lunes, 13 de septiembre de 2010

Principios, ¿qué principios?. Por Félix Madero

Con un dirigente como Zapatero, lo mejor es no pensar mucho el futuro. El suyo resulta irrelevante.

RECELO cuando alguien se llena la boca de principios y valores porque sabemos que los dirigentes más estimables apelan poco a las normas que rigen sus vidas públicas y privadas. A Zapatero le han preguntado por sus principios tras perpetrar una reforma laboral que los sindicalistas asalariados se han tomado como algo personal. Los parados, no sabemos. Por no saber, queda sin respuesta la pregunta de Máximo en ABC: ¿Y cómo se ejerce el derecho de huelga desde el paro? Ande, Méndez, responda; vamos Toxo, dígales algo que no lleve la música de una balada puta y resabiada.

Sabemos que la reforma la ha hecho obligado; confirmamos que no está en el programa socialista, y sin embargo el presidente dice que no ha traicionado sus principios. Me lo creo. Sólo él puede mantener un discurso así con una huelga general convocada y al frente de un país que es solar laboral de las economías avanzadas. Que siendo esto así, que en España se concentre el 60 por ciento de los parados de toda la Eurozona y venga Zapatero a hablarnos de los principios no traicionados suena a desafío. A ver si ha sido la realidad la que ha traicionado a nuestro presidente, o la actualidad, o los que le votaron y ya no le votarán, o los trabajadores. Zapatero no lo sabe, pero se lo debían recordar: es más fácil luchar por unos principios que vivir en consonancia con ellos.


No es lo peor que Zapatero afirme con una frialdad que te hace pensar que sus principios están intactos. Lo inquietante es que se lo crea. No puedo imaginar qué hay en su cerebro, aunque puedo imaginar que, rodeado de siseñores y loqueustedmandepresidente, haya terminado por pensar que cambian los demás. ¿No habrá nadie que le recuerde que equivocarse es la forma de libertad más difícil de conservar? La putada, la gran putada, como dice Toxo, debe de ser dirigir un país de desalmados, de canallas y granujas que escriben en los periódicos y hablan por las radios. Con un dirigente así lo mejor es no pensar mucho el futuro. El suyo resulta irrelevante, el de España en sus manos, no. Si no es capaz de percibir en lo más hondo que se está traicionando, malo; si no se da cuenta, peor.

Daremos por bueno lo que suceda, como dicen en La Habana. Aunque no me resigno. Si la ausencia de principios es pura retórica, tragaremos sin esfuerzo lo que tanto criticamos, y terminaremos viendo con placidez cómo pasan las turbulentas aguas bajo el puente. Corremos el riesgo de que las palabras de Zapatero no nos escandalicen, y de que la inacción de Rajoy termine por producir un efecto adictivo que haga que la fuerza de la costumbre lo justifique todo. Se tienen los principios sin apelar a ellos. El presidente no quiere desvelar su futuro. Rajoy espera con indolencia a que llegue mientras sus colaboradores reciben pisos de dos en dos. Si, Toxo, si: La Gran Putada es esto. No le des más vueltas.


ABC - Opinión

PSOE. ¿Quién sucederá al pato cojo Zapatero? Por Emilio Campmany

No sé si Javier Solana estará moviendo algún hilo para heredar los escombros que deje Zapatero, pero si es uno de los aspirantes, no cabe duda de que es el de más lustre.

Aznar dijo que sólo estaría ocho años. Fue como si quisiera introducir en nuestra Constitución escrita una costumbre, la de que los presidentes sólo pueden ser elegidos para dos mandatos. Eso obligó al ex presidente del PP a renunciar al derecho de disolver anticipadamente las cámaras pues, de haber recurrido a ese expediente, habría acortado alguna de las legislaturas o las dos y su total mandato habría durado bastante menos de ocho años.

Zapatero no ha querido imponerse esa misma limitación, al menos públicamente, pero sí se empeñó en agotar su primera legislatura y ahora ya se ve que agotará ésta "cueste lo que cueste". Si en 2012 no se presentara, contribuirá a imponer la costumbre.

La limitación tiene muchas virtudes, pero padece un importante defecto: durante los meses finales del segundo mandato, el presidente pierde autoridad y cada cual empieza a hacer la guerra por su cuenta. A esta patología la llaman en Estados Unidos el síndrome del pato cojo, referido en principio a los presidentes que lo son cuando otro ya ha sido elegido, pero que todavía no ha tomado posesión, y que luego se hizo extensivo a todo el segundo mandato. Es lo que le pasó a Aznar durante su segunda legislatura, especialmente al final, y es lo que le está pasando a Zapatero ahora que se ve que la crisis no afloja y que su creciente impopularidad le impedirá presentarse a una tercera reelección con independencia de cuál sea su voluntad.


Por eso se niega Tomás Gómez a quitarse de en medio, por eso vuelve del Cuaternario Antoni Asunción y por eso quieren hacer primarias hasta en el PSOE de Leganés. Pero no sólo, sino que por eso le sacan en los periódicos a José Bono y a Carme Chacón el patrimonio que tienen, para desacreditarles como posibles sucesores del pato cojo Zapatero.

La cuestión, sin embargo, es quién, amortizados Bono y Chacón, es el tapado. No es la primera vez que lo planteo y en anteriores ocasiones creí que sólo podían ser Blanco y Rubalcaba. El astuto Freddy tiene a Prisa, pero no parece estar postulándose cuando amenaza a Tomás Gómez y enseña los dientes para defender a Trini, que es tanto como defender al pato cojo. Blanco se está sometiendo a un cambio de look, pero es impensable que el perro de presa del presidente suceda al jefe. Fue impensable que lo fuera Guerra y no lo fue menos con Cascos. Tampoco parece que pueda serlo Blanco. Pero hay una tercera posibilidad: Javier Solana.

El hermano de Luis es más espabilado de lo que parece, ya que fue capaz de llegar a ser secretario general de una organización internacional tras oponerse con vehemencia a que España entrara en ella. Pero no parece muy interesado en la política española. De uvas a peras publica pestiños soporíferos en El País que escribe originalmente en inglés y que Janli nos hace la caridad de traducir para que podamos leerlos. El último apareció este sábado con el atractivo título de Las grietas del G-20.En él, lo más interesante que se lee es: "debemos vencer la inercia que nos hace mantener ideas antiguas... y alianzas antiguas". ¿Qué querrá decir? ¿Chi lo sa? No sé si estará moviendo algún hilo para heredar los escombros que deje Zapatero, pero si es uno de los aspirantes, no cabe duda de que es el de más lustre.


Libertad Digital - Opinión

Noche en blanco sin blanca. Por José maría Carrascal

Esta «Noche en Blanco» —nunca mejor usada la palabra— no es otra cosa que un culto a la mediocridad.

QUE Gallardón se haya gastado lo que no teníamos en una red de transportes públicos que convierte el «poblachón manchego» en una megalópolis, hasta el punto de que podamos hablar del «Gran Madroño», ahora que nos ha dado por imitar a la «Gran Manzana», no lo critico. Al revés, lo aplaudo.

Pero que haya montado una «Noche en Blanco» en plena crisis me parece una paletada indigna de un alcalde ilustrado, como pretende ser. Nueva York, Londres, París, Berlín, Roma no necesitan que su consistorio las divierta. Se divierten a sí mismas. Basta salir a sus calles para encontrarse con todo tipo de diversiones, empezando por su paisanaje. Las máscaras, las verbenas, los conciertos de rock, los globos, los payasos, las bombillas de colores y los espectáculos importados están bien para los pueblos donde se aburre la gente o en las ciudades de provincia que se encierran en si mismas, como ocurre a Barcelona, donde el mayor espectáculo hoy es quemar banderas de España y fotos del Rey. Pero allí donde la energía mana en cada esquina, la expansión está en marcha y la diversidad es tal que resulta difícil dar con un nativo, sobra. Sobre todo si se trata del ayuntamiento más endeudado del país.


Los ayuntamientos están para proporcionar la infraestructura que permita sostener la expansión de sus urbes, no para entretener a sus vecinos. Si a Gallardón le queda aún algún euro, mejor que se lo gaste en centros de enseñanza, para que los madrileños puedan competir en el mercado global, que tan difícil se nos está poniendo. De divertirse, ya se encargarán ellos.

Pero lo que más irrita de esta versión moderna de La Verbena de la Paloma, es que intenta disfrazársela de «gran fiesta lúdica y cultural». Lo de lúdica vamos a dejarlo, pues sobre diversiones no hay nada escrito. Pero lo de cultural me parece un insulto a la inteligencia. Si cultura es montarse en columpios, disfrazarse de madrileño del año, encestar bolas de papel en un cubo o alfombrar de verde una plaza, no tiene nada de extraño que hayamos retrocedido nueve puestos en la lista de Competitividad Global. Porque eso lo hace cualquiera. La cultura, como el arte, es lo que el ingenio y la imaginación humana añaden a la naturaleza. Mientras esta «Noche en Blanco» —nunca mejor usada la palabra— no es otra cosa que un culto a la mediocridad y la chavacanería. Ignacio Ruiz Quintano comentaba algo parecido el sábado a propósito de la supresión de la recogida de trastos viejos. Querido y admirado Ignacio: Gallardón no nos quita los trastos viejos. Nos los pone ante el Palacio Real convertidos en obras de arte. Aunque eso no es arte ni cultura ni nada que se le asemeje. Es demagogia…. cara.


ABC - Opinión

Tontería económica. Impuestos para el bien. Por Carlos Rodríguez Braun

El lector debe concluir que la tasa sobre la banca la pagará Botín y no el propio lector, lo que es falso, porque la banca trasladará la fiscalidad a sus clientes y depositantes..

Sobre los gravámenes a la banca tituló El País: "Más tasas contra la pobreza y el paro". Y sobre el cobro a los usuarios de las autovías habló El Mundo de "una tasa para mantener las obras públicas". Parece que la coacción fiscal es incuestionable, ¿o es que usted está a favor de la multiplicación de la miseria y el desempleo, o de unos caminos intransitables?

El análisis habitual de la tributación no va más allá de sus propósitos inobjetables, como si no tuviera otra característica a destacar, y además confunde lo que debería aclarar: el papel de los contribuyentes.

Así, el peaje es según El Mundo "una fórmula imprescindible para financiar todas las actuaciones en las autovías que, por la escasez de recursos de las Administraciones Públicas, no puedan financiarse con fondos del Estado. Más justificado está en el escenario actual de recorte generalizado del gasto público". Parece que quienes pagan el peaje son personas completamente diferentes de las que allegan fondos al Estado.


La información de El País es deliciosa a la hora de congregar los ingredientes que favorecen la coerción. Dice que la tasa afecta a la banca, que tiene muchos beneficios y ha recibido ayudas públicas, como si eso justificara una tributación especial, que además nunca es analizada en términos de incidencia, con lo que el lector debe concluir que la tasa sobre la banca la pagará Botín y no el propio lector, lo que es falso, porque la banca trasladará la fiscalidad a sus clientes y depositantes.

En lugar de este análisis, El País sigue el guión del poder, y subraya que la tasa es muy pequeña, de 5 céntimos cada 1.000 euros (como si eso fuera razón para cobrarla), y su meta angelical: "permitiría obtener entre 25.000 y 35.000 millones de dólares para ayuda al desarrollo". Imposible oponerse, claro. Los socialistas europeos, por su parte, quieren imponer otra tasa, esta vez sobre las transacciones financieras. El único comentario que le suscita al diario es su impecable objetivo, tan bueno que no se entiende por qué las autoridades no establecen exacciones aún mayores: "Esta tasa permitiría recaudar 200.000 millones de euros anuales que se destinarían al fomento del empleo en la UE". ¿Alguien rechazará el fomento del empleo?


Libertad Digital - Opinión

La palabra líquida. Por Ignacio Camacho

El único principio de Zapatero es el poder. Ha traicionado sus palabras, pero éstas sólo obligan a quien se las haya creído.

BIEN puede tener razón Zapatero cuando dice que con la reforma laboral y el ajuste económico no ha traicionado sus principios. No consta que los tenga, más allá del principio de supervivencia en el poder. Sí consta que ha traicionado sus palabras, pero éstas sólo obligan a quienes se las hayan creído, como decía Mitterrand de las promesas electorales. En esa refinada escuela de cinismo político, la misma que llevaba a Tierno Galván a afirmar que los programas están para incumplirlos, el presidente dejó clara su filosofía (?) desde el comienzo de mandato: las palabras están al servicio de la política, no la política al servicio de las palabras. He ahí, bajo la inocente fórmula de un aparente retruécano, una de sus escasas manifestaciones de sinceridad, a la luz de la cual no cabe llamarse a engaño. Simplemente, dice lo que en cada momento le conviene. Por tanto, la responsabilidad de creerle pertenece en exclusiva a quien le conceda crédito. Que cada vez es menos gente, por cierto.

La larga y creciente lista de quienes se consideran engañados por el presidente del Gobierno está compuesta por personas y colectivos que olvidaron o desoyeron esta advertencia primigenia que constituye la principal clave interpretativa del personaje. Artur Mas, Rajoy, Maragall, Montilla, Chaves, Solbes, las víctimas del terrorismo, los sindicatos, un montón de ministros actuales y pasados y varios millones de votantes pasaron por alto en algún momento la única declaración con la que Zapatero no ha dejado de resultar coherente. Bueno casi la única. También está aquella de que cientos de miles de españoles podrían ocupar su puesto, siempre que se le añada un criterio interpretativo que acaso no estuviese en su ánimo: con el mismo grado de (in)competencia. El resto de su producción discursiva y/o programática pertenece con mayor o menos carga tautológica a la retórica de oportunismo explícita en el enunciado fundamental. Las palabras al servicio de la política. Sus palabras. Su política.

Así pues, contra lo que proclama el más célebre eslogan de sus críticos, Zapatero no es exactamente un embustero. Se ha mostrado camaleónico, tornadizo, imprevisible, inconstante, voluble, cínico, brutalmente pragmático, pero no resulta embustero quien te advierte de que no te puedes fiar de su palabra; apurando, incluso ha habido pocos políticos tan explícitamente sinceros. La frase de marras está ahí clavada desde hace años como sobre un frontispicio, grabada y escrita, publicada y reproducida. Muchos de quienes se sienten traicionados le creyeron por conveniencia, y también por conveniencia él se deshizo de ellos. No ha lugar a decepciones jeremíacas; este hombre es exactamente y desde el principio tal como parecía que era.


ABC - Opinión

La huelga del Chikilicuatre y el carné rojo de Bibiana Aído. Por Federico Quevedo

Prometo no ver más vídeos de UGT anticipando la huelga general: el de ayer calificando de “cabrones” a los bancos por dar créditos, es ya el colmo de la desfachatez, de la demagogia, del mal gusto y de la farsa de esta huelga. No sé que espera Cándido Méndez, el hombre que se viste en un sastre de Londres con el dinero de nuestros impuestos y las cuotas de los trabajadores cobradas a punta de pistola; ¿qué los bancos nos regalen el dinero? Bueno, realmente él está acostumbrado a eso: de un tipo que no pega un palo al agua y cobra, en realidad no cabe esperar otra cosa. La escenografía obscena, chabacana, casposa y tercermundista que el sindicato ha mostrado con los vídeos protagonizados por Rodolfo Chikilicuatre, no es más que un fiel reflejo de lo que existe detrás de las siglas UGT: Unión de Guarros y Tramposos. Y lo siento por los trabajadores que se han visto obligados a afiliarse para poder mantener su puesto de trabajo, pero que sepan que con sus cuotas están financiando a una pandilla de mafiosos desvergonzados y aprovechados que viven del cuento, y cuyo jefe se ha convertido en el mayor farsante del país, solo superado por Rodríguez. Cree el ladrón que todos son de su condición, y lo que reflejan esos vídeos no es lo que se vive en la mayoría de las empresas de este país, sino lo que cualquier observador neutral podría describir tras visitar la sede de UGT: corrupción, nepotismo, acoso laboral y sexual, bajeza moral y mal gusto.

Con esos mimbres, el sindicato de vividores y su hermano Comisiones nos convocan a una huelga general el 29 de septiembre, supuestamente contra una reforma laboral que ya ha entrado en vigor y contra la que poco o nada se va a poder hacer. ¿Y vamos a ir a la huelga porque nos lo diga el tipo de las barbas, o porque nos parezca que el Chikilicuatre es muy gracioso? Una huelga para qué, ¿para protestar contra el PP, contra la CEOE, contra Bush? Yo no he visto en ninguno de los tres vídeos una sola referencia al verdadero problema económico que tiene este país y que se llama Rodríguez Zapatero. Es más, se supone que se convoca contra la reforma laboral, que ha aprobado en solitario este Gobierno y el Partido Socialista, pero UGT obvia de manera consciente e indignante a los verdaderos responsables de la situación. Entre otras cosas porque ellos mismos forman parte del equipo de culpables, todo sea dicho. Vamos a ver, esta es una reforma que ha salido adelante con el acuerdo sindical, aunque mientan y digan lo contrario. Si no hubiese sido así, habrían convocado la huelga antes, para evitar que se aprobara la reforma, no después. Y eso que ni siquiera manipulando y tergiversando las razones de la convocatoria han conseguido frenar ese grito unánime que ya se oye en todo el país: “¡Zapatero, dimisión!”, porque eso es lo que quieren todos los ciudadanos de bien, que se vaya de una vez.

Todos los ciudadanos de bien, entre los que no se encuentra el novio de Bibiana Aído que en ningún caso quiere que se vaya Rodríguez, no vaya a ser que él deje de cobrar 3.000 euritos del ala del erario público por tocarse la barriga e invitar a unos finitos a los amiguetes, porque después de pagarle, a la Junta ya no le queda dinero para promocionar Andalucía en Madrid. Ya he entendido de que va esto de la igualdad: si tu novia es ministra y cobra un pastón, el novio no va a ser menos y hay que buscarle un arreglo para que no tenga que pedirle a la ministra que le compre los vaqueros. Y esta chica, dicen, tiene carné de UGT, aunque yo no lo he podido contrastar. Pero si lo tiene, no me extraña que le preocupe mucho que Aguirre haya echado el cierre al Consejo Asesor del Observatorio para la Violencia de Género y no haya levantado la voz después de ver el vídeo machista y denigrante para la mujer que ha colgado la UGT en su página web y en YouTube. Ya saben, la vara de medir que tiene largos distintos. ¿Y los mismos que mandan en el Gobierno y que trapichean con nuestro dinero son los que nos convocan a una huelga general? ¡Anda ya! Miren, yo soy el primero que tengo unas ganas locas de que se vaya Rodríguez y nos deje en paz, pero a la huelga general del 29-S va a ir… Pongan ustedes quién.


El Confidencial - Opinión

Diada. Fahrenheit 451. Por José García Domínguez

Por culpa de aquella malhadada norma, los españoles, todos, comenzaríamos a ostentar de parejos derechos en cualquier rincón de la Península.

Un Jordi Fàbrega, usufructuario al parecer de alguno de esos grandilocuentes carguitos que adornan las pedreas autonómicas, acaba de reclamar los cinco minutos de fama que Andy Warhol prometiera a todos los don nadie de la Tierra. Así, al modo de su igual Jimmy Jump, el delegado del Gobierno de la Generalidad en la Cataluña Central, que no otro dice ser el tal Fàbrega, dio en quemar los Decretos de Nueva Planta de Felipe V durante la Diada para entusiasta jolgorio de la afición doméstica.

De ese modo, entre admiradas loas a los genitales del patriota Fàbrega, el fuego purificador ha calcinado regios mandatos como éste: "He juzgado conveniente, por mi deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y Tribunales [...] sin diferencia alguna en nada; pudiendo obtener por esta razón mis fidelísimos vasallos los castellanos oficios y empleos en Aragón y Valencia, de la misma manera que los aragoneses y valencianos han de poder en adelante gozarlos en Castilla sin ninguna distinción".


Huelga decir que el patriota Fàbrega jamás ha desperdiciado su tiempo en leer tostones semejantes. La santa ignorancia, pues, evitará que descubra esa afrenta borbónica contra los idílicos grilletes de la edad media catalana. Y es que, por culpa de aquella malhadada norma, los españoles comenzaríamos a ostentar de parejos derechos en cualquier rincón de la Península. Los barceloneses ya no requerirían de un salvoconducto diplomático con tal de viajar a Burgos o Valladolid, ni tampoco a un gaditano se les exigiría pasaporte alguno a fin de recalar en Zaragoza.

Aunque no terminaban ahí las nuevas impresas en aquel aciago pliego. Porque, merced a la catalanofobia de Felipe V, los mercaderes locales vieron como se les abrían las puertas al comercio con las colonias. Un riesgo, ése de adentrarse en el proceloso Atlántico, del que la Casa de Austria, siempre tan previsora, había resguardado a los ancestros del patriota Fàbrega excluyéndolos de todo trato con América. Por no mentar, en fin, el más hiriente de los reales agravios: la célebre prohibición de utilizar la escritura propia de las Cortes catalanas, esto es, el latín de Cicerón, en los documentos oficiales. Por mucho menos, Nerón le plantó fuego a Roma. ¡Salve, Fàbrega!


Libertad Digital - Opinión

Una nueva Turquía

Erdogán ha logrado un instrumento con el que puede refundar el país a su medida.

CON la reforma constitucional aprobada ayer en Turquía, el primer ministro islamista Tayip Erdogán logra introducir importantes elementos de apertura democrática en el esquema militarista y autoritario que impuso el Ejército después del golpe de Estado de 1980, pero también elimina los últimos resquicios que preservaban la herencia laica del fundador de la República, Mustafá Kemal Ataturk. Respaldado por la victoria en el referéndum, Erdogán pasa a controlar todos los poderes del Estado: el Ejecutivo, la Presidencia de la República, el Parlamento —por mayoría absoluta— y, gracias a los mecanismos habilitados por su reforma, podrá intervenir a su antojo en el aparato judicial, que era el único que con la anterior Constitución estaba fuera de su alcance. Después de neutralizar al Ejército a base de investigaciones estrambóticas, el primer ministro ha utilizado el acercamiento a la UE para emprender la mayor reforma política de la historia moderna de Turquía, que es la llave para abrir las puertas a todos los cambios. La reforma elimina muchos tabúes que estaban vedados por el régimen kemalista, tanto en el campo de la liberalización democrática como del retorno a las raíces religiosas islámicas y orientales. Es decir, Erdogán ha obtenido carta blanca para transitar por caminos prohibidos hasta ahora. Lo que falta saber es por cuál de ellos quiere llevar al país, si prefiere seguir por la ruta liberal que le condujo a lograr el estatus de candidato al ingreso en la UE o si, en cambio, quiere continuar con gestos como la política de acercamiento al régimen teocrático iraní y reforzar su identidad islámica. Erdogán ha logrado un instrumento con el que puede refundar el país a su medida. Ahora veremos cuál es la Turquía que el dirigente islamista tiene de verdad en mente.

ABC - Editorial

Turquía suelta lastre

La tópica Turquía moderna que fundara el mitificado Kemal Ataturk, basada en el laicismo y la tutela militar, dio ayer un giro de gran relevancia. La reforma de la Constitución que propuso el primer ministro, Recep Tayipp Erdogan, ha sido avalada en referéndum por la mayoría de los votantes. Esta victoria no sólo consolida al dirigente turco y a su partido, el islamista Justicia y Desarrollo (AKP), en primera línea de salida ante las próximas elecciones generales; también, y sobre todo, desactiva en gran medida el poder militar que se había blindado constitucionalmente en 1982, dos años después del último golpe protagonizado por el Ejército, y somete el Poder Judicial al Poder Legislativo, de modo que el Parlamento controlará el sistema de elección y la organización interna de los jueces. La reforma judicial tiene especial relevancia porque trata de impedir que se repita un episodio como el de 2008, cuando el partido en el Gobierno (AKP) estuvo a un voto de ser ilegalizado por un tribunal bajo la acusación de ser un centro de actividades antilaicas del país. En cuanto al sometimiento del poder militar al civil, que incluye la preponderancia de la jurisdicción ordinaria, queda nítidamente reflejado con la supresión del polémico artículo 15 de la Constitución, que blindaba a los generales golpistas de 1980. Más allá de estas dos grandes reformas, en el referéndum de ayer también se aprobaron otras de diversa importancia relacionadas con los derechos de las mujeres, los niños y los discapacitados, algunas solicitadas por la UE como condición para seguir avanzando en el proceso de incorporación de Turquía a Europa. No cabe duda de que las 26 enmiendas refrendadas acercan un poco más el país a los estándares democráticos europeos. El hecho de que hayan sido los islamistas los que las hayan impulsado puede parecer paradójico, pero eso no merma su calidad democrática. ¿Significa que Turquía está a partir de ayer más cerca de su ansiada integración en las instituciones europeas? Pues no. Una cosa es que la Constitución haya soltado lastre y otra bien distinta que la legislación, las instituciones y el funcionamiento de la Administración cumplan los requisitos básicos para homologarse a los de Europa. La conculcación de derechos fundamentales, como el de libertad religiosa, que sólo se contempla para la fe musulmana pero no para las demás confesiones, sitúa a Ankara a muchísima distancia de sus objetivos europeístas. Tampoco ayuda que los islamistas radicales hayan ido escalando posiciones en el poder y en puestos clave de la Administración, amparados y jaleados desde la Presidencia de la nación. Turquía, fiel a su destino de tener un pie en Occidente y el otro en Oriente, es hoy un crucial campo de batalla para el mundo musulmán, en el que se enfrentan los viejos herederos de un laicismo sui géneris contra los nuevos adalides del islamismo militante. Las contradicciones que agitan y desgarran a la sociedad turca reflejan a las claras que los principales obstáculos en su andadura hacia la deseada Europa no sólo proceden de países como Francia, sino de su propia definición interna. Una Turquía cada vez más islamista es una Turquía cada vez menos europea.

La Razón - Editorial

Sorpresas en Madrid

Las primarias dan un giro interesante: ayudan a los dos candidatos socialistas y perjudican al PP

La batalla en el seno del PSOE por la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid ha producido ya algunos datos sorprendentes. Las primarias son un fenómeno relativamente nuevo en Europa, que están poniendo a prueba a sus dirigentes con resultados inciertos, pero enriquecedores para la democracia. Por ello, tienen razón quienes ahora dentro del PSOE defienden las elecciones internas para elegir al candidato que le ha de disputar el trono a Esperanza Aguirre.

La realidad es que Rodríguez Zapatero intentó evitar las primarias convenciendo a Tomás Gómez de que abandonara la carrera en favor de su nueva apuesta, Trinidad Jiménez; y ahora se contradice cantando las excelencias del proceso democrático haciendo de la necesidad virtud. Los ciudadanos, como muestran las encuestas, siempre han estado a favor de las primarias, en todos los partidos, porque creen que es una buena manera de fortalecer la democracia interna. Los partidos las aborrecen como la peste.


A este lado del Atlántico, las primarias solo se celebran para resolver disputas generadas por las luchas internas, para resolver crisis como la provocada por Gómez con una rebelión que el partido está digiriendo con dificultades. Que es así lo demuestra la decisión de devolver precipitadamente el derecho al voto a unos 600 militantes de Móstoles castigados por Gómez en su momento (y que podrían inclinar la balanza en favor de Jiménez) o la negativa del comité federal a que ambos aspirantes se enfrenten en televisión, con un argumento tan sonrojante como que defienden el mismo programa. Quizá un cara a cara sea ofrecer en bandeja la imagen de la división, pero aportaría argumentos a los militantes y a los ciudadanos para optar por uno de ellos.

El intento del PP de descalificar el proceso es sintomático. El partido opositor tiene razones para la preocupación. Con Gómez de candidato, Aguirre solo podía contar con una nueva e inapelable victoria. Hoy, los dos contendientes socialistas son bien conocidos entre el electorado. El menos notorio, Gómez, no solo cuenta con un perfil personal reforzado por su osadía, sino que ha logrado en tres semanas el grado de conocimiento público que no alcanzó en los tres años anteriores. Y desde que se anunciaron las primarias, el electorado socialista parece estar superando el apático distanciamiento ocasionado por la mala gestión económica de Zapatero.

El desenlace está abierto. Son síntomas negativos las maniobras del comité federal del PSOE y la falta de debate de fondo entre los dos bandos enfrentados. Pero los socialistas están a tiempo de reconducir la situación y aunar fuerzas en Madrid en torno al ganador para intentar privar de su sueño a Aguirre. Una tarea, la de descabalgar a la presidenta de Madrid, que promete ser ardua para el PSOE, según muestra el sondeo publicado ayer por este periódico, pero que, al menos con los datos que cosecha Trinidad Jiménez, no resulta ya impensable.


El País - Editorial

Por la prohibición de la mafia de los piquetes

Los sindicatos quieren parar el transporte público para que haya más trabajadores que no puedan ir a sus puestos, quieran o no hacer huelga. Es un chantaje inaceptable, que ninguna sociedad libre debería permitir.

Los preparativos para la huelga general del miércoles 29 de septiembre demuestran hasta qué punto son responsables UGT y CCOO de la desastrosa situación económica que nos asola y, especialmente, de lo mucho que ésta se refleja en el paro. Los llamados "sindicatos de clase" han dedicado sus mejores esfuerzos a mantener inalterable el mercado laboral, que no sólo condena a una buena parte de la población activa a no tener empleo, sino que divide a quienes sí trabajan en dos grandes grupos: una aristocracia laboral que disfruta de todo tipo de privilegios y prebendas, a los que resulta casi imposible despedir hagan lo que hagan, y un enorme conjunto de personas que viven entre el paro y el empleo temporal, sin estabilidad y con muy escasos ingresos.

Esta situación es, en buena parte, herencia del franquismo, bajo el cual se instauró una mentalidad que equiparaba la empresa con una gran familia de la que, claro está, no era cuestión echar a nadie. Naturalmente, y dado que los bastiones del sindicalismo están entre los aristócratas del empleo, UGT y CCOO se han mostrado siempre contrarios a desmontar esta estructura dual. La reforma laboral iba en esa dirección, pero se ha quedado a medio camino. Ideológica y electoralmente, el PSOE de Zapatero sigue creyendo en esa herencia de la dictadura, por más vehemente que sea su promoción de la histeria histórica.


Entre los muchos asuntos que no se han tocado en todos estos años está el funcionamiento de los sindicatos y, sobre todo, de las huelgas. Nos hemos acostumbrado, pero resulta de todo punto ridículo que se considere imprescindible el derecho a organizar una huelga "general", es decir, que se emplee una herramienta diseñada para defender al trabajador de los posibles abusos de su patrón para que los sindicatos metan la nariz en algo que no les compete: la política. La democracia dispone de mecanismos, aun imperfectos, para que cualquier voz se haga oír. Que los sindicatos dispongan de este arma y que consideremos normal su empleo demuestra hasta qué punto nos hemos distanciado de la racionalidad.

Durante estos últimos días, los sindicatos se han mostrado dispuestos a emplear todos los privilegios que les concede la ley para mostrar su oposición de pitiminí a un Gobierno que se ha mostrado de acuerdo con ellos en todo. Ha empleado el dinero de las subvenciones para movilizar a miles de sus liberados, personas que cobran no por trabajar para quienes les pagan sino para los sindicatos, si es que hacen algo, claro. Y ayer hemos sabido que pretende emplearse a fondo impidiendo mediante piquetes que funcione el transporte público, servicio en el que además tienen toda la intención de incumplir los servicios mínimos.

Ningún partido ha hecho en estos más de treinta años ni el más mínimo ademán de reformar la Ley de Huelgas. La primera medida, y la más urgente, es la prohibición de los mal llamados "piquetes informativos". La excusa bajo la que operan es la de informar a los trabajadores de la existencia de una huelga, para que éstos decidan si se suman o no. En la práctica funcionan exclusivamente como grupos mafiosos decididos a imponer por la fuerza o el chantaje su santa voluntad. Y la razón original de su existencia, en el mundo de los móviles e internet, está más que desfasada.

El derecho de huelga no es, desde luego, un derecho básico como puedan ser la vida, la libertad o la propiedad. Tampoco lo es coger el autobús para ir a trabajar. Cuando colisionan ambos intereses corresponde a la administración, en cumplimiento de la ley, marcar unos servicios mínimos que reduzcan al mínimo ese conflicto. Los sindicatos quieren parar el transporte público para que haya más trabajadores que no puedan ir a sus puestos, quieran o no hacer huelga. Es un chantaje inaceptable, que ninguna sociedad libre debería permitir.


Libertad Digital - Editorial

Más demagogia fiscal

Subir el tramo del IRPF a quienes declaren más de 150.000 euros solo puede servirle al Gobierno como guiño hacia una izquierda ya desengañada con su gestión.

ENTRE las ocurrencias para salir del paso y la demagogia pura y dura, el Gobierno pretende lanzar mensajes populistas con la apariencia de que los «ricos» van a pagar el coste de la crisis. Rodríguez Zapatero provocó en buena medida el déficit que hoy padecen las cuentas públicas a través de medidas como el «cheque bebé» o el «regalo» de los 400 euros. Ahora intenta reducirlo con urgencia a base de planteamientos que no superan el ámbito de la mera propaganda. Hoy informa ABC sobre una de las ideas que maneja el Ministerio de Economía, subir el tramo del IRPF a los contribuyentes que declaren rentas por encima de los 150.000 euros anuales. Ante todo, sería imprescindible un estudio riguroso sobre la eficacia recaudatoria de esta posible reforma legislativa, pero todo apunta a que tales efectos serían muy limitados a la vista del número de eventuales afectados, poco numerosos. Por lo demás, el impuesto sobre la renta recae básicamente para esas cantidades sobre profesionales de alta cualificación, pero no alcanza a quienes obtienen ingresos por vías de más difícil control que una nómina, aunque ésta sea elevada.

Se trata, una vez más, de hacer un guiño populista a ciertos sectores y recuperar los votos de una izquierda, ya desengañada, a la que le gusta recordar ciertas ideologías trasnochadas, aunque no sirva de nada a efectos de reducir un déficit descontrolado. El Gobierno es incapaz de transmitir a los agentes económicos y al conjunto de la sociedad española esa confianza imprescindible para que aparezcan algunas señales de luz a la salida del túnel. En una economía de mercado, sin confianza no hay creación de empleo, por mucho que se maquillen algunas cifras macroeconómicas. Tampoco sirve de nada hacer declaraciones grandilocuentes y gestos para la galería con fines estrictamente electoralistas. A pesar de todo, con tal de pescar algunos votos en las múltiples elecciones que se avecinan, Rodríguez Zapatero parece dispuesto a empeorar todavía más las condiciones objetivas en que se mueve nuestra economía. Si todos los proyectos que maneja el departamento dirigido por Elena Salgado son del mismo tenor, es natural que la sociedad desconfíe profundamente de un equipo incoherente e incapaz. Al parecer, todo vale con tal de que el presidente pueda lucir en los mítines preelectorales una imagen falsamente progresista. Habrá que seguir con preocupación las nuevas maniobras de un equipo superado por las circunstancias, que maneja ya cualquier idea con tal de aparentar que aporta soluciones a los problemas que en buena medida ha contribuido a crear.

ABC - Editorial

domingo, 12 de septiembre de 2010

Reflexiones del 11-S. Por José María Carrascal

Podemos ser tontos, pero tanto como para proporcionar el púlpito para achicharrarnos, no.

«ESTAMOS en guerra con los terroristas, no con el islamismo», ha dicho Obama para justificar su respaldo a una mezquita en las cercanías de la Zona 0 y su rechazo de la quema de Coranes. El problema, sin embargo, es que el Islam radical está en guerra con nosotros. Y da la casualidad de que ese Islam capitanea el islamismo y protagoniza episodios como el 11-S en Nueva York o los atentados en Madrid y Londres, sin que haya indicios de que se disponga a ceder en su guerra santa contra occidente, siempre que pueda y allí donde pueda. Lo que nos obliga a defendernos, a no ser que adoptemos la cristianísima actitud de poner la otra mejilla, que no creemos le detendría.

Ahora bien, la forma de defendernos no es quemando Coranes. Quemando Coranes lo único que se consigue es dar argumentos a los yihadistas y fomentar sus ataques contra nosotros. De ahí que la idea de pastor Terry Jones revele, junto a su cerrazón ideológica, unas entendederas bastante cortas. Menos mal que entre todos le han convencido de que no lo haga, aunque a la hora que escribo esta «postal» aún no es seguro, pues aparte de las razones ideológicas que le animan, está el ansia de celebridad, a lo que se sacrifica hoy todo, de lo que tenemos bastante culpa los periodistas.


En cualquier caso, el problema sigue ahí: ¿cómo combatir al islamismo radical, que nos considera enemigos a muerte? Occidente aún no ha encontrado respuesta a esa pregunta, limitándose a la guerra convencional, que no funciona, o a medidas puramente defensivas, a todas luces insuficientes. Y es que partimos de una base falsa: la de considerar el Islam una religión, como la nuestra. Cuando es mucho más que eso. Es una ideología, un estilo de vida, una escala de valores, que nada tienen que ver con los nuestros y en muchos aspectos chocan con los nuestros. Con los islamistas moderados podemos convivir. Pero los islamistas radicales se sienten amenazados por occidente, al comprobar el éxito material de éste y temer que, por esta vía, pueda atraer a sus fieles. Su respuesta ha sido atacarle en la única guerra que puede librar e incluso ganar, la del terrorismo, pues a diferencia de la convencional, con no perderla, se gana. Pero nosotros tenemos también derecho a defendernos, y lo primero para ello es no dar al islamismo radical ninguna facilidad para extenderse, como ocurre en las mezquitas conducidas por tales imanes. Quiere ello decir que Obama debería haber dicho: «No estamos en guerra contra el Islam. Estamos en guerra contra los islamistas que nos la han declarado». Podemos ser tontos, pero tanto como para proporcionar el púlpito para achicharrarnos, no.

ABC - Opinión

El Pastor Jones. Por Andrés Aberasturi

Si hace diez años nos hubieran dicho que el pastor de una pequeña iglesia de Florida podría poner en alerta al mundo occidental, nadie nos lo hubiéramos creído. Pero a fecha de hoy, esto es así. ¿Qué extraño poder tiene el tal pastor por nombre Terry Jones? Ninguno. El señor Jones, seguramente era tan radical entonces como parece serlo ahora y se le podría haber ocurrido entonces cualquier otra majadería o incluso la misma: quemar coranes, el libro santo del Islam. El señor Jones no ha cambiado, quien ha cambiado ha sido el mundo.

Cambió tras el brutal atentado del 11-S que abrió la brecha definitiva entre dos civilizaciones que nunca se habían entendido demasiado bien, que durante siglos habían luchado y que con la modernidad se toleraban más o menos y más o menos fueron capaces de convivir en un mundo dominado por la hegemonía de dos bloques enfrentados en la llamada guerra fría y preocupados por sostener algo tan sutil como era el "equilibro del terror". Pero aquello pasó y cuando todo parecía indicar que comenzaba una nuevo tiempo para el mundo, tal vez la pobreza, la explotación o el recuerdo de su grandeza perdida, despertó el sueño islámico que se fue ridiculizando en algunos sectores alimentado por conflictos internos y animado desde el exterior por quienes necesitan guerras para seguir con su negocio floreciente. El conflicto palestino, tan siempre ahí, daba además una coartada suficiente para justificar dentro y fuera lo injustificable.


Pero no sólo estos hechos -muchos más profundos y complejos de lo expuesto en las líneas anteriores- ponen en primer plano mundial al pastor Jones; la realidad de la aldea global completan el circulo según el cual el aleteo de una mariposa provoca un cataclismo en el otro lado del planeta. El pastor y su triste idea de quemar coranes, no hubiera trascendido hace diez años de los limites de su pueblo en Florida. Pero hoy el mundo es una corrala donde la voz desquiciada de un desquiciado radical puede provocar -como se ha visto- reacciones en cadena hasta ocupar las primeras páginas de todos los periódicos y que los gobiernos occidentales se vean en la obligación de poner en alerta máxima su seguridad. Y todo porque un tipo insignificante de una significante iglesia de Florida ha decidido quemar coranes.

Falta, claro, el tercer pie: la radicalidad. La diferencia fundamental estriba en que si al imán de un pueblo iraní -valga como ejemplo- se le ocurre quemar biblias, en Occidente seguramente apenas sería ni noticia. Es la brecha mediática y la fractura radical que divide las dos civilizaciones. Naturalmente estoy generalizando, pero el lector sabrá acotar lo escrito en sus justos términos y de la misma forma que no todos los pastores son como el señor Jones, tampoco todos los seguidores del profeta son radicales.


Periodista Digital - Opinión

Paro. Una reforma para seguir igual. Por José T. Raga

Definido que absentismo es la ausencia del trabajo en unas jornadas a lo largo de un período, el absentista debe ser despedido de forma inmediata para la propia salud laboral de la empresa y por respeto al resto de los trabajadores de la misma.

No sé cuándo se tomarán las cosas en serio y cuándo decidirán, cada uno desde su responsabilidad, asumir la función que tienen asignada de gobernar para el bien de la Nación, mirando al pueblo y a sus gentes, y sin concesiones a una galería que, por otro lado, no se sabe lo que quiere. Porque lo que se está haciendo habitualmente –resulta doloroso reconocerlo–, es hacer como que se hace, desde el convencimiento de que no se quiere hacer nada que vaya más allá de la pura apariencia. Esa apariencia, sin embargo, es la que obliga a moverse y a mover a personas e instituciones, entre ellas hasta el propio Parlamento, para mostrar que se intentan resolver problemas haciendo lo que se sabe, a priori, que no sirve para nada.

Ayer jueves validaba con su aprobación el Congreso de los Diputados el texto de la llamada reforma laboral, a sabiendas –hasta los más tontos así lo tienen asumido– de que la reforma reforma tan poco que todo va a seguir igual; ello además de que no se abordan los problemas fundamentales del mercado de trabajo, entre los que el coste del despido es sólo uno, y no el elemento determinante, de la reforma que pueda flexibilizar el mercado, si con ella se pretende reducir sustancialmente el volumen de desempleo.


Las causas objetivas, en cuanto que determinantes del despido con indemnización de veinte días de salario siguen pendientes de la interpretación del magistrado de lo social, cuando, aún proponiendo fórmulas cuasi matemáticas encontraría el juzgador algún vericueto para estimar que las pérdidas no son tales o que, siéndolo, no ponen en peligro la viabilidad de la empresa. El texto, sin embargo, aún conociendo la tendencia interpretativa de los juzgados de lo social, opta por una redacción de escasa concreción, por lo que el resultado del fallo es más que previsible.

Dicho lo cual, y con ser importante, no considero que se trate de la piedra angular de lo que el mercado necesita para que se cree empleo. Más importante que el despido es el empleo en sí mismo considerado; es decir, las condiciones de contratación de un trabajador que va a desarrollar una tarea en un proceso de producción o distribución de bienes o servicios. Aquí, el presidente del Gobierno o no lo sabe o no quiere saberlo, las cuentas son muy claras y determinantes para el sí o el no de la contratación; que se lo pregunten a esos casi cinco millones de parados que deambulan errantes en busca de una solución para sus vidas en la que se haga presente su dignidad como personas y como trabajadores.

A la hora de incorporar un trabajador a la empresa, el empresario se mueve entre dos frentes, ambos igual de inapelables: de un lado, el rendimiento del trabajador en el proceso de producción o distribución, es decir, más o menos su productividad; de otro, el coste del trabajador para la empresa, es decir, su salario más las contribuciones empresariales a la Seguridad Social, que el empleador ingresará por cuenta del trabajador. ¿A que es muy sencillo? Pues más sencillo aún es que cuando la segunda magnitud –el coste del trabajador para la empresa– supera la primera –el rendimiento del trabajador en el proceso económico empresarial– el resultado es que no se llega a producir la contratación y el trabajador permanece en el paro por días sin término. Y esto es así diga lo que diga el presidente del Gobierno y vociferen lo que vociferen los sindicatos que, por lo visto, de trabajo saben más bien poco.

Pues bien, en la legislación española vigente hoy, y que en esta materia seguirá vigente por los tiempos, la fijación del salario y su revisión se establecen en una galaxia –la que habitan las centrales sindicales y las organizaciones empresariales– para, desde ella, sin conexión alguna con las especificidades de cada empresa, establecer los niveles salariales para las distintas categorías en el empleo. Que cada empresa es un mundo y cada trabajador también es algo que saben hasta los peores de la clase, pero por lo visto a los representantes de empresarios y trabajadores les importa muy poco que así sea. Su feudo es el de establecer salarios y, cuando llegan a un acuerdo, los establecen para bien o para mal; más bien para lo segundo.

Esos sindicatos y sus liberados en las empresas, y esos empresarios, son una verdadera rémora para el mercado de trabajo y para la sociedad en su conjunto y, a ellos, y a quien se lo permite, la sociedad les debería pedir cuenta del éxito de la negociación colectiva: cinco millones de parados en números redondos. Buena parte de ellos estarían encantados de trabajar, aunque fuera a un salario menor que el que los galácticos han decidido como salario mínimo, pero eso, a éstos, no les quita el sueño. Al fin y al cabo es su parcela de poder la que está en juego, y no están dispuestos a prescindir de ella, aunque el paro afecte a la población entera.

Y si no hay disciplina en la ecuación planteada –rendimiento/coste–, qué decir de la disciplina del trabajador en la realización de su tarea. ¿Es el absentismo algo más que un dato estadístico sin más trascendencia que la que pueda tener la hora a la que sale o a la que se pone el sol? El absentismo es un lastre económico de gran importancia para el coste empresarial de la producción. Es, además, un instrumento que siembra el desánimo entre los trabajadores que sí que trabajan; juzgadores rigurosos de los compañeros que se hurtan a las obligaciones laborales, poniendo en peligro la supervivencia de la empresa.

Sin embargo, el texto que ayer pasó el examen en el Congreso debe de considerar que la cosa no es para tanto y que son las picardías y diabluras propias de un pueblo imaginativo como el español. En un marasmo de cifras porcentuales calculadas para meses continuos o para períodos intermitentes, siempre con sumisión a la media de absentismo de la plantilla, la norma acaba considerando no absentista a quien sí que lo es, porque en ese juego de cifras se acaba negando la evidencia. ¿Para qué la referencia a la media de absentismo de la plantilla? El absentista lo es con independencia de lo que haga el resto de la plantilla. Definido que absentismo es la ausencia del trabajo en unas jornadas a lo largo de un período –el que sea–, el absentista debe ser despedido de forma inmediata para la propia salud laboral de la empresa y por respeto al resto de los trabajadores de la misma. ¿


Libertad Digital - Opinión

El candidato a candidato. Por M. Martín Ferrand

La crítica política pasa a ser pura ignominia cuando trata de ridiculizar al adversario.

TRINIDAD Jiménez y Tomás Gómez, tal para cual, aspiran a la presidencia de la Comunidad de Madrid; pero, mientras tratan de anularse entre sí, no dicen nada del programa para el cargo que ambicionan. Es uno más entre los malignos efectos secundarios de la partitocracia: la búsqueda del poder por su mera posesión. A tal punto hemos llegado en esa espiral degenerativa de la democracia que esta misma semana, en Radio Madrid, el secretario general del PSM se atrevió a descalificar a Esperanza Aguirre por el mero hecho de ser Grande de España y Condesa de Murillo. La crítica política, tan vivificante y depuradora cuando se acerca a la acción, y a la omisión, en una tarea de gobierno pasa a ser pura ignominia cuando, como ha hecho «el alcalde más votado de España», trata de ridiculizar al adversario —en este caso, «enemigo de clase»— por algo que para muchos es mérito y que no puede ser considerado como defecto.

Si Bibiana Aído no estuviera ensimismada en el muy limitativo entendimiento igualitario del socialismo, se hubiera precipitado a defender a la presidenta de la Comunidad de Madrid a la que, en negación de la igualdad, el tal Gómez quiere privar no del cargo, sino de su derecho a desempeñarlo por ser condesa. El botijo de la memoria histórica que impulsa José Luis Rodríguez Zapatero rezuma esas humedades. Ya es grave que «ser de derechas» sea presentado como un factor negativo en lo político y ridículo en lo social. No es mejor ni peor que «ser de izquierdas». Pero hace falta remontarse a lo más soez de la II República para encontrar alguien, como Gómez, clamando contra los títulos nobiliarios, hijos de la Historia, que vienen sucediéndose a sí mismos desde hace siglos. En el caso concreto de la condesa que tanto ofende a quien fue alcalde de Parla, el título, que corresponde a su marido, Fernando Ramírez y Valdés, procede de finales del XVII.

El recurso de la descalificación personal, tan frecuente en una democracia provisional, prendida con alfileres y con escasas posibilidades de cuajar en una Nación próspera y convivencial, es la medida de la pequeñez de quien lo practica. Cualquier crítica a Esperanza Aguirre —o a quien fuere— por su acción política será escasa; pero, simultáneamente, cualquier gesto de desdén o menosprecio a lo que no constituye materia pública ni se relaciona con las razones por las que fue elegida será excesivo. El candidato a candidato que parecía fruto de la democracia interna y no, como Jiménez, del dedazo presidencial, se ha puesto en evidencia. Su descalificación de Aguirre evidencia su incapacidad para el cargo que ambiciona.


ABC - Opinión

Los principios de Zapatero. Por Antonio Casado

El presidente del Gobierno y líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, sufre un agudo ataque de contrariedad por las dificultades de otros para entender su fidelidad a los principios del socialismo democrático. En menor medida, por sus propias dificultades para hacernos entender a otros que sus principios siguen siendo los mismos. Pero él insiste.

La cuestión revive cinco minutos después de haber sacado adelante en el Congreso, con la incomprensión tanto de la derecha y como de la izquierda (noes o abstención), una reforma laboral que sólo patrocinan el Gobierno y el grupo parlamentario socialista. El debate también forma parte del precalentamiento ambiental ante la huelga general convocada para el próximo 29 de septiembre por los sindicatos, metidos estos días en un discurso propio de un partido de la oposición.

En esas estábamos cuando Rodríguez Zapatero declaró solemnemente en la radio, este viernes, que él no es consciente de haber traicionado sus principios. Otros sí lo creemos, aunque sin llegar a utilizar la palabra traición, que puede venir cargada por el diablo. Pongamos que con esta reforma laboral (despido más fácil, más barato, con más temporalidad) y su controvertido plan de recortes (afectados los pensionistas, los funcionarios, las mamás lactantes y los pobres del Tercer Mundo), ha roto el contrato con once millones de ciudadanos. Los mismos que le votaron en marzo de 2008 bajo unas condiciones y unos compromisos que él olvidó de repente a mediados del mes de mayo.


Fue entonces cuando, acorralado por la Unión Europea y los acreedores internacionales de España (ah, la famosa prima de riesgo) aparcó sus principios y pasó por el aro de quienes nunca hubieran compartido su programa de socialismo democrático.

Ahora, cuatro meses después, el propio Rodríguez Zapatero nos explica que aquello lo hizo obligado por las circunstancias, para evitar que la economía española quedase a los pies de los caballos. Es decir, que actuó movido por imperativos de coyuntura. Justo. Pero resulta que los principios, o esto es lo que uno cree, son permanentes, universales, absolutos. O sea, que no operan en la conducta de las personas según aconseja la ocasión, el momento, la dirección del viento o el humor de los inversores.

Sólo desde una concepción relativista, lo cual ya supone abrazar una contradicción (un principio nunca es relativo), se puede invocar el carácter inesquivable, imperativo, ineludible, de una circunstancia. Y eso es lo que hace Zapatero, apelar a la dirección del viento para cambiar su hoja de ruta sin tener en cuenta los principios esgrimidos en su discurso de investidura.


Periodista Digital - Opinión

Efectos del desafecto. Por Ignacio Camacho

A los líderes sindicales les ha faltado preparación económica para entender la complejidad de la situación financiera.

EL repentino ataque de desafecto con que como amantes traicionados los cuadros sindicales —reunidos por miles a las once de la mañana de un día laborable en el que por lo visto no tenían otra ocupación que atender— mostraron esta semana a Zapatero su rechazo por el recorte del gasto y la reforma laboral no va a borrar la responsabilidad de sus dirigentes en la deriva política que ha conducido precisamente a esas medidas de ajuste. Ha sido el irresponsable romance entre sindicatos y Gobierno durante los dos primeros años de la recesión lo que ha provocado el desequilibrio financiero que ha puesto al país al borde de la quiebra. Y aunque Zapatero haya de pagar en costes de apoyo electoral la inevitable factura de esa alianza fallida y su posterior arrepentimiento, la convocatoria de una huelga general supone un perjuicio colectivo que no va a enderezar, sino todo lo contrario, una situación social y económica gravemente deteriorada para todos.

El sindicalismo español se ha abocado a sí mismo a una crisis de modelo que no va a resolver —en todo caso puede agudizar— el paro del día 29. Su pacto neoperonista con un presidente habituado a alquilar respaldo político a base de sinecuras clientelares ha subvertido el papel de las organizaciones sindicales al convertirlas en redes de intereses de casta. A los líderes de Comisiones Obreras y UGT les ha faltado preparación económica y les ha sobrado sectarismo para entender las complejidades del mercado financiero y laboral. Apegados al viejo sistema de las correas de transmisión se han limitado a exprimir con comodidad la compraventa de favores y han acabado quedando fuera de juego cuando la presión internacional ha obligado a Zapatero a dar un volantazo de emergencia para salvar in extremis sus propias posibilidades de supervivencia en un poder que creía blindado por la alianza con las centrales.

Las medidas gubernamentales de ajuste son insuficientes e inadecuadas, y la reforma laboral es fruto de una improvisada chapuza. Pero unas y otra suponen el mínimo imprescindible de sensatez requerida para estabilizar una economía en riesgo de hundimiento. Es ahora y no antes cuando el zapaterismo se aproxima, sin brújula ni criterio y probablemente contra sus propias convicciones, al rumbo correcto. El momento de ajustar cuentas con la incoherencia presidencial, sus abultados errores de percepción y su embustera retórica llegará el día de las elecciones generales. La huelga no es sino un intento, brusco, destemplado y tardío, de presionar al poder en la dirección equivocada para salvaguardar inaceptables privilegios de casta que comprometen el propio futuro de unos sindicatos cuya imprescindible función social está en serio entredicho por la trasnochada contumacia de sus responsables. Y si algo no necesita este Gobierno —ni menos este país— es que le ayuden a equivocarse aún más de lo que acostumbra por sí solo.


ABC - Opinión

Un mesecito. Por Alfonso Ussía

No albergo ninguna duda de que un altísimo porcentaje de los liberados y delegados sindicales son simpatizantes del castrismo y la supuesta revolución cubana. Más que el propio Fidel Castro, que ha empezado a recular. Cuba ha representado el sueño estalinista del comunismo español. También del socialismo, tan trabado de ideas. Para la izquierda española la figura del «Ché» sigue siendo intocable. Los jóvenes de la retroprogresía cuelgan su póster en las paredes de su habitación, y casi todos guardan en su armario una camiseta negra con el rostro de Guevara estampado en violento carmesí. No conocen que Guevara era un señorito porteño que se metió a revolucionario cuando derrochó una fortuna, y que su ascenso a la cúpula revolucionaria estuvo marcado por la gélida crueldad de su carácter. No obstante, su atractivo físico y su muerte en las selvas bolivianas le convirtieron en el icono de los esplendores revolucionarios, y todavía hay gente que se lo cree. Además, que en caso de sobrevivir, el «Ché» y Fidel Castro no se habrían soportado ni un minuto en el poder. Los líderes carismáticos odian el carisma de los más cercanos. Y el «Ché» lo tenía, como Fidel. Y como Fidel, la más absoluta falta de respeto por la vida de quienes fueron sus compañeros y amigos en los inicios de la llamada Revolución cubana. Una Revolución a la que Fidel, ya en la proximidad de la muerte, ha calificado de obsoleta e ineficaz.

La izquierda se mofa de la fe de los cristianos, y no repara en la adoración de sus idolatrías. El mausoleo de la momia de Lenin, en la Plaza Roja de Moscú, es una mala copia de una iglesia ortodoxa o católica. Al «Ché» lo han elevado a los espacios estéticos de un Cristo yacente, y a sus mitos regalan la fe del carretero. Son intocables e indiscutibles. Se derrumban los muros, pero no sus idolatrías. Se arruinan sus sistemas, pero no sus pequeños dioses. La muerte masiva, los campos de concentración, la ausencia de libertad, la sumisión al partido único…

Todo se perdona por mantener la embriaguez de la utopía. Hasta que llega uno de los dioses intocables y se toca a sí mismo. Ha cundido el desconcierto. El propio Fidel ha desautorizado a su régimen. Simultáneamente, las centrales sindicales de España llaman a la huelga general por una reforma laboral que consideran brutal para los trabajadores. Y se reúnen en Madrid a 16.000 delegados y liberados, en su mayoría receptores de sueldos en empresas por las que ni aparecen, para protestar contra el capitalismo. No la convocan contra el Gobierno que les paga, sino contra la malvada empresa y el perverso empresario, que pide un despido más barato para superar la crisis.

Perversos empresarios que pueden considerarse santos de altar si los comparamos con los despidos en los paraísos comunistas y revolucionarios que tanto han amado y aman. Ellos viven de cine, sin apenas trabajar, a costa de las empresas que no pisan y de los impuestos de los españoles, mientras que en Cuba, su ídolo de las barbas, anuncia que serán despedidos seiscientos mil funcionarios con un mes de sueldo en concepto de indemnización. ¡Caray con la amada Revolución!


La Razón - Opinión

Primer aviso de EA

LA prohibición judicial de la manifestación convocada es una advertencia en toda regla a quienes traten con Batasuna.

LA prohibición judicial de la manifestación convocada para ayer en Bilbao por dirigentes de Eusko Alkartasuna y Aralar, partidos legales, es una advertencia en toda regla a ambas formaciones sobre los riesgos que conlleva meterse en tratos con el entramado etarra de Batasuna. La Audiencia Nacional tomó la decisión de suspender esta convocatoria después de comprobar que había indicios suficientes para considerarla como la continuación de otra manifestación proetarra, que había sido suspendida por enaltecer la violencia terrorista. En ambos casos, la Fiscalía ha sido decisiva para que el juez acordara las suspensiones cautelares. La convocatoria prevista para ayer tiene la agravante de que corrió a cargo de miembros de dos partidos plenamente legales, de ideario abertzale a independentista, pero —al menos eso parecía— desvinculados de ETA y su estrategia de agitación política. Por ahora se trata sólo de una primera decisión judicial, pero suficiente para que Eusko Alkartasuna empiece a medir la dimensión de los problemas en que puede meterse por su asociación con Batasuna en el nuevo polo soberanista que han formado. Nadie que pacta con ETA sale indemne. Por el contrario, le supone un grave trastorno político y puede llegar a serlo también judicial. En efecto, si EA comparte con Batasuna la tarea servil de altavoz de ETA y está dispuesto a presentar listas conjuntas, la suspensión de manifestaciones puede ser lo más leve que le suceda en el plano judicial. ETA no es un bestia domesticable. Quizás EA pensó que podría ser el domador de los terroristas y dedicarse al blanqueo de la causa independentista. La historia demuestra que estos intentos han sido siempre inútiles, salvo para ETA, que siempre conseguía un respiro para su rearme o un hueco en las instituciones por cuatro años más. EA ya tiene el primer aviso.

ABC - Editorial