gobierno cubano empieza a estar contra las cuerdas por estos desfiles pacíficos de las Damas de Blanco, con el fondo trágico de los cada vez más numerosos opositores en huelga de hambre, el Gobierno ruso se cree autorizado a redoblar la represión en la zona del Caucaso, sin que oiga del extranjero más que débiles protestas. La violencia de las Viudas Negras se vuelve contra su causa, mientras esos huelguistas exhaustos, con sus mujeres por las calles de La Habana con una flor en la mano, han desgastado más a los Castro que todo lo que ha invertido el Gobierno norteamericano para desprestigiarles, que lo que hizo la CIA para asesinar a Fidel y los cubanos en el exilio, para derribar su régimen, incluido el desembarco en playa Girón. Para que luego digan que sólo triunfa la fuerza.


No sabemos cómo evolucionará la crisis chechena, entre otras cosas por desconocer casi todo de ella. Lo de la cubana, en cambio, lo ven incluso quienes no lo veían: ese régimen está podrido en su raíz, no dando ya más de sí. Se ha convertido en una inmensa cárcel para sus súbditos y en un callejón sin salida para sus dirigentes. Le está fallando hasta esa izquierda más o menos divina que antes le aplaudía. Sus grandes «logros», la educación, la sanidad, la igualdad, se estrellan contra su carácter monolítico, que le impide avanzar, y la terca negativa de sus mandos a introducir el menor cambio. ¿De qué sirve a los licenciados cubanos sus títulos si luego no pueden aplicarlos en una economía totalmente improductiva? ¿De qué sirve un sistema sanitario si faltan las medicinas? ¿Quién puede hablar de igualdad, con la elite del partido en un plano inalcanzable para el resto de los ciudadanos? Esto es lo que emerge tras la fachada de de un régimen que había sido puesto como modelo por la izquierda de todo el mundo, aunque eran pocos los izquierdistas que se habían ido a vivir allí. Y es lo que están derribando, con flores, no con bombas, esas Damas de Blanco.

ABC - Opinión

La toma de la Catedral. Por César Vidal

Podría dedicar la columna de hoy a comentarles mis impresiones del último viaje realizado a Estados Unidos en esta Semana Santa. Dejémoslo por ahora. Si resumo la impresión que tienen de su Gobierno, de los nacionalismos –en especial el catalán– y, ¡ay!, de España en general podría romper a llorar y lo peor es que les aguaría el primer día –nada fácil por definición– de regreso al trabajo. Me voy a detener en otro episodio que, mucho lo temo, es sólo un antecedente de lo que nos puede venir en los próximos años si ZP continúa con su política de nada oculta complacencia hacia los musulmanes. Esta Semana Santa, procurando hacer todo el ruido posible, un comando islámico decidió asaltar la Catedral de Córdoba. Subrayo lo de Catedral porque en los medios existe la costumbre de denominar al recinto mezquita y no lo es.

Sí lo fue durante siglos cuando sobre los cimientos de una iglesia cristiana arrasada por la tolerancia proverbial del Islam se fue alzando una mezquita. En otro gesto de lo que fue la dulce libertad de Al-Andalus, Almanzor llegó a traerse las campanas de Santiago de Compostela a las espaldas de los prisioneros cristianos para ornamentar con ellas Córdoba. Auténtico héroe del Islam, Almanzor dejó también reducida a pavesas la ciudad de Barcelona, aunque ignoro si es ése el Islam a la catalana al que se refirió Carod-Rovira. Al fin y a la postre, la pesadilla de la invasión islámica de España concluyó tras casi ocho siglos de lucha de liberación nacional. Previamente, Fernando III el santo había devuelto la pelota a los musulmanes obligando a prisioneros cordobeses a llevar las campanas de vuelta hasta Santiago de Compostela, un acto de justicia histórica como se conocen pocos. Por añadidura, la antigua iglesia cristiana fue restaurada a su culto original, que había usurpado el Islam durante siglos. En un gesto de generosidad estética verdaderamente notable, se mantuvieron los pasillos de arcos bicolores levantados por los emires. De esa manera, sobrevivió buena parte de la antigua mezquita de Córdoba, igual que la Alhambra de Granada. O sea, llegaron hasta nosotros porque los conquistados no fueron musulmanes como los que, dicho sea de paso, destruyeron el palacio de Medina Azahara de Abderramán III por considerarlo demasiado impío. Al final, se cerraba un ciclo histórico y lo hacía de tal manera que España no se convertía en una nación como Marruecos, Túnez o Argelia. Pero hete aquí que ZP ha decidido asumir todos los mitos políticamente correctos e históricamente falsos sobre el Al-Andalus pacífico y tolerante, y esto tiene consecuencias como las de que un comando decida ocupar la Catedral de Córdoba alegando que fue mezquita. Algún día señalaré cuáles son las raíces ideológicas de la Alianza de Civilizaciones, que son previas a la dictadura islámica de Irán y que fueron trazadas con plomada y compás. Será en otra ocasión. De momento, me limito a señalar que cuando una parte de Europa, lógica y tardíamente alarmada, ha decidido prohibir el burka, ZP sigue haciendo guiños a los musulmanes. En el momento menos pensado ocuparán la Catedral y entonces, por eso de que desde el s. VIII no ha existido invasión de España por el Islam que previamente no haya disfrutado del apoyo de traidores para su triunfo, quizá el gobierno de ZP, en lugar de recurrir a la fuerza pública para expulsarlos, intentará llegar a un acuerdo. Y si no, al tiempo.

La Razón - Opinión

Otra vez Estella

El Gobierno no debería vacilar a la hora de impedir que ETA vuelva a las instituciones, tampoco si son el PNV y EA quienes se prestan a ayudarla. Cuestión distinta es que el PSOE no haya desechado definitivamente su ansia por negociar con ETA.

Una parte muy importante de los políticos nacionales, especialmente de izquierdas pero no sólo de izquierdas, llevan 30 años distinguiendo entre un nacionalismo vasco supuestamente moderado con perfecto encaje dentro de nuestro sistema constitucional y otro radical y ultramontano que sería, según este razonamiento, el origen del problema terrorista.

En realidad, la distinción tenía bastante de artificial porque ambas clases de nacionalismo se han realimentado y auxiliado históricamente entre sí. Ambos eran conscientes de estar representando un rol para el que necesitaban al otro: el palo y la zanahoria o, como ya ilustrara Arzalluz, los sacudidores del árbol y los recolectores de nueces.


Difícilmente podía tildarse de moderado a aquella parte del nacionalismo que si bien condenaba los métodos etarras, empleaba el drama del terrorismo como argumento negociador en aras de lograr unos fines que eran comunes a los terroristas y que inspiraban precisamente sus acciones. Sólo políticos interesados en gobernar con el apoyo y los votos del nacionalismo –en el Gobierno central y en los autonómicos– podían seguir tan ciegos como para negar la evidencia.

Pero, desde luego, cualquier duda sobre la estrecha comunicación que existía entre estos dos vasos del nacionalismo vasco debería haberse despejado con el Pacto de Estella, por el que el PNV pasaba a legitimar al llamado "brazo político" de ETA (que como sabemos no era y no es más que otro de los instrumentos que emplea la banda para desarrollar su labor criminal) y a considerar las instituciones y la democracia española obstáculos a derruir en su camino común hacia la independencia.

Desde entonces, la ofensiva política y judicial contra ETA se redobló hasta conseguir desenmascarar e ilegalizar a Batasuna, lo que supuso un durísimo golpe para la banda del que sólo sería capaz de reponerse gracias al aliento político que le ofrecería Zapatero con su nefasta fase de negociación.

Hoy los terroristas vuelven a estar acorralados policial, judicial y políticamente. Incluso Francia les ha declarado abiertamente la guerra. El único resquicio de esperanza del que se pueden alimentar hoy proviene de la expectativa de volver a negociar con el Gobierno –expectativa alimentada por el discurso ambiguo que han mantenido destacados miembros del Ejecutivo y, sobre todo, por su negativa de disolver los ayuntamientos con presencia de Batasuna y a revocar la disposición parlamentaria que les autoriza a negociar– o de que puedan regresar a las instituciones vascas mediante una agrupación pantalla o como parte de un bloque nacionalista más amplio.

La celebración ayer del Aberri Eguna sirvió para constatar no sólo que la distinción entre nacionalismo moderado y radical sigue teniendo hoy tan poco sentido como cuando se recogían con orgullo las nueces que habían lanzado los chicos de la gasolina o cuando se ratificó a tres partes el Pacto de Estella, sino también que los nacionalistas están dispuestos a prestar sus siglas para dar cobijo a Batasuna.

El Gobierno no debería vacilar a la hora de impedir que ETA vuelva a las instituciones por las más variadas estratagemas. Tampoco si son el PNV y EA quienes se prestan a facilitar su regreso. Cuestión distinta es que el PSOE no haya desechado definitivamente su ansia por negociar con ETA y por gobernar en Vitoria o en Madrid con el apoyo del nacionalismo. En cuyo caso, todos estarán ahora mismo representando su papel y ETA volverá a estar presente en los ayuntamientos.


Libertad Digital - Editorial

Estrategias nacionalistas

EL Partido Nacionalista Vasco celebró ayer el «Aberri Eguna» -o «día de la patria»- con un llamamiento a la unidad de los nacionalistas, sobreentendiendo que el liderazgo de este frente abertzale le correspondería sin discusión.

No faltaron tampoco ataques al Gobierno de Patxi López y al apoyo que recibe del Partido Popular, etiquetados uno y otro como meras sucursales de Zapatero y Rajoy. Pese a una aparente moderación de formas, el discurso del presidente del PNV, Iñigo Urkullu, se mantuvo en la línea de deslegitimar la alternativa constitucional formada por socialistas y populares vascos, como si fuera un mero accidente histórico. Mientras el PNV no asuma la pluralidad vasca seguirá siendo una formación anclada en el sectarismo de Sabino Arana y un factor de perturbación de la democracia.

Sin embargo, los destinatarios principales del discurso de Urkullu fueron las diversas familias nacionalistas, a cuya fragmentación culpa de la derrota electoral en las últimas elecciones autonómicas. Por eso, la apuesta del PNV es volver a un coalición como la de Estella, con las actualizaciones oportunas, pero que no discuta su liderazgo, porque éste es el motivo principal de los enfrentamientos entre PNV y ETA, no el terrorismo, sino la competencia que se hacen el uno al otro para encabezar el siempre frustrado frente abertzale. La posibilidad de una coalición electoral entre Eusko Alkartasuna y el entramado batasuno -escenificado ayer en una marcha conjunta de Irún a Hendaya- preocupa al PNV no por razones éticas, sino puramente tácticas, en relación con su objetivo principal: recuperar la hegemonía perdida.

También ETA aprovechó la jornada para lanzar su propio mensaje, en el que culpa a la Policía francesa de haber provocado el tiroteo en el que murió el agente Jean-Serge Nérin, versión desmentida por las autoridades galas y que demuestra la falta de escrúpulos de los etarras para justificar lo injustificable. Por eso, ETA se reafirma en la violencia, legitimándola como «respuesta armada», y la adereza con guiños a las gestiones de los mediadores internacionales que han pululado por los medios en las últimas semanas, propalando las mismas patrañas sobre el fin dialogado de la violencia que precedieron a la tregua de 2006, pactada con el Gobierno socialista. No sería extraño que ETA concrete, antes de las elecciones municipales y forales de 2011, una nueva estrategia de engaño. El Gobierno y el PSOE ya están avisados de que aceptar más treguas sería, más que un error, una vileza.


ABC - Editorial

domingo, 4 de abril de 2010

Cayo y Joan. Por Alfonso Ussía

Dos grandes intelectuales del comunismo español han sido los protagonistas políticos de los últimos días.

La cultura y el buen gusto paseando de la mano, como en la balada de Françoise Hardy. De siempre he admirado la capacidad del comunista comprometido para almacenar sabiduría en su cerebro. Son formidables. La inteligencia, patrimonio de la Izquierda. El sabio diputado Joan Herrera, de «Iniciativa per Catalunya-Verds» (ICV), ha preguntado al Gobierno si tiene previsto cambiar el nombre de la base «Alfonso XIII» de Melilla, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, teniendo en cuenta que supone una «exaltación franquista». Admirable la agudeza histórica de Joan Herrera, el eximio patricio. No obstante, aquí se ha equivocado un poquitín, y el Gobierno no ha tenido otro remedio que proporcionarle un disgusto. La figura de Alfonso XIII y su reinado son anteriores al franquismo, y no hay vuelta de hoja. Para mí, que Joan Herrera, con tantos datos y cifras en su privilegiada mente, ha sufrido un lapsus de desmayo histórico. Que nadie dude de su cultura. El alumno de un colegio de Murcia se equivocó con más contundencia que el intelectual catalán. –¿Quién descubrió América?–, le preguntó el profesor. –La Mahoma–, respondió el alumno. Históricamente, hay que reconocerlo en beneficio del sabio de ICV, más burro que Herrera. Siga así y no se desmoralice el joven diputado.

Cayo Lara, el subvencionado mansito al frente de Izquierda Unida, no ha tenido una semana feliz. Me dicen que es avispado y gracioso, pero en esta ocasión no ha estado afortunado. Es uno de los grandes problemas que presenta el alto humor comunista, que sólo lo entienden los cultos. Joan Herrera habrá sonreído con el alcance del chiste de Cayo Lara, pero a mí no me ha hecho gracia. Tengo un sentido del humor antiguo. Me pongo en su situación y puedo comprender su infortunio humorístico. Un dirigente obrero que no puede protestar con más de cuatro millones de parados porque, de hacerlo, le cierran el grifo, no está obligado al acierto chistoso. Se ha reído de Guillermo Fariñas, que bordea la muerte voluntaria por su huelga de hambre en Cuba. Marcelino Camacho, que sufrió la dureza de una dictadura, jamás se habría cachondeado de un hombre que ofrece su vida por la libertad de su pueblo. No quiero decir que lo hubiera defendido, que eso no, pero habría callado. Cayo Lara, el subvencionado, tan mudo en lo político, se ha ido de la húmeda en este caso. Dice Cayo que Fariñas ya estaba flaco antes de iniciar su huelga de hambre. A estos comunistas no les gusta la figura de un hombre que muere por la libertad ajena cuando el que pisotea la libertad es un régimen comunista. Son así. Cultos y tolerantes. Y muy humanos. La prueba de su tolerancia la tenemos en su modélica gestión política, con cuatro millones y medio de parados agradecidos por su silencio. Pero no ha tenido buen gusto. Estos valientes, Cayo Lara, saben morir. No tienen a Saramago para presidir un jurado que concede 40.000 euros a Aminatu Haidar para que se convierta en la Hebe de Bonafini saharaui. A propósito; la señora Haidar, desde que es famosa, se ha olvidado de su desierto y se mueve más que el trasero de Rafaela Carrá, en sus mejores tiempos. Eso, la fama, el dinero, las conferencias, los viajes, los hoteles y los premios. Fariñas agoniza lejos de todo eso, y no está bien que usted se ría de un héroe. A no ser –lo comprendería– que le hayan aumentado la subvención por hacerlo. En ese caso, me callo Cayo, que es un divertido juego de palabras.

La Razón - Opinión

Queremos ser normales. Por Maite Nolla

Creo que en CiU agotarán todas las opciones, incluso las de emergencia y las que no se deben utilizar ni en caso de emergencia, antes de hacer consellera a la señora Camacho.

Según las últimas encuestas, el PP de Cataluña ni sube ni baja. Ni nevadas, ni crisis, ni apagones, ni que el mismo tripartit asuma su posible derrota prescindiendo del eficacísimo Zaragoza; no les afecta nada. Ni siquiera que las encuestas publicadas ya no den representación a Ciudadanos y que no pregunten por Rosa Díez. Nada. Se quedarían con los mismos escaños que ahora y el mismo porcentaje. Lo cual, teniendo en cuenta que la propaganda dice que "Rajoy se está volcando con Cataluña", no deja de ser preocupante. Pero el PP de Cataluña justifica su calma chicha demoscópica alegando que la subida buena, pero buena, vendrá en las generales.

A mí una justificación que se me ocurre para tan pobre botín, es que una cosa es jugar a poli bueno, poli malo y otra decir los días pares que no se va a pactar con CiU porque son muy radicales y porque le ponen flores a Guifré el Pilós –además de verdad– y los impares que esos pactos devolverán al PP a la normalidad en Cataluña.


Desde luego, como estrategia electoral reconocer públicamente que tu partido vive en la anormalidad política es un gran reclamo; el Arriola de la calle Urgell que haya vendido esa moto no duraba ni dos minutos en la Sterling Cooper de Mad Men. Para el PP de Cataluña la normalidad le llegará cuando haga presidente a Artur Mas o a alguien de este PSC. Les recomiendo que en lugar de utilizar eslóganes como "Por el cambio" o "Alicia2010", que son los que usan ahora, utilicen algo así como "Queremos ser normales, por favor". Así que la presidenta de un partido que se sitúa fuera de lo normal, quiere ser consellera de un Gobierno que presida algún nacionalista, da igual quién, aunque lo hará, según ella, por el bien de los catalanes, ya que nunca se ha guiado por sus ambiciones personales.

Lo único, que sería bueno que de cara a las elecciones se centre un poco. No sé, por ejemplo, su defensa cerrada de los medios que están "a la derecha de la derecha", después de los envites de El País, chirría un poco con ir a tevetrés a decir que es tu televisión favorita, vista la última actualización de su libro de estilo nacionalista. O decir que el estatuto ya no es una preocupación para los catalanes es contrario a haber presentado un recurso para que se anule su contenido esencial.

Lo peor de todo es que esta campaña larguísima y desastrosa resultará inútil, como dijo Luis Herrero el otro día, si CiU saca mayoría absoluta o si lo que puede hacer CIU con el PP, lo hace con los socialistas o con ERC si el tripartit no suma. Creo que en CiU agotarán todas las opciones, incluso las de emergencia y las que no se deben utilizar ni en caso de emergencia, antes de hacer consellera a la señora Camacho.

Si hasta algunos partidos se consideran anormales políticamente, es lógico que los políticos estén a la par con los okupas en las preocupaciones de los españoles.


Libertad Digital - Opinión

Premio para corruptos. Por M. Martín Ferrand

PARECE ser que el PSOE y el PP, gatos escaldados, tratan de establecer un pacto contra la corrupción -la política, supongo- para llevarlo al Parlamento y lograr su aprobación por todas las siglas allí representadas.

Nada podría escandalizarme más y eso que, por español y por viejo, tengo el zurrón repleto de escándalos de todos los tamaños y colores. Si, en verdad, hace falta un reglamento para lograr que los representantes del pueblo -nacionales, autonómicos o locales- no abusen de su poder y posición, no tomen nada que no les pertenezca y se comporten según establecen las leyes, las costumbres, la ética y el buen sentido; ¿qué tipejos nos han colado de matute en el anonimato fáctico de las listas cerradas y bloqueadas?

Es común en las partitocracias el acuerdo entre los partidos para el mantenimiento del sistema; por ello, mientras unos pelan sus barbas otros remojan las suyas. Todos saben que la apariencia es indispensable para que los ciudadanos -es decir, los contribuyentes- mantengan sus adhesiones y renueven en las urnas el aval a quienes consideran sus representantes. Los clamores de corrupción excitan la desconfianza cívica y, como antídoto, las máquinas propagandísticas de los partidos, en sincronía con las del Estado, tratan de hacernos creer con sutiles y torticeros mensajes que la corrupción es una epidemia, algo así como la viruela o el sida, que llega por contagio inevitable.


Las instituciones no delinquen. Ese es un privilegio exclusivo de las personas que, eso sí, pueden asociarse con otras para, en cuadrilla, atentar contra lo ajeno; pero la corrupción no es un mal colectivo e incurable que viene dado por la fatalidad. De ahí que los partidos deban seleccionar con rigor a sus militantes y ser radicales en la denuncia de quienes vulneran la norma. Nunca, como suele suceder, sus protectores. Para dejarlo más claro, propongo que el innecesario consenso anticorrupción que buscan los grandes partidos se convierta en acuerdo para que cada año le sea concedido un premio que reconozca, para el escarnio público, el personaje político más corrupto de la temporada. Ese premio, que conllevaría estigma social, podría llevar el nombre simbólico del Duque de Lerma, el valido de Felipe III, que no fue el primero de los corruptos instalados en el poder, pero al que no se le puede negar la grandeza de su miseria.

ABC - Opinión

sábado, 3 de abril de 2010

Crucificando a una nación. Por Alberto Acereda

Obama pone así en un cargo clave a un aliado sindicalista que odia a los empresarios y al capitalismo, pagando así su deuda con los sindicatos que tanto le ayudaron en su elección.

En fechas espiritualmente entrañables como estas que ahora vivimos cerrando la Semana Santa uno quisiera olvidar, al menos por unas horas, la política. Pero ni siquiera en estos días de descanso religioso uno puede mirar para otro lado ante lo que está ocurriendo política y socialmente en Estados Unidos. Por mera y acaso atrevida asociación mental, la conmemoración de la pasión, crucifixión y muerte de Cristo me lleva, sin pretender exagerar y con los debidos respetos, a una suerte de pagana comparación de los mismos hechos pero aplicados ahora sobre el cuerpo social y político de Estados Unidos.

El paralelismo radica en que hay aquí un paulatino intento de la actual administración de crucificar los valores y principios que hicieron grande la nación norteamericana, hasta ahora la más próspera y libre del planeta. No se trata ya de una obsesión semanal de querer ver tan turbio el panorama político estadounidense, sino de la constatación misma que muestran los hechos y las acciones legislativas y ejecutivas que se van tomando unilateralmente desde Washington y bajo el consciente impulso de la Casa Blanca.


Tras aprobarse unilateralmente por los demócratas una de las peores leyes en los últimos cuarenta años, Obama aprovecha ahora el tiempo de descanso del Congreso para colar –como el que no quiere– quince nombramientos de personas allegadas al presidente y que no contaban, ni cuentan, con el apoyo del Senado. Cierto es que este uso no es propio de Obama y tanto los presidentes republicanos como los demócratas han utilizado este método de nominación ante la imposibilidad de obtener la aprobación del Congreso. En sus respectivos ocho años de presidencia, George W. Bush y Bill Clinton lo usaron. Sin embargo, al emplear ese subterfugio, Obama rompe así otra más de sus promesas porque en estos nombramientos no ha habido ni transparencia ni honestidad. Obama fue quien se presentó como el candidato que iba a cambiar las prácticas políticas de Washington y quien, además, criticó este uso de nombramientos en 2005.

Jim Geraghty exponía el otro día en las páginas de National Review las treinta y tres promesas rotas por Obama en apenas quince meses en la Casa Blanca. Recordé entonces lo del "bendecido" y lo del número 33. Y me acordé también del adorado Baltasar Espinosa del célebre cuento El evangelio según Marcos, de Borges. Porque el problema aquí es que los nombramientos anteriores de Clinton o Bush no incluyeron el nivel de sectarismo del que hace ahora gala Obama aprovechando el vacío legislativo y el tiempo espiritual de la Semana Santa cristiana y la Pascua judía, vivida con devoción por millones de norteamericanos.

Los puestos nombrados a dedo por Obama incluyen a miembros claves y entre los designados aparece el polémico abogado Craig Becker, otro amiguete personal del presidente en sus años por Chicago, colocado ahora en la Junta Nacional de Relaciones Laborales. Obama pone así en un cargo clave a un aliado sindicalista que odia a los empresarios y al capitalismo, pagando así su deuda con los sindicatos que tanto le ayudaron en su elección. Con Becker, Obama busca su anhelado deseo de controlar a las masas suprimiendo el voto privado de los obreros dentro de los sindicatos con la mal llamada "card check", o sea negar la libertad y confidencialidad de la elección.

Este nombramiento no viene solo, ni resulta una excepción. Forma parte de la paulatina crucifixión de la libertad de la nación estadounidense por parte de Obama a través de nombramientos de los llamados "zares" en su administración, cargos que no pasan por ninguna votación en el Congreso y que Obama ha empleado con mucha mayor frecuencia que otros presidentes. Y otra vez aquí, colocando en esos puestos a radicales ideólogos de la izquierda más abyecta. La lista de esos "zares" ronda la cuarentena y hace oídos sordos a la segunda sección del artículo II de la Constitución y a la necesaria revisión de los nominados. Obama tiene zares para todo: desde el zar de la "diversidad" hasta el zar de las escuelas "seguras", pasando por el zar de los "empleos verdes". Cuando uno examina los "zares" nombrados por Obama para esos puestos, vuelve otra vez a la mente lo de la crucifixión de esta nación. Como el Baltasar Espinosa del cuento de Borges, Obama cree que trata con un pueblo analfabeto.

El zar de las escuelas "seguras" es Kevin Jennings, un activista obsesionado con la promoción de la homosexualidad entre niños y jóvenes. El zar de la "diversidad" en las telecomunicaciones es Mark Lloyd, quien no cree en la libertad de expresión y reclamó que a los blancos había que quitarlos de puestos de importancia y favorecer a las minorías étnicas y sexuales. Eso, aparte de apoyar el antiamericanismo y las políticas de Hugo Chávez. El zar de los "empleos verdes", también elegido por Obama, era Van Jones: un confeso marxista que tuvo que dimitir tras saberse que había firmado un manifiesto culpando a Bush del 11-S y haber insultado a los republicanos. El zar de la "ciencia", John Holdren, cree que la esterilización es una medida legítima para el control de la población. Y, por dar sólo un ejemplo más, el zar de la "salud", Ezekiel Emanuel, apoya el racionamiento de la atención médica dando prioridad a quienes participen plenamente en la sociedad y dejando fuera si hace falta a los ancianos.

Estos son sólo algunos de los asesores de Obama, como el citado Craig Becker, nombrado a dedo en el descanso legislativo del Congreso y cuando los ciudadanos se disponían a conmemorar sus religiones en estas fechas. Con estos centuriones, Obama sigue intentando poner clavos en el cuerpo de Estados Unidos. Por fortuna, los norteamericanos no se duermen y el galpón de América ya está sin techo. Muchos, como los Gutres del cuento de Borges, han empezado ya, con conocimiento, a arrancar las vigas para iniciar el rescate de América este noviembre...


Libertad Digital - Opinión

A pagar los daños

La tasa que gravará a la banca europea debe dar paso a una mayor coordinación económica

Por muy escarmentados que hayan quedado los bancos que causaron y amplificaron la crisis financiera global que emergió hace casi tres años, ésta no será la última que sufra la economía mundial. La inestabilidad financiera es consustancial al sistema económico. Pero lo que sí puede hacerse es prevenir y, sobre todo, disponer de los medios para que quienes generen las crisis sufraguen al menos la mayor parte de sus costes. Eso es lo que pretenden los Gobiernos alemán y francés con la decisión de imponer una prima de seguro a los bancos para financiar posibles rescates bancarios en el futuro. Con este fondo, calculado en Alemania en 1.200 millones de euros anuales, se aliviará la perversa paradoja de que sean los contribuyentes los que corran con los costes de salvar aquellos bancos que han actuado al margen del rigor técnico en la gestión de riesgos o que han vulnerado la propia regulación.

El paso tomado el pasado miércoles responde al compromiso tomado por los gobiernos del G-20. Además de imponer el principio de que pague quien destroce, es necesario regular de forma muy estricta las actuaciones de los agentes financieros que pueden conducir a pérdidas de bienestar como las que ahora sufren las poblaciones de buen número de países. La Administración americana ya propuso hace un par de meses una tasa similar, pero destinada a recuperar durante los próximos 10 años la financiación pública empleada en los salvamentos ya realizados.

Que la decisión franco-alemana se haya adoptado en un Consejo de Ministros alemán al que ha acudió la ministra de Economía francesa, Christine Lagarde, transmite el mensaje de que las políticas económicas europeas necesitan una coordinación mínima que hasta ahora no se ha producido, ni siquiera sugerido. Coordinación que ojalá se extienda al resto de políticas económicas y a las demás economías de Europa y de la OCDE. Llega además cuando persisten las secuelas del pánico provocado por la crisis griega y en un momento político oportuno, cuando en Europa se han desatado las reticencias y los celos por el permanente superávit comercial alemán.

Esta nueva modalidad de la tasa Tobin no debería ser el último paso. En un entorno de movilidad internacional total de los capitales, el arbitraje regulador inducido por diferentes normas nacionales es pernicioso para la asignación de recursos financieros y acaba generando tensiones proteccionistas nada convenientes.

España, además de tomar buena nota del mecanismo propuesto, debería aprovechar su periodo de presidencia española para europeizarlo. Cierto es que el predicamento español en la resolución de problemas con las entidades de crédito no está en su mejor momento, como prueba la indecisión en las recapitalizaciones de bancos y cajas. Pero esta iniciativa franco-alemana merece trasladarse al próximo encuentro del G-20 al que España podrá seguir accediendo en su calidad de presidente de la UE.


El País - Opinión

El PSOE, otro riesgo para la libertad religiosa

Los socialistas siempre han utilizado la cortina de humo de la "ampliación de derechos sociales" para conculcar las libertades más básicas de los ciudadanos. En el caso de la libertad religiosa, tampoco cabe esperar otra cosa.

Suele decirse que podemos concebir la libertad desde perspectiva positiva o negativa. Según la primera, el ser humano es libre sólo cuando alcanza sus fines y según la segunda, cuando nadie le impide alcanzarlos. Aunque en apariencia ambas concepciones no se diferencian demasiado, la libertad en un sentido positivo, tal y como han destacado numerosos filósofos liberales, conduce a la anulación de la libertad en un sentido negativo.

Por ejemplo, la libertad de expresión, entendida como un derecho absoluto a expresar opiniones en cualquier ámbito provocaría en la práctica la obligación de los propietarios de los medios de comunicación de dar publicidad a todas las opiniones que llegaran a su redacción. Es decir, supondría la anulación de su libertad para gestionar su propiedad y para marcar la línea editorial de su grupo. En realidad, pues, sólo cuando entendemos esta libertad en su sentido negativo –esto es, que a ninguna persona se le pueda impedir crear su propio medio de comunicación y expresar desde allí sus opiniones– adquiere verdadero significado.


Lo mismo cabría decir con respecto a la llamada libertad religiosa. Desde antaño, esta libertad venía significando que el Estado no debía inmiscuirse en la vida interna de ningún credo, pudiendo los ciudadanos vincularse y desvincularse de cualquier confesión sin injerencias políticas o de otros ciudadanos. En otras palabras, la función del Estado no es ni la de servir de instrumento para el proselitismo de una determinada religión, ni la de facilitar su implantación, ni la de imponerla al resto de los ciudadanos. La auténtica libertad religiosa se alcanza cuando las religiones pueden desarrollarse de manera autónoma sin interferencias externas que pueden venir tanto de las autoridades como de otros fanáticos.

El Gobierno socialista lleva desde hace varios meses preparando una nueva Ley de Libertad Religiosa bajo el pretexto de dar mayor cabida al "pluralismo religioso". Así, según se especula, el Ejecutivo podría obligar a las escuelas públicas a retirar todos los crucifijos o a los ayuntamientos a ceder suelo público de manera gratuita para construir los templos de las distintas confesiones. O dicho de otra manera, el Estado tratará de distribuir discrecionalmente el espacio público entre las distintas confesiones, reprimiendo cuando lo desee a algunas de ellas (por ejemplo impidiendo que los padres decidan mantener los crucifijos en una determinada escuela) y promoviendo a otras (por ejemplo, regalando suelo público para la construcción de mezquitas).

Es evidente que los ideales del PSOE nunca se han visto influidos por una concepción negativa de la libertad. Más bien al contrario, los socialistas siempre han utilizado la cortina de humo de la "ampliación de derechos sociales" para conculcar las libertades más básicas de los ciudadanos. En este caso tampoco cabe esperar otra cosa. La Ley de Libertad Religiosa se nos venderá con la excusa de que hay que racionalizar el uso de los espacios públicos por parte de las religiones y lo que en realidad nos ofrecerá será un mayor control por parte del Estado de esos espacios públicos para promover la visión multiculturalista y relativista que inspira todas las acciones de este Gobierno (y cuyo paradigma es precisamente la llamada "Alianza de Civilizaciones").

Nadie niega que los espacios públicos deban racionalizarse en tanto son susceptibles de usos múltiples y conflictivos. Pero para ello existen distintas herramientas que van desde gestionarlos según la tradición a cederlos progresivamente no a las Administraciones Públicas, sino a las comunidades y a los vecindarios; todo lo cual sería mucho más respetuoso con las libertades individuales que ceder el ejercicio de la libertad religiosa al Estado.

Si el PSOE quisiera de verdad garantizar la libertad religiosa de los españoles se dedicaría a combatir los auténticos riesgos que existen para la misma, como la proliferación de un islamismo radical que no tolera fe distinta a la suya. Pero dado que no le interesa que a los ciudadanos no se les impida seguir su credo, sino que quiere imponerles el propio, lo más probable es que convierta la reforma de la Ley de Libertad Religiosa en un nuevo y enorme peligro para la misma.


Libertad Digital - Opinión

El nazareno de León. Por Carlos Herrera

AUNQUE ahí no haya nacido, El Nazareno es leonés; leonés como Ordoño III, como Doña Urraca, como Sancho I, como Rodolfo Gaona o como San Isidoro, que, aunque sevillano de nación, descansa la noche de los siglos en la monumental colegiata románica que lleva su nombre.

Cualquier leonés sabe quién es El Nazareno, imagen de Jesús reconstruida tras un incendio en tiempos de la Guerra de Independencia, de origen desconocido, sin que hasta ahora nadie se explique cómo unas manos pudieron hacer de su cabeza la forma de un hombre sin pasado documental, muy alto para su época. Cualquier leonés sabe que El Nazareno produce a todos un sentimiento inexplicable, difícil de definir. Esta mañana de Viernes Santo, cuando vuelve a las calles con su cortejo procesional, El Nazareno de León encarna el destino maldito que la vida dispone para los que se sacrifican en revoluciones sólo comprendidas con el paso de los siglos: se le ve pasar, encorvado, cansado, camino del Calvario. Y con él vamos todos. Pero todos, todos. Sólo unos días atrás, la muchedumbre le recibía abrumándole con palmas y hoy, ya ven, Viernes Santo, le escupen, le pegan, le flagelan, le humillan, se ríen de Él. De Santa Nonia está saliendo ahora mismo, camino del Parque de San Francisco, y aunque discurra por fuera, la Procesión también va por dentro. Lo llevan braceros sobre los hombros y, aunque el capillo impide que veamos su rostro, se adivina el cansancio por tan pesada carga a través sólo de sus ojos. El Nazareno pesa, y cada paso que se da, el peso se multiplica.

Al Nazareno de León, en su cortejo procesional, le acompaña, entre otros pasos, La Flagelación: atado a la columna, este hombre es azotado y, después, coronado de espinas, y en su rostro se adivina el dolor estoicamente soportado de quien viviera durante unos años predicando la buena nueva y reinterpretando la Palabra de Dios en un mensaje repleto de un ansia infinita de paz. Paz en la Alianza nueva y eterna que la civilización se debía a sí misma. Que se debían todas las civilizaciones. Impresiona verlo sentado en un sitial del pretorio entre sayones y sanedritas. Aquellos eran tiempos para pocas líricas, en los que los poetas visionarios, los profetas iluminados, los augures confiados y pajareros que abarrotaban los púlpitos de calle sabían que serían carne de Cruz y Gólgota. El Ecce Homo, paso que prosigue, evidencia en su sangre inagotable el padecimiento que la Historia le tenía deparado. He aquí el hombre, y se preguntaba Pilatos: «¿Creéis que es el culpable?». Y la caterva, el gentío bramaba que sí.

Viernes Santo en León: La Oración en el Huerto, El Prendimiento, La Verónica... y El Expolio. Acompañados por dos mil quinientos «papones», los pasos sobrecogen a la multitud. El Expolio simboliza a un Nazareno desnudo al que le han quitado lo poco que le quedaba, y todos aquellos que se sienten víctimas de cualquier expolio a cuenta de los vaivenes de la vida, de cualquier robo de ilusiones o de bienes, ven en la figura de ese «torero» -parece que vaya a dar un lance- el símbolo de su hacienda recortada, moral o material. Después de esa certeza, después de que el populacho le haga responsable de todo el mal que pueda caer sobre la tierra, al Nazareno sólo le espera La Crucifixión, la máxima soledad, el máximo abandono de sus incondicionales, sólo roto por los últimos cuatro fieles, su Magdalena, su Nicodemo, su Madre, su José de Arimatea. Nadie, de todos aquellos que escuchaban sus sermones fervientemente, ha quedado en la cima del Calvario soportando el aguacero tormentoso. Dicho en román paladino, la que está cayendo.

Y, finalmente, La Agonía. El paso que más evidencia el estertor de un sueño. Una larga, cruel Agonía para un hombre solo. Una cruel metáfora de los tiempos, dos mil años después.


ABC - Opinión

viernes, 2 de abril de 2010

Potemkin en España. Por José María Carrascal

Y para Haití, 346 millones de euros. Es lo que ha prometido España para la reconstrucción del devastado país caribeño.

La tercera aportación, tras la de Estados Unidos y Canadá. La mayor de Europa, más que la de la rica Alemania, casi el doble que la de Francia (180 millones), que tantos lazos tiene con Haití. Y ante tanta generosidad me pregunto: ¿Estamos en condiciones de prestar esa ayuda? Pues con la mayor tasa de paro en la Comunidad Europea después de Letonia y el Banco de España advirtiendo que no sólo este año, sino también el que viene serán malos, ya me dirán ustedes si estamos para tales dispendios. Bien está la caridad, pero tiene que empezar por casa, y con millones de españoles que han perdido el empleo y otros a punto de perderlo, estos alardes no es que sobren, es que resultan escandalosos.

Pero representan el paradigma de la política de Zapatero. Una política basada en los deseos más que en los hechos, en el talante más que en las cifras, en las fantasías más que en las realidades. «Castillos en España» llaman los ingleses a este tipo de figuraciones. Hay otra expresión sacada de la historia que las define mejor: «Poblados Potemkin», las falsas villas que Grigori Alexandrovich Potemkin, favorito y primer ministro de Catalina de Rusia, iba montando en las riberas del Volga al paso de la zarina. Zapatero, sus potemkines y potemkinas levantan a diario una economía de bambalinas ante nuestros ojos maravillados. Los españoles hacemos que nos lo creemos, por no confiar ya en nuestros políticos, pero mientras el Gobierno siga gastando el dinero a chorros, iremos tirando. Pero los extranjeros, no. En el extranjero, estos alardes de un Gobierno y de un país que todos saben en apurada situación económica producen una impresión penosa. Y no me refiero sólo a ayudas como la de Haití. Me refiero al boato que estamos desplegando en conferencias de todo tipo a la sombra de la presidencia de turno europea.

Ningún país de la comunidad, y menos en tiempos de crisis como los que corren, se ha gastado más en reuniones de este tipo durante su presidencia rotativa, tan efímera como precaria. Son encuentros de rutina, y así se celebran. Como ninguno se ha mostrado tan espléndido a la hora de aportar ayuda a cualquier iniciativa internacional, con tal de que suene bien y luzca mucho. Si sirve para otra cosa que para figurar en el club de los ricos y poderosos no parecen preguntárselo. Les importa la apariencia, no la sustancia. Recuerdan aquellos hidalgos arruinados que repartían con énfasis limosnas entre los pobres a la salida de la iglesia, aunque luego tuvieran que prescindir del almuerzo. Con una importante diferencia: aquellos hidalgos daban su dinero a los pobres. El Gobierno de Zapatero les da el nuestro.


ABC - Opinión

El problema principal. Por Agapito Maestre

Los políticos españoles son la principal carga del sistema democrático. Los ciudadanos no confían, sencillamente, en sus políticos, porque ocupan las instituciones en beneficio propio.

Salvo raras excepciones, los políticos españoles conforman una casta que está acabando con la política y, por supuesto, tiene secuestrado el sistema democrático. Nadie más entusiasta de la política que este cronista, pero pocos serán más críticos que yo con la casta política que tiene secuestradas todas las instituciones. Por fortuna, empiezan a ser reiterativas las encuestas del CIS en un asunto que confirman mi diagnóstico político. El CIS lleva tiempo interpelando a los políticos con los resultados de sus investigaciones, pero la mayoría de ellos no quiere tomarse en serio el asunto, o peor, ocultan con engaños, mentiras y falsificaciones el "espíritu profético" de esta institución. He ahí otra prueba, por si no fueran suficientes los datos aportados por Instituto Oficial sobre la "maldad" que perciben los españoles en los políticos.

Pocos son los profesionales del poder que se sienten concernidos por esos resultados y, por desgracia, abundan los que se ocultan lo obvio con un cínico: "Los políticos son un reflejo de la sociedad". Mentira. La sociedad ha descubierto ya esa mentira como indican estas encuestas que tienen poderes proféticos. En efecto, estoy de acuerdo con Maquiavelo cuando mantiene que todo gran acontecimiento ha sido siempre, de un modo u otro, anunciado. Y si en verdad el espíritu profético es natural al hombre, entonces ninguna encuesta que se precie renunciará jamás a penetrar en el porvenir. El gran acontecimiento de nuestro sistema político es que los políticos tienen bloqueado el sistema democrático.

Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas son paradigmáticas, e incluso reiterativas, en esa predicción, a saber, la "clase" política es un problema. Es la principal conclusión del último barómetro del CIS. La mayoría de los encuestados consideran que la situación política general de España es mala. Por quinta vez consecutiva, en efecto, los políticos aparecen como uno de los principales problemas de los españoles, según el barómetro de marzo. Y, junto con el "movimiento ocupa", los partidos políticos son estimados, o mejor, desestimados por los encuestados hasta ocupar los últimos lugares en una escala de 0 a 10.

Pero, por favor, nadie se engañe con datos y más datos, quédense con lo fundamental: los políticos son un problema. Ojo que no se trata de que los ciudadanos responsabilicen o culpen a los políticos de muchos de sus problemas, sino de que la casta política es percibida como un problema. He ahí el asunto central de la encuesta, pero la hipócrita casta política tergiversa el asunto. El paro, el terrorismo y los políticos son, repitamos las veces que haga falta, los tres grandes problemas.

En fin, los políticos españoles son la principal carga del sistema democrático. Los ciudadanos no confían, sencillamente, en sus políticos, porque ocupan las instituciones en beneficio propio y están lejos de cualquier proyecto sensato para regenerar el falso tejido democrático.


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