viernes, 5 de noviembre de 2010

Obama y Zapatero. Por José María Carrascal

Uno es un reformista, el otro, un revolucionario. Y ya dijo Ortega que las revoluciones no arreglan nada.

DESDE el entorno de Zapatero se ha buscado un paralelismo con Obama tanto político como personal. Resultan innegables las coincidencias, incluso físicas. Ambos son jóvenes, de buena planta, fácil verbo, aficionados al baloncesto y surgidos de la nada en la escena nacional. Aunque la mayor sintonía se da en la «agenda»: ambos deseaban inaugurar una nueva era en su país, traían una «misión», lo que unido al desconocimiento sobre ellos les daba un aire enigmático y cautivador. Y ambos se han estrellado contra la realidad, que acaba de propinarles un severo varapalo.

Pero antes de llegar a ello, déjenme decir que junto a esas semejanzas existen notable diferencias, que pueden incluso superar las semejanzas. Personalmente, Obama es un personaje afable, que busca el entendimiento con el contrario y pese a considerársele «progresista», tiene una clara tendencia hacia el centro. Mientras Zapatero es un radical tanto de pensamiento como de obra, que ha huido siempre del centro hacia posiciones extremas, donde encontrar aliados. Si quisiéramos ilustrar esta importante diferencia diríamos que Obama nunca renegó del pasado de su país, buscando sólo subsanar las deficiencias que hay en el, mientras Zapatero ha querido dar la vuelta a su historia. Uno es un reformista, el otro, un revolucionario. Y ya dijo Ortega que las revoluciones no arreglan nada, lo trastornan todo, aparte de que su tiempo ha pasado. Si a ello se une que Obama ha asumido plenamente la responsabilidad de sus errores y prometido hacerlo lo mejor posible en adelante, mientras Zapatero no ha hecho ni una cosa ni otra, tendrán una distancia humana y política sideral.

Aunque la diferencia puede estar también en sus respectivos pueblos. Los norteamericanos han mostrado su rechazo a la política de Obama en las primeras elecciones que se presentaron. Los españoles, reelegimos a Zapatero, pese a que se había equivocado en la negociación con ETA, armado un tremendo lío con el nuevo estatuto catalán y verse ya que se equivocaba con el manejo de una crisis, que negaba. Por lo que la diferencia de fondo puede estar en que los norteamericanos responsabilizan a su políticos de los errores que cometen, y los españoles no. O si lo quieren en un plano más abstracto: que nosotros seguimos apoyando a un político por causas ideológicas aunque lo haga mal, mientras los norteamericanos lo jubilan. Lo confirma que a Obama ha sido su pueblo quien le ha marcado el cambio de rumbo, mientras a Zapatero han tenido que ser las instancias internacionales. De no ser por ellas, puede que estuviésemos todavía con sus parches, que sin resolver nada, nos hundían cada vez más en el foso. ¿Es esa la última causa de nuestros males?


ABC - Opinión

PSOE. Empieza la guerra. Por Emilio Campmany

Esto es el PSOE, una organización en la que las redes clientelares lo son todo y en la que, de vez en cuando, estalla la guerra entre ellas para soltar la mala sangre, como diría Clemenza.

Si para algo han servido las primarias que el PSOE ha celebrado en Madrid es para mostrar el verdadero rostro del PSOE. Como toman por tontos a sus electores y simpatizantes, les vendieron que las primarias eran un ejemplo de democracia interna y que el PP debería tomar ejemplo. Era imposible no darse cuenta de la falsedad de tal descripción. Para empezar, si tan buenas eran esas elecciones ¿por qué pidió Zapatero a Gómez que se retirara? Luego, encima, los dos candidatos renunciaron abiertamente a discutir sus programas ya que ambos reconocieron tener el mismo, que era tanto como admitir que las primarias no eran más que una lucha entre egos, no un debate de ideas. Para rematar la faena, va y viene Gómez y purga todo el partido en Madrid de peligrosos trinistas y hay que ver qué pocas cosas hay que un socialista sepa hacer mejor que purgar.

Podría pensarse que Tomás Gómez es un sectario vengativo y rencoroso. Podría concluirse que su gente es iracunda y resentida, pero quia. No hay aquí nada que tenga que ver con la venganza y el resentimiento. Es todo una cuestión de frialdad práctica, nada personal, sólo negocios. Como en otras organizaciones, en el PSOE lo esencial es la lealtad. Y la manera que tienen en él los líderes de garantizarse la que le haya sido prometida es ejemplificar qué se hace con quienes no la defraudan. Viendo cómo son arrojados por la borda los desleales y cómo son encumbrados los afectos, todos sabrán qué les conviene hacer. En Sicilia saben mucho de lo bien que funcionan las organizaciones regidas por este principio.


También puede chocar que Tomás Gómez haya elegido para encabezar el Comité Electoral, esa especie de presidium que dirigirá el partido en Madrid hasta las elecciones autonómicas, a Trinidad Rollán, que está imputada por un delito relacionado con la corrupción urbanística. Nadie espera que dimita de su cargo de secretaria de organización, pero alguno podría haber creído que, mientras se despejaba su horizonte penal (¡qué bonita expresión, siempre de moda en los fines de ciclo socialista!), la mujer sería mantenida en un discreto segundo plano. Quia. Si se es verdaderamente leal, cuánto más imputado esté uno, más arriba lo aupará el jefe. No es tanto una cuestión moral, sino que se trata de demostrar que la fidelidad es la cualidad que el jefe más estima por encima de cualquier otra consideración. Y qué mejor manera de demostrarlo que premiar al que se encuentra atribulado y perseguido. Así, todos verán que quien manda nunca abandona a sus leales.

Éste no es un caso aislado de un dirigente que ha desafiado al aparato y necesita rodearse de fieles para impedir que nadie de arriba lo arrumbe, que también. Ni es el supuesto de alguien que necesita controlar por completo el partido en Madrid ahora que está abierta de facto la sucesión de Zapatero a la espera de que se haga oficial, aunque algo de eso hay. Esto es el PSOE, una organización en la que las redes clientelares lo son todo y en la que, de vez en cuando, estalla la guerra entre ellas para soltar la mala sangre, como diría Clemenza. Cuando en vísperas de alguna se afilan los cuchillos, se engrasan las armas y se lijan los bastones, la adhesión es lo único que cuenta y la desafección el peor de los pecados y se paga con la muerte política. Jesús, qué gente.


Libertad Digital - Opinión

La hora del Tea Party. Por César Alonso de los Ríos

Hasta hace bien poco se llegó a calificar como fascistas a los neoconservadores americanos y españoles.

¿Puede hablarse de un Tea Party en España? El editorialista de una emisora respondía ayer que sí mientras los colaboradores del programa defendían lo contrario. En otro medio un comentarista cultural escribía que un posible Tea Party español nunca tendría el signo puritano del movimiento norteamericano. Según él, el derechismo en España es compatible con la desvergüenza de Sánchez Dragó, la bravuconería de Pérez Reverte y la rijosidad del alcalde de Valladolid. Ayer, en ABC, Ignacio Camacho advertía con razón que la imputación de un informal Tea Party a un sector del PP era una operación del progresismo destinada a confundir derecha e involucionismo. En este sentido hasta hace bien poco se llegó a calificar como fascistas a los neoconservadores americanos y españoles. Tal hizo Pepín Vidal Beneyto cuya muerte tampoco iba a reducir el caos de nuestra vida cultural.

Pero ¿por qué esta obsesión con comparar el Partido Republicano y la derecha española si pertenecen a modelos tan distintos? Antes de nada habría que eliminar de este debate aquellas derechas que tienen como meta convertir en Estados las regiones a las que pertenecen. Los condenables nacionalismos que acaba de recordar Vargas Llosa. Pero, sobre todo, porque mal se puede considerar Tea Party a una corriente que no tiene aparato propio. Lo que sí viene a demostrar este debate es la conciencia general de que es tal la gravedad de las contradicciones del PP (ideológicas, morales, culturales, económicas …) que tan sólo resulta soportable por las esperanzas del poder. ¿Qué tienen que ver, los liberales de Lasalle con los de Jiménez Losantos, los principios económicos de Recarte con los de Montoro o el estilo de Aguirre con el de Gallardón? Pero en el caso de que Rajoy llegue a la Moncloa es difícil pensar que no quieran tomar el té en estupenda armonía todos juntos o por partes.


ABC - Opinión

«La Cultura» no lee. Por Alfonso Ussía

No leer es hablar mal. Las palabras tienen cuerpo, y el cerebro las clasifica y ordena. No se alcanza la corrección ortográfica estudiando Ortografía, sino leyendo. Se advierte a lo lejos, incluso entre personas inteligentes, a los que leen y a los que no abren un libro. «Usted tiene excesivas ínsulas». No tengo ínsulas ni penínsulas. Si acaso, y habría de moderar mi soberbia y orgullo, puedo tener ínfulas. El tributo al libro cerrado que muere en la estantería. Bibliotecas yermas en los hogares de quienes lamentan los desastres, los dramas, las tragedias y las catástrofes «humanitarias», como dicen los de la «Cultura».

Redactores de los Servicios Informativos de las emisoras de radio y cadenas de televisión nos informan cada día de la catástrofe «humanitaria» que ha tenido lugar aquí, allá o acullá. Y en los periódicos se insiste en ello. La incultura nacida de la falta de lectura lleva a la perversión del lenguaje. Ayer, unos cuantos representantes del mundo de «La Cultura», como ellos mismos lo motejan, acudieron a las puertas del Palacio de La Moncloa para depositar allí los pliegos con 230.000 firmas recogidas por la plataforma –otra bobada, lo de la «plataforma»–, «Todos con el Sáhara». Nada que objetar a la buena intención de la «plataforma». El conflicto del antiguo Sáhara español no ha conseguido desliarlo ni la ONU en treinta años. En el texto, los hombres y mujeres de «La Cultura» denuncian «el drama humanitario» que sufren los saharauis en sus campamentos de refugiados. Me adhiero a la denuncia del sufrimiento de los saharauis que no quieren ser marroquíes. Pero no al texto redactado por las mujeres y hombres de «La Cultura», y que, con toda probabilidad confunde aún más a los que, sin pertenecer a «La Cultura», nos hemos pasado la vida con un libro en las manos y los ojos en sus palabras.

Lo que experimentan los refugiados saharauis en los campamentos es, con toda seguridad, un drama, una tragedia, una injusticia, y un dolor que se escapa al entendimiento de quienes vivimos su pena desde la lejanía. Pero ese drama, esa tragedia, esa injusticia y ese dolor no pueden ser calificados de humanitarios, por mucho que así lo hayan decidido los representantes del «Cine de la Cultura». Son mejores interpretando los textos que creándolos. El drama, la tragedia, la injusticia y el dolor por el que pasan los refugiados saharauis es humano, que es mucho más sencillo y certero que «humanitario». Un terremoto, como el de Haití, no puede ser considerado, como aún se considera, un «terremoto humanitario», porque lo humanitario es sólo aquello que beneficia a la humanidad. No les pido a los cultos denunciantes y firmantes de la «plataforma» que inviertan el dinero de las subvenciones exclusivamente en libros. Basta y sobra que hagan un esfuerzo sobrehumano y dediquen menos de un minuto a la lectura. Busquen la página 839 del Diccionario de la Lengua Española de la RAE en su última edición. O en la edición que tengan a mano. Apenas un minuto de lectura les recomiendo.
«Humanitario, ría. (Del latín, humanitas, humanitatis)
1. Adjetivo. Que mira o se refiere al bien del género humano.
2. Benigno, caritativo, benéfico.
3. Que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen».
Hablar del «drama humanitario» de los saharauis equivale a definir su tragedia de benéfica y caritativa. Quizá por ello no les hacen caso. A leer.

La Razón - Opinión

Elecciones. USA, amor y odio. Por Cristina Losada

El mismo pueblo que era un portento de progresismo y modernidad cuando eligió al primer presidente afroamericano, se ha transformado ahora en un hatajo de fanáticos ultraconservadores sin remedio.

España es un país cuya opinión pública –y casi toda la publicada– muestra, tradicionalmente, un rotundo sesgo anti-americano. Sin embargo, ¡ay!, no cesa de mirar hacia los Estados Unidos, sea con secreta admiración o, las más de las veces, con notorio espanto. Tal vez son ambas actitudes las dos caras de una misma moneda, como sugiere Revel en La obsesión antiamericana. Europa, en general, padece ese trastorno de amor-odio en su relación con la principal democracia y ya única gran potencia del mundo. Tras el odio a Bush, llegó el enamoramiento con Obama. Ahí tuvimos el intento socialista de "obamizar" a Zapatero, incluso –o sobre todo– en la minucia personal: dos hijas, igual signo del zodíaco, la afición al baloncesto y, cómo no, el "progresismo", padre de todas las batallas planetarias. Y a idéntica tentación cedió el PP, que se apresuró a colocar en su firmamento al nuevo astro. Todo ello, cuando su estrella estaba en alza. Aún no había pisado el Despacho Oval y era el líder mejor valorado del orbe.

Dos años después, aquel salvador de la humanidad ha recibido un guantazo histórico en las urnas y sus veneradores españoles no saben cómo explicarlo. No saben cómo explicarlo sin desenterrar, de nuevo, el antiamericanismo que, por un tiempo, sepultaron bajo la ilusión de que Obama, en el fondo, era tan antiamericano como ellos. Y no es que hayan renunciado a esa fantasía, sino que vuelven al estereotipo de siempre. Así, concluimos al escucharles, el mismo pueblo que era un portento de progresismo y modernidad cuando eligió al primer presidente afroamericano, se ha transformado ahora en un hatajo de fanáticos ultraconservadores sin remedio. No hay manera de entender cómo ha ocurrido tamaña mutación en un período tan breve, pero, ante todo, no pidamos consistencia a quienes abordan la realidad desde pulsiones ideológicas hirvientes.

La vitalidad de la democracia americana, que es la vitalidad de su sociedad civil, su capacidad para aprender de la experiencia, corregir errores y generar contrapesos al poder, resultan aquí fenómenos extraños. En vano se los intentará introducir en los esquemas simplistas y maniqueos al uso. Pero no hay nada que hacer. Nos separa mucho más que un océano. Y es que tan raros son los ciudadanos de EEUU que, en lugar de creer en los Gobiernos, creen en ellos mismos.


Libertad Digital - Opinión

Rodríguez. Por Ignacio Camacho

Con la de cosas que tiene pendientes este Gobierno y no para de meterse en simbólicas nimiedades de ingeniería social.

EN una ocasión me presentaron a un hombre afable y cordial que se llamaba Juan Rodríguez, y que con educada timidez se sintió obligado a precisar que era el padre del presidente del Gobierno. A José Luis Rodríguez Zapatero le molestaba que Carlos Herrera le llamase sólo por su primer apellido, hasta el punto de que le hizo llegar una queja; el hombre al que los publicistas convirtieron en ZP entendía al parecer que había en aquel «Rodríguez» un retintín despectivo. Felipe González nunca renegó de su patronímico común pese a que el nombre de pila favorecía mejor el marketing de cercanía; a medida que se asentaba en el poder le gustaba más sentirse González que Felipe. Zapatero, que concibe la política como una técnica publicitaria, considera prioritario disponer de un apelativo reconocible que lo singularice como producto de mercado; está en su derecho porque el nombre es suyo, y si quisiera podría cambiarlo incluso en el Registro Civil porque la norma ya permite alterar el orden tradicional de filiación. Lo que no tiene mucho sentido es penalizar los apellidos peor situados alfabéticamente, en una maniobra de pretensiones igualitarias que bajo el pretexto de suprimir la primacía nominal masculina puede acabar podando la nomenclatura familiar española. Con la de cosas que tiene pendientes de hacer este Gobierno y no para de meterse en nimiedades simbólicas y prescindibles operaciones de ingeniería social.

En España tendemos a creer que un nombre común es un nombre vulgar, por lo que existe un cierto prejuicio antidemocrático contra los López, Gómez o Fernández. El maestro Emilio Romero aconsejaba a los periodistas de «Pueblo» así apellidados que se buscasen un heterónimo para destacar más, hasta que le desmontó la teórica el éxito indiscutible de José María García. En los años ochenta el «Madrid de los García» —García Remón, García Navajas, Pérez García— llegó a la final de la Copa de Europa entre sospechas generales de mediocridad, como si llamarse García fuese impedimento para jugar bien al fútbol. La creencia nominalista, de origen aristotélico —«el nombre es arquetipo de la cosa», resumía Borges—, quedó superada desde el final de la Edad Media pero en materia de linajes ha renacido por culpa del furor de singularidad que impone la cultura de la competencia. La idea de elegir el orden filial pretende eliminar la hegemonía patriarcal pero su supuesto afán igualitario esconde un artificio pretencioso que desembocará en un elitismo pedestre muy propio de nuestra falsa hidalguía: la gente elegirá el apellido más sonoro. Nadie es, no obstante, mejor ni peor que nadie por llamarse de determinada manera. El propio presidente del Gobierno, que tuvo indiscutible éxito disfrazado de ZP, acaso diese ahora cualquier cosa por reinventar su identidad como un tal Rodríguez al que no le pesaran los errores de Zapatero.

ABC - Opinión

Veto al Parlamento

Entre sus promesas electorales más solemnes desde hace siete años, Zapatero siempre ha puesto especial énfasis en una de ellas: la de convertir el Parlamento en el centro de la vida política, en el corazón del debate con luz y taquígrafos. Sin embargo, la experiencia de estas dos legislaturas demuestra que aquel compromiso, destinado a «regenerar» la acción parlamentaria, ha seguido el mismo camino que otras de sus promesas: el incumplimiento. Ya sea porque no ha contado con las mayorías suficientes o porque el Congreso se ha convertido en una caja de resonancia muy incómoda para el Gobierno, lo cierto es que la calidad del debate parlamentario ha caído en picado y la sede de la soberanía popular ha quedado reducida a una simple caja vacía en la que no se discute nada que no convenga al PSOE. Se pueden citar abundantes ejemplos que demuestran la incomodidad del líder socialista con la aritmética parlamentaria que le ha tocado en suerte y su resistencia a respetar o tomar en consideración el criterio de Las Cortes, como lo prueba el más de medio centenar de mociones o proposiciones no de ley aprobadas en Comisión o en Pleno que han sido ignoradas por el Gobierno por no ser de su agrado. El uso de la facultad que le reserva el Reglamento del Congreso para vetar enmiendas a los Presupuestos que supongan un incremento de gasto o una disminución de ingresos permite también calibrar hasta qué punto el compromiso de Zapatero con el Parlamento era mera retórica electoral. El miércoles, el Grupo Socialista prohibió que se votaran 22 enmiendas a los Presupuestos relacionadas con un asunto tan capital, pero tan incómodo, como la congelación de las pensiones. Ya hizo algo similar en las cuentas de 2008 y el año pasado bloqueó también las iniciativas en contra de la subida del IVA. Los dirigentes socialistas suman 42 propuestas censuradas desde 2008, todo un récord que retrata nítidamente una forma de gobernar tan alejada, por ejemplo, de la de José María Aznar, que nunca recurrió a esa potestad, o de la de Felipe González, que únicamente lo hizo en una ocasión. Por más que el portavoz socialista José Antonio Alonso hablara ayer de un acto «normal y legal», estamos ante una práctica insólita en democracia, sin precedentes tan abusivos. Y eso sin contar con los modos empleados en el veto del pasado miércoles, pues se produjo por sorpresa, a última hora y después de que las enmiendas habían sido debatidas en la Comisión de Presupuestos. Es evidente que el PSOE ha buscado proteger la inmoralidad de sus socios del PNV y Coalición Canaria con los pensionistas, pues durante meses mantuvieron su oposición a congelar las pensiones. Pero hacerlo a costa de devaluar el Congreso es más inmoral aún. La indignación de la oposición es más que comprensible y los recursos legales ante un claro abuso de poder, obligados. El uso habitual de un instrumento que debiera ser extraordinario desprestigia a la democracia y alimenta la desconfianza de los ciudadanos en sus instituciones. Es inaceptable que se censure el debate por intereses partidistas. Es un veto al Parlamento que amordaza la voz del ciudadano.

La Razón - Editorial

Políticas encontradas

Frente a la tibieza del BCE, la Reserva Federal ha hecho lo que debía para estimular la recuperación.

Desde el inicio de la crisis, la orientación de las decisiones de política económica a uno y otro lado del Atlántico ha sido manifiestamente distinta. Europa, en concreto, está sufriendo consecuencias no menos severas que EE UU. Irlanda acaba de anunciar un ajuste drástico del gasto, evaluado en más de 6.000 millones durante 2011, para evitar el deterioro de sus finanzas públicas que la arrastraba inexorablemente a la misma situación de quiebra que Grecia. Ante la amenaza de un encarecimiento insoportable de la deuda, Irlanda ha tenido que reaccionar con un programa radical de austeridad, como en su día tuvo que hacer España. No dispone de capacidad de maniobra ni del respaldo de los acreedores para adoptar otras políticas.

Irlanda es Europa. A la ralentización del ritmo de crecimiento y la elevación del desempleo, las políticas monetarias y presupuestarias de EE UU y la UE han reaccionado de forma opuesta. EE UU, tratando de estimular la demanda, de compensar el desplome de las decisiones privadas de consumo e inversión. Europa, con planes de contracción del gasto y la inversión pública, que se sobreponen a la acusada inhibición de las decisiones privadas. Las actuaciones de los bancos centrales también resultan divergentes.


La Reserva Federal (Fed) acaba de anunciar inyecciones excepcionales adicionales de liquidez (425.000 millones de euros) para comprar bonos públicos con el fin de presionar a la baja los tipos de interés a largo plazo y favorecer así la recuperación de la inversión empresarial y de las familias. Es verdad que cabe contemplar con escepticismo los resultados de esa segunda edición de relajación cuantitativa; pero la inacción es peor.

Los efectos secundarios pueden ser poco favorables: por la vía de tensiones en los propios mercados de bonos, de posible inflación a medio plazo y, desde luego, de la adicional depreciación del tipo de cambio del dólar, que ya se ha dejado notar en forma de una apreciación relativa del euro. Pero en situaciones extremas hay que optar por el curso de acción menos desfavorable. La Fed ha hecho lo que debía, y lo más próximo a su doble objetivo de garantizar pleno empleo e inflación contenida. Los mercados de acciones han reaccionado favorablemente.

El BCE, por su parte, no está favoreciendo la recuperación. En su reunión de ayer ha mantenido el tipo de intervención en el 1% por decimoctavo mes consecutivo. Alerta continuamente del carácter efímero de los apoyos de liquidez y siembra dudas sobre las expectativas de inversión. Con sus reticencias a flexibilizar la política monetaria y la pasividad hacia el encarecimiento del tipo de cambio del euro, no favorece la competitividad internacional de las exportaciones fuera del área euro. En Europa no hay inflación y sí más paro que en cualquier otra región del mundo. De poco sirve exhibir esa autonomía si el deterioro continúa imparable.


El País - Editorial

Zapatero quiere erradicar a los Zapatero

El Gobierno reforma la ley, no para resolver un problema social, sino para crearlo. Pero ésa es precisamente la esencia de Zapatero: la destrucción y reconstrucción de la sociedad sobre sus particulares bases.

Quienes todavía no conocen la naturaleza exacta del zapaterismo siguen pensando que el Ejecutivo socialista trata desviar la atención del desastre económico en el que ha sumido a España mediante la adopción de medidas ideologizadas y polémicas. El conato de reforma de la Ley de Libertad Religiosa o la nueva Ley del Aborto son dos casos claros de políticas marcadamente sectarias que, en apariencia, buscaban crear una cortina de humo detrás de la que ocultar las vergüenzas del Ejecutivo.

Sin embargo, la hipótesis de que Zapatero les lanza un hueso a los españoles para que, mientras se pelean entre sí, él pueda concentrarse más tranquilamente en resolver los acuciantes problemas económicos no encaja demasiado bien con la realidad. Primero, porque la economía no ha parado de empeorar durante su mandato. Segundo, porque recientemente suspendió la aprobación de la Ley de Libertad Religiosa. ¿Por qué motivo renunciaría a semejante caramelo envenenado si su intención es mantener distraidos a los españoles en cuitas distintas de la economía?


La explicación es más bien otra: lo accesorio para Zapatero siempre ha sido la economía; y, en cambio, la razón de ser de su Gobierno pasa por impulsar la agenda izquierdista en todos los frentes. Lo que de verdad le sobra no es el Ministerio de Igualidad, sino el de Economía; cuestión distinta es que ahora mismo su debilidad política sea tan grande que se haya visto forzado a esconder las funciones de Aído detrás de una secretaría de Estado del mismo modo en que se ha visto compelido a retirar la Ley de Libertad Religiosa.

Esta agenda izquierdista pasa, como ya hemos explicado en numerosas ocasiones, por subvertir las instituciones tradicionales sobre las que se ha desarrollado y prosperado nuestra sociedad: la familia, la nación, el ejército, la Iglesia, el mercado, la lengua o incluso las costumbres. Nada queda fuera de su proyecto ingenieril de tabla rasa, de sus sueños totalitarios por crear un nuevo hombre socialista.

La última de estas ofensivas contra las instituciones la encontramos en la reforma de la Ley del Registo Civil por la cual, en ausencia de acuerdo entre los padres, se suprime la prevalencia del apellido paterno sobre el materno y se la sustituye por el orden alfabético de los apellidos. Se trata de una medida del todo innecesaria, para la que ni mucho menos existía un "clamor social", y que sólo generará nuevos conflictos allí donde no los había. Al fin y al cabo, la tradición ya había resuelto la problemática sobre el orden de los apellidos dando preferencia al paterno.

Podrá parecernos una solución arbitraria, pero no lo es menos que someterse a la "dictadura del alfabeto" y, sobre todo, la cuestión es que no deberíamos tratar de racionalizar la costumbre con la idea de reconstruir las instituciones desde cero para adaptarlas a nuestra particular visión del mundo. Hayek solía decir que la complejidad de las instituciones sociales es tal que los seres humanos ni pueden comprenderlas en su conjunto ni harían bien en tratar de diseñarlas de nuevo, pues esa es la puerta abierta a la planificación total y al socialismo. Para garantizar la libertad bastaba, en opinión del economista y filósofo austriaco, con que –como también pedía Cicerón– nos sometiéramos a las instituciones y les concediéramos una presunción de funcionalidad, por muy absurdas que nos parecieran.

En este caso concreto, la normativa vigente ya concedía un amplio margen a la autonomía de la voluntad, pues los padres podían acordar el orden de los apellidos de su hijo. Además, debería resultar evidente a todo el mundo que la ocurrencia del Ejecutivo, en caso de aplicarse consistentemente, sólo llevará a la extinción de todos aquellos apellidos que, como Zapatero, se encuentran al final del orden alfabético, de modo que según pasen las generaciones los apellidos de toda la ciudadanía exhibirán una tendencia a ir concentrándose en las primeras letras del abecedario hasta el punto de que la función última de los apellidos (distinguir a unas personas de otras) se verá frustrada por entero.

En otras palabras, el Gobierno se ha dirigido a reformar la norma que se aplica por defecto, no para resolver un problema social, sino para crearlo. Pero ésa es precisamente la esencia de Zapatero: la destrucción y reconstrucción de la sociedad sobre sus particulares bases ideológicas; es decir, someter a todos los españoles desde la cuna a la sepultura a sus dogmas socialistas. La economía es sólo un obstáculo en la consecución de su liberticida proyecto político.


Libertad Digital - Editorial

España, estancada

Los problemas del Gobierno no le venían por explicar mal lo bien que lo hace contra la crisis, sino porque no hay nada nuevo, ni bueno, que comunicar.

EL fin de 2010 se encara sin atisbo de indicios fiables de recuperación económica, con el paro en aumento y la confianza de los ciudadanos en claro retroceso. La reducción del déficit es el único dato al que puede acogerse el Gobierno para rebajar la crítica a su política económica, pero siempre que no se profundice en las causas de esa reducción, limitadas a un incremento de los impuestos y a un cerrojazo en la inversión pública. El Estado no recauda más porque haya más actividad, sino porque saca más dinero a los ciudadanos e inyecta menos fondos en el sistema. El desempleo ha vuelto a crecer en octubre, con una nueva merma de afiliados a la Seguridad Social. Los informes y análisis procedentes de expertos e instituciones, incluso los que conceden algún beneficio a la gestión del Gobierno en la lucha contra el déficit, coinciden en situar a España en el suelo de la crisis, pero para permanecer en él durante mucho tiempo. La buena noticia no es que la crisis ya no tiene tanta fuerza; tendría que ser que estamos saliendo de ella. El Gobierno se consuela diciendo que en octubre hubo menos desempleados que en octubre de 2009 o de 2008. Pobre consuelo si se tiene en cuenta que, al estar en un 20 por ciento de tasa de paro, la destrucción de empleo necesariamente tiene que ralentizarse. Es el discurso de la resignación y la impotencia, un discurso que, además, evidencia la operación de maquillaje de la última crisis de Gobierno. La nueva estrategia de comunicación frente a la crisis ha durado lo que ha tardado en publicarse la estadística del paro registrado en el INEM. Pasado el efecto sorpresa, si así pudiera calificarse, de los nuevos nombramientos, la comunicación del Gobierno ha vuelto por donde solía: a los mensajes tópicos que avisan por enésima vez de que ha empezado la recuperación de la economía y de que, otra vez, se atisba el final del «ajuste» en el mercado laboral. Eufemismos pueriles.

Al final, los hechos han demostrado que los problemas del Gobierno no le venían por explicar mal lo bien que lo hace, sino porque no hay nada nuevo, ni bueno, que comunicar a los españoles. Economía estancada, Gobierno amortizado. Estos son los elementos de la ecuación que está dejando a España sin expectativas de recuperar los niveles de crecimiento económico, bienestar social y respeto internacional que Rodríguez Zapatero heredó en marzo de 2004.


ABC - Editorial

jueves, 4 de noviembre de 2010

Vuelve la señorita Pepis. Por M. Martín Ferrand

La escuela política de Rajoy se sustenta en el silencio y la paciencia. No decir nada que pueda establecer compromiso.

EN los años setenta, cuando la Transición, una tal señorita Pepis se convirtió en gran estrella de la tele. Las mocitas que hoy comienzan a ser abuelas suspiraban por sus maletines y sus kits. Para jugar a enfermeras o modistas, para maquillarse dentro de un orden o revestirse con los hábitos cursilones de una princesa de cuento rosa, era imprescindible un equipo de la señorita Pepis que, de repente, desapareció. ¿Qué habrá sido de ella? Acabo de vislumbrarla junto a Javier Arenas, el líder popular que más pronto se levanta de la siesta. La campaña con la que el PP andaluz pretende batir a José Luis Rodríguez Zapatero tiene que ser, por coherencia de estilo, un diseño de la señorita Pepisque, del mismo modo que podría haber profesado en la clausura de un convento o trabajar con una ONG en el África central, se ha inscrito en la cofradía de la gaviota.

Con epicentro creador en Sevilla, el PP distribuye ya por toda España unas tarjetas postales con el siguiente lema en su anverso: «Yo no te abucheo. Solo quiero un empleo». El reverso incluye la dirección postal del presidente del Gobierno y el diseño de la campaña contempla que los parados le remitan las tarjetas a quien, según el PP, «se columpia con las mujeres». Piensan los estrategas populares que la tarjeta puede movilizar a las más de dos millones de paradas que completan el censo del desempleo y, vista su estética funcional, cabe atribuirle su ideación a la señorita Pepis que, por las trazas y el calendario, ya debe peinar canas y, solidaria, quiere colaborar con Arenas y demás sabios clausewitzes del PP.

La escuela política de Mariano Rajoy se sustenta en el silencio y la paciencia. No decir nada que pueda establecer compromiso y esperar a que el tiempo lo arregle todo. En ese entendimiento un pareado mal medido, como el de la postal con la que quieren darle pellizquitos monjiles al líder socialista, y una tarjeta con franqueo constituye una elegante y dinámica manera de no hacer nada. Quizás haya desconocimiento, o menosprecio, de la realidad intelectual y política de las españolas, en paro o con trabajo, por parte de quien diseña campañas tan infantiles como ésta en la que no se sabe qué ponderar más, si su ridícula vaciedad o la confianza en el servicio postal. Si como dicen, a dúo, Arenas y Mercedes de la Merced —la Bibiana igualitaria del PP—, de lo que se trata es de hacer «visibles» a las mujeres en paro quizás resultara más barato y notable la organización de bailes regionales en las plazas públicas o el asado de castañas en las colas del INEM. Cualquier cosa menos desenterrar, pobrecita, a la señorita Pepis.


ABC - Opinión

Elecciones EEUU. We the People. Por Alberto Acereda

Hoy el pueblo norteamericano, "We the People...", ha dejado muy claro que Estados Unidos es un país que repudia las agendas políticas socialdemócratas y que se ubica cómodamente y sin complejos en la derecha liberal-conservadora.

El pueblo norteamericano acaba de mandar hace unas horas en las urnas un contundente aviso y repudio a Barack Obama y a los líderes del Partido Demócrata. En unas elecciones intermedias históricas, por el abultado triunfo de la derecha liberal conservadora, el sujeto político soberano "We The People" –con el que se abre el preámbulo de la Constitución– ha dejado claro su contundente rechazo a la agenda política socialdemócrata de Obama y su partido.

Que la victoria es histórica resulta incuestionable porque desde 1932 ningún partido había ganado tantos escaños en la Cámara de Representantes. La famosa revolución conservadora de 1994, con 52 asientos ganados en dicha Cámara, se ha quedado pequeña con lo ocurrido este 2010. Lo acontecido este martes confirma el repudio a la Casa Blanca y el hecho de que estamos ante el principio de un proceso de cara a las elecciones presidenciales de 2012.

Porque la victoria de la derecha norteamericana representada por el Partido Republicano se ha dado en la Cámara de Representantes, donde estaban en juego todos los escaños convirtiendo los resultados en una radiografía exacta del sentir nacional. En el Senado, aun no siendo el momento más propicio para los republicanos por las limitadas plazas geográficas en disputa, también el avance ha sido notable casi triplicando los asientos ganados respecto a lo que es común en otras elecciones intermedias. Asientos senatoriales como el de Illinois, otrora del propio Obama, han ido a parar a los republicanos.


Tan importante, o incluso más, resulta el éxito logrado por el GOP en las elecciones gubernamentales de varios estados, alcanzando victorias en plazas claves como Ohio o Pennsylvania, centros electorales donde Obama y Biden habían puesto todo su empeño en mantener. Lo mismo ocurre en los respectivos Congresos de cada estado donde las mayorías republicanas han sido más que notables abriendo así el campo para las importantes decisiones de distritos electorales en 2012. No cabe duda, pues, que el mapa electoral es ahora muy distinto al de hace dos años.

Tras la inauguración presidencial de Obama los agoreros de la revista Time anunciaban en portada la muerte del republicanismo conservador al que juzgaban como "especie en extinción". Han bastado sólo unos meses para ver que si hay algo en extinción en este país ahora mismo es la agenda de Obama y los cantos de sirena de la izquierda socialdemócrata. La ascendencia del conservadurismo norteamericano impulsado por el "Tea Party" queda así constatada en estas elecciones y anuncia el camino para las presidenciales de 2012. Paradigmático del pulso electoral es el caso de Marco Rubio, el nuevo senador de la Florida que encarna ese nuevo dinamismo en la derecha norteamericana.

El hecho mismo de ostentar ahora los republicanos la mayoría en una Cámara pero no en el Senado, pone todavía más responsabilidad en Obama y los demócratas a la hora de mover ficha y deja a los republicanos en una posición perfecta para poner freno al Gran Gobierno e impulsar una agenda de gobierno limitado y responsabilidad fiscal. Se verá ahí entonces por dónde respira Obama en el nuevo horizonte político. Con todo, lejos del triunfalismo, el GOP y en particular John Boehner y su equipo deben actuar sobre los principios que les han llevado a este éxito electoral y deben responder a las demandas ciudadanas liderando un cambio de rumbo en la política norteamericana ligado directamente con el "Tea Party". No caben, pues, carantoñas al presidente ni tratos de medio pelo en los pasillos de Washington, sino la puesta en práctica de auténticas políticas liberal-conservadoras. Si Obama veta sus iniciativas, quedará en evidencia y el GOP estará labrando el camino para recuperar la presidencia en dos años.

Los grandes derrotados de estas elecciones, por tanto, son Obama y los demócratas, incluidos Nancy Pelosi y Harry Reid (aunque ambos hayan mantenido sus escaños). Está todavía por ver si Pelosi seguirá ahí y si a Reid no le saldrán contrincantes en su propio partido para liderar el Senado. En cualquier caso, estos y los que hoy han perdido estas elecciones son los que durante estos años han venido insultando al "Tea Party" y al GOP llamándolos extremistas, ultraconservadores, nazis, fascistas y toda clase de falsedades. Pero hoy el pueblo norteamericano, "We the People...", ha dejado muy claro que Estados Unidos es un país que repudia las agendas políticas socialdemócratas y que se ubica cómodamente y sin complejos en la derecha liberal-conservadora. Caída la máscara de Obama, su agenda política queda derrotada en una noche histórica que debe tener su segunda parte en noviembre de 2012.


Alberto Acereda es catedrático universitario en Estados Unidos y director de The Americano.

Libertad Digital - Opinión

De odios y fobias anticristianas. Por Hermann Tertsch

Ese coro es incapaz de emitir una palabra de condena ante la monstruosidad de la muerte.

«INSURGENTES» llamaba el locutor de una televisión española a los terroristas de Al Qaeda que asaltaron la iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Bagdad en la víspera de la Festividad de Todos los Santos en Bagdad. Para después proseguir con el relato coherente que nos explicaba que fue el intento de rescate por parte de las fuerzas de seguridad iraquíes la causa de que allí murieran al menos 58 personas, la mayoría mujeres y niños. Para que nos entendamos, los responsables de la matanza hay que buscarlos entre quienes ordenaron liberar a los rehenes, sólo en segundo término por los «insurgentes» que los tomaron como tales. A este tipo de aberraciones conduce esa pócima tóxica de irreprimible simpatía por todos los enemigos de «los invasores» de Irak y la fobia hacia todo lo cristiano que alcanza en nuestro país carácter patológico en un izquierdismo auspiciado por el partido gobernante. La organización terrorista Al Qaeda amenaza a todos los cristianos y exige que se le entregue a mujeres convertidas al cristianismo, unas monjas y otras no. Pretende que son retenidas contra su voluntad. Está perfectamente claro lo que quieren hacer con ellas. «Que sepan estos infieles y a su cabeza el Vaticano que la espada de la muerte no se va a levantar de los cuellos de sus seguidores hasta que (el Vaticano) anuncie que no tiene nada que ver con lo que hacen los perros de la Iglesia egipcia» dice. E insiste en la amenaza al Vaticano. Si no se pliega a sus exigencias, «se abrirán las puertas de la destrucción y los mares de sangre». En esto se confunden Al Qaeda, tan acostumbrada a que algunos, el Gobierno español a su cabeza, acaten sus órdenes. Pedirle al Vaticano que se distancia de la milenaria iglesia copta, tan romana como Roma misma, es como exigirle la abolición de la curia. Los intentos de borrar la huella del cristianismo de la región donde surgió, Oriente Medio, no son nuevos. Pero está claro que en Irak el radicalismo islamista cree poder lograrlo a corto plazo. Un tercio de los más de 800.000 cristianos han huido del país desde el año 2003. Si trágica es esta evolución, no deja tampoco de serlo el hecho de que no haya voz alguna del islam moderado que llame a acabar con esta tropelía criminal. Por unas caricaturas en parte falsas, todos los imanes del mundo islámico desde Marraquech a Yakarta se ponen de acuerdo de inmediato en llamar a sus fieles a rugir indignados, ante la matanza del 31 de octubre y en general ante la tragedia cristiana en Oriente Medio la indiferencia es absoluta.

La fobia al cristianismo forma extrañas alianzas. La «comprensión» que demuestra el izquierdismo anticlerical militante hacia las diferentes formas de coacción y despotismo que emanan del islamismo llevan a algunos socialistas a defender hasta el uso del «burka». Y para qué hablar del silencio del coro feminista en nuestro país ante la anunciada ejecución por lapidación u horca de la iraní Shakineh Ashtiani, que a la hora de escribir estas líneas esperaba su muerte inminente. Ese coro, omnipresente en su desatada indignación cuando se trata de condenar una mera grosería, es incapaz de emitir una palabra de condena ante la monstruosidad de la condena y la muerte. Pero no se sorprendan. Conozco ya a algún testigo de afirmaciones del presidente Zapatero ante políticos europeos jactándose de ser el principal enemigo de la Iglesia en España. Debe ser por eso por lo que no acudirá a ninguno de los actos que celebrará el Papa Benedicto XVI este fin de semana en Santiago y Barcelona. No vaya a molestar a sus correligionarios que organizan las burlas y demás ofensas al Papa previstas para estos días. Cuando quiere una buena ceremonia religiosa, se va con su amigo Erdogán a celebrar el Bairam del Ramadán.

ABC - Opinión

Elecciones EEUU. ¿Las barbas a remojar?. Por Rafael L. Bardají

Si hay un mensaje claro que emerge de los votantes y candidatos del Tea Party es que a los conservadores de todo el mundo no debe temblarles la mano. A la hora de defender lo que creen; a la hora de estar orgullosos de lo que dicen ser.

El terremoto electoral americano de este martes está claro: los votantes han repudiado nítidamente las políticas radicales de su presidente, Barack Hussein Obama, que han juzgado demasiado alejadas de las esencias de Estados Unidos. Así, aunque los republicanos no han logrado la mayoría en el Senado, han obtenido una victoria histórica en la Cámara Baja y en número de gobernadores electos. Esos son datos indisputables.

Lo que no está tan claro son las implicaciones políticas de esta derrota demócrata. ¿Presagia que Obama será presidente de un solo mandato como Jimmy Carter? Quienes eso creen basan sus juicios en dos supuestos: el primero, que mientras la economía no mejore y Obama se empeñe en defender el déficit y el gasto público como el mejor remedio ante la crisis, los demócratas están acabados; el segundo, que los republicanos han aprendido la lección y no caerán en la tentación de hacer lo que han venido haciendo en los últimos años: ser cómplices en la expansión del gobierno en abierta contradicción con sus raíces ideológicas.

Pero precisamente quien ha votado por los republicanos porque no había otra opción, habida cuenta del férreo sistema bipartidista, aunque en sintonía con los principios que han venido defendiendo los promotores del Tea Party, ven su apoyo al Partido Republicano como algo condicional. Les han votado para preservar las esencias políticas, y de seguridad de Estados Unidos pero con ese claro mandato. Si retornan a sus prácticas de defender una cosa y votar la contraria, de no querer frenar el aumento de los impuestos o luchar por reducir el gasto público, entre otras cosas, será complicado garantizar que sus votantes les seguirán fieles en las presidenciales del 2012.


Y es que aunque la economía –la política económica de Obama, no la crisis–ha revoloteado sobre estas elecciones, el respeto a los valores constitucionales, al sistema político, a la libertad de elegir libremente sin imposiciones del gobierno, han sido asuntos que han movilizado a buena parte del electorado. Si dentro de dos años quienes han votado hoy para repudiar a Obama se sienten también traicionados por el establishment republicano, buscarán nuevas alternativas.

En España estas elecciones han despertado una inusitada expectación. Sin duda no tanto porque se sigan los entresijos electorales de Alaska o Nevada, por citar dos casos, sino porque se cree –o se quiere creer– que el fenómeno del Tea Party es replicable en nuestro país. Y es verdad que entre Estados Unidos y España hay muchas cosas en común: un presidente que se considera un desastre nacional; una situación económica empeorada por las malas decisiones del Gobierno; una oposición de la que se espera más acción e ilusión; y un monumental cabreo nacional por una miríada de razones, desde el déficit a la prohibición de los toros en Cataluña, en nuestro caso.

Y los socialistas tendrían sobradas razones para estar preocupados con las posibles lecciones a aprender del resultado electoral americano, a pesar de las distancias. Culpado de haber generado muchos de los problemas, el apoyo directo de Obama a los candidatos demócratas ha resultado más negativo que positivo. Y eso puede muy bien pasar en España con Zapatero. Igualmente, los socialistas españoles se pueden convencer de que la batalla por el centro la tienen perdida, como sus homólogos americanos, y se escorarán aún mas había el radicalismo y, para justificarse, pondrán en marcha otra vez las campañas del miedo al dóberman que viene. Lo bueno es que se equivocarán como se han equivocado los demócratas.

En el Partido Popular pueden estar más tranquilos. Sus estructuras no permiten el lanzamiento de candidatos como los del Tea Party en América. Aquí, por desgracia, no cabe esperar figuras como Marco Rubio, Rand Paul o Ron Johnson. Pero al mismo tiempo deben ser muy conscientes de que el voto de castigo al Gobierno de turno es un voto no sólo condicional sino muy volátil. Y en ese sentido si los votantes españoles le otorgan su confianza al PP en marzo del 2012 o cuando se convoquen las próximas elecciones generales, será, en palabras de Marco Rubio, "una segunda oportunidad". Pero claramente para hacer lo que hay que hacer y no sucumbir a las presiones.

Si hay un mensaje claro que emerge de los votantes y candidatos del Tea Party es que a los conservadores de todo el mundo no debe temblarles la mano. A la hora de defender lo que creen; a la hora de estar orgullosos de lo que dicen ser.


Libertad Digital - Opinión

Cambio de marea. Por José María Carrascal

El pueblo norteamericano ha hablado alto y claro, y ha dicho que no le gusta cómo le estaban gobernando.

EL único consuelo de Obama es que pudo ser peor. Pudo perder también el Senado, lo que le hubiese dejado maniatado para gobernar. Pero lo retuvo por los pelos, mientras en el resto la derrota fue clamorosa. Una marea conservadora barrió la Cámara de Representantes y los gobiernos de los Estados, dando a la republicanos una capacidad que antes tenían los demócratas. El pueblo norteamericano ha hablado alto y claro, y ha dicho que no le gusta cómo le estaban gobernando.

¿Qué puede hacer Obama ante ello? Tiene dos caminos: echar la culpa a la oposición de no poder gobernar o adaptarse a la nueva situación. ¿Cuál es la nueva situación? Lo se voy a explicar con sus ejemplos: el nuevo speaker de la Cámara Baja es un oscuro hombre de Ohio, John Boehner, con once hermanos, que fregó suelos, lavó platos, no fue a Harvard, sino a un modesto college, con la consigna «hay que devolver América a los americanos». El segundo, son las tres advertencias de Evan Bay, uno de los demócratas que dejan el Senado, a su partido: «Bajar los impuestos, atacar el déficit y acercarse al centro». Es exactamente el mensaje que envió ayer el pueblo norteamericano a su gobierno: déjate de repartir riqueza —que está desapareciendo— y concéntrate en la creación de la misma. Y para crear riqueza, la iniciativa privada es mejor que la gubernamental. Los déficit son una hipoteca para el futuro y para los hijos. Y nada de elitismos. El norteamericano medio es centrista, que se ve hoy abandonado. Esos han sido los tres pecados de la administración Obama y lo que le llevó al revolcón de ayer.


Obama puede hacer caso de esa advertencia o ignorarla. De ello dependerá que sea reelegido o no en 2012. Mucho apunta de que lo hará, se bajará a la calle y se pondrá a crear empleo, que es lo que desde allí se pide. De hecho, ha empezado ya a hacerlo, al ofrecer colaboración a los republicanos. Pero tendrá que hacerlo con hechos, no con palabras, y sin titubeos. Porque si sigue con una agenda socialdemócrata, se equivocó de país. Eso puede funcionar en Europa, no en Estados Unidos. E incluso en Europa está, de capa caída.

Por último: las elecciones de ayer encierran también una advertencia para los republicanos. Aunque la marea es hoy conservadora, si la llevan al extremo puede conducirles a cometer los mismos errores que los demócratas. El triunfo del Tea Party es más aparente que real, ya que han sido sus candidatos radicales que se presentaron en algunos Estados como tercer partido quienes impidieron al candidato republicano alcanzar la victoria, y a su partido, la mayoría en el Senado. Y es que la mayoría norteamericana es de centro. De centro derecha.


ABC - Opinión

PP. La agenda oculta. Por Cristina Losada

Les acusarán de querer privatizar la sanidad, la educación, las carreteras y hasta el aire. Les sacarán la "agenda oculta", de inexistencia indemostrable. Y lo único que podrá seguir demostrando el PP es que carece de una agenda pública sólida.

La "agenda oculta", anglicismo con el que se designa la existencia de un plan o un propósito no declarado, es un tema clásico del thriller político que acaba de resucitar el Gobierno remodelado. Estos días, sus portavoces advierten, excitados, de que el partido de la oposición guarda, bajo siete llaves, todo un programa. Como los de Rajoy han sido parcos, cuando no confusos, acerca de sus propuestas, el hecho de que tuvieran, no importa dónde, un programa completo y detallado sería, en realidad, una buena noticia. Pero los socialistas, como es natural, desean difundir la noción de que el PP lo esconde a causa de su esencial contenido perverso. Estamos ante un bonito argumento circular. No se puede demostrar que existe, puesto que es secreto, pero como es secreto tampoco se puede demostrar que no existe.

González Pons ha atribuido a Guerra la autoría de esa estratagema, pero los socialistas, entonces como ahora, se limitan a explotar un filón tan antiguo como el hambre. Siempre hay predispuestos a creer en planes ocultos, igual que en poderes en la sombra y manos misteriosas que mueven los hilos, llámense Sabios de Sión, Trilateral o equis. Y aunque esa creencia no conoce fronteras políticas, la izquierda se ha entregado a ella con especial placer. De hecho, el marxismo se propugnaba como único pensamiento capaz de penetrar bajo el barniz de lo percibido y de llegar, así, a la verdad escondida y más profunda. Era, como escribe Paul Johnson, una suerte de gnosticismo. El mundo no es lo que parece. Y, según alertan los socialistas, el PP tampoco.

Ya puede Pons llorar por los pensionistas, ya puede proclamar Cospedal que el PP es el partido de los trabajadores, ya pueden acusar a coro a Zapatero de haber infligido el mayor recorte social de la democracia. Ya pueden que no pueden. Puestos a competir por la "agenda social" con los profesionales de ese negociado demagógico, no podrán ganar nunca. Les harán decir, como han hecho, que su modelo es el ajuste de Cameron, "el mayor tijeretazo al Estado de bienestar desde la II Guerra Mundial". Les acusarán de querer privatizar la sanidad, la educación, las carreteras y hasta el aire. Les sacarán la "agenda oculta", de inexistencia indemostrable. Y lo único que podrá seguir demostrando el PP es que carece de una agenda pública sólida.


Libertad Digital - Opinión

Poleo Party. Por Ignacio Camacho

Los sucedáneos del Tea Party sólo conducen a la agitación del espantajo ultramontano que necesita la izquierda.

EL Tea Party no existe en España ni podrá existir mientras en el Partido Popular no haya elecciones primarias, pero esto no evita que algunos traten de tomarlo como modelo para constituir grupos de presión destinados a entorpecer el proyecto de centro que trata de construir Mariano Rajoy (con graves errores tácticos, por cierto, como el de la ya célebre y pardilla entrevista-boomerang que la maquinaria propagandística de Rubalcaba ha convertido en arma arrojadiza). Desde que el aznarismo perdió su rumbo moderado para involucrarse en una deriva seguidista de los neoconservadores americanos, en la derecha española no han dejado de surgir intentos de desestabilizar el único discurso que ha sido capaz de levantar una mayoría social frente a la dominancia histórica de la izquierda, y que no es otro que el de una oferta de amplio espectro entre la socialdemocracia y el liberalismo. Cuando no ha sido desde el integrismo católico ha sido desde un alborotado fundamentalismo economicista o desde una interpretación cerrada y ultramontana del hecho nacional; a veces los tres vectores han convergido a la vez para sabotear la posibilidad de que el PP vuelva a ser el partido atrapalotodo —all catch party— que logró la única mayoría absoluta no socialista en treinta años de democracia. El destino del moderantismo español parece siempre sometido a la tensión de los propios demonios familiares de una derecha que no necesita adversarios para dilapidar sus escasas oportunidades de gobierno.

En un país sometido a la hegemonía moral e intelectual de un sedicente progresismo que identifica como tabúes los conceptos de conservador, derechista o incluso liberal, las encuestas señalan de modo recurrente el predominio de un electorado mayoritario que gusta de situarse a sí mismo en la definición de centro-izquierda. Con ese panorama la victoria de cualquier alternativa de corte distinto sólo puede producirse por abandono, renuncia o desengaño de los votantes del Partido Socialista, beneficiario del espectro político más solicitado. Cualquier acento «desacomplejado» —ése es el término que más gusta a quienes no son aficionados a refrenar sus impulsos extremistas— en el programa del centro-derecha desequilibra la percepción de la opinión pública hacia un temor antiautoritario que permanece en el subconsciente de la sociedad, y vuelve a movilizar la coalición de intereses que va desde el socialismo a los antisistema pasando por los nacionalistas. Las emulaciones más o menos sucedáneas del Tea Party sólo conducen a la favorable agitación del espantajo retrógrado que, bien agitado por una eficacísima propaganda, suele proporcionar a la izquierda la pintura que necesita para dibujarle al proyecto centrista un falso retrato de involución cavernaria.

En ésas estamos. Ganar elecciones siempre es difícil, pero cada cual está en su derecho de elegir el mejor modo de perderlas.


ABC - Opinión

‘MinisTrini’ se estrena con un nuevo capítulo de humillación patria. Por Federico Quevedo

Reconozcamos que había cierta expectación por comprobar como daba sus primeros pasos la nueva titular de Exteriores, Trinidad Jiménez -también conocida por minisTrini o por ‘cómo llegar a ministra tras perder hasta la cartera’-, después de que la semana pasada la UE diera al traste con la pretensión española de acabar con la Posición Común sobre Cuba. ¿Y qué ha hecho? Pues eso a lo que estamos acostumbrados: aceptar sin rechistar un nuevo capítulo de humillación colectiva patria delante de sus narices y de las del indeseable ministro de Exteriores marroquí, Taieb Fassi-Fihri, culpable del desaguisado. Me explico, ambos ministros comparecían en rueda de prensa después de haber mantenido una reunión conjunta, y el diplomático alauita aprovechó la circunstancia para insultar a los periodistas españoles, por un lado, y no hacer ni puñetero caso a las falsas acusaciones que este fin de semana sirvieron de apertura en todos los telediarios del reino, según las cuales un guardia civil habría matado de un disparo a bocajarro a un adolescente musulmán en Melilla.

Dos cuestiones graves, muy graves, que empañan aún más la ya complicada relación diplomática entre los dos países, siempre turbia por culpa de la arrogancia alauita y la debilidad española, sobre todo en estos años de gobierno de Rodríguez, en los que ha primado el buenismo y la complacencia, es decir, la cobardía, en esas relaciones. El titular de Exteriores marroquí se quejó delante de la ministra de la prensa española, de cómo elaborábamos nuestras informaciones y, sobre todo, nuestras opiniones, sin tener en cuenta la versión oficial. Nos acusó de cometer excesos y de confundir nuestros deseos con la realidad. Menos mal que los compañeros presentes protestaron, porque lo que es la ministra se limitó a asegurar que no compartía esas opiniones, pero que las respetaba… ¡Pero cómo que las respetaba! ¿Ahora se respetan las actitudes intolerantes, los ejemplos de totalitarismo, las manifestaciones de fascismo fundamentalista, o solo cuando se trata del Gobierno de Marruecos? Porque, cuando se trata de insultar a gobiernos de centro-derecha, a Rodríguez y los suyos les sobran palabras, y sino vean ustedes como están poniendo de vuelta y media al Gobierno de James Cámeron por sus medidas anticrisis.
Y nosotros bajándonos los pantalones y aceptando todas las afrentas, todos los insultos y todas la soflamas de ese Gobierno corrupto y totalitario. ¿A cambio de qué, señor Rodríguez? O mejor dicho, ¿por qué? ¿Qué le debe usted a Marruecos?
Pero que además el Ejecutivo de Marruecos se permita el lujo de no denunciar la manipulación informativa y el embuste con el que se ha sembrado la sospecha sobre una de nuestras instituciones más respetables, la Guardia Civil, debería ser objeto de una protesta formal y firme de nuestro Gobierno, que encima permite que el sátrapa alauita nos tome el pelo retrasando sine die la presencia de su embajador en nuestro país. Y nosotros bajándonos los pantalones y aceptando todas las afrentas, todos los insultos y todas la soflamas de ese Gobierno corrupto y totalitario. ¿A cambio de qué, señor Rodríguez? O mejor dicho, ¿por qué? ¿Qué le debe usted a Marruecos, señor presidente del Gobierno, para que sigamos haciendo el ridículo de la manera más humillante y denigrante posible? El ministro de Exteriores marroquí se permite el lujo de venir a Madrid a insultar a la prensa, a dejar sembrada la sospecha sobre la Guardia Civil y a mentir sobre las razones por las que su país no permite la entrada de periodistas en el campamento saharaui de Agdaym Izik, en las afueras de El Aaiún, y nuestra ministra de Exteriores asiste a este humillante ejercicio de prepotencia con su sempiterna sonrisita.

Espero que esto dure poco, porque vamos a acabar en el estercolero de la ONU…


El Confidencial - Opinión

Benedicto XVI. Comecuras. Por José García Domínguez

Llámese doctor Ratzinger o Perico de los Palotes, aquí, al que ose piar en tono discordante procede machacarlo; fulminarlo; pisotearlo como a una cucaracha, si no pudiera ser de obra, al menos de palabra.

Las airadas proclamas iconoclastas de tanto comecuras a cuenta de la visita del Papa a uno le recuerdan lo que contaba Pío Baroja sobre un tal Morote. Al parecer, el Morote en cuestión no cesaba de pontificar en periódicos y gacetillas de la época contra la generación del 98. Pues, según él, ninguno de aquellos autores habría sabido componer obras populares que llegasen a las masas. Aunque acto seguido añadía que su influencia sobre el país fue nefasta. Quedaría en el misterio, sin embargo, cómo pudo ser tan terrible el efecto de unos escritos que no leyó nadie. Y es que en España, a decir de don Pío, rige una herencia ancestral que ordena no conformarse con rechazar cualquier doctrina o corriente que se tenga por hostil.

Llámese doctor Ratzinger o Perico de los Palotes, aquí, al que ose piar en tono discordante procede machacarlo; fulminarlo; pisotearlo como a una cucaracha, si no pudiera ser de obra, al menos de palabra. Así, siguiendo el magisterio de Morote, hay que propalar que al díscolo nadie le hace caso, que es un necio, un inepto, y que su prédica carece de ascendiente alguno sobre el común. Mas, al tiempo, urge dar la voz de alerta sobre su muy siniestra influencia entre la población. Como ese estadista de Hospitalet, el cesante Corbacho, que acaba de afear a la Iglesia el "haber intentado muchas veces imponer sus criterios contra la voluntad soberana del pueblo".

Y por qué no lo habrá conseguido nunca, cabría preguntarse. ¿No será, acaso, porque se limita a tratar de convencer de la bondad de sus postulados al pacífico, democrático y muy civilizado modo? En fin, sea como fuere, lo que en verdad ha de parecer intolerable provocación a Corbacho es eso de que los católicos se empecinen en seguir la doctrina de Cristo. Un delito de lesa posmodernidad que igual ha denunciado un Ricard Gomà, regidor paleocomunista de Barcelona, al deponer que "Ratzinger es la cara más rancia y más oscura de la Iglesia". "Parece un cura", le faltó añadir. Vaya usted a saber, quizá esperase de Benedicto XVI un canto a la poligamia, la ablación del clítoris y las gansadas de Carod con la corona de espinas. Cuánto Morote suelto, Señor.


Libertad Digital - Opinión

Barack Obama, una música diferente. Por José Mª de Areilza Carvajal

«Henry David Thoreau, uno de los escritores que mejor formularon el individualismo del alma americana, escribió: «Si un hombre no camina al mismo paso que sus compañeros, tal vez es porque oye una música diferente».

BARACK Obama llegó a la Casa Blanca hace diecinueve meses dispuesto a inaugurar una nueva etapa de la política americana. Tras una campaña perfecta, logró la victoria en buena medida por su capacidad de entender la situación económica mejor que su rival republicano e inspirar moderación y unidad. Pretendía dejar atrás una presidencia que en ocho años dividió el país en dos bloques antagónicos, arruinó la economía y desprestigió la proyección de la superpotencia en el mundo. A cambio, las expectativas creadas en torno a la figura carismática del primer jefe de Estado perteneciente a una minoría racial en la historia de Estados Unidos fueron exageradas, rayando en el culto a la personalidad y la idolatría. Igualmente desmesurada fue la magnitud de los problemas que heredó —dos guerras y una economía al borde del colapso—.

El nuevo presidente decidió cumplir de modo inmediato con su programa de reformas (sanitaria, financiera, becas para estudiantes, rebajas de impuestos para clases medias y por supuesto el paquete de estímulo económico). Al no poder pactar con un partido republicano dispuesto a hacer una oposición frontal, optó por aprovechar la ventaja demócrata en el legislativo. Durante este año y medio, la actuación política del presidente Obama en ocasiones ha puesto de manifiesto su inexperiencia, por ejemplo en su primer intento de conseguir un valioso pacto sanitario sin tener en cuenta el vuelco que podía suponer la pérdida del escaño demócrata en Massachusetts.


Esta limitada experiencia de Obama ya había sido detectada a lo largo de la campaña presidencial, aunque en dicho contexto era una ventaja, porque permitía construir la utopía, vender frescura y estilo sobre sustancia y encarnar de este modo el sueño americano, siempre orientado hacia un futuro nuevo y mejor. Pues bien, la paradoja de estos meses ha sido que Obama ha logrado reformas no menores y en mayor proporción que la mayoría de los presidentes en su primer mandato, pero sus logros han menoscabado su capacidad de emprender en vez de acrecentarla. En el terreno legislativo, Obama ha actuado sin contar con pesos fuertes en el Capitolio que fueran sus aliados y protegieran su presidencia. En el ámbito de la comunicación, no ha sido capaz de explicar los resultados de sus trabajos, a pesar de sus buenas dotes para la pedagogía política. La pesada herencia recibida de George W. Bush ha acabado por ser un lastre. No solo ha movilizado en su contra a los republicanos, en cuyos márgenes extremos ha surgido un odio fanático hacia su figura, sino que ha desencantado a la izquierda de su partido, impaciente y crítica con la Casa Blanca, a la que acusan de ser demasiado pragmática.

La división en dos mitades del país ha empeorado a medida que el paro ha crecido y se ha extendido la sensación de que la recuperación económica esta vez tarda demasiado en llegar. Los malos resultados de las elecciones legislativas de ayer suponen un revés muy serio para Obama, que es en buena parte responsable del retroceso demócrata. No obstante, como político puro que es, con condiciones extraordinarias para el servicio público, ya ha empezado a reinventarse.

El movimiento del Tea Party, con el que simpatizan cuatro de cada diez votantes, ha marcado estas elecciones. Aglutina a americanos de clase media y baja que han perdido la fe en las instituciones de gobierno de Estados Unidos por el desbocado gasto federal y la angustiosa situación económica. Cuenta con algunos donantes individuales señalados, beneficiados por el reciente fallo del Tribunal Supremo que, en nombre de una mal entendida libertad de expresión, elimina entre otras las restricciones a las contribuciones de las empresas a las campañas electorales. Este movimiento ilustra una vez más la vitalidad democrática de EE.UU. y acentúa al máximo la tendencia libertaria y el discurso individualista, muy presentes en la historia norteamericana. Destacados analistas, como David Brooks, han señalado que no es un movimiento conservador, ya que no presenta programa más allá de la radical reducción del tamaño del Estado y la destrucción de la clase dirigente, como si Washington fuera un nuevo Londres imperial. En este sentido, choca con la tradición republicana de un gobierno federal limitado pero enérgico, cuyo mejor representante fue Abraham Lincoln. Si este movimiento sigue creciendo, puede acabar haciendo igual de daño a los republicanos que al bando demócrata. Tal vez por eso Karl Rove, el veterano estratega que urdió la doble victoria de Bush hijo, ha empezado a criticar a Sarah Palin, la política favorita de los del partido del té, cuyas aspiraciones presidenciales podrían facilitar un segundo mandato del presidente Obama.

El hoy derrotado Obama ha demostrado a lo largo de su vida una gran capacidad de recuperación. Tiene algo de apostador en situaciones difíciles, como ocurrió cuando inició su carrera política en Chicago y no consiguió suficientes votos de afroamericanos, o cuando se presentó a las primarias presidenciales aunque nadie lo tomase del todo en serio. Ya ocupa un sitio en la historia, pero sabe que desde hoy debe hacer todo lo posible para ganar de nuevo en 2012, reconstruyendo la coalición que lo eligió. Necesita afirmar su figura y su visión, de modo que su paso por la política norteamericana no se interprete solo en función del deseo muy extendido de cambio que tuvo lugar al final de la presidencia anterior.

Como hizo Bill Clinton una vez que su partido perdió el control del legislativo en 1994, Barack Obama podría intentar ser en lo sucesivo más presidente, elevarse por encima de los partidos y aprovechar así sus mejores cualidades, aquellas que le llevan a ser un símbolo nacional y un arquetipo de una generación de votantes nuevos, los de la generación del milenio, volcados en la autoexpresión en las redes sociales y decisivos hace dos años. Esta reinvención de Obama no será fácil porque la aguda división del país en dos mitades no deja mucho resquicio para triunfar como estadista moderado y centrista, pero no es imposible. La situación de bloqueo legislativo, con la Cámara de Representantes en manos republicanas y el Senado todavía con mayoría demócrata, le debería permitir desgastarse menos y exponer la falta de un proyecto claro de sus rivales a la hora de tomar medidas económicas y sociales contra la crisis. Mientras expone a los republicanos como el partido del no, esperará la ansiada recuperación económica, clave en los comicios de 2012, y podrá seguir empleando el no despreciable poder regulatorio del Ejecutivo. Las normas y costumbres que regulan la presidencia de Estados Unidos posibilitan además la encarnación en una persona de los ideales de la gran nación norteamericana, en buena parte por la gran responsabilidad que atribuyen al presidente en política exterior y en defensa, y, previsiblemente, Obama dedicará más esfuerzos a estas tareas.

Henry David Thoreau, uno de los escritores que mejor formularon el individualismo del alma americana, escribió a mediados del siglo XIX: «Si un hombre no camina al mismo paso que sus compañeros, tal vez es porque oye una música diferente». Barack Obama tiene esa capacidad para percibir lo nuevo y lo cambiante, pero también para hacer que esa música distinta le lleve otra vez a ser admirado por los suyos.


José Mª de Areilza Carvajal, es titular de la cátedra Jean Monnet-Instituto de Empresa.

ABC - Opinión

Debilitado Obama

La abultada derrota de los demócratas complica sobremanera la agenda del presidente de EE UU.

El resultado de las elecciones legislativas estadounidenses ha confirmado los pronósticos: el Partido Republicano se hace con el control absoluto de la Cámara de Representantes, mientras que los demócratas mantienen una ajustada mayoría en el Senado. El presidente Barack Obama ha sufrido un serio revés que no difiere, salvo en grado, del que hubieron de enfrentar predecesores como Clinton o Reagan; está dentro de la tradición de Estados Unidos que las elecciones de mitad de mandato sean la ocasión para que los ciudadanos expresen su malestar.

Pero en el caso de Obama llama la atención la rapidez con que se ha producido su desgaste político. Sin duda, ha sido víctima de la terrible crisis económica iniciada antes de su llegada a la Casa Blanca. A ello se ha unido un estilo de gobierno en el que algunas de las reformas emprendidas, imprescindibles para afrontar la crisis y evitar en lo posible recaídas futuras, se han interpretado por amplios sectores ciudadanos como indiferencia hacia sus problemas más inmediatos, entre los que el paro -casi el 10%- ocupa el primer lugar. El vapuleado presidente parece haber tomado nota de los puntos débiles y de la frustración de sus compatriotas, a juzgar por su comparecencia de ayer. Obama reconoce que falta eficacia en la lucha contra el paro y se muestra dispuesto a escuchar nuevas ideas y buscar terrenos comunes con los republicanos, también a propósito de su controvertida reforma sanitaria.


Un factor nuevo que ha contribuido al apagón presidencial ha sido el fenómeno del Tea Party, configurado a partir de la derrota republicana en las elecciones de 2008 y articulado sobre una figura hasta entonces marginal como Sarah Palin. Más allá de la victoria de ese movimiento en algunas circunscripciones, su creciente relevancia radica en su demostrada capacidad para radicalizar la agenda política, apoyándose en medios de comunicación afines. Desde la irrupción del Tea Party, Obama se ha visto forzado a abandonar sus iniciales intentos de adoptar iniciativas bipartidistas. El Partido Republicano, por su parte, se ha resignado a seguir la estela de los ultraconservadores.

Los resultados de este martes de noviembre, con una Cámara de Representantes bajo absoluto control opositor, hacen prever una parálisis legislativa que podría marcar el final del periodo reformista de Obama. Falta por ver sus efectos sobre la política exterior, aunque las perspectivas no son esperanzadoras. Las estrategias adoptadas por la Casa Blanca en los asuntos más espinosos heredados de Bush son difíciles de desarrollar sin un consenso interno. El pragmatismo recuperado por Barack Obama podría dejar paso de nuevo a una política exterior fuertemente ideologizada.

El presidente de EE UU dispone de tiempo para reaccionar y aspirar con posibilidades a la reelección, en dos años. Lo que no es seguro, en cambio, es que disponga de suficiente margen político.


El País - Editorial

Obama: una paliza "planetaria"

Hace dos años la mayoría defendía que "el Gobierno debe hacer más para solucionar los problemas"; hoy son mayoría los encuestados que hacen suya la idea de que "el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar hacer a empresas e individuos".

Una "paliza". Así ha tenido Barack Obama que calificar los resultados de los comicios legislativos celebrados este martes en EEUU, que han concedido una amplia victoria al Partido Republicano, al lograr el control en la Cámara de Representantes y avanza seis escaños en el Senado. Y no es para menos: los republicanos necesitaban 39 escaños para hacerse con el control de la Cámara Baja, pero al final se espera que su avance sea de 60 puestos. Un margen de victoria que los republicanos no habían conocido desde la "revolución conservadora" de 1994, cuando llegaron a sumar 53 escaños en la parte del Congreso con mayor responsabilidad en materia económica. Tal vez nada refleje mejor la razón de este cambio a dos escasos años de la proclamación de Obama como presidente que lo que se desprende de los sondeos hechos a pie de urna por el grupo Pew Reserch en ambas ocasiones: mientras en 2008 la mayoría de los encuestados se alineaban con la idea de que "el Gobierno debe hacer más para solucionar los problemas", hoy son mayoría quienes hacen suya la idea de que "el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar hacer a empresas e individuos".

Ciertamente, ha sido el asfixiante intervencionismo y el desatado déficit público llevados a cabo por la administración Obama los que han encendido todas las alarmas. Desde esta perspectiva hay que ver el impulso que el movimiento del "Tea Party" ha dado a favor de este cambio electoral y que ha logrado imponer a algunos de sus candidatos en relevantes victorias, sobre todo en la Cámara Alta, tal y como es el caso de Rand Paul en Kentucky o Marco Rubio en Florida.

Por mucho que la mayoría de los medios de comunicación en España se empeñen en denigrarlo como "radical", este movimiento social no hace más que reivindicar las bases liberal-conservadoras sobre las que se asientan los Estados Unidos, favorables a un gobierno limitado, bajos impuestos y la más amplia libertad individual de los ciudadanos. La política de gasto público, de regulaciones, y de progresiva estatalización no sólo han demostrado su incapacidad para salir de la crisis económica, sino que es vista por una mayoría cada vez más amplia de ciudadanos como un ataque a lo que los Estados Unidos representan y pretenden seguir representando.

Con todo, se equivocarían los republicanos si pretenden apropiarse de lo que significa este movimiento surgido de la sociedad civil para luego traicionarlo con componendas con los demócratas en los dos años que quedan para las próximas elecciones presidenciales. El Tea Party defiende ideas no partidos, y si bien Barack Obama es un sectario del que no cabe esperar que modere su programa socialdemócrata, tampoco es descabellado que los republicanos vuelvan a olvidar por qué y en defensa de qué los ciudadanos les han dado ahora su apoyo.


Libertad Digital - Editorial

Los ciudadanos castigan a Obama

Los norteamericanos le han enviado un mensaje clarísimo para que se preocupe de resolver sus problemas más acuciantes.

BARACK Obama hace bien al asumir toda la responsabilidad de la derrota sufrida por los candidatos demócratas, porque lo sucedido en Estados Unidos ha sido, ante todo, una reacción contra su forma de gobernar, más que un éxito de la campaña desplegada por sus adversarios republicanos, incluidos los activistas del ahora célebre Tea Party. Hace sesenta años que un presidente norteamericano no era objeto de un castigo electoral de esta envergadura, que alcanza elementos tan simbólicos como la pérdida del que había sido su propio escaño de senador en Illinois. El mito político más relevante de las últimas décadas se ha desvanecido a una velocidad de vértigo, generando no tanto indiferencia sino incluso un rechazo militante en una parte de la sociedad que no ha entendido sus razones para emprender una reforma de elementos básicos de las relaciones entre los ciudadanos y el Estado. Se ha dicho que con la herencia que recibió Obama —dos guerras y una crisis económica— era muy difícil haberlo hecho mejor. Lo que no puede decir el presidente es que ignorase la situación que tenía que afrontar cuando se ofreció ante sus conciudadanos para dirigir el país. Otros presidentes antes que Obama también perdieron la mayoría en la Cámara de Representantes (en el Senado, los demócratas la conservan porque solamente estaba en juego un tercio de los escaños), pero nadie antes que él había vinculado su mandato de forma tan emblemática a una serie de políticas que ahora ya no podrá llevar a cabo. Los ciudadanos le han enviado un mensaje clarísimo para que se preocupe de resolver sus problemas más acuciantes y deje de lado esas partes de su agenda que cimentaron su figura política.

Los dirigentes republicanos, por su parte, harían bien en realizar una lectura inteligente de estos resultados, porque la reacción ante el rumbo político adoptado por Obama ha provocado una irritación bien aprovechada por el Tea Party, que a su vez aboga en ciertos aspectos por una reacción política que está tan lejos de la natural alternancia razonable como lo han estado algunas de las iniciativas de Obama. Al apartarse del consenso mayoritario, ha fracasado Obama. Eso mismo puede darles a los republicanos una idea de hacia dónde tampoco sería bueno que llevasen la discusión política.


ABC - Editorial