martes, 28 de diciembre de 2010

La catarsis inevitable. Por M. Martín Ferrand

Rajoy, que se lo juega todo, tiene el deber de escenificar en la Cámara los errores del presidente.

UNA prueba incontestable del alejamiento alcanzado por José Luis Rodríguez Zapatero de los miembros de su equipo de Gobierno, de los barones de su partido y, en general, de la ciudadanía y la realidad la tenemos en el hecho singular de que el secretario de Organización del PSOE se vea obligado a pedirles paciencia —¿resignación?— a los líderes territoriales. «Vamos a esperar», dice Marcelino Iglesias que, como buen profesor de ski, está preparado para el eslalon y otras maniobras de deslizamiento. Suele ser «el jefe», en el Ejército o en los negocios, en la vida política o en el deporte, quien marca el ritmo a los subordinados; pero la aparición de un escudero notable, como Iglesias, para reclamar calma y sosiego a los líderes propios cuando estamos ya en camino de un doble proceso electoral, municipal en toda España y autonómico en buena parte de ella, es una sinrazón: algo tan surrealista como una bandada de zorzales —¡qué ricos!— disparándole con escopeta al cazador y su jauría.

Visto lo conseguido por Zapatero en sus siete años de Gobierno no deja de ser una bendición el que se aleje del mundo y sus pompas. Estadísticamente, su inactividad garantiza mejores resultados que su acción diligente; pero, dada la situación nacional parece irresponsable la imagen de un Zapatero doliente y distante, aislado en sus soledades monclovitas, mientras su partido se rompe en luchas intestinas, resuenan los codazos que se propinan entre sí quienes aspiran a sucederle y la oposición —¡tampoco el congrio es mal ave!— prefiere darle patadas en la espinilla a Francisco Álvarez Cascos que disponer el orden de la acción responsable que, según la Constitución y las costumbres parlamentarias occidentales, no puede seguir excusando: una moción de censura.

Diga lo que diga Pedro Arriola, que no se juega nada, Mariano Rajoy, que se lo juega todo, tiene el deber de escenificar en la Cámara los errores del presidente y abrirle una puerta a la esperanza de los ciudadanos. Hay una cuota de responsabilidad que le corresponde al jefe de la oposición que debe, con sus intervenciones, señalar los fracasos y estimular los aciertos de quien ocupa turno de poder. La pormenorizada crítica de los errores y omisiones que nos ha llevado a la catástrofe presente y el esbozo de un programa alternativo y sólido —es decir, la moción de censura— es el único camino serio, se gane o se pierda, que puede jerarquizar a Rajoy, fortalecer el ánimo colectivo y propinarle un palmetazo solemne al lánguido Zapatero que suspira en La Moncloa, sin enseñarse demasiado, para que no se le vean las vergüenzas. Políticas, naturalmente.


ABC - Opinión

La ley sinde, un error dentro de otro error. Por Andrés Aberasturi

Intentemos poner las cosas en su sitio: la llamada "Ley Sinde" que tantas polémicas está generando no es sino un puñadito de líneas de algo que debería ser mucho más importante como es la famosa e incomprensible "Ley de Economía Sostenible", aquel hermoso título que se inventó sobre la marcha el presidente Zapatero y que anunció públicamente ante el estupor de los suyos que nada sabían del asunto. Luego se descubrió gracias a "ABC", creo recordar, aquel no menos famoso fax de Presidencia pidiendo con urgencia a los distintos ministerios ideas y propuestas para dar contenido a esa Ley que sólo tenía nombre.

Y todos a una empezaron a mandar cosas para ver si así lograban hacer un algo presentable en tiempo y contenido; se resucitaron viejos proyectos arrinconados, se inventaron disparates que no pasaron el filtro, se lanzaron proposiciones sin ningún estudio previo y poco a poco pero con cierta urgencia se fue llenando el cesto de la solemne Ley de Economía Sostenible. De cómo llegó hasta allí lo que hoy se debate como la "Ley Sinde" no es pues ningún misterio porque todo valía con tal de llenar el anuncio del presidente. Más difícil es responder qué tiene que ver una ley contra la piratería con la economía sostenible, pero esa pregunta resulta demasiado complicada para nuestros gobernantes. Hemos quedado en que valía todo con tal de que llegara la fecha y ZP pudiera presentar su gran proyecto aunque nada tuviera que ver con nada y hasta se propusieran cosas contradictorias. Para un Gobierno -y para una política en general- donde las formas son lo único importante, la pobreza y hasta el absurdo del contenido carecían de importancia.


Y así las cosas a la ministra Sinde le tocó cargar con el marrón de la una ley mucho más amplia y mucho mas incongruente. Y podemos ya discutir lo suyo una vez encuadrado el tema donde debe estar. Y lo primero que te viene a la cabeza son dos cosas: una reflexión necesaria sobre las nuevas tecnologías y la barbaridad de que no sea la Justicia quien decida cerrar una página web.

En mi profesión esas NT ha terminado con un gremio tan castizo y entrañable como el de los linotipistas y nadie ha puesto el grito en el cielo. Yo no estoy a favor de la piratería pero cuando se inventó el CD imagino que los fabricantes de vinilo lo tuvieron fatal y tampoco nadie puso el grito en el BOE. Y así todos los ejemplos que se quieran. Han dicho los tribunales que el intercambio es legal así que entre todos tendrán que buscar fórmulas que desde luego no pueden ser los cierres de paginas por decisión política. Y ya puestos a proteger derechos de autor, qué se puede hacer, por ejemplo, con los pintores que pierden todos sus derechos en la primera compra de su obra y no participan de las plusvalías que generan las sucesivas ventas de sus cuadros. Hay tanto sobre lo que pensar, que sacarse de la manga con prisas y tan mal una ley antipiratería ha sido un error incrustado en otro inmenso y absurdo error llamado Ley de Economía Sostenible.


Periodista Digital - Opinión

Cataluña. El Tinell bis. Por José García Domínguez

El movimiento catalanista continuará siendo la bicicleta que exige de quien la conduce pedalear sin tregua o, irremisiblemente, vehículo y pasajeros se derrumbarían sobre el asfalto de la realidad.

Quizá la consecuencia más desconcertante de que todos los partidos catalanistas resulten ser uno y el mismo es el canon antropomórfico que ha acabado generando el Régimen. Así, no solo los programas y los discursos se parecen como gotas de agua, es que el narcisismo de las pequeñas diferencias, suprema obsesión patológica del establishment nacionalista, también hace intercambiables las caras. Como los mil sobreentendidos cómplices, esos códigos gestuales de la corrección política inaprensibles para quien no forme parte de la pomada. Hasta el uniforme de camarero de discoteca –camisa negra y terno a juego– ahora ubicuo tanto en los escaños del Parlament como en los platós de TV3, los mimetiza.

Al punto de que ni los más avezados fisonomistas resultan capaces ya de distinguir a los unos de los otros, y viceversa. Sin ir más lejos, ¿qué sexador de pollos identitarios hubiese acertado de discernir si el ínclito Ferran Mascarell era un nacionalista socialista, un socialista convergente, un convergente socialista o un socialista nacionalista? Y es que, en Cataluña, el genuino escritor costumbrista no resultaría ser Kafka, aunque también, sino el viejo conde de Lampedusa. ¿Qué esperar entonces de Artur Mas? En el mejor de los casos, un cierto aggiornamento en las formas, el repudio tácito de la tosca rudeza que caracterizó los modales del Tripartito, sobre todo a los líderes de la Esquerra, tan elementales los pobres.

Mas allá de eso, el movimiento catalanista continuará siendo la bicicleta que exige de quien la conduce pedalear sin tregua o, irremisiblemente, vehículo y pasajeros se derrumbarían sobre el asfalto de la realidad. Requieren de la permanente tensión escénica con Madrit, el eterno agravio frente al Estado, con tal de subsistir. Tan simple como eso. De ahí que, tras el fiasco estatutario, no tardasen ni cinco minutos en ingeniar otra cantinela victimista a fin continuar lloriqueando ad aeternum: el célebre concierto económico. Y nadie olvide, en fin, que en la Cataluña catalana, ésa que mora en el imaginario nacionalista, no cabe el PP por mucho que estuvieran dispuestos a humillarse –otra vez– sus dirigentes. He ahí la prórroga del Pacto del Tinell que, sin alardes chulescos ni ruidos innecesarios, al silente modo, marginará a la derecha española en los ayuntamientos de la plaza. Y si no, al tiempo.


Libertad Digital - Opinión

El final de la inocencia. Por Ignacio Camacho

La deriva crepuscular del zapaterismo es el tránsito de la infancia política a la madurez de los desengaños.

YA casi no quedan inocentes en España después de tantos crudos desengaños. Los últimos se cayeron del guindo en el mes de mayo, cuando el paladín del bienestar que los había engatusado con el sonido de su flauta socialdemócrata fue obligado a desnudarse de sus disfraces triunfalistas para aceptar la realidad de un oscuro fracaso. Hasta entonces, muchos habían vivido en la feliz inopia de un discurso complaciente de optimismo candoroso: la crisis que nunca existió duraría apenas dos años, el 2010 sería el del comienzo de la recuperación, el Estado tenía recursos para sostener la caída, jamás serían necesarias reformas de bienestar social, los sindicatos eran los aliados de la nueva izquierda y juntos hallarían un camino diferente que mostraría al mundo cuán equivocado estaba. La democracia bonita de los derechos civiles y el dadivoso minimalismo político eran el antídoto contra la recesión. Pero aquel viernes de primavera se desmoronaron los últimos ensueños y se deshiló de golpe la nube del pensamiento mágico: las deudas había que pagarlas y los acreedores no aceptaban excusas. El recorrido de la fantasía había terminado.

Desde entonces la cólera de los inocentes no ha dejado de crecer debajo de una oleada de desencanto. La caída del zapaterismo, su vertiginoso desprestigio, no es más que el fruto de esa decepción multitudinaria ante la expectativa despertada por un gigantesco ejercicio de irresponsabilidad. La paradoja consiste en que ese desplome se ha producido cuando el propio presidente ha tenido que despertar de su quimera y avenirse a los principios de la necesidad y el pragmatismo. Demasiado tarde: en un régimen de opinión pública acaba resultando imposible ser una cosa y su contrario. Zapatero lo intentó demasiadas veces, y tuvo éxito mientras sus piruetas no afectaron al tren de vida de la gente. Sus creyentes le siguieron en su aventurerismo fantástico hasta que se topó con un muro de tozuda objetividad y hubo de volverse como un profeta desconcertado para anunciarles el fin de la utopía. Su tragedia consiste en que los fieles se han negado a seguirle en el itinerario de retorno; no se dan cuenta de que no les ha engañado ahora, sino durante los años de feliz impostura en que les pintaba irreales trampantojos. El veredicto de esa contradicción ha sido inmediato, implacable, despiadado: lo contrario de inocente es culpable.

Al final, la deriva crepuscular del zapaterismo no es más que el tránsito de la infancia política a la madurez de las certezas amargas e innegociables. Esa hora cruel de las desilusiones en que el hombre ha de pactar con las limitaciones de su conciencia. Ese momento en que los sueños se desvanecen y la inocencia se evapora con la severa crueldad de un descalabro. Ese día aciago en que un niño descubre que los Reyes Magos son los padres… y además se han quedado sin trabajo.


ABC - Opinión

Las facturas de los siete años de desgobierno de Zapatero.

Podíamos ser los más socialistas, los más intervencionistas y los más ecologistas de Europa sin que sufriéramos las consecuencias. Pero la fiesta ya terminó y ahora vamos descubriendo el alto precio de la retorcida ignorancia de Zapatero.

A punto de entrar en 2011, año en el que cada vez resulta más verosímil que muchos países de nuestro entorno crezcan con fuerza y vuelvan a generar empleo, a los españoles sólo nos queda continuar mirando hacia el futuro con preocupación e incluso con una cierta añoranza, pues todo indica que el año que comienza, por difícil que parezca, va a ser peor que el acaba. El propio presidente del Gobierno ya auguró que la recuperación no llegaría hasta, como pronto, 2015 ó 2016 y cada vez van siendo más las voces que reconocen abiertamente el lamentable estado de nuestra economía.

Sin embargo, no convendría que entre tanto oscuro pronóstico el Gobierno lograra camuflar su enorme responsabilidad en nuestra acelerada pauperización. Porque si bien es cierto que la crisis tiene una naturaleza internacional y que fue desatada por los bancos centrales, no lo es menos que la española es particularmente grave, y ello sobre todo por la desnortada y contraproducente política económica que antes de y durante la crisis ha llevado a cabo el Ejecutivo socialista.


Ahora, esfumado el espejismo de la ficticia prosperidad pasada, es cuando comienzan a llegarnos las onerosas facturas del desgobierno de Zapatero durante todos estos años. Por un lado, el Ejecutivo aprobó ayer una nueva subida de la luz para 2011 de alrededor del 10%. Toda una década de planificación centralizada del sector eléctrico –determinado quién, dónde y, sobre todo, cómo debía generarse la electricidad– ha provocado que nuestras fuentes de energía sean básicamente dos: la termoeléctrica, sometida a los vaivenes internacionales del precio del petróleo, y las renovables, centrales intermitentes cuyo funcionamiento sólo deviene rentable merced a unas cuantiosísimas primas públicas que ocultan su alto coste real. El Gobierno no quiso permitir que, como habría sido empresarialmente juicioso, las eléctricas diversificaran las fuentes de provisión energética hacia la nuclear y ahora, con todos los huevos reunidos en la misma cesta, padecemos las consecuencias. De hecho, el Ejecutivo ni siquiera dispone de margen para absorber el aumento del coste de la luz porque durante toda la década anterior se dedicó a falsear su precio de mercado, acumulando un déficit tarifario que no sólo no puede engordar ya más, sino que hay que empezar a pagarlo.

Por otro lado, el desequilibrio de las cuentas públicas continúa sin estrecharse como debiera, lo que hace temer que para el año que viene asistamos a nuevas y más sangrantes subidas de impuestos. Habrá que estar preparados, pues a buen seguro el Gobierno tratará de justificarlas arguyendo que los españoles pagamos menos impuestos que en el resto de la civilizada y moderna Europa.

Empero, no deberíamos caer en las trampas de su propaganda. Si la presión fiscal es más reducida en España que en el resto de Europa es porque nuestra actividad económica se ha hundido de tal modo que ha hecho desaparecer la mayoría de las bases imponibles: el consumo ha caído y además las empresas han visto desaparecer sus beneficios, de modo que la recaudación tanto por IVA como por Sociedades se ha desplomado. En realidad, y en contra de la consigna oficial, nuestros tipos impositivos son tan altos como los europeos y nuestro esfuerzo fiscal –el gravamen que de verdad representa para nuestro bienestar– se sitúa muy por encima de la media.

El problema del déficit público, por consiguiente, no está en que los españoles paguemos pocos impuestos, sino en que durante los años de burbuja Zapatero comenzó a dilapidar los fondos públicos a manos llenas, generando un gasto estructural muy superior al que la estructura tributaria del país podía soportar. No se trata, pues, de un problema de falta de ingresos, sino de excesivo gasto: en lugar de exprimir aún más a los españoles, debemos podar el presupuesto.

En definitiva, en 2011 seguiremos descubriendo cuáles son los nefastos efectos de estos siete años de Zapatero. Hasta la fecha la burbuja inmobiliaria y la euforia irracional que vivía el país le permitieron vender la imagen de que sus decisiones carecían de coste: podíamos ser los más socialistas, los más intervencionistas y los más ecologistas de Europa sin que sufriéramos las consecuencias. Pero la fiesta ya terminó y ahora vamos siendo conscientes de lo que algunos ya veníamos advirtiendo desde hacía mucho: que la retorcida ignorancia de Zapatero nos iba a salir carísima. Lástima que nos enteremos cuando ya es demasiado tarde.


Libertad Digital - Editorial

Nada nuevo en Cataluña

CiU parece asumir que Zapatero seguirá hasta 2012 y que lo que toca es aprovechar al máximo estos diecisiete meses de legislatura.

EL inicio del nuevo Gobierno de la Generalitat de Cataluña no se ha caracterizado por la claridad de objetivos, la definición de alianzas y la renovación de estilos. Artur Mas ha sido investido presidente con la abstención de los socialistas catalanes y el voto en contra del PP. Aunque el líder de Unió, Duran i Lleida, se ha apresurado a desmentir que este acuerdo de investidura sea un pacto de estabilidad, resulta chocante que después de años de abierto enfrentamiento entre convergentes y socialistas se produzca un súbito consenso sobre la base de un desafío manifiesto a las sentencias del Tribunal Supremo que anulan la proscripción del castellano en el sistema educativo catalán. Confusión es el término que mejor definiría este arranque del nuevo Gobierno catalán, que estaba llamado a marcar un punto de inflexión en el ciclo político actual y se ha reconvertido en una expectativa de apoyo sobrevenido para Zapatero. O al menos así lo ha interpretado el Gobierno, al valorar con indisimulada satisfacción el acuerdo de investidura de Mas. La elección del socialista Ferran Mascarell como consejero del nuevo Gobierno es un dato que abunda en esta interpretación. Es obvio que el PSOE está rehaciendo sus cuentas parlamentarias, sumando los votos de CiU a los del PNV y Coalición Canaria.

Si así fuera, Mas habría desmantelado buena parte del capital político que acumuló CiU en esta legislatura, al representar, por un lado, la oposición al Gobierno socialista autonómico, y por otro, el factor de estabilidad en Madrid. Fue la propia CiU la que puso fecha de caducidad a Zapatero a finales de este año, tal y como manifestó solemnemente Duran i Lleida en el debate de aprobación de las medidas de ajuste tomadas en mayo pasado. Ahora, CiU parece asumir que Zapatero seguirá hasta 2012 y que lo que toca es aprovechar al máximo estos diecisiete meses de legislatura, en los que podrá obtener del Gobierno socialista lo que difícilmente podrá arrancar a una mayoría absoluta del PP tras las próximas elecciones generales. Por otro lado, Mas se estrena apelando a mensajes soberanistas tópicos y con una reedición nada mejorada del régimen monopolístico implantado en Cataluña, donde convergentes y socialistas se sienten cómodos como ramas de un partido único catalanista. Pactando con el PSC el incumplimiento de las sentencias del Supremo, poca renovación cabe esperar en esta nueva etapa.

ABC - Editorial

lunes, 27 de diciembre de 2010

Boabdil no tenía motivos. Por Arturo Pérez-Reverte

No quiero que se vaya 2010 sin glosar un recorte de prensa que tengo sobre la mesa. Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.

El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».


Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.

Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.

Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto. Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo. ¿Motivos? ¿Reconquista de qué? Más fácil para los chicos, imposible.

No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos. Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna. Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.


XL Semanal

Discurso del Rey. Deslegitimación democrática. Por Agapito Maestre

Los dos caen en el mismo defecto: carecen del mínimo sentido de la responsabilidad al no hacer una mínima autocrítica sobre sus respectivas responsabilidades en el estado de deterioro institucional y económico que viven los españoles.

Quienes saben de las cosas de la Corona, especialmente los cercanos a los socialistas, dicen que el discurso del Rey ha perdido su razón de ser. ¿Quién es el principal responsable de ese fracaso? Según esos mismos especialistas en la cosa monárquica, mantienen que el propio Rey ha adquirido mucha responsabilidad en el deterioro de la institución; entre otros motivos, alegan que ha sido incapaz, en los últimos años, de reinar con sentido de nación. Se ha dejado querer hasta por los nacionalistas de Cataluña o es que acaso se puede olvidar el consejo que le dio a Carod Rovira: "Hablando se entiende la gente". Seguramente, esa expresión será recordada, por los futuros historiadores de esta etapa de España, al lado de la opinión de Zapatero sobre el concepto discutido y discutible de la nación española. Son dos expresiones que retratan perfectamente el carácter de los dos personajes.

Parecen dos hombres llamados a entenderse sin remilgos; de hecho, el Rey hizo más de un elogio de Zapatero en el pasado reciente. Cosa curiosa si observamos el silencio que el Borbón guardó sobre otros antiguos presidentes del Consejo de Gobierno. Así las cosas, no es de extrañar que los del PSOE se apropien el discurso del Rey y lo vean como uno de los suyos, o sea, un firme defensor de las reformas que está impulsando Zapatero; no me parece nada anormal, como algunos han puesto el grito en el cielo, que el PSOE haya hecho suyo el discurso de la Corona, entre Zapatero y Juan Carlos I siempre ha habido una gran sintonía.


Tan buena sintonía hay que incluso pueden mantener la misma opinión casi en los mismos tiempos. El Rey, por ejemplo, repitió dos veces que la crisis económica española no era responsabilidad del Gobierno sino que era una crisis internacional. Es lo mismo que nos dice Zapatero día tras día sin el menor sentido de su responsabilidad. Por otro lado, el Rey dejó claro en la velada de Navidad que permanecerá en su cargo de Jefe del Estado pase lo que pase, es decir, que lejos de ejercer su cargo con sentido autocrítico, se parapeta en el yo nunca abdicaré. En condiciones normales, naturalmente, no sería yo quien pusiese en cuestión al Rey, pero, hombre, con lo que está cayendo, no sobraría un poquito de sentido crítico. Si la mayoría de los ciudadanos españoles no hallan la razón de ser del discurso de Navidad, sería menester que el Rey, al menos por un momento, se hubiera planteado no tanto su pérdida de legalidad, que jamás la ha perdido, sino su propia crisis de legitimidad.

El "yo permaneceré al frente de la nave del Estado", como si no existieran circunstancias y razones sobradas para plantearse su idoneidad, coincide con la revelación, casi ridícula y obvia, que Zapatero le hace a su periodista de cámara: no dimitiré y seguiré hasta el final de la legislatura pase lo que pase. Independientemente de las consideraciones morales, o mejor, inmorales, que pudiéramos hacer sobres esas declaraciones, creo que los dos caen en el mismo defecto: carecen del mínimo sentido de la responsabilidad al no hacer una mínima autocrítica sobre sus respectivas responsabilidades en el estado de deterioro institucional y económico que viven los españoles. He ahí el síntoma más reaccionario de la llamada España de las Autonomías.


Libertad Digital - Opinión

Crisis política. Yo, sigo. Por Emilio Campmany

¿Qué pasa, que ser el Rey de España es como coleccionar sellos o conducir Ferraris? ¿Y qué ocurre si hay otros españoles atraídos por la pasión de desempeñar esas mismas funciones constitucionales? ¿Que se fastidien?

Vengo sosteniendo con vehemencia que en España no es posible una publicación de sátira política. Y no lo es porque la gente de la cosa pública está empeñada en hacer las más divertidas gracias y contar los mejores chistes. Piensen, si no, en la imitación que de Zapatero hace el Grupo Risa. Me parto cuando la oigo, pero es que con el original me muero. El presidente ha demostrado sobradamente ser mejor que ninguno de sus imitadores, incluido David Miner. Ya sé que la sonrisa se hiela y la carcajada se trunca cuando luego la patochada oída se ve publicada en el BOE, pero que le quiten a uno lo bailado.

La última del presidente es filtrar a El País que no piensa dimitir. Así que el circunflejo se propone seguir siendo presidente. Muy bien, tanto gusto y muy agradecido por comunicarnos sus augustos propósitos. Como si alguien pudiera dudar de que desea otra cosa. Pero la cuestión no es qué quiere hacer, sino qué debiera hacer y, sobre todo, qué pueden obligarle a hacer y quiénes. Cuando alguien en un puesto importante afirma constantemente su deseo de seguir mandando es seguro que hay alguien empeñado en que deje de hacerlo: Excusatio non petita, accusatio manifesta. ¿Se imaginan a Botín expresando su firme propósito de seguir al frente del Santander? Ese día se hunde el Banco en la bolsa mientras el parqué se inunda de rumores acerca de la crisis que sin duda tiene que azotar a la entidad financiera.


Total, que Zapatero dice lo que Felipito Tacatum, el entrañable concursante que creara Joe Rígoli para la TV de los setenta. A Tacatum, cada semana, se le ofrecía la alternativa de retirarse del concurso con una cuantiosa suma o arriesgarla toda en un nuevo programa bajo el aliciente de poder incrementar sus ganancias aun más. Ante la disyuntiva, Tacatum siempre decía lo mismo, "yo, sigo". Rígoli estaba genial en su papel de concursante lerdo, pero a mí, con perdón de los profesionales, me hace más gracia Zapatero afirmando serio y decidido, con el ceño fruncido y fingido aire de marinero curtido en mil tormentas, que no piensa dimitir.

Bueno, pues ahora, hasta al Rey le ha dado envidia y resulta que él también quiere poner su punto de sal y pimienta. Y no lo ha hecho en cualquier ocasión, sino en Nochebuena, el día en que más españoles le escuchan con la absurda esperanza de oír algo que alimente su maltrecho optimismo. Nos ha dicho Su Majestad: "Al expresar mi agradecimiento quiero, una vez más, asegurar que sigo y seguiré cumpliendo siempre con ilusión mis funciones constitucionales al servicio de España. Es sin duda mi deber, pero es también mi pasión". O sea, lo mismo que Zapatero y Tacatum: "yo, sigo".

Yo no sé quién le escribe los discursos al Rey, pero ya podría dedicarse a la cría del pollito tomatero. ¿Cómo se puede hacerle decir que cumplir sus funciones constitucionales es su pasión? ¿Qué pasa, que ser el Rey de España es como coleccionar sellos o conducir Ferraris? ¿Y qué ocurre si hay otros españoles atraídos por la pasión de desempeñar esas mismas funciones constitucionales? ¿Que se fastidien, que él es el único con derecho a apasionarse?

No sé por qué, pero la caricatura que el Rey ha representado de sí mismo no me ha hecho gracia. Probablemente, sucede que no la tiene.


Libertad Digital - Opinión

La estrategia de Artur Mas. Por César Alonso de los Ríos

El pacto de Mas y Montilla le permite a Zapatero pensar en un apoyo de CiU más allá del previsible triunfo del PP en las municipales.

¡Pobre Arriola! Él, que se imaginaba a Artur Mas dependiendo de los votos de Alicia Sánchez Camacho... Porque ¿en qué otro grupo, sino en el PP, tendría que apoyarse CiU en el parlamento catalán? Al sociólogo y a sus asesorados de la calle Génova no se le pasaba por la imaginación que CiU pudiera llevar a cabo ¡al fin! la llamada «sociovergencia» e, incluso, la incorporación a su gobierno de figuras independientes y progresistas.

Ha sido inútil recordar durante años que en Cataluña caben todas las formas de coalición menos las que supongan acuerdos de fondo con el PP. Es algo que está en la «naturaleza» de los nacionalistas. El precedente del apoyo parlamentario al Gobierno de Aznar lo fue a escala estatal, después de la borrachera del GAL y la corrupción económica, y fue muy limitado en el tiempo y en los contenidos. Duró un santiamén. Precisamente el triunfo de Aznar en las segundas elecciones se debió a que se negó a todo tipo de compromisos con los nacionalismos periféricos que fueran más allá de las transferencias previstas. Pero es inútil demostrar lo obvio. Por ejemplo, que las estrategias del PSOE, el PNV y CiU pasan por unos objetivos comunes que tienen que ver con la formación de un modelo de Estado confederal. Sin embargo las gentes del PP han seguido confiando en el oportunismo político de CiU y el PNV y la vuelta de estos al redil conservador y razonablemente progresista, justificados por un vago sentido de clase. El «posnacionalismo», que dijo en su día Ramón Jáuregui.

El pacto de Mas y Montilla le permite a Zapatero pensar en un apoyo de CiU más allá del previsible triunfo del PP en las municipales. Pero, en todo caso, quiero recordar una vez más que cualquier análisis político debe pasar por la estrategia que comparten socialistas y nacionalistas y que cualquier otra veleidad, ya sea de Arriola o de cualquier otro, está condenada al mundo de las puras ilusiones.


ABC - Opinión

Tontería económica. Mísera competitividad. Por Carlos Rodríguez Braun

El supuesto progresismo ha sido incapaz de comprender por qué los costes laborales pueden descender mientras asciende el bienestar y mejoran las condiciones de trabajo.

En un reportaje rebosante de corrección política en El País habla el catedrático de Derecho del Trabajo Antonio Baylos sobre las víctimas de accidentes de trabajo, y afirma que lo son "de un sistema de producción y de trabajo en el que, a fin de cuentas, el responsable de la salud y seguridad se encuentra acostumbrado a hacer del ahorro de costes laborales y de la degradación de las condiciones de trabajo las ventajas competitivas a las que incitan autoridades monetarias y expertos económicos, como la forma por excelencia de acumulación y de creación de riqueza". Todo en páginas de información sin que el autor del reportaje, Bonifacio de la Cuadra, tenga a bien matizar nada.

O sea que la competitividad y la creación de riqueza descansan sobre el empeoramiento de las condiciones de trabajo. Vamos, que Haití es más rico y competitivo que Alemania, Cuba más que Canadá, y la pacífica y progresista Corea del Norte más que Corea del Sur. Y, por supuesto, los accidentes laborales son mucho más abundantes, graves y crueles en los segundos países que en los primeros. ¿No?

Este disparate es de antigua data: ya en el siglo XIX el pensamiento único alegó que Inglaterra era rica porque sus trabajadores malvivían en fábricas malolientes y minas letales, ignorando no sólo la mejoría de sus condiciones de vida en ese siglo sino la realidad de cómo habían sido esas condiciones en los supuestamente idílicos siglos precedentes.

Desde entonces hasta hoy el supuesto progresismo ha sido incapaz de comprender por qué los costes laborales pueden descender mientras asciende el bienestar y mejoran las condiciones de trabajo. Es más, la forma por excelencia de la acumulación, al revés de lo que dice El País, funciona así, porque no aumenta la productividad sin que ello impacte favorablemente sobre los trabajadores.


Libertad Digital - Opinión

¿Lo sabe Zapatero?. Por Félix Madero

Me llama la atención la forma en que nos va la vida con unas palabras que, supuestamente, ha dicho Zapatero a los suyos.

UNA de las cosas que pido al 2011 es tiempo para pensar, capacidad para entender y valentía para la determinación y la osadía. Esto quisiera un periodista que desea que su profesión sea necesaria para lectores y oyentes, o escuchantes como dicen ahora. Uno de los males que hacen de nuestro trabajo prescindible viene dado por lo mal que afrontamos los días en que no hay noticias. Hay otro, que no critico pero del que recelo, que es ese por el que un periodista, el que sea, deviene en terminal de un político temeroso y encogido que no quiere dar la cara. No culpemos a los políticos siempre, no por favor.

Pero estaba en los días en que no hay nada que contar y el trabajo nos obliga a ser inteligentes como antídoto a lo previsible y evidente. Ahí se nos ve que no tenemos qué decir, o seguramente que lo que podríamos decir no sabemos decirlo. En eso estaba cuando me encuentro a bombo y platillo la noticia de que Zapatero ha dicho a su equipo que ni adelantará las elecciones ni dimitirá. Leo esto y me pregunto a continuación, ¿y cómo lo sabe? ¿Cómo está tan seguro alguien cuyas predicciones y pronósticos han resultado ser un desastre para él y para su país? Me llama la atención la forma en que nos va la vida con unas palabras que, supuestamente, ha dicho Zapatero a los suyos. Ustedes perdonaran, pero ¿saben los suyos que son los suyos? Porque no fue a los suyos, fue en el Congreso donde dijo que no contaran con él para defender políticas socioliberales que recortaran derechos socales. Fue en el Parlamento donde proclamó que el pacto con el PP era imposible porque les diferenciaba la forma de entender la política social. ¿Qué política, la que ha terminado quitando al parado de larga duración los últimos 426 euros que cobraba? No aburriré al lector enumerando incumplimientos de palabra de un líder —sí, llamémosle líder—, que se ha esforzado con denuedo y devoción por venir a menos.

La falta de mensaje como programa. Lo obvio como herramienta política. La mediocridad como valor. O sea, nada. Menos, en realidad. Si hace un año renegaba de las políticas que con tanto esmero se dispone a acometer y ahora ejecuta con determinación, ¿por qué voy a creer que sabe lo que pasará en cinco meses? Al final hemos terminado por entender la razón por la cual utiliza siempre un medio de comunicación para trasladar sus mensajes. ¿Por qué no lo hace él directamente? Consciente de la falta de confianza que genera utiliza la credibilidad de los medios, en realidad del mismo medio, para resultar creíble. Yo no soy nadie para dar consejos, y no los doy. Digo solamente que cuando por mérito propio los medios y los periodistas dejamos de ser creíbles no tenemos derecho a culpar a nadie. Lo decía Serrat, no es más triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Sobre todo esto último.


ABC - Opinión

El mensaje del rey Juan Carlos y los enredadores de guardia. Por Antonio Casado

El mensaje navideño del Rey ya es un clásico. Lo mismo que las ganas de enredar por cuenta de sus alusiones a la actualidad política. O económica, como es el caso por tercer año consecutivo, con su inevitable trasfondo político. El trasfondo lo ponen los enredadores. No el Rey, que se limita a cumplir la Constitución (artículos 56, 64 y 65), en lo referido a su papel institucional. A saber: sus actos carecen de validez si no están refrendados por el Gobierno. Con una sola excepción, que no es precisamente el mensaje navideño sino el gobierno de la Casa del Rey (nombramientos, ceses y administración de los fondos presupuestados que le asigna el Estado).

En esas coordenadas se debe interpretar los contenidos de este tipo de recados de la Corona a la opinión pública. No es que don Juan Carlos venga obligado a decir lo que Moncloa le dicta. De hecho, en muy pocas ocasiones el texto ha sufrido retoques cuando Zarzuela se lo hace llegar en vísperas de su emisión. Pero sería un contrafuero que el Rey emitiera opiniones contrarias a la política del Gobierno de la Nación o hiciera de su capa un sayo a la hora de comentar la jugada como si fuera un elemento más del debate político y mediático.
«El párrafo elegido por los enredadores de guardia versa, naturalmente, sobre la crisis económica y la forma de superarla.»
El párrafo elegido por los enredadores de guardia versa, naturalmente, sobre la crisis económica y la forma de superarla, después de reconocer que se han puesto en evidencia “desequilibrios y deficiencias estructurales que hemos de resolver juntos con eficacia y prontitud” ¿Y cómo?, pues abordando “las reformas necesarias” y “cumpliendo nuestros compromisos en materia presupuestaria y de déficit”.

Eso es lo que dijo don Juan Carlos en su alocución del viernes por la noche. Como se ve, nada nuevo, todo ya dicho, en línea con la más pura ortodoxia de la lucha contra la crisis económica en clave española. Uno, las reformas son urgentes. Dos, hay que hacerlas por consenso. Lo firmaría ahora mismo Rodríguez Zapatero, por supuesto, pero también Mariano Rajoy y Artur Mas, por citar a los líderes de las tres mayores fuerzas políticas con representación parlamentaria.

Pero los enredadores tienen sus propios códigos. Y bastó una declaración de la dirigente del PSOE, Elena Valenciano, reconociendo la hoja de ruta del Gobierno en las citadas palabras, para denunciar la pretensión partidista de apropiarse del mensaje ¿Por decir, como dijo Valenciano, que el Rey es un defensor de las reformas que el Gobierno está acometiendo para salir de la crisis? ¿A alguien le pasa por la cabeza que el Rey hubiera formulado en tan singular ocasión una crítica a las reformas planteadas por el Gobierno para salir de la crisis?
Pues no. Ni eso, ni tampoco una crítica a las recetas de la oposición. Hubiera desbordado el papel asignado a la Corona. Tampoco es caso porque Mariano Rajoy, como Zapatero, como el PSOE, como el Gobierno, como Elena Valenciano, como CiU, comparte absolutamente lo que dijo el Rey. “Hace tiempo que el PP se apunta a las reformas y a las propuestas de unidad”, dijo el portavoz González Pons, fijando la postura del principal partido de la oposición sobre el mensaje navideño de don Juan Carlos.


El Confidencial - Opinión

Arte de hacer dinero. Por Gabriel Albiac

¿Quién puede ser tan animal que prefiera el cobro de derechos de autor a la presencia sin límite de los posibles lectores?

LA red es el universo. Duplicado. Su calco fiel. Es, pues, la biblioteca universal. Y las universales fonoteca y filmoteca. Entre otras infinitas cosas. Mejores y peores. Porque la red no distingue: es todo. Como la vida.

Me avergüenza la codicia que por sus derechos de autor exhiben muy progresistas cantautores y muy subvencionados cineastas. Empezando por Sinde. La red irrumpió como el más perfecto paraíso del saber que haya podido soñar «creador» (perdóneseme el pretencioso palabro) alguno. ¿En qué sueña el Flaubert que reescribe diez, cien veces una misma página, hasta tallarla con la matemática del diamante? En que algún día —da igual si quien escribió no existe— los ojos de otro queden cegados por la pura belleza de las líneas que dicen esto tan mínimo: matices del amarillo sobre el cielo de Cartago, para apresar los cuales Flaubert gastó años de testarudez y oficio. Para ganar dinero hay otras cosas. Subvenciones. Sinde a Sinde.


No, no hay para un escritor don comparable al de la red. La gratuidad del puro estar al alcance de todos. Comparado a eso, la invención de la imprenta parece un juego semicavernario. Pienso en los viajes agotadores, en las estancias incómodas, en las horas de búsqueda que me han sido precisas para acceder a ciertos textos especialmente raros del siglo XVII, que es el único al cual he juzgado digno entregar mi vida. Textos atrincherados en los fondos de acceso más restringido de algunas de las grandes bibliotecas europeas o norteamericanas. Hoy, cuando llego a clase, basta entregar a mis alumnos la relación de los links que dan acceso a esos libros. Si el wifi de la Complutense fuera sencillamente aceptable, podría, sin más, ir señalando cada día, en las páginas mismas de esos recónditos tesoros, los pasajes compartidos con cualquiera que se tomara la molestia de traerse a clase su iPad o su portátil. Es el mayor milagro en la historia de la inteligencia humana. ¿Quién puede ser tan animal que prefiera el cobro de derechos de autor a la presencia sin límite ante todos los posibles lectores, no de hoy sino de cualquier tiempo futuro?

¿Son los «artistas» distintos? ¿Tan alta es su excelencia que debemos entre todos pagar su distinción? ¿A qué llamamos «artista»? Cézanne se quemaba los ojos buscando retener el instante sagrado de una sombre sobre la Montaña Sainte-Victoire. Vermeer dejó pintados apenas 37 cuadros que hayamos identificado, entre ellos esa «Vista de Delft» a la cual hace Proust proclamar por su dandy Bergotte agonizante, en La recherche du temps perdu, la quintaesencia del refinamiento pictórico. El arte es la suplencia verosímil de lo sagrado. O no es. Nada. Maravillosa imagen de André Malraux, al final de su reflexión estética, Las voces del silencio: la monstruosidad de ese animal enfermo que es el humano alza su frágil dique de contención en la obra de arte; en ella «el delirio disperso del monstruo de sueños se ordena en imágenes soberanas, y la pesadilla saturnal toma figura de sueño acogedor y pacífico». Y «nos hace soñar en la primera noche glacial en la cual una especie de gorila se sintió misteriosamente hermano del cielo estrellado».

Hoy, el cielo estrellado les sirve a los de Sinde para ir haciendo caja.


ABC - Opinión

Discurso. Destronar al rey. Por José García Domínguez

A ese rey disminuido, minúsculo, es a quien han hecho recitar en discurso navideño el vademécum de las simplezas propias de los políticos y los tertulianos que no tienen nada que decir.

Sin duda porque aquí jamás nos atrevimos a degollar al rey, tal como es costumbre en Inglaterra o Francia, a los académicos cortesanos –de La Moncloa of course– les ha dado ahora por humillarlo, rebajando a minúscula su grafía. Una castración simbólica que dirían los pedantes de antes, cuando Lacan y todo aquello. Qué le vamos a hacer, la izquierda doméstica es así: heroica para derrocar y juzgar a los dictadores siempre que sean chilenos y se apelliden Pinochet, y aún mucho más valiente si se trata de destronar al rey en los manuales de ortografía. Nunca fueron capaces de tomar el Palacio de Invierno, ni tampoco pasaron por la guillotina a Luis XVI, pero, a cambio, han conseguido elevar a Caperucita Roja, ahora consolidada en el trono de las mayúsculas, por encima del monarca de España y su estirpe toda.

Pues igual la reina que el príncipe y las princesas desfilan a estas horas camino del cadalso gramático. Nadie se llame asombro, en fin, si cualquier día de estos le ganan la batalla del Ebro al general Franco. A ese rey disminuido, minúsculo, es a quien han hecho recitar en discurso navideño el vademécum de las simplezas propias de los políticos y los tertulianos que no tienen nada que decir. Ese recurrido inventario de enfáticas fruslerías que libran a su emisor de la funesta manía de pensar. Perogrulladas del tipo: "Sin un crecimiento adecuado no crearemos empleo". Absurdos contrasentidos económicos, como el de pretender que "no caben actitudes de egoísmo individual" con tal de salir de la crisis.

Y, faltaría más, las consabidas apelaciones a cierta moralina barata muy del gusto de charlatanes y demagogos, la que explica los colapsos del PIB por la manida "crisis de valores". Se ve que los reales escribas de Ferraz todavía no han oído hablar de un tal Adam Smith. El mismo que advirtió, allá por 1764, que "no es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos obtener nuestra comida, sino del cuidado que ellos tienen de su propio interés. No recurrimos a su humanidad, sino a su egoísmo". A ver si lo descubren antes de que su liliputiense majestad nos declame de nuevo el programa del PSOE en solemne alocución. Ojalá.


Libertad Digital - Opinión

Cuatro millones. Por Ignacio Camacho

Las víctimas del paro permanecen orilladas en su desolación con riesgo serio de que se cronifique su tragedia.

REAPARECIERON de golpe en Nochebuena a través de las palabras del Rey, como una procesión de desheredados que irrumpiese en los hogares del bienestar en busca de un ápice de solidaridad o de amparo. Los cuatro millones largos de parados habían quedado desplazados del discurso oficial de la política, cargado de bonos financieros, de pensiones, de mercados, de déficit, de diferenciales de deuda, de graves conceptos estratégicos que han opacado la realidad lacerante del drama humano de la crisis. La cara y los ojos de un país en quiebra social se han diluido en las urgencias del debate público como si fuesen parte de un oscuro paisaje que todo el mundo se ha acostumbrado a contemplar como telón de fondo. Y de repente asomaron en boca del Monarca con todo su esencial protagonismo dramático: los jóvenes sin futuro, los empresarios hundidos, los autónomos asfixiados, las familias enteras sin empleo. La dolorosa letanía de las víctimas de la recesión que el fragor político ha recluido en la gélida enumeración de las estadísticas.

El carácter mutante de la crisis obliga a los dirigentes públicos a enfrentarse con variables tornadizas que atacan los diferentes flancos de una economía sin respiros. El desplome inmobiliario, la deuda externa, el sistema asistencial, el control del gasto o los ajustes fiscales son facetas de un mismo problema común que va cambiando de cara como un caleidoscopio siniestro, pero mantiene como consecuencia última una devastación social que tiene en el desempleo su expresión más amarga. En la lucha contra esa hidra multicéfala la clase dirigente olvida a menudo el rostro vivo de las víctimas, que permanecen orilladas en su desolación con riesgo serio de que se acabe cronificando su tragedia. El paro fue constante motivo de alarma mientras crecía en proporciones dramáticas, pero al estancarse ha perdido actualidad y se ha relativizado frente a las nuevas prioridades convirtiéndose en una simple preocupación recurrente, en un dato estructural. Sin embargo sigue ahí, donde estaba, en una altísima tasa inaceptable para un país desarrollado, una catástrofe que devasta los cimientos de la estabilidad y arrasa cualquier expectativa de crecimiento. Y no sólo porque sus cargas financieras arruinan el balance del Estado sino porque su coste social liquida el capital moral de la esperanza colectiva.

Sin esos cuatro millones de españoles arrojados extramuros del sistema productivo no hay horizonte nacional posible. Su rescate, su devolución a la dignidad del trabajo, constituye la principal prioridad de la acción política. Ha sido el Rey el encargado de recordar esta evidencia cuando la propia dimensión de su gravedad empieza a volverla transparente ante la opinión pública. No se trata del paro sino de los parados, que en medio de la voluble actualidad de una crisis inabarcable continúan esperando una respuesta.


ABC - Opinión

Sucesión e interinidad

Por mucho que el secretario de Organización socialista, Marcelino Iglesias, y buena parte de la estructura federal del partido se afanaran ayer mismo en proclamar que no está abierto en el PSOE el debate sucesorio, y ni siquiera la discusión sobre si Rodríguez Zapatero debe hacer pública la decisión sobre su futuro político cuanto antes o no, la realidad desmiente los intentos de estos dirigentes por apagar un fuego encendido y alimentado precisamente por el propio presidente del Gobierno y secretario general socialista. De Rodríguez Zapatero, y sólo de él, es la responsabilidad de haber abocado al Ejecutivo, a su partido y a la coyuntura política a un futuro de incertidumbres y de tensiones nada beneficioso para un país con un serio déficit de confianza en las esferas internacionales y con todas sus circunstancias políticas y económicas escrutadas al segundo por los mercados. Las cábalas lanzadas ya desde hace meses, y más aún con el nombramiento de Pérez Rubalcaba como vicepresidente primero, se dispararon cuando Rodríguez Zapatero confirmó hace unos días que había trasladado la decisión definitiva sobre su futuro a su esposa y a un íntimo colaborador del partido, el llamado «confidente». Da la impresión de que el presidente va por libre y que sus maniobras espasmódicas se convierten en zancadillas a esos estrechos colaboradores que intentan sofocar una situación potencialmente explosiva. La lucha por el poder no sale gratis. Desgasta y mucho a las organizaciones. Y no puede pasarse por alto que los malabares de Zapatero han llegado además en un crítico momento para el PSOE, asomado al abismo del peor resultado de la historia democrática.

Si el presidente tuviera en cuenta la opinión de los ciudadanos, plasmada en los estudios demoscópicos, lo tendría sencillo. El grado de rechazo que provoca su figura política habla por sí solo sobre el estado de la opinión pública. Según la encuesta de NC Report para LA RAZÓN, casi siete de cada diez españoles opinan que Rodríguez Zapatero no debería presentarse a las elecciones generales de 2012. También es una mayoría (53,2%) la que entiende que el PSOE debe acabar ya con esta indecisión y anunciar su cabeza de cartel. Los encuestados tienen sus favoritos, con Rubalcaba en primer lugar (32,7%), seguido de José Bono (29,5%) y Carme Chacón (12,2%). No estamos convencidos de que Zapatero atienda al criterio de los españoles o, incluso, a sus intereses para decidir lo que más conviene en cada momento. En caso contrario, la suerte estaría echada.

España y sus urgencias necesitan algo de su Gobierno, además de las reformas demandadas, y es certidumbre, estabilidad y liderazgo. Si Zapatero persiste en jugar a la indefinición y a la duda, afrontamos una etapa de interinidad política que pesará como una losa sobre las posibilidades del país de embridar la desconfianza y enfilar la recuperación. El presidente debe solucionar lo que él mismo generó. Después de las navidades, el país exigirá decisión, carácter, energía, liderazgo y autoridad políticas. Y esas cualidades no pueden darse en quien deambula entre el tacticismo político y la vacilación personal.


La Razón - Editorial

Código Penal de ajuste

La reciente reforma entronca con los cambios sociales y afina la relación entre penas y delitos.

No puede decirse que la amplia reforma del Código Penal que ha entrado en vigor la semana pasada haya sido elaborada en caliente. El Gobierno, primero, y el Parlamento, después, han dispuesto de tiempo suficiente para sopesar su contenido y medir con precisión el alcance de sus disposiciones. Pero es cierto que en algunos de sus artículos -sobre todo los que tieneen que ver con los delitos sexuales contra menores- alienta la profunda conmoción social causada por sucesos de esta índole ocurridos en los últimos años.

Ni por su espíritu ni por su envergadura -un centenar largo de artículos- la reforma es coyuntural ni de transición. Refleja vocación de perdurar y, en ese sentido, parece conectar con el aliento originario del Código Penal de 1995 -que enterró el entonces vigente, heredado del franquismo-, en buena medida diluido por los compulsivos cambios penales de los Gobiernos de mayoría absoluta del Partido Popular.


Esta vez se pretende un ajuste fino entre penas y delitos y la reforma responde, además, a factores propios de la época actual. Entre ellos, una mayor sensibilidad social ante determinados crímenes, el aumento de actividades delictivas más complejas y sofisticadas -vinculadas a la ingeniería financiera y el desarrollo urbanístico, caldo de cultivo de la corrupción política y administrativa-, y la necesidad de una proporcionalidad ajustada y realista en las penas. No se castigan menos de lo debido algunos delitos, pero se ha buscado no excederse tampoco en la sanción de otros. Así, es penalmente coherente extremar el castigo en casos de agresiones sexuales a menores y reducirlo a sus justos límites en casos menos graves de narcotráfico -en general quien trafica para su autoconsumo- que contribuyen a hacer de las prisiones españolas las más pobladas de Europa o en los llamados top manta o vendedores callejeros de productos ilegales o falsificados.

Hay medidas tendentes a promover las penas alternativas a la prisión, como la localizacion permanente, facilitada por los nuevos artilugios de control telemático o los trabajos en beneficio de la comunidad. El reproche penal no es sinónimo de cárcel y debe ser congruente con otro tipo de penas más apropiadas a conductas menos graves. Además de su mayor proporcionalidad en el castigo de los delitos pequeños, esas penas contribuirán a reducir la población penitenciaria a límites más soportables para el presupuesto público.

No debe ser causa de alarma, como algunos pretenden, tender a la reducción de la población carcelaria cuando su aumento es producto de criterios penales desfasados o exageradamente rigoristas. Otras medidas como la libertad vigilada son más cuestionables. Aceptable como cautela de seguridad -casos de delincuentes sexuales cuya peligrosidad está relacionada con estados patológicos-, lo es difícilmente como nueva pena accesoria a la de prisión y con cumplimiento posterior a la excarcelación.


El País - Editorial

Cuando gobernar se convierte en el arte de manipular.

Mientras el estamento partitocrático siga más interesado en preservar sus redes clientelares, su poder, su influencia y sus privilegios que en servir a los españoles, continuarán sin adoptarse las imprescindibles reformas que este país necesita.

Pocos hechos son más sintomáticos del creciente abismo que separa a la población española de su casta política que esa súbita preocupación que se ha desatado entre los jerarcas autonómicos del PSOE por la posible catástrofe electoral en los comicios del próximo mes de mayo. Conscientes de que la desastrosa gestión de Zapatero está acabando con sus posibilidades de victoria, el secretario de Organización del partido, Marcelino Iglesias, ha tenido que salir en defensa del presidente y prometerles que "sabe administrar muy bien los tiempos".

Claro que a los tiempos a los que se refiere Iglesias no son los de la recuperación económica, cuyo inicio lo dató Zapatero hace unos días para dentro de un lustro, sino los tiempos de la propaganda política y de los golpes de efecto cosméticos. Es decir, y por si alguien continuaba dudándolo, ni el Gobierno central ni los barones regionales se están ocupando en acelerar la salida de la recesión sino sólo en salvaguardar sus mullidos sillones durante los próximos cuatro años. Los cinco millones de parados no son el centro de sus preocupaciones e iniciativas, sino sólo una chinita en su camino hacia la reelección que en su caso debe ser maquillada u ocultada.


Así las cosas, mientras el estamento partitocrático siga más interesado en preservar sus redes clientelares, su poder, su influencia y sus privilegios que en servir a los españoles, continuarán sin adoptarse las imprescindibles reformas que este país necesita. Porque ese sentimiento de superioridad y lejanía con respecto a los problemas mundanos de la ciudadanía, esa indiferencia hacia la dramática situación que estamos viviendo, es lo que lleva a que nuestros políticos sólo den tímidos e insuficientes pasos en la buena dirección cuando los mercados internacionales los colocan ante una situación insostenible.

Sólo de este modo se explica que mientras las familias y las empresas han tenido que apretarse el cinturón hasta extremos muy dolorosos –quedándose en el paro o quebrando–, el sector público, incluido el autonómico, siga engordando a costa de un endeudamiento que se ceba, vía mayores impuestos y tipos de interés, sobre esas ya muy debilitadas familias y empresas. O sólo así se explica que cinco millones de parados no empujen al Gobierno o a la oposición a exigir una reforma laboral integral que, por mucho que se oponga a los dogmas ideológicos de la izquierda, ponga fin a la dictadura sindical en las relaciones laborales.

Al cabo, nuestros gobernantes no sienten la crisis como propia, muy en especial porque recaudan más impuestos y despilfarran mayores cantidades de nuestro dinero que antes de que ésta se desatara. Nuestra crisis se ha convertido en su buena salud, de modo que el único nubarrón que otean en el horizonte sea el de no salir reelegidos. En caso de renovar el mandato después de mayo, su barra libre continuará sin ningún tipo de restricción ni quebradero de cabeza. Por ello, no observan al sufrido pueblo soberano como un ente al que deben servir, sino como uno al que pueden manipular. La administración de los tiempos del PSOE no es más que eso: cómo conservar la poltrona tras siete años de ataque sistemático a las libertades y la prosperidad de los españoles. Ni la crisis institucional ni la crisis económica han ido nunca con ellos.


Libertad Digital - Editorial

Expansión islamista radical

Ha de aumentarse la presión sobre las redes islamistas más extremas, refugiadas en los beneficios de la democracia.

LA extensión en España de las redes más integristas del islam no es un mensaje alarmista, sino una realidad constatada por los servicios de información del Estado, que se apoyan en datos objetivos sobre la actividad de, entre otros, los grupos salafistas. El salafismo es una corriente del islam que predica una aplicación estricta de las reglas del Corán. Es el movimiento islámico al que se adscribe Al Qaida y en el que esta organización terrorista inserta su objetivo de restaurar el califato en todos los territorios donde alguna vez hubo presencia islámica, como España, identificada como Al Ándalus en todos los escritos incendiarios de Bin Laden y sus secuaces. El seguimiento de los servicios de inteligencia a los grupos salafistas instalados en España ha permitido comprobar un incremento de su actividad, en concreto del número de asambleas, que han pasado de una en 2008 a diez en este año, en diversas localidades de España. Esta ampliación de su campo de acción a todo el territorio nacional demuestra un refuerzo de sus circuitos de captación y financiación, en grado suficiente para potenciar la «yihad» en nuestro país y fuera de él. La investigación sobre el atentado del 11-M puso de manifiesto que España era una base de reclutamiento de terroristas para su exportación a Irak y ahora es una plataforma privilegiada para sus actividades «logísticas» en Europa. El crecimiento de este movimiento salafista en España coincide con la ocupación de amplias zonas del desierto del Sahara por parte de Al Qaida en el Magreb Islámico, la sucursal terrorista de Bin Laden que acosa el norte de África y, en consecuencia, el sur de Europa. El Sahara, en palabras de Rubalcaba, es la principal amenaza para España.

La labor de inteligencia es fundamental para desarticular la actividad terrorista de estos grupos. El problema de los gobiernos occidentales es que los actos conspirativos previos aparentan actos lícitos de reunión y asociación, por lo que resulta muy complejo conseguir sentencias de condena por actos terroristas concretos, quedándose la mayoría de ellas en condenas por pertenencia a organización terrorista o por delitos comunes. Es evidente que ha de aumentarse la presión sobre las redes islamistas más extremas, refugiadas en los beneficios de la democracia y que generan personajes tan siniestros como el iman de Lérida, promotor de una «policía religiosa» que debe ser perseguida. La tolerancia democrática no tiene nada que ver con la indefensión de la sociedad.


ABC - Editorial

domingo, 26 de diciembre de 2010

Supremo. ¿Es optativa la ley en Cataluña?. Por Humberto Vadillo

Lo singular de Cataluña es la presencia de una casta social dominante con vocación y praxis totalitaria que toma la forma de una pavorosa esfera cuyo centro está en todas partes.

Sábado. Día de Navidad. Un coche conduce a toda velocidad por la Avenida Diagonal de Barcelona. Dos motoristas de de los Mozos de Escuadra le dan el alto y proceden, regocijo apenas disimulado, a multar a su conductor. ¿Con qué potestad? ¿Tiene la policía catalana alguna autoridad distinta del crudo poder que le da la pistola que carga al costado? Lo dudo.

El mozo de escuadra se diferencia del asaltante de caminos en que tiene una autoridad tasada que le otorga la ley y a ésta debe someterse completamente en su actuación. A su vez, la ley deriva su fuerza obligatoria de la constitución española. Una constitución que en su artículo 1.2 reza: "La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado".


Lo singular de Cataluña es la presencia de una casta social dominante con vocación y praxis totalitaria que toma la forma de una pavorosa esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia cruza bonitamente desde la abadía de Montserrat hasta el último club excursionista de Sant Sadurní d’Anoia. Esta casta, que no Cataluña, se considera enteramente soberana y, naturalmente, por encima de la ley y de los tribunales. Esta casta a la que pertenecen entre otros todos los políticos nacionalistas, desde Montilla y quien le suceda hasta Laporta, todo el gran empresariado o la prensa del editorial único sólo responde ante un Dios en el que no cree y ante una historia que lleva lustros comprando "pret à porter".

Ayer Artur Mas dejaba claro que no pensaba acatar las sentencias judiciales contrarias a que el catalán sea la lengua vehicular de la educación. El Tribunal Supremo acababa de dar la razón a tres padres que reclamaban la escolarización de sus hijos en castellano. La respuesta de CiU, inmediata: no se tocará ni una coma de la ley de política lingüística. Los socialistas se alineaban, apresurados, permitiendo con su abstención la inmediata elección de Mas como presidente y traicionando así del modo más grosero a sus votantes.

No se me ocurre mejor plasmación de la diferencia que brillantemente establecía en estas mismas páginas José García Domínguez entre independencia e independentismo como aspiración del catalanismo canónico. Un independentismo interminable. La situación actual en la que el Gobierno catalán puede elegir aquellas normas que respeta y aquellas que ignora convierte a Cataluña en un enorme Versalles postmoderno en el que Maria Antonieta Mas y sus infinitos cortesanos juegan a ser pastorcillos protegidos por el alto muro de la indolencia dolosa del Gobierno español.

No dudo de que Mas y los suyos se sueñen eternos. No dudo de que cada día vaya a ser más difícil que los mozos de escuadra hagan su trabajo sin que la gente les pregunte con creciente irritación cómo es que ellos tienen que obedecer unas leyes que el Gobierno tan conspicuamente ignora.


Libertad Digital - Opinión

El quinto malo. Por M. Martín Ferrand

La Transición tuvo el talento de, recuperada la legitimidad del poder, mantener vivo el juego de las expectativas.

AUNQUE el día sabe a turrón y se acompaña con ecos de pandereta y zambomba, no es cosa de andarse con nostalgias y entregarse a los gozos de la fiesta en que se centra una fe, una religión, y sirve de referencia a una cultura que, agigantándose en el tiempo, se ha convertido en una civilización, la nuestra. Algo que nos sirve de soporte y debiéramos defender con orgullo diferencial, marcando las distancias con otras civilizaciones vinculadas a otras religiones, por respetables que sean todas ellas. La valoración de lo propio no conlleva el desprecio de lo ajeno, pero obliga a mantenerlo en las mejores circunstancias de conservación.

De hecho, la originalidad de la civilización cristiana reside en su capacidad para generar expectativas. Francisco Franco lo vio claro y mantuvo su poder precisamente en ello. Bajo el palio reservado al Santo Sacramento, en autoafirmación de grandeza compensatoria de otras miserias, se mantuvo durante cuatro décadas a base de crear expectativas diversas y, siempre, a la medida de una ciudadanía a la que arrebataba derechos fundamentales. Durante la Guerra la expectativa fue, naturalmente, la de la paz y el orden que la República no había sabido mantener. La cartilla de Racionamiento fue la expectativa moderadora del hambre y así, sucesivamente y al ritmo del crecimiento nacional, vivimos estimulados por las expectativas de un empleo sin incertidumbres, una vivienda propia, un cochecito...

La Transición tuvo el talento de, recuperada la legitimidad del poder y establecida la democracia, mantener vivo el juego de las expectativas. Desde la segunda vivienda a los viajes turísticos al extranjero pasando por el ahorro y la inversión. Así lo entendieron e impulsaron, con mejor o peor maña, Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González y José María Aznar. Y se acabó. La gran torpeza política de José Luis Rodríguez Zapatero —el quinto malo—, atrapado por una saña retrospectiva que le empujó a ganar una guerra que su abuelo habría perdido, fue romper la inercia de las expectativas. Así estamos ahora. No son solo los cuatro millones y medio de parados y cuanto de pobreza y déficit les acompaña; sino que los ciudadanos ya no se instalan en la expectativa de la solución y se refugian en las triquiñuelas de la defensa personal, no en las prácticas de la colectiva. Y al fondo, como anuncian los sucesos de Murcia de esta pasada semana, un matonismo sindical dispuesto a impedir las expectativas en beneficio del mantenimiento de los privilegios. Una gran insensatez que toma razón de las limitaciones de un líder que parece odiar a la mitad de sus ciudadanos.


ABC - Opinión

Nochebuena. El discurso de la Reina. Por Agapito Maestre

Con doña Sofía en las pantallas de televisión todos ganaríamos. Las audiencias televisivas alcanzarían cifras inigualables. España estaría, otra vez, en posición de salida en su capacidad inventiva.

El boato, el refinamiento y la puesta en escena de las monarquías son siempre superiores a la institución de la presidencia de la República. ¿Quién se acuerda del nombre del presidente de Alemania o Italia? Pocos. Nadie. Son siempre hombres viejos y calvos no muy aficionados a los grandes protocolos de las monarquías. La institución de la monarquía, sin embargo, tiene aún vías por explorar. En España esta institución es rica, compleja y llena de matizaciones; además, no tiene punto de comparación con nuestra tradición republicana a la hora de la innovación, el sentido de la oportunidad y, en fin, de saber "reinventarse" permanentemente para seguir reinando. La Casa de Borbón, además, tiene una parentela difícilmente inigualable con otras casas reales que la hace aún más rica que otras monarquías, dicho sea a la pata la llana, más de andar por casa.

Acaso, por esa inmensa riqueza de tradiciones, innovaciones y saber estar al día, el monarca español podría replantearse el famoso discurso a los españoles del día de Nochebuena. Toda vez que todos sabemos la situación tan difícil a la que se enfrenta el Rey: una nación que no es nación; un pueblo que ha quedado reducido a un público tan heterogéneo que cuando se dirige a unos, seguramente, molestará a otros; e incluso el propio Rey nos viene demostrando, año tras año, la vacuidad de sus palabras, pues que trata de animar a una nación que no existe. En verdad, el Rey lo tiene tan difícil que haría bien en plantearse que ese discurso lo hiciera otra persona de su Casa. Quizá tenga más éxito. No se preocupe, Señor, demasiado por lo que dice la Constitución, al fin y al cabo, es papel mojado; nadie la cumple, y ofrézcale una oportunidad a su santa esposa.


Aunque mi propuesta contenga cierto tono irónico, nada de esto digo en broma. Tampoco es cuestión de oportunismo sino de oportunidad. ¿Por qué no probar un discurso de celebración, como es el de la noche de Navidad, concebido por la Reina? Ahí tiene el Rey una prueba decisiva para demostrar su talante innovador. Quizá la institución monárquica se vendría arriba. Se imaginan a doña Sofía dirigiéndose a la nación, perdón, a lo poco que queda de nación en una noche tan señalada. En esta circunstancia agónica para todos los españoles en general, y la institución monárquica en particular, el Rey debería dar ese paso adelante. Una vez agotada su capacidad de elocuencia e inventiva, el Rey, en mi opinión, haría bien en pasarle los trastos de la celebración de Nochebuena a su santa.

Doña Sofía tiene todas las grandes cualidades del Rey; incluso tiene más don de gente que Juan Carlos I. Es simpática y amable. Sabe acercarse al pueblo. Su proximidad a los sencillos ciudadanos está probada por la experiencia, incluso su esposo dice con orgullo que "es una gran profesional". Nunca ha hecho nada impropio de una gran señora de la monarquía hispánica. Cómo olvidar, entre sus cualidades, que doña Sofía es una madre de familia y, por lo tanto, en estos momentos tan duros, es mucho más cercana al ciudadano una madre, que sabe de temas concretos, que un Rey que está por encima de todo el mundo. Y, además, es una mujer de gran cultura. Una melómana. No veo entonces motivo alguno para que doña Sofía no celebre el discurso de Nochebuena. Con doña Sofía en las pantallas de televisión todos ganaríamos. Las audiencias televisivas alcanzarían cifras inigualables. España estaría, otra vez, en posición de salida en su capacidad inventiva, incluso la monarquía se adelantaría a todos los partidos políticos que, hasta el momento, han sido incapaces de llevar hasta el final la igualdad entre el hombre y la mujer.

Y, sobre todo, Juan Carlos I probaría que la institución monárquica no está agotada.


Libertad Digital - Opinión

El poszapaterismo. Por José María Carrascal

Como ya no le queda nadie a quien engañar, trata de engañar a sus colaboradores más leales, que no saben qué hacer con él.

¿ESTAMOS viviendo en el poszapaterismo y no nos damos cuenta? Es muy posible ya que los humanos tendemos a no ver lo que tenemos delante, puestos los ojos más allá. El primero que acabó con el zapaterismo fue el propio Zapatero, cuando en mayo pasado abjuró de cuanto había dicho y hecho en seis años de gobierno, y ha sido también él quien le ha dado el tiro de gracia al reconocer tácita y torcidamente que no se presentará a la reelección. Con lo que cometía la última de sus traiciones: a su partido. Genio y figura.

Zapatero no llegó a la Moncloa con un simple cambio de gobierno. Llegó a cambiar el cambio, a acabar con la Transición, aquel consenso entre las principales fuerzas políticas españolas para traer la democracia a nuestro país, basado en la aceptación de todos, en vez de la imposición de unos sobre otros, como venía ocurriendo. No, él venía a sustituirlo por lo que la extrema izquierda reclamó desde el principio: negar legitimidad a la derecha, acabar con los últimos restos del franquismo, romper definitivamente con la iglesia católica, implantar un modelo territorial, cultural y social que acabase de una vez por todas con la «vieja España», sustituyéndola por los principios de la revolución del 68: feminismo, individalismo, narcisismo, permisibilidad. De ahí que no se preocupara para nada de la economía, y mucho, de la «cultura», o contracultura más bien. Todo lo que hizo, desde la negociación con ETA a la alianza de civilizaciones, pasando por el nuevo estatuto catalán y la ley de Memoria Histórica tendía a eso.

Lo malo fue que, en su ignorancia, no se había enterado de que la revolución del 68 había pasado tiempo atrás y que lo que se nos venía encima era una crisis económica de proporciones planetarias. Como el niño que se ha encaprichado por un juguete o el visionario convencido de estar en posesión de la verdad, siguió adelante con su proyecto incluso cuando todo el mundo se daba cuenta de que ya no servía, si es que había servido alguna vez. En ello ha perdido un tiempo y un dinero preciosos, hasta que la realidad le ha llamado al orden, obligándole a hacer todas aquellas cosas que había creído estaba predestinado a desterrar. Hoy, es un hombre tan atacado por la izquierda como por la derecha, que tiene que apoyarse en el prestigio del ejército y en la lucha contra ETA para presumir de algún mérito, y que pide ayuda desesperada a los que intentaba expulsar de la escena política para cumplir los deberes que le imponen desde fuera. Patético. Y como ya no le queda nadie a quien engañar, trata de engañar a sus colaboradores más leales, que no saben qué hacer con él, aunque al único que está engañando es a sí mismo.


ABC - Opinión