Zapatero ha abdicado de su responsabilidad de ser el presidente de todos los españoles. Le han empujado a ello su debilidad parlamentaria y su entendimiento, «discutido y discutible», de lo que es la Nación Española. También, en lo concreto, su fofo conocimiento de la aritmética y la suposición de que el todo del Estado puede ser, a efectos presupuestarios, mayor que la suma de sus partes. José Montilla, en su doble condición de cabeza del tripartito catalán y de líder del PSC, es el único armazón que le sostiene enhiesto en La Moncloa y eso obliga a mucho. ¿Se podrá ejercer cabalmente la responsabilidad del Gobierno de la Nación sin el respaldo cierto de un partido auténtica e incontestablemente nacional?
Mariano Rajoy ha calificado de «subasta» el espasmódico método con el que Zapatero trata de tapar, sin ajustarte a la Constitución, el agujero de la financiación autonómica. Ojala lo fuera. Las subastas tienen su fin. En un momento dado, ya nadie puja y eso establece el precio de lo subastado; pero, instalados en el Estado de bienestar y sin coto que limite el gasto público, ¿dónde puede llegar la demanda de las Autonomías? Según el líder del PP, de lo que se trata es de repartir los recursos existentes; pero, al margen de Navarra y el País Vasco - territorios constitucionalmente diferenciados -, ¿son iguales los quince restantes? Podrían serlo, o parecerlo, con un presidente fuerte en escaños y criterios; pero, en lo uno y en lo otro, estamos ante un personaje de ficción. Como Virgilio en La divina comedia.
ABC - Opinión





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