LA primera regla ante los secuestros es que quien paga el rescate se expone a ser de nuevo secuestrado. El Gobierno español no ha aprendido todavía esta lección básica, lo que está llevando a nuestros pesqueros en el Índico a un grado de indefensión parecido al de nuestras tropas en Afganistán. Su negativa a reconocer que estamos allí en una guerra ha costado la vida a varios soldados españoles, y su negativa a tratar a los piratas del Índico como tales ha llevado al cautiverio a 36 marineros, tres de ellos ya en tierra, mientras sus secuestradores elevan sus amenazas: «los mataremos, dicen, si no se cumplen nuestras exigencias, como haremos con los demás». «Sabemos donde están», tranquiliza la Ministra del ramo. ¡Vaya cosa! También sabemos donde están los demás, en el «Alakrana», y donde están las fragatas «Canarias» y «Méndez Núñez», con todo su potencial bélico, sin que nos sirva de mucho. Pero es que a Carme Chacón sólo le gusta dar buenas noticias y fotografiarse ante las tropas. Las malas noticias y las situaciones conflictivas prefiere meterlas bajo la alfombra, con la consecuencia de que le aparecen por la otra esquina. Lo mejor que defiende esta Ministra de Defensa es al gobierno del que forma parte.
«Estamos haciendo todo lo posible para traer a la tripulación sana y salva», añade. ¡Faltaría más! Pero que no olvide que si se limita a hacer lo que la vez anterior -ceder al chantaje- nuestros barcos se convertirán en la presa favorita de los piratas. La mejor forma de evitar los secuestros es impedir que ocurran, y hasta ahora, el gobierno sólo ha tomado contra ellos medidas a posteriori, sin fuerza intimidatoria. La piratería en el Índico no se soluciona pagando rescates, se soluciona acabando con ella. Desde el mar y desde el aire, desde los navíos de guerra y desde los pesqueros que acepten armarse. Los que no lo acepten, mejor que no se acerquen a aquellas aguas.
He dicho antes que el zapaterismo se basa en las buenas noticias, aunque sean falsas, y en las buenas imágenes, aunque sean sesgadas. Pero ésa es sólo la mitad de su programa político, la que se ve, la menos importante. La otra mitad, lo que le mueve y ocupa es ganar las próximas elecciones. Afán legítimo mientras no se subordine a él todo lo demás, como viene ocurriendo. Desde la negociación con ETA a la piratería en el Índico, pasando por los nuevos estatutos de autonomía y la crisis económica, lo único que le ha preocupado es eso, a base de contar mentiras y tomar medidas equivocadas. ¿Cuántos marineros españoles tendrán que caer cautivos hasta que la Ministra Chacón se decida a defenderlos de verdad? Me temo que bastantes. A fin de cuentas, tanto ella como doña María Teresa Fernández de la Vega son Ministras de Telediario. No hace falta más que verles el vestuario.
Ofrecemos a nuestros lectores un resumen con los enlaces que les darán una somera idea del clima de corrupción que nos hace la atmósfera política irrespirable.
POR LA MOROSIDAD DE SUS HIJOS, los pensionistas empiezan a perder sus pisos debido a los embargos bancarios, como resultado de la ejecución de avales, concedidos en su día para que sus hijos pudieran adquirir un piso en propiedad. La imposibilidad de hacer frente a la hipoteca provoca que los bancos les reclamen a ellos la deuda.
"En los últimos meses estamos asistiendo económicamente a muchas personas mayores que están pasándolo muy mal por esta situación y que hasta ahora era impensable que pudieran ser sujetos de la ayuda social", según señaló el martes la directora de Cáritas Diocesana en Valencia, Concha Guillén, tras una reunión con la consellera de Bienestar Social, Angélica Such, a la que también asistieron los responsables de Cáritas en Alicante y en Castellón, informa laverdad.es.
El perfil medio suele ser el de una mujer con una pensión de viudedad, ya de por sí muy justa, cuya vivienda la tenía en propiedad. "La crisis ha enviado a familias enteras al paro. En muchos casos no pueden hacer frente a la hipoteca y el banco, para cobrar la deuda, recurre al avalista". "Es muy dramático,pero muchas personas mayores se ven obligadas a entregar sus pisos para pagar las deudas de sus hijos", explica Guillén.
Como resultado del embargo, no les queda más remedio que vivir de alquiler, "pero ni a ese pago pueden hacer frente, por lo que la única salida que encuentran es en la ayuda que reciben de Cáritas".
De hecho, la cantidad media que la institución destinaba hasta ahora a la ayuda para el pago de alquileres rondaba los 24.000 euros mensuales, "una cifra que ha aumentado hasta "target="_blank">los 35.000", según Guillén. A lo largo de 2008, la institución atendió a 41.059 personas. Las peticiones de ayuda este año se han disparado. De hecho, en el mes de septiembre la institución ya había sobrepasado en 250.000 el presupuesto anual.
Los destinatarios de las ayudas suelen ser mayoritariamente inmigrantes (68,5%), pero poco apoco también crece el porcentaje de españoles (31,5%). El perfil de estos últimos "no sólo responde a individuos con desarraigo, sino que aumentan los casos de familias perfectamente integradas socialmente que de la noche a la mañana se quedan sin nada", indicó Guillén. "Hemos pasado de atender a los pobres a ayudar a nuestros vecinos", aseguran desde Cáritas.
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Jean-Marie Domenach resumió en su libro "La propagande politique" las reglas que Göebbels y el aparato de propaganda Nazi emplearon de forma sistemática para alcanzar y mantenerse en el poder. Basta con detenerse un poco a analizar los medios de comunicación tradicionales, para reconocerlas en el uso cotidiano.
La primera regla es la de simplificación y del enemigo único. Simplificación. Cualquiera que esté familiarizado con el mundo publicitario sabrá que este concepto es fundamental. Los mensajes deben de ser sencillos, breves. Se debe evitar por todos los medios transmitir una idea compleja, algo que invite a la reflexión, pues se podría arruinar el efecto que se pretende conseguir: si el receptor tiene tiempo y/o la necesidad de pensar sobre el mensaje, puede percibir las contradicciones, lo negativo, lo que le produzca rechazo. Un mantra se repite sin cesar, se transmite sin pensar, y se retiene fácilmente en la memoria. Es el slogan o, en último término, el símbolo, ya sea una cruz gamada, una rosa o una gaviota. El slogan apela directamente a las pasiones y a los sentimientos. Está cuidadosamente estudiado para conseguir unos fines estéticos, y que se quede grabado en nuestra cabeza como esas insidiosas y molestas melodías que a veces asaltan nuestro cerebro.
Y la máxima simplificación debe de darse en el enemigo a batir. Las ideas del partido o grupo contrario, sus propuestas, sus defectos, todo debe de concentrarse en algo concreto, preferiblemente un individuo. Se debe identificar el odio o las esperanzas, la doctrina adversaria, en una sola persona, para reducir así la lucha política a un enfrentamiento personal, a una rivalidad entre individuos. Es más fácil enfrentar personas visibles que ideas. Y es más fácil manipular a la masa si se le hace creer que su adversario es una minoría, un pequeño grupo de disidentes, no un sector amplio de la población. Después, basta con desacreditar al individuo y no hará falta rebatir sus ideas. Se elimina así la necesidad de razonar sobre las propuestas ajenas y argumentar a favor o en contra: la validez del individuo es lo que dará validez a sus planteamientos. El efecto final se consigue cuando se hace recaer sobre ese adversario la culpabilidad por los errores propios: es el triste espectáculo diario que nos ofrecen los líderes del Estado de partidos.
Una buena parte de españoles, salvo víctimas de la ESO, recordarán con facilidad el final del soneto cervantino que da título a esta columna, y que describe la feliz decepción tras lo que se adivinaba como una gran bronca: una gran expectación que parece desvanecerse en el aire. ¿Eso es lo que ha pasado en el Comité ejecutivo del PP? Los primeros ecos del conclave, habitualmente silencioso, allí donde al parecer se debe hablar y nadie habla, registran, por el contrario, una situación de espadas en alto, una Aguirre ausente para que se pueda hablar con libertad del vómito, y un temeroso Cobo que se reafirma en la perversidad de la presidenta, y corre solícito a refugiarse en la lealtad al líder máximo. Todo un espectáculo frente al que, sin embargo, habría que rebajar el tono de las plañideras. Muchos adoptan ante las rencillas políticas el mismo tono pusilánime que pudiera tener un marciano asustadizo ante la viril entrada de un defensa a un delantero, en un partido enconado, pero la verdad es que, sin gresca cara al público, no hay otra política que la totalitaria. Lo que aquí ocurre es que hay muchos políticos que pretenden que el partido lo ganen los árbitros, que nadie diga nada, y que todos vayamos a votar disciplinadamente y en silencio. Rajoy parece propugnar alguna variante de esta política sin conflicto ni argumentos, tal vez porque suponga que tales minucias, ¡precisamente éstas! pudieren apartarle de la Moncloa. Muchos españoles, acostumbrados, únicamente, a aplaudir a los unos o a los otros, no parecen soportar fácilmente según qué discrepancias, pero deberían ir aprendiendo a hacerlo, pues es la única garantía de que no pierdan del todo el control de sus asuntos.
Me parece que las diferencias entre Aguirre y Gallardón son, por lo demás, perfectamente serias. Eso es lo que creen, por cierto, la inmensa mayoría de los militantes del PP de Madrid, unos ingenuos que creen que algo tendrían que decir en esto.
Pero en el PP se ha producido un fenómeno curioso y es que, ante la pérdida, perfectamente real, de poder nacional frente a las taifas regionales, algunos piensan que la solución está en ningunear a la organización madrileña; pareciera como si los dirigentes nacionales del PP, se hubiesen convertido a esa estúpida idea de los nacionalistas según la cual, no hay separatistas sino separadores; llevados de esa asombrosa presunción, algunos genoveses pretenden algo así como que Madrid (no, al parecer, el amantísimo ayuntamiento) sea el culpable único de la mala imagen del PP, y que conviene, por tanto, que en Madrid no haya otro partido que el que encarne la dirección nacional.
Así que, por procedimientos tan oscuros como torpes, esa dirección pretende mangonear Madrid a través de un personaje que no fue capaz de sacar un porcentaje digno de los votos en un congreso bastante más abierto, todo hay que decirlo, que el de Valencia. Madrid no ha pedido un estatuto homologable a nada, ni quiere embajadas, pero es una Comunidad que se merece un respeto que algunos no profesan, y en la que gana las elecciones un partido perfectamente coherente y organizado.
Populistas-gastones Vs liberales austeros
Hablamos pues, de problemas políticos perfectamente reales, como puede comprobar cualquiera que examine mínimamente las políticas del ayuntamiento, con más déficit que ZP, y las de la Comunidad. Pero el PP nacional parece lleno de gente a la que la política de verdad les da risa, de tan cercana que ven la toma de la Moncloa. Rajoy no debería caer en el error de minimizar esas diferencias políticas, y debiera tener alguna opinión sobre ellas, para que los demás pudiéramos hacernos una idea de lo que pretende. Si se trata de refugiar en la disciplina, en la prohibición y en pelillos a la mar, se equivocará, de nuevo, y de medio a medio, un desliz que no logrará tapar con otro buen discurso.
Por detrás de todo esto, está, sin duda, la persistencia en el seno del PP de un viejísimo enfrentamiento, con los matices que se quiera, entre populistas-gastones, que son de derecha más que nada por cuna, y liberales austeros, que pretenden una cosa un poco absurda para los primeros, a saber, que la política se base en ideas. Se trata de diferencias que tal vez pudiesen enriquecer un proyecto, pero que no debieran ocultarse bajo la alfombra.
Además de política, en los partidos deben imperar las buenas maneras y el respeto a las normas; supongo que Rajoy no dejará pasar el exabrupto del visir gallardoniano; Esperanza Aguirre ha dado ejemplo de sobrada buena disposición en todo este asunto, pero sería excesivo pedirle ataraxia frente a una minimización del salivazo de Cobo. Hay señoritos que creen poderlo todo, y es hora de que se enteren de que también ellos tienen que respetar ciertas reglas. No vale decir esto es lo que hay, porque es algo que no debiera consentirse de ningún modo. El valentón cervantino salió indemne porque los sonetos son cortos, pero la historia es larga y pondrá a cada uno en su sitio.
El 'Gran Hermano' de Orwell ya no es una fantasía. Se parece mucho al sistema que pretende usar Interior para controlar, mediante el teléfono, las comunicaciones.
EL 'GRAN HERMANO' al que hacía referencia George Orwell ya no es la fantasía de un intelectual sino una inquietante realidad que amenaza la vida íntima y las libertades de los ciudadanos.
Esteban González Pons, vicesecretario del PP, anunció ayer la presentación de una proposición no de ley en el Congreso para garantizar la privacidad de las comunicaciones. El dirigente del PP denunció el uso abusivo e ilegal que el Ministerio del Interior está haciendo del sistema Sitel, un ordenador que registra todas las comunicaciones electrónicas. Además de grabar las conversaciones, el Sitel permite localizar a cada individuo a través de su teléfono móvil, cruzar sus llamadas con las de otras personas y saber las páginas por las que navega en internet o las transacciones económicas que realiza.
La decisión de instalar el Sitel fue adoptada por el Gobierno de Aznar para emplearlo en la lucha antiterrorista, pero tuvo que paralizarlo por informes jurídicos de Justicia, Interior y el CGPJ, que advirtieron de su posible inconstitucionalidad. La Fiscalía de Madrid también se pronunció en contra por su falta de garantías jurídicas.
El Ministerio del Interior está utilizando desde finales de 2004 este sistema para diversas investigaciones policiales. Según Alfredo Pérez Rubalcaba, se emplea siempre con autorización judicial y se destruye aquel material que carece de interés para la causa.
Pero nadie sabe a ciencia cierta dónde están los ordenadores que graban las conversaciones ni cuántos hay, aunque se tiene constancia de que el CNI, al igual que la Policía Nacional y probablemente la Guardia Civil, tiene un equipo de estas características.
Nadie sabe tampoco qué información se archiva en discos, cuál es el criterio de selección, quién determina el material que se entrega al juez y quién custodia esos registros, como González Pons subrayó ayer.
Estamos ante un asunto que suscita enormes interrogantes, máxime teniendo en cuenta los abusos cometidos por el antiguo Cesid, que montó un dispositivo similar para espiar a políticos, jueces, empresarios y periodistas.
Por mucho que asegure el ministro del Interior que el sistema se usa dentro de la legalidad, parece imposible en la práctica garantizar que no se cometan abusos por parte de los servicios secretos o los aparatos policiales, que pueden controlar gracias al Sitel no sólo qué dicen los ciudadanos sino a dónde van y con quién se relacionan.
No dudamos de que el sistema puede ser muy útil para luchar contra ETA o contra las mafias, pero también puede ser instrumentalizado para espiar a personas honestas e incluso para chantajearlas con datos sobre su vida íntima.
Es cierto que el Estado tiene derecho a recurrir a las nuevas tecnologías para ser más eficaz en la persecución del crimen organizado, pero no todo vale. Tiene que haber límites y controles. Por ello, estamos también en contra de la obligación legal de los usuarios de los móviles con tarjeta de prepago de comunicar su identidad, lo que nos parece un exceso. Siguiendo la misma lógica, ¿por qué no forzar a revelar su nombre al que sube a un tren o llama desde una cabina telefónica?
Las enormes posibilidades de crear un Estado policial que ofrecen las tecnologías de la información obligan a abrir un gran debate social y a una mayor transparencia de los poderes públicos. El Parlamento debería entrar a fondo en este asunto que afecta a una cuestión sagrada en una democracia: los derechos de los ciudadanos y su seguridad jurídica.
ES una lástima que Alberto Ruiz-Gallardón sea reacio al casticismo. Parece que los aromas típicos del Madrid que le eligió como alcalde le sofocan y trata de evitarlos. Ha prescindido de la vara que lucieron en señal de mando sus mejores antecesores y se ha instalado lejos de cualquier verbena y de las praderas -¡a cualquier cosa llaman chocolate las patronas!- que han servido, de San Antonio a San Isidro, como escenario de ingenuas chulerías y simpáticos desplantes entre las parejas que, en su evolución, han convertido un pueblón manchego en una de las grandes ciudades de Europa. Esperanza Aguirre, por el contrario, es de rompe y rasga. Parece sacada de La Chulapona, habla con letra de Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, y anda con ritmos de Federico Moreno Torroba. Ha superado el complejo de estar sobre un invento administrativo, la Autonomía de Madrid y, de hecho, se beneficia de las competencias que su predecesor, Gallardón, le quitó al Ayuntamiento. Así, el alcalde -alguacil alguacilado- anda hoy mermado de funciones y ve que sus ambiciones se derrumban con el vértigo con que se vienen abajo las de la presidenta.
En uno de esos síndromes que definen la derecha española y que alimentan su debilidad, Aguirre y Gallardón tienen como principal tarea, instalados en la comodidad de sus respectivas y rotundas mayorías, la de destrozarse mutuamente. Es superior a sus fuerzas porque, genio y figura, la izquierda nacional sólo tiene la energía y el poder que les proporciona, desde la Restauración, el caínismo de la derecha, su debilidad. Si estuvieran bien avenidos, serían otra cosa. No cabrían en el PP.
En Madrid, en el de antes de que Gallardón le convirtiera en un túnel interrumpido por grandes zanjas, se le llamaba «manuela» a un coche de alquiler, de un solo caballo como corresponde a la tradicional austeridad capitalina, que usaban las parejas bien avenidas en días de solemnidad y toros. En La Chulapona, el coro canta: «... y si luego tomamos un coche,/ pa que vean que somos de ley,/ recostados en una manuela/ no nos tosen ni el Papa ni el Rey». Ese es el encanto de la avenencia. La unión hace la fuerza. Aguirre, Gallardón y todos los demás, bien limpios de las impurezas que les envuelven y en la razonable unidad de quienes saben lo que quieren, resultarían imbatibles. Mientras tanto, hagámonos a la idea de Zapatero perpetuo. Hasta que amargue.
La unica razón para este simulacro de sanción es el no querer desairar a un envalentonado Gallardón, quien horas antes de que el órgano disciplinario se pronunciara, ya lo desautorizaba advirtiendo que él, en cualquier caso, no iba a suspender a Cobo.
En lo que parece más un simulacro de sanción que una sanción propiamente dicha, el Comité de Derechos y Garantías del PP ha decidido suspender cautelarmente de militancia a Manuel Cobo por los insultos dirigidos contra Esperanza Aguirre desde el diario El País. Por lo visto, el Comité de marras no tiene todavía los suficientes elementos de juicio y se va tomar un tiempo más para dilucidar si las injurias del segundo de Gallardón contra la presidenta madrileña deben ser consideradas "graves" o "muy graves" –lo cual estatutariamente conlleva en ambos casos la inhabilitación para desempeñar cargos en el seno del partido o en representación de éste– o, por el contrario, no merecen castigo alguno que no sea una mera amonestación. Es evidente, sin embargo, que el Comité de Derechos y Garantías tiene desde hace muchos días, y como cualquier ciudadano, elementos más que de sobra para enjuiciar las inadmisibles calumnias e injurias que Cobo ha lanzado contra Aguirre. La única razón para no haber tomado ya una decisión definitiva es el no querer desairar a un envalentonado Ruiz Gallardón, quien horas antes de que el órgano disciplinario se pronunciara, ya lo desautorizaba advirtiendo que tomara éste la decisión que tomara, él no iba a suspender a Cobo como vicealcalde y portavoz del partido.
Para no tener que enfrentarse a Gallardón –o por no querer hacerlo– el Comité ha optado por una sanción cautelar sin efecto práctico alguno, ya que ni siquiera obliga de manera cautelar a apartar a Cobo de sus cargos. Este resultado, no sólo permite a Esperanza Aguirre seguir sintiéndose justamente desamparada por la dirección de su partido, sino que también constituye un agravio comparativo con respecto a las sanciones tomadas –por muchos menos motivos– contra Ricardo Costa.
Como si la equiparación que hiciera Rajoy entre agresor y agredida no fuera bastante, y como si tampoco lo fuera el hecho de que Cobo, lejos de retractarse, elevara las injurias afirmando haber llegado a "sentir miedo por mí y por mis hijos", Esperanza Aguirre ha tenido que ver como este miércoles la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, la criticaba en la radio considerando un "error tremendo" su decisión de no acudir el martes a la reunión del Comité Nacional del partido.
Aun reconociendo como un error, y no como una gentileza, la ausencia de Aguirre –que ésta justificó con el argumento de que sus compañeros pudieran reflexionar con "mayor libertad" sobre un caso en la que ella estaba directamente afectada–, ¿no había determinado Rajoy que las criticas a los compañeros se hacían en el seno del partido? ¿Qué hace, entonces, Cospedal aireando el "tremendo error" de Aguirre ante los micrófonos de Onda Cero y la Cadena Cope? Por otra parte, ¿por qué nadie consideró como un plante, una falta de respeto o un tremendo error la decisión de Camps de no acudir a una reunión anterior del Comité Nacional en el que se iba a tratar el efecto del caso Gürtel en la Comunidad Valenciana?
Lo más criticable, sin embargo, de este simulacro de sanción contra Cobo es, tal y como apuntábamos, el agravio comparativo que supone respecto a las sanciones impuestas a Ricardo Costa. Éste ha sido sin motivo alguno, no sólo suspendido de militancia, sino también aparatado de todos sus cargos. Y lo ha sido en un momento en el que Costa todavía no ha podido comparecer ante el Comité de Derechos y Garantías. En el caso de Cobo, ni Rajoy ni el órgano disciplinario trasladaron la menor objeción a sus injurias contra Aguirre hasta que el Comité Regional de Madrid elevó la queja y solicitó su intervención. Sin ni siquiera tomar medida cautelar alguna, el órgano disciplinario convocó para varios días después su comparecencia y, tras ésta, todavía no ha apartado a Cobo de cargo alguno.
Se dirá que la falta de militancia no impide por sí misma la ostentación de determinados cargos de representación. Sin embargo, Cobo no es un independiente a quien, por razón de prestigio y trayectoria profesional, se le ofrece uno de estos cargos. La "independencia" de Cobo es sobrevenida por haber injuriado a un miembro del partido, y el hecho de que, pese a ello, pueda seguir ostentando esos cargos convierte su sanción en una auténtica tomadura de pelo. Una tomadura de pelo que, por lo visto, no resulta "inadmisible" para Mariano Rajoy.
HA sido probablemente lo más reconfortante de esta semana. Angela Merkel ha hablado ante el pleno del Congreso norteamericano, Casa de Representantes y Senado unidos. Ha sido un discurso como el que muchos soñamos escuchar de nuestros propios representantes y líderes. Muy pocos han sido los dirigentes extranjeros que han recibido semejante deferencia en Washington. Se ha dicho que Konrad Adenauer, el padre de la República Federal Alemana, hace la friolera de 56 años, recibió el mismo honor. No es exacto. Adenauer habló ante ambas cámaras, el único canciller alemán hasta ahora en hacerlo, pero no en sesión conjunta. Angela Merkel ha adquirido así un puesto muy especial en la jerarquía de relaciones con la administración norteamericana. Ante actos realmente históricos como éste producen hilaridad cuando no vergüenza los patéticos esfuerzos de algunos de presentar su foto semigótica con Barack Obama como un encuentro planetario. Y el efímero encuentro en el Despacho Oval como el principio de una larga y profunda amistad. Pero eso sucede cuando quien habla no sabe nada de casi nada y mucho menos de historia, de simbolismos, de la profundidad que confiere a las relaciones políticas y humanas una comunión de valores. Cuando no se sabe más que de insidias barriobajeras de trepadores e intrigantes de partido semileninista. Si hay algo que ofende quizás más que la incompetencia y el desprecio a la inteligencia ajena es la ignorancia paleta de la que hacen gala algunos dirigentes de este Partido Socialista nuestro, sobre todo los que más hablan. Ignaros arrogantes con trajes y vestidos nuevos que jamás habrían podido comprarse con un salario merecido en el mercado libre. Ustedes ya saben quiénes son. El discurso de Merkel no tiene desperdicio por su altura de miras, su calidad humana y su sabiduría política. Por supuesto que muy probablemente no sea todo el texto obra suya. Pero suya es la responsabilidad de haber escogido a la gente adecuada para que el discurso que aprobó y pronunció ante el Congreso en el Capitolio haya sido de lo mejor que se ha podido oír en mucho tiempo sobre los retos y los anhelos de la libertad. Sobre la dignidad de la persona y sobre la grandeza de la política, sobre el sacrificio y sobre la gratitud inexcusable a quienes lo hacen, sobre la fuerza de las ideas y el peligro de su debilidad para todos los valores que los hombres libres han de defender. Decenas de veces fue interrumpida por los aplausos y al final de su discurso toda la sala se puso en pie para brindar a la canciller varios minutos de ovación continua y entusiasta. Merkel habló de su infancia y juventud en una dictadura comunista que aquí aún muchos defienden. Y de sus sueños desde entonces del gran país de las oportunidades infinitas que otorgan el esfuerzo, el talento y la libertad. Habló de la grandeza de la democracia que da vía libre al individuo. Y por tanto de la miseria de los experimentos sociales que desde el Estado reprimen al ser humano en aras de promesas de felicidades futuras imposibles y siempre a la postre sangrientas. Merkel dio una lección de historia de una mujer que, súbdita de una dictadura miserable, ha logrado dirigir a la mayor potencia europea. Y lo hizo dando las gracias a Estados Unidos, que tantos hijos ha sacrificado por la libertad de tierras lejanas a las que sólo los unían sus antepasados. Grandeza había en sus palabras. Vergüenza daba recordar la charlatanería buenista y provinciana de nuestro Gran Timonel en su breve paso por Washington.
Cuando se habla de corrupción en debates públicos, es difícil desplazar a los contertulios de una idea de la corrupción basada en casos personales, detectados en tanto que se enfrentan a un sistema político y legal determinado (en buena parte por ellos mismos, deberíamos añadir). Pero apenas se cuestiona que sea éste precisamente el que esté corrupto, y que, en tal caso, la aparición de uno o cientos de casos de corrupción no se explica por la exclusiva malicia del criminal, los cuales son frutos lógicos y naturales de tal árbol, sino por la descomposición del árbol mismo.
Cuando, por ejemplo, nos enteramos de que cierto periódico de un pueblecito de Gerona recibe setenta euros de la Generalidad de Cataluña por cada ejemplar que vende, que cuesta sólo un euro, con la excusa de una “promoción de la cultura catalana”, sabemos que se trata de algo inmoral y políticamente corrupto. Pero la búsqueda de un culpable concreto de semejante monstruosidad tenderá a diluirse en responsabilidades cada vez más altas en el escalafón legal, que alcanzan a la Generalidad misma, el Parlamento catalán, y, si se quiere ir hasta el final, a la Constitución española. En efecto, es por eso por lo que tantos crímenes y corruptelas han sido pasados por alto por la justicia. El creador de una idea tan ignominiosa está a salvo. Es más, será aplaudido y considerado un campeón de la cultura y un héroe nacional. Pero, en todo caso, de creador no tiene nada, pues su engendro es tan sólo la consecuencia de una red de concesiones cuyo origen escapa a todo análisis subjetivista.
Es por tanto pueril argüir, como hacía un periodista recientemente en un debate televisivo, que, habiendo tratado a muchos políticos durante décadas, no ha conocido a ninguno corrupto. En primer lugar, como si, de estar realmente cometiendo algún delito, se lo fuese a decir al susodicho periodista. Pero ante todo porque este tipo de análisis no percibe que la degradación moral comienza desde la cúpula del poder, y que la vigencia un régimen político u otro determina el grado de corrupción moral de una sociedad. El discurso de la democracia no es psicologista, lo cual sería el refugio partidócrata por antonomasia (“yo no he hecho nada, o nada que no hayan hecho otros”), y debe saltar a examinar las causas de la corrupción desde un plano institucional, donde las soluciones toman la forma de una mecánica de fuerzas.
El ex director del Palau, además de pagar las bodas de sus hijas con los fondos de la Fundación –200.000 euros en total - consiguió rentabilizar aún más el desfalco. El Periódico desvela que cobró a su consuegro la mitad de los gastos, logrando un jugoso beneficio del enlace: 40.000 euros.
El proceso judicial abierto contra el desfalco del Palau de la Música no deja de depararnos sorpresas. Si hace unos días conocíamos como Félix Millet había costeado, con los fondos de la Fundación, las lujosas bodas de sus hijas, ahora El Periódico desvela como su el fraude iba más allá.
Después de cargar a las cuentas del Palau las facturas de la boda de su hija Clara, que ascendieron a 81.156 euros , además no quiso "invitar" a sus consuegros: Les cobró la mitad de los gastos del enlace. Por lo que, Millet logró una operación exitosa: la ceremonia nupcial le había reportado un beneficio de 40.000 euros.
Según afirma El Periódico, los consuegros no tenían conocimiento de que en realidad, el que pagaba no era el presidente del Palau y padre de la novia sino la Fundació Orfeó Català, según las facturas aportadas al proceso judicial abierto por el desvío de millones de euros de la entidad. De hecho, la familia del novio tuvo que recortar la lista de invitados para poder hacer frente al gasto.
El convite se celebró en el propio Palau, y se realizaron obras expresamente para la ceremonia, a la que acudieron consejeros de la Generalidad de la época, junto a financieros e importantes empresarios.
La boda de la otra hija de Millet, Laila, también presenta irregularidades. El Palau de la Música cambió la música clásica por la del legendario trompetista Louis Amstrong, a gusto de la novia. Solo el almuerzo costó 28.895 euros (4.8 millones de pesetas), y las flores 6.769 euros. En total, 129.010 euros. Las pagó el Palau, por supuesto.
En definitiva, Millet utilizaba estas cuentas como si fueran las suyas personales, cargando, por ejemplo, las vacaciones anuales de su familia en Menorca, donde tiene una vivienda. Según las mismas fuentes, en estos dispendios también podría figurar personal de servicio o un canguro para las niñas de la familia.
Ofrecemos a nuestros lectores un resumen con los enlaces que les darán una somera idea del clima de corrupción que nos hace la atmósfera política irrespirable.
JOSÉ María Pemán decía del Consejo Nacional del Movimiento que era «un órgano colegiado que se reúne de vez en cuando para escuchar lo que dice el aconsejado». Tan sabia definición del maestro gaditano podría aplicarse, tal cual, al Comité Ejecutivo Nacional del PP que ayer se reunió en Madrid. Mariano Rajoy pretendía sermonear a sus fieles y a sus díscolos para cerrar las heridas abiertas en un partido que es político y está quebrado. Los destinatarios principales de plática tan fundamental eran, de una parte, Francisco Camps y su mal avenida familia valenciana y, de otra, Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre, quienes, como Esaú y Jacob, tienen disputa por un plato de lentejas y aún por cosas menores, pero sintomáticas de la ambición por el poder. Aguirre faltó a la convocatoria y la plática aleccionadora se quedó en canto lastimero. Rajoy manda en Génova (calle), pero no tiene el poder y la perpetuidad de Simón Boccanegra ni de ningún otro Dogo de Génova (serenísima República Marítima). El acto se quedó en liturgia. ¿Habrá llegado el momento de poner orden en el PP madrileño con una Comisión Gestora? Aguirre, gran agitadora mediática, ya lo vió venir y, este pasado domingo, le dijo a El País, el periódico de cabecera de Gallardón y clave de la presencia de Rodrigo Rato en Caja Madrid: «Que me pongan una gestora si se atreven». Y, tras la provocación, la amenaza: «Yo les monto una cacerolada que lo de Argentina va a parecer cosa de aficionados». Como se ve, mucha ideología y muchísima altura de miras y de pensamiento.
Como suele suceder en este tipo de congregaciones frustradas, nadie quiere ser el primero en manifestar la gravedad del caso y la oportunidad del momento, pero la situación es insostenible. Aguirre viste con excusas corteses su flagrante falta de disciplina y, lo que es peor, su desprecio por un líder que, mientras no sea sustituido por quienes puedan hacerlo, es el mejor presidente que tiene el PP, la única alternativa presente frente a la catástrofe de Zapatero. Los tiempos de Rajoy, que se miden mejor con un calendario que con un reloj, no favorecen una solución que, por razones de elemental autoridad, no debe impedir la materialización de la cacerolada. En caso contrario, sin salir de Génova, el partido se trasladará a Staglieno, posiblemente el más bello cementerio del Mediterráneo sobre el que acostumbran a volar las gaviotas.
Aguirre desentonó en el superpartes del PP. La presidenta madrileña heredó ayer la condición de verso suelto, hasta ahora asignado a su íntimo enemigo, Ruiz Gallardón. La “lideresa” le amargó el día al jefe. Mientras Rajoy instaba a lavar los trapos sucios dentro de casa, Aguirre arremetía en público contra quienes se colocan equidistantes entre el agresor y la víctima. Mal comienzo para los propósitos de la enmienda formulados por Rajoy en su discurso de ayer y asumidos por los dirigentes que, a diferencia de Esperanza Aguirre, sí acudieron a la reunión de la dirección nacional.
Una ausencia difícil de explicar. Según ella, porque se iba a hablar del “caso Cobo” y no deseaba condicionar a nadie. Lo de Cobo es un “caso” justamente por haber perpetrado un ataque en toda regla contra el aguirrismo. Por tanto, si Aguirre no está presente en un debate que le concierne, pierde legitimidad para criticar posteriormente lo que Cobo dijese o dejase de decir en esta reunión interna o incluso las medidas que se tomen o se dejen de tomar en la Comisión de Derechos y Garantías del PP, convocada para hoy. Con su injustificable inasistencia al Comité Ejecutivo parece querer decir que no le interesan las eventuales decisiones de los órganos internos del partido sobre Cobo si tales decisiones no responden a su particular manera de ver las cosas. A saber: ella se adjudica el papel de víctima y asigna a Cobo el de agresor. Como en la víspera de la reunión se le dijo que ese trabajo corresponde a la Comisión de Derechos y Garantías, órgano disciplinario que ha de juzgar el desahogo verbal del vicealcalde en el diario El País, y eso le parece de una “intolerable equidistancia”, pues optó por el portazo y se fue a Leganés.
¿Y hacia dónde creen ustedes que apunta Esperanza Aguirre cuando habla de “intolerable equidistancia”? Pues hacia quien ayer se mostró dispuesto a no permitir en adelante “ni un espectáculo más”. No lo había acabado de decir y la presidenta ya le había dato motivos para demostrar que sus advertencias van en serio. Sus advertencias pasan por recordar que las listas para las elecciones autonómicas y las alcaldías de las grandes ciudades se deciden en la dirección nacional y que este uno es un partido federal donde nadie puede ir por libre. Con su actitud de ayer, muy parecida al desacato, Aguirre vuelve a poner a prueba la autoridad de Rajoy, que acababa de amenazar con la exclusión de las listas a quienes pongan en peligro la unidad del partido y la disciplina interna.
O sea que, al menos en lo que se refiere a la presidenta de la Comunidad y del PP en Madrid, vuelta a empezar. China en el zapato, verso suelto, mosca cojonera o alternativa a la resignación. Como ustedes quieran llamarlo. A diferencia de lo ocurrido con Camps y otros dirigentes, que ayer salieron del Comité Ejecutivo dispuestos a no darle más disgustos al jefe, está claro que Esperanza Aguirre, y menos después de haberse comido la extravagante propuesta de Ignacio González para Caja Madrid, no está dispuesta a decir amén al nuevo catecismo de Rajoy si no se le forma un consejo de guerra a Cobo, a ser posible con fusilamiento político al amanecer, por sus “injurias” en las páginas de El País.
Por mucho que Rajoy recurra a la mordaza o a la exclusión de las listas, nada bueno le espera al partido sin un líder con auténtica auctoritas y sin un programa verdaderamente alternativo en ideas y proyectos al que representa Zapatero.
Ojalá que el PP fuera verdaderamente un partido unido, con un liderazgo claro, con un proyecto nacional común y claramente alternativo al que representa el Gobierno de Zapatero. Pero no basta con desear algo para que se haga realidad, y buena prueba de ello es la crisis que se ha desatado en el seno del PP, evidenciando una falta de unidad del partido, una ausencia de liderazgo y una carencia de proyecto verdaderamente alternativo al PSOE y acorde con un partido liberal-conservador como se supone que es o debería ser el principal partido de la oposición. Buena parte de la intervención de Rajoy ante el Comité Nacional de su partido no ha dejado de ser, en este sentido, un catálogo de intenciones que no concuerdan con la realidad presente de la formación y, lo que es peor, que no han ido acompañadas de nada que pueda hacer pensar que semejantes intenciones vayan a hacerse realidad.
Para empezar Rajoy se ha retrotraído al momento de su decisión de seguir al frente del partido tras las últimas generales, decisión que tomó, según ha recordado, por los buenos resultados que, a pesar de la victoria del PSOE, cosechó el PP, por el respaldo que para ello le otorgó buena parte del partido y por las fuerzas y ganas con las que él se sentía para volver a intentarlo. Para empezar hay que recordar que, salvo alguna excepción, más mediática que política, casi nadie en el partido cuestionó el derecho de Rajoy a seguir encabezando la candidatura popular tras esas elecciones. Los problemas surgieron cuando se filtraron unas ponencias que pretendían dar un giro y un acercamiento "simpático" a los nacionalistas que causaron la alarma en no pocos miembros del PP, empezando por María San Gil. Los problemas surgieron cuando Rajoy en Elche enseñó la puerta a conservadores y liberales y mostraba una "alternativa" basada más en números que en ideas. Los surgieron, en definitiva, cuando la labor de oposición del PP empezó a transformar los ciertamente segundos mejores resultados electorales del PP en su historia en la más numerosa y desideologizada comparsa que haya nunca tenido un Gobierno. Los problemas también surgieron cuando quien ahora reclama una sola voz y unidad para el partido daba rienda suelta a un personaje que, como Gallardón, no oculta sus ambiciones y lleva a gala ser un "verso suelto" en el seno del partido.
Centrándonos en las dos cuestiones que han colmado el vaso en la crítica situación que vive el PP –la actuación del partido ante el caso Gürtel y los ataques de Cobo/Gallardón contra Aguirre y su equipo– lo cierto es que el problema está en que Rajoy ha admitido y sigue admitiendo muchas de las cosas que ahora dice que considera inadmisibles. Su pasividad y falta de liderazgo alimentó el desconcierto derivado del cese de Ricardo Costa; cese éste que, además, bien puede contradecir el cuidado manifestado por Rajoy para que "ningún juicio paralelo, la actuación de algún instructor o la parcialidad evidente de algunos miembros de la Fiscalía" no hagan que algunos "vean su nombre en tela de juicio sin que hubiera ninguna razón para ello". El cese de Costa, en cualquier caso, sería un agravio comparativo frente a la pasividad de la que ha hecho gala Rajoy ante los inadmisibles –esos sí– insultos de Cobo contra Aguirre
A este respecto, las nada veladas puyas que Rajoy, aun sin nombrarla, ha dirigido contra la presidenta madrileña ciertamente sitúan, tal y como Aguirre ha manifestado, en un pie de igualdad al agresor y a la víctima. Cobo no sólo no se ha retractado de sus insultos, sino que los ha elevado al tratar de justificarlos diciendo que "llegué a tener miedo por mí y por mis hijos". Vamos, como si Aguirre estuviera dispuesta a utilizar sicarios contra él.
Es cierto que Rajoy ha criticado también la actuación de Cobo, pero lo cierto es que la ha equiparado a la reacción que, en defensa de Aguirre, tuvieron la practica totalidad de alcaldes del PP en la comunidad madrileña. Una reacción que, pese a lo que afirma el líder popular, no sólo fue libre y voluntaria sino que además fue propiciada por su clamoroso silencio ante unas declaraciones ciertamente "inadmisibles".
La falta de autocrítica de Rajoy ante una situación de la que él es el máximo responsable no hace augurar nada bueno le espera al partido sin un líder con auténtica auctoritas y sin un programa verdaderamente alternativo en ideas y proyectos al que representa Zapatero. "No habrá próxima vez", ha sentenciado Rajoy. Desde las filas socialistas lo tienen claro: gracias a Rajoy, ellos sí tendrán una próxima vez. Mal slogan ha escogido el gallego para describir su propio futuro y el de un PP cada vez con menos pulso.
«HA engañado a media humanidad. Y luego, a la otra media». Lo sabíamos, pero nadie lo había dicho tan tajante como Jordi Pujol. Algo que merece destacarse, al tratarse de un hombre moderado, excepto en su catalanismo. Es posible que en esa pasión esté la causa de su contundencia. Porque, según el ex president, Zapatero ha engañado sobre todo a Cataluña. No una vez, sino varias. Engañó a Maragall, prometiendo darle el Estatut que le enviase, y engaño a Mas, prometiéndole reconducirlo en sus dificultades. Sin que a estas horas lo que Pujol llama «la Carta Constitucional de Cataluña» haya pasado su última prueba, algo que él no perdona. No significa esto que Zapatero no haya engañado al resto de los españoles. Lo ha hecho, en la crisis económica sobre todo, que empezó negando y ha ido trampeando a base de erróneos pronósticos y falsas medidas, hasta llevarnos a la situación en que hoy nos encontramos, a la cola de la recuperación. Una recuperación que nos anunció para el pasado otoño, luego, para la primavera, y se deja ya para el 2011. Sin garantía alguna, pues España no está haciendo sus deberes, como hacen los países serios y los gobiernos responsables. Tal vez para que nos olvidemos de ello, Zapatero intenta ahora vendernos la Presidencia de la Unión Europea, que ocupará durante el primer semestre del próximo año. Una engañifa con la que nos distraerá un día sí y otro también, como ya empieza a hacer. Confía en la ignorancia de los españoles en asuntos europeos, concretamente, en lo poco que manda su presidente de turno, que mandará aún menos con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Prevé éste una especie de «primer ministro» encargado de llevar la política de la Comunidad y un ministro de Exteriores como ejecutor de la misma. Lo que relegará la Presidencia a un cargo más que nada representativo. Por no hablar ya de que quienes siempre han mandado y seguirán mandado en Europa son Alemania y Francia. Con Angela Merkel, Zapatero tiene hoy menos proximidad que nunca, al haber entrado los liberales en su Gobierno. Con Sarkozy, sigue teniendo la de aquel a quien se debe una silla. Para resumir: creer que Zapatero pintará algo durante seis meses en Europa es como creerle que iba a traer la paz al País Vasco negociando con ETA. «La credibilidad es necesaria para el ejercicio del poder -dijo también Pujol-, y desde mi punto de vista, Zapatero no la tiene». Eso es hablar sin pelos en la lengua. Para que luego digan de los catalanes. Un proverbio anglosajón dice que se puede engañar a uno una vez, pero no a todo el mundo siempre. José Luis Rodríguez Zapatero lo había conseguido hasta ahora. Va a resultar que Cataluña, la niña de sus ojos, es la más desilusionada. Pero es lo que suele ocurrir con las niñas de los ojos: que son las primeras en descubrir el engaño.
La relación entre el Tiempo y la aplicación del Derecho es de esencial atención para llegar a criterios objetivos de Justicia. El manejo del tiempo en la pseudojusticia del Estado de poderes inseparados es una de las formas esenciales para controlarla.
Hacer o no hacer coincidir resoluciones judiciales con procesos electorales con la excusa de no influir en la vida política, cuando en realidad es ésta la que determina el retraso de la resolución judicial, es un ejemplo. Activar o ralentizar actuaciones procesales de determinados protagonistas de la vida pública y de los partidos a conveniencia, otro.
El máximo exponente del Magistrado mediático y postmoderno de la España del “Estado de derecho” del setenta y ocho, es consciente como nadie de la importancia del tempo procesal y hábil maestro de su manejo. Tiempo para ser juez, y tiempo para ser político en unidad personal, y tiempo también para activar o desactivar asuntos según la conveniencia coyuntural aconseje. Por eso no es casual que ahora, cuando se ve acosado por distintos flancos con querellas que cuestionan su probidad como juzgador, actúe inmisericordemente contra la corrupción activando un episodio político-urbanístico como el de Santa Coloma de Gramanet, cuya instrucción trae causa del caso BBVA Privanza que se remonta ya al año 2.002, sin que desde entonces se realizaran diligencias de instrucción de calado.
Es ahora, cuando a Garzón le interesa aparecer de nuevo como azote de corruptos, cuando rescata del cajón el asunto y ordena actuaciones tan espectaculares como trascendentes ante la opinión pública, preconstituyendo prueba artificialmente de Juez honesto, y, de paso, enviando un auténtico “aviso a navegantes” sobre la trascendencia inmediata que su condena futura puede tener en la sociedad política que lo ha encumbrado.