sábado, 19 de junio de 2010

Nerea Alzola. A ver cómo explican esto. Por Maite Nolla

Es inevitable recordar que el partido sí ha pagado el abogado de algún tesorero millonario que está acusado de aprovecharse del partido para hacerse, eso, millonario, y que a Nerea Alzola la zurraron por pegar carteles del PP.

Recordarán que en 2007 Nerea Alzola y otra militante del PP fueron agredidas mientras pegaban carteles del PP en el País Vasco. Pese a lo que se haya podido publicar, lo cierto es que la abogada de Nerea Alzola renunció a defenderla y por parte del juzgado le dieron plazo para que designara a otro abogado. Es decir, ni ella renunció, ni llegó a un acuerdo ni nada de eso. Hasta la fecha era el partido el que les pagaba los gastos judiciales, pero, sin previo aviso, respecto a Nerea Alzola lo han dejado de hacer. Y para justificarlo, desde el PP no han dudado en mentir, dándose ellos mismos versiones contradictorias. Al final, dicen que la renuncia de la abogada –que previamente se había desmentido– es por desavenencias respecto a la estrategia procesal, que no deja de ser un bonito eufemismo.

Aceptando incluso esta última versión, lo que no se entiende es que el PP no ofrezca a Nerea la posibilidad de que designe a otro abogado, lo cual nos lleva a pensar que las cosas son como parecen y que lo único que ha querido el PP es culminar un proceso que empezó hace cosa de un año. La identificación de Nerea Alzola como perteneciente a ese grupo peligroso de políticos que algunos han calificado de forma despectiva como el "sangilismo", la llevó a no poderse presentar como candidata a presidir el partido en su provincia, luego fue expedientada y ahora se queda sin abogado. Y no sólo eso, sino que tiene que aguantar que mientan y que la dejen sola. Es inevitable recordar que el partido sí ha pagado el abogado de algún tesorero millonario que está acusado de aprovecharse del partido para hacerse, eso, millonario, y que a Nerea Alzola la zurraron por pegar carteles del PP.

Todo ello, en las mismas fechas en las que Regina Otaola anuncia que se retira de la política y se va del País Vasco para poder trabajar, porque a ninguna de las dos les crecen jaguars en el garaje, ni tienen casas en Baqueira.

Como decía Federico esta semana, el PP del País Vasco ha pasado de ser un motivo suficiente para votar al PP, a ser uno de los motivos para no hacerlo. También es verdad que tal y como está España, cuando hasta Toxo pide un cambio de gobierno, cada día que pasa es más necesario que se vaya Zapatero y que le sustituya cualquiera que pase por ahí, aunque éste sea Mariano Rajoy y su partido. Eso no les quitará la mancha de ser los responsables de que María San Gil, Nerea Alzola y Regina Otaola se hayan ido –o las hayan echado– y de la vergüenza que eso supone. Y es que no creo que ninguna de las tres entrara en política y se presentara para ser concejal, arriesgando su vida, preocupada por la deuda española o por la reforma laboral. A ver cómo explican esto en la blogosfera pepera.


Libertad Digital - Opinión

El justiciero de las mujeres. Por Edurne Uriarte

Además de rojo, Zapatero se definió hace algún tiempo como «el justiciero de las mujeres».

Así le habían llamado en los pasillos de la ONU y lo contó con orgullo a su vuelta a España. Al margen del desorbitado concepto de sí mismo que la historia delata, lo cierto es que Zapatero ha demostrado una genuina preocupación por la igualdad de las mujeres. Y un trabajo respetable en ese campo, a pesar de sus muchas equivocaciones. Por eso resulta tan difícil de sostener su renuencia a ser el justiciero de las mujeres… musulmanas. Todo son excusas en la izquierda española, empezando por él mismo, para no abordar de una vez la prohibición del burka o del niqab. Han tenido que tomar la iniciativa los ayuntamientos catalanes para forzar una implicación a regañadientes del Gobierno.

Una implicación de la que no cabe esperar demasiado porque el Gobierno insiste en sus tres habituales trampas en la materia. La de su consideración como un problema religioso, lo que le sirve para poner al Islam al mismo nivel que el catolicismo y para confundir creencias con discriminación. O aquello de que es un problema menor pues son pocas las mujeres con burka o nikab, lo que convierte los derechos humanos en una cuestión de número. ¿Qué los discriminados son pocos? Pues que se aguanten, que lo suyo es un problema menor. Y, en fin, la agitación del fantasma del populismo y la xenofobia, o la deliberada asociación de la prohibición del burka y del niqab con la intolerancia hacia el Islam y con la ideología de movimientos antiinmigración.

Cuando el dilema ideológico que hay que resolver es el de este llamativo tic antiigualitario de parte de la izquierda europea. Su aceptación para las musulmanas de lo que cree intolerable para las occidentales. ¿Por qué esa excepción musulmana de la igualdad? ¿Quizá por la fuerza creciente del islamoizquierdismo?


ABC - Opinión

Cambio de Gobierno. Otro sueldo para Pajín. Por Pablo Molina

ECon esta decisión Zapatero demostraría de nuevo que no quiere en su Gobierno a nadie más inteligente que él, una medida muy razonable que evita siempre penosas escenas de celos entre los miembros de un Gabinete y quien lo dirige.

La entrada de Leire Pajín en el Gobierno de "este país" supondrá esa inyección de optimismo que los ciudadanos necesitamos para sobrellevar los rigores de la recesión económica. Seguiremos pasando dificultades de todo tipo pero nos reiremos un montón, vaya una cosa por la otra.

Con esta decisión Zapatero demostraría de nuevo que no quiere en su Gobierno a nadie más inteligente que él, una medida muy razonable que evita siempre penosas escenas de celos entre los miembros de un Gabinete y quien lo dirige. Sólo falta conocer en qué ministerio va aterrizar finalmente la estadista alicantina, aunque a tenor de sus capacidades tal vez la cartera de educación sería el destino más oportuno.


La asignatura de educación para la sodomía –¿o era para la ciudadanía?– pretende modelar a nuestros niños precisamente para que se conviertan en pajines, adultos tan relativistas en asuntos de ética como absolutistas a la hora de trincar del presupuesto durante toda una vida escalando puestos en la administración o la política. Con Leire como ministra tendrían un ejemplo muy cercano de lo que se espera de ellos en el futuro, ejercicio pedagógico muy notable que evitaría a los profesores de la asignatura la utilización de modelos abstractos.

En Asuntos Exteriores también tendría excelente acomodo una mujer de estado como nuestra Leire, que ya hizo sus pinitos en la capital de Mozambique, Maputo, de nombre tan peliagudo como el apellido de la propia protagonista, desfilando con el traje regional junto a Fernández de la Vega, otra posible damnificada en la presunta remodelación ministerial que planea ZP. Además ha trabajado al lado de Miguel Ángel Moratinos, el Metternich del siglo XXI, y eso imprime el carácter necesario para imponer respeto en todas las chancillerías y gestionar con solvencia nuestros asuntos de ultramar.

El único puesto que le está vedado es el de vicepresidenta económica. No por falta de méritos para ser la segunda de Zapatero, sino porque la materia objeto de su gestión no es el fuerte de nuestra protagonista. El día que afirmó que el principal problema de nuestra economía era que el PIB es masculino, la "piba" perdió cualquier posibilidad de ser ministra del ramo. En todo caso, sabiendo que va a tener cuatro o cinco sueldazos a su disposición, estamos seguros de que si llora lo hará lo justito.


Libertad Digital - Opinión

Templando gaitas. Por Hermann Tertsch

Ahora nos vienen todos los paniaguados del evento interplanetario que jamás existió a decirnos que Angela Merkel y Nicolas Sarkozy han dado la razón a nuestro Gran Timonel. No es ya que nos crean imbéciles. Nos tratan como imbéciles. Y quizás lo merezcamos por esta patológica falta de indignación que mostramos. Pastueños o cainitas feroces. Pero nunca surge en la masa crítica de la sociedad española la dosis lógica de crítica y entendimiento de lo que sucede en el exterior. Por eso algunos aquí se permiten repetir la obscena mentira de que aquí pasa lo mismo que en el resto de Europa. Pues sepan que no es así.

Cierto es que tanto Merkel como Sarkozy o Strauss-Kahn prefieren unas tiritas a los aplausos a la hemorragia. Que era —los aplausos— exactamente lo que Zapatero y su tropa viene haciendo desde que le dijeron desde todos los rincones del mundo que su economía clientelista e ideologizada llevaba a España al desastre a muy corto plazo. Y cierto es también que ninguno de los tres quiere un desplome de España. Primero porque nos quieren bien. Mejor que muchos protagonistas de esta historia sórdida a la vez de patética en la que nos han metido los chicos del cheque, nuestros sindicalistas y montillas. Y segundo, porque saben que ellos tendrían que pagar gran parte de la factura. La irresponsabilidad no es patrimonio español. Eso lo sabemos. Pero también se ha constatado que cuando nos lanzamos a ella somos estupendos.

Por eso el trío citado, alarmado por la incapacidad del equipo de Gobierno español, templa gaitas. Saben que las tiritas no van a salvar a los españoles de una crisis de caballo y larga como un maratón. Pero esperan que al menos les salven a ellos de tener que pagar un precio demasiado alto.

ABC - Opinión

Casas. Por Alfonso Ussía

Señora Casas, doña Emilia, presidenta del Tribunal Constitucional, es decir, del Tribunal que ha de velar por el cumplimiento de la Constitución. Se está convirtiendo usted, señora Casas, en una presidenta anticonstitucional del Tribunal Constitucional. Ese desvarío, esa barbaridad, sólo es posible en España.

Señora Casas, doña Emilia. Usted se mueve mejor en la militancia que en la independencia. Nunca ha disimulado ni disfrazado sus preferencias políticas. Usted es de Zapatero. Prueba de ello es que personas influyentes del Gobierno de España se han atrevido a regañarle en público y severamente. Todos recordamos la escena del chorreo que le propinó María Teresa Fernández de la Vega, que no se escondió para hacerlo, mientras esperaban la llegada de los Reyes al desfile militar del Día de la Hispanidad. Utilizando el lenguaje de los soldados, que una vicepresidenta del Gobierno ponga «firme» a la presidenta del Tribunal Constitucional, es tan extravagante como ver a un coronel, que públicamente, amonesta a un general. Y lo que es peor, que el general se traga la amonestación con gesto sumiso y expresión de subalterno.


El lío del Estatuto es consecuencia de la infinita frivolidad y necedad de Zapatero. Él ha sido quien ha abierto la grieta en el muro de España. El muro está herido, pero no derribado. Para que esto suceda, es necesario su golpe definitivo. El que usted pretende dar a la Constitución que ha jurado o prometido defender. No se entiende bien cómo ha llegado usted a la presidencia del Constitucional. El que le escribe, ciudadano de a pie de España, nada ha tenido que ver en su nombramiento. Es más; cuarenta millones de españoles no hemos tenido nada que ver en su nombramiento. Usted, cuyo poder es consecuencia de una añagaza política, no nos representa. Y menos aún, cuando lo que usted pretende es aprobar un estatuto autonómico soberanista, reconocer a Cataluña como una nación, cuando la Constitución de 1978 sólo admite la Nación Española. Que una señora que no se sabe por qué ha llegado hasta no se sabe dónde por no se sabe qué componendas y pactos, se proponga derribar el edificio de la Constitución –después del muro caerá todo lo demás–, se me antoja tan injusto como vergonzoso. Nos quieren agrietar nuestra casa, nuestro suelo, nuestro amor compartido, unos señores puestos ahí que nadie nos ha consultado para que estén ahí, presididos por una señora que también está ahí sin que nos lo hayan explicado bien y que además tiene un voto de doble valor que el resto de sus compañeros. Y no se trata de sentenciar, sin recurso posible, una expropiación, una apropiación indebida o una estafa. Se trata de arrebatarnos a los españoles lo que nos pertenece a todos los españoles con carácter irrevocable.

Espero que medite y se vaya con anterioridad a la culminación de su despropósito. Carezco de lenguaje jurídico. Me sobra con el habla de la calle para recordarle que será usted la primera víctima de su perversión anticonstitucional. No soportará la carga de su conciencia, señora Casas, doña Emilia, presidenta del Tribunal Constitucional que pugna por humillar a nuestra Constitución. Váyase, y perdónese a sí misma.


La Razón - Opinión

Déficit. Hay que seguir recortando gastos. Por José Barea

¿Por qué no se han recortado los gastos de los parques móviles de los entes públicos, los gastos de viaje, indemnizaciones por razón del servicio prestado, publicaciones, compras... que precisamente en época de crisis deben ser los primeros en restringir?

Al haber sobrepasado España en 2008 el límite del 3% de déficit público, la Comisión Europea decidió iniciar un procedimiento de déficit excesivo; al finalizar 2009 el déficit ha alcanzado el 11,2% del PIB. La ministra de Economía y Hacienda ha presentado un Plan de Austeridad que pretende reducir el déficit en 52.000 millones de euros, de los que 11.000 millones se obtendrían por mayores ingresos derivados de las medidas tributarias incluidas en los Presupuestos Generales del Estado para 2010 y lucha contra el fraude y 41.000 millones por reducción de gastos. El Plan es insuficiente ya que el déficit ha de reducirse en 8,2 puntos del PIB, es decir, 86.000 millones de euros.

La falta de transparencia sobre las partidas presupuestarias a reducir en 2010 y en el trienio siguiente y la cuantificación de las bajas en cada una de ellas ha restado credibilidad al Gobierno ante los mercados financieros, dando lugar a que el diferencial del bono español a 10 años frente al alemán haya sobrepasado los 200 puntos básicos. Tal hecho está repercutiendo en el tipo de interés que los prestatarios españoles, tanto públicos como privados, tienen que pagar al solicitar nuevos préstamos.


El recorte de gastos efectuado por el Gobierno no ha afectado al Capítulo 2º "Gastos corrientes en bienes y servicios" de los Presupuestos Generales del Estado consolidado, cuyo importe asciende a 8.542,91 millones de euros. Este capítulo comprende todos los gastos de funcionamiento de los servicios y representa la cuarta parte de los gastos de personal. ¿Qué razones han existido para dejarlos excluidos del recorte presupuestario cuando aquí se encuentran los gastos de los parques móviles de todos los entes públicos de la Administración del Estado, gastos de viaje, indemnizaciones por razón del servicio prestado, publicaciones, compras... que precisamente en época de crisis deben ser los primeros en ser objeto de restricción presupuestaria?

A pesar del fuerte aumento que en el PIB ha tenido la producción de servicios colectivos y de su mayor coste unitario, en relación con la empresa privada, es evidente el deterioro que en la calidad de bastantes servicios públicos viene padeciendo la sociedad española. Cuando en España la producción de servicios colectivos supone el 16% del PIB y el 15% de la población ocupada, con mucho la empresa más grande del país, parece inconcebible que la actividad productiva de las administraciones públicas no se organice con sentido empresarial.

La producción de servicios colectivos nunca ha sido considerada bajo una óptica de eficiencia. En principio, su escasa cuantía, su consideración por los economistas como una actividad improductiva y su alejamiento del mercado, tanto por el lado de la demanda, como por el de la financiación, podría justificar el tratamiento puramente administrativo y burocrático con que se ha concebido la producción de los servicios públicos. Hoy día, no cabe continuar con la postura de ineficiencia. Por ello la organización que la administración pública debería adoptar para producir los servicios colectivos debe ser análoga a la del sector empresarial productor de bienes y servicios privados, introduciendo en la medida de lo posible criterios de mercado. En otro caso siempre seremos ineficientes.


Libertad Digital - Opinión

El pesimista utópico. Por Ignacio Camacho

Saramago era un «homo eticus»; un pesimista aferrado a su terca conciencia moral frente al relativismo de la posmodernidad.

TENÍA Saramago el alma impregnada de una melancolía existencial, hija de la miseria campesina de su infancia y de una madurez empapada por la lluvia oblicua del estuario del Tajo, esa lluvia de invierno lisboeta que calaba la memoria de Torga y de Pessoa atravesándolas de soledades y nostalgias; y en su escritura reposada, serena, densa y compleja latía también un pesimismo ideológico, doctrinal, fruto del inconformismo con un mundo imperfecto. Desde su propio nombre, apodo familiar de un mundo rural alentejano, de jaramagos y amapolas entreverados en las cunetas, su personalidad apuntaba la identidad del resistente, del hombre forjado a contracorriente del destino y redimido a través de un esfuerzo de rebeldía. Saramago sólo podía ser comunista, el credo al que le conducían desde niño su paisaje social y su aprendizaje humano; pero por encima de sus intransigentes convicciones y de sus ofuscados pronunciamientos políticos brilló la dignidad decente y orgullosa de su sólida estructura moral.

Por eso en sus novelas, planteadas casi siempre a partir de parábolas filosóficas o históricas, golpea la prosa un pulso aleteante de utopía; un espíritu de lucha del individuo contra su degradación ética o social, una sacudida de indisciplina contra la resignación, el adocenamiento o la mediocridad. A Saramago hay que leerlo en primer lugar como el gran creador y el escritor puro que era (es, porque la obra permanece siempre en el tiempo y en la historia), un narrador ambicioso de vocación profética, hondura intuitiva y aliento largo, pero también como un idealista, un honesto y testarudo doctrinario empeñado en proclamar su disidencia frente al designio trivial de una sociedad mercantilizada que no aceptaba ni quería entender.
En cierto modo, esa contumacia metafísica, ese humanismo insurgente, ese denuego agonístico, hacían del Nobel portugués un hombre del pasado, un referente de otra época, un trascendentalista aferrado a su terca conciencia moral frente al relativismo complaciente y frívolo de la posmodernidad, la tecnología y el consumo.

En su numantinismo casi anacrónico, en esa trinchera arqueológica de principios, en ese irreductible anhelo de justicia y orden moral reside el atractivo que envuelve con un halo de respeto la figura del escritor ibérico más allá de las discrepancias que pueda suscitar su compromiso civil, salpicado de arbitrariedades, sectarismos e intransigencias, y más lejos incluso de su potente, indiscutible gigantismo literario. Saramago era un «homo eticus», un pesimista indómito plantado como un árbol solitario en el horizonte de la banalidad contemporánea. Lo de menos era si llevaba o no razón en sus ideas; importa la coherencia, la lucidez y la integridad con que las defendió en una sociedad que hace tiempo que las ha abandonado. AQUÍ


ABC - Opinión

Autonomías irresponsables

Son de agradecer las palabras balsámicas del director del FMI, quien muy cortésmente afirmó ayer ante Zapatero que la deuda española no es peor que la alemana o la francesa.

La visita de Straus-Kahn a Madrid cierra el círculo de confianza que ha trazado el Consejo Europeo, con Merkel a la cabeza, en torno a España y a sus reformas económicas. Además de este apoyo explícito, el presidente del Gobierno logró en Bruselas su principal objetivo, que estaba erizado de dificultades, de relajar las tensiones que se habían ido acumulando sobre la capacidad de financiación de nuestra banca. Al hacerse públicos los test de resistencia de los bancos europeos y revelarse que los mejor calificados son dos españoles, el Santander y el BBVA, se vino abajo todo el montaje de rumores, insidias y especulaciones interesadas que pusieron en duda la solvencia de nuestro país y la calidad de su Banca. Sería injusto ningunear o minusvalorar la importancia de lo alcanzado el jueves en la UE, pues no sólo supone un espaldarazo a las medidas de ajuste tomadas por Zapatero, sino también el reconocimiento de que la sociedad española posee los recursos suficientes y la fortaleza necesaria, empezando por los bancos, para plantarle cara a la crisis.

Analizar con realismo la coyuntura requiere también apreciar los puntos positivos y no sumirse en el pesimismo antropológico, tan nocivo como su contrario. Dicho lo cual, y siendo cierto que la deuda española es menor que la francesa o la alemana, Strauss-Kahn también sabe que el problema no es tanto el volumen, sino la velocidad del endeudamiento. Y el acelerón que ha sufrido nuestra deuda en los dos años últimos es el más vertiginoso de la UE. Especialmente preocupante es el ritmo que ha adquirido la deuda de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos. Según los datos publicados ayer por el Banco de España, la deuda de las autonomías se ha disparado un 28,4% en el primer trimestre del año y ha superado los 94.600 millones, la cifra histórica más alta. Pese a los compromisos de estabilidad presupuestaria que anualmente adquieren, los gobernantes autonómicos se han lanzado en los últimos años a una carrera de gastos tan innecesaria como suicida. No parece razonable que Cataluña acumule una deuda de 25.000 millones de euros (el 26,5% del total autonómico) o que Valencia adeude 15.000 millones. Lo mismo cabe decir de los ayuntamientos, que lejos de frenar la sangría de sus arcas, en el primer trimestre la han aumentado un 15%. En este capítulo, el ayuntamiento madrileño se lleva la palma, con una deuda superior a los 7.300 millones. Carece de toda lógica que mientras el Gobierno de la nación ha realizado el mayor tijeretazo social de la democracia y se ha sometido al examen de Bruselas, los gobiernos regionales sigan gastando alegremente como si el drama no fuera con ellos. Es urgente poner fin a este despropósito. Del mismo modo que la UE sancionará severamente a aquellos países que no cumplan con los objetivos del déficit, el Gobierno está obligado a corregir enérgicamente a las comunidades manirrotas e irresponsables que están disparando alocadamente la deuda pública.

La Razón - Editorial

¿Ha muerto un escritor o un comunista?

Si de alabar a una persona o a un escritor se trata, su cercanía con la agitación y la propaganda de una de las más terribles tiranías del planeta, no debería ser un punto a destacar en su biografía.

Si alguien quisiera hacer un auténtico homenaje póstumo a José Saramago, lo primero que debería intentar es ocultar o minimizar su estrechísima vinculación con el totalitarismo comunista. Sin duda, el escritor luso no fue precisamente discreto al exhibir su militancia y su apoyo a la izquierda más radical y, de hecho, dedicó la última parte de su obra literaria a convertir en novela algunos de los más conocidos clichés y prejuicios anticapitalistas de la izquierda más iletrada. Tampoco hace falta echar demasiado la vista atrás para, tras un breve paréntesis tímidamente crítico entre 2003 y 2005, encontrar numerosas muestras de apoyo de Saramago hacia la tiranía castrista.

Pero, pese a las dificultades objetivas que tendría un panegirista para que el público olvidara la estrecha vinculación del portugués con los regímenes autocráticos, bastaría con que el foco de atención se colocara, no en sus desastrosas ideas políticas, sino en valorar la calidad de su obra literaria. En España tenemos sobrada experiencia con esto: al morir Gonzalo Torrente Ballester o Pedro Laín Entralgo, la prensa trató cuidadosamente de no resaltar su antigua militancia con el falangismo.


Sin embargo, para la mayoría de medios de comunicación y políticos nacionales parece que uno de los motivos básicos por los que Saramago merece ser recordado y homenajeado es por su "compromiso político y social" con la izquierda. Regresamos, así, a ese maniqueísmo tan del gusto de los socialistas entre "totalitarismo bueno y totalitarismo malo" que tan sabiamente denunció Revel. Parece evidente que la idéntica prosa literaria que hoy lauda la izquierda sería recibida con indiferencia o desprecio si Saramago hubiese sido un "comprometido" defensor de las ideas nacional-socialistas. En cuyo caso, pues, parece claro que lo que valoran los izquierdistas del luso no es su obra, sino la instrumentalización que hicieron de la misma para avanzar su agenda política en muchos casos abiertamente totalitaria.

El propio Saramago, como abajofirmante de cualquier manifiesto socialista que se le colocara delante, contribuyó sin duda alguna a convertirse en un útil más de la izquierda; y, sobre todo desde la concesión del Nobel, no en uno cualquiera. Pero, aún así, si de alabar a una persona o a un escritor se trata, su cercanía con la agitación y la propaganda de una de las más terribles tiranías del planeta, no debería ser un punto a destacar en su biografía.

No, salvo que, como decíamos, se quiera convertir la muerte de Saramago en su última contribución a la causa política de la izquierda más totalitaria. Es decir, salvo que lo pretendido por sus amigos socialistas sea obviar y despreciar todo aquello por lo que debería ser recordado un escritor para reducir su vida a la de un ariete de la extrema izquierda. Es decir, convertir un certamen literario en un mitin político. No es que estemos seguros de que Saramago hubiese aborrecido un funeral de este tipo, pero en todo caso eso sólo nos daría una razón más para resaltar la deshumanización imperante en una izquierda que muta a los individuos en simples peones del Estado, de la política y de su ideología liberticida.


Libertad Digital - Editorial

No más confusión sobre ETA

Bien está el desmentido de Rubalcaba y Patxi López a Eguiguren, pero no estaría de más que Zapatero deje claro que bajo ningún concepto habrá otra negociación con ETA

EL lendakari Patxi López y el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, han negado que se esté preparando otro proceso de diálogo con ETA, dejando en mal lugar a Eguiguren, presidente del PSE, que ha vuelto a las andadas con la legalización de Batasuna, lo que supondría el paso previo para retomar la negociación política con ETA. Bien está el doble desmentido y nada sería más positivo que así fuera, pero el problema es que lo que está pasando ya es conocido y no basta con recluir a Eguiguren en el papel de verso suelto del socialismo. La tregua que anunció ETA en 2006 estuvo precedida de cuatro años de preparativos entre el PSE y Batasuna, y desde 2004 por el propio Gobierno socialista. Las evidencias de aquella negociación fueron desmentidas una tras otra por los máximos dirigentes del PSOE y del Gobierno, cuando realmente se estaba negociando no sólo el alto el fuego de ETA, sino la relación de asuntos políticos que se pactarían con los terroristas a cambio, supuestamente, del cese definitivo de la violencia.

Por todo esto cuesta aceptar este cruce de desmentidos como prueba suficiente de que Eguiguren no está hablando por boca de otros, ni ejecutando sacrificadamente la segunda parte del proceso de negociación con ETA. El dato de que algunos de sus principales dirigentes están libres —Josu Ternera, Díez Usabiaga, Iñaki de Rentería— se suma a la libertad y el convencimiento con el que Eguiguren se está conduciendo en este asunto. No resulta verosímil que el principal dirigente del socialismo vasco insista en legalizar a Batasuna sin que cuente con algún tipo de aval superior. Y si no lo tiene, es entonces absolutamente necesario que Zapatero desautorice pública e inequívocamente las gestiones y las propuestas de Eguiguren, que confirme que la derrota incondicional de ETA es el único final admisible para la banda terrorista y que no hay opción a más diálogos y negociaciones. Tras el bienio negro de postración ante ETA entre 2005 y 2007, la sociedad española no acepta más cese de la violencia que el que resulte de la derrota de los terroristas. Y esta derrota implica también la de sus testaferros políticos de Batasuna y del sindicato LAB. El Gobierno tiene el consenso de la sociedad y del Partido Popular para poner a ETA de rodillas ante las víctimas, pero no para sentarla de nuevo en torno a una mesa de negociación. Y el mejor homenaje que se le haría a las víctimas sería el de expresar claramente el compromiso del Ejecutivo de no abrir más mesas de diálogo.

ABC - Editorial

viernes, 18 de junio de 2010

Crisis. Riesgos y miedos. Por Agapito Maestre

Nadie cree en Zapatero, pero son pocos los que se atreven a dar un paso al frente para hacerse cargo de la extrema gravedad de la situación económica y política.

Dicen los ilusos que "el Gobierno se ha puesto a gobernar", pero ya es demasiado tarde. No conseguirá aplacar a nadie. Sindicatos, patronal, oposición, líderes europeos y, en fin, los terribles mercados piden la cabeza de Zapatero. No son suficientes las medidas de ajuste económico ni el decreto sobre el mercado laboral para detener los riesgos, los altos riesgos, que corre Zapatero. El presidente del Gobierno tiene los días contados en esta legislatura: dimite o convoca elecciones anticipadas.

Soy escéptico sobre esa opinión. He ahí dos motivos de mi escepticismo. Primero. El Gobierno sigue tan fuera de juego como hace dos años, pero sigue en el poder, gana tiempo y desconcierta a sus oponentes gracias a las imposiciones de la UE. Segundo. Es cierto que esas acciones llegan tarde para España, seguramente demasiado tarde, pero no para el Gobierno; pues que son esas medidas las que están dándole vida al propio Ejecutivo, por ejemplo, ayer, en Bruselas, Zapatero sacó pecho por la reforma laboral aprobada el miércoles, e incluso el FMI ha valorado muy positivamente las medidas de ajustes adoptadas por España.


No obstante, la crisis económica, sin duda alguna, puede acabar con este Ejecutivo, pero, por desgracia, también la propia envergadura de la crisis hace que los críticos de Zapatero se muestren cada vez más remisos e indolentes a la hora de pedir su cabeza. Para empezar, el PP ha dejado de pedir con insistencia el adelanto de las elecciones. Tampoco se le ve muy animado y contundente a la hora de pedir su dimisión. Y, por supuesto, son muy pocos, quizá ninguno, entre los políticos profesionales en activo que pidan un Gobierno de concentración nacional, que sería, en mi opinión, la mejor solución para empezar a salir de una crisis tan terrible.

Por lo tanto, nadie cree en Zapatero, pero son pocos los que se atreven a dar un paso al frente para hacerse cargo de la extrema gravedad de la situación económica y política. Esa baza no la desaprovechará un tipo como Zapatero. Su situación es de extrema debilidad política, pero la venderá como un triunfo. Todavía le quedan piezas para maniobrar, por ejemplo, supresión de algunos ministerios, remodelación del Gobierno, nombramiento de algún peso pesado de los socialistas, decreto sobre pensiones, etcétera, etcétera.

Sin embargo, quizá sólo haya un asunto que le resultará difícil ocultar a Zapatero, a saber, la intervención de la UE en la "suspensión de pago" de España. Sí, sí, España será intervenida más pronto que tarde por la UE como le sucedió a Grecia. De hecho, ayer, en la última reunión del Consejo de Europa, presidido por Zapatero, se hacían apuestas entre los periodistas y los políticos sobre cuál sería la mejor fecha para intervenir nuestra economía. ¿Qué pasará ese día? ¿Cómo reaccionará la opinión pública? Y, sobre todo, cuando llegue ese día, sí, cuando el Gobierno de España pida un crédito a la UE para pagar las deudas de España que vencerán el próximo mes, ¿qué hará el PP?


Libertad Digital - Opinión

La lección griega. Por Fernando Fernández

No me llamen antipatriota, pero estamos cometiendo el mismo error que Grecia, aunque esta vez con menos justificación.

EL Gobierno ha aprobado la esperada reforma laboral y no ha cambiado gran cosa. No ha variado la opinión de sindicatos y patronal, ni el voto de los partidos políticos. Tampoco el criterio de los analistas que, aunque subrayan que se ha perdido una gran oportunidad para modificar el marco de relaciones laborales, se han dividido entre los que ven motivo de alegría en que el decreto posibilita el descuelgue de los convenios colectivos y los que subrayan el mantenimiento de la tutela judicial efectiva; para entendernos, la presunción de culpabilidad del empresario y la consiguiente limitación a la flexibilidad interna y externa de las empresas.

Lo que no ha cambiado en absoluto es la imagen de la economía española, como demuestra que el diferencial de la deuda, ese árbitro implacable, siga por encima de 220 puntos básicos. Cierto que ayer el Tesoro pudo colocar la deuda, pero el precio pagado fue altísimo. Tan alto que ya son legión los que lo consideran insostenible.


Era ingenuo pensar que un hecho concreto podría hacer volver la confianza a los inversores que han tachado la casilla España. Pero eso no disminuye la magnitud del problema. Si todas las reformas ya han sido anunciadas tenemos un problema. Porque una de dos, o no hemos sabido venderlas, que es la tesis oficial, o algo nuevo habrá que inventar. Como la primera opción es pueril, literalmente de niño enrabietado, tendremos que ser más creativos, en economía y en política.

En economía no nos queda más que pedir ayuda internacional. No me llamen antipatriota, por favor, pero estamos cometiendo el mismo error que Grecia, aunque esta vez con menos justificación. Si los mercados están histéricos y han perdido el norte, si están castigando injustamente a España como dicen, si en definitiva estamos asistiendo a un contagio inmerecido, ¿por qué no acudir a los mecanismos especialmente dispuestos para este tipo de situaciones excepcionales?: el Mecanismo Europeo de Estabilización y la facilidad de crédito flexible del FMI. No hacerlo por orgullo o por evitarse el coste político no es, desde luego, en mi libro de estilo sinónimo de patriotismo precisamente. Confiar en que la gente de fuera va a entrar en razón es simplemente un suicidio a plazo, como el de Grecia. La historia de episodios internacionales similares es concluyente. Ningún país al que los inversores habían colocado en suspensión de pagos, ha recuperado nunca el crédito sin un shock externo. Salvo Brasil tras la crisis argentina, pero allí hubo unas elecciones, un cambio de gobierno y una auténtica revolución en lo económico.

Lo que me lleva para terminar a la política. Sin novedades profundas no habrá recuperación. Lo sabe el propio presidente que coquetea con un cambio de gobierno que incorpore criterio y respetabilidad a un ejecutivo errante, por mudable y equivocado. Puede funcionar, pero lo dudo sin que signifique también una mayoría parlamentaria estable. Un gobierno de coalición o unas elecciones anticipadas son las únicas alternativas razonables. Cuanto antes se decida el presiente mejor, porque los inversores no van cambiar de opinión por mucho que salgan bonitas palabras de Madrid y Bruselas.


ABC - Opinión

Reforma laboral. Jugar al pierde-gana. Por Emilio Campmany

Lo que no tiene sentido es que el PSOE vote a favor de la tramitación del Decreto-Ley como proyecto de ley, pues si esto fuera lo que el Gobierno quisiera, le hubiera bastado remitir a las Cortes precisamente eso, un proyecto de ley.

Es famosa la anécdota de Pío Cabanillas padre, quien, interrogado acerca del resultado de no sé cuál congreso de la UCD, contestó: "Aún no sabemos quiénes vamos a ganar". Eso mismo es lo que pretende hacer el PSOE, pero al revés. Zapatero podría muy bien decir, si le preguntaran por el destino que en el Congreso le espera al Real Decreto-Ley de la reforma laboral algo así como: "aún no sabemos quiénes vamos a perder".

Es completamente absurdo que el Grupo Socialista en el Congreso, que sostiene al Gobierno de Zapatero, vote a favor de que el Decreto-Ley se tramite como proyecto de ley.

En España existe formalmente la división de poderes. El Gobierno, por tanto, no puede hacer leyes. Ésta función está reservada a las Cortes. Sin embargo, para casos de urgencia, se permite que el Gobierno dicte decretos-leyes, que han de ser convalidados por el Congreso para tener plena validez. Cabe, no obstante, la posibilidad de que una mayoría de la cámara, estimando la urgencia de una regulación, entienda que la remitida por el Gobierno no es la correcta y prefiera, después de convalidar el decreto, tramitarlo como proyecto de ley por el procedimiento de urgencia para darse la oportunidad de introducir enmiendas. La posibilidad está expresamente prevista en el artículo 86.3 de la Constitución: "Durante el plazo establecido en el apartado anterior (treinta días), las Cortes podrán tramitarlos (los decretos-leyes) como proyectos de ley por el procedimiento de urgencia".


Por eso, se hacen dos votaciones en el Congreso, una para convalidar el Decreto-Ley y otra, para el caso de haberlo sido, con el fin de decidir si se tramita como proyecto de ley o queda convalidado tal cual lo redactó el Gobierno.

La tramitación como proyecto de ley es un peaje que puede imponer la oposición cuando considere que la materia exige la urgencia legislativa, pero desaprueba el concreto modo en que propone regularla el Gobierno. Lo que no tiene sentido y carece de toda lógica es que el partido del Gobierno vote a favor de la tramitación del Decreto-Ley como proyecto de ley, pues si esto fuera lo que el Gobierno quisiera, que se tramitara como proyecto de ley, le hubiera bastado remitir a las Cortes precisamente eso, un proyecto de ley con petición expresa de que se tramitara por el procedimiento de urgencia, exigencia que las Cortes están obligadas a cumplir.

Entonces, ¿por qué no lo han hecho? Por un lado no podían limitarse a hacer un proyecto de ley porque la Unión Europea exige que las medidas entren en vigor de inmediato y, por otro, tienen que votar a favor de la tramitación como proyecto de ley para que no se note que es la oposición quien lo impone. Es como si, en cualquier otro asunto, el grupo parlamentario socialista votara contra el Gobierno para que no se note que el Gobierno pierde una votación.

Pero como el que mucho abarca poco aprieta, el resultado es que la reforma laboral que Zapatero ha presentado este jueves en Bruselas serán unas páginas del BOE que dicen que entran en vigor el mismo día de su publicación, aunque la realidad será que no es más que un proyecto de ley que en un mes puede tener un contenido muy diferente. ¿Será capaz de engañarles tan burdamente? Si lo consigue, chapeau.


Libertad Digital - Opinión

Europa, más Europa. Por César Alonso de los Ríos

España llegó tarde a Europa y se nota.

Es algo que se pone de manifiesto en los debates sobre la salida de la crisis. Por ejemplo, oímos constantes lamentaciones sobre la pérdida de nuestra «soberanía·. ¿Soberanía dentro de la UE? Me resulta inquietante desde el punto de vista institucional y político. Cuando, en todo caso, deberíamos aspirar a verdadero gobierno europeo, a un gobierno efectivo ¿se puede aceptar que dirigentes de partidos se quejen de la subordinación de España a políticas comunitarias? No son raras las críticas de comentaristas políticos a las «imposiciones» de Bruselas y no precisamente a la tardanza del Gobierno de ZP en obedecer las recomendaciones. Pero si esto fue desidia, incapacidad o simplemente cerrilismo ¿qué decir de quienes estarían dispuestos a echarse al monte, esto es, a la autarquía? Porque la línea del debate de fondo está siendo tal que algunos han tenido que recurrir a las consignas de Ortega para defender su europeísmo. En estos momentos de desolación echo de menos un sujeto político europeo, un real gobierno europeo, una Europa no ya confederal sino federal, un gran Estado plurinacional, con una política fiscal.

En estas horas inquietantes mi desolación ha tenido un momento de alivio al leer un texto de Amin Maalouf que quiero trasladar a mis lectores, quizá tan necesitados de ánimo como yo. Escribe el novelista libanés en «El desajuste del mundo» lo siguiente: «Cuando recorro con la vista las diversas regiones del globo, es precisamente Europa la que menos me preocupa… calibra mejor que las demás la amplitud de los retos a los que tiene que enfrentarse la humanidad… cuenta con los hombres y con las entidades necesarias para tratar el tema eficazmente y, de este modo, aparejar soluciones… implica un proyecto de agrupación y un marcado desvelo por la ética por más que a veces parezca que asume ambos con menos bríos». Que así sea.

ABC - Opinión

Crisis. El protectorado español. Por Florentino Portero

Hace bien Mariano Rajoy en reconocer que se prepara para escenarios distintos, porque no está nada claro que Rodríguez Zapatero pueda soportar los embates que la realidad, que tanto ha hecho por crear, le depara.

Cuentan las crónicas que en las vísperas del Desastre de Cuba los madrileños acudieron con pasmosa tranquilidad a una tarde más de toros, como si nada relevante estuviera en juego, como si su mundo estuviera garantizado. No fue algo excepcional. Los historiadores chocan, una y otra vez, con ejemplos semejantes de insensatez colectiva. ¿Cómo explicar la alegría liberadora con la que los jóvenes europeos fueron a la I Guerra Mundial, esa guerrita que iba a ser tan breve como resolutiva? El paisaje urbano de nuestras ciudades a primeras horas de la tarde del miércoles pasado es un ejemplo más de esa tendencia del ser humano a no querer ver aquello para lo que no tiene, o no quiere tener, respuesta.

Después de más de treinta años de practicar una diplomacia dirigida a "situar a España en el puesto que le corresponde" nos encontramos en el umbral de que se establezca en nuestro país algo parecido a un "protectorado económico", por el que el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea impondrán un ajuste económico a cambio de una garantía de financiación. Es el fracaso de una nación que, tras conquistar posición y prestigio, se ha comportado de forma irresponsable hasta sufrir finalmente una crisis de solvencia que pone en peligro la propia pervivencia del euro.


La crisis a la que tenemos que hacer frente es grave y compleja. Grave porque supone ajustar nuestra capacidad económica a la realidad, lo que implica reconocer que nuestro nivel de vida bajará, que nuestras pensiones se reducirán, que nuestra Sanidad no podrá mantener sus prestaciones... Estamos endeudados y en paro, una encrucijada de difícil salida que requerirá liderazgo y energía. Compleja porque se combinan planos distintos. Hay una crisis económica general con perfiles propios en cada país; el proceso de integración europeo ha embarrancado; la viabilidad del euro no está asegurada; el modelo de administración autonómica y local es insostenible; y, por último, tenemos el peor de los gobiernos que imaginarse pueda.

Nuestra irresponsabilidad, no sólo la de nuestro presidente, nos ha llevado a donde tristemente nos encontramos. Vamos a perder el control de nuestra política económica, pero eso no resuelve todos nuestros problemas. ¿Quién va a dirigir el ajuste? El Partido Socialista tiene mayoría en la Cámara y no hay elecciones generales previstas hasta dentro de dos años. Esto nos plantea a algunas preguntas básicas: ¿será Rodríguez Zapatero capaz de llevar adelante el ajuste que se nos va a imponer? A la vista de lo que le ha costado la pequeña reforma del mercado laboral podemos dudarlo: ¿tendrá la visión, la disposición y el apoyo parlamentario suficiente para dirigir la reforma del estado autonómico? Es poco probable. ¿Podrá nuestro presidente soportar las fortísimas tensiones que tanto el Gobierno como la sociedad van a sufrir en los próximos meses: derrumbes bursátiles, debacles electorales, pérdida de confianza popular? No le será fácil. ¿Aceptarán los "notables" socialistas un guión que les aboca a la autodestrucción en dos años? Puede ser.

Cualquiera puede comprender la estrategia seguida por el Partido Popular, tendente a forzar al actual Gobierno –primer pero no único responsable de la crisis en la que nos encontramos– a sacarnos del callejón en que nos ha metido, cociéndose de paso en su propia salsa. No es éste momento para convocar elecciones generales, ni la agenda política lo facilita ni la coyuntura aconseja más demagogia. Es tiempo de aprobar medidas drásticas para reanimar una economía seriamente dañada y quién mejor que un presidente amortizado. Una política con resabios del Antiguo Testamento pero que puede verse, como tantas otras cosas, desbordada por la riada que se nos viene encima. Hace bien Mariano Rajoy en reconocer que se prepara para escenarios distintos, porque no está nada claro que Rodríguez Zapatero pueda soportar los embates que la realidad, que tanto ha hecho por crear, le depara. Pero prepararse es mucho más que mentalizarse, condición previa pero insuficiente. ¿Tiene el PP un plan para reformar la España de las autonomías, a cuya quiebra ha colaborado como el resto de las fuerzas políticas? ¿Están dispuestos a asumir la impopularidad de aplicar un ajuste drástico al dictado de entidades extranjeras? ¿Han elaborado un discurso para dirigirse a la sociedad y explicar la política que tendrán que hacer? A la vista del populismo neo-peronista del que vienen haciendo gala los portavoces de Génova no tenemos por qué ser optimistas.

El tiempo vuela y el momento de la verdad puede estar a la vuelta de la esquina.


Libertad Digital - Opinión

El Gobierno que viene. Por M. Martín Ferrand

Cabe sospechar, en razón de la idiosincrasia del personaje, que será un nuevo Gobierno viejo.

ZAPATERO, convertida en mueca su vieja sonrisa, la del talante, culmina su semestre como presidente de la Unión Europea sin haber conseguido ninguna de las grandes metas que se había propuesto, y nos había anunciado, para bien aprovechar su posibilidad planetaria. Tal y como está Europa —tan funcionarial, tan anquilosada— no se puede hablar de ridículo, pero cerca le anda no haber culminado ni una sola de las grandes cumbres programadas. Ahora, tras haber oficiado como partero de una «reforma laboral» que tampoco pasará a la tabla de los momentos culminantes de nuestra Historia, ya solo le queda a José Luis Rodríguez Zapatero preparar —¿perpetrar?— el Gobierno con el que poder llegar, sin salir de La Moncloa, hasta las elecciones de 2012. Cabe sospechar, en razón de la idiosincrasia del personaje que será un nuevo Gobierno viejo.

José María Carrascal, revestido de filósofo en su magnífica autobiografía apócrifa de José Ortega y Gasset, le hace decir a su biografiado: «Un liberalismo socializado en una sociedad liberalizada era nuestro lema» —a finales del 1917, cuando con Félix Lorenzo y Nicolás María de Urgoiti, preparaba la salida del diario El Sol—. De ahí vienen siempre los líos, de la confusión y de las mezcolanzas complacientes. Pretendía un periódico diferente, una política diferente y una España diferente... y les salió todo demasiado diferente. ¿No nos bastaría con ser, más o menos, iguales que los más notables y prósperos de los países de nuestro entorno continental? En el caso del Gobierno de Zapatero, si no es realmente diferente del actual no será Gobierno. Ejercerá como tal, pero sin más orden ni concierto que el de una voluntariosa e inexperta muchachada atemperada por tres viejos felipistas, Alfredo Pérez Rubalcaba, Manuel Chaves y Ángel Gabilondo.

La selección de personal no es, por lo que llevamos visto, la mejor habilidad de Zapatero; pero, nombres al margen, si su próximo Gobierno no prescinde de dos vicepresidencias y, por lo menos, cuatro Ministerios —Ciencia y Tecnología, Cultura, Vivienda e Igualdad— estaremos hablando de maquillaje y no de propósito de la enmienda. Será difícil que quien ha evidenciado gran aversión a la excelencia resulte capaz de rodearse de los mejores; pero supondrá un avance que no lo haga, como ahora, de una selección de los peores. Ya veremos y nos divertiremos, sobre todo, con el nuevo emplazamiento de José Blanco, pretendido hombre de Estado de lunes a viernes y feroz sectario en los fines de semana. «En España —vuelvo a citar a Carrascal-Ortega— por no pasar nunca nada, cuando pasa, siempre hay riesgo de que pase todo».


ABC - Opinión

El grito de Toxo (CCOO) y el partido de los trabajadores (PP). Por Antonio Casado

En este debate barato y palabrero que despachan a diario los medios de comunicación, rendidos a la última ocurrencia del político más pizpireto o el tertuliano más faltón, la descarga verbal del día viene firmada por el secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo. Como diría el colega Carlos Herrera, la frase pide mármol: “Estamos sin dirección política, económica y laboral, y se necesita un cambio importante de Gobierno”.

Ya no están solos los dirigentes del PP en su esforzado papel de cronistas de la cuenta atrás. Toxo tampoco es partidario de Zapatero. Al menos d este Zapatero del ajuste que nos desajusta, el que rompió con sus votantes al anunciar en el Congreso el hachazo brutal, el golpe helado, a los funcionarios, los pensionistas, las mamás lactantes y los pobres del Tercer Mundo. El mismo Zapatero que, según Toxo, ha legitimado con su reforma del mercado de trabajo la huelga general convocada por los sindicatos para el día 29 de junio.


¿Y eso por qué? Porque esa reforma “solo servirá para crear más paro”, dijo ayer en la radio el líder de CC OO, en sintonía con las valoraciones que durante estás últimas cuarenta y ocho horas hemos venido escuchando en boca de los dirigentes del PP. El propio Mariano Rajoy se mostraba ayer en Bruselas muy escéptico sobre la posibilidad de que la reforma laboral que hoy entra en vigor sirva para crear empleo. Pero la coincidencia, que viene a cerrar un inesperado bucle, es plena en lo que se refiere a conjugar el síndrome del piloto borracho con la necesidad de un cambio urgente en la cabina de mandos.

Ahora lo entendemos. Por fin el PP se quita la careta y muestra su verdadero rostro de partido comprometido con la causa de los trabajadores. De los trabajadores, ojo, no de los sindicatos, y menos de los “liberados”, como inmediatamente matizarían Esperanza Aguirre, en formato político, y mi amigo Miguel Angel Rodríguez, en formato mediático.

Bueno, vale, dejémoslo en las palabras de la secretaria general del partido, Maria Dolores de Cospedal: “El PP es el partido de los trabajadores”. Pero no demos cuartos al pregonero. O sea, a la vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, cuando nos previene del riesgo: el principal partido de la oposición puede enredarse en las obsoletas doctrinas del marxismo-leninismo. Que no cunda el pánico. Aunque uno se queda más tranquilo al escuchar a un conocido dirigente empresarial sobrado de lucidez. Lo decía ayer a mediodía en una conversación privada: “¿Qué por qué Cospedal dice que el PP es el partido de los trabajadores? Muy sencillo, porque a la hora de votar los trabajadores son muchos más que los empresarios”.

Ah, bueno. Nos quita un peso de encima. Lo cual no impide al PP esté feliz con el hecho de que los sindicatos se sumen a la patriótica tarea de seguir contando las horas que faltan para el hundimiento. Uff.


El Confidencial - Opinión

Reforma laboral. Zapatero y el puro de Churchill. Por Cristina Losada

¿Qué se fizo de tanto galán que en plazas y ruedos clamaba contra el abaratamiento del despido que pretendía la derecha de la mano de la patronal? Pues ahí están, frescos y sobrados como si los hechos nunca dejaran de darles la razón.

El veterano Zapatero le da consejos al novato Cameron. Los hombres mayores, escribió La Rochefoucauld, gustan de ofrecer buenos consejos para consolarse de que ya no pueden dar mal ejemplo. No es, desde luego, el caso del presidente. Siempre ha mantenido a alto rendimiento su capacidad para elegir el camino equivocado. Precisamente así lo ha hecho en todo cuanto acaba de recomendar al premier británico. Haga el ajuste y las reformas "cuanto antes y lo más ampliamente posible", le predicó el gobernante socialista que ha dilatado hasta la agonía el instante de emprender una mínima reducción del gasto público y una abstrusa reforma laboral. Pero la gracia que adorna a la izquierda reside ahí; en dotarle a uno de confianza inextinguible en que puede y debe dar lecciones. Al prójimo, por supuesto.

Zapatero aplicó con tal ejemplaridad las instrucciones que le ha impartido a Cameron que, durante dos años, delegó la responsabilidad de la reforma en quienes no podían ni debían aprobarla. La hurtaron al parlamento, ellos, que tanto encomian la política ("la política vence a los mercados") y el resultado es que ha de ir allí en forma de farragoso texto y semillero de confusiones. Pero que la letra pequeña no oculte la grande. Mientras se hace la necesaria exégesis de los treinta y nueve folios, la noticia está en la calle: el despido se abarata. Y sea ello real o virtual, lo cierto es que se ha roto uno de los tabúes más inviolables que regían en España desde la época de Franco. Abaratar el despido era anatema, pecado, verboten y, de la noche a la mañana, resulta un concepto imbuido de razonabilidad.

Así, como quien no quiere la cosa, ha caído otro de los baluartes del socialismo de Atapuerca y Zapatero ha perdido una seña de identidad más. Se ha quedado sin el puro, como Churchill. A Sir Winston se lo quitaron con el photoshop y el presidente se hace el photoshop quitándose uno de los amuletos de su política sosial. ¿Qué se fizo de tanto galán que en plazas y ruedos clamaba contra el abaratamiento del despido que pretendía la derecha de la mano de la patronal? Pues ahí están, frescos y sobrados como si los hechos nunca dejaran de darles la razón, sentando cátedra en el mundo mundial.


Libertad Digital - Opinión

Fomento del despido. Por Ignacio Camacho

Para que se note un toque socialdemócrata el Gobierno ha añadido por su cuenta… ¡el despido subvencionado!

VA a ser una escabechina. La reforma laboral teóricamente destinada a estimular el empleo ha acabado, por mucho que se trate de disimular con el eufemismo de la «flexibilización», en un decreto de fomento del despido. El pendulazo zapaterista ha pasado de negarse en redondo a tocar la protección de los trabajadores a dejarlos en la más desapacible de las intemperies; el líder rojo de los mineros de Rodiezmo ha alumbrado un marco legal que parece inspirado en el radicalismo liberal de Margaret Thatcher. Eso sí, para que se note un toque socialdemócrata el Gobierno ha añadido por su cuenta… ¡el despido subvencionado!, aunque la subvención sea sólo aparente (en realidad se trata de un prorrateo de costes) toda vez que el Fogasa lo nutren los propios empresarios. Ayudas oficiales para despedir gente: esto lo hace un gobierno de derechas y los sindicatos le queman el país por los cuatro costados.

Zapatero, que en su anterior y tan reciente etapa proteccionista insistía en que las reformas laborales no crean empleo, podía haberse conformado en su turboconversión con redactar una que al menos no lo destruyese. Al permitir a empresas en pérdidas —«con resultados negativos» dice el oscuro y ambiguo texto— el despido de empleados con 20 días de salario por año en lugar de los 45 vigentes, y crear además un nuevo contrato de indemnizaciones más bajas (33 días), el decretazoabre la puerta a una criba masiva del actual mercado de trabajo y constituye casi una invitación a reconvertir el tejido laboral. Cualquier asalariado con cierta antigüedad se vuelve sospechoso en una circunstancia en que la mayoría de las empresas están en apuros; sólo la tutela judicial podrá impedir, y ya veremos cómo, la liquidación efectiva de los derechos adquiridos.

Todo esto lo acaba de propiciar un sedicente Gobierno socialista, reconvertido por la necesidad de mantenerse en el poder tras haber fracasado en una política de despilfarro. El presidente que blasonaba de rojerío biográfico y vocacional ha triturado la protección laboral envainándose sin tapujos sus falaces proclamas retóricas, mientras sus amigos sindicalistas aplazan las protestas para no molestar hasta después del verano. Y la cúpula patronal se queja con la boquita chica; Zapatero y Díaz Marsanshan demostrado ser perfectamente complementarios. Se necesitaban dos líderes así para urdir esta chapuza.

Falta por saber la opinión del nuevo Partido de los Trabajadores, el PP reconstituido, facción cospedalista. Los nacionalistas catalanes ya han dicho que no le pondrán obstáculos al engendro; Durán Lleida podrá hacer otro discurso tremebundo que acabará echándole un cable a Zapatero. Los empresarios de su tierra se lo agradecerán y los democristianos son como Dios, ya se sabe: aprietan pero no ahogan.


ABC - Opinión

Zapatero, el escorpión

No podemos ser optimistas. Como buen progre de manual, cuando Zapatero nos llamaba "antipatriotas" en realidad nos acusaba de lo que él mismo es. Jamás reconocerá que la única salida de España es su marcha del Gobierno, ni le importa.

Resulta un ejercicio arriesgado ese de confiar en Zapatero, tanto que en Libertad Digital jamás nos hemos animado a practicarlo, y mucho menos en materia económica. Hemos criticado su irresponsabilidad incluso cuando las vacas estaban lozanas y daban leche de sobra, y hemos seguido haciéndolo cuando calificaba de antipatriotas a quienes advertíamos del desastre que se nos venía encima. Zapatero es un sectario deseoso de destruir la sociedad para intentar reconstruirla a su antojo, sí, pero en materia económica es sobre todo un inútil incapaz de entender cómo funciona el mercado y cómo solucionar los problemas que ellos mismos han creado.

Sin embargo, ha habido muchos que a partir de mayo decidieron darle un voto de confianza. No porque les pareciera la mejor persona para dirigir nuestros destinos, sino porque consideraban que al estar intervenidos de hecho por Alemania, Francia y Bruselas no tendría más remedio que hacer las reformas pertinentes, asumir el coste político y esperar a que para 2012 los españoles de izquierdas hubieran olvidado la afrenta. Otro presidente hubiera tenido que enfrentarse con una contestación mucho mayor por el mero hecho de ser de derechas. Así que lo mejor era que Zapatero hiciera lo que debía hacerse.


Será difícil mantener esa ficción tras el paripé de la reforma laboral. Zapatero se empeña en venderla ante el resto de Europa como la reforma que España realmente necesita, pero el texto del BOE mantiene en esencia los mismo defectos que hacen de nuestro mercado de trabajo uno de los más encorsetados del mundo. Tenga éxito o no en el empeño, ha dejado claro que no es otra cosa que el escorpión de la fábula de Esopo, que picó a la rana que lo ayudaba a cruzar el río, condenando a ambos a una muerte segura, porque era "su naturaleza". Del mismo modo, Zapatero no puede evitar la demagogia izquierdista en su política económica, aunque hunda España y, con ella, todo eso que llama "avances en derechos sociales".

Así, pese a que nuestros principales bancos pueden sacar pecho tras reconocer la Unión Europea su solvencia, tanto ellos como el resto del sistema financiero se veían obligados a recurrir al BCE para encontrar financiación, al negarles el resto de los bancos europeos el dinero que necesitan para refinanciar sus deudas. Parece claro que el problema no está en su solvencia, sino en que nadie confía ya en España ni, por tanto, en las empresas españolas. Un problema que sólo podría solucionarse si desapareciera Zapatero y todo su Gobierno y llegara alguien que, al menos, llevara algo de incertidumbre a lo que hoy es una certeza más allá de nuestras fronteras.

No podemos ser optimistas. Como buen progre de manual, cuando Zapatero nos llamaba "antipatriotas" en realidad nos acusaba de lo que él mismo es. Jamás reconocerá que la única salida de España es su marcha del Gobierno, ni le importa. Nunca quiso otra cosa que el poder, y nada más le interesa. Seguirá intentando hacer lo menos posible, como ya hemos visto con los mínimos y desacertados recortes del déficit y la mínima y desacertada reforma laboral recién aprobada, con la esperanza de mantenerse en el poder. Pero como el escorpión de la fábula, debería llevar a cabo las reformas profundas y de calado que tiene la cara de aconsejar a Cameron, porque sólo eso permitiría a la economía remontar el vuelo y recuperar, quizá, el apoyo perdido de su electorado. Pero Zapatero nunca llegará a la otra orilla; es su naturaleza. Lástima que los españoles estemos haciendo el papel de rana.


Libertad Digital - Opinión

La agonía del Gobierno

Terminada la presidencia europea, ya no le quedan más metas volantes al Gobierno ni excusas para reclamar a la oposición silencios patrióticos.

EL Consejo Europeo celebrado ayer puso fin a la triste y vacía presidencia española de la Unión Europea, una oportunidad que el Gobierno vendió como la ocasión propicia para relanzar la imagen maltrecha del presidente Zapatero, entre anuncios solemnes sobre el liderazgo progresista bipolar con Barack Obama y el magisterio social que iba a impartir entre sus socios europeos. El balance de este semestre merece, sin duda, una valoración sosegada, porque demuestra que España se ha quedado descolgada diplomáticamente de todas sus áreas naturales de actuación internacional. Por ahora, es suficiente comprobar cómo circula el nombre de España por los circuitos políticos y económicos europeos. Ayer, la noticia fue que no se iba a hablar de España y de su crisis en el Consejo Europeo, como si ser invisible fuera para nuestro país la mejor opción en este momento. Por desgracia, puede que así sea después de unas semanas en las que España ha sido objeto de gravísimos pronósticos acerca de su solvencia financiera. Ciertamente, los supuestos preparativos del rescate europeo de España han sido rotundamente desmentidos desde Bruselas, lo cual obliga a acoger con prevención algunos análisis apocalípticos. En todo caso, que esos avisos fueran, al parecer, infundados no significa que la situación real de la economía española sea mejor que la que refleja la desconfianza de los mercados. Por lo pronto, a pesar de las medidas anticrisis y de la reforma laboral, el Tesoro español tuvo que pagar por encima del cinco por ciento su deuda y el diferencial con el bono alemán supera los 220 puntos. En estos datos no hay más que un diagnóstico frío sobre la confianza que merecemos.

Y este es el principal problema de España para engancharse a una recuperación colectiva de las principales economías occidentales: que el Gobierno socialista no inspira seguridad ni certidumbre. Incluso la reciente reforma laboral publicada ayer por el Boletín Oficial del Estado es objeto de controversia en el Gobierno y el PSOE, porque de uno y otro salen mensajes contradictorios acerca de si será o no modificada durante el procedimiento parlamentario de su proyecto de ley. Si el propio Gobierno y su partido no saben exactamente qué futuro espera a esta reforma, será difícil que los mercados se animen y que los trabajadores y los empresarios empiecen ya a utilizar intensamente sus modificaciones.

El único consenso que ha logrado el Gobierno se refiere a su agotamiento político. Ayer mismo, el secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo, reconoció que «España necesita un cambio de Gobierno». Todo aparenta que habrá crisis gubernamental a corto plazo, aunque este cartucho ya lo quemó Zapatero cuando cambió al equipo económico de Pedro Solbes por el de Elena Salgado. Un movimiento de entrada y salida de ministros, con alguna supresión ministerial incluida, carece de sentido cuando la causa del problema afecta estructuralmente al proyecto político de Rodríguez

Zapatero para España, porque es un proyecto agotado en todas sus instancias. Cambiar ministros para que todo quede igual, ganar unas semanas de tregua por aquello del beneficio de la duda que merezcan los incorporados son ventajas irrisorias y efímeras que no resisten la carencia de un plan de dirección política que fije objetivos, precise los sacrificios y ofrezca esperanzas.

Terminada la presidencia europea, ya no le quedan más metas volantes al Gobierno ni excusas para reclamar a la oposición silencios patrióticos. Zapatero se las tiene que ver con España, tal y como está nuestro país. En estas circunstancias la única crisis de Gobierno admisible es la dimisión de su presidente y la convocatoria de elecciones anticipadas. Las razones del porqué de este adelanto son evidentes. La carga de la prueba recae en quien afirme que a este Gobierno aún le queda margen de maniobra para tomar decisiones, ejercer liderazgo y comprometer a los ciudadanos en una etapa de sacrificios. Quien, como Rodríguez Zapatero, le ha venido negando sistemáticamente a España las oportunidades de amortiguar la crisis con medidas que debieron tomarse hace años no tiene argumentos creíbles para defender el agotamiento de su mandato en 2012. Sólo un pura y simple voluntad de permanecer en el poder a toda costa, y sin dar a los españoles el derecho a decidir sobre políticas que no pudieron votar en 2008, explica esta contumaz y dolorosa agonía del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.


ABC - Editorial

jueves, 17 de junio de 2010

Razonables y menos retrasados. Por Valentí Puig

Nuestra precariedad en la eurozona no es un banderín de enganche para la europeidad.

EL afán de contentar a todos para que le quieran y voten no le conseguirá a Zapatero un suplente de la voluntad política. O se tiene o no. O se actúa o no. De lo contrario, harán la reforma laboral la eurozona y el Fondo Monetario Internacional. Al final lo más claro es la necesidad existencial de ser más productivos y competitivos para remontar bien la crisis. Tanta autocomplacencia perjudica el potencial de innovación, educativo, empresarial, económico. En un reciente análisis sociológico, Víctor Pérez Díaz argumenta que la insuficiencia actual puede ser la oportunidad para un paso adelante que libere creatividad. Un obstáculo es la baja calidad del debate público, por lo que necesitaríamos una esfera pública de calidad. Esa argumentación sugiere reforzar una motivación que arraigue en las virtudes que son necesarias para una sociedad razonable. Habla de un patriotismo moderado frente al espejismo —al mito— de la nación avanzada que ya alcanzó la hiper-modernidad.

Al analizar la cuarta edición de la Encuesta Europea de Valores, Javier Elzo subraya que la confianza social ha empeorado hasta el punto de que siete de cada diez encuestados no consideran que se pueda confiar en la mayoría de la gente. Los datos son de 2008. El índice de desconfianza no habrá mejorado en los dos últimos años, sino más bien al revés. Partíamos, en 2008, de una situación en la que los encuestados preferían un trabajo con contenidos de mayor gozo inmediato, aún a costa de un menor desarrollo profesional. Dos años después, contemplamos un posible horizonte de cinco millones de parados, de destrucción de riqueza y de inseguridad.

Respecto a los partidos políticos, ya entonces —en 2008— avanzaba la falta de confianza. También respecto a los sindicatos, la justicia y las grandes empresas. No calaba la relevancia de la vida política en la vida de las personas. Significativamente, el sentimiento europeísta tampoco calaba. No parece que haya empapado más la sociedad española desde 2008, y nuestra precariedad en la eurozona no es un banderín de enganche para la europeidad, a pesar de los beneficios que ha representado —y representa— para la España la integración europea.

Esas cosas requieren de debates claros, de opinión articulada, de una sociedad con interés por la realidad exterior, y para un debate consecuente, Víctor Pérez Díaz pide que las gentes sensatas hablen de lo que saben y no de lo que ignoran. Eso, ciertamente constituiría una revolución. Es decir: hacer uso de la ecuanimidad, escuchar a los demás, y que uno proteja «a sus propios adversarios como una parte sustancial de su comunidad política», en lugar de «convocar a una cacería humana». Estamos lejos de un objetivo así, preferimos lo blanco o lo negro pero también es cierto que el zapaterismo ha sido un factor de mucho peso para que el debate fuera como es, que a veces parezca tan impropio de «personas cuidadosas con la verdad de las cosas». Lo evidente es que ya no quedan más burbujas para ha
llar un cobijo placentero. Ahora los grandes riesgos son la desconfianza y el retraso.


ABC - Opinión

Reforma laboral. Una reforma virtual. Por Emilio J. González

Lo que se está haciendo en realidad no es abaratar el coste del despido sino forzar a las empresas a provisionar por anticipado parte del mismo en forma de mayores cotizaciones, lo que sólo incrementa los costes.

Lo virtual está de moda. La realidad virtual, las fusiones virtuales de cajas de ahorros y, ahora también, las reformas estructurales virtuales, porque sólo así cabe calificar a los cambios en la normativa laboral que acaba de aprobar el Consejo de Ministros. Sobre el papel, que todo lo aguanta, parece que el Ejecutivo va a abaratar el despido, y lo va a hacer no sólo para los nuevos contratos, sino para todos los existentes. En la práctica, lo más probable es que todo se quede como está o, incluso, se incrementen los costes para las empresas. Se trata, una vez más, de esa política de Zapatero de tratar de engañar a todo el mundo, mercados incluidos, haciendo ver que hace mucho cuando, en realidad, y en el mejor de los casos, todo se queda en agua de borrajas.

Según lo aprobado por el Gobierno, las empresas con dificultades económicas podrán reducir su plantilla con un coste por despido igual a 20 días por año trabajado. En apariencia eso está bien, pero ahora vienen los problemas. El primero de ellos es que el Gobierno insiste en que deben darse causas objetivas para que una empresa se pueda acoger a esta fórmula.


El problema, una vez más, es que no define cuáles son dichas causas, que es lo que tendría que hacer, y lo deja todo a la libre interpretación de los jueces de lo social quienes, por norma general, tienden a dar sistemáticamente la razón al trabajador. Sin esa clarificación de las causas objetivas, es muy difícil que cambien las cosas y a lo único que puede conducir es a un incremento de la litigación entre despedidos y empresas, con el consiguiente coste para éstas últimas. De esta forma, lo que se pretende como una medida de abaratamiento del despido, al final no es tal si no viene acompañada de lo que tiene que venir acompañada.

Después está la cuestión de los seis meses en pérdidas que debe acreditar una empresa para poder acogerse al despido de 20 días. Una gran compañía sin duda puede aguantar ese periodo y mucho más antes de reducir su plantilla. El problema es que, en España, el 90% del tejido empresarial está formado por pymes, muchas de las cuales no tienen capacidad para aguantar un periodo tan largo de tiempo si sus cuentas registran números rojos, con lo cual, si quieren sobrevivir, no les quedará más remedio que, de ser necesario, proceder a reducir su plantilla en un periodo mucho más corto, lo cual las deja fuera de los supuestos beneficios de esta reforma.

En tercer lugar, el Gobierno dice que el Fondo de Garantía Salarial se hará cargo del pago de ocho días en la indemnización por despido, sea cual sea el tipo de contrato y sea cual sea la causa de extinción de la relación laboral. Teóricamente, por tanto, parece que con esto también se abarata este coste. Sin embargo, surge inmediatamente una cuestión obvia: si el Estado no tiene un euro en sus arcas y si tiene que realizar importantes esfuerzos de ajuste presupuestario, ¿de dónde va a salir el dinero para abordar esos pagos? Mucho me temo que de donde piensan todos ustedes, esto es, del bolsillo de los empresarios en forma de mayores cotizaciones al desempleo. De ser así las cosas, como me sospecho que serán, lo que se está haciendo en realidad no es abaratar el coste del despido sino forzar a las empresas a provisionar por anticipado parte del mismo en forma de mayores cotizaciones empresariales al desempleo, lo cual incrementa los costes laborales cuando lo que es preciso en estos momentos es reducirlos para poder recuperar competitividad y mantener los puestos de trabajo.

La propuesta de reforma, además, no aborda dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas es la modificación de las condiciones de contratación, esencial para poder crear empleo, sobre todo entre los jóvenes, los parados menos cualificados y los desempleados mayores de 45 años. Para impulsar la contratación no basta sólo con reducir el coste del despido, cosa que, por lo que hemos visto, parece que no se va a hacer, sino que es preciso incidir también en esos elementos relacionados con la incorporación a un puesto de trabajo, en especial los relativos a todos los componentes del coste laboral, que dejan fuera del mercado a tantos jóvenes, a tantas personas poco cualificadas y a tantos mayores. La segunda es la negociación colectiva. Su descentralización, para situarla al nivel de las empresas, es del todo punto necesaria para que su contenido se adapte a la realidad de cada compañía. No basta, como hace esta reforma, con introducir posibilidades para descolgarse de los acuerdos sectoriales centralizados porque esta posibilidad se abre para casos muy concretos, cuando debería ser la norma. Sin embargo, el Gobierno no se ha querido meter en este charco porque significaría acabar de un plumazo con gran parte del poder de los sindicatos en España, esos sindicatos que han convocado una huelga general para el próximo otoño sin alegar verdaderas razones que lo justifiquen. Esto lo tendrían que haber hecho hace tiempo para protestar por la falta de interés del Ejecutivo por tomar medidas que frenasen la escalada del paro. Sin embargo, este no es el motivo. Lo hacen para protestar por una reforma laboral que, en última instancia, no es tal y que si se hiciera como se debe hacer sería muy positiva para la generación de empleo.

En resumen, todo esto no es más que una reforma virtual, sin verdadera sustancia ni contenido; más bien al contrario. Mientras no se profundice en los aspectos antes señalados, esto no es más que una nueva operación de marketing de Zapatero para tratar de calmar a los mercados, cuando éstos ya no confían lo más mínimo en él. Y, por tanto, lo más probable es que esta reforma laboral, tal y como está concebida, no sirva para nada, ni siquiera para las pretensiones de ZP.


Libertad Digital

¿Cómo no recortar?. Por Darío Valcárcel

En el medio plazo, la UE busca un avance, un mínimo avance, hacia el gobierno económico de la zona euro.

LO primero es recortar. Sin recorte no hay salvación. Con rancio oportunismo, un partido de la oposición sostiene que España se ha convertido en protectorado de Bruselas. ¡¡¡Menos mal!!! La Providencia, en su infinita generosidad, nos devuelve a la protección, el Señor sea loado. El Consejo Europeo, mañana, viernes, precisará el recorte. Pero eso es lo inmediato. En el medio plazo, la UE busca un avance, un mínimo avance, hacia el gobierno económico de la zona euro. En Alemania, la coalición cristianoliberal puede saltar en pedazos. Es extrema la debilidad del señor Westerwelle y su partido. La vida pende a veces del azar, ah, el azar… Ante la recesión y el paro, la única medida de gran alcance es la creación del fondo de respaldo al euro, 750.000 millones. España debe cumplir, como toda la eurozona, las reglas del euro y de la unión arancelaria (arancel cero) con derecho de libre y gratuito establecimiento.

Las políticas económicas se coordinarán más. Pero no se sabe cuándo ni cómo. El desempleo de Holanda es del 4,1 por cien; el de España, del 19,7. En diciembre, el déficit holandés era de 5,3; el español, de 11,2. Los estados de la eurozona avanzarán en consolidación fiscal y reformas estructurales (que impedirán reelecciones; o no).

El miedo ha cundido. En estos dos años, no solo las empresas, también las familias españolas han duplicado su tasa de ahorro. Pero el Estado se arruina con una factura anual de desempleo de 34.000 millones de euros. Una reforma laboral con recortes a los contratos indefinidos y refuerzo a los temporales reduciría esa factura. Pero el problema básico es, se dice, de educación: la batalla está en dos tramos del sistema educativo (10-18 años; 18-23).

En 1955-65 más de un millón de españoles trabajaban en Alemania, Holanda, Suiza, Francia. En aquellos diez años se produjo un gran giro cuyo autor, Alberto Ullastres, no procedía de los equipos de la guerra civil. Era profesor de universidad, soltero, miembro del Opus Dei, organización religiosa anclada en el poder temporal de la época. Ullastres dirigió el plan de Estabilización que sacaría a la economía española del aislamiento, gracias en parte a las remesas de Alemania —todos los españoles volvieron, por cierto. En 1959, Ullastres pidió al general Franco un amplísimo poder. Franco se lo dio. Cuando despegaba el Plan de Estabilización, España dependía de sí misma. Hoy no. Desde hace 25 años, España está enteramente integrada en la economía europea.

El mes pasado, Barack Obama lo recordaba: Estados Unidos se fundó sobre cuatro o cinco grandes valores, uno de ellos el respeto a las ideas del adversario. ¿Y qué tiene esto que ver? Pues sí, tiene que ver: piensen un momento y lo entenderán. «Si usted lee por regla general los editoriales del (liberal) New Tork Times, trate de leer de vez en cuando los editoriales del (muy conservador) Wall Street Journal. Quizá le hagan hervir la sangre, quizá no cambien su forma de pensar. Pero
necesitamos escuchar habitualmente puntos de vista opuestos». Sin ese ejercicio, vuelven las guerras civiles antes o después.


ABC - Opinión