jueves, 4 de noviembre de 2010

Elecciones EEUU. ¿Las barbas a remojar?. Por Rafael L. Bardají

Si hay un mensaje claro que emerge de los votantes y candidatos del Tea Party es que a los conservadores de todo el mundo no debe temblarles la mano. A la hora de defender lo que creen; a la hora de estar orgullosos de lo que dicen ser.

El terremoto electoral americano de este martes está claro: los votantes han repudiado nítidamente las políticas radicales de su presidente, Barack Hussein Obama, que han juzgado demasiado alejadas de las esencias de Estados Unidos. Así, aunque los republicanos no han logrado la mayoría en el Senado, han obtenido una victoria histórica en la Cámara Baja y en número de gobernadores electos. Esos son datos indisputables.

Lo que no está tan claro son las implicaciones políticas de esta derrota demócrata. ¿Presagia que Obama será presidente de un solo mandato como Jimmy Carter? Quienes eso creen basan sus juicios en dos supuestos: el primero, que mientras la economía no mejore y Obama se empeñe en defender el déficit y el gasto público como el mejor remedio ante la crisis, los demócratas están acabados; el segundo, que los republicanos han aprendido la lección y no caerán en la tentación de hacer lo que han venido haciendo en los últimos años: ser cómplices en la expansión del gobierno en abierta contradicción con sus raíces ideológicas.

Pero precisamente quien ha votado por los republicanos porque no había otra opción, habida cuenta del férreo sistema bipartidista, aunque en sintonía con los principios que han venido defendiendo los promotores del Tea Party, ven su apoyo al Partido Republicano como algo condicional. Les han votado para preservar las esencias políticas, y de seguridad de Estados Unidos pero con ese claro mandato. Si retornan a sus prácticas de defender una cosa y votar la contraria, de no querer frenar el aumento de los impuestos o luchar por reducir el gasto público, entre otras cosas, será complicado garantizar que sus votantes les seguirán fieles en las presidenciales del 2012.


Y es que aunque la economía –la política económica de Obama, no la crisis–ha revoloteado sobre estas elecciones, el respeto a los valores constitucionales, al sistema político, a la libertad de elegir libremente sin imposiciones del gobierno, han sido asuntos que han movilizado a buena parte del electorado. Si dentro de dos años quienes han votado hoy para repudiar a Obama se sienten también traicionados por el establishment republicano, buscarán nuevas alternativas.

En España estas elecciones han despertado una inusitada expectación. Sin duda no tanto porque se sigan los entresijos electorales de Alaska o Nevada, por citar dos casos, sino porque se cree –o se quiere creer– que el fenómeno del Tea Party es replicable en nuestro país. Y es verdad que entre Estados Unidos y España hay muchas cosas en común: un presidente que se considera un desastre nacional; una situación económica empeorada por las malas decisiones del Gobierno; una oposición de la que se espera más acción e ilusión; y un monumental cabreo nacional por una miríada de razones, desde el déficit a la prohibición de los toros en Cataluña, en nuestro caso.

Y los socialistas tendrían sobradas razones para estar preocupados con las posibles lecciones a aprender del resultado electoral americano, a pesar de las distancias. Culpado de haber generado muchos de los problemas, el apoyo directo de Obama a los candidatos demócratas ha resultado más negativo que positivo. Y eso puede muy bien pasar en España con Zapatero. Igualmente, los socialistas españoles se pueden convencer de que la batalla por el centro la tienen perdida, como sus homólogos americanos, y se escorarán aún mas había el radicalismo y, para justificarse, pondrán en marcha otra vez las campañas del miedo al dóberman que viene. Lo bueno es que se equivocarán como se han equivocado los demócratas.

En el Partido Popular pueden estar más tranquilos. Sus estructuras no permiten el lanzamiento de candidatos como los del Tea Party en América. Aquí, por desgracia, no cabe esperar figuras como Marco Rubio, Rand Paul o Ron Johnson. Pero al mismo tiempo deben ser muy conscientes de que el voto de castigo al Gobierno de turno es un voto no sólo condicional sino muy volátil. Y en ese sentido si los votantes españoles le otorgan su confianza al PP en marzo del 2012 o cuando se convoquen las próximas elecciones generales, será, en palabras de Marco Rubio, "una segunda oportunidad". Pero claramente para hacer lo que hay que hacer y no sucumbir a las presiones.

Si hay un mensaje claro que emerge de los votantes y candidatos del Tea Party es que a los conservadores de todo el mundo no debe temblarles la mano. A la hora de defender lo que creen; a la hora de estar orgullosos de lo que dicen ser.


Libertad Digital - Opinión

Cambio de marea. Por José María Carrascal

El pueblo norteamericano ha hablado alto y claro, y ha dicho que no le gusta cómo le estaban gobernando.

EL único consuelo de Obama es que pudo ser peor. Pudo perder también el Senado, lo que le hubiese dejado maniatado para gobernar. Pero lo retuvo por los pelos, mientras en el resto la derrota fue clamorosa. Una marea conservadora barrió la Cámara de Representantes y los gobiernos de los Estados, dando a la republicanos una capacidad que antes tenían los demócratas. El pueblo norteamericano ha hablado alto y claro, y ha dicho que no le gusta cómo le estaban gobernando.

¿Qué puede hacer Obama ante ello? Tiene dos caminos: echar la culpa a la oposición de no poder gobernar o adaptarse a la nueva situación. ¿Cuál es la nueva situación? Lo se voy a explicar con sus ejemplos: el nuevo speaker de la Cámara Baja es un oscuro hombre de Ohio, John Boehner, con once hermanos, que fregó suelos, lavó platos, no fue a Harvard, sino a un modesto college, con la consigna «hay que devolver América a los americanos». El segundo, son las tres advertencias de Evan Bay, uno de los demócratas que dejan el Senado, a su partido: «Bajar los impuestos, atacar el déficit y acercarse al centro». Es exactamente el mensaje que envió ayer el pueblo norteamericano a su gobierno: déjate de repartir riqueza —que está desapareciendo— y concéntrate en la creación de la misma. Y para crear riqueza, la iniciativa privada es mejor que la gubernamental. Los déficit son una hipoteca para el futuro y para los hijos. Y nada de elitismos. El norteamericano medio es centrista, que se ve hoy abandonado. Esos han sido los tres pecados de la administración Obama y lo que le llevó al revolcón de ayer.


Obama puede hacer caso de esa advertencia o ignorarla. De ello dependerá que sea reelegido o no en 2012. Mucho apunta de que lo hará, se bajará a la calle y se pondrá a crear empleo, que es lo que desde allí se pide. De hecho, ha empezado ya a hacerlo, al ofrecer colaboración a los republicanos. Pero tendrá que hacerlo con hechos, no con palabras, y sin titubeos. Porque si sigue con una agenda socialdemócrata, se equivocó de país. Eso puede funcionar en Europa, no en Estados Unidos. E incluso en Europa está, de capa caída.

Por último: las elecciones de ayer encierran también una advertencia para los republicanos. Aunque la marea es hoy conservadora, si la llevan al extremo puede conducirles a cometer los mismos errores que los demócratas. El triunfo del Tea Party es más aparente que real, ya que han sido sus candidatos radicales que se presentaron en algunos Estados como tercer partido quienes impidieron al candidato republicano alcanzar la victoria, y a su partido, la mayoría en el Senado. Y es que la mayoría norteamericana es de centro. De centro derecha.


ABC - Opinión

PP. La agenda oculta. Por Cristina Losada

Les acusarán de querer privatizar la sanidad, la educación, las carreteras y hasta el aire. Les sacarán la "agenda oculta", de inexistencia indemostrable. Y lo único que podrá seguir demostrando el PP es que carece de una agenda pública sólida.

La "agenda oculta", anglicismo con el que se designa la existencia de un plan o un propósito no declarado, es un tema clásico del thriller político que acaba de resucitar el Gobierno remodelado. Estos días, sus portavoces advierten, excitados, de que el partido de la oposición guarda, bajo siete llaves, todo un programa. Como los de Rajoy han sido parcos, cuando no confusos, acerca de sus propuestas, el hecho de que tuvieran, no importa dónde, un programa completo y detallado sería, en realidad, una buena noticia. Pero los socialistas, como es natural, desean difundir la noción de que el PP lo esconde a causa de su esencial contenido perverso. Estamos ante un bonito argumento circular. No se puede demostrar que existe, puesto que es secreto, pero como es secreto tampoco se puede demostrar que no existe.

González Pons ha atribuido a Guerra la autoría de esa estratagema, pero los socialistas, entonces como ahora, se limitan a explotar un filón tan antiguo como el hambre. Siempre hay predispuestos a creer en planes ocultos, igual que en poderes en la sombra y manos misteriosas que mueven los hilos, llámense Sabios de Sión, Trilateral o equis. Y aunque esa creencia no conoce fronteras políticas, la izquierda se ha entregado a ella con especial placer. De hecho, el marxismo se propugnaba como único pensamiento capaz de penetrar bajo el barniz de lo percibido y de llegar, así, a la verdad escondida y más profunda. Era, como escribe Paul Johnson, una suerte de gnosticismo. El mundo no es lo que parece. Y, según alertan los socialistas, el PP tampoco.

Ya puede Pons llorar por los pensionistas, ya puede proclamar Cospedal que el PP es el partido de los trabajadores, ya pueden acusar a coro a Zapatero de haber infligido el mayor recorte social de la democracia. Ya pueden que no pueden. Puestos a competir por la "agenda social" con los profesionales de ese negociado demagógico, no podrán ganar nunca. Les harán decir, como han hecho, que su modelo es el ajuste de Cameron, "el mayor tijeretazo al Estado de bienestar desde la II Guerra Mundial". Les acusarán de querer privatizar la sanidad, la educación, las carreteras y hasta el aire. Les sacarán la "agenda oculta", de inexistencia indemostrable. Y lo único que podrá seguir demostrando el PP es que carece de una agenda pública sólida.


Libertad Digital - Opinión

Poleo Party. Por Ignacio Camacho

Los sucedáneos del Tea Party sólo conducen a la agitación del espantajo ultramontano que necesita la izquierda.

EL Tea Party no existe en España ni podrá existir mientras en el Partido Popular no haya elecciones primarias, pero esto no evita que algunos traten de tomarlo como modelo para constituir grupos de presión destinados a entorpecer el proyecto de centro que trata de construir Mariano Rajoy (con graves errores tácticos, por cierto, como el de la ya célebre y pardilla entrevista-boomerang que la maquinaria propagandística de Rubalcaba ha convertido en arma arrojadiza). Desde que el aznarismo perdió su rumbo moderado para involucrarse en una deriva seguidista de los neoconservadores americanos, en la derecha española no han dejado de surgir intentos de desestabilizar el único discurso que ha sido capaz de levantar una mayoría social frente a la dominancia histórica de la izquierda, y que no es otro que el de una oferta de amplio espectro entre la socialdemocracia y el liberalismo. Cuando no ha sido desde el integrismo católico ha sido desde un alborotado fundamentalismo economicista o desde una interpretación cerrada y ultramontana del hecho nacional; a veces los tres vectores han convergido a la vez para sabotear la posibilidad de que el PP vuelva a ser el partido atrapalotodo —all catch party— que logró la única mayoría absoluta no socialista en treinta años de democracia. El destino del moderantismo español parece siempre sometido a la tensión de los propios demonios familiares de una derecha que no necesita adversarios para dilapidar sus escasas oportunidades de gobierno.

En un país sometido a la hegemonía moral e intelectual de un sedicente progresismo que identifica como tabúes los conceptos de conservador, derechista o incluso liberal, las encuestas señalan de modo recurrente el predominio de un electorado mayoritario que gusta de situarse a sí mismo en la definición de centro-izquierda. Con ese panorama la victoria de cualquier alternativa de corte distinto sólo puede producirse por abandono, renuncia o desengaño de los votantes del Partido Socialista, beneficiario del espectro político más solicitado. Cualquier acento «desacomplejado» —ése es el término que más gusta a quienes no son aficionados a refrenar sus impulsos extremistas— en el programa del centro-derecha desequilibra la percepción de la opinión pública hacia un temor antiautoritario que permanece en el subconsciente de la sociedad, y vuelve a movilizar la coalición de intereses que va desde el socialismo a los antisistema pasando por los nacionalistas. Las emulaciones más o menos sucedáneas del Tea Party sólo conducen a la favorable agitación del espantajo retrógrado que, bien agitado por una eficacísima propaganda, suele proporcionar a la izquierda la pintura que necesita para dibujarle al proyecto centrista un falso retrato de involución cavernaria.

En ésas estamos. Ganar elecciones siempre es difícil, pero cada cual está en su derecho de elegir el mejor modo de perderlas.


ABC - Opinión

‘MinisTrini’ se estrena con un nuevo capítulo de humillación patria. Por Federico Quevedo

Reconozcamos que había cierta expectación por comprobar como daba sus primeros pasos la nueva titular de Exteriores, Trinidad Jiménez -también conocida por minisTrini o por ‘cómo llegar a ministra tras perder hasta la cartera’-, después de que la semana pasada la UE diera al traste con la pretensión española de acabar con la Posición Común sobre Cuba. ¿Y qué ha hecho? Pues eso a lo que estamos acostumbrados: aceptar sin rechistar un nuevo capítulo de humillación colectiva patria delante de sus narices y de las del indeseable ministro de Exteriores marroquí, Taieb Fassi-Fihri, culpable del desaguisado. Me explico, ambos ministros comparecían en rueda de prensa después de haber mantenido una reunión conjunta, y el diplomático alauita aprovechó la circunstancia para insultar a los periodistas españoles, por un lado, y no hacer ni puñetero caso a las falsas acusaciones que este fin de semana sirvieron de apertura en todos los telediarios del reino, según las cuales un guardia civil habría matado de un disparo a bocajarro a un adolescente musulmán en Melilla.

Dos cuestiones graves, muy graves, que empañan aún más la ya complicada relación diplomática entre los dos países, siempre turbia por culpa de la arrogancia alauita y la debilidad española, sobre todo en estos años de gobierno de Rodríguez, en los que ha primado el buenismo y la complacencia, es decir, la cobardía, en esas relaciones. El titular de Exteriores marroquí se quejó delante de la ministra de la prensa española, de cómo elaborábamos nuestras informaciones y, sobre todo, nuestras opiniones, sin tener en cuenta la versión oficial. Nos acusó de cometer excesos y de confundir nuestros deseos con la realidad. Menos mal que los compañeros presentes protestaron, porque lo que es la ministra se limitó a asegurar que no compartía esas opiniones, pero que las respetaba… ¡Pero cómo que las respetaba! ¿Ahora se respetan las actitudes intolerantes, los ejemplos de totalitarismo, las manifestaciones de fascismo fundamentalista, o solo cuando se trata del Gobierno de Marruecos? Porque, cuando se trata de insultar a gobiernos de centro-derecha, a Rodríguez y los suyos les sobran palabras, y sino vean ustedes como están poniendo de vuelta y media al Gobierno de James Cámeron por sus medidas anticrisis.
Y nosotros bajándonos los pantalones y aceptando todas las afrentas, todos los insultos y todas la soflamas de ese Gobierno corrupto y totalitario. ¿A cambio de qué, señor Rodríguez? O mejor dicho, ¿por qué? ¿Qué le debe usted a Marruecos?
Pero que además el Ejecutivo de Marruecos se permita el lujo de no denunciar la manipulación informativa y el embuste con el que se ha sembrado la sospecha sobre una de nuestras instituciones más respetables, la Guardia Civil, debería ser objeto de una protesta formal y firme de nuestro Gobierno, que encima permite que el sátrapa alauita nos tome el pelo retrasando sine die la presencia de su embajador en nuestro país. Y nosotros bajándonos los pantalones y aceptando todas las afrentas, todos los insultos y todas la soflamas de ese Gobierno corrupto y totalitario. ¿A cambio de qué, señor Rodríguez? O mejor dicho, ¿por qué? ¿Qué le debe usted a Marruecos, señor presidente del Gobierno, para que sigamos haciendo el ridículo de la manera más humillante y denigrante posible? El ministro de Exteriores marroquí se permite el lujo de venir a Madrid a insultar a la prensa, a dejar sembrada la sospecha sobre la Guardia Civil y a mentir sobre las razones por las que su país no permite la entrada de periodistas en el campamento saharaui de Agdaym Izik, en las afueras de El Aaiún, y nuestra ministra de Exteriores asiste a este humillante ejercicio de prepotencia con su sempiterna sonrisita.

Espero que esto dure poco, porque vamos a acabar en el estercolero de la ONU…


El Confidencial - Opinión

Benedicto XVI. Comecuras. Por José García Domínguez

Llámese doctor Ratzinger o Perico de los Palotes, aquí, al que ose piar en tono discordante procede machacarlo; fulminarlo; pisotearlo como a una cucaracha, si no pudiera ser de obra, al menos de palabra.

Las airadas proclamas iconoclastas de tanto comecuras a cuenta de la visita del Papa a uno le recuerdan lo que contaba Pío Baroja sobre un tal Morote. Al parecer, el Morote en cuestión no cesaba de pontificar en periódicos y gacetillas de la época contra la generación del 98. Pues, según él, ninguno de aquellos autores habría sabido componer obras populares que llegasen a las masas. Aunque acto seguido añadía que su influencia sobre el país fue nefasta. Quedaría en el misterio, sin embargo, cómo pudo ser tan terrible el efecto de unos escritos que no leyó nadie. Y es que en España, a decir de don Pío, rige una herencia ancestral que ordena no conformarse con rechazar cualquier doctrina o corriente que se tenga por hostil.

Llámese doctor Ratzinger o Perico de los Palotes, aquí, al que ose piar en tono discordante procede machacarlo; fulminarlo; pisotearlo como a una cucaracha, si no pudiera ser de obra, al menos de palabra. Así, siguiendo el magisterio de Morote, hay que propalar que al díscolo nadie le hace caso, que es un necio, un inepto, y que su prédica carece de ascendiente alguno sobre el común. Mas, al tiempo, urge dar la voz de alerta sobre su muy siniestra influencia entre la población. Como ese estadista de Hospitalet, el cesante Corbacho, que acaba de afear a la Iglesia el "haber intentado muchas veces imponer sus criterios contra la voluntad soberana del pueblo".

Y por qué no lo habrá conseguido nunca, cabría preguntarse. ¿No será, acaso, porque se limita a tratar de convencer de la bondad de sus postulados al pacífico, democrático y muy civilizado modo? En fin, sea como fuere, lo que en verdad ha de parecer intolerable provocación a Corbacho es eso de que los católicos se empecinen en seguir la doctrina de Cristo. Un delito de lesa posmodernidad que igual ha denunciado un Ricard Gomà, regidor paleocomunista de Barcelona, al deponer que "Ratzinger es la cara más rancia y más oscura de la Iglesia". "Parece un cura", le faltó añadir. Vaya usted a saber, quizá esperase de Benedicto XVI un canto a la poligamia, la ablación del clítoris y las gansadas de Carod con la corona de espinas. Cuánto Morote suelto, Señor.


Libertad Digital - Opinión

Barack Obama, una música diferente. Por José Mª de Areilza Carvajal

«Henry David Thoreau, uno de los escritores que mejor formularon el individualismo del alma americana, escribió: «Si un hombre no camina al mismo paso que sus compañeros, tal vez es porque oye una música diferente».

BARACK Obama llegó a la Casa Blanca hace diecinueve meses dispuesto a inaugurar una nueva etapa de la política americana. Tras una campaña perfecta, logró la victoria en buena medida por su capacidad de entender la situación económica mejor que su rival republicano e inspirar moderación y unidad. Pretendía dejar atrás una presidencia que en ocho años dividió el país en dos bloques antagónicos, arruinó la economía y desprestigió la proyección de la superpotencia en el mundo. A cambio, las expectativas creadas en torno a la figura carismática del primer jefe de Estado perteneciente a una minoría racial en la historia de Estados Unidos fueron exageradas, rayando en el culto a la personalidad y la idolatría. Igualmente desmesurada fue la magnitud de los problemas que heredó —dos guerras y una economía al borde del colapso—.

El nuevo presidente decidió cumplir de modo inmediato con su programa de reformas (sanitaria, financiera, becas para estudiantes, rebajas de impuestos para clases medias y por supuesto el paquete de estímulo económico). Al no poder pactar con un partido republicano dispuesto a hacer una oposición frontal, optó por aprovechar la ventaja demócrata en el legislativo. Durante este año y medio, la actuación política del presidente Obama en ocasiones ha puesto de manifiesto su inexperiencia, por ejemplo en su primer intento de conseguir un valioso pacto sanitario sin tener en cuenta el vuelco que podía suponer la pérdida del escaño demócrata en Massachusetts.


Esta limitada experiencia de Obama ya había sido detectada a lo largo de la campaña presidencial, aunque en dicho contexto era una ventaja, porque permitía construir la utopía, vender frescura y estilo sobre sustancia y encarnar de este modo el sueño americano, siempre orientado hacia un futuro nuevo y mejor. Pues bien, la paradoja de estos meses ha sido que Obama ha logrado reformas no menores y en mayor proporción que la mayoría de los presidentes en su primer mandato, pero sus logros han menoscabado su capacidad de emprender en vez de acrecentarla. En el terreno legislativo, Obama ha actuado sin contar con pesos fuertes en el Capitolio que fueran sus aliados y protegieran su presidencia. En el ámbito de la comunicación, no ha sido capaz de explicar los resultados de sus trabajos, a pesar de sus buenas dotes para la pedagogía política. La pesada herencia recibida de George W. Bush ha acabado por ser un lastre. No solo ha movilizado en su contra a los republicanos, en cuyos márgenes extremos ha surgido un odio fanático hacia su figura, sino que ha desencantado a la izquierda de su partido, impaciente y crítica con la Casa Blanca, a la que acusan de ser demasiado pragmática.

La división en dos mitades del país ha empeorado a medida que el paro ha crecido y se ha extendido la sensación de que la recuperación económica esta vez tarda demasiado en llegar. Los malos resultados de las elecciones legislativas de ayer suponen un revés muy serio para Obama, que es en buena parte responsable del retroceso demócrata. No obstante, como político puro que es, con condiciones extraordinarias para el servicio público, ya ha empezado a reinventarse.

El movimiento del Tea Party, con el que simpatizan cuatro de cada diez votantes, ha marcado estas elecciones. Aglutina a americanos de clase media y baja que han perdido la fe en las instituciones de gobierno de Estados Unidos por el desbocado gasto federal y la angustiosa situación económica. Cuenta con algunos donantes individuales señalados, beneficiados por el reciente fallo del Tribunal Supremo que, en nombre de una mal entendida libertad de expresión, elimina entre otras las restricciones a las contribuciones de las empresas a las campañas electorales. Este movimiento ilustra una vez más la vitalidad democrática de EE.UU. y acentúa al máximo la tendencia libertaria y el discurso individualista, muy presentes en la historia norteamericana. Destacados analistas, como David Brooks, han señalado que no es un movimiento conservador, ya que no presenta programa más allá de la radical reducción del tamaño del Estado y la destrucción de la clase dirigente, como si Washington fuera un nuevo Londres imperial. En este sentido, choca con la tradición republicana de un gobierno federal limitado pero enérgico, cuyo mejor representante fue Abraham Lincoln. Si este movimiento sigue creciendo, puede acabar haciendo igual de daño a los republicanos que al bando demócrata. Tal vez por eso Karl Rove, el veterano estratega que urdió la doble victoria de Bush hijo, ha empezado a criticar a Sarah Palin, la política favorita de los del partido del té, cuyas aspiraciones presidenciales podrían facilitar un segundo mandato del presidente Obama.

El hoy derrotado Obama ha demostrado a lo largo de su vida una gran capacidad de recuperación. Tiene algo de apostador en situaciones difíciles, como ocurrió cuando inició su carrera política en Chicago y no consiguió suficientes votos de afroamericanos, o cuando se presentó a las primarias presidenciales aunque nadie lo tomase del todo en serio. Ya ocupa un sitio en la historia, pero sabe que desde hoy debe hacer todo lo posible para ganar de nuevo en 2012, reconstruyendo la coalición que lo eligió. Necesita afirmar su figura y su visión, de modo que su paso por la política norteamericana no se interprete solo en función del deseo muy extendido de cambio que tuvo lugar al final de la presidencia anterior.

Como hizo Bill Clinton una vez que su partido perdió el control del legislativo en 1994, Barack Obama podría intentar ser en lo sucesivo más presidente, elevarse por encima de los partidos y aprovechar así sus mejores cualidades, aquellas que le llevan a ser un símbolo nacional y un arquetipo de una generación de votantes nuevos, los de la generación del milenio, volcados en la autoexpresión en las redes sociales y decisivos hace dos años. Esta reinvención de Obama no será fácil porque la aguda división del país en dos mitades no deja mucho resquicio para triunfar como estadista moderado y centrista, pero no es imposible. La situación de bloqueo legislativo, con la Cámara de Representantes en manos republicanas y el Senado todavía con mayoría demócrata, le debería permitir desgastarse menos y exponer la falta de un proyecto claro de sus rivales a la hora de tomar medidas económicas y sociales contra la crisis. Mientras expone a los republicanos como el partido del no, esperará la ansiada recuperación económica, clave en los comicios de 2012, y podrá seguir empleando el no despreciable poder regulatorio del Ejecutivo. Las normas y costumbres que regulan la presidencia de Estados Unidos posibilitan además la encarnación en una persona de los ideales de la gran nación norteamericana, en buena parte por la gran responsabilidad que atribuyen al presidente en política exterior y en defensa, y, previsiblemente, Obama dedicará más esfuerzos a estas tareas.

Henry David Thoreau, uno de los escritores que mejor formularon el individualismo del alma americana, escribió a mediados del siglo XIX: «Si un hombre no camina al mismo paso que sus compañeros, tal vez es porque oye una música diferente». Barack Obama tiene esa capacidad para percibir lo nuevo y lo cambiante, pero también para hacer que esa música distinta le lleve otra vez a ser admirado por los suyos.


José Mª de Areilza Carvajal, es titular de la cátedra Jean Monnet-Instituto de Empresa.

ABC - Opinión

Debilitado Obama

La abultada derrota de los demócratas complica sobremanera la agenda del presidente de EE UU.

El resultado de las elecciones legislativas estadounidenses ha confirmado los pronósticos: el Partido Republicano se hace con el control absoluto de la Cámara de Representantes, mientras que los demócratas mantienen una ajustada mayoría en el Senado. El presidente Barack Obama ha sufrido un serio revés que no difiere, salvo en grado, del que hubieron de enfrentar predecesores como Clinton o Reagan; está dentro de la tradición de Estados Unidos que las elecciones de mitad de mandato sean la ocasión para que los ciudadanos expresen su malestar.

Pero en el caso de Obama llama la atención la rapidez con que se ha producido su desgaste político. Sin duda, ha sido víctima de la terrible crisis económica iniciada antes de su llegada a la Casa Blanca. A ello se ha unido un estilo de gobierno en el que algunas de las reformas emprendidas, imprescindibles para afrontar la crisis y evitar en lo posible recaídas futuras, se han interpretado por amplios sectores ciudadanos como indiferencia hacia sus problemas más inmediatos, entre los que el paro -casi el 10%- ocupa el primer lugar. El vapuleado presidente parece haber tomado nota de los puntos débiles y de la frustración de sus compatriotas, a juzgar por su comparecencia de ayer. Obama reconoce que falta eficacia en la lucha contra el paro y se muestra dispuesto a escuchar nuevas ideas y buscar terrenos comunes con los republicanos, también a propósito de su controvertida reforma sanitaria.


Un factor nuevo que ha contribuido al apagón presidencial ha sido el fenómeno del Tea Party, configurado a partir de la derrota republicana en las elecciones de 2008 y articulado sobre una figura hasta entonces marginal como Sarah Palin. Más allá de la victoria de ese movimiento en algunas circunscripciones, su creciente relevancia radica en su demostrada capacidad para radicalizar la agenda política, apoyándose en medios de comunicación afines. Desde la irrupción del Tea Party, Obama se ha visto forzado a abandonar sus iniciales intentos de adoptar iniciativas bipartidistas. El Partido Republicano, por su parte, se ha resignado a seguir la estela de los ultraconservadores.

Los resultados de este martes de noviembre, con una Cámara de Representantes bajo absoluto control opositor, hacen prever una parálisis legislativa que podría marcar el final del periodo reformista de Obama. Falta por ver sus efectos sobre la política exterior, aunque las perspectivas no son esperanzadoras. Las estrategias adoptadas por la Casa Blanca en los asuntos más espinosos heredados de Bush son difíciles de desarrollar sin un consenso interno. El pragmatismo recuperado por Barack Obama podría dejar paso de nuevo a una política exterior fuertemente ideologizada.

El presidente de EE UU dispone de tiempo para reaccionar y aspirar con posibilidades a la reelección, en dos años. Lo que no es seguro, en cambio, es que disponga de suficiente margen político.


El País - Editorial

Obama: una paliza "planetaria"

Hace dos años la mayoría defendía que "el Gobierno debe hacer más para solucionar los problemas"; hoy son mayoría los encuestados que hacen suya la idea de que "el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar hacer a empresas e individuos".

Una "paliza". Así ha tenido Barack Obama que calificar los resultados de los comicios legislativos celebrados este martes en EEUU, que han concedido una amplia victoria al Partido Republicano, al lograr el control en la Cámara de Representantes y avanza seis escaños en el Senado. Y no es para menos: los republicanos necesitaban 39 escaños para hacerse con el control de la Cámara Baja, pero al final se espera que su avance sea de 60 puestos. Un margen de victoria que los republicanos no habían conocido desde la "revolución conservadora" de 1994, cuando llegaron a sumar 53 escaños en la parte del Congreso con mayor responsabilidad en materia económica. Tal vez nada refleje mejor la razón de este cambio a dos escasos años de la proclamación de Obama como presidente que lo que se desprende de los sondeos hechos a pie de urna por el grupo Pew Reserch en ambas ocasiones: mientras en 2008 la mayoría de los encuestados se alineaban con la idea de que "el Gobierno debe hacer más para solucionar los problemas", hoy son mayoría quienes hacen suya la idea de que "el Gobierno está haciendo demasiadas cosas que es mejor dejar hacer a empresas e individuos".

Ciertamente, ha sido el asfixiante intervencionismo y el desatado déficit público llevados a cabo por la administración Obama los que han encendido todas las alarmas. Desde esta perspectiva hay que ver el impulso que el movimiento del "Tea Party" ha dado a favor de este cambio electoral y que ha logrado imponer a algunos de sus candidatos en relevantes victorias, sobre todo en la Cámara Alta, tal y como es el caso de Rand Paul en Kentucky o Marco Rubio en Florida.

Por mucho que la mayoría de los medios de comunicación en España se empeñen en denigrarlo como "radical", este movimiento social no hace más que reivindicar las bases liberal-conservadoras sobre las que se asientan los Estados Unidos, favorables a un gobierno limitado, bajos impuestos y la más amplia libertad individual de los ciudadanos. La política de gasto público, de regulaciones, y de progresiva estatalización no sólo han demostrado su incapacidad para salir de la crisis económica, sino que es vista por una mayoría cada vez más amplia de ciudadanos como un ataque a lo que los Estados Unidos representan y pretenden seguir representando.

Con todo, se equivocarían los republicanos si pretenden apropiarse de lo que significa este movimiento surgido de la sociedad civil para luego traicionarlo con componendas con los demócratas en los dos años que quedan para las próximas elecciones presidenciales. El Tea Party defiende ideas no partidos, y si bien Barack Obama es un sectario del que no cabe esperar que modere su programa socialdemócrata, tampoco es descabellado que los republicanos vuelvan a olvidar por qué y en defensa de qué los ciudadanos les han dado ahora su apoyo.


Libertad Digital - Editorial

Los ciudadanos castigan a Obama

Los norteamericanos le han enviado un mensaje clarísimo para que se preocupe de resolver sus problemas más acuciantes.

BARACK Obama hace bien al asumir toda la responsabilidad de la derrota sufrida por los candidatos demócratas, porque lo sucedido en Estados Unidos ha sido, ante todo, una reacción contra su forma de gobernar, más que un éxito de la campaña desplegada por sus adversarios republicanos, incluidos los activistas del ahora célebre Tea Party. Hace sesenta años que un presidente norteamericano no era objeto de un castigo electoral de esta envergadura, que alcanza elementos tan simbólicos como la pérdida del que había sido su propio escaño de senador en Illinois. El mito político más relevante de las últimas décadas se ha desvanecido a una velocidad de vértigo, generando no tanto indiferencia sino incluso un rechazo militante en una parte de la sociedad que no ha entendido sus razones para emprender una reforma de elementos básicos de las relaciones entre los ciudadanos y el Estado. Se ha dicho que con la herencia que recibió Obama —dos guerras y una crisis económica— era muy difícil haberlo hecho mejor. Lo que no puede decir el presidente es que ignorase la situación que tenía que afrontar cuando se ofreció ante sus conciudadanos para dirigir el país. Otros presidentes antes que Obama también perdieron la mayoría en la Cámara de Representantes (en el Senado, los demócratas la conservan porque solamente estaba en juego un tercio de los escaños), pero nadie antes que él había vinculado su mandato de forma tan emblemática a una serie de políticas que ahora ya no podrá llevar a cabo. Los ciudadanos le han enviado un mensaje clarísimo para que se preocupe de resolver sus problemas más acuciantes y deje de lado esas partes de su agenda que cimentaron su figura política.

Los dirigentes republicanos, por su parte, harían bien en realizar una lectura inteligente de estos resultados, porque la reacción ante el rumbo político adoptado por Obama ha provocado una irritación bien aprovechada por el Tea Party, que a su vez aboga en ciertos aspectos por una reacción política que está tan lejos de la natural alternancia razonable como lo han estado algunas de las iniciativas de Obama. Al apartarse del consenso mayoritario, ha fracasado Obama. Eso mismo puede darles a los republicanos una idea de hacia dónde tampoco sería bueno que llevasen la discusión política.


ABC - Editorial

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Sospechoso habitual. Por Edurne Uriarte

Parece que el Gobierno no puede negociar aunque quiera. Lo que no quiere decir que no lo intente.

De líder de la paz a sospechoso habitual. Es el recorrido de Zapatero en política antiterrorista. Aunque protagonice un discurso impecable contra ETA como el de ayer en el Senado. Y es que le fallan los hechos y le falla la atmósfera social.
Y una cosa y otra, hechos y atmósfera social, son los que explican el clima de confusión y sospecha en torno a las intenciones del Gobierno con ETA que es dudoso se vea aplacado por el discurso del Senado. Los hechos son Eguiguren y sus contactos con ETA. Los hechos son las múltiples referencias nacionalistas a los contactos entre socialistas y ETA, ¿todas intoxicadoras? Los hechos son los movimientos de Rubalcaba con los presos, incluida la entrevista de Otegi. Los hechos son la insistencia gubernamental en separar Batasuna y ETA, en la línea del propio Otegi. Y los hechos son las creencias de Zapatero sobre la legitimidad y coherencia democrática de la negociación con los terroristas y que ayer mismo reiteró, única incoherencia de su discurso, cuando llamó «proceso de paz» a su anterior negociación.

Y le falla la atmósfera social, que es lo que sobre todo le ha rebajado de líder de la paz a sospechoso habitual. Nada tienen que ver el clima social de 2004 y el de hoy en lo que a ETA respecta. La negociación, que entonces fue vista por una parte de la población como solución a la amenaza, es ahora percibida, sin embargo, como una incomprensible cesión a una banda débil y derrotada. Todo el apoyo mediático-intelectual que tuvo Zapatero en su negociación con ETA ha desaparecido. Ya no queda ninguno de aquellos que habrían dicho de su discurso de ayer que es propio de alguien que no quiere el fin de ETA o que no quiere la paz.

A todo lo que hay que añadir los informes policiales poco esperanzadores. Parece que el Gobierno no puede negociar aunque quiera. Lo que no quiere decir que no lo intente.


ABC - Opinión

El futuro de Zapatero. Por M. Martín Ferrand

En el mundo intestino de los partidos, siempre escaso de grandeza y largo de ambiciones, no es fácil discernir valores.

NOS enseña la experiencia, y lo hace a palos, que el embrollo es algo inseparable de la idea de España. Aún así, los ciudadanos, especialmente los que no son incondicionales devotos de una cofradía política determinada, no suelen tener las ideas claras sobre el sentido y la profundidad de los enredos que arman, y desarman, la realidad pública nacional. Para empezar, y en lo que nos afecta, hay dos grandes modelos de intriga en el uso cotidiano de los partidos políticos. La más frecuente es la que se organiza, siempre con cautela y disimulo, en beneficio propio; pero, en los últimos tiempos, en coincidencia con el decaimiento del zapaterismo, adquiere valores estelares la intriga promovida en perjuicio ajeno. Ni son la misma cosa ni se asemejan sus efectos que, eso sí, son siempre destructivos. La intrincación nunca sirve para construir.

Las intrigas, más las próximas y amicales que las distantes y enfrentadas de la oposición, le han dejado a José Luis Rodríguez Zapatero con el carisma hecho unos zorros. Se le ve doliente y hasta demacrado y, como en los arranques del felipismo, vuelven los «fontaneros» que, con maña y buen sentido, facilitaron el aterrizaje de Felipe González en La Moncloa (en beneficio propio) y la eyección total de Adolfo Suárez (en perjuicio ajeno). La gloria se la llevaron las estrellas, pero el éxito socialista lo construyeron personajes como Julio Feo o Roberto Dorado —equivalentes al Aurelio Delgado de UCD—, que supieron conciliar intereses, darles la vuelta, decir sí donde el no era temerario y viceversa.

En Temas para el debate, la revista cuyo Consejo de Redacción preside Alfonso Guerra, publica este mes un artículo firmado por el citado Roberto Dorado, director del Gabinete de la Presidencia en el felipismo inicial, en el que, apelando al sentido común, el veterano militante le pide al todavía presidente del Gobierno que despeje la incógnita sobre su opción a un nuevo mandato. Dorado entiende que Zapatero debe decidir, ya, su propio futuro porque la situación actual «estimula las maniobras internas y externas». En el mundo intestino de los partidos políticos, siempre escaso de grandeza y largo de ambiciones, no es fácil discernir valores. El apremio del resucitado fontanero felipista, ¿es un buen consejo o una sutil advertencia? Sea lo que fuere, que no es cosa de entrometerse en pleitos familiares, ahí reside el problema de nuestro presente colectivo. Zapatero, Mariano Rajoy y los demás tienen un entendimiento funcionarial de la política que empequeñece su liderazgo. Entienden mejor lo que es una legislatura que lo que significa el futuro.


ABC - Opinión

Educación. Optimistas sin escrúpulos. Por Alicia Delibes

Resultaría que un puñado de optimistas sin escrúpulos quiere construir una sociedad donde hombres y mujeres sean iguales y tropiezan con un obstáculo difícil de solventar y es que los hombres no se comportan de igual forma que las mujeres.

La semana pasada, la comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley del Partido Socialista para regular los juegos en el patio de recreo de los colegios de Primaria, públicos y concertados. El objeto es eliminar los "estereotipos sexistas".

La proposición insta a que "se elaboren e impulsen protocolos de juegos no sexistas para que se implanten y desarrollen en los espacios de juego reglado y no reglado en los colegios públicos y concertados de Educación Primaria", y se solicita que "en cualquier actividad lúdica desarrollada en los citados Colegios de Educación Primaria se eliminen estereotipos que mantengan los roles machistas y se introduzca el concepto de igualdad entre ambos sexos".

El diputado socialista que ha defendido la proposición alega que los juegos de los niños son demasiado violentos y machistas y que si queremos una sociedad más igualitaria hay que acabar de una vez con ese tipo de juegos.


En su último libro, Los usos del pesimismo, el filósofo británico Roger Scruton utiliza el término "optimistas sin escrúpulos" para designar a aquellas personas que cuando buscan soluciones a un problema, imaginan un ideal y apuestan por él con auténtico fervor, sin tomar nunca en consideración el coste de un posible error y sin responsabilizarse de los efectos de sus creencias. Para los optimistas sin escrúpulos, sus críticos no son simplemente individuos equivocados, "son seres diabólicos interesados en destruir las esperanzas de toda la humanidad, y en reemplazar la bondad cordial hacia nuestra especie por un cinismo cruel".

Bien podría ser esta iniciativa parlamentaria del PSOE de regular los juegos de los niños un buen ejemplo al que aplicar la teoría de Scruton. Resultaría que un puñado de optimistas sin escrúpulos quiere construir una sociedad donde hombres y mujeres sean iguales y tropiezan con un obstáculo difícil de solventar y es que los hombres no se comportan de igual forma que las mujeres, a veces porque no quieren y otras porque no pueden. Esos optimistas creen que este comportamiento desigual está en la raíz de un grave problema que atañe a nuestra sociedad: la violencia que algunos hombres ejercen sobre las mujeres con las que se relacionan. Esos optimistas sin escrúpulos creen que esa violencia de carácter machista se puede evitar si hombres y mujeres recibieran la misma educación, una "educación en igualdad" que no puede ser completa si no incluye el control de los juegos de los niños.

Es evidente que la medida que proponen además de ser absurda es liberticida, pero cualquiera se atreve a plantar cara a un "optimista sin escrúpulos" que, como dice Scruton, toman a los críticos con sus medidas como seres diabólicos, enemigos de la esperanza de la humanidad.

Para Scruton "la peor clase de optimismo sin escrúpulos es la que animaba a Lenin y a los bolcheviques, la que les llevó a creer que ellos habían puesto a la humanidad en el camino que conducía a la solución de problema remanentes de la historia y a destruir todas las instituciones y procedimientos que servían para corregir los errores".


Libertad Digital - Opinión

De la esperanza al cabreo. Por José María Carrascal

Los norteamericanos se han hecho más escépticos ante el gobierno, más hostiles hacia las regulaciones

ESCRIBO esta postal mientras se vota todavía en todo el país, por lo que habrá que esperar a la madrugada para tener los primeros resultados. Pero se da por seguro el retroceso demócrata —que será el de Obama— y la única incógnita es el tamaño. Si logran mantener una de las cámaras, sería un empate, buen resultado para ellos. Si pierden las dos, un desastre. Si las retienen, un triunfo. Pocos piensan en esto último.

¿Qué ha pasado en estos dos años para que la escena política norteamericana haya cambiado de ésta forma? Aquella ola optimista que barrió el país en 2008 se ha convertido en indignación hoy. Los norteamericanos se han hecho más escépticos ante el gobierno, más hostiles hacia las regulaciones, más individualistas y más cínicos ante las tesis planetarias, como el mercado global, el cambio climático y la cooperación internacional. ¿Por qué? Pues porque esas eran las ideas de Obama, y no les han traído lo que esperaban: una mejor suerte para ellos y para su país. Al revés, hoy están peor que hace dos años. Lo que se carga en la factura del presidente, pues aquí las responsabilidades se toman muy en serio. No valen excusas: el que ocupa el poder tiene que rendir cuentas. Y si no son satisfactorias, se le pasa factura, que es lo que están haciendo los norteamericanos en este momento: pasar factura a aquellos congresistas, senadores y gobernadores que han contribuido a no sacarles del foso. El cabreo sustituye a la esperanza.


Debaten los analistas si esta explosión de ira es temporal o duradera. Si entramos en otra era conservadora, tras el breve episodio pastoral de Obama, que en 2012 habrá desaparecido. Ahí, las opiniones divergen. Hay quien piensa que la propia furia del Tea Party acabará consumiéndole, una vez que sus miembros, ya en cargos representativos, comprueben que las cosas no son tan fáciles y no den tampoco con la solución. Otros, en cambio, piensan que estamos ante un viraje de largo recorrido, dado el profundo abatimiento que barre el país.

Mucho va a depender de Obama. Tiene dos años para demostrar que no es sólo un hombre que habla bien, se mueve con soltura y da fantástico en televisión, sino que es también capaz de abordar con coraje los grandes y muchos problemas que tiene el país, y vencerlos. Pero, sobre todo, si es capaz de devolver a sus compatriotas aquella esperanza, aquella ilusión que le llevó en volandas a la Casa Blanca, hoy transformada en cólera sorda e intensa. Tiene dos años para demostrarlo y las apuestas no están a su favor. Él dice a sus allegados: «Soy un corredor de fondo. Al final, consigo siempre lo que busco». Pero tendrá que darse prisa. Mucha prisa.


ABC - Opinión

PSOE. Por el pleno empleo (público). Por Pablo Molina

ZP podrá presentarse a las elecciones de 2012 con el aval de haber creado varios cientos de miles de puestos de trabajo, todos ellos naturalmente con cargo al bolsillo de los contribuyentes, que son los únicos empleos que un político es capaz de generar.

Sólo en los tres últimos años el número de funcionarios ha crecido en España un diez por ciento, magnitud muy respetable que de haberse trasladado al mercado laboral en su conjunto hubiera supuesto una disminución del paro en más de un millón y medio de desempleados. Ahí es nada, lo que hubiera presumido Zapatero de haberse creado esa cifra de empleo neto, tan habitual en otras épocas como inalcanzable en cuanto los socialistas llegan al poder.

ZP prometió el pleno empleo en su última campaña electoral y probablemente lo hizo de forma sincera, porque el personaje tiene por costumbre dar por hecho que sus deseos transforman la realidad. Luego constata que ha provocado un desastre con su "optimismo antropológico", pero como las consecuencias las pagan los demás no es algo que parezca preocuparle en exceso. Además, si las empresas "se niegan" a crear puestos de trabajo, el Estado se encargará de paliar el desfase nombrando unas cuantas paletadas más de funcionarios, por supuesto con la colaboración necesaria de unas comunidades autónomas que llevan décadas fuera de toda sensatez.

La proximidad de unas elecciones exacerba la tendencia natural del político a crear funcionarios de la nada, pero si estas son autonómicas y municipales los procesos de selección de la administración adquieren un ritmo febril. No en vano son las autonomías y los municipios, por ese orden, los que más empleo público soportan en la actualidad sin que la cadencia –300.000 nuevos funcionatas en plena recesión económica–, parezca tener la menor intención de atemperarse en función de la crisis atroz que padecemos.

ZP podrá presentarse a las elecciones de 2012 con el aval de haber creado varios cientos de miles de puestos de trabajo, todos ellos naturalmente con cargo al bolsillo de los contribuyentes, que son los únicos empleos que un político es capaz de generar. Es la virtud de sacrificar los grandes objetivos para poder conquistar propósitos más modestos. En España vamos a seguir padeciendo un paro brutal, pero al menos hay algunos sectores que empiezan a mostrar signos muy esperanzadores de recuperación. Nos referimos en concreto a la esfera de los afiliados al PSOE, que en algunas zonas geográficas como Andalucía está ya rozando el pleno empleo tal y como prometió ZP. Que le pregunten a Zarrías. El tiene la receta.


Libertad Digital - Opinión

Obama en prosa. Por Ignacio Camacho

La impresión de estos dos años es que Obama aún no controla el complejo cuadro de mandos de la Casa Blanca.

LLEVABA razón Hillary Clinton, veterana resabiada del poder y sus amarguras, cuando en el duro pulso de las primarias le dijo a Obama que aunque ganase la presidencia con su hermosa lírica electoral llegaría un momento en que tendría que gobernar en la ruda prosa de la responsabilidad y la toma de decisiones. Hay que tener cuidado con las promesas de campaña porque luego es menester cumplir siquiera alguna, y Obama no prometió tanto medidas concretas como sugestivos conceptos retóricos —el cambio, la esperanza, la ilusión— demasiado ambiciosos para ponerlos en la letra pequeña de la gobernanza. La deflación actual de su popularidad tiene que ver con el exceso de las expectativas que creó con aquel discurso iluminado que puso el listón demasiado alto incluso para un atleta de la política.

La impresión de estos titubeantes dos años de obamismo es que el presidente aún no controla el complejo cuadro de mandos de la Casa Blanca. Se ha puesto a tocar botones como un piloto novato y el avión no acaba de enderezar el rumbo. La áspera prosa del poder tiene mucho menos encanto que los carismáticos versos de la candidatura. El encanto de aquel prometedor San Martín de Porres titulado en Harvard se está desvaneciendo entre las dificultades para sacar adelante su programa reformista; los votantes más jóvenes se alejan al comprobar que Fray Escoba no hace milagros y los más maduros se asustan ante las medidas intervencionistas que comprometen el viejo ideal liberal americano. Las inflamadas damas biempensantes del Tea Party le habrían durado al Obama candidato lo mismo que aquella mosca que atrapó al vuelo en una entrevista televisada, pero al Obama gobernante le han creado un notable foco de resistencia con su simple denuncia del estatalismo. El rumbo de la economía no logra enderezarse y al hombre que prometió cambiar el marco político convencional sólo se le ocurren normales recetas de socialdemocracia keynesiana.

Obama sigue siendo un buen político. Muy bueno, mejor que la mayoría. Es un orador convincente y seductor, y mantiene intactas considerables dotes de liderazgo. Su problema es que en el poder se ha enredado con los conflictos de una normalidad rocosa que no puede superar con el aura de superhombre que le rodeó en la campaña. La realidad no obedece sus órdenes ni se doblega ante sus impulsos, y éstos resultan menos sólidos y clarividentes de lo que parecían. Hay una oposición correosa y una sociedad escéptica que no siguen la melodía de una flauta de Hamelin más desafinada de lo previsto. El presidente aún tiene bastante crédito y otros dos años para acabar al menos parte de lo que ha empezado, pero no es un demiurgo capaz de transformar el mundo con una palabra. La brillantez arrasadora de su irrupción era una trampa para él mismo. Obligado a triunfar, ahora ya sabe que ha de limitar su grandilocuente desafío.


ABC - Opinión

Algo es algo. Por Alfonso Ussía

Si esto no lo arregla el imparable atractivo personal de Celestino Corbacho, el socialismo en Cataluña está a punto de darse un batacazo. Pero morrón, y de los gordos, el que se dispone, según las encuestas, a sufrir ERC. Con un canto en los dientes se daría Puigcercós si su formación política obtuviera la mitad de los escaños que hoy cubren los culos independentistas. Si se diera el caso de que CIU no consiguiera la mayoría absoluta, no resulta arriesgado intuir que el Partido Popular adquiriría en Cataluña una importancia que se le ha negado hasta nuestros días. No obstante, ERC no lo pierde todo. Les queda la lanza que un jefe de tribu del Amazonas le regaló al «pueblo de Cataluña» y que Carod-Rovira, receptor del punzane artilugio, se guardó para sí porque en su despacho quedaba muy mona y decorativa. Las cañas se vuelven lanzas, dice el refrán. Y nunca mejor dicho.

ERC, con el entusiasta apoyo del charnego mayor del Reino, se ha gastado el dinero de los contribuyentes catalanes abriendo embajaditas en todo el mundo que no sirven absolutamente para nada. Embajaditas encomendadas a embajadorcitos enchufados carentes de toda representación y eficacia. Un derroche inútil. Se recuerda, con gran regocijo, la oportuna inauguración de la embajadita de Cataluña en Nueva York, el mismo día y a la misma hora que Obama era proclamado en Washington Presidente de los Estados Unidos de América. Uno de los pocos concurrentes a la embajadita reveló que Carod-Rovira y su numeroso séquito se sintieron patrióticamente obligados a comerse todas las butifarras y caracoles que la Generalidad de Cataluña había enviado hasta Nueva York.


Los independentistas –incluyo a los terceros socios de ICV-Los Verdes, que no son otra cosa que los comunistas de toda la vida recubiertos de lechugas–, han mantenido en la presidencia de la Generalidad a un señor de Córdoba que no sabe hacer la «o» con un canuto.
Todo a cambio del protagonismo y acceso a los fondos autonómicos que el señor de Córdoba que no sabe hacer la «o» con un canuto les ha facilitado para dilapidar en tonterías y aldeanismos todos los millones de euros posibles y probables. Los catalanes no son amigos del derroche y el ridículo, y el castigo electoral se veía venir, aunque quizá, no tan contundente. Quien no tenga la fortuna de conocer Cataluña, podría pensar, por la política desarrollada por estos tres desdichados partidos, que aquello es un pueblo, cuando en realidad, es un prodigio de inteligencia, nervio, creatividad y riqueza. La imagen del «Tripartito» –en correcto español habría de escribirse y decirse Tripartido–, ha superado con creces el límite grosero de la gamberrada. Detallar o relacionar los errores políticos, sociales y económicos de este grupo de aprovechados merece el espacio que se reserva a una enciclopedia.

Pasadas las elecciones, es de esperar que con el mismo arrojo que Artur Mas ha demostrado pidiendo a Scarlett Johansson el número de su teléfono móvil, reduzca la intensidad de sus reivindicaciones soberanistas y se convierta en el presidente del Gobierno Autonómico de Cataluña desde una Generalidad renovada y seria. Y sin notarios. Existen muchas probabilidades de que su comodidad en la gobernación dependa de los injustamente tratados como apestados. Y Carod-Rovira, que se quede con la lanza, que algo es algo.


La Razón - Opinión

ETA: obstáculos y responsabilidades. Por Rogelio Alonso

«Es necesario prescindir de elucubraciones sobre un final de ETA del que se desconoce el momento en que se materializará, y que, por tanto, reclama paciencia y constancia en la firme aplicación de la política antiterrorista».

LA polémica sobre el final de ETA evidencia la enorme responsabilidad que políticos y formadores de opinión tienen en la materialización de ese horizonte. Tanto destacados políticos —entre ellos el propio presidente del Gobierno— como influyentes medios de comunicación han alentado erróneas interpretaciones sobre las intenciones de un movimiento terrorista en el que Batasuna sigue aceptando sumisa la disciplina de ETA. Aunque es cierto que el elevado coste que el terrorismo le supone al partido ilegalizado ha generado tensiones con la banda, la adhesión a ETA se mantiene, sin que la continuidad del terrorismo haya sido cuestionada de manera genérica. Las diferencias en torno a la utilidad del terrorismo resultan ser más bien de conveniencia táctica, constituyendo todavía un elemento fundamental de la estrategia terrorista cuya completa desaparición Batasuna evita plantear. Sin embargo, algunos periodistas y políticos han aceptado la propaganda terrorista trasladando una imagen distorsionada de las verdaderas intenciones de ETA y Batasuna. Así ha ocurrido al dar crédito una vez más a las interesadas manifestaciones de dirigentes que vienen escenificando una aparente pero inexistente separación de la organización terrorista.

Con manifiesta torpeza y ausencia de responsabilidad profesional se ha dado credibilidad a las declaraciones de terroristas que no dejan de recurrir a la propaganda para intentar aliviar la profunda crisis en la que se encuentran. Como si el rigor profesional no obligara a desconfiar de fuentes tan interesadas, se han llevado a primera página opiniones del entorno de Batasuna que además han encontrado respuesta por parte de actores democráticos. De ese modo, al ensalzarse la supuesta novedad de una simulada oposición a ETA en el caso de que volviera a matar, se ha manipulado el debate sobre su final. Por un lado se ha ignorado que las fórmulas verbales de distanciamiento con ETA no son una novedad y que en el pasado nunca han sido incompatibles con la sumisión de Batasuna a los dictados terroristas: en 1999 los representantes políticos de ETA firmaron un pacto de legislatura en el que «reiteraron» su «apuesta inequívoca por las vías exclusivamente políticas y democráticas para la solución del conflicto»; en 1998 Otegi aseguraba que «si ETA tuviera la tentación de emplear la violencia para imponer un modelo político y social, seríamos los primeros en denunciarlo».
Al mismo tiempo, se ha ignorado que las declaraciones provenientes del entorno radical asegurando su presencia en las elecciones en absoluto confirman una negociación entre el Gobierno y Batasuna. Diversos son los factores que pueden explicar la lógica desconfianza hacia el Gobierno en esta cuestión, pero ninguna la evidencia irrefutable que confirme que se ha vuelto a incurrir en el error de la primera legislatura de Zapatero. Sin embargo, la tergiversación de las motivaciones terroristas y la publicidad que han recibido sus pronunciamientos han incrementado las sospechas. El precedente de la anterior negociación, negada en público mientras se realizaba en privado, favorece la desconfianza, obligando al Gobierno a redoblar sus esfuerzos para que su declarado compromiso con una política antiterrorista de firmeza cobre mayor credibilidad.

Con este fin el discurso gubernamental podría fortalecerse si enfatizara con claridad principios fundamentales de una política en la que no debe haber el menor atisbo de concesiones a Batasuna, siendo precisamente esta negación de expectativas de éxito la que estimula el final de ETA. Oportuno resultaría subrayar que la ilegalización de Batasuna no puede eludirse con meras fórmulas verbales, por muy contundentes que aparenten ser. Como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos constató en 2009, la ilegalización no obedece únicamente a la negativa de condenar el terrorismo, que también, sino al hecho de que Batasuna ha incitado a recurrir a la violencia, ha propuesto un proyecto político que no respeta las reglas democráticas, y ha perseguido la destrucción y el desprecio de los derechos y libertades que la democracia reconoce.

A la luz de dicha sentencia, no es exagerado pensar que solo en un contexto en el que ETA haya desaparecido por completo podrá considerarse si es posible la participación en democracia de una nueva formación independentista que condene el proyecto político ilegalizado. La gravedad de los actos perpetrados durante décadas exige una intransigencia democrática imprescindible para garantizar que la violación de derechos humanos no reporte beneficios políticos. El pragmatismo político, que a menudo se utiliza para justificar medidas de tolerancia hacia Batasuna en la creencia de que solo así llegará el final de ETA, es precisamente el que aconseja lo contrario, o sea, una política de tolerancia cero contra el terrorismo y la ideología que lo alimenta. Si el Estado admite a Batasuna en el sistema sin la desaparición de ETA, perderá su mejor baza para lograr el final del terrorismo. Las dinámicas terroristas demuestran que si Batasuna obtuviera su legalización mientras mantiene la presencia coaccionadora de ETA, se desincentivaría la renuncia a la amenaza de violencia, pues habría resultado útil. Otras experiencias terroristas confirman que la erradicación del terrorismo se ha visto obstaculizada por la disposición de actores democráticos a recompensar cesiones que fueron presentadas como necesarias para la finalización de la violencia, pero que, en cambio, reforzaron un relato legitimador de la misma asegurando su perpetuación.

De ahí que, al plantearse el fin de ETA, la categórica negativa a aceptar la impunidad de los crímenes terroristas, en el presente o en el futuro, emerja como otra importante exigencia. Constituye además un útil factor para reforzar la confianza mutua entre el Gobierno y la oposición. Las sospechas, algunas razonables, otras infundadas, sobre la repetición del diálogo entre el Gobierno y ETA dañan el necesario consenso antiterrorista, pero también neutralizan la desmoralización y el desistimiento de activistas que ante la expectativa de una hipotética negociación eluden el abandono del terrorismo debido a las dificultades personales que entraña. El Gobierno, a pesar de la determinación y eficacia de su política antiterrorista desde la ruptura de la negociación, debería ser consciente de su déficit de credibilidad a causa de aquella iniciativa que ninguna autocrítica ha motivado. En este sentido, ilustrativo resultaba el comentario de Gara días atrás: «Después de que delegaciones de la izquierda abertzale hayan hablado con partidos y directivos de medios de comunicación del Estado, sale el portavoz parlamentario del PSOE diciendo que “no hay que reunirse bajo ningún concepto con Batasuna”».

En estas circunstancias es necesario prescindir de elucubraciones sobre un final de ETA del que se desconoce el momento en que se materializará, y que, por tanto, reclama paciencia y constancia en la firme aplicación de la política antiterrorista. La incuestionable debilidad de ETA no es sinónimo de una inmediata desaparición del terrorismo, constatación que exige de políticos y formadores de opinión una mayor responsabilidad en su tratamiento. El interés táctico de Batasuna por eludir los costes de la violencia y por rentabilizar la especulación sobre el final de ETA seguirá motivando argucias propagandísticas con las que los representantes políticos de los terroristas intentarán provocar fisuras en la política antiterrorista que les ha llevado al límite de su derrota. El desprecio de esas tácticas y la inequívoca adhesión a una exigencia innegociable, como la desaparición de ETA, sin ningún tipo de impunidad o de privilegios para Batasuna constituyen la mejor respuesta para evitar obstáculos en el final del terrorismo.


Rogelio Alonso, Profesor de Ciencia política de la Universidad Rey Juan Carlos.

ABC - Opinión

Rajoy se explica

El PP decide mostrar algunas cartas sobre sus planes de gobierno a riesgo de perder apoyos.

Desde que los cambios en el Gobierno han animado las alicaídas filas socialistas, el PP ha modulado algo su inflexible decisión de moverse lo menos posible: ha sustituido a Zapatero por Zapatero-Ru-balcaba, ZR, como objetivo de sus ataques; y ha deslizado algunas pistas sobre lo que hará si gana las elecciones. Rajoy ha elegido una entrevista con este periódico para avanzar que su modelo de programa contra la crisis se parecerá al de Cameron y se ha referido a algunas leyes aprobadas en estos años que se propone cambiar si tiene mayoría.

La estrategia de la inmovilidad parte de la constatación de que la ventaja que las encuestas dan al PP se debe menos a un trasvase de votos hacia los conservadores que a la desmovilización del voto de centro-izquierda, tentado por la abstención. Y a la evidencia de que las medidas de ajuste impuestas por la crisis hacen perder votos a chorros a quien las propone. Cameron perdió puntos en las encuestas cuando adelantó algunas, y eso que evitó concretar su alcance, que resultó más drástico de lo previsto.


Pero la acusación de que carecía de otro programa que el "Váyase, señor Zapatero" ha acabado por afectar a un punto débil de Rajoy: su escasa credibilidad. No es solvencia lo que transmite cuando habla de economía y su especialista en la materia, Montoro, no es desde luego comparable a un Rodrigo Rato, por ejemplo. En la tesitura de elegir entre la acusación de carecer de programa contra la crisis y la de tenerlo pero ocultarlo, ha optado por desvelar algunas propuestas en términos bastante genéricos.

Así, critica que Zapatero haya centrado los recortes en salarios de los funcionarios, obra pública y pensiones, pero no dice de dónde recortaría él, dado que asume la prioridad de reducir el déficit. Y apenas roza el dilema (eje del debate en todos los países) entre esa prioridad y la de mantener los estímulos a la recuperación; dice que una bajada de impuestos puede producir más ingresos, pero Cameron subió el IVA nada más llegar a Downing Street.

En materia de derechos sociales, Rajoy dice que corregirá la ley del aborto, que tiene recurrida, en lo relativo a si las menores deben tener la última palabra en la decisión. No le gusta que se llame matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo, como también opinó el Consejo de Estado; pero en lugar de decir que aceptará lo que al respecto decida el Tribunal Constitucional, que deberá pronunciarse sobre el recurso presentado por el PP, se reafirma en su decisión de modificar la norma, lo que ya ha provocado quejas en sectores de su partido.

Es un ejemplo de lo que hasta ahora ha tratado de evitar el PP: tener que concretar medidas que, sobre todo en materia económica, pero no solo, pueden demostrar que, si gana, hará recortes más drásticos que los que han hundido al PSOE en las encuestas. Lo que podría despertar a una parte del electorado socialista.


El País - Editorial

La realidad del "jamás, jamás" de Zapatero

Quien mejor ha dejado en evidencia que utiliza la "paz" de los terroristas en beneficio de su gobierno fue el propio Zapatero al señalar, en El País, que "el proceso de paz", tras la retirada de tropas de Irak, era el "mayor acierto de su mandato".

Si hace una semana tuvimos que recordar la realidad de lo que el portavoz del PSOE, José Antonio Alonso, tuvo la desfachatez de considerar "inimaginable" –esto es que un partido democrático tuviese contactos con los proetarras– hoy nos toca hacer lo propio ante unas no menos hipócritas manifestaciones en las que Zapatero ha asegurado que "jamás, jamás" ha utilizado el terrorismo "desde una perspectiva política, de interés partidista".

Para empezar, hay que tener una inmensa caradura para que alguien que llegó al poder el 14-M de 2004, haciendo frente común contra el PP con los autores del 11-M, con la excusa de que eran islamistas y no etarras sus autores, nos venga ahora diciendo que nunca ha utilizado políticamente el terrorismo en su beneficio. Aquella fue la mayor y más descarada utilización que, en beneficio de los terroristas y en beneficio de su partido, haya hecho un dirigente político de un atentado en la historia reciente del mundo democrático. No hay que extrañarse que, ante tan vomitivo comportamiento, organizaciones islamistas de todo el mundo instaran a los gobiernos aliados a seguir "el ejemplo Zapatero", ni que la organización terrorista ETA tardara nada en pedir públicamente al recién llegado "gestos para Euskalherria tan valientes como los dados en Irak".


Pero dejemos de lado a los galgos y fijémonos en los podencos, no sea que Zapatero diga que su "jamás, jamás" se refiere exclusivamente al terrorismo etarra, como, de hecho, así ha sido al tenor literal de sus palabras de este martes. Pues bien, nos llevaría varios editoriales reproducir los tratos de favor que el Bobierno de Zapatero ha hecho a ETA –colar a los proetarras de ANV y PCTV; prometerle que "todo tendrá cabida, tenga el alcance que tenga"; votación favorable a la negociación en Estrasburgo; resolución no derogada favorable al fin dialogado de la violencia"; prometer "un cambio jurídico-político" en el País Vasco o dar "una salida a los presos"–, todo ello sin más objetivo que ganarse un anestésico electoral y encubrir con los ropajes de la "paz" sus alianzas con los separatistas.

Si Zapatero jamás, jamás se ha "posicionado en la lucha contra ETA en una perspectiva política, de interés partidista", ¿por qué no salió el pasado 25 de julio a desmentir al periodista de El País que, en la entrevista que en esa fecha le hizo, afirma que "en octubre de 2005, 14 meses antes de la bomba en la T-4 de Barajas, el presidente anunció a los representantes de los sindicatos y de la patronal que antes de esas navidades iba a acabar con ETA y que ese triunfo le aseguraría la reelección dos legislaturas más"?

Pero, ¿cómo iba a desmentirlo, si quien mejor ha dejado en evidencia que utiliza la "paz" de ETA en beneficio de su Gobierno es el propio Zapatero al señalar, en esa misma entrevista, que "el proceso de paz", tras la retirada de tropas de Irak, era el "mayor acierto de su mandato"?

Más recientemente, ha sido el secretario general del PSOE, José Blanco, quien afirmaba que "el Gobierno está a punto de acabar con ETA", no sin antes dejar de afirmar que "el PP tiene un capitán que marca el rumbo de una tercera derrota en las elecciones generales, y nosotros tenemos un capitán que nos ha llevado a dos victorias, y no hay dos sin tres".

Finalmente, y por mucho que Zapatero diga ahora que "no debemos, igual que el Gobierno no pretende hacerlo, abrir debates entre nosotros, entre los demócratas", tenemos que recordar que fue su propia y reciente valoración positiva de las declaraciones de Otegui la que reforzó la tesis de que el gobierno volvía a las andadas. Zapatero aun ha tenido la caradura de decir que cuando valoró las proclamas batasunas, "lo primero que dije es que eran insuficientes". Eso es lo grave. Que el calificativo más duro que se le ocurre al presidente del gobierno ante las nauseabundas declaraciones en las que Otegui se sigue negando a reconocer el carácter criminal de ETA es que son "insuficientes". Eso, para renglón seguido, decir que "no caerán en balde".

En conclusión, que Zapatero podrá hacer uso de la mentira tanto como lo requieran sus inconfesables y renovados apaños con los "hombres de paz". Pero que tenga claro que no se puede engañar a todos, todo el tiempo. Eso, jamás, jamás.


Libertad Digital - Editorial

Obama ante el juicio de las urnas

Dos años después de su histórica victoria, Obama ha generado desencanto a sus compatriotas por su intervencionismo.

POCO tiene en común el Barack Obama que se enfrenta hoy a las urnas con el que lo hizo el 4 de noviembre de 2008, logrando una victoria electoral de proporciones históricas. No hay un solo sondeo que haya logrado, hasta ayer, amortiguar el deterioro de la imagen del presidente, del que sus compañeros de filas han huido durante esta campaña como de una plaga bíblica.

Frente a esta evidencia, se ve con frecuencia en los medios de comunicación españoles el fácil recurso a la descalificación de los movimientos políticos que han logrado galvanizar la campaña electoral. Destacadamente al «Tea Party», habitualmente caracterizado como un movimiento de ultraderecha. ¡Qué fácil es la argumentación con etiquetas! Suponiendo que fuese cierto que el gran galvanizador electoral anti- Obama haya sido un movimiento de ultraderecha, habría que preguntarse qué se ha hecho mal en los últimos dos años para que ese movimiento haya surgido de la nada. Por qué tres meses después de que Obama presentara su primer presupuesto empezaron a surgir como setas convocatorias a «tea parties» por toda la Unión, denunciando el incremento del gasto público en un 8,4 por ciento y la predisposición del Gobierno federal a dar subsidios a grandes empresas. Es decir, un movimiento libertario —según la terminología anglosajona, liberal para nosotros— que en nada amenaza los sólidos fundamentos de la gran república norteamericana.

Es cierto que el movimiento del «Tea Party» —que el Partido Republicano ha logrado cautivar a pesar de que ello haya costado el puesto a muchos republicanos de línea oficialista— ha resultado una plataforma idónea para muchos demagogos y radicales que tienen larga vida en la política norteamericana. Mas en nada hay que confundir su papel con el fondo de la cuestión que está en juego. Y esa es que, dos años después de su histórica victoria, Obama ha generado desencanto a sus compatriotas por su intervencionismo, por su empeño en gobernar contra la voluntad manifiesta de los norteamericanos —como demostró con la imposición de su reforma sanitaria— y por su falta de voluntad para atender los mensajes contrarios a su política que el electorado le ha transmitido hasta ahora.


ABC - Editorial

martes, 2 de noviembre de 2010

El Obama pálido. Por Tomás Cuesta

Si los vaticinios se cumplen veremos a Zapatero invocar la desgracia acarreada por una «conjura de extrema derecha».

PINTAN mal las elecciones para Barack Obama. Es previsible que, a lo largo de esta noche, el «terremoto político» que viene anunciando Sarah Palin provoque más de una lipotimia en los despachos de Washington. De la esperanza al desengaño en media legislatura, ahí es nada. Pero el voto de hoy pesa también aquí, a este lado del charco. Obama ha sido erigido por la izquierda europea en simbología sacra y todo puede cambiar cuando los dioses cambian. En especial para Rodríguez Zapatero, empecinado en ser la versión pálida del presidente norteamericano.

Por eso lo que venga tras los resultados de hoy en los Estados Unidos es tan interesante de cara al futuro de la política española. Si los vaticinios se cumplen y Obama se pega el batacazo, veremos, de inmediato, a Zapatero y a los suyos invocar la desgracia acarreada por una «conjura de extrema derecha» (o de «derecha extrema», según toque adornarse), urdida al rebullir reaccionario de los diabólicos «Tea Partys». Y si, por un casual, las encuestas marrasen y no saliera del trance paticojo, capón o alicortado, será una demostración irrefutable de que la ideología («¡es la ideología, estúpido!») aún es capaz de hacer milagros. Vamos, que Rubalcaba se iba a poner las botas a cuenta de los que ganan los partidos antes de que pite el árbitro y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Illinois, intentaría persuadirnos de que Sant Feliu del Llobregat se encuentra en Pensilvania.


Bajo esa retórica, se pierde la peculiaridad de lo que sucede en los Estados Unidos: la constatación del fracaso de todas las promesas que auparon a Obama hasta la Casa Blanca y del castigo que administran las grandes democracias a quienes desvirtúan la palabra dada. Dos años después del advenimiento planetario, la economía no despega, al contrario que el paro. La retirada de Irak fue una chapuza vergonzante, no se avizora una salida digna del laberinto afgano y los criminales de Al Qaeda vuelven a mover ficha en el tablero de la infamia. En resumen, un chasco (o una estafa).

No obstante, la ciudadanía norteamericana ha hecho siempre de la desconfianza hacia el poder su mejor baluarte.Y los mecanismos de corrección que las sucesivas elecciones imponen al Presidente son un instrumento básico para dar cuerpo a esa desconfianza. Es la puesta en práctica del principio formulado por Oakeshott, conforme al cual «el hecho de gobernar es una actividad limitada y específica que se refiere a la provisión y salvaguardia de reglas generales de conducta, entendidas éstas no como imposiciones de actividades sustantivas, sino como instrumentos que permiten a cada cual desarrollar, con la menor frustración posible, las actividades que han elegido libremente».

Obama ha suplido esa norma de cautela por el criterio —muy europeo— de alzar mitologías retóricas. Pero, como analiza Sloterdijk, la incompatibilidad de ambos modelos es insalvable: «Al otro lado del Atlántico, la relación entre el que piensa y el actúa es mucho más estrecha, más exigente y más comprometida que para los europeos. Nuestra cultura es la del candor a pierna suelta, la irresponsabilidad a mansalva, la pereza sin tasa...».

Candor, irresponsabilidad, pereza... Su epítome es Zapatero retratado al ácido. Y, en esa caricatura que deja atrás lo cómico y se instala en las lindes de lo desopilante, el descalabro previsto, si llega a consumarse, abruma el entrecejo del inefable Obama pálido.


ABC - Opinión